jueves, 2 de junio de 2011

Re.:



Me ha parecido conveniente, luego de pedir consejo a algunos amigos, ajustar algunos aspectos del blog, entre ellos, los comentarios. La idea es realizar una moderación cuidadosa, publicando sólo aquellos que realmente aportan a la discusión y, en lo posible, tentar una unificación a fin de que no queden sueltos. Ello significará perder la inmediatez de su publicación, pero vale la pena.
Y así respondo:
1. De acuerdo con Gelfand y algunos más. Como bien decía yo en el post, no todo lo que dice Belloc en estas páginas me gusta. Y considero imposible una religión sin mística y sin deseos de “unión con Dios”. ¿Qué quedaría entonces de la religión si esos elementos se pierden? Pero creo que, como dice El Carlista, Belloc leyó a Santa Teresa y a San Juan de la Cruz y no le gustó. Y está en su derecho. Para ser sincero, a mí tampoco me gustan mucho las imágenes que utiliza Juan de Yepes para su mística: jardines, Amados, lechos nupciales, etc. Ya sé que son las imágenes del Cantar de los Cantares, pero no me gustan. Pero no por eso se me ocurre despreciar o criticar a estos dos grandes de la espiritualidad cristiana.
Y lo mismo dígase de la noche espiritual. No hay théosis o unión con Dios sin pasar antes por esos periodos de noche. Y bien que lo sabía Belloc con todas las que le tocó pasar: desde sus continuos apuros económicos hasta la muerte de su esposa cuando apenas tenía cuarenta años y, poco tiempo después, la de su hijo y dos queridísimos amigos en la Primera Guerra Mundial. Me parece que el rechazo de Belloc es hacia la forma, y hacia España y lo español. Mejor no copio aquí lo que dice sobre nuestra Madre Patria, porque se arma lío.
2. Me desconcierta la capacidad de lectocomprensión de Juancho. Según él, ir a misa solamente el domingo lleva aparejado, necesariamente, “alguna oración, cosmovisión católica, alguito de moral, confesión cuando caemos, y listo”. No sé de dónde saca todo eso, porque de ninguna manera se desprende del post. Es perfectamente posible -se lo aseguro-, ir a misa solamente los domingos y tener una intensa vida de oración y una moral ajustada al estado de vida de cada uno. No me haga decir, entonces, lo que no digo, como tampoco digo que estén mal todas las otras actividades que usted propone. Solamente digo que no son necesarias para ser un buen católico.
3. Otro personaje sorprendente es el Jacobita, a quien le respondo:
a. Usted “cree” que yo respondí lo que dice que respondí. Sinceramente, no me acuerdo haberlo hecho y no encuentro dónde lo hice. Verifique, entonces, su memoria y sus fuentes.
b. Tiene razón. Evelyn Waugh no fue un historiador. Pero era católico, era inglés y era un profundo conocedor del alma inglesa. No me consta que Ud. sea historiador, ni que sea inglés ni que sea un profundo conocer del alma inglesa. Por tanto, si nos mantenemos en el terreno de la opinión, considero más autorizada la de Waugh, hasta que me demuestre lo contrario.
c. Es verdad también lo que dice de los mártires ingleses y de la pertenencia a la Compañía de muchos de ellos. Pero en su argumentación, estimado amigo, comete un elemental error de lógica, pues utiliza un silogismo de cuatro términos. En efecto, usted está suponiendo que la fe en la Isla fue “mantenida” por esos sacerdotes. En realidad, la fe fue mantenida por los fieles ingleses ayudados, sin duda, por los sacerdotes. Su visión es claramente clerical. “Para mantener la fe son necesarios los sacerdotes”, pareciera ser la afirmación sobre la que basa su argumento. Pero el cardenal Newman demostró hace ya mucho tiempo su falsedad con su librito Acerca de la consulta a los fieles en cuestiones de doctrinas. Allí podrá leer casos en los que la fe fue mantenida por los laicos a pesar de los sacerdotes y los obispos.
d. Junto al testimonio de mi admirado Ronnie Knox podría citarle muchos más sobre la excelencia de la vida parroquial. En el fondo, creo que se esconde la realidad de la dimensión comunitaria del cristianismo y de la salvación. Pero como Ud. bien dice, Knox habla de una situación ideal que hoy raramente se da. Las parroquias se han convertido en comunidades de cualquier cosa, y muchos curas se solazan en poseer un buen círculo de obsecuentes, de dominados y de empleadas domésticas sin salario. Mi reacción es a esa realidad.
5. Quizás sea demasiada sutiliza o me expresé mal. El anticlericalismo que propongo no es, por cierto, el anticlericalismo decimonónico, y la idea no es apedrear a cuanto cura veamos por la calle -aunque ahora nos resultaría difícil distinguirlo-, o morderle la mano al cura que nos da la absolución, como dice el Jacobita. Mi crítica es al clericalismo que se considera dueño de la religión y de la fe, y que la mide la religiosidad y la fe de los fieles por su adhesión a los clérigos. Sobre la necesidad del sacerdote como dispensador de la gracia y como compañía -y no dirección- espiritual, no hay duda alguna. Y, es más, reivindico el tener amigos que sean sacerdotes, aunque no me resultaría simpático tener sacerdotes amigos.

miércoles, 1 de junio de 2011

Caveant sacerdotes!



