lunes, 31 de marzo de 2008

Boanerges


Con cierto pudor, debo admitir la angustia que me ha embargado durante la última semana, producto de la inacabada pelea entre el campo y el gobierno kirchnerista.

El problema del campo no me afecta personalmente. Y, aunque gran parte de mi familia vive del campo, una retención mayor o menor no los afectará significativamente. ¿Por qué entonces la angustia?

Como a muchos cristianos argentinos, me angustia la injusticia constante que sufrimos desde hace más de cuatro años. Es así. La injusticia angustia.

Angustia el robo a quienes trabajan para dárselo en prebendas a los piqueteros; angustia la mentira instalada y aceptada; angustia la persecución de los buenos y la exaltación de los malos; angustia que quienes ostentan el poder sean los deshonestos, los ladrones y los plebeyos; angustia la grosería provocadora de la chirusita que nos gobierna.

¿Qué hacer?

Viene solita, sin que la llamemos, la tentación de los Hijos del Trueno: "Señor, ¿quieres que mandemos que llueva fuego del cielo, y los devore?".

Y Él responde: "No sabéis a qué espíritu pertenecéis. El Hijo del hombre no ha venido para perder a las almas sino para salvarlas".

Si Él lo dice...

1º de abril: SAN JOSÉ


FILII DEI NUTRICIE,
ORA PRO NOBIS

domingo, 30 de marzo de 2008

Domingo de Quasimodo


Quasi modo geniti infantes, Alleluia:

rationabiles, sine dolo lac concupiscite,

alleluia, alleluia, alleluia


Como niños recién nacidos, aleluia:

ansiad la leche espiritual no adulterada,

aleluia, aleluia, aleluia

jueves, 27 de marzo de 2008

Novedades

En una de las pestañas que se encuentran en el banner del blog, llamada El Arcón, podrán acceder a una página web en la que iré colocando información, fotografías, textos, links y cuanta cosa interesante encuentre por alli, y todas aquellas que Uds. me quieran enviar. El estreno es con algunas fotografías de los oficios de Semana Santa celebrada por los dominicos de Oxford.

