miércoles, 14 de julio de 2010

El aluvión cívico


"El aluvión cívico". No son palabras mías. Son palabras de los conductores del masivo acto de ayer. Nunca mejor definida la manifestación organizada por el Episcopado.
Inconsciente e ingenuamente, yo había albergado la esperanza de que la gravedad de los hechos -aunque un poco inflada creo yo, porque hay cosas más graves que se negociaron-, iba a provocar que aflorara el cristalino sensus fidei del pueblo cristiano que sobrepasara la sobreactuación episcopal.
Nada de eso sucedió. Los fieles fueron alegres y convencidos de participar de un acto de civismo asimilado a un acto de fe. Y lo hicieron con la mejor buena fe. Casi como si se tratara de una nueva religión: cristianismo y valores democráticos amalgamados para la construcción del nuevo mundo anaranjado.
Y no quedaba todo en los ideales, sino también en los medios. Fue bien claro que el estratega era un miembro del Opus por su capacidad de utilizar los medios del mundo, pero elevados ya a un nivel casi exponencial. Un color identificador, merchandising gratuito, pantallas gigantes, música pegadiza y de moda, clima de festejo y alegría, optimismo por el mundo mejor de hermanos que se viene, etc.
Hasta anoche no había caído en la cuenta de la gravedad de la situación. ¿Dónde está el resto fiel?
Estamos en el horno.

martes, 13 de julio de 2010

Perdimos


Y se hizo la manifestación contra el sodomonio. Doscientas mil personas para los organizadores; quince mil para el cronista de América TV.
Muchas dirán: "Dimos la batalla"; "Peleamos por la Iglesia y por la Patria"; "Defendimos la fe". Y no. Así no era la cosa.
No se pelea por la fe con animadores que dicen a cada rato: "Bajemos los carteles para que se vea cuantos somos. Somos muchísimos. ¿Vieron qué muchos somos?". La ley del número no es evangélica.
No se pelea por la fe cuando se elije como himno oficial de la convocatoria un cantito insulso con la música del himno del mundial de fútbol. Sólo faltaba Shakira en bikinis cantando, con veinte negros bailando detrás de ella.
No se defiende la fe cuanto todos los católicos que al azar fueron reporteados por los noteros de TV comenzaban su discurso diciendo: "No estoy en contra de nadie. Amo a los homosexuales que deben tener regulados sus derechos. Pero no pueden adoptar". Curiosamente, los evangélicos solían ser más escuetos y claros: "Estoy en contra del matrimonio gay porque la Escritura dice que el matrimonio es entre el hombre y la mujer".
Después de esta marcha, he quedado con la sensación de derrota. No porque mañana se gane o se pierda la votación -cosa que no es importante-, sino porque, me parece, la manifestación de hoy no ha hecho más que "manifestar" el estado de postración en el que se encuentra la Iglesia de hoy, aunque pareciera lo contrario. Los laicos, el pueblo de Dios, está ganado por el espíritu del mundo y aún cuando concurran a demostraciones como estas, ya ha incorporado definitivamente a su discurso y a su modo de ver el mundo las leyes de la democracia, de la tolerancia, del respeto por la pluralidad, entre otros engaños.
Si a ello añadimos el testimonio preocupante de los responsables de la educación católica de varias diócesis argentinas, según los cuales, cuando los organizadores de la marcha concurrían a los colegios para promoverla, encontraban buena acogida por parte de los directivos pero, en cambio, era tibia u hostil por parte de los alumnos que estaban convencidos del derecho a casarse que tienen los homosexuales, el panorama se ensombrece aún más.
Es triste pero, una vez más hay que decirlo, la batalla está irremediablemente perdida. Y la derrota es muchos más profunda de la que puede provenir de una simple votación parlamentaria.

¿Verdad o poder?