“¡Guarda con los curas!”. Así podría traducirse el título de este post. Y aunque parezca wanderiana, la expresión no es mía, sino de Hillaire Belloc. Me puse a leer hace algunas semanas su biografía escrita por Robert Speaight, una obra excelente y recomendable, ya que lo conoció personalmente y, además, su trabajo estuvo “supervisado” por Ronald Knox y Mrs. Asquith, dos grandes amigos del gran Hilario.
El libro trae algunas páginas memorables y aquí he traducido un par de ellas porque me parecen interesantes para discutir. No sé si estoy de acuerdo en todo lo que decía y pensaba Belloc, pero ciertamente provoca la reflexión. Y empiezo con algunas:
1. Como decía Evelyn Waugh, el catolicismo inglés no vivió la Contrareforma, y eso hace una diferencia. Se trata de una religiosidad que conservó características medievales, que se perdieron durante el periodo contrareformista, enturbiándose de esa manera algunos aspectos de la práctica de la fe. Por ejemplo, es un catolicismo más libre, o desprendido, de “magisterios paralelos” a los que nosotros somos tan afines. Así, Belloc no tendrá reparos en decir que no le gusta la espiritualidad de Santa Teresa y San Juan de la Cruz, algo que, dicho en grupos católicos argentinos, puede valer una dura condena de ostracismo. Nos parece, en efecto, que necesariamente la espiritualidad de estos dos grandes santos es parte integrante de la espiritualidad cristiana y, por tanto, ineludible. Y sabemos que no es así.
2. La religión que propone Belloc es una religión desclericalizada, en la que los sacerdotes ocupan el lugar que les corresponde: dispensadores de la gracia de Dios a través de los sacramentos. En nuestro caso, muchas veces se observa una malsana “clerigodependencia”, en la que algunos sacerdotes pretenden ocupar el papel de dueños de la religión y, consecuentemente, en la que el grado de religiosidad del laico se medirá por su nivel de adhesión a los ellos. Y así, un buen cristiano es el que pertenece a grupos parroquiales, colabora con la feria de platos de los domingos, pone a disposición su camioneta para trasladar a los jóvenes de la parroquia y hace de guía en la misa. En cambio, quien “sólo” va a misa los domingos y luego desaparece de la “vida comunitaria parroquial”, es apenas un cristiano de misa dominical, es decir, cristiano a medias, es decir, sospechoso. El problema de todo esto, es que una religiosidad concebida de este modo crea un real problema de conciencia en los laicos -Dios se los pagará-, capaces de sacrificar lo insacrificable para satisfacer al cura.
Y ahora, el texto de Speaight:

Es extraño de que, a pesar de su nostalgia por el Paraíso, que lo llenaba de humilde esperanza y también de la melancolía propia de un affaire amoroso, haya tenido tan poca comprensión del misticismo. Ciertamente, aceptaba las experiencias místicas garantizadas por la autoridad de la Iglesia, pero le parecían peligrosas, anormales y, por lo general, inapropiadas para el hombre. En una de sus visitas a España, le habían recomendado que estudiara a El Greco, porque era “el pintor de lo sobrenatural” pero, al hacerlo, consideró que este pintor era un “lunático repulsivo”. En otra ocasión, le aconsejaron que leyera un ensayo sobre San Juan de la Cruz, pero “encontré todo el tema repulsivo. No digo -no soy tan estúpido para hacerlo- que sea falso. Pero digo que yo no fui hecho para entender esta cuestión de la “unión con Dios”, y me refiero a Santa Teresa y al resto. No sé de qué se trata y la descripción de la soledad y el desprendimiento, la ‘necesidad de la noche del alma’, me disgusta tanto como la música de Wagner o el cordero hervido. Es bueno para los demás, pero no para mí. Estoy tan hecho para eso como lo está un elefante para el caviar, o un perro para la ironía” (Carta a Mrs. Raymond Asquith, 23 de febrero de 1927).
Cuando su hijo Peter cumplió quince años, le dijo que creía que tenía vocación para la vida religiosa y que le gustaría entrar en el noviciado de un monasterio benedictino. Belloc le respondió inmediatamente: “Sacate esa idea de la cabeza. No estás hecho para eso. Ningún Belloc puede hacer esa clase de cosas”. En realidad, esto no era del todo cierto, puesto que dos de sus nietos son ahora miembros de órdenes religiosas.
La práctica religiosa de Belloc era simple y de costumbre. Asistía, cuando podía, a misa, pero confesaba que el “hábito moderno de la comunión frecuente para los laicos había llegado muy tarde para convencerlo”. Le gustaba recordar cada una de sus comuniones y asociarlas con lugares particulares, con la capilla de King’s Land [su casa en la campaña inglesa] y las tarjetas del obituario de Elodie y Louis [su esposa y su hijo] pegadas en la pared, o con la capilla que lady Phipps había hecho construir en su casa de West Stowell entre las colinas de Wiltshire. Siempre llevaba un rosario que había pertenecido a su esposa, y un día casi desespera de angustia en medio de Holborn porque pensó que lo había perdido. Si quería algo para sí o para un amigo, encendía una vela delante de la imagen de un santo, como un niño o como el más humilde los fieles. Tenía poco sentido de la liturgia, y bastaba que un sacerdote tomara más de veinte minutos para decir la misa, para que fuese sospechoso de modernismo. Nunca leyó “libros espirituales”, pero los pasajes esenciales de la Escritura les eran familiares a partir de su misal. No los leía en otra parte. No hay evidencia de que hubiese hecho algún retiro espiritual desde que dejó el colegio del Oratorio, y una visita que hizo a la cartuja de Parkminster fue suficiente para reavivar en él el anticlericalismo de su juventud. Ciertamente, “no estaba hecho para esas cosas”.
En la iglesia se conducía con una completa falta de conciencia. Una iglesia católica, así fuera Notre Dame o un galpón de latas, era un lugar en el que siempre se sentía en casa, y “en casa” en el sentido preciso de la expresión. Nada, en efecto, le impedía decir lo que se le viniera a la cabeza. En una ocasión, en Great Grinsted, interrumpió en voz alta al sacerdote que había comenzado a dar los avisos parroquiales durante la misa para preguntarle qué domingo después de Pentecostés era aquél. Cuando su ahijado Reginald Jebb estaba en medio de su ceremonia de recepción en la Iglesia, recitando el Credo en latín, Belloc golpeó al P. Vincent McNabb em la espalda y le preguntó: “Discúlpeme padre, pero ¿habrá un teléfono en la sacristía?”. Otra vez, asistía a la boda de dos amigos temprano en la mañana. En medio de la ceremonia, los recién casados escucharon que Belloc le decía en voz alta su familia: “Hijos, un día como este, en 1066, Guillermo de Normandía desembarcó en Hastings. El viento soplaba en dirección sudoeste…”. Y se narra con frecuencia la anécdota que cuenta que Belloc, estando un día escuchando misa de pie en el fondo de la Iglesia, fue invitado por el sacristán a sentarse. El pobre hombre trató de persuadirlo tres veces hasta que, finalmente, Belloc explotó: “Váyase al infierno”. “Perdón señor” -respondió el hombre-, “no sabía que Ud. era católico”.
En una ocasión en que Belloc había sido atacado en el The Tablet [el semanario oficial católico de Londres], escribió a un amigo: “Últimamente estoy hasta la coronilla de los curas. Me gusta estar cerca de ellos porque eso me ayuda a entender muy bien el anticlericalismo. Me han estado pidiendo que dé conferencias gratuitamente por las que, usualmente, cobro 15 o 20 libras y, al mismo tiempo, me tratan con desprecio, una cosa que no olvido. Caveant sacerdotes” (Carta a E.S.P. Haynes, del 9 de noviembre de 1909).
Cuando estaba entre católicos, le gustaba escandalizar infringiendo algunas reglas. Si bien nunca dejó de cumplir con el propósito de abstenerse de bebidas alcohólicas durante la cuaresma -una imposición heroica-, en una ocasión, al bajar a desayunar un día viernes en una casa de campo, preguntó: “¿Todos son católicos aquí?” y, al recibir una respuesta afirmativa, dijo: “Muy bien. Me voy a servir entonces una buena rodaja de jamón”.

lunes, 30 de mayo de 2011

Es simple, es mero cristianismo


Jack Tollers nos recuerda un texto de Castellani acerca de la simplicidad de la vida cristiana, y de las imposiciones de la espiritualidad barroca en la que fuimos formados:

"Religión es “religación” o unión amorosa con Dios, no espantamientos contra un “destino” inexistente, que los idólatras de todos los tiempos han creído inexorable, por ignorar y menospreciar de hecho la maravillosa intervención de la Divina Providencia. La tranquilidad ante el mañana incierto, el hombre verdaderamente religioso lo obtiene “por añadidura” (Mt. VI:33). Además, toda violencia, miedo y tristeza no suele ser de Dios. La misma vida devota no es un conjunto de prácticas y reglas fastidiosas, que fraccionan la vida, pero son ineludibles; una lucha contra los deseos permitidos que es necesario trabar para vencerse; en fin, la ejecución de lo más molesto para salir victorioso de sí mismo. (Y, sin confesarlo, ¡se saborea la victoria!). 
Pues bien, ¡no, no y no! Todo esto es estar en el abecé de la vida espiritual; es no haber comprendido el esplendor de Dios y del hombre. La verdadera piedad, el amor verdadero, es una vida: una vida transformada, una vida apacible, llena de confianza en Dios; una vida gozosa, porque es libre, una vida amante, porque se nos ha dado, una vida de maravillosa dilatación del alma… ¡una novedad de vida! Una de las cosas más sorprendentes del Cristianismo para el que lo mirase como una mera regla moral, sin espiritualidad, es ver cuántas veces los reprobados por Dios son precisamente los que quierenmultiplicar los preceptos, como los fariseos de austera y honorable apariencia; mientras en la Epístola a los Gálatas, San Pablo lucha por quitar preceptos en vez de ponerlos, con gran escándalo del beaterío de su época. 
Es esto un ejemplo notable para comprender que lo esencial, para Evangelio, está en nuestra espiritualidad; es decir, en la disposición de nuestro corazón para con Dios. Lo que Él quiere, como todo padre, es vernos en un estado de espíritu amistoso y filial para con Él, y de ese estado de confianza y de amor hace depender, como lo dice Jesús, nuestra capacidad (que sólo de Él viene) para cumplir la parte preceptiva de nuestra conducta.
Desde el Antiguo Testamento, que aún ocultaba bajo el velo de las figuras los insondables misterios del amor que el Padre había de revelarnos en Cristo, descubrimos ya, a cada paso, a ese Dios paternal y espiritual, cuya contemplación nos llena de gozo, y que conquista nuestro corazón con la única fuerza que es capaz de hacernos despreciar al mundo: ¡El amor! (Charles, Bloy, Straubinger). "
Domingueras Prédicas II, p. 268, nota 7.

