Google te da 1.160.000 hits si buscás “azúcar banana leche”.
De ellos, 975 mil refieren, previsiblemente, al licuado; los 185 mil restantes
(el 16%), a otra cosa. Anoten este último número porque les puede salvar la
vida.
Esta semana, entre Calamaro, D’Elía y el muñequito de trapo
del Che, me convencieron, otra vez, de que se van a terminar cagando a tiros
allá, y va a ser horrible. Cada vez que me pasa reconsidero y vuelvo a una
conversación que tuve hace tiempo –gracias al blog de mi vecino Quintín– con
una chica de La Cámpora que me contaba el cuento de la Juventud Maravillosa. Ya
sabemos que es mentira, pero (pensaba yo) ¿es necesariamente perjudicial?
Suponemos a menudo que la reivindicación de aquella
militancia mesiánica y criminal, pasteurizada ahora y presentada como un
batallón de heroicos idealistas, es peligrosa. Peligrosa en el sentido de
repetir la historia, de que vuelvan a hacer cosas parecidas. Pero si la
pasteurización es efectiva y realmente hay generaciones enteras que se
convencen de que, digamos, Perdía era Mandela, ¿cuál es el riesgo? Porque la
emulación, si la hubiera, estaría condicionada por la ignorancia sobre quién
era Perdía, y sobre la fantasía de que Perdía era Mandela. Por lo tanto,
reivindicarían a Perdía pero actuarían como Mandela. No está tan mal eso. Hay
algo absurdo en este razonamiento, y sin embargo sugiere escenarios muy
verosímiles. Por ejemplo: el costado más humano de la Iglesia Católica (la
ayuda a los pobres, la caridad) sin duda depende de que sus actores crean que
su institución está más cerca de San Francisco de Asís que de Torquemada. Esto
puede no ser cierto, pero produce efectos benéficos. No sé si se entiende:
mientras actúen como Mandela no me importa si reivindican a Hannibal Lecter. Lo
único que me importa es que no actúen como Hannibal Lecter.
Resumiendo: la hipótesis es que la reivindicación de
políticas criminales podría en realidad tener efectos positivos en la medida en
que esas políticas sean transfiguradas por una revisión histórica disparatada
que las presenta como benignas (i.e. Carlotto: “nuestros hijos luchaban por un
país más justo”). Cagate de risa pero tiene sentido, aunque suene ridículo.
Ahora bien, el problema con mi propia hipótesis optimista es el siguiente: las
organizaciones armadas no nacieron de un repollo. Y cuando le pregunté a la
chica de La Cámpora por su formación política, me dijo: “Leemos a Kusch, el
Popol Vuh, Galeano, Mariátegui, Galasso. Después, hablando de revoluciones
burguesas independentistas en América latina leemos el plan de operaciones de
Moreno, Di Meglio, el Facundo de Sarmiento, el Martín Fierro, más Kusch,
Jauretche, Terán. Viñas, Hernández Arregui, Puiggrós, Abelardo Ramos. Películas
de Pino, de Hugo del Carril, de Mariotto. Walsh, Cooke, Perón, Evita. Cosas de
Fidel, de Ramonet, discursos de Cámpora, Perón, Amado Olmos, el gringo Tosco”.
Ninguno nuevo. Y todos los de aquella época. No falta ni
uno, eh. En realidad falta Kadafi y sobra Mariotto, pero tampoco es un enroque
muy tranquilizador. Entonces, si los viejos llegaron a esas conclusiones
leyendo esas cosas, ¿por qué los nuevos no van a llegar a las mismas? Me
quedaría más tranquilo si me dijeran: “confiamos en la visión de la historia de
Felipe Pigna y José Nun”. Porque lo que dicen ellos es cualquier verdura, pero
está por lo menos matizado por la época y por sus propias ambiciones
materiales. Pero cuando me dicen Kusch, Galeano, Galasso, pienso: “otra vez
sopa, es la ruta al desastre”. ¿Por qué no lo sería? ¿Sólo porque el resto del
mundo cambió mucho? Los Beatles cantaron All You Need Is Love por primera vez
en 1967 y 400 millones de personas en 26 países los vieron por la tele. Lo que
pasó después pasó igual.
Banana, azúcar, leche. Esto puede producir cosas distintas,
¿pero cuál es la más probable? Licuado de banana con leche. Ustedes verán qué
hacen con los elementos que tenemos hoy. La probabilidad de zafar es 16%.






