martes, 21 de septiembre de 2010

Just a gap


Damian Thompson, columnista de temas religiosos en el Telegraph de Londres ha escrito una interesante columna sobre la visita del Papa a la abadía de Westminster y su discurso allí y, también en Westminster Hall.
La idea, en el fondo, es que la Inglaterra protestante ha sido solo un gap, o una brecha de quinientos años en la historia de ese país. En efecto, él ve en esta visita un cierto "retorno" de Inglaterra a Roma. Destaca, por ejemplo, el modo en el que fue recibido por el arzobispo de Cantorbery: como quien reconoce en Benedicto XVI el primado de los obispos.
Además, el Papa sin ningún tipo de corrección política, recordó que esa abadía fue católica, que estaba dedicada a San Pedro. En dos oportunidad afirmó con claridad que él es el sucesor de Pedro y le corresponde de un modo particular el cuidado del rebaño de Cristo. Y se fue con aplausos.
Finalmente, la visita derrumba el mito según el cual la identidad de Inglaterra se construye como reformada, y esa habría sido la causa de su poderío. Se trata de un mito que creyeron los ingleses, y los no ingleses también: la guerra contra los ingleses, era una guerra en defensa de la fe católica, nos enseñaban algunos apologistas... incluso la de Juana de Arco!!!
Inglaterra, en el fondo, sigue siendo católica.
Para discutir, e ilusionarse.

sábado, 18 de septiembre de 2010

El arcón gnóstico


Un perspicaz comentador del blog me descubrió: No soy luterano; soy gnóstico y, como tal, el pecador más grande de la Iglesia, según San Agustín.
Perdido por perdido, entonces, he hecho algunas actualizaciones gnósticas en el Arcón:
1. Los libros de iniciación gnóstica más preciados por quienes nos ocultamos bajo el peligroso pseudónimo de Wanderer: las obras de J.R.R. Tolkien. La novedad es que están como audio libros, leídos con voz humana. Pueden ser útiles para escuchar cuando viajamos, cuando corremos, cuando no tenemos ganas de leer. Están los vínculos para bajar "El Hobbit" y las tres partes de "El Señor de los Anillos".
2. Un fiel y crítico lector me envío unas interesantes notas sobre el Magisterio de la Iglesia. Está en formato PDF.
3. Gracias a Theseus y Odysseus, está subido nuevamente el libro de Bouyer sobre Iglesia y Sacramentos, al que le faltaba una página.

Pido disculpas por el diseño del Arcón, pero Blogger no es la mejor plataforma para los neófitos en HTML.

jueves, 16 de septiembre de 2010

¿Soy luterano?


Gracias, Anónimo de las 9:46, por su comentario. Hasta ahora no se me había ocurrido la posibilidad de que yo fuera un luterano práctico pero, quién le dice, todo es posible.

Lo que dijo me dejó pensando, y ensayaré una respuesta que no pasa de ser un ensayo por lo que aceptaré de buen grado cualquier sugerencia y modificación:

1. Mi fe católica me exige una adhesión firme a Cristo -a quien confieso como el Logos Eterno encarnado que redimió al género humano con su muerte en la cruz- y a todo lo que Él nos reveló.

2. Confieso que Cristo hizo depositaria y custodia de sus enseñanzas a la Iglesia Católica que estableció sobre el fundamento de los apóstoles presididos por Pedro y sus sucesores, los romanos pontífices.

3. La Iglesia católica, uno de cuyos hijos soy, me exige adherir a los artículos de la fe tal como fueron definidos en los concilios ecuménicos de Nicea y Constantinopla y confirmados por el concilio de Éfeso, como así también a las disposiciones dogmáticas que ella misma ha proclamado en los siglos siguientes (y que se son muy pocas).

4. La Iglesia católica me exige eso, y nada más que eso, para que yo mantenga la integridad de la verdadera fe en Cristo, y me da libertad para aceptar, cuestionar, dudar o rechazar las otras opiniones y afirmaciones magisteriales que no estén explícitamente incluidas en el depósito de la fe.

