martes, 2 de octubre de 2007

Tierra húmeda


Si la tierra no está húmeda, la semilla no crece. Esta afirmación bucólica, con reminiscencias evangélicas, es verdadera en ambos sentidos, o para ambas clases de semillas: para las buenas y para las malas, para el trigo y para la cizaña. Si la tierra no hubiese estado húmeda, los dos mil quinientos obispos participantes del Vaticano II no habrían votado lo que votaron y ejecutado el mayor descalabro de la Iglesia a lo largo de toda su historia. Pensadores como Newman y Castellani preveían varias décadas antes que el regadío se estaba ya produciendo.
En varias oportunidades se ha comentado en este blog que la Contrareforma y Trento significaron la introducción de la modernidad en la Iglesia, y se calificó a sus adalides como los “modernistas del siglo XVI”. Si esto fue así, necesariamente la tierra debió estar húmeda para que semejante fermento se produjera. ¿Cuál fue el origen de esa humedad? Sobre ese tema quiero reflexionar en este post a partiri de dos hipótesis: (a) El problema de la Contrareforma católica tiene sus orígenes en los procesos de racionalización de la religión operados en el siglo IX y, (b) Siempre ha acarreado grandes males a la Iglesia la implementación de medidas con efectos permanentes para remediar situaciones coyunturales. Veamos:
Toynbee dice que, lo que él llama la “explosión medieval” del siglo XI, fue similar en cuanto a sus efectos a la explosión de la modernidad del siglo XVI. Seguramente el historiador británico tiene razón en lo que hace a la historia global de Occidente, pero yo creo que, en lo que hace a la historia de la Iglesia, el cambio debe ser situado dos siglos antes, es decir, en los albores del siglo IX. En ese momento se producen hechos altamente significativos desde varios puntos de vistas. Señalo tres de ellos y desarrollaré en este post sólo dos. Ellos son: la unificación litúrgica, la unificación monástica y la incorporación de la lógica aristotélica al discurso exegético. Este último elemento da para varios posts, y espero hacerlo de a poco: para los teólogos significó el comienzo de la teología especulativa, para los filósofos de matriz hegeliana y neopositivista, el comienzo de la filosofía y para unos pocos locos como yo, el primer comienzo del fin. Pero dejo esta discusión para otro momento.
La unificación litúrgica: Es a fines del siglo VIII y principios del IX cuando el emperador Carlomagno emprende la tarea de la unificación litúrgica de su imperio. Para él no se trataba sólo de una medida tendiente a mejorar el culto, sino de una medida también política. Europa salía de una existencia tribal, con un cristianismo rural, tosco y primitivo, mezclado todavía en muchos casos con creencias y prácticas paganas, y se dirigía hacia la gloriosa reedición del imperio romano. Debían construir la nueva Atenas, pero esta vez en París. Esa deseada y buscada unanimitas no podía limitarse a lo político sino también debía manifestarse en el elemento religioso. Era necesario entonces vencer las incipientes herejías de la época, como el adopcionismo español, y unificar el culto, dado que por todo el territorio imperial existía una gran variedad de ritos, luego llamados galicanos, cuyas variaciones eran notables incluso de una diócesis a otra.
