
jueves, 29 de julio de 2010
La huida

martes, 27 de julio de 2010
La caja de Pandora
miércoles, 21 de julio de 2010
Ay de nosotros!

lunes, 19 de julio de 2010
Newman nunca más oportuno

domingo, 18 de julio de 2010
Si el Templo existiera...
sábado, 17 de julio de 2010
Crónicas callejeras - Día Segundo, por Lupus

Jueves 15 de julio, 20:30 hs. De nuevo estoy acá, avenida Entre Ríos frente al Congreso, Buenos Aires. Somos, según mis cálculos tentativos (de a poco le voy agarrando la mano), algo más de doscientas personas, varones y mujeres: casi todos jóvenes, más unos quince o veinte adultos. La iniciativa fue de la muchachada: se convocaron unos a otros por facebook, por celular, por mail... toda herramienta se aprovecha ahora. Hay bufandas naranjas todavía, un par de tambores, metales ruidosos.
Cortamos el tránsito frente al Parlamento Inicuo. Los muchachos tuvieron el tino de traerse algunos pasacalles. Uno muy largo, de color amarillo, con la leyenda “Defendamos la vida desde la concepción”, sirve para atravesar la avenida de punta a punta y dividir las aguas. Hay otro que dice “No a la matanza de niños inocentes” y uno más que asegura “Esto no termina acá”. Cuatro o cinco agentes de policía, acostumbrados, aseguran el perímetro, desvían el flujo mecánico de la avenida y se mantienen al lado nuestro para “evitar incidentes”. Un auto blanco da vueltas y vueltas en torno nuestro; se detiene cada tanto, las ventanillas cerradas. Nos desentendemos de todos los vigilantes.
Se acercan a enfrentarnos una docena de muchachones, balbuceando cantitos peronistas. Son de la JJKK, la juventud jodida por los kaka. Criados como el tuerto manda, nos desafían con insultos y gestos groseros... Los muchachos y (pucha, tendrían que verlas) hasta las chicas se les van al humo, pero los frenamos, y le pedimos a uno de los agentes que saque a los orquitos porque los nuestros quieren arrasar la avenida. Es lógico: el día anterior, maldito 14 de julio, la banda mariposa había expulsado de la zona a varias mujeres, jóvenes y curas que se habían detenido a rezar el rosario al costado de la turba degenerada, sus banderas multicolor y sus penes gigantes. De plástico. Los escupieron, les tiraron botellas, los golpearon. Esas cosas no se olvidan, no se dejan atrás.
Miren, recién estoy aprendiendo este oficio de corresponsal urbano y confieso que en este momento algunas cosas me cuestan bastante: por un lado, mantener la mirada periodística sobre el suceso; por otro, proteger, aconsejar y controlar a las jovencitas y a los muchachos; y, por último, no abandonar esas dos vocaciones para empezar a dar roscazos. Con un amigo custodiamos la frontera del pasacalle y nos damos voces de tranquilidad el uno al otro. El viento zamarrea la tela, la palabra concepción me acaricia el rostro.
Los muchachos respetan nuestras órdenes pero avanzan sin pausa, descargando todo el alfabeto barriobajero. Vamos aflojando: vale, aconsejamos, pero de a uno contra uno... Nos miran con ojos alegres. El pasacalle cae al piso. La policía lo advierte y obliga a retroceder a la bandita. Nuestros muchachos aprietan el paso y la doble jota kaka se retira despacio de prisa. Saludan irónicos, a lo lejos. Se llevan puesta una puteada de órdago. Hasta pronto, si Dios quiere.
Acá, con estos varones, con estas mujeres, vuelvo a sentirme igual que el martes 13 de julio. El día antes, el día después. Pensaba que sí, pero no es tan fácil explicarlo: son aire limpio, permiten respirar. ¿Qué, si no, me agranda el pecho? Tengo la certeza de que somos muchos. No sé cuántos. Muchos más. Para empezar, sumo mentalmente a aquellos que, cuando lean la pobrísima crónica que les voy a ofrecer, tal vez envidien mi lugar.
Pasadas dos horas hacemos una ronda grande sobre la avenida para nombrar a Jesús y a María a voz en cuello, para proclamar la adversidad visceral del viva la patria contra el viva la pepa, para cantar el himno. Es un desorden, es lo que nos sale: un grito atragantado y furioso. Dos fotógrafos dan vueltas por adentro del círculo y disparan sin descanso sus máquinas botonas, deteniéndose en cada rostro. Los dejamos, los ayudamos. Es esa hora privada en que ninguna precaución tiene importancia. Hace mucho frío, pero del lado de afuera del alma. Adentro hace otra cosa.
