
"El aluvión cívico". No son palabras mías. Son palabras de los conductores del masivo acto de ayer. Nunca mejor definida la manifestación organizada por el Episcopado.




Mi amigo el Wanderer me ha pedido algunas reflexiones acerca del Magisterio. Evidentemente no sabe en lo que se mete pues me temo que todo esto no haga sino aumentar el ya nutrido grupo de enemigos que se ha ganado en estos años de provocación virtual.
La tesis que quiero presentar es muy simple y es la siguiente: en el curso de los siglos y, sobre todo a partir del posconcilio de Trento, se pasado de una noción objetiva de
¿Cómo llegué a esta cuestión? Simplemente un día saltó a mis ojos, estudiando
Todo esto obviamente no significa, y es importante aclararlo, que pongamos en duda el primado de
Podemos decir a grandes rasgos que en los primeros siglos y hasta bien entrado el segundo milenio,
Por razones que sería largo relatar –hasta donde el entendimiento humano puede penetrar en las razones de la historia y sobre todo en los designios de
Tradición.
Para ser totalmente objetivo, aclaro que desde el mismo Magisterio del último siglo y medio es posible reconstruir la noción antigua de Tradición como norma objetiva para dicho Magisterio. Pero esto no quita el movimiento general descrito en cuanto a la reflexión teológica, y la consecuente y anteriormente citada percepción del imaginario colectivo católico, incluso a pesar de explícitas aseveraciones del Papa actual quien tiene esto muy claro, si uno sabe leer entre líneas.
A propósito de las voces que seguramente se van a alzar, querido Wanderer, contra todo esto, simplemente quiero terminar diciendo que todos estos son hechos constatables y bien conocidos por los tratadistas. Más allá de la evaluación que se pueda hacer, y que me he cuidado de hacer, las cosas ocurrieron tal como he relatado y cualquiera puede reconstruirlas y mejorar la descripción con una buena biblioteca. En definitiva, es lo que hay.
Ignotus Inceptor
Nuevo material en el Arcón: La alegría del amor de Dios, de Müller, y el primer capítulo de La restauración de la cultura cristiana, de John Senior.

Había preferido no tratar el tema del gaymonio en el blog porque no es un tema importante. Se trata, como dije en otra oportunidad, de una batalla perdida y, en el mejor de los casos, se podrá atrasar un par de años la derrota a costa, claro está, de claudicar en los principios. Como dijo Ludovicus, la batalla se perdió “con el universal desacatamiento de la Humanae Vitae. A partir de ese momento, como lo ha remarcado lúcidamente el Mago Blanco varias veces, se trata sólo de seguir extrayendo conclusiones de una premisa mayor entronizada como axioma: el sexo no está en función de la procreación, sino de las motivaciones "personalistas" de las "personas" humanas, unidas por el amor con prescindencia del denostado determinismo biologista. Contra este sólido fundamento racional,el "sentido común" del burgués o del cristianuchi medio (los nenes con las nenas)es tan lábil como una temporada de Tinelli”.
En ese sentido, me animo a decir que son más sólidos los argumentos a favor de la adopción por parte de parejas homosexuales, que los que se plantean en contra. O, mejor dicho, los argumentos “católicos” son muy débiles y fácilmente rebatibles. Por eso mismo, plantear la batalla con el “Queremos una mamá y un papá” es, en el mejor de los casos, un manotón de ahogado.
En definitiva, plantearon una batalla nominalista: si se llama matrimonio, perdemos; si se llama unión civil, ganamos. A los efectos, es lo mismo. Entregamos el principio.
Cuando en la P.D. 1 del post anterior anotaba que ellos “perdieron”, lo hacía en el contexto del medio televisivo y en relación a la entrada precedente. Es decir, mientras que el domingo se veía al enemigo en actitud triunfalista, ayer se lo percibía triste y derrotado, y eso me produce cierta alegría.
De cualquier modo, era una batalla que había que dar, aunque estemos seguros de la derrota. A quienes le tocó comandarla, eligieron esa estrategia que no me parece la más adecuada. Yo, en su lugar, no sé qué hubiese hecho. Quizás lo mismo; quizás nada.
En cualquier caso, mis respetos a ellos y a todos los que se sumaron a la cruzada.


