martes, 5 de marzo de 2019

"Sodoma", de Frédéric Martel. II parte



Frédéric Martel parte de una hipótesis que busca probar a lo largo de su extenso libro. “La dimensión gay no lo explica todo, claro está, pero es un criterio decisivo si se quiere entender el Vaticano y sus tomas de posición morales” (Pos. 161). “También saben que el deseo sexual, y ante todo el deseo homosexual, es uno de los motores principales de la vida vaticana” (Pos. 200). Para probar su hipótesis deberá probar que la mayor parte de los funcionarios vaticanos son homosexuales (el 80%,  estima), y lo hace utilizando métodos de investigación bastante curiosos, que adapta según el caso, y que no pasarían el examen elemental en cualquier cátedra universitaria.

Se basa en una serie de postulados, a los que llama “reglas”, y que no se sabe bien de dónde salen. La primera y más importante de ellas es la que establece que “cuanto más homófobo es un prelado, más posibilidades hay de que sea homosexual” (pos. 204). Su primera misión será, entonces, desenmascarar a este tipo de prelados, los más duros, los más conservadores. Y el primero es el cardenal Burke, y como Martel afirma que no obtuvo ningún testimonio o comentario acerca de sus costumbres sexuales, recurre entonces a otra evidencia: el gusto del prelado por echarse encima cuanta vestidura y colgajo pueda exhumar de los viejos arcones cardenalicios. Dedica un capítulo entero a burlarse lisa y llanamente de Burke, y lo hace utilizando las sornas y pitorreos que se escuchan en los sacros palacios cuando aparece el cardenal en los blogs y otros medios de prensa las clásicas fotos ataviado con la capa magna, o el armiño o el capelo apomponado. El periodista solicitó una audiencia con Burke que le fue concedida. Concurrió a su apartamento -el que describe minuciosamente, desde las lámparas y mesas, hasta las toallas del baño-, pero no pudo entrevistarse con él.. “No hay nada afeminado en Burke: según él, hay que respetar la tradición. ¡Lo que no es óbice para que viendo al cardenal con sus galas extravagantes y sus disfraces lo primero que nos venga a la cabeza sea una drag queen!” (Pos. 689), dice. Si esto es suficiente prueba para demostrar la regla recién mencionada, habrá que concluir que todos los cardenales hasta mediados del siglo XX eran homosexuales, puesto que todos ellos se ataviaban como Burke. (En honor a la verdad, hay que decir usar tanto chirombolo, en estas épocas, es bastante ridículo. Poco ayudan a Su Eminencia los amigos que fungen como sus asesores de vestuario).
El segundo gran ogro conservador al que hay que sacar del armario es el cardenal Müller, y la empresa es difícil. El alemán lo recibe en su apartamento vestido de chándal, lo que Argentina llamamos jogging, y responde fríamente a todas sus preguntas, mientras destrata a una monja que le acerca un té. Sin embargo, y resignado ya al fracaso, un suceso viene en ayuda de Martel. El cardenal recibe una llamada telefónica; cuando identifica el número, se le iluminan los ojos, habla un buen rato con tono afectuoso -distinto al que había usado con el-, lo que le lleva a concluir que “Si no tuviera ante mí a un hombre que ha hecho voto de castidad y si no oyera resonar a lo lejos, en el aparato, una voz de barítono, podría suponer que se trataba de una conversación sentimental”. Es decir, hay que sospechar también de Müller: sería también homosexual tan desenfadado que habla tranquilamente con su amante en presencia de un periodista. Y Martel pretende que se lo considere un periodista serio…
En tercer lugar, habrá que manchar al cardenal Sarah, pero le resulta imposible. No solamente no encuentra testimonios, como en los casos de Burke y Müller, sino que no encuentra indicios de ningún tipo, y para salir del paso recurre al “método Kasper”. Afirma: “Robert Sarah no nació católico, se convirtió. Creció en una tribu conanigue, a quince horas de taxi de la capital Conakry, y compartió sus prejuicios, sus ritos, sus supersticiones e incluso la cultura de la hechicería y los morabitos. Su familia es animista, su casa es de tierra batida, donde se duerme en el suelo. Así nació el relato del jefe de tribu Sarah” (Pos. 5743). Se trata de un cardenal primitivo, apenas despierto como para aprender a leer y hablar cuatro palabras de francés. Y su primitivismo y superchería se demuestra por el hecho que es un impulsor de la misa en latín y de espaldas a los fieles! Sólo alguien muy elemental y supersticioso puede querer volver a semejantes costumbres… Recoge el testimonio de un sacerdote que le dice: “Sarah es un gran místico. Reza continuamente, como alucinado. Da miedo. De verdad que da miedo” (Pos. 5760). Y le creo; esta gentuza de lo único que puede tener miedo es de la oración y de la presencia de Dios. Y se horroriza por uno de los grandes crímenes de Sarah: en su relación con los países pobres, se preocupa más por la evangelización que por la filantropía. ¿Cuál es la conclusión que un lector medianamente avisado saca de todo lo dicho? Que, efectivamente, el cardenal Sarah no es homosexual, pero no porque no quiera, sino porque no le da el piné. La sodomía es para espíritus más refinados que los de un simple negro africano.
Para desclosetar a los cardenales que no son homófobos, es decir, que son progresistas, el autor utiliza otro probado método científico. Dedica muchas páginas de su libro a describir el mundillo católico homosexual francés de buena parte del siglo XX, donde se destacan Ernesto Psichari, Jacques Maritain, François Mouriac y Jean Guitton, quienes serían representantes del grupo de aquellos que soportaron estoicamente su inclinación, viviendo castamente e incluso tratando de ayudar a otros que sufrían el mismo problema a tomar el camino de la autonegación. Una vez establecida esta premisa mayor, Martel considera que todos los prelados que fueron amigos o leyeron a algunos de estos autores, son homosexuales como ellos, hayan sido practicantes o no. Mirando para atrás, incorpora al grupo a Juan XXIII y a Pablo VI. Y comienza a visitar purpurados ya muy ancianos a los que se gana afectivamente hablando con ellos de literatura y tratando por todos los medios que confiesen su gusto por los escritores franceses recién mencionados. Y pisan el palito los cardenal Paul Poupard, Roger Etchegaray y Jean-Louis Tauran, entre otros, además de varios obispos y arzobispos. 
Pero este infalible método no le sirve para cazar al cardenal Stanislas Dziwisz, a quien llama la Viuda, apelativo con el que lo conocen sus colegas vaticanos, y que fuera secretario privado del papa Juan Pablo II. Dedica varias páginas al caso de Dziwisz, que ahorraremos. Digamos que lo visita en Cracovia, pero como el pobre cardenal no es precisamente un intelectual sino un campesino con suerte, y no tiene idea de literatura francesa, lo mete también en la bolsa porque lo trató con mucha dulzura, le tomó de la mano y le regaló dos rosarios. 

