domingo, 3 de junio de 2007

El mejor seminario


Estimado Sr. Anónimo:
Me ha solicitado Ud., con manifiesta temeridad, mi opinión acerca del mejor seminario de Argentina. Yo puedo opinar pero no sé qué valor puede tener la opinión de un simple seglar que observa e intenta pensar en lo que observa, y de ese modo evitar que su vida se reduzca a examinar códigos e interpretar leyes.
Creo que el mejor seminario es el seminario que no existe. Es decir, en absoluto, ningún seminario es bueno, ni puede ser bueno pues todos los seminarios son un mal, quizás necesario o quizás el menor de todos, pero un mal al fin. Reconozco que es una afirmación osada, pero basta repasar el origen y evolución de los seminarios para entenderla y, eventualmente, justificarla.
Los seminarios son una invención reciente de la iglesia católica. Surgen como uno de los frutos del Concilio de Trento en la segunda mitad del siglo XVI. Como Ud. verá, la institución como tal tiene poco más de cuatrocientos años lo que, para la doblemente milenaria historia de la iglesia, no es mucho tiempo. Establecidos definitivamente por voluntad del papa San Pío V, fueron creados en muchas diócesis europeas, y luego también americanas, con la ayuda de algunas congregaciones religiosas, entre ellas, y como no podía de ser de otro modo, por los jesuitas, siempre prestos a colaborar con la introducción de la modernidad en la Iglesia.
No es un dato menor que los seminarios hayan sido creados por Trento. Es una acción que responde con claridad al espíritu cristalizador de ese concilio que es visto por muchos como la cumbre del tradicionalismo y que, sin embargo, fue la oficialización del espíritu moderno en el seno de la Esposa de Cristo. Los padres conciliares, ante la tremenda amenaza protestante, optaron por la solución que creyeron más adecuada: cristalizar lo que la Iglesia poseía en ese momento, con toda la carga de racionalismo que esa situación estática implicaba. Y así entonces, surge el Catecismo Romano, donde se cristaliza la doctrina; surge la así llamada Misa Tridentina, donde se cristaliza la liturgia latina según el rito romano, aboliendo definitivamente muchísimos ritos particulares que poblaban las diversas diócesis de Occidente, perdiéndose de ese modo enormes riquezas que habían sido, ciertamente, expresión del Espíritu a lo largo de los siglos; y surgen también los seminarios con el fin de cristalizar la formación de los clérigos según normas doctrinales únicas y, justo es decirlo, para garantizar un cierto nivel de conocimientos y de moralidad que el antiguo sistema no siempre era capaz.
Hasta el concilio tridentino no existían seminarios. El joven, terminado sus estudios iniciales, asistía a la universidad donde cursaba las artes liberales, es decir, estudios filosóficos en sentido amplio, y luego hacía sus estudios teológicos. Si en algún momento consideraba que el estado clerical podía ser una elección de vida, buscaba un obispo quien, luego de conocerlo durante algún tiempo, le confería las ordenes menores y, cuando lo consideraba apto, lo ordenaba sacerdote. Es por esto que la mayor parte de los estudiantes de las universidades medievales eran clérigos, pero no seminaristas. Este modo mucho más natural y libre de acceder a la clericatura comportaba también algunos problemas. Por ejemplo, no era fácil conocer las condiciones morales del candidato, pero lo medievales estaban lejos de ser donatistas y, por otro lado, los pobres difícilmente podían acceder al sacerdocio puesto que sus escasos medios no les permitían acceder a los estudios universitarios.
