jueves, 24 de abril de 2008

Rito Dominicano




Los interesados en conocer más de la liturgia dominicano, ya en desuso, ahora pueden bajar varios de los libros litúrgicos de este rito.
Está el Ordinarium, donde aparecen las rubricas y explicaciones de todas las ceremonias, el propio de la misa y el antifonario, entre otros, escaneados en formato PDF.
Pueden descargarlos desde aquí.
Buen trabajo de un estudiante de Notre-Dame.
También pueden visitar un blog dedicado especialmente a ese rito.
¿Para cuándo se animará el Fraile?

lunes, 21 de abril de 2008

San Sotero, el Papa tradi



Hoy, 22 de abril, es el día de San Sotero, Papa y Mártir. Podría ser nominado el Patrono de los Tradi.
Era originario de Fondi, en la Campania, e hijo de Concordio. A la muerte del papa Aniceto, el año 165, le sucedió en el trono pontificio, en un tiempo en que la Iglesia se debatía contra diversas clases de enemigos. El Liber Pontificalis nos da de él una noticia muy sugestiva: prohibió a las mujeres tocar los sagrados corporales y quemar incienso en las congregaciones de los fieles. Fue martirizado en la persecución de Marco Aurelio, en 175.
Que las féminas felizmente ausentes de este blog tomen nota de la decisión pontificia.

martes, 15 de abril de 2008

Apostolado athonita




Un Athonita, lector también del blog, ha remitido una interesante reflexión acerca del verdadero apostolado católico. Y, aunque no pareza, seguimos en el mismo tema. Me pregunto si no será amigo de Sir Jack.