Los diarios de hoy, sin distinción entre liberales o progresistas, agotan rabiosamente todas las posibilidades de presión en favor del "matrimonio igualitario". Es claro que, más allá de sus diferencias políticas ocasionales, están unidos en una lucha mayor. Todo esto nos viene bien como pre-anuncio de lo que será cuando el hijo de la iniquidad finalmente llegue.
Quiero destacar, sin embargo, la columna del Washington Uranga en Página 12. Por supuesto, no es más que mentira sobre mentira, pero entre toda esa basura hay una afirmación que, se non è vera, è ben trovata. El periodista especializado en asuntos religiosos sostiene que muchos obispos no están procurando que se respete el orden natural en la sociedad sino que se respete la cuota de poder que poseen o creen poseer.
No me simpatiza ciertamente tener que coincidir con este personaje, pero creo que algo de eso hay. Me resulta muy extraño que los obispos argentinos estén protagonizando una movida -para usar el término cardenalicio- tan grande para impedir la aprobación de la ley que, aunque ciertamente grave, no lo es tanto como otras que afectan al conjunto de la sociedad como las que tienen que ver con la educación.
En otras palabras, me cuesta mucho creer que JB esté tan preocupado por defender el orden de la naturaleza y el orden de Dios. Yo creo que el está preocupado por mostrarle a K su poder y, de paso, anotarse un puntito entre los más conservadores para el próximo cónclave.
El mismo Página 12 revelaba en su edición de ayer que el episcopado había contratado a un think tank español, cercano al Opus Dei, para que diseñara la campaña de oposición que está llevando a cabo la Iglesia, al mejor estilo de lo que hacen los partidos políticos, ONG o empresas comerciales. Y esta movida también huele muy mal. Definitivamente, no se pueden utilizar los medios del mundo para alcanzar fines buenos. Entiendo que esa fue, y sigue siendo por lo que se ve, la estrategia clásica de los jesuitas. Pero, a la larga (o a la corta, si tenemos en cuenta lo que sucedió en España donde el mismo estratega logró reunir un millón de personas en una manifestación y la ley se aprobó igualmente) no da resultados.
Como dije en un post anterior, se trata de una batalla que hay que dar y resulta ejemplar el testimonio de los cientos de miles de católicos que se han enrolado en ella. En todo caso, lo mío es una crítica a las estrategias y a los estrategas.
Quiera Dios que, a pesar de ellos, triunfemos, por más efímera que sea la victoria.

viernes, 9 de julio de 2010

Magisterio


Habíamos hablado la semana pasada acerca de una necesaria discusión acerca del Magisterio. Finalmente, un amigo conocer del tema, me ha hecho llegar su escrito que, como verán, es revelador. Casi no plantea interpretaciones u opiniones personales. Simplemente, enumera una serie de hechos históricos, bastante recientes, que han provocado la exageración del magisterio romano que ahora tenemos.

Mi amigo el Wanderer me ha pedido algunas reflexiones acerca del Magisterio. Evidentemente no sabe en lo que se mete pues me temo que todo esto no haga sino aumentar el ya nutrido grupo de enemigos que se ha ganado en estos años de provocación virtual.

La tesis que quiero presentar es muy simple y es la siguiente: en el curso de los siglos y, sobre todo a partir del posconcilio de Trento, se pasado de una noción objetiva de la Tradición como depósito revelado a una noción subjetiva que insiste sobre todo en el órgano que propone la verdad, o sea el Magisterio. En términos escolásticos, un tránsito del quod al quo.

¿Cómo llegué a esta cuestión? Simplemente un día saltó a mis ojos, estudiando la Suma, que el método teológico que Santo Tomás aplica no es el que según los manuales modernos debe seguirse para probar una proposición teológica, o sea prueba por el Magisterio, prueba por la Escritura, prueba por la Tradición. En Santo Tomás no existe la prueba por el Magisterio; para él las auctoritates son la Escritura y los Padres. Las citas de Papas o Concilios son escasas. O, por ejemplo, si tomamos el Denzinger, los primeros trece siglos de la Iglesia, vgr. hasta la muerte de Santo Tomás, sólo cubren un quinto del total de las intervenciones del Magisterio. Y podemos seguir añadiendo datos significativos: la palabra Magisterium no aparece en el Concilio de Trento. La noción comienza a tomar forma a partir de Stapleton a fines de siglo XVI y sobre todo en los tratados del siglo XVIII: Mayr, Gotti y Billuart.

