miércoles, 16 de junio de 2010

Ratzinger sobre Tomás Moro


Gracias Patricia Jáuregui por aportar este texto de Ratzinger, tan apropiado para entender el martirio de Tomás Moro, y de otros tomasitos que andan por ahí en la actualidad:



"Tomas Moro. Parecía obvio reconocerle al rey la supremacía sobre la Iglesia.
No había un dogma explícito que lo excluyera de modo inequívoco. Todos los obispos
lo habían hecho; por qué iba a exponer su vida él, un laico, y precipitar a su familia
en la ruina? Si no quiere pensar en sí mismo, no debe, al ponderar los motivos, dar al
menos la prioridad a los suyos en lugar de seguir obstinadamente la voz de su
conciencia? En tales casos queda patente a nivel macroscópico, por decir lo así, lo
que ocurre constantemente en lo cotidiano de nuestra vida. Puedo librarme de un
asunto incómodo haciendo una pequeña concesión a la mentira. O a la inversa: acercar
las consecuencias de la verdad me acarrea un tremendo disgusto. Cuántas veces ocurre
esto! Y cuántas veces cedemos! La situación en que se encontró Tomás Moro es corriente
si la traducimos a lo cotidiano: si muchos lo dicen, por qué yo no? cómo voy a perturbar
la paz del grupo? por qué voy a hacer el ridículo? no está la paz de la comunidad por
encima de mi verdad? La armonía del grupo se convierte así en tiranía contra la verdad.
Joseph Ratzinger en CONVERSIÓN,PENITENCIA Y RENOVACIÓN.


Y sí. Siempre es más fácil quedarse callados. Cuando se habla, o se escribe, siempre
hay alguien que se enoja.

martes, 15 de junio de 2010

Rodeados


Cuando era más joven, la figura de Santo Tomás Moro no me terminaba de simpatizar. La asociaba –erróneamente de mi parte-, con el humanismo renacentista y cuasi pagano que, en esos momentos, agotaba mi comprensión del concepto humanismo. Hizo falta leer el libro de Bouyer sobre Erasmo y su breve semblanza de Tomás Moro para que cambiara de opinión.

Justamente en este último librito, Bouyer describe una escena terrible y, a la vez, oportuna, cuando no premonitoria, de los tiempos que nos tocan vivir y que se avecinan.

El 11 de mayo de 1534 Tomás Moro es el único laico convocado a Lambeth para prestar juramento, junto con el clero de la ciudad y de Westminster, del acta por la cual se reconocen como legítimos herederos del reino a los hijos de Enrique VIII y Ana Bolena y la aceptación formal del cisma que reconoce al rey como cabeza de la Iglesia.

Los tres jueces le piden que firme el acta, a lo que él se niega, como había hecho en otra ocasión, un mes antes. Le ordenan entonces que se retire a una sala contigua del palacio de Lambeth a fin de que reflexione acerca de su decisión, mientras los jueces toman el juramento al resto de los convocados. Tomás Moro prevé que su negativa equivaldrá ya no sólo a la pérdida de su posición y de parte de su fortuna –como antes había ocurrido- sino a su prisión y, luego, a su muerte.

Mientras piensa en todo esto, ve por la ventana de la sala en la que se encuentra, a toda la clerecía londinense, rivalizando en servilismo, que hace cola para firmar el acta. Sabe, o sabrá, que todos los obispos del reino también la firmarán, excepto uno, John Fisher, obispo de Rochester, que lo acompañará más tarde en la prisión. Es más, los únicos que morirán en esa etapa de la persecución, serán él, Fisher y una comunidad de cartujos. El resto, todo el resto, de los obispos, sacerdotes y religiosos, prefieran aceptar el acta.

Posiblemente habrán hecho algún vericueto en su conciencia: en definitiva –habrán pensado-, se trata de una cuestión jurídica, y no es cosa de andar arriesgando las prebendas y la misma vida.

Y Tomás, un simple laico, los mira desde su ventana. Da escalofríos pensar en la soledad de ese hombre. ¿Dónde se apoya? ¿En la Iglesia? Sus representantes más conspicuos están allí abajo, peleándose por ser los primeros en firmar. Y él va a morir por no firmar. ¿Hasta dónde su conciencia le indica lo correcto? ¿No será que se equivoca? ¿Hasta dónde es necesario ser fiel a ella?

