domingo, 13 de julio de 2008

Amistad


Sir Jack ha traducido un breve y magnífico texto de Evelyn Waugh sobre la amistad.

En mi caso, ha sido esclarecedor. De haber leído antes, no habría perdido algunos amigos.



El Padre Bede Jarrett, aquel sabio y santo Maestro de la Orden de Santo Domingo en Inglaterra, supo aconsejar a un monje cuya conciencia se veía perturbada por la incidencia de fuertes afectos humanos, no sea que le oscurecieran la vida espiritual:

En cuanto al punto que menciona, sólo le diría esto: que me alegro enormemente. Me alegro porque siempre he creído que la tentación de usted ha sido siempre hacia el puritanismo, la estrechez de miras, una cierta falta de humanidad... Usted le tenía miedo a la vida porque quería ser un santo y porque sabía que era un artista...
...Ahora bien, el mal se vence con el bien, con Dios, por el amor a Dios, encontrándolo en todas partes. No debe usted tener miedo de buscarlo en los ojos de un amigo. Él está ahí. De eso, por lo menos, puede usted estar seguro. Amar a los demás no equivale a perderLo, sino, si fuere posible, encontrarlo a Él mismo allí, entre los demás. Está dentro de ellos. Sólo se le pasará la ocasión de verlo si se busca a sí mismo en los demás. Allí está el carácter enceguecedor de la pasión; se trata de un amor de sí enmascarado tras un disfraz de alta nobleza.
...Coincido con usted en que la afirmación de que “el sólo deseo de llevarle Dios a “Y” es justificación suficiente para una amistad”, es un disparate y una estafa...
Usted quiere a “Y” porque usted lo quiere, porque es querible. No encontrará otra sincera razón por mucho que la busque... Disfrute pues de su amistad, pague el precio de los dolores que suelen seguirse de tales afectos, y recuerde su amistad en su Misa y déjelo a Él terciar en el asunto. Cómo comienza “La Amistad Espiritual”: “Aquí estamos, tú y yo; y la esperanza de que entre nosotros esté Cristo, el tercero de la partida” ¡Dios mío! ¡Qué don de Dios!
No se le ocurra hablar mal de él.

jueves, 10 de julio de 2008

Crónicas de Lord Tollers


Jack Tollers me mandé estra crónica de su atribulada traducción de la vida de R. Knox, que nos debe.

Hacia el final menciona un texto de Evelyn Waugh que es magnífico. No diría que es antikukú, que lo es, sino que es plenamente humano, y tranquiliza el ánimo. Sin embargo, lo reservo para publicarlo luego, para ahorrar material y crear expectativa.

Recomiendo vivamente, y una vez más, la "Catena argentea" de Tollers. Excelente!




Estimados amigos de Wanderer, de Evelyn Waugh o de Ronald Knox (y, ¿por qué no?, de ambos tres):

Y como lo prometido es deuda y en este mismo blog había prometido traducir el “Ronald Knox” de Evelyn Waugh, permítanme darles parte del asunto y cómo va la cosa.

Voy por el primer tercio, unas cuarenta mil palabras¾¾y eso que me precio de traducir con cierta velocidad. No en este caso, sin embargo, tal vez por las dificultades de la vida, de mi avanzada edad, de mi precario estado de salud, o de las complejidades intrínsecas del texto¾¾o tal vez por algunas penas adicionales que me he tomado. Por ejemplo, con la ayuda del Sr. Google he ido “anotando” todos los preciosismos, localismos y extraños modismos británicos de fines del s. XIX y principios del XX de la Haute Societé inglesa (Eton, Balliol College, Oxford, etc...). Las notas ya rebasan el centenar, pero van al pie de página y no es obligación leerlas. Y cuando se “publique” el texto el lector las podrá suprimir si quiere, sencillamente. Ahora, antes de eso, sepa que yo no sabía que sabía tan poco y me doy cuenta de que antes uno leía y se salteaba tanto detalle, desesperado de averiguar de qué se trata, uno por uno. Con el Sr. Google es tan fácil: qué sé yo, averiguar que Eaton Place no es el nombre de una mansión, sino de una paqueta calle londinense, que “Divvers” era un examen de Teología que si no lo aprobabas no egresabas de Oxford (abolido circa 1920), etc...

Me divierto, no lo puedo negar. Y aprendo. Y aprendo a escribir en castellano (que es tan, pero tan difícil). Y me involucro en la vida de Ronnie Knox, pero le sigo el alma a Evelyn Waugh también, cómo no (más de una vez, tengo la fortísima impresión de que escribió esta biografía antes que “Brideshead” y no, y no). Y veo el efecto que tuvo Newman, y me emociono, y todo ese mundo que se fue... Uno ve claro como las dos Guerras (civiles que dice Nolte) terminaron con Europa y todo lo que se perdió y me dan ganas de llorar... y a veces, no crean...

Y luego, me duele la espalda, y tengo ganas de escribir cosas propias, o meterle más pata a mi Catena (el Cap. III está a las puertas) y no pocas veces aparece una vieja vocecita que no falla, que no falla en repetirme al oído “Y todo esto ¿para qué? ¿para qué diablos?”. La conozco bien, pues me acompañó a lo largo de seis penosos años cuando me aboqué a otra obra que a los diablos no les gustó ni aca.

¿Qué más, estimado Wanderer? Que, mejorando lo presente, sin dudas es éste el mejor libro de Waugh (siempre que excluyamos su narrativa, que a esa no hay con qué darle). ¡Y cómo quería a Oxford, a Inglaterra y, me atrevo a decir, a la pobre Iglesia Anglicana! Tanto como otros grandes conversos como Gerald Manley Hopkins, como Benson, como Knox, como el propio Newman (hay otros que no le guardaban la menor simpatía, T.S. Eliot, por caso).

