Publico una entrevista realizada al novelista alemán
Martin Mosebach gentilmente traducida por Jack Tollers.
La idea no es presentarlo como un "ejemplo", al estilo Cristo Hoy, sino simplemente admirar la claridad de este tedesco wanderiano. Más claridad, por cierto, que la de cualquier obispo argentino.
Reportaje a Martin Mosebach
(publicado en la revista alemana “Sueddeutsche
Zeitung Magazin”, el 16 de mayo de 2010).
Herr Mosebach, ¿al presente siente menos agrado que antes por ser
católico?
Sin duda, pero al mismo tiempo me ha sido maravillosamente confirmado
en las últimas semanas mi persuasión de que no hay alternativa a la Iglesia.
¿Usted sufre con o por su Iglesia?
Sufro con ella. Resulta doloroso contemplar a una Iglesia que tiene por
misión actualizar la presencia de Cristo, convertirse en moralmente sospechosa.
Casi suena como si se tratara de una injusticia hacia una institución
inocente…
No entiendo porque siempre se limita la Iglesia a unos tipos que usan
medias violetas y que están en el Vaticano, de acuerdo al dicho “Allí está la
Iglesia y más acá la gente”. La Iglesia se ve representada por todos los
bautizados. Y en general, bastante mal representada por cada uno de los pobres
bautizados.
Pero da la impresión de que quiere escaparle a la cuestión de los
errores del Vaticano.
De ningún modo. La pena principal de todo cristiano es comprobar que
uno es un mal cristiano. Las falencias de las instituciones de la Iglesia
empalidecen ante esto.
No para sus víctimas. ¿También sufre con ellas?
¿Qué clase de pregunta es esa? Cualquier humano de sentimientos
experimenta compasión cuando se topa con la víctima de un crimen.
Y con todo, la Iglesia institucional permitió abusos sexuales para
luego encubrirlos.
Desde luego que la Iglesia no permitió semejante cosa. Otra cosa es que
haya sacerdotes que rompieron sus votos y la traicionaron. La Iglesia misma es víctima de los
abusos.
¿Y qué con la escuela de San Pedro Canisio y el Monasterio de Ettal?
Usted apunta al encubrimiento y silenciamiento de crímenes. Después del
Vaticano II, la Iglesia se ha creado una imagen de sí misma ya no basada sobre
las nociones de pecado y culpa, sino de perdón, tolerancia y misericordia. Lo
trágico pues es que se generó así un humor, un contexto, en que los tales
crímenes no se tomaron lo suficientemente en serio.
Klaus Mertes, el sacerdote jesuita y Rector de la Escuela de San Pedro
Canisio, habló de “un sabor católico en los casos de abuso sexual”.
Mala cosa para decir. Después de todo, el cristianismo es el que
introdujo la noción misma de proteger a los niños, contra las costumbres
paganas de casi todas las culturas del mundo. Jesús habló del hecho de que cada
niño tiene un ángel que está en la presencia de Dios. Y que cualquiera que
abusara de un chico merecería que se le ate una rueda de molino al cuello y ser
hundido. Esta es la razón de que los casos de abuso constituyan una catástrofe
tan señalada para la Iglesia: una de sus principales incumbencias ha sido
burlada.
Y sin embargo la Iglesia se ha ocupado mucho más de los perpetradores
que de sus víctimas.
Y es porque las víctimas, hablando espiritualmente, corren mucho menos
peligro. Son los perpetradores los que están en peligro de perder sus almas.
Jesús dijo que había venido como un médico para los enfermos, no para los
sanos.
Semejante lógica debe de sonarles cínica a las víctimas.
No si han entendido la lógica de Jesús. A punto de morir, la niña de
doce años, María Goretti perdonó a su violador y asesino. Por supuesto que eso
no quiere decir que con eso se suprime el castigo. Siempre la Iglesia tiene que lograr lo
imposible. Siempre es paradójica. Debe ser justa y misericordiosa a la misma
vez.
Parece una juglaría imposible.