martes, 24 de mayo de 2011

Optimismo sub 30



El comentario del sub-30 que “quiere seguir a Cristo” despertó, con razón, una serie de respuestas, todas ellas valiosas.
Me permito entonces, responder también al amigo desanimado, insistiendo con algunas ideas recogidas de Bouyer.
Creo yo que el problema está en pretender que el mundo debe ser convertido a Cristo, y nuestro empeño descomunal para lograrlo. Nos olvidamos de las palabras del mismo Maestro: “Mi Reino no es de este mundo. Si fuera de este mundo, mis ministros habrían luchado para que no fuese entregado a los judíos; pero mi reino no es de este mundo”. Nosotros, como Pilatos, también nos empeñamos en convertir a este mundo, y a este país, en el Reino de Cristo. Y si eso quisiera Él, ya habría hecho lo suficiente para que así fuera.
También San Pablo ardía en deseos de implantar el evangelio en todo el mundo conocido. Sin embargo, su idea de la evangelización del mundo no abarcaba la idea de que todo el mundo podía adherir al evangelio. En ninguna parte San Pablo parece adherir a la esperanza o al sueño de las adhesiones masivas. Y lo que no espera para su tiempo, mucho menos lo espera para el futuro mediato. Está lejos de creer que la hostilidad del mundo hacia el evangelio que percibe en su tiempo se fundiría como hielo bajo el sol, cuando fuera proclamada la Buena Nueva.
Los Sinópticos nos reportan la parábola de la cizaña, aquella que es sembrada con el trigo, y cuyo desarrollo está ligado al del trigo, hasta la cosecha final que asegurará, al fin, la separación de ambos, y no la conversión in extremis de la cizaña en trigo, sino su destrucción en el fuego. Esta parábola nos muestra un desarrollo del evangelio en el mundo o, mejor todavía, un desarrollo del evangelio insertado en el mundo. Pero no muestra en absoluto una fusión progresiva del evangelio en el mundo. Lejos de una tendencia a unirse, vemos que el mundo crece para ahogar al evangelio, y éste, por su parte, crece para subsistir victorioso hasta la cosecha, pero sin ninguna esperanza de un triunfo previo.
El progreso del Evangelio en el mundo, tal como parece entenderlo el Nuevo Testamento, no es una seducción, ni una asunción progresiva ni tampoco una pacificación de toda realidad humana. El evangelio debe despertar en el mundo una hostilidad que estaba latente, y que será llevada a su paroxismo. No se trata de negar que el evangelio deba fructificar en las almas, ni que su fruto se manifieste a través de toda clase de obras por las que los hombres glorifiquen al Padre. Pero será una obediencia necesariamente dolorosa la que hará nacer ese fruto y, finalmente, deberá sufrir la prueba del fuego.
Los primeros cristianos, contrariamente a nuestra sensación, se sentían invencibles, porque estaban seguros de haber descubierto la salvación del mundo, o más exactamente, de haber sido ellos mismos encontrados por el Salvador del mundo. Su fe no necesitaba la aprobación del mundo. Ella era, precisamente, la victoria sobre el mundo. Y lo era porque esa misma fe les aseguraba que había Alguien que era más grande que el mundo. Y esto era lo que los hacía indemnes a toda falsa modestia y a todo respeto humano en su testimonio. Como todos los verdaderos humildes, no tenían escrúpulos en que se los creyera orgullosos. Ellos se sabían arrancados del poder de las tinieblas y transportados al reino de la luz por una fuerza que no era la suya. Esta seguridad estaba estrechamente ligada a su convicción de la intervención divina en su propia historia como así también en la historia del mundo.
Estos cristianos antecesores nuestros estaban convencidos que “El Hijo de Dios vino al mundo para salvar al mundo”, y el mundo lo crucificó, pero Dios lo resucitó. Y que lo que había sucedido con Cristo, sucedería con ellos. Es verdad que iban al mundo para llevar a los hombres la palabra de salvación y de reconciliación, el evangelio del ágape, pero sabían que lo único que podían esperar del mundo era la cruz. Pero como la cruz de Cristo los había arrancado del mundo, así arrancarían a muchos hermanos completando en ellos lo que faltaba a la pasión de Cristo. Y como Dios había intervenido para transformar, después de su muerte, la aparente derrota de Cristo con el triunfo de su resurrección, así esperaban ellos para el fin de los tiempos la misma intervención. No esperaban una victoria que suprimiera la cruz, sino una victoria por la cruz. No una victoria alcanzada por el esfuerzo humano, ni siquiera el esfuerzo del Hijo de Dios hecho hombre, sino una victoria dada por la intervención del Padre, que resucitó a su Hijo sólo después de haber permitido el sufrimiento en Él. En una palabra, esperaban la victoria de la parusía.
¿Por qué nos cuesta tanto aceptar estas concepciones tradicionales? ¿Por qué nos inclinamos tan rápidamente a pensar que seremos capaces de lograr, si prolongamos suficientemente la historia, la conversión del mundo y de la Argentina, todo aquello que sólo Dios podrá hacer únicamente poniendo fin a este eon y arrancándonos de él por un acto soberano? Quizás la razón sea que no nos tomamos en serio la libertad que el Creador concedió a la creatura. Los dos elementos están estrechamente ligados: la terca persuasión de que seremos capaces de cumplir una tarea totalmente divina y el rechazo obstinado a creer que el hombre pueda rechazar de un modo definitivo la salvación. Y es porque no creemos en la inmensidad de la libertad, don de Dios al hombre, que nos complacemos en vano en obtener lo que sólo corresponde a Dios. Aún más, Dios nunca nos prometió ni siquiera que Él mismo obtendría una conversión total del universo. Lo único que nos prometió es que en la maraña inextricable de las voluntades obedientes y rebeldes, el Evangelio tendrá por efecto el fijar un mundo flotante entre el bien y el mal, y entonces Él intervendrá en su momento para obrar el acto que imposible a cualquier otro.
La historia es una progresiva, y muy real y muy autónoma maduración. Pero esta maduración tiende hacia una dualidad; no hacia la unidad. La Encarnación no tiene como finalidad el polarizar a todos hacia el Bien, sino la de hacer posible que no todos se polaricen hacia el Mal. Ella no suprime, sino que restaura la libertad de la criatura.
Tal como aparece claro en los Sinópticos, en San Juan y en San Pablo, la Encarnación supone siempre el mismo dato: el mundo ha perdido su libertad y se trata de que la recobre. El mundo, creado libre por Dios, cayó en la esclavitud. El mal, o más exactamente el Maligno, es el príncipe de este mundo, es decir, un tirano quiere que permanezca en el pecado y en la muerte. Es para romper esta fatalidad que el Verbo se hizo carne, que el Hijo tomó la condición de esclavo. No fue para “sustituir” una tiranía mala por una buena, sino para suprimir la tiranía.
La obra de división que el Verbo, tal como una espada de doble filo, ha comenzado a realizar, no es más que preparatoria. Tal como su muerte en la cruz fue el preludio necesario a la resurrección, la división es el preludio de una reunión y de una reconciliación eterna. Pero esta reunión es esencialmente obra de la libertad, porque esta reconciliación es obra del amor, y el amor esclavo es un contra-sentido.
Y de esto resulta que la historia humana, luego de la Encarnación, desde un punto de vista se convierte en la historia de la libre unión de aquellos que se abrieron a la posibilidad recreadora del amor y, desde otro, en la historia de la unión no menos libre de aquellos que la rechazaron. Sólo la fe es capaz de ver la realidad invisible de la primera unión sobre la realidad demasiado visible de la segunda. Por eso, el más grave error que podemos cometer, es confundir el plan de la fe con el plan de lo que vemos.
Entonces, amigo sub 30, no se preocupe por haberse perdido Malvinas, Tacuara y las glorias del nacionalismo. Alégrese, pero alégrese fuerte, porque el triunfo, al final, será nuestro, aunque tendremos que pasar antes por el fuego. Porque el triunfo no es “Sancho gobernador”; el triunfo es nuestra unión en el ágape divino del Cordero. 

