lunes, 23 de septiembre de 2019

Diálogos londinenses que nunca existieron


En el Strand, un buen trecho después de pasar el local de Twinings, que hasta hace algunos años exponía sus tés y sus aromas entre paneles de roble y marcos de bronce, y ahora lo hace entre vidrios y aceros, está The Wellington, un pub que aún no ha sido transformado del todo y sigue conservando las maderas en sus pisos y paredes, los cueros en sus sillas y tres delgadas mujeres en los enormes vitrales art deco de sus ventanas. Allí me había citado Mons. X. para el almuerzo, que no debía extenderse mucho puesto que él debía volver a los asuntos que lo habían traído a Londres, y yo a mis manuscritos en la British Library. 
Pidió una hamburguesa,  yo fish and chips.
— Debería pedir una ensalada -dijo Mons. X.- Es hora que cuide mi salud…
Me llamó la atención su rostro adusto. Noté los años que habían pasado desde nuestro último encuentro en algunas nuevas arrugas, pero su expresión no tenía que ver con el envejecimiento sino con la preocupación.
— Me dijeron que en la Curia no la están pasando bien -dije.
— Así es, cada vez estamos peor, y en las últimas semanas el aire se ha vuelto espeso, casi impenetrable -me respondió.
— ¿El sínodo de la Amazonia?
— El problema más grave es el otro sínodo, el de los alemanes.
— Nuevamente el Papa Francisco… -dije mientras apuraba un largo trago de ale.
— No. Esta vez el Papa no es parte del problema, al menos no lo es en sentido directo. Nuestra esperanza es que sea parte de la solución.
— ¿Y usted cree que Bergoglio puede solucionar algo?
— Creo que es la única esperanza que podría evitar la catástrofe, pero no lo sé… Los alemanes se hartaron de esperar. Lo votaron con el compromiso de que implementaría rápidamente las reformas que exigían: cambio en la moral sexual, en el celibato sacerdotal, en las funciones y ministerios de las mujeres y en la autoridad de Roma sobre el resto de las iglesias.
-- Incautos -dije sonriendo-. Confiar en un jesuíta porteño, a quien se le ocurre… Pero que no pataleen tanto. Les dio Amoris letitiae
Mons. X., dibujó una sonrisa. 
— Les dio lo que ya tenían, y lo tenían desde hace años. ¿Cuánto tiempo hacía que los obispos y sacerdotes habían dejado de negar la comunión a los divorciados? Décadas. Fue un amague. Nada más que eso, y los alemanes no son tontos. Se cansaron de esperar.
— Pero hubo una carta del Papa, y luego otra más dura y clara del cardenal Ladaria diciéndoles que no podían hacer los cambios que pretenden hacer.
— Sí, así es. Ambos le dijeron al cardenal Marx que la iglesia de Alemania no puede hacer un sínodo local, en el que también tendrán voz y voto los laicos, para discutir cuestiones de fe y  moral, y cambiar la doctrina de la Iglesia, que es lo que se proponen. Pero ellos acaban de responder que no se trata de un sínodo sino de un “camino sinodal vinculante. Roma no debería preocuparse y dejarlos tranquilos. “Recen con nosotros”, termina diciendo el muy ladino de Marx, que firma el documento junto al jefe de los laicos alemanes.
— ¿Usted cree que se atreverán a tanto? ¿Cambiar la doctrina sobre la moral sexual o sobre el diaconado femenino, por ejemplo? Marx no es el papa…
— Marx no está dispuesto a esperar al próximo cónclave para serlo. Ya se puso la tiara. 
— Uno de los pretendientes al trono se rebeló contra el rey… una historia muy medieval.
— Sí, es muy medieval. En el fondo, es una pelea por el poder. Tenga en cuenta que en Alemania la Iglesia tiene una historia y una estructura que en países latinoamericanos y nuevos como el suyo, es absolutamente incomprensible. Y, sin embargo, a pesar de tener todo eso, no les sirve de nada. Los partidos políticos detestan a la Iglesia y no le dejan colar la menor influencia debido a su misoginia, a su intolerancia por la diversidad sexual, a sus prácticas anti-democráticas y las demás cosas que usted podrá suponer. Los medios de comunicación, por su parte, se pelean por zurrarla y están levantando todas las alfombras, y todos los hábitos, para encontrar mugre acumulada. La mayor parte de los obispos alemanes, entonces, se encuentran con que, a pesar de su dinero y su historia, cada día están más relegados, con menos relevancia social y terminarán en la extinción. 
— ¿Pero creen que esos cambios doctrinales pueden traerles efectivamente el peso político que pretenden?
— Los cambios doctrinales sobre los puntos que tratarán en el sínodo les permitirán unirse con los luteranos…
Yo, que en ese momento trataba de ensartar un trozo de pescado que se deshacía entre los dientes de mi tenedor, dejé los cubiertos a un lado, sorprendido.
— ¿Con los luteranos? -dije incrédulo. Pero eso sería una nueva Reforma.
— Ya ve que la cosa es muy grave y ahora entiende nuestras caras de preocupación. 
— ¿Pero qué ganarían uniéndose con los luteranos? Sí, efectivamente, sería una iglesia mucho más poderosa y gravitante en lo político, pero ¿cuánto tiempo duraría eso? Fíjese cómo están las iglesias protestantes por haber cedido a las presiones del mundo.
— La cuestión es que los luteranos están en estado de coma y a la iglesia católica ya la pasaron a terapia intensiva. Si se unen, ambas se fortalecerían, y podrían seguir viviendo un par de décadas más, un cuarto de siglo a lo sumo. Y Marx y los suyos lo saben, pero no les importa. Su proyecto es a corto plazo. Conseguir poder ahora para ellos y para sus sucesores inmediatos. Después, que se las arreglen los que vienen.
— Después de mi el diluvio…
— Sí, algo así. 
Me quedé pensando mientras capturaba algunas papas fritas que habían quedado sueltas en el plato.
— ¿Pero los católicos alemanes no reaccionarán cuando vean que sus obispos les están cambiando la fe?
— No, claro que no. Ya es tarde para eso. La iglesia alemana hace más de sesenta años que dejó de hablar de los dogmas de la fe, de la redención de Jesucristo y de la virginidad de María. Su discurso permanente y constante ha sido el del ecumenismo: la unión, la comunidad, la alegría de ser hermanos… usted ya sabe. Los fieles alemanes son autoinmunes a la cuestiones de fe. Si sus obispos les dicen que dejarán de lado algunos dogmas pero ganarán la unión con los hermanos luteranos, ellos aplaudirán felices.

— Si todo eso finalmente ocurriera, deberíamos despedirnos entonces de la porción de Alemania que permanecía católica.
— Es mucho más grave que perder una porción de territorio. Si los alemanes consuman la ruptura, es muy probable que los segan otros: belgas, holandeses y austríacos por ejemplo, y no me extrañaría que se diera una suerte de cisma selectivo en otros países como Estados Unidos o Suiza. Y además, habría un problema mucho más inmediato: el desfinanciamiento del Vaticano, que terminaría pareciéndose mucho a la Argentina, país líder en defaultear deudas -dijo sonriendo.

