viernes, 8 de noviembre de 2019

Dominus conservet eum


En la residencia papal de Castelgandolfo se alza un observatorio astronómico —uno de los más antiguos del mundo—, que se llama Specola vaticana. Con mucha oportunidad, alguien utilizó ese mismo nombre —Specola— para titular un blog alojado en Infovaticana desde hace dos años y medio, y cada día se vuelve más interesante e imprescindible de leer (he dejado su enlace en la columna de la derecha). Se trata, en principio, de un servicio diario de recogida, análisis y comentario de la información que sobre la Iglesia, la Santa Sede y el Vaticano aparece en la prensa generalista italiana. Su autor, sin embargo, comienza con una introducción o comentario que demuestra que se trata de una persona que conoce muy bien los pasillos y pasadizos vaticanos, y también a muchos de los monsignorinos que los recorren a diario y que, discretamente, le pasan información sobre los aires que se respiran en los sacros palacios.

El comentario que apareció hace apenas dos días es inquietante. Lo reproduzco porque creo que merece alguna reflexión:

Está en marcha la operación de sustitución del Papa Francisco. Hoy ya es noticia y lo que hasta ahora era un rumor ha saltado a los titulares. Antes de comentar las noticias de hoy tenemos que aclarar que para entender lo que está sucediendo debemos dejar a un lado la guerra entre ‘progres’ y ‘carcas’ que poco, o nada, tiene que ver con la realidad. El vacío de recientes muertes cardenalicias parece cubierto y entramos en un escenario en que todas las armas son necesarias en la batalla final el pontificado de Papa Francisco que ya está en acto.
El último libro de Gianluigi Nuzzi, su Giudizio Universale,  ha hecho saltar todas las alarmas y no precisamente por su contenido sino por su mera existencia. No es tolerable que podamos asistir a filtraciones periódicas y masivas de documentación interna de máximo nivel. Esto indica una institución en descomposición que va camino del precipicio y deja en evidencia tantas vergüenzas. El Papa Francisco no es un hombre de curia, en su vida ha tenido muy poca experiencia de los entresijos romanos, su consejero Maradiaga con los pastores en Belen, y el coro de jesuitas está en otra cosa, entretenido en los eLeGeBeTe, los calentamientos y los pecados ecológicos. La noticia de hoy es que ya está en marcha el plan para sustituir a Francisco por Parolin, que viene ensalzado por sus muchas virtudes y se presenta como el hombre justo que puede remendar tanto destrozo y confusión fruto de este pontificado.
El Papa Francisco no puede no saber y ha visto los movimientos. Parolin intenta mantenerse al margen de todo, el rumor interesado de su marcha a Venecia pretende hacer ver que con Francisco no se entiende y que no tiene nada que ver con todo lo que está sucediendo. Ha sido ignorado en el extraño suceso del asalto a su Secretaria de Estado. El Papa Francisco, como buen estratega, se ha dado cuenta y ha ofrecido en bandeja la cabeza de Gianni, por ahora, porque le quedan muy pocas que ofrecer. Esto no ha contentado a nadie y el dique de contención ha caído.
En este contexto tenemos que entender la medida, larga y calculada entrevista a Ruini. No es un tema menor, así lo hemos indicado desde el principio, y no por el contenido sino por el hecho de que exista. Es evidente que Ruini se lo dice a Juan para que lo entienda Pedro. Su estilo típicamente curial hecho de sonrisitas, abrazos, palabras suaves y nunca elevadas hacen de Ruini un elemento mucho más peligroso que otros presuntos ataques directos al Papa Francisco.

Ha navegado en el pontificado del ‘Rey de Polonia’ y del ‘Pastor Alemán’ con gran soltura. Ha sido llamado el ‘Maquiavelo’, el ‘doctor sutil’, siempre sonriente y sumiso pero maquinador sin límites. Ruini es vengativo y se mueve con dinámicas muy distintas de los llamados, despectivamente, los cuatro del Ave María, o del cardenal Sarah. Esto que estamos viviendo es otra cosa y han tomado la decisión de que es el momento de dejar fuera al Papa Francisco. No son tiempos de envenenamientos, pero asistiremos a la utilización de todas las armas a disposición para que el Papa Francisco, de la forma que sea, termine su pontificado.
Ruini, como cabeza visible, y todos los demás que están detrás, están limpiando la bandeja de plata para recoger su cabeza. El Papa Francisco está ante el peor momento, que muchos pensarán que se lo ha buscado, de su pontificado. Estamos en un mundo en que la fe ha desaparecido, se perdió hace tiempo en los laberintos de la pirámide, y los escrúpulos no existen. Silvestrini ha muerto pero vemos como entra en escena el latitante Ruini.
No olvidemos que todos estos se creen los únicos gestores del papado y que el papa reinante es solo un interino pasajero. El tradicional dicho vaticano: ‘el papa cambia, la curia permanece’ vuelve a ponerse en acto una vez más. Sobre Parolin como sucesor pensamos que es lanzar carnaza para que nos entretengamos mientras se cambia el escenario para el próximo acto.

Y el 5 de noviembre escribía el mismo Specola:
Hoy hay muchas noticias que son emanaciones de todo este cáncer interno que está descomponiendo a la iglesia católica como la hemos conocido hasta ahora. El cáncer no es otro que la apostasía general tan anunciada y tan increíble. Non enfrentamos a personas que han tenido fe, o al menos han vivido como si la tuvieran. Se respira una enorme falta de paz en muchas personas que viven amargadas ante una situación personal bipolar. Tienen que vivir como si tuvieran fe, han convertido su ministerio en un trabajo del que comen pero en el que no creen y no pueden soportar a su lado a nadie que le recuerde, ni de lejos, la fe que un día tuvieron. No son indiferentes, no pueden serlo, porque han echado a Dios de sus almas y pretenden echarlo de la iglesia para poder sentirse a gusto. Prefieren pensar que su situación es la ideal y ridiculizar sus propios pasados. La falta de fe lleva a la desesperación y se está notando demasiado. Todo esto está detrás de una descomposición anunciada y de un caos perpetuo del que solo podemos salir sí volvemos a poner a Jesucristo en el centro de nuestras almas y, por extensión, en  el centro de la vida de la iglesia y de la sociedad.

