miércoles, 20 de abril de 2011
Sacro Triduo
En el Sacro Triduo, que estamos a punto de comenzar, silencio.
Les dejo algo para leer en estos días: un texto de Newman sobre los dolores mentales de Cristo (bajar AQUI) y un clásico para leer el Viernes Santo: "El júbilo de Jesucristo", de Frank-Duquesne. Puede bajarlo desde AQUÍ.
lunes, 18 de abril de 2011
Desilusionados
sábado, 16 de abril de 2011
Regalos del fin de semana
miércoles, 13 de abril de 2011
Las entrevistas de Tollers: Lupus (2)
lunes, 11 de abril de 2011
Las entrevistas de Tollers: Lupus (1)
Jack Tollers comenzó al año pasado con una serie de entrevistas a conocidos personajes de nuestro blog. Generosamente, me las ha enviado. Publicaré una por semana, en dos entregas. Y comenzamos con la de Lupus.
jueves, 7 de abril de 2011
El fin en clave bouyeriana
Copio aquí algunos párrafos sueltos de un trabajo que me envió un colaborador habitual del blog. Se trata de algunas reflexiones sobre el fin a partir de Louis Bouyer. Desde AQUI pueden bajar el trabajo completo. Lo que los cristianos de nuestro tiempo esperan es la conversión del mundo. También San Pablo ardía en deseos de implantar el evangelio en todo el mundo conocido, y su impaciencia radicaba en que, pareciera, estaba convencido de que el reino de Dios sobrevendría cuando su tarea estuviese acabada. Sin embargo, su idea de la evangelización del mundo no abarcaba la idea de que todo el mundo podía adherir al evangelio. Y la prueba está en que, para él, cuando el evangelio había sido proclamado públicamente y había sido recibido por un grupo de fieles, la tarea evangelizadora estaba prácticamente terminada en una ciudad o en una comarca. El apóstol, entonces, no tenía ya más que hacer allí, y se marchaba a otro sitio para proceder del mismo modo. Sin duda, los cristianos que dejaba proseguían la tarea de conversión que él había iniciado, y entonces se gozará de que su fe se “multiplica”, como él mismo dice. Pero en ninguna parte San Pablo parece suscribir a la esperanza o al sueño de las adhesiones masivas. Y lo que no espera para su tiempo, mucho menos lo espera para el futuro mediato. Está lejos de creer que la hostilidad del mundo hacia el evangelio que percibe en su tiempo se fundiría como hielo bajo el sol, cuando fuera proclamada la Buena Nueva. Por el contrario, esta hostilidad le parece que, en su tiempo, está contenida por un obstáculo, el famoso katejon, que en algún momento será removido. Pero una vez que la proclamación haya llegado a todas las orillas de la tierra, los tiempos de calma cesarán y entonces, como un mar furioso sobre el cual se ha arrojado aceite, el mundo, lejos de quedar encantado por la voz de Cristo como por la de un Orfeo divino, desencadenará su revuelta más tumultuosa.
Por eso, lo que espera a los apóstoles que predican el evangelio no es la conversión del mundo, sino el odio del mundo. Les aguarda la enemistad del mundo -que se manifiesta cada vez más- y al mismo tiempo, la victoria sobre el mundo. Las dos son inseparables. Pero ocurre que los cristianos de hoy no pueden soportar la idea de tener enemigos. Ellos quieren estar en contra de todo lo que está contra algo, y estar a favor de todo lo que está a favor de algo. “No estamos en contra de nadie”, es su frase favorita. Pareciera, incluso, que hoy no es posible ser ateos, porque sea el personaje que sea, siempre encontrará a algún eclesiástico esclarecido que escribirá un libro, quizás junto a ese mismo personaje, en el que demostrará que, en realidad, lo estamos malinterpretando y que en el fondo, ese acérrimo ateo, es más cristiano que nosotros mismos.
Lo malo es que esas conquistas sobre el papel no son muy efectivas. Aunque anexados por nuestros artificios dialécticos, nuestros queridos enemigos siempre escapan a nuestros abrazos, ignorándonos sin más. Al leer los escritos de autores cristianos actuales, se tiene la impresión de que el cristianismo ha perdido para ellos todo contenido propio. Pareciera que su fe, inquieta solamente por comprender y acoger a todos, es una materia dúctil y transparente, en perpetua coquetería con los principios del mundo.