Tal vez quede como esos ancianos que cuando el diálogo viró hacia otro tópico ellos recurren sobre lo anterior. Pero en este caso, el tema bien puede quedar vinculado a los post anteriores y posteriores: a su tema de fondo.
Ajeno -o para ser más honesto: enajenándome, pues lo conozco mucho al padre Roberto- a la controversia puntual, me gustaría retroceder dos carpetas -dirían los cibernéticos- o dos especies diríamos nosotros desde el arbolito de Porfidio. Y es el vasto y amplio tema de cómo evangelizar. Cómo cumplir el mandato evangélico de anunciar la Buena Noticia hasta los confines del mundo.
Insisto en la palabrita clave: cómo. Quomodo: es la pregunta del millón, la de la Madre de Dios al Ángel. Ni qué ni cuándo ni con qué: quomodo. Es lo único necesario para secundar la Gracia, cuya primacía todos -o casi todos- tratamos de no negar... o de negar lo menos posible.
Y el ejemplo de la Anunciación es arquetípico, pues toda evangelización reedita --o “participa” por decirlo con más escolástica-- la encarnación del Verbo.
La frase de Newman que cita un lector aquí es tal cual (o casi, según la histeria que tengamos con el inglés). Y es picante. “¿Qué hemos de hacer, hermanos?” le preguntaban los primeros al Príncipe de los Apóstoles, en la primera lectura de la Liturgia del domingo (Act 2,37).
Es difícil... más, en este pendular -como graficaba un comentario de hace poco en este blog- con que la Iglesia pasa de la arenga proselitista a la diluyente pasividad de una religión líquida, como decía el Gordo Chesterton.
¿Qué “hacer”, o cómo hacer para que el Dios que nos creó sin nosotros pero que no salvará a su Grey sin nosotros, pueda lograr que la veritatis suae lumen ostendis?
En los años 60 y 70 avanzó -en ese mezcladísimo combo de la oferta progresista- una propuesta con algo de verdad y mucho del ángel del luz... y era, palabras más palabras menos, lo que plantea el estimado Wanderer: nada de discursos, nada de deditos señaladores, basta de sermones cargados de imperativos categóricos... y nació la “pastoral testimonial”... Lo único que nos atañe es dar testimonio en carne propia, sin más.
Sin duda “la sangre habla mejor”, como decían los Padres, parafraseando una expresión de la carta a los Hebreos, pero...
Pablo VI -aunque ustedes no lo crean- también fustigó a los ubicados a su izquierda... y así su testamento pastoral -la Evangelii Nuntiandi- entra de lleno en esta cuestión: magnífico e insuperable el anuncio testimonial... pero la Iglesia, en su pobreza, no puede ceñirse sólo a ella. Y no sólo por pobreza moral, sino porque lo puramente testimonial puede ser ambiguo o “situacionista” y no aportar la formación doctrinal que el creyente necesita. El testimonio sin más “es insuficiente”; hace falta completarlo con el anuncio explícito (EN 22).
Bien. Pero, ¿cómo hacer para que el péndulo no se nos levante para el otro extremo y nos devuelva a la “propaganda fidei” con más sabor al marketing y la insistencia subliminal que al “vengan y vean” del Cristo? ¿Cuál es el punto?
Se me ocurre -aun a riesgo de ser tildado de subjetivista y vitalista- que un punto interesante puede ser retornar a una categoría muy antigua, libre de toda la apologética contrareformista, y no menos, ajena a todo el vivencialismo progresista. Los Padres lo llamaban: “anuncio por contagio”, “por desborde”, como una “eructatio” de la propia Lectio divina. Tomás de Aquino lo formateó en el legendario contemplari et contemplata aliis tradere (que Ludovicus explique por qué el Doctor Angélico emplea aquí el infinitivo en su forma arcaica, en vez del contemplare, con e...).
Eso -no sé si a mitad de camino o no, lo mismo da- (equi)dista tanto del puro testimonio de vida como del machaque a empujones de la propaganda proselitista. Es el paso, la pascua, del divulgador al testigo. Como expresa la reciente “Nota doctrinal acerca de algunos aspectos de la evangelización” de la Congregación para la doctrina de la Fe (preocupada por ambos desvaríos): “En el fondo, ¿hay otra forma de comunicar el Evangelio que no sea la de transmitir a otro la propia experiencia de fe?” (11,2).
Nosotros diríamos: sí hay otras formas y la conocemos... a diestra i a siniestra... pero no son buenas. Y más aún (o menos, pero sumando): no son efectivas. Son eunucas, estériles. Tiene patas cortas. Ni las clases con cuadros sinópticos sobre fuego, ni las arengas entusiastas sobre el fuego prenden fuego, ni canciones melosas sobre el fuego prenden fuego. Sólo el fuego produce fuego.
Yo creo que sí, que se trata de dar testimonio y sólo testimonio... pero bajo una acepción apenas distinta a la que suele emplearse: testimonio no dice sólo respaldo moral de la propia prédica. Dice algo previo, en un nivel más básico, desde la jerga jurídica: testigo es simplemente el que estuvo en el lugar de los hechos.
Y esos son los testigos que necesitamos: los que atestiguan -como dice san Juan- lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos acerca de la Palabra de Vida,-pues la Vida se manifestó y nosotros la hemos visto y damos testimonio- eso es lo que les anunciamos. (1Jn1,1). Con respaldo moral... o desde el fango del pecado... pero “a boca de sepulcro”, desde el lugar de los hechos.
Conocemos el mandamiento que manda no dar falso testimonio, y lo acotamos a no decir hache por be. Que el catequista o el cura no mienta, no deforme la Sacra Doctrina. Y vale. Pero en el lenguaje legal hay otra posibilidad de vincular la falsía con el testimonio: que, aun no faltando ni en una tilde a la verdad, simplemente no haya estado... alcanza con eso para constituirse en “testigo falso”, incurriendo en delito grave.
Nuestra amada y enferma Iglesia padece de ambos males. De falso testimonio y de testigos falsos. Y estos últimos, aún con doctrina impecable, son los que más credibilidad le quitan al “argumento” cristiano. Son, bajo otra analogía, los que generan la devaluación del “logos” de la Iglesia. Quienes hablan sin el respaldo en oro -el oro de orar, el oro del contemplari- emiten moneda falsa, generan inflación y preparan el Gran Default en que ya estamos sumergidos. ¿Y todo por qué? Porque no acumulan contemplación para desbordarla en la serena y fecunda irradiación del Misterio sobreabundante. Sólo el mistagogo será apóstol del tercer milenio.
¿Solución? Y, hay varias escuelas... como en economía... Pero mejor que las proponga otro. De algún modo, “hay que pasar el invierno” para que los agentes pastorales como pacientes rebañales entren en bodega y añejen la propia experiencia del misterio hasta tornarlo un vino de calidad. ¿Y hasta tanto... las sectas, el secularismo, el hedonismo, el Mundo y el Enemigo mismo? ¿No nos arrasarán???
No sabría responder. No es retórica la incógnita. Creo que el tema es muy complejo y central al gran conflicto eclesial actual. Más que muchas otras minucias que suelen acentuarse. Y no es fácil. Todo simplismo en esta álgida cuestión es malvenido y nos entorpece a todos la búsqueda honesta y seria de la Verdad.




