
FELCITACIONES al Instituto de Cristo Rey de Gricigliano y a su superior, Mons. Gilles Wach.


En octubre de 1938, hace setenta años, Alemania solicitó a Polonia la devolución de la ciudad libre de Danzig y la posibilidad de tender una línea férrea y una carretera a lo largo del así llamado “corredor polaco”, territorio que se extendía a lo largo del Vístula y que dotaba a Polonia de una salida al mar Báltico. Es decir que, para llegar a la ciudad alemana de Danzig, había que atravesar el territorio polaco. La negación de Varsovia a las pretensiones de Hitler desencadenó la horrorosa Segunda Guerra Mundial.
Traigo a colación este hecho histórico porque pareciera que, según algunos, para llegar al papa alemán hay que pasar indefectiblemente por el papa polaco. En la línea cronológica del tiempo, sin duda que es así, pero pretender hablar de las gran amistad que existió entre estos dos pontífices, o “desamistad”, me parece que carece de fundamento. En efecto, basarse para hacer tales afirmaciones en los discursos públicos de ambos personajes, para cualquier persona medianamente perspicaz, es inadecuado. Públicamente no queda otra que sostener ya sea al inmediato colaborador como al inmediato superior. Yo creo que Juan Pablo II necesitaba al cardenal Ratzinger, y que el cardenal Ratzinger pensaba: “Más vale malo conocido que bueno por conocer”.
La cándida y enconada defensa que se hace del primer y último papa polaco de la historia me resulta comprensible para el personaje medio del mundo televisivo en el que vivimos. Nadie puede negar la sagacidad que demostró el actor de teatro amateur que alcanzó la sede de Pedro para manejar las cámaras de televisión. Medía altísimos puntajes de raiting hiciera lo que hiciera aunque, convengamos, era capaz de protagonizar espectáculos mediáticos altamente significativos, no solamente en las ceremonias litúrgicas que se desarrollaban bajo del dirección de Piero Marini, sino cuando él mismo se colocaba en la cabeza el tocado de plumas de cacique siux o seguía el ritmo de “Color de esperanza” cantada por Diego Torres durante la Jornada Mundial de la Juventud en Tor Vergata (o, como luego fue bautizada por algunos, “Tor Fornicata”...). Esta defensa, claro, queda para aquellos aficionados a los programas de chimentos televisivos que miden a las personas públicas de acuerdo a su popularidad. No es el caso de los lectores de este blog ni de los buenos católicos.
Recuerdo que hace ya varios años, durante una comida con un grupo de amigos de filiación kukusa, la conversión giró hacia temáticas cinematográficas, y yo hice el siguiente comentario: “No puedo creer el mal gusto que ha tenido Juan Pablo II al alabar públicamente la película “La vida es bella” e invitar al director a verla juntos”. Convengamos que se trata de un filme estúpido y sentimentaloide que repite la eterna historia de los aliados: los alemanes eran todos unos pavotes y los americanos son los salvadores de la civilización. El comentario fue la ocasión de que se me apostrofara de diversos y crueles modos, de que casi fuera despedido de la casa antes de los postres y de que mi vida social disminuyera sensiblemente a partir de ese día. Nadie podía osar cuestionar los gustos de Su Santidad. Para los presentes, Polonio era tan infalible en cuestión de crítica cinematográfica como en cuestiones dogmáticas. Y esto ya me parece demasiado.
Creo que el problema es histórico y proviene de la tendencia que tuvo, desde los primeros siglos, el Occidente cristiano a “divinizar” al obispo de Roma, a diferencia de lo que la cristiandad oriental hacía con sus patriarcas. La traducción del libro de Steven Runciman The Eastern Schism, que amablemente un amigo me envió, puede esclarecer el tema. El Cristianismo se propagó más lentamente en Occidente que en Oriente, y el paganismo perduró allí mucho más tiempo, especialmente en los círculos cultos. La Iglesia se vio obligada para su propia defensa a insistir en la necesidad de unidad y uniformidad de fe. Al mismo tiempo hubo menos interés general en la filosofía especulativa y menos deseos, en consecuencia, de realizar debates teológicos. Las lenguas jugaron también su papel en la diferencia. Mientras que el griego es una lengua sutil y flexible, admirablemente dotada para expresar el más pequeño matiz del pensamiento abstracto, el latín es bastante más rígido e inelástico; es claro, concreto e intransigente, en consecuencia un medio perfecto para los abogados. Las circunstancias políticas pronto pusieron las cualidades legalistas de la civilización latina al servicio de la Iglesia. Cuando la autoridad imperial se quebró en Occidente, bajo la presión de las invasiones bárbaras, la única institución que sobrevivió fue la Iglesia. Los virreyes imperiales y los gobernadores desaparecieron, mas el Papa y los obispos permanecieron. Ellos fueron los líderes que negociaron con los conquistadores bárbaros y los que continuaron administrando las ciudades. Cuando los nuevos estados seculares se establecieron con una base territorial permanente, sus leyes eran en su mayor parte consuetudinarias y tribales. La ley escrita, con el prestigio del Imperio Romana tras de sí, fue preservada por la Iglesia. Cuando la ley tribal era insuficiente, la Iglesia llenaba los huecos y en consecuencia aumentaba su esfera de influencia legal. Los eclesiásticos prominentes debían ser ellos mismos hombres de ley. En consecuencia, mientras que en el supérstite Imperio Oriental el Emperador siguió siendo el autócrata y la fuente de la ley, en el Oeste, aunque su autoridad no fue durante siglos oficialmente rechazada, de hecho era ineficaz, y su lugar fue naturalmente ocupado por la cabeza de la Iglesia, el Obispo de Roma, quien gradualmente heredó su posición como autócrata y fuente de la ley.
