
Si la tierra no está húmeda, la semilla no crece. Esta afirmación bucólica, con reminiscencias evangélicas, es verdadera en ambos sentidos, o para ambas clases de semillas: para las buenas y para las malas, para el trigo y para la cizaña. Si la tierra no hubiese estado húmeda, los dos mil quinientos obispos participantes del Vaticano II no habrían votado lo que votaron y ejecutado el mayor descalabro de la Iglesia a lo largo de toda su historia. Pensadores como Newman y Castellani preveían varias décadas antes que el regadío se estaba ya produciendo.
En varias oportunidades se ha comentado en este blog que la Contrareforma y Trento significaron la introducción de la modernidad en la Iglesia, y se calificó a sus adalides como los “modernistas del siglo XVI”. Si esto fue así, necesariamente la tierra debió estar húmeda para que semejante fermento se produjera. ¿Cuál fue el origen de esa humedad? Sobre ese tema quiero reflexionar en este post a partiri de dos hipótesis: (a) El problema de la Contrareforma católica tiene sus orígenes en los procesos de racionalización de la religión operados en el siglo IX y, (b) Siempre ha acarreado grandes males a la Iglesia la implementación de medidas con efectos permanentes para remediar situaciones coyunturales. Veamos:
Toynbee dice que, lo que él llama la “explosión medieval” del siglo XI, fue similar en cuanto a sus efectos a la explosión de la modernidad del siglo XVI. Seguramente el historiador británico tiene razón en lo que hace a la historia global de Occidente, pero yo creo que, en lo que hace a la historia de la Iglesia, el cambio debe ser situado dos siglos antes, es decir, en los albores del siglo IX. En ese momento se producen hechos altamente significativos desde varios puntos de vistas. Señalo tres de ellos y desarrollaré en este post sólo dos. Ellos son: la unificación litúrgica, la unificación monástica y la incorporación de la lógica aristotélica al discurso exegético. Este último elemento da para varios posts, y espero hacerlo de a poco: para los teólogos significó el comienzo de la teología especulativa, para los filósofos de matriz hegeliana y neopositivista, el comienzo de la filosofía y para unos pocos locos como yo, el primer comienzo del fin. Pero dejo esta discusión para otro momento.
La unificación litúrgica: Es a fines del siglo VIII y principios del IX cuando el emperador Carlomagno emprende la tarea de la unificación litúrgica de su imperio. Para él no se trataba sólo de una medida tendiente a mejorar el culto, sino de una medida también política. Europa salía de una existencia tribal, con un cristianismo rural, tosco y primitivo, mezclado todavía en muchos casos con creencias y prácticas paganas, y se dirigía hacia la gloriosa reedición del imperio romano. Debían construir la nueva Atenas, pero esta vez en París. Esa deseada y buscada unanimitas no podía limitarse a lo político sino también debía manifestarse en el elemento religioso. Era necesario entonces vencer las incipientes herejías de la época, como el adopcionismo español, y unificar el culto, dado que por todo el territorio imperial existía una gran variedad de ritos, luego llamados galicanos, cuyas variaciones eran notables incluso de una diócesis a otra.
La situación de debilidad política del pontífice romano frente a los lombardos que lo amenazaban seriamente en el norte de Italia, había provocado que el papa Esteban II buscara protección en Pipino el Breve, padre de Carlomagno e, incluso, viajará hasta París para ungirlo rey de los francos en Saint-Denis en 754. Este compromiso sellado entre los soberanos francos y el papado romano provocó que el mismo Pipino impulsara una primera reforma litúrgica buscando imponer en todos sus dominios el ritual en uso en las iglesias de Roma. Pero no tuvo éxito; le faltó fuerza política para hacerlo. Su hijo y sucesor, sin embargo, emprenderá la tarea que, aunque exitosa desde lo político fue un fracaso, según me parece, desde los litúrgico. El emperador manda a pedir al papa Adriano el libro litúrgico usado en las ceremonias litúrgicas de la Urbe para imponerlo en sus dominios. El pontífice y sus cortesanos, ante semejante requisitoria imperial, consideraron que lo más apropiada era enviarle el “misal” (aún no tenía ese nombre) en uso en la corte papal. Pero este libro era imposible de usar en la vida parroquial porque describía sólo las ceremonias que celebraba exclusivamente el papa. Cuando el volumen llega a la corte de Aquisgrán, el entorno del rey se da cuenta de la situación y será tarea entonces de Alcuino, un cercano colaborador de Carlomagno, de “suplementar” el misal pontificio con las misas y ceremonias que faltaban y que tomará, como es lógico, de la liturgia corriente en las Galias. Así nace el sacramentario gregoriano que se impondrá en todo el imperio carolingio y que, con el paso de los años, llegará a ser adoptado en Roma. Con lo cual nuestro rito romano tiene mucho más de galicano de lo que creemos.
