Leí el último sábado un interesante escrito del Dr. Aníbal D’Angelo
Rodriguez que pueden bajar desde aquí.
El autor propone una periodización histórica del último siglo y medio en la que
muestra el avance ya incontenible de los enemigos de Cristo, y la aceleración
de la persecución en la última década. Los orcos están a las puertas. Finaliza
el texto con estas palabras: “Tal como las cosas se presentan, sería necio
imaginarse que este enemigo poliforme, que ya ha probado nuestra sangre, va a
detenerse en algún punto antes de cobrarse la vida de los últimos cristianos”.
En una primera lectura pareciera que la expresión “últimos
cristianos” es un poco exagerada. En la actualidad, se contabilizan más de mil
millones en todo el mundo. Le resultaría harto difícil al Enemigo cobrarse la
vida de tantos. Sin embargo, en una lectura más atenta, salta a la vista que
estos últimos cristianos “no son
todos los que están”. En el Antiguo Testamento son significativas las palabras
que Yavé dirige a Elías: “Me he reservado siete mil hombres en Israel: todas
las rodillas que no se doblaron ante Baal y todas las bocas que no lo besaron”
(I Re. 19.18). Todo el resto del pueblo elegido, aún siendo y llamándose
israelitas, habían traicionado a su Dios y no eran dignos de ese nombre. Sólo
un puñado permanecía fiel.
Es una imagen que bien refleja el concepto de últimos cristianos que emplea el Dr. D’Angelo
Rodríguez. Porque, si miramos la situación en nuestro país, casi todos los que
ya fueron ganados y forman parte de las filas de los orcos, son cristianos. Pero
pareciera que no son del grupo de los siete mil, porque doblaron su rodilla
ante Baal.
Pero aquí entra un punto que me asusta: el creerse parte del
pequeño grupo de los elegidos. Porque, guste o no a los jerarcas actuales de la
Iglesia, se salvarán solamente los elegidos, aquellos que fueron predestinados
a la gloria. Y sobre esto no hay duda alguna: lean la Escritura, particularmente
a San Pablo, y verán que la salvación no es masiva ni popular. Ahora, ¿qué es
lo que hace ser a una persona parte de los elegidos, o parte de los siete mil?
La respuesta bordea una tentación es muy fuerte porque somos
muy propensos a necesitar imperiosamente seguridades. Calvino solucionó el tema
afirmando que los elegidos serían aquellos bendecidos por Dios aún en esta vida,
y ya sabemos lo que eso significó: los privilegiados del mundo terminaron
adquiriendo la seguridad de su salvación. Pero Calvino era un hereje. Fuera,
entonces, cualquier relación con semejante personaje. Porque nosotros tenemos
en claro que del grupo de los elegidos forman parte los que están en la
Tradición, es decir, los que van a la Misa tradicional y reciben los “buenos
sacramentos” que imparten en exclusiva los sacerdotes de la FSSPX. Aunque el
vecino estará seguro, en cambio, que es garantía de salvación vivir bajo la
dulce égida de Carlos Buela (últimamente desaparecido) y de su cohorte encarnada;
para otros será pertenecer a la Obra y tener en casa estampitas de Escrivá de
Balanguer con el exagerado prefijo de San; algunos, incluso, aducirán la
pertenencia por su fidelidad, a pesar de todas las calumnias, al pervertido Maciel
Degollado. En fin, cada uno trata de buscar la certeza de la propia salvación
en la pertenencia a determinados grupos y en la ejecución de determinadas
obras.
Pero creo que no es así. San Pablo, en la carta a los
Romanos (11,4), retoma el texto del libro de los Reyes, y lo explica diciendo: “Del
mismo modo, también ahora subsiste un resto elegido por gracia. Y si es por
gracia, ya no lo es por las obras de la ley”. Es bastante claro. No son las
obras de ley, es decir, las afiliaciones y las devociones las que nos garantizan
la pertenencia al grupo de los elegidos. A ese grupo se ingresa solamente por
la gracia de Dios. Y Dios da la gracia a quien quiere y porque quiera. Y la da
en la hora primera, en la sexta y en la nona.
Por eso, mind the gap,
no sea que el sodomita que nos asquea con su presencia, llamado a la última
hora, nos preceda en el Reino de los Cielos, y nosotros desde afuera gritemos: “Señor,
yo recibí todos los domingos “buenos sacramentos”. Y escuchemos las terribles
palabras: “No te conozco”.









