
Lupus, conocido comentarista de este blog, me dejó un larto discurso en el que se discuten los últimos temas tratados en el blog. Su último párrafo, imperdible! Gracias Lupus, y prosit
Apreciado Wanderer, siempre me da la sensación, no sé, de que se funde alguna válvula bloguera cuando los comentarios pasan de 15, así que estaba por saltar de post, aunque no de tema, cuando vino Ud. en mi auxilio a presentar esta cuestión cercana a lo que veníamos conversando. En realidad, tambien me aburre darle y darle al click para bajar a los comentarios. No me gusta ir para abajo. Y me parece apropiado empezar por comentarle que nunca me gustó viajar en subte.
El subte tiene sólo dos ventajas: velocidad y precisión. Bueno, una más, si se quiere: va y viene con perfecta simetría. Ya que estamos, me estiro todo lo que puedo para congraciarme con sus admiradores: es absolutamente previsible. Veamos ahora sus desventajas: para ingresar, tenés que empujar un palo con las partes frágiles (en el subte, todo acontece por el lado de abajo). Sigo: la máquina se desplaza por donde están los intestinos de la ciudad; el paisaje es una espantosa caverna transilvana; los sonidos son metálicos, la luz eléctrica, y la mayor belleza natural inanimada que se puede observar es una maceta descuidada en un andén; la población animal con la que cuenta son ratas, cucarachas y hombres; también están los choferes y los porteros, que en realidad son vampiros domesticados; las puertas se abren y se cierran por mano del drácula de turno, no tienen manija; todos se mueven al compás de un bailecito invariable; si se detiene por falla técnica, sobreviene un silencio de sótano; si encima se apaga la luz, es porque el chofer y el abrepuertas se están lastrando a alguien. En resumen: la geografía subterránea es oscura, sucia, húmeda, fea, artificial, contrahumana y peligrosa. O sea, veloz, precisa, prolija y previsible.
Nos ocurre con frecuencia que, al tratar de cuestiones morales, nuestra índole de católicos modernos nos lleva a encadenar una situación con otra, una noticia con otra, luego otra, y otra más, hasta que caemos en la cuenta de que estamos lejos de las causas, nos metimos en el túnel equivocado, nos pasamos de estación, y lo único que queda es bajarse y volver atrás. Toda reflexión sobre el mal moral ajeno, además de que no debe ser liviana ni clausurante, tiene que permanecer vinculada a la procedencia de ese mal. Ud., mi amigo, puso el tema sobre el tapete correcto: la ontología de los seres y lo que salta a la vista. Ahora permítame tomar, mal que me pese, el subte de regreso.
Al hablar de una película como XXY, ingresamos en un serio y gravoso problema actual: el desquiciamiento sin pausa del orden natural y moral. Ud. salió después a pasear por el barrio y se cruzó con el rey del telo; su reflexión le echa un poco de azafrán a la misma cacerola. ¿Si ése es el enorme castigo de los últimos tiempos? Mmm... en todo caso, una de las fialas. En cualquier caso, ya se hizo presente. Dice bien: se desangran.
La cultura moderna sufre de ontofobia, rechaza los entes reales, visibles e invisibles, y manufactura sustitutos con frenesí. La figura del hermafrodita les ayuda a los otros a levantar más alto la frontera trazada contra el cielo. No la pobre criatura que nace con ese inextricable problema, sino su explicación y la puesta en práctica de su difusión, a través de una película mala y maldita, vanguardista, lamentablemente argentina: así hace los seres la natura y así deben ser aceptados, ése es el mensaje. La réplica es difícil, porque estamos incluso más allá de la realidad del homosexual, respecto de cuya problemática apenas podemos pronunciar entre nosotros las respuestas que ya tenemos. Pero esto nos pasa porque, desapercibidamente o no, erigimos un gran manual de casuística, y recibimos nuestro merecido: nos cañonean con un caso detrás de otro. Por ese mismo túnel opaco vamos batallando siempre en pérdida todo lo que tiene que ver con la vida y la familia. Ni qué decir respecto de los placeres carnales. En medio de tantos males, consólemonos: todavía no hay entre nosotros loquitos que nos busquen con la mira de su arma desde las terrazas de los edificios. Nosotros nos topamos por la calle, como usted, con este otro tipo de campeón del rifle.