Más allá de la anécdota histórica, lo importante para destacar es el significado profundo de esta acción unificadora. En la coyuntura histórica concreta fue una medida acertada porque contribuyó a la fugaz unanimitas carolingia pero, desde la perspectiva de los siglos, significó también la introducción de un elemento racionalizante en la liturgia viva del pueblo cristiano, según la cual una autoridad, legítima por cierto, ahoga con su mandato las expresiones particulares e impone, en razón de la uniformidad, un rito universal.
La unificación monástica: Análoga a la diversidad litúrgica era la diversidad monástica. Esos primeros siglos del Medioevo estaban poblados de monasterios que seguían reglas particular, redactadas por obispos, abadas o simples monjes, en dependencia siempre de las grandes reglas de la cristiandad: las de Agustín, Basilio, Pacomio y Casiano. Con la irrupción del monasticismo celta surgirán también los monasterios de observancia columbaniana y, con los primeros éxitos de la regla de Benito de Nursia, los de observancia benedictina. Ya en épocas de Pipino el Breve, el obispo Crodegango de Metz había redactado una regla, que hoy llamaríamos “canonical”, a fin de unificar los usos y la vida común de los clérigos de su diócesis. Es que en tanta diversidad no faltaban las comunidades con observancias bastantes relajadas o abiertamente escandalosas.
Será en la época de Carlomagno cuando surge el San Benito de Anianne quien comienza una reforma con rasgos similares a la que dos siglo más tarde llevará a cabo Cluny, y que consistió fundamentalmente, en imponer en todos los monasterios a los que se extendía su jurisdicción e influencia, la observancia de la regla benedictina.
Una vez más observamos que, para la coyuntura histórica, fue una medida acertada: de hecho, gracias a la acción de Benito de Anianne, el monacato occidental es benedictino. Pero, desde la perspectiva histórica, se perdió la enorme diversidad y riqueza, y hasta la espontaneidad, que poseían las otras reglas vigentes en esa época. Se trata también, y siempre desde esta perspectiva, de una medida racionalizante: uniformar y sofocar indirectamente los carismas propios de cada comunidad cristiana. [Soy consciente de que esta última expresión suena muy progre, pero recordemos que originariamente es paulina, y que puede tener una correcta interpretación].
Ambos casos tienen una notable característica en común que yo considero que ha sido siempre uno de los mayores problemas de la Iglesia como acotaba al comienzo: remediar situaciones coyunturales con medidas que tienen efectos permanentes. Dicho de otro modo, universalizar temporalmente lo particular. Y me animo a aplicar este principio, aunque con cierto temor a equivocarme, a un caso más reciente: la definición de la infalibilidad papal. Por cierto que era una medida necesaria desde la coyuntura: se produce dos meses antes de la caída de Roma en manos de Garibaldi y la pérdida definitiva de los Estados Pontificios, con un papa rey dejando en soledad por todos los gobiernos del mundo (sólo era apoyado por el presidente García Moreno de Ecuador y, tímidamente, por el emperador austro-húngaro). Era necesario reforzar la autoridad espiritual del papa dado que perdía para siempre la autoridad política y el mundo que avizoraban los cardenales del Vaticano I era muy oscuro y presagiaba desastres. Pero, desde el punto de vista histórico, ¿era necesaria la definición? No lo creo. Nadie en el mundo católico dudaba de ella e, incluso, el Concilio de Florencia había sido bastante claro al respecto. Por otro lado, veamos las consecuencias que tal medida provocó: el endiosamiento del papa, algo completamente nuevo en la cultura católica, su culto casi latréutico, su absolutismo casi despótico y, también, justificó el festival histriónico al que nos acostumbró el mediático papa polaco. Creo que se podrían encontrar aún otras consecuencias negativas.