La situación de debilidad política del pontífice romano frente a los lombardos que lo amenazaban seriamente en el norte de Italia, había provocado que el papa Esteban II buscara protección en Pipino el Breve, padre de Carlomagno e, incluso, viajará hasta París para ungirlo rey de los francos en Saint-Denis en 754. Este compromiso sellado entre los soberanos francos y el papado romano provocó que el mismo Pipino impulsara una primera reforma litúrgica buscando imponer en todos sus dominios el ritual en uso en las iglesias de Roma. Pero no tuvo éxito; le faltó fuerza política para hacerlo. Su hijo y sucesor, sin embargo, emprenderá la tarea que, aunque exitosa desde lo político fue un fracaso, según me parece, desde los litúrgico. El emperador manda a pedir al papa Adriano el libro litúrgico usado en las ceremonias litúrgicas de la Urbe para imponerlo en sus dominios. El pontífice y sus cortesanos, ante semejante requisitoria imperial, consideraron que lo más apropiada era enviarle el “misal” (aún no tenía ese nombre) en uso en la corte papal. Pero este libro era imposible de usar en la vida parroquial porque describía sólo las ceremonias que celebraba exclusivamente el papa. Cuando el volumen llega a la corte de Aquisgrán, el entorno del rey se da cuenta de la situación y será tarea entonces de Alcuino, un cercano colaborador de Carlomagno, de “suplementar” el misal pontificio con las misas y ceremonias que faltaban y que tomará, como es lógico, de la liturgia corriente en las Galias. Así nace el sacramentario gregoriano que se impondrá en todo el imperio carolingio y que, con el paso de los años, llegará a ser adoptado en Roma. Con lo cual nuestro rito romano tiene mucho más de galicano de lo que creemos.
Más allá de la anécdota histórica, lo importante para destacar es el significado profundo de esta acción unificadora. En la coyuntura histórica concreta fue una medida acertada porque contribuyó a la fugaz unanimitas carolingia pero, desde la perspectiva de los siglos, significó también la introducción de un elemento racionalizante en la liturgia viva del pueblo cristiano, según la cual una autoridad, legítima por cierto, ahoga con su mandato las expresiones particulares e impone, en razón de la uniformidad, un rito universal.
La unificación monástica: Análoga a la diversidad litúrgica era la diversidad monástica. Esos primeros siglos del Medioevo estaban poblados de monasterios que seguían reglas particular, redactadas por obispos, abadas o simples monjes, en dependencia siempre de las grandes reglas de la cristiandad: las de Agustín, Basilio, Pacomio y Casiano. Con la irrupción del monasticismo celta surgirán también los monasterios de observancia columbaniana y, con los primeros éxitos de la regla de Benito de Nursia, los de observancia benedictina. Ya en épocas de Pipino el Breve, el obispo Crodegango de Metz había redactado una regla, que hoy llamaríamos “canonical”, a fin de unificar los usos y la vida común de los clérigos de su diócesis. Es que en tanta diversidad no faltaban las comunidades con observancias bastantes relajadas o abiertamente escandalosas.
Será en la época de Carlomagno cuando surge el San Benito de Anianne quien comienza una reforma con rasgos similares a la que dos siglo más tarde llevará a cabo Cluny, y que consistió fundamentalmente, en imponer en todos los monasterios a los que se extendía su jurisdicción e influencia, la observancia de la regla benedictina.
Una vez más observamos que, para la coyuntura histórica, fue una medida acertada: de hecho, gracias a la acción de Benito de Anianne, el monacato occidental es benedictino. Pero, desde la perspectiva histórica, se perdió la enorme diversidad y riqueza, y hasta la espontaneidad, que poseían las otras reglas vigentes en esa época. Se trata también, y siempre desde esta perspectiva, de una medida racionalizante: uniformar y sofocar indirectamente los carismas propios de cada comunidad cristiana. [Soy consciente de que esta última expresión suena muy progre, pero recordemos que originariamente es paulina, y que puede tener una correcta interpretación].

