jueves, 29 de julio de 2010

La huida


Sin quererlo casi, hemos caído en un tema interesante para discutir: frente al ya claro y violento desembarco de los orcos, ¿debemos permanecer en la ciudad o conviene huir conforme al consejo evangélico? Dice San Marcos en el capítulo 13: “Pero cuando veáis la abominación desoladora de que habló el profeta Daniel, puesta donde no debe estar (el que lee, entienda), entonces los que estén en Judea huyan a los montes. El que esté en la azotea, no descienda a la casa, ni entre para tomar algo de su casa; y el que esté en el campo, no vuelva atrás a tomar su capa”. La pregunta hoy es si no sería una buena idea “irnos al campo”, como decía algún comentarista, y abandonar la abominación porteña o de las ciudades del interior.
Hace algunos años, cuando era más joven y recién había terminado de leer el libro de John Senior, no habría dudado en decir: “Sí, lo mejor es huir”. Ahora no estoy tan seguro, y esto por varios motivos.
En primer término, las experiencias que conozco en este sentido, han sido, justamente, “desoladoras”. El KKK (Kukú Kantry Klub), establecido en vecindades de la Finca sanrafaelina, nunca pasó de ser un polvoriento sueño febril del Arconte en el exilio, y el Catholic Village de Fr. U. terminó, justa o injustamente, envuelto en aires de estafa y corrupción. No conozco de cerca, ni de lejos, el caso de Pichimahuida, pero se trata, más bien, de una experiencia familiar y no sé si puede ser extrapolada a una comunidad “vecinal”. No conozco otras experiencias, y quizás las haya y exitosas.
Sin embargo, soy de desconfiar de este tipo de proyectos que tienden a construir de un modo previo y racional lo que, en la realidad, ha surgido casi siempre de un modo natural. En Europa, por ejemplo, los pequeños e idílicos pueblitos surgieron en los albores de la Edad Media, en torno a un monasterio (“en torno al sagrario”, diría Senior), que se había establecido allí con un propósito muchas veces misional. Diríamos, casi, el tañer de las campanas conventuales convocaron a los pobladores de la aldea. Si el proceso es a la inversa –construyo racionalmente el proyecto y lo ejecuto- es bastante probable que termine fundando “Fantasilandia”, que tendrá una duración limitada, y se convertirá, en el mejor de los casos, en una suerte de Disneyworld católica o en una pintoresca comarca menonita, de la que saldrán todos peleados y maldiciendo.
Es que, para vivir en una comunidad de ese tipo, todos necesitan de un inusual equilibrio psicológico, desde el cura que los atiende espiritualmente, hasta el peón que ordeña las vacas, para afrontar y resistir las tentaciones que sobrevendrán, y que serán varias, no siendo la menor la tendencia permanente a caer en un espíritu sectario que termine llevando a los pobladores al autoconvencimiento tranquilizador de que son el grupo de los elegidos.
¿No hay que huir entonces? No lo sé. Quizás todavía no sea el momento para la huída física y debamos comenzar con una huida espiritual. No significa esto desconocer los grandes beneficios que tiene el vivir en contacto con la naturaleza, como bien decía un comentador. El vivir en la tierra, en contacto con el reino vegetal y el reino animal, es una vuelta a la orígenes y a la realidad profunda del hombre y, necesariamente, el Padre de la Mentira odia a la realidad (y no “odia a la materia”, como decía el mismo comentador con exceso de ímpetu, según mi modo de ver). Es decir, la vida en el campo, si bien vivida, es terapéutica en sí misma. Pero lo mejor suele ser enemigo de la bueno.
Una solución de mínima sería tratar de vivir –y creo que todos los que nos juntamos en este espacio lo hacemos de un modo u otro-, como “monjes urbanos”, y con esto quiero decir reservándonos espacios de tiempo, e incluso espacios físicos, diariamente para hacer vida de monje, o de apartamiento del mundo y de contacto personal e íntimo con el Señor, a través de la oración, la lectio, la lectura, etc. Si se tiene posibilidades, puede ser una buena idea disponer de una suerte de oratorio en la propia casa: una habitación pequeña transformada en “capillita”, donde el ambiente y el silencio inviten y favorezca esa vida “monástica” urbana.
Otra medida podría ser adoptar el homeschooling, que posee una larga trayectoria y altas tasas de éxito en Estados Unidos, y que en nuestro país se están dando experiencias muy buenas. No es fácil, ciertamente, pero es posible, y habrá que ver a largo plazo cómo resultan los niños educados con ese método. Conozco casos actuales que sorprenden por la madurez y “normalidad” que alcanzan algunos de estos “alumnos”, y que es mucho más alta que la de sus congéneres formados en colegios convencionales. Una vez más, por supuesto, los padres y educadores necesitan una dosis extra de sentido común y equilibrio psicológico porque, caso contrario, se puedan arruinar vidas con bastante facilidad.
Una solución de máxima podría ser “copiar” el método medieval y comenzar a reunirse “naturalmente” en pequeñas “poblaciones” en torno a monasterios por los cuales uno sienta una particular atracción: algunos se irán a Chivilcoy con los Reparadores; otros al Cordón del Plata con los Orantes, y otros a Open Door con las monjitas. Pero claro, no es nada fácil; más bien, es bastante difícil.
De cualquier modo, y como todos sabemos, es sólo cuestión de tiempo. Nos buscarán, y aún en medio de las montañas, nos encontrarán. Oremos para que, al menos, nuestra “huida no sea en invierno; porque aquellos días serán de tribulación cual nunca ha habido desde el principio de la creación que Dios creó, hasta este tiempo, ni la habrá”.