Y a fe mía, que los que le guardaban afecto, tenían razón. O, por lo menos, sus razones.

Ça suffit. He aquí que después de despacharme “at random” y mientras el paciente público espera que termine con la traducción, y a modo de anticipo, dejadme copiar aquí un texto que E. Waugh trae a colación acerca de la amistad y la vida espiritual. Es tan anti-kukú que quizá merezca el status de post (para comentarios, etc. etc. ).

Sursum corda,

Jack Tollers.

sábado, 5 de julio de 2008

Sobre macetas y praderas


El Pseudo - Athonita nos regala con una homilía dominical, mucho más sustancial que la que escucharemos en nuestras lánguidas parroquias.




Va un texto, afín al Evangelio de este domingo.-
Y sí, ya lo sé, ya me lo dijeron acá... yo, justo yo, ponerme a hablar de la simplicidad... ¡hay que ser caradura!
Y bueno: sí, soy caradura.- Dura como el pedernal.-

Vaya un reconocimiento: la arrancada ésta de hablar del campo, de otro campo, no es mía; sino de un buen amigo que tiene un excelente artículo -en un excelente blog- que les recomiendo:
http://caminante-wanderer.blogspot.com/2008/04/primero-el-campo-de-tollers.html
Y seré caradura, pero miren si no hay que ser "sencillo" para aceptar esta humillación interior: que a mí me guste tanto cómo escribe él y a él tan poco lo mío... Salvando las distancias (la mía al menos) algo de eso les pasaba a Lewis y Tolkien... cosas que hay que aguantar.-

Y ya que es viernes, una humillación más, de la que me hago cargo, qué tanto: que sí, que me gusta Graham Green y me la banco, por más zurdo que fuera.-

Ah, y a los muy teólogos -pienso en dos perros del Señor...- , no, no me vengan con distingos histéricos cuando se topen con lo del "conocimiento offshore", porque canté truco, pero esta vez con buenas cartas... que no mostré.-

In Domino,

pd: a los fanáticos de los bonsai (pienso en un Carmelo entero, por ejemplo...) perdonen la alusión: no lo tomen a mal. Aunque alguna maldad debe habérseme colado del inconciente, recordando que en mi lúgubre noviciado me hacían cuidar un ombú bonsai que "ellas" habían regalado y que me daban ganas de rebolearlo por la ventana... He aquí mi sobria venganza.... y confesión.-




Conozco un planeta donde hay un señor carmesí.
Jamás ha olido una flor. Jamás ha mirado una estrella.
No ha hecho más que sumas. Y repite todo el día:
¡soy un hombre serio, soy un hombre serio!

El Principito



Está de moda hablar del campo. De la crisis del campo. Hagámoslo entonces.
Eso sí: será de otra crisis y de otro campo. El que se despliega, espacioso como nuestras pampas, en las propias entrañas. La Escritura entera gusta llamar a nuestros hondones con esta simplísima expresión: campo; campo abierto.
Al punto que el Verbo se hizo Carne casi a los solos efectos de “acampar” entre nosotros. ¡Que exulte el campo y griten de gozo sus árboles!, arenga el salmista desde la sombra y figura.

Pero ajustemos algo previo.
Hay una distorsión teológica simple pero relevante. Y es creer que Dios administra sus premios y castigos si no con deliberada arbitrariedad, al menos con expresa y puntillosa resolución. Dios decide.
Y aunque es cierto que detrás de todo está la Voluntad de Dios, sus Promesas se van cumpliendo sobre la marcha del tiempo y la eternidad en la precisa medida en que se van dando las condiciones que habilitan dicho cumplimiento. Podríamos figurarlo casi como una “opción predeterminada” que se ejecuta “sola” cuando la situación lo permite.
En el fondo, lo que digo es que hay una relación causal entre mandatos y promesas. (Aunque no por eso un vínculo de estricta y debida justicia, claro está). Ni se agota este vínculo causal en el hecho raso de que Dios promete que el que hace tal cosa alcanzará tal otra. Lo cierto –y estupendo- es que entre la condición y la dádiva hay una relación real, hay una lógica. Dios no construye una suerte de grilla a dos columnas con mandatos y promesas y va cruzando arbitrariamente flechas vinculantes. Sino que cada promesa constituye la plenitud (indebida y desproporcionada) del mandato o de la condición propuesta.
Esto es hermoso.
Así, los mansos hidalgan la tierra, el llanto termina en consuelo, los puros ven a Dios, los pacíficos hacen vida de hijos… y todo esto, insistamos una vez más, porque más que premiar y castigar, Dios avisa hacia qué mares desemboca cada río.

Bien. Me dicen que suelo gastar demasiada labia o tinta en las introducciones en vez de encarar el meollo de entrada. Y es cierto… pero hay veces en que una entrada en escena del personaje principal cobra todo el relieve que merece, sólo cuando la obertura ha sabido crear el clímax expectante.
Mi prosaica obertura pretendía eso. Que dicho lo ya dicho, con redoble de tambores pueda instalarse en el centro de la escena uno de los versículos más bellos, más intensos, más hirientes del Evangelio: sólo los pequeños dan con la Revelación.

Y el Señor reedita el acontecimiento ante el corazón de cada uno de nosotros.
Ora. Es el Cristo Orante en conmovida alabanza.
Le ha asombrado una vez más –desde la “pequeñez” (tapeinos, dirá el texto) de su condición filial- su Padre, su Inmenso Padre, el “siempre-más” que Él.
Y en semejante contexto nos enteramos de la maravilla que nos atañe: los sabiondos y peritos no acceden al Misterio y los simples dan de lleno, sin trabas ni conflictos. Con la normalidad con que se recibe agua limpia o pan fresco. Con la misma normalidad con que –para el niño- las retorcidas hebras del lampazo configuran sin esfuerzo una gruta oceánica de algas y corales…
¿Y por qué esto habría de ser tan conmovedor?
Por lo que ya insistimos: porque Jesús sabe que el Padre no “paga” con revelación al precio de la pequeñez. Jesús percibe en un instante esta relación causal, directa, inmediata entre el Misterio revelado y la pequeñez del corazón.
Percibe la compatibilidad, la empatía, la “desproporcionada proporción” entre ambos.
Y esto es conmovedor como muy pocas otras realidades podrían conmocionar... claro está, a los simples.

