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viernes, 27 de abril de 2012

Todo era verdad


Durante el último gobierno militar yo era un adolescente. Terminaba mi colegio secundario cuando llegaba la democracia salvadora que mi formación católica nacionalista me hacía mirar con desconfianza. No tenía idea de los desaparecidos ni de sus reivindicadores. Un día asistí a una conferencia en la que hablaba Antonio Caponnetto. Lo único que recuerdo de ella es que, refiriéndose a las Madres de Plaza de Mayo, les dijo “adefesios de pañuelos blancos”. De allí en más, la Bonafini y todo su aquelarre no fueron para mí más que adefesios, generosamente financiados por organismos internacionales, que buscaban reintroducir en nuestro país el marxismo. Con la llegada de los K y sus efluvios de izquierda que ocuparon el gobierno, acentué mi idea de que no eran más que resentidos en busca de venganza por una guerra que perdieron. Terroristas reciclados en funcionarios.
Por otro lado, los militares protagonistas del Proceso eran patriotas argentinos, con más o menos defectos, pero que habían tenido la valentía y grandeza de salvar a la Patria del peligro marxista. En su accionar se habían cometido excesos, como en todo conflicto armado, pero de ninguno modo podía darse fe al mito de los vuelos de la muerte, torturas y otras exageraciones frutos de la propaganda de izquierda. Los militares eran casi héroes, y más de una vez me metí en aprietos, que podrían haber sido graves, por defenderlos.
Pero leí las confesiones de Videla (Disposición final, de Ceferino Reato). Y debo admitir que fui sorprendido en mi buena fe. Me engañaron. Los zurdos tenían razón.
Videla confiesa con claridad cuáles eran las cuatro etapas del método represivo que aplicaron: 1) Detención o secuestro del objetivo; 2) interrogatorios en lugar secreto, donde la persona quedaba a merced de sus captores; 3) ejecución sumaria y, 4) desaparición del cuerpo.
Bárbaros; comparables, quizás, a las hordas vándalas o la NKVD de Beria. Se erigieron mesiánicamente en defensores del Occidente cristiano y utilizaron para sus fines métodos que socaban los pilares del mismo Occidente que pretendían defender. Todo acusado tiene derecho a un juicio en el que pueda ejercer su legítima defensa. Juicio sumario, si es necesario por las circunstancias, pero juicio al fin. Este principio básico del derecho romano les fue negado a “7000 o 8000 personas que había que matar”, en palabras de Videla.
La ausencia de ese juicio -sustituido por un interrogatorio cuyo objetivo no era determinar la inocencia o culpabilidad del detenido sino obtener información bajo tortura-, convierte a las ejecuciones en asesinatos. Es así, aunque nos cueste admitirlo y aunque la mayoría de los muertos hayan sido militantes del ERP o Montoneros: los militares involucrados fueron asesinos.
Y, finalmente, les negaron la sepultura a los muertos, lo cual constituye una violación atroz de las leyes más íntimas y profundas de la naturaleza humana. Basta leer a Antígona y conocer, por la historia, cómo aún los pueblos más primitivos, cuando estaban en guerra, declaraban treguas en las batallas a fin de enterrar a sus muertos. Los defensores de la cristiandad, en cambio, prefirieron arrojarlos al mar o algún río o quemarlos bajo un montículo de neumáticos, negándole a la familia el consuelo de la sepultura del hijo muerto.
¿Por qué hicieron esto? Videla responde que no podían fusilar a 8000 personas porque la población “iba a pensar que era Cuba”. Lo triste es que fue peor que Cuba, porque allí los fusilaron con nombre y apellido; aquí los “desaparecieron” como NN. Argentina fue un Gulag soviético en miniatura.
Terrorismo marxista contra terrorismo de Estado.
Sigo pensando que Bonafini y las suyas son adefesios de pañuelo blanco financiados por la izquierda internacional. Pero ahora sé que tienen motivos para hacer lo que hacen.
Sigo creyendo que los miembros de la patota K son resentidos en busca de venganza. Pero ahora sé que hay una causa cierta que alimenta esa sed vindicativa.

Excursus 1: Reato no se mete demasiado con la Iglesia. Pero resulta claro que tanto Videla como muchos otros de sus colegas eran católicos practicantes y habrán consultado varias veces a obispos y sacerdotes acerca de la licitud moral de sus métodos. Recuerdo el testimonio directo de uno de los sacerdotes consultados: los aprobaban. ¿Se habrá opuesto Tortolo? ¿Se habrá opuesto Bonamín? No lo creo. Sospecho que habrán tranquilizado sus conciencias asegurándoles que todo era para la mayor gloria de Dios y bien de las almas.
Excursus 2: He comenzado a leer Montoneros. Soldados de Massera. Y parece que, en muchos casos, la cosa era peor. El objetivo no era la defensa del Occidente cristiano sino los millones de dólares de Born.

jueves, 12 de abril de 2012

... y respondió Ludovicus

Brillante respuesta:


