lunes, 26 de agosto de 2019

Dreher, Prada y los monjes


Juan Manuel de Prada publicó ayer un artículo que fue rápidamente reproducido en el blog de mi estimado amigo, el P. Javier Olivera. En él, el famoso novelista se dedica a aporrear a Rod Dreher por su libro La opción benedictina, en la misma línea en que lo hiciera recientemente el último número de la revista española Verbo.
Cuando el año pasado hice un comentario en este blog sobre el libro, dejé en claro que la propuesta de Dreher no puede ser considerada una receta que deba ser seguida por todos los católicos de hoy. En medio del naufragio en el que se encuentra la Iglesia y toda la cultura cristiana, cada uno debe aferrarse a lo que tenga a mano para tratar de mantenerse a flote. Algunos se izarán sobre un bote; otros sobre un barril de lata, y otros apenas si podrán abrazarse a algún madero medio podrido. En definitiva, se trata de cuestiones prudenciales, de decisiones que debe tomar cada uno, dependiendo de la situación concreta que le toca vivir. 

Esta consideración previa no invalida opinar sobre el libro y su propuesta. Yo particularmente, considero que el libro de Dreher no es malo, pero que definitivamente, no es un gran libro. Más aún, es un libro bastante superficial en muchos aspectos y creo que también deshonesto, ya que es innegable que su propuesta se basa en la que hizo hace más de treinta años John Senior, a quien no se menciona en ninguna ocasión. Podemos, entonces, con toda justicia expresar juicios matizados y más o menos negativos sobre La opción benedictina.
Pero lo que no puede hacerse es lo que hace Prada en su artículo, o en buena parte de su artículo.  En primer término, el argumento ad hominem que utiliza es una falacia que cualquiera percibe: que Rod Dreher se haya convertido a la ortodoxia luego de pasar por el protestantismo y el catolicismo, no lo hace “un converso saltimbanqui”. Si ese fuera el criterio para determinar la calidad literaria de una obra, creo que serían muchas las que deberían ser incineradas. No se puede juzgar la obra apelando a la calidad moral del autor.
A continuación, Prada blande contra el Dreher el patrón del chestertómetro, que parece que él posee, y determina que el americano está completamente fuera de los límites establecidos por esa cinta métrica y, por tanto, es un farsante que quiere vendernos gato por liebre, o liberalismo por chestertonismo. 
Sin embargo, el meollo del argumento de Prada, está en esta frase: “…la extensión de la forma de vida benedictina hubiese sido inconcebible si Carlomagno no la hubiese impuesto en todos los monasterios que se hallaban bajo su protección. Sin el amparo del poder político, la labor de San Benito no hubiese obtenido los resultados espectaculares de todos conocidos…”. Esta afirmación es históricamente falsa.  Y no es necesario ser especialista en historia de la Alta Edad Media para comprobarlo. Es cuestión de abrir cualquier historia del monacato occidental. Cuando Carlomagno accede al poder a fines de la segunda mitad del siglo VIII, el monacato estaba extendido por toda la Europa cristiana, y fue justamente ese monacato el que permitió que Carlos pudiera unificar no sólo política sino también culturalmente a Occidente. La renovación del imperio romano y el renacimiento cultural carolingio solamente pudo hacerse efectivo porque había una extensa red de monasterios que habían, a lo largo de más de dos siglos, sostenido no solamente la vida religiosa y la educación, sino incluso la organización política, junto a los obispos, de toda Europa.
Es verdad que fue Luis el Piadoso, hijo de Carlomagno, quien en 817 impuso a todos los monasterios la Regla benedictina, pero este hecho histórico -que quizás sea al que hace referencia Prada-, ni significa que anteriormente los monasterios languidecieran porque no tenían el apoyo político. Fue un acto administrativo, concorde con el afán unificador que caracterizó a los carolingios. Lo cierto es que, hasta ese momento, aunque las fundaciones monásticas que seguían la regla de San Benito era mayoría, había también muchos e importantísimos monasterios que seguían la regla de San Columbano, y otros muchos que seguían reglas menos conocidas como la de los Cuatro Padres o la de San Ferreol. Lo que hizo la corona fue establecer cuál era la regla que debía seguirse y, además, alentar a que los monjes adhieran a la reforma de San Benito de Aniane. Pero todo esto de ninguna manera significa que el impulso y la acción monástica en la sociedad medieval haya sido efectiva porque fue promovida por los políticos de la época. En definitiva, a los efectos prácticos, fue casi intrascendente qué regla seguían los monasterios. Curiosamente, los monasterios con más prestigios intelectual durante la alta Edad Media, como Luxeuil, Bobbio o San Galo, era columbanianos. 
Finalmente, Prada asume en su artículo un concepto de “cristiandad” que no es al que hacen referencia ni Dreher, ni Senior ni ningún otro autor que se encuentra en esta línea de pensamiento. Escribe: “Por lo demás, hubo otras muchas ‘opciones’, aun dentro de la vida religiosa, que hicieron posible la Cristiandad, aparte de la benedictina: […] hubo órdenes más ‘mundanas’, como la Compañía de Jesús, que se encargaron – con apoyo político – de evangelizar el Nuevo Mundo o de presentar batalla a Lutero y sus mariachis”. Los jesuitas, que surgen en la historia en el siglo XVI, lo hacen cuando la Cristiandad ya había desaparecido, puesto que la Reforma había partido a Europa y el ethos católico que permeaba el continente se había diluido. Una confusión conceptual difícil de justificar en un autor de las indiscutibles características de Prada. 
Vuelvo al punto inicial: yo no propongo la opción de Dreher, y tampoco propongo que los católicos se alejen definitivamente de la participación política. Aunque personalmente no soy partidario de ella, entiendo que se trata de una cuestión prudencial. Pero una cosa es estar en desacuerdo con La opción benedictina, y otra arremeter contra el libro de un modo injusto y poco serio. 

sábado, 24 de agosto de 2019

¿Por qué el Papa Francisco no visita Argentina?


por George Neumayr
The Spectator

El sábado pasado llegué a una fría Buenos Aires. Seguramente fue casualidad, pero mi llegada coincidió con el derrumbe del peso. El dólar avanzó un largo camino en Argentina. For U$ 40, los americanos pueden conseguir un hotel cuatro estrellas; for U$ 4, comer un exquisito bife. Los signos de los problemas económicos en Argentina abundan, desde los barrios marginales en las afueras de Buenos Aires hasta los vagabundos que duermen en sucios colchones en el centro de la ciudad. A los argentinos les encantan los dólares, y ofrecen buenas ofertas para comprarlos en efectivo.
Parece que los peronistas están al borde la victoria. Así como Brasil votó por la derecha, Argentina vuelve a la izquierda, como una suerte de adicción a sus tradiciones socialistas.