5. Defiendo, entonces, esta suerte de minimalismo en los objetos de fe -como diría Newman- y lo prefiero al inflacionismo, y esto puedo hacerlo porque la misma Iglesia me lo permite.

¿SERÉ LUTERANO?

martes, 14 de septiembre de 2010

Transversalidad religiosa


La Buhardilla de Jerónimo ha publicado la noticia de la visita del número de dos del patriarcado de Moscú a Inglaterra quien, entre otras cosas, se dio el lujo de hacerle al malandra de Rowan Williams, arzobispo de Cantorbery, declaraciones como las siguientes:

“Todas las versiones actuales del cristianismo pueden ser divididas en dos grandes grupos principales: tradicional y liberal. Hoy la distancia no es tanto entre los ortodoxos y los católicos, o entre los católicos y los protestantes, sino, más bien, entre los tradicionalistas y los liberales.

Algunos líderes cristianos, por ejemplo, nos dicen que el matrimonio entre un hombre y una mujer no es más el único modo para construir una familia cristiana: existen otros modelos y la Iglesia debería volverse adecuadamente «inclusiva» reconociendo modelos de comportamiento alternativos y dándoles su bendición oficial. Algunos tratan de persuadirnos de que la vida humana ya no es un valor absoluto, que se puede poner fin a ella en el seno materno y según la propia voluntad. En pocas palabras, a los tradicionalistas cristianos se le está pidiendo reconsiderar el propio punto de vista con la pretensión de mantenerse al paso con la modernidad”.

Son pensamientos –digamos- muy “benedictinos” y que, kirchneristicamente, podríamos calificar de transversalidad religiosa. Me parece que, en el fondo, es lo que piensa el Santo Padre acerca de quiénes son los aliados, y quiénes los enemigos en las actuales circunstancias del mundo.

Frente a esta situación surgen los oponentes, por izquierda y por derecha. Por izquierda, ponen el grito en el cielo los que siguen la línea de Juan Pablo II y del cardenal Kaspers: los enemigos son los representantes de cualquier denominación cristiana que adoptan una posición dura que se cierra al diálogo con el mundo y la cultura contemporánea, y los primeros entre ellos son los ortodoxos rusos. Y, para dejar en claro su postura, el papa eslavo no tuve mejor idea que crear diócesis latinas dentro de las jurisdicciones ortodoxas, una decisión que los ingenuos interpretaron como fruto del empeño misionero de Wojtyla pero que, en el fondo, encerraba el desconocimiento liso y llano de la jerarquía ortodoxa, no para afirmar la posición católica latina, sino para ignorar la postura dura y cerrada del difunto Alexis.

Por derecha, se oponen los digamos “tradicionalistas decimonónicos” que, en la Buhardilla, están representados por la comentarista Seneka. Su razonamiento, simple como corresponde, reza: “La posición transversal no es aceptable porque implica la negación del primado romano. El primado romano es parte de la Tradición, por lo tanto, la posición transversal se opone a la Tradición”. Frente a este silogismo todos -yo el primero- adherimos. Nunca aceptaría un posicionamiento que implicara una oposición con la Tradición que, en el fondo, es la misma Palabra de Dios.

Sin embargo, es un razonamiento falaz porque atenta contra una de las reglas del silogismo, según nos enseñaran los maestros hace muchos siglos, y que dice que el silogismo debe tener solamente tres términos. En este caso, estamos frente a un silogismo que posee cuatro términos, porque el término medio está tomado de modo distinto en la cada una de las premisas. Nos quieren hacer pasar gato por liebre, como se dice.

