Me ha parecido conveniente, luego de pedir consejo a algunos
amigos, ajustar algunos aspectos del blog, entre ellos, los comentarios. La
idea es realizar una moderación cuidadosa, publicando sólo aquellos que
realmente aportan a la discusión y, en lo posible, tentar una unificación a fin
de que no queden sueltos. Ello significará perder la inmediatez de su
publicación, pero vale la pena.
Y así respondo:
1. De acuerdo con Gelfand y algunos más. Como bien decía yo
en el post, no todo lo que dice Belloc en estas páginas me gusta. Y considero
imposible una religión sin mística y sin deseos de “unión con Dios”. ¿Qué
quedaría entonces de la religión si esos elementos se pierden? Pero creo que,
como dice El Carlista, Belloc leyó a Santa Teresa y a San Juan de la Cruz y no
le gustó. Y está en su derecho. Para ser sincero, a mí tampoco me gustan mucho
las imágenes que utiliza Juan de Yepes para su mística: jardines, Amados,
lechos nupciales, etc. Ya sé que son las imágenes del Cantar de los Cantares,
pero no me gustan. Pero no por eso se me ocurre despreciar o criticar a estos
dos grandes de la espiritualidad cristiana.
Y lo mismo dígase de la noche espiritual. No hay théosis o unión con Dios sin pasar antes
por esos periodos de noche. Y bien que lo sabía Belloc con todas las que le
tocó pasar: desde sus continuos apuros económicos hasta la muerte de su esposa
cuando apenas tenía cuarenta años y, poco tiempo después, la de su hijo y dos
queridísimos amigos en la Primera Guerra Mundial. Me parece que el rechazo de
Belloc es hacia la forma, y hacia España y lo español. Mejor no copio aquí lo
que dice sobre nuestra Madre Patria, porque se arma lío.
2. Me desconcierta la capacidad de lectocomprensión de
Juancho. Según él, ir a misa solamente el domingo lleva aparejado,
necesariamente, “alguna
oración, cosmovisión católica, alguito de moral, confesión cuando caemos, y
listo”. No sé de dónde saca todo eso, porque de ninguna manera se
desprende del post. Es perfectamente posible -se lo aseguro-, ir a misa
solamente los domingos y tener una intensa vida de oración y una moral ajustada
al estado de vida de cada uno. No me haga decir, entonces, lo que no digo, como
tampoco digo que estén mal todas las otras actividades que usted propone.
Solamente digo que no son necesarias para ser un buen católico.
3. Otro
personaje sorprendente es el Jacobita, a quien le respondo:
a. Usted “cree”
que yo respondí lo que dice que respondí. Sinceramente, no me acuerdo haberlo
hecho y no encuentro dónde lo hice. Verifique, entonces, su memoria y sus
fuentes.
b. Tiene razón.
Evelyn Waugh no fue un historiador. Pero era católico, era inglés y era un
profundo conocedor del alma inglesa. No me consta que Ud. sea historiador, ni que
sea inglés ni que sea un profundo conocer del alma inglesa. Por tanto, si nos
mantenemos en el terreno de la opinión, considero más autorizada la de Waugh,
hasta que me demuestre lo contrario.
c. Es verdad
también lo que dice de los mártires ingleses y de la pertenencia a la Compañía
de muchos de ellos. Pero en su argumentación, estimado amigo, comete un
elemental error de lógica, pues utiliza un silogismo de cuatro términos. En
efecto, usted está suponiendo que la fe en la Isla fue “mantenida” por esos
sacerdotes. En realidad, la fe fue mantenida por los fieles ingleses ayudados,
sin duda, por los sacerdotes. Su visión es claramente clerical. “Para mantener
la fe son necesarios los sacerdotes”, pareciera ser la afirmación sobre la que
basa su argumento. Pero el cardenal Newman demostró hace ya mucho tiempo su
falsedad con su librito Acerca de la
consulta a los fieles en cuestiones de doctrinas. Allí podrá leer casos en
los que la fe fue mantenida por los laicos a
pesar de los sacerdotes y los obispos.
d. Junto al
testimonio de mi admirado Ronnie Knox podría citarle muchos más sobre la
excelencia de la vida parroquial. En el fondo, creo que se esconde la realidad
de la dimensión comunitaria del cristianismo y de la salvación. Pero como Ud.
bien dice, Knox habla de una situación ideal que hoy raramente se da. Las
parroquias se han convertido en comunidades de cualquier cosa, y muchos curas
se solazan en poseer un buen círculo de obsecuentes, de dominados y de
empleadas domésticas sin salario. Mi reacción es a esa realidad.
5. Quizás sea demasiada sutiliza
o me expresé mal. El anticlericalismo que propongo no es, por cierto, el
anticlericalismo decimonónico, y la idea no es apedrear a cuanto cura veamos
por la calle -aunque ahora nos resultaría difícil distinguirlo-, o morderle la
mano al cura que nos da la absolución, como dice el Jacobita. Mi crítica es al
clericalismo que se considera dueño
de la religión y de la fe, y que la mide la religiosidad y la fe de los fieles
por su adhesión a los clérigos. Sobre la necesidad del sacerdote como
dispensador de la gracia y como compañía -y no dirección- espiritual, no hay
duda alguna. Y, es más, reivindico el tener amigos que sean sacerdotes, aunque
no me resultaría simpático tener sacerdotes amigos.