Ajustemos otro mal entendido frecuente en la internalización de los relatos evangélicos: cuando hay bandos -buenos y malos- solemos hacer o bien el esfuerzo por identificarnos con los malos para llorar nuestras culpas o suspirar por los buenos para hambrear la santidad. Y vale. Pero es importante no olvidar que ambas realidades suelen co-existir en nuestro interior. Todos somos buenos y malos a la vez. Y las imágenes que emplea el Señor intentan apuntar a que descubramos estas dos polaridades ante todo en nuestro propio interior. Hay en nuestro terreno interior zonas porosas al Misterio y zonas impermeables. Nos atañe localizarlas para promover unas y sanear las otras.

Pero apuremos -ahora sí- la marcha al centro del asunto. ¿Qué tiene lo pequeño que lo torna tierra fértil, tan apta para sembrar el Misterio divino? ¿O qué tiene el erudito, el analista, el perito en las cosas divinas que aún nadando entre sus certezas el Misterio real ni lo salpica?

Veamos.
No hay compatibilidad entre Misterio y sabiondo, porque la especialidad de éste consiste en coleccionar certezas conceptuales prolijamente ubicadas en los casilleros de su “letterbox” (ese antiguo mueble de imprenta donde el imprentero guardaba sus letras de molde). Allí las conserva, con meticuloso orden. De allí las toma, ya sea para sacarles lustre o tan sólo para regodearse de su posesión. Y con pulgar y mayor las aprehende y sujeta y las recoloca con secreto orgullo y regocijo en su exacta casilla.
Y el Misterio, el Auténtico, el Divino, que es Fuego voraz, indomable Inmensidad, Torrente devastador… no, no cabe en casilleros.
Si cabe, no es Dios –remataría san Agustín-.

Dios, su Misterio y el niño son compatibles porque los tres concuerdan en la condición. Hay “compatibilidad” entre ellos.
Dios es simple. Su auto-revelación es simple y el simple es simple.
Dejemos las más bellas simplezas para otra vez (la de Dios mismo y la de su expresividad) y sólo digamos algo de “los simples” del Evangelio de este domingo.

Pero antes, un nuevo excurso: tiene que ver con el lenguaje y sus trampas. En castellano lo sencillo tiene que ver con lo poco (por ejemplo, al hablar de plata) o con lo pequeño (una casa, una fiesta). En cambio lo pedante, lo ampuloso se vincula sin esfuerzo a lo grandilocuente, a lo excedido de escala.
Y esto no siempre es así.
Lo simple es ante todo lo vasto, lo que no está fraccionado.
Lo complejo, por el contrario, en tanto sofisticado, tiende a la concentración, a lo diminuto. Perfumes, laptops y canapés serían buenos ejemplos.
Esto nos instala en el ojo de una potente paradoja: el hombre simple y rudo vive con la cara al viento, abierto a lo inmenso. Suya es la grandeza.
El hombre altivo y soberbio vive apretado, respirando su propio aliento, bajo su asfixiante cielorraso. Suya es la estrechura.
(Sería por eso –tal vez- que los antiguos percibían una curiosa “puerta secreta” que vinculaba en la trastienda a la humildad con la magnanimidad, virtudes que solemos atender muy distanciadas entre sí…).

Así las cosas, toda la ecuación evangélica entre manos se explica por razones de tamaño. El inmenso Dios no cabe en la astringida condición del sofisticado sabelotodo. Y está a sus anchas en la despojada amplitud del simple.
Lo dijimos: se trata del campo. De apostarle al campo y no a las restringidas macetas de balcón.

En la tierra de los simples brota Dios porque se le ofrecen campo abierto a su Semilla.
En la maceta del perito, cuesta mucho que germine y si lo hace, se pasma y si no se pasma, queda bonsái. Un Dios hecho bonsái… tal vez la mayor perversión religiosa. Hubo un tiempo de ateos. Y otro, de anti-teos. Parece ésta la hora de los mini-teos…

Al simple (“nepíois” dirá el texto, que dice mejor niño, ingenuo) le va el Misterio porque para él no sólo el Misterio –con mayúscula- sino toda realidad es misteriosa, es digna de ser desfondada para habilitar en sus entrañas el más inverosímil de los mundos.
El niño, o el simple, no atrapa las cosas: las observa y las deja ser. Accede a ellas saliendo de sí, como una abeja aborda la flor, y no forzando sus espacios interiores para comprimirlas y almacenarlas.
Por eso, básicamente, podemos decir que toda la ventaja del método-niño (esta es la fe) es una ventaja de lugar. El conocimiento no ocupa lugar si uno lo lee “on line”. Pero si ante todo lo que aparece en pantalla nuestro avaro movimiento posesivo nos mueve a “bajarlo al disco duro”, pues vaya que si ocupa lugar… Y si el “archivo” que pretendemos “guardar” es Dios-en-Sí… pues se nos colgará el sistema y hasta explotará la computadora. La fe como método de conocimiento es ante todo esto: un salir a campo abierto en vez de “zipear” y almacenar en lúgubres y helados subsuelos. Podríamos arriesgar: la fe es un conocimiento offshore… Si no el éxtasis, al menos requiere el éxitus.

