Los
católicos argentinos tenemos dos frentes de batalla. Uno político y otro
eclesial.
El político
radica en el huracán Kristina - junto al cual el Katrina es un poroto-, que se
apresta a llegar a nuestras costas el domingo próximo. Muchos dirán con razón
que peor sería que ganarán Alfonsín o Binner. O Clarín. O el poder
internacional del dinero. Es verdad. Pero el aluvión ideológico que caerá de
manos de la patota kristinista será duro y difícil de soportar.
Sobre el
frente eclesial es suficiente ver el video de la misa del niños del sábado
pasado para darnos cuenta una vez más del estado en que se encuentra la Iglesia
argentina. Y, en este caso, no sé si hay cosas peores que lo que tenemos. Los
obispos porteños haciendo palmas entre payasos y marionetas es imagen de por sí
elocuente. Y solución posible definitivamente no hay. Ni el Pocho ni Petrus en
la sede primada serían capaces de cambiar algo. La única salida, como dice un
amigo, es el avión sanitario: que la aeronave que transporta a todos los
obispos argentinos a la visita ad limina
en Roma se cayera en medio del océano. Quizás al barajar y dar de nuevo, la
cosa podría mejorar.
Y, cuando me
encuentro en situaciones de abatimiento humano como esta, no hay mejor lugar de
consuelo que las palabras de consuelo que el mismo Cristo le dirigió a sus
apóstoles cuando pasaban por un estado similar: el Sermón de la Cena según lo
relata San Juan. Releyéndolo, encontré una frase en la que no había reparado y
que me parece luminosa y enigmática. Aquí hago un breve comentario de la parte
luminosa y dejo a los lectores, curas y monjes en particular, que me ayuden a
resolver la enigmática.
El texto se
encuentra en Juan 16, 22 y dice: “Vosotros ahora tenéis tristeza, pero os veré
nuevamente y se alegrará vuestro corazón”. Mi duda es acerca de qué significa
ese vernos nuevamente. La palabra que
utiliza ele evangelista es ojyomai, que viene de ojravw y que es ver, en
el sentido más simple del término. Por cierto, la referencia inmediata que
realiza el Señor es acerca de que verá a sus apóstoles luego de la resurrección
y éstos, naturalmente, se alegrarán. Pero ¿y nosotros? ¿cuándo nos verá?
¿Cuándo esa mirada se posará sobre nosotros para que nos llene de alegría?
Lightfoot, en su comentario a
Juan, da una explicación interesante pero, me parece, demasiado terrena. Dice
que esa nueva mirada hace referencia a que, una vez resucitado Jesús, los
apóstoles dejarán de lado la imagen secular que de Él posee y adquirirán la
visión adecuada del Mesías y, por eso mismo, se alegrarán. Es decir, la alegría
vendría por descubrir al verdadero Jesús.
Santo Tomás reporta en la Catena aurea el comentario a este texto
de Alcuino y de San Agustín. El primero indica que Jesús quiere decir que nos
unirá a Él, y el segundo hace referencia a ese fin fuera del cual no hay
alegría alguna, y que es la contemplación de Dios. En ambos casos, la mirada se
daría en la eternidad. Por tanto, el “estar tristes” de los apóstoles es
equivalente a nuestro “estar tristes” a lo largo de esta vida, y la “mirada
nueva” del Señor que recibieron ellos luego de la resurrección, la recibiremos
nosotros luego de nuestra vida terrenal.
La cosa es que yo no quiero
esperar tanto -aunque no sé cuán “tanto” será la espera- y quisiera que esa mirada pudiera anticiparse en esta vida.
Bouyer, en su Le quatrième évangile, la relaciona la
mirada con la promesa del Paráclito. Dice: “(esa mirada) en el contexto, hace
alusión netamente a las apariciones. Pero Jesús la considera aquí en su
relación con la efusión del Espíritu, y la alegría de sus discípulos no será
solamente la de la reunión luego de la separación, sino el gozo perenne
derramado en los corazones por el Paráclito”.
Según esta interpretación,
entonces, la nueva mirada de Jesús se confundiría con la efusión del Espíritu
que recibieron los apóstoles el día de Pentecostés, y nosotros en nuestro
bautismo. Jesús ya nos habría mirado nuevamente y estaría en nosotros redescubrir
esa mirada para llenarlos de la alegría prometida.
En otros términos, la mirada portada por el Paráclito debería
provocar en nosotros el alejamiento, o el elevarnos, sobre las preocupaciones y
los “frentes” abiertos en este mundo para concentrarnos en lo que “lo único
importante” y el único Reino por el que vale la pena preocuparse.
Por cierto, seré acusado una vez
más de quietista. No importa. Me importa sí recibir algún comentario esclarecedor
de los que saben.