martes, 27 de julio de 2010

La caja de Pandora

La legalización del sodomio no es sólo un reconocimiento de los derechos de una minoría. Es la apertura de una impensada caja de Pandora que termina, rápidamente, conculcando los derechos de la mayoría:

miércoles, 21 de julio de 2010

Ay de nosotros!


En estos momentos, fresca aún la derrota sodomítica que sufrimos, nos acecha un peligro mucho más grave que la legislación que hoy promulgará Kristina. Es una idea que me vuelve con frecuencia y de la que hace unos días nos alertaba una sensata lectora del blog.
Cuando nuestros principios y nuestra fe se ven atacados como viene sucediendo en los últimos tiempos, la salida que tenemos frente a esta situación es recurrir a la virtud de la esperanza. Yo lo acotaba en un post anterior y el Séptimo Rey Mago lo sintetizó con la expresión bienaventurada: "Cristo viene". Y esta es, efectivamente, la razón por la que, a pesar de las derrotas y de las luchas, seguimos caminando con alegría. Sabemos que el Señor está a las puertas y que en algún momento, volverá.
Se trata de la salida sobrenatural que nos indica nuestra fe, y se trata también de un escape psicológico. En efecto, la convicción de esa realidad nos alivia y tranquiliza en el plano psicológico. Como enseña la teología, lo natural y lo sobrenatural no se contraponen, sino que se complementan.
Sin embargo, aquí mismo, a mi entender, radica el peligro, porque fácilmente podríamos convencernos de que, como somos del grupo de los cristianos que saben de la venida próxima de su Señor, y que por Él luchan yendo a la marcha y vistiéndose de naranja porque tiene razones para ello, o no yendo porque no las tienen; y porque no sólo sabemos la realidad sino que también la vemos; y porque pertenecemos a los grupos de élite de la cristiandad, y por muchas cosas más, ya "estamos salvados".
Y no se trata del "estar salvados" en el sentido en el que defendimos esa proposición a partir del memorable post de Ludovicus, sino de un "estar salvados" porque, con todos esos actos buenos, nos parece que hemos comprado, de alguna manera, la salvación. Frente a la debacle política, moral y social que estamos viviendo en estos días, nosotros permanecemos fieles a las verdades y, podría ocurrir, que esta convicción nos llevara a pensar que, por eso mismo y automáticamente, estamos del lado de los corderos, mientras que los K., toda su runfla legislativa y los sodomitas de la plaza y del Obelisco, están del lado de los cabritos. Se trata, claro, de una idea tentadora y reconfortante.
Pero resuenan las palabras evangélicas: "Ay de vosotros, porque las prostitutas y los gay os precederán en el reino de los cielos".
Cuidado. El lugar a la derecha del Trono no se compra asistiendo a una marchas, vistiéndose con de naranja, juntándonos todos los días a tomar un café en este blog o en otro, leyendo a Newman o a Bouyer. Ese lugar, definitivamente, no se compra. Apenas se recibe como un regalo que el Padre los distribuye como quiere, a los de la hora temprana, y también a los de la hora postrera.
Nos queda, solamente, hacer lo que nuestra conciencia nos manda, y esperar en la misericordia de Dios.