— ¿Son serios los problemas financieros vaticanos?
— Muy serios. Piense que el déficit en 2013, año en que asumió el papa Francisco, fue de 24 millones de dólares. El déficit de 2018 fue de 77 millones de dólares, lo cual es insostenible, porque el Vaticano genera muy pocas divisas. Para sobrevivir necesita imprescindiblemente de donaciones, es decir, necesita de la iglesia alemana, que es la que lo financia junto con Estados Unidos. Los americanos ponen ya poco dinero porque tienen que usar el que tienen para pagar los juicios por abuso sexual de sus sacerdotes y porque las donaciones de los laicos se han reducido drásticamente. Piense qué puede pasar si los alemanes dejan de hacer su aporte varias veces millonario; tendremos que vender la Pietà y los frescos de la Sixtina, y no por razones de pobreza, sino de superviviencia.
Pedimos café y nos quedamos en silencio, contemplando el último día de verano que se despedía con un sol radiante, cuyos rayos se transformaban en verdes, azules y amarillos al atravesar los vestidos de las espigadas mujeres art deco de los vitrales.
— ¿Y se avizora alguna solución? -le pregunté a Mons. X. con la esperanza de no volver tan desanimado a mi trabajo.
— Las esperanzas sobrenaturales se las dejo a Dios. Lo que veo de nuestra parte es que el papa Francisco poco puede hacer…
— No querrá -dije mostrando mi encono con el pontífice porteño.
— No crea. Bergoglio no es progresista como todos piensan; al menos, no es más progresista que Juan Pablo II o que Pablo VI. Lo diferencia es que no tiene los tapujos que tenían ellos.
— No estoy de acuerdo. Fíjese sus escaramuzas con musulmanes y judíos, sus discursos confusos, sus declaraciones escandalosas…
— ¿Y usted no se acuerda de la foto de Pablo VI luciendo un efod judío? ¿O de Juan Pablo II siendo incensado y bendecido por chamanes africanos? Es más de lo mismo. 
— Lo que a mi me parece es que a Bergoglio la doctrina y el dogma le tienen sin cuidado. Lo que le importa es el poder.
— Sí, y es justamente allí donde está nuestra esperanza. En la reunión de más de una hora y media que tuvo con el cardenal Marx, saltaron chispas. El alemán está desafiando el poder de Francisco, y eso enloquece a Su Santidad. Veremos quién gana.
— ¿Y aliados? ¿No tiene aliados Francisco en la iglesia alemana?
— Los perdió a todos. Desairó a los más conservadores y a los ratzingereanos, y difícilmente estén dispuestos a ayudarlo. No lo veo al cardenal Müller emprendiendo una cruzada para defender a Bergoglio, que lo ha humillado en varias ocasiones y que lo echó de mala manera de su puesto. Y solo tiene tres aliados en la Conferencia Episcopal Alemana. Está perdido, aunque algunos consideran todavía la posibilidad de una aliada tardía.
Me extrañó el uso del femenino. ¿Es que una mujer podría ser tan importante para salvar a la Iglesia de esta situación? 
— ¡Qué impío soy! -pensé- Mons. X. se refiere a la Santísima Virgen. El prelado, adivinando mi pensamiento, sonrió.
— ¡Oh no! La aliada a la que me refiero es la biología. El cardenal Marx come, bebe y fuma como un monstruo. No sería extraño que su salud nos dé una sorpresa.
— Y, en última instancia, siempre queda la posibilidad del accidente… -dije sonriendo.
Salimos al Strand. Nos despedimos, y mientras Mons. X. volvía a sus asuntos curiales que lo habían traído a Londres, yo me monté al autobús 91 que me devolvía a la British Library. 

martes, 17 de septiembre de 2019

Una misa en Covent Garden



Covent Garden en una zona de Londres pululante de turistas y artistas callejeros que se apiñan en torno a un mercado donde pueden encontrarse chocolates, flores y antigüedades junto a tiendas de Apple y otras marcas de lujo. En ese apiñadero de humanidades desemboca una breve callecita llamada Maiden Lane donde, casi en la esquina, se ubica una iglesia que corre el riesgo de pasar desapercibida. Construida con el ladrillo rojo propio de la arquitectura victoriana, su fachada es plana y se pierda en medio de las otras construcciones. Sin embargo, allí está la iglesia del Corpus Christi desde 1874, y en ella rezaron los principales exponentes del catolicismo inglés como Chesterton, Belloc, Knox, Waugh y muchos otros. Y allí nunca se dejó de celebrar la Santa Misa según el rito tradicional, merced al famoso “indulto de Agatha Christi” concedido por Pablo VI.

Su interior no es muy grande pero igualmente está dividido en tres naves, separadas por arcos góticos, y en el frente aparecen tres altares: de mármol verde los de los costados, y el mayor, custodiado por de piedras policromas. 
El año pasado se terminó su restauración por lo que los colores brillantes y cálidos están en su mayor esplendor, particularmente el techo del santuario, pintado en azul profundo y tachonado con incontables estrellas doradas. Y aprovechando la restauración que dejó el templo tal como era en sus comienzos, se eliminó también la “mesa” posconciliar que se había colocado delante del altar, y sobre la que se decía la misa novus ordo. Ahora, todas las misas se rezan ad orientem, lo cual no es una novedad en Inglaterra. Solamente en la diócesis de Southwark, que se extiende al sur del Támesis, hay quince parroquias que han eliminado el altar conciliar y celebran siempre orientados, como manda la tradición y como recomienda el cardenal Sarah.
Pues bien, ayer, lunes 16 de septiembre y fiesta de los santos mártires Cornelio y Cipriano, celebró la misa vespertina de las 18:30 hs. -que siempre es según el rito extraordinario-, el cardenal Raymond Burke, que se encuentra de paso en Londres. Fue una misa baja pontifical, igualmente solemne pero especialmente devota porque es una misa que transcurre la mayor parte del tiempo en silencio, un silencio sagrado e inspirador, en una iglesia apenas iluminada en sus naves, pero refulgente de luces en el altar. Los ingleses no adoptaron la “misa dialogada”, que surgió a finales de los ’40 y fue autorizada a regañadientes por el papa Pío XII por presión de los obispos alemanes. Es la misa a la que estamos acostumbrados a asistir en la mayor parte del mundo, y en la que los fieles responden al sacerdote junto a los ministros. Esta novedad tiene la dudosa ventaja de hacernos sentir que participamos más activamente de la celebración, pero la desventaja que distrae y suele impedir la concentración y atención acerca de lo que está sucediendo ante nuestros ojos. Cosa distinta es la misa cantada, donde sí somos invitados a unirnos a los coros angélicos en sus alabanzas eternas al Padre.
[Otra característica notable es que en las numerosas iglesias de Inglaterra donde se celebra la misa tradicional, se utiliza el misal propiamente tradicional, y no el misal de 1962, al que el papa Juan XXIII introdujo importantes reformas. Resulta curioso que muchos tradicionalistas, ufanos de celebrar la “misa de siempre”, celebran una misa retocada por los mismos personajes que un lustro más tarde harían el estropicio litúrgico más lamentable de toda la historia de la Iglesia]. 
La iglesia de Maiden Lane estaba colmada, con gente de pie en todos los rincones. Y pude ver allí, de un modo tangible, la catolicidad de la Iglesia, lo que solamente puede ocurrir en ciudades cosmopolitas como Londres. Era fácil distinguir hombres blancos de origen germánico o de origen latino; asiáticos con ojos rasgados; indios de piel oscura y descendientes de africanos de rostro renegrido y cabellos motosos. Habían ancianos que se movían con dificultad, muchas personas de mediana edad, vestidos formalmente algunos y otros no tanto, y jóvenes, muchos jóvenes, de saco y corbata, o de buzo y bermudas, que se distinguían por su piedad. Otra muestra más de catolicidad, expresada no solamente en la variedad de los orígenes, sino también de las edades y de las clases sociales.