Y en este tema soy newmaniano.
En varias oportunidades se ha comentado en este blog que la Contrareforma y Trento significaron la introducción de la modernidad en la Iglesia, y se calificó a sus adalides como los “modernistas del siglo XVI”. Si esto fue así, necesariamente la tierra debió estar húmeda para que semejante fermento se produjera. ¿Cuál fue el origen de esa humedad? Sobre ese tema quiero reflexionar en este post a partiri de dos hipótesis: (a) El problema de la Contrareforma católica tiene sus orígenes en los procesos de racionalización de la religión operados en el siglo IX y, (b) Siempre ha acarreado grandes males a la Iglesia la implementación de medidas con efectos permanentes para remediar situaciones coyunturales. Veamos:
Toynbee dice que, lo que él llama la “explosión medieval” del siglo XI, fue similar en cuanto a sus efectos a la explosión de la modernidad del siglo XVI. Seguramente el historiador británico tiene razón en lo que hace a la historia global de Occidente, pero yo creo que, en lo que hace a la historia de la Iglesia, el cambio debe ser situado dos siglos antes, es decir, en los albores del siglo IX. En ese momento se producen hechos altamente significativos desde varios puntos de vistas. Señalo tres de ellos y desarrollaré en este post sólo dos. Ellos son: la unificación litúrgica, la unificación monástica y la incorporación de la lógica aristotélica al discurso exegético. Este último elemento da para varios posts, y espero hacerlo de a poco: para los teólogos significó el comienzo de la teología especulativa, para los filósofos de matriz hegeliana y neopositivista, el comienzo de la filosofía y para unos pocos locos como yo, el primer comienzo del fin. Pero dejo esta discusión para otro momento.
La unificación litúrgica: Es a fines del siglo VIII y principios del IX cuando el emperador Carlomagno emprende la tarea de la unificación litúrgica de su imperio. Para él no se trataba sólo de una medida tendiente a mejorar el culto, sino de una medida también política. Europa salía de una existencia tribal, con un cristianismo rural, tosco y primitivo, mezclado todavía en muchos casos con creencias y prácticas paganas, y se dirigía hacia la gloriosa reedición del imperio romano. Debían construir la nueva Atenas, pero esta vez en París. Esa deseada y buscada unanimitas no podía limitarse a lo político sino también debía manifestarse en el elemento religioso. Era necesario entonces vencer las incipientes herejías de la época, como el adopcionismo español, y unificar el culto, dado que por todo el territorio imperial existía una gran variedad de ritos, luego llamados galicanos, cuyas variaciones eran notables incluso de una diócesis a otra.
La situación de debilidad política del pontífice romano frente a los lombardos que lo amenazaban seriamente en el norte de Italia, había provocado que el papa Esteban II buscara protección en Pipino el Breve, padre de Carlomagno e, incluso, viajará hasta París para ungirlo rey de los francos en Saint-Denis en 754. Este compromiso sellado entre los soberanos francos y el papado romano provocó que el mismo Pipino impulsara una primera reforma litúrgica buscando imponer en todos sus dominios el ritual en uso en las iglesias de Roma. Pero no tuvo éxito; le faltó fuerza política para hacerlo. Su hijo y sucesor, sin embargo, emprenderá la tarea que, aunque exitosa desde lo político fue un fracaso, según me parece, desde los litúrgico. El emperador manda a pedir al papa Adriano el libro litúrgico usado en las ceremonias litúrgicas de la Urbe para imponerlo en sus dominios. El pontífice y sus cortesanos, ante semejante requisitoria imperial, consideraron que lo más apropiada era enviarle el “misal” (aún no tenía ese nombre) en uso en la corte papal. Pero este libro era imposible de usar en la vida parroquial porque describía sólo las ceremonias que celebraba exclusivamente el papa. Cuando el volumen llega a la corte de Aquisgrán, el entorno del rey se da cuenta de la situación y será tarea entonces de Alcuino, un cercano colaborador de Carlomagno, de “suplementar” el misal pontificio con las misas y ceremonias que faltaban y que tomará, como es lógico, de la liturgia corriente en las Galias. Así nace el sacramentario gregoriano que se impondrá en todo el imperio carolingio y que, con el paso de los años, llegará a ser adoptado en Roma. Con lo cual nuestro rito romano tiene mucho más de galicano de lo que creemos.