No sé por qué, pero hace unos días esta escena me ronda por la cabeza. Como dice un amigo –y todos lo tomamos en broma-, “Estamos rodeados”. Creo que tiene razón. Estamos rodeados y, por eso mismo, estamos solos.

lunes, 14 de junio de 2010

Comunicado

En las últimas semanas, a raíz de la situación por todos conocida con respecto al Instituto del Verbo Encarnado, mucho simpatizantes de esta institución, en vez de dar respuesta a los datos, argumentos, advertencias y denuncias, prefirieron sembrar la web de nombres propios a quienes atribuían la autoría de este blog y de otros, creando, de ese modo, un clima de sospecha, al menos desagradable.
Por ello, para que nadie siga involucrando a personas que poco o nada tienen que ver con el propósito de este blog, decidimos clausurar este tema particular y seguir adelante con otras muchas cuestiones que, como se pudo comprobar al paso del tiempo, también forman parte de nuestro interés y nuestro desvelo. Lo dicho, dicho está; no se dijo sólo en Wanderer, no se dijo sólo en la Argentina, no lo dijeron sólo observadores distantes... pero, con tanto que se dijo, nadie arriesgó más que alguna defensa afectiva. No se pudieron obtener respuestas a las denuncias, pero sí se pudo comprobar la experiencia en esquivar comisarios.
Como dijimos en otras ocasiones, el mundo la Iglesia y este blog no se agotan en el IVE que, en definitiva, no es más que una anécdota en la historia de la Iglesia.

miércoles, 9 de junio de 2010

¿Mito (en tanto leyenda metropolitana) o verdad?


Hace unos días un comentarista calificaba al Wanderer, es decir, a mí, como el “titán de la desmitificación”. No quedó claro si era un halago o una crítica, pero acepto la veracidad de la afirmación aunque, por cierto, yo soy un poligrillo y no un titán. Ese apelativo lo merecen los grandes como Bouyer, Newman, Congar (en algunas cosas) y, me animaría a decir, hasta Ratzinger.

La pregunta, en nuestro caso concreto, es si está bien desmitificar algunos aspectos de la Iglesia, de su doctrina y de sus miembros. Muchos, con razón a veces, afirman que, al hacerlo, se hiere la fe de los simples. Por este motivo, he sido tildado más de una vez de “enemigo de la fe” o de “soldado de Satán”. Sin embargo, me parece que es un argumento relativo. Por cierto que no es cuestión de ir a buscar a los simples y discutir con ellos si el cristianismo barroco es mejor o peor que el patrístico, o si tal o cual congregación religiosa tiene problemas. Cosa distinta es que algunos simples se acerquen a un blog de Internet y lean esas discusiones, lo cual hace una diferencia puesto que ese mismo simple lee en Internet críticas mucho más duras y malintencionadas a la Iglesia que las que aparecen en el Wanderer y, la vacuna frente a ellas, creo yo, no puede ser el mito. Y aquí está una de las partes centrales de la discusión, que se podría aplicar a este blog y a otros similares.

Es probable que en algunas épocas, cuando el acceso a la información era más restringido, era conveniente silenciar ciertos temas y reservar las discusiones para el ámbito cerrado de los eruditos. Los ataques a la fe, que siempre existieron, no poseían el poder de fuego sostenido que tienen ahora debido a la proliferación y masificación de los medios de comunicación. Entonces, la defensa puntual que podía hacer el párroco desde su púlpito dominical, era suficiente para contrarrestar un ataque. Pero ahora ya no es así, toda vez que las desmitificaciones brutales que llevan a cabo los enemigos de la Iglesia –llámense Discovery Channel o Página 12- puede acabar con bastante facilidad con la fe de muchos.

Por eso mismo, me parece importante distinguir dos tipos de desmitificación. Una, la que humildemente pretendo hacer yo a través de estas páginas, y que consiste en quitar las adherencias históricas que posee la fe católica pero mostrando que el fondo que permanece es mucho más bello y luminoso aún que la excrecencia que se ha quitado. Otra, es la desmitificación descarnada que realizan los enemigos quienes buscan, precisamente, arrancar junto a la adherencia el principio mismo que subyace.

Frente a esta situación, considero que la solución no es solidificar la excrecencia, o el mito, sino sacarlo a fin de consolidar los principios de la fe que están debajo. Es, justamente, esa fe profunda la roca firme sobre la que edificar la casa. Los mitos, o las excrecencias, son arena: a veces seducem, se construye fácil y rápidamente sobre ellas, pero cualquier tempestad la tira abajo.