Un buen coro polifónico intervino solamente para el ofertorio, la interminable comunión y el brillante Salve Regina del final. Fue, en resumen, una experiencia extra-ordinaria, pues no es común que en el corazón mismo de una ciudad multitudinaria y pecadora como pocas, se encuentren estos refugios de fe y piedad. 
Pensaba yo durante la misa, que el drama al que estaba asistiendo y del que estaba participando, en el que se aúnan lo hierático con la devoción; la belleza con la sencillez, era lo habitual hasta hace algunas décadas, y cualquier católico podía asistir a él cuando lo deseaba. No quisiera estar yo en el cuero de todos los que firmaron la reforma litúrgica cuando sean juzgados por el Justo Juez. Sobre ellos caerá la enorme y trágica responsabilidad de haber privada a la Iglesia de uno de sus tesoros más grandes.



martes, 10 de septiembre de 2019

Los sofismas de Juan Manuel de Prada


Estando yo enfrascado en mis lecturas y estudios, saludablemente alejado del mundo de los blogs y, más saludablemente aún del incomprensible país en el que me tocó en suerte nacer, recibí de un amigo la noticia que Juan Manuel de Prada había publicado hace algunos días, una segunda columna con furiosas diatribas contra Dreher y su libro y, sobre todo, contra los que de un modo u otro adhieren a su tesis de la opción benedictina. Olvidé el asunto, y hoy, sin demasiadas ganas y por insistencias amicales, leí el artículo. Y me indigné. 

Con una catarata de insultos que recuerda las que descarga ocasionalmente el Papa Francisco contra monjas solteronas, o contra católicos con cara de pepinillos en vinagre, De Prada trata a los benedictinistas de liberales, egoístas, comunitaristas, burgueses, católicos pompier, faltos de caridad, dimitentes del bien común e hipócritas. Con la pluma que lo caracteriza, salpica con sus agravios un texto breve, cuyo párrafo más extenso es la cita textual de un autor desconocido del siglo II. Y es justamente en esa cita en la que basa toda su argumentación. 
Un rápido análisis del escrito de De Prada arroja como resultado tres breves párrafos que poseen como núcleo los improperios señalados, a los que reviste con una serie de afirmaciones que no pasan de eso: aseveraciones tomadas de aquí y allá, sin ninguna prueba o fundamentación. En el mejor de los casos, remite a un artículo de don Juan Retamar Server que apareció recientemente en la revista Verbo, lo cual habilita la sospecha que la parrafada de De Prada no sea más que una suerte de Verbo for dummies, o sea, una vulgarización de la postura de esa publicación que, recordemos, reivindica el trono de España para el heredero carlista de la casa de Borbón, una posibilidad tan arriesgada -o factible- como las comunidades benedictinas que propone Dreher. Son tres párrafos, en definitiva, que no tienen fundamento alguno, porque su autor intenta sostener toda la argumentación en el párrafo central, es decir, en la larga cita de la Carta a Diogneto. En otras palabras, su discurso se sostiene en un argumento de autoridad, y aquí reside el problema, según mi modesto entender. 
Veamos el caso. La cita corresponde a los capítulos 5 y 6 de la Carta a Diogneto (πρὸς Διόγνητον) sobre la que podemos arrimar algunos argumentos de crítica externa e interna.

Crítica externa
La Carta a Diogneto posee una historia particular ya que su aparición en el mundo cristiano es reciente. Ocurrió cuando un joven estudiante de griego encontró el manuscrito en una pescadería de Constantinopla, en la pila de papeles con los que se envolvían los pescados. Esto ocurrió en 1436, y es el único manuscrito que se poseía hasta que pereció en el incendio de la biblioteca de Estrasburgo en 1870. 
Estos datos no son sólo una anécdota. Son significativos porque dan cuenta que la Carta fue totalmente desconocida por los Padres de la Iglesia. Ni siquiera Eusebio de Cesárea la menciona, lo cual es mucho decir puesto que este autor hace referencia en sus obras a prácticamente la totalidad de la literatura cristiana pre-nicena.
La otra cuestión es que desconocemos al autor autor del texto. Hay opciones para todos los gustos: Quasten se inclina por Cuadrato, aunque no termina de convencerse; Marrou dice que es Panteno, el fundador de la Escuela de Alejandría, otros, que es Clemente el alejandrino o el romano, e incluso Connolly arriesga la posibilidad que sea un documento falso, escrito en el siglo XVI.
Estos hechos nos conducen a una primera conclusión: la Carta a Diogneto no pertenece a la Tradición de la Iglesia, más allá que haya sido escrita efectivamente por un autor cristiano del siglo II. Y esto es así porque no fue un texto recepcionado por los Padres, ya que ninguno de ellos lo tuvo en cuenta. En efecto, todos los textos patrísticos están permanentemente cruzados de citas y referencias mutuas. El hecho de que este curioso texto, descubierto de un modo muy curioso no haya sido citado ni siquiera una vez por sus contemporáneos o por autores de lo siglos posteriores, es por demás curioso.
Y hablando de curiosidades, no puedo omitir el hecho que la Carta a Diogneto haya sido estudiada de modo entusiasta por académicos pertenecientes al Opus Dei. Notable curiosidad, la de apoyarse en un texto promocionado por el Opus para refutar al liberalismo….