En lo moral, las torceduras se deben por lo general a la inconsciencia, la insensatez, la imbecilidad; la malicia es un postgrado. Pero el problema empieza por la noción de causa y la razón de fin a la que se va atando el alma, los sentidos... Analizamos caso por caso, de modo tal que parece no existir otro método, y lo único que ganamos es una colección de derrotas. En este sentido, sigo sosteniendo que no sirve para mucho catalogar, a veces hasta con truculencia, cada noticia. Que lo que conviene es avanzar persona por persona, aun por medio de recursos probados que sólo necesitan ser renovados en su tono, en su lenguaje, en su ánimo. Volver atrás, a las verdades más sencillas: una persona no es un pedazo, un cacho de carne, un fragmento, no es lo mínimo del mundo. Demorarnos a pasar revista, a repasar cláusulas o a establecer cuadros generales permite que esta runfla de bizziosos acreciente la estafa del Hombre mayusculado.
En cuanto a las parroquias, no se puede afirmar que todas son ambientes malsanos, o al menos no en todo momento, aunque eso equivale a decir que sí lo son las demás o en ciertos momentos. ¿Qué más da? En la parroquia del barrio al que hasta hace poco pertenecí era inevitable escuchar, durante una de las misas, al clásico coro de jóvenes. Como es de uso, la banda pasaba con gran solvencia de la batucada del ofertorio al recital melódico de la comunión. Pero fui siempre bien dispuesto y logré no mirarlos nunca con malos ojos. Prefería detenerme en el fervor de esos muchachos, su constancia para darle a la guitarrita todos los domingos y su emoción religiosa, aunque viajara en nubes de angelitos de dorados culos. Se me daba por pensar que comulgaban, y que no podían dejar de ver todo lo que había y ocurría en el templo. A todos, en cualquier momento y lugar de la vida, la verdad puede saltarle a la vista. Gracias a Dios, no depende tanto de nosotros que alguien se decida a usar una escalera para subir.
(Sí se me atragantan, en cambio, los catolicazos, sus palabras infladas y sus ojitos giratorios, atentos a todo ser y cosa móvil e inmóvil. Sé que es un problema mío: me causan un enorme fastidio los viejos gazmoños y, sobre todo, las viejas chotas. Lo atribuyo a mi propia maldad. Lo cierto es que los espíritu vetustos, los que declinan sombríamente, me cascan las bellotas. Tema aparte que, insisto, declaro con plena conciencia de mi maliciosa inclinación.)
Más allá de un par de veces cuando joven, nunca volví a pasar del lado del salón de reuniones-fiestas-agasajos de una parroquia. No conozco la vida íntima de esa parroquia de marras, sólo la supongo. Y lo que vi allí me da para entrever, aunque me cueste, que algún tipo de bien se hace, y que quizás el entusiasmo pastoral de los oxidados ayude a algunos a recuperar o conservar la fe. Incluso el cura citó más de una vez a algún Padre en los sermones, y nunca manoseó el Evangelio. Modesto, pero no insalubre. Por mi parte, no busco ni espero un Ambrosio o un Biffi; los puedo leer. Reconozco, no obstante, que es dable encontrar sacerdotes más íntegros y mejor formados por aquí y por allá. A mí no me hace falta rastrearlos, porque a algunos los tengo por amigos. Pero no todos, ni muchos, tienen esa suerte.
Sabemos cuándo Dios está presente, pero nadie está en conocimiento de cuándo no se hace presente o se retira. Los sacerdotes son la clave de la vida eucarística y sacramental; en una parroquia, además, son responsables del entorno religioso y humano que se conforme. Pero la vida primera de una parroquia, su razón de ser, es el Santísimo. La misión de la parroquia es custodiar, extender y sostener esa Presencia dentro de la jurisdicción que le corresponde. Que ésa sea su misión y su razón de ser no garantiza la fidelidad de las personas, pero tampoco la excluye. No hay que precipitarse a elaborar un juicio granítico. Lo cierto es que el Santísimo está, y sigo creyendo que si le cambian de lugar la puerta o se la cierran, Cristo conserva su mano para la madera. La más alta y poderosa realidad es su Presencia; o sea, lo que propiamente no vemos.