Algunas conclusiones:
1. Como dijimos en este blog desde el mismísimo 13 de marzo de 2013, Bergoglio es un puntero porteño que pensó que se iba a llevar por delante la curia romana por el sólo hecho de ser argentino y porteño. Imposible. Lo único que hizo fue destrozos a mansalva, hasta en la fe, y no logró ni siquiera poner el primer ladrillo de la tan cacareada reforma curial.
2. Los verdaderos enemigos del Papa Francisco, y él lo sabe, no son los conservadores y tradicionalistas. Los “cuatro del Ave María” o el cardenal Müller son, en el peor de los casos, apenas mosquitos molestos, y en el mejor, objetos de burla, sobre todo cuando los ve ataviados con sus largas caudas y capelos. 
Sus verdaderos enemigos son los curiales, que no son ni progresistas, ni conservadores ni católicos. Son funcionarios que si alguna vez tuvieron fe, hace mucho que la perdieron, y que quieren seguir viviendo en medio de los lujos, los placeres, los dineros y el poder que se mueven por entre las callejas de la Ciudad del Vaticano. Y no están dispuestos a abandonar estos privilegios; aunque tengan que rodar cabezas, que ya la historia los ha provisto de mucha experiencia en estos menesteres.

3. En 1999 apareció en Italia un libro titulado Via col vento in Vaticano. Lo leí enseguida, estando yo en esas épocas viviendo en Roma. Estaba escrito, bajo seudónimo, por un oficial de la curia retirado, que decidió dar a conocer algo de lo que sucedía detrás de las sacras murallas. Comparado con lo que hoy sabemos, el relato es tan inocente como un cuento de Grimm. Pero recuerdo que dedicaba mucho espacio a hablar del cardenal Silvestrini, a quien sindicaba como cabeza de una de las cordatas, o mafias, que se movían dentro de la Santa Sede, encargada de promocionar a sus validos, acrecentar su poder y engordar sus cofres. En ese momento me pareció un detalle aburrido e insignificante. Ahora veo de qué se trataba realmente. Juan Pablo II los dejó tranquilo. No se metió con la curia y jugó su propio juego de histrionismo planetario. Pero no sería extraño que hayan sido justamente estas cordatas las que, con más fuerza que el club de San Galo, hayan forzado la renuncia del Papa Benedicto XVI, luego que le fueran entregadas la enorme caja con los informes de los cardenales Herranz, Tomko y De Giorgi que, misteriosamente, desaparecieron luego de que le fueron públicamente consignadas a Francisco. 
4. Finalmente, me pregunto si no será mejor tener como papa a Francisco y no a uno de estos demonios atragantados de ambiciones mucho más sutiles de las que puede alimentar el pontífice porteño. En definitiva, Bergoglio no es más que un macaco que intenta imitar con sus cómicas destrezas los delicados movimientos de los verdaderos y peligrosos trapecistas. Quizás sea preferible tener a un volatinero de circo de barrio como Papa y no a un artista del Cirque du Soleil. Por eso, los tradicionalistas haríamos bien, cuando cantamos el Christus vincit, de incluir nuevamente la estrofa que dice Dominus conservet eum.
Y como dice mi amiga, Virgencita, virgencita, que me quede como estoy.


martes, 5 de noviembre de 2019

Racionalidad I: el celibato


Lo propio del hombre, lo que lo distingue de los animales, es su razón. Y el hombre es más hombre y se comporta de un modo más acorde a su naturaleza cuando actúa racionalmente. En cambio, cuando actúa movido por las pasiones, se asemeja a las bestias. 
Estos principios básicos de la antropología aristotélica, asumida luego por el cristianismo, los conocemos todos, y creo que acordamos con ellos. Pero no siempre actuamos de acuerdo a ellos; es decir, no siempre actuamos racionalmente, o al menos todo lo racionalmente que se espera. Y digo esto por muchas de las reacciones a las últimas entradas de este blog. 

Nadie podrá decir que soy un defensor del Papa Francisco. Desde el mismísimo día de su elección advertí acerca de la catástrofe que significaría para la Iglesia la llegada a la sede de Pedro del arzobispo de Buenos Aires, y fueron muchos los que me censuraron por actitud tan negativa. El tiempo terminó dándome la razón, y mi opinión sobre Bergoglio no ha cambiado. Sin embargo, una cosa es ser racionalmente críticos del Papa Francisco y otra muy distinta es dejarse inundar por la pasión —o el demonio— de la ira, y criticar absolutamente todo lo que hace el pontífice por el simple hecho que el que lo hace es él. Y a tal punto llega la ceguera, que niegan incluso la evidencia. Como la misa de conclusión del sínodo de la Amazonia fue sobria y sin ningún detalle pagano, algunos sitios tradicionalistas han descubierto que la plantita que el Santo Padre ordenó poner sobre el altar papal era en realidad una ofrenda a la Pachamama y, por lo tanto, constituyó un sacrilegio. Seguramente esos mismos medios olvidaron la misa de clausura del sínodo de Oceanía celebrada en 1998 por Juan Pablo II, cuando hombres en taparrabos danzaron en torno al mismo altar papal. En este caso, no habría existido sacrilegio ni escándalo.
Pero la irracionalidad va más allá de comparar actitudes litúrgicas. Se asumen postulados tomados de no se sabe qué sitios o personas, y se defiende contra toda evidencia como si se tratara del dogma de la Santísima Trinidad. No es cuestión de exigir que se expresen solamente los eruditos, pero sí un mínimo de seriedad para consigo mismo y para con los demás a la hora de tomar posiciones y apasionarse con ellas. 
Y al respecto, tengo dos ejemplos que trataré en sendas entradas. Y el primero es la cuestión del celibato. Lo que yo afirmé en el post titulado Macondo fue que, en el documento final del sínodo, resultaba más grave la insistencia en admitir a las mujeres al diaconado o a algún otro ministerio —u orden menor—, que la posible ordenación de hombres casados, puesto que el primer caso tocaba una cuestión relativa al dogma, y el segundo a la disciplina. Y esto levantó una oscura polvareda porque muchos le dan igual importancia a la relajación del celibato que a la negación de la divinidad de Nuestro Señor.
Seamos, entonces, racionales y veamos las cosas como son.
Resulta claro que la Iglesia mostró desde su época más temprana su preferencia por un clero célibe, pero la imposición de esta condición se realizó lentamente, con mucho esfuerzo por parte de algunos y resistencia por parte de otros, y se dio solamente en los clérigos latinos, pues los otros ritos conservan la posibilidad de ordenar para las órdenes mayores a hombres casados. 
Los hitos históricos de la cuestión son los siguientes:
1. El concilio de Elvira, en el año 300, prohibe en su canon 33 que los obispos, sacerdotes y diáconos casados mantengan relaciones sexuales con sus esposas. Si no aceptan este matrimonio célibe, en el que se vive como hermanos, deben ser expulsados del estado clerical. No se prohibe el matrimonio de los clérigos, sino el ejercicio de la sexualidad dentro del matrimonio. Este concilio afectó a una parte muy pequeña de la península ibérica.
2. En el concilio de Nicea de 325, a instancias del obispo español Osio de Córdoba, se propuso que se estableciera la norma del celibato para todos los clérigos, pero la votación resultó negativa debido a la oposición del obispo Pafnucio de Tebas que, aún siendo él mismo célibe, no creía que debía imponerse a todos esta condición (PG LVII, 101-104; 905).
3. Los datos históricos muestran que la situación era compleja y discutida a tal punto que, veinte años después de Nicea, el concilio de Gangra dispuso que: “Si alguno sostiene que es contrario a la ley acercarse a la eucaristía cuando es celebrada por un sacerdote casado, que sea anatema” (Hefele-Leclercq, Histoire des Conciles I, 2, 1029-49). 
4. Durante los siglos IV y V puede observarse que toda la literatura patrística considera que las relaciones sexuales de los clérigos con sus esposas los hace indignos de sus ministerio. Y el motivo es que la vida célibe los ubica en un estrato superior ya que el matrimonio es solamente una concesión a la debilidad del hombre y una consecuencia del pecado. En este sentido, San Ambrosio, uno de los grandes doctores de la Iglesia, escribe a los sacerdotes: “… vosotros debéis permanecer alejados de toda intimidad conyugal, porque sabéis que tenéis un ministerio, total e inmaculado, que nunca debe ser profanado por las relaciones sexuales”.(Acerca de los oficios de los ministros 1.50, PL XVI, 97-8). Eusebio de Cesarea advierte: “Corresponde a los consagrados y a quienes han tomado la tarea de servir al Señor abstenerse de relaciones con sus esposas” (Demostraciones del evangelio 1.9; PG XXII, 81). San Jerónimo, con su vehemencia característica, advierte: “Frente a la pureza del cuerpo de Cristo, toda unión sexual es impura” (Contra Joviniano 1.20; PL XXIII, 249). Y San Cirilio de Jerusalén enseña en sus Catequesis: “Aquél que desee servir correctamente al Hijo debe abstenerse de la mujer” (13.25, PG XXIII, 758).
5. El sínodo de Trullo de 692 estableció que los obispos debían ser célibes, y que si estaba casado cuando era elegido, su mujer debía ingresar a un convento. Todos los otros clérigos podían casarse antes de su ordenación pero no podrían hacerlo luego de ésta. En caso de enviudar, el sacerdote debía permanecer célibe.
6. En estos siglos —V al VII— pareciera que, aunque se privilegiaba el celibato, no era condición exigida para las órdenes mayores. De hecho, dos papas de esa época eran casados: Agapito I (535-36) y Adrián II (867-72). Incluso existía una bendición especial que se daba en la liturgia a la mujer del sacerdote en el día de la ordenación de su marido. Era llamada presbyterissa y vestía de modo particular (New Catholic Encuclopedia III, 374).

