lunes, 14 de febrero de 2011

¿Quién fue Louis Bouyer?


El blog de Natalio Ruíz, en su última entrada, cuestiona al P. Louis Bouyer y lo ubica dentro de los sospechosos peritos conciliares que tanto daño hicieron a la liturgia y a la Iglesia. Y sobre esto quiero decir algo.

Ciertamente, no es el caso de Natalio, pero me temo que muchos sospechan de Bouyer porque leyeron algún librito que decía que había que sospechar de Bouyer, pero nunca leyeron a Bouyer. Es decir, repiten lo que algún gurú teológico escribió o dijo en alguna ocasión.

No voy a ponerme yo a defender a Bouyer, que bastante bien se defiende solo. Por otro lado, no es mi intención convertir a Bouyer en un gurú al que se debe seguir a pie juntillas, actitud que siempre hemos criticado en este blog. Efectivamente, en algunas cuestiones de liturgia tiene posturas que no me convencen. Es preciso decir, sin embargo, que todas ellas fueron dichas antes de la reformadel Vaticano II, en una suerte de ingenua esperanza. Pero cuando muchas de esas ideas provenientes del Movimiento Litúrgico se malaplicaron por Bugnini, Montini y los suyos, Bouyer saltó como una fiera.

Como testimonio de todo esto, les copio una sección de un artículo titulado La liturgie rénovée, publicado en “La France Catholique” el 6 de noviembre de 1964, en pleno Concilio Vaticano II, y cuando acaba de aplicarse en Francia la reforma litúrgica. Insisto: estas durísimas palabras fueron escritas en la portada de un semanario que, en esos momentos, tenía una enorme tirada, pertenecía a la Acción Católica francesas y estaba monitoreado por los obipos galos y, además, el mismo año en que se comienzan a aplicar las reformas del Concilio.

Como podrán ver, Bouyer es más nuestro de lo que muchos creen.

La misa cara al pueblo: una cuestión perimida

Digámoslo de una vez para disipar una quimera: el altar “cara al pueblo”, aunque legítimo por una tradición eminentemente respetable, no es primitivo. Como en todos los banquetes de la antigüedad, Jesús y los primeros cristianos celebraban la “cena” en una mesa (sin duda sobre caballetes), en la que todos los comensales se encontraban en el mismo lado. Este es el único modo de celebrar la Eucaristía que Oriente conoció y el único que fue casi universal en todo Occidente. La misa “cara al pueblo” era una particularidad de las basílicas romanas y nunca tuvo en sus orígenes nada en común con la idea de una mesa redonda en torno a la que se sientan los comensales. Parece provenir simplemente del uso de las basílicas helénicas, que se continuaron utilizando tal como se hacía durante su uso profano, con el trono del magistrado (ahora el del obispo) en el fondo, y el pueblo separado de él y de los oficiantes por la balaustrada. El altar cristiano, entonces, se ubicó entre esos dos grupos, separados y opuesto, por lo que el obispo celebraba “cara al pueblo”. Pero esto no se hacía para estar “más unido” al pueblo, sino todo lo contrario: estaban totalmente separados. Y tampoco para ser visto por ellos, porque en las basílicas romanas antiguas se colocaba una cortina que ocultaba el altar. Por otra parte, como afirma el Prof. Cyrill Vogel, la noción moderna de liturgia espectáculo era totalmente desconocida y la idea misma, todavía viva, de participar de una acción común era opuesta a ella.

(Continúa Bouyer que la única razón que él habría considerado para permitir la misa cara al pueblo era que, según las antiguas rúbricas, las lecturas debían leerse desde el altar, y no resultaba muy lógico que el sacerdote lo hiciera dando la espalda al pueblo). “Pero ahora que las lecturas en todas las misas pueden ser hechas desde al ambón, lo cual es positivamente recomendado por las nuevas rúbricas, puede considerarse que la única razón que podía militar en favor de un cambio tan radical del altar, ha desaparecido”.

Una semana antes, el 30 de octubre de 1964, escribía en el mismo semanario una enfurecida columna denunciado lo que muchos sacerdotes de Francia estaban haciendo en sus templos con el pretexto de aplicar las instrucciones de Roma: destrucción de los retablos, venta de ornamentos y libros litúrgicos, de-formación de los templos, etc. Afirma que su accionar es peor al de las “bandas negras” que se entregaron al pillaje de las iglesias luego de la Revolución y, con su acostumbrado cinismo, afirma: “Nadie tiene el derecho de vender lo que no le pertenece, ni siquiera para comprar un televisor comunitario a fin de poder ver la Tour de France o los concursos de bikinis, que ahora son “más pastorales” que un breviario “trágicamente inadaptado”.