El propósito principal de mi visita a Buenos Aires fue averiguar sobre quien no es precisamente uno de sus hijos favoritos, Jorge Bergoglio, que todavía no visitó Argentina desde que fue se convirtió en el Papa Francisco. Durante mis primeros días en el país, pregunté a cada católico con el que me encontré que me explicara esta anomalía. Y conseguí respuestas brutales.
“Todos sabemos que es un hijo de puta”, me dijo un ex-fiscal. “Estamos avergonzados de él. Representa nuestras peores cualidades”.
Su amigo agregó que los católicos consideran que Francisco “es una farsa, un papa imaginario”, por no decir, añadió, “que es un hombre inculto y mal educado”.
El ex fiscal me expresó su desprecio por Francisco: “No sabe nada, ni moral, ni teología, ni historia. Nada. Solo le interesa el poder”.
Me doy cuenta que la descripción del Papa Francisco como un ideólogo enloquecido por el poder está muy extendida. Hablé extensamente con Antonio Caponnetto, autor argentino de varios libros sobre el papa Francisco. “En el seminario, sus compañeros de clase lo llamaban Maquiavelo”, señaló.
Caponnetto da dos razones por las cuales el Papa ha evitado regresar a su país de origen: primera, porque al menos la mitad del país lo odia, y segunda, porque a Francisco no le gusta el régimen supuestamente “conservador” y pro capitalista de Macri. Esta última razón es absurda: Macri no es conservador, y los conservadores argentinos son los primeros en decirlo.
El miércoles por la mañana visité a Santiago Estrada, ex embajador de Argentina ante la Santa Sede. Ha estado cerca de Bergoglio durante décadas, y sabe que Bergoglio “odia a los hombres de negocios”. No le gusta Macri, dijo, no porque Macri sea un pilar del conservadurismo sino porque Macri simplemente no es tan anti-empresarial “como el Papa”. Estrada era reacio a criticar a su amigo, pero reconoció que la promoción que el Papa ha realizado de obispos con antecedentes de abusos sexuales es “inexplicable”.
Los predecesores del papa visitaron su países de origen. Incluso el tímido papa Benedicto XVI desafió a sus críticos alemanes y viajó a su patria.
¿Sería realmente posible que el Papa Francisco pudiera boicotear a Argentina por el resto de su mandato?
Probablemente no. Por un lado, dicen los católicos comprometidos, si los izquierdistas incondicionales regresan al poder, “él volverá al país”. Estrada cree que “definitivamente regresará el próximo año” si Macri pierde, pero que llamará a su viaje una “visita pastoral”.
“Francisco ha estado trabajando detrás de escena” para ayudar al oponente de Macri, me dijo un agente político argentino. “Quiere que Macri pierda”.
Los conservadores temen la posibilidad de una victoria peronista. Uno, que tiene un blog político, me dijo: “Dejaré el país. Ya no será seguro para nosotros”.
Lo comprobé el martes cuando pasé frente a la oficina de uno de los partidos de izquierda de Argentina. Tan pronto como saqué mi cámara para tomar algunas fotos, un par de matones aspirantes a peronistas salieron corriendo de la oficina para interrogarme. “¿Qué estás haciendo?”, me preguntaron. Los ignoré, mientras que otro miembro de mi grupo trató de apaciguarlos con una pieza de falsa adulación hábilmente compuesta.
Un católico conservador que me llamó la atención me dijo que el peronismo de los francisquistas es tan fuerte que algunos acólitos del Papa están hablando de canonizar a Evita.


jueves, 22 de agosto de 2019

Peregrinación de Nuestra Señora de Cristiandad








Participaron más de mil personas, congregadas de todos los rincones de Argentina, y también capítulos de Paraguay y Brasil.








jueves, 15 de agosto de 2019

La Asunción de Nuestra Señora


La solemnidad de la Asunción de la bienaventurada Virgen María, es una ocasión para ascender con María a las alturas del espíritu, donde se respira el aire puro de la vida sobrenatural y se contempla la belleza más auténtica, la de la santidad. La fiesta de hoy nos impulsa a elevar la mirada hacia el Cielo. No un cielo hecho de ideas abstractas, ni tampoco un cielo imaginario creado por el arte, sino el Cielo de la verdadera realidad, que es Dios mismo: Dios es el cielo. Y él es nuestra meta, la meta y la morada eterna, de la que provenimos y a la que tendemos.
Nosotros no alabamos suficientemente a Dios si no alabamos a sus santos, sobre todo a la “Santa” que se convirtió en su morada en la tierra, María. Mirando a la Virgen elevada al Cielo comprendemos mejor que nuestra vida de cada día, aunque marcada por pruebas y dificultades, corre como un río hacia el océano divino, hacia la plenitud de la alegría y de la paz. Comprendemos que nuestro morir no es el final, sino el ingreso en la vida que no conoce la muerte. Nuestro ocaso en el horizonte de este mundo es un resurgir a la aurora del mundo nuevo, del día eterno. Ante el triste espectáculo de tanta falsa alegría y, a la vez, de tanta angustia y dolor que se difunde en el mundo, debemos aprender de Ella a ser signos de esperanza y de consolación.
Al estar en Dios y con Dios, María está cerca de cada uno de nosotros, conoce nuestro corazón, puede escuchar nuestras oraciones, puede ayudarnos con su bondad materna. Podemos poner siempre toda nuestra vida en manos de esta Madre, que siempre está cerca de cada uno de nosotros.

Benedicto XVI

lunes, 12 de agosto de 2019

Comentarios posteriores: Misa tradicional en Argentina




El mapeo realizado en el post anterior con los lugares de celebración de la misa tradicional en Argentina trajo aparejados una serie de cuestiones que sobrepasan lo que es estrictamente el relevamiento de datos para hundirse en otras cuestiones de la historia reciente.
En cuanto al relevamiento general en sí, lo cierto es que Argentina está en mejores condiciones que la mayor parte de los países de Hispanoamérica, y probablemente que la misma España, tal como nos advertían algunos comentaristas. Lo llamativo es que importantes ciudades y regiones del país no cuentan con misa tradicional, es decir, que aún después del motu proprio Summorum pontificum, ni obispos, ni sacerdotes ni laicos parecen interesados en volver al culto que la Iglesia rindió a Dios durante más de mil quinientos años, y seguían conformándose con la misa reformada por el Vaticano II.
Algunos amigos me señalaban que muchas de las razones de esta realidad hay que buscarlas en la historia. Y creo que tienen razón, aunque me parece que estas razones históricas pueden justificar lo sucedido en los ’70, ’80 y ’90, pero no lo que vino después. 
Veamos:

El frente interno: Varios diócesis de Argentina, apenas terminado el Vaticano II, eran un hervidero de curas marxistas y contestatarios. Casos como el de Mendoza, donde tan temprano como 1965, veintisiete curas tercermundistas se rebelaron contra el arzobispo Alfonso Buteler, o el de Rosario, donde treinta curas hicieron lo propio, ocupando parroquias, contra el arzobispo Guillermo Bollati en 1968, son muestras elocuentes del clima que se vivía a fines de los ‘60 en el país. Habían, además, varios obispos que alentaban las reivindicaciones revolucionarias de sus curas. Recientemente hemos tenido la vergonzosa beatificación de uno de ellos, Mons. Enrique Angelelli, obispo de La Rioja, que promovió y protegió a curas y terroristas montoneros, y en la misma línea estaban otros como Mons. Carlos Ponce de León, obispo de San Nicolás -muerto, como Angelelli, en un accidente de tránsito-, Mons. Alberto Devoto, obispo de Goya, muerto igualmente en un accidente automovilístico y Mons. Carlos Cafferata, obispo de San Luis.
El episcopado en su conjunto, sin embargo, era conservador. No en vano eligió como presidente a Mons. Adolfo Tortolo, el más volcado a la derecha de todos ellos, y quizás también el más santo. Yo estimo que fue merced a estos factores que, en general, durante los ’70 se nombraran obispos de tendencia conservadora y se frenaran en seco los arrebatos de los curas tercermundistas. El nombramiento del recientemente fallecido Mons. Rodolfo Laise en San Luis, por ejemplo, impidió el crecimiento de un potente foco marxista entre el clero de esa diócesis. 
El caso concreto de Paraná, al que me referí en el último post, era particularmente complejo. Desconozco el estado de su clero en los ’70, pero lo cierto es que Mons. Tortolo, su arzobispo, estaba rodeado. Al oeste, tenía a Santa Fe, cuya universidad católica fue uno de los núcleos más virulentos de Montoneros, y Rosario, del cual ya señalamos ambiente. Al norte, la diócesis de Resistencia, liderada por un cambiante Mons. Di Stefano, fue también un foco montonero, y al sur estaba San Nicolás, con Mons. Ponce de León. Paraná estaba, literalmente, rodeada.
Si establecemos un “eje conservador” en la geografía argentina en esos años, podríamos decir que sus vértices eran Paraná, San Luis y San Rafael, que no tenía curas tercermundistas sino que no tenía curas a secas. Y en cuanto a la liturgia tradicional -que es el tema del post-, lo previsible desde nuestra perspectiva de cuarenta años después, es que es en esas tres jurisdicciones donde debería haberse conservado. Y eso no ocurrió.
¿Por qué? No tengo autoridad para dar una respuesta, pero a partir de la situación descrita, me parece claro que los obispos Tortolo, Laise o Kruk (San Rafael) no estaban en grado de abrir otro frente de batalla. Razonablemente orientaron todas sus fuerzas en evitar el desmadre del clero y en formar sacerdotes cercanos al pensamiento tradicional. De allí el surgimiento o la refundación de los seminarios de sus diócesis respectivas. Desconozco la opinión que tenían sobre la misa tradicional, pero no creo que haya sido negativa per se; si no lo promovieron, y más bien la prohibieron, fue porque no podían abrir otro frente de batalla y porque debían necesariamente tener una relación fluida con Roma que era donde, en definitiva, se asentaba su poder.


