
Nuestro amigo LUPUS ha lanzado un prolongado y nada despreciable aullido contra Sir Jack Tollers. Que se defienda!
Venía siguiendo atentamente la conversación sobre España, Franco y José Antonio. Venía pensando si tenía algo para aportar o para disentir. Casi llegué a la conclusión de que quizás tenía algo... y paf, Tollers. Su propia facundia me llevó a estar, en principio, sólo medianamente de acuerdo con él. Ojalá lo que digo a continuación sea recibido con el respeto que me anima.
Presumido. Bibliotecario. Es lo segundo que pensé al terminar la lectura de su extenso post. Lo primero lo pensé durante la lectura: brillante, puntual, trata de que no se le escape nada. Dejé pasar un rato, dejé pasar la noche y otro día, hasta que ahora, al borde la nueva noche, creo haber llegado a lo tercero. Anoto ya mismo una duda, una sola, que conservo: ¿preferirá ser entendido o consentido? Prefiero pensar que lo primero. Su página, que también sigo con atención, es excelente, benéfica: las traducciones que realiza, con tanto esfuerzo, no tienen desperdicio; va construyendo, con gran generosidad, un acervo pequeño todavía, pero de a poco indispensable. Un buen amigo de Wanderer. Se me presenta un problema, sin embargo (también con Wanderer), cuando desarrolla sus propios temas: siento que a veces se precipita a las conclusiones. Y hasta las clava en su génesis argumental (como en el caso de este post) para no olvidárselas. Luego, llevado por su conocimiento y su verbo veloz, va levantando temperatura hasta el clímax del desenlace. Dice que nos faltó inteligencia y nos sobró voluntad y que, por eso, ganaron los maricones... Bueno, eso me dejó otra vez la sensación de un pensamiento culto que termina acorralado por el frenesí de la batalla; o mejor dicho, un pensamiento fino que termina encogido, y que debería librarse un poco de tanta electricidad para no ser (perdón, sigo la línea expositiva) recogido.
Pero ¿vas a hablar del tema o de Tollers? Pretendo hablar del tema, pero de modo proficiente: voy a aprovecharme de la abundancia de su post para discernir entre un par de “medianías”. Lo que sigue ahora es lo tercero que pensé y ya no va dirigido al amigo Tollers.
No me atrevo a decir, por lo menos no todavía, que es un estilo constante o generalizado, pero a las pruebas me remito si afirmo que es precisamente a las personas formadas, “bienpensantes”, cultas, de doctrina sólida, a quienes su propia fuerza intelectual las impele a inclinarse hacia el lado del fatalismo, que es la actitud vital del pagano. El cual, de punta a punta de la historia, revive en cada uno de nosotros cuando nos bebemos de un solo trago, en cada encrucijada, el elixir maniqueo de los “dos bandos”.
¿No existen dos bandos? No, aunque sean muchísimas las veces en que los hombres nos dividamos de ese modo. Dios no es Zeus y Cristo no es Manes. Dios es Dios y existe y es. Es Padre, Hijo y Espíritu Santo.Y existen María Reina, los coros de ángeles, la comunión de los santos, los hombres vivos (si se quiere, la Iglesia triunfante, purgante y peregrinante o militante), en fin, el Creador y la entera Creación.
Acá abajo, del lado de la historia presente, toman forma las construcciones humanas buenas, mejores, mediocres y malas. Hay un “otro lado” que es el de los rebeldes, los soberbios, sean ángeles u hombres. ¿Y eso no es otro bando? Que no. Eso no es uno de dos bandos: es una banda, aunque con evidentes pretensiones de ser bando parejo, y que cuenta con nuestro inconsciente aporte para que así lo parezca. Los bandos lo conformamos acá, pero no hay relación de par en el cosmos. Y si no la hay, ¿por qué se conforman tan fácilmente?
“Dime por qué están aquí esas desventuradas, por qué han de sufrir esa miseria tan espantosa, por qué llora ese pobre niño, por qué ha de ser tan árida la estepa, por qué esas gentes no se abrazan y cantan alegres canciones, por qué tienen la piel tan negra, por qué no dan de comer al pequeñuelo...”. Es el sueño que redime a Mitia, en el punto más alto de su tribulación. Sueño en que lo sumerge el amor, acción inconcebible, palabra estropeada que nos avergüenza, primer verbo del Verbo.
Uno de los problemas capitales es la multitud, el grueso de los hombres vivos. Los desorientados, los perdidos, los confundidos, los acarreados, los aplastados, los ignorantes, los tontos, los torpes, los fatuos, los desesperados. Todos esos miserables, esa masa, esa gilada sin nombre que le da un contexto indeseable a nuestras vidas, como diría cualquier bastardo con ínfula. Quien piensa así, quien siente así (por más que pronuncie lo contrario), sabrá mucho, sabrá de todo, pero no es más que él mismo un miserable. Es lo que acusa.