Y continúa algunas párrafos más adelante: “Pero es mucho más escandaloso… que algunos clérigos incultos pero arrogantes… no solamente liquiden precipitadamente todos los tesoros del arte religioso francés, sino que busquen reemplazar el culto tradicional de la Iglesia por una mélanges de didactismo fastidioso y pueril y de manifestaciones de masa, copias ridículas de los meetings políticos, y todo esto bajo el pretexto de “adaptación pastoral”.

jueves, 10 de febrero de 2011

Protohistoria III, y última


Pero a Dios nunca se le agotan sus recursos. La revelación de las posibilidades creadores de su amor no tiene término. Así como había recuperado al mundo en un primer momento recreando la imagen divina, una segunda vez Dios va a recuperar al hombre haciendo aparecer el eterno modelo de esta imagen: el Verbo en persona. Este retorno de la creación que el hombre había inaugurado, esta reforma de la línea creadora que descendía de Dios a la materia por el espíritu creado, va a proseguir. Es el Espíritu increado el que va a llevar a la humanidad al cielo. Así como el hombre, espíritu encarnado, había nacido en la inocencia de la materia profanada por el espíritu puro, de la humanidad contaminada va a nacer el Hijo de Dios hecho carne, de la carne misma del pecado pero escapando a su contaminación. El Espíritu divino trabaja a la humanidad culpable como había trabajado a la materia oscurecida. Como Yavé había plantado en un mundo hechizado de presencias maléficas el jardín del Edén, y como había hecho florecer al hombre creado a su propia imagen, ahora aparece en la humanidad arruinada por la falta de Adán, ese “paraíso animado” que es la Virgen María, como la llaman los Padres. La sombra del Espíritu se posa sobre ella, y así como la materia se había convertido, en el origen de la humanidad, en madre del hombre, así María se convierte en Madre de Dios, al darle su carne a la humanidad celestial. Y así será salvado el hombre nacido del primer Adán y el mundo caído con él será rescatado por el segundo.

Como tan amarga había sido el fracaso de la primera iniciativa salvadora de Dios en Adán, tanto más fulgurante será el éxito de la segunda iniciativa en Jesús. No solamente los hijos de la tierra, y la tierra misma en ellos y con ellos, serán elevados hasta el coro de los ángeles para completar la brecha satánica, sino que el Hijo del hombre, reuniendo en sí a toda la humanidad, recuperando en ella a toda la creación, se identifica con el eterno Corifeo, con el Verbo, con la eterna alabanza del amor del Padre. La creación, definitivamente, separada del Creador por Satanás, se encuentra reunida en Cristo. A su término, ella ha regresado a su fuente, no para absorberse en ella sino para alcanzar finalmente un florecimiento inacabable.

He aquí no solamente restaurada sino reunida con su divino ejemplar a la liturgia cósmica. Por la encarnación del Verbo en la humanidad, ella misma encarnación del espíritu creado, todas las cosas son recapituladas en su divino modelo y el coro de los espíritus es reunido en el corazón de la divinidad. Jesús reconduce a la humanidad al paraíso terrestre por la resurrección; por la ascensión, Él la transfiere a la esfera angélica de la que el príncipe de este mundo había sido expulsado. Finalmente, penetrando en el santuario celestial, Él nos hace sentar a la derecha de Dios, nos hace entrar con Él, y a todo el universo con nosotros, hasta el seno del Padre del cual procede toda paternidad. En el Cristo total, en la humanidad celestial de la que Jesús es el príncipe, el hombre, asociado al coro de los ángeles, es iniciado en el propio cántico del Verbo. Esta divinización que el orgullo de Satanás había ambicionado, que su mentira nos había prometido, se encuentra realizada aquí, pero en otro sentido, por la humanidad del Hijo eterno.