La actitud de defensa corporativa – o sectaria-, y el recurso a “No secar los trapitos al sol”, me parece una estrategia que no es propia de los hijos de la luz. La defensa no puede ser el ocultamiento con el silencio o con la erección de mitos; la única defensa posible y duradera es la verdad, pura y simple. Sencillamente, porque los mitos en algún momento se caen y el silencio en algún momento se convierte en grito. Como dije en otra ocasión, la Iglesia no es una multinacional que debe defenderse con estrategias de mercado de sus competidores a fin de no perder clientes. La iglesia es una sociedad sobrenatural cuya cabeza es Cristo, la Verdad y la Luz. Aquí no importan los clientes porque, en definitiva, quien los consigue es Él. Aquí importa el testimonio que demos de la Verdad, y ese testimonio, definitivamente, no puede ser mitificar o silenciar.

Reconozco que en todo esto hay un peligro que ya lo señaló Ludovicus hace algunos meses: tirar el agua sucia con el bebé adentro. Siempre trato de cuidar que eso no ocurra aunque no siempre lo he logrado. Sin embargo, la solución no puede ser dejar al bebé en el agua sucia porque en cualquier momento puede ser presa de una septicemia y morir en cuestión de horas.

domingo, 6 de junio de 2010

El Jesuita fusilado


No se trata ya del Ruiseñor fusilado por los jesuitas, sino del Jesuita fusilado por la pluma privilegiada de Antonio Caponnetto.

Podremos estar más o menos de acuerdo con el estilo de Antonio; podremos disentir con su nacionalismo o su revisionismo histórico, pero nadie puede dudar de la agudeza de sus juicios y de su envidiable –al menos para mí- dominio de la lengua castellana.

Ha circulado con profusión a través de Internet en los últimos días una suerte de larga reseña que el Dr. Caponnetto ha realizado al libro El Jesuita, esa suerte de biografía autorizada del cardenal arzobispo de Buenos Aires, en la que, literalmente, despluma al cardenal poniendo al descubierto su indignidad y compromiso con los poderes del mundo.

Caponnetto incluye casi al comienzo de su escrito una suerte de definición del purpurado: “Nadie podría escribir de él lo que se anotó del Quijote, para su gloria: ¨parecíales otro hombre de los que se usaban¨. No; él (Bergoglio) es un hombre bien ad usum: vulgar, ordinario, arrabalero, pluralista y prosaico. Moderno”. Las palabras que el cardenal ha pronunciado este fin de semana, que fueron reportadas por Ludovicus, confirman aún más este diagnóstico: les aconsejó a los jóvenes que “no arrugen”.

En la misma página aparece un párrafo memorable:

“Porque, ¿quién que tenga realmente esa ¨corona y guardiana de todas las virtudes¨, como llamó San Doroteo de Gaza a la humildad, daría su anuencia para que se publiquen páginas y páginas ensalzando la posesión de ese don? ¿Quién, que a fuer de genuinamente humilde, practicara ese ¨laudable relajamiento de sí mismo¨ que pedía Santo Tomás, erigiría en vida su propio monumento a la humilitas? ¿Quién veramente abocado a la nanidad evangélica –en preciosa expresión de San Buenaventura- podrá contratar a un puñado de escribas para que le canten la palinodia de su arrollador recato? ¿Quién que no tuviera ese ¨brote metafísico de la soberbia intelectual que es el principio de la inmanencia¨, según clarividente análisis de García Vieyra, prohijaría que se dijera de sí mismo que ¨su austeridad y frugalidad, junto con su intensa dimensión espiritual, son datos que lo elevan cada vez más a su condición de papabile¨? ¿Creerá de veras Bergoglio que a la tierra del subte y del colectivo se refería San Isidoro cuando definió al humilde en sus Etimologías como el quasi humus acclinis, o inclinado a la tierra? ¿Creerá de veras que alguien más que Jesucristo puede decir de sí mismo: ¨aprended de mí que soy manso y humilde de corazón?¨”.

Algunas de las líneas del texto de Caponnetto traen, irremediablemente, recuerdo de las lecturas de Benson y Hugo Wast y, por eso mismo, asustan:

“Esta es la obsesión hegemónica de Su Eminencia. Que se lo tenga por un hombre políticamente correctísimo, deposito y heraldo del pensamiento único, lo que implica, en primer lugar, haber combatido ¨la dictadura¨ y cooperado con sus ¨víctimas¨. Gran parte del capítulo trece está destinado a probarlo”.

Como bien define el autor, “El Cardenal aún no ha terminado de proferir su credo para el regocijo del mundo y de su príncipe. “Creo en el hombre”, declara (p. 160)”.