Se me dio anoche por mirar un poco de televisión nacional y, como de costumbre, fue una experiencia breve y repugnante. Pero esta vez tuvo un plus de asco y, sobre todo, de tristeza ocasionada por la descarada defensa de todos los medios de comunicación, periodistas y actores de la ley del homomonio. No sabemos si saldrá o no saldrá pero, como sea, es sólo cuestión de tiempo; se trata de una batalla perdida. Ciertamente, había que darla y batirse con gallardía, pero sabiendo que más pronto que tarde la perderemos. Pero, en fin, no me interesa hoy hablar de eso. Muy bien lo ha hecho un amigo cuyo texto podrán encontrar en el Arcón de archivos de Wordpress.
El dolor y la orfandad propia de los discípulos que miran al cielo en el monte de los Olivos, y que muchos de nosotros sentimos cada día con mayor intensidad en la persecución que el mundo envalentonado inflige a la Iglesia de Cristo y a sus hijos, me lleva a preguntarme “¿Hasta cuándo?”. Es lícito, como lo hacían los primeros cristianos, desear y suplicar con vehemencia por la segunda venida del Señor y rezar cada día: ¡Maranatha!. Sin embargo, no está en nosotros conocer el momento de ese día venturoso y, por eso, creo que bien podemos pedir una visita o un signo que nos ayude a seguir.
La pregunta que me hago es quiénes podrán reconocer esa visita. En el Antiguo Testamento, las “visitas” son reconocidas por los perseguidos, los solitarios y los despreciados, no sólo del pueblo, sino también de los sacerdotes judíos. Tal es el caso de Elías que reconoce al Señor en la brisa, refugiado como estaba en el desierto debido a la persecución de su pueblo, y tal es el caso de Daniel, único capaz de reconocer al arcángel Gabriel.
En esta segunda etapa de la historia de la salvación, quien reconocerá al Señor será, ciertamente, la verdadera Iglesia. Y aquí está el problema, porque no podemos identificar sin más a la verdadera Iglesia con la Iglesia católica como estructura. En efecto, creo yo que la mayor parte de nuestros obispos son incapaces de reconocer al Señor. ¿Alguien, por ventura, puede imaginar al cardenal de Buenos Aires reconociendo al Señor y a sus signos? Yo creo que en la verdadera Iglesia hay muy pocos obispos, muchos sacerdotes y muchísimos laicos (me queda la duda si habrá alguna monja). Entiendo que esta afirmación es peligrosa porque muchos podrían estar tentados a dejar la Iglesia oficial, o la estructura de la Iglesia, lo cual sería un error. Mal que nos pese, necesitamos de los obispos y ellos tienen una función que cumplir, aunque resulten, como sucede con frecuencia, los constantes y peores traidores del mensaje evangélico.
Pero, entonces, ¿quién sabe cuál es la verdadera Iglesia y quiénes están en la verdadera iglesia? Sería también muy fácil decir: “Yo estoy, porque soy del grupo de los buenos”. Es esta otra actitud peligrosa, porque si yo soy del bando de los buenos, Dios está conmigo y todo lo que yo y mis amigos hagamos estará bien. Y de aquí a una secta, hay muy poco trecho. Ciertamente, hay una certeza interna, que no es luz, de que estamos en la verdadera Iglesia y de que seríamos aptos para reconocer al Señor cuando venga. Pero, ¿hay algún modo de comprobar esa pertenencia? O, al menos, ¿algún modo de falsarla? No lo sé; me parece que solamente queda la opción de creer, es decir, de caminar a ciegas.
La tercera pregunta que me hago es de qué manera reconocer la visita del Señor. Como dice Newman, todas sus visitas, sea para destruir a sus enemigos, sea para librar a su pueblo, son silenciosas, súbitas e imprevisibles para los hombres del mundo, pero comprendidas de un cierto modo y esperadas por su verdadera Iglesia. Es casi como la imagen de Holman Hunt que ilustra este post. En medio de la noche y en silencio, el Señor golpea la puerta. Y será, quizás, que lo reconocemos por la luz tenue que lleva en su candil o por la paz inconmensurable que deposita en el alma.
Yo creo que es esto último, justamente, la fuente de las certezas relativas que podemos tener: reconocemos al Señor porque nos “toca” el alma. ¿Postulo un fenómeno místico? No lo sé. En todo caso, es un tema que merece otro post.