miércoles, 20 de abril de 2011

Sacro Triduo



En el Sacro Triduo, que estamos a punto de comenzar, silencio.
Les dejo algo para leer en estos días: un texto de Newman sobre los dolores mentales de Cristo (bajar AQUI) y un clásico para leer el Viernes Santo: "El júbilo de Jesucristo", de Frank-Duquesne. Puede bajarlo desde AQUÍ.

lunes, 18 de abril de 2011

Desilusionados

Como pueden leer en el blog de Sandro Magister, del que se han hecho eco Messa in Latino y The New Liturgical Movement, L'Osservatore Romano ha salido a responder a dos voluminosas obras, escritas por competentes especialistas, acerca del Concilio Vaticano II y su ruptura con la Tradición. Me refiero a Concilio Vaticano II. Un discorso mancato de Mons. Brunero Gherardini, y a Il Concilio Vaticano II. Una storia mai scrita, del Prof. Roberto De Mattei. Pueden leer en los sitios indicados la noticia.
Yo me hago algunas preguntas:
1) Mons. Marchetto es el encargado de reseñar, con abundancia, el libro de De Mattei. Lo destroza. Puede verse detrás de las líneas al clérigo que se puso histérico porque la obra de una persona del peso y prestigio del autor (es vicepresidente del CONICET italiano) muestra la ligereza de la propia. En efecto, el prelado tiene su propia historia oficial del Vaticano II. Me pregunto, ¿puede un medio de prensa serio y de la responsabilidad del periódico oficioso de la Santa Sede publicar una reseña de ese tipo? En todo caso, debería haber hecho repicar al mismo tiempo la otra campana. No es serio desde lo científico, ni es caritativo desde lo cristiano tratar de ese modo a un académico y a un hijo de la Iglesia.
2) La reseña de Innos Biffi a la obra de Mons. Gherardini es más mesurada. Y Biffi está autorizado a hablar, como historiador de la teología medieval que es. Sin embargo, y conociéndolo personalmente, la impresión que tengo es que se trata de un fiel discípulo de la jerarquía que prestará su pluma y su firma al pedido de cualquier pastor vestido de púrpura que se le acerque. De todos modos, me parece injusto y desproporcionado que se dedique una página entera de L'Osservatore a reseñar el último libro de un autor silenciado. En efecto, como amargamente se lamenta el canónico vaticano Gherardini, la jerarquía guardó profundo silencio sobre su obra anterior Concilio Vaticano II. Un discorso da fare, y se refiere a la postrera, Concilio Vaticano II. Un discorso mancato sólo para desprestigiarla.
3) No es esta la única trastada de L'Osservatore. Ya hemos comentado otras en este mismo blog. ¿Quién está detrás? Todo pareciera indicar que el Santo Padre tiene al enemigo en palacio. 
En fin, no sé si se trata de "desilusionados" del pontificado benedictino. Estoy seguro, en cambio, que se trata de aporreados por el sector resilente, o remanente, de la jerarquía juanpablista aún con poder en la colina vaticana.

sábado, 16 de abril de 2011

Regalos del fin de semana



Antes de la próxima entrevista de Tollers -a Ludovicus, y que publicaré en la octava de Pascua-, les dejo algunos regalitos:
1) Card. Newman sobre el papado y la infalibilidad: BAJAR
2) “Tsar”, con subtítulos en español: LINK
3) Ponencia de Mons. Aguer en la Asamblea Plenaria de la Pontificia Comisión para América Latina sobre la Misa (Roma, 7 de abril de 2011). BAJAR
4) Sermón de Ronald Knox sobre el Reino de Dios. Bilingüe. BAJAR
5) “Wooster and Jeeves” - Temporada 2. LINKS DE DESCARGA
6) “Wooster and Jeeves” - Temporada 3. LINKS DE DESCARGA

miércoles, 13 de abril de 2011

Las entrevistas de Tollers: Lupus (2)


Tollers:      Dicen que cuando los guardias del campo vinieron a buscarlo a Dietrich Bonhoeffer para su ejecución, le dijeron “hoy es tu último día” y que él respondió muy suelto de cuerpo, “no señor, es el primero”. ¿Ud. cree eso? Hay días en que se me hace difícil…
Lupus:        Siempre me despertaron interés los epitafios y las últimas palabras de los hombres. En uno de sus últimos sonetos, Quevedo le dijo a la muerte, apurándola: “Ven ya, miedo de fuertes y de sabios”. Bernard Shaw, en cambio, había preparado unas palabras que nunca llegaron a inscribirse en su lápida: “Sabía que si permanecía el tiempo necesario, algo parecido a esto me ocurriría”. Al estilo de Groucho Marx: “Perdónenme si no me levanto”; o como ese chistoso que en un cementerio de Georgia escribió, sobre el mármol de otro: “Te dije que estaba enfermo”.
                   No es cosa liviana, ni la muerte de la historia, ni la muerte personal, aunque a ésta debamos tomarla un poco en broma... a veces. Quien sabe aprovechar el tiempo final, puede ordenar mejor la ganancia de la jornada. Y salvo los niños, todos tenemos tiempo, aunque dejamos esa tarea para lo último. Camino del ocaso, que es ahora mismo, quizás convenga recordar los días finales de Chesterton. Hacía constantemente la señal de la cruz: en el aire con un fósforo al encender un cigarro, en las puertas de los cuartos, sobre las tazas de café; en todos lados veía el signo, en las ramas de los árboles, en las estacadas. De regreso de un último viaje a Lourdes y Lisieux, cuenta Maisie Ward que “entró finalmente en el ensueño de este mundo”, y sólo se despertó una vez más para decir eso que ya conocemos: “El asunto está claro ahora. Está entre la luz y las tinieblas, y cada cuál debe escoger su lado”. No tengo ninguna duda de que el último día es el primero de una vida infinitamente distinta, pero antes cada uno tiene que decidir, jornada por jornada, de qué lado está. Ambas cosas, el fin y la tensión del fin, nos ponen del otro lado de la amargura.