Ambos casos tienen una notable característica en común que yo considero que ha sido siempre uno de los mayores problemas de la Iglesia como acotaba al comienzo: remediar situaciones coyunturales con medidas que tienen efectos permanentes. Dicho de otro modo, universalizar temporalmente lo particular. Y me animo a aplicar este principio, aunque con cierto temor a equivocarme, a un caso más reciente: la definición de la infalibilidad papal. Por cierto que era una medida necesaria desde la coyuntura: se produce dos meses antes de la caída de Roma en manos de Garibaldi y la pérdida definitiva de los Estados Pontificios, con un papa rey dejando en soledad por todos los gobiernos del mundo (sólo era apoyado por el presidente García Moreno de Ecuador y, tímidamente, por el emperador austro-húngaro). Era necesario reforzar la autoridad espiritual del papa dado que perdía para siempre la autoridad política y el mundo que avizoraban los cardenales del Vaticano I era muy oscuro y presagiaba desastres. Pero, desde el punto de vista histórico, ¿era necesaria la definición? No lo creo. Nadie en el mundo católico dudaba de ella e, incluso, el Concilio de Florencia había sido bastante claro al respecto. Por otro lado, veamos las consecuencias que tal medida provocó: el endiosamiento del papa, algo completamente nuevo en la cultura católica, su culto casi latréutico, su absolutismo casi despótico y, también, justificó el festival histriónico al que nos acostumbró el mediático papa polaco. Creo que se podrían encontrar aún otras consecuencias negativas.
Y en este tema soy newmaniano.


gibelino@hotmail.com

domingo, 16 de septiembre de 2007

Mi director me dijo...