lunes, 23 de mayo de 2011

La reflexión del Coronel



Hace unos años, Tollers escribió en este mismo blog una entrada memorable. Decía en ella, entre otras cosas, que hasta Alfonsín, Menem y De La Rúa tenían algo de argentinos (de los de antes), pero que los K eran otra cosa, representaban algo totalmente ajeno a este país.
Creo yo que eso que Tollers pudo ver con tanta agudeza, es simplemente sintomático de lo que es este país. Ya hay una generación entera, la de los menores de 30 años, que no conoció a los viejos argentinos. Hay otra generación, la que le sigue, la de los que están entre los 30 y 50 años, que fue formada (o deformada) en democracia ("con la democracia se educa", remember?), a la que se le hizo un importante lavaje cerebral en la escuela, la universidad (el fin del CBC decía uno de sus ideólogos es extirpar las ideas "fascistas" de la clase media) y --sobre todo-- la televisión.
Todo esto convierte a estas generaciones en impermeables a nuestro mensaje, que al fin y al cabo, tampoco es nuestro. 
No será el hombre nuevo de los soviets, pero ciertamente estamos ante un hombre nuevo... y al hombre nuevo le molesta el "hombre viejo", aquél que todavía cree en las virtudes masculinas de que también nos habló J. Tollers en este blog hace tiempo. 
Lo que predominan ahora son las virtudes femeninas, aunque enloquecidas como predijo Chesterton, como vaciadas de sentido y falseadas, sobreviviendo sólo su caparazón y superficialidad, conceptos desenraizados de sus principios eternos. Pensemos en la bendita "tolerancia", que ya no tiene que ver con el soportar un mal inevitable, sino con un igualar opciones y alternativas que nos son indiferentes. Pensemos sino en la victimología de que habla Girard, tan característica de nuestro tiempo donde todos son víctimas de algo... excepto los cristianos que van convirtiéndose en los únicos victimarios y, por tanto, en la única canalización posible para terminar --creen-- con los males contemporáneos.
Ya no son los viejos ateos los que están contra la Iglesia --al menos aquella parte de la Iglesia que aún cree en lo que siempre creyó--, ya no son (principalmente) los marxistas, los anarquistas, los masones. Ahora los que encuentran en la Iglesia un obstáculo, el último obstáculo quizá para alcanzar la felicidad del paraíso en la tierra, son los tolerantes, los "alegres" y orgullosos, los consumistas y los popes del Márketing, los medios de difusión y los pornógrafos, los usureros y los que compran el último electrónico en 30 cuotas, los voluntarios de las ONGs y los activistas sociales católicos...
Al fin y al cabo, lo que molesta es que alguien pretenda "ser dueño de la verdad", y no sólo proclamándola desde los tejados, sino --peor-- poniéndola en práctica con su propia vida. "La verdad" (con o sin mayúscula), si acaso existe --cosa que no preocupa pensar demasiado--, es cosa de cada uno, de su fuero íntimo (lo más íntimo posible, si no se ve, mejor).
Aquél que pone la verdad en la práctica de su vida diaria, debe estar dispuesta dar testimonio de ella, ante un mundo que le echa en cara, sin esperar respuesta, "¿Qué es la verdad?" Y quizá este mundo cree que ya va siendo tiempo de que "todo aquél que es de la verdad", siga la misma suerte que su maestro hace 2000 años.
(Perdón, amigo Wanderer, por la extensión de esta reflexión de domingo a la noche.) 
Coronel Kurtz