Tollers:      Sí. Pero confieso que me he pasado la vida bamboleándome entre dos extremos, pues cuando finalmente llego a convencerme de que me voy a morir―y que conviene que me muera bien―rápidamente aparece otro enemigo: se me presenta con gran fuerza la sensación de que todo es al cuete, que nada vale la pena…
Lupus:        Espero que no me malentienda, Jack, ni usted ni nadie. No pretendo ser maestro ni psicólogo de nadie. Me precio de ser, a veces, un buen... no sé, compañero de pabellón. Ya sabe, para un loco no hay nada mejor que un colifa. Me parece que el primer punto a definir es éste: necesitamos la soledad, pero esa soledad tiene su precio. No podemos vivir sin Dios y no podemos quedarnos mucho tiempo a solas con Dios. Es de monjes, de eremitas, de locos. En el Deuteronomio hay un elenco de maldiciones para el pueblo que transgrede la ley; una de ellas dice: “Yahve te herirá con locura”. Y señala Eurípides: “Los dioses vuelven locos a los hombres antes de destruirlos”. El mismo Homero nos presenta a un Áyax trastornado masacrando ovejas, bajo la convicción de que son soldados enemigos. Y al recordar esto, uno viene a pensar en el Quijote y los molinos adversarios. ¿Qué es esto de que Dios te castiga con “locura”? Porque nosotros definimos a un loco como a alguien que “perdió la razón”. Pero la fe, ¿la gana? En todo caso, ¿la gana siempre, en todo momento? De no ser así, ¿qué clase de locura supone?... Ay, en la que me estoy metiendo... Si el modo de sobrevivir a los variados desquicios interiores es, por lo general, aplicarse a la razón, ¿qué razón le aplico a una mujer que es Madre de Dios y Virgen Inmaculada? Encuentro el sosiego en la reflexión filosófica, que trato de aprender y dominar, mas ¿con qué lógica encaro la resurrección de la carne muerta? Nos mantenemos más o menos estables, en nuestro medio cotidiano, tratando de socializar con los demás, pero ¿dónde estarán dentro de un siglo todos esos desconocidos?
                  Vivimos entre lo visible y lo invisible, entre bibliotecas interminables y desconocimientos inmensos. Es fácil hablar de una relación “armónica” entre fe y razón, pero lo que comúnmente hacemos es volcarnos del lado de la razón, a fin de mantener el equilibrio. Cuando nos inclinamos hacia la fe... precipicio a ambos lados. Santo Tomás nos dio el mejor empujón, al avanzar decidido hacia la fe sin dejar que la razón se tuerza, pero en el final dejó inconclusa su obra. No pudo ni quiso escribir más. Claro, lo suyo no era un manual. Tensó la inteligencia a un límite sobrehumano y Dios le permitió “ver”. Se nos recuerda, para afirmar la primacía de la fe, que la razón natural, sin la revelación, sólo después de mucho tiempo y con mucho esfuerzo habría podido alcanzar apenas algunas verdades... Está bien, pero ¿cuántos hubieran hecho el esfuerzo? ¿Y cuántos hubieran hecho el esfuerzo correcto? ¿Y de cuánto “mucho tiempo” estamos hablando? Somos benevolentes con el poder y el alcance de nuestro entendimiento. Lo cierto es que, de haber contado sólo con la razón natural, y de haber podido alcanzar esas pocas verdades elementales con el auxilio de la filosofía y de las ciencias, al presente permaneceríamos paralizados delante de incógnitas devastadoras. Queremos las mejores respuestas, pero ni siquiera somos capaces de hacer buenas preguntas. Dios las hace por Job. Y como es Dios el que pregunta, en la pregunta está el germen de una respuesta segura, pues siempre excede nuestra razón pero la encamina.
                  La razón, sin la fe, termina estableciendo, conscientemente o no, la primacía de la materia. Queda lisiada y en chaleco de fuerza, mirando a la muerte, y a veces a la misma existencia terrena, como a una puerta negra y maldita. Así, el nivel óptimo de la vida consistirá en tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro. A la fecha, parece que muchos se conforman con el libro. ¡A quién se le habrá ocurrido incluir la literatura!... Pero el alma, ese órgano que desespera a los racionalistas, está atado con hilo de oro a su verdadera casa. Ahora bien, para no ganarme nuevos enemigos, entre ellos los atropellados críticos de nuestro entorno, debo añadir que la fe, sin la razón, no logra vincularse a la realidad y al cabo se dirige al repudio de la inteligencia, de la doctrina, de la tradición y de los maestros. Transforma la vida cristiana en una pastoral sensible y liviana, ajena a la trascendencia de la creación y más bien absorta en el fruto de su propio impulso emotivo.
                  Volviendo al tema, si me ciño a la verdad, la expreso y la sostengo, ¿por qué sigo inquieto, dubitativo, angustiado? Porque no puedo convertirla en mi realidad. Apenas en parte, nunca en todo. Porque no es todavía mi realidad. Y en lo poquísimo que puedo, se me presenta el obstáculo más difícil: yo. No los demás, sino yo. Al contrario, los demás, muchas veces, me quieren ayudar con ese obstáculo que soy yo mismo. Aún así, están esos malos días en que parece que todo es mi vida interior versus los otros. Pese a todo y más allá de todo, esos otros, los demás, sobre todo los seres queridos, no son el obstáculo. Si los pierdo, me pierdo. Vuelvo al mismo manicomio, pero a una habitación solitaria y con candado. Huye el día, y en el punto más negro de mi soledad, ¿por qué Dios me deja tan solo con tanta miseria mía? Mis justificables faltas, mis exámenes de conciencia, debidamente racionalizados... Bueno, no sé bien adónde llegamos con esto... Decía Tertuliano: “Habiendo sido sepultado, resucitó; cierto es porque es imposible”. Vivir en la fe, o sea “armonizando” la razón con la fe, es cosa de locos, aunque vale la pena. Es dudar, es fallar, es perdernos y quedarnos solos. Es embestir al viento, es la torpeza de matar a la oveja y dejar en paz al lobo. Y el mismo Dios que me salva, a veces permite mi destrucción. Pero es también todo lo que nos fue dicho y no vemos, todo lo que nos fue prometido y todavía no alcanzamos, todo lo que se nos dio como certeza y no entendemos. El camino cristiano empieza por una introducción a los misterios. Cumplido ese período iniciático, y a la par de la vida sacramental, la inteligencia necesita profundizar en esos misterios. Cuanto más profundizamos, más difícil se nos hace; y cuanto más difícil se nos hace, más profundo entramos. En más de una de estas provincias de misterio, la razón no resiste. Y duda. Se enzarza. En ese momento lo único que queda es sacarse los zapatos, callarse y escuchar. Y obedecer. Ser dócil a la tradición, a la Iglesia de siempre, la Nave que no naufraga. Ir en la fila solo y silencioso, caminando despacito, al encuentro del misterio de los misterios encerrado en esa diminuta forma, la única que contiene todo lo bueno visible y posible y el cielo infinito que no vemos ni con la imaginación. Cargamos en nuestra razón lo que está más allá de la razón y de la sepultura, lo que es cierto porque es imposible. De eso vivimos. Poco cielo quedaría si lo entendiéramos. Triste dios el de quien cree que hay que apurarse a encontrar todas las respuestas.

