jueves, 23 de junio de 2011

Mejor uno que tres



Esta mañana un amigo me aseguró que la Iglesia tiene tres fuentes de la Revelación: Sagradas Escrituras, Tradición y Magisterio. Le objeté que, si bien la destinación es importante, en realidad se trata de una sola Revelación, que es la Palabra de Dios que se manifiesta a través de esos tres canales. Y él, qué no, qué son tres, y parecía estar dispuesto a entregar la vida por tal verdad. Mi amigo había transformado en dogma de fe las supuestas tres fuentes de la revelación de la fe.
Formados como estamos en la teología apologética de los dos últimos siglos, no es difícil comprender tamaña confusión. Estas construcciones teológicas muchas veces oscurecen más que iluminan el sentido de los verdaderos dogmas sobre la Iglesia y su autoridad. Parafraseando a Bouyer, creo que hemos tenido la tendencia a presentar la Palabra de Dios en la Escritura por una parte, y la Tradición de la Iglesia, por otra, como dos fuentes distintas y complementarias de la verdad cristiana. Pero esta no es la doctrina de la Iglesia. Veamos:
La única autoridad soberana para la Iglesia, en materia de doctrina, es la Palabra de Dios. Por otro lado, esta Palabra está conservada en la Sagrada Escritura de manera única, porque en ella y sólo en ella se encuentra expresada en fórmulas positivas y directamente inspiradas por Dios, lo que no llega a serlo las definiciones solemnes de los Concilios o de los Papas. Además, la Tradición no es algo distinto de la Sagrada Escritura, que pudiera añadírsele, sino más bien el conjunto de la transmisión viva de la verdad, cuyo órgano central es la Escritura inspirada. Y así, la Escritura no resulta aclarada o completada por la Tradición como por algo que le fuera extraño y como sobreañadido. La Escritura, por el contrario, no conserva su verdadero y pleno sentido si no es permaneciendo sumergida en esa tradición viva de la Iglesia, en la que ha sido compuesta por los mismos escritores inspirados, hasta tal punto que la Escritura es como el depósito esencial de esa tradición.
Hablamos también del magisterio, entendiendo por tal la enseñanza autoritaria de la jerarquía agrupada en torno al Papa, como si se tratara de una fuente nueva e independiente de la verdad revelada. Pero hay que ser claros en esto: el magisterio de la jerarquía no es el sujeto de inspiración divina alguna para proponer a la Iglesia verdades nuevas o inéditas. No está más que asistido por Dios para que no caiga en error cuando propone o define las verdades que se hallan contenidas en el depósito de la revelación, la cual ha sido hecha de manera definitiva a los apóstoles y no podría recibir la más ligera adición. Más aún, el Papa y los obispos, para comprender estas verdades y formularlas, deben buscarlas como todo el mundo y por los mismos medios, en la Sagrada Escritura, iluminada por el conjunto de la tradición. La infalibilidad que se asocia a la enseñanza del Papa como doctor universal, a a la enseñanza universal del episcopado, ni siquiera significa que sabrán expresar con la perfección que fuera deseable todas las definiciones. Esto depende del fervor, de la competencia teológica y de todas las cualidades variables que tal Papa o tales obispos pueden, o no, tener. Lo que la infalibilidad garantiza es algo negativo: aún cuando un Papa o un Concilio presenten una verdad evangélica bastante pobremente -cosa que ha ocurrido-, jamás permitirá la Providencia que puedan alterar positivamente esa verdad.
Finalmente, si la responsabilidad de proclamar la verdad con autoridad sólo pertenece en la Iglesia al Papa y a los obispos, el testimonio dado a esta verdad puede ser propio de todo cristiano a quien el Espíritu Santo impulse a ello. Entre los doctores de la iglesia encontramos a simples sacerdotes, como Santo Tomás de Aquino y hasta mujeres, como Santa Catalina de Siena. Y, en algunos casos, los testimonio más brillantes que se dieron de la verdad en periodos turbulentos, los dieron los laicos, como sucedió con Santo Tomás Moro en la Inglaterra de Enrique VIII.
Sin querer ser plotiniano, la cosa se resuelve en la unidad.