La evolución de los seminarios no fue, según me parece, adecuada. Poco a poco fueron cayendo en una incurable infantilización. Infantiles eran sus lecciones, consistentes en muchos casos en poco más que un catecismo. Infantil su disciplina: recuerdo que un sacerdote anciano que se había formado en los años ´30 en el seminario de Devoto, regenteado por los jesuitas, me contaba que tenían prohibido, entre otras cosas escuchar tango y que hasta que eran ordenados diáconos, es decir, hasta los 24 o 25 años, los hacían formar en filas en los pasillos y así dirigirse a las aulas. Infantiles en la vida moral y afectiva, con una espiritualidad mostrenca basada en el cumplimiento de ejercicios piadosos que culminaba en una aproximación exclusivamente voluntarista de la vida de perfección. Infantil era el método de estricto encierro durante más de siete años a que sometían a los estudiantes, quienes sufrían además una estrecha vigilancia y continua sospecha, y que, luego de la ordenación, y de un día para otro, los soltaban en medio del salvaje mundo real. (Nunca entendí bien por qué ese empeño de que el cura secular se forme en tal apartamiento del mundo cuando su vida transcurrirá inmersa en el mundo). Como esto, tantas otras cosas provocaron que, con el tiempo, la institución seminaril fuera degenerando hasta llegar a la decadencia de la que nos hablaba el Padre Castellani
Si me pregunta cuál es la solución, sinceramente no sabría qué decirle. Estaría tentado en sugerir que se cerrarán todos los seminarios y mandar a los que quieran ser curas a la universidad como cualquier hijo de vecino, mientras vive con su familia, o con quien quiera, pero la experiencia holandesa al respecto significó la desaparición total de los candidatos al sacerdocio en ese país.
En mi humilde opinión, sin embargo, me atrevería a sugerir dos medidas:
1) Recibir candidatos al sacerdocio que hayan completado ya una carrera universitaria. Con eso se aseguraría una cierta madurez que un adolescente de 18 años hoy no posee. Al pobre muchachito se lo embarca en una carrera no exenta de presiones que finaliza a los 24 años con la imposición de manos sin que muchas veces el joven haya podido tomar una decisión completamente libre, y sin saber con claridad a lo que renuncia y a lo que se compromete. Hace cincuenta años un joven de 18 años podía ser un buen padre de familia; hoy apenas si tienen madurez para elegir el color del buzo que lo identifica a él y a sus compañeros como egresados, y esto sucede aún en los mejores y más católicos colegios.
2) Poner como formadores a personas idóneas. Y ser idóneo para formar jóvenes en un compromiso existencial como el del sacerdocio no significa solamente ser un curita piadoso. Se necesitan condiciones intelectuales, morales y de equilibrio psicológico y afectivo que no siempre se tienen en cuenta. Conozco un seminario, que pasa por ser el más conservador del país, pero que, desde sus inicios fue regenteado por improvisados. Hoy, todos sus superiores son muy buenitos, rezan el rosario todos los días, hablan de Santo Tomás y hasta se animan a decir algún latinazgo en las Misas, pero como formadores, ¡Dios nos libre y guarde!, el daño que hicieron y siguen haciendo en las almas de los jóvenes que allí buscan formarse.
Una medida que sí tomaría sin dudar un instante, si eso estuviera en mi poder, sería la de abolir definitivamente los seminarios menores. Se trata, sin más, de una aberración. Y esto por muchos motivos. Veamos:
1) Los adolescentes que allí viven durante todo el año son, en su gran mayoría, hijos de buenas familias católicas. ¿Qué sentido tiene entonces sacarlos de ese ámbito, que es el suyo natural, para llevarlos a vivir todos amuchados, durante años, con la enorme fragilidad afectiva y psicológica propia de cualquier chico de esa edad? Ud. me dirá que se los aparta de los peligros del mundo, de la televisión, de Internet, de las amiguitas descocadas, y de muchos más. Pero ¿pensó Ud. en los peligros a los que los expone?
