por Boniface
El muy corajudo cardenal Tobin (obispo de Providence, Rhode Island, USA) –con una indiferencia que repercutió en el mundo entero- ha sugerido que no tiene sentido recurrir a la disciplina canónica contra políticos que reconoce como “pseudo-católicos”, tales como el gobernador del estado de Nueva York, Andrew Mark Cuomo. ¿Por qué? “Porque hace mucho tiempo que la Iglesia ha perdido su capacidad/voluntad de disciplinarlos”. Varios clérigos del tipo de Tobin han hablado sobre este asunto también, intentando justificar la horrible e increíble decisión de la jerarquía católica que se niega a imponer sanción alguna contra Cuomo, teniendo en cuenta la bárbara nueva ley de aborto de Nueva York (la ley permite que incluso que quienes no son médicos realicen abortos –por distintas causas- sobre mujeres ¡hasta el noveno mes de gestación!).
Tobin argumenta que semejante gesto, como lo es el de excomulgar, ya no tendría razón de ser, puesto que tales castigos canónicos no resultan efectivos.
Un par de ideas sobre todo esto:
Viene bien repasar el pasaje de la Escrituras en el que San Pablo se refiere al concepto de excomunión, por mucho que no use ese término específicamente. Me refiere a I Cor. 5. En este pasaje, San Pablo se dirige a una situación de extrema inmoralidad ocurrida en la Iglesia de Corintio:
Es ya del dominio público que entre vosotros hay fornicación, y fornicación tal, cual ni siquiera entre los gentiles, a saber: que uno tenga la mujer de su padre. Y vosotros estáis engreídos, en vez de andar de luto, para que sea quitado de en medio de vosotros el que tal hizo (I Cor. 5:1-2).
Lo único que quiero señalar aquí es que San Pablo no sólo está escandalizado por el pecado en sí, sino también por la propia actitud de los corintios ante la situación. No estoy del todo seguro qué quiere decir con “engreídos”, pero sus palabras nos traen a la memoria la actitud celebratoria del gobernador Cuomo ante la legislatura de Nueva York, cuando promulgó la nueva ley de aborto.
San Pablo pasa a pedir la excomunión de este tipo:
Pero yo, aunque ausente en cuerpo, mas presente en espíritu, he juzgado, como si estuviera presente, al que tal hizo. Congregados en el nombre de nuestro Señor Jesús, sea entregado ese tal a Satanás, para destrucción de su carne, a fin de que el espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús (I Cor. 5:2-5).
La frase “entregado ese tal a Satanás” es otra manera de decir “removido de la comunión de la Iglesia”. Lo que se desea con esto es que, cortado del acceso a la comunidad y de la gracia de los sacramentos (esto es, entregado al reino de Satanás), que este tal entregado a sus apetitos carnales, resulte incitado al arrepentimiento ante el temor de resultar privado de los sacramentos.
Con todo, la excomunión no constituye solamente un correctivo. San Pablo abriga la esperanza de que este hombre se arrepienta, bien que ése no es su único propósito. En el siguiente versículo explica el valor de la excomunión a la comunidad cristiana:
No es bueno que os jactéis así. ¿Acaso no sabéis que poca levadura pudre toda la masa? Expurgad la vieja levadura, para que seáis una masa nueva, así como sois ázimos para que nuestra Pascua, Cristo, sido inmolada. Festejemos, pues, no con levadura añeja ni con levadura de malicia y de maldad, sino con ázimos de sinceridad y de verdad (I Cor. 5:6-8).
Contemplemos seriamente este pasaje—el propósito de la excomunión no se limita a buscar el bien del alma del pecador; también es para la edificación y protección de la comunidad. “¿No sabéis que poca levadura pudre toda la masa? Expurgad la vieja levadura, para que seáis una masa nueva”. San Pablo enseña que la excomunión ayuda a purgar el cuerpo de la “masa” y que sin esta purga, esa masa producirá la corrupción de todo el cuerpo. Cuando el pecador es identificado y se pronuncia un juicio a su respecto, por lo menos los fieles pueden constatar que tal comportamiento ha sido proscripto. San Pablo no sólo está preocupado por el pecador, sino también por la jactancia de la congregación, esto es, su actitud respecto del pecador. Al excomulgarlo, San Pablo no sólo juzga al pecador, sino también a la actitud generalizada que permite que el pecado se multiplique libremente.
Para volver al gobernador Cuomo: desde una perspectiva bíblica, si Cuomo se arrepiente o no, si respeta la autoridad de la Iglesia o no, si la Iglesia está en condiciones de invocar su autoridad en estas materias, no constituye últimamente su principal preocupación. El hecho es que el bien de la Iglesia Católica en los Estados Unidad exige que este hombre sea expulsado. Por lo menos que intente purificar la masa de esta levadura. Si no lo hacemos, estamos celebrando la levadura vieja. Aquí está en juego la integridad de la comunidad, tanto como que también concierne al pecador.