Y así, poco a poco, la figura del papa se fue agigantando y ocupando lugares de dominio político y teológico que en Oriente eran impensables. Véase si no la querella con Hincmaro, arzobispo de Reims, que, a mediados del siglo IX, crítica al papa de Roma por nombrar directamente al obispo de Soisons, sede sufragánea de Reims, en contra de los usos y costumbres que hasta ese momento existían. La constitución autocrática de la Iglesia Occidental bajo el Papa fue el producto inevitable de fuerzas históricas. Recibió su justificación teórica de las pretensiones Petrinas. San Pedro había sido el Príncipe de los Apóstoles, la roca sobre la cual la Iglesia había sido edificada, dotado de las llaves del Reino y el poder de atar y desatar. Había muerto como Obispo de Roma, y sus sucesores en la diócesis que había fundado heredaban sus poderes. El Papa era no sólo el gobernante supremo de la Iglesia sino también el árbitro supremo en doctrina. Un Concilio Ecuménico, si estaba correctamente constituido ciertamente estaba inspirado por el Espíritu Santo, pero su función era respaldar y promulgar los pronunciamientos papales. La fe se convirtió en una serie de artículos que encarnaban las leyes divinas. Ciertas doctrinas eran correctas y legítimas; otras erróneas e ilegítimas. La especulación religiosa no debía ser alentada: era centrífuga y peligrosa. Más aún, desde su posición el Papa se identificaba con su Iglesia. Un insulto a la Iglesia era un insulto a toda la Iglesia Occidental. Ningún Patriarca Oriental personificaba a su Iglesia hasta ese extremo. Si era insultado, el insulto se suponía se aplicaba sólo a su persona. Un Patriarca Oriental seguía siendo siempre un hombre falible y aún herético. Sólo la Iglesia de los Concilios era infalible. En Occidente la infalibilidad era una prerrogativa implícita del Papa.
La Iglesia Occidental tendía a convertirse en consecuencia en un cuerpo centralizado bajo una cabeza autocrática y divinamente inspirada, un cuerpo dirigido por administradores experimentados y abogados, cuya teología reflejaba su cosmovisión. Muchos siglos pasaron hasta que esta tendencia se concretó plenamente en los Papados de Gregorio VII e Inocencio III; pero estuvo siempre allí, y si no hubiese estado allí la Iglesia de Roma difícilmente hubiese sobrevivido a las tribulaciones de la Edad Oscura.
En definitiva, una circunstancia histórica que desembocó en una cuasi papolatría. Muchos dirán: “Circunstancia histórica inspirada por el Espíritu Santo”. Pero pregunto: “¿Por qué el Espíritu Santo inspiró de modo distinto a la cristiandad oriental?”. Y todo esto sucedía antes del pretendido cisma.
¿Y ahora qué hacemos? Casi estoy tentado en decir que es conveniente seguir siendo papólatras... En efecto, si pensamos en el episcopado argentino, y elegimos al azar a tres metropolitanos: Bergoglio, Ñañez y Arancibia, ¿qué sacamos? Mejor ni pensamos que un ser mostrenco como ese pudiera tener el poder que tenían antes los arzobispos. Sigamos centralizados con Roma, llena de abogados curiles pero, por ahora, un poco más ortodoxa, y seria.
La Oficina de Prensa de la Santa Sede ha hecho público que el Santo Padre ha nombrado nuevos consultores para la Oficina de las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice, presidida por Monseñor Guido Marini.
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Se trata de: Monseñor Nicola Bux, consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe y amigo personal del Papa Benedicto XVI, que suele escribir artículos muy interesantes sobre la Sagrada Liturgia; el Padre Uwe Michael Lang C.O., Oficial de la Congregación para el Culto Divino y autor del libro "Vueltos al Señor. La orientación de la oración litúrgica" cuyo prefacio fue escrito por el Cardenal Ratzinger; el Padre Paul Gunter O.S.B., docente en el Ateneo Pontificio San Anselmo y miembro del consejo editorial del nuevo periódico Usus Antiquior; el Padre Mauro Gagliardi, docente en el Ateneo Pontificio "Regina Apostolorum"; y el Padre Juan José Silvestre Valor, docente en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz.