Tollers:      Sí… daría la impresión de que nuestra religión es más bien de preguntas que uno tiene que aprender a hacer y a hacerse. Y hay distintas formas de interrogar, la música sin ir más lejos, parece una gran interrogación… Hablando de lo cual, ¿qué música le gusta y por qué?
Lupus:        Durante mi juventud había mucho rock alrededor, pero me incliné para el costado que incluía baladas y un romanticismo sencillo. Necesitaba algo más melódico y apacible. La música folklórica me gusta, no sólo la argentina; mucho y cada vez más la céltica, y también la clásica, sobre todo Mozart y Wagner. A veces se me da por escuchar música sacra, pero es demasiado lo que desconozco. También el blues y el jazz. En fin... El amigo de Ens es como un explorador que ofrece muchas melodías, ritmos y voces que me atraen: música ajena, recóndita, a la que no estamos acostumbrados. Mi oído siempre está atento. Salvo unas pocas excepciones, de cada estilo obtengo algo.

Tollers:      ¿Por qué le interesa la ciencia-ficción?
Lupus:        En primer lugar, porque encuentro allí algunas pistas cautivantes y curiosas, esa suerte de futurología de corte científico-social asociada, de algún modo, a las profecías; en segundo lugar, porque su objeto principal es importante para el análisis, ya que consiste en una realidad turbia e imparable, a saber, la del avance tecnológico, que ya es el primer tesoro del hombre, y la obvia insensatez del cientificismo, su increíble fatuidad. Confieso que es para mí una afición algo desajustada, ya que cualquier fórmula física o matemática hace que me sienta parte de una fila de pollitos. Lo cierto es que mi interés nació de modo infantil, y mi padre tiene mucho que ver con esto. Era un hombre de lecturas variadas, por no decir incompatibles, que iban desde el imperio romano, las guerras mundiales y las peripecias de los exploradores hasta las guerras de robots o los cuentos de ultratumba. Usted menciona la ciencia ficción, pero le puedo sumar el género fantástico, la novela gótica, las novelas policiales, el mundo artúrico, los relatos de viajes y aventuras. Como a muchos, siendo niño me fascinaba el hecho de la lectura nocturna, a escondidas. Cuando el día se daba por terminado y había que apagar la luz, yo comenzaba un viaje fantástico, provisto de un libro y una linterna, a bordo de la frazada, más bien debajo de ella. La noche silenciosa y prohibida era un momento esperado. Papá sabía mi secreto, claro; sabía que ordenarme apagar el velador formaba parte del ritual.
                   En esos años, de los diez a los quince, creo que leí todo de todos: Salgari, Verne,  Stevenson, Defoe, Burroughs, Howard, la entera colección Robin Hood... bueno, casi entera: odiaba las novelas del tipo Hombrecitos. También compraba y canjeaba revistas: El Tony, Fantasía, D’Artagnan, Patoruzito. Mi padre me conseguía los libros de Tintín, de Asterix, incluso a fin de año esperaba ansioso el Libro de Oro Patoruzú, y él no me fallaba... ni se fallaba. Devoraba todo, pero siempre quería más, así que se sumaron Bradbury, Asimov, Clarke, Lawhead, Lovecraft, Poe, Dickens, muchos otros. A la vuelta de la esquina me encontré con Aslan, Frodo y el Padre Brown, lo que era inevitable, gracias a Dios. Tampoco quiero olvidarme de lo que significó Hugo Wast en mi adolescencia. En fin, todo esto que le menciono va más allá de un rumor de la infancia: es un recuerdo muy vivo y activo en mí. Conservé la mayoría de esos tesoros, se convirtieron en el paisaje de mis hijos y espero que prevalezcan. Cuesta poco entender por qué soy un defensor de Harry Potter, historia que también leí con placer, pues trajo de regreso un poco de fantasía a la ciudad electrónica. Los niños deben poder habitar estos paisajes encantados.
                   No es sólo la ciencia ficción lo que me interesa, como ve. Reconozco, sin embargo, que encuentro en este género, o subgénero, ese especial claroscuro que le mencioné y que mantiene despierto mi interés. Y por supuesto, porque me divierten mucho los viajes en el tiempo. Pero ya me extendí demasiado y estoy seguro de haberle dado una pésima respuesta.