Y sin embargo, en eso, en su exigencia sobrehumana, radica la grandeza
de la Iglesia. Ya a comienzos del siglo XIX Friedrich Schleger escribió que el
Islam es una religión con la que se puede cumplir plenamente, mientras que el
cristianismo no puede realizarse del todo nunca y muchas veces se pone de
manifiesto contrariando las intenciones de su Fundador. Pero precisamente en esto reside la fuerza
del cristianismo.
¿No es un caso de hipocresía esto de derivar legitimidad de una
inevitable deficiencia?
No. Desplegar super-exigencias como cuestión de principios impide la
trivialización del cristianismo. Aquello que puede realizarse es trivial. El
espíritu humano se debilita si no se fija metas inalcanzables.
El celibato también está siendo cuestionado por muchos sacerdotes.
Antes del Concilio Vaticano II el sacerdote disponía de un corsé y un
sostén―tanto espiritual cuanto físico―que le recordaba todos los días que era
un homo excitatus a Deo: un hombre llamado por Dios. Usaba una sotana
con 33 botones o un traje negro con un collar rígido. Decía misa y rezaba el
breviario todos los días. Nunca era un sujeto privado, sino que se encontraba
ajustadamente integrado a un orden y a una obediencia. Esto es lo que
mayormente ha desaparecido en la Iglesia moderna. Hoy en día muchos sacerdotes
se toman vacaciones, disponen de días francos en que no cumplen con la liturgia
y poseen un moderno departamento con un aparato reproductor de CD y un plasma
de alta definición.
¿Les reprocha eso?
De ningún modo. Pueden tener lo que quieran. Con todo, esta libertad les torna mucho
más difícil y duro vivir de conformidad con las exigencias de su oficio. El sacerdote representa a
Jesucristo. ¿Cómo podría triunfar si resulta absorbido por
la sociedad secular?
¿No sería una evidencia de incapacidad para la fe, si una cierta medida
de libertad enseguida le abre el camino al pecado?
Resulta evidencia de esa incapacidad pero nos afecta a todos. Si hay
reglas que podemos infringir, las infringimos: eso dice la experiencia
antropológica. Yo admiro sin reservas a cada hombre que quiere ser sacerdotes. Para
él no hay vuelta atrás, a diferencia del matrimonio que también puede fallar. El
sacerdote puede ser infiel a sus votos, pero eso sólo empeora su situación. En
semejante caso carga con un peso del que nunca podrá librarse.
Hay gente sinceramente piadosa que también está a favor del
relajamiento del celibato. ¿Qué es lo que no entienden?
Desde un punto de vista político sería una catástrofe si, por debilidad
o por miedo, la Iglesia fuera a echar por la borda sus principios, justo en
este momento, por la presión de los medios. Si la Iglesia, contrariando su
tradición, quisiese convertir al celibato en una cuestión opcional, sólo lo
podría hacer desde una posición de fuerza. De otro modo, todos los diques
cederían. Algunos sacerdotes y fieles no acompañarían la cosa y podría haber un
cisma muy serio.
Bueno, exactamente eso viene pasando desde hace bastante tiempo. Las
estimaciones indican que un 40% de los sacerdotes no predican el celibato.
Las reglas no se anulan porque resultan difíciles de cumplir. Resulta
difícil adherir al celibato, pero detrás de eso hay una meta elevada. Los
sacerdotes deberían redescubrir el viejo sentido del celibato en un medio de
renovación ascética. No como una restricción, sino como una precondición para
una vida religiosa que por definición es radicalmente antiburguesa.
La Iglesia protestante tiene mujeres pastoras. En la Biblia, las
mujeres aparecen en compañía de Jesús, como cosa natural.
Y sin embargo, incluso en las más primitivas comunidades no hubo nunca
sacerdotistas. ¿De dónde este clericalismo de creer que sólo un sacerdote puede
ser un cristiano completo? El ministerio no nos hace mejores cristianos. El
ministerio está al servicio de la comunidad.
No todos los obispos ven las cosas de esa manera.
Pues entonces, ven las cosas mal―y lo saben. El Papa ostenta el título
de “Siervo de entre los siervos de Dios”. Este Papa en particular, nunca lo olvida.