Es de este modo que esta vocación de ángel de reemplazo que da sentido a la misma creación del primer hombre, a pesar de la prevaricación de éste, finalmente se ha cumplido. En una perfección inseparable, por la nueva creatura, Dios se hace hombre para divinizar al hombre.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Protohistoria II


Sin embargo, allí mismo se encontraba la raíz de la salvación del mundo descarriado. El mundo material, porque estaba ordenado esencialmente al mundo espiritual, le fue positivamente donado a éste en virtud del designio del creador. La suerte de uno está ligada a la del otro, pero no se confunden. Toda creación, sea el mundo espiritual como el material, es obra solamente de Dios. Sólo la divinidad puede dar el ser autónomo al pensamiento angélico como a su propio pensamiento y otorgarle al espíritu creado su espejo en las criaturas sensibles, del mismo modo que Él mismo se había reflejado al comienzo en ellas.

Queriendo Dios salvar al mundo caído bajo el imperio del diablo, va simplemente a dar a la creación del mundo una prolongación inesperada por los ángeles. Dios va a animar el rostro de los espíritus creados que se reflejaba en las aguas puras y transparentes de la materia primitiva al que el narcisismo de Satanás había inclinado hasta la caída. Confiriendo la existencia autónoma a aquello que la materia tenía de espíritu en potencia, Dios suscita en el seno mismo de la creación física apestada por el espíritu puro caído, un espíritu carnal cuya inocencia pudiera restaurar el universo.

Sin duda, la caída del diablo arrojó un velo de sombra sobre todo el mundo del que había sido príncipe desde el origen. Pero este mundo que le había sido confiado se le escurrió porque, al igual que todo ser, el mundo sensible pertenece a Dios. Sólo Dios sabe lo que puede nacer de Él en este reino usurpado por otro.

Y no solamente el mundo escapa a ese otro sino que escapa también, precisamente, aquel a quien más amaba: su propia imagen. Dicho de otra manera, aquello que tenía espíritu en potencia en la materia va a tomar vida bajo el vuelo del propio Espíritu de Dios. Nuestra tierra, arrancada del caos, reflorece en un nuevo jardín de Dios y, en ese Paraíso, aparece el Hombre. Restaurando directamente en el mundo la imagen divina que su príncipe ciego había desfigurado, el hombre es creado como el salvador posible del mundo.

Este momento segundo de la creación es el principio de un nuevo orden. Hasta entonces, del Espíritu increado había procedido el espíritu creado, luego la materia, espejo del espíritu finito, lo había a su vez prolongado como otro infinito. Ahora, aparece un orden inverso preparado para derrotar al primero. Un nuevo espíritu se libera de la materia y se remonta hacia su creador. Al conducirla en el movimiento ascensional de su propia creación, la restablece en el circuito, bloqueado por Satanás, de la acción de gracias y de la eucaristía cósmica. De este modo, el Mundo caído con su príncipe, será liberado de la noche y de la muerte por el propio hijo de la tierra, introducido en el coro de los hijos de Dios.

Satán, sin embargo, no quedó desarmado frente a esta respuesta del Creador. En virtud del designio primero de Dios, que no se arrepiente, el mundo en el cual surge el hombre continúa perteneciéndole. En toda la realidad carnal en la que el espíritu del hombre ha florecido, y aunque incapaz de tocar los resortes profundos de su inteligencia y de su libertad, el diablo tiene espacio para tentarlo. Él pudo libremente desarrollar la sugestión inicial del Mal en este nuevo espíritu que es el hombre. Y va a instilar en él el espejismo de los deseos sensuales.

Y el hombre cederá. El redentor posible de la tierra será la conquista suprema del espíritu rebelde. Esta libertad que Satán había sentido brotar por encima de él, como una repetición posible por parte de Dios del imperio que él le había arrebatado, era demasiado, y se mostrará capaz de seducirla. Este es el segundo drama, prolongación del primero: la caída del hombre, eco de la caída de Satán. El mundo, en lugar de ser arrancado por el hombre del imperio del diablo, se encuentra arrojado por el hombre en la esclavitud del pecado y de la muerte.

Se ve entonces como, en el universo, el hombre aparece con un ángel de reemplazo. Nuevo Lucifer, él debía tomar el lugar dejado vacío por el primero en el coro de la eucaristía universal. Nacido en el mismo mundo al que su primer príncipe había llevado a la perdición, el nuevo dueño de la tierra que era Adán estaba destinado a reintegrarlo al pléroma del amor divino y a reintroducirlo en el reino de la luz y de la vida.