Siquiera pensar en que Bergoglio pueda llegar a ser papa, da escalofríos. Es el personaje advenedizo y oportunista, sin más fidelidades que a su propia ambición y sin más credo que los triunfos mundanos: “Nosotros, digámoslo claramente, no creemos que Bergoglio sea comunista, ni peronista, ni nada en particular. En sus opciones temporales debe aplicársele lo que Don Quijote utilizó para zaherir la inconducta de Sancho: “en esto se nota que eres villano, en que eres capaz de gritar ¡viva quien vence!”.Toda esta exhibición de colaboracionismo marxista no brota tanto de un convencimiento ideológico serio, sino de una actitud villana. Si mañana se dieran vuelta las cosas, podríamos escucharlo cantar Giovinezza con acento piamontés”.

Hacia el final del texto, el Dr. Caponnetto propone un “Envío para necios” del que me parece oportuno mencionar un párrafo que responde a las críticas que él mismo, y muchas veces también el blog del Wanderer, recibe por “sacar los trapitos al sol” de los miembros indignos de la Iglesia de Cristo, tachándosenos de enemigos de ella. Escribe: “Los enemigos de la Iglesia son, ante todo, los falsos pastores, los fundadores infieles, el clero ganado por el vicio nefando y por el pecado mayor de traicionar la integridad de la Fe. No necesitamos informarles a los lectores despabilados que liberales y marxistas, judíos y masones, ateos y gnósticos –y toda la gama posible de enemigos de la Iglesia- son los socios habituales de nuestra Jerarquía. Con ellos se sienten cómodos, no con nosotros”.

Me permitiré discutir, sin embargo, algunos puntos con el autor.

En primer lugar, se refiere en algunas ocasiones a Bergoglio y otros obispos argentinos, como “heresiarcas”. No estoy de acuerdo. Es darles demasiado título. Heresiarcas fueron Arrio, Nestorio, Donato; si se quiere, quizás también Lutero y Calvino, pero ¿Bergoglio? Apenas es un charlatán componedor y oportunista.

En segundo lugar, y ya más en serio, no me parece apropiado utilizar los textos paulinos para defender el nacionalismo. En efecto, Antonio afirma que “(Bergoglio) debería saber igualmente que el anhelo de conservar la patria tal cual la recibimos, es un mandato del Génesis no de Mussolini, y que el Apóstol no predicó “guardad las utopías” sino “conservad las tradiciones”. Las tradiciones a las que se refiere el Apóstol no son, creo yo, las tradiciones de la patria. No son, por cierto, la chacarera, el mate, el 25 de mayo y la bandera celeste y blanca. Se refiere a otras tradiciones, mucho más importantes y esenciales a la fe, que nos fue entregada por los apóstoles.

En el mismo sentido se expresa más adelante cuando dice: “Si el Cardenal repasara a San Pablo, se encontraría con la Carta a los Hebreos (10, 32), diciendo: “Traed a la memoria los días pasados, en que después de ser iluminados, hubisteis de soportar un duro y doloroso combate”. Y comprendería porqué los nacionalistas –que soportamos un duro y doloroso combate por desagraviar la memoria de Rosas- sentimos como propia la repatriación de sus restos, a pesar de que el Menemismo no fue nunca otra cosa que una pluriforme cloaca”. Habría que aclarar que la iluminación a la que se refiere San Pablo es la misma iluminación de la que habla Clemente de Alejandría: el conocimiento de Dios, y no la repatriación de Rosas, y el duro y doloroso combate remite, o bien a la etapa purificativa que antecede a la iluminación, o bien a la persecución sufrida por los primeros cristianos, y no a los desplantes que sufrieron los nacionalistas durante casi un siglo. Aún si el Dr. Caponnetto tomara las citas paulinas en un sentido analógico, no me parece una elección acertada. Los textos sagrados deben permanecer para el uso sagrado.

Finalmente, el autor hace una magnífica defensa del papel que le corresponde a los laicos en la defensa de la integridad de la fe cuando los pastores defeccionan, aún a costa de desobedecerles y disentir con ellos. Y elige hacerlo con algún texto espiritual del fundador de una congregación religiosa del barroco español. Creo que hay autoridades doctrinales mucho más importantes, y venerables, en la tradición católica que afirman lo mismo. En efecto, los Padres de la Iglesia, de Oriente y Occidente, hablaron de ese “sentido de la Fe” que poseen los fieles y que fue, justamente, el que evitó que algunas veces el mismo papa o los concilios cayeran en herejía. Esto está muy claro y perfectamente explicado en el libro de Newman Los fieles y la tradición, traducido y editado recientemente en Buenos Aires.