El Athonita

domingo, 13 de abril de 2008

Testimoniar


Los textos de la liturgia de hoy, tercer domingo después de pascua, aportan, creo, alguna luz a la discusión que estamos sosteniendo.

Dice la colecta:

Deus, qui errantibus, ut in viam possint redire justitiae, veritatis tuae lumen ostendis:...

Oh Dios, que a los extraviados les muestras la luz de tu verdad para que puedan volver al camino de la justicia...


Y la epístola:

... ut in eo, quod detractant de vobis tamquam de malefactoribus, ex bonis operibus vos considerantes, glorificent Deum...

...para que en lo mismo que os calumnian como malhechores, observando en vuestras buenas obras, glorifiquen a Dios...


En ambos textos, la clave para la conversión que usa Dios y que San Pedro aconseja usar a los cristianos, es el testimonio.

Según la colecta, cuando el Señor quiere convertir a algún pecador, no empuja, ni violenta ni asusta: sólo muestra la luz de su verdad.

El Príncipe de los Apóstoles advierte a sus fieles que, a los malos, no hay que predicarles misiones ni tratar de convencerlos con apologías de la verdadera iglesia ni con libritos piadosones. Simplemente, hay que ser buenos. El testimonio basta.

Por cierto que no se trata de desestimar las misiones, prédicas y demás artificios proselitistas, sino de ponerlos en su lugar.

Quizás estos curitas que apelan a cualquier medio para llevarse jovencitos a sus filas les convendría repasar estos textos. Su testimonio de vida debería ser suficiente para que, aquellos que creen tener las condiciones y desean consagrarse a Dios, los sigan.


gibelino@hotmail.com

sábado, 5 de abril de 2008

Volvió el asterico


En la Santa Misa que el Papa Benedicto XVI celebró en memoria del Magno, no tuvo mejor idea que resucitar una serie de elementos que el ciclón polaco había abolido o confirmado la abolición. Por ejemplo, el "asterico", que es un elemento litúrgico que, en el rito latino, sólo es utilizado en la liturgia papal. En la foto de arriba puede verse colocado sobre la patena.

martes, 1 de abril de 2008

Primero el campo, de Tollers




Está de moda hablar del campo, y como Tollers es un tipo fashion, nos habla del campo.
Su largo comentario me viene bien como introducción a un testimonio conmovedor que he recibido sobre lo que, pareciera ser, es un asalto al campo por parte de los Miles.
(Tranquilo amigo Invisible, la semana próxima lo tendrá).