La historia permanece en manos de Cristo y no en las nuestras. La Iglesia lo representa pero no lo reemplaza y, con mucha más razón, no puede sobrepasarlo. Su obra consiste en llevar la salvación a los hombres por el Evangelio y los Sacramentos. Y la promesa que ha recibido es la de la indefectibilidad en esta tarea. Ella no hará otra cosa que lo que Cristo mismo hizo durante su primera venida. Deberá hacer brillar la luz, Su luz, en las tinieblas. Pero si las tinieblas no recibieron al mismo Cristo, no esperemos que la Iglesia tenga alguna ventaja en este sentido. Es verdad que se prometió que los discípulos harían obras más grandes que el Maestro, pero esto debe ser entendido en el sentido que llevarían el evangelio a todo el universo, mientras que Él sólo lo predicó en Galilea. La salvación del mundo ha sido confiada a la Iglesia, pero el juicio del mundo permanece en manos del único Señor. Es necesario que Él reine, pero no seremos nosotros quienes lo hagamos reinar. El anuncio evangélico es tarea de la Iglesia, pero su efecto definitivo es un secreto del Padre hasta el día que Él ha fijado y que sólo Él conoce. Ese día, el Hijo del Hombre vendrá a su reino y cosechará el campo en el que la Iglesia arrojó la semilla. Es verdad, en ese día asociará a los santos al juicio que hará entre los elegidos y los réprobos, y como ellos han sufrido con Él, con Él reinarán. Pero no es cuestión de ellos –de los santos-, el anticipar el día de su venida y atribuirse el poder de hacerlo reinar. El día de su reino, es el día de Yavé, el día que sólo el Padre conoce. Sería locura pretender la posesión de aquello que ni siquiera el Hijo poseyó. Hasta ese día, los cristianos no podemos sino arrojar la semilla y gritar con toda nuestra voz: “¿Hasta cuándo Señor, Santo verdadero, no juzgarás y vengarás nuestra sangre en los que moran sobre la tierra?” (Ap. 6, 10).
Naturalmente pensamos, alentados por los eruditos exégetas modernos, que los cristianos de la antigüedad, comparados con nosotros, eran espíritus cerrados y primitivos. Creían en un número pequeño de elegidos. Nosotros, en cambio, conservamos un infierno con todos sus papeles en regla, pero nos aseguramos en decir privadamente que nadie irá a ese lugar. En pocas palabras, nuestros antepasados crían en un Dios Padre cuyo amor encerraba, sin embargo, algunas exigencias. Nosotros creemos en un Dios Abuelo, cuyo amor no rechaza a nadie, porque es incapaz de exigir.
Pero esta comparación, que nos parece tan favorable a nosotros, no es más que una ilusión. El nuestro, es un optimismo de superficie. La verdad es que creemos con tan poca seriedad en el Creador, que terminamos creyendo en la creatura tanto como nuestros adversarios. Es porque no creemos en la grandeza terrible de la creación que no somos capaces de creer en la grandeza de la caída. No es un optimismo genuino lo que nos lleva a ver en el mal no más que un bobalicón epidérmico en el rostro del mundo, sino una verdadera pequeñez de espíritu. Los hombres se placen en gritar a nuestros oídos su odio hacia Dios, y nosotros les respondemos con una sonrisa de sordos, y les decimos dulcemente: “¡No sean así! ¡Si Uds. son buenos chicos¡ Estoy seguro que no piensan lo que dicen”. Este reflejo deja ver nuestro temor, engrampados como estamos en nuestras ilusiones. Es la reacción típica del impotente que sueña obstinadamente lo real conforme a sus gustos.
lunes, 4 de abril de 2011
Nostalgia de Dios

No se trata de una referencia al libro de Pieter van der Meer de Walcheren. Es una reflexión de Jack Tollers sobre el ansiado regreso del Señor, a partir de un desafortunado texto pontificio.
En el recientemente publicado segundo tomo de “Jesús de Nazareth”, a propósito del discurso escatológico de Nuestro Señor tal como la trae el capítulo XXIV de San Mateo, Benedicto XVI (o Josef Ratzinger) afirma lo que sigue:
Las palabras apocalípticas de Jesús nada tienen que ver con la adivinación. Quieren precisamente apartarnos de la curiosidad superficial por las cosas visibles y llevarnos a lo esencial: a la vida que tiene su fundamento en la Palabra de Dios que Jesús nos ha dado; al encuentro con Él, la Palabra viva; a la responsabilidad ante el Juez de vivos y muertos.
Jesús de Nazaret. Segunda parte.
Desde la entrada en Jerusalén hasta la Resurrección.
Ediciones Encuentro, pp. 67-68.
