
La pluma de Juan Luis Gallardo nos deja una semblanza de don Juan Carlos Montiel, otro combate bien peleado, otra vida y muerte envidiable.
El pasado mes de mayo murió Juan Carlos Montiel, en su casa de Bella Vista. Murió viejo, aunque nunca, ni siquiera con motivo de la enfermedad que sobrellevó por cierto tiempo, perdió ese aire juvenil y distinguido que lo caracterizaba.
Le agradezco a Antonio Capponetto que, por medio de Juan Olmedo, me haya encomendado la tarea de escribir esta nota. Pues hacerlo me permite, por un lado, rendir homenaje a la memoria de Juan Carlos y, por otro, acometer la grata tarea de retroceder en el tiempo para evocar momentos que vivimos juntos.
Dicen que en una nota periodística se han de evitar las referencias personales, soslayando el empleo de la primera persona del singular. Jamás acepté esa regla y tampoco ahora me sujetaré a ella, pues estimo que son, precisamente, las referencias personales las que determinan que no resulte indiferente el hecho de que una nota la escriba una persona u otra.
La vinculación de mi familia con la de Juan Carlos, en efecto, se remonta a la lejana época en que mi padre, hombre de la ciudad hasta entonces, resolviera radicarse en el campo y, para ello, edificar una casa plantada en medio de la llanura. El constructor de aquella casa fue el padre de Juan Carlos. Y mi padre, que heredó la inclinación hispánica de dejar constancia cuasi notarial de los sucesos, así lo hizo constar en el encabezamiento de un acta que conservo:
La ceremonia de hoy tiene un alto significado que he creído necesario hacer notar.
El Reverendo Padre Ulrich (...) bendice los cimientos de nuestro hogar, el 25 de mayo de 1936, festividad de la Asunción de Nuestra Señora.
Están aquí presentes mi amigo Montiel Villarino, a cuya capacidad he confiado esta obra (sigue lista de nombres y, luego, firma de los presentes).
Estimo que el acta, además de atestiguar sobre el comienzo de las obras de nuestro hogar, acredita también la antigüedad de la relación familiar señalada.
Nació Juan Carlos en Henderson, un pueblo chico de la provincia de Buenos Aires por donde pasaba el entonces llamado Ferrocarril Midland, que tenía la peculiariedad de ser el único de trocha angosta que atravesaba los campos porteños, como diría Benito Lynch.
Inquieto y estudioso, con marcada inclinación por las Ciencias Naturales, Juan Carlos dejó sus pagos y se graduó de biólogo en La Plata. Después de recibirse viajó a España, enviado por Pax Romana, y, allí, obtuvo una beca para adquirir conocimientos relativos a bosques.
De regreso se casó con Irene Massaux, hija de don René Massaux, belga, ex combatiente de la Primera Guerra Mundial que, prisionero de los alemanes, se enamoró de una alemana, Erna Hagn, quien lo ayudó a escapar, viniendo ambos a la Argentina después de casarse. Massaux era experto en genética vegetal, instaló en la localidad bonaerense de Pirovano una chacra experimental y creó algunas variedades de trigo y maíz que llevaron su nombre.
Después de su matrimonio, ingresó Montiel en Parques Nacionales y, durante algo más de un par de años, ofició de guardaparque en Bariloche, entrando así en relación estable con aquellos bosques que tanto le atraían. De la montaña volvió a la pampa, a una fracción de campo, entre Pirovano y Daireaux, que denominó María Hué, nombrando en araucano a María Santísima.
Mientras transitaba yo el bachillerato, a los tumbos, concurrí a María Hué para que Montiel me preparara en materias tales como Física y Química que, en calidad alumno libre, debía rendir en el Colegio Del Salvador con suerte diversa. Llegaba allí a caballo y, debo confesarlo, buena parte del tiempo me lo pasaba charlando con Juan Carlos de temas más interesantes que las referidas asignaturas, especialmente de arte pues a ambos nos gustaba la pintura. Le llevaba mis dibujos (siempre me gustó dibujar) y, cuando le hice conocer mis primeros versos, él me aconsejó que siguiera dibujando.
Juan Carlos sería más tarde el primer director del Colegio San Pablo, creado por el Padre Etcheverri Boneo y que tan buena formación ha dado a sucesivas generaciones de muchachos que fueron sus alumnos. Mientras vivían en el primer edificio donde funcionó el San Pablo, Irene y Juan Carlos promovieron el noviazgo de mi hermana Agnes con Pancho Bosch.
Con experiencia en menesteres pedagógicos fundó por fin su propio colegio, al cual bautizó Don Jaime, como homenaje a la memoria de Jaime Braun, un chico por el que sintió especial afecto y que se mató en un accidente de automóvil en caminos patagónicos.
Además de los ocho hijos de su matrimonio con Irene, el Don Jaime fue la obra de su vida para Juan Carlos. Referencia ineludible para definir Bella Vista, suministró a los chicos de la zona y hasta a los hijos de amigos que vivían lejos, una educación cristiana, humanista y patriótica decididamente excepcional. Quizá en aquellas aulas, tal como me ocurrió a mí cuando iba a recibir clases en María Hué, sobre la enseñanza estrictamente curricular haya primado el contexto, el ambiente, el empeño por suscitar inquietudes. Ser alumno o exalumno del Don Jaime, por influencia de su fundador, mucho más que una garantía de conocimientos específicos fue la certeza de una actitud ante la vida.
Profesores de amplia experiencia y jóvenes con inclinaciones docentes enseñaron en ese colegio para el que, por encargo expreso de Montiel, escribiría yo la letra de su himno. Pues, naturalmente, coherente con su estilo, el Don Jaime no podía dejar de tener un himno.
Hará cosa de un año hablé por última vez con Juan Carlos. Me llamó a casa para decirme que acababa de releer mi novela El penúltimo ataque. Y que me quería agradecer que la hubiera escrito. Tal vez para atemperar su antiguo consejo respecto a que antepusiera yo los pinceles a las letras. Me emocionó el gesto, muy propio de él.
Enterado tardíamente de su muerte, falté a su entierro. De modo que fui a visitarla luego a Irene, quien me contó dos cosas, que quiero incluir como cierre de esta nota, dedicada a un argentino ejemplar.
Se refiere la primera a que, ya muy impedido, recluido en su casa, solicitaba a diario que lo llevaran frente a una ventana, para poder mirar el magnífico roble que se alza en el jardín, embajador acaso de bosques lejanos.
La segunda corresponde a su dulce final. En paz con Dios, como siempre, la mandó llamar a Irene, que se sentó a su lado. Estuvieron un rato tomados de la mano y Juan Carlos le dijo: quería despedirme. Después, inclinó la cabeza y se murió, dejando tras de sí una honda huella de buenas obras.
Juan Luis Gallardo