Y ahora que está de moda... hablemos, estimado Wanderer, si quiere, del campo.
Nosotros, los de la raza adamita fuimos expulsados de aquel campo que se llamaba paraíso. Varios querubines “de fulgurante espada” guardan la entrada y no podemos volver allí.
Estamos en el ostracismo, en el exilio, en otro campo, lleno de espinas y abrojos, donde hemos de trabajar.
Pero eso no quiere decir que Dios nos haya abandonado, ni muchos menos. Porque conservamos un campo en nuestro interior donde Él reina soberano. O por lo menos, querría reinar soberano. Dejémosle la palabra, por un momento, a San Juan de la Cruz:
"Es de saber que Dios en todas las almas mora secreto y encubierto en la sustancia de ellas, porque, si esto no fuese, no podrían ellas durar. Pero hay diferencia en este morar y mucha; porque en unas mora solo, y en otras no mora solo, en unas mora agradado, y en otras mora desagradado; en unas mora como en su casa, mandándolo y rigiéndolo todo, y en otras mora como extraño en casa ajena, donde no le dejan mandar nada ni hacer nada."
Y es que, a pesar de que Él es el dueño de ese campo, en su generosidad y caridad ardiente, ha resignado su omnipotencia para que cada cual haga de su campo lo que quiera. Por lo menos durante un tiempo, el tiempo de nuestros años en esta tierra.
Es un campo secreto, aunque el Padre “ve en lo secreto” y sabe perfectamente qué hacemos allí. Está custodiado por altísimas paredes que lo protegen celosamente de los demás hombres: son las paredes del pudor espiritual. Tiene una puerta con cerradura y picaporte del lado interior: se nos han dado las llaves, le podemos , a nuestros¾¾buenos y malos¾¾abrir a quién querramos, a los ángeles . Porque durante la presente dispensación podemos¾¾buenos y malos¾¾hermanos hacer en ese campo lo que nos venga en gana. Entre otras, pasearnos con el Dueño a la oración, rezar, que es lo que produce las flores más delicadas, de sutiles Dios, que ve en lo¾¾fragancias y magníficos colores y que sólo ve el Padre secreto.
El campo está iluminado por el sol de la inteligencia, regado con las frescas aguas de la conciencia y las fecundas lluvias de las gracias las¾¾actuales y los sacramentos, y allí se enraízan las plantas que plantamos buenas y las malas obras que crecen transformándose en magníficas arboledas o en horripilantes malezas que todo lo cubre. Allí hay buen trigo, pero, si no vigilamos, allí también sembrará “el enemigo” su cizaña. Siempre que le abramos la puerta, para que pase. Ahora bien, ¡atender acá!, no puede pasar, si no lo dejamos.
Pero aquí está el asunto que quiero tratar hoy, estimado Wanderer. Hay muchos que quieren entrar al campo: no sólo el demonio, fíjese si quiere. Porque es de saber que este campo único que es el alma de cada cual, despierta una cierta concupiscencia entre nuestros hermanos, que es una refinada forma de deseo de dominación, de hacer en el campo del otro, lo que a mí me parece. O, como diría San Ignacio, ese deseo de “obligar a otros a andar por su camino”.
Se llama voluptuosidad espiritual, y es fruto del demonio. El Enemigo la tiene en grado sumo y cuando puede se vale de otros para entrar y morar allí y hacer en el alma del otro lo que le viene en gana.
Todo aquel que planta buenas plantas en su campo, y las riega minuciosamente con recta conciencia, y fortalece los muros que lo rodean con pudor espiritual y ora en aquel huerto sellado, convierte al campo en una fortaleza inexpugnable, un jardín de delicias, para consuelo de los santos que pasan por este valle de lágrimas. Qué sé yo. Pensemos en el alma de Chesterton, por ejemplo. Por acentuada que esté la voluptuosidad espiritual del Enemigo, nada puede hacer para entrar allí. Se le autorizó el ingreso al Edén y entonces consumó su mala obra. Pero ahora el edén que es el alma de cada cual tiene una sola puerta de acceso, y se nos han dado las llaves.
Afuera hay un enorme cartel, pintado con sangre divina y que reza “Verboten!”
