domingo, 31 de octubre de 2010

La intelligentzia argentina, by Lupus



Collage de Lupus, de efecto pavoroso. Los temibles personajes son fácilmente reconocibles y están ordenados alfabéticamente.

domingo, 24 de octubre de 2010

Livianos


Un par de comentaristas del último blog calificaron como un clásico wanderiano la frase: “Para subir al cielo hay que estar livianos”. Esta afirmación, en el marco del diálogo acerca de la oración que venimos sosteniendo, creo que merece un post.

La primera asociación que me viene a la cabeza es con una frase del Señor que aparece en San Mateo: “Ustedes quebrantan el mandamiento de Dios por sus tradiciones”. La referencia, claro, es a las tradiciones que los judíos habían agregado a su religión: abluciones, filacterias, ayunos, comidas, etc. Estaban pesados. No podían elevarse.

Yo me pregunto si muchas veces no nos sucede lo mismo a nosotros, pesados como estamos por la excesiva carga de nuestras devociones. La semana pasada un lector español nos adoctrinaba con el mensaje que el Sagrado Corazón le había dado a no sé qué beato; he escuchado en más de una ocasión a sacerdotes de la Fraternidad otorgarle, en los hechos, casi el mismo estatus a los mensajes de Fátima que a la Palabra revelada; sin el escapulario del Carmen, difícilmente nos salvaremos y, ahora que está de moda, debemos ser adoradores en alguna capilla de adoración perpetua. Los sacerdotes del Opus nos enseñan que tres son los pilares sobre los que descansa nuestra salvación: dirección espiritual, misa diaria y confesión semanal. Y a eso añadamos la medalla milagrosa, los primeros viernes, los cinco sábados y los siete domingos.

A veces nos sucede que con las devociones hemos sustituido a Cristo. O, de otro modo, descansamos en la espiritualidad y no en Cristo. Nuestra religión termina siendo el cumplimiento prolijo de nuestras devociones y el respeto puntual de nuestras espiritualidades -es decir, en nosotros mismo-, y no la contemplación de Cristo. La espiritualidad y las devociones terminan siendo consideradas como fin y nos obstruyen la visión de Cristo.

Soy consciente de que hay que ser cuidadoso, porque podemos –una vez más-, arrojar al niño con el agua sucia. Quiero decir, uno de los principios del protestantismo, es este mismo: sólo Cristo y yo, sin devociones intermediaras y, también, sin hombres intermediarios. Fuera, entonces con la espiritualidad -sólo la Biblia-, y fuera también con la Iglesia como estructura. Ciertamente, no esto lo que quiero decir. Pero me parece que debemos estar ligeros de equipaje para subir más rápido. No sea que el escapulario nos oculte a Cristo.

lunes, 18 de octubre de 2010

El resto fiel




Aunque más de una vez lo he escrito, no está demás insistir en la dinámica que tiene en ocasiones este blog. A partir de un post, que muchas veces destaca un aspecto de la cuestión y omite otros que la complementan, los comentarios tienden a equilibrar recordando lo que no ha sido dicho. Por ejemplo, en el post anterior quizás se acentuaba demasiado una postura de algún modo quietista, pero vinieron los comentarios de Lupus, del Coronel Kurtz y de Gelfand para equilibrar. Algo así como un movimiento dialéctico en el que yo propongo la tesis, los comentaristas la antítesis y, de ese modo, logramos la síntesis.

Había quedado pendiente el tema del lugar de la Iglesia en el mundo que ahora quiero proponer a la luz, nuevamente, del cardenal Newman.