7. San Gregorio Magno reafirmó la legislación según la cual en la iglesia romana incluso los subidáconos debían ser célibes (PL LXXVII, 506), lo cual muestra la falta de criterios comunes y la diversidad y cambios de costumbres en la época que comentamos. Los concilios y sínodos de los cuatro siglos posteriores muestran que resultó imposible para la iglesia latina prohibir el matrimonio a los clérigos mayores. 
8. El Papa Benedicto VIII (1012-1024) sostuvo en el concilio de Pavía que los sacerdotes casados debían ser obligados renunciar. El obispo de Verona le respondió que, si hiciera eso, su diócesis se quedaría sin sacerdotes (Ratlier de Verona, Cartas, PL CXXXVI, 585-86).
9. Poco tiempo después, el concilio de Bourges en 1031, bajo el pontificado de Juan XIX, estableció que: “Está prohibido a los sacerdotes, diáconos y subdiáconos tener esposas o concubinas. Si se niegan a dejarlas, podrán actuar solamente como lectores o cantores. Del mismo modo, prohibimos a todos los clérigos de ahora más casarse o tener concubinas” (Mansi V, 19, 553). 
10. El papa León IX, en el sínodo de Mainz (1049), prohibió que los sacerdotes fueran casados (MGH VII, 346-7). 
11. Pareciera que en el siglo XI se endurece la ley del celibato, no solamente por el caso del ejemplo anterior, sino también porque el sínodo pascual de Roma de 1051, ordenó que las esposas y amantes de los sacerdotes fueran esclavizadas. Se convertirían en ancillae del palacio de Letrán.
12. Es esta la época de San Pedro Damián, que con tanta fuerza se opuso no solamente a los sacerdotes casados, sino también a todos aquellos que llevaban una vida inmoral con amantes femeninas o masculinos. Recordemos sus obras Liber Gomorrhianus y Sobre el celibato de los clérigos
13. Pero no todos aceptaban la opinión de San Pedro Damián. El obispo Ulrico de Imola afirmaba que el celibato debía surgir de una convicción personal del sacerdote, y no de una disposición institucional, puesto que el matrimonio era bueno. Su libro sobre esta cuestión fue condenado por el papa Gregorio VII.
14. Fue justamente este papa, autor de la conocida Reforma gregoriana, el que con mayor ahínco postuló el celibato sacerdotal. Pero no todos lo aceptaban. Los clérigos de la diócesis de Milán afirmaban que el derecho a casarse era parte de las costumbres de su iglesia y que no les podía ser arrebatado. 
15. En 1073, en el sínodo cuaresmal de Letrán, Gregorio VII, siguiendo al concilio de Nicea, estableció que ningún sacerdote casado podía oficiar la eucaristía (canon 17). Pero también tuvo objeciones. El obispo Lanfranco de Canterbury le comunicó que si aplicaba esa legislación, Inglaterra se quedaría sin sacerdotes. El Papa Gregorio, entonces, permitió que los decretos conciliares fueran aplicados gradualmente.
16. El concilio de Clermont de 1095, conocido por haber llamado a la primera cruzada, establece en su canon 1: “Ningún ministro de la Iglesia, sacerdote, diácono o subdiácono, puede tener esposa. Si alguno de ellos la tiene y celebra la Santa Misa, que permanezca condenado hasta la venida del Señor” (Mansi, XX, 906).
17. Pero volvemos a observar una gran resistencia a cumplir estos mandatos. El historiador Oderico Vitalis relata el caso del obispo Godofredo de Ruan que, cuando quiso las directivas conciliares a los sacerdotes de sus diócesis reunidos (parece que ya en esa época existían las reuniones de clero), se produjo un gran tumulto que tuvo que ser sofocado por los guardaespaldas del prelado. Luego, los sacerdotes se amotinaron y expulsaron al obispo de la catedral (The Ecclesiastical History of Orderic Vitalis, vol. 3, Oxford, 1968–1980).
18. El II Concilio de Letrán de 1139 prohibió la ordenación de hombres casados. Se trató en este caso de un concilio ecuménico y es, por tanto, la medida que mayor fuerza posee. Pero aún así, hubo esfuerzos posteriores por levantar la prohibición tanto en el concilio de Constanza como en el concilio de Trento, como ya vimos en el post anterior. 
19. A pesar de la prohibición del segundo Concilio Lateranense, pareciera que hasta la férrea aplicación del Concilio de Trento —es decir, entre los siglos XIV y XVI —, fue habitual en la iglesia latina la existencia de sacerdotes casados.