Tollers:      De ningún modo, al revés. Querría saber más sobre su infancia, el barrio, el colegio al que fue, las maestras, sus hermanos, las vacaciones, navidad, etc… (y quizá me quiera hablar de su primera novia).

Lupus:        Pero esas son muchas preguntas personales, Jack. Mire usted: paró de llover, se nos acabó el cognac... y me parece que ya tuvo bastante de Lupus el esforzado lector que haya llegado hasta acá. Es el momento de agradecerle su paciencia y delicadeza para llevarme a recorrer estos temas.


lunes, 11 de abril de 2011

Las entrevistas de Tollers: Lupus (1)

[Estimados amigos: muchas veces aparecen lectores del blog que formulan preguntas en sus comentarios, y muchas más me llegan al mail. Rara vez respondo. No soy maestro de nadie, y me niego obstinadamente a serlo: ya sabemos lo que pasa cuando un ciego guía a otro ciego. Además, no siempre hay tiempo. Sepan disculparme]

Jack Tollers comenzó al año pasado con una serie de entrevistas a conocidos personajes de nuestro blog. Generosamente, me las ha enviado. Publicaré una por semana, en dos entregas. Y comenzamos con la de Lupus.


Entrevista  con  Lupus
Después de la entrevista que me hizo el Wanderer, se me ocurrió que yo también podía hacer otro tanto: entrevistar a algunos amigos, no fuera a ser que aprendiera algo. Arranqué con Lupus, un tipo bastante cascado por la vida, y por tanto, sabio (“El que no sufre ¿qué sabe?” dice la Escritura). Pero, además, un tipo original, ducho en libros y sin embargo, nada libresco. Fuimos a verlo a su sucucho con una botella de coñac para combatir el frío (y otros demonios que nos habrían impedido conversar mano a mano). Aquí un extracto de lo que salió en una lluviosa tarde de invierno del año del Señor de 2010.

Tollers:      ¿Le gusta rezar?
Lupus:        ¿Si me gusta? Lo necesito, debo hacerlo y lo hago. Me “gustaba” especialmente cuando lo hacía con mis hijos, antes de que se durmieran, aunque esos tiempos de vigilia infantil ya se acabaron. De niño siempre trataba de escaparme cuando en el colegio nos llevaban a rezar, o iba con fastidio. Porque fastidiaban, y lo que yo quería era jugar a la pelota. En fin, nunca pude ser ordenado con la oración, y quizás debo lamentarlo; pero mi manera interior me lo hace difícil. Los textos, las oraciones, me abren puertas que no quiero ni puedo dejar de atravesar. Cada palabra me lleva a una imagen, cada imagen acarrea otras, muchas. Vivo de viaje.

Tollers:      ¿De viaje?
Lupus:        Sí, quedo como atrapado en paisajes de misterio, y formalmente dejo de rezar. Lo sobrenatural me arrastra con violencia. Permanezco callado, afuera y adentro. Ahora bien, lo constante, en medio de la vida cotidiana, como le digo, son pasajes de oración desordenada, o tal vez ordenada a mi forma de ser. Una situación o un pensamiento subrepticio, algo que capturan mis ojos, la noticia de alguien que sufre, necesidades de los seres queridos, mis propias dudas, en fin, ese tipo de cosas, me llevan a suspender los sentidos y embarcarme en una larga cadena de avemarías, por decirlo de algún modo. En ocasiones, hasta siento que escribo a modo de una oración. Para resumir, mi oración diaria es tensa y acuciante, una oración insomne y nada ejemplar. La Misa me salva en muchos sentidos.

Tollers:      ¿Cree en el amor a primera vista? ¿Existe tal cosa? ¿Le pasó?
Lupus:        Sin duda que pasa, a algunos les pasa. Claro que ya no es lo mismo que antes. El hombre y la mujer modernos son más fingidamente románticos y más eficazmente despiadados, o desenamorados. Incluso le diría que ahora ese golpe visual ocurre con demasiada frecuencia: periódicamente hay un hechizo, un nuevo encantamiento sentimental que rebate el anterior, y eso sin tener en cuenta el “romanticismo” simultáneo y las “nuevas formas”... Será lugar común, pero sostengo que toda mirada que conduce al matrimonio y a compartir el resto de la vida, sea la segunda o la décima, es en realidad la primera. Ahí está la primera mirada esencial, y eso es lo que parece deshecho, desde que los jóvenes vienen entrenados para quebrar rápidamente los vínculos. Casi todo a su alrededor les inculca desaprensión y les asegura la caducidad de los compromisos, al punto que se fortaleció lo contrario, una especie de desamor al primer disgusto. Esa mirada encandilada parece limitarse ahora al último sentimiento provisorio. Un circuito veloz que inevitablemente termina en tristeza y resentimiento.
La primera mirada, la verdadera primicia, se dirige al hogar que un hombre y una mujer deciden construir juntos. En ese instante, ya no tiene ninguna importancia el número de veces que hayan mirado a otros. Si es efectivamente la primera, tanto mejor. Pero ese sentimiento primordial adquiere sentido cuando prevalece aquella visión común. En primer lugar, la visión de los hijos, mas siempre y en todo lugar, y en todo momento, la certeza de un destino compartido. Después vienen las dificultades, las enfermedades, los desencuentros, las equivocaciones, el plato durax, la mesa ordinaria de la vida. Si no hay algo más profundo, más duradero y cierto sosteniéndolo todo, si no hay un fin último, de nada sirven los cohetes del principio.