Crítica interna
Todos los discursos, y de modo particular los patrísticos, deben ser contextualizados para realizar una exégesis correcta. Concretamente, es importante saber con quién está dialogando el autor y en qué circunstancias escribió su texto. Si la Carta a Diogneto fue escrita en el siglo II o III, pertenece a lo que se llama literatura apologética, cuyo autor más emblemático es San Justino con su Diálogo con Trifón. Y una de las características de esta literatura es que busca mostrar que los cristianos no eran bichos raros o psicópatas que adoraban a un burro y comían niños asados. Los cristianos eran gente pensante, que profesaban una religión que podían ser explicada en términos racionales aún conservando sus misterios, y que no tenían costumbres extrañas de corte antropofágico. 
De Prada no tiene en cuenta este factor y, entonces, lee la Carta con los ojos de un cristiano del siglo XX que, después de una encíclica del Papa Pío XI, se ilusiona con el reinado social de Cristo, y entonces, debe participar activamente del mundo y de las políticas de sus reyezuelos. De Prada debería probar, con argumentos que no sean los mismos que utiliza el Opus Dei para justificar su enamoramiento del mundo, que el autor de la Carta a Diogneto dice efectivamente lo que él cree que dice. Y no lo hace. 
Por otro lado, es posible hacer una exégesis de la Carta a Diogneto diametralmente opuesta a la que propone De Prada. Si se lee detenidamente la totalidad del texto, queda claro que la afirmación central del autor es que los cristianos son ciudadanos del cielo (“Viven en la tierra, pero su ciudadanía está en el Cielo”) que se encuentran transitoriamente en este mundo, del cual son excluidos porque este mundo los odia. Más aún, la comparación que realiza entre los binomios cuerpo - alma y mundo - cristianos -que tiene un claro origen platónico y estoico- lleva inmediatamente a afirmar el valor secundario del que se reviste el mundo para los cristianos, tal como es secundario el valor del cuerpo para alma, más allá que resulte imprescindible para alcanzar la salvación. 
Entonces, si bien es cierto que los discípulos de Cristo necesitan del mundo en tanto hombres carnales, de esto no se sigue que deban involucrarse en los asuntos del mundo y, mucho menos, en la política del mundo. Se trata, a mi entender, de un salto injustificado que hace De Prada del concepto mundo (κόσμος) al concepto acción política. Escribe, en efecto: “La Carta a Diogneto nos hace una propuesta política valerosa y auténticamente cristiana”. Tal como hizo en su primera columna sobre este tema, don Juan Manuel se despacha con otro sofisma, en este caso un silogismo de cuatro términos, ya que la supositio de mundo no es la misma supositio de propuesta política.
Y vayamos aún más lejos. Pareciera que el autor de la Carta a Diogneto dice exactamente lo contrario a las afirmaciones de De Prada: “Los cristianos están encerrados en el mundo tal como el alma está encerrada en el cuerpo”, escribe. Podríamos pensar, entonces, que la mejor solución es la de Dreher, que propone escapar de la cárcel del mundo.
Finalmente, y como una pequeña coda, me pregunto qué opinarían mis amigos nacionalistas que, según dicen, Dios habría definido que cada hombre naciera en una patria determinada a la que debería amar hasta dar la vida por ella, cuando leen en el texto patrístico propuesto por De Prada que para los cristianos “toda tierra extraña es patria para ellos, pero están en toda patria como en tierra extraña”. 

Como dije en el comentario a la primera columna de Juan Manuel de Prada hace algunas semanas, no me interesa defender a Dreher ni a su libro, que no me parece gran cosa. Pero no es cuestión de encarnizarse no ya solamente con un lejano autor americano, sino con muchos buenos cristianos que tratan de idear soluciones para sobrevivir en la fe en medio del mundo apóstata y luciferino en el que vivimos. Y, peor aún, hacerlo con argumentos falaces. 

No nos corran con la vaina, (y ahora vuelvo a la pausa).


sábado, 31 de agosto de 2019

En pausa



Debido a razones de índole laborales de su autor, este blog permanecerá EN PAUSA por algunas semanas.

lunes, 26 de agosto de 2019

Dreher, Prada y los monjes


Juan Manuel de Prada publicó ayer un artículo que fue rápidamente reproducido en el blog de mi estimado amigo, el P. Javier Olivera. En él, el famoso novelista se dedica a aporrear a Rod Dreher por su libro La opción benedictina, en la misma línea en que lo hiciera recientemente el último número de la revista española Verbo.
Cuando el año pasado hice un comentario en este blog sobre el libro, dejé en claro que la propuesta de Dreher no puede ser considerada una receta que deba ser seguida por todos los católicos de hoy. En medio del naufragio en el que se encuentra la Iglesia y toda la cultura cristiana, cada uno debe aferrarse a lo que tenga a mano para tratar de mantenerse a flote. Algunos se izarán sobre un bote; otros sobre un barril de lata, y otros apenas si podrán abrazarse a algún madero medio podrido. En definitiva, se trata de cuestiones prudenciales, de decisiones que debe tomar cada uno, dependiendo de la situación concreta que le toca vivir. 

Esta consideración previa no invalida opinar sobre el libro y su propuesta. Yo particularmente, considero que el libro de Dreher no es malo, pero que definitivamente, no es un gran libro. Más aún, es un libro bastante superficial en muchos aspectos y creo que también deshonesto, ya que es innegable que su propuesta se basa en la que hizo hace más de treinta años John Senior, a quien no se menciona en ninguna ocasión. Podemos, entonces, con toda justicia expresar juicios matizados y más o menos negativos sobre La opción benedictina.
Pero lo que no puede hacerse es lo que hace Prada en su artículo, o en buena parte de su artículo.  En primer término, el argumento ad hominem que utiliza es una falacia que cualquiera percibe: que Rod Dreher se haya convertido a la ortodoxia luego de pasar por el protestantismo y el catolicismo, no lo hace “un converso saltimbanqui”. Si ese fuera el criterio para determinar la calidad literaria de una obra, creo que serían muchas las que deberían ser incineradas. No se puede juzgar la obra apelando a la calidad moral del autor.
A continuación, Prada blande contra el Dreher el patrón del chestertómetro, que parece que él posee, y determina que el americano está completamente fuera de los límites establecidos por esa cinta métrica y, por tanto, es un farsante que quiere vendernos gato por liebre, o liberalismo por chestertonismo. 
Sin embargo, el meollo del argumento de Prada, está en esta frase: “…la extensión de la forma de vida benedictina hubiese sido inconcebible si Carlomagno no la hubiese impuesto en todos los monasterios que se hallaban bajo su protección. Sin el amparo del poder político, la labor de San Benito no hubiese obtenido los resultados espectaculares de todos conocidos…”. Esta afirmación es históricamente falsa.  Y no es necesario ser especialista en historia de la Alta Edad Media para comprobarlo. Es cuestión de abrir cualquier historia del monacato occidental. Cuando Carlomagno accede al poder a fines de la segunda mitad del siglo VIII, el monacato estaba extendido por toda la Europa cristiana, y fue justamente ese monacato el que permitió que Carlos pudiera unificar no sólo política sino también culturalmente a Occidente. La renovación del imperio romano y el renacimiento cultural carolingio solamente pudo hacerse efectivo porque había una extensa red de monasterios que habían, a lo largo de más de dos siglos, sostenido no solamente la vida religiosa y la educación, sino incluso la organización política, junto a los obispos, de toda Europa.
Es verdad que fue Luis el Piadoso, hijo de Carlomagno, quien en 817 impuso a todos los monasterios la Regla benedictina, pero este hecho histórico -que quizás sea al que hace referencia Prada-, ni significa que anteriormente los monasterios languidecieran porque no tenían el apoyo político. Fue un acto administrativo, concorde con el afán unificador que caracterizó a los carolingios. Lo cierto es que, hasta ese momento, aunque las fundaciones monásticas que seguían la regla de San Benito era mayoría, había también muchos e importantísimos monasterios que seguían la regla de San Columbano, y otros muchos que seguían reglas menos conocidas como la de los Cuatro Padres o la de San Ferreol. Lo que hizo la corona fue establecer cuál era la regla que debía seguirse y, además, alentar a que los monjes adhieran a la reforma de San Benito de Aniane. Pero todo esto de ninguna manera significa que el impulso y la acción monástica en la sociedad medieval haya sido efectiva porque fue promovida por los políticos de la época. En definitiva, a los efectos prácticos, fue casi intrascendente qué regla seguían los monasterios. Curiosamente, los monasterios con más prestigios intelectual durante la alta Edad Media, como Luxeuil, Bobbio o San Galo, era columbanianos. 
Finalmente, Prada asume en su artículo un concepto de “cristiandad” que no es al que hacen referencia ni Dreher, ni Senior ni ningún otro autor que se encuentra en esta línea de pensamiento. Escribe: “Por lo demás, hubo otras muchas ‘opciones’, aun dentro de la vida religiosa, que hicieron posible la Cristiandad, aparte de la benedictina: […] hubo órdenes más ‘mundanas’, como la Compañía de Jesús, que se encargaron – con apoyo político – de evangelizar el Nuevo Mundo o de presentar batalla a Lutero y sus mariachis”. Los jesuitas, que surgen en la historia en el siglo XVI, lo hacen cuando la Cristiandad ya había desaparecido, puesto que la Reforma había partido a Europa y el ethos católico que permeaba el continente se había diluido. Una confusión conceptual difícil de justificar en un autor de las indiscutibles características de Prada. 
Vuelvo al punto inicial: yo no propongo la opción de Dreher, y tampoco propongo que los católicos se alejen definitivamente de la participación política. Aunque personalmente no soy partidario de ella, entiendo que se trata de una cuestión prudencial. Pero una cosa es estar en desacuerdo con La opción benedictina, y otra arremeter contra el libro de un modo injusto y poco serio. 