Abdicando su libertad al imperio del demonio, le otorgó a éste una conquista inesperada y una dominación más íntima sobre las cosas. De hecho, es a causa del hombre que la tierra es positivamente maldita.

martes, 8 de febrero de 2011

Protohistoria I


Louis Bouyer escribe en el primer capítulo de uno de sus mejores libros - Le sens de la vie monastique, aún no traducido al español - un relato de lo que podríamos llamar la "protohistoria", es decir, la "historia primordial" que precedió a la creación del hombre.

Muchos se preguntarán en qué libros está escrita y qué documentos la atestiguan. No es el caso. "Entonces, es puro mito", dirán. Ciertamente, pero un mito verdadero.

Y mito, que no fábula, y que se inscribe en la más profunda tradición judía y, aún más, es la protohistoria que están suponiendo los Apóstoles y los Padres en sus escritos.

Quizás les pase como a mí, que después de leer este relato, entendí muchas de las expresiones de San Pablo y de San Juan en su Apocalipsis.

Es un poco extensa. La publicaré, entonces, en tres post diarios, para facilitar su lectura.


Continuando con la antigua tradición rabínica y teniendo siempre presente el cuadro cósmico y supra-cósmico en el que se inscribe la visión que San Pablo o San Juan tienen del drama de la redención, la tradición de los Padres nunca admitió la existencia de un mundo material separado de una creación más amplia, es decir, de un universo espiritual. Más exactamente, para ellos, el mundo es inseparablemente materia y espíritu. Lo que nosotros llamamos mundo material es solamente el reflejo de un reflejo. El mundo es, en principio, una proyección viviente y libre de las Ideas de Dios, las que se encontraban reunidas hasta ese momento en su Logos divino. Estas Ideas sobre las que el Espíritu de vida se posó, fueron animadas de una vida propia y son los espíritus creados. El coro que forman es como la imagen creada de la imagen increada del Padre eterno, es decir, el Logos.

Pero ellas, a su vez, piensan, y en esto son imagen de su Creador. El fiat del Padre, entonces, se extiende a los pensamientos de sus pensamientos como a los suyos propios, y los proyecta a su vez fuera de sí y fuera de ellas. Y este es el mundo visible, objetivación común, podemos decir, de los múltiples pensamientos angélicos, como el mundo invisible es una objetivación de los múltiples aspectos de un único pensamiento del Padre. De este modo, el Verbo es a la vez el monogénito en la eternidad y el primogénito en la creación.

Será necesario, por tanto, representarnos el universo material como un espejo ofrecido a lo espiritual, como un jardín de los espíritus a los que se asemeja y a los que está confiado, porque fue hecho a imagen de ellos. Es como la orla de su vestido, y las brumas de su luz son como el tenue resplandor del manto ondulante con el que el Creador ha querido vestir a su criatura invisible. Es así que esta idea, que se remonta a la más antigua tradición judía y ya que aparece en el Éxodo, indica que todas las cosas de aquí abajo son la reproducción de los modelos celestiales. Y aquí se injerta la otra idea, tan frecuente en San Pablo, que se refiere a la misteriosa relación entre los ángeles y los elementos de nuestro mundo. Es a los ángeles, dice la epístola a los Hebreos, que está sometida la economía presente. Ellos son los rectores del cosmos, los arcontes –es decir, los príncipes- del siglo presente.

El universo establecido, entonces, reposaba en el gozo durante esta primera aurora de la Creación que es evocada en el libro de Job: “Cuando las estrellas de la mañana cantaban en coro y todos los hijos de Dios la aclamaban”. De hecho, la antigüedad cristiana se representaba el mundo primordial sobre la imagen de un coro inmenso resonante de la gloria divina, en la unanimidad del amor orquestado por el Verbo. En este universo todo espiritual, todo era canto en el origen. A la jerarquía de las potencias creadas en la unidad, correspondía la simpatía y la sinfonía de la liturgia cósmica en la que se canta el grandioso panegírico que glorifica con una sola voz al Creador, tal como lo expresa la epístola a los Hebreos

A través de esta cadena continua de la Creación, en la que la sociedad trinitaria de las personas divinas se ha como extendido y propagado, va y viene el flujo del agapé creador y de la eucaristía creada. Descendiendo del ser próximo al más próximo, hasta alcanzar el último confín de la nada, el amor creador de Dios revela toda su potencia en la respuesta que Él mismo provoca, en la alegría del reconocimiento por el cual, en la primera mañana de su ser, las creaturas fluyeron libremente hacia Aquel que les había dado todo. De esta manera, este coro inmenso se nos aparece como palpitante de una incesante sístole y diástole, difundiendo en amor paternal la gloria divina y luego recogiéndola sin cesar hacia su inalterable fuente de amor filial.