Recuerdo que, cuando era adolescente, me devoré los dos tomos de las obras completas de Hugo Wast. Uno de los escritos que más me gustó y que leí varias veces –creo que se llamaba Una ciudad en estado de gracias-, era el relato del congreso eucarístico del ´34. En la Argentina alfonsinista, esa memoria de cincuenta años atrás era el sueño de un país donde la religión católica se enseñoreaba sin discusión. ¡Si todo Buenos Aires estaba rendido a los pies del Santísimo cuando era conducido por el cardenal Pacelli! Viví mi adolescencia y mi juventud embriagado en esos anhelos de triunfalismo cristiano, y no me arrepiento. Es, o era, lo que correspondía en esa etapa de la vida.

Pero ahora, como Newman, desconfío de las esperanzas de resurgimiento religioso o de los sueños de una patria católica. El cardenal confesó “ser suspicaz respecto a cualquier religión que se presente como la religión de un pueblo o de una época”. Más bien por el contrario, “el símbolo de la verdadera religión es la luz que brilla en la oscuridad”, y “aunque sin dudas hay temporadas en la que surge un repentino entusiasmo por la Verdad… también tal popularidad de la Verdad es repentina, va y viene, sin crecimiento regular ni estancia duradera”.

Toda la Biblia, desde los profetas hasta el Evangelio, está recorrida por la idea del resto fiel o el pequeño rebaño. Pocos eran los que le creían a los profetas y pocos fueron los que le creyeron al Señor. Y si hoy Él volviera, es muy probable que la mayoría de los cristianos lo rechazara como antes hicieron los judíos. No sé bien por qué ni desde cuando, pero estamos matrizados con la idea de un cristianismo mesiánico y cuasi temporal, en el que las naciones sean católicas, y desde sus gobernantes hasta el último de los súbditos esté sometido al poder de Cristo. Algo así como Franco entrando bajo palio y el cardenal Gomá saludando con brazo en alto. La idea, reconozco, es atractiva, pero ¿es cristiana? No estoy tan seguro que sea eso lo que quiere el Señor.

Como dice Newman, a pesar de la gran influencia positiva del cristianismo debe admitirse que la multitud de los hombres “ha permanecido, desde el punto de vista espiritual, igual que antes”. Es triste, pero es un hecho: “la naturaleza humana permanece como era, aunque se haya bautizado”. El verdadero triunfo del Evangelio es elevar a los elegidos, que son unos pocos, a la santidad”. El resto, como dice San Mateo, “escuchan pero no oyen; miran pero no ven”, y esto ocurría cuando el mismo Verbo les hablaba. No pretendamos que ahora sea distinto cuando el que habla es Bergoglio. Si se demostrara que el cristianismo no es más que una fábula, para la mayoría de los cristianos, la cosa no cambiaría en nada; seguiría todo igual puesto que “ellos no van tan lejos como para tener amor por la religión”.

Es que “es cansador para el hombre natural servir a Dios con humildad y en la oscuridad”. La religión es para pocos; el resto fiel, los elegidos.

(Algo así decía Kierkegaard. Que nos lo explique Ruth).

jueves, 14 de octubre de 2010

¿Greenpeace anaranjado?


Hay un tema recurrente que, de tanto en tanto, aparece y siempre encuentro algo para agregar a la reflexión que, en mi caso, no tengo aún del todo resuelta.

El disparador fue, esta vez, lo sucedido en Paraná en el encuentro de las mujeres autoconvocadas. En esta ocasión no sólo existieron agresiones verbales sino también físicas como lo relata una de las víctimas y puede leerse en este link.

Me parece admirable el empeño y constancia con el que un numeroso grupo de mujeres católicas argentinas concurren año a año a esta asamblea en la que desagua el miasma más fétido del país. Hay que tener valentía y estómago. Pero, ¿por qué lo hacen? No creo que se trate por una defensa biológica de la vida, algo así como “ecologistas por la humanidad” o Greenpeace de la raza humana. La mera defensa de la vida por la vida misma generalmente convierte a los defensores en adherentes a la religión de la vida y no a la religión del Logos Divino, y terminan transformados en talibanes biológicos, que usan rosarios y frases piadosas pero que, en realidad, han cambiado de fe. Inconscientemente han dejado de adherir a la fe sobrenatural para volcarse a una meramente natural, en pos de la cual son capaces de entregar su vida. Sin mucha diferencia con los activistas de Greenpeace que se cuelgan de los buques balleneros, a riesgo de su integridad física, para impedir que maten a los simpáticos cetáceos.