Margot Kaessmann, la presidente de
la Iglesia Luterana, renunció porque manejó un automóvil en estado de ebriedad.
Desde entonces el público la ha erigido en ejemplo moral. ¿Con razón?
Agradecería no tener que hacer comentarios
sobre eso.
¿Por qué?
Porque cómo el protestantismo se maneja en cuestiones morales como esa,
no me incumbe. Todo el asunto terminó en farsa y a uno sólo lo mueve a risa.
En las últimas semanas se ha oído a menudo referencias al “grupo de
decrépitos ancianos en Roma”. Es lo mismo que pasa en el mundo de los negocios.
¿Acaso las
mujeres no podrían ejercer una función moderadora?
Ya desde hace bastante tiempo que contamos con mujeres en posiciones de
liderazgo y no encuentro que el nivel de intriga política, concupiscencia de
poder o general brutalidad, hayan disminuido. Piense en Margaret Thatcher,
Golda Meir, Indira Gandhi o Angela Merkel. Todas ellas han librado guerras con muchos
muertos.
Pero a lo mejor podrían compensar por las apariencias conspirativas de
las organizaciones fraternas del Vaticano.
Este reproche a los viejos de Roma es casi tan antiguo como la propia
Iglesia Y de a ratos seguramente algo hay en las acusaciones. El problema no
está en los hombres, sino en la institución en sí misma. Las instituciones son
cosas benéficas y terribles a la vez. Y eso resulta especialmente cierto cuando
referido a algo tan grande y serio como la Iglesia que contempla con un ojo a
Dios y con el otro al hombre todo, mientras simultáneamente tiene presente un
mensaje que excede cualquier medida humana. A nadie se le ocurrió algo mejor
que una institución para conducir a la Iglesia a través de los milenios.
¿Pero puede uno dirigir una institución contra sus propios miembros?
Eso no ocurre en absoluto. Las críticas dirigidas al Papa proceden de
la fracasada Iglesia del aggioramento―esto es, de parte de la Iglesia
conformista y secularizada. Déjeme que le diga una cosa: no todos los católicos
son editores del Sueddeutsche Zeitung. La primera misión de la Iglesia
consiste precisamente en pasar el evangelio a través de las generaciones. Sólo
una institución puede hacer eso, de “pasar” el mensaje. “Les he entregado lo
que recibí” dice San Pablo, referido a la Eucaristía. La Iglesia institucional
con San Pedro en Roma es la cruz con la que debe cargar la Iglesia Católica a
lo largo de la historia. Pero sin la cruz,
habría dejado de existir. Su camino necesariamente ha de ser el camino
de la cruz.
Todo el mundo, a excepción suya, está criticando al Papa.
No, al contrario, admiro al Papa. Tiene la misión más difícil de todas:
terminar con la decadencia dentro de la Iglesia, sin dar órdenes ni dictados, y
restaurar una nueva armonía. Los medios tienen una fijación con los fracasos
alegados. Eso puede interesarle a un editor periodístico, no al Papa. Un Papa
no debe interesarse en tales agitaciones. No le interesan las últimas noticias,
las sensaciones o los escándalos. Su incumbencia consiste en plantar con
paciencia infinita un árbol cuyos frutos él mismo nunca verá.
Muchos dicen que le falta cintura política y que es ingenuo.
Juan Pablo la tenía más fácil Tenía un oponente claro: el régimen
comunista. La sociedad consumista libertaria, con sus tendencias de un
totalitarismo social, constituye un enemigo mucho más difícil. Por lo demás, el
Papa Benedicto tiene que pensar en todos los cristianos del mundo entero. En
China, por ejemplo, donde ahora mismo una titánica tarea de reconciliación está
en curso: la eliminación de la división entre la Iglesia controlada por los
maoistas y la Iglesia subterránea de los mártires. Se trata de una prueba de
fortaleza para ambos contendientes. Siempre pensamos que Alemania es el ombligo
del mundo―y no es así.
Una cosa que nos sorprendió cuando preparamos este reportaje fue
descubrir que su padre fue protestante.