martes, 14 de junio de 2011

Filtraciones de la curia


Fue publicado en AICA del viernes pasado el nombramiento de Mons. Alfredo Zecca como Arzobispo de Tucumán. Algunos medios digitales proclamaron el triunfo del Cardenal Jorge Bergoglio y la confirmación de que la Santa Sede le dará un aval para permanecer un tiempo más en la sede porteña.
El Tribuno consultó a un colaborador íntimo de Bergoglio quien pidió permanecer en el anonimato. Se extractan algunos pasajes de la extensa entrevista. Tiene algunos momentos sorprendentes.
“El nombramiento le cayó a Bergoglio como un baldazo de agua fría en invierno, pues, aunque lo impulsó fuertemente para obispo de San Luis, Zecca no es de su riñón. La candidatura a la catedral puntana era un modo de alejarlo de la UCA y de neutralizar una diócesis liderada a la distancia por Aguer”, dijo.
“(Zecca) tiene excelentes títulos para ser obispo. A algunos sorprendió el ascenso directo de cura a arzobispo. Pero eso puede entenderse por la edad del candidato y por sus dotes académicas. En este momento es el obispo argentino mejor preparado. Publicó algunos libros y mantuvo una vida escolástica seria”.
Sobre las dotes pastorales de Zecca confió que “la Inmaculada Concepción no es una verdadera tarea pastoral, porque ésa es la parroquia del seminario y su párroco no se ocupa directamente de actividades pastorales, pero ese cargo, más su cercanía con el grupo FUNDAR, le da un perfil más pastoral”. “Tampoco tiene formación litúrgica, pero en eso lo ayudará su primo, el Toto Aloissio (?)”, agregó.
Preguntado sobre posibles padrinos que apoyaran la candidatura del neo-obispo el entrevistado dijo que “es amigo personal del Cardenal alemán Walter Kasper, lo que le trajo el apoyo total de Benedicto XVI. Además es un conservador. Fue quien puso orden en
Devoto (N. de la R.: seminario y facultad de teología de Buenos Aires) durante la gestión de Quarracino –al menos en lo que pudo-, después de los extensos años aramburianos. Hubo consenso en la CEA para este nombramiento desde todos los sectores, pues aún los aguerianos Taussig y Puiggari lo apoyaron porque Zecca fue del Instituto San Pablo”.
“De todos modos no es un nombramiento impecable. Tiene algunos agujeros que evidentemente no le importaron al Nuncio Apostólico. Por ejemplo su relación con el grupo FUNDAR y sus enormes consecuencias financieras en la UCA –manejó los fondos a su gusto e piaccere-, su enfermedad o su gusto desmedido por el lujo.
“Le gusta la buena vida y la buena mesa, pero buena mesa en serio con vinos importados, platos caros y champagne francés. Para la ropa de paisano se viste en tiendas exclusivas como James Smart.
“Hace un año la Congregación de Educación del Vaticano le encargó que estudie a una orden religiosa (N. de R.: se trata del Verbo Encarnado, fundado por el P. Carlos Buela). Zecca le exigió al Nuncio como condición pasajes en primera clase, en caso contrario no aceptaba el nombramiento. Ante la sorpresa del Nuncio él se justificó en su enfermedad de columna, pues sufre de escoliosis crónica además de ser fuertemente hipocondríaco. Su enfermedad lo deja varios días en cama”, confió a El Tribuno el sacerdote.
“Ojo que hubo un obispo que viajaba en micro y terminó preso. Para vida austera ya está Bergoglio, un obispo debe tener un cierto nivel”, agregó.
“También es amigo de FASTA, lo que en Tucumán lo va a ayudar a relacionarse con los grupos conservadores de la ciudad […] y, lo más importante, es muy superior a su predecesor, Mons. Villalba”, concluyó.

lunes, 13 de junio de 2011

Frente a obispos confusos, laicos claros


Publico una entrevista realizada al novelista alemán Martin Mosebach gentilmente traducida por Jack Tollers.
La idea no es presentarlo como un "ejemplo", al estilo Cristo Hoy, sino simplemente admirar la claridad de este tedesco wanderiano. Más claridad, por cierto, que la de cualquier obispo argentino.


Reportaje a Martin Mosebach
(publicado en la revista alemana “Sueddeutsche Zeitung Magazin”, el 16 de mayo de 2010).

Herr Mosebach, ¿al presente siente menos agrado que antes por ser católico?
Sin duda, pero al mismo tiempo me ha sido maravillosamente confirmado en las últimas semanas mi persuasión de que no hay alternativa a la Iglesia.

¿Usted sufre con o por su Iglesia?
Sufro con ella. Resulta doloroso contemplar a una Iglesia que tiene por misión actualizar la presencia de Cristo, convertirse en moralmente sospechosa.

Casi suena como si se tratara de una injusticia hacia una institución inocente…
No entiendo porque siempre se limita la Iglesia a unos tipos que usan medias violetas y que están en el Vaticano, de acuerdo al dicho “Allí está la Iglesia y más acá la gente”. La Iglesia se ve representada por todos los bautizados. Y en general, bastante mal representada por cada uno de los pobres bautizados.

Pero da la impresión de que quiere escaparle a la cuestión de los errores del Vaticano.
De ningún modo. La pena principal de todo cristiano es comprobar que uno es un mal cristiano. Las falencias de las instituciones de la Iglesia empalidecen ante esto.

No para sus víctimas. ¿También sufre con ellas?
¿Qué clase de pregunta es esa? Cualquier humano de sentimientos experimenta compasión cuando se topa con la víctima de un crimen.

Y con todo, la Iglesia institucional permitió abusos sexuales para luego encubrirlos.
Desde luego que la Iglesia no permitió semejante cosa. Otra cosa es que haya sacerdotes que rompieron sus votos y la traicionaron. La Iglesia misma es víctima de los abusos.

¿Y qué con la escuela de San Pedro Canisio y el Monasterio de Ettal?
Usted apunta al encubrimiento y silenciamiento de crímenes. Después del Vaticano II, la Iglesia se ha creado una imagen de sí misma ya no basada sobre las nociones de pecado y culpa, sino de perdón, tolerancia y misericordia. Lo trágico pues es que se generó así un humor, un contexto, en que los tales crímenes no se tomaron lo suficientemente en serio.

Klaus Mertes, el sacerdote jesuita y Rector de la Escuela de San Pedro Canisio, habló de “un sabor católico en los casos de abuso sexual”.
Mala cosa para decir. Después de todo, el cristianismo es el que introdujo la noción misma de proteger a los niños, contra las costumbres paganas de casi todas las culturas del mundo. Jesús habló del hecho de que cada niño tiene un ángel que está en la presencia de Dios. Y que cualquiera que abusara de un chico merecería que se le ate una rueda de molino al cuello y ser hundido. Esta es la razón de que los casos de abuso constituyan una catástrofe tan señalada para la Iglesia: una de sus principales incumbencias ha sido burlada.