miércoles, 26 de marzo de 2008

La tentación del crucificado


El Via Crucis que compuso Nelly en su sitio Sombreval, incluye una sugestiva frase del papa Benedicto XVI en la XI Estación: “El Señor... no quiere usar su poder para descender de la cruz, sino que más bien soporta el sufrimiento de la cruz hasta el final”. Ciertamente el Señor Jesús habrá tenido la tentación de descender de la cruz. Probablemente no como una actitud de abierto desafío a la voluntad del Padre, sino como un desaliento y cansancio de cumplir esa misma voluntad aunque ya estaba, en su mayor parte, cumplida.
Los cristianos, sus discípulos, muchas veces nos encontramos con esa misma tentación y, dolorosamente, muchos son los que caen en ella. Leía en “Panorama Católico Internacional” el siguiente testimonio del “padre” Leonardo Belderrain: “A Silvina la conocí paseando en el Parque Pereyra Iraola. Nos pusimos a charlar y tiempo después me invitó a cenar a su casa. Ella practica danzas africanas y en una de nuestras primeras salidas fui a ver uno de sus espectáculos. Fue toda una revelación verla ahí, en el escenario, moviéndose al ritmo de esa música tan sensual”. Por supuesto que el presbítero terminó abandonando su ministerio, y yéndose a vivir con Silvina.
Conozco a varios sacerdotes de buena línea, piadosos, excelentes personas, egresados de los seminarios más recomendables de nuestro país, que rezaban y estudiaban, y que terminaron también con otras “Silvinas”. Conozco a algunos seglares, brillantes en lo intelectual y formados con la mejor doctrina que, luego de vivir durante años fieles a los mandatos de la Iglesia, explotó algo dentro de ellos, cedieron a sus debilidades, y amarraron en una pequeña isla, cejando en su empeño de navegar hacia Jauja. Clavados en la cruz durante un largo tiempo, en un momento se cansaron, y descendieron.
En general, el detonante común de todos estos casos ha estado relacionado con debilidades sexuales o, si se quiere afectivas. Razones burdas y vergonzosas, alejadas de lo intelectual que no implicaba, en lo inmediato, el abandono de la fe. Quien cedía en la lucha quedaba abatido, sabiendo de la bajeza de su falta, y en su abatimiento quizás reclamaba hasta la misericordia de Dios, pero no pretendía abandonarlo. La apostasía exige motivaciones más elevadas que las meramente carnales. El ansia del poder, como fue el caso de Talleyrand, o la soberbia intelectual como lo fue el de Lamennais.
El descenso voluntario de la cruz se enmascara tras diversas justificaciones. Leonardo Belderrain decía que consideraba a su naciente amor por Silvina como un “don de Dios”. Es la excusa que produce mayor tranquilidad interior. “Dios lo ha querido así. Ha sido su providencia la que me cruzó con esta persona. ¿Qué de malo puede haber en el amor?”. Y es también la excusa más superficial y más tonta, que pronto se gasta con la misma velocidad con la que el pobre miserable cae en la cuenta, en la mayoría de los casos, de que lo suyo no fue amor sino una mera explosión de deseo.
Otros se justificarán pensando que ya hicieron demasiado. Que las dos décadas de vida sacerdotal, o que los años de vida cristiana, han sido ya suficientes para alcanzar la salvación. Que ellos también son hombres y no ángeles y que, por tanto, necesitan un cuerpo para abrazar, y no sólo los transparentes afectos de la vida espiritual. Cuestionarán el momento de su decisión definitiva, dudarán de la libertad que tuvieron para hacerla, pensarán en los “años perdidos” y en que aún son jóvenes, tienen todavía media vida para vivir. No reconocen al demonio de mediodía que les endulza los oídos.
Hay otra excusa, más sutil y diabólica. “La Iglesia es un desastre. Yo no puedo seguir en el ministerio con estos obispos progresistas que no tienen fe. Mi obispo me está destruyendo”. O, si es laico, dirá: “¿Por qué debo yo esforzarme tanto por llevar una vida cristiana cuando los obispos y los curas viven en el mayor desorden espiritual y moral?”. Utilizan una verdad incuestionable para tapar sus propias debilidades. En la mayoría de los casos terminan perdiendo la fe, si no en lo teórico, al menos en lo práctico. Durante los primeros tiempos continuarán asistiendo a Misa, participando en lo posible en la vida sacramental, continuando con la oración. Pero, poco a poco, estas prácticas son abandonadas, “porque la Iglesia es un desastre” y así, su relación con Dios, según ellos, pasará a ser estrictamente personal, sin mediación alguna, al mejor estilo protestante.
Estos desgraciados hermanos nuestros pretenden construir sus “nuevas vidas” con una premisa de pecado permanente en ellas. El pecado no es un grave problema cuando, por debilidad o maldad caemos, pero pronto nos levantamos. El problema es cuando se diseña el proyecto existencial con el supuesto de pecado como realidad permanente y no circunstancial; cuando uno de los pivotes sobre los cuales se asienta ese proyecto es una situación de irremediable pecado. El pecado no es algo inerte; el pecado el algo vivo que destruye al alma, ahogándola o pudriéndola. No morirá de inmediato, como en el caso de la apostasía, sino que agonizará durante un largo tiempo entre los vahos hediondos de la podredumbre de su propio pecado.
El problema del pecado no es lo que le hacemos a Dios con ellos puesto que Dios es impasible, sino lo que nos hacemos a nosotros mismos.


Cantaba Ezequías: “A la mitad de mis días voy a bajar a las puertas del sepulcro, privado del resto de mis años. Dije: Ya no veré más a Yavé en la tierra de los vivientes; ya no veré hombre vivo de entre los moradores del mundo. Mi morada es arrancada, llevada lejos de mí, como tienda de pastores. Como tejedor cortó el hilo de mi vida y lo separó de su trama. Día y noche me consumo, grito hasta la mañana, pues como león muele todos mis huesos. Chillo como golondrina y gimo como paloma. Mis ojos se consumen mirando a lo alto. ¡Oh Yavé, mira mi angustia y confórtame” (Is. 38, 10-14).
Que nunca nos cansemos de ser buenos; que nunca descendamos de la cruz.