Es cierto. Siempre fue un tipo muy anticonformista y siempre me alentó
a permanecer independiente y a pensar por mí mismo. A lo mejor es una especie
de elemento protestante dentro mío, pero sería un protestantismo invertido. Lutero
apuntó a una institución poderosa; yo pido que vuelva la institucionalidad a
una Iglesia desdibujada.
Los críticos lo consideran como un reaccionario. Uno podría llamarlo un
individualista radical. Después de todo, usted pide como particular que regresa
la institución y paradójicamente aboga por la individualización de la religión.
Los insatisfechos con la Iglesia deformada ya no son tan pocos. No
deberíamos cometer el error de creer que nuestro tiempo es el tiempo final y el
único válido. La única certeza que existe es que todas las circunstancias se
verán radicalmente modificadas. Por eso es tan peligroso disponer sólo del
presente para considerar a la Iglesia. Incluso me animo a decir que lo que
desagrada especialmente al presente es lo que más futuro tiene…
Usted adhiere a la misa tridentina. ¿Se acuerdo de su primera misa
según el rito antiguo?
La celebraba un sacerdote en Hattenheim, un feo suburbio de Frankfurt, en
un lugar húmedo y desolado. El sacerdote era el Padre Hans Milch, un poderoso orador
desde el púlpito, un hombre salvaje, ruidoso y excéntrico. Había sido jubilado
por el obispo y se construyó una casucha para su misión en este horrible barrio
de Hattenheim. En los días que corren se sospecha con facilidad a los
defensores del viejo rito como “esteticistas”. Pero en aquel entorno tan remoto
de toda belleza, aprendí que la liturgia se construye su propia catedral.
¿Se refiere al Padre Milch que simpatizaba con la FSSPX?
Milch tenía rasgos geniales, pero era demasiado expresivo para mi
gusto. Sus sermones
rompían la armonía de la liturgia.
¿Y el contenido de aquellos sermones lo tenía sin cuidado?
Siempre el culto es mucho más importante que cualquier sermón, por
talentoso que sea quien lo pronuncia. La objetividad del culto es la cosa más
grande y más importante y que más necesita nuestro tiempo. El rito antiguo
constituye el tesoro más grande de la Iglesia, es su kit de emergencias, su
arca de Noé.
Este fin de semana se celebra la convención ecuménica de las iglesias
en Munich: ¿asistirá?
Por cierto que no. Si hay algo de lo que puedo prescindir es tener que
toparme con gente feliz con cara de miembros de una secta. Esto es el Reichsparteitag de la cristiandad
organizada ¡horrible!
¿Qué tiene de tan horrible?
La idea misma―como una revista militar. El ecumenismo sentimental. La sensación del
“nosotros”. Lo que cuenta en religión es la relación
individual y personal con Dios. Encuentro terrible esto de dejarse llevar por
las muchedumbres. La tradición litúrgica alienta un espíritu sobrio, casi
reservado. No sirve como un masaje del alma.
¿A qué se refiere con “masaje del alma”?
Me refiero a que la Iglesia no tiene nada que ver con un “spa”. El
cristianismo no se consume fácilmente. Al contrario, la religión halla al
hombre como algo enteramente extraño, como al “totalmente otro”. Lo desafía a
que deje su lugar y se ponga a explorar su extrañeza y profundidad. Al
principio la religión por necesidad tiene que actuar sobre el hombre como una
cosa extraña y difícil. Las terribles simplificaciones conducen a grandes
ilusiones y finalmente a una gran resaca.
¿Siempre tiene que tener planes contrarios al espíritu de la época?
Es su posesión más preciosa. La Iglesia siempre es un contra-sociedad. Siempre
es una grieta en la pared del presente total. Eso me ata a la Iglesia y me la
torna necesaria hasta el día de mi muerte.
¿Qué le pasa si pasan dos o tres semanas y no asiste a misa?
Entonces sé que estoy viviendo mal.
¿Qué le pasa entonces?
¿Qué me pasa? Me pasa que no me he unido a este ícono objetivo. Que,
por una vez, no he dado de lado conmigo mismo para entrar en el hechizo de la
realidad, ingresado a un mundo que no funciona según mis propias leyes.
By kind permission of Martin
Mosebach