sábado, 24 de agosto de 2019

¿Por qué el Papa Francisco no visita Argentina?


por George Neumayr
The Spectator

El sábado pasado llegué a una fría Buenos Aires. Seguramente fue casualidad, pero mi llegada coincidió con el derrumbe del peso. El dólar avanzó un largo camino en Argentina. For U$ 40, los americanos pueden conseguir un hotel cuatro estrellas; for U$ 4, comer un exquisito bife. Los signos de los problemas económicos en Argentina abundan, desde los barrios marginales en las afueras de Buenos Aires hasta los vagabundos que duermen en sucios colchones en el centro de la ciudad. A los argentinos les encantan los dólares, y ofrecen buenas ofertas para comprarlos en efectivo.
Parece que los peronistas están al borde la victoria. Así como Brasil votó por la derecha, Argentina vuelve a la izquierda, como una suerte de adicción a sus tradiciones socialistas.

El propósito principal de mi visita a Buenos Aires fue averiguar sobre quien no es precisamente uno de sus hijos favoritos, Jorge Bergoglio, que todavía no visitó Argentina desde que fue se convirtió en el Papa Francisco. Durante mis primeros días en el país, pregunté a cada católico con el que me encontré que me explicara esta anomalía. Y conseguí respuestas brutales.
“Todos sabemos que es un hijo de puta”, me dijo un ex-fiscal. “Estamos avergonzados de él. Representa nuestras peores cualidades”.
Su amigo agregó que los católicos consideran que Francisco “es una farsa, un papa imaginario”, por no decir, añadió, “que es un hombre inculto y mal educado”.
El ex fiscal me expresó su desprecio por Francisco: “No sabe nada, ni moral, ni teología, ni historia. Nada. Solo le interesa el poder”.
Me doy cuenta que la descripción del Papa Francisco como un ideólogo enloquecido por el poder está muy extendida. Hablé extensamente con Antonio Caponnetto, autor argentino de varios libros sobre el papa Francisco. “En el seminario, sus compañeros de clase lo llamaban Maquiavelo”, señaló.
Caponnetto da dos razones por las cuales el Papa ha evitado regresar a su país de origen: primera, porque al menos la mitad del país lo odia, y segunda, porque a Francisco no le gusta el régimen supuestamente “conservador” y pro capitalista de Macri. Esta última razón es absurda: Macri no es conservador, y los conservadores argentinos son los primeros en decirlo.
El miércoles por la mañana visité a Santiago Estrada, ex embajador de Argentina ante la Santa Sede. Ha estado cerca de Bergoglio durante décadas, y sabe que Bergoglio “odia a los hombres de negocios”. No le gusta Macri, dijo, no porque Macri sea un pilar del conservadurismo sino porque Macri simplemente no es tan anti-empresarial “como el Papa”. Estrada era reacio a criticar a su amigo, pero reconoció que la promoción que el Papa ha realizado de obispos con antecedentes de abusos sexuales es “inexplicable”.
Los predecesores del papa visitaron su países de origen. Incluso el tímido papa Benedicto XVI desafió a sus críticos alemanes y viajó a su patria.
¿Sería realmente posible que el Papa Francisco pudiera boicotear a Argentina por el resto de su mandato?
Probablemente no. Por un lado, dicen los católicos comprometidos, si los izquierdistas incondicionales regresan al poder, “él volverá al país”. Estrada cree que “definitivamente regresará el próximo año” si Macri pierde, pero que llamará a su viaje una “visita pastoral”.
“Francisco ha estado trabajando detrás de escena” para ayudar al oponente de Macri, me dijo un agente político argentino. “Quiere que Macri pierda”.
Los conservadores temen la posibilidad de una victoria peronista. Uno, que tiene un blog político, me dijo: “Dejaré el país. Ya no será seguro para nosotros”.
Lo comprobé el martes cuando pasé frente a la oficina de uno de los partidos de izquierda de Argentina. Tan pronto como saqué mi cámara para tomar algunas fotos, un par de matones aspirantes a peronistas salieron corriendo de la oficina para interrogarme. “¿Qué estás haciendo?”, me preguntaron. Los ignoré, mientras que otro miembro de mi grupo trató de apaciguarlos con una pieza de falsa adulación hábilmente compuesta.
Un católico conservador que me llamó la atención me dijo que el peronismo de los francisquistas es tan fuerte que algunos acólitos del Papa están hablando de canonizar a Evita.


jueves, 22 de agosto de 2019

Peregrinación de Nuestra Señora de Cristiandad








Participaron más de mil personas, congregadas de todos los rincones de Argentina, y también capítulos de Paraguay y Brasil.








jueves, 15 de agosto de 2019

La Asunción de Nuestra Señora


La solemnidad de la Asunción de la bienaventurada Virgen María, es una ocasión para ascender con María a las alturas del espíritu, donde se respira el aire puro de la vida sobrenatural y se contempla la belleza más auténtica, la de la santidad. La fiesta de hoy nos impulsa a elevar la mirada hacia el Cielo. No un cielo hecho de ideas abstractas, ni tampoco un cielo imaginario creado por el arte, sino el Cielo de la verdadera realidad, que es Dios mismo: Dios es el cielo. Y él es nuestra meta, la meta y la morada eterna, de la que provenimos y a la que tendemos.
Nosotros no alabamos suficientemente a Dios si no alabamos a sus santos, sobre todo a la “Santa” que se convirtió en su morada en la tierra, María. Mirando a la Virgen elevada al Cielo comprendemos mejor que nuestra vida de cada día, aunque marcada por pruebas y dificultades, corre como un río hacia el océano divino, hacia la plenitud de la alegría y de la paz. Comprendemos que nuestro morir no es el final, sino el ingreso en la vida que no conoce la muerte. Nuestro ocaso en el horizonte de este mundo es un resurgir a la aurora del mundo nuevo, del día eterno. Ante el triste espectáculo de tanta falsa alegría y, a la vez, de tanta angustia y dolor que se difunde en el mundo, debemos aprender de Ella a ser signos de esperanza y de consolación.
Al estar en Dios y con Dios, María está cerca de cada uno de nosotros, conoce nuestro corazón, puede escuchar nuestras oraciones, puede ayudarnos con su bondad materna. Podemos poner siempre toda nuestra vida en manos de esta Madre, que siempre está cerca de cada uno de nosotros.