Sin embargo, una disonancia se introdujo en esta universal armonía, porque surgió un obstáculo que quiso detener en la creación el frente desbordante de la infinita perichóresis divina. Todo un sector de las criaturas espirituales se separó y, de alguna manera, se desgajó de la gran rosa mística que florecía en torno a la Trinidad. Como jefe de ellos se encontraba una de las más altas, sino la más alta, de las potencias creadas, Lucifer, el astro de la autora por excelencia, el príncipe de este mundo sensible en el que resonaba el último eco de la gran eucaristía. ¿Qué había ocurrido? ¿Qué es lo que intervino? Simplemente, el orgullo. Elevado tan maravillosamente por la gracia del Creador, tan cercano al centro y a la fuente de todo, el espíritu creado quiso hacerse a sí mismo el centro, como si él mismo fuera la fuente. Con él, aquellos que lo siguieron, apartando su mirada del divino modelo del cual procedían, se sumergieron en el espejo de las cosas, deseando amar solamente su propia imagen.

Pero, desde que se produjo esta nefasta detención, desprendidos de la fuente del amor, desviados del centro de la gloria, la porción del universo comandada por el espíritu del orgullo se estrelló y se derrumbó sobre sí mismo. Las primeras tinieblas se extendieron con el vuelo del ángel maldito. Dejando el coro donde palpitaba la vida eterna, el mundo, nuestro mundo, entró en el frío reino de la Muerte.

Lucifer, pretendiendo ocupar el lugar del Verbo en el coro cósmico y, finalmente, invadir incluso el lugar del Padre, consumó la primera y fundamental mentira, y se convirtió, según las palabras de Cristo, en el padre de la mentira. Queriendo capturar para sí el movimiento de la vida, él no puede transmitirla, sino sólo fingirla. Y así, se ha convertido en el propagador y causante del mal en el mundo material sobre el que aún tiene un especial poder.

jueves, 3 de febrero de 2011

Engañadores y engañados


La alerta que me hiciera ayer un lector del blog acerca de que estaría disminuyendo mi inteligencia y el atinado comentario de Mary Lenox, sugieren un post acerca de lo que plantean. Parecería, en efecto, que estamos cayendo en un burdo sofisma, aquel que extiende las propiedades de la parte al todo, cuando tratamos el tema de los movimientos neocon y sus fundadores. Algo así como:

El fundador de los Legionarios, del Sodalicio y de Miles Iesu han tenido una vida desordenada y han abusado, de un modo u otro, de sus seguidores.

Los Legionarios, el Sodalicio y los Miles Iesu son movimientos neocon.

Los fundadores de todos los movimientos neocon son abusadores.

E, inmediatamente, el siguiente silogismo:

El Evangelio dice que todo árbol bueno da frutos buenos.

El “árbol” de los movimientos neocon es malo.

Sus frutos, es decir, los miembros de los movimientos neocon, son malos.

Resulta claro que es un argumento sofístico. Y en él pueden haber caído algunos o, según parece, nos achacan a nosotros haber caído también en él.

Es cuestión, entonces, de hacer algunas distinciones. Y en primer término, el principio general:

Es el que claramente estableció Ludovicus en su comentario de ayer. El problema de los movimientos neocon no es su fundador o sus miembros sino su estructura. Allí está la madre del cordero. Se trata de una estructura cuyas características han sido bien establecidas en la Editio princeps del Diccionario Neocon y que no voy a repetir aquí. Podría definirse como el jesuitismo llevado a sus últimas consecuencias, o bien, la conclusión última que en recta lógica se desprende de la infeliz frase ignaciana perinde ac cadaver.