Ocurre que uno es el primado al que se opone la posición transversal y otro le primado que forma parte de la Tradición. Me remito al post que escribiera hace algunos meses el Ignotus Inceptor en este mismo blog llamado Magisterio. Y yo me permitiré el siguiente comentario:

No cabe duda que el primado del obispo de Roma es parte de la Tradición unánime de la Iglesia. Y, por tal, se debe entender la capitalidad del papa con respecto a los otros obispos en tanto sucesor de Pedro y obispo de Roma, caput mundi y que, en los hechos concretos, significa una última apelación o tribunal de última instancia frente a los casos divergencia o conflictos doctrinales o jurisdiccionales. Como tal se entendió y se ejerció el primado hasta bien entrado el primer milenio.

Si, en cambio, por primado se entiende el poder de jurisdicción inmediata que tendría el papa sobre todos y cada uno de los bautizados que pueblan el universo mundo y el poder directo de nombramiento y deposición de la totalidad del colegio episcopal, occidental y oriental, eso es un disparate y no pertenece a la Tradición. Remito a las obras de historia de la Iglesia de Yves Congar (¡A la hoguera, Nouvelle théologie!) y solamente destaco algunos aspectos históricos:

- La necesidad de fortalecimiento político y temporal de la Iglesia frente a los poderes seculares durante la Edad Media, lleva a que los papas acrecienten paralelamente sus instancias y prerrogativas de poder doctrinal y jurisdiccional en detrimento de los otros obispos. El quiebre se da en 1075 con Gregorio VII y su célebre Dictatus papae en la que, por poco, reclama para sí y sus sucesores un lugar dentro de la Santísima Trinidad. Este documento papal, fruto de las circunstancias y de la necesidad de “crear poder” de Gregorio debido a su cuestionada, y cuestionable elección, y su lucha contra el Sacro Emperador, no está, ciertamente, en consonancia con la Tradición.

- El encumbramiento magisterial del pontífice de Roma se acrecienta con Trento y el movimiento Contrareformista que necesita de una figura fuerte e incontrovertible como punto de apoyo de todo su accionar. Se trató de una opción que se tomó en ese momento concreto y difícil de la vida de la Iglesia y que a mí, enano desde la distancia, me parece equivocada, pero había que estar en los pantalones, y en las sotanas, de esos santos.

- La situación de extrema debilidad política y aislamiento internacional de Pío IX lo lleva, como manotazo de ahogado, a afirmar hasta el extremo el poder espiritual del obispo de Roma, mientras ve que se le diluye el poder político, que quedará limitado a los estrechos muros del Vaticano. Se le ocurre, entre otras medidas, convocar al concilio Vaticano I y presionar para que se defina la infalibilidad, algo innecesario y que creó fracturas y heridas que aún hoy sufrimos; lanza el famoso Syllabus, otro disparate sin precedentes, y se complacerá de allí en más, tanto él como algunos de sus sucesores, y con vehemencia creciente, en empapelar el mundo con encíclicas, cartas y discursos a fin de enrostrar su primado sobre el resto de los obispos. Como olvidar, por ejemplo, el imparable frenesí verbal de JPII.

Este primado, sobre todo tal como queda establecido en la segunda mitad del siglo XIX, no es el primado que forma parte de la Tradición, y con toda la razón del mundo los ortodoxos se niegan a aceptarlo.

No se trata de que ellos tengan que obedecer, como simplísticamente advierte Seneka; se trata de repensar el primado. Y en esto está, creo yo, Benedicto XVI, a quien Dios nos lo guarde muchos años.

martes, 7 de septiembre de 2010

¿Pocos o muchos?


Me parece que no tiene mucho sentido embarcarnos en una discusión acerca de qué o quién es el katejon. Particularmente, creo que es el Imperio, no entendido solamente como unidad política, sino como orden, y es por eso que ha sido ya quitado. Pero más allá de lo que a mí pueda parecerme, que no tiene demasiada importancia, es la opinión más sostenida de los Padres y Doctores, y eso me parece argumentación suficiente.