Creo que “nuestras” mujeres lo hacen por convicciones religiosas sobrenaturales. Pero, me pregunto, ¿es lo adecuado? ¿Sirve para algo? ¿Vale la pena?

Ya discutimos algunos aspectos de este tema en ocasión de la aprobación del sodomonio, cuando una muchedumbre anaranjada invadió la plaza del Congreso, manifestación que fue previsiblemente inútil. En esa oportunidad convenimos que, a pesar del previsible fracaso, era necesario salir a la calle. Con respecto al caso de las féminas autoconvocadas, no me interesa plantear aquí su utilidad. Particularmente, considero que es una pérdida enorme de energías y de recursos para nada. Pero, como siempre advierto, puedo estar equivocado y me postura es discutible.

Me interesa, en cambio, aportar otro elemento a la discusión de fondo: la naturaleza del apostolado en nuestros tiempos de apostasía. Hace ya casi tres años publiqué un post acerca de la concepción de Ronald Knox sobre este tema. Él afirmaba que su misión era la de ser el cayado del pastor y no el anzuelo del pescador. Es decir, el apostolado consistía en conservar lo que se tenía (el tene quod habes de la carta a los filadelfios en el Apocalipsis), y no en hacerse responsable, y tratar de pescar, a cuanto descarriado andaba suelto.

El Cardenal Newman dice algo similar en el segundo tomo de sus Sermones Parroquiales. El Evangelio persuade a través de los sacramentos y de “la vida de los hombres buenos, como testigos visibles y representantes de Aquel que es la Persuasión misma”. Es decir, lo que persuade y convierte es Cristo -los sacramentos- y mi testimonio de “hombre bueno”. No lo hacen mis acciones apostólicas incluyan éstas, o no, piñas, sopapos e insultos. Como el mismo Newman dice en otro de sus sermones, esta vez del primer tomo, Jesús habló de “que el Evangelio se predique, no como medio de conversión, sino para ser testigo en contra del mundo”.

En los tiempos actuales -al menos-, creo que nuestra función como cristianos consiste en ser testigos del Testigo fiel, y no en convertir a los prójimos, tarea para la cual somos inútiles. Ya pasaron las épocas de los apostolados de masas y de las búsquedas de conversiones en racimo merced a coloridos autos de fe, llámenselos á estos como se los llame. Si alguna vez fue lícito bregar por triunfalismos de la fe –cosa que dudo-, hoy, ciertamente, dejó de tener el menor sentido.

(Me doy cuenta ahora que este es, en realidad, el tema de fondo: el lugar de la fe y de los cristianos en el mundo. Será para el próximo post).

Sucede con mucha frecuencia, y más de una vez me ocurrió a mí, que consideramos que seremos verdaderamente religiosos, es decir, fieles a Cristo, si nos sacrificamos y hacemos este tipo de apostolados barulleros. Pero, como escribía el beato Newman, “no nos hacemos religiosos por expresar sentimientos religiosos” o, lo que es lo mismo, por dar vivas a Cristo Rey en una procesión o estamparle un bofetón a un marxista o a una abortista. La religiosidad consiste, fundamentalmente, en la obediencia a Dios que se traduce, en gran medida, en obediencia a sí mismo. Ser lo que somos, es decir, cristianos. Esa es la verdadera religiosidad.

P.S. descolocado: Se sugirió en Chile que la mina San José fuese convertida en santuario. El presidente Sebastián Piñera dijo: “Los santuarios son para los santos. Aquí construiremos un memorial”. Nuestro Cardenal Primado, en cambio, reconoce el “santuario” de Cromañón, enviando regularmente a alguno de sus obispos paniaguados a celebrar misa en el lugar del martirio de los testigos de la cumbia. ¡Piñera cardenal!

