
Hay un tema recurrente que, de tanto en tanto, aparece y siempre encuentro algo para agregar a la reflexión que, en mi caso, no tengo aún del todo resuelta.
El disparador fue, esta vez, lo sucedido en Paraná en el encuentro de las mujeres autoconvocadas. En esta ocasión no sólo existieron agresiones verbales sino también físicas como lo relata una de las víctimas y puede leerse en este link.
Me parece admirable el empeño y constancia con el que un numeroso grupo de mujeres católicas argentinas concurren año a año a esta asamblea en la que desagua el miasma más fétido del país. Hay que tener valentía y estómago. Pero, ¿por qué lo hacen? No creo que se trate por una defensa biológica de la vida, algo así como “ecologistas por la humanidad” o Greenpeace de la raza humana. La mera defensa de la vida por la vida misma generalmente convierte a los defensores en adherentes a la religión de la vida y no a la religión del Logos Divino, y terminan transformados en talibanes biológicos, que usan rosarios y frases piadosas pero que, en realidad, han cambiado de fe. Inconscientemente han dejado de adherir a la fe sobrenatural para volcarse a una meramente natural, en pos de la cual son capaces de entregar su vida. Sin mucha diferencia con los activistas de Greenpeace que se cuelgan de los buques balleneros, a riesgo de su integridad física, para impedir que maten a los simpáticos cetáceos.
Creo que “nuestras” mujeres lo hacen por convicciones religiosas sobrenaturales. Pero, me pregunto, ¿es lo adecuado? ¿Sirve para algo? ¿Vale la pena?
Ya discutimos algunos aspectos de este tema en ocasión de la aprobación del sodomonio, cuando una muchedumbre anaranjada invadió la plaza del Congreso, manifestación que fue previsiblemente inútil. En esa oportunidad convenimos que, a pesar del previsible fracaso, era necesario salir a la calle. Con respecto al caso de las féminas autoconvocadas, no me interesa plantear aquí su utilidad. Particularmente, considero que es una pérdida enorme de energías y de recursos para nada. Pero, como siempre advierto, puedo estar equivocado y me postura es discutible.
Me interesa, en cambio, aportar otro elemento a la discusión de fondo: la naturaleza del apostolado en nuestros tiempos de apostasía. Hace ya casi tres años publiqué un post acerca de la concepción de Ronald Knox sobre este tema. Él afirmaba que su misión era la de ser el cayado del pastor y no el anzuelo del pescador. Es decir, el apostolado consistía en conservar lo que se tenía (el tene quod habes de la carta a los filadelfios en el Apocalipsis), y no en hacerse responsable, y tratar de pescar, a cuanto descarriado andaba suelto.
El Cardenal Newman dice algo similar en el segundo tomo de sus Sermones Parroquiales. El Evangelio persuade a través de los sacramentos y de “la vida de los hombres buenos, como testigos visibles y representantes de Aquel que es la Persuasión misma”. Es decir, lo que persuade y convierte es Cristo -los sacramentos- y mi testimonio de “hombre bueno”. No lo hacen mis acciones apostólicas incluyan éstas, o no, piñas, sopapos e insultos. Como el mismo Newman dice en otro de sus sermones, esta vez del primer tomo, Jesús habló de “que el Evangelio se predique, no como medio de conversión, sino para ser testigo en contra del mundo”.
En los tiempos actuales -al menos-, creo que nuestra función como cristianos consiste en ser testigos del Testigo fiel, y no en convertir a los prójimos, tarea para la cual somos inútiles. Ya pasaron las épocas de los apostolados de masas y de las búsquedas de conversiones en racimo merced a coloridos autos de fe, llámenselos á estos como se los llame. Si alguna vez fue lícito bregar por triunfalismos de la fe –cosa que dudo-, hoy, ciertamente, dejó de tener el menor sentido.
(Me doy cuenta ahora que este es, en realidad, el tema de fondo: el lugar de la fe y de los cristianos en el mundo. Será para el próximo post).
Sucede con mucha frecuencia, y más de una vez me ocurrió a mí, que consideramos que seremos verdaderamente religiosos, es decir, fieles a Cristo, si nos sacrificamos y hacemos este tipo de apostolados barulleros. Pero, como escribía el beato Newman, “no nos hacemos religiosos por expresar sentimientos religiosos” o, lo que es lo mismo, por dar vivas a Cristo Rey en una procesión o estamparle un bofetón a un marxista o a una abortista. La religiosidad consiste, fundamentalmente, en la obediencia a Dios que se traduce, en gran medida, en obediencia a sí mismo. Ser lo que somos, es decir, cristianos. Esa es la verdadera religiosidad.
P.S. descolocado: Se sugirió en Chile que la mina San José fuese convertida en santuario. El presidente Sebastián Piñera dijo: “Los santuarios son para los santos. Aquí construiremos un memorial”. Nuestro Cardenal Primado, en cambio, reconoce el “santuario” de Cromañón, enviando regularmente a alguno de sus obispos paniaguados a celebrar misa en el lugar del martirio de los testigos de la cumbia. ¡Piñera cardenal!
P.S.: Si a veces tardan en publicarse algunos comentarios es porque Blogger los manda a la bandeja de Spam, y tengo que ir a rescatarlos.