lunes, 19 de julio de 2010

Newman nunca más oportuno




Leí hoy un sermón de Newman que finaliza con un párrafo nunca más oportuno para estos días. Aquí va:

Aprovechemos de aquello que cada día, que cada hora que pasa nos enseña. Aquello que nos parece sombrío en un momento, reflejará al Sol de Justicia cuando haya pasado. Y todo esto que pasa nos da una enseñanza para el futuro, que es tener fe en lo que no vemos. El mundo parece seguir con su tren acostumbrado. No hay nada de celestial en nuestra sociedad, ni en las noticias del día, en en los rostros de la multitud, de los ricos y de los poderosos, y en la masa de hombres que se afanan; ni en las palabras de las gentes de letras, en las acciones de los grandes, en los consejos de los sabios, las decisiones de los soberbios, el fasto y la pompa de los opulentos. Pero, sin embargo, el Espíritu de Dios, bendito por siempre, está aquí. La presencia del Hijo Eterno, diez veces más glorioso y más potente que en los días de su carne, está con nosotros. Tengamos siempre presente en nuestro interior esta verdad divina: cuanto más secreta es la mano de Dios, más poderosa es; cuanto más silenciosa es, más temible es. Vivimos bajo el temible ministerio del Espíritu, y cualquiera que habla contra Él arriesga mucho más de lo que pudiera pensar; y cualquiera que se aflige pierde más gracias y de gloria de lo que podría imaginar.
PPS 4, 265.

domingo, 18 de julio de 2010

Si el Templo existiera...


Muy interesante el rabino Levin. Como acota Lupus, tiene dos aristas, pero dice las cosas como son. Otra que Alessio. Vale la pena escucharlo:

sábado, 17 de julio de 2010

Crónicas callejeras - Día Segundo, por Lupus


Jueves 15 de julio, 20:30 hs. De nuevo estoy acá, avenida Entre Ríos frente al Congreso, Buenos Aires. Somos, según mis cálculos tentativos (de a poco le voy agarrando la mano), algo más de doscientas personas, varones y mujeres: casi todos jóvenes, más unos quince o veinte adultos. La iniciativa fue de la muchachada: se convocaron unos a otros por facebook, por celular, por mail... toda herramienta se aprovecha ahora. Hay bufandas naranjas todavía, un par de tambores, metales ruidosos.

Cortamos el tránsito frente al Parlamento Inicuo. Los muchachos tuvieron el tino de traerse algunos pasacalles. Uno muy largo, de color amarillo, con la leyenda “Defendamos la vida desde la concepción”, sirve para atravesar la avenida de punta a punta y dividir las aguas. Hay otro que dice “No a la matanza de niños inocentes” y uno más que asegura “Esto no termina acá”. Cuatro o cinco agentes de policía, acostumbrados, aseguran el perímetro, desvían el flujo mecánico de la avenida y se mantienen al lado nuestro para “evitar incidentes”. Un auto blanco da vueltas y vueltas en torno nuestro; se detiene cada tanto, las ventanillas cerradas. Nos desentendemos de todos los vigilantes.