P.S.: Si a veces tardan en publicarse algunos comentarios es porque Blogger los manda a la bandeja de Spam, y tengo que ir a rescatarlos.

jueves, 7 de octubre de 2010

Los límites


En los últimos días los católicos argentinos hemos sido golpeados nuevamente merced a nuestros pastores. El sitio Panorama Católico Internacional hizo pública la sentencia de un juez civil en la que se condenada a una mujer por injurias graves contra su esposo, verosímilmente a raíz de conductas adúlteras cometidas con su párroco quien, un año después, fue consagrado obispo auxiliar de Buenos Aires.

No me interesa discutir en este lugar si el adulterio quedó efectivamente probado en la sentencia, o si sólo se probó la injuria. Más allá de ser un tema muy serio, está siendo ya tratado en otros ámbitos.

Tampoco me interesa hacer leña del árbol caído, o inclinado. Quizás el p. Sucunza tuvo un mal día, o lo encegueció la pasión, o la mujer era una artera provocadora de la concupiscencia clerical. Y Dios me libre a mí cometer cosas peores.

Lo más grave de todo me parece -cuando no-, la voluntad de Su Eminencia y sus secuaces de promover al episcopado a un sacerdote que venía con ese problemita, y cual no era sólo conocido por su confesor o comentado por sus parroquianos, sino que se podía desprender con cierta facilidad de una sentencia judicial. Como dice un amigo cura, el sacramento del orden no sana los defectos, sino que los intensifica. Por eso en los seminarios se considera, o se debería considerar, que si el muchachito no ha superado sus problemas de castidad luego de los tres o cuatro años del ciclo de filosofía, no debe ser admitido a las sagradas órdenes puesto que, si llega al sacerdocio, su situación no mejorará y, probablemente, empeorará. De un modo análogo se podría hablar del orden episcopal. Si un cura tiene debilidad por viudas jóvenes y esposa descocadas, lo ideal sería que lo mandaran de capellán de monjas viejas y bigotudas, y no que lo hicieran obispo.

Sin embargo, toda esta situación me ha dejado un gusto amargo. Y no sólo por un nuevo, y es ya el enésimo, file en el prontuario episcopal argentino, sino por la oportunidad de la denuncia pública de PCI. No me cabe duda que el editor del sitio ha necesitado de una buena dosis de valentía y discreción para decidir publicar el caso. Pero, ¿era realmente oportuno? No me cabe duda alguna que, cuando hay víctimas de por medio, la denuncia debe ser hecha sin remilgos. Sería el caso, por ejemplo, de un cura manifiesta y probadamente pederasta o, si quieren, efebofilo, para usar la distinción vaticana. Se trata de una flagrante injusticia cometida contra un inocente por alguien que tiene ascendiente sobre él y de quien es muy difícil defenderse. Pero en este caso, luego de diez años de ocurrido el hecho y con la única víctima ya muerta, no estoy tan seguro de la conveniencia de la publicación.

Me parece, sí, definitivamente un error utilizar este dato para extorsionar. Ni aún la aplicación del Motu proprio y la autorización para la celebración de la Misa Tridentina justifica este tipo de conductas. Más de una vez hemos afirmado en este blog la esclarecida frase de Ludovicus: ¡Es la liturgia, estúpido!; pero no a toda costa. Es decir, hay límites. Es decir, el lugar común y la práctica consuetudinaria de los jesuitas según la cual el fin justifica los medios, es discutible.