Benedicto XVI

lunes, 12 de agosto de 2019

Comentarios posteriores: Misa tradicional en Argentina




El mapeo realizado en el post anterior con los lugares de celebración de la misa tradicional en Argentina trajo aparejados una serie de cuestiones que sobrepasan lo que es estrictamente el relevamiento de datos para hundirse en otras cuestiones de la historia reciente.
En cuanto al relevamiento general en sí, lo cierto es que Argentina está en mejores condiciones que la mayor parte de los países de Hispanoamérica, y probablemente que la misma España, tal como nos advertían algunos comentaristas. Lo llamativo es que importantes ciudades y regiones del país no cuentan con misa tradicional, es decir, que aún después del motu proprio Summorum pontificum, ni obispos, ni sacerdotes ni laicos parecen interesados en volver al culto que la Iglesia rindió a Dios durante más de mil quinientos años, y seguían conformándose con la misa reformada por el Vaticano II.
Algunos amigos me señalaban que muchas de las razones de esta realidad hay que buscarlas en la historia. Y creo que tienen razón, aunque me parece que estas razones históricas pueden justificar lo sucedido en los ’70, ’80 y ’90, pero no lo que vino después. 
Veamos:

El frente interno: Varios diócesis de Argentina, apenas terminado el Vaticano II, eran un hervidero de curas marxistas y contestatarios. Casos como el de Mendoza, donde tan temprano como 1965, veintisiete curas tercermundistas se rebelaron contra el arzobispo Alfonso Buteler, o el de Rosario, donde treinta curas hicieron lo propio, ocupando parroquias, contra el arzobispo Guillermo Bollati en 1968, son muestras elocuentes del clima que se vivía a fines de los ‘60 en el país. Habían, además, varios obispos que alentaban las reivindicaciones revolucionarias de sus curas. Recientemente hemos tenido la vergonzosa beatificación de uno de ellos, Mons. Enrique Angelelli, obispo de La Rioja, que promovió y protegió a curas y terroristas montoneros, y en la misma línea estaban otros como Mons. Carlos Ponce de León, obispo de San Nicolás -muerto, como Angelelli, en un accidente de tránsito-, Mons. Alberto Devoto, obispo de Goya, muerto igualmente en un accidente automovilístico y Mons. Carlos Cafferata, obispo de San Luis.
El episcopado en su conjunto, sin embargo, era conservador. No en vano eligió como presidente a Mons. Adolfo Tortolo, el más volcado a la derecha de todos ellos, y quizás también el más santo. Yo estimo que fue merced a estos factores que, en general, durante los ’70 se nombraran obispos de tendencia conservadora y se frenaran en seco los arrebatos de los curas tercermundistas. El nombramiento del recientemente fallecido Mons. Rodolfo Laise en San Luis, por ejemplo, impidió el crecimiento de un potente foco marxista entre el clero de esa diócesis. 
El caso concreto de Paraná, al que me referí en el último post, era particularmente complejo. Desconozco el estado de su clero en los ’70, pero lo cierto es que Mons. Tortolo, su arzobispo, estaba rodeado. Al oeste, tenía a Santa Fe, cuya universidad católica fue uno de los núcleos más virulentos de Montoneros, y Rosario, del cual ya señalamos ambiente. Al norte, la diócesis de Resistencia, liderada por un cambiante Mons. Di Stefano, fue también un foco montonero, y al sur estaba San Nicolás, con Mons. Ponce de León. Paraná estaba, literalmente, rodeada.
Si establecemos un “eje conservador” en la geografía argentina en esos años, podríamos decir que sus vértices eran Paraná, San Luis y San Rafael, que no tenía curas tercermundistas sino que no tenía curas a secas. Y en cuanto a la liturgia tradicional -que es el tema del post-, lo previsible desde nuestra perspectiva de cuarenta años después, es que es en esas tres jurisdicciones donde debería haberse conservado. Y eso no ocurrió.
¿Por qué? No tengo autoridad para dar una respuesta, pero a partir de la situación descrita, me parece claro que los obispos Tortolo, Laise o Kruk (San Rafael) no estaban en grado de abrir otro frente de batalla. Razonablemente orientaron todas sus fuerzas en evitar el desmadre del clero y en formar sacerdotes cercanos al pensamiento tradicional. De allí el surgimiento o la refundación de los seminarios de sus diócesis respectivas. Desconozco la opinión que tenían sobre la misa tradicional, pero no creo que haya sido negativa per se; si no lo promovieron, y más bien la prohibieron, fue porque no podían abrir otro frente de batalla y porque debían necesariamente tener una relación fluida con Roma que era donde, en definitiva, se asentaba su poder.


El frente romano: Pablo VI, de quien muy pocas cosas buenas pueden decirse, fue el encargado de aplicar el Vaticano II, y el epifenomeno de las reformas conciliares, o su mascarón de proa, era la nueva misa. Para él y para los corrosivos personajes de los que se rodeó, la prohibición de celebrar el rito tradicional era innegociable y en una inteligente maniobra de propaganda, lograron asociar la liturgia tradicional con una rebeldía imperdonable  y convirtieron a sus defensores en parias. Creo que debido a una concepción hipertrofiada de la virtud de la obediencia y a una adhesión exagerada al Sumo Pontífice, los obispos argentinos, más allá de su conservadurismo, compraron los que les vendía la publicidad vaticana. Y así, en todos los ambientes católicos del país, incluidas las tres diócesis del eje conservador, ser lefebvrista era equivalente a ser un leproso. Los curas que celebraban la misa tradicional y los fieles que a ella asistían era perros. Sus amigos de toda la vida le retiraron el saludo y varios fueron echados de sus trabajos y aislados socialmente. 
Si bien puede argüirse que esto ocurrió debido los factores que señalé más arriba —necesidad de mantener la cohesión interna y sumisión a Roma—, resulta difícilmente justificable la saña con la que fueron perseguidos. En lo hechos, eran mucho mejor considerados y tratados los curas tercermundistas que los curas tradicionalistas, con el detalle que aquellos eran marxistas y estos eran católicos. 