Dedica luego Martel un largo capítulo a investigar al mundillo gay que rodeó a Juan Pablo II. Y no se entretiene con el bajo clero que correteaba alocadamente en las universidades pontificias o por los parques que rodea el Capitolio. Comienza a cortar cabezas con el cardenal Casaroli que, según parece, fue el gran protector del cardenal Achille Silvestrini, ambos de rumboso pasado rosa.
Como el primero ya está muerto y el otro muy anciano, pasa a uno de los peces más gordos. Martel identifica con pseudónimos reales, es decir, que se usan actualmente en la Curia, a los más gays de todo el Vaticano. La Montgolfiera, Platinette, La Païva y Mons. Jessica. La Montgolfiera (el origen del apodo se debe a “«una apariencia imponente, mucho vacío y poco aguante», me explica mi fuente, que quiere destacar la naturaleza aeronáutica, la arrogancia y la vanidad del personaje, «un confeti que se toma por un globo aerostático»” (Pos. 4461), es el cardenal Angelo Sodano. El sobrenombre ya había señalado hace veinte años por Mons. Luigi Marinelli, un curial jubilado, en su libro Via col vento in Vaticano. Martel le descubre las plumas a Sodano porque es notoriamente afeminado, porque era amigo del ex padre Fernando Karadima y porque protegió a muchos homosexuales, entre ellos, el emblemático Marcial Maciel. Sodano vive actualmente con su amante masculino en su lujoso departamento del Pontificio Colegio Etíope, en el interior mismo de la Ciudad del Vaticano (Pos. 9575). 

“Monseñor Jessica”, apodo que según dice Nuzzi en su  libro corresponde a   Francesco Camaldo, es decano de los maestros de ceremonias pontificias, entre otros menesteres. Según uno de los soplones de Martel, Camaldo “aprovechaba las visitas regulares del Santo Padre a la iglesia de Santa Sabina de Roma, sede de los dominicos, para entregar a los jóvenes frailes su tarjeta de visita. Su pickup line, o técnica de ligue, fue objeto de comentarios en todo el mundo, cuando fue divulgada en un artículo de investigación de la revista Vanity Fair: ¡pretendía seducir a los seminaristas proponiéndoles ver la cama de Juan XXIII!” (Pos. 8430). 
continuará

lunes, 4 de marzo de 2019

"Sodoma", de Frédéric Martel. I parte


Durante los próximo días, publicaré una larga reseña acerca del libro Sodoma. Poder y escándalo en el Vaticano, de Frédéric Martel (Roca Editorial, Barcelona, 2019, 604 pp.).

La verdad es que se trata de un libro que no merece una reseña, al menos en esta bitácora, pero yo solo me metí en el brete: antes de que fuera publicado el libro, le otorgué casi a ciegas una importancia de la carece. En ese momento, me pareció que el autor, que se presenta como sociólogo y periodista de investigación, y con varios libros publicados, merecía consideración, más allá de su militancia homosexual. A eso se sumaba el batifondo que hicieron las editoriales: se publicaría simultáneamente en siete idiomas y por los sellos más conocidos del planeta. “Debe ser algo serio”, pensé. Y la verdad es que no lo es, aunque sea verdad la mayor parte de las cosas que dice.
No recomiendo su lectura. Es un libro que causa tedio, asco y mucha tristeza. Lo leí como un deber, y me costó hacerlo. Deja ver un rostro de la Iglesia de Cristo que no solamente desconocíamos sino que éramos incapaces siquiera de imaginar. Es un libro que hace daño al alma; infecta, lastima. Y algo similar quizás ocurra con esta reseña. Advierto entonces a los lectores del blog que, si pueden, la pasen de largo.