En muchas ocasiones he escuchado expresiones como estas vertidas por jóvenes de ambos sexos:
- Mi director espiritual me dijo que me pusiera de novio.
- Mi director espiritual me dijo que tengo vocación
- Mi director espiritual me dijo que siguiera tal carrera universitaria
- Le consulté a mi director espiritual y me dijo que me convenía ponerme de novia con Tal chico.
- Mi director espiritual no me deja ir a Tal lugar.
e così via...
Cuando indago un poco más, en casi todos los casos, descubro que los “directores espirituales” son jóvenes sacerdotes que no superan los 30 o 35 años. Reconozco que he quedado asombrado por tamaña audacia de los jóvenes presbíteros y por tamaña ingenuidad de los jóvenes dirigidos. Así las cosas, se presentan dos problemas para discutir. Empecemos entonces por el más fácil, aunque previamente conviene hacer una aclaración fundamental. Cuando se habla en esta ocasión de Director Espiritual y de Dirigido no hago referencia, por cierto, a la dirección espiritual tal como tradicionalmente la entendió la espiritualidad cristiana y que, paradigmáticamente, podríamos verla reflejada en los Padres del Desierto. No es al caso de abba Antonio o abba Arsenio ni de sus discípulos del éremo egipcio, ni de los starets o “padres” en el sentido más pleno del término que poblaron los siglos posteriores. De modo tal que mi crítica no es a esta venerable institución sino a su deformación.
Por parte de los dirigidos, si son jóvenes, es bastante comprensible la actitud de pasiva sumisión a los graves dictámenes presbiterales. Consiste, ni más ni menos, en el lógico y natural proceso de evitar la angustia de la libertad de la que tan bien escribió Kierkegaard. Toda situación de libertad, es decir, de saberse causa sui, de ser dueño de los propios actos y de las propias decisiones, lo cual implica no sólo una elección puntual sino, en cierto modo, una elección de vida y una elección de sí mismo, produce angustia. Es mejor, en ese sentido, no ser libre. No sólo nos ahorraríamos el temor al fracaso sino también el pecado, como bien decía Simone Weil. Toda decisión lleva consigo, inexorablemente, la sombra del fracaso, y la posibilidad del fracaso angustia. En cambio, si puedo liberarme de elegir, es decir, si otro elige por mí, la responsabilidad del posible fracaso correrá por su cuenta. Yo, aunque víctima, quedaré liberado de esa carga y con ella, de la angustia.
Y es así que el dirigido, más allá de los lícitos intereses sobrenaturales que lo motivan, se acerca el director por razones más prosaicas y psicológicas, aunque plenamente humanas.
Es este el lugar de preguntarse, además, acerca de la necesidad de la dirección espiritual. Resulta claro que no es en absoluto necesaria para la salvación. Si así lo fuera, los Evangelios y los otros escritos revelados nos lo dirían. La salvación es obra del Espíritu, y éste, en el actual orden querido por Dios, necesita para obrar en las almas solamente de los sacramentos. Y la dirección espiritual no es un sacramento. Ergo,...
Sí podemos decir que la dirección espiritual es muy conveniente para la salvación en algunos casos. Los autores espirituales de tradición monástica consideran que estos casos particulares son: elección de estado de vida, escrúpulos y fenómenos místicos. En otras circunstancias podrá ser conveniente desde lo espiritual y desde lo afectivo. Habrán personas que son más propensas a la figura de un pater supervisor, otras que atraviesas situaciones particulares y necesitan consejo y apoyo. Pero, en general, una vida sacramental y de oración ordenada, es suficiente para la salvación que, insisto, no es obra mía ni se debe a mis actos de piedad, sino que es obra exclusiva del Espíritu.
Por parte del Director: No sería demasiado complejo trazar un perfil de estos “directores”. Se trata de curitas de formación más bien conservadora, egresado de seminarios del tipo de los que ya hemos hablado en estas páginas, que se lanzan con entusiasmo a la tarea apostólica, dirigida preferentemente hacia sus pares por motivos sobrenaturales (“hay que salvar almas”), institucionales (“los jóvenes son prioridad para la Iglesia), naturales (“los jóvenes son quienes se encuentran en mayor peligro espiritual”) y hasta psicológicos (¡cuántas cosas, en parte ciertas, podría decir Freud al respecto!). En su haber cuentan con la imposición de manos que les confiere una real gracia de estado, algunos años de vida espiritual más o menos mostrenca, y algunas lecturas. Seguramente habrán leído lo siguiente: 1) La “Vida” y “Las siete Moradas” de Santa Teresa; 2) la mitad de “La subida al Monte Carmelo” de San Juan de la Cruz; 3) la totalidad de la “Teología de la Perfección Cristiana” de Royo Marín, lectura ésta realizada con detenimiento y hasta con fruición (lo cual constituye un caso de perversión propia de los estudios de Erich Fromm); 4) Un pedazo de las “Tres edades de la vida interior” de Garrigou-Lagrange, porque es muy largo y complicado; 5) Algunas obritas espirituales de tono menor y de fuerte sabor contrareformista como las de Alonso Rodriguez.