2) Si en los seminarios mayores los formadores difícilmente son aptos, en los menores lo son muchos menos. En general, se busca para esos puestos al curita joven y muchachero, recién salido del seminario, a fin de que entienda la problemática del adolescente. ¡Terrible error! Ese curita es apenas un poco menos adolescentes que sus alumnos. ¿Qué experiencia tiene en el trato con almas? ¿Qué conocimientos de psicología humana? Es enorme el daño que puede hacer metiéndose en las profundidades del alma inmadura de esa criatura en las largas sesiones de dirección espiritual. Ud. me dirá: “Ese curita posee la gracias de estado”. Y yo le respondo: “!Un cuerno!” La gracia supone la naturaleza (y no la crea, como pretendía un cura que conozco) y un pibe de 25 años, por más cura que sea, sigue siendo un pibe de 25 años del siglo XXI, un poco más maduro y estable, en el mejor de los casos, que sus pares del mundo. Y, muchas veces, con tortuosidades afectivas y psicológicas, fruto de la malformación que soportó durante sus siete u ocho años de formación, que lo hacen el menos idóneo para aventurarse en tamaña empresa. Ya nos advertía el Señor acerca de lo ocurre cuando un ciego guía a otro ciego.
3) Ud. me dirá que si ese adolescente no va al seminario corre el peligro de perder su vocación. Y yo le respondo, estimado lector, que el tema de la vocación es un macaneo de los curas. La única vocatio o llamada que existe es la que hace la Iglesia, a través del obispo, el día de la ordenación: “Acérquense el que va a ser ordenado presbítero: Juan Pérez”. Ese el llamado o vocación, y no hay otra. Lo que hay, en todo caso, es un acto de la voluntad plenamente libre de la persona que decide consagrarse por entero al servicio del altar y, como consecuencia de esa decisión, el Buen Dios le da las gracias que necesitará para llevar a cabo ese proyecto de vida. Me preguntará Ud., quizás con escándalo, de dónde saco yo tamaña herejía. En primer lugar, la saco de los Padres de la Iglesia. Concretamente, San Benito es muy claro en su regla cuando dice que la llamada a la vida de perfección evangélica es universal, es decir, es para todos. “Todos pueden ser monjes”, asegura. Sólo es necesario tomar la decisión y ser recibidos por el abad y aceptados luego por la comunidad monástica. En ningún lugar de la Regla aparece ese supuesto “llamado” que Dios haría a algunas almas privilegiadas. Dios nos llama a todos a ser perfectos como es perfecto su Padre, y cada uno decide de qué modo llevará a cabo esa perfección: como seglar, como religioso o como sacerdote.
En segundo lugar, por una cuestión histórica. La idea de “vocación” o de “discernimiento vocacional” es muy reciente. El lenguaje católico habló durante siglos de “elección de estado”. Y la diferencia es fundamental: la elección es la proairesis de la que hablaba Aristóteles (como bien sabrá cualquier abogado egresado de la UCA), es decir, la elección de los medios que llevarán a la consecución del fin último. Esta elección surge esencialmente de un acto voluntario, esto es, aquel que es originado por mí y en el que yo estoy envuelto; un acto del que yo tengo el principio y del que yo soy señor. Se trata de “elegir estado”, de un actuar voluntario y concreto, y no de “descubrir la vocación”, lo cual implica más bien un passio, en tanto que la vocación estaría allí y yo no tendría más que develarla. El que elige soy yo, porque Dios me hizo libre, y en virtud de tal elección seré merecedor del premio o del castigo.