El sabiondo es para adentro. Trata con ideas. Acumula conceptos. Los encasilla, los enmaceta, los riega y los cuida.
Y si es pío, de todas sus ideas, habrá una que reconocerá de máximo valor (aquello mayor que lo cual nada puede ser pensado) y la exhibirá en la mejor de sus macetas como a valiosa orquídea. Ese es su Dios: la idea de Dios. La mayor idolatría no radica ni en la carne, ni el dinero: la mayor idolatría es adorar la idea de Dios (idea viene de ídolo y no al revés).
El famoso “noli me tangere” del Resucitado a la Magdalena no es un histérico “¡no me toques!” sino un amante y sabio “no quieras atraparme”…
Dirá Chesterton: el rebuscado es todo lo contrario al buscador.

Por eso, como desesperaba Hölderlin: ¡No planten cedros en macetas!
Pues maceta mata cedro. Como sabiondo mata Misterio.
Y el fogoso salmista aclama: ¡exulte el campo y cuanto crece en él!; ¡que griten de jubilo los árboles del bosque! (Sal 95,12).

E hombre simple sabe asombrarse. El hombre simple vive y vibra al pulso cotidiano de la sorpresa y la admiración. No hurguetea sus propias conjeturas: permite que el Misterio impacte sin más. No analiza: accede y presencia. El simple asume que ocurren cosas y que lo suyo es estar atento. Para el simple rezar no es pensar en Dios sino atenderlo. El simple no construye su fe sino que la descubre y cuida. El simple no captura certezas sino que, muy por el contrario, vive cautivo, cautivado por la alegría, diría Lewis. El simple no entiende a Dios y pocas cosas lo hacen más feliz que este no-entender. Le fascina el vértigo de no entenderlo y poder amarlo así. El simple no le tiene miedo al Misterio (aunque sabe que cuando un ángel dice “no temas” es porque está por ocurrir algo escalofriante). Vive maravillado por estrellas, flores, rostros y auroras. Y ¡cuánto más!: ante esa siempre sorprendente conmoción interior que le hace patente que Aquel Dios Más-Allá-de-Todo, sin estridencia alguna, acontece en su interior. Y que este acontecimiento lejos de necesitar ser “analizado” o “explicado”, reclama la adoración, el rostro en tierra, el rostro en campo…

Sí. Ante el indomable Misterio, ni hay que enjaularlo por miedo ni hay que domesticarlo por miedo también. Pues aunque su nombre es León (Ap 5,5) al despertarlo con la sencillez de un niño, nos tratará como Cordero, pues también lo es (Ap 5,6).
Cómo no pensar en Aslan, el León –temible y amoroso- de Narnia…

Y un remate final:
“La casilla de las macetas” (The Potting Shed), esa diminuta obra de teatro de Graham Green, donde constantemente luce esta obsesión por “contener y contraer” lo indómito divino, concluye de un modo muy bello:
Ana –una niña peculiar, mezcla curiosa de candor infantil y agudeza adulta- duerme plácida sobre el alfeizar de la ventana (abierta). Desperezándose y bostezando dice:
-¡Ah! ¡He tenido un sueño tan raro! Iba camino a la casilla de las macetas y me topé con un león enorme, profundamente dormido.
-¿Qué hiciste? –pregunta Jaime.
-Lo desperté –contesta la niña.
-¿Te comió? –pregunta con terror la señora de Callifer.
-No. Me lamió la mano –responde Ana, mientras baja el…




--TELÓN--

sábado, 28 de junio de 2008

La irresistencia del incienso quemado


El Athonita, quien en un ataque de humildad adoptó el prefijo "pseudo", aceptó el reto de explicarnos el problema del mal.

Destaco dos aspectos: 1) La defición clásica y archi-conocida de que el "mal es la ausencia de bien", es muy linda y muy cierta pero, convengamos, no resuelve el problema. Es una explicación insuficiente. 2) La importancia y necesidad de la literatura para comprender los problemas del hombre y del mundo.





"Mantén tu espíritu en el infierno,
y no desesperes".
San Silvano, el (auténtico) Athonita


El dolor y el horror y la sórdida malicia son presencias reales sobre la faz del orbe.
Que el rimbombante “impossibile est quod malo sit aliquid” con que arranca el Aquinate sus XVI quaestiones sobre el Mal no nos apuren.
El mal está vivo, y si es ausencia, pues será la hiriente y lacerante presencia de esta ausencia. Presencia activa; presencia operante; presencia que en permanente actividad, busca horadar, busca socavar, erosionar, avanzar, como un mar embravecido sobre la tierra firme.
Es que el intervalo que va del Gólgota a la Parusía no es justamente tiempo de calma ni mero preludio o compás de espera a lo Definitivo.
Es batalla. Y batalla campal. Mors et Vita duello... a la sombra y pulso de la Agonía de Cristo, y hasta el fin del mundo.
Sí. Es la muerte misma la que sigue viva, la que –si bien herida de muerte- ronda buscando a quién devorar. El texto petrino sabemos como remata: resistidle firmes.
Pero es propio de la Lectura divina habilitar la danza de la “analogia fidei”, permitiendo que la Escritura entera reverbere y refracte sus armónicos... Y así las cosas, ante el rugido de este maldito León cabe una alternativa a la prosaica resistencia.

Y es la irresistencia.

¿Al león, al mal, al pecado?
No. Al rugido. Al dolor y al horror, y a la viva muerte. Que en el mundo están a causa del pecado –y sólo del pecado- pero que no son el pecado.

¿Qué procura la irresistencia?
Absorber el mal.
Absorberlo, neutralizando sus efectos.
Como un contrafuego detiene el incendio.
Como un paragolpes evita que la fuerza destructiva se traslade.
Como un pararrayos procura “hacerse cargo” de la furia del relámpago.