Luego de este largo y tedioso recuento histórico, las conclusiones a las que llego son las siguientes:
a. La Iglesia siempre prefirió el celibato de sus clérigos. Esto queda demostrado en las numerosas intervenciones de concilios, sínodos y papas.
b. A pesar de esta explícita preferencia y a pesar de las numerosas razones espirituales y ascéticas que recomiendan el celibato, siempre hubo resistencia a aceptar la norma y las discusiones al respecto, algunas de ellas muy acaloradas, llegaron hasta bien entrado el siglo XVI. Por lo tanto, que algunos obispos planteen nuevamente la necesidad de revisar el celibato sacerdotal no resulta novedoso para la historia de la Iglesia, ni el mundo se está por acabar porque eso ocurra.
c. Resulta claro que el celibato es una cuestión estrictamente disciplinar, lo cual no significa que sea meramente un capricho de los papas y de los obispos. Por el contrario, las razones de la norma se hunden en la espiritualidad evangélica, pero no puede considerarse una cuestión que tenga que ver con el dogma, y tampoco un requisito esencial para el sacerdocio. Si así no fuera, la iglesia habría ordenado inválidamente hasta el siglo XVI cientos de miles de sacerdotes, y lo continuaría haciendo aún hoy día en Oriente.
d. Finalmente, si a partir de las conclusiones del sínodo de la Amazonia, el Papa Francisco permitiera la ordenación de sacerdotes casados, eso constituiría un gravísimo paso atrás, puesto que se estaría echando por tierra un logro alcanzado luego de muchos siglos de luchas y discusiones. Pero aún así, no implicaría menoscabo alguno para la fe católica

viernes, 1 de noviembre de 2019

Nuestra frustrante finitud

Estimado Wanderer: Ahí le mando traducción de un breve artículo escrito por un protestante americano de origen presbiteriano como botón de muestra de la lucidez y agudo caletre en tantos de nuestros “hermanos separados”—por la religión y por la lengua (¿y cuándo los católicos de lengua castellana aprenderemos a pensar y escribir así?). Cordialmente, J. T.  


Nuestra frustrante finitud

por Peter J. Leithart



El escritor Raymond Tallis comienza su libro Of Time and Lamentation (que quizá se podría traducir como Lamentaciones sobre el tiempo) con una conmovedora descripción de cómo él experimenta el tiempo. Despertando a la mañana, dice que se encuentra “menos inclinado a reflexionar sobre el hecho de que un nuevo día ha llegado que al hecho de que todavía otro día más se ha ido”. ¿Y bien? Esa es una de las utilidades de la edad. Tallis promedia los setenta años y, colocado “en algún lugar entre la hora de la cena y medianoche, en el día de mi vida”, sabe que “el período durante el cual todavía permaneceré en control de mis capacidades, especialmente la capacidad de pensar, probablemente será mucho más breve que la cantidad de tiempo que me queda”. El ayer brillaba con sus promesas porque poseía “más del futuro que lo que hace al presente”. En momentos de lucidez, caemos en la cuenta de que además de ser seres temporales, también somos seres contingentes. Aquí no hacíamos falta. El universo habría quedado perfectamente contento y permanecido prácticamente igual si nunca hubiésemos existido. Y además somos dependientes—del oxígeno que respiramos, del agua que tomamos, de la comida que comemos, de la inimaginable y compleja trama de procesos corporales que operan enteramente fuera de nuestra conciencia, de la amistad y del amor. No sabemos todo lo que hay por saberse. Algunas cosas no podemos saber, algunas otras todavía no las sabemos; otras son sabidas por otros, pero no por nosotros. Nuestras debilidades e ignorancia nos fastidia. Nuestra finitud nos frustra.
Y Tallis vuelve todo esto más melancólico al fusionar realidades que el cristiano distingue. Para Tallis, vivir en el tiempo es vivir camino a la muerte. En cambio, los cristianos, creen que la muerte entró al mundo sobre los talones del pecado (Rom. 5:12-21). Pero también es cierto que a veces consideramos la finitud del hombre como una condición trágica. Damos de mano con las cosas que nos irritan y concluimos que seguramente han de ser resultado de la Caída. Estamos tentados de creer que si no fuésemos seres caídos, no estaríamos atados al tiempo, no seríamos así de ignorantes, de dependientes. Que si no fuésemos seres caídos, no seríamos seres finitos. A menudo los cristianos resbalamos hacia una especie de inconsciente “gnosticismo” por el que creatureidad y caída se nos hacen equivalentes.
Pero desde sus primeras páginas, la Escritura trata a la finitud como parte de la creación que Dios llamó “muy buena”. Cuando el primer día de la semana de la Creación, Dios trae la luz a la existencia. La luz dispersa la oscuridad original, pero Dios no elimina la oscuridad—al menos, no todavía. En lugar de eso, pone a la luz y a la oscuridad a danzar rítmicamente al compás del día y de la noche, baile que forma los atardeceres y los amaneceres de cada día desde entonces. Aquel ritmo temporal es bueno, y cuando Dios delega el gobierno del día y de la noche en las lumbreras celestiales, dice que eso es “bueno” también (Gén. 1:14-16). 

Tallis dice que el tiempo es “inflacionario”. A medida que los años pasan el tiempo parece acelerarse a raíz de “la significación cada vez menor de las novedades y los acontecimientos diarios que llenan nuestras horas”. A medida que se acumulan los momentos, el valor de cada momento disminuye. Pero el tiempo también contaría con esta calidad inflacionaria aun para una persona inmortal. Indudablemente Matusalén lo había visto todo, y habría visto aun más si hubiera vivido durante milenios en lugar de los escasos 969 años que le tocaron en suerte.
Incluso sin la muerte, los momentos se acumularían y el tiempo padecería de inflación. La inflación del tiempo está inextricablemente unida a la existencia finita. Y con todo, Dios dice, “esto es todo muy bueno”. 
Para vivir, hemos de alimentarnos, convirtiendo al mundo en parte nuestra. De acuerdo a Génesis I, siempre fue así. Antes de que Eva y Adán comieran del fruto prohibido, Dios les ofreció toda clase de plantas y frutas como comida (Gén. 1:29-30). Adán y Eva no hubieran podido cumplir con su cometido de crecer y multiplicarse individualmente, sin la participación del otro. La diferencia sexual y la recíproca dependencia constituyen rasgos del diseño mismo, no es un error. Los seres humanos no nos convertimos en seres dependientes después de la Caída. Fuimos creados seres dependientes. Y Dios dice, “todo es muy bueno”. 
La condición original del hombre es una condición de temporalidad, de contingencia, de dependencia, de ignorancia. Constituiría una condición trágica sólo si diésemos por supuesto que estábamos destinados a ser eternos, independientes, omniscientes y omnipotentes como el mismo Dios. No es así. Somos creaturas, y nuestras limitaciones son parte “muy buena” de la creación. Si la finitud resulta frustrante, es porque constituye una frustración original, una frustración concomitante con la creación. Y eso significa que en realidad no puede ser una verdadera frustración. La verdad es que nuestra finitud es más bien una gloria, un don del Dios que declara que todo es muy bueno.  