Terminaré proustianamente con el relato de una anécdota personal absolutamente cierta e ilustrativa. Hace ya varios años me enteré de que el hermano adolescente de un amigo, de no más de catorce años, había ingresado al seminario menor del IVE. Lo recuerdo aún, delgado y rubiecito, buen chico, educado, simpático y piadoso. La suya era una familia católica practicante que educaba a sus hijos en el temor de Dios, cuidando de que no se contagiaran con la tilinguería de zona norte y haciendo todo lo que estaba a su alcance para que se convirtieran en hombres y mujeres de bien. Me pareció inconcebible que esa familia hubiera permitido que uno de sus hijos se alejara de ellos para ingresa al menor, y me enfureció mucho más el hecho de que un sacerdote pudiera permitirse influenciar de tal modo el alma del muchacho, con las dosis de terror con las que habitualmente se manejan (“Temo al Dios que pasa y no vuelve”, le dicen a los chicos).
Mi abuela, debo admitirlo, es una fiel devota del IVE. Las hermanitas grisazuladas merodean por su casa cada vez que deben viajar a Islandia, Tayikistán o Papúa y necesitan algunos pesos para solventar el pasaje. Además, contribuye desde hace años con un abono mensual que, estamos seguros, sufre un ajuste acorde al ritmo de la inflación real. Se trata, claro, de una devoción a distancia. Hace cinco años nos anunció que se iría por un mes al monasterio que las matarazas tienen en San Rafael. Sus futuros herederos nos aterrorizamos previendo que los campos y las vaquitas que algún día aliviarán nuestras economías domésticas se convertirían en donaciones al IVE quienes, a cambio, le otorgarían graciosamente un lugar en su cementerio del Chañaral y hasta la enterrarían con el hábito grisazulado para asegurarle la salvación eterna. Respiramos aliviados cuando, a los cuatro días de su partida, nos anunció su regreso anticipado debido a cuestiones de salud. Yo estoy seguro que el motivo fue bastante más frívolo que sanitario: las hermanitas le habrán servido té “La Virginia” medio frío en tazas de lata, y yo conozco a mi abuelita y su apego por la porcelana de Brother´s y por el Ceylan tea.
El año pasado mi abuela nos invito a una comida a su casa, “Sin niños”, claro está. Entre otros, había una buena señora cuyana, vecina de las matarazas, a quien mi abuelita estaba alojando debido a un tratamiento médico que la mujer se realizaba en Buenos Aires. En un momento, y para darle alguna participación en la conversación, se me ocurrió preguntarle por el muchachito hermano de mi amigo, quien, a esas alturas, sería ya sacerdote. “Ah, el Padre Tal -me dijo-, estaba en la parroquia de San ......, pero hace unos meses dejó el sacerdocio”. Todos nos quedamos asombrados y yo no tuve mejor idea que preguntar qué había pasado. La señora, eludiendo las normas de urbanidad y mostrando su falta de roce, como después me informó mi abuelita, respondió: “No sabemos. Nunca dicen por qué dejan los padres. Pero el Padre Tal se notaba que iba a dejar. Ud. no sabe cómo miraba a las chicas!”.
Imáginese Sr. Anónimo, al pobre curita de 25 años, que desde los 14 estaba encerrado con muchachitos como él, escuchando a sus (de)formadores diciéndoles que con rosario y cilicio se vencen las tentaciones, expuesto ahora, de un momento para otro, a escuchar diariamente las confesiones de sus bellas y sugerentes feligresas que le contarían los refocilos que tendrían con sus novios y amigos... Hace un mes me crucé con mi amigo y le pregunté por su hermano el ex cura: “Y ahí anda, más o menos. Ahora consiguió un trabajito sacando fotos en casamientos y cumpleaños”. Otra vida arruinada por K. y sus muchachos, y van... ¿cuántas? El que lo sepa, que cante. Dicen que muchas más de cincuenta, pero es el secreto mejor guardado de IVE.
Como Ud. verá, Sr. Anónimo, no he respondido su pregunta. No creo que haya algún seminario bueno en Argentina. Desde las cartas de Castellani las cosas cambiaron, para peor.