[No puede amar a Dios, a quien no ve...] Cuando dirigimos nuestra mirada a esa realidad humana inmensa, perdida, atrofiada, amorfa, desatendida, nos vemos obligados a buscar otro modo de decir las cosas. Como hacía, por ejemplo, Chesterton. O el mismo Castellani, cuando se aflojaba la corbata. Pero nos cuesta hacerlo, no logramos diferenciarlos. No lo hacemos casi nunca, salvo para esgrimas literarias o para condimentar alguna anécdota. Ese hombre común también somos nosotros. Si miramos a nuestro alrededor no vemos gigantes. ¿Los hay? Lo que vemos son amigos y familiares. A los que no logramos ver es a los “demás”. Escuchamos y leemos el fruto de los esfuerzos intelectuales, a veces notables y luminosos. Pero sólo vemos a nuestros seres queridos y a los maestros inmarcesibles. ¿Eso está mal? Está bien y es absolutamente necesario. El problema son los demás: casi no los vemos, ni les hablamos, no sabemos qué decirles, como si ya formaran parte de la hilera del deterioro terminal y la condenación. Al separar con nuestra razón a los hombres en dos bandos, al discernir la existencia humana mediante esta dialéctica casi visceral, dejamos de buscar (y de querer) un modo de dirigirnos a los tantos “demás” que habitan el territorio geográfico o temporal por el que atravesamos. ¿Qué entienden esos “demás” de lo que aquí se habla? Un pito. O si entienden, o antes de entender, repudian. Me parece que también, sin quererlo, lo provocamos nosotros mismos. Porque por momentos nos congelamos en una postura erudita, como un impecable cartel señalizador de males y falsedades. Allá los malditos, acá los benditos, y en el inmenso medio, en esa frontera que es mucho más grande que los dos supuestos bandos, en esa línea divisoria que es como un mar de niebla, los “demás”. [... quien no ama al prójimo, a quien ve].
Todos acá consideramos un solo arquetipo superior socio-político: la Cristiandad construida imperialmente, o regiamente, con sabiduría y sangre, inteligencia y voluntad, a lo largo de muchos siglos, y que fue luego demolida golpe a golpe, hasta llegar a ese período nefasto de dos centurias (primera mitad del XVIII a la segunda del XX) en que confluyeron, entre tantas otras cosas, dos revoluciones y dos guerras para asestarle un mazazo mortal en cuatro tiempos.
(El nazismo fue sólo uno de los protagonistas, creo que consciente sólo en parte, o en gran parte inconsciente, del papel que desempeñaba, y que además incubaba en su propio seno la larva fatal que no sólo lo destruyó, sino que inexorablemente se adosó como un corrosivo, una pústula implacable de su memoria. Revisarlo es una tarea intelectual sumamente delicada, aunque creo que debemos poner en ello algún empeño. No obstante, sostengo que el mejor modo es no negarle sus pecados, ya no los establecidos por sus enemigos, sino por ellos mismos; sobre todo esa soberbia abisal de la división del mundo en superiores e inferiores, malditos y benditos (¿de quién?, ¿por quién?, ¿la naturaleza evolutiva?) y la crueldad consecuente. No creo posible recusar su deliberada aceptación de tamaño fatalismo y brutalidad. ¿Sentenciamos antes, para mantener el orden, a Lutero, a Calvino y a Fichte? De acuerdo, sigamos trabajando por esa visión integral.)
Lo que vino después es esto que vivimos ahora y que todavía se sigue desenvolviendo o descascarando, y que tan bien y prolijamente describe Tollers, aunque sobrecargado de tensión. Podemos discutir largamente si llamarlo modernismo, progresismo, liberalismo, naturalismo, gramscismo, mundialismo, simplemente materialismo, de acuerdo a la hora, el lugar y el clima, o todo eso junto bajo la etiqueta belloquiana de aloguismo. No sé qué más da ahora, si todavía se está irguiendo. Es un horror que todavía no tiene nombre. No tiene nombre de pila, pero sí un apellido legendario: anticristianismo. Tan obvio y, paradójicamente, tan opuesto a nosotros, a MÍ, que si me toca protagonizar el armagedón puedo dar por cierto qué uniforme llevaré puesto: esta mismísima seguridad tiene un sesgo de vanidad e ignorancia. La niebla, la sombra, se extiende en manos de nuestra vanidad, que es también nuestra debilidad.Es muy importante el esfuerzo de leer la historia también a la luz de las derrotas (la Vendée, la Cristíada) y a la sombra de las victorias (la Guerra Civil Española). Creo que sería un descuido imperdonable resbalarnos hacia una concepción que destaque la guerra y la violencia como el estado habitual de la vida del hombre. ¿Hará falta aclarar que estoy muy lejos de los que dicen “paz, paz”, de los que tiemblan ante la mínima mención de un combate? Lo que sí debo aclarar es que estoy tanto o más lejos todavía de los vampiros, los que paladean sangre, en especial sangre ajena, los que sueñan con gestas épicas... mentales. A la hora de la muerte, muy pocas veces se vio a los doctrinarios en la vanguardia.