Todo esto obviamente no significa, y es importante aclararlo, que pongamos en duda el primado de la Sede Romana sino simplemente notar que antes de la época moderna ésta no ha ejercido el magisterio activo de definiciones dogmáticas y formulación constante de la doctrina católica que sí ejerce desde el pontificado de Gregorio XVI y sobre todo de Pío IX.. En la antigüedad la Sede Romana funcionaba más bien como una corte suprema de última apelación –que incluía a las Sedes Orientales, es muy bueno notarlo, antes de la paulatina separación luego del siglo XIII, y que sólo actuaba una vez que la cuestión en disputa había sido estudiada y desmenuzada por doctores, escuelas teológicas, universidades y concilios locales.

Podemos decir a grandes rasgos que en los primeros siglos y hasta bien entrado el segundo milenio, la Regula fidei era objetiva o sea la misma doctrina recibida de los Apóstoles, y los Papas, Concilios y Obispos cumplían una función de conservación y de testificación del hecho de que una doctrina había sido siempre mantenida, que se remontaba a los orígenes y pertenecía por tanto a dicha Regula fidei.

Por razones que sería largo relatar –hasta donde el entendimiento humano puede penetrar en las razones de la historia y sobre todo en los designios de la Providencia, se ha ido produciendo, lentamente luego del comienzo del segundo milenio y más aceleradamente en los últimos siglos, una especie de reducción de la Tradición al Magisterio. Se fue produciendo la transición de una concepción de la Tradición como contenido del depósito apostólico, a la de Tradición considerada desde el punto de vista del órgano transmisor, estimado como residente en el Magisterio de la Iglesia. El siguiente paso fue hablar, a partir probablemente del siglo XIX, de la Tradición y la Escritura como reglas remotas de la fe, mientras que el Magisterio es la regla próxima. Los teólogos de principios del siglo XX hablarán del Magisterio como desempeñando una función formal en relación con el depósito objetivo. Finalmente se critica la noción de regla remota y se concluye por atribuir exclusivamente al Magisterio viviente la calidad de regla de fe. Se ha introducido así al Magisterio en la definición misma de la Tradición. Dicho en forma exagerada, se cree en la Tradición porque así lo manda el Magisterio. Y así en la actualidad, y esto es propio del imaginario colectivo de todo buen católico, todos estamos esperando que el Papa se expida sobre tal o cual asunto. Yo no sé si esto está bien o está mal; lo que sí sé es que no fue así durante quince siglos. Cuando el Papa, o el Concilio con el Papa, hablaban era porque las papas verdaderamente quemaban: crisis arriana, nestorianismo, monofisismo, protestantismo, jansenismo, modernismo, etc.

Para ser totalmente objetivo, aclaro que desde el mismo Magisterio del último siglo y medio es posible reconstruir la noción antigua de Tradición como norma objetiva para dicho Magisterio. Pero esto no quita el movimiento general descrito en cuanto a la reflexión teológica, y la consecuente y anteriormente citada percepción del imaginario colectivo católico, incluso a pesar de explícitas aseveraciones del Papa actual quien tiene esto muy claro, si uno sabe leer entre líneas.

A propósito de las voces que seguramente se van a alzar, querido Wanderer, contra todo esto, simplemente quiero terminar diciendo que todos estos son hechos constatables y bien conocidos por los tratadistas. Más allá de la evaluación que se pueda hacer, y que me he cuidado de hacer, las cosas ocurrieron tal como he relatado y cualquiera puede reconstruirlas y mejorar la descripción con una buena biblioteca. En definitiva, es lo que hay.

Ignotus Inceptor


Nuevo material en el Arcón: La alegría del amor de Dios, de Müller, y el primer capítulo de La restauración de la cultura cristiana, de John Senior.

miércoles, 7 de julio de 2010

¿Ganamos o perdimos?