Lo primero que hay que decir es que es un libro escrito a las apuradas, y más a las apuradas aún fue hecha la traducción española, que deja mucho que desear (por ejemplo, traducen ancien por “anciano”!). Y es un libro destinado a lo que el autor llama outgoing, es decir, a sacar por la fuerza del armario a mucha gente del Vaticano, aunque él proteste lo contrario. Parecería deshonesto de su parte - y lo es, porque deja en evidencia a muchos de los prelados a los que entrevistó. Queriéndose curar en salud, aclara que cuando ellos aceptaban ser entrevistados sabían perfectamente quién era Martel, y podían conocer su militancia gay con sólo ingresar su nombre en Google. Es una confesión de parte: “Si ellos no se preocuparon por saber quién era yo, no vengan a quejarse ahora que los dejo en evidencia”. Aunque me apresuro a decir que las “evidencias” del autor son bastante endebles, o inexistentes.
Martel es un mal bicho., a quien propiamente un buen católico reconoce como un enemigo. Su militancia gay no se reduce a ponerse una peluca rosa una vez al año y salir a menearse en el Gay Pride. Es un personaje que se mueve por todo el mundo haciendo lobby por las peores causa de la agenda progresista, como el matrimonio homosexual, la “ampliación de derechos” y todo el resto que ya conocemos demasiado bien. Sabe lo que hace y sabe lo que busca, y por eso consiguió que le financiara generosamente su libro, que le demandó incansables viajes alrededor del mundo, el editor italiano Carlo Feltrinelli, representante eximio de la peor progresía internacional (Pos. 340). 
Aunque pretenda darse aires, el libro no evidencia buena pluma, y contiene permanente y aburridas repeticiones. Y Martel es escasamente culto, y valgan estos ejemplos para probarlo: “Bajo la grandiosa cúpula de Miguel Ángel y el baldaquino con las columnas barrocas de estuco dorado de Bernini,…” (Pos. 7913). Cualquier persona de mediana cultura sabe que esas columnas son de bronce; precisamente del bronce que cubría el pronaos del Panteón. O bien: “Extrañamente, Navarro-Valls era un laico célibe que había hecho voto de castidad heterosexual sin estar obligado a ello,…” (Pos. 7578). Y sí que lo estaba, pues era numerario del Opus Dei. O: “Tras una primera entrevista con Radcliffe en el convento de los Blackfriars, cerca del campus de la Universidad de Oxford,…” (Pos. 8624). Es dato conocido que la Universidad de Oxford no tiene campus o, en todo caso, su campus es toda la ciudad. Blackfriars se encuentra en pleno centro, pegado a Holy Cross College. 

Una primera cuestión que salta a la vista rápidamente, es la falta de cuidado en la exactitud de los datos que ofrece, lo cual pone dudas acerca de cualquier pretensión que Martel pueda tener sobre la calidad de sus investigaciones. Pongo un ejemplo. Dice: “…las juntas militares [argentinas], que fueron responsables de al menos 15.000 fusilamientos y 30.000 desapariciones, así como de un millón de exiliados” (Pos. 1494). Ni a Hebe de Bonaffini en la peor de sus borracheras se le habría ocurrido largar cifras como esas. Podemos inferir lícitamente entonces, que si Martel es capaz de afirmar una inexactitud tan flagrante y exagerada como esa, simplemente porque no tuvo ganas de chequear los datos, habrán a lo largo del libro otras distorsiones del mismo género, al menos en detalles históricos o culturales que no hacen al fondo mismo de su investigación.

