Estando yo enfrascado en mis lecturas y estudios, saludablemente alejado del mundo de los blogs y, más saludablemente aún del incomprensible país en el que me tocó en suerte nacer, recibí de un amigo la noticia que Juan Manuel de Prada había publicado hace algunos días, una segunda columna con furiosas diatribas contra Dreher y su libro y, sobre todo, contra los que de un modo u otro adhieren a su tesis de la opción benedictina. Olvidé el asunto, y hoy, sin demasiadas ganas y por insistencias amicales, leí el artículo. Y me indigné.

Con una catarata de insultos que recuerda las que descarga ocasionalmente el Papa Francisco contra monjas solteronas, o contra católicos con cara de pepinillos en vinagre, De Prada trata a los benedictinistas de liberales, egoístas, comunitaristas, burgueses, católicos pompier, faltos de caridad, dimitentes del bien común e hipócritas. Con la pluma que lo caracteriza, salpica con sus agravios un texto breve, cuyo párrafo más extenso es la cita textual de un autor desconocido del siglo II. Y es justamente en esa cita en la que basa toda su argumentación.
Un rápido análisis del escrito de De Prada arroja como resultado tres breves párrafos que poseen como núcleo los improperios señalados, a los que reviste con una serie de afirmaciones que no pasan de eso: aseveraciones tomadas de aquí y allá, sin ninguna prueba o fundamentación. En el mejor de los casos, remite a un artículo de don Juan Retamar Server que apareció recientemente en la revista Verbo, lo cual habilita la sospecha que la parrafada de De Prada no sea más que una suerte de Verbo for dummies, o sea, una vulgarización de la postura de esa publicación que, recordemos, reivindica el trono de España para el heredero carlista de la casa de Borbón, una posibilidad tan arriesgada -o factible- como las comunidades benedictinas que propone Dreher. Son tres párrafos, en definitiva, que no tienen fundamento alguno, porque su autor intenta sostener toda la argumentación en el párrafo central, es decir, en la larga cita de la Carta a Diogneto. En otras palabras, su discurso se sostiene en un argumento de autoridad, y aquí reside el problema, según mi modesto entender.
Veamos el caso. La cita corresponde a los capítulos 5 y 6 de la Carta a Diogneto (πρὸς Διόγνητον) sobre la que podemos arrimar algunos argumentos de crítica externa e interna.
Crítica externa
La Carta a Diogneto posee una historia particular ya que su aparición en el mundo cristiano es reciente. Ocurrió cuando un joven estudiante de griego encontró el manuscrito en una pescadería de Constantinopla, en la pila de papeles con los que se envolvían los pescados. Esto ocurrió en 1436, y es el único manuscrito que se poseía hasta que pereció en el incendio de la biblioteca de Estrasburgo en 1870.
Estos datos no son sólo una anécdota. Son significativos porque dan cuenta que la Carta fue totalmente desconocida por los Padres de la Iglesia. Ni siquiera Eusebio de Cesárea la menciona, lo cual es mucho decir puesto que este autor hace referencia en sus obras a prácticamente la totalidad de la literatura cristiana pre-nicena.
La otra cuestión es que desconocemos al autor autor del texto. Hay opciones para todos los gustos: Quasten se inclina por Cuadrato, aunque no termina de convencerse; Marrou dice que es Panteno, el fundador de la Escuela de Alejandría, otros, que es Clemente el alejandrino o el romano, e incluso Connolly arriesga la posibilidad que sea un documento falso, escrito en el siglo XVI.
Estos hechos nos conducen a una primera conclusión: la Carta a Diogneto no pertenece a la Tradición de la Iglesia, más allá que haya sido escrita efectivamente por un autor cristiano del siglo II. Y esto es así porque no fue un texto recepcionado por los Padres, ya que ninguno de ellos lo tuvo en cuenta. En efecto, todos los textos patrísticos están permanentemente cruzados de citas y referencias mutuas. El hecho de que este curioso texto, descubierto de un modo muy curioso no haya sido citado ni siquiera una vez por sus contemporáneos o por autores de lo siglos posteriores, es por demás curioso.