Si no queremos, nadie entra. Depende de nosotros. Podemos convidar, cómo no, a los santos del cielo, o darle hospitalidad en el campo a tantos buenos¾¾a un amigo, o a los ángeles amigos es cosa natural y está muy bien. Pero por cada uno a quien se le franquea el acceso, más frustración, más bronca, más voluptuosidad espiritual del demonio (“¿Quién soy yo, al final, que allí entra cualquiera y a mí no me dejan entrar?”).
Y entonces, como el Enemigo no puede entrar, intentará que pasen otros, aunque la intentona no será fácil. “¡Ábreme, ábreme, soy tu Director Espiritual!” “¡Ábreme, ábreme, soy el Fundador de una Orden carismática llena de santos!” “¡Ábreme, ábreme, soy el Discernidor de Vocaciones!” “¡Ábreme, ábreme, soy un viejo y consumado jardinero y te enseñaré a cultivar tu campo!”
Y algunos incautos le abren la puerta y los dejan entrar, a estos sicarios del enemigo que rápidamente encadenan a quien les abrió, se enseñorean del campo, secan las aguas de la conciencia, pisotean las flores de la oración particular, singular, única, de cada cual, siembran cizaña y se instalan allí a tratar de calmar esa infernal sed que los consume, su voluptuosidad espiritual.
Y luego repiten la operación en otro campo, y así suman campo tras campo, como un terrateniente que siempre quiere más. Y los campos pierden su originalidad, su frescura, su gracia particular, su encanto único. Y todos se parecen, pues en todos se cultiva la misma maleza, indiferenciada, ramplona, “que no da fruto”.
Pero ellos creen que sí. Porque llaman “fruto” el conquistar otro campo más. Y habiendo sido conquistados, a otros quieren conquistar.
quizá desde el¾¾Esto se ha hecho a lo largo de muchos siglos siglo primero, vaya uno a saber. Pero en los últimos siglos, el Enemigo desarrolló una espiritualidad, una doctrina y una praxis muy eficiente para generalizar la voluptuosidad espiritual, y así se violaron conciencias, se obligó a otros a “andar por su camino”, se manipuló y se sedujeron a miles y miles de cristianos que resignaron las llaves de su campo, que derrumbaron las paredes del pudor espiritual, que dejaron secar los manantiales de su propia conciencia y que, al fin, sólo podían contemplar la gran maleza indiferenciada que había sido sembrada en su campo con orgullo: el fruto ponzoñoso de un alma sin personalidad, sin carácter propio, sin humor, sin libertad interior, sin conciencia crítica, de moral rutinaria, robotizada, convertida en réplica automática de otros, exteriorizada e inflada con la levadura del fariseísmo.
Sólo que, estimado Wandrerer, siento tener que decirlo, la voluptuosidad espiritual emborrachó al demonio. Tanto éxito tuvo que comenzó a desvariar, tantas fueron sus victorias, sus penetraciones, que perdió el tino, la paciencia.
Y ahora ya no puede esperar a que un campo se desarrolle mínimamente. Necesita violar los campos antes de que siquiera comiencen a fructificar. Son campos vírgenes, en los que las aguas de la conciencia recién comienzan a manar, en donde nadie plantó nada aún, en los que recién empiezan a florecer las primicias silvestres de la oración del niño (“Señor: que los malos y que los buenos sean simpáticos”).¾¾sean buenos
Pero al Tipo se le acaba el tiempo. Su voluptuosidad lo tiene a mal traer, está borracho, como las bestias del campo, ha olido sangre. No puede esperar, no quiere esperar. Está desesperado.
Y entonces, comenzó a penetrar a los niños cuyos campos, por definición, por razón de inocencia, todavía son impenetrables. Es que a estos niños ni siquiera les han dado las llaves aún. Y el Tipo se desespera.
No había pasado antes, pasa ahora.
Lo hace con la asistencia de centenares de almas que no cuidaron, con celo y vigilancia, su propio campo, y ahora, en ése, el campo de su alma, lo dejan a Dios solo, desagradado, como extraño en casa ajena, donde no lo dejan mandar, ni hacer nada.
Porque ha sido usurpado por otro.

Jack Tollers.

Fitna, el verdadero rostro del Islam

Veánla antes de que la saquen o quemen el Youtube