Sin embargo, reconozco que no es definitivo: el katejon podría ser la fe - como asegura un amigo-, la Eucaristía, la Santísima Virgen, la Misa o los lefebvristas. En todo caso, creo que la mayoría estamos más o menos de acuerdo en que el Obstaculizante ha sido quitado. Y llegamos a esa conclusión no porque hayamos recibido alguna revelación especial sino porque, tal como nos admonesta el Evangelio, tratamos de ver con cierta inteligencia los signos de los tiempos. Y lo que vemos es el triunfo de la iniquidad y el rebaño del pueblo de Dios diezmado, muchas veces por sus propios pastores. Es así, cada vez somos menos y, me temo, quizás seamos menos de lo que aún creemos.

Pero me viene a la mente una reflexión: ¿alguna vez fuimos muchos? O, en otras palabras, ¿no es ínsito al cristianismo verdadero el ser pocos? O bien, ¿qué efectividad tiene el cristianismo cuando son muchos?

Decía el cardenal Newman en uno de sus sermones en St. Mary: “Pareciera que a medida que el cristianismo se expande, produce menos frutos, y que, cuanto más se extiende, más se empobrece”. Son palabras duras, y que dan qué pensar. Y pienso, por ejemplo, en el cristianismo nacionalmente expandido de la España franquista: junto a algunos pocos frutos buenos, como la BAC, produjo y cobijó al Opus Dei. Más allá de la chanza, como alguna vez lo comentamos en este blog, la España nacionalcatolicista de Franco no sirvió, y las pruebas están a la vista. En cambio, en las sociedades donde el cristianismo ha sido estrecha minoría y, aún más, perseguido, es donde más florece y donde más frutos da.

¿Por qué sucede así? Es un misterio. Pero a mí me parece que, cuando le religión es minoritaria y ardua de seguir, impide el mayor de sus males: el fariseísmo. En efecto, siempre existe el riesgo de ser traicionados por nuestro propio corazón y de tomar por la realidad de la religión aquello que no es más que su sombra: sus ceremonias, sus jerarquías, sus postulados codificados en summas y tratados o su moral transformada materia de confesión, es decir, su exterioridad. Ese riesgo se aleja cuando la religión exige cada día el apego renovado a su más profunda realidad: la aprehensión, por la fe, del misterio de Cristo. Es que la fe, en definitiva, no es más que sostener con nuestra propia existencia que el sentido de la vida humana se orienta solamente al encuentro personal con Dios.

No se trata, entonces, de una visión pesimista creer que ya no hay obstáculo que detenga al Malvado, y no es para llorar cuando contemplamos al mundo cada vez más descristianizado. Casi, diría yo, es lo contrario. Es para temblar, sin embargo, que siempre es posible que nosotros estemos fuera del grupo de los elegidos. Voca me cum benedictis!

sábado, 4 de septiembre de 2010

Renovación del Arcón


El Arcón de los Archivos que, sus comienzos estaba alojado en Wordpress, ha sido trasladado a este mismo blog. Podrán encontrarlo en la parte superior de esta página.
Allí encontrarán algunas obras de Bouyer (la idea es ir subiendo de a poco todo lo que se consigue de él), clásicos cristianos, otros libros varios de espiritualidad, teología, diccionarios y he agragado también una incipiente sección de películas.
En todos los casos, los archivos están alojados en servidores externos, y podrán bajarlos fácilmente, y de forma gratuita, de ellos.
Cualquier aporte, será bienvenido.

jueves, 2 de septiembre de 2010

El Katejon verde


Abel Posse, sin fe pero con sentido común, propone una nueva interpretación del katejon. En el penúltimo párrafo vuelca, pero el resto del texto es para pensarlo y discutirlo.

El peligro del progresismo

Por Abel Posse | Perfil - 28.08.2010

El filósofo Alain Finkielkraut, en diálogo con su colega Peter Sloterdijk, considera el concepto o la teoría del katechon (o katejón) como una de las figuras más extrañas del pensamiento. Esta palabra griega, usada ya por San Pablo, se refería a la fuerza que retarda el fin de los tiempos. Es un espíritu más bien débil, de reacción contra lo que nos precipita hacia el fin. Podría ser entendido, según Finkielkraut, hasta como una ética de preservación, lo que empieza a estar desplazado por un entusiasta, y a veces ciego, progresismo.