Su situación personal de homosexual y “gay”, en el preciso sentido técnico del término, le juega también una mala pasada porque verifica lo que la sabiduría popular sentencia: “Quien es ladrón ve a todos de su misma condición”. Martel encuentra maricas enclosetados en todas partes, y algunas veces lo afirma con audacia sorprendente que desdibuja los aires de investigador que continuamente se está dando. Descubre con sorpresa que en los jardines vaticanos hay una estatua de San Bernardo de Claraval, a raíz de lo cual escribe: “…san Bernardo de Claraval, gran reformador y doctor de la Iglesia, conocido por sus textos homófilos y por haber amado tiernamente al arzobispo irlandés Malaquías de Armagh. ¿La presencia allí de esta estatua rígida, que lleva una doble vida en pleno centro del catolicismo romano, es un símbolo?” (Pos. 462). Y más adelante: “Ya en la Edad Media, los papas Juan XII y Benedicto IX cometieron el «pecado abominable», y en el Vaticano todos conocen el nombre del amigo del papa Adriano IV (el célebre Juan de Salisbury), así como el de los amantes del papa Bonifacio VIII” (Pos. 830). Este tipo de afirmaciones tan contundentes sobre las costumbres y la moral de santos y pontífices romanos exigiría un mínimo de decencia: ofrecer, al menos a pie de página, las pruebas históricas que las sostienen. Por supuesto, no las consigna y estimo que, si le preguntáramos, diría que, a partir de las cartas de San Bernardo o de las muestras de afecto de tal o cual Papa, se colige que era homosexual. Es que Martel es un sabueso especializado, ya que en varias partes de su libro se envanece de tener un gaydar (“radar gay”) muy eficiente que le permite detectar fácilmente a los miembros de su grupo.
Una tercera mala pasada se la juega su ideología que lo lleva a posicionarse claramente a favor de los miembros progresistas del Vaticano, comenzando por el Papa Francisco. En muchos momentos del libro, da la impresión que se trata de una operación montada por los obispos progres para desprestigiar a los conservadores y para blindar la figura de Bergoglio, que es considerado por Martel como una pobre ovejita: “Condenado a vivir con esa fauna tan especial, el papa Francisco hace lo que puede” (Pos. 1263) pero, claro, los malvados conservadores se lo impiden. La defensa que hace de Bergoglio es cerrada; no admite en él ningún defecto, más allá de algunas imperfecciones propias de cualquier jesuita que se precie, y lo presenta como el adalid de una reforma integral de la Iglesia que todavía está por verse, luego de seis años de pontificado.
Se dedica a encontrar a los enemigos de Bergoglio en Buenos Aires, ocasión que aprovecha para denigrar con saña a Mons. Héctor Aguer. Las páginas cargadas de veneno que le dedica no resisten ningún análisis. Por ejemplo, dice que su corresponsal argentino “le entrevistó en su casa de verano de Tandil, a 360 kilómetros de Buenos Aires. Aguer veraneaba allí en compañía de una treintena de seminaristas, y Andrés fue invitado a comer con el viejo arzobispo rodeado de sus «muchachos», como los llama…” (Pos. 1533). A partir de este hecho, multiplica las insinuaciones acerca de la afición del obispo platense por los jovencitos, sin caer en la cuenta que esa “casa de verano” pertenece a la arquidiócesis y es allí donde pasan parte del verano los seminaristas a quienes, como es normal y saludable, su obispo visita ocasionalmente. Sólo una mente muy torcida y viciosa puede concluir que este hecho pueda tener una connotación sexual. 
Y entrevista solamente a algunos (pocos) de sus amigos, como P. Scannone, que durante décadas fue feroz enemigo de Bergoglio y ahora es uno de sus principales asesores. Me pregunto por qué no se extiende en el encubrimiento del entonces arzobispo de Buenos Aires al cura Rubén Pardo. O por qué no se preocupó por entrevistar a algunos empleados de la curia porteña que tendrían mucho para aportar.
Es muy sugerente que la defensa de Bergoglio se extiende a personajes más impresentables de su corte. Niega que Mons. Battista Ricca sea homosexual y sostiene que todo lo que se dijo de él es mentira. ¿La razón? Sus andanzas uruguayas fueron reveladas por un periodista ratzingeriano de 75 años, Sandro Magister (Pos. 1226). Parece que para este respetable científico, esas circunstancias son suficientes para invalidar cualquier dato documental. Es pertinente señalar que Mons. Ricca le otorgó a Martel permiso para alojarse en Santa Marta y en otras dos casas sacerdotales romanas durante meses -privilegio que al que muy pocos acceden-, mientras desarrollaba su investigación. Explica Martel: “… yo disponía de una llave que me permitía entrar en el Vaticano sin control alguno, al atardecer, cuando me alojaba en su interior. El guardia suizo [que se enteró de esta situación anormal] está consternado al oírlo” (Pos. 4716). De algún modo había que pagar el favor.
Aunque afirma que se entrevistó con el cardenal Coccopalmerio (Pos. 8396), no dice nada acerca de este entrevista y nada acerca de este purpurado, que es el ícono del mundo gay en el Vaticano, además de cercanísimo colaborador de Francisco. Y apenas si menciona al secretario privado del pontífice, P. Fabián Pedachio, cuyas correrías, además de ser sugeridas por el Manifesto de Mons. Viganò, fueron la comidilla en Buenos Aires y lo son ahora en Roma. No menciona una sola vez al Sustituto de la Secretaría de Estado, Edgar Peña Parra, denunciado por prácticas homosexuales desde su época de seminarista. Tampoco menciona al gran amigo de Bergoglio, cardenal Maradiaga, acusado por sus propios seminaristas de encubrir una red de homosexuales liderada por su obispo auxiliar. ¿Y el cardenal Jorge Mejía (RIP) no merecía tampoco una mención?
Concluye el autor: “De modo que el papa vive en Sodoma. Amenazado, atacado desde todos los flancos, criticado, Francisco, como ha dicho alguien, está «entre los lobos». No es del todo exacto: está entre las Locas” (pos. 204). ¡Pobre Bergoglio!

