
Hace ya varios años, cuando yo apenas era un jovencito, fui reconvenido por un novel sacerdote porque, durante un retiro espiritual, constató que yo me sacaba el escapulario del Carmen para ducharme. “Podés morirte mientras te duchás”, me dijo. Y yo, con algo de irreverencia, le respondí: “No creo que Dios sea tan cruel para mandarme la muerte justo cuando no tengo puesto el escapulario”. “Nunca se sabe...”, dijo él. Este padrecito, que hoy es formador del seminario sanrafaelino, creía más en el escapulario que en Dios. Padecía el sindrome del pequeño burgués.
El pequeño burgués es aquel hombrecillo en busca de pequeñas seguridades materiales: la casita propia; el empleo seguro, y si es en el Estado mejor; el sueldo que, aunque modesto, arribe puntualmente a comienzos de mes; una alacena con suficiente provisión de fideos, arroz, azúcar y harina, y hasta un plan de sepelios prepagos. De este modo, todas las módicas variables de la vida terrena están controladas y el pequeño burgués puede tomar mate tranquilo y dormir en paz.
Esta conducta tiene un correlato en la vida cristiana. Ya nos enumeraba Jack Tollers algunas de las pequeñas seguridades cristianas. A la muela de Santa Apolonia podemos la devoción a los primeros viernes del Sagrado Corazón, los primeros sábados del Inmaculado Corazón y los siete sábados de San José; el escapulario marrón del Carmen, el blanco de la Merced, el verde sor Justina y el beige de Buela; el Rosario de la Santísima Virgen, el de la Divina Misericordia y el de los Siete Dolores.
Como el pequeño burgués, este cristiano se aferra a pequeñas seguridades asociadas a cosas materiales porque, en definitiva, un pedacito de paño marrón es tangible y el Evangelio, en cambio, no lo es. Y las palabras de alguna aparición que se acompañan de milagros o de fuentes de aguas sanadoras ofrecen una seguridad más concreta que las despojadas palabras evangélicas.
El Evangelio, claro, nos da seguridades, pero se trata de seguridades intangibles, aquellas que provienen de la fe, y entonces, su aceptación es un salto en el vacío porque creemos que al final seremos acogidos por las manos amorosas del Padre. Pero lo creemos, no vemos ni tocamos nada, ni siquiera un pedacito de franela; sólo el vacío en derredor.
El pequeño burgués, en cambio, busca pequeñas seguridades, no sólo en medallitas y novenas, sino también en congregaciones, prelaturas y fundadores. Pertenecer a un grupo religioso es lo suficientemente tangible para darnos un grado extra de seguridad, y tranquilidad burguesa.
El sindrome del pequeño burgués adquiere muchas veces también un matiz más intelectual, y entonces el hombrecillo se dedica a buscar las “doctrinas seguras”. Frunce el entrecejo cuando se menciona a los Padres, y mucho más si son Orientales; los medievales serán confiables en tanto y en cuanto sean asimilables a Santo Tomás, y los modernos siempre que se ajusten estrictamente las esmeriladas definiciones tridentinas. Los conversos son siempre de cuidado: los escritos del Cardenal Newman no son doctrina segura y mucho menos lo es la de los anatematizados Casel, Chenú, Congar y Bouyer. Incluso Castellani, borgeaniamente, es sólo un divertido escritor de novelas policiales. “¿Para qué aventurarse por esos mares inseguros, si podemos permanecer tranquilos en las mansas aguas de la rada de las precisas definiciones del Denzinger?”, piensa el burgués. Y es comprensible. Fondeados en ese apacible mar de perfectos silogismos, nos evitamos la angustia del “no ver” y, aún así, seguir navegando en las zozobrantes aguas oscuras de la fe, con rumbo invariable hacia la isla de Jauja.
No es cuestión, claro está, de considerar las formas de piedad que se han mencionado o la doctrina del Angélico en un sentido dialéctico con el Evangelio. Sería la postura protestante o progresista. Si la Iglesia bendice los escapularios y medallas, reconoce las apariciones de Fátima y Lourdes y recomienda la doctrina de Santo Tomás, por algo es. Esas “pequeñas seguridades” son convenientes y, a veces, indispensables para mantenerse en la fe. Tranquilizan y consuelan a todos, en momentos de ansiedad y cuando el desasosiego arrecia. Dios conoce nuestra fragilidad y por eso nos dio tales consuelos.
El peligro radica, como bien ya se indicó en este blog, en la idolatría. Cuando estas pequeñas seguridades reemplazan a Dios, se convierten en un ídolo, y la idolatría es un grave pecado. Un escapulario idolatrado es un escapulario desvirtuado, es decir, que perdió su virtus, su fuerza. Ya no sirve. Es dañino. Como la glicina de Lupus, que termina ahogando al tronco que la sostiene.
Sólo Dios basta.