Esta teoría o movimiento callado del espíritu recorre la Historia con altibajos. Curiosamente, San Pablo, que llegaría al martirio por Cristo, le escribe a su grey de Tesalonia: “Hermanos, estad firmes! Que no se engañe nadie, Cristo no vendrá sin que impere antes la apostasía, la inquietud manifestada a través del hombre de la perdición!” Algunos dicen que estos breves párrafos de Pablo equivalen a otro Apocalipsis. San Pablo no duda de que la idiotez de lo inicuo ganará el primer round de la batalla. (¿Por qué el Reino de Salvación necesitará esa derrota o esa previa supuración?).

Marx algo supo de la reacción aparentemente inútil cuando reconoció que rescatar lo bueno del pasado era también revolucionario. Esto incluiría como tarea principal del político diferir el precipitado fin de las cosas y aceptar prudentemente un progreso que bien podría ser destructivo. La palabra progreso tiene todos los prestigios: progreso nuclear, progreso social, tecnológico, dominio de la naturaleza, liberación de la mujer. En la sombra quedan otras palabras: Hiroshima, cambio climático, destrucción del equilibrio ecológico, estupidización subcultural masiva, envejecimiento poblacional. El lenguaje político empieza a imponer “lo correcto” para sentirse cómodo, como una simpática dictadura que nos amordazase con vendas de seda. La nueva dictadura se prefiere permisiva.

Pero en toda la cultura de Occidente se descubre una nostalgia del pasado (no lejano, a veces, de los cercanos pero idos años de la infancia). Hay casi una nostalgia transclasista para no despedirse hacia un futuro que se teme, sobre todo espiritualmente. Pregunta el filósofo francés a Sloterdijk: “¿Qué hacer ahora ante el crecimiento sin fin de nuestro poder de hacer?” ¿Cómo frenarnos, cómo reencontrar la naturaleza, la austeridad? Tendríamos que haber salido del laberinto con el hilo de Ariadna, pero no.

Esta nostalgia que flota por el arte, el cine, el culto de Elvis Presley o de los autos de los 50, no es tontería; conlleva el inexpresado katejón de rescatar lo ya vivido y bueno (esencia de la palabra tradición) y exponerlo en medio del tsunami progresista indiscriminado, donde lo viejo que se repudia, se confunde con valores no sustituidos.

Para algunos, nuestros hijos entran en un mundo que tememos, donde los caminos están envueltos en la niebla. Muchos cantan y aceptan el progresismo como aquél amigo un poco fascista al que Borges comunica la noticia de la caída de París en 1940, y que hace un gesto de triunfo que no puede anular la expresión del íntimo miedo.

El progresismo se presenta como lo juvenil. Tiene buena prensa y buena paga. Peter Sloterdijk expresa que llegamos a un punto oculto en la política de hoy, en el que la lucha de clases fue sustituida por la guerra de los adultos y los jóvenes. Sostiene que el progresismo juvenil, modal, medíático, debe ser remplazado por el progresismo adulto (que no quiere decir viejo o anciano).

El movimiento verde internacional que los jóvenes apoyan podría ser el instrumento de conciliación, el nuevo katejón que pueda fundar los pasos hacia un equilibrio existencial y de la existencia humana con la Tierra y el cosmos. Hay que repensar nuestra vida en el mundo, aunque tal vez ya estemos muy cerca de la catástrofe.

El genial San Augustín dedujo que después de los crímenes masivos y del saqueo de Roma, el katejón, la resistencia a la iniquidad y la no-vida, estaba en el Imperio romano, ya cristianizado desde Constantino. Hoy el Imperio es la iniquidad mercantilizada de lo que fue un extraordinario orden, hoy en aparente derrota.