Su fuente de información primaria es el ex sacerdote Francesco Lepori (fotografía de la derecha), un triste espécimen. Natural de Benevento, ingresó al seminario con la mejor de las intenciones y llevó una vida casta y virtuosa durante sus primeros años de sacerdote hasta que lo enviaron a estudiar a Roma. Cuando vio lo que allí sucedía -la doble vida de muchos sacerdotes y obispos-, comenzó él también a deslizarse por esta vía. Ingresó en la Secretaría de Estado y fue uno de los encargados de traducir al latín los documentos oficiales de la Santa Sede. ¿Cómo pudo suceder esto? Según explica “Le dieron a entender claramente que podía vivir sin problemas su sexualidad a condición de que fuera discreto y no la convirtiera en una identidad militante” (pos. 405). El mismo Lepore dice: “Cada vez celebraba menos misas, salía vestido de calle, sin sotana ni alzacuello, y acabé dejando de ir a dormir a Santa Marta” (Pos. 518). Finalmente, no pudo soportar la doble vida, dejó el sacerdocio y se convirtió en un activista gay.
Además de Lepore, hay muchas fuentes más. Dos sacerdotes a los que identifica con pseudónimo porque aún están en actividad: Menalcas, “sacerdote estuvo en el centro de la máquina CEI durante los años en que el cardenal Camillo Ruini, y luego el cardenal Angelo Bagnasco, eran los presidentes. Estuvo en primera fila” (Pos. 6768), y Lafcadio, uno de sus “mejores informadores porque, al ser joven y bien parecido y al estar bien introducido en la curia romana, muchos cardenales, obispos e incluso una liturgy queen próxima al papa han intentado ligar con él. (Pos. 7320). Y asegura que tuvo “veintiocho «fuentes» internas en la curia romana —monsignori, sacerdotes, religiosos o laicos—, todos ellos manifiestamente gais conmigo, y que viven o trabajan a diario en el Vaticano: han sido informadores regulares y a veces anfitriones durante cuatro años, y sin ellos este libro no habría sido posible. Todo el mundo entenderá que se haya respetado su anonimato” (Pos. 9920). 
Ellos le proporcionaron a Martel una larguísima lista nombres de todos los funcionarios, o altos funcionarios, vaticanos que son o fueron homosexuales. La investigación consistirá en seguir el rastro de cada uno de ellos para reunir las pruebas que certifiquen la veracidad de los dichos. Para ello, confirma que “Sodoma es un trabajo de investigación llevado a cabo sobre el terreno durante cuatro años, en Italia y en más de treinta países. Se realizaron un total de 1.500 entrevistas, con 41 cardenales, 52 obispos y monsignori, 45 nuncios apostólicos, secretarios de nunciaturas o embajadores extranjeros, 11 guardias suizos y más de doscientos sacerdotes católicos y seminaristas (Pos. 9847). Y para que no quede duda de sus palabras, asegura: “tengo más de cuatrocientas horas de grabaciones, ochenta cuadernos con anotaciones de las entrevistas (¡en cuadernos Rhodia A5 de color naranja!) y varios centenares de fotos y selfies cardenalicias” (Pos. 9879).

continuará

viernes, 1 de marzo de 2019

La tolerancia cero de Mons. Jorge Casaretto


Un sacerdote de la diócesis de San Isidro, a quien conozco, me escribe una carta que he decidido publicar. 
El cura está indignado porque se enteró, a raíz de uno de los últimos post de este blog, que el obispo emérito de San Isidro, Mons. Jorge Casaretto, será uno de los expositores en el próximo encuentro general del clero castrense. Y el motivo de su indignación es comprensible: si en momentos tan difíciles para la Iglesia, cuando el Santo Padre está clamando por la “tolerancia cero” con respecto a los abusos y encubrimientos de clérigos, se da la palabra a un obispo que, precisamente, se caracterizó por encubrir descaradamente a un sacerdote abusar. 
Como un servicio, entonces, al Papa Francisco a raíz de su pedido, publico la misiva.



Estimado Wanderer:
En una anterior entrada de su blog se mencionó la admiración de Mons. Santiago Olivera por el fallecido obispo Justo Oscar Laguna. Esa admiración se prolonga a todo el “club de San Isidro”, y consecuentemente a su último líder, Mons. Jorge Casaretto, hoy obispo emérito de San Isidro.

La agencia informativa AICA anoticia que el Obispado Castrense convocó un encuentro general del clero al que asistirá el arzobispo castrense de España y del que también participará Mons. Jorge Casaretto quien “nos permitirá adquirir de su experiencia pastoral, el trabajo que los capellanes castrenses debemos efectuar en favor del encuentro, la fraternidad y la reconciliación entre todos los argentinos”, señaló Olivera.
Le pido que dejemos de lado los enormes desaciertos así como las pruebas de ineficacia de Casaretto al frente de la diócesis de San Isidro. Bastará decir que recibió un seminario con 70 seminaristas y le dejó a su sucesor uno con 7.
Es de público conocimiento que el actual obispo emérito de San Isidro dejó un tendal de desastres luego de 27 años de gestión. Muchos sacerdotes abandonaron, varios de los cuales ocupaban importantes puestos en la diócesis. Cuando ocurría algo así, Casaretto solía mostrar sorpresa e indignación por la “traición”. Claro que en la mayoría de esos casos había sido advertido de la situaciones que se avecinaba por otros sacerdotes, a quienes él llamaba profetas de catástrofes. Esas catástrofes indefectiblemente se cumplieron.
También hubo desfalcos producto de la bicicleta financiera de los '80 que Casaretto jamás explicó. Además hubo desajustes económicos en la administración de los colegios católicos. Como la diócesis tiene recursos para poder encubrir esos problemas, no pasaron a mayores.
Hubo un caso muy resonante, el del padre Cristian Gramlich, hoy expulsado del estado clerical pero, hasta hace pocos años, sacerdote modelo en la diócesis y en Argentina. Fue secretario ejecutivo de la Comisión de Liturgia de la Conferencia Episcopal Argentina durante varios años y, como tal, director del Secretariado Nacional de Liturgia. La edición y traducción del Misal que usamos actualmente es obra de él.