Y sin embargo la Iglesia se ha ocupado mucho más de los perpetradores que de sus víctimas.
Y es porque las víctimas, hablando espiritualmente, corren mucho menos peligro. Son los perpetradores los que están en peligro de perder sus almas. Jesús dijo que había venido como un médico para los enfermos, no para los sanos.

Semejante lógica debe de sonarles cínica a las víctimas.
No si han entendido la lógica de Jesús. A punto de morir, la niña de doce años, María Goretti perdonó a su violador y asesino. Por supuesto que eso no quiere decir que con eso se suprime el castigo. Siempre la Iglesia tiene que lograr lo imposible. Siempre es paradójica. Debe ser justa y misericordiosa a la misma vez.

Parece una juglaría imposible.
Y sin embargo, en eso, en su exigencia sobrehumana, radica la grandeza de la Iglesia. Ya a comienzos del siglo XIX Friedrich Schleger escribió que el Islam es una religión con la que se puede cumplir plenamente, mientras que el cristianismo no puede realizarse del todo nunca y muchas veces se pone de manifiesto contrariando las intenciones de su Fundador. Pero precisamente en esto reside la fuerza del cristianismo.

¿No es un caso de hipocresía esto de derivar legitimidad de una inevitable deficiencia?
No. Desplegar super-exigencias como cuestión de principios impide la trivialización del cristianismo. Aquello que puede realizarse es trivial. El espíritu humano se debilita si no se fija metas inalcanzables.

El celibato también está siendo cuestionado por muchos sacerdotes.
Antes del Concilio Vaticano II el sacerdote disponía de un corsé y un sostén―tanto espiritual cuanto físico―que le recordaba todos los días que era un homo excitatus a Deo: un hombre llamado por Dios. Usaba una sotana con 33 botones o un traje negro con un collar rígido. Decía misa y rezaba el breviario todos los días. Nunca era un sujeto privado, sino que se encontraba ajustadamente integrado a un orden y a una obediencia. Esto es lo que mayormente ha desaparecido en la Iglesia moderna. Hoy en día muchos sacerdotes se toman vacaciones, disponen de días francos en que no cumplen con la liturgia y poseen un moderno departamento con un aparato reproductor de CD y un plasma de alta definición.

¿Les reprocha eso?
De ningún modo. Pueden tener lo que quieran. Con todo, esta libertad les torna mucho más difícil y duro vivir de conformidad con las exigencias de su oficio. El sacerdote representa a Jesucristo. ¿Cómo podría triunfar si resulta absorbido por la sociedad secular?

¿No sería una evidencia de incapacidad para la fe, si una cierta medida de libertad enseguida le abre el camino al pecado?
Resulta evidencia de esa incapacidad pero nos afecta a todos. Si hay reglas que podemos infringir, las infringimos: eso dice la experiencia antropológica. Yo admiro sin reservas a cada hombre que quiere ser sacerdotes. Para él no hay vuelta atrás, a diferencia del matrimonio que también puede fallar. El sacerdote puede ser infiel a sus votos, pero eso sólo empeora su situación. En semejante caso carga con un peso del que nunca podrá librarse.

Hay gente sinceramente piadosa que también está a favor del relajamiento del celibato. ¿Qué es lo que no entienden?
Desde un punto de vista político sería una catástrofe si, por debilidad o por miedo, la Iglesia fuera a echar por la borda sus principios, justo en este momento, por la presión de los medios. Si la Iglesia, contrariando su tradición, quisiese convertir al celibato en una cuestión opcional, sólo lo podría hacer desde una posición de fuerza. De otro modo, todos los diques cederían. Algunos sacerdotes y fieles no acompañarían la cosa y podría haber un cisma muy serio.

Bueno, exactamente eso viene pasando desde hace bastante tiempo. Las estimaciones indican que un 40% de los sacerdotes no predican el celibato.
Las reglas no se anulan porque resultan difíciles de cumplir. Resulta difícil adherir al celibato, pero detrás de eso hay una meta elevada. Los sacerdotes deberían redescubrir el viejo sentido del celibato en un medio de renovación ascética. No como una restricción, sino como una precondición para una vida religiosa que por definición es radicalmente antiburguesa.

La Iglesia protestante tiene mujeres pastoras. En la Biblia, las mujeres aparecen en compañía de Jesús, como cosa natural.
Y sin embargo, incluso en las más primitivas comunidades no hubo nunca sacerdotistas. ¿De dónde este clericalismo de creer que sólo un sacerdote puede ser un cristiano completo? El ministerio no nos hace mejores cristianos. El ministerio está al servicio de la comunidad.
 
No todos los obispos ven las cosas de esa manera.
Pues entonces, ven las cosas mal―y lo saben. El Papa ostenta el título de “Siervo de entre los siervos de Dios”. Este Papa en particular, nunca lo olvida.

Margot Kaessmann, la presidente de la Iglesia Luterana, renunció porque manejó un automóvil en estado de ebriedad. Desde entonces el público la ha erigido en ejemplo moral. ¿Con razón?
 Agradecería no tener que hacer comentarios sobre eso.

¿Por qué?
Porque cómo el protestantismo se maneja en cuestiones morales como esa, no me incumbe. Todo el asunto terminó en farsa y a uno sólo lo mueve a risa.