Tollers:      Thibon hablaba del matrimonio como una “fidelidad al recuerdo”. Pero suena difícil eso… y tal vez, un poco triste.
Lupus:        Si es sólo eso, una “memoria del amor”, la vida recae en la melancolía, el alma se opaca. Una languidez, o una sequedad, que nos vuelve incapaces de mirar hacia adelante. Esa memoria de la vida pasada no desaparece nunca, de todos modos, pues forma parte de la historia personal, y en este sentido aprecio lo de Thibon, ya que esa “fidelidad al recuerdo” sostiene a la vez la fidelidad entre los protagonistas del recuerdo. Lo que hayamos logrado de felicidad y crecimiento es mejor atesorarlo, nunca mudarlo hacia adelante, ni querer darse la vuelta. El alma se nutre de ambas cosas, recuerdos y anhelos, pero no podemos desandar el camino. El enroque entre el pasado y el futuro no es saludable. Resulta, como bien lo dice usted, una forma de tristeza, provocada por un bien imposible de alcanzar; mejor dicho, por un bien imposible de recuperar. Desalojada la esperanza de la vida futura y la alegría de los días futuros, el tiempo nos tritura.

Tollers:      A mí siempre me interesó el esfuerzo del artista que parece querer detener el instante, o eternizarlo de algún modo. No sé, el pintor que quiere atrapar una cierta luz del día, el músico, que parece querer fijar una cierta secuencia de sonidos: es como si lo eterno y el instante están especialmente interconectados, imbricados, que creo es lo que intuyó Kierkegaard…
Lupus:        Comparto su interés. El impresionismo, por ejemplo, explora los secretos de la luz y de la percepción tratando de capturar el instante, un determinado fragmento de la existencia de algo o de alguien, y con esto manifiesta una pretensión tal vez desmesurada: detener el tiempo, vencer a la fugacidad, o lo que es lo mismo, ingresar en lo eterno. Pero ¿es eso posible o imposible? La búsqueda que llevan a cabo los artistas es una necesidad, una vocación enterrada en el alma, bajo capas de digresiones y torceduras: mediante la luz y el color, la melodía, la palabra, tratan de rasgar el velo, rozar el misterio, tocarlo con la punta de los dedos, de los ojos... El verdadero artista está sediento del ser, de aquello que sostiene lo visible. Esa sed, esa necesidad, si bien no se puede satisfacer, tampoco se puede apagar. El arte cristiano prestó siempre una infatigable atención al misterio y trató de poner ante los sentidos, mediante símbolos proporcionados, lo que se obtiene mediante esa vigilia. El arte mayor es simbólico, no fotográfico.
Ya que menciona a Kierkegaard, déjeme recordar un pasaje referido a esto que hablamos. Dice el danés que todo arte consiste en una contradicción dialéctica, pues lo verdaderamente eterno no puede ser pintado ni esculpido, porque es espíritu, y lo temporal tampoco, pues al plasmarlo así se lo representa eternamente, y una imagen sólo puede fijar un momento. Esa imagen no es “el” hombre y tampoco es “ese” hombre. De modo que estamos frente a una dificultad: ¿qué específico instante de algo o alguien real y temporal puede significar lo eterno?... Dígame ud., Jack, ¿qué instante de su vida elegiría para inmortalizarse? ¿Qué pose visible y quieta asumiría para representar al Jack invisible y duradero?

Tollers:      ¡Ah no! ¡Acá el que hace las preguntas soy yo!
Lupus:        Lástima... La verdad es que nuestra conciencia se balancea entre lo que fuimos y lo que quisimos ser, lo que somos y lo que aún queremos ser, salvo que nos hallemos detenidos en esa muerte espiritual a la que llamamos desesperanza, y que resulta un abismo intolerable hasta para la imaginación. Por lo general permanecemos expectantes a la espera de que en algún momento, lo antes posible, ocurra “algo” en nuestra vida, algo que nos levante o nos devuelva a un estado mejor, más íntegro, más productivo, más dichoso o apacible, que nos libere de lo que nos entorpece o nos desanima, de todo aquello que nos derrota. Ahí, en ese rincón solitario de nuestro propio yo, pendulando entre el agobio y la felicidad, entre el tiempo que inexorablemente se va, llevándose en todo o en parte nuestros sueños, y el tiempo que resta, incierto y acosado por el deterioro, la conciencia desprovista de misterios y promesas sólo puede contar con sus recuerdos, la fugitiva realidad actual y esa expectativa de que las cosas sean mejores en los días venideros, aunque nunca se sabe bien de qué manera. En cambio, si la fe rejuvenece, aunque el cuerpo envejezca, vamos entendiendo que ese “algo”, ese pondus, ese plus existencial, no está en nuestras manos, y que en lo esencial ya nos fue dado, mediante los seres queridos, la presencia de Cristo y la vida futura.
Llamarnos o sentirnos “eternos” no es correcto, pues no somos ni existimos desde siempre; sin embargo, el único final cierto que tenemos por delante es el de esta jornada. Dios puede capturar lo que tenemos de eterno, pues lo ha puesto Él en nuestras almas, y es la inmortalidad. Él nos saca de la nada, nos levanta de la muerte y nos suma a la vida eterna. Conocemos las aventuras magníficas o terribles de los personajes notables de la historia, pero desconocemos las aventuras infinitas de los habitantes de la eternidad. ¡Y ya mismo estamos participando de ella!... ¿Qué quiero decir con esto? Que somos a cada momento todo lo contrario de un momento.
Kierkegaard, el jorobado solitario y doliente, lo vio como pocos en la historia cercana. Estar así, tan solo y desatendido, es como ya no ser. Al recorrer con la vista las realidades terrenas, en algún momento nos empezamos a sentir inmensamente solos y contrahechos. Pero las cosas cambian si vamos dejando, como el danés, que Dios sea Dios, que sea El que Es y que lo sea en nosotros. O sea, si empezamos a mirar las realidades terrenas a la luz de las realidades eternas. Creo que ésta es la postura vital del cristiano: entender que vamos hacia la eternidad, sí, pero en primer lugar que la eternidad viene hacia nosotros. Vino, viene, vendrá: todos los tiempos verbales son preparatorios. Un instante incluye la eternidad, pero en Cristo, que nos libera de la atadura del tiempo. Sin Cristo, la vida es un movimiento vano de la conciencia refleja, una insoportable sucesión de instantes. En Cristo, el Verbo eterno, el yugo de la vida es más liviano y cualquier instante, cualquiera, puede ser el punto de partida, el tren hacia la tierra de las maravillas.