Este bagaje, por cierto, no es suficiente. Ya hice referencia en otro post a la mentada “gracia de estado”. La gracia supone la naturaleza, y la naturaleza del curita es la de un joven de 26 o 27 años del siglo XXI: no más que eso. La gracia no crea una naturaleza distinta. Los años de vida espiritual podrán ser más o menos intensos pero rara vez serán suficiente para aconsejar ex abundantia cordis. En efecto, ya hemos hablado de las condiciones deplorables que posee la formación espiritual, afectiva e intelectual en los “mejores” seminarios de Argentina. Podrían darse casos extraordinarios, es verdad. No es cuestión de negar aquí a San Luis Gonzaga, a San Estanislao de Kostka o a San Gabriel de la Dolorosa, pero no creo que estos santos, y otros similares, hubiesen aceptado fácilmente ser directores espirituales apenas terminado su periodo de formación (¡y mucho menos de doncellas!). Las lecturas podrán ser más o menos, pero el abba no enseña por lo que leyó sino por lo que vivió. Lo contrario engendra monstruos. Por lo que el bagaje con el que pretenden hacer frente al venerable oficio de director espiritual es tan apropiado y efectivo como el del Dr. Frankenstein.
Pero ¿cuáles son las motivaciones profundas de estos buenos curitas? Convengamos que el poder de manipulación espiritual y psicológica que adquiere un director es enorme, y que tocar esas profundidades humanas no es tarea para neófitos. Es casi como que un recién egresado de la Facultad de Medicina se largara a hacer complejas neurocirugías. ¿No son conscientes, acaso, de su temeridad?
No tengo dudas de que el primero motivo es el lícito y laudable afán pastoral. En definitiva, para eso se hicieron curas, para colaborar en la salvación de las almas. Pero se trata de curas del siglo XXI infectados, algunos más, otros menos, por la modernidad. La modernidad en el mundo, y la modernidad en la Iglesia, que comenzó con la Contrarreforma y que es más peligrosa que aquella.
El cura se ve impelido, por ineludible necesidad espiritual, a obrar, y obrar obras concretas. Él puede tener claro teóricamente, si ha recibido una formación más o menos clásica, que su principal obrar sacerdotal es la celebración de la Santa Misa y de los demás sacramentos, y que tarea suficiente pero, en la práctica, necesita obrar obras concretas, palpables, que justifiquen su existir. Los curas egresados de seminarios progres tienen la cosa más clara: su justificación viene de un obrar que se traduce en prácticas de promoción social y se convierten entonces, en transformadores de la sociedad como los más eficaces agentes de cualquier ONG. Los curas conservadores, en cambio, con buen criterio rechazan esa vida sacerdotal, pero igualmente necesitan de concreciones palpables que les asegure que el gran sacrificio que han realizado se justifica. La dirección espiritual es una de ellas.
Hay otros motivos que provienen de la siempre presente naturaleza humana. En primer lugar, el natural deseo de fecundidad. Un dirigido espiritual es un hijo, y tener muchos dirigidos es casi como ser padre de una familia numerosa similar, quizás, a la de ellos mismos. Y cuánto más si entre esos dirigidos encuentra muchas vocaciones sacerdotales y religiosas. Le será difícil al curita resistirse a la tentación en la que cayó el jesuita Alberto Hurtado: colocar en su habitación las fotografías de todas sus vocaciones, que eran muchas y todas de la Compañía (¿tendremos que discutir nuevamente el tema de la infalibilidad de las canonizaciones? Claro que el canonizador fue el Santo subbito...).
En algunos casos, además, me animaría a decir que hay motivaciones inconscientes, surgidas de las profundidades ignotas de la psicología humana. Pero en ese tema no me meto.
¿Qué actitud tener entonces frente a la dirección espiritual? ¿Qué consejo podemos dar al respecto a nuestros hijos, parientes o amigos? Habrá que evitar, claro, el escándalo y ser cautos en los consejos. Pero habrá que evitar también el daño, a veces irreparable, que un curita metiche puede hacer al alma tierna de un niño o de un joven, o no tan tierna pero igualmente valiosa de un adulto.
Si un ciego guía a otro ciego...