Hay parroquias mejores, y muchas malas y peores. Ahora bien, aún suponiendo, quizás con benevolencia, que ésa es una parroquia pasable, no hay obligación de que los jóvenes encuentren allí un camino de sabiduría y virtud heroica. Como nadie sueña con barrios colmados de Juanes y Juanas, alcanza con que conserven la fe, aun si practican algunas rutinas bobas, como lo hacemos todos, y que lleven adelante una vida buena y una religiosidad tan firme como les dé el cuero. Es posible. Según se dice, no viajar prematuramente a la catrera parece que es un buen comienzo. ¿Qué, no? ¿También tienen que hacer sus latines y leer la Suma?
No quiero ser ingenuo, ni desconocer el peso del error y la fealdad que hoy se reparte, pero me empaco en sostener que lo mejor no es enemigo de lo bueno. Y como no lo es, lo que conviene es la esperanza. En la bondad de la creatura y en la perfección posible, desde que no se alcanza en esta vida la medida completa de lo que somos. Lo mejor, que se ofrezca para despertar lo bueno; y cuando lo vean despierto, déjenlo un poco caminar a su aire.
En un momento hablamos simplemente del baile como una sana y feliz expresión humana, aun para los que tienen articulaciones de algarrobo, y que puede darse en muchos lugares y momentos. El tema no era el “boliche”, pero fue inevitable. Con toda rapidez dibujamos un sótano turbio: es lo que hay y es lo que nos pasa. Más de un padre no sabe cómo hacer para que el hijo o la hija no se le piante (tanto) para el País de No Sé Qué. Cada cual resuelve a la medida de su experiencia y su caletre: los hay más rigurosos, o más preocupados y atentos, y también los hay más permisivos o... no sé, más arriesgados. Lamentablemente, cada vez hay más insensatos. No hay inventario ni modelo general; del lado católico, no sirve de mucho el trabajo de los diagramadores juveniles, los investigadores del amor. No existe ningún caso idéntico al otro, sólo se asemejan las torpezas o las desgracias de muchos desenlaces, cuando ya no hay charla que sirva. Sin embargo, estamos de acuerdo en que es una tontería condenar o combatir el baile, la música y la diversión de los jóvenes. Es tan inútil como combatir su fervor y su sangre revuelta. La solución está en darle un cauce, no en someterla. En ayudarlos a encontrar el equilibrio entre la cabeza y el ímpetu, no en aplastarlos con tedio y solemnidad. Sin dudas que de nada sirve ponerse enfrente de ellos, taconeando, para revelarles con garganta marcial que son herederos de la gloria de todos los reinos.
La charla y el consejo no proceden siempre de un marco de obligaciones y hazañas levantadas. A veces es conveniente un territorio de diversión y afecto, que se dan en los lugares y momentos elementales de la vida. Como una fiesta. No en un escondite dracúlico, por cierto, sino en geografías más naturales, hogareñas, amistosas, a la luz del sol o al tenue esplendor de la luna. Que bailen y se rían en las casas. Que desoxiden al santulón.
Aunque no por el Santo Sepulcro, uno de nuestros combates cruciales y necesarios es contra la droga, bajo la especie que sea. Dejan llegar la droga porque se aburren y porque los convencen; después se la quedan porque les cambia la visión... Un modo privilegiado, en este sentido y en todos, es rescatar el buen humor. No el sarcasmo ofensivo, sino la simple vitalidad de la alegría. Cambiar, romper, quebrar el entorno de tristeza, de celo amargo, que parece acompañar la vida y la palabra de los cristianos. Tantas veces se ve y se escucha ese tono sombrío, reglamentarista, ese humor ácido, esa desesperación maledicente, desconfiada, incompatible con las cosas del cielo... El único lugar al que todo el mundo elige no ir, en especial un joven, es a una funeraria. No se trata de endulzar sus sentidos, sino de que se levanten, que aprendan a enfocar los objetos que le son propios. El humor es una herramienta de la esperanza. No excluye el dolor, pero le impide ser el jefe.
Como digo, un error común es considerar nada más que lo que se ve, sobre todo en el orden moral, y juzgar en consecuencia. Solemos “ver” la gracia actuando solamente en relación con la vida moral de las personas, aunque también incide en la inteligencia, o en la disposición estética, o en el afecto del sencillo. Hay una línea infranqueable para el entendimiento humano: aquella a partir de la cual la gracia de Dios actúa. Por mucho mal que se advierta, el capital intelectual y espiritual que recibimos no se restringe al mero diagnóstico. La existencia tiene una textura profunda... Aun en el mundo visible y material, es mucho más lo que escapa a nuestra mirada que lo que se presenta. La vista, a veces, en este sentido, no sirve de nada.