Tollers:      Y hablando de la partida… ¿hizo su testamento?
Lupus:        El testamento es para quien tiene algo más que libros y muebles que duran desde el casamiento. Mi herencia será simple: lo que fui y lo que quise, que tiene mucho que ver con lo que fueron y quisieron mis mejores amigos, vivos o muertos, incluidos los maestros y los ejemplos; o, como dicen, los “modelos”. No me hace falta escribano.

Tollers:      ¿Le tiene miedo a la muerte?
Lupus:        ¿Quién no? Y usted me agarra con esto en un día de frío, lluvia y cognac. Definitivamente, es una pregunta vulgar...

Tollers:      ¡Epa, epa!
Lupus:        ... pero no es por usted, no se ofenda. Esta pregunta, como tantas que hoy se formulan, lo único que logran es vulgarizar las respuestas, porque lo único que buscan es vulgarizar las cuestiones. El espíritu del hombre actual, ese moderno magma colectivo, es decididamente vulgar. Todo producto en serie es vulgar. De ahí esa inquisición desaprensiva respecto de las cuestiones más importantes. Para encontrar respuestas más serias a estos temas, mejor apelar al sentido común de la gente honesta y sencilla. A otra clase de hombres y mujeres.
Frente a la muerte, la respuesta de la fe es clara y eficaz. Pero también se debe tener en cuenta esa concepción individual, digamos, que se desarrolla al paso de los años y las experiencias, y que da al pensamiento sobre la muerte un tono singular, sea la persona creyente o no, y que también depende de la época, de la formación, del lugar, de cada historia personal, del temperamento y hasta del momento particular que uno atraviese. ¿Qué piensa de la muerte alguien que pasó su infancia en medio de ruinas y bombas? ¿Qué una niña raptada y arrojada al lupanar, qué un discapacitado, qué un poderoso, qué un musulmán? ¿Qué significa la muerte para aquel que no fue querido por nadie? Es una idea que lo condiciona todo y que por todo se ve condicionada, pero que modernamente se desatiende o disimula, aunque eso no disminuye su influencia capital. ¿Qué habrá pensado un cruzado que durante años fundió sus pies con el polvo del camino para alcanzar la derrota? ¿Qué un labriego vendeano, un cristero mexicano, un cristiano en la fosa del circo? ¿Y qué un tipo cuya única gloria es el rating? Hoy la muerte es un tema que se corre al costado, pero sigue siendo el único que no se puede evacuar. Al hablar de la muerte hay que hablar de la otra vida, y al hablar de la otra vida empieza a preocuparnos lo que estamos haciendo en ésta. Por eso cuando algunos se atreven a hacer la preguntita, lo que esperan es obtener del otro una idiotez parecida a la que tienen en mente. Y por lo general la obtienen. Sólo con alguien suficientemente vivo se puede hablar seriamente de la muerte.
Nuestros ancestros no necesitaban preguntarlo a otros, pues rápidamente debía respondérselo cada uno a sí mismo: era socia y compañera de viaje, algo cercano e inminente. El día de la muerte era el día primordial de la vida y el hombre iba a su encuentro con la mayor gravedad; ahora se entrenan corriendo para huir de ella. Antes veían una puerta y un designio y la invocaban con vino espeso antes de las horas terribles; ahora se miran en el espejo del gimnasio, en carrera hacia sí mismos, mientras toman agua mineral y le piden a gaia, o a lo que sea, una despedida suave en medio de la siesta. “Medio enamorados de la muerte mansa... el cesar a medianoche sin dolor”, como dijo Keats. ¿Qué ven cuando se miran así? Ven a alguien que daría cualquier cosa por no morir. El objetivo es cualquier modo de duración, de sobrevida, al precio que sea. La muerte, que era una noción clara y un hecho decisivo, se convirtió en un enigma repulsivo.
¿Si le tengo miedo a la muerte? Sí. ¿Y al dolor? También. Pero le pido a Dios que me ayude a ponerle un par de cojones cuando me toque lo que me toque. Dicho eso, ¿sabe a qué le tengo más miedo que a la muerte? A la indignidad. Mi idea concreta de la muerte recorre las muertes de muchas mujeres y hombres que mostraron cómo se debe ser en ese día, y termino siempre en un pequeño monte, y siento como un augurio, y me quedo en paz.

jueves, 7 de abril de 2011

El fin en clave bouyeriana

Copio aquí algunos párrafos sueltos de un trabajo que me envió un colaborador habitual del blog. Se trata de algunas reflexiones sobre el fin a partir de Louis Bouyer. Desde AQUI pueden bajar el trabajo completo.