Así Cristo –y los de Cristo- ante el Malo, ante lo malo y ante los efectos de toda maldad.
Lo del Señor nos suele ser sabido (aunque agravia a la magnitud del Misterio decirlo así). Él murió por nuestros pecados. Y mientras nos arremolinamos en torno al alcance del multis, podemos distraer la densa valencia del diminuto “pro”, que no agota su sentido en ser “en favor de” sino que refiere a la vez a un escalofriante “en lugar de”. (Barrabás significa Bar-Abbá...).
Y en tal sentido dirá san Pablo que Cristo “se hizo pecado por nosotros” (2Cor 5,21).
Cristo, el Chivo expiatorio, cargado con el pecado de todo el campamento, es sacado fuera de la ciudad, para consumir e incinerar en sí el mal de todos (Dionisio el Cartujo).
Los términos más técnicos del caso son: “víctima propiciatoria” y “sustitución vicaria”. (Al margen: para quienes aún crean que esto es invención de Lutero, o peor aun, de von Balthasar: “id y aprended qué significa” el castigo sustitutivo de Cristo, la Ira divina descargada sobre el Inocente en Orígenes, en Gregorio de Elvira, y sobre todo en Juan Crisóstomo. Y si la Patrística asusta, que lo escuchen el Doctor Común: Vere maledictus a Deo (Super Gal C3,1,1.).

Quien más, quien menos, todos “manejamos” este vertiginoso dato de fe respecto a Aquel que por Commercium se hizo Maldito por nosotros (Ruperto de Deutz).

Pero nos llega el turno.
Como Cristo, los de Cristo... repite cual una estribillo la Patrística entera de Saliente a Poniente.
La reducción posible es ponderar aquel completar en nuestra carne lo que falta a los padecimientos de Cristo entendiendo “carne” por “cuerpo” en vez de ofrecerle el alcance que tiene en la economía de la Encarnación, donde el Verbo se hace enteramente Hombre. Pero más todavía que esto, puede reducirse este munus, este ejercicio de “involucramiento redentor” como un prolijo ofrecimiento de sacrificios voluntarios que unidos a la Pasión de Cristo redundan en frutos de gracia para el Cuerpo eclesial.

Y esto es cierto, pero incompleto.
Quien se planta en este topos y demarca allí los límites del Misterio redentor, delata el vano intento por domesticar lo divinamente indomable: la Locura de Dios, al decir de los rusos.

Completar en la carne también debe afrontar la doble valencia del “pro”, y tomar parte en este “hacerse pecado” por los demás. Dejar que la Ira divina se descargue sobre nosotros (habría que volver a leer el famoso “De ira Dei” del viejo Lactancio o el “Agnus Dei” de Bulgakov...).

He aquí la irresistencia en cuestión.
La que nos habilita a participar del Misterio más abisal de Cristo que mata en Sí la muerte en la estricta medida en que la asume y la vive (san Ireneo dixit). Y la vive por dentro –sin ficciones tertulianas- hasta los últimos subsuelos del Abismo infernal, que socava y desfonda desde adentro y no por un decreto de amnistía firmado desde la serena diestra del Padre. “¡Ven, Adán, salgamos de aquí! -canta un antiquísimo texto- Yo he pagado tu deuda”.
El Cordero quita el pecado del Mundo, porque el Cordero carga el pecado del Mundo. Y así, Cordero mata a León.

¿Y nosotros qué?
A nosotros se nos concede la inmerecida gloria, el inmerecido honor y privilegio, la desmedida misión de tomar parte en esta sustitución vicaria, para completar en nosotros esta tarea de cargar el pecado, de absorber la malicia, el horror y la muerte rondante.
Hacerlas propias. Apropiarse la pena ajena.
Todo el horror del mundo: en uno.
Comerlo. Comulgarlo.
Y en una suerte de implosión interior (cual un caballo de Troya invertido), ver cómo la piara de cerdos endemoniados se despeña en las propias entrañas...

Claro está: no nos atañe ejercer esto desde la Inocencia del Señor, sino desde la propia miseria. Nuestra es la libertad para aceptar como “añadidura” a nuestros cotidianos atropellos, a nuestros enquistados vejámenes, a nuestras diarias incineraciones, todo el horror del orbe, toda la pestilencia demoníaca. Y beber hasta las heces la negra espuma del pecado del Mundo.
Que lo diga sino Juan de la Cruz: “cuando esta purgación (libremente asumida) aprieta, sombra de muerte y gemidos de muerte y dolores de infierno siente el alma muy a lo vivo, que consiste en sentirse sin Dios y castigada y arrojada e indigna de Él, y que está enojado, que todo esto se siente aquí y le parece que es para siempre.”

El Kyrie Eleison sin orillas en el “in altum” de la oración continua no es más que la prolongación y el eco en el hoy, del infatigable Orante del Madero, buscando aplacar la Cólera divina desde un “yofuismo” tan vicario como genuino.

Tal vez hasta mejor que la misma teología, este Misterio de la sustitución vicaria ha sido magníficamente expresado por algunas joyas de la Literatura cristiana. Se me vienen a la cabeza –o al corazón- una docena de personajes... pero me ciño a dos: Violaine Vercors y William Callifer.

Ella es la protagonista de la obra cumbre de Paul Claudel, “La Anunciación a María”. Ella es la pura, la inocente; pequeña y perfumada como la flor a que alude su nombre. Pero ha aceptado quedar cubierta de lepra hasta la ceguera, y hacerse cargo –por la lepra y el leproso libremente besados- de toda la carroña del Mundo. Y no por una mera coyuntura. Sino por irreemplazable vocación. Se trata de la vocation de la mort, comme un lys solennel, -como se dirá al final de la obra.
Ella es la víctima inocente que inmola su cuerpo y su alma para la salvación de su familia, de su tierra, de su patria y de la Cristiandad (dividida por el cisma). La lepra, la ceguera, la pestilencia y el aislamiento conforman el idioma de la culpa y pena asumidas, que van consumiendo por dentro su ser y cumpliendo allí “toda justicia”...
Ya al final de la obra, agonizante, colocada -cual hostia viva- sobre la mesa familiar, le preguntarán al padre qué es lo que ella ha concebido en su seno. Y él dirá: “todo el inmenso dolor de este mundo en torno a ella, y la Iglesia partida en dos, y la Francia...”