Y hablando de curiosidades, no puedo omitir el hecho que la Carta a Diogneto haya sido estudiada de modo entusiasta por académicos pertenecientes al Opus Dei. Notable curiosidad, la de apoyarse en un texto promocionado por el Opus para refutar al liberalismo….
Todos los discursos, y de modo particular los patrísticos, deben ser contextualizados para realizar una exégesis correcta. Concretamente, es importante saber con quién está dialogando el autor y en qué circunstancias escribió su texto. Si la Carta a Diogneto fue escrita en el siglo II o III, pertenece a lo que se llama literatura apologética, cuyo autor más emblemático es San Justino con su Diálogo con Trifón. Y una de las características de esta literatura es que busca mostrar que los cristianos no eran bichos raros o psicópatas que adoraban a un burro y comían niños asados. Los cristianos eran gente pensante, que profesaban una religión que podían ser explicada en términos racionales aún conservando sus misterios, y que no tenían costumbres extrañas de corte antropofágico.
De Prada no tiene en cuenta este factor y, entonces, lee la Carta con los ojos de un cristiano del siglo XX que, después de una encíclica del Papa Pío XI, se ilusiona con el reinado social de Cristo, y entonces, debe participar activamente del mundo y de las políticas de sus reyezuelos. De Prada debería probar, con argumentos que no sean los mismos que utiliza el Opus Dei para justificar su enamoramiento del mundo, que el autor de la Carta a Diogneto dice efectivamente lo que él cree que dice. Y no lo hace.
Por otro lado, es posible hacer una exégesis de la Carta a Diogneto diametralmente opuesta a la que propone De Prada. Si se lee detenidamente la totalidad del texto, queda claro que la afirmación central del autor es que los cristianos son ciudadanos del cielo (“Viven en la tierra, pero su ciudadanía está en el Cielo”) que se encuentran transitoriamente en este mundo, del cual son excluidos porque este mundo los odia. Más aún, la comparación que realiza entre los binomios cuerpo - alma y mundo - cristianos -que tiene un claro origen platónico y estoico- lleva inmediatamente a afirmar el valor secundario del que se reviste el mundo para los cristianos, tal como es secundario el valor del cuerpo para alma, más allá que resulte imprescindible para alcanzar la salvación.
Entonces, si bien es cierto que los discípulos de Cristo necesitan del mundo en tanto hombres carnales, de esto no se sigue que deban involucrarse en los asuntos del mundo y, mucho menos, en la política del mundo. Se trata, a mi entender, de un salto injustificado que hace De Prada del concepto mundo (κόσμος) al concepto acción política. Escribe, en efecto: “La Carta a Diogneto nos hace una propuesta política valerosa y auténticamente cristiana”. Tal como hizo en su primera columna sobre este tema, don Juan Manuel se despacha con otro sofisma, en este caso un silogismo de cuatro términos, ya que la supositio de mundo no es la misma supositio de propuesta política.
Y vayamos aún más lejos. Pareciera que el autor de la Carta a Diogneto dice exactamente lo contrario a las afirmaciones de De Prada: “Los cristianos están encerrados en el mundo tal como el alma está encerrada en el cuerpo”, escribe. Podríamos pensar, entonces, que la mejor solución es la de Dreher, que propone escapar de la cárcel del mundo.
Finalmente, y como una pequeña coda, me pregunto qué opinarían mis amigos nacionalistas que, según dicen, Dios habría definido que cada hombre naciera en una patria determinada a la que debería amar hasta dar la vida por ella, cuando leen en el texto patrístico propuesto por De Prada que para los cristianos “toda tierra extraña es patria para ellos, pero están en toda patria como en tierra extraña”.
Como dije en el comentario a la primera columna de Juan Manuel de Prada hace algunas semanas, no me interesa defender a Dreher ni a su libro, que no me parece gran cosa. Pero no es cuestión de encarnizarse no ya solamente con un lejano autor americano, sino con muchos buenos cristianos que tratan de idear soluciones para sobrevivir en la fe en medio del mundo apóstata y luciferino en el que vivimos. Y, peor aún, hacerlo con argumentos falaces.
No nos corran con la vaina, (y ahora vuelvo a la pausa).