Se acercan a enfrentarnos una docena de muchachones, balbuceando cantitos peronistas. Son de la JJKK, la juventud jodida por los kaka. Criados como el tuerto manda, nos desafían con insultos y gestos groseros... Los muchachos y (pucha, tendrían que verlas) hasta las chicas se les van al humo, pero los frenamos, y le pedimos a uno de los agentes que saque a los orquitos porque los nuestros quieren arrasar la avenida. Es lógico: el día anterior, maldito 14 de julio, la banda mariposa había expulsado de la zona a varias mujeres, jóvenes y curas que se habían detenido a rezar el rosario al costado de la turba degenerada, sus banderas multicolor y sus penes gigantes. De plástico. Los escupieron, les tiraron botellas, los golpearon. Esas cosas no se olvidan, no se dejan atrás.

Miren, recién estoy aprendiendo este oficio de corresponsal urbano y confieso que en este momento algunas cosas me cuestan bastante: por un lado, mantener la mirada periodística sobre el suceso; por otro, proteger, aconsejar y controlar a las jovencitas y a los muchachos; y, por último, no abandonar esas dos vocaciones para empezar a dar roscazos. Con un amigo custodiamos la frontera del pasacalle y nos damos voces de tranquilidad el uno al otro. El viento zamarrea la tela, la palabra concepción me acaricia el rostro.

Los muchachos respetan nuestras órdenes pero avanzan sin pausa, descargando todo el alfabeto barriobajero. Vamos aflojando: vale, aconsejamos, pero de a uno contra uno... Nos miran con ojos alegres. El pasacalle cae al piso. La policía lo advierte y obliga a retroceder a la bandita. Nuestros muchachos aprietan el paso y la doble jota kaka se retira despacio de prisa. Saludan irónicos, a lo lejos. Se llevan puesta una puteada de órdago. Hasta pronto, si Dios quiere.

Acá, con estos varones, con estas mujeres, vuelvo a sentirme igual que el martes 13 de julio. El día antes, el día después. Pensaba que sí, pero no es tan fácil explicarlo: son aire limpio, permiten respirar. ¿Qué, si no, me agranda el pecho? Tengo la certeza de que somos muchos. No sé cuántos. Muchos más. Para empezar, sumo mentalmente a aquellos que, cuando lean la pobrísima crónica que les voy a ofrecer, tal vez envidien mi lugar.

Pasadas dos horas hacemos una ronda grande sobre la avenida para nombrar a Jesús y a María a voz en cuello, para proclamar la adversidad visceral del viva la patria contra el viva la pepa, para cantar el himno. Es un desorden, es lo que nos sale: un grito atragantado y furioso. Dos fotógrafos dan vueltas por adentro del círculo y disparan sin descanso sus máquinas botonas, deteniéndose en cada rostro. Los dejamos, los ayudamos. Es esa hora privada en que ninguna precaución tiene importancia. Hace mucho frío, pero del lado de afuera del alma. Adentro hace otra cosa.

Comenzamos a retirarnos muy lentamente, conversando, ocupando todavía la calle. Permanecemos ajenos al resto del mundo, trepados a una misteriosa sensación de fe, de ilusión invicta, de combate. Habitamos otras certezas, a cien mundos de distancia de los políticos, de los actores, de los músicos, de los periodistas, de todos los que destinaron sus riquezas, sus talentos mundanos y sus famas minúsculas a la postración de nuestra gente.

Hablamos entre nosotros sobre las estrategias preparadas para impedir la inminente ley del aborto. Un amigo me pasa un proyecto en ciernes que propone duplicar la asignación por hijo durante el embarazo; en una parte se refiere a “la Argentina por nacer”. Imaginamos de qué modo se podría declarar el 13 de julio como el Día de Algo que sea Todo lo Contrario a Esto que resolvieron nuestros “representantes”: Reconquista, Resistencia, Defensa... los nombres son rumores, evocaciones, deseos. Esas cosas. Al irme, paso al lado de uno que guarda las banderas. Lamento no tener una cámara, como correspondería a un verdadero cronista. Pero me detengo para mirar bien y fijarlo en la memoria: “Esto no termina acá”.

