
No se trata ya del Ruiseñor fusilado por los jesuitas, sino del Jesuita fusilado por la pluma privilegiada de Antonio Caponnetto.
Podremos estar más o menos de acuerdo con el estilo de Antonio; podremos disentir con su nacionalismo o su revisionismo histórico, pero nadie puede dudar de la agudeza de sus juicios y de su envidiable –al menos para mí- dominio de la lengua castellana.
Ha circulado con profusión a través de Internet en los últimos días una suerte de larga reseña que el Dr. Caponnetto ha realizado al libro El Jesuita, esa suerte de biografía autorizada del cardenal arzobispo de Buenos Aires, en la que, literalmente, despluma al cardenal poniendo al descubierto su indignidad y compromiso con los poderes del mundo.
Caponnetto incluye casi al comienzo de su escrito una suerte de definición del purpurado: “Nadie podría escribir de él lo que se anotó del Quijote, para su gloria: ¨parecíales otro hombre de los que se usaban¨. No; él (Bergoglio) es un hombre bien ad usum: vulgar, ordinario, arrabalero, pluralista y prosaico. Moderno”. Las palabras que el cardenal ha pronunciado este fin de semana, que fueron reportadas por Ludovicus, confirman aún más este diagnóstico: les aconsejó a los jóvenes que “no arrugen”.
En la misma página aparece un párrafo memorable:
“Porque, ¿quién que tenga realmente esa ¨corona y guardiana de todas las virtudes¨, como llamó San Doroteo de Gaza a la humildad, daría su anuencia para que se publiquen páginas y páginas ensalzando la posesión de ese don? ¿Quién, que a fuer de genuinamente humilde, practicara ese ¨laudable relajamiento de sí mismo¨ que pedía Santo Tomás, erigiría en vida su propio monumento a la humilitas? ¿Quién veramente abocado a la nanidad evangélica –en preciosa expresión de San Buenaventura- podrá contratar a un puñado de escribas para que le canten la palinodia de su arrollador recato? ¿Quién que no tuviera ese ¨brote metafísico de la soberbia intelectual que es el principio de la inmanencia¨, según clarividente análisis de García Vieyra, prohijaría que se dijera de sí mismo que ¨su austeridad y frugalidad, junto con su intensa dimensión espiritual, son datos que lo elevan cada vez más a su condición de papabile¨? ¿Creerá de veras Bergoglio que a la tierra del subte y del colectivo se refería San Isidoro cuando definió al humilde en sus Etimologías como el quasi humus acclinis, o inclinado a la tierra? ¿Creerá de veras que alguien más que Jesucristo puede decir de sí mismo: ¨aprended de mí que soy manso y humilde de corazón?¨”.
Algunas de las líneas del texto de Caponnetto traen, irremediablemente, recuerdo de las lecturas de Benson y Hugo Wast y, por eso mismo, asustan:
“Esta es la obsesión hegemónica de Su Eminencia. Que se lo tenga por un hombre políticamente correctísimo, deposito y heraldo del pensamiento único, lo que implica, en primer lugar, haber combatido ¨la dictadura¨ y cooperado con sus ¨víctimas¨. Gran parte del capítulo trece está destinado a probarlo”.
Como bien define el autor, “El Cardenal aún no ha terminado de proferir su credo para el regocijo del mundo y de su príncipe. “Creo en el hombre”, declara (p. 160)”.
Siquiera pensar en que Bergoglio pueda llegar a ser papa, da escalofríos. Es el personaje advenedizo y oportunista, sin más fidelidades que a su propia ambición y sin más credo que los triunfos mundanos: “Nosotros, digámoslo claramente, no creemos que Bergoglio sea comunista, ni peronista, ni nada en particular. En sus opciones temporales debe aplicársele lo que Don Quijote utilizó para zaherir la inconducta de Sancho: “en esto se nota que eres villano, en que eres capaz de gritar ¡viva quien vence!”.Toda esta exhibición de colaboracionismo marxista no brota tanto de un convencimiento ideológico serio, sino de una actitud villana. Si mañana se dieran vuelta las cosas, podríamos escucharlo cantar Giovinezza con acento piamontés”.