Gramlich fue condenado por la Iglesia por haber abusado sexualmente de menores tanto en el Colegio Marín como en el Juan XXIII. En al menos un caso hubo acceso carnal.

En este caso, lo más grave es que esos abusos pudieron darse gracias a la pasividad-complicidad de Mons. Casaretto. Aunque comenzaron en 1998 y el Obispo fue puesto en conocimiento, fueron condenados recién en 2014. Durante ese tiempo, el obispo trasladó a Gramlich del Colegio Marín al Juan XXIII. Sí, aunque parezca disparatado, no lo trasladó a un hogar de ancianos en espera de esclarecer los hechos, sino a otro colegio lleno de adolescentes.
Casaretto fue advertido por algunos sacerdotes de los comportamientos escandalosos de Gramlich. Estos sacerdotes recibían quejas de parte de los fieles que manifestaban que sus hijos se sentían incómodos ante las actitudes del sacerdote. Demás está decir que los curas que señalaron los problemas de Gramlich fueron denostados por el Obispo.
Según directivos del Colegio Juan XXIII, cuando finalmente Gramlich fue condenado por las autoridades vaticanas Casaretto habría admitido que el tratamiento que le dio al caso fue uno de sus peores errores como obispo de San Isidro. Pero si escuchamos a los padres de alumnos de colegios sanisidrenses el análisis parece ser otro, y ciertamente no tan benévolo. Casaretto fue un verdadero encubridor.
El entonces obispo de San Isidro desestimó las denuncias orales y escritas que le fueron presentadas contra Gramlich, y ante la insistencia de los padres preocupados por sus hijos en manos de un depredador les dijo: “Ustedes pueden confiar plenamente a sus hijos al padre Cristian”, y los amenazó con un juicio penal por calumnias en caso de seguir objetando la inocencia de Gramlich.
Y no se trató de un “error”, como luego afirmó Casaretto. La negación era un método. Como ejemplo, entre otros casos, podemos citar el del obispo Bargalló. Éste fue fotografiado en ropas menores con una mujer en la exclusiva playa mexicana de Puerto Vallarta, lugar al qe arribó desde Miami, donde había asistido a una reunión de Caritas Internacional por ser presidente de esa institución caritativa para la región América Latina y el Caribe. El consejo que le dio Casaretto fue que negara todo. Así lo hizo Bargalló, aunque luego las fotos impidieron negar lo innegable y terminó renunciando y enviado de párroco a Neuquén.
De lo hasta aquí relatado se desprende claramente que lo que van a aprender los capellanes castrenses de Jorge Casaretto es a amenazar a víctimas con juicios, pero no aprenderán nada sobre el encuentro. Escucharán cómo negar hasta lo evidente, pero no la fraternidad. El obispo emérito de San Isidro transmitirá la experiencia de acusar de profetas de calamidades a quienes quieran advertir problemas, pero no la reconciliación.

En estos momentos en los que la Iglesia grita “tolerancia cero” y en estos días en los que el Papa Francisco dice que la Iglesia “no se cansará de hacer todo lo necesario para llevar ante la justicia a cualquiera que haya cometido" abusos” y que “nunca intentará encubrir o subestimar ningún caso”, no parece que Jorge Casaretto pueda transmitir ninguna experiencia. Más bien se lo debe sancionar y llamarlo al silencio.

miércoles, 27 de febrero de 2019

La «Misa» marrana. Reflexiones de Mons. Héctor Aguer



A raíz de la sacrílega misa que celebró hace algunas semanas Mons. Chino Marrano (o Miñarro, o Mañarro, da lo mismo) y que comentamos abundantemente en este blog (aquí y aquí), Mons. Héctor Aguer, arzobispo emérito de La Plata, dedicó una reflexión en su corto semanal que, curiosamente, aún no ha sido publicada por AICA, la agencia oficial la Conferencia Episcopal Argentina, como sucede semanalmente.

lunes, 25 de febrero de 2019

Anatomía de la oposición del Papa Francisco



El sketch protagonizado por P. Carlos María Galli que publiqué hace algunos días ingresó al top ten de las entradas más visitadas del blog. Aprovechando su alto rating publicaré un par de viñetas más del mismo comediante.
En esta ocasión, podrán deleitarse con algunos minutos en los que disecciona, cual patólogo forense, a la oposición del Papa Francisco.
Y estos son mis comentarios:
- Nosotros vendríamos siendo la "resistencia doctrinal", que es minoritaria, y va exigiendo temas para atacar al Papa.
- Y no Galli, no. Los conservadores no pensamos "yo estoy con el Papa si el Papa está conmigo". Nosotros pensamos así: "Yo estoy con el Papa si el el Papa está con Cristo y con lo que la Iglesia enseñó a lo largo de toda su historia". Y ese el motivo por el que no estamos con Francisco, porque está enseñando otra doctrina.
- A nosotros, según Galli, no nos interesa la verdad, sino que nos interesa que Francisco renuncie. ¿Y cómo lo sabe? ¿Es que juzga intenciones? ¿No es que una de las enseñanzas más repetidas del Papa Bergoglio es, justamente, no juzgar a los demás?
- Y no, Galli. No queremos cargarle la crisis de la pedofilia y pedarastia a Bergoglio y que lo tenga que pagar él. Lo que queremos es que deje de encubrir a los pedófilos, pederastas y abusadores, a quienes protegió mientras fue arzobispo de Buenos Aires y a quienes sigue protegiendo en el Vaticano. ¿O no son suficientes los casos Ricca y Zanchetta para demostrarlo?