Había preferido no tratar el tema del gaymonio en el blog porque no es un tema importante. Se trata, como dije en otra oportunidad, de una batalla perdida y, en el mejor de los casos, se podrá atrasar un par de años la derrota a costa, claro está, de claudicar en los principios. Como dijo Ludovicus, la batalla se perdió “con el universal desacatamiento de la Humanae Vitae. A partir de ese momento, como lo ha remarcado lúcidamente el Mago Blanco varias veces, se trata sólo de seguir extrayendo conclusiones de una premisa mayor entronizada como axioma: el sexo no está en función de la procreación, sino de las motivaciones "personalistas" de las "personas" humanas, unidas por el amor con prescindencia del denostado determinismo biologista. Contra este sólido fundamento racional,el "sentido común" del burgués o del cristianuchi medio (los nenes con las nenas)es tan lábil como una temporada de Tinelli”.

En ese sentido, me animo a decir que son más sólidos los argumentos a favor de la adopción por parte de parejas homosexuales, que los que se plantean en contra. O, mejor dicho, los argumentos “católicos” son muy débiles y fácilmente rebatibles. Por eso mismo, plantear la batalla con el “Queremos una mamá y un papá” es, en el mejor de los casos, un manotón de ahogado.

En definitiva, plantearon una batalla nominalista: si se llama matrimonio, perdemos; si se llama unión civil, ganamos. A los efectos, es lo mismo. Entregamos el principio.

Cuando en la P.D. 1 del post anterior anotaba que ellos “perdieron”, lo hacía en el contexto del medio televisivo y en relación a la entrada precedente. Es decir, mientras que el domingo se veía al enemigo en actitud triunfalista, ayer se lo percibía triste y derrotado, y eso me produce cierta alegría.

De cualquier modo, era una batalla que había que dar, aunque estemos seguros de la derrota. A quienes le tocó comandarla, eligieron esa estrategia que no me parece la más adecuada. Yo, en su lugar, no sé qué hubiese hecho. Quizás lo mismo; quizás nada.

En cualquier caso, mis respetos a ellos y a todos los que se sumaron a la cruzada.

Nota bene al post anterior


A raíz del comentario de Benigno, reconozco que es necesario dar al menos una breve explicación de lo que sería, según mi entender, una visita.
No me refiero, por cierto, a una aparición. No soy dado a las apariciones, aunque las respeto y reconozco. Mi referencia es más bien hacia algún tipo de signo, público o privado.
Un signo público es el que todos pueden ver, pero que sólo la verdadera Iglesia es capaz de reconocer como tal. Por ejemplo, me parece que la elección de Ratzinger a la cátedra de Pedro y su su nombre Benedicto, fue un signo. La unión de la iglesia católica romana con la iglesia ortodoxa sería, creo yo, otro signo.
Hay también signos interiores, y a eso me refiero con "místico", tomando el concepto en un sentido lato. No se trata ciertamente de éxtasis ni transverberaciones, sino de algún tipo de iluminación (no encuentro otra palabra) en la que el Señor nos concede una cierta certeza sobre un tema determinado; certeza que viene acompañada de una profunda paz y gozo espiritual.
Este último es un tema complejo, que hay que pensar y ser muy cuidadoso, porque se camina en el límite de caer en el "entusiasmo" de Knox.

P.D. 1: Anoche volví a ver un rato de televisión, y la sensación fue diversa. Perdieron, y están sangrando por la herida. Se les va a ser muy difícil imponer otros temas.
P.D. 2: Hay nuevo material en el Arcón de Wordpress. Se trata de "La descomposición del catolicismo", de Bouyer. Altamente recomendable.

martes, 6 de julio de 2010

La visita


Se me dio anoche por mirar un poco de televisión nacional y, como de costumbre, fue una experiencia breve y repugnante. Pero esta vez tuvo un plus de asco y, sobre todo, de tristeza ocasionada por la descarada defensa de todos los medios de comunicación, periodistas y actores de la ley del homomonio. No sabemos si saldrá o no saldrá pero, como sea, es sólo cuestión de tiempo; se trata de una batalla perdida. Ciertamente, había que darla y batirse con gallardía, pero sabiendo que más pronto que tarde la perderemos. Pero, en fin, no me interesa hoy hablar de eso. Muy bien lo ha hecho un amigo cuyo texto podrán encontrar en el Arcón de archivos de Wordpress.