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A lo largo de la historia de la Iglesia, muchas veces ha ocurrido que se ha perdido la disciplina o esta se ha visto seriamente erosionada. Podemos recordar las diferentes reformas monásticas repetidas tantas veces a lo largo de los siglos. O la era de la Contrarreforma y el Concilio de Trento cuando la Iglesia ha tenido que librar una batalla contra viento y marea para transformar al episcopado que era una clase de cortesanos políticos en una cosa más parecida a lo que Cristo tenía en mente cuando instituyó obispos. Incontables sínodos regionales del primer milenio y del tiempo de las invasiones bárbaras atestiguan el compromiso de la Iglesia por mantener o restaurar la disciplina en una época dominada por el caos, cuando parecía que cundía el desorden por doquier.
Por otra parte, claro que sí, siempre habrá tiempos en que la Iglesia perderá la voluntad y la capacidad de disciplinar. Pero la lección que aprendemos viendo esta variedad de ejemplos es que la voluntad de disciplinar se restaura con… disciplina. Es cuestión de sentido común. Si se ha perdido la voluntad de disciplinar y uno quiere restaurarla, pues entonces uno disciplina. Imagínense que trocáramos este asunto de la disciplina por otra cosa… digamos, por pintar tu casa:
Usted: “Hombre, la pintura de su casa se está descascarando por todas partes. Realmente queda muy mal. Duele el sólo mirarla. De veras, debería usted pintarla.“
Yo: “Esa no es una opción realista”.
Usted: ¿Por qué no? No hay nada que le impida hacerlo”.
Yo: “Es que he perdido la voluntad de pintar hace tiempo ya. Tanto tiempo después, resulta muy difícil recapturar esas ganas.”
En un diálogo semejante uno inferiría con toda razón que en realidad no es cuestión de que uno haya “perdido la voluntad” de pintar la casa, sino más bien que simplemente no me importa si la casa está pintada o no. De algún modo me he lavado las manos respecto del estado de la casa. Ya no me importa si la casa duele de sólo mirarla, o no. Si su aspecto me importara en serio encontraría la voluntad y la capacidad, de pintarla yo mismo, o de dar con los recursos para que lo haga otro en mi lugar. Cuando a la gente le importa alguna cosa, se esfuerza por remediarla. Si me niego a realizar el esfuerzo, uno podría deducir que, en realidad, me importa un belín.
Y eso es la triste verdad de lo que tratamos aquí. Al Cardenal Tobin, a Dolan y toda esa pandilla, les importa un rábano como se ve la cosa desde aquí. No les importa si la Casa de Dios duele de sólo mirarla, una abominación para la gente. “El nombre de Dios es blasfemado por causa de vosotros entre los gentiles” (Rom. 2:24); pero a ellos no les importa. Si se ha perdido la disciplina, lo lógico sería restaurarla. Se la restaura adoptando gestos ejemplificadores que ponen de manifiesto la voluntad de restaurar la disciplina. Si no pueden hacer esto o se niegan a hacerlo, significa sencillamente que no quieren hacerlo, que no quieren ver la disciplina restaurada. Están conformes con el status quo. Esta es una conclusión inescapable: Cuomo no será excomulgado porque los príncipes de la Iglesia están chochos con las cosas como están.
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¿Por qué están contentos? ¿Por qué prefieren el estado de cosas actual a algo diferente? El hecho es que si Dolan, Tobin, etc., fueran a excomulgar a los políticos pro-aborto, enfurecerían a los católicos liberales que entonces interrumpirían las insignificantes donaciones financieras que les dan ahora. Un tipo como Dolan, contempla su arquidiócesis y se dice: “Hmmm, O.K., tengo tantos millones de católicos aquí, donando aquí tantos o cuántos millones de dólares anuales. Me consta que aquí (en Nueva York), que entre el 60 y el 70 por ciento de mi feligresía son liberales o se identifican con las causas liberales.” Hace un rápido cálculo mental y se da cuenta que si enfurece a su feligresía, eso le podría costar una pérdida de X millones de dólares por año. Con la declinación de la asistencia a misa, el colapso de los colegios parroquiales y la sombra de los pagos millonarios pendientes a cuenta de los arreglos extra-judiciales por razón de los abusos sexuales del clero, no se atreverá a comprometer sus finanzas aun más. Sencillamente no se puede dar el lujo de perturbar su base de católicos liberales.