Insisto en que el editor de PCI merece mi confianza y siempre se expresa de un modo claro pero moderado. Y no dudo que ha sopesado cuidadosamente todos los aspectos de esta difícil cuestión antes de decirse a dar a conocer públicamente el caso. Pero me quedan mis dudas. ¿Cuáles son los límites?

martes, 28 de septiembre de 2010

Respuesta al P. Álvaro, otra vez


El P. Álvaro nos ha dejado ayer una nueva vuelta de tuerca a su argumento. Escribía:

“Estimado Wanderer, retomo una idea: Dios no es argentino, pero sí es hebreo (la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, al encarnarse, asumió una naturaleza humana de raza hebrea: el Hombre-Dios Jesucristo era de raza hebrea); por lo tanto, es lícito, desde el punto de vista hebreo, tomar a Dios como parte de su causa. Y si nuestra Patria nació a la sombra de la cruz del Hombre-Dios, entonces también es lícito identificar a nuestro Señor con la causa nacionalista, y más todavía cuando se trata de una flagrante usurpación como el de Malvinas. No quiero con esto invocar a una "guerra santa" ni nada por el estilo pero, desde este punto de vista, es lícito entonces argumentar por medio de su Iglesia: pretender y exigir, como garantía de una supuesta conversión nacional inglesa, la devolución de lo que no les pertenece. Es lo que enseña el Catecismo: "No robarás". "Y si robas, devuelve lo que robaste", podemos agregar. Sólo el buen ladrón, el ladrón arrepentido, entró en el cielo.”

Me parece un argumento muy débil, y peligroso. Nuestro amigo Teseo acertaba hoy en una de las patas flojas cuando comentaba:

“Padre Álvaro: sigo sin comprender su argumentación. Traer a colación el acto de elección libre de Dios sobre el pueblo de Israel no fuerza de ninguna manera a pensar que sus mismas prerrogativas deban trasladarse a la patria Argentina. Identificar las magnalia Dei en favor del pueblo elegido con las gesta saecularia de los gentiles injertados en el tronco es demasiado.
En el pueblo de Israel fueron preparativas a la revelación del Verbo, en la gentilidad el trasunto misterioso y consecuencial de la riqueza divina.

Aun cuando en el pueblo de Israel la promesa no ha alcanzado su pleno cumplimiento, aguardando la mirada sobre el "Traspasado", sin embargo la elección es indeclinable. El Apóstol "antisemita" nos recuerda, en el diálogo de Jesús con la samaritana, que la salvación viene de los judíos. O sea que el tronco, mediando la sequedad de la corteza, mantiene su carácter único de mediador para con el orbe entero que recibe la Buena Nueva.
No así con Argentina, ni con nación alguna. Sus gestas son cristianas en la medida que guarden orden directo con la voluntad salvífica de Dios. Pero de un Dios que salva individualmente, no por etnia ni sangre, ni por gestas humanas rociadas de agua bendita.
La única promesa de sangre fue dada a Israel, NO A LA ARGENTINA. Las gestas propiciadas por Yahvé, directa y manifiestamente, fueron en favor Israel. Todo el A.T. son su relato. Con la gentilidad, las gestas no guardan la misma formalidad: es que la revelación fue completada, y confiada al oficio profético, jerárquico y discente, no a las armas ni al sudor.”

Por mi parte, me permitiré agregar algunas objeciones más:

1. Toda la fuerza de la argumentación sostenida por el P. Álvaro se apoya en la premisa: “Y si nuestra Patria nació a la sombra de la cruz del Hombre-Dios”. Se trata, como bien lo formula el autor, de una hipótesis que, en todo caso, habrá que probar con argumentos historiográficos y no con apologías. Sobre esto ya hemos hablado en el blog y no insistiré pero, si nos atenemos a lo estrictamente científico-argumental, estamos jugando con hipótesis, como gusta decirse hoy, y si es por jugar, podemos construir grandes edificios argumentales sobre el endeble fundamento de las hipótesis, sin más sentido que el lúdico.