En las últimas semanas se ha oído a menudo referencias al “grupo de decrépitos ancianos en Roma”. Es lo mismo que pasa en el mundo de los negocios. ¿Acaso las mujeres no podrían ejercer una función moderadora?
Ya desde hace bastante tiempo que contamos con mujeres en posiciones de liderazgo y no encuentro que el nivel de intriga política, concupiscencia de poder o general brutalidad, hayan disminuido. Piense en Margaret Thatcher, Golda Meir, Indira Gandhi o Angela Merkel. Todas ellas han librado guerras con muchos muertos.

Pero a lo mejor podrían compensar por las apariencias conspirativas de las organizaciones fraternas del Vaticano.
Este reproche a los viejos de Roma es casi tan antiguo como la propia Iglesia Y de a ratos seguramente algo hay en las acusaciones. El problema no está en los hombres, sino en la institución en sí misma. Las instituciones son cosas benéficas y terribles a la vez. Y eso resulta especialmente cierto cuando referido a algo tan grande y serio como la Iglesia que contempla con un ojo a Dios y con el otro al hombre todo, mientras simultáneamente tiene presente un mensaje que excede cualquier medida humana. A nadie se le ocurrió algo mejor que una institución para conducir a la Iglesia a través de los milenios.

¿Pero puede uno dirigir una institución contra sus propios miembros?
Eso no ocurre en absoluto. Las críticas dirigidas al Papa proceden de la fracasada Iglesia del aggioramento―esto es, de parte de la Iglesia conformista y secularizada. Déjeme que le diga una cosa: no todos los católicos son editores del Sueddeutsche Zeitung. La primera misión de la Iglesia consiste precisamente en pasar el evangelio a través de las generaciones. Sólo una institución puede hacer eso, de “pasar” el mensaje. “Les he entregado lo que recibí” dice San Pablo, referido a la Eucaristía. La Iglesia institucional con San Pedro en Roma es la cruz con la que debe cargar la Iglesia Católica a lo largo de la historia. Pero sin la cruz,  habría dejado de existir. Su camino necesariamente ha de ser el camino de la cruz.

Todo el mundo, a excepción suya, está criticando al Papa.
No, al contrario, admiro al Papa. Tiene la misión más difícil de todas: terminar con la decadencia dentro de la Iglesia, sin dar órdenes ni dictados, y restaurar una nueva armonía. Los medios tienen una fijación con los fracasos alegados. Eso puede interesarle a un editor periodístico, no al Papa. Un Papa no debe interesarse en tales agitaciones. No le interesan las últimas noticias, las sensaciones o los escándalos. Su incumbencia consiste en plantar con paciencia infinita un árbol cuyos frutos él mismo nunca verá.

Muchos dicen que le falta cintura política y que es ingenuo.
Juan Pablo la tenía más fácil Tenía un oponente claro: el régimen comunista. La sociedad consumista libertaria, con sus tendencias de un totalitarismo social, constituye un enemigo mucho más difícil. Por lo demás, el Papa Benedicto tiene que pensar en todos los cristianos del mundo entero. En China, por ejemplo, donde ahora mismo una titánica tarea de reconciliación está en curso: la eliminación de la división entre la Iglesia controlada por los maoistas y la Iglesia subterránea de los mártires. Se trata de una prueba de fortaleza para ambos contendientes. Siempre pensamos que Alemania es el ombligo del mundo―y no es así.

Una cosa que nos sorprendió cuando preparamos este reportaje fue descubrir que su padre fue protestante.
Es cierto. Siempre fue un tipo muy anticonformista y siempre me alentó a permanecer independiente y a pensar por mí mismo. A lo mejor es una especie de elemento protestante dentro mío, pero sería un protestantismo invertido. Lutero apuntó a una institución poderosa; yo pido que vuelva la institucionalidad a una Iglesia desdibujada.

Los críticos lo consideran como un reaccionario. Uno podría llamarlo un individualista radical. Después de todo, usted pide como particular que regresa la institución y paradójicamente aboga por la individualización de la religión.
Los insatisfechos con la Iglesia deformada ya no son tan pocos. No deberíamos cometer el error de creer que nuestro tiempo es el tiempo final y el único válido. La única certeza que existe es que todas las circunstancias se verán radicalmente modificadas. Por eso es tan peligroso disponer sólo del presente para considerar a la Iglesia. Incluso me animo a decir que lo que desagrada especialmente al presente es lo que más futuro tiene…

Usted adhiere a la misa tridentina. ¿Se acuerdo de su primera misa según el rito antiguo?
La celebraba un sacerdote en Hattenheim, un feo suburbio de Frankfurt, en un lugar húmedo y desolado. El sacerdote era el Padre Hans Milch, un poderoso orador desde el púlpito, un hombre salvaje, ruidoso y excéntrico. Había sido jubilado por el obispo y se construyó una casucha para su misión en este horrible barrio de Hattenheim. En los días que corren se sospecha con facilidad a los defensores del viejo rito como “esteticistas”. Pero en aquel entorno tan remoto de toda belleza, aprendí que la liturgia se construye su propia catedral.

¿Se refiere al Padre Milch que simpatizaba con la FSSPX?
Milch tenía rasgos geniales, pero era demasiado expresivo para mi gusto. Sus sermones rompían la armonía de la liturgia.

¿Y el contenido de aquellos sermones lo tenía sin cuidado?
Siempre el culto es mucho más importante que cualquier sermón, por talentoso que sea quien lo pronuncia. La objetividad del culto es la cosa más grande y más importante y que más necesita nuestro tiempo. El rito antiguo constituye el tesoro más grande de la Iglesia, es su kit de emergencias, su arca de Noé.