Pero si hay que decirlo todo, tampoco tiene, básicamente, ganas de hacerlo, aun cuando pudiera. Un prelado que llega a la prominencia de Dolan, no es un ideólogo. Es un burócrata y un pragmático. Toma el camino de menor resistencia; si la diócesis resulta sumamente liberal, litúrgica e ideológicamente, se contenta con seguir la corriente, bajando la cabeza cuanto pueda—sin llamar la atención del Vaticano, pero tampoco haciendo cosa alguna que aliente a su feligresía. Abrigar la esperanza de que los obispos confronten a un tipo como Cuomo es como pedirle a un hombre confortablemente instalado en su sofá frente a la chimenea que se levante y salga a fuera a pelear con un oso que está desparramando la basura en su jardín, sin garantía alguna de que no termine todo dolorido en un hospital—con una cuenta por la internación que no te digo nada. Más fácil es permanecer en su sillón, tomando vino y leyendo el diario, mientras que, respecto del oso que sigue desparramando basura por todas partes, se dice a sí mismo: “Y yo, ¿qué puedo hacer?”
Ninguno de nosotros arriesgaría su vida sólo por alejar a un oso que está embromando con la basura; no tiene sentido. Ellos ven este problema político de igual manera; para ellos la cosa no tiene sentido. Desde luego, ven las cosas de manera equivocada, y si fuéramos nosotros los que estuviésemos en su lugar, veríamos que el oso no sólo está embromando con la basura, sino también con nuestros propios hijos. Y por supuesto que sí, aquí está en juego la suerte de suerte de nuestros hijos. El hecho de que ellos ni siquiera ven esto pone de manifiesto su horripilante, escandalosa falta de fortaleza testicular.
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Igual que lo sucedido con la discusión contemporánea sobre la pena capital, la actitud de estos prelados consiste en enfocarse exclusivamente sobre el aspecto correctivo de la pena mientras que ignoran la cuestión de la justicia retributiva. Hay demasiada preocupación sobre “Y bueno, que lo excomulguen, a Cuomo no le va a importar absolutamente nada”. Pero más allá de si se “logra” algo en el orden temporal, la justicia y la integridad de la Fe lo exige. La nefanda naturaleza de la ley de Nueva York clama por esto, como cuestión de principios.
Recuerden la película “Becket”. Esta película pretende encapsular la excomunión histórica de 1160 en la que Becket condena a varios consejeros del rey Enrique II de Inglaterra por haber abusado del poder real, infringiendo derechos de la Iglesia. Becket había trabajado con el rey Enrique durante años en su condición de consejero real y debía saber perfectamente que el rey tenía una voluntad de hierro. Pero últimamente el éxito temporal de sus esfuerzos, por importantes que fueran, resultaban secundarios. De igual modo, ¿acaso Pío VII creyó que excomulgando a Napoleón las cosas cambiarían? ¿Por ventura creyó San Pío V que la excomunión de la reina Isabel haría que se arrepintiese? Tenemos que presumir que no. Pero actuaron así porque sabían que estaban en juego los derechos de la Iglesia y que había que defenderlos. Estaban dispuestos y eran capaces de actuar sobre la base de los principios. Eso es lo que los falta a esta gente como Tobin y Dolan.
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Finalmente, recordemos que no podemos ponerle límites a la gracia de Dios. Y quizás, sólo quizás, puede que una excomunión tenga algún efecto en el orden temporal. Quizás semejante sanción haría que Cuomo se arrepienta. Sería, a lo mejor, ocasión de una infusión de gracia que cambie su corazón. Tal vez fuera un estímulo para los católicos pro-vida cuyos esfuerzos se verían fortalecidos por una cosa así. No es imposible que en medio de un ambiente tan hostil, se manifestaran expresiones de solidaridad de todo el país, renovadas oraciones por el estado de Nueva York, por su gobernador y por la iglesia local. En una de esas se sucederían inconcebibles milagros de la gracia de Dios. En la historia de la Iglesia han pasado cosas más raras que esa. No es imposible.
Esto es, no sería imposible siempre y cuando los obispos estuviesen a la altura de las circunstancias. Pero desde Vaticano II, excomuniones por decreto (a diferencia de las latae sententiae) sólo han sido utilizadas contra el clero, como Marcel Lefebvre o Hans Küng [Nota del traductor: Küng nunca fue excomulgado].
Pero la excomunión de laicos parece estar fuera de cuestión.
Últimamente parece que aquí se cumple el adagio aquel que reza, “el 100% de los disparos que nunca haces, dan fuera del blanco”.
Tradujo Jack Tollers
Fuente: http://unamsanctamcatholicam.blogspot.com/2019/01/excommunication-is-no-no.html