Hugo Wast, un gran argentino


Cuando iba a primer año del secundario, mi buena y sensata profesora de literatura nos dio a leer "Alegre", de Hugo Wast. De allí en más no pude dejar de leerlo. En la biblioteca del colegio tenían sus obras completas editadas en dos gruesos tomos de papel biblia. Los recorrí varias veces durante mis años de secudario.

El próximo viernes 28 de marzo a las 18, en la iglesia San Martín de Tours (San Martín de Tours 2949) se celebrará una misa en su memoria por el 46º aniversario de su muerte, organizada por el Instituto Hugo Wast. La presidirá el presbítero Alejandro Gagliardo.


Gustavo Martínez Zuviría fue un escritor fecundo. Llegó a ser en su época el más difundido en lengua española, siendo en la actualidad el escritor argentino que más libros vendió en la historia de las letras argentinas, y uno, sino el más prolífico de ellos, traducido a 15 idiomas. Este escritor católico, publicó más de sesenta obras con su nombre y su seudónimo de Hugo Wast, también existen artículos periodísticos, discursos y otros escritos aparecidos sin firma.
En 1954 solamente en castellano se habían vendido casi 3.000.000 de ejemplares, con casi 500 ediciones, con otra gran cantidad de las mismas y libros vendidos en el exterior.
Hombre bondadoso y piadoso, de una profunda formación teológica, un cristiano práctico, de misa diaria y comunión frecuente, sin ostentaciones ni engreimiento, virtudes no comunes en el difícil gremio de los literatos.
Su fuerte convicción religiosa y su condición de católico militante, lo convirtieron en un decidido defensor de la fe cada vez que fué menester hacerlo, sobre todo como apologista de la Iglesia.
Hugo Wast fué fiel a sus principios y vivió conforme con ellos.
Fué fiel a Dios, a su Patria y a su conciencia, esa armonía estuvo ligada a través de sesenta años de actuación, a una línea de conducta, así como creía, así pensaba y obraba. Vivía como sentía, sentía como escribía y escribía como obraba.
Sorteando los halagos del mundo al que conquistó, pero al cual no hizo concesiones. y venciendo los asaltos del espíritu maligno, se dirigió serenamente hacia la cumbre. Su vocación de escritor fue simple y constante como su vida. Con su vocación nació y con ella moriría.
En pocos casos se encuentran, como en el suyo, tan identificados al hombre y al escritor. ni la adversidad ni las calumnias lo doblegaron, como el vendaval no derriba el muro de sólidos cimientos.
Se ha hechado un manto de olvido sobre su obra y su persona, existiendo una consigna del silencio sobre Hugo Wast, por su condición de escritor católico.
El 28 de marzo de 1962, en Buenos Aires, a la que llamó turbulenta y alegre, entregó su alma al creador.
La muerte no pudo sorprenderlo distraído, porque jamás dejó que los alientos de humanas vanidades sofocaran la antorcha que debía mantener encendida a través de una larga vigilia de siervo fiel.
Momentos antes de su muerte había estado bromeando con quienes lo acompañaban, y cuando tal vez oyó más acentuados los sones del clarín, pasó a la oración y se puso a desgranar, con mariana piedad, el último Rosario de su vida. Poco después el abandono de las fuerzas le privó del habla, pero las tuvo todavía para signar con una cruz y un beso la frente de Matilde de Iriondo, la buena madre de sus trece hijos, a la que miró con ternura expresándole su "a Dios".


martes, 25 de marzo de 2008

Arriesgado Jack Tollers


Jack Tollers, excelente comentador de este blog, ha colgado en su página Et volià su último trabajo inédito. Se trata de la Catena argentea, que no es otro cosa sino el evangelio de San Juan comentado por los que él llama "los Padres de nuestro tiempo" y que son nada menos que Belloc, Castellani, Chesterton, Duquesne, Pieper, Saint-Exupery y otros heterodoxos.
Por ahora podemos acceder sólo al primer capítulo joaneo, dispuesto en un excelente diseño de página a dos columnas, casi una imitación de la Catena aurea de Santo Tomás publicada por los CCC.
Excelente. Imperdible. No deje de leerlo, y meditarlo.
Para bajarlo, tan solo navegue por la página de Tollers cuyo link encontrará en las pestañas que se asoman al banner de este blog.