(Marginalia: ya en “La Ville” Claudel le hace decir a Besme: “yo, solo, soporto sobre mí la carga de toda la muerte, la maldición total de todo hombre y de todo ser viviente”. Habría que leer (¡y traducir, amigo Tollers!) de Claudel: su “Introducción al Apocalipsis” y “El libro de Job”...)

Sí. Como Cristo sobre la Cruz, Quien “como levadura inextinguible no cesa de operar sobre las tres medidas de harina”, así este pan bendito de la vida de Viollaine, consumida y quemada por la lepra hasta sus fundamentos. Dios ha hecho de su violeta un ser nauseabundo, portador de la más concentrada pestilencia del mundo... ante quien se esquiva la mirada por su horrorosa deformidad...
Deformidad que se desfonda en sus propias entrañas en aquella escena escalofriante en la cueva de Géyn: su hermana Mara, llena de furia y rabia, le lleva al leprosario a su hijita muerta, a quien Voilaine resucita con la fuerza vital de la muerte que le acecha su hermana, quien la mata por odio y envidia. Y la niña rediviva, que era de ojos negros, resucita con el mismo azul de los ojos de Voillaine, que se cierran para siempre.
Sólo lo de-forme trans-forma (por acá va lo de la belleza salvífica, tan mal entendida...).
Tres frases fuertes en la obra van jalonando el argumento:

“Poderoso es el sufrimiento cuando es tan voluntario como el pecado.”

“Dios es avaro y no permite que ninguna creatura sea encendida sin que en ella se consuma un poco de impureza: la suya o la que le rodea, como la brasa del incensario que se atiza.”

“Y en verdad que la calamidad de este tiempo es grande. No tienen padre. Miran, y ya no saben dónde está el Rey y el Papa.
Por eso, he aquí mi cuerpo en actividad, reemplazando a la Cristiandad que se disuelve.”


¿A qué santo toda esta verba?
A la valiosa inquietud de un anónimo del penúltimo post, la válida y precisa no-respuesta de Pablo de Rosario y el “truco” que me cantó Sir Wanderer.
Y aunque sin cartas, es este mi “sí, quiero”. Y mi retruco, para desafiarnos a todos a “wanderiar” desde el por-qué al y-yo-qué.
Ante el mal, se eclipsa y silencia el por qué. Pero de tal silencio emerge (o desciende) la pregunta que explica estas letras: Y yo, ¿qué puedo hacer?
Si todos quemamos un poco de nuestro incienso en la brasa de la Ira divina, Rocío vivirá, y vivirá para alabar al Dios que sabe hacer del centro de todo Gólgota, la Fuente del nuevo Paraíso.

Ajustando un poco –y otro poco- unos versos de Hölderlin, nos queda algo así como:

¿De dónde proviene el rocío?
¿Lo irrita y destila el cielo
desde su oscura lejanía?
¿O es la no menos sombría
entraña de esta vida
quien la exuda sobre el suelo
a la aurora de cada nuevo día?
Tal vez sea,
que cuando en secreto
cielo y suelo se besan heridos:
vuelve (el) Rocío a la vida.

En fin y al margen: no veo que atente contra el Evangelio pedir la pena capital para Mauro Schechtel. Sí lo vería, si no fuéramos capaces –como la Petit de Lisieux- de privarnos del agua hasta no cerciorarnos que “el Perdido” haya besado el crucifijo antes de su ejecución.

Como asume san Pablo (2Cor 4,12), que en nosotros crezca y opere la muerte, para que en ella crezca y verdee la vida.
Para eso, ante la roja brasa del atizado incensario: irresistamos firmes en la fe.


El Pseudo-Athonita
pd: Creo que mejor a Callifer lo dejamos para otra vez.

sábado, 21 de junio de 2008

Lógica episcopal


El mismo lógico que nos explicó los oscuros y curiosos procesos de la lógica kukú, hace lo propio con la lógica episcopal.