gibelino@hotmail.com

jueves, 13 de septiembre de 2007

Ave Crux


O Crux, splendidior cunctis astris,

mundo celebris, hominibus multum amabilis,

sanctior universis, quae sola fuisti digna portare talentum mundi,

dulce lignum, dulces clavos, dulcia ferens pondera;

salva presentem catervam in tuis hodie laudibus congregatam.

martes, 4 de septiembre de 2007

J.R.R. Tolkien. Su aniversario


El pasado domingo 2 de septiembre se cumplió un nuevo aniversario de la muerte de Tolkien. Aquí va lo que escribió un amigo inglés al respecto:


By Catholic, (I am not using the term as modern theologians do), as sort of a horizontal “we are the world” theology in which all cultural truths end up in a tasteless — and useless — stew. JRR Tolkien was a Catholic who had traditional Catholicism, the Catholicism of altars, feasts, fasts, heroic suffering, rituals, saints, miracles, doctrines, and mysteries, in his very bones. The Trinity and the Mass are as familiar to him as his garden or his beloved Beowulf; nay, more, because these Catholic things, as he saw it, are parts of the one true myth, expressed in the Apostles and Nicene Creeds. Real Catholics (and most other Christians) believe in this story as the foundation of their souls. Tolkien breathed it. He was a frequent Mass-goer who rarely received the Eucharist without first confessing. But he was an English Catholic, and like Evelyn Waugh, he early learned in life that as a Catholic he was something less than a Jew in England, despised and distrusted. He suspected one of his best friends, C.S. Lewis, of being a covert anti-Catholic, a reasonable suspicion based on Lewis’s shameful treatment of the South African poet Roy Campbell. And, he wrote to his son, “Hatred of our church is after all the real only final foundation of the C[hurch] of E[ngland].” As an English Catholic, he knew that he saw the world in a secret, fundamentally different way, and he withdrew into the making of myth — a huge myth that by the very circumstance of its origin, could never fail to echo the Catholic myth

sábado, 1 de septiembre de 2007

Recapitulatio


El blog del Wanderer ha llegado ya, a lo largo de toda su historia, a las 18.000 visitas. No sé si es mucho o es poco, pero la cifra impresiona.

Hay datos interesantes: como era de suponer, la mayor parte de las visitas son de Argentina, particularmente de Buenos Aires, aunque hay un asiduo lector de Federal (E.R.), a quien le agradezco su fidelidad. Hay extrenjeros también: chilenos, brasileños y colombianos; italianos de Roma, españoles de Madrid y franceses de Lille y París. Americanos no faltan, y me llama la antención sobre manera uno de ellos, de San José (CA), quien se conecta frecuentemente desde su servidor Pacbell, entrando directamente a mi página con IE 7.0. Sospecho que es un kukú.

Es muy llamativo también el modo en el cual llegan al blog, sobre todo cuando lo hacen a través del Google, buscando otro tipo de información. Por ejemplo, buscan objetos tales como un "campamento franciscano" o una "sotana y faja jesuita"; buscan a personas tales como "P. Ramiro Sáenz", o "Sebastián Randle misa nueva" o "San Tarcisio" y, !sorpresa! se tropiezan conmigo.