sábado, 12 de mayo de 2007

Habemus papam




Leo hoy en La Nación: " Pese a la multitud que Joseph Ratzinger reunió ayer en el Campo de Marte, la mayor de esta primera visita a América latina, según periodistas que cubrieron la última visita de Juan Pablo II a este país, en 1997, el clima era totalmente distinto. "Con Karol Wojtyla era siempre una fiesta impresionante; ahora, en cambio, casi no parece estar en un país latinoamericano", confesó una vaticanista, que recordó que en su última misa aquí (en el estadio de Maracaná, un sitio más pequeño que el Campo de Marte) Juan Pablo II congregó a un millón y medio de personas".


Sra. Vaticanista: Entérese. Se acabó el circo. Habemus papam!


(¿Se darán cuenta los papaslavólatras que el Magno no era tan magno? ¿Reconocerán el enorme daño que hizo a la Iglesia y al mundo? ¿Admitirán que su histrionismo no sirvió para nada? Seamos honestos, que en nuestros tiempos un Papa provoque una fiesta con su sola presencia, no es buen signo. ¿Amigos de los aplausos del mundo o amigos de Jesús? La disyunción no puede ser evitada. Es evangélico).

jueves, 10 de mayo de 2007

Navidad Rusa

Nuestro pulmón oriental

domingo, 6 de mayo de 2007

Donatismo encubierto

Donatismo encubierto. Esta es la expresión que ha enfurecido a un lector anónimo del blog y que merece una explicación más profunda que, muy probablemente, no lo satisfará sino que, por el contrario, lo enfurecerá más aún.
El donatismo era la herejía que, entre otras cosas, cuestionaba la validez de los sacramentos impartidos por sacerdotes de moral dudosa. La doctrina católica es que los sacramentos obran por el poder que poseen en sí mismos, independientemente de quien los administre. En el caso particular del post anterior, la expresión fue usada en referencia a la actitud de muchos católicos exageradamente preocupados por las conductas morales de los sacerdotes.
Personalmente, me importa bastante poco que los curas tengan algunos resbalones de vez en cuando. Me basta con que tengan fe, lo cual, en los tiempos actuales, no es poco, y que, en lo posible, no hablen mucho. En última instancia, este tipo de fallas morales son gentleman´s faults y no me parece preocupantes. Basta leer cualquier historia de la Iglesia, realista y no apologética claro, para darse cuenta de que esta clase de pecados existieron siempre, por momentos con mucha más intensidad que en la actualidad, y la cosa no fue tan grave. Curas y obispos con inclinación a faltar contra el sexto mandamiento siempre existieron. La diferencia es que antes sabían que su conducta era reprensible y que lo suyo era un pecado; hoy, en cambio, pareciera que tener amores con el remisero es una cuestión de la “vida privada” de cada uno, porque cualquiera hace con su fisiología lo que mejor le parece. Esto es al menos lo que aprendimos de las declaraciones del episcopado argentino en el triste caso del casto Macarón.
Pero, más allá de esta opinión personal, lo que quise expresar con la frase escandalosa, fue un temor y un peligro que observo entre los buenos católicos conservadores y tradicionalistas: convertir el catolicismo en una religión moral, cuando la moral, en realidad, viene en segundo lugar, como consecuencia de lo central de nuestra fe: el amor a Cristo Señor, Hijo de Dios y Redentor de la Humanidad.
Esto hay que entenderlo bien: me parece muy importante y, aún más, un deber insoslayable que los católicos, con nuestros pastores a la cabeza, luchemos contra el aborto y contra el matrimonio gay, entre otras podredumbres contemporáneas, pero me parece más importante que tengamos bien claro que nuestra religión es mucho más que eso. Si así no fuera, con la Liga de Madres de Familia y Notivida sería suficiente; no necesitaríamos de toda la estructura de la Iglesia.
Convertir nuestra religión en una institución moral y nuestra vida de cristianos en el cumplimiento estricto de las normas morales, es bastante pobre y no sirve para nada. Lo importante no es no pecar; lo importante es amar a Dios. Lo importante no es no hacer algo, sino hacer la virtud y, entre ellas, la más importante, es decir, la prudencia. Y el hombre verdaderamente prudente ha tirado hace rato la tablita de los deberes morales, que le sirvió en los primeros momentos para llegar a la cima de la virtud, pero que después se convirtió en superflua. Reducir la vida espiritual a una huída continúa del pecado y al cumplimiento estricto de la moral, entendida como norma positiva, es reducir la religión a la cáscara y nadar en la superficie.
Por eso, que los curas se preocupen, y mucho, en conservar intacta la fe propia y la de sus fieles. Si en algún momento se pegan un porrazo, a confesarse y seguir adelante. Por algo la nuestra es una religión sacramental.

lunes, 23 de abril de 2007

San Jorge


Hoy, 23 de abril, es el día de San Jorge.

Jorge nació en una familia cristiana de finales del siglo III Geroncio, su padre, originario de Capadocia, servía como oficial en el ejército romano. Su madre Policromía volvió con su joven hijo tras enviudar a su ciudad natal, Lydda. El joven siguió los pasos de su padre y se unió al ejército poco después de llegar a la mayoría de edad. Debido a su carisma, subió pronto de grado, llegando antes de los 30 años a ser tribuno y comes. Hacia esa época ya se le había destinado en Nicomedia como miembro de la guardia personal del emperador romano Diocleciano. En el 303, este emperador emitió un edicto autorizando la persecución sistemática de los cristianos a lo largo y ancho del imperio. Su césar Galerio fue el responsable de la decisión. San Jorge recibió órdenes de participar en la persecución, pero prefirió dar a conocer su condición de cristiano y criticar la decisión del emperador. Un airado Diocleciano reaccionó ordenando la tortura ejecución del traidor. Tras diversas torturas, Jorge fue decapitado frente a las murallas de Nicomedia el 23 de abril del 303. En 494 San Jorge fue canonizado por el papa Gelasio I.