sábado, 21 de mayo de 2011

La guerra del bicho verde



En el suplemento Ñ de Clarín de la semana pasada, una tal Dolores Gil presenta una novela de Alessandro Barrico titulada “Emaús”. Da la impresión que el libro no vale mucho, y no estoy dispuesto a comprobar la veracidad o falsedad de la afirmación. Sin embargo, me interesa comentar algunas expresiones de la reseñadora. Dice “Baricco… no sólo escribe una novela de formación en tiempos en que habría que pensar qué sentido tiene relatar una experiencia que devenga aprendizaje, sino que además su novela trata sobre cuatro adolescentes de clase media cuya principal seña de identidad consiste en ser católicos: creen en Dios, no penetran a sus novias y se dedican a la acción social mientras observan a los demás con cierto horror fascinado”.
Dolores Gil, que vive en Buenos Aires y aparentemente es egresada de Letras Clásicas de la UBA, no nos entiende. Para ella, los adolescentes católicos, y los católicos en general, habitamos en una zona de extreneidad tal que ni siquiera provocamos en ella rechazo. Sencillamente, no nos entiende. No pertenecemos a su mundo. Somos más raros que bicho verde.
No es nuevo, por cierto, que los católicos seamos considerados extraños. Pensemos, por ejemplo, en los tiempos de la Revolución Francesa, cuando eran relegados o asesinados porque, justamente, eran “extraños” a la nueva cultura que se estaba consolidando. Y lo mismo podríamos decir de las largas décadas de gobierno del PRI en México o del Frente Popular en la España del ´36. Sin embargo, se trataba de una extraneidad ficticia, fabricada por los ideólogos y de la que, si bien muchos participaban, conocían el weltanschauung del católico al que estaban persiguiendo. Lo católico no les era propiamente extraño.
Creo yo que en Europa, luego de la Segunda Guerra, la extreneidad del mundo frente al ethos católico o cristiano comenzó a ser, poco a poco, auténtico. Cuando a comienzo de los ´90 comencé a viajar, percibía -de un modo pre-racional quizás-, una sensación de tierra devastada. Había pasado sobre Europa una inmensa topadora, y se había llevado todo. No quedaba nada. Y para lo que surgía, la cultura cristiana era ya propiamente extraña.
En Argentina, sin embargo, no era así. No es que nosotros fuésemos un país católico o la nación privilegiada amada por la Virgen, como sostenía (¿aún sostiene?) la leyenda rosa nacionalista, pero es verdad que había un sustrato si no positivamente católico, al menos de “antiguo orden” que conservaba numerosos ingredientes cristianos. Cuando el proclamado por las multitudes Raúl Alfonsín Magno, destapó el país, el progresismo comenzó a considerarnos extraños, y los que se subían al tren progre, los imitaban. Pero era una extraneidad ficticia. La mayoría, sino todos, de los nuevos líderes provenían de colegios católicos y de familias católicas. Para nadie, en los ´80, el ethos cristiano argentino era extraño.
Pero ahora, dos décadas más tarde, la cosa ha cambiado. Las palabras de la Gil expresan, me parece, una extraneidad auténtica. No es ideología –más allá que la haya-, sino sinceridad. Somos extraños. No nos entienden.
La cosa no sería tan grave si la incomprensión se tradujera en indiferencia. Pero no parece que sea el caso. Las palabras de la reseña -me parece a mí-, expresan odio y con él, la necesidad de desprenderse de un cuerpo extraño. Pareciera que el paratexto está diciendo: “Es intolerable que aún existan personajes de este tipo. Deben desaparecer”.
Ya está más cerca la guerra al bicho verde.