Se trata de un sistema establecido sobre un volutarismo irracional –tan irracional como un cadáver o como un bastón- que supone la inspiración perpetua y continua de los superiores a los cuales se les debe, por ese motivo, obediencia ciega. Esto es una monstruosidad, con superiores santos o con superiores pecadores. En el primer caso, producirán autómatas rezadores, celebradores de ceremonias, portadores de cilicios y adictos a las azotainas. Pero, si el caso es el de un superior pervertido o con algún problemita –casos que, como estamos viendo, son mucho más frecuentes de lo que pensábamos-, la cosa es gravísima, porque la estructura ha establecido que no hay límites que detengan a la omnímoda y siempre inspirada voluntad del superior. Nada se interpone entre él y su súbdito. Es por eso que Maciel pudo hacer lo que hizo durante décadas sin que nadie lo frenara. Es que, necesariamente, esas estructuras crean en torno al superior, una corte de aduladores y encubridores que impiden las reacciones de los siervos. Y, cuando estas suceden, tienen abundantes recursos para detenerlas o escamotearlas; recursos que llegan, incluso, a comprometer a altas esferas del poder eclesiástico. Ejemplo de sobra tenemos con nuestro Big fish autóctono que, haciendo caso omiso de la orden pontificia de clausura monacal, sigue desplazándose por mundo.

Pero es necesario hacer ahora la segunda precisión, la de Engañadores y Engañados. Es fácil reconocer la categoría en la que se encuadran Maciel, Doig, Karadima, el Big fish y otros más. Pero están los otros, que son miles, y que, como dice Mary, hacen el bien engañados como están. Yo puedo dar testimonio de algunos cientos de ellos, como lo he dicho varias veces en el blog, que son gente de buena fe, que soportan su situación, conscientes o no de ella, y que hacen el bien.

A ver, aquí hay algo que varios han dicho en los comentarios del blog y que yo rescato: a la monjita de un movimiento neocon, que entregó su vida a Dios con generosidad pasmosa, y pasa sus días alimentado e higienizando a niños y adultos postrados y a ancianos desvalidos, qué le puedo decir yo que, como me achacan, me paso el día sentado escribiendo en una computadora. Ante esta monjita y tantísimos otros casos similares, chapeau.

Pero la existencia de estos casos ejemplares, no implica que debamos seguir con la venda puesta, negando la realidad y permaneciendo en silencio obsequioso. Los múltiples casos que han saltado, y los todavía saltarán, exigen que seamos descarnados en el diagnóstico: lo que no funciona son las estructuras neocon, que están hechas para que cualquier pervertido pueda usarlas para sus fines oscuros. Lo que no funciona es el jesuitismo a ultranza y es la obediencia ciega. Lo que no funciona, en definitiva, es el voluntarismo en las organizaciones religiosas, aunque las víctimas funcionen, a costa de su sangre.

miércoles, 2 de febrero de 2011

Y cayó otro neocon. ¿Cuántos van?


Hace unas horas, un lector escribió el siguiente comentario: "La categoría de los neocon, bolsa donde se quiere meter a muchos católicos, vive en la mente de Wanderer, Ludovico y otros delirantes. Esta categoría esta hecha de mentiras, calumnias y medias verdades que pretenden extenderse como mancha denigrante a millones de católicos. Según tal imbecilidad los que Wanderer y Ludovico identifican como neocon defienden y encubren a Maciel en sus crímenes, y los no neocon son los únicos lúcidos que lo condenan. Simplificaciones estúpidas para cerebros minúsculos, deseosos de autoafirmación en su "pose" (no pasa de eso) católica".
Pues bien, pareciera que no hay tanto delirio porque acaba de caer otro fundador de un movimiento neocon. Se trata de Germán Doig, fundador de los Sodalicios de Vida Cristiana, a quien en las últimas horas le suspendieron el proceso de beatificación por abuso de tres jóvenes. Pueden leer la noticia aquí.
Lo curioso, y típico además, es que numerosos obispos y líderes políticos se dehicieron en loas a tal personaje "cuya vida no fue ejemplar", en palabras del P. Len, superior de los Sodalicios. El cardenal Karlic, por ejemplo, decía en una homilía en el quinto aniversario de su "tránsito": "Hoy queremos celebrar el amor de Dios en Germán. Queremos meditar su sabiduría, queremos meditar su amor, queremos meditar su persona, y así entender el misterio de su muerte, como debemos procurar entender el misterio de la Muerte de Jesús, " (El texto completo aquí) La página del Sodalicio se ha apurado en borrar todos los testimonios de nuestros pastores que, iluminados por el Espíritu Santo como corresponde a todo obispo según el diccionario neocon, reconocían en Germán un ejemplo de vida para los laicos católicos. Pero al Wanderer y sus amigos nada se les escapa y aquí pueden Uds. leer el caché, y enterarse de los consejos de nuestros pastores. By the way, el Sodalicio fue invitado a instalarse en Buenos Aires por el primado Bergoglio.