El frente romano: Pablo VI, de quien muy pocas cosas buenas pueden decirse, fue el encargado de aplicar el Vaticano II, y el epifenomeno de las reformas conciliares, o su mascarón de proa, era la nueva misa. Para él y para los corrosivos personajes de los que se rodeó, la prohibición de celebrar el rito tradicional era innegociable y en una inteligente maniobra de propaganda, lograron asociar la liturgia tradicional con una rebeldía imperdonable  y convirtieron a sus defensores en parias. Creo que debido a una concepción hipertrofiada de la virtud de la obediencia y a una adhesión exagerada al Sumo Pontífice, los obispos argentinos, más allá de su conservadurismo, compraron los que les vendía la publicidad vaticana. Y así, en todos los ambientes católicos del país, incluidas las tres diócesis del eje conservador, ser lefebvrista era equivalente a ser un leproso. Los curas que celebraban la misa tradicional y los fieles que a ella asistían era perros. Sus amigos de toda la vida le retiraron el saludo y varios fueron echados de sus trabajos y aislados socialmente. 
Si bien puede argüirse que esto ocurrió debido los factores que señalé más arriba —necesidad de mantener la cohesión interna y sumisión a Roma—, resulta difícilmente justificable la saña con la que fueron perseguidos. En lo hechos, eran mucho mejor considerados y tratados los curas tercermundistas que los curas tradicionalistas, con el detalle que aquellos eran marxistas y estos eran católicos. 

Cincuenta años después: Como siempre, es fácil impartir cátedra con el diario del lunes. Pero hoy, cuando han pasado más de cincuenta años de la finalización del Concilio Vaticano II y cuando todas sus reformas, y no solo la litúrgica fueron implementadas, difícilmente pueda alguien negar su fracaso más rotundo. Bergoglio no fue engendrado por un demonio. Bergoglio es el fruto más delicado y primoroso de ese Concilio, y es la muestra más palpable del estado real en el que se encuentra la Iglesia. Sería injusto cargarle a él solo la responsabilidad por el desastre que estamos viendo y que se profundiza día a día. Juan Pablo II, más allá de las simpatías que pueda despertar, fue el ejecutor del Concilio. Es verdad que la suya fue una ejecución moderada y conservadora en muchos aspectos, pero esto no lo exime de responsabilidad, sobre todo en el ámbito litúrgico que es el que nos ocupa en esta columna.
Porque debemos convenir que si el fracaso del Vaticano II es flagrante en todos sus ámbitos, el de la reforma litúrgica lo es más aún. Se inventó una nueva misa a fin de que los hombres del mundo se sintieran más cómodos y no se alejaran a la Iglesia. Lo cierto es que la asistencia a misa en la actualidad, cincuenta años más tarde y cuando los curas son capaces de hacer todas las piruetas necesarias para atraer fieles, está en su punto más bajo de toda la historia de la Iglesia. 
Alguien podría plantear una cuestión contrafáctica: Si la misa no se hubiese tocado, ¿la asistencia a misa se habría mantenido? No es posible saberlo, pero lo que sí sabemos y comprobamos es que la misa reformada no alcanzó su propósito y lo que único que logró fue destruir un monumentos religioso y cultural de más de mil quinientos años de antigüedad.

Conclusión imperfecta: Creo que sería injusto cargar las tintas en que los obispos y sacerdotes “línea media” se opusieran de modo tan cerrado a la misa tradicional en los ’70, ’80 y ’90. La circunstancias que expuse muestran que tanto el frente interno como el frente romano hacían muy complejo tomar otra decisión. Y no me parece que podamos exigirle a todos esos buenos prelados y sacerdotes las admirables actitudes que tuvieron beneméritos sacerdotes los padres Sánchez Abelenda, Gobbi o Sarmiento. 
Me resulta, en cambio, más difícil justificar el encarnizamiento con el que fueron perseguidos todos los que adhirieron al movimiento de Mons. Lefebvre. No fue necesaria, y mucho menos cristiana, la saña y crueldad con la que fueron perseguidos.
Pero más difícil de justificar aún me resulta la actitud de muchos buenos sacerdotes que hoy, cuando hace mucho que pasaron las difíciles circunstancias de las que hablamos, sigan aferrados a la misa de Pablo VI. Puedo entender razones de prudencia con respecto a sus obispos, y de oportunidad y prudencia con respecto a sus fieles, pero no puedo entender la reivindicación que hacen de ella, aludiendo a un novus ordo “bien celebrado”, como suficiente para mantener y restaurar la cultura cristiana. 

miércoles, 7 de agosto de 2019

Misa Tradicional en Argentina


He publicado una nueva página dentro del blog con los lugares y horarios en los que se celebra la misa tradicional en Argentina. Podrán encontrarla entre las pestañas ubicadas debajo de la cabecera del blog, o en este enlace. Seguramente el listado tiene omisiones y errores. Pido entonces que me escriban a gibelino1@gmail.com con las adiciones o correcciones necesarias.
Están consignadas solamente aquellas misas públicas, es decir, las que se celebran con el acuerdo del obispo del lugar. Hay buenos sacerdotes que celebran misa tradicional de modo privado o para un grupo reducido de fieles sin que su obispo lo sepa, puesto que son conscientes que, si saliera a la luz, serían más perseguidos aún de lo que ya lo son.
Están incluídas también las misas que se celebran en las capillas u oratorios de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. Probablemente algunos consideren que estas últimas no deberías ser tenidas en cuenta puesto que se trata de sacerdotes que están "fuera de la Iglesia". Lo cierto es que el Papa Benedicto XVI levantó las ignominiosas excomuniones que se habían promulgado contra los cuatro obispos de la Fraternidad, y que el Papa Francisco autorizó a todos los sacerdotes de este instituto a celebrar lícita y válidamente los sacramentos de la penitencia y del matrimonio. Por otro lado, la ex-Pontificia Comisión Ecclesia Dei siempre reconoció no solamente la validez de las misas celebradas por la FSSPX sino que dictaminó en diversas ocasiones -y algunas muy recientemente- acerca de la completa licitud para los fieles de asistir a ellas. Por tanto, aunque falte aún firmar algún papelito que asegure la "comunión plena", lo cierto es que, de hecho, la FSSPX está reconocida por la Santa Sede.

