martes, 14 de diciembre de 2010

Addenda


Algunas breves precisiones al post anterior, que podrán ser corregidas y aumentadas por los lectores:
1. Me parece que hay una idea equivocada de la contemplación. Ha pasado mucho jesuitismo y devotio moderna bajo el puente. La contemplación no es la oración o el estilo de vida propio de los monjes. Ese podrá ser un modo de ella. Considero, como lo afirmo en el post, que la contemplación es el proceso de transformación en Cristo, único modo de entrar al paraíso. Es lo que dice San Pablo. Y propongo la escultura de Chartres como ilustración. Por eso mismo, lamento comunicarle, amigo Jacobita, que si Ud. no está llamado ni a la ascética ni a la mística, me parece que tampoco está llamado al purgatorio sino a un lugar bastante más profundo. No hay modo "normal" de entrar al cielo sin pasar por esos dos estados de vida.
2. No solamente pasaron los jesuitas bajo el puente, sino también el bendito Royo Marín. Durante mis años de juventud creía firmemente que la vida espiritual se desarrollaba en etapas perfectamente identificables y consecutivas, como una copia de la evitable "Teología de la perfección cristiana". La vida espiritual consiste en encontrarse con uno mismo, que es el camino -como dice San Agustín-, de encontrar a Cristo y hacernos uno con Él. Es decir, de hacernos Él. Y, como dice el Jacobita, hay miles de modos de alcanzar esta semejanza, pero todos pasan por la contemplación.
3. Resulta muy simplista que, cuando se habla de contemplación, enseguida alguien cante truco diciendo: "!Quietismo!". Yo le puedo cantar quiero retruco gritando: "!Voluntarismo!". Amigo Jacobita, el Reino no es de este mundo, y ahora menos que nunca. La cuestión es engancharse en la merkabah, e ir contemplando las espaldas del conductor del carro, que es el mismo Dios, mientras ascendemos, o tratamos de hacerlo.
4. Benigno: Yo también tuve una formación católica clásica como la suya, y creía que la contemplación era lo que hacían las monjas carmelitas. Para mí, que era un laico, la salvación se alcanzaba haciendo muchas cosas, desde via crucis hasta asistiendo regularmente a las reuniones con el cura de la parroquia. Después me di cuenta que esas cosas hay que hacerlas, pero ellas no salvan y no sirven si no somos, antes que nada, contemplativos.

lunes, 13 de diciembre de 2010

El atajo


Hace algunas semanas discutimos en el blog el tema de la contemplación. En esa ocasión, un comentarista afirmaba que, debido a las condiciones de la vida moderna, seguramente Dios dispensaría a los hombres de hoy de la necesidad de la contemplación para progresar en la vida cristiana. Es decir, la vida en el mundo contemporáneo sería una suerte de atajo para llegar al cielo ya que nos ahorra la pesada carga de la contemplación.

Dios puede hacer lo quiera y, en principio, sería posible lo que sugiere el comentarista. Pero a mí me parece difícil. Veamos:

¿Qué es la contemplación? Fundamentalmente, el proceso por el cual nos transformamos en Cristo, según lo dice San Pablo cuando le escribe a los corintios: “Todos nosotros, a cara descubierta, contemplamos la gloria del Señor como en un espejo, y nos transformamos en la misma imagen de la gloria, a medida que obra en nosotros el Espíritu del Señor” (II. 3, 18). Estas palabras me recuerdan una de las esculturas que adornan la catedral de Chartres. En ella, el Creador tiene el rostro que tradicionalmente se le atribuye a Cristo. Y el hombre que el Creador mueve delante de Él para introducirlo en el paraíso tiene exactamente los mismos rasgos. Es que el único modo de entrar al cielo es haber sido transformados en Cristo, lo cual es un proceso sobrenatural que supone la contemplación.