Tradujo Jack Tollers.

lunes, 28 de octubre de 2019

Macondo


El sínodo de Amazonía no pasará a la historia de la Iglesia por sus aportes teológicos ni tampoco por su novedades, visto que el documento no es más que una colección interminable de lugares comunes y bláblás coyunturales que, dentro de cinco años, serán ya viejos. Pasará a la historia por lo grotesco. Así como al concilio de 692 se lo conoce como “Concilio Trullano” por la sala del palacio imperial de Constantinopla donde se reunió, el sínodo de la Amazonía bien podrá ser recordado como el sínodo de Macondo.


El surrealismo que es capaz de alcanzar el Papa Francisco con sus iniciativas y sus manejos pueden superar incluso la imaginación de García Márquez. Comenzamos con postraciones frente a algunos idolillos en los jardines vaticanos y terminamos con un acto de culto a la Pachamama —así llamada oficialmente por el Santo Padre— entronizada en su canoa, en la iglesia de la Traspontina, tal como lo muestra la foto de la derecha.
Estimo que la pobre Pachamama estará bien aferrada a su piragua luego del susto que pasó cuando fue arrojada al Tiber por un par de jóvenes rígidos. Afortunadamente, pudo ser rescatada ella y sus compañeras por valientes carabinieri italianos, a quienes el Papa Francisco confió públicamente su custodia y protección. Al menos encomendó esta tarea a la policía; podría haber implorado la protección de Santa Rosa de Lima sobre la Pachamama, del mismo modo en que Juan Pablo II pidió públicamente a San Juan Bautista que protegiera al Islam el 21 de marzo del 2000. 

Debemos agradecer también que en la misa de clausura, celebrada ayer en la basílica de San Pedro, no asistimos a ningún impúdico espectáculo, como ocurrió en 1998 cuando el Papa Juan Pablo II clausuró el sínodo de Oceanía y en su presencia, en medio de santa misa y bajo el baldaquino del altar papal, danzaron hombres semidesnudos como puede verse en la fotografía de la izquierda.
No hay muchas cosas nuevas bajo el sol. 
Pero podemos sacar algunas conclusiones más profundas del sínodo de Macondo:
En primer lugar, el sínodo de la Amazonía fue un sínodo preparado por europeos y protagonizado por europeos que utilizaron a los indígenas para proyectar sus propias ideas de lo que los indígenas deben ser e imponer de ese modo reformas en la Iglesia. Un craso y descarado neocolonialismo. Tengo profundo respeto por los pueblos amazónicos como por los pueblos africanos, por ejemplo, y he sido testigo en innumerables ocasiones de la piedad que y devoción demuestran hacia nuestra fe. Basta con ver en el video de la ceremonia pagana de los jardines vaticanos, ideada por europeos, la devoción con la que los indígenas se hacen la señal de la cruz, esa misma cruz que sus evangelizadores le niegan. Por eso, me parece denigrante y me enfurece que los occidentales los manipulen para sus propios fines. Y no es la primera vez que sucede. En los ’60, la Universidad Católica de Lovaina entregó generosas y numerosísimas becas para que religiosos latinoamericanos fueran a estudiar allí, donde fueron adoctrinados con el marxismo en boga y los nuevos aires que se respiraban. Luego volvieron a sus países y comenzaron no solamente la teología de la liberación sino también la lucha armada. Mientras sus profesores teorizaban sobre el imperialismo y los oprimidos tomando cerveza belga, en América Latina se mataban entre hermanos. Baste recordar el caso del colombiano P. Camilo Torres, o del argentino Enrique Dussel.
En el caso del sínodo tuvimos una series de pachamamas que eran estilizadas mujeres embarazadas diseñadas por algún artista europeo, talladas en madera (¿dónde quedó el respeto por la madre tierra y por el hermano árbol?) y que a los amazónicos no les dice nada porque, si ellos quisieran representar a esa diosa, ciertamente no lo haría con un gusto artístico típicamente occidental. 
A Mons. Rino Fisichella se le ocurrió proponer la creación de un “rito amazónico”, y creo que todos podemos imaginar quiénes serían los pergeniadores de ese hipotético rito: un obispo austríaco, tres curas franceses y dos monjas alemanas. Agregarían a cuatro amazónicos a quienes les dirían qué deben decir y les explicarían cómo deben rendir culto a Dios. 
Los amazónicos genuinos del sínodo no fueron más que figurantes de un paso folclórico preparado por europeos. En pocas palabras, los utilizaron. Causaba pena verlos caminar por las calles de Roma, vestidos como occidentales, con un plumero en la cabeza y un par de pintarrajos en el rostro. ¿Alguien piensa que ellos utilizan esos atuendos en sus pueblos o villorios? Claro que no, y la prueba está en las mismas declaraciones de los padres sinodales que se lamentaban porque los jóvenes amazónicos pasan demasiado tiempo navegando en la web con sus celulares y, de ese modo, olvidan de sus costumbres. 
En cuanto a los cambios o peligros para la fe y la tradición que aparecen en el documento final del sínodo, creo que hay que ser cautos, y en primer lugar esperar la exhortación apostólica para ver hasta dónde se anima a llegar Francisco. Pero veamos los temas más espinosos.
En primer término, no se habla propiamente de la posibilidad de “sacerdotes casados” sino de “hombres casados ordenados sacerdotes”, los famosos viri probati, y tiene sentido señalar el matiz. Aunque valoro y considero un tesoro de la iglesia latina el celibato sacerdotal, lo cierto es que se trata de un medida disciplinar bastante reciente, que no tiene vinculación dogmática. Las iglesias orientales —católica y ortodoxa—, conservaron siempre el uso apostólico de ordenar hombres casados, y sin embargo conservaron la fe a pesar incluso de las terribles persecuciones que sufrieron en la época comunista. La fe no se pierde ni se deteriora por tener hombres casados que sean sacerdotes. 
En segundo lugar, no viene mal recordar que la introducción del celibato optativo fue pedido con insistencia por muchos padres durante el Concilio de Trento, y no lo pedía para la Amazonía, lo pedían para Europa. Segismund Baumgartner afirmó estar convencido de que en los países de habla germánica los católicos fieles y piadosos habían llegado a la conclusión de que “un casto matrimonio es preferible a un celibato deshonesto: castum matrimonium contaminato coelibatui praeferendum”. Pronosticó, además, que la situación continuaría deteriorándose, a no ser que, en conformidad con los usos y costumbres de la Iglesia primitiva fueran admitidos a las órdenes sagradas varones bien formados y casados. Meses más tarde, se le pidió directamente al papa autorización para que “varones casados, rectos y bien formados, pudiesen realizar ciertas tareas eclesiásticas, especialmente predicar la palabra divina” (Concilium tridentinum:… VIII, pp. 620-626.). Pío IV transmitió la petición a los legados, pidiéndoles que le hiciesen saber cuanto antes cuál era su opinión al respecto. El celibato optativo para los sacerdotes latinos no es un invento nuevo de los progresistas. Fue un reclamo que existió siempre en la Iglesia, con más o menos fuerza, pero siempre estuvo presente.
Pero creo que no debemos asustarnos. Ningún obispo —al menos ningún obispo argentino— ordenará sacerdotes casados. El documento sinodal es muy claro cuando dice que todos estos ministros nuevos o nuevos enfoques de los ministerios, deben estar sostenidos económicamente por la iglesia. Los obispos actualmente son incapaces de mantener a un cura célibe y, con mucha suerte, le pagan un seguro médico; ni hablar de sueldos, jubilaciones, vacaciones, aguinaldos y demás beneficios. ¿Alguien piensa que estarán dispuestos a mantener a una familia “presbiteral”? No entremos en pánico. Los obispos tienen otras prioridades para sus dinerillos.