viernes, 22 de febrero de 2019

Las finanzas del Obispo Castrense de Argentina


por el Cabo Reyes

Se difundió hace algunos días un informe bastante detallado que señala al Obispo Castrense de la República Argentina como protector de sacerdotes con conductas abiertamente homosexuales.
Preguntando sobre el tema en los cuarteles se observó que el informe parece estar bien documentado. Los más viejos sacerdotes militares agregaron que el papa Francisco, está –desde hace tiempo– al tanto de todos esos caso que allí se mencionan. Y que incluso hasta en alguno de ellos estuvo directamente involucrado, porque fue durante más de un año Obispo castrense interino y nada hizo para corregir esas situaciones.


Es de público conocimiento que Francisco suele distinguir los pecados por la posición que ocupan en el cuerpo humano, pues considera como poco relevantes los pecados de la cintura para abajo. Aunque Jesucristo no distingue, más aún, mezcla los pecados sin importarle la ubicación corporal de los mismos y afirma que nacen en el corazón del hombre (Mt 15, 19).
El papa argentino gusta también afirmar que "el diablo entra por el bolsillo". No precisa la latitud corporal del bolsillo, pues los hay en diversos sectores del cuerpo. El Obispo castrense argentino repite esta afirmación pontificia hasta el cansancio.
Es cierto que Nuestro Señor advierte sobre el peligro de atesorar tesoros en la tierra (Mat. 6, 21). Y si tomamos la frase de Francisco en modo literal se debería llamar a un congreso de exorcistas para atender la casa y la oficina de este prelado.
Es sabido que una de las primeras medidas que tomó fue buscar la recomposición de su salario, obteniendo una remuneración parificada a la de un subsecretario de estado, hoy superior a los $ 200.000. También continúa un reclamo administrativo por sueldos atrasados que no le corresponden, pero exige que el gobierno nacional se los pague.
A esto se debe sumar el dinero que les cobra a los capellanes, pues todos éstos deben hacer un aporte voluntariado (en la jerga militar voluntariado hace referencia al personal que es voluntario para alguna actividad por exclusivo imperio de su superior jerárquico) no de las colectas, sino de su sueldo personal. Así el Obispo funge como agente de retención. Este dinero es denominado Fondo de Auxilio Sacerdotal, aunque los únicos auxiliados por ese fondo sean él y su staff
Algunos informantes agregan que él y sus adláteres realizan compulsivos pedidos de donaciones (siempre en metálico) para satisfacer las necesidades del obispo. A esto debe sumarse los préstamos solicitados por el ordinario militar. Algunos de quienes le prestaron dinero manifestaron que les costó meses de ruegos y súplicas para que les fueran reintegrados. El obispo militar aducía que había pensado que se había tratado de una donación recriminándole al prestador su avaricia.
Mientras tanto, el prelado se compró una casa por un precio cercano al medio millón de dólares, pues consideraba que la residencia que le fue asignada no era digna de su condición y rango de general de división. También compró un auto nuevo acorde a un funcionario de esa jerarquía. Todas las operaciones comerciales del obispo de las fuerzas armadas se realizan con el concurso de sus parientes.

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En los primeros meses los altos jefes militares creyeron que los papeles estaban errados y que el apellido del máximo referente religioso castrense no era Olivera sino Olivieri. Decían que solamente un hijo de italianos podía ser tan afeccionado a comer pastas, pues había llenado de ñoquis (en el lenguaje argentino se refiere a los empleados que no concurren al puesto de trabajo) el vicariato.
Aunque se manifestó un férreo defensor de la anticorrupción, fue contratando mes a mes a religiosos y seglares a quienes jamás se les vio poner pie en los cuarteles. Interpelado discretamente por esta situación se encargó de aclarar ante el ministro de Defensa que éstos prestaban servicios en la sede de la Curia militar.

Fue entonces que los altos jefes concluyeron que evidentemente el obispo no era hijo de italianos sino un peligro inminente, pues la sede central castrense debía estar atiborrada por todas esas personas que el prelado afirmaba que allí prestan servicio y que –en caso de tener que desalojarlas por algún siniestro– todos perecerían dada la cantidad desmesurada de personal respecto de las pequeñas dimensiones de las instalaciones.
Los altos mandos en una reunión secreta decidieron crear una comisión ad hoc de seguridad e higiene para llegar a determinar los riesgos a los que estaban sometidos los empleados del organismo eclesiástico militar. La conclusión de la comisión fue que –como habían creído los altos jefes– el obispo es de origen italiano y fomenta los ñoquis. En su discreta inspección encontraron que incluso había oficinas vacías, sin ningún empleado que siquiera fingiera trabajar. Entonces procedieron a verificar el estado de los matafuegos y se retiraron. Informados de estos detalles, los altos mandos militares volvieron a llamarlo Olivieri y pasaron a otro tema.
Estos rumores llegaron a oídos de un religioso quien fue corriendo a decirle al obispo lo que estaba sucediendo. Grande fue su sorpresa cuando Olivieri le dijo que él rendía cuentas a Dios y no pensaba darle explicaciones a nadie. El religioso notó que sin embargo los sueldos no llovían del cielo sino que salían de las arcas públicas. Pero por temor a la furia episcopal prefirió callar.