Lo que los cristianos de nuestro tiempo esperan es la conversión del mundo. También San Pablo ardía en deseos de implantar el evangelio en todo el mundo conocido, y su impaciencia radicaba en que, pareciera, estaba convencido de que el reino de Dios sobrevendría cuando su tarea estuviese acabada. Sin embargo, su idea de la evangelización del mundo no abarcaba la idea de que todo el mundo podía adherir al evangelio. Y la prueba está en que, para él, cuando el evangelio había sido proclamado públicamente y había sido recibido por un grupo de fieles, la tarea evangelizadora estaba prácticamente terminada en una ciudad o en una comarca. El apóstol, entonces, no tenía ya más que hacer allí, y se marchaba a otro sitio para proceder del mismo modo. Sin duda, los cristianos que dejaba proseguían la tarea de conversión que él había iniciado, y entonces se gozará de que su fe se “multiplica”, como él mismo dice. Pero en ninguna parte San Pablo parece suscribir a la esperanza o al sueño de las adhesiones masivas. Y lo que no espera para su tiempo, mucho menos lo espera para el futuro mediato. Está lejos de creer que la hostilidad del mundo hacia el evangelio que percibe en su tiempo se fundiría como hielo bajo el sol, cuando fuera proclamada la Buena Nueva. Por el contrario, esta hostilidad le parece que, en su tiempo, está contenida por un obstáculo, el famoso katejon, que en algún momento será removido. Pero una vez que la proclamación haya llegado a todas las orillas de la tierra, los tiempos de calma cesarán y entonces, como un mar furioso sobre el cual se ha arrojado aceite, el mundo, lejos de quedar encantado por la voz de Cristo como por la de un Orfeo divino, desencadenará su revuelta más tumultuosa.




Por eso, lo que espera a los apóstoles que predican el evangelio no es la conversión del mundo, sino el odio del mundo. Les aguarda la enemistad del mundo -que se manifiesta cada vez más- y al mismo tiempo, la victoria sobre el mundo. Las dos son inseparables. Pero ocurre que los cristianos de hoy no pueden soportar la idea de tener enemigos. Ellos quieren estar en contra de todo lo que está contra algo, y estar a favor de todo lo que está a favor de algo. “No estamos en contra de nadie”, es su frase favorita. Pareciera, incluso, que hoy no es posible ser ateos, porque sea el personaje que sea, siempre encontrará a algún eclesiástico esclarecido que escribirá un libro, quizás junto a ese mismo personaje, en el que demostrará que, en realidad, lo estamos malinterpretando y que en el fondo, ese acérrimo ateo, es más cristiano que nosotros mismos.


Lo malo es que esas conquistas sobre el papel no son muy efectivas. Aunque anexados por nuestros artificios dialécticos, nuestros queridos enemigos siempre escapan a nuestros abrazos, ignorándonos sin más. Al leer los escritos de autores cristianos actuales, se tiene la impresión de que el cristianismo ha perdido para ellos todo contenido propio. Pareciera que su fe, inquieta solamente por comprender y acoger a todos, es una materia dúctil y transparente, en perpetua coquetería con los principios del mundo.




La historia permanece en manos de Cristo y no en las nuestras. La Iglesia lo representa pero no lo reemplaza y, con mucha más razón, no puede sobrepasarlo. Su obra consiste en llevar la salvación a los hombres por el Evangelio y los Sacramentos. Y la promesa que ha recibido es la de la indefectibilidad en esta tarea. Ella no hará otra cosa que lo que Cristo mismo hizo durante su primera venida. Deberá hacer brillar la luz, Su luz, en las tinieblas. Pero si las tinieblas no recibieron al mismo Cristo, no esperemos que la Iglesia tenga alguna ventaja en este sentido. Es verdad que se prometió que los discípulos harían obras más grandes que el Maestro, pero esto debe ser entendido en el sentido que llevarían el evangelio a todo el universo, mientras que Él sólo lo predicó en Galilea. La salvación del mundo ha sido confiada a la Iglesia, pero el juicio del mundo permanece en manos del único Señor. Es necesario que Él reine, pero no seremos nosotros quienes lo hagamos reinar. El anuncio evangélico es tarea de la Iglesia, pero su efecto definitivo es un secreto del Padre hasta el día que Él ha fijado y que sólo Él conoce. Ese día, el Hijo del Hombre vendrá a su reino y cosechará el campo en el que la Iglesia arrojó la semilla. Es verdad, en ese día asociará a los santos al juicio que hará entre los elegidos y los réprobos, y como ellos han sufrido con Él, con Él reinarán. Pero no es cuestión de ellos –de los santos-, el anticipar el día de su venida y atribuirse el poder de hacerlo reinar. El día de su reino, es el día de Yavé, el día que sólo el Padre conoce. Sería locura pretender la posesión de aquello que ni siquiera el Hijo poseyó. Hasta ese día, los cristianos no podemos sino arrojar la semilla y gritar con toda nuestra voz: “¿Hasta cuándo Señor, Santo verdadero, no juzgarás y vengarás nuestra sangre en los que moran sobre la tierra?” (Ap. 6, 10).




Naturalmente pensamos, alentados por los eruditos exégetas modernos, que los cristianos de la antigüedad, comparados con nosotros, eran espíritus cerrados y primitivos. Creían en un número pequeño de elegidos. Nosotros, en cambio, conservamos un infierno con todos sus papeles en regla, pero nos aseguramos en decir privadamente que nadie irá a ese lugar. En pocas palabras, nuestros antepasados crían en un Dios Padre cuyo amor encerraba, sin embargo, algunas exigencias. Nosotros creemos en un Dios Abuelo, cuyo amor no rechaza a nadie, porque es incapaz de exigir.


Pero esta comparación, que nos parece tan favorable a nosotros, no es más que una ilusión. El nuestro, es un optimismo de superficie. La verdad es que creemos con tan poca seriedad en el Creador, que terminamos creyendo en la creatura tanto como nuestros adversarios. Es porque no creemos en la grandeza terrible de la creación que no somos capaces de creer en la grandeza de la caída. No es un optimismo genuino lo que nos lleva a ver en el mal no más que un bobalicón epidérmico en el rostro del mundo, sino una verdadera pequeñez de espíritu. Los hombres se placen en gritar a nuestros oídos su odio hacia Dios, y nosotros les respondemos con una sonrisa de sordos, y les decimos dulcemente: “¡No sean así! ¡Si Uds. son buenos chicos¡ Estoy seguro que no piensan lo que dicen”. Este reflejo deja ver nuestro temor, engrampados como estamos en nuestras ilusiones. Es la reacción típica del impotente que sueña obstinadamente lo real conforme a sus gustos.

lunes, 4 de abril de 2011

Nostalgia de Dios


No se trata de una referencia al libro de Pieter van der Meer de Walcheren. Es una reflexión de Jack Tollers sobre el ansiado regreso del Señor, a partir de un desafortunado texto pontificio.