Un particular agradecimiento al blog colega de "Cruz y Fierro", sumamente popular y a través del cual acceden al mío un buen porcentaje de lectores.

La Afectividad y los Prestes

El autor de un blog colega, Ludovico ben Cidehamete, ha dejado un par de comentarios a antiguos posts de este blog. Reproduzco aquí uno de ellos, que me parece excelente, destinado a "El Semianrio de San Luis". A los entendidos e interesados en liturgia les recomiendo que lean el comentario al post "Modernistas del siglo XVI":
Apreciado Caminante:
No parezco respetuoso del jurídico non bis in eadem, pues dos veces el mismo día me tropiezo con estos sabrosos comentarios a su interesantísimo posteo.
Flota en el aire una interesante cuestión, que no estaría nada mal fuera procesada liminarmente en el área electrónica de los blogs, cual es esta, asaber: Si los seminarios forman adecuadamente a los futuros sacerdotes y (por extensión e implicancia); si no resultan afectivamente contraproducentes, o a lo menos, poco educativos.Ud. se las podrá ver con sus Kukúses cuanto quiera, pero el problema no son ellos (que hacen lo que pueden con lo que tienen, que no es gran cosa) sino una tendencia generalizada en la Iglesia que ha devenido mortal tormento y devastador diezmo.
A la ausencia o ineficacia de real estudio, cuyas causas no están del todo claras y pueden tener que ver con el racionalismo atorrante que impera en las cabezas de los "educandos" por incidencia de la enseñanza enciclopédica de pésima calidad (aquí: respirar), se une la falta (o exceso: es lo mismo pasarse que no llegar) casi completa de una verdadera educación de la afectividad, la cual queda reducida, y confundida, a una represión hormonal más o menos indisimulada, en el mejor de los casos.
El santo cura de Ars de salvó del seminario, por que tuvo suerte, por que era bruto, y por que Dios lo ayudó más que todo lo otro. Los seminarios "conciliares" no habrán sido todo lo maravilloso que se esperó en Trento, pero por ahora son irreemplazables, por lo menos hasta la Segunda Venida, así que, salvo casos particulares, habría qu buscarles alguna solución. Una solución sería no confiarles la exclusividad en la formación sacerdotal (anote que digo formación sacerdotal y no "estudios de Filosofía y Teología"), pudiendo el candidato, y acaso también el formador, hacer fructífera la vocación que Dios envía por cualquier otro medio razonable y apropiado.
Castellani tiene unas cartas magnificas sobre este y otros asuntos conexos, que merecen un lugar de honor en un compendio seminarístico y que, por este motivo, jamás lo tendrán. El problema de la afectividad es ESENCIAL, porque es uno de los puntos cardinales, o el cardinal, por dónde se filtra el desequilibrio del Pecado Original en el hombre. Y como tal, se irradia sobre toda la vitalidad del hombre como el ventilador proverbial. Yo considero descuidado este aspecto en la formación sacerdotal desde hace unos 200 años, a tal punto que, aún reducida a hilachas la hormonalidad a fuerza bruta, estilo kukús (y estilo toda la Iglesia, vamos), el sacerdote ya mayor (especialmente el secular) no podrá luchar con parejo éxito contra la soledad que le impone un ministerio errante y errabundo, una vida solitaria y triste, pobre y sin satisfacciones ni acaso, comprensión ni afecciones humanas. Eso ya es mucho pedir: estar solo, ser pobre, casto y además ¡obediente!
Diga lo que le parezca del heroísmo, la santidad, la oración y todo cuanto guste, pero no olvidemos el pecado original, el "bendito" pecado original, cuya primera víctima fue, precisamente, la afectividad humana.
Por lo tanto, para vivir como es debido los consejos evangélicos, y para cumplir con los preceptos eclesiásticos en este renglón, cuyo mantenimiento es conveniente y necesario al estado clerical, es necesaria una formación bien estructurada y equilibrada, que eleve en lugar de reprimir, sin dejar de reprimir lo que no convenga cuando sea preciso.
La explanación ideal de la teoría tomista de la compensación de la fuerza del pecado original por medio del acrecimiento de la fuerza contraria, y de su intensificación constante por medio del hábito virtuoso (o sea a los bifes), no sirve para calmar un estado de emergencia hormonal ni, mucho menos créame, para soslayar los efectos de un enamoramiento sincero, que bien puede darse, y de hecho se da, en aquellos a quienes se les exigen los mayores sacrificios en homenaje ... ¡al Amor!. Hay que comprender siempre y en todo momento que la renuncia al amor de una mujer, a un hogar, a la paternidad natural, es cosa contraria a la naturaleza humana, y que solamente el auxilio de la Gracia puede garantizar o, al menos, permitir.Este problema tiene dimensiones gigantescas y se desparrama, como las neoplasias más resilientes, sobre toda la actividad humana; afecta tanto al virtuoso obispo emérito de San Luis, como a los pelados de Morón y los demasiado vivarachos de Santiago del Estero, o al seminarista afeminado de Villa Devoto, o al curita ya no tan joven que se fuga con una catequista... y se queda a vivir a 2 cuadras de la parroquia traicionada.
Por lo demás: Eso será el caldo de cultivo y semillero de futuros facundos disertantes sobre las diversas crisis de la Iglesia; téngalo por cierto. Y es lógico: el desamor, el olvido y el desapego, son insoportables y, sin soluciones efectivas, colocan al pobre tipo en un plano inclinado que, como mínimo, termina en la herejía.
Déjole le inquietud; así de paso, y si no le parece mal ni me lo toma a artículo de guerra, deja en paz a los kukúses, que a mi modesto modo de ver, hacen lo que pueden, son bastante sacrificados y creen estar en la más absoluta ortodoxia. Y en su presente tienen su castigo, si es que lo merecían.
Cordiales saludos en Jesucristo N. Señor y María Santísima.
L. b-C.

