miércoles, 11 de julio de 2012

Licuado de banana

Apareció en Perfil. No me gusta el lenguaje, pero lo que dice su autor - Guillermo Raffo, escritor y cineasta- es bastante cierto:


Google te da 1.160.000 hits si buscás “azúcar banana leche”. De ellos, 975 mil refieren, previsiblemente, al licuado; los 185 mil restantes (el 16%), a otra cosa. Anoten este último número porque les puede salvar la vida.
Esta semana, entre Calamaro, D’Elía y el muñequito de trapo del Che, me convencieron, otra vez, de que se van a terminar cagando a tiros allá, y va a ser horrible. Cada vez que me pasa reconsidero y vuelvo a una conversación que tuve hace tiempo –gracias al blog de mi vecino Quintín– con una chica de La Cámpora que me contaba el cuento de la Juventud Maravillosa. Ya sabemos que es mentira, pero (pensaba yo) ¿es necesariamente perjudicial?
Suponemos a menudo que la reivindicación de aquella militancia mesiánica y criminal, pasteurizada ahora y presentada como un batallón de heroicos idealistas, es peligrosa. Peligrosa en el sentido de repetir la historia, de que vuelvan a hacer cosas parecidas. Pero si la pasteurización es efectiva y realmente hay generaciones enteras que se convencen de que, digamos, Perdía era Mandela, ¿cuál es el riesgo? Porque la emulación, si la hubiera, estaría condicionada por la ignorancia sobre quién era Perdía, y sobre la fantasía de que Perdía era Mandela. Por lo tanto, reivindicarían a Perdía pero actuarían como Mandela. No está tan mal eso. Hay algo absurdo en este razonamiento, y sin embargo sugiere escenarios muy verosímiles. Por ejemplo: el costado más humano de la Iglesia Católica (la ayuda a los pobres, la caridad) sin duda depende de que sus actores crean que su institución está más cerca de San Francisco de Asís que de Torquemada. Esto puede no ser cierto, pero produce efectos benéficos. No sé si se entiende: mientras actúen como Mandela no me importa si reivindican a Hannibal Lecter. Lo único que me importa es que no actúen como Hannibal Lecter.
Resumiendo: la hipótesis es que la reivindicación de políticas criminales podría en realidad tener efectos positivos en la medida en que esas políticas sean transfiguradas por una revisión histórica disparatada que las presenta como benignas (i.e. Carlotto: “nuestros hijos luchaban por un país más justo”). Cagate de risa pero tiene sentido, aunque suene ridículo.
Ahora bien, el problema con mi propia hipótesis optimista es el siguiente: las organizaciones armadas no nacieron de un repollo. Y cuando le pregunté a la chica de La Cámpora por su formación política, me dijo: “Leemos a Kusch, el Popol Vuh, Galeano, Mariátegui, Galasso. Después, hablando de revoluciones burguesas independentistas en América latina leemos el plan de operaciones de Moreno, Di Meglio, el Facundo de Sarmiento, el Martín Fierro, más Kusch, Jauretche, Terán. Viñas, Hernández Arregui, Puiggrós, Abelardo Ramos. Películas de Pino, de Hugo del Carril, de Mariotto. Walsh, Cooke, Perón, Evita. Cosas de Fidel, de Ramonet, discursos de Cámpora, Perón, Amado Olmos, el gringo Tosco”.

Ninguno nuevo. Y todos los de aquella época. No falta ni uno, eh. En realidad falta Kadafi y sobra Mariotto, pero tampoco es un enroque muy tranquilizador. Entonces, si los viejos llegaron a esas conclusiones leyendo esas cosas, ¿por qué los nuevos no van a llegar a