El coraje sustancial del cristiano consiste en saber morir, no en saber matar. Se mata a otros, se muere por otros. Y si nos toca, lo que nos toque, mejor que sea en caballo propio y no en carreta ajena. Digo esto por tanto fervor ultramontano que a veces enciende la lengua de los doctrinarios, en especial los más viejos, los que a la hora de la batalla se quedan en el pueblo con las mujeres y los niños. Sé de algunos a los que no les faltarán cojones si hace falta, tengan la edad que tengan. Sé de otros que esgrimirán extraños argumentos, a la hora en que la inteligencia sobra y la voluntad se ausenta.
Claro que sería más grata la vida si pudiéramos dedicarnos a escribir manuales, fabulosos compendios, irrefutables cadenas de argumentos. Todo se resolvería rápidamente si alguien escribiera el libro perfecto, un libro que contenga el misterio de la vida y la muerte, de la felicidad y el dolor, el punto de equilibrio óptimo entre la inteligencia y la voluntad, entre el intelecto y la razón, entre la voluntad y la pasión, entre la doctrina y la emoción. Un libro del cielo y de la tierra que equivalga a mil bibliotecas juntas.
Pero es que ya tenemos todo eso. Tenemos más de mil bibliotecas, tenemos el abecedario completo cargado letra por letra de pensadores enormes. Y tenemos ya un Libro que se abre con un preámbulo riquísimo y extenuante, que se cierra con más de una veintena de cartas repletas de advertencias y consejos para los hombres de todos los tiempos más un apéndice profético de yapa que anticipa de un modo tan velado como preciso lo que va a ocurrir en el final. Con sólo eso, tendríamos de sobra, pero encima le viene insertado, en el centro exacto, no uno, sino cuatro libritos pequeños como nuestro entendimiento e inabarcables como el cielo, los cuales perpetúan la voz y el comportamiento del Dios viviente en carne.
Y aún así, nada quedó resuelto en la historia. Antes bien, a veces pareciera que Cristo vino nada más que a desafiar al bando anticristiano para que salga de su madriguera. Algo hay de eso... pero si sigo esta línea ahora, termino en Marte, o en Plutón... Sí, en alguno de esos dos lugares precisos.
No concluyo, por supuesto, en que ya no hay nada más que pensar ni qué decir. Por supuesto que mientras haya historia por delante y el hombre sea dueño de su verbo, queda de todo por pensar y por decir. Va por mí: muchas veces me sorprendí demorado en las cosas que los hombres hicieron en nombre de Cristo o contra Cristo, olvidado en buena parte de las cosas que el propio Cristo dijo e hizo. En cada uno de los que Él conoció directamente, nos conoció a todos nosotros. Cada cosa que a ellos les dijo, a nosotros nos dijo. Les habló con palabras de Dios, pero en un lenguaje que todos pudieran entender, salvo los que no quisieran entender. ¡No lo entendieron, lo crucificaron!... ¿Ah, no? ¿Y cómo carajo aparecimos nosotros acá? Quizás a veces hasta nos decimos: ¿para qué hablarles, si no entienden? La pregunta debe ser otra: ¿tratamos de hablarles para que entiendan?, ¿queremos que entiendan?, ¿o ya definimos que son todos como aquellos malditos que no “quisieron” entender?
Cristo les habló con palabras suaves, pacientes, amorosas. Sólo en contadas ocasiones se le soltó la cadena: en dos. Específicamente, contra los más duros y solemnes, los que pisoteaban a las viudas y a los pobres. Los que en el final de su vida terrestre se le arrojaron encima con todo el veneno y la crueldad que tenían a su alcance. Es cierto que algunos no le creyeron, no lo entendieron y lo odiaron. Y es cierto que tuvieron y tendrán hijos y choznos que vivirán imaginando trampas escriturísticas más refinadas para tenderle y métodos más sofisticados de dolor para aplicarle. (Los superfariseos finales son por ahora indescriptibles; sólo tenemos borradores.) Pero los que son tan malos son tan pocos. Entiéndase bien: sólo son algunos. Una banda, nada más.
Lo que me pregunto a mí mismo es adónde voy a ir a parar si no hago todo lo posible para que los “demás”, los desarrapados, los inconsistentes, los desorientados, también entiendan, para llegar hasta ellos con una palabra de consuelo, un poco de alegría, un testimonio lo más completo posible de fe, de inteligencia y de amor. No podemos exceptuarlos de nuestra existencia. Inevitablemente los incluye. Los “demás”, los muchos, esos que en cualquier momento pasan a formar parte de una banda porque unos pocos logran convencerlos de que es un bando.
Debo decirlo en este preciso instante, porque sé que quizás parece todo lo contrario: felicito a Tollers. No tengo nada para decir en contra de su potente alegato o descripción. Al contrario. Aprendí y se lo agradezco. Sólo quise agregar estas ideas que, estoy seguro, él custodia en su corazón. Como Wanderer y todos los que venimos acá.
Pero eso sí: si soy acusado de protestante o maricón, no aceptaré que lo merezco y libraré dura contienda.
Lupus