Contemplar es mirar a Dios de espaldas, como Moisés. Es ese el misterio de la Encarnación, que no es la instalación de Dios sobre la tierra, sino que es su descenso para arrastrarnos tras Él. Y así, Él va delante y nosotros detrás encaramados en la merkabah, o el carro alado de cuatro rudas del que nos habla Ezequiel y sobre el que fue arrebatado Elías.

“Habrá que alzarse siempre con aquel que se alza realmente; a aquel que corre hacia el Señor no le faltará nunca un vasto espacio. Así aquel que sube no se detiene jamás yendo de comienzo en comienzo, a través de comienzos que no tendrán nunca fin”, dice Gregorio de Nisa.

Por todo esto, me parece que no hay atajo que valga. Nos transformamos en el Él mediante la contemplación, y es la contemplación el pasaje para abordar el carro de fuego. Y si el mundo moderno nos impide la contemplación, estamos en un problema, y no en un atajo.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Lo mejor de Newman


"El mundo invisible" es, para muchos, la mejor homilía de Newman.
Ahora puede bajarse gratis, en traducción de Jack Tollers, desde su página web: http://www.cuadernas.com.ar/newmania.php/el-mundo-invisible.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Unidas por el espanto


La nota aparecida en Perfil es terrible. Me dejó helado. El crimen es considerado un orgullo, digno de ser mostrado a fin de que sus autoras sean admiradas. Y ellas son artistas, intelectuales, periodistas, políticas. Un amplio espectro representativo de la sociedad.
Un amigo me advierte que casi todas ellas son contrarias al kirchnerismo. Y es verdad. El problema, entonces, no son los K. ¿o sí?

domingo, 5 de diciembre de 2010

Los cuatro mosqueteros del Papa


Le Figaro publicó la semana siguiente al consistorio, el siguiente artículo escrito por Raphaël Stainville acerca de los que él llama "los cuatro mosqueteros del papa".
Aquí va una traducción casera y rápida:

Los cuatro mosqueteros del Papa

El sábado pasado, Benedicto XVI no solamente creó veinticuatro nuevos cardenales. También eligió a cuatro de sus hombres más fieles para que ejerzan los primeros roles. Retrato de esta nueva guardia.

El Roma, el último sábado, los obispos y los sacerdotes presentes que conocen mejor el modo de funcionamiento de la Iglesia y sus relaciones de fuerza discretas que se operan en ella, habían anotado en sus agendas de asistir sin falta ese día por la tarde a la recepción de los nuevos cardenales que habían sido creados esa misma mañana por el papa Benedicto XVI. En muchos casos por amistad. Pero también por cálculo, puesto que ya se rumorea que Mons. Rankith, Mons. Piacenza, Mons. Burke y Mons. De Paolis forman parte de la nebulosa ratizingeriana que, para bien o para mal, y a pesar de las oposiciones reales, se instala en los puestos de mando del Vaticano.

Junto a los otros prelados que ya ocupan un lugar, estos nuevos cardenales están llamados a jugar los primeros roles en los próximos años del pontificado de este papa. Algunos, incluso, como Mons. Ranjith o Mons. Piacenza, se perfilan ya revestidos con la púrpura cardenalicia, como papabiles serios. Se comprende mejor entonces, por qué los salones del palacio apostólico donde se desarrollaban estas audiencias, se animaron en medio de la tarde de una multitud de fieles y de eclesiásticos. Se apretaban entre ellos, como un cortejo de cortesanos, en un concierto de telas y en una marejada de sotanas. Un extraño contraste para quien conoce esos lugares. Habitualmente, el palacio apostólico, que se ubica no lejos de los apartamentos pontificios, es un mundo de sombras y de silencio. Esas salas y los largos corredores, en los que vigilan los guardias suizos, sólo se perturban por el murmullo de discretos conciliábulos. Es aquí, antes de que Juan Pablo II hiciera construir la casa de Santa Marta para alojar a los cardenales durante la elección, que, en ocasión de un cónclave, entre las votaciones del Sagrado Colegio en el secreto de la Capilla Sixtina, los cardenales electores realizaban sus visitas de “calor” (durante la tarde), o de “pantuflas” (durante la noche) y, en pequeños grupos, intentaban ponerse de acuerdo en el nombre de un sucesor en el trono de Pedro. El último sábado, el palacio apostólico tenía un aire de Jornada del Patrimonio, para aquellos que, por primera vez, penetraban en estas salas de ceremonia de una belleza inaudita. Y se percibía también un aire con acentos fuertemente políticos en este decorado renacentista.