Sinceramente espero que el texto de Antonio Caponnetto sea incorporado al dossier Bergoglio obrante en algún dicasterio romano y que sea prudentemente enviado a los cardenales participantes del próximo – y esperemos, muy lejano- cónclave.

jueves, 3 de junio de 2010

Camino inquietante


A raíz de un reciente comentario del amigo Tribunus Plebis, anoche vi la película Camino.
Se trata de un film español dirigido por Javier Fesser y estrenado en 2008, que ha ganado seis premios Goya, entre ellos, a la mejor película.
Narra la vida de una niña llamada Camino -como el libro de (San) Josémaría Escrivá de Balaguer- que sufre una gravísima enfermedad la que, luego de meses de agonía, la conduce a una muerte ejemplar.
Está basada en la vida de Alexia González Barros, una adolescente de 14 años, miembro de una familia del Opus Dei, que falleció en 1985 y que está en proceso de beatificación. La película es bastante fiel a la biografía de Alexia, según lo ha declarado su primera biógrafa.
Sin embargo, es evidente que la película está hecha con mala entraña.
No hay exageraciones ni cae en los lugares comunes en los que podría haber caído fácilmente. Está muy bien documentada, hasta en los últimos detalles y, atrás del argumento principal, transita con bastante nitidez el modus vivendi y el modus operandi del Opus Dei.
Lo que más golpea es que es una película inquietante, muy inquietante... por el fondo de verdad sobre el que se mueve.
Apropiada, por cierto, para verla en estos días cuando arrecian noticias sobre las historias ocultas de movimientos religiosos contemporáneos.
Dios le dé vida y fuerza a B16 para acabar con todo esto.
Quienes se animen a verla, pueden bajarla de aquí.

miércoles, 2 de junio de 2010

El politeuma de Newman


Los últimos aportes al último post de los comentaristas del blog, ha provocado en muchos de nosotros -y en mí en primer lugar-, la recurrente disyuntiva de hasta dónde es sano, o necesario, o prudente pretender modificar las realidades temporales -particularmente la política-. O, más bien, "conservar lo que tenemos", para lo cual, con mantener a la familia espiritual y materialmente, parecería que es suficiente, porque no alcanza ni el tiempo ni las energías para otra cosa.
Me acordé entonces de uno de los primeros sermones parroquiales de Newman, predicado en 1831, que puede echar luz sobre el tema.
El cardenal Newman habla a partir de una experiencia personal que tiene, siendo muy joven, de la presencia de Dios y que constituye el punto de partida de su conversión inicial. Diría alguna monja zonza de hoy, que tuvo una "experiencia de Dios". (Pero, por más zonza que sea, merece, creo yo, un post futuro, eso de la "experiencia de Dios")
Escribe Newman (y me perdone Tollers por la traducción):

"Miramos las cosas que nos rodean y nos olvidamos en ellas. Así es nuestra condición -la de un ser que busca su sostén en seres que se demuestran frágiles y que, al hacer esto, desatienden a sus propias fuerzas- en el momento en el cual Dios se propone ayudarnos a encontrar nuestro verdadero lugar en el gran sistema de su providencia. Y luego que Él nos ha visitado, se produce en nosotros como un estremecimiento, y tomamos conciencia de la inanidad y esterilidad de las cosas de este mundo, porque ellas no son capaces de guardar las promesas y nos decepcionan. (...) Y si llegan desgracias que nos golpean (como sucede con frecuencia) somos aún más capaces de comprender la nada de este mundo. Entonces, nos desprendemos poco a poco del mundo, y nos parece que flota delante de nosotros como un simple velo agitado por el viento y que, más allá de sus tinturas multicolores, no nos puede ocultar la vista de lo que está atrás, y comenzamos a darnos cuenta de que existen sólo dos seres inmutables en todo el universo: nuestra alma y Dios que la creado".
Oh sublime! Oh asombrosa! Oh verídica doctrina! Para cada uno de nosotros no existen más que dos seres en todo el universo: yo mismo y Dios. Porque este teatro exterior, con sus pompas y sus placeres, sus honores, sus prestigios, sus grandezas, sus personajes, sus reinos, su multitud de asuntos esclavizantes, ¿qué son para nosotros? Nada, nada más que un simple espectáculo".

Una lectura inadvertida de estos textos podría dar lugar a una interpretación equivocada de la personalidad y de la espiritualidad de Newman, como la que hace Bremond y sus seguidores. No se trata de abandonar todo cuidado de las cosas y de los seres de este mundo, sino de verlos -y cuidarlos-, en orden al fin escatológico que ellos y nosotros poseemos. El mismo cardenal dice : "Aquí abajo gozamos menos de su presencia que de la anticipación de lo que ellos serán un día".
Como bien lo ha señalado algún comentarista, no se trata de fabricar un paraíso en la tierra de molde nacionalista o marxista, que termina siendo lo mismo, sino de considerar y apreciar todas las realidades terrenas no por lo que son, sino por lo que serán.