Cincuenta años después: Como siempre, es fácil impartir cátedra con el diario del lunes. Pero hoy, cuando han pasado más de cincuenta años de la finalización del Concilio Vaticano II y cuando todas sus reformas, y no solo la litúrgica fueron implementadas, difícilmente pueda alguien negar su fracaso más rotundo. Bergoglio no fue engendrado por un demonio. Bergoglio es el fruto más delicado y primoroso de ese Concilio, y es la muestra más palpable del estado real en el que se encuentra la Iglesia. Sería injusto cargarle a él solo la responsabilidad por el desastre que estamos viendo y que se profundiza día a día. Juan Pablo II, más allá de las simpatías que pueda despertar, fue el ejecutor del Concilio. Es verdad que la suya fue una ejecución moderada y conservadora en muchos aspectos, pero esto no lo exime de responsabilidad, sobre todo en el ámbito litúrgico que es el que nos ocupa en esta columna.
Porque debemos convenir que si el fracaso del Vaticano II es flagrante en todos sus ámbitos, el de la reforma litúrgica lo es más aún. Se inventó una nueva misa a fin de que los hombres del mundo se sintieran más cómodos y no se alejaran a la Iglesia. Lo cierto es que la asistencia a misa en la actualidad, cincuenta años más tarde y cuando los curas son capaces de hacer todas las piruetas necesarias para atraer fieles, está en su punto más bajo de toda la historia de la Iglesia. 
Alguien podría plantear una cuestión contrafáctica: Si la misa no se hubiese tocado, ¿la asistencia a misa se habría mantenido? No es posible saberlo, pero lo que sí sabemos y comprobamos es que la misa reformada no alcanzó su propósito y lo que único que logró fue destruir un monumentos religioso y cultural de más de mil quinientos años de antigüedad.

Conclusión imperfecta: Creo que sería injusto cargar las tintas en que los obispos y sacerdotes “línea media” se opusieran de modo tan cerrado a la misa tradicional en los ’70, ’80 y ’90. La circunstancias que expuse muestran que tanto el frente interno como el frente romano hacían muy complejo tomar otra decisión. Y no me parece que podamos exigirle a todos esos buenos prelados y sacerdotes las admirables actitudes que tuvieron beneméritos sacerdotes los padres Sánchez Abelenda, Gobbi o Sarmiento. 
Me resulta, en cambio, más difícil justificar el encarnizamiento con el que fueron perseguidos todos los que adhirieron al movimiento de Mons. Lefebvre. No fue necesaria, y mucho menos cristiana, la saña y crueldad con la que fueron perseguidos.
Pero más difícil de justificar aún me resulta la actitud de muchos buenos sacerdotes que hoy, cuando hace mucho que pasaron las difíciles circunstancias de las que hablamos, sigan aferrados a la misa de Pablo VI. Puedo entender razones de prudencia con respecto a sus obispos, y de oportunidad y prudencia con respecto a sus fieles, pero no puedo entender la reivindicación que hacen de ella, aludiendo a un novus ordo “bien celebrado”, como suficiente para mantener y restaurar la cultura cristiana. 

miércoles, 7 de agosto de 2019

Misa Tradicional en Argentina


He publicado una nueva página dentro del blog con los lugares y horarios en los que se celebra la misa tradicional en Argentina. Podrán encontrarla entre las pestañas ubicadas debajo de la cabecera del blog, o en este enlace. Seguramente el listado tiene omisiones y errores. Pido entonces que me escriban a gibelino1@gmail.com con las adiciones o correcciones necesarias.
Están consignadas solamente aquellas misas públicas, es decir, las que se celebran con el acuerdo del obispo del lugar. Hay buenos sacerdotes que celebran misa tradicional de modo privado o para un grupo reducido de fieles sin que su obispo lo sepa, puesto que son conscientes que, si saliera a la luz, serían más perseguidos aún de lo que ya lo son.
Están incluídas también las misas que se celebran en las capillas u oratorios de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. Probablemente algunos consideren que estas últimas no deberías ser tenidas en cuenta puesto que se trata de sacerdotes que están "fuera de la Iglesia". Lo cierto es que el Papa Benedicto XVI levantó las ignominiosas excomuniones que se habían promulgado contra los cuatro obispos de la Fraternidad, y que el Papa Francisco autorizó a todos los sacerdotes de este instituto a celebrar lícita y válidamente los sacramentos de la penitencia y del matrimonio. Por otro lado, la ex-Pontificia Comisión Ecclesia Dei siempre reconoció no solamente la validez de las misas celebradas por la FSSPX sino que dictaminó en diversas ocasiones -y algunas muy recientemente- acerca de la completa licitud para los fieles de asistir a ellas. Por tanto, aunque falte aún firmar algún papelito que asegure la "comunión plena", lo cierto es que, de hecho, la FSSPX está reconocida por la Santa Sede.

El listado, sin embargo, permite varias lecturas y reflexiones:
1. Se observa una tendencia a que en las diócesis donde hay presencia de la FSSPX, hay también misas "motu proprio", lo cual se entiende porque se ha producido una suerte de saludable competencia, puesto que los obispos o bien no quieren perder fieles, o bien no quieren que la franquicia "Misa San Pío V" sea exclusiva de la Fraternidad. 
2. Esto lleva a plantearse una  pregunta contra fáctica: ¿Tendríamos misa tradicional en Argentina si no se hubiese establecido con fuerza en nuestro país la FSSPX en los '70, soportado durante décadas el acoso y el ataque despiadado de obispos, sacerdotes y laicos?
3. La distribución geográfica de los prioratos y capillas de la Fraternidad es llamativa. Teniendo en cuenta que habitual y razonablemente ellos eligen sus lugares de fundación de acuerdo a la "demanda real" por parte de los laicos -puesto que no hay obispos que los llamen-,  resulta comprensible su presencia en ciudades como Buenos Aires, Córdoba, Mendoza o Salta, que son capitales de provincia y con grupos laicales de larga formación. Sin embargo, aparecen también lugares pequeños y apartados en los que, sin embargo, tienen una intensa actividad, como Curuzú Cuatiá o Mercedes, en Corrientes, o Laferrére, en el Gran Buenos Aires.
4. Es muy curioso también observar los lugares donde se celebra, y sobre todo donde no se celebra, la misa "motu proprio". Podríamos ser compresivos in extremis con la ciudad de Buenos Aires. Allí tuvo su guarida el cardenal Bergoglio y dejó la arquidiócesis convertida en un erial. Por otro lado, los fieles porteños tienen, además de la opción de la FSSPX, la posibilidad de asistir para cumplir el precepto a las liturgias de las iglesias orientales (armenios, ucranianos, maronitas o greco-melquitas) o bien, correrse hacia alguna iglesia del Gran Buenos Aires donde se celebre el rito romano tradicional. 
5. Resulta menos comprensible, en cambio, que no haya misa tradicional -ni "motu proprio" ni FSSPX- en ciudades tan importantes como Rosario, Santa Fe o Resistencia, en provincias del NOA como Catamarca o La Rioja, o en toda la Patagonia. ¿Cómo es posible, me pregunto, que en Rosario, la segunda ciudad del país, y en toda la provincia de Santa Fe no haya un mínimo grupo de laicos interesados en la misa y que la hayan solicitado a los obispos correspondientes, o a un cura cualquiera, tal como lo habilita el motu proprio Summorum Pontificum? Y por grupo mínimo de fieles el derecho canónico entiende tres personas. Con tres católicos sería razón suficiente para proveer la misa según su forma extraordinaria.
6. Sin embargo, resulta del todo incomprensible que la misma situación ocurra en la arquidiócesis de Paraná, y en toda la provincia de Entre Ríos. Paraná fue en los difíciles años '70 y '80 un remanso para los católicos argentinos. Bajo el gobierno de Mons. Adolfo Tortolo, su seminario se transformó en el lugar elegido por cientos de jóvenes para recibir una sana y católica formación sacerdotal. Allí se conservó el estudio de Santo Tomás, de los cantos latinos y del uso de la sotana, y allí enseñaron maestros como el P. Alberto Ezcurra, el P. Alfredo Sáenz, sj. y fray Marcos González, op. Y ellos, y los sacerdotes que formaron, sin duda alguna hicieron escuela no solamente en esa arquidiócesis, sino en otras del país. Me pregunto, entonces, cómo es posible que no exista en Paraná ningún grupo de laicos interesados por la liturgia católica. Por qué los buenos y numerosos laicos que allí viven se conforman con el caldo desleído de la misa de Pablo VI pudiendo, desde la promulgación de Summorum Pontificum, abrevar en la liturgia tradicional, aquella que se celebró en la Iglesia durante más de mil quinientos años. La primera y única respuesta que se me ocurre es porque no lo consideran un tema prioritario; tendrán quizás otras urgencias.  