En el recientemente publicado segundo tomo de “Jesús de Nazareth”, a propósito del discurso escatológico de Nuestro Señor tal como la trae el capítulo XXIV de San Mateo, Benedicto XVI (o Josef Ratzinger) afirma lo que sigue:

Las palabras apocalípticas de Jesús nada tienen que ver con la adivinación. Quieren precisamente apartarnos de la curiosidad superficial por las cosas visibles y llevarnos a lo esencial: a la vida que tiene su fundamento en la Palabra de Dios que Jesús nos ha dado; al encuentro con Él, la Palabra viva; a la responsabilidad ante el Juez de vivos y muertos.

Jesús de Nazaret. Segunda parte.

Desde la entrada en Jerusalén hasta la Resurrección.

Ediciones Encuentro, pp. 67-68.

Se trata de un texto raro. A mí me asombra, me desconcierta. Porque, en el mejor de los casos, induce a error. En el peor, me parece una blasfemia.

En verdad, el fraseo es desafortunado.

No voy a molestar al lector con referencias al contexto en que se pronuncia Jesús porque no caben dudas: se trata de un discurso eminentemente profético, revelador de lo por venir, apuntando en doble dirección a un futuro inmediato (la destrucción del Templo de Jerusalén) y a uno mediato (el fin de los tiempos).

Tampoco me referiré a las decenas de lugares en los que Pedro, Pablo, Santiago y Juan se extienden sobre la Parusía, los signos que la preceden, y la actitud expectante que corresponde a todo buen cristiano. No traeré a colación lo dicho sobre el particular, unánimemente, por los Padres de la Iglesia, los Concilios, los catecismos, a este respecto… Por pudor, me abstendré de citar a Lacunza, Bossuet, a Pieper y a Newman... y a todos los demás.

A Castellani lo citaré sólo dos veces, al final de esta pequeña nota.

En cuanto a que Nuestro Bendito Salvador quiere “apartarnos de la curiosidad superficial por las cosas visibles”, creo que basta con Mt. XXIV:32:

“De la higuera aprended esta semejanza: cuando ya sus ramas se ponen tiernas y sus hojas brotan, conocéis que está cerca el verano Así también vosotros, cuando véais todo esto, sabed que…”

Por supuesto que siempre habrá un modo romo, torpe, brutal, de considerar a Nuestro Señor como un mago adivinador y de regodearse con la catástrofe final que se describe con tanta precisión en las profecías que nos ocupan. Pero eso no quita que se accede a “lo esencial”, cumpliendo con las instrucciones del Verbo de Dios: “Cuidaos que nadie os engañe”, “Mirad que os lo he predicho”, “Velad, pues, porque no sabéis en qué día vendrá vuestro Señor”, “Estad prontos, porque a la hora que no pensáis…” y sobre todo, lo dicho en el lugar paralelo en el Evangelio de Lucas:

“Cuando estas cosas comiencen a ocurrir, erguíos y levantad la cabeza, porque se acerca vuestra redención.” (XXI:28)

Porque “lo esencial” es que Cristo vuelve y no sabemos cuándo y Cristo mismo nos indicó cuáles serían las señales de eso, y por tanto nos advirtió que prestásemos mucha y especial atención a los terremotos y a los ruidos del mar, y a las guerras y al color de la luna, a los “prodigios aterradores y a las grandes señales en el cielo” y en fin, a todo lo que pasa. Cosas, en efecto, “visibles”.

Entre otras, que un Papa, en medio de la Gran Apostasía (que es la primera señal de todas) parece dar de mano con la profecía canónica por excelencia que anuncia el fin de este eón, de esta kalpa, del siglo, del mundo tal como lo conocemos. El fin del tiempo.

En este blog no hay para escribir lungo y aquí, por tanto, me detengo. Sólo quiero agregar dos cosas: que toda la liturgia y toda la oración de la Iglesia da cauce al sentimiento de los apóstoles cuando la Ascensión del Señor, cuando tenían las miradas fijas “en el cielo, mientras Él se alejaba” (Hechos, I:10).

Por supuesto que luego del reproche de los ángeles, se volvieron a Jerusalén, dispuestos a evangelizar al mundo entero. Pero, claro, precisamente porque guardaban en su corazón, esa misma recriminación:

“Este mismo Jesús que de en medio de vosotros ha sido recogido en el cielo, vendrá de la misma manera que lo habéis visto ir al cielo”.

Vendrá… No sé ustedes, yo también lo extraño. Yo querría que vuelva, al precio que fuera, yo también añoro aquello que le dijo Castellani a Barletta, no sé si se acuerdan, aquella nostalgia de Dios que le hacía imaginar

“…lo que sería el Cristo retornado más o menos como cuando andaba en la Tierra―predicando―y después de su resurrección―traveseando amablemente con los Doce Palurdos: “¡Jesús en Buenos Aires”―como soñaba nuestro común desdichado amigo Enrique Méndez Calzada.”

Y es esa misma nostalgia de Dios, esa mismísima añoranza del Cristo Volvedor la que se duele con el texto este que comentamos, qué quieren que les diga.

Y recordar con nuestro gran profeta que

“La enfermedad mental específica del mundo moderno es pensar que Cristo no vuelve más; o al menos, no pensar que vuelve”.

Que “responsabilidad” ni qué niño muerto.

Jack Tollers.