El dolor y la orfandad propia de los discípulos que miran al cielo en el monte de los Olivos, y que muchos de nosotros sentimos cada día con mayor intensidad en la persecución que el mundo envalentonado inflige a la Iglesia de Cristo y a sus hijos, me lleva a preguntarme “¿Hasta cuándo?”. Es lícito, como lo hacían los primeros cristianos, desear y suplicar con vehemencia por la segunda venida del Señor y rezar cada día: ¡Maranatha!. Sin embargo, no está en nosotros conocer el momento de ese día venturoso y, por eso, creo que bien podemos pedir una visita o un signo que nos ayude a seguir.

La pregunta que me hago es quiénes podrán reconocer esa visita. En el Antiguo Testamento, las “visitas” son reconocidas por los perseguidos, los solitarios y los despreciados, no sólo del pueblo, sino también de los sacerdotes judíos. Tal es el caso de Elías que reconoce al Señor en la brisa, refugiado como estaba en el desierto debido a la persecución de su pueblo, y tal es el caso de Daniel, único capaz de reconocer al arcángel Gabriel.

En esta segunda etapa de la historia de la salvación, quien reconocerá al Señor será, ciertamente, la verdadera Iglesia. Y aquí está el problema, porque no podemos identificar sin más a la verdadera Iglesia con la Iglesia católica como estructura. En efecto, creo yo que la mayor parte de nuestros obispos son incapaces de reconocer al Señor. ¿Alguien, por ventura, puede imaginar al cardenal de Buenos Aires reconociendo al Señor y a sus signos? Yo creo que en la verdadera Iglesia hay muy pocos obispos, muchos sacerdotes y muchísimos laicos (me queda la duda si habrá alguna monja). Entiendo que esta afirmación es peligrosa porque muchos podrían estar tentados a dejar la Iglesia oficial, o la estructura de la Iglesia, lo cual sería un error. Mal que nos pese, necesitamos de los obispos y ellos tienen una función que cumplir, aunque resulten, como sucede con frecuencia, los constantes y peores traidores del mensaje evangélico.

Pero, entonces, ¿quién sabe cuál es la verdadera Iglesia y quiénes están en la verdadera iglesia? Sería también muy fácil decir: “Yo estoy, porque soy del grupo de los buenos”. Es esta otra actitud peligrosa, porque si yo soy del bando de los buenos, Dios está conmigo y todo lo que yo y mis amigos hagamos estará bien. Y de aquí a una secta, hay muy poco trecho. Ciertamente, hay una certeza interna, que no es luz, de que estamos en la verdadera Iglesia y de que seríamos aptos para reconocer al Señor cuando venga. Pero, ¿hay algún modo de comprobar esa pertenencia? O, al menos, ¿algún modo de falsarla? No lo sé; me parece que solamente queda la opción de creer, es decir, de caminar a ciegas.

La tercera pregunta que me hago es de qué manera reconocer la visita del Señor. Como dice Newman, todas sus visitas, sea para destruir a sus enemigos, sea para librar a su pueblo, son silenciosas, súbitas e imprevisibles para los hombres del mundo, pero comprendidas de un cierto modo y esperadas por su verdadera Iglesia. Es casi como la imagen de Holman Hunt que ilustra este post. En medio de la noche y en silencio, el Señor golpea la puerta. Y será, quizás, que lo reconocemos por la luz tenue que lleva en su candil o por la paz inconmensurable que deposita en el alma.

Yo creo que es esto último, justamente, la fuente de las certezas relativas que podemos tener: reconocemos al Señor porque nos “toca” el alma. ¿Postulo un fenómeno místico? No lo sé. En todo caso, es un tema que merece otro post.