Aunque ya habían dejado la muceta púrpura que, en la mañana, en la basílica de San Pedro, cubría sus espaldas, y el roquete de puntillas blancas que caía sobre sus sotanas rojas, las cardenales, con su nuevo hábito, no habían dejado por eso el aire de príncipes de la Iglesia. Especialmente Sus Eminencias, el cardenal Burke y el cardenal Piacenza, que recibían en la sala ducal. En estos salones, las colas se extendían bajo un cielo de paños de estuco sostenidos por dos amores realizados por Bernini, y bajo una bóveda de grotescos, el americano Raymond Burke, 62 años, con sus sienes apenas blanqueadas, mostraba su habitual sonrisa de bonhomía. Es un prelado de mano dura, con palabras muchas veces muy poco diplomáticas, que no teme censurar severamente las políticas americanas que se oponen a la cultura de la vida sostenida por la Santa Sede. Si bien se ha creado algunas enemistades sólidas del otro lado del Atlántico e, incluso, en el seno de la curia, donde los prelados italianos vigilan su prestigio y el brillo de la vieja Europa frente a la llegada de un cow-boy, por otro lado, ha sabido conservar su lugar durante el pontificado de Juan Pablo II que lo tenía en alta estima. Benedicto XVI lo sabe.

Mons. Piacenza y su ingreso a los apartamentos pontificios

Burke comparte con el papa la preocupación por la belleza de la liturgia. Y el pontífice no ha tardado en llamar al protector del Instituto de Cristo Rey (comunidad de sacerdotes franceses instalados en Toscana) a la curia, nombrándolo en 2008 prefecto del Tribunal de la Signatura Apostólica. Pero su influencia se extiende más allá de la corte de casación del Vaticano, porque es igualmente miembro de la Congregación del Clero, del Consejo Pontificio para los textos legislativos y miembro de la importante Congregación de los Obispos que, en su reuniones semanales de los viernes, decide las candidaturas de los obispos que serán sometidas a la aprobación del Santo Padre.

No lejos de allí, el cardenal Mauro Piacenza, quizás menos locuaz, parecía eclipsado. A los 66 años, ha llegado a ser el nuevo prefecto de la Congregación del Clero, con una trayectoria asombrosa y prometedora. Formado en la escuela del arzobispo de Génova (Su Eminencia, el cardenal Giuseppe Siri, que fue durante mucho tiempo el jefe de las filas conservadoras en el seno del Sacro Colegio), Mauro Piacenza es un ejemplo extremadamente raro, por no decir único, de un simple oficial, como se acostumbra decir en el Vaticano para designar a los burócratas en el seno de los dicasterios, que ha transitado todos los escalones de su ministerio. Fino político, este profesor que enseñó durante muchos años en la facultad de teología de Italia septentrional, ha sabido siempre hacerse escuchar por sus superiores. No es de extrañarse entonces si, antes incluso de acceder a las más altas funciones de sus dicasterio, fue la punta de lanza de la Congregación para el clero, presidida entonces por el cardenal Hummes. En plena crisis de los sacerdotes pedófilos, ha sido él quien tuvo la idea de promover en todas las diócesis de la iglesia una campaña de adoración perpetua por la santificación de los sacerdotes. Y fue también él quien comandó el Año Sacerdotal que acaba de terminar. Como dice uno de sus antiguos colaboradores, “el cardenal Hummes tuvo la humildad de entusiasmarse por los proyectos de su subalterno”. Y el Papa no se ha equivocado. Lo ha constituido uno de sus colaboradores más cercanos. Se cuenta entre los raros prelados quien tienen entrada al Santo Padre. Cuando muchos jefes de dicasterio ven a Benedicto XVI solamente en las reuniones plenarias, una o dos veces al año, Mauro Piacenza, siendo no más que secretario de la Congregación del clero, era regularmente consultado y poseía entrada a los apartamentos pontificios. Un raro privilegio.

