
La Buhardilla de Jerónimo ha publicado la noticia de la visita del número de dos del patriarcado de Moscú a Inglaterra quien, entre otras cosas, se dio el lujo de hacerle al malandra de Rowan Williams, arzobispo de Cantorbery, declaraciones como las siguientes:
“Todas las versiones actuales del cristianismo pueden ser divididas en dos grandes grupos principales: tradicional y liberal. Hoy la distancia no es tanto entre los ortodoxos y los católicos, o entre los católicos y los protestantes, sino, más bien, entre los tradicionalistas y los liberales.
Algunos líderes cristianos, por ejemplo, nos dicen que el matrimonio entre un hombre y una mujer no es más el único modo para construir una familia cristiana: existen otros modelos y la Iglesia debería volverse adecuadamente «inclusiva» reconociendo modelos de comportamiento alternativos y dándoles su bendición oficial. Algunos tratan de persuadirnos de que la vida humana ya no es un valor absoluto, que se puede poner fin a ella en el seno materno y según la propia voluntad. En pocas palabras, a los tradicionalistas cristianos se le está pidiendo reconsiderar el propio punto de vista con la pretensión de mantenerse al paso con la modernidad”.
Son pensamientos –digamos- muy “benedictinos” y que, kirchneristicamente, podríamos calificar de transversalidad religiosa. Me parece que, en el fondo, es lo que piensa el Santo Padre acerca de quiénes son los aliados, y quiénes los enemigos en las actuales circunstancias del mundo.
Frente a esta situación surgen los oponentes, por izquierda y por derecha. Por izquierda, ponen el grito en el cielo los que siguen la línea de Juan Pablo II y del cardenal Kaspers: los enemigos son los representantes de cualquier denominación cristiana que adoptan una posición dura que se cierra al diálogo con el mundo y la cultura contemporánea, y los primeros entre ellos son los ortodoxos rusos. Y, para dejar en claro su postura, el papa eslavo no tuve mejor idea que crear diócesis latinas dentro de las jurisdicciones ortodoxas, una decisión que los ingenuos interpretaron como fruto del empeño misionero de Wojtyla pero que, en el fondo, encerraba el desconocimiento liso y llano de la jerarquía ortodoxa, no para afirmar la posición católica latina, sino para ignorar la postura dura y cerrada del difunto Alexis.
Por derecha, se oponen los digamos “tradicionalistas decimonónicos” que, en la Buhardilla, están representados por la comentarista Seneka. Su razonamiento, simple como corresponde, reza: “La posición transversal no es aceptable porque implica la negación del primado romano. El primado romano es parte de la Tradición, por lo tanto, la posición transversal se opone a la Tradición”. Frente a este silogismo todos -yo el primero- adherimos. Nunca aceptaría un posicionamiento que implicara una oposición con la Tradición que, en el fondo, es la misma Palabra de Dios.
Sin embargo, es un razonamiento falaz porque atenta contra una de las reglas del silogismo, según nos enseñaran los maestros hace muchos siglos, y que dice que el silogismo debe tener solamente tres términos. En este caso, estamos frente a un silogismo que posee cuatro términos, porque el término medio está tomado de modo distinto en la cada una de las premisas. Nos quieren hacer pasar gato por liebre, como se dice.
Ocurre que uno es el primado al que se opone la posición transversal y otro le primado que forma parte de la Tradición. Me remito al post que escribiera hace algunos meses el Ignotus Inceptor en este mismo blog llamado Magisterio. Y yo me permitiré el siguiente comentario:
No cabe duda que el primado del obispo de Roma es parte de la Tradición unánime de la Iglesia. Y, por tal, se debe entender la capitalidad del papa con respecto a los otros obispos en tanto sucesor de Pedro y obispo de Roma, caput mundi y que, en los hechos concretos, significa una última apelación o tribunal de última instancia frente a los casos divergencia o conflictos doctrinales o jurisdiccionales. Como tal se entendió y se ejerció el primado hasta bien entrado el primer milenio.
Si, en cambio, por primado se entiende el poder de jurisdicción inmediata que tendría el papa sobre todos y cada uno de los bautizados que pueblan el universo mundo y el poder directo de nombramiento y deposición de la totalidad del colegio episcopal, occidental y oriental, eso es un disparate y no pertenece a la Tradición. Remito a las obras de historia de la Iglesia de Yves Congar (¡A la hoguera, Nouvelle théologie!) y solamente destaco algunos aspectos históricos:
- La necesidad de fortalecimiento político y temporal de la Iglesia frente a los poderes seculares durante la Edad Media, lleva a que los papas acrecienten paralelamente sus instancias y prerrogativas de poder doctrinal y jurisdiccional en detrimento de los otros obispos. El quiebre se da en 1075 con Gregorio VII y su célebre Dictatus papae en la que, por poco, reclama para sí y sus sucesores un lugar dentro de la Santísima Trinidad. Este documento papal, fruto de las circunstancias y de la necesidad de “crear poder” de Gregorio debido a su cuestionada, y cuestionable elección, y su lucha contra el Sacro Emperador, no está, ciertamente, en consonancia con la Tradición.
- El encumbramiento magisterial del pontífice de Roma se acrecienta con Trento y el movimiento Contrareformista que necesita de una figura fuerte e incontrovertible como punto de apoyo de todo su accionar. Se trató de una opción que se tomó en ese momento concreto y difícil de la vida de la Iglesia y que a mí, enano desde la distancia, me parece equivocada, pero había que estar en los pantalones, y en las sotanas, de esos santos.
- La situación de extrema debilidad política y aislamiento internacional de Pío IX lo lleva, como manotazo de ahogado, a afirmar hasta el extremo el poder espiritual del obispo de Roma, mientras ve que se le diluye el poder político, que quedará limitado a los estrechos muros del Vaticano. Se le ocurre, entre otras medidas, convocar al concilio Vaticano I y presionar para que se defina la infalibilidad, algo innecesario y que creó fracturas y heridas que aún hoy sufrimos; lanza el famoso Syllabus, otro disparate sin precedentes, y se complacerá de allí en más, tanto él como algunos de sus sucesores, y con vehemencia creciente, en empapelar el mundo con encíclicas, cartas y discursos a fin de enrostrar su primado sobre el resto de los obispos. Como olvidar, por ejemplo, el imparable frenesí verbal de JPII.
Este primado, sobre todo tal como queda establecido en la segunda mitad del siglo XIX, no es el primado que forma parte de la Tradición, y con toda la razón del mundo los ortodoxos se niegan a aceptarlo.
No se trata de que ellos tengan que obedecer, como simplísticamente advierte Seneka; se trata de repensar el primado. Y en esto está, creo yo, Benedicto XVI, a quien Dios nos lo guarde muchos años.