Este fin de semana se celebra la convención ecuménica de las iglesias en Munich: ¿asistirá?
Por cierto que no. Si hay algo de lo que puedo prescindir es tener que toparme con gente feliz con cara de miembros de una secta. Esto es el Reichsparteitag de la cristiandad organizada ¡horrible!

¿Qué tiene de tan horrible?
La idea misma―como una revista militar. El ecumenismo sentimental. La sensación del “nosotros”. Lo que cuenta en religión es la relación individual y personal con Dios. Encuentro terrible esto de dejarse llevar por las muchedumbres. La tradición litúrgica alienta un espíritu sobrio, casi reservado. No sirve como un masaje del alma.

¿A qué se refiere con “masaje del alma”?
Me refiero a que la Iglesia no tiene nada que ver con un “spa”. El cristianismo no se consume fácilmente. Al contrario, la religión halla al hombre como algo enteramente extraño, como al “totalmente otro”. Lo desafía a que deje su lugar y se ponga a explorar su extrañeza y profundidad. Al principio la religión por necesidad tiene que actuar sobre el hombre como una cosa extraña y difícil. Las terribles simplificaciones conducen a grandes ilusiones y finalmente a una gran resaca.

¿Siempre tiene que tener planes contrarios al espíritu de la época?
Es su posesión más preciosa. La Iglesia siempre es un contra-sociedad. Siempre es una grieta en la pared del presente total. Eso me ata a la Iglesia y me la torna necesaria hasta el día de mi muerte.

¿Qué le pasa si pasan dos o tres semanas y no asiste a misa?
Entonces sé que estoy viviendo mal.

¿Qué le pasa entonces?
¿Qué me pasa? Me pasa que no me he unido a este ícono objetivo. Que, por una vez, no he dado de lado conmigo mismo para entrar en el hechizo de la realidad, ingresado a un mundo que no funciona según mis propias leyes.

By kind permission of Martin Mosebach
  

martes, 7 de junio de 2011

La buena prensa



Una de las novedades que trajo el siglo XX a la pastoral eclesial, fue el llamado “apostolado de la buena prensa”. Fueron muchos los buenos curitas que dedicaron su vida a esta nueva forma apostólica, hicieron mucho bien y se santificaron en esa tarea. Yo conocí a uno de ellos, ya viejo; un verdadero santito.
En Argentina, los sub 50, y hasta los sub 40, crecimos con Esquiú, el semanario católico representante de la buena prensa autóctona. Ya no me acuerdo mucho cómo era, qué línea tenía y cuál era su calidad editorial. Supongo que, conservando términos y esquemas más o menos tradicionales, encarnaría el peligroso progresismo  de los '70, de acuerdo a la línea oficial del episcopado argentino.
El menemismo trajo consigo, en ATC, a Tito Garabal, el pontífice de los periodistas católicos argentinos. Con su amplia sonrisa eternamente instalada en el rostro, nos anunciaba cada sábado al mediodía las Claves para un mundo mejor a través de la voz y de las imágenes de los obispos, curas, monjas y laicos comprometidos. Me da la impresión que al bueno de Tito le dieron claves falsas, o caducas. El mundo, a su pesar, va de mal en peor.
Y hace ya más de una década que los católicos argentinos nos solazamos semanalmente con Cristo Hoy, un semanario redactado por un equipo de curas y laicos con sede en Tucumán y Mercedes. Los curitas fundadores, con el tiempo, anunciaron que fundarían el Oratorio argentino. Me ilusioné pensando en Old Brompton Street y Knighstbridge, pero cuando vi la foto que publicaron el día de su profesión, en clergyman celeste, me di cuenta que debía ubicarlos en zonas bastante más periféricas.
Cristo Hoy es la sonrisa de Tito Garabal en formato gráfico. ¿Es malo? No. ¿Es bueno? Podría ser mucho mejor. Yo diría que es la expresión en papel del catolicismo medio argentino: mediocre, bobalicón y escasamente inteligente.
Claro, podría ser mucho peor. Pensemos, por ejemplo, que fuera la expresión escrita de Su Eminencia. Además de peligroso para la fe, sería chabacano. En ese sentido, está más cerca del Pocho y de los epíscopos “conservadores pero hasta ahí”. Una especie de juanpablismo anquilosado, que critica con fuerza la moral del mundo contemporáneo pero, a la vez, analiza con un optimismo color de esperanza los acontecimientos que son la expresión de ese mismo mundo. Zonzo, en definitiva.