Los hombres fuertes en los puesto claves de la curia romana

El cardenal Velasio De Paolis es menos conocido para el público. Pero hace ya tiempo que este eminente profesor de derecho canónico, y además gran teólogo, es conocido en numerosas universidades católicas a través del mundo. Con más de 70 años, el enseña todavía en varias universidades, por ejemplo la Gregoriana y el Laterano. Sacerdote de la congregación de los scalabrinianos, cuyo carisma es ocuparse de los emigrantes y deportados, Velasio De Paolis es uno de los profesores más consultados por la curia. Benedicto XVI, que aprecia a este intelectual al que considera muy próximo, lo promovió en 2008 al delicado puesto de presidente de los Asuntos económicos de la Santa Sede. Prueba aún mayor de la confianza que siente el Santo Padre por este prelado, es que lo designó para hacerse cargo de la congregación de los Legionarios de Cristo, todavía traumatizada por el escándalo ligado a la vida de su fundador.

Queda Su Eminencia el cardenal Ranjith. Originario de Sri Lanka, Mons. Albert Malcom Ranjith Patabendige Don –este es su nombre completo-, no era de los menos rodeados en Roma la última semana en la inmensidad de la sala Pablo VI. Cerca de mil fieles de su arquidiócesis de Colombo, y también sacerdotes, con sus sotanas blancas inmaculadas y fajas negras, habían viajado para asistir a la creación del segundo cardenal de su país. Él podía contar también con amigos cercanos en el seno de la curia. Porque este prelado asiático es también muy romano. Ex - subsecretario de la poderosa Congregación para la evangelización de los pueblos (antes llamada Congregación para la propagación de la fe), fue nombrado nuncio en Indonesia y en Timor Oriental, luego secretario de la Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos hasta 2009 junto al cardenal Cañizares, que buscó en vano conservar este valioso colaborador. En su puesto pastoral, Mons. Ranjith ha dado muestras de ser un pastor disponible a todos. Presente en Jakarta durante el terrible tsunami de 2004, este obispo se puso inmediatamente a disposición de la comunidad católica de Banda Aceh y de la isla de Nias, durmiendo en un campamento improvisado, sin agua ni electricidad, entre los escombros y los muertos. Con este prelado, Benedicto XVI posee un sacerdote de choque, fiel al dogma, liturgista apasionado, de corazón generoso y tierno, y representante de la Iglesia en el Tercer Mundo.

Cuando el papa, pacientemente, intenta a través de su ejemplo, imponer una reforma litúrgica a través del mundo, no podría tener mejor sueño que introducir en todas partes esta renovación litúrgica de la mano de la figura gozosa de este prelado asiático. Considerado como un ratzingeriano de paladar negro, Mons. Ranjith forma parte de aquellos que hacen escuela y sobre los cuales el papa se apoya. Y si, como dice un vaticanista, existen en Roma dos clases de cardenales “los hombres buenos y los hombres fuertes”, indudablemente, Mons. Ranjith milita en la segunda categoría. Es de aquellos que sabrán responder al llamado que el papa les ha dirigido en su homilía: ser fieles a la púrpura cardenalicia y “seguir a Cristo sobre la cruz, si es necesario, hasta la efusión de la sangre”.