Se trata de un texto raro. A mí me asombra, me desconcierta. Porque, en el mejor de los casos, induce a error. En el peor, me parece una blasfemia.
En verdad, el fraseo es desafortunado.
No voy a molestar al lector con referencias al contexto en que se pronuncia Jesús porque no caben dudas: se trata de un discurso eminentemente profético, revelador de lo por venir, apuntando en doble dirección a un futuro inmediato (la destrucción del Templo de Jerusalén) y a uno mediato (el fin de los tiempos).
Tampoco me referiré a las decenas de lugares en los que Pedro, Pablo, Santiago y Juan se extienden sobre la Parusía, los signos que la preceden, y la actitud expectante que corresponde a todo buen cristiano. No traeré a colación lo dicho sobre el particular, unánimemente, por los Padres de la Iglesia, los Concilios, los catecismos, a este respecto… Por pudor, me abstendré de citar a Lacunza, Bossuet, a Pieper y a Newman... y a todos los demás.
A Castellani lo citaré sólo dos veces, al final de esta pequeña nota.
En cuanto a que Nuestro Bendito Salvador quiere “apartarnos de la curiosidad superficial por las cosas visibles”, creo que basta con Mt. XXIV:32:
“De la higuera aprended esta semejanza: cuando ya sus ramas se ponen tiernas y sus hojas brotan, conocéis que está cerca el verano Así también vosotros, cuando véais todo esto, sabed que…”
Por supuesto que siempre habrá un modo romo, torpe, brutal, de considerar a Nuestro Señor como un mago adivinador y de regodearse con la catástrofe final que se describe con tanta precisión en las profecías que nos ocupan. Pero eso no quita que se accede a “lo esencial”, cumpliendo con las instrucciones del Verbo de Dios: “Cuidaos que nadie os engañe”, “Mirad que os lo he predicho”, “Velad, pues, porque no sabéis en qué día vendrá vuestro Señor”, “Estad prontos, porque a la hora que no pensáis…” y sobre todo, lo dicho en el lugar paralelo en el Evangelio de Lucas:
“Cuando estas cosas comiencen a ocurrir, erguíos y levantad la cabeza, porque se acerca vuestra redención.” (XXI:28)
Porque “lo esencial” es que Cristo vuelve y no sabemos cuándo y Cristo mismo nos indicó cuáles serían las señales de eso, y por tanto nos advirtió que prestásemos mucha y especial atención a los terremotos y a los ruidos del mar, y a las guerras y al color de la luna, a los “prodigios aterradores y a las grandes señales en el cielo” y en fin, a todo lo que pasa. Cosas, en efecto, “visibles”.
Entre otras, que un Papa, en medio de la Gran Apostasía (que es la primera señal de todas) parece dar de mano con la profecía canónica por excelencia que anuncia el fin de este eón, de esta kalpa, del siglo, del mundo tal como lo conocemos. El fin del tiempo.
En este blog no hay para escribir lungo y aquí, por tanto, me detengo. Sólo quiero agregar dos cosas: que toda la liturgia y toda la oración de la Iglesia da cauce al sentimiento de los apóstoles cuando la Ascensión del Señor, cuando tenían las miradas fijas “en el cielo, mientras Él se alejaba” (Hechos, I:10).
Por supuesto que luego del reproche de los ángeles, se volvieron a Jerusalén, dispuestos a evangelizar al mundo entero. Pero, claro, precisamente porque guardaban en su corazón, esa misma recriminación:
“Este mismo Jesús que de en medio de vosotros ha sido recogido en el cielo, vendrá de la misma manera que lo habéis visto ir al cielo”.
Vendrá… No sé ustedes, yo también lo extraño. Yo querría que vuelva, al precio que fuera, yo también añoro aquello que le dijo Castellani a Barletta, no sé si se acuerdan, aquella nostalgia de Dios que le hacía imaginar
“…lo que sería el Cristo retornado más o menos como cuando andaba en la Tierra―predicando―y después de su resurrección―traveseando amablemente con los Doce Palurdos: “¡Jesús en Buenos Aires”―como soñaba nuestro común desdichado amigo Enrique Méndez Calzada.”
Y es esa misma nostalgia de Dios, esa mismísima añoranza del Cristo Volvedor la que se duele con el texto este que comentamos, qué quieren que les diga.
Y recordar con nuestro gran profeta que
“La enfermedad mental específica del mundo moderno es pensar que Cristo no vuelve más; o al menos, no pensar que vuelve”.
Que “responsabilidad” ni qué niño muerto.
Jack Tollers.