Más allá de la anécdota histórica, lo importante para destacar es el significado profundo de esta acción unificadora. En la coyuntura histórica concreta fue una medida acertada porque contribuyó a la fugaz unanimitas carolingia pero, desde la perspectiva de los siglos, significó también la introducción de un elemento racionalizante en la liturgia viva del pueblo cristiano, según la cual una autoridad, legítima por cierto, ahoga con su mandato las expresiones particulares e impone, en razón de la uniformidad, un rito universal.
La unificación monástica: Análoga a la diversidad litúrgica era la diversidad monástica. Esos primeros siglos del Medioevo estaban poblados de monasterios que seguían reglas particular, redactadas por obispos, abadas o simples monjes, en dependencia siempre de las grandes reglas de la cristiandad: las de Agustín, Basilio, Pacomio y Casiano. Con la irrupción del monasticismo celta surgirán también los monasterios de observancia columbaniana y, con los primeros éxitos de la regla de Benito de Nursia, los de observancia benedictina. Ya en épocas de Pipino el Breve, el obispo Crodegango de Metz había redactado una regla, que hoy llamaríamos “canonical”, a fin de unificar los usos y la vida común de los clérigos de su diócesis. Es que en tanta diversidad no faltaban las comunidades con observancias bastantes relajadas o abiertamente escandalosas.
Será en la época de Carlomagno cuando surge el San Benito de Anianne quien comienza una reforma con rasgos similares a la que dos siglo más tarde llevará a cabo Cluny, y que consistió fundamentalmente, en imponer en todos los monasterios a los que se extendía su jurisdicción e influencia, la observancia de la regla benedictina.
Una vez más observamos que, para la coyuntura histórica, fue una medida acertada: de hecho, gracias a la acción de Benito de Anianne, el monacato occidental es benedictino. Pero, desde la perspectiva histórica, se perdió la enorme diversidad y riqueza, y hasta la espontaneidad, que poseían las otras reglas vigentes en esa época. Se trata también, y siempre desde esta perspectiva, de una medida racionalizante: uniformar y sofocar indirectamente los carismas propios de cada comunidad cristiana. [Soy consciente de que esta última expresión suena muy progre, pero recordemos que originariamente es paulina, y que puede tener una correcta interpretación].
Ambos casos tienen una notable característica en común que yo considero que ha sido siempre uno de los mayores problemas de la Iglesia como acotaba al comienzo: remediar situaciones coyunturales con medidas que tienen efectos permanentes. Dicho de otro modo, universalizar temporalmente lo particular. Y me animo a aplicar este principio, aunque con cierto temor a equivocarme, a un caso más reciente: la definición de la infalibilidad papal. Por cierto que era una medida necesaria desde la coyuntura: se produce dos meses antes de la caída de Roma en manos de Garibaldi y la pérdida definitiva de los Estados Pontificios, con un papa rey dejando en soledad por todos los gobiernos del mundo (sólo era apoyado por el presidente García Moreno de Ecuador y, tímidamente, por el emperador austro-húngaro). Era necesario reforzar la autoridad espiritual del papa dado que perdía para siempre la autoridad política y el mundo que avizoraban los cardenales del Vaticano I era muy oscuro y presagiaba desastres. Pero, desde el punto de vista histórico, ¿era necesaria la definición? No lo creo. Nadie en el mundo católico dudaba de ella e, incluso, el Concilio de Florencia había sido bastante claro al respecto. Por otro lado, veamos las consecuencias que tal medida provocó: el endiosamiento del papa, algo completamente nuevo en la cultura católica, su culto casi latréutico, su absolutismo casi despótico y, también, justificó el festival histriónico al que nos acostumbró el mediático papa polaco. Creo que se podrían encontrar aún otras consecuencias negativas.
Y en este tema soy newmaniano.
gibelino@hotmail.com