lunes, 2 de julio de 2007

Culto poiético (o liturgia renga)


Un lector numérico del blog sugería en uno de sus comentarios que no había que preocuparse demasiado por las liturgias parroquiales contemporáneas. Las guitarras, los aplausos, los canticos insulsos, las creatividades presbiterales y demás abusos, de ningún podían condicionar nuestra asistencia y participación a esas misas, dado que lo importante era que el sacerdote realmente consagrara el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre del Señor. “Si allí está el Santísimo, es suficiente”, decía el lector. Y aún más, hasta podía considerarse la asistencia a tales actos como una nueva y original cruz, adquiriéndose de ese modo un bonus para la vida espiritual: no sólo saldríamos con la gracia sacramental propia de la eucaristía sino también con el mérito de haber soportado una cruz extra; y la conciencia tranquila.
Simplificando, para el lector de marras, lo importante en la Misa es que el sacerdote confeccione la eucaristía, que las palabras mágicas (de magia verdadera en este caso) sean pronunciadas; lo demás, el rito, los movimientos, las palabras, los cantos, los ornamentos, las velas, la arquitectura del templo, etc. no son más que accesorios que podrán embellecer más o menos la ceremonia, pero accidentes prescindibles al fin. Si lo sustancial está (la fabricación de la eucaristía) no vale la pena hacer tanto bochinche por lo accidental. En definitiva, el lector postula un culto poiético, según el cual la liturgia se ordena exclusivamente al hacer de un objeto exterior aunque santísimo, cual es la eucaristía. La Santa Misa sería entonces no más que poiésis eucarística.
Esta postura no es exclusiva del lector numérico del blog. Se la he escuchado a varios amigos, con más o menos matices, pero idéntica en lo sustancial. Y debo admitir que se trata de amigos pensantes, y que merecen mi más profundo respeto intelectual. Por cierto que es una postura cómoda que evita complicaciones: no es necesario pelearme con el cura de la esquina, ni viajar varios kilómetros los domingos para ir a una misa decente, ni hacerme malasangre. Por otro lado, me ahorro un frente de conflicto y vengo de misa con un mérito de yapa debido a la original cruz que cargué. Sin embargo, me parece que se trata de una postura errónea o, mejor, de una concepción renga de la liturgia.
La cuestión es si la liturgia es exclusivamente poiésis eucarística. Si así fuera, mis amigos tendrían razón y, en todo caso, podríamos discutir la mayor o menor belleza del rito, y los mayores o menores márgenes de vulgaridad tolerables. El problema litúrgico quedaría reducido, por tanto, una cuestión de sensibilidad o de gusto, y como de gustibus non disputantur, no se opondrían a la liturgia tradicional pero tampoco le darían más importancia que la que le dan a la preferencia de Bach sobre Mozart. Se trata de una postura similar a la de muchos conservadores de la curia romana favorables a la liberación de la misa de San Pío V: en el zoológico de la Iglesia postconciliar, es bueno tener una jaula para los tradicionalistas, como tenemos otras para los carismáticos, para los neocatecumenales y para los focolares. De ese modo la Iglesia muestra los altos estándares de pluralidad y tolerancia que posee.
Pero la liturgia no es sólo poiésis eucarística; es también teofanía. Apelo, para desarrollar este concepto, a la catolicidad de la Iglesia que se expresa no sólo en el espacio sino también el tiempo. La particularidad de nuestra liturgia latina y el sello contrarreformista que poseemos, nos restringe en la apreciación de la Santa Misa a sólo algunos aspectos de ella, descuidando o desconociendo otros que sí son valorados, en cambio, en las liturgias orientales que, vale aclararlo, son tan católicas y venerables como la nuestra, reconociendo todas ellas origen apostólico.
Ayer, domingo 1 de julio y fiesta de la Preciosísima Sangre, el curita nos recordaba en su módica homilía, que la Santa Misa es la renovación incruenta del sacrificio redentor del Señor, y tenía razón. Pero la Santa Misa es mucho más que eso. Dionisio Areopagita, a partir de su teología apofática, asegura que la liturgia es uno de los modos privilegiados de manifestación de la Divinidad, puesto que en ella la Santísima Trinidad nos da a conocer veladamente sus misterios a través de los símbolos propios del culto. Se trata de una teofanía maravillosa: es Dios quien abre a los mortales una pequeña rendija del cielo para que podamos observar, y participar, del culto esplendoroso que los ángeles le tributan desde toda la eternidad. “Nosotros, que representamos místicamente a los querubines... y cantamos el himno tres veces santo a la Trinidad que da la vida, apartamos de nosotros ahora todo cuidado terreno, de tal manera que podamos dar la bienvenida al Rey de todas las cosas que viene escoltado por ejércitos invisibles de ángeles ¡ Alleluia. Alleluia. Alleluia!”, canta la liturgia bizantina de San Juan Crisóstomo en el Gran Ingreso. La liturgia, además de sacrificio, es también la participación de nosotros, simples hombre pecadores, en la liturgia celestial. Es el ingreso del cielo en la tierra, de la eternidad en la temporalidad; es el momento privilegiado en el que las jerarquías angélicas descienden y, al rozarnos con sus alas, aceleran el proceso místico de transformación del alma, metamorfosis de divinización que el Dios Altísimo nos ofrece.

La liturgia es "el cielo en la tierra, el lugar donde el Dios de los cielos habita y se mueve"; donde el hombre puede "estar apartado de toda preocupación terrena" para "dar la bienvenida al Rey del Universo". Es el santuario celeste "donde hombres y mujeres, según su capacidad y deseo, son adentrados en el acto cultual del cosmos redimido; donde los dogmas no son abstracciones infecundas, sino himnos de oración exultante”, como dice San Germán de Constantinopla. En la Santa Misa Él viene; se hace presente con los coros angélicos para derramar sobre nosotros los manantiales de su luz, a fin de aumentar nuestra esperanza y nuestra fortaleza, y avivar nuestro deseo de contemplarlo cantando eternamente con los querubines el himno al tres veces santo.

Después de la comunión la liturgia bizantina canta: “Hemos visto la luz, hemos conocido la salvación...” La pregunta es si nuestras liturgias parroquiales, aún realizando la poiésis eucarística, son capaces de hacernos ver la luz y de mostrarnos mínimamente algo de la liturgia celestial; si más allá del ex opere operato del sacramento, son capaces de acercarnos a la divinización; si más allá de la presencia real, son realmente una teofanía transformante.

Creo que en la mayoría de las hodiernas liturgias parroquiales hay poiésis eucarística pero, ciertamente, en ellas no hay teofanía. Claro, cada uno es dueño de asistir a una liturgia renga, si quiere.
gibelino@hotmail.com
Post post: Dejen de hacer quinelas acerca de mi identidad. No soy ninguno de los que dicen que soy, y mucho menos el más obvio de ellos.