lunes, 5 de agosto de 2019

Un triste y preocupante fracaso pontificio



Una frase remanida y con frecuente vigencia en Argentina, asegura que las crisis son oportunidades para el resurgimiento; yo agregaría que efectivamente es así, siempre y cuando la recuperación sea comandada por el líder apropiado. Caso contrario, la crisis sigue siendo una oportunidad, pero para profundizar la caída. Es lo que pasó en  nuestro país en 2002, la “salida” de la crisis quedó en manos del peronismo con los Kirchner a la cabeza, y así estamos; y es lo que pasó con la Iglesia en la crisis de 2013 con un papa renunciante: la recuperación quedó en manos del peronista Bergoglio, y el estado actual es terminal. (Moraleja: los argentinos somos la elección más inadecuada para liderar las recuperaciones y el peronismo el movimiento más deletéreo para gobernar).
Estas reflexiones acerca del erial en el que el papa Francisco ha convertido a la Iglesia luego de seis años de pontificado no son solamente propias de un argentino gorila, cercano a la tradición y que hace años abandonó los fantasiosos relatos del nacionalismo. Lo dicen muchos, de diversas formas y diversos ámbitos. Bergoglio recibió una Iglesia en crisis y tenía el poder y la oportunidad para encarar reformas profundas que eran no solamente necesarias sino también urgentes. Lo que hizo en cambio, fue agravar la crisis, jugando sus jueguitos personales y mezquinos, y el estado de postración en el que nos encontramos es evidente. 
Traduzco a continuación la editorial que publicó la semana pasada un diario regional italiano. La muestra me parece interesante. Nadie podrá atribuir a este medio de prensa oscuros intereses internacionales financiados por Donald Trump y asesorados por Steve Bannon, que es la excusa con la que el bergoglismo explica los ataques que sufre el pontífice.   Por el contrario, es la expresión del sentido común de una comunidad italiana, tradicionalmente católica, que describe lo que ve:

Estamos lejos del entusiasmo por el nuevo pontífice que caracterizó el primer periodo de su papado.
Más bien, el efecto Bergoglio no acaeció.
Los datos hablan con claridad: sigue cayendo el número de participantes en las audiencias papales, de los asistentes a misa, de las ofrendas para el óbolo de Pedro, de los italianos que firman el 8 por 1000 para la Iglesia católica.
Más aún: muchísimos artículos de periodistas católicos, también sacerdotes, aparecen todos los días en diarios de todo el mundo para refutar los discursos, las palabras y los nombramientos de Bergoglio.
Mientras que con Benedicto XVI era evidente que había comenzado una recuperación religiosa e incluso cultural, y que la crítica a la Iglesia provenían sobre todo de ámbitos externos, hoy es el mismo mundo católico quien ya no reconoce a su Pastor.

Sacerdotes, obispos y cardenales se acercan con frecuencia a audiencias privadas con Benedicto XVI a fin de encontrar una palabra de consuelo y esperanza. 
Lo que más desconcierta a muchos católicos es que Bergoglio no parece mínimamente interesado por la fe, o por Cristo, o por la oración, sino más bien por la sociología o la política. Bergoglio tiene algunas ideas fijas, entre las que se encuentran los inmigrantes y el ecumenismo, pero no parece que tuviera la más mínima lectura cristiana de estos acontecimientos. Por ejemplo, su afirmación según la cual los cristianos y los islámicos tendrían “el mismo Dios”, hizo enfurecer a los cristianos de Medio Oriente que frecuentemente pagan con su sangre la fe en Cristo, asesinados por los mahometanos.
En cuanto a la moral, son muchos los que no entiende que, más allá de alguna declaración extemporánea, no se haya interesado en hacer nada para promover la vida y la familia y por oponerse a la ideología de género, al matrimonio gay o a la eutanasia. El disenso, como se dice, se expresa de muchas maneras.
En estos días, centenares de alumnos del instituto pontificio Juan Pablo II sobre la familia, lamentan que el Papa haya expulsado intempestivamente del cuerpo docente a profesores tales como Mons. Livio Melina y muchos otros, que eran muy estimados por los pontífices anteriores. 
Sobre todo causa alarma que aún hablando tanto de misericordia, Bergoglio margina sin piedad a teólogos, órdenes religiosas y obispos tradicionales, y llega a defender y proteger a obispos y cardenales con problemas ligados a pecados de corrupción o de homosexualidad, como el obispo argentino Zanchetta, porque son sus amigos o porque son cercanos a la marxistoide teología de la liberación.
La discontinuidad entre los pontífices precedentes y el actual, está lacerando la Iglesia, quizás nunca en la historia tan dividida, confundida y públicamente insignificante como en la actualidad. 
Los que tienen buena información, dicen que el próximo sínodo sobre la Amazonía será para Bergoglio un laboratorio de prueba muy difícil: varios cardenales muy autorizados como los alemanes Brandmüller y Müeller, han ya declarado en varias oportunidades que en el documento preparatorio aparecen varias herejías y que darán batalla.
Hay que ver que la primavera anunciada por los diarios, en particular los que tradicionalmente han sido más enemigos de la Iglesia, como Reppublica, no llegó: la Iglesia de hoy vive un frío invierno.


En la foto que ilustra esta entrada, se encuentran acompañando al venerable Sumo Pontífice, Mons. Eduardo Taussig, obispo de San Rafael; Mons. Samuel Jofré Giraudo, obispo de Villa María y Mons. Pedro Martínez Perea, obispo de San Luis.
Agradezco a Walter Kurtz por enviarme el artículo del diario italiano.


lunes, 29 de julio de 2019

lunes, 22 de julio de 2019

Mons. Juan Rodolfo Laise - R.I.P.



Mons. Juan Rodolfo Laise, OFMCap.
Obispo emérito de San Luis

22 de febrero de 1926 - 22 de julio de 2019

Euge serve bone et fidelis, quia in pauca fuisti fidelis
supra multa te constituam