Hacia el final del texto, el Dr. Caponnetto propone un “Envío para necios” del que me parece oportuno mencionar un párrafo que responde a las críticas que él mismo, y muchas veces también el blog del Wanderer, recibe por “sacar los trapitos al sol” de los miembros indignos de la Iglesia de Cristo, tachándosenos de enemigos de ella. Escribe: “Los enemigos de la Iglesia son, ante todo, los falsos pastores, los fundadores infieles, el clero ganado por el vicio nefando y por el pecado mayor de traicionar la integridad de la Fe. No necesitamos informarles a los lectores despabilados que liberales y marxistas, judíos y masones, ateos y gnósticos –y toda la gama posible de enemigos de la Iglesia- son los socios habituales de nuestra Jerarquía. Con ellos se sienten cómodos, no con nosotros”.
Me permitiré discutir, sin embargo, algunos puntos con el autor.
En primer lugar, se refiere en algunas ocasiones a Bergoglio y otros obispos argentinos, como “heresiarcas”. No estoy de acuerdo. Es darles demasiado título. Heresiarcas fueron Arrio, Nestorio, Donato; si se quiere, quizás también Lutero y Calvino, pero ¿Bergoglio? Apenas es un charlatán componedor y oportunista.
En segundo lugar, y ya más en serio, no me parece apropiado utilizar los textos paulinos para defender el nacionalismo. En efecto, Antonio afirma que “(Bergoglio) debería saber igualmente que el anhelo de conservar la patria tal cual la recibimos, es un mandato del Génesis no de Mussolini, y que el Apóstol no predicó “guardad las utopías” sino “conservad las tradiciones”. Las tradiciones a las que se refiere el Apóstol no son, creo yo, las tradiciones de la patria. No son, por cierto, la chacarera, el mate, el 25 de mayo y la bandera celeste y blanca. Se refiere a otras tradiciones, mucho más importantes y esenciales a la fe, que nos fue entregada por los apóstoles.
En el mismo sentido se expresa más adelante cuando dice: “Si el Cardenal repasara a San Pablo, se encontraría con la Carta a los Hebreos (10, 32), diciendo: “Traed a la memoria los días pasados, en que después de ser iluminados, hubisteis de soportar un duro y doloroso combate”. Y comprendería porqué los nacionalistas –que soportamos un duro y doloroso combate por desagraviar la memoria de Rosas- sentimos como propia la repatriación de sus restos, a pesar de que el Menemismo no fue nunca otra cosa que una pluriforme cloaca”. Habría que aclarar que la iluminación a la que se refiere San Pablo es la misma iluminación de la que habla Clemente de Alejandría: el conocimiento de Dios, y no la repatriación de Rosas, y el duro y doloroso combate remite, o bien a la etapa purificativa que antecede a la iluminación, o bien a la persecución sufrida por los primeros cristianos, y no a los desplantes que sufrieron los nacionalistas durante casi un siglo. Aún si el Dr. Caponnetto tomara las citas paulinas en un sentido analógico, no me parece una elección acertada. Los textos sagrados deben permanecer para el uso sagrado.
Finalmente, el autor hace una magnífica defensa del papel que le corresponde a los laicos en la defensa de la integridad de la fe cuando los pastores defeccionan, aún a costa de desobedecerles y disentir con ellos. Y elige hacerlo con algún texto espiritual del fundador de una congregación religiosa del barroco español. Creo que hay autoridades doctrinales mucho más importantes, y venerables, en la tradición católica que afirman lo mismo. En efecto, los Padres de la Iglesia, de Oriente y Occidente, hablaron de ese “sentido de la Fe” que poseen los fieles y que fue, justamente, el que evitó que algunas veces el mismo papa o los concilios cayeran en herejía. Esto está muy claro y perfectamente explicado en el libro de Newman Los fieles y la tradición, traducido y editado recientemente en Buenos Aires.
Sinceramente espero que el texto de Antonio Caponnetto sea incorporado al dossier Bergoglio obrante en algún dicasterio romano y que sea prudentemente enviado a los cardenales participantes del próximo – y esperemos, muy lejano- cónclave.