En fin, siguen cayendo. Y todavía faltan. Y falta el autóctono, aquel que pidió que destruyeran una fotografía porque podía entorpecer su futuro proceso de beatificación.

Un regalo para Perpleja


Jack Toller me acerca la traducción de unas líneas del Card. Newman como obsequio para nuestra amiga Perpleja, cuyos comentarios movieron a la reflexión a más de uno:

El recuerdo de quienes nos precedieron

Por otra parte, mientras de esta manera el recuerdo de los muertos nos da tiento, también constituye un gran consuelo, especialmente en esta época del mundo, cuando la Iglesia Universal ha caído en errores y se encuentra divida, rama versus rama.

¿Qué cosa sostendrá nuestra fe (por la gracia de Dios) cuando tratamos de adherir a las verdades antiguas, y pareciese que quedamos solos? ¿Qué sostendrá al “centinela sobre los muros de Jerusalén” contra el menosprecio y celos del mundo, las acusaciones de querer llamar la atención, de ser fantasiosos, extravagantes e insensatos? ¿Qué nos mantendrá interiormente tranquilos y pacíficos cuando se nos acusa de “inquietar a Israel” y “profetizar desgracias”? ¿Qué cosa sino es la visión de los santos de todas las edad, cuyos pasos seguimos? ¿Qué cosa sino la mística imagen de Cristo estampada sobre nuestros corazones y recuerdos?

¡Los tiempos de primigenia pureza y verdad no han pasado! ¡Aún están presentes! No estamos solos, por mucho que lo parezca. Pocos de los que ahora están vivos están en condiciones de comprendernos u homologarnos; pero aquellas multitudes del tiempo primitivo, que creyeron, y enseñaron, y adoraron, tal como lo hacemos nosotros, todavía están vivos en la presencia de Dios, y en sus gestas del pasado y sus voces actuales, exclaman desde el Altar. Nos animan con su ejemplo, nos dan vivas mientras nos acompañan, están a nuestra derecha y a nuestra izquierda, los mártires, los confesores y otros santos, que recurrían a los mismos credos, y celebraban los mismos misterios y predicaban el mismo evangelio que nosotros. Y a ellos se les unió, a medida que pasaban las edades, incluso en épocas oscuras, o, peor aún, incluso en tiempos de divisiones, nuevos testigos de la Iglesia de aquí abajo.

En el mundo de los espíritus no hay diferencias de partido. Por cierto que claramente constituye nuestro deber, mientras estamos en este mundo, argumentar y pelear hasta por los detalles de la Verdad, según los veamos con las luces de las que disponemos; y por cierto que hay una Verdad más allá de la discordancia de nuestros pareceres. Pero a la larga, aquella Verdad es discernida sencillamente por los espíritus de los justos; los agregados humanos, las instituciones humanas, las cosas humanas, no les hacen mella, allí en el estado, invisible para nosotros, en el que están. Han sido segregados de la carne. Grecia y Roma, Inglaterra y Francia, no le otorga color a esas almas que han sido lavadas en un solo bautismo, alimentados por un solo cuerpo, y moldeados en una sola fe. Si han caminado en el Espíritu Santo los adversarios de antaño, ni bien muertos, inmediatamente se ponen de acuerdo. Las armonías se combinan y llenan el templo, mientras que los compases discordantes y las imperfecciones desaparecen. Por tanto, buena cosa es inclinarnos hacia el mundo invisible, “qué bueno es estar allí”, y edificar tabernáculos para aquellos que hablan “un lenguaje puro” y que “sirven al Señor con unánime sentir”; por cierto, no para quitarlos de sus seguros santuarios, no para honrarlos supersticiosamente, ni atribuirles más poder que el que tienen, sino para contemplarlos silenciosamente para nuestra edificación y de ese modo, alentando nuestra fe, avivando nuestra paciencia, protegiéndonos de los pensamientos que tenemos acerca de nosotros mismos, impidiendo que confiemos en nosotros mismos y obligándonos a vernos (como realmente debiéramos siempre vernos) como sólo seguidores de la doctrina de quienes nos precedieron, sin prestarle la menor atención a los maestros de novedades, a los fundadores de nuevas escuelas.