Se cuenta, además, que en una ciudad del Asia Menor había un dragón que tenía su nido en la fuente que proveía de agua al poblado. Como consecuencia, los ciudadanos debían apartar al dragón de la fuente para conseguir agua, ofreciendo diariamente un sacrificio humano que se decidía al azar entre los habitantes. Un día resultó seleccionada la princesa local. En algunas historias aparece el rey, su padre, pidiendo por la vida de su hija, pero sin éxito. Cuando estaba a punto de ser devorada por el dragón, apareció San Jorge en uno de sus viajes a caballo y se enfrentó con el dragón, lo mató y salvó a la princesa. Los agradecidos ciudadanos abandonaron el paganismo y abrazaron el cristianismo.

Pablo VI, horrorizado por la violenta explosión de masculinidad de este bruto soldadote ante causa tan poco ecológica, y movido por sus pruritos positivistas, decidió expulsar a San Jorge del santoral católico en 1969, quedando el santo en exclusividad para la iglesia ortodoxa, sobre todo los melquitas sirios, que se han hecho los universales receptores de las sobrenaturales dádivas del santo y, también, de las más materiales y contantes de los fieles, según puede verse diariamente en la catedral de Scalabrini Ortiz.

Esta triste exclusión, por otro lado, me da cierta esperanza: parece que los papas puedan “descanonizar a los santos” que canonizaron otros. Quién dice entonces que algún día que caiga también de las hornacinas, como San Jorge, el Marqués de Peralta, si es que los millones de sus vasallos no logran algún otro oportuno milagrito.

Como castigo, quizás, a tamaña expulsión, los porteños padecemos a dos Jorges que ocupan altísimos puestos: Bergoglio y Telermann. Por cierto que el cardenal no es un émulo del militar capadocio. En circunstancias similares, y movido por su celo de diálogo interreligioso, jamás habría cometido la incorrección política de criticar las órdenes de Diocleciano sino que habría sugerido la creación de una Mesa de Diálogo con los sacerdotes paganos a fin de consensuar propuestas superadoras que ayudaran a los hombres y mujeres del imperio a caminar juntos, en paz y armonía, hacia la construcción de un mundo más justo. Una de ellas sería, probablemente, convertir a Nicomedia en Capital Mundial del Diálogo Interreligioso, distinción que ostentará pronto nuestra sufrida Buenos Aires.

Con respecto a nuestro Jefe de Gobierno, ¿qué podemos decir más allá de las palabras del Cardenal? Porque, efectivamente, Jorge es un creyente.

jueves, 5 de abril de 2007

Padrecito Zar

Imágenes tomadas en la coronación del zar Nicolás II en mayo de 1896, último zar de Rusia, asesinado por los bolcheviques y canonizado junto a su familia por la Iglesia Ortodoxa Rusa del exilio.

domingo, 1 de abril de 2007

El latín de Sarlo

Nunca leo Clarín y mucho menos a Beatriz Sarlo, pero hoy escribe un artículo interesante sobre el latín. Los argumentos son débiles y el comentario podría haber estado mucho mejor pero, viniendo de quien viene, me parece suficiente:


El latín, ¿lengua muerta o cultura viva?

Beatriz Sarlo

El Papa ha anunciado su intención de que algunas partes de la misa vuelvan a ser rezadas en latín. Carezco de opiniones sobre la lengua en que debe realizarse un culto religioso y no voy a meterme en un tema del que ignoro todo. Me pregunto, en cambio, cómo suena esto en los oídos de los que van y de los muchos que no van a ninguna iglesia. En especial he escuchado juicios adversos de estos últimos. No van a la iglesia pero tampoco quieren que allí se rece en latín. Creen que el regreso del latín es, más o menos, el regreso de una aristocracia oscurantista, que separa la religión de sus fieles y pone a Dios lejos del común de los mortales. El latín sería, entonces, un obstáculo más para que la gente perciba que lo que sucede dentro de una iglesia es algo próximo a su vida y a su cultura. Con el latín nuevamente en la misa el Vaticano volvería a encerrarse entre sus muros. El Papa anterior ponía a la iglesia en la televisión; su sucesor tendría el plan de devolverla al enclaustramiento.