-¿Mentir? ¿se puede mentir?
-Bueno, sí, en materia política, vale, a veces resulta necesario, otras veces es un recurso. A veces no te queda otra... con tal de que algunos te crean.
-¿Y robar? ¿se puede robar?
-Mirá, los políticos siempre han roba...
-¿Trusso, por ejemplo?
-Tendamos sobre él (y Mons. Aguer) un piadoso manto de olvido. También hay que saber perdonar, ¿no?
-¿Pero todos los políticos? ¿Siempre? A mí me parece que en otros tiempos, en otros países no.
-Sí bueno, pero acá los políticos roban, casi todos, y todo el mundo lo sabe, y a nadie le importa demasiado. A menos que los agarren. Y eso no pasa casi nunca. Y en cualquier caso para cuando se demuestra judicialmente por sentencia firme que robaron... ya no son políticos, ni gobernantes, ni nada. Son historia. Y aun así, mirá, no me acuerdo de un solo caso. Mirálo a Menem, mirála a Isabelita. De modo que sí. Se puede robar, se roba y eso porque a nadie le importa demasiado.
-¿Y la verdad? ¿A nadie le importa la verdad?
-Es una pregunta tonta e irrelevante. Por lo pronto vivimos bajo la dictadura del relativismo. Ratzinger dixit. Y eso, imagináte, en un país conocidamente cínico, farisaico y mentiroso. Agregále un poco de relativismo y listo. La verdad no existe, o mejor todavía, como decía Pilatos, ¿qué es eso?
-¿Entonces?
-Entonces hay que dialogar.
-¿Dialogar con los que mienten, roban y creen que todo es relativo? ¿Para qué?
-Es una cuestión de poder. Si sabremos nosotros los obispos de eso... Dialogando cada cual pone sobre la mesa cuántos fierros, o plata, o prestigio, o popularidad, o, en definitiva, poder, tiene. Y luego se juega el partido. Sobre la mesa. Dialogando. Y gana el que más tiene, y pierde el que menos tiene. Y listo. Y nos ahorramos otras formas peores de resolver los conflictos.
-¿Como cuáles?
-No sé, a las piñas, a tiros. Hay que pacificar los ánimos. Y para eso nada mejor que un poco de relativismo.
-¿Billetera mata galán?
-Mirá... se acabaron los valientes. Y se acabaron los galanes.
-¿Y por eso preguntó Stalin cuántas divisiones tenía el Papa?
-Pero, claro. El Papa padecía nostalgias del tiempo en que disponía de ejércitos. Estaba desactualizado. Ahora lo que importa es el diálogo... con divisiones de ejército o cualquier otra cosa que te dé poder. La guita por ejemplo. Y si no tenés, quedás fora na pista.
-Pero el Evangelio no dice nada de esto. Y Cristo se negó a dialogar con Herodes. Y tenía razón. Y lo embromaron con un plebiscito manejado con cinco fariseos. Y lo crucificaron igual.
-Porque los fariseos saben de poder. Y Cristo no.
-Bueno, pero al final resucitó, ¿no? Más poder que eso...
-Sí. Pero no sé. Porque el mensaje después se “espiritualizó” tanto que... no sé. Y cuando no, cuando se encarnó en el Imperio, aparecieron canalladas como las Cruzadas, la Inquisición y no sé cuántas cosas más... Esa no era manera buena de resolver los conflictos. Hemos progresado. Ahora tenemos el diálogo que es la Gran Conquista de Vaticano II.
-¿No me digas?
-Te lo digo. Y permite charlitas como ésta. ¡Qué tanta lógica, dialéctica, retórica, que arguo et redarguo! Por suerte estudiamos poco de eso en el Semi. No: el diálogo es como en un partido de truco. Te fijás en las cartas que tenés. Interviene un cachito la suerte. Y otro poco la picardía, la piolada y los socios que te conseguiste. Y como pasás las señas. Y otro poco cómo jugás las cartas. Y gana el má mejor y chau pinella.
-¿Y si ganan los mentirosos, los que roban, los que cometen injusticias, los crueles, los infames traidores a la patria?
-Ya te dije. No hay tal cosa.
-¿Cómo que no hay tal cosa?
-Es todo relativo. Lo importante es dialogar.
-Pero eso no está en el Evangelio, ché... y ahora me da por recordar las invectivas de Cristo contra los fariseos, y cuando los echó del Templo, cuando dijo que Herodes era un zorro y...
-Mirá. Lo que está en el Evangelio o no es asunto peliagudo por demás. Porque están las interpolaciones posteriores, la fuente única, y no sé cuántas cosas más. Dejá al Evangelio tranquilo, ché. Eso es para hermeneutas y exégetas y no para ustedes los laicos ni para nosotros los obispos. Es para especialistas.
-¿Y entonces, ustedes para qué están?
-Para promover el diálogo, ¿no lo dije antes? En eso, somos especialistas.
-¿Y si K. no quiere?
-Y bueno, que se embrome. Se va a prender fuego todo. Se va a ir a los caños. Y con él, buena parte del país. Porque no quiso dialogar, ché, el muy necio.
-¿Pero ustedes no tienen responsabilidad en eso?
-No. La culpa es de él, que no quiere dialogar. Si el país se hunde es culpa exclusivamente suya. Nosotros, argentinos. No tenemos nada que ver, al contrario, siempre quisimos...
-¿Dialogar?
-Exactamente.
-¿Y en el Juicio Final?
-Dialogaremos con el Juez, ché, ya te lo dije, hablando se entiende la gente. Esa es la Gran Conquista de Vaticano II, loado sea Dios.
-¿La “Gran Conquista”...?-Sí, eso y un poco de relativismo, y buenas noches.


jueves, 19 de junio de 2008

Solemn High Mass at the throne - Recessional

Misa Pontifical según el rito extraordinario celebrada por el cardenal Castrillón Hoyos en la catedral de Westminster.
Nosotros, con Bergoglio y Kristina; ellos, con pontifical y Queen Elizabeth...

lunes, 16 de junio de 2008

Breve apología del porque sí nomás


El Athonita me (y nos) regala una reflexión sobre el blog y el blogger, el hecho de "Wanderiar". Le agradezco los elogios. Sé de quién vienen y me parecen demasiado para mí.

Aclaro que las fotos las envía el mismo Athonita. Es él el único responsable, entonces, de que, através de ella, descubrán quién es este monje, que no habita, precisamente, en el Monte Athos.




Aunque un poco cursi, vaya en el día mundial del blogista, este homenaje a un blog que hace honor a su nombre... como torpemente intentaremos decir.


Not all those who wander are lost

Deep roots are not reached by frost


J.R.R.Tolkien


C'est le temps que tu as perdu pour ta rose
quit fait ta rose si importante.
A. de Saint-Exupéry



Dirá Newman que la Universidad, como hogar del saber, contiene su finalidad en sí misma -podríamos decir: es autoportante- y por eso no necesita ser servil a los intereses externos a ella. Con esto abría un intenso debate, pues aunque los conceptos en juego son tan añejos como el viejo Aristóteles, ya se había instalado en el mercantilismo occidental la idea de las universidades como mercados de compra y venta de datos, compra y venta de profesiones. Las universidades debían ser “útiles” a los intereses de la sociedad... A todos nos recuerda esto lo que los griegos decían de la Filosofía: no sirve para nada porque no es sierva de nadie; es señora. Para Newman el saber tiene un peso y dignidad tal que -aunque sea muy útil- no necesita cultivarse en función de nada ajeno a sí mismo. No es “funcionaria”. Finaliza en sí. Como un monje reza porque sí (aunque sus rezos muevan secretamente al mundo), el pensador estudia, lee, anota, reflexiona y comparte estas reflexiones porque sí, porque sí nomás.