Yo agregaría algo más. El sufrimiento que provoca un clima moral y político malsano es muy particular, casi meteorológico. Borges decía que en el verano porteño uno se sentía, más que aplastado, envilecido. Con los climas morales es igual, hay como una sensación de envilecimiento moral por contagio, como si uno mismo fuera vil, incluso por la mera cobardía de soportarla. Es como lo que debía sufrir Lot en medio del puterío y del encanallamiento de Sodoma. Lo que sufren en Rohirrim cuando Grima ejerce el poder de Saruman. Verguenza ajena que se hace propia. En algún lugar leí que al día siguiente de la ejecución de Luis XVI el pueblo de París tenía verguenza de mirarse a la cara. Y no creo que en Jerusalén, el sábado, la gente se saludara con mucho orgullo que digamos. Es algo pegajoso, una cierta sensación de complicidad en el mal, como una culpa colectiva, una especie de comunión de los santos al revés. Digo.

lunes, 9 de abril de 2012

El martirio del Pirincho


Unas semanas atrás, un ocasional lector del blog apelado Pirincho, dejó un comentario que me ha dejado pensando. Escribía:
Hace unos días un paisano viejo me tiró un salvavidas de plomo.
Especulaba el hombre que no habría martirio triunfal y alegre como el de los primeros mártires. Decía que el martirio de los primeros siglos era martirio "del calvario", pero el que vendrá -esa tribulación como nunca la hubo- será un martirio del "Getsemaní". El peso del pecado aplastando las almas de los justos casi hasta el punto del sudor de sangre. Una conciencia de culpa insoportable.
Pero, cosa rara, insistía el viejo en que igual nos alegráramos.
Más de una vez hemos hablado del tema, y es una cuestión que siempre me ronda en la cabeza, pero nunca lo había pensado de este modo.
El martirio de los primeros cristianos fue, con todas las letras, martirio, es decir, testimonio de sangre y de dolor. Pero ellos contaban con algunas ventajas; la más importante de todas el enorme empuje y fuerza que les venía por la cercanía de los hechos históricos de la salvación; el contacto directo con aquellos que habían conocido al Señor o habían escuchado a los apóstoles; la fuerza y el vigor que les otorgaban las pequeñas comunidades cuyos miembros “se amaban entre ellos” y la palabra y el ejemplo de sus pastores, muchos de ellos también mártires. Subían a la cruz en un ambiente triunfal, aunque no menos doloroso, con la alegría que les daba el convencimiento del encuentro ya muy próximo.
En los siglos posteriores, en general, siempre se afirmó que los mártires de los últimos tiempos sufrían una situación similar. Y así nos imaginamos a nosotros mismos siendo apedreados públicamente en el Obelisco por los militantes de La Cámpora. Pero, ¿y si no fuera así? ¿Y si en vez del martirio triunfal del Calvario se tratara del martirio oscuro y escondido de Getsemaní?
Porque el del Huerto fue también un martirio. Pero fue el martirio del hastío y del peso que produce el pecado y la mentira del mundo que el Señor soportaba, no en sus hombros, como la cruz, sino en su memoria y en su inteligencia. Y por eso, la sangre que allí derramó no fue producto de heridas infligidas por los judíos sino del estallido del dolor interior. Fue el martirio del tedio, del aburrimiento supremo, es decir, del ab horreo, del odio al mal que se enseñoreaba en el cosmos. Fue, también, el martirio de la soledad y del desencanto. Allí, solo junto a un olivo, mientras aquellos a quienes más amaba de entre los suyos, dormían. Solo y olvidado. No se sabe cuál de los dos martirios –si el de la cruz o el del huerto-, fue más doloroso.
Me pregunto, entonces, si el amigo del Pirincho no tendrá razón. ¿No será, acaso, que los mártires de los últimos tiempos deban atravesar por Getsemaní en vez que por el Calvario? ¿Y no será también que tengamos ya el olivar a la vista?
Cuando cada día estamos condenados a enterarnos de los avances del mal en el mundo y en el país y cuando vemos la mentira instalada ya con permanencia en todos los órdenes. Y peor aún, cuando vemos a la inmensa mayoría de los hombres vivir felices y tranquilos en medio del error y de la muerte, ¿no caemos, acaso, en el tenío y el hastío? Si hasta parece, en muchos casos, que estamos cargando con el peso del mal, y no hay modo de convencernos de que nosotros no tenemos nada que ver con él. Las piruetas psicológicas que podamos hacer no son suficientes, y el peso, como el Anillo a Frodo, cada vez nos pesa más.
Y ni siquiera tenemos, como el hobbit, a un Sam a nuestro lado ni a un Gandalf que, a la distancia, vela por nosotros. Estamos solos, porque nuestros pastores nos abandonaron. Ellos se dedican a dialogar con el mundo y a acomodarse en sus carreras eclesiásticas. Pero no es que se desentiendan de nosotros; peor aún, en muchos casos nos persiguen, negándonos incluso el consuelo de una liturgia bella y digna.
¡Cuántas veces, incluso, no deseamos que todo acabe de una vez, aunque no sea de modo heroico y triunfal, sino tan prosaico como fuere! Estamos cansados, y queremos ya escuchar la voz que avisa que el Esposo está cerca, y miramos con impaciencia las lámparas encendidas.
Y aclaro, por las dudas: no digo que seamos los mártires de los tiempos postreros; digo solamente que me parece que el huerto está cercano. Y no soy pesimista. Todo lo contrario, es un comentario escandalosamente optimista, porque supone necesariamente que el Esposo está cerca. ¿Y no debe ser este, acaso, el deseo más ardiente de todo cristiano?