El último número, por ejemplo, dedica la portada a la nueva constitución húngara, muy buena por cierto para los estándares europeos, porque reconoce explícitamente sus raíces cristianas. La nota de fondo reproduce un texto de una diputada europea que explica la valentía del gobierno de Hungría al votar esa versión cristiana de la constitución. Sin embargo, el título que el redactor de Cristo Hoy eligió es: “La remodelación de Europa comienza por Hungría”. No me voy a detener a pedir algún tipo de evidencia para tal afirmación descabellada. Simplemente, me interesa señalar el optimismo bobo que se esconde detrás. Parecería que el establecimiento del Reino de Dios estaría ya a la mano. Es la esperanza, una vez más, de un “reino en este mundo”, el eterno pedido que los hombres le reclaman al Señor, desde los tiempos de su predicación en Galilea.
Es la misma línea con la que nos instruyó hace algunas semanas el arzobispo Jean-Louis Brugués, secretario para la Educación Católica y, al decir del inefable Sergio Rubin, uno de los “intelectuales católicos más destacados de la actualidad”. Resulta que este monseñor mira con un gran optimismo lo  que el considera la vuelta al cristianismo de las juventudes europeas. Y se basa en el “éxito de las jornadas de la juventud convocadas por el papa”. Es difícil de creer la tamaña sandez en un personaje de su responsabilidad. Que durante tres o cuatro días cada tres años se amuchen uno o dos millones de jóvenes de todo el mundo para cantar, saltar y rezar un poco, además de escuchar al Santo Padre, es un hecho positivo, bueno y que podrá tener eficacia en algunos de los concurrentes. Pero colegir que esa congregación masiva y masificante, implica una vuelta a la fe de la juventud, es un salto desproporcionado y carente de toda lógica. Este afamado intelectual mide a vuelta a la fe de un continente por el número de muchachitos saltando.
Otro tic típico de Cristo Hoy es presentarnos como ejemplos de buenos católicos a católicos famosos que de bueno no tienen más que la fama, y la fortuna. Hace algunas semanas nos enteramos de la profundidad de la fe católica de Martin Sheen, actor hollywoodense protagonista de Apocalipsis now y de El ala oeste de la casa blanca, entre otros filmes. No sólo está contra el aborto sino que también cree en la transubstanciación y en la comunión de los santos. ¡Fantástico! Claro, es verdad que defiende causas liberales y apoya al presidente Obama pero eso se entiende porque pertenece al mundo del cine. Y los escándalos de su hijo Charlie Sheen, también actor, pero drogadicto, alcohólico, mujeriego y fuente de los más variados desórdenes son, para Cristo Hoy apenas unas “correrías” de muchacho. Yo me pregunto si un buen católico puede vivir con conciencia tranquila de Hollywood. No lo sé, y no me interesan las respuestas del Opus Dei, porque no creo en ellas, ni tampoco que me pongan como ejemplo al gran apóstol pasionario Mel Gibson. Quizás alguno pueda zafar, pero publicitarlo y presentarlo como ejemplo, me parece demasiado.
Finalmente, un detalle. Cristo Hoy se preocupa por mantenernos informado de todos los movimientos de la Santa Sede. Por ejemplo, en el último número dedica un buen espacio a anoticiarnos de la disolución de la abadía cisterciense de la Santa Cruz de Jerusalén en Roma. ¡Qué bien!, pero no es muy relevante que digamos para nosotros. Ahora, ¿publicó este mismo semanario alguna noticia, al menos breve, de la Instrucción Universae Ecclesiae? Yo no vi nada. Puede que se me haya pasado, pero un documento de ese tipo, y de ese peso, habría merecido una buena nota de tapa. La buena prensa argentina, a diferencia de los seminarios religiosos de otros países con episcopados serios, guarda ominoso silencio con respecto a la liturgia tradicional. Obedece, claro, directivas y no le interesa el tema.
La buena prensa argentina es tan buena como sus obispos. 