El listado, sin embargo, permite varias lecturas y reflexiones:
1. Se observa una tendencia a que en las diócesis donde hay presencia de la FSSPX, hay también misas "motu proprio", lo cual se entiende porque se ha producido una suerte de saludable competencia, puesto que los obispos o bien no quieren perder fieles, o bien no quieren que la franquicia "Misa San Pío V" sea exclusiva de la Fraternidad. 
2. Esto lleva a plantearse una  pregunta contra fáctica: ¿Tendríamos misa tradicional en Argentina si no se hubiese establecido con fuerza en nuestro país la FSSPX en los '70, soportado durante décadas el acoso y el ataque despiadado de obispos, sacerdotes y laicos?
3. La distribución geográfica de los prioratos y capillas de la Fraternidad es llamativa. Teniendo en cuenta que habitual y razonablemente ellos eligen sus lugares de fundación de acuerdo a la "demanda real" por parte de los laicos -puesto que no hay obispos que los llamen-,  resulta comprensible su presencia en ciudades como Buenos Aires, Córdoba, Mendoza o Salta, que son capitales de provincia y con grupos laicales de larga formación. Sin embargo, aparecen también lugares pequeños y apartados en los que, sin embargo, tienen una intensa actividad, como Curuzú Cuatiá o Mercedes, en Corrientes, o Laferrére, en el Gran Buenos Aires.
4. Es muy curioso también observar los lugares donde se celebra, y sobre todo donde no se celebra, la misa "motu proprio". Podríamos ser compresivos in extremis con la ciudad de Buenos Aires. Allí tuvo su guarida el cardenal Bergoglio y dejó la arquidiócesis convertida en un erial. Por otro lado, los fieles porteños tienen, además de la opción de la FSSPX, la posibilidad de asistir para cumplir el precepto a las liturgias de las iglesias orientales (armenios, ucranianos, maronitas o greco-melquitas) o bien, correrse hacia alguna iglesia del Gran Buenos Aires donde se celebre el rito romano tradicional. 
5. Resulta menos comprensible, en cambio, que no haya misa tradicional -ni "motu proprio" ni FSSPX- en ciudades tan importantes como Rosario, Santa Fe o Resistencia, en provincias del NOA como Catamarca o La Rioja, o en toda la Patagonia. ¿Cómo es posible, me pregunto, que en Rosario, la segunda ciudad del país, y en toda la provincia de Santa Fe no haya un mínimo grupo de laicos interesados en la misa y que la hayan solicitado a los obispos correspondientes, o a un cura cualquiera, tal como lo habilita el motu proprio Summorum Pontificum? Y por grupo mínimo de fieles el derecho canónico entiende tres personas. Con tres católicos sería razón suficiente para proveer la misa según su forma extraordinaria.
6. Sin embargo, resulta del todo incomprensible que la misma situación ocurra en la arquidiócesis de Paraná, y en toda la provincia de Entre Ríos. Paraná fue en los difíciles años '70 y '80 un remanso para los católicos argentinos. Bajo el gobierno de Mons. Adolfo Tortolo, su seminario se transformó en el lugar elegido por cientos de jóvenes para recibir una sana y católica formación sacerdotal. Allí se conservó el estudio de Santo Tomás, de los cantos latinos y del uso de la sotana, y allí enseñaron maestros como el P. Alberto Ezcurra, el P. Alfredo Sáenz, sj. y fray Marcos González, op. Y ellos, y los sacerdotes que formaron, sin duda alguna hicieron escuela no solamente en esa arquidiócesis, sino en otras del país. Me pregunto, entonces, cómo es posible que no exista en Paraná ningún grupo de laicos interesados por la liturgia católica. Por qué los buenos y numerosos laicos que allí viven se conforman con el caldo desleído de la misa de Pablo VI pudiendo, desde la promulgación de Summorum Pontificum, abrevar en la liturgia tradicional, aquella que se celebró en la Iglesia durante más de mil quinientos años. La primera y única respuesta que se me ocurre es porque no lo consideran un tema prioritario; tendrán quizás otras urgencias.  

lunes, 5 de agosto de 2019

Un triste y preocupante fracaso pontificio



Una frase remanida y con frecuente vigencia en Argentina, asegura que las crisis son oportunidades para el resurgimiento; yo agregaría que efectivamente es así, siempre y cuando la recuperación sea comandada por el líder apropiado. Caso contrario, la crisis sigue siendo una oportunidad, pero para profundizar la caída. Es lo que pasó en  nuestro país en 2002, la “salida” de la crisis quedó en manos del peronismo con los Kirchner a la cabeza, y así estamos; y es lo que pasó con la Iglesia en la crisis de 2013 con un papa renunciante: la recuperación quedó en manos del peronista Bergoglio, y el estado actual es terminal. (Moraleja: los argentinos somos la elección más inadecuada para liderar las recuperaciones y el peronismo el movimiento más deletéreo para gobernar).
Estas reflexiones acerca del erial en el que el papa Francisco ha convertido a la Iglesia luego de seis años de pontificado no son solamente propias de un argentino gorila, cercano a la tradición y que hace años abandonó los fantasiosos relatos del nacionalismo. Lo dicen muchos, de diversas formas y diversos ámbitos. Bergoglio recibió una Iglesia en crisis y tenía el poder y la oportunidad para encarar reformas profundas que eran no solamente necesarias sino también urgentes. Lo que hizo en cambio, fue agravar la crisis, jugando sus jueguitos personales y mezquinos, y el estado de postración en el que nos encontramos es evidente. 
Traduzco a continuación la editorial que publicó la semana pasada un diario regional italiano. La muestra me parece interesante. Nadie podrá atribuir a este medio de prensa oscuros intereses internacionales financiados por Donald Trump y asesorados por Steve Bannon, que es la excusa con la que el bergoglismo explica los ataques que sufre el pontífice.   Por el contrario, es la expresión del sentido común de una comunidad italiana, tradicionalmente católica, que describe lo que ve:

Estamos lejos del entusiasmo por el nuevo pontífice que caracterizó el primer periodo de su papado.
Más bien, el efecto Bergoglio no acaeció.
Los datos hablan con claridad: sigue cayendo el número de participantes en las audiencias papales, de los asistentes a misa, de las ofrendas para el óbolo de Pedro, de los italianos que firman el 8 por 1000 para la Iglesia católica.
Más aún: muchísimos artículos de periodistas católicos, también sacerdotes, aparecen todos los días en diarios de todo el mundo para refutar los discursos, las palabras y los nombramientos de Bergoglio.
Mientras que con Benedicto XVI era evidente que había comenzado una recuperación religiosa e incluso cultural, y que la crítica a la Iglesia provenían sobre todo de ámbitos externos, hoy es el mismo mundo católico quien ya no reconoce a su Pastor.

Sacerdotes, obispos y cardenales se acercan con frecuencia a audiencias privadas con Benedicto XVI a fin de encontrar una palabra de consuelo y esperanza. 
Lo que más desconcierta a muchos católicos es que Bergoglio no parece mínimamente interesado por la fe, o por Cristo, o por la oración, sino más bien por la sociología o la política. Bergoglio tiene algunas ideas fijas, entre las que se encuentran los inmigrantes y el ecumenismo, pero no parece que tuviera la más mínima lectura cristiana de estos acontecimientos. Por ejemplo, su afirmación según la cual los cristianos y los islámicos tendrían “el mismo Dios”, hizo enfurecer a los cristianos de Medio Oriente que frecuentemente pagan con su sangre la fe en Cristo, asesinados por los mahometanos.
En cuanto a la moral, son muchos los que no entiende que, más allá de alguna declaración extemporánea, no se haya interesado en hacer nada para promover la vida y la familia y por oponerse a la ideología de género, al matrimonio gay o a la eutanasia. El disenso, como se dice, se expresa de muchas maneras.
En estos días, centenares de alumnos del instituto pontificio Juan Pablo II sobre la familia, lamentan que el Papa haya expulsado intempestivamente del cuerpo docente a profesores tales como Mons. Livio Melina y muchos otros, que eran muy estimados por los pontífices anteriores. 
Sobre todo causa alarma que aún hablando tanto de misericordia, Bergoglio margina sin piedad a teólogos, órdenes religiosas y obispos tradicionales, y llega a defender y proteger a obispos y cardenales con problemas ligados a pecados de corrupción o de homosexualidad, como el obispo argentino Zanchetta, porque son sus amigos o porque son cercanos a la marxistoide teología de la liberación.
La discontinuidad entre los pontífices precedentes y el actual, está lacerando la Iglesia, quizás nunca en la historia tan dividida, confundida y públicamente insignificante como en la actualidad. 
Los que tienen buena información, dicen que el próximo sínodo sobre la Amazonía será para Bergoglio un laboratorio de prueba muy difícil: varios cardenales muy autorizados como los alemanes Brandmüller y Müeller, han ya declarado en varias oportunidades que en el documento preparatorio aparecen varias herejías y que darán batalla.
Hay que ver que la primavera anunciada por los diarios, en particular los que tradicionalmente han sido más enemigos de la Iglesia, como Reppublica, no llegó: la Iglesia de hoy vive un frío invierno.


