
Apareció hace pocos meses la traducción francesa de un libro escrito por Josef Ratzinger en 1971, titulado La unidad de las naciones, en el que desarrolla su visión política que –estoy seguro- interesará a los lectores del blog porque muchas veces hemos discutido sobre el tema. Se trata responder a la pregunta acerca de cómo debe situarse el cristiano frente al orden político. La traducción y la introducción del libro es obra del P. Ibora, vicario de Saint Eugene de París.
El origen de este se sitúa en un curso impartido por Ratzinger en 1962 en la universidad de Bonn, en el que renovaba el debate sobre la “teología política”. Esta expresión hace referencia a la controversia que enfrentó, durante los años ´30, a Erik Peterson y Carl Schmitt. Por otro lado, en ese mismo ambiente, se tomaba conciencia de la importancia de la escatología en la vida cristiana a partir de la obra de Karl Barth y Rudolf Bultmann. Y es en este punto, escribirá Ratzinger, que se alcanza “un total abandono del mundo a la razón profana”. La reacción viene de parte de Moltmann y Metz y, a partir de ellos, “ser cristiano”, dice Ratzinger, “es afrontar los hechos del mundo en nombre del futuro” y “practicar el cristianismo se convierte en tomar como regla la esperanza de modificar el mundo”. Esta es la doctrina que encontrará su expresión práctica con la teología de la liberación y sus aplicaciones en Latinoamérica.
Se trata, como bien lo notaba Henri de Lubac, de un resurgimiento del joaquinismo que no ha dejado nunca de irrigar subterráneamente al pensamiento occidental, con el marxismo como ejemplo, y que conduce a la “desescatologizar” al cristianismo al secularizar su término. Se pretende realizar el Reino de Dios en el mundo. Y, paradojalmente, se regresa a la concepción barroca de la Iglesia que afirma que es una sociedad visible perfecta en la cual se contempla la realización casi perfecta de su reino.
Orígenes
¿Cómo se sitúa el cristiano frente al orden político? Ratzinger se interesa en primer término en la respuesta de Orígenes, que escribe en el contexto de un imperio perseguidor de la fe cristiana, y desarrolla una “metafísica política”. Las naciones no son esplendores empíricos sino simbólicos. Ellas se han constituido en la saga de Babel y han caído en el poder de los arcontes que las gobiernan y cada una representa un grado de alejamiento en relación a la humanidad que ha quedado en manos de Dios, “en Oriente”, y que está representada por Israel. En esta perspectiva, el intento de unificación de las naciones por el imperio no es más que la caricatura de la unificación realizada por Cristo a través de la Iglesia. El orden político en general, y el orden político romano en particular, es malo. El cristiano no puede colaborar con esta figura política del orden social, sino que debe apartarse para intentar la única forma verdadera de organización social, en la que la realidad es trascendente.
Esta posición de Orígenes es calificada como escatológica puesto que propone emigrar con prisa hacia la verdadera ciudad ya que todas las ciudades de la tierra son malas. Se trata de una radicalización del apolitismo de los cínicos: de la indiferencia por la política se pasa a una oposición a la política.
Como hace notar Ratzinger, Orígenes se acerca peligrosamente a la posición de los gnósticos que veían en el cosmos la obra de un demiurgo malvado. Pero no se identifica con ellos, puesto que Orígenes piensa a partir de la Biblia y, por eso, el pecado no se identifica con la materia, sino que tiene que ver más bien con los espíritus, interviene en la historia –o en la protohistoria- y caracteriza menos el cosmos que al orden político. Para el actual Pontífice, la crítica origeniana del orden político es radicalmente revolucionaria, pero no busca tanto transformar el mundo para mejorarlo cuanto evadirse de él lo más rápido posible.
San Agustín
La posición de San Agustín es diferente. El contexto histórico ya no era el mismo: el imperio, de pagano y perseguidor, se había convertido en cristiano y cooperador. Pero, al mismo tiempo, de invencible se había transformado en vulnerable, como lo había mostrado el saqueo de Roma de 410. San Agustín denuncia la tentativa de unificar a todos los pueblos ya que, detrás de esos atractivos fantasmas, se esconden los poderes reales de los verdaderos gobernantes de este mundo, que son los demonios. Aunque cristiano, el imperio sigue siendo terrestre, puesto que no ofrece promesas de vida eterna. Es una realidad de aquí abajo a partir de la cual la Iglesia debe hacer pasar -con mayor o menor facilidad- a los hombres, desde la ciudad de la perdición a la ciudad de la redención, de la ciudad terrestre a la ciudad de Dios. Los cristianos podrán colaborar con las actividades del Estado solamente con esta reserva escatológica. Las patrias terrestres no merecen que se les sacrifique todo; sólo la patria celestial merece esto.
El amor a la patria terrestre, al que San Agustín no es insensible, es hipotético. La ciudad de Dios no puede condensarse en el Estado, aunque este sea un imperio cristiano. Es justamente esta instancia crítica la que indica la imperfección persistente del orden político.
En este sentido, el pensamiento de San Agustín es escatológico y revolucionario como el de Orígenes, pero en un grado menor, puesto que reconoce que los cristianos pueden imprimirle a la política un soplo que favorezca la fe y, por tanto, al verdadero bien de todos los ciudadanos. Pero sin ilusionarse demasiado, puesto que lo que es terrestre, permanecerá terrestre. De este análisis que realiza Ratzinger del De civitate Dei, es difícil deducir el agustinismo político que caracterizó a la Edad Media y, en cierta medida, a los tiempos modernos.
Luego de la lectura del libro, resulta claro que Ratzinger se sitúa más bien del lado de Peterson que en el de Schmitt y que, en la controversia escatológica, considera que si bien no hay un medio político que realice la construcción del reino de Dios, la Iglesia puede ejercer a través de sus hijos una buena influencia en el mundo de las naciones terrestres.