By the way, para quienes les interese, aquí pueden leer un buen comentario de la Instrucción.

jueves, 2 de junio de 2011

Re.:



Me ha parecido conveniente, luego de pedir consejo a algunos amigos, ajustar algunos aspectos del blog, entre ellos, los comentarios. La idea es realizar una moderación cuidadosa, publicando sólo aquellos que realmente aportan a la discusión y, en lo posible, tentar una unificación a fin de que no queden sueltos. Ello significará perder la inmediatez de su publicación, pero vale la pena.
Y así respondo:
1. De acuerdo con Gelfand y algunos más. Como bien decía yo en el post, no todo lo que dice Belloc en estas páginas me gusta. Y considero imposible una religión sin mística y sin deseos de “unión con Dios”. ¿Qué quedaría entonces de la religión si esos elementos se pierden? Pero creo que, como dice El Carlista, Belloc leyó a Santa Teresa y a San Juan de la Cruz y no le gustó. Y está en su derecho. Para ser sincero, a mí tampoco me gustan mucho las imágenes que utiliza Juan de Yepes para su mística: jardines, Amados, lechos nupciales, etc. Ya sé que son las imágenes del Cantar de los Cantares, pero no me gustan. Pero no por eso se me ocurre despreciar o criticar a estos dos grandes de la espiritualidad cristiana.
Y lo mismo dígase de la noche espiritual. No hay théosis o unión con Dios sin pasar antes por esos periodos de noche. Y bien que lo sabía Belloc con todas las que le tocó pasar: desde sus continuos apuros económicos hasta la muerte de su esposa cuando apenas tenía cuarenta años y, poco tiempo después, la de su hijo y dos queridísimos amigos en la Primera Guerra Mundial. Me parece que el rechazo de Belloc es hacia la forma, y hacia España y lo español. Mejor no copio aquí lo que dice sobre nuestra Madre Patria, porque se arma lío.
2. Me desconcierta la capacidad de lectocomprensión de Juancho. Según él, ir a misa solamente el domingo lleva aparejado, necesariamente, “alguna oración, cosmovisión católica, alguito de moral, confesión cuando caemos, y listo”. No sé de dónde saca todo eso, porque de ninguna manera se desprende del post. Es perfectamente posible -se lo aseguro-, ir a misa solamente los domingos y tener una intensa vida de oración y una moral ajustada al estado de vida de cada uno. No me haga decir, entonces, lo que no digo, como tampoco digo que estén mal todas las otras actividades que usted propone. Solamente digo que no son necesarias para ser un buen católico.
3. Otro personaje sorprendente es el Jacobita, a quien le respondo:
a. Usted “cree” que yo respondí lo que dice que respondí. Sinceramente, no me acuerdo haberlo hecho y no encuentro dónde lo hice. Verifique, entonces, su memoria y sus fuentes.
b. Tiene razón. Evelyn Waugh no fue un historiador. Pero era católico, era inglés y era un profundo conocedor del alma inglesa. No me consta que Ud. sea historiador, ni que sea inglés ni que sea un profundo conocer del alma inglesa. Por tanto, si nos mantenemos en el terreno de la opinión, considero más autorizada la de Waugh, hasta que me demuestre lo contrario.
c. Es verdad también lo que dice de los mártires ingleses y de la pertenencia a la Compañía de muchos de ellos. Pero en su argumentación, estimado amigo, comete un elemental error de lógica, pues utiliza un silogismo de cuatro términos. En efecto, usted está suponiendo que la fe en la Isla fue “mantenida” por esos sacerdotes. En realidad, la fe fue mantenida por los fieles ingleses ayudados, sin duda, por los sacerdotes. Su visión es claramente clerical. “Para mantener la fe son necesarios los sacerdotes”, pareciera ser la afirmación sobre la que basa su argumento. Pero el cardenal Newman demostró hace ya mucho tiempo su falsedad con su librito Acerca de la consulta a los fieles en cuestiones de doctrinas. Allí podrá leer casos en los que la fe fue mantenida por los laicos a pesar de los sacerdotes y los obispos.
d. Junto al testimonio de mi admirado Ronnie Knox podría citarle muchos más sobre la excelencia de la vida parroquial. En el fondo, creo que se esconde la realidad de la dimensión comunitaria del cristianismo y de la salvación. Pero como Ud. bien dice, Knox habla de una situación ideal que hoy raramente se da. Las parroquias se han convertido en comunidades de cualquier cosa, y muchos curas se solazan en poseer un buen círculo de obsecuentes, de dominados y de empleadas domésticas sin salario. Mi reacción es a esa realidad.
5. Quizás sea demasiada sutiliza o me expresé mal. El anticlericalismo que propongo no es, por cierto, el anticlericalismo decimonónico, y la idea no es apedrear a cuanto cura veamos por la calle -aunque ahora nos resultaría difícil distinguirlo-, o morderle la mano al cura que nos da la absolución, como dice el Jacobita. Mi crítica es al clericalismo que se considera dueño de la religión y de la fe, y que la mide la religiosidad y la fe de los fieles por su adhesión a los clérigos. Sobre la necesidad del sacerdote como dispensador de la gracia y como compañía -y no dirección- espiritual, no hay duda alguna. Y, es más, reivindico el tener amigos que sean sacerdotes, aunque no me resultaría simpático tener sacerdotes amigos.

miércoles, 1 de junio de 2011

Caveant sacerdotes!



“¡Guarda con los curas!”. Así podría traducirse el título de este post. Y aunque parezca wanderiana, la expresión no es mía, sino de Hillaire Belloc. Me puse a leer hace algunas semanas su biografía escrita por Robert Speaight, una obra excelente y recomendable, ya que lo conoció personalmente y, además, su trabajo estuvo “supervisado” por Ronald Knox y Mrs. Asquith, dos grandes amigos del gran Hilario.
El libro trae algunas páginas memorables y aquí he traducido un par de ellas porque me parecen interesantes para discutir. No sé si estoy de acuerdo en todo lo que decía y pensaba Belloc, pero ciertamente provoca la reflexión. Y empiezo con algunas:
1. Como decía Evelyn Waugh, el catolicismo inglés no vivió la Contrareforma, y eso hace una diferencia. Se trata de una religiosidad que conservó características medievales, que se perdieron durante el periodo contrareformista, enturbiándose de esa manera algunos aspectos de la práctica de la fe. Por ejemplo, es un catolicismo más libre, o desprendido, de “magisterios paralelos” a los que nosotros somos tan afines. Así, Belloc no tendrá reparos en decir que no le gusta la espiritualidad de Santa Teresa y San Juan de la Cruz, algo que, dicho en grupos católicos argentinos, puede valer una dura condena de ostracismo. Nos parece, en efecto, que necesariamente la espiritualidad de estos dos grandes santos es parte integrante de la espiritualidad cristiana y, por tanto, ineludible. Y sabemos que no es así.
2. La religión que propone Belloc es una religión desclericalizada, en la que los sacerdotes ocupan el lugar que les corresponde: dispensadores de la gracia de Dios a través de los sacramentos. En nuestro caso, muchas veces se observa una malsana “clerigodependencia”, en la que algunos sacerdotes pretenden ocupar el papel de dueños de la religión y, consecuentemente, en la que el grado de religiosidad del laico se medirá por su nivel de adhesión a los ellos. Y así, un buen cristiano es el que pertenece a grupos parroquiales, colabora con la feria de platos de los domingos, pone a disposición su camioneta para trasladar a los jóvenes de la parroquia y hace de guía en la misa. En cambio, quien “sólo” va a misa los domingos y luego desaparece de la “vida comunitaria parroquial”, es apenas un cristiano de misa dominical, es decir, cristiano a medias, es decir, sospechoso. El problema de todo esto, es que una religiosidad concebida de este modo crea un real problema de conciencia en los laicos -Dios se los pagará-, capaces de sacrificar lo insacrificable para satisfacer al cura.
Y ahora, el texto de Speaight:

