
El blog de Natalio Ruíz, en su última entrada, cuestiona al P. Louis Bouyer y lo ubica dentro de los sospechosos peritos conciliares que tanto daño hicieron a la liturgia y a la Iglesia. Y sobre esto quiero decir algo.
Ciertamente, no es el caso de Natalio, pero me temo que muchos sospechan de Bouyer porque leyeron algún librito que decía que había que sospechar de Bouyer, pero nunca leyeron a Bouyer. Es decir, repiten lo que algún gurú teológico escribió o dijo en alguna ocasión.
No voy a ponerme yo a defender a Bouyer, que bastante bien se defiende solo. Por otro lado, no es mi intención convertir a Bouyer en un gurú al que se debe seguir a pie juntillas, actitud que siempre hemos criticado en este blog. Efectivamente, en algunas cuestiones de liturgia tiene posturas que no me convencen. Es preciso decir, sin embargo, que todas ellas fueron dichas antes de la reformadel Vaticano II, en una suerte de ingenua esperanza. Pero cuando muchas de esas ideas provenientes del Movimiento Litúrgico se malaplicaron por Bugnini, Montini y los suyos, Bouyer saltó como una fiera.
Como testimonio de todo esto, les copio una sección de un artículo titulado La liturgie rénovée, publicado en “La France Catholique” el 6 de noviembre de 1964, en pleno Concilio Vaticano II, y cuando acaba de aplicarse en Francia la reforma litúrgica. Insisto: estas durísimas palabras fueron escritas en la portada de un semanario que, en esos momentos, tenía una enorme tirada, pertenecía a la Acción Católica francesas y estaba monitoreado por los obipos galos y, además, el mismo año en que se comienzan a aplicar las reformas del Concilio.
Como podrán ver, Bouyer es más nuestro de lo que muchos creen.
La misa cara al pueblo: una cuestión perimida
Digámoslo de una vez para disipar una quimera: el altar “cara al pueblo”, aunque legítimo por una tradición eminentemente respetable, no es primitivo. Como en todos los banquetes de la antigüedad, Jesús y los primeros cristianos celebraban la “cena” en una mesa (sin duda sobre caballetes), en la que todos los comensales se encontraban en el mismo lado. Este es el único modo de celebrar la Eucaristía que Oriente conoció y el único que fue casi universal en todo Occidente. La misa “cara al pueblo” era una particularidad de las basílicas romanas y nunca tuvo en sus orígenes nada en común con la idea de una mesa redonda en torno a la que se sientan los comensales. Parece provenir simplemente del uso de las basílicas helénicas, que se continuaron utilizando tal como se hacía durante su uso profano, con el trono del magistrado (ahora el del obispo) en el fondo, y el pueblo separado de él y de los oficiantes por la balaustrada. El altar cristiano, entonces, se ubicó entre esos dos grupos, separados y opuesto, por lo que el obispo celebraba “cara al pueblo”. Pero esto no se hacía para estar “más unido” al pueblo, sino todo lo contrario: estaban totalmente separados. Y tampoco para ser visto por ellos, porque en las basílicas romanas antiguas se colocaba una cortina que ocultaba el altar. Por otra parte, como afirma el Prof. Cyrill Vogel, la noción moderna de liturgia espectáculo era totalmente desconocida y la idea misma, todavía viva, de participar de una acción común era opuesta a ella.
(Continúa Bouyer que la única razón que él habría considerado para permitir la misa cara al pueblo era que, según las antiguas rúbricas, las lecturas debían leerse desde el altar, y no resultaba muy lógico que el sacerdote lo hiciera dando la espalda al pueblo). “Pero ahora que las lecturas en todas las misas pueden ser hechas desde al ambón, lo cual es positivamente recomendado por las nuevas rúbricas, puede considerarse que la única razón que podía militar en favor de un cambio tan radical del altar, ha desaparecido”.
Una semana antes, el 30 de octubre de 1964, escribía en el mismo semanario una enfurecida columna denunciado lo que muchos sacerdotes de Francia estaban haciendo en sus templos con el pretexto de aplicar las instrucciones de Roma: destrucción de los retablos, venta de ornamentos y libros litúrgicos, de-formación de los templos, etc. Afirma que su accionar es peor al de las “bandas negras” que se entregaron al pillaje de las iglesias luego de la Revolución y, con su acostumbrado cinismo, afirma: “Nadie tiene el derecho de vender lo que no le pertenece, ni siquiera para comprar un televisor comunitario a fin de poder ver la Tour de France o los concursos de bikinis, que ahora son “más pastorales” que un breviario “trágicamente inadaptado”.
Y continúa algunas párrafos más adelante: “Pero es mucho más escandaloso… que algunos clérigos incultos pero arrogantes… no solamente liquiden precipitadamente todos los tesoros del arte religioso francés, sino que busquen reemplazar el culto tradicional de la Iglesia por una mélanges de didactismo fastidioso y pueril y de manifestaciones de masa, copias ridículas de los meetings políticos, y todo esto bajo el pretexto de “adaptación pastoral”.