2. Aceptada que fuera la hipótesis del P. Álvaro, planteo yo otra. ¿Qué ocurre con los reclamos territoriales chilenos? En buena ley podemos decir que nos robaron una buena tajada de tierra, y Chile tiene los mismos derechos que Argentina para decir que nació al pie de la cruz. ¿Con cuál de las dos naciones estará Dios?

3. En ningún momento se me ha ocurrido dudar de los derechos que posee nuestro país sobre las Malvinas. Sin embargo, reconozco que los ingleses tampoco dudan de los suyos. Entiendo que la posesión de derechos no es materia de fe y se trata, en todo caso, de un caso de derecho positivo.Yo no conozco ninguna revelación divina acerca de la argentinidad de las islas. ¿De dónde viene, entonces, tamaña certeza en defensa de la cual se invocan las razones divinas?

Más que estas cuestiones menores, me llaman la atención los principios que invoca el P. Álvaro, y no quisiera yo estar en los zapatos de sus penitentes. En efecto,

4. Exige como garantía de conversión la devolución de lo robado. Es decir, exige como garantía de conversión la impecabilidad o el ya ser santo. Es medio mucho, ¿no? La santidad es el término ad quem; la conversión es el término a quo. Y entre ambos hay bastante distancia.

5. Podría decirse que, en el caso del robo, el verdadero arrepentimiento implica la devolución de lo robado, lo cual es fácil de exigir cuando es claro que se ha robado. Pero, ¿qué pasa en el caso de Inglaterra? Si se diera una improbable conversión nacional (no sé bien qué sería eso), alguna autoridad competente debería determinar si esa nación efectivamente “robó” las Malvinas y, sinceramente, no me parece que la Penitenciaría Apostólica, que sería la autoridad indicada, se expidiera al respecto. Sería un verdadero disparate.

6. Si se continúa la línea argumental del P. Álvaro, se termina en una recategorización del 7º mandamiento que pasaría a ocupar el primer puesto del decálogo. Pareciera que la condición última e impostergable de la conversión es el no robar y no el amar a Dios sobre todas las cosas. Ahora que me acuerdo, cuando era niño le robé un chocolatín a mi hermano, y cuando era joven robé un par de libros de una biblioteca frailuna. ¿Seré realmente cristiano con estos antecedentes?

8. El P. Álvaro dice que no llama a una guerra santa, pero tiene el megáfono en la mano. Si como él mismo afirma taxativamente, Dios es parte de la causa de Malvinas, podemos decir que Malvinas es la causa de Dios. Y si los ingleses son los usurpadores de Malvinas, los ingleses son los usurpadores y enemigos de Dios. De ahí, al Sea católico, mate a un inglés, hay un trecho bastante corto.

Casi casi un talibán cristiano.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Respuesta al P. Álvaro: una vieja práctica judía


Dos aclaraciones previas:

1) Aquí estamos hablando de cuestiones opinables y, por tanto, es lícito y saludable disentir y discutir. Para eso está el blog.

2) Conozco por referencias al P. Álvaro Sánchez Rueda que, a pesar de lo que dice Juan Cuyano, existe, y tengo la mejor de las impresiones de él, de su valentía y su coherencia.


Vayamos, entonces, al post. Me resultó llamativo el argumento que aporta el P. Álvaro para definir a una nación católica. Él dice refiriéndose a los ingleses: Que devuelvan las Islas Malvinas, que pidan perdón por tantos años de ilegítima usurpación; que pidan perdón por los soldados argentinos muertos; que además de pedir perdón, paguen la deuda material que por la usurpación han adquirido con el pueblo argentino; que pidan perdón por los miles y miles de crímenes que cometió el imperio inglés -y la nación inglesa- a lo largo de siglos y siglos de historia. Recién entonces comenzaremos a pensar en una Inglaterra católica, y no en lo que es ahora.