Es extraño de que, a pesar de su nostalgia por el Paraíso, que lo llenaba de humilde esperanza y también de la melancolía propia de un affaire amoroso, haya tenido tan poca comprensión del misticismo. Ciertamente, aceptaba las experiencias místicas garantizadas por la autoridad de la Iglesia, pero le parecían peligrosas, anormales y, por lo general, inapropiadas para el hombre. En una de sus visitas a España, le habían recomendado que estudiara a El Greco, porque era “el pintor de lo sobrenatural” pero, al hacerlo, consideró que este pintor era un “lunático repulsivo”. En otra ocasión, le aconsejaron que leyera un ensayo sobre San Juan de la Cruz, pero “encontré todo el tema repulsivo. No digo -no soy tan estúpido para hacerlo- que sea falso. Pero digo que yo no fui hecho para entender esta cuestión de la “unión con Dios”, y me refiero a Santa Teresa y al resto. No sé de qué se trata y la descripción de la soledad y el desprendimiento, la ‘necesidad de la noche del alma’, me disgusta tanto como la música de Wagner o el cordero hervido. Es bueno para los demás, pero no para mí. Estoy tan hecho para eso como lo está un elefante para el caviar, o un perro para la ironía” (Carta a Mrs. Raymond Asquith, 23 de febrero de 1927).
Cuando su hijo Peter cumplió quince años, le dijo que creía que tenía vocación para la vida religiosa y que le gustaría entrar en el noviciado de un monasterio benedictino. Belloc le respondió inmediatamente: “Sacate esa idea de la cabeza. No estás hecho para eso. Ningún Belloc puede hacer esa clase de cosas”. En realidad, esto no era del todo cierto, puesto que dos de sus nietos son ahora miembros de órdenes religiosas.
La práctica religiosa de Belloc era simple y de costumbre. Asistía, cuando podía, a misa, pero confesaba que el “hábito moderno de la comunión frecuente para los laicos había llegado muy tarde para convencerlo”. Le gustaba recordar cada una de sus comuniones y asociarlas con lugares particulares, con la capilla de King’s Land [su casa en la campaña inglesa] y las tarjetas del obituario de Elodie y Louis [su esposa y su hijo] pegadas en la pared, o con la capilla que lady Phipps había hecho construir en su casa de West Stowell entre las colinas de Wiltshire. Siempre llevaba un rosario que había pertenecido a su esposa, y un día casi desespera de angustia en medio de Holborn porque pensó que lo había perdido. Si quería algo para sí o para un amigo, encendía una vela delante de la imagen de un santo, como un niño o como el más humilde los fieles. Tenía poco sentido de la liturgia, y bastaba que un sacerdote tomara más de veinte minutos para decir la misa, para que fuese sospechoso de modernismo. Nunca leyó “libros espirituales”, pero los pasajes esenciales de la Escritura les eran familiares a partir de su misal. No los leía en otra parte. No hay evidencia de que hubiese hecho algún retiro espiritual desde que dejó el colegio del Oratorio, y una visita que hizo a la cartuja de Parkminster fue suficiente para reavivar en él el anticlericalismo de su juventud. Ciertamente, “no estaba hecho para esas cosas”.
En la iglesia se conducía con una completa falta de conciencia. Una iglesia católica, así fuera Notre Dame o un galpón de latas, era un lugar en el que siempre se sentía en casa, y “en casa” en el sentido preciso de la expresión. Nada, en efecto, le impedía decir lo que se le viniera a la cabeza. En una ocasión, en Great Grinsted, interrumpió en voz alta al sacerdote que había comenzado a dar los avisos parroquiales durante la misa para preguntarle qué domingo después de Pentecostés era aquél. Cuando su ahijado Reginald Jebb estaba en medio de su ceremonia de recepción en la Iglesia, recitando el Credo en latín, Belloc golpeó al P. Vincent McNabb em la espalda y le preguntó: “Discúlpeme padre, pero ¿habrá un teléfono en la sacristía?”. Otra vez, asistía a la boda de dos amigos temprano en la mañana. En medio de la ceremonia, los recién casados escucharon que Belloc le decía en voz alta su familia: “Hijos, un día como este, en 1066, Guillermo de Normandía desembarcó en Hastings. El viento soplaba en dirección sudoeste…”. Y se narra con frecuencia la anécdota que cuenta que Belloc, estando un día escuchando misa de pie en el fondo de la Iglesia, fue invitado por el sacristán a sentarse. El pobre hombre trató de persuadirlo tres veces hasta que, finalmente, Belloc explotó: “Váyase al infierno”. “Perdón señor” -respondió el hombre-, “no sabía que Ud. era católico”.
En una ocasión en que Belloc había sido atacado en el The Tablet [el semanario oficial católico de Londres], escribió a un amigo: “Últimamente estoy hasta la coronilla de los curas. Me gusta estar cerca de ellos porque eso me ayuda a entender muy bien el anticlericalismo. Me han estado pidiendo que dé conferencias gratuitamente por las que, usualmente, cobro 15 o 20 libras y, al mismo tiempo, me tratan con desprecio, una cosa que no olvido. Caveant sacerdotes” (Carta a E.S.P. Haynes, del 9 de noviembre de 1909).
Cuando estaba entre católicos, le gustaba escandalizar infringiendo algunas reglas. Si bien nunca dejó de cumplir con el propósito de abstenerse de bebidas alcohólicas durante la cuaresma -una imposición heroica-, en una ocasión, al bajar a desayunar un día viernes en una casa de campo, preguntó: “¿Todos son católicos aquí?” y, al recibir una respuesta afirmativa, dijo: “Muy bien. Me voy a servir entonces una buena rodaja de jamón”.