El segundo punto álgido fue el de las diaconisas, que Francisco sorteó según el modo peronista. A pesar de que hace varios años se había reunido una comisión que determinó que no hay evidencia alguna de la existencia en la Tradición de mujeres diaconisas, Bergoglio nombró en 2016 otra comisión para estudiar nuevamente el tema, la cual llegó a resultados similares: no hay evidencias. ¿Qué hizo frente al pedido amazónico? Afirmó que nombrará una tercera comisión que volverá a estudiar lo que ya está estudiado, refrendado y publicado. Ya sabemos, entonces, a qué conclusiones llegará. Lo que no sabemos es cuándo llegarán a esas conclusiones, pero seguramente será dentro de varios años. Peronísticamente, el Papa nombró una comisión y pateó el problema para adelante.
Me parece, además, que hay que prestar atención al discurso de Francisco del 26 de octubre en el que insistió en que el papel de la mujer en la Iglesia no debe ser visto solamente desde la funcionalidad: “…su papel va mucho más allá de la funcionalidad”, dijo. ¿Qué quiere decir esto? Sencillo, no es necesario que las mujeres desempeñen “funciones” en la Iglesia como ser diaconisas, o sacerdotisas o cardenalas. Su papel y su lugar es otro, y desde allí son valoradas. Bergoglio nunca firmará el cheque de las diaconisas.
El punto que considero preocupante es el 102 del documento sinodal en el que se dice: “Pedimos revisar el Motu Propio de San Pablo VI, Ministeria quedam, para que también mujeres adecuadamente formadas y preparadas puedan recibir los ministerios del Lectorado y el Acolitado, entre otros a ser desarrollados.”. El documento al que se hace referencia es el que eliminó las órdenes menores y, además, dice en su punto VII: “La institución de Lector y de Acólito, según la venerable tradición de la Iglesia, se reserva a los varones”. Si esto fuera reformado, sería un hecho grave porque se trataría de una verdadera innovación, ya nunca en toda la Tradición de la Iglesia las mujeres recibieron órdenes menores o ministerios, lo cual equivaldría de alguna manera a incorporarlas al estado clerical, y el camino para el diaconado femenino quedaría expedito.
En 1992 Juan Pablo II determinó, innovando contra toda costumbre y tradición, que las mujeres podían ayudar en misa —las famosas monaguillas—, y en las misas que él mismo celebraba en las parroquias de Roma, era servido frecuentemente por adolescentes mujeres vestidas de alba. Fue un hecho gravísimo, sobre el que alertaron los liturgistas más prestigiosos y no precisamente tradicionalistas. Esperemos que el ejemplo del Magno Polaco no sea copiado por el Parvus Argentino.


sábado, 26 de octubre de 2019

Pontifical en San Pedro - Peregrinación Summorum Pontificum


Misa Pontifical celebrada por Mons. Rey, obispo de Frejus-Tulon, en la basílica de San Pedro
en ocasión de la VIII Peregrinatio Populus Summorum Pontificum
el sábado 26 de octubre de 2019.

lunes, 21 de octubre de 2019

Dioses que no salvan


Los grupos católicos conservadores han hecho bastante jaleo en los últimos días debido a los ritos aparentemente paganos que tuvieron lugar en los jardines vaticanos y en presencia del Santo Padre poco antes de la apertura del sínodo de la Amazonía. Y además, de la permanente presencia en el aula sinodal y en otras ceremonias —como un vía crucis el último viernes o las celebraciones diarias en la iglesia de Santa María in Traspontina— de una talla representando a una mujer embarazada.