Al ignorar ese axioma moral fundamental que supone respetar a la persona y confiar siempre en la acción de Dios mediante la gracia, sin quererlo nos dejamos regir por una aritmética de hierro: si aumenta el número de los rebeldes y papanatas, aumenta la furia de los fanáticos; pero si aumenta la furia de los fanáticos, aumenta el número de los rebeldes y papanatas. Es ese recorrido pendular del que venimos hablando, ese tránsito hacia el odio personal con el cual lo primero que logramos es perder el humor; luego, la esperanza y, simultáneamente, la caridad. Nos queda la fe sola, que termina reducida al rigor... Como un calzoncillo de hidrobronz, apto para combatir la humedad y la herrumbre. La del tipo exterior y visible. Que si a mí me duele, a vos también te tiene que doler, turro que no comulgás. La brújula de los pecados.
Vemos solamente lo que vemos, y no sé si hace falta demostrar que lo que no vemos también es, si es. O puede ser. El punto es que, al apurar el juicio, aumentamos la distancia con las personas. San Pablo nombra a muy pocos de aquellas primeras comunidades. La mayoría son personajes ignotos, anonimísimos. También habría papanatas, confundidos, mersas y despelotados, pero lo que entra en el relato es la finalidad, la perfección posible, la búsqueda, la buena compañía, el buen consejo, la corrección, la espera paciente. Muchos se midieron en la hora brava, y hubo otros que no, pero nadie perdió el tiempo en armar el album de los desgraciados: quedó de Dios.
No se puede negar que la herencia, la tradición, los proyectos compartidos, los principios generales, son primordiales. Pero si no se ven acompañado del respeto al singular, su don propio e intransferible, su actualidad, su realidad, y del perdón sincero, la tradición se convierte en una antigüedad, una estantería inerme, una cáscara vacía donde prima el rigor del sistema. Ninguna estructura humana es algo per se. No se sostiene el individuo segregado, pero mucho menos el conjunto impersonal. (Me quedo corto: manipular las vidas, las personalidades, es como inocularlas, inyectarles una infección, y es más segregante aún, y más aplastante, porque sobreviven en una ficción pegajosa.)
Podemos colegir dónde termina una persona que escucha durante su vida nada más que boludeces, maldades y juicios amargos. El juicio amargo y condenatorio dirigido al joven es una boludez y una maldad. También es un desorden faenar a todos los terneros. Donde los vemos, ahí están. Debiera ser la familia, ¿pero si no? Debiera ser el colegio, ¿pero si no? Debieran ser los amigos, ¿pero si no? Debiera ser la Iglesia... Dios no salta a la vista de quien no aprendió a ver lo que se oculta. Sabemos que se mezclan, en el coro, en el aula, en el tugurio, un posible cristiano y un posible estafador. ¿De cuánta precisión somos capaces? Y la prisa agrava el pecado de acepción.
Lo visible se asienta en lo invisible: ahí se encuentran la certeza moral, el arrepentimiento, la máscara. Hay como una línea divisoria entre lo que salta a la vista y lo que se oculta, y es para la vista humana el objeto más tenue. Lo que vemos de los demás no es todo lo que son o pueden ser. De dónde a dónde somos capaces de llevarlos puede representar algo en sus vidas. Pero lo más importante es de dónde a dónde ellos mismos son capaces de ir. Y de dónde pueden salir. Para conocer la acción de Dios, nuestra mirada de carne es insignificante.
En el orden de lo moral, no hay una medida universal y excluyente. Ningún ser se repite. Nada en la vida humana es simétrico, ni en el individuo ni en el conjunto. La imitación de Cristo no opera en nuestros espíritus como un diseño matemático y fatal. Es causa de alegría y felicidad, no de apuro y tristeza. Si se quiere que todos sean de hierro, gana la herrumbre. Si se quiere que todos sean dulces, ganan los insectos. Si se quiere que todos sean obreros, ganan los poderosos. Si se quiere que todos sean reyes, ganan los revoltosos. Si se grita el orden desde el punto de partida, lo que en verdad prevalece es la vanidad, la pereza y al fin las inútiles contorsiones de la acedia. Hay que respetar a cada cual en su lugar, su momento, su talento, su talante y su destino. No hay en esto nada veloz y preciso, nada prolijo y previsible.
¡Ah, las puertas del infierno! Se abren desde tantos lados... Acepten mi consejo: no viajen en
subte.
LUPUS