miércoles, 18 de mayo de 2011

Votemos al mejor


De parte del Jacobita. Excelente!
Un fragmento de “Madrid, de Corte a checa”, de Agustín de Foxá.
“La habían sacado del convento para votar; iba vestida de señora con esa dejadez de la gente religiosa cuando abandona los hábitos. Una falda larga, grandes zapatos, cuello emballenado y una blusa ancha de color indefinible.
Sor Angustias no comprendía nada de todo aquello; decía con asombro: - Sólo he salido dos veces del convento. La primera en Barcelona, cuando las masas de Lerroux asaltaban los claustros. La segunda ahora, para votar a favor de Lerroux. Era todo un síntoma de la política española. Teresa le gastaba bromas. - Está usted muy elegante; va usted a hacer conquistas. - Quita, hija, valiente adefesio; se me nota enseguida que soy monja; si no, la prueba. Y señalaba un trozo de esparadrapo que le cubría la sien derecha. Las habían apaleado los de las juventudes socialistas al bajarse de un taxi en la plaza de Antón Martín. Ella se había defendido, débilmente, con un paraguas.
Aquellas elecciones habían abierto las más recónditas clausuras. Y salían monjas con ojos asombrados de desenterradas. Algunas habían entrado de mocitas, abandonando un Madrid de coches de caballos y sombreros de paja, la Reina Cristina, la Salve de Atocha, los barquilleros y el Café Suizo, y resucitaban a una ciudad hosca, de taxis y huelguistas con monos azules, y rascacielos. Aquello era, sin duda, el mundo, el primer enemigo del alma.
Y Sor Angustias evocaba sus lentos y suavísimos años entre celosías y yesos, preparando dulces, almíbares, entre rezos y bordados y los higos jugosos de la huerta picoteados golosamente por los gorriones. En torno de los viejos muros se había transformado la ciudad. Habían variado los carteles pegados al convento cerrado. “Votad a las derechas o a las izquierdas”, “Maura sí o Maura no”, “Viva el rey o viva la república”. Habían asesinado a Canalejas y a Dato, y pasado el ataúd de Primo de Rivera por los jardinillos de las afueras y ya el rey no estaba en su palacio. Habían pasado los coches de caballos, y los primeros autos con cadenas, y luego los modernos, y las mujeres del barrio perdían la fe y ya no llevaban la vela rizada a San Antonio y cuando sus hijos tenían anginas llamaban al médico de la Casa de Socorro y no colgaban del altar de San Blas la rosquilla de cera que simbolizaba una garganta, y se secaban, sin reponerlas, las palmas y los ramitos de tomillo del Domingo de Ramos, y los obreros, que ya no vendían el colchón para ir a los toros, ni se divertían en los columpios el día de San Cayetano, se hacían de los sindicatos y asesinaban en las esquinas, y el socialismo penetraba en las buhardillas y en los barrios, apagaba los farolillos de las verbenas, quitaba el patrón de la imprenta y ya no subían el día de San Antón con los burros y las mulas enjaezadas para la bendición de la cebada, porque iban a la fábrica en bicicleta.
Y ellas continuaban aisladas, dormidas en otro siglo, rezando maitines, poniendo rosas en el mes de María y vistiendo maternalmente, a falta de hijo propio, al Niño Jesús con bordados y lentejuelas.
Y de pronto las elecciones las habían arrancado de aquellos siglos. Sonaba la voz del confesor en el teléfono de la portería. - Si, señor vicario, perfectamente, presente mis respetos a su ilustrísima. Y se fue por aquel mundo de frescas penumbras, celosías y olor a velas apagadas a buscar a la madre superiora. Deslizábanse blancas, pálidas, silenciosas, las hermanas entre las tumbas de alabastro de las infantas fundadoras. - Madre Teresa, perdóneme vuestra caridad, telefonean del obispado que tienen que votar las hermanas. Mañana mandarán unos autos a recogerlas. Añadía para tranquilizarlas: - Irán protegidas por los jóvenes de Acción Popular. Aquello anonadó al convento. Las familias amigas les enviaban trajes seglares, faldas, blusas, viejos sombreros con plumas disecadas. Salían muchas a la calle después de treinta o cuarenta años de clausura. Veían las luces de los escaparates, de los cines, sus ojos acostumbrados a la luz de aceite del sagrario; escuchaban ruidos, bocinas y frenazos sus oídos, habituados a la dulzura de los salmos. Las recibían con odio; en algunos barrios las apedrearon. - Dale a esa tía “carca” que se traga a los santos. Veían carteles horribles; escobas que barrían a frailes y a monjas entre cucarachas y sapos, y gordos obispos golpeando con un Cristo a obreros encadenados. Resumía sor Angustias suspirando: - Estoy deseando volver a mi celda. La atajaba, protector, don Carlos. - Hasta que esté usted mejor de su herida y haya un gobierno fuerte, usted no se mueve de esta casa."
Seguía sonando la radio. En los intervalos de música de baile se oía cada diez minutos la voz del señor Rico-Avello: - Todavía no se tienen noticias precisas. Faltan muchos datos para formarse una idea concreta. El orden es absoluto en toda España. Arrebatada, entró Teresita en el comedor. - ¡Noticias! Acabo de telefonear con una sobrina de Martínez de Velasco. Hemos triunfado en toda España. Levantóse don Carlos. - ¡Alabado sea Dios! Doña Rosa solicitó un padrenuestro de acción de gracias. Subió alborozado el padre Anselmo del archivo, confirmando la noticia. Aduladores, los criados felicitaban a los señores. - De modo, señor conde, que hemos ganado. - Sí, Francisco. Y el viejo criado ponía cara de falsa alegría, porque en realidad él había votado a las izquierdas. No cesaba el teléfono. Jubilosa la burguesía de Madrid, se daba parabienes y esbozaban proyectos risueños. Telefoneaban los Cereceda, los Casapuente y María Aguilares. Todos iban más allá de la realidad. - Vaya, se acabó la revolución. - Ahora tenemos gobierno para treinta años. Se exaltaba don Carlos. - Dentro de dos meses tenemos al rey en Madrid. Y pensaba en su traje de mayordomo, amortajado entre naftalina. Más ruidosa era la alegría en el palacio de la duquesa de Anaya. El viejo duque brindó por Gil Robles, salvador de España y futuro regente del reino. Pensaba en sus dehesas de Extremadura salvadas de la reforma agraria. Pero se limitó a decir: - La religión se ha salvado”.

Foxá escribe sobre las elecciones de 1933 en España, en las que ganaron los partidos de derecha. No sirvió de mucho, porque en 1936 estalló la guerra civil, en la que los rojos asesinaron a 4.184 sacerdotes del clero secular y seminaristas, 2.365 religiosos y 283 religiosas. (La persecución religiosa en España, A. Montero, BAC). Además de a decenas de miles de seglares Católicos. Moraleja, para Anónimo que no sabe a quien votar y Católico práctico: no voten, recen.