Comenzamos a retirarnos muy lentamente, conversando, ocupando todavía la calle. Permanecemos ajenos al resto del mundo, trepados a una misteriosa sensación de fe, de ilusión invicta, de combate. Habitamos otras certezas, a cien mundos de distancia de los políticos, de los actores, de los músicos, de los periodistas, de todos los que destinaron sus riquezas, sus talentos mundanos y sus famas minúsculas a la postración de nuestra gente.
Hablamos entre nosotros sobre las estrategias preparadas para impedir la inminente ley del aborto. Un amigo me pasa un proyecto en ciernes que propone duplicar la asignación por hijo durante el embarazo; en una parte se refiere a “la Argentina por nacer”. Imaginamos de qué modo se podría declarar el 13 de julio como el Día de Algo que sea Todo lo Contrario a Esto que resolvieron nuestros “representantes”: Reconquista, Resistencia, Defensa... los nombres son rumores, evocaciones, deseos. Esas cosas. Al irme, paso al lado de uno que guarda las banderas. Lamento no tener una cámara, como correspondería a un verdadero cronista. Pero me detengo para mirar bien y fijarlo en la memoria: “Esto no termina acá”.
Déjenme distinguir algo en forma indebida (ya saben, estoy aprendiendo periodismo a la buena de Dios): llamaré patria a lo que nadie puede matar ni cambiar; llamaré país a lo que sí puede cambiar, a la materia que muta de acuerdo al paisaje humano que se imponga. Pues bien, acá y ahora siento que así empiezan las horas recias de la patria sublevada contra los miserables, contra el desprecio de lo divino, contra la negación de lo creado, contra la deshonra de la familia y el sufrimiento de los niños. La crucifixión de la patria contra la putifixión del país.
[...]
Hasta ahí mis apuntes, apenas corregidos. Ahora, con la sangre calmada, abandonada sobre el escritorio la credencial de cronista callejero, viene a darme el tostón aquel otro tipo realista, escéptico, ese otro yo mismo que me tengo merecido.
Desprovistos de casi todo, ¿qué podemos conseguir? La Argentina es un erial devastado por la molicie y la malicia. ¿Suena cursi, resobado? Quien pueda que lo diga en forma más elegante. Quedan islotes de resistencia, de familias, de amigos, pero ¿qué se puede hacer con eso, tan esencial para sus poseedores y tan invisible para todos?... Estamos solos, sin guía ni pastor. Amigos y hermanos en la fe, pero todos solos. ¿Una nación cristiana? Habría que desarmar tantos tugurios, tanta tropa imbécil... ¿Cuántas generaciones se necesitarían? ¿Hay ganas? ¿Hay tiempo? Ya termina la historia...
Ahora nos aplauden por ser “el primero de la región” en llevar la libertad al pináculo... con lo que venimos a ser, en la región, la pieza clave, el primogénito de un imperio podrido. Pero si intentamos rehusarnos a tan grande honor, no tenemos aldea donde organizarnos, ni monte donde armar la defensa. Superiores no se ven. ¿Y cuántos miopes, otra vez, querrán ponerle su propia etiqueta a cada tibio éxito mental?
En torno a la última marcha hubo demasiadas torpezas y ahora hay demasiados desencantos. Mejores posibilidades y mejores personas fueron siendo descartadas, durante estos días, a manos de ese estúpido y turbio ballet de la tilinguería catolicosa. Hasta los símbolos ya se están diluyendo, por propia inconsistencia. Tal como parece estar disolviéndose tanto entusiasmo provisorio. Pero ¿cómo puede ser que me tumbe esta impotencia, esta tara casi congénita y, al rato, el fervor de esta muchachada me haga tomar las calles por asalto, trepar por los muros, salir a cazar orcos, encenderme otra vez de ilusiones?
Yo qué sé. Yo no sé cuántas clases de tipo soy. Lo único que sé es que leí sobre fines y causas, sobre misteriosos surgimientos, virtudes desapercibidas y presencias poderosas. Y supe, por las cosas que leí y medité, que muchas horas mejores comenzaron del mismo modo: en soledad, masticando afrentas y derrotas, sin planes, sin provisiones y sin jefes a la vista.
No hay más que tinieblas donde debería haber un poco de luz. No hay más que descensos donde deberíamos encontrar la altura suficiente... ¿Y si todavía tarda en volver?
Usted y yo aprendimos, paciente lector, en presencia de los vivos y por la voz de los muertos, que en las horas terribles, para encontrar la fuerza y el señorío, hay que ir a buscarse el destino más arriba.
Lupus
viernes, 16 de julio de 2010
Tollers renovado

La página de Jack Tollers, "Et voilà!" se ha renovado y cambiado su alojamiento. Pueden visitarla en : http://www.cuadernas.com.ar/etvoila.php