Déjenme distinguir algo en forma indebida (ya saben, estoy aprendiendo periodismo a la buena de Dios): llamaré patria a lo que nadie puede matar ni cambiar; llamaré país a lo que sí puede cambiar, a la materia que muta de acuerdo al paisaje humano que se imponga. Pues bien, acá y ahora siento que así empiezan las horas recias de la patria sublevada contra los miserables, contra el desprecio de lo divino, contra la negación de lo creado, contra la deshonra de la familia y el sufrimiento de los niños. La crucifixión de la patria contra la putifixión del país.

[...]

Hasta ahí mis apuntes, apenas corregidos. Ahora, con la sangre calmada, abandonada sobre el escritorio la credencial de cronista callejero, viene a darme el tostón aquel otro tipo realista, escéptico, ese otro yo mismo que me tengo merecido.

Desprovistos de casi todo, ¿qué podemos conseguir? La Argentina es un erial devastado por la molicie y la malicia. ¿Suena cursi, resobado? Quien pueda que lo diga en forma más elegante. Quedan islotes de resistencia, de familias, de amigos, pero ¿qué se puede hacer con eso, tan esencial para sus poseedores y tan invisible para todos?... Estamos solos, sin guía ni pastor. Amigos y hermanos en la fe, pero todos solos. ¿Una nación cristiana? Habría que desarmar tantos tugurios, tanta tropa imbécil... ¿Cuántas generaciones se necesitarían? ¿Hay ganas? ¿Hay tiempo? Ya termina la historia...

Ahora nos aplauden por ser “el primero de la región” en llevar la libertad al pináculo... con lo que venimos a ser, en la región, la pieza clave, el primogénito de un imperio podrido. Pero si intentamos rehusarnos a tan grande honor, no tenemos aldea donde organizarnos, ni monte donde armar la defensa. Superiores no se ven. ¿Y cuántos miopes, otra vez, querrán ponerle su propia etiqueta a cada tibio éxito mental?

En torno a la última marcha hubo demasiadas torpezas y ahora hay demasiados desencantos. Mejores posibilidades y mejores personas fueron siendo descartadas, durante estos días, a manos de ese estúpido y turbio ballet de la tilinguería catolicosa. Hasta los símbolos ya se están diluyendo, por propia inconsistencia. Tal como parece estar disolviéndose tanto entusiasmo provisorio. Pero ¿cómo puede ser que me tumbe esta impotencia, esta tara casi congénita y, al rato, el fervor de esta muchachada me haga tomar las calles por asalto, trepar por los muros, salir a cazar orcos, encenderme otra vez de ilusiones?

Yo qué sé. Yo no sé cuántas clases de tipo soy. Lo único que sé es que leí sobre fines y causas, sobre misteriosos surgimientos, virtudes desapercibidas y presencias poderosas. Y supe, por las cosas que leí y medité, que muchas horas mejores comenzaron del mismo modo: en soledad, masticando afrentas y derrotas, sin planes, sin provisiones y sin jefes a la vista.

No hay más que tinieblas donde debería haber un poco de luz. No hay más que descensos donde deberíamos encontrar la altura suficiente... ¿Y si todavía tarda en volver?

Usted y yo aprendimos, paciente lector, en presencia de los vivos y por la voz de los muertos, que en las horas terribles, para encontrar la fuerza y el señorío, hay que ir a buscarse el destino más arriba.

Lupus

viernes, 16 de julio de 2010

Tollers renovado


La página de Jack Tollers, "Et voilà!" se ha renovado y cambiado su alojamiento. Pueden visitarla en : http://www.cuadernas.com.ar/etvoila.php
Como siempre, la mar de traducciones de Newman, Belloc, Duquesnes, Waugh et alii, más su célebra Catena argentea, más Castellani y otros tantos textos.