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Sin duda, podemos esperar que los nuevos consultores realicen valiosos aportes al excelente trabajo que, hace ya casi un año, está realizando Monseñor Guido Marini en las Liturgias del Romano Pontífice. En este sentido, tanto Monseñor Bux como el Padre Lang, que son probablemente los dos más reconocidos, se han mostrado en sus diversas intervenciones, muy cercanos al pensamiento del Papa Benedicto XVI en lo referente a la Sagrada Liturgia.
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A la Oficina de las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice le corresponde, según la Constitución Apostólica Pastor Bonus del Papa Juan Pablo II, "preparar todo lo necesario para las celebraciones litúrgicas y otras funciones sagradas que celebre el Sumo Pontífice u otro en su nombre, y dirigirlas según las prescripciones vigentes del derecho litúrgico"(Pastor Bonus, 182, §1).
La ocasional inclusión del artículo escrito por un perejil de Página 12 sobre los nazis vernáculos despertó una catarata de comentarios, y de polémicas, absolutamente inesperada. Los participantes han sido todos, o casi todos, católicos “del palo” y, sin embargo, sostienen posiciones antagónicas sobre el nacional-socialismo y su líder, Adolfito.
En el medio se colaron gratuitas agresiones a Mary Lennox, una dama, realizada por un falso Anónimo Normando, y a Cristián Dodds, un caballero, realizadas por un simple anónimo. Disculpas a ambos por admitir dichos comentarios, pero ellos ponen de manifiesto la bajeza de ciertos nazis criollos.
Aclaro lo de “ciertos”, porque conozco a otros que son verdaderos caballeros y de quienes me declaro fiel y orgulloso amigo, más allá de que pueda disentir con todas o partes de sus ideas.
Varias veces he discutido con amigos nazófilos y antinazis, con cerveza y whiskey de por medio, lo que, creo yo, constituye el fondo del problema: el nazismo, como cualquier otro fascismo, es un fenómeno moderno, y la modernidad es... la modernidad. Lo tradicional, en los sistemas políticos, es la monarquía y, por eso, yo me proclamo monárquico. Recomiendo vivamente la lectura de las obras de Jean Raspail, particularmente “Sire”, para comprender la idea del rey en su sentido más profundo y tradicional, a partir de una novela, como es lo que escribe este autor.
Conozco la respuesta de mis apreciados amigos nazis: hoy es imposible volver a las monarquías, por varios motivos, y el más importante de todos, porque los herederos de las dinastías más tradicionales no son más que una manga de cholulos liberales, preocupados por su aparición semanal en la revista Hola. Veamos, si no, a los varios pretendientes a la corona de España o a los tristes despojos de los Habsburgo. Ninguno de ellos posee el liderazgo natural que constituyó a sus antepasados en “duces” (dux, ducis) o conductores del pueblo y, luego, el ser reconocidos naturalmente como reyes. Frente a esta situación, arguyen, la solución es volver a los orígenes y ser aún “más tradicional” que la monarquía aceptando la conducción de los líderes naturales de la sociedad. Tal sería el caso de los fascismos o semi fascismos con los liderazgos de Hitler, Mussolini, José Antonio, Franco e, incluso, Perón.
No niego que el argumento tiene fuerza y coherencia. Sería una suerte de hipertradicionalismo o arcaísmo político, cargando a estas expresiones de un sentido positivo. Habrían, sin embargo, varias objeciones que hacer, y sólo mencionaré una, dejando a los inteligentes y agudos lectores del blog, las otras. Yo particularmente, poseo una constante méfiance de los movimientos populares. Los 17 de octubre, con morochos sudorosos vivando al coronel, me producen escozor, sobre todo cuando pienso que es justamente, esa marejada humana la que voltea y levanta gobiernos. Algún lector peroncho me dirá: “Claro, Ud. prefiere las asambleas populares del Monumento a los Españoles, con Channel Nº 5 y Cardón”. Y, la verdad que sí, al menos desde un punto de vista estético, pero tampoco las considero aptas para definir gobiernos.
Hace poco escuché a un viejo y ya amortiguado maestro, decir con desparpajo en una reunión de amigos: “Seamos claros, a los gobiernos los constituyen las élites”. Y creo que tiene razón. La democracia es un cazabobos, como todos sabemos. El poder real siempre reside en manos de unos pocos que, en buena política, debieran ser los aristós, o los mejores pero que, en la práctica, suelen ser los “vivillos” o los corruptos, que utilizan hábilmente a las marejadas humanas para legitimarse. Y los movimientos fascistas, creo yo, son necesaria o primariamente movimientos populares.
Pero mi objeción última y definitiva podría ser considerada fundamentalista o hiperarcaísta o, incluso alguno podría llegar a decir, gnóstica. El gobierno de las sociedades humanas debe estar ordenado según el sistema de castas. Y así, unos nacen para mandar y otros para obedecer.
¿El pintor vocacional austríaco habrá integrado el primer grupo? Lo dudo.
Y no digo más, no vaya a ser que la petisa del Inadi me meta preso.