sábado, 4 de diciembre de 2010

Imperdible


Un colaborador habitual del blog me acaba de pasar una película imperdible: "Vent d´Est", o "Viento del este".
Se trata de un film francés de 1993 que narra el episodio de un regimiento del Ejército Nacional Ruso que combatió contra los bolcheviques durante la Segunda Guerra Mundial, y que al término de la contienda se refugió en el Principado de Lichtenstein. Los habitantes de este pequeño estado, junto a su príncipe soberano, se hicieron cargo de los 500 hombres y resistieron durante años las presiones ejercidas por la URSS para que fueran deportados. El resto de los países europeos, en cambio, obligó a los refugiados rusos a regresar y, por cierto, fueron masivamente fusilados por los rojos.
Cerca de cien de estos soldados, junto con su comandante el Gral. Boris Smyslovsky, finalmente emigraron a la Argentina.
Resulta extraña que el establishment cultural haya permitido el rodaje de esta película, tan políticamente incorrecta.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Comentario Ludovicencis


Aunque la metafísica de Newman no es de las más sólidas, la imagen del río no es mala. El problema con la declaración del dogma de la infalibilidad papal(pensado para casos excepcionales, anormales) es que vinculó la dicha infalibilidad con una autoridad y una declaración positiva puntual, cuando lo normal es que la infalibilidad se vincule naturalmente con la continuidad, conforme la fórmula de San Vicente de Lehrins. Hasta tal punto que la declaración de la autoridad jerárquica en muchos casos tiene menos importancia que la recepción litúrgica de una doctrina, la unánime opinión de los Padres o la no contradicción de una doctrina por parte del unánime consenso intertemporal de la Cristiandad. Los silencios también tienen su valor. Sobre todo los silencios, que el positivismo no registra. De tal modo, "infalible" pasó a ser lo que dice puntual y positivamente el Papa o el Concilio de turno, con prescindencia del río de Newman -la continuidad principial- y de la sustancia de lo dicho, que no es lo mismo cuando se define la Sma Trinidad que cuando se habla de los viajes de conquista de "los espacios interplanetarios" (sic, Gaudium et Spes, 5; cualquier aficionado a la sci-fi sabe que lo único que no se puede conquistar son los espacios interplanetarios, ni siquiera en el caso del espacio silente con Malacandra de C.S.Lewis). En esta trampa estamos, se ha perdido la apreciación acerca de la densidad doctrinaria de un pronunciamiento, a expensas de la jerarquía de la autoridad que lo proclama positivamente. Se ha perdido el valor del silencio como evidencia de consenso a lo largo de la historia de la Esposa de Cristo. Se ha perdido el organismo vivo de la fe, y con él, el sensus fidelium, principalmente entre los clérigos. De allí los errores formalistas y positivistas de los neocones, que necesitan que el Papa les defina en forma expresa que tomar helado de frutilla los viernes santos es pecado. Creo que el problema con el Magisterio es la dificultad de "netear" de tal Magisterio las cosas que no lo son: juicios fenoménicos, circunstancias y contextos históricos, evaluaciones probables, juicios prudenciales, expresiones diplomáticas, y por último pero no lo menos, el dichoso "tono" (manifiestamente sombrío en los documentos del siglo XIX, maníaco en los conciliares). Cuando hablamos de "Magisterio ordinario", hablamos de principios doctrinarios sustentados por toda la Iglesia, en todo tiempo. Un Magisterio neteado, que todavía ningún Denzinger escribió y que probablemente nadie redactará, pero que sería de agradecer la Sede Romana esclareciera un poco, asignando diversos nivel de aceptabilidad u obligatoriedad de contenidos y "tonos". Sólo una vez que nos enfrentamos con ese Magisterio ordinario neteado podemos hablar de obligatoriedad de asentimiento, obsequio religioso, infalibilidad, etcetera. Pero para eso hay que trabajar. Los neocones son vagos. ¿Y no es precisamente el neobeato que en su Carta al duque de Norfolk, precisamente, habla de "minimalismo teológico"?
Ludovicus