Hoy el latín representa una especie de condensado de aquello que no debe ser. Hasta hace cuatro décadas se enseñaba en muchos colegios secundarios. Ahora sólo persiste a la defensiva en algunos de los que dependen de la universidad. En 1960, para obtener un diploma de profesor de literatura era necesario pasar por varios cursos de latín y de griego. Cuando en 1984, terminada la dictadura militar, regresamos a la universidad, lo primero que hicimos fue poner en práctica no un plan sino una consigna que consistía en aplastar la enseñanza del latín lo más que fuera posible.

No quiero ni imaginarme el escándalo si alguien propusiera volver a enseñar latín en algunos colegios secundarios. Se recitaría todo el catecismo de la teoría educativa: que la propuesta ignora la cultura de los adolescentes y las necesidades de su formación, pasa por alto las relaciones con el mundo del trabajo, restablece el autoritarismo al definir contenidos de enseñanza lejanos a los intereses de los estudiantes, está de espaldas al futuro y sólo significa el intento reaccionario de restablecer una cultura inservible y elitista.

Entre un "taller de tango" y un "taller de latín", cualquier colegio secundario sabe cuál es el camino al éxito. Y, como la educación es sensible a la mercadotecnia, el latín no tiene ninguna posibilidad de volver. Si está bien o mal enseñar latín a algunos chicos es una cuestión que queda fuera del debate, como si se nos quisiera convencer de que el mejor modo de prevenir el sarampión es declararlo obsoleto. O como si no se enseñara fútbol porque sólo un puñado de excepcionales llega a jugarlo bien.

Por supuesto, no tengo nada contra un "taller de tango", como los que existen en muchos colegios. Si hubiera sido propuesto hace cuarenta años, sus destinatarios habrían respondido con burla o indiferencia. Yo hubiera sido uno de esos destinatarios, y habría dicho que se trataba de un taller reaccionario, mediante el cual el colegio quería combatir el rock e imponernos la decadente música de nuestros padres. Estoy convencida de que un "taller de tango" habría sido repudiado o, por lo menos, ignorado. Hoy, en cambio, es el rock o el pop la música de los padres de los estudiantes secundarios y, por lo tanto, el tango no presenta el insalvable obstáculo de simbolizar la autoridad del pasado sobre el presente. El tango es la música de los bisabuelos y nadie en su sano juicio se pelea con ellos. Ha pasado tanto tiempo, que el tango es fashion. Los padres, en cambio, nunca pueden ser fashion, porque, por más destartalada que esté su autoridad, todavía algo conservan, aunque sólo sea la capacidad de negarse a entregar un poco de dinero extra para diversiones.

Así como la propuesta de enseñar latín no llegaría a ser considerada, hay otras iniciativas, como el "taller de tango" sobre las que existe un consenso instantáneo. Se trata de todo aquello que está vinculado con el presente. El mercado le ha restituido al tango su condición de música actual, que había perdido por lo menos desde fines de los años sesenta. El latín en cambio es considerado no sólo una "lengua muerta" sino una lengua oscura, tediosa e inservible. El latín, como cualquier otra disciplina que no esté conectada de modo funcional con el presente, es un obstáculo y una carga, algo que debe ser repudiado o confiado a un reducido núcleo de especialistas extravagantes que se ocupan de ella. Se los tolera, pero se los mantiene en un lazareto para que no corrompan a la juventud.

De este modo, la lengua de varios siglos de cultura occidental, lengua en la que se escribió no sólo literatura sino las obras fundadoras de la ciencia moderna, queda encerrada en un depósito misterioso y clausurado. Los educadores tienen miedo de ser piantavotos y piensan que los chicos sienten antipatía instintiva por las cosas raras; los chicos, por su parte, no pueden interesarse por lo que nadie les presenta como opción; la escuela renuncia a mostrarles lo que ellos no conocen, afectando así su derecho a la diversidad cultural. Y todos miramos Gran Hermano porque ésa, a diferencia del latín, es nuestra cultura común.