En dos ocasiones una periodista preguntó sobre este tema en la conferencia de prensa diaria sobre la marcha del sínodo, frente a la sorna de sus colegas, y en ningún caso tuvo respuestas claras por parte de los responsables de responder. Pueden ver lo ocurrido el viernes aquí. Lo que dijo el portavoz vaticano es que no se debe ver el mal donde el mal no está, que esa mujer preñada no es un ídolo y que en los jardines vaticanos no se realizó un ritual pagano. 
Analicemos el caso.
1. Debemos reconocer que algunos católicos conservadores tienen tendencia a ver conspiraciones, demonios y profecías en todas parte. Y todos conocerán a más de un amigo o conocido que es experto en descubrir masones, judíos o brujas. Por eso, en estos casos, es prudente ir despacio y ser cautos. Como bien decía el funcionario vaticano, no es cuestiones de andar viendo males por todos lados.
2. No soy especialista en ídolos y no sé si esa figura que se pasea en canoa por todo el Vaticano es uno de ellos. Lo que sabemos es que se trata de la talla de madera de una mujer embarazada que representa la fertilidad.  
3. Lo que puede constatarse, entonces, sin entrar en interpretaciones retorcidas, es que el 4 de octubre se realizó algún tipo de ceremonia inusual en los jardines vaticanos, que puede verse en su totalidad aquí. Nos interesa particularmente lo sucedido entre el minuto 7 y el minuto 14. Allí se ve claramente cómo un grupo de amazónicos —mitad originales, mitad alternativos, porque habían muchos europeos infiltrados—, realizan una danza ritual y luego se postran rostro en tierra en torno a una serie de elementos que han traído procesionalmente y depositado sobre un tapiz: agua, tierra, semillas y la talla de la mujer embarazada. Según nos explica el guía de la ceremonia, se trata de los elementos que simbolizan la fertilidad. Intentemos una interpretación de estos hechos.
4. Lo primero que llama la atención es que en ningún lugar aparezca la cruz, el símbolo de nuestra redención. Estimo que los misioneros que evangelizaron la Amazonía habrán llevado en sus canoas la cruz: “Vexilla regis prodeunt…”. Los nuevos cristianos amazónicos de visita en el Vaticano, no llevan la cruz; llevan un idolillo.
5. Vemos que este grupo de personas —entre ellos un fraile franciscano y varias monjas— se postran antes elementos materiales (agua, tierra, semillas y tallas de madera) porque, dicen, poseen la potencia de engendrar la vida. Se trata de criaturas a las que se considera simbólicas y se las venera o adora —no lo sabemos—, a través de danzas y postraciones. Y aquí aparece el primer problema: ¿hasta qué punto es lícito a un cristiano realizar ese tipo de rituales? Recordemos el ejemplo de los cristianos de los primeros siglos: prefirieron ser decapitados, descuartizados, quemados o comidos por las fieras antes que colocar un grano de incienso frente a la escultura de un ídolo. Las Actas de los Mártires muestran que con frecuencia la figura del procurador romano o del juez no era la de un brutal asesino, sino de alguien que no estaba interesado en ordenar la ejecución de una jovencita o de un soldado cristiano. Les decía: “No les pido que proclamen que ya no son cristianos, o que griten que Júpiter es dios, o que no asistan más a sus lugares de culto. Lo único que quiero es que depositen este grano de incienso en al turíbulo que arde frente a la estatua de tal dios, y con eso es suficiente. Los dejo libres”. Y los cristianos aún a eso se resistían. ¿Por qué?
5. Los cristianos de antes y de hoy sabemos que los ángeles convertidos en demonios y expulsados del cielo luego de su caída han establecido en este mundo su reinado y en él son como dioses. “¡Ay de la tierra y del mar! porque el Diablo ha bajado donde vosotros con gran furor, sabiendo que le queda poco tiempo”, dice el Apocalipsis (12,12). Y San Pablo tiene dos expresiones extraordinarias: O Theós tou aionos toutou, “el Dios de este mundo” (II Cor. 4,4) y en Efesios 6,13, habla de cosmoscrátores, es decir, “gobernantes del mundo” refiriéndose a los demonios. La creación material está en poder de las fuerzas del mal. La Iglesia, cuando bendice o “toma posesión” de algo material, primero lo exorciza. “Exorcizo te, creatura salis…”, para la bendición de la sal; “Exorcizo te, creatura olei…”, para la bendición del aceite, y el terrible y largo exorcismo de los fieles cristianos que se hacía durante la bendición del agua en las vísperas de la Epifanía, que comenzaba así: “Exorcizo te, omnis immunde spiritus, omnis satanica potestas, omnis incursio infernalis adversarii, omnis legio, omnis congregatio et secta diabólica, in nomine et virtute Domini Nostri Jesu Christi, eradicare et effugare a Dei Ecclesia, ab ómnibus ad imaginem Dei conditis…”. La Iglesia hace lo que hicieron los apóstoles en su primera misión: echar a los demonios para tomar posesión, en nombre de Dios, de las cosas materiales. Por eso, en tanto el ídolo es un pedazo de madera, de piedra o de metal, rendirle culto a ellos es rendirle culto a Satanás: “lo que sacrifican los gentiles a los ídolos, lo sacrifican al demonio”, dice San Pablo (I Cor. 10, 19-22). Artemisa, o Baal o Astarté no son fantasías de madera, de piedra o metal; son falsos dioses, es decir, ángeles caídos, pero dotados en la tierra de un poder malvado y real. Ellos lograron hacerse adorar por los hombres bajo la cubierta de los elementos de la naturaleza que le están momentáneamente sometidos (Col. 2, 8-20). Así entendida, la idolatría de los elementos de este mundo —agua, tierra y semillas, por ejemplo— no es otra cosa que la revelación del diablo y de sus ángeles en tanto se han convertido en señores de este mundo.
6. Alguno podrá estar tentado de decir: ¿No se rinde culto también a la materia cuando se veneran las imágenes de los santos construidas en mármol, madera o yeso? No. Todo sabemos que el culto de las imágenes cristianas está justificado por una profunda teología que mereció nada menos que una larga discusión en un concilio ecuménico. Los católicos que veneramos una imagen de madera de la Santísima Virgen, no veneramos la madera, sino a María Santísima allí representada. Más aún, en el icono sagrado hay una cierta presencia divina, y Dios se digna, a través de esas imágenes, conceder gracias a sus hijos.
“Pues los amazónicos tampoco veneran a la madera, sino a la fertilidad en ella representada”. Justamente allí está el problema: la Virgen María es una realidad, una persona que es Madre de Dios; la fertilidad, en cambio, no existe; existen las cosas fértiles en todo caso. Los amazónicos construyen con “manos humanas” “dioses que no salvan”, dioses falsos; ídolos de madera donde habitan los demonios.
"Pues si hay cierta presencia de Dios en una imagen o icono cristiano, ¿por qué no puede haberla en una amazónica?" Porque la religión verdadera es la católica, y las demás son falsas. Pareciera una verdad de perogrullo que gran parte de la Iglesia ha olvidado. 
7. Como vemos, no estamos frente a una cuestión baladí. Lo ocurrido en los jardines vaticanos es grave. No se trató, a mi entender, solamente de una concesión más del Papa Francisco a la corrección política de la aceptación de la diversidad. En su presencia y a escasos metros de la tumba del Príncipe de los Apóstoles, se ha dado culto nuevamente a los dioses paganos, es decir, a los mismos demonios. 


lunes, 14 de octubre de 2019

La bella y la bestia

Varios lectores del blog quedaron disconformes con la equiparación que hice en la entrada anterior entre Juan Pablo II y Francisco. Alguno, incluso, introdujo la metafísica aristotélica para mostrar mi error, lo que llevó a un tercero a sostener que yo había afirmado que la causa eficiente de Francisco era Juan Pablo II. Disparates.