Yo propongo dos respuestas. En primer lugar, un argumento ad hominem: si es lícito razonar como lo hace el P. Álvaro, entonces sería lícito este argumento hecho por un español: “Argentina será una nación católica cuando pida perdón por todos los soldados españoles muertos durante la guerra de sedición que llevó a cabo contra su legítimo soberano después de 1810, por…, etc.”. Y también este otro hecho por un argentino, o por un colombiano, o por un mexicano, o por un cubano, o por un filipino: “España será una nación católica cuando pida perdón por los soldados que mató durante las guerras de la independencia en la que nosotros, pueblos soberanos, nos levantamos contra la injusta opresión del monarca español. Y cuando pida perdón por los crímenes que cometió el imperio español en América, en África y en Asia; y durante el saqueo de Roma, cuando se atrevió a profanar la ciudad del papa y sus iglesias, pillando, incendiando y violando, y cuando… etc.”. Algunos dirán que algunas guerras fueron legítimas, y por tanto lícito la muerte del enemigo, y que otras no lo fueron. Pero, admitámoslo, todo depende del cristal con el que se lo mire. Cualquier teólogo “del palo”, es decir, tomista y tradicionalista, de comienzos del siglo pasado habría dicho que los españoles peleaban por una causa justa, como era conservar la unidad de su territorio, y los teólogos “progres” vernáculos, en cambios, defendían la justicia de la guerra de las colonias. Sobre esto, me parece, no hay nada definitivo.

Pero me interesa profundizar un poco más en el fondo del argumento del P. Álvaro que considero bastante peligroso, aunque no por eso menos manido por el nacionalismo argentino, y que consiste, sencillamente, en una vieja práctica judía: la utilización de Dios para los fines personales o comunitarios. Bouyer tiene una reflexión interesante: el segundo libro de Samuel (c. 7) narra que, cuando David termina de edificar su palacio, pretende comenzar a construir un templo para Dios. Pero Yavé, por boca del profeta Natán, se lo prohíbe: Él es un Dios que ha vivido siempre en tabernáculos, errante con el pueblo por el desierto. Su templo no será edificado por David.

¿Qué hay detrás de este enojo de Yavé ante una iniciativa aparentemente bienintencionada de David? Es que el Señor sabe con qué facilidad el hombre se embarcaría en la desorbitada pretensión de ligarse a Él y captarlo para encerrarlo en su sistema político, para hacer de Él un engranaje obediente dentro de la máquina de dominio del mundo, del cual el hombre quedaría como único dueño. Es precisamente lo que implica para las religiones cananeas la presencia del baal en su templo. Guardado de la vista como un rehén de categoría, y por otra parte cebado con los sacrificios, se le tiene a disposición propia como un todopoderoso, pero como dócil instrumento para fecundar la tierra y asustar a los competidores. David, en definitiva, quería usar a Dios para sus fines políticos, más allá de la legitimidad de ellos. Pero Yavé no habita en templo hecho por mano de hombre, sino que habita en el cielo.

Creo que el P. Álvaro nos propone retornar a esta práctica. Instrumentalizar a Dios para nuestra causa; identificar a Dios, en este caso, con la causa argentina y convertir, de ese modo, lo que es no más que una legítima reivindicación humana y terrenal, en la guerra de Dios, Deus lo vult!

No sé si Inglaterra es católica o no lo es; podremos discutirlo, pero ciertamente no ha dejado de ser católica porque haya matado en una acción bélica a soldados argentinos en Malvinas. ¿O es que, acaso, los soldados argentinos morían en defensa de la verdadera fe? ¿Es que fueron ellos mártires de la religión? ¿Es que los ingleses los mataban porque eran católicos? No estoy poniendo en duda, por cierto, la legitimidad de los reclamos argentinos, aunque podría discutir la oportunidad de la guerra, pero es importante tener en claro que no se trató de una cruzada emprendida por Galtieri en defensa de la Santísima Trinidad y de la religión católica, sino en una guerra más de reivindicación territorial.

Mal que nos pese, Dios no es argentino, y tampoco es inglés. Dios es.