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No hay que olvidar que el obispo militar es un fervoroso admirador del tristemente célebre Mons. Oscar Justo Laguna, de quien fue fiel lacayo y chofer.
Olivieri es apasionado –como su mentor– de los viajes. Y le gusta llevar su séquito. Lo extraño es que estableció que cada sacerdote que en uso de sus legítimas vacaciones decida pasarlas fuera del país, deberá solicitar su permiso por escrito siendo éste publicado en el boletín informativo del Ordinariato. Sin embargo él no publica sus viajes exprés en los que se desplaza con su fiel servidor Brocherito, uno de los ñoquis, un joven sacerdote que trajo de Traslasierra.

Justamente en los días disfrutarán de unas lujosas vacanze romane con la excusa de llevar unos papeles muy importantes para entregar en mano a Francisco.

miércoles, 20 de febrero de 2019

Así pues sí, Mons. Maletti




“Así pues sí”, decía el Chavo del Ocho. Y así pues sí le decimos nosotros a Mons. Maletti. Ahora sí entendemos perfectamente las razones de la celebración playera de la Santa Misa por parte de su obispo auxiliar, el Chino Mañarro. 
Da la impresión que Maletti cree que los sacerdotes de Merlo-Moreno, a quienes va dirigida la carta que publicamos, son estúpidos, porque no hay modo de sostener el argumento que esgrime el prelado para justificar el sacrilegio de su auxiliar.
Comienza aparándose en unas palabras del papa Francisco que no sé bien qué tienen que ver con el caso. Si la misa se hubiera celebrado, por ejemplo, para todos los jóvenes argentinos que participaron de las jornadas panameñas, podría argüirse que, aunque efectivamente fue litúrgicamente incorrecta, se hizo mucho bien a estos jóvenes hambrientos de nuevas experiencias. Sería el caso de la Iglesia accidentada y herida porque sale a la calle y no se queda en la comodidad de un templo barroco colonial. Pero quienes participaron de esa celebración fue la “coordinación nacional”, es decir, el grupo de jóvenes y no tanto, elegidos y cercanos al episcopado argentino, quienes de ninguna manera justifican la Iglesia se inflija una herida, y ni siquiera un rasguño. 
En segundo lugar, Maletti busca embarrar la cancha, y aclara que hoy “se busca cualquier cosa con tal de ensombrecer la figura y el magisterio del Papa Francisco”. No encuentro relación entre la augusta figura y magisterio del Romano Pontífice con una misa sacrílega celebrada en playas caribeñas por un obispo argentino. Lo pretende el prelado es decir que, quienes critican a Mañarro están criticando a Bergoglio. No se sigue, ni en buena ni en mala lógica semejante suposición.
La única justificación que ofrece el obispo merlín (¿será ese el genitivo de Merlo?) para lo que hizo su auxiliar es que la misa junto al mar se celebró para mostrar la alegría por lo vivido en las jornadas panameñas. Nuevamente, no encuentro el conector lógico que relacione la necesidad que una muestra de alegría cristiana, expresada a través de la celebración eucarística, deba realizarse en una playa. ¿Será que las alegrías de la eminente “coordinación nacional”, por alguna misteriosa razón, no pueden expresarse en un templo, como lo expresa cualquier católico bien nacido?
Pero lo que constituyó el sacrilegio de Mañarro no fue la que misa se haya celebrado en las playas caribeñas, sino el modo en que se hizo: en traje de baño y utilizando un mate como cáliz, entre otras gravísimas transgresiones. Si estos señores quieran expresar su alegría junto al mar con una misa, ¿no era posible, en todo caso, llevar un “equipo de misa” como hace cualquier curita rural cuando debe celebrar una misa de campaña?
Finaliza el obispo Maletti diciendo que el tema “ya está siendo comunicado y aclarado ante las autoridades que corresponden” -Sagrada Congregación de Obispos y Sagrada Congregación de Culto Divino-, y uno se pregunta qué es lo que hay que aclarar ante la flagrancia del sacrilegio. ¿Que, en realidad, ese el modo argentino de demostrar la alegría o la acción de gracias? No hay aclaración posible. 
Peor aún, el obispo dice que también se pidieron las disculpas por lo que “parece” una imprudencia. Ni siquiera admite que fue no ya un sacrilegio, sino ni siquiera una simple imprudencia, lo cual muestra una vez más la lógica mala de Maletti. Nadie se disculpa por algo que “pareció” equivocado; en ese caso, se aclara. Las disculpas se ofrecen cuando uno efectivamente se equivoca. 

A fines de esta semana las autoridades romanas recibirán un dossier completo con el relato de lo acontecido y un buen número de fotografías que lo prueban. Veremos qué puede más: la evidencia del sacrilegio, o las disculpas de Maletti. Aunque mucho me temo que aún más que todo esto, puede la incuria y la omnímoda voluntad de Bergoglio.