Así como catedral viene de cátedra (y no al revés), cátedra viene de una gran familia de términos griegos, entre los cuales está la silla, la “sede” donde se asienta el saber, donde gravita y reposa el saber. Esto último -reposar- es crucial. Y si seguimos removiendo deep roots, descubrimos que “kathédra”(silla) proviene de “hédra”, que refiere a lo firme, al fundamento, al sostén último. El verbo “katéjo” nos aporta también algo crucial: se trata de conservar, poseer, retener. Y en lo que nos atañe, ‘retener’ hay que entenderlo no como un mezquino repliegue sobre sí, sino como un modo de impedir que el saber se derrame en esa frenética obsesión por mutar los fines en medios. Impedir el desangre instrumental.

La cultura actual es alérgica a los fines y fanática de los medios. Y si en el asfaltado bosque brota por descuido un “porque sí”, con urgencia hay que mutarlo en un metálico “para qué”. Hay que asignarle pronta utilidad si pretende sobrevivir. Es lo que Guardini planteaba ya en la posguerra, en su bella y aguda ética para nuestro tiempo: la necesidad de volver a vivir algunas cosas sin intenciones. El pensar, el saber, es de un modo eminente un caso posible, que clama por recobrar su dis-tensión intencional.
El “amo porque amo, amo por amar” de san Bernardo admite varios formatos: uno de ellos atañe al buen pensar: pienso porque pienso, pienso por pensar. Se trata de un trato de amistad con la Verdad, con la Sabiduría. Y en esto no hay parvedad de materia posible: amistad sin gratuidad no es amistad y casi su contrario.

Vayamos otra vez al subsuelo del lenguaje, donde no llega la helada: “sjolé” en griego -del que proviene el schola latino y la escuela nuestra- significa “ocio”. La negación del mismo, eso es el trabajo; ése, el negocio. (Dicen que Pieper de viejo, cuando lo invitaban a dar conferencias, al modo de un Juan Evangelista, se paraba, sentenciaba en favor del ocio intelectual, y se sentaba...). Y ocio se opone a trabajo no tanto como la acción se opone al reposo (aunque también), sino sobre todo como la gratuidad se opone a la utilidad. La dis-tensión es, tal vez, el término que mejor grafique la actitud interior del que se aboca al saber por el saber mismo.

El caminar (figura tan cara al itineraium mentis, como a la pedagogía) admite tres modos de hacerlo: el que camina hacia el error -errante-, el que camina resuelto hacia la meta -peregrino- y el que camina por caminar, el que pasea. Los peripatéticos griegos hacían esto: paseaban; y algunos milenios previos, eso hacía el primer Hombre con Dios en el paraíso: pasearse en amistad. Es el caminar primordial. He aquí una imagen bella y diáfana de la gratuidad del buen pensante.
Wanderer, que en inglés y alemán aluden indistintamente al peregrino y al paseante, ha preservado en otras lenguas vivas –el holandés por ejemplo- el término sólo para el caminar gratuito: ‘wandelen’ es verbo exclusivo para referir a eso que “hacen” los novios, que “hacen” los contemplativos, que “hacen” los pensadores. Un hacer que es deshacerse en gratuidad. “Cuando observo (en vez de contemplar) apago los colores del mundo" dice Handke.

Si el ejercicio de pensar la realidad -sin desdibujar sus utilidades colaterales-, preservara y protegiera su sustrato o cimiento gratuito, paradójicamente “produciría” mejores frutos que los que alcanza el ávido cazador de verdades. Con cierta dialéctica podemos decir que lo inútil deviene lo supra-útil cuando supera su momento “negativo” de utilidad. Condición para que “no se nos escape la liebre”... que huye del conquistador y se domestica (o nos domestica) ante el hospitalario. Ante aquel que sabe inclinarse cuidadosa y delicadamente, como quien huele una rosa... para disfrutar de su aroma y no para deglutirla como el carnero del Petit Prince. Como dice Sibelius: la rosa es sin por qué; florece porque florece. Y remata Leon Bloy: Dios creo de la nada... y para nada.
Sólo la gratuidad es antídoto del nihilismo. (un ladillo o marginalia: bueno es volver con cierta recurrencia circular al testamento intelectual de von Hildebrand).

Bien. Por eso la figura del Wanderer es tan cristalina, tan fresca, tan saludable: nos entusiasma y reencuentra con el paseo intelectual... tan –vaya paradoja...- tan prometedor. Sí: es que de algún modo sólo quien no-busca, encuentra (Thibón dixit). Sólo quien anda sin ir a ningún lado logra salir del bosque –siguiendo la figura del Wanderer de Tolkien-. Lost rima con frost, wander con wonder, profeta con poeta...
Quien se obsesiona por hallar la salida, probablemente dará vueltas en redondo sin hallarla jamás; quien anda, de rosa en rosa, de raíz en raíz, de contemplación en contemplación, verá the open sun go past. Pues tal vez sea cierto nomás –al decir de Marechal- que de los laberintos se salga por arriba... perdiendo el tiempo mirando las estrellas.

“Miren al cielo y pregúntense: el cordero ¿se ha comido la flor? Y verán cómo todo cambia... ¡Ninguna persona mayor comprenderá jamás que esto sea verdaderamente importante!” termina El Principito.
Tal vez por ello, ninguna persona mayor comprenda la mayoría de los post de este blog... a Dios gracias... y a Sir Wanderer.


El Athonita