Lo que yo dije y sostengo es que el Concilio Vaticano II fue una tragedia para toda la Iglesia y lo papas posteriores están todos impregnados de ese espíritu conciliar que ha terminado desfigurando a la Esposa de Cristo. Hago una salvedad: considero que el Papa Benedicto XVI intentó efectivizar en varios aspectos de su pontificado la continuidad de la Iglesia, dando al Vaticano II el lugar que le corresponde y quitándole la etiqueta de “acontecimiento profético de refundación de la Iglesia” que poseía.
En ese último artículo, dedicado al sínodo de la Amazonia que amenaza con un clamoroso naufragio según los medios de prensa, y comentando el escándalo de los rituales paganos de los que había participado el Papa Francisco, dijo que “si sacamos la vulgaridad y la ramplonería, Bergoglio no es peor que Juan Pablo II”. Y para probar esa afirmación, incluía algunas fotografías en las que se ve al Papa polaco no solamente participando sino siendo el protagonista de rituales paganos: es sujeto de la “bendición” de un chamán, y una “sacerdotisa” realiza sobre él un ritual de limpieza. Y los contextos en los que se dio no cambian los hechos; hay que reconocer la evidencia que muestran los registros gráficos y periodísticos.
Absolute, además, sostengo que Juan Pablo II fue peor que el Papa Francisco al menos en un aspecto, el más importante de todos, y me refiero por supuesto a la liturgia. Wojtyla aceleró la reforma litúrgica iniciada por Pablo VI. Podría haberla frenado o anulado, o al menos podría haber impuesto una celebración de la nueva misa apegándose de un modo estricto al nuevo misal, es decir, en latín y ad orientem, pero no solamente no lo hizo sino se distinguió por incorporar a sus celebraciones pontificias un sinfín de creatividades que no dejaron de ser imitadas en todo el mundo.
Y habló de lo que sé y de lo que vi. Y no solamente por televisión. En los años ’90 viví en Roma y participé en repetidas ocasiones en las liturgias papales tanto en la basílica como en la plaza de San Pedro. Y he participado también de liturgias celebradas por el Papa Francisco. 
Cualquiera que lea las entradas de este blog puede saber cuál es mi opinión sobre Bergoglio, y mantengo lo que he dicho. Pero eso no significa que deba negar la evidencia, y considerarlo la Bestia, mientras que sin criba alguna y por un mero sentimiento de nostalgia de los tiempos pasados, deba considerar a Juan Pablo II como la Bella. Y señalo las diferencias:
1. Las misas pontificales celebradas en San Pedro -basílica o plaza- por el Papa Francisco, son integralmente en latín, excepción hecha de las lecturas y la oración de los fieles. 
En el caso de Juan Pablo II, la única misa en latín que celebraba durante el año era la misa crismal. El resto de las misas, eran en italiano, con incrustaciones en cualquier otra lengua que viniera al caso.
2. En las misas pontificales celebradas por el Papa Francisco se conserva una tradición propia del rito de la misa papal que desapareció con la reforma litúrgica: la presencia de un diácono latino y un diácono griego, y el canto del evangelio en ambas lenguas.
En el caso de Juan Pablo II, en la única misa donde se mantenía esta tradición era en la misa in coena Domini en San Juan de Letrán.
3. En las misas celebradas por el Papa Francisco, tanto en la basílica como en la plaza, no se da la comunión en la mano. Yo he visto cómo los ministros, aún cuando los fieles ofrezcan con insistencias sus manitas “en forma de cuna”, le depositan la sagrada forma en la lengua. Insisto, en ningún caso se da la comunión en la mano.
En el caso de las misas celebradas por Juan Pablo II, una práctica común de la que yo he sido testigo, era que los ministros daban en la mano la comunión a los fieles que estaban junto a la valla, y éstos la iban pasando hacia los que estaban detrás. Era el pasamano de la comunión. Y me comentaban sacerdotes amigos que solían asistir a las ceremonias papales para ayudar a distribuir la eucaristía, que los maestros de ceremonias pontificias les advertían que estaba prohibido negar la comunión en la mano.

4. Los ornamentos litúrgicos que utiliza en Papa Francisco en las celebraciones vaticanas son sencillos y sobrios, sobre todo si los comparamos con el esplendor de los ornamentos que utilizaba el Papa Benedicto pero, en su estilo, mantiene una discreta belleza.
¿Alguien recuerda los ornamentos que utilizaba Juan Pablo II? Yo sí. Y pongo por caso la capa pluvial que utilizó para la apertura de la Puerta Santa en el Jubileo del 2000. Yo estaba allí presente y no podía creer el colorinche esperpento que en el que había envuelto.
Objeción neocon: Es verdad todo lo que dice, pero la culpa no era de Juan Pablo II sino de Mons. Piero Marini, su maestro de ceremonias. El Papa no podía hacer nada.
Respuesta: Quien nombró a Marini -que fue el secretario de Annibale Bugnini- en el oficio de maestro de ceremonias fue el mismo Juan Pablo II en 1987. Si no hubiese estado de acuerdo en las reformas que impuso en la liturgia papal lo podría haber sacado, del mismo modo en que no tuvo ningún prurito de echar de su oficio al maestro del coro pontificio, Mons. Domenico Bartolucci, porque sus cantos eran demasiado tradicionales (Benedicto XVI lo reivindicó más tarde creándolo cardenal). El hecho es que no sólo no echó a Marini de su oficio, sino que lo hizo arzobispo.
Objeción antiFrancisco: Bergoglio mantiene esas prácticas más tradicionales porque se las impone su maestro de ceremonias Mons. Guido Marini, al que heredó de Benedicto XVI. 
Respuesta: Seguramente es así, pero si no estuviera de acuerdo con ellas, hace rato que podría haber mandado a Guido Marini de regreso a Génova, como no ha tenido ningún empacho de poner de patitas en la calle a varios miembros de la Curia con los que no simpatizaba. 

Y si hablamos de la liturgia en general, ofrezco algunos hechos complementarios:
1. Juan Pablo II, al mismo tiempo que se abrazaba con los líderes de todas las religiones del mundo en Asís y permitía que en las diversas iglesias de esa ciudad se celebraran ritos paganos, excomulgaba a Mons. Lefebvre porque quería seguir celebrando los mismos ritos católicos que se habían celebrado durante más de mil quinientos años en la Iglesia.

El Papa Francisco se ha cansado de dar muestras de amistad y incoraggiamento a los miembros de la FSSPX. Es conocido el hecho de haber concedido licencias a todos los sacerdotes de la Fraternidad para confesar y celebrar matrimonios, y hay muchos otros hechos que no son de dominio público pero que doy fe que son sorprendentes. (En la foto de la izquierda, Buda entronizado en el altar de una iglesia de Asís durante el encuentro promovido por Juan Pablo II).
2. Durante el pontificado de Juan Pablo II estaba terminantemente prohibido celebrar la misa tradicional en la basílica de San Pedro. Los sacerdotes que celebraban misas privadas en los altares laterales eran estrechamente vigilados por los sacristanes quienes tenían órdenes expresas del cardenal Virgilio Noé, acipreste de la basílica, de quitarles las vinajeras si descubrían que alguno de ellos, disimuladamente, celebraba el rito antiguo. Y esto lo conozco por testimonio de los protagonistas.
Durante el pontificado del Papa Francisco, no solamente cualquier sacerdote puede celebrar libremente la misa tradicional en la basílica, sino que al menos una vez al año se celebra en el altar de la Cátedra una misa pontifical en rito romano tradicional. Esto hubiese sido impensable en épocas de Juan Pablo II.


No estoy cambiando el discurso ni estoy diciendo que estamos en el mejor de los mundos. Estoy constatando la realidad. La oposición al Papa Francisco no puede terminar convirtiéndose en una cuestión puramente pasional, desprovista de racionalidad.