En la foto que ilustra esta entrada, se encuentran acompañando al venerable Sumo Pontífice, Mons. Eduardo Taussig, obispo de San Rafael; Mons. Samuel Jofré Giraudo, obispo de Villa María y Mons. Pedro Martínez Perea, obispo de San Luis.
Agradezco a Walter Kurtz por enviarme el artículo del diario italiano.


lunes, 29 de julio de 2019

lunes, 22 de julio de 2019

Mons. Juan Rodolfo Laise - R.I.P.



Mons. Juan Rodolfo Laise, OFMCap.
Obispo emérito de San Luis

22 de febrero de 1926 - 22 de julio de 2019

Euge serve bone et fidelis, quia in pauca fuisti fidelis
supra multa te constituam


¿Qué hacemos con Newman?


El próximo 13 de octubre será canonizado el cardenal John Henry Newman, junto con cuatro monjitas fundadoras de algunas de las miles congregaciones femeninas que agonizan desde hace algunas décadas. 

¿Qué decir de esta canonización? Para mi, para muchos de los que colaboran con este blog y para muchos otros que lo leen, el cardenal Newman es una figura central. Su magisterio nos ha formado y en él encontramos un punto de referencia espiritual y doctrinal continuamente. No podríamos, entonces, más que alegrarnos porque en algunos meses será elevado al honor de los altares. Sin embargo, no creo que sea una buena noticia, y esto por varias razones.
1. No sería del todo honesto de mi parte desear, y no en razón de Newman, sino en razón del canonizador serial que lo llevará a los altares. Desde estas páginas he criticado duramente a Bergoglio por canonizar a personajes no solamente menores sino cuestionables, tales como Óscar Romero, Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo II, o beatificar como mártires a Enrique Angelelli y sus tres cómplices. Y yo no tengo ninguna autoridad para deshojar la margarita y elegir a cuáles de los santos que canoniza Bergoglio aceptaré y a cuáles no. O acepto a todos, o a ninguno. Si yo cuestiono y tengo dudas acerca de los procesos y de las motivaciones que tiene el papa Francisco para canonizar y beatificar, debo extender esas cautelas a todos los casos, y no solamente a los personajes que me caen antipáticos y que nunca llamaré o aceptaré como santos.


2. Poco y nada significa en los tiempos actuales integrar el otrora exclusivo club de los santos. Con Juan Pablo II y con Francisco, se convirtió en un club de barrio al que puede ingresar quien sea amigo del presidente de la comisión directiva, sin recomendaciones, ni bolillas negras, ni requisitos, ni elevadas cuotas de ingreso. Algunos números significativos: Francisco, en seis años de pontificado, ha canonizado a 892 santos; León XIII, en veinticinco años de pontificado, canonizó a 13. Y esta popularización de los santos no tiene que ver solamente con el sobredimensionamiento de la oferta, sino con la calidad. Nadie puede estar seguro de que el producto sea genuino. Ser canonizado por Bergoglio es equivalente a ser diagnosticado por un manosanta, es decir, a ser estafado por un timador profesional. Newman era un gentleman, y un caballero nunca aceptaría integrar un club con tan turbias características. 


3. Vayamos a una cuestión más de fondo. ¿Es necesario canonizar a Newman? Fue un hombre virtuosos, fue un buen teólogo, conservó la fe, es ejemplar en muchos aspectos, pero ¿es suficiente? De ninguna manera estoy cuestionando la santidad, entendida como vida virtuosa, de Newman, y seguramente está gozando de la visión divina; lo que cuestiono es la necesidad de su canonización. ¿Para qué hacerlo? Las canonizaciones, a los largo de la historia de la Iglesia o, al menos, desde que se iniciaron los procesos, se reservó para los grandes personajes. Castellani se quejaba en los años ’60 que los papas se estaban dedicando a canonizar monjas fundadoras de ignotas -y muchas veces inútiles- congregaciones religiosas.  Ser un hombre piadoso, inteligente y virtuoso, ¿exige, acaso, la canonización? Insisto que he sido y soy seguidor de Newman, que lo considero uno de mis maestros y guardo por él una profunda devoción, pero eso no implica que necesariamente deba querer que sea canonizado. Por eso mismo, no me pareció tan mal que no se haya abierto por el momento la causa de canonización de Chesterton.


Para mí, Newman seguirá siendo el “cardenal Newman”, sin la aureola de plástico made in China que le colocará Bergoglio encima de su cabeza. 

miércoles, 17 de julio de 2019

En ruta, de Huysmans


La difusión del libro de John Senior La restauración de la cultura cristiana, publicado en Argentina por Vórtice y en España por Homo Legens, trajo en muchos ambientes católicos el interés por la liturgia como centro de la vida cristiana y como instrumento privilegiado de conversión, y de la vida monástica como el ideal de pequeñas comunidades de familias cristianas. El libro señala de qué modo fueron la Santa Misa, los oficios litúrgicos y la formación de los monasterios los que estuvieron en el origen de la cultura cristiana. 

Sin embargo, por motivos no fácilmente comprensibles, el mundo católico ha olvidado a un autor francés que escribió hace ya más de un siglo sobre este mismo tema, y no lo hizo desde el ensayo sino relatando su propio proceso de conversión. Me refiero a Joris-Karl Huysmans, uno de los representantes más conspicuos del decadentismo que, llegado a sus cuarenta años, redescubre la religión de su niñez y vuelve al seno de la Iglesia. 
Discípulo de Émile Zola, su novela más conocida es A rebours, traducida al español como A contrapelo, que narra el estilo de vida exquisito de Des Essentes, que se encierra en una casa de provincias para satisfacer el propósito de sustituir la realidad por el sueño de la realidad. Por esos años, Huysmans vive también una vida de extrema decadencia, no dejando exceso por cometer. 
Pero en 1892, a los cuarenta y cuatro años, se convierte y permanece en la fe de sus padres hasta su muerte en 1907, siendo oblato benedictino. Dejó narrado su lento y difícil proceso de conversión y de vida cristiana en una trilogía en la que, a través de un personaje al que llama Durtal, él mismo narra en forma novelada los vaivenes de su corazón y su enamoramiento de Dios y de la verdad. Las tres novelas son: En route, La cathédrale y L’oblat. Sus obras completas en francés puede bajarse fácilmente de archive.org y en octubre próximo Homo Legens publicará la versión castellana, en una excelente traducción, de En route, traducida como En camino. Merced a la generosidad de los editores, he tenido acceso al texto y va aquí una reseña.

Se trata de un libro largo -casi setecientas páginas en la edición francesa- que describe algunos meses de la vida de Durtal, mientras va madurando en su alma la decisión de dejar su vida de pecado y retornar a la gracia, días que transcurren en París y, en la segunda parte, en un monasterio trapense. No se trata, claro, de una novela en la que predomine la acción. Por el contrario, los núcleos en torno a los cuales se va construyendo son los procesos psicológicos del protagonista y extensos discursos sobre la liturgia y el arte.
Huysmans se revela como un buen psicólogo, o un buen observador y descriptor de sus propios procesos psicológicos. En el libro va mostrando los distintos pliegues y repliegues de su alma que, a pesar de ser consciente de la sentina en la que se encuentra, no termina de decidirse a abrazar la vida divina que se le ofrece. En este sentido, la larga primera parte del libro recuerda a The Hound of Heaven, el maravilloso poema de Francis Thompson, su contemporáneo, con el que también compartió los horrores de la vida de pecado. Y resulta notable que el autor afronte su dolorosa realidad sin ningún tipo de tapujos y la describa en toda su crudeza, más allá de que sus lectores descubrirán fácilmente que los excesos y pecados de Durtal son los suyos propios. Humildad, verdadero arrepentimiento y deslumbramiento por la vida de la gracia son la única explicación que encuentro para que alguien abra de tal modo su alma al indefinible público que conformarán sus lectores. 
Los remolinos de pensamientos, decisiones y contra decisiones que se suceden en la mente de Durtal en sus días parisinos cuando, arrebujado en algún rincón de Saint-Sevrin  o de alguna otra iglesia de la rive gauche -no le gustan los templos de la rive droite- son descrito con toda nitidez e, incluso, con parsimonia, a fin de sacar a luz cualquier arruga, por pequeña que sea, que pueda arruinar la tersura de su alma. Imposible no ver reflejado nuestro propio interior aquí y allá, y caer en la cuenta de que no somos tan originales, ni siquiera en nuestras miserias. Incluso los vaivenes de su espíritu cuando finalmente accede a retirarse durante una semana en un monasterio trapense, presentan similitudes con lo que le ocurre a cualquier cristiano que se enfrenta, en la soledad y el silencio, a la verdad de sus propias mezquindades y al Enemigo que, enfurecido, redobla en esas horas sus ataques.
El segundo núcleo que trata es la cuestión litúrgica. Durtal se convierte por la liturgia, y Huysmans, que es un esteta, se revela a través de su personaje como un incansable buscador de belleza a largo de una serie de iglesias parisinas a las que visita para oír misa, asistir a la bendición del Santísimo Sacramento o a vísperas. En este aspecto se revela como un crítico cruel, que no ahorra ningún adjetivo a la hora de calificar las funciones litúrgicas: “… en Saint-Étienne du Mont, era peor aún; el cascarón de la iglesia tenia su encanto, pero el coro era una sucursal de la casa Sanfourche; tenía uno la impresión de estar en una perrera donde gruñese una variada jauría de animales enfermos;…”, dice por ejemplo sobre el canto durante la misa. “¿Pero cómo hacer comprender a estos curas que la fealdad es sacrílega…?”, se queja.
Sus preferencias se inclinan decididamente por el canto gregoriano que los monjes de Solesmes habían comenzado a expandir por toda Francia, y que él consideraban, como lo consideraban esos monjes, como el más puro y original de los cantos litúrgicos medievales. Ciento cincuenta años después, sabemos que el estilo solemniense del gregoriano, más allá de su inobjetable belleza, no es más que una afrancesada interpretación decimonónica del canto llano. Escribe Huysmans: “Lo que le parecía superior a las obras más alabadas de la música teatral o mundana, era el viejo canto gregoriano, esa melodía llana y desnuda, a la vez aérea y sepulcral; era ese grito solemne de las tristezas y altivo de las alegrías, eran esos himnos grandiosos de la fe del hombre que parecen manar en las catedrales, como irresistibles géisers, del pie mismo de los pilares románicos”.  
Pero su amor por la liturgia, a la que atribuye la virtud de su conversión, escapa a una mera cuestión de esteticismo musical. Huysmans ha hincado el diente y ha descubierto que no se trata de un mero decorado de la vida cristiana sino de la misma vida cristiana. Esto puede apreciarse a lo largo de todo el libro y, de modo particular, en una bellísima y poética interpretación que realiza del año litúrgico.

Una vez convertido, Huysmans asume como propia una espiritualidad litúrgica enraizada en el monacato, y esto ocurre no solamente porque es un decidido partidario de la vida monástica y de su ejemplaridad para toda vida cristiana, sino también porque es hijo de una época -el romanticismo francés-, que reivindicó, a veces exageradamente, la Edad Media y todo lo que con ella se relacionaba. Y quizás sea este un punto que puede criticársele: presenta, a mi entender, una visión idealizada o romántica del Medioevo, y casi me animo a decir, también de la vida monástica.
Su espiritualidad también es profundamente española, y lo digo porque reivindica a lo largo de toda su novela a Santa Teresa de Jesús y a San Juan de la Cruz. Huysmans tiene una profunda inclinación por la mística, y encuentra en estos dos grandes españoles a su expresión más alta. Quizás por los extremismos propios de un converso es muy duro -quizás demasiado duro- con otro tipo de espiritualidades. Refiriéndose a los Ejercicios Ignacianos, escribe: “De hecho aquellos ejercicios no dejaban al alma iniciativa alguna; la consideraban como una masa maleable buena para echar en un molde; no le mostraban ningún horizonte, ningún cielo. En lugar de intentar extenderla, aumentarla, la menguaban con ideas preconcebidas, la encerraban en las cuadrículas de su casillero, no la alimentaban más que de minucias marchitas, de fruslerías secas”. Y, con respecto a la Introducción a la vida devota, de San Francisco de Sales: “De hecho, no sentía necesidad alguna de volverlo a leer, a pesar de sus delicadezas y su ingenuidad inicialmente encantadora pero que acababa por hartar, por empalagar el alma con sus dulces y sus bombones de licor; en suma, aquella obra tan alabada en el mundo católico era una poción con aroma a bergamota y ámbar. Olía a pañuelo de lujo sacudido en una iglesia en la que persistiera un relente de incienso”. 
Finalmente, un detalle del libro que me parece valioso  es que Huysmans, a pesar de su apego a la liturgia y los monjes, era anticlerical, y me refiero al saludable y necesario anticlericalismo católico. Copio aquí un par de párrafos: 
Refiriéndose a los obispos del siglo XVIII dice: “Era aquél un sacerdocio de financieros y lacayos. Mas todavía tenían cierto empaque, tenían talento, en cualquier caso; mientras que, ahora, los obispos no son, en su mayoría, ni menos intrigantes, ni menos serviles; pero ya no tienen ni talento ni dignidad. Pescados, en parte en los viveros de los malos sacerdotes, se muestran dispuestos a todo, sacan almas de viejos usureros, de tratantes de baja estofa, de pícaros, en cuanto los presionan”. 
Y, a la formación cultural del los sacerdotes: “Era monstruoso; ¡los curas tenían que haber perdido, no ya el sentido del arte, -puesto que nunca lo tuvieron-, sino el sentido más elemental de la liturgia, para aceptar semejantes herejías, para soportar semejantes atentados en sus iglesias”.


Volviendo a la idea que planteaba al comienzo, creo que todos los que nos entusiasmamos con la nueva perspectiva que nos dio Senior con sus libros y la renovada esperanza que brota de ellos, debemos también abrevar en Huysmans. Espero que la edición española de En ruta augure la edición de su trilogía completa. 


lunes, 15 de julio de 2019

Apostilla a los árboles otoñales


El último post, dedicado a reflexionar sobre las dificultades de la vida religiosa en esta Iglesia de las últimas décadas, tuvo un elevadísimo número de lectores, sobre todo de España. Y también muchos e interesantes comentarios. Uno de ellos me pareció particularmente lúcido. Decía lo siguiente:
El compromiso que se asume en la vida religiosa y en el matrimonio es principalmente con Dios.
Si el cónyuge te abandona y te estafa, vos le debés igualmente fidelidad. 
Si la congregación cambia o te estafa, lo que hay que evaluar es si las condiciones permiten vivir los votos en sus elementos esenciales.
A mi modo de ver el escrito está encarado desde un punto de vista psicológico natural, sin tener en cuenta la dimensión sobrenatural y la principal referencia a Dios del voto religioso.
Que hay congregaciones que estafan, las hay. Pero eso no justifica de por sí abandonar la vida religiosa.
Yo respondí diciendo que, efectivamente, mi post acentuaba el aspectos psicológico pero que el mismo no debía ser despreciado, sin por eso desconocer la primacía de lo sobrenatural. Pero el núcleo de la cuestión que plantea el comentarista es la siguiente: el voto se hizo a Dios, y a Él se debe fidelidad, más allá de los desvíos de la orden. Si ésta me estafa, eso no justifica que yo rompa mis votos hechos a Dios. 
Lo que yo arguyo es que, en la actualidad, son muchas las órdenes y congregaciones religiosas que impiden cumplir esos votos. Y no lo hacen introduciendo mozuelas (o mozuelos) en la celda del fraile para hacerle romper el voto de castidad, sino volviéndolo loco (literaliter) y privando de sentido la vida que eligió, tal como intenté mostrar en el caso de monja fugitiva.
Pero el comentario da mucho que pensar, y pensando me vino a la memoria un episodio de la Vida de San Benito escrita por San Gregorio Magno. En el capítulo tercero, se narra que los monjes de un monasterio cercano a la cueva de Subiaco se acercaron a Benito para pedirle que fuera su abad. Luego de alguna resistencia, éste accedió y comenzó a exigir a sus súbditos la sujeción y el cumplimiento de la regla monástica, lo que pareció demasiado a aquellos, acostumbrados como estaban a una vida muelle, por lo que decidieron asesinarlo envenenando su vino. Sin embargo, cuando San Benito traza la señal de la cruz sobre la vasija envenenada, ésta se rompe y descubre el complot. Decide, entonces, dejar su puesto de abad y regresar a la caverna subiacense. Y escribe San Gregorio:
Entonces regresó a su amada soledad y allí vivió consigo mismo, bajo la mirada del celestial Espectador.
PEDRO.- No acabo de entender qué quiere decir eso de que “vivió consigo mismo”.
GREGORIO.- Si el santo varón hubiese querido tener por más tiempo sujetos contra su voluntad a aquellos que unánimemente atentaban contra él, y que tan lejos estaban de vivir según su estilo, quizás el trabajo hubiera excedido a sus fuerzas y perdido la paz, y hasta es posible que hubiera desviado los ojos de su alma de los rayos luminosos de la contemplación. Pues fatigado por el cuidado diario de la corrección de ellos, hubiera negligido su interior. Y acaso olvidándose de sí mismo, tampoco hubiera sido de provecho a los demás. Pues, sabido es, que cada vez que por el peso de una desmesurada preocupación salimos de nosotros mismos, aunque no dejemos de ser lo que somos, no estamos en nosotros mismos, ya que divagando en otras cosas no nos percatamos de lo nuestro. […]
El ejemplo del patriarca Benito y la reflexión de San Gregorio ilumina de modo análogo a nuestro caso. Hablando desde el sentido común cristiano y sin tener un conocimiento particular sobre el tema, creo que el compromiso o el fin de nuestra vida es conocer, amar y servir a Dios para gozarle en la futura. En otras palabras, nuestro objetivo es alcanzar el cielo; el objetivo no es, y no puede ser, ser sacerdote, monja, fraile o padre de familia. Estos son medios más o menos aptos, según sea la persona, para alcanzar el fin. Si luego de un prudente proceso de discernimiento que involucre todas las condiciones y virtudes necesarias -memoria de lo pasado, inteligencia de lo presente, razón, providencia, circunspección, cautela y consejo-, el religioso concluye que ese medio que eligió en su momento ha dejado de ser conducente al fin, es decir, la vida en tal o cual congregación le impide cumplir sus votos, no solamente puede sino que debe dejarla. Es lo que hizo San Benito según reflexiona San Gregorio: si la vida comunitaria en ese monasterio se le volvía imposible, le quitaba la paz interior y le impedía la contemplación, lo que correspondía era que lo abandonara.

Ya pasaron los tiempos en que los católicos podíamos darnos lujos que hoy parecen asiáticos. Me refiero a los tiempos en los que, cuando un joven descubría en su interior que tenía vocación para la vida religiosa como educador, podía elegir entre hacerse marista, salesiano, lasallano, viatoriano o escolapio; o si prefería entregarse al cuidado de los enfermos, podía hacerse camilo o hermano de San Juan de Dios; o misionero, se hacía pasionista o redentorista; o monje, y podía elegir entre benedictinos, cirsterciences, trapenses o camaldulenses.  Tiempos pasados. Como bien dijo otro comentarista, si hoy un joven considera que tiene vocación religiosa, más le conviene hacer una carrera universitaria, y permanecer célibe -como aconseja con insistencia San Pablo- hasta que escampe, si es que escampa, porque más que le conviene que el Hijo del Hombre lo encuentre esperando con la lámpara encendida, aunque sea sin hábito, ni votos ni hijos, a que lo encuentre en la celda de un rumboso monasterio con la lámpara apagada.

Nota bene: San Benito, cuando decidió dejar su puesto de abad, no se fue con la mujer que turbaba sus sueños; volvió a su casa, o a su cueva, a vivir en pobreza, castidad y penitencia. Dejar la vida religiosa porque la congregación se desnaturalizó implica continuar en otro ámbito con el cumplimiento de los votos que se hicieron, no tirar la chancleta. 


miércoles, 10 de julio de 2019

Árboles de otoño

Hace algunos días me comentaron que una religiosa a la que conozco desde hace mucho, dejó los hábitos y vive ahora sola en una pequeña casa que ha rentado. Lo curioso es que esta ahora ex-monja tiene más de sesenta años y casi cuatro décadas de vida religiosa. El motivo que adujo para justificar su decisión fue que sus superioras la cambiaban a un destino que ella rechazaba y entonces prefería pasar sus últimos años cerca de su familia de sangre. 
El hecho, que no es desacostumbrado en los tiempos que corren, provoca algunas reflexiones. La primera y más obvia es que probablemente la razón aducida no haya sido más que la excusa que, consciente o inconscientemente buscaba desde hace mucho para dejar la vida religiosa. 
La segunda es posterior a la primera reacción que mucho tenemos al enterarnos de defecciones como esta: “Fue infiel”; “No quiso seguir diciendo sí”, “¡Insensata!” o, incluso, proferimos la maldición del apóstol Judas: “¡Ay de ellos, que son árboles de otoño sin fruto!” (12). And yet… Me pregunto si esta infructuosidad de árboles otoñales se debió a su propia incapacidad de dar frutos o, más bien, al terreno en el cual fue plantada. Dicho de otra manera, ¿no habrá sido que esta religiosa decidió, en la plenitud de su juventud, entregarse a Dios en una congregación determinada en la que esperaba dar frutos pero que, a la postre, ese instituto religioso terminó estafándola, porque el terreno que le ofreció era pedregoso y sulfuroso? ¿Hasta dónde, entonces, las culpas no son compartidas o, más bien, recaen en los dueños del terreno?
Una buena parte de la vida religiosa actual se ha convertido en una estafa, y no me refiero a la estafa de la vida religiosa que denunciaba Bouyer en su Clérigos contra Dios; me refiero a otra más grave aún. Imaginemos cómo habrá sido la vida de nuestra monja. Habrá pasado algunos años en colegios de su congregación pero que ya no son gestionado por las religiosas sino por laicos que les conceden graciosamente, en el mejor de los casos, la coordinación de la catequesis, o la posibilidad de alguna breve reflexión diaria antes de izar la bandera. Coordinará catequistas que estudiaron sus catecismos según las directivas de las Conferencia Episcopal, que apenas sabrán los puntos básicos de la fe y que rebosarán de sociología y de palabras como “encuentro”, “solidaridad”, “amor”, “servicio”. Sus reflexiones diarias le entrarán a alumnos y maestros por un oído y le saldrán por el otro en cuestión de segundos. Si tiene suerte, esta monja organizará un grupo de “jóvenes misioneros” que se reunirá una vez por semana para tener veinte minutos de oración en los que, luego de leer un párrafo de alguno de los libritos de Mons. Tucho Fernández, se tomarán de la mano, cantarán una cancionista pavota y pasarán a la segunda parte de la reunión que consistirá, indefectiblemente, en planificar una colecta solidaria, un recorrida por un barrio pobre distribuyendo juguetes a los niños o una noche de juerga católica. 
Otro lustro lo habrá pasado nuestra religiosa como superiora de la casa que tiene su congregación para almacenar a las monjas ancianas y enfermas. Todo un privilegio: es la única casa que crece de toda la provincia religiosa. Su cometido será estar al día con el pago de los servicios de emergencia, mantener a raya a médicos y enfermeras y conseguir los mejores precios en las funerarias de la zona.
Probablemente, en sus años más jóvenes, la habrán destinado al pensionado que tiene la congregación en alguna ciudad capital, y en el que albergan a jovencitas que van allí a hacer sus estudios universitarios. Allí habrá intentado por todos los medios reunir un grupo de residentes al menos una hora a la semana para hablarles de la fe, es decir, de la necesidad de amar al prójimo, pero seguramente habrá tenido poco éxito. Las pensionistas estaban más bien preocupadas en sus estudios, en sus novios, en que no se les note demasiado las resacas de los fines de semana y en no quedar inadvertidamente embarazadas.
Puede haber pasado también algún tiempo en alguna casa “de misión”. Puede haber sido en Bolivia, donde habrá quedado condolida por la cantidad de jóvenes y adultos alcohólicos, pero su superiora le advirtió que es parte de la cultura de ese pueblo por lo que ella no tiene ningún derecho a ejercer colonialismo cultural pretendiendo imponer la sobriedad. También se habrá escandalizado porque en el dispensario que atienden sus hermanas religiosas se distribuyen a jóvenes y adolescentes pastillas y otros medios anticonceptivos. Pero nuevamente su superiora le advertirá que lo hacen porque las niñas ricas de la ciudad tiene acceso a estos métodos porque tienen plata, y no es justo ni igualitario que las pobres queden embarazadas o deban privarse de divertirse con sus novios. [Estos dos casos son reales; los he escuchado con mis propios oídos].

La “misión” puede haberle tocado en algún barrio pobre del país. Allí, junto a una capilla a la que un cura viene a decir “misa”, o algo que se parece, una vez por semana, habrá vivido junto a otras dos hermanas. Allí habrá enseñado a cocinar y a coser a las mujeres adultas, a lavarse las manos a los niños y el pelo a las niñas. Habrá tocado la guitarra con los jóvenes -los escasos jóvenes que asisten de tanto en tanto a la “misión”- y les habrá hablado de un Dios en el que ella escasamente cree porque, en definitiva, si ese es el Dios verdadero, una y otra vez se preguntará a sí misma si vale la pena consagrarse a él en pobreza, castidad y obediencia. Con los más pequeños, habrá pintado dibujos que luego colgaría en el interior del salón frío y feo que sirve de capilla, con la esperanza de que fueran un señuelo para que los padres de esos niños vayan a la misa dominical. Habrá soportado diversos sacerdotes, algunos mejores y otros peores, pero todos mediocres, y habrá tenido que disimular los problemas que esos curas tenían con el alcohol, con las mujeres o con los muchachitos, porque a ellos, como a ella, también los estafaron.
Llegada a los sesenta años, esta monja con toda legitimidad se habrá preguntado: “¿Qué sentido tiene mi vida? Si me equivoqué, al menos me quedan diez o veinte años para aprovechar”. Habrá imaginado su futuro en una agonizante casa religiosa de su congregación, rodeada de la indiferencia y el tedio de la vida comunitaria, escasa vida comunitaria con otras dos monjas de su edad o más ancianas. Habrá decidido, entonces, dejar los hábitos y volver junto a sus hermanos y sobrinos de sangre. Con lo que recibe de su jubilación de maestra, le bastará para vivir entre ellos, esperando recibir más afecto que el que recibía en su vida religiosa y haciendo algo que la haga sentir útil. 
Esta mujer, que entró en la vida religiosa a fines de los ’70 o principio de los ’80, fue estafada por la Iglesia. Habrá sido más o menos consciente y más o menos culpable de esa estafa, pero la plantaron en un terreno sin nutrientes, con sólo piedras y ripios que le impidieron crecer y dar fruto. Y ella no eligió el terreno. Ella tomó una decisión generosa y sincera, y fue engañada. 
¿Se equivocó? Probablemente, pero yo no la juzgo.


lunes, 8 de julio de 2019

Fuera la teología




Thomas Hobbes dedica la cuarta parte de su Leviathan a realizar una severísima crítica a la Iglesia católica basada en la conocida mitología que utilizan sus enemigos cuando quieren atacarla. Sin embargo, no todo lo que dice son mentiras. Cuando se refiere a las universidades y seminarios católicos afirma que allí no se enseñan más que oscuras teorías basadas en el aristotelismo y que, si alguno de los estudiantes pretende levantar la cabeza por encima de la media, la institución se las arreglará para hallarlo culpable de pactos diabólicos. Trescientos cincuenta años después de esta afirmación, los católicos daríamos rendidas gracias al cielo si nuestros sacerdotes se formaran en el aristotelismo. El problema que tenemos es que no se forman en nada y que muchos pactos siguen vigentes. Y este no es un problema reciente.
El escritor francés Huysmans, escribía en una de sus novelas a fines del siglo XIX: “Ya no existe sacerdote alguno que tenga talento, al menos para los libros; son los laicos los que han heredado esa gracia tan extendida en la Iglesia en la Edad Media. […] La ignorancia del clero, su falta de educación, su carencia de inteligencia de los ambientes, su desprecio por la mística, su incomprensión del arte, le han privado de toda influencia sobre el patriciado de las almas. No influye ya más que en las mentes infantiles de las beatas y camanduleros; y es sin duda providencial, es sin duda mejor así, ya que si se adueñara, si consiguiera alzarse y vivificar a la desoladora tribu a la que dirige, ¡sería la tromba de la estupidez clerical abatiéndose sobre un país, sería el final de toda literatura, de todo arte…” (En route, II parte, c. 1).
Cincuenta años más tarde, el teólogo Louis Bouyer decía lo mismo, como ya comentamos en este blog. Y nuestro Leonardo Castellani desarrolló largamente el tema en su Seis ensayos y tres cartas
¿Por qué traigo nuevamente la cuestión a la discusión? Porque a mi entender, la situación se ha agravado aún más, lo cual parecía ya imposible. Sin embargo, siempre puede hacerse daño, y es lo que está ocurriendo con el pontificado de Bergoglio. No estoy diciendo que hayan bajado órdenes vaticanas para hacer tal o cual cosa, sino simplemente que el gobernante -y en este caso, gobernante absoluto- es arché o principio y, al gobernar, enseña a sus súbditos. Y así como durante el pontificado de Benedicto XVI, por ejemplo, poco a poco comenzó a recuperarse la solemnidad y devoción en la liturgia en muchas iglesias y parroquias de todo el mundo, en el actual, están aflorando las peores truhanes dedicados a destruir. 
Si el Sumo Pontífice, desde su cátedra, menosprecia a los teólogos y aconseja que sean deportados a una isla para que continúen allí con sus discusiones inútiles, mientras los pastores con olor a oveja se dedican a hacer el bien al Pueblo de Dios sin injerencias teóricas, ¿qué actitud podemos esperar de los obispos con respecto a la formación de sus seminaristas? Si el Sucesor de Pedro adhiere a así llamada “teología del pueblo”, según la cual el amorfo “pueblo” es lugar teológico y, en cambio, las grandes obras teológicas no son más que ejercicios dialécticos, y si cuenta entre sus “teólogos” de confianza a impresentables tales como  Juan Carlos Scannone, Tucho Fernández y Carlos Galli, ¿qué podemos esperar de la preparación y solvencia de los profesores de seminario?
En Argentina, hace años ya que se está viendo está nueva degradación. Un caso concreto y reciente ha ocurrido en la arquidiócesis de San Juan de Cuyo, en cuyo seminario, si bien nunca fue de excelencia -era más bien calamitoso-, sus estudiantes hacían los cursos de filosofía y teología siguiendo la ratio acostumbrada en la Iglesia. Pero en el último año ha sufrido una transformación lamentable. Nombrado arzobispo Mons. Jorge Lozano, uno de los bufones favoritos de Bergoglio, se ha dedicado a desmantelar todo lo que de formación seria podía tener, despidiendo a los sacerdotes que poseían títulos académicos y priorizando de forma exclusiva la pastoral. Pareciera que lo que la Iglesia necesita son pastores, y éstos no necesitan saber filosofía y teología. Les basta con las últimas encíclicas pontificias, con los documentos de la Conferencia Episcopal y, por supuesto, con el documento de Aparecida. 

El caso de San Juan de Cuyo no es el único. Como hemos dicho varias veces, la anhelada partida a la casa del Padre de Jorge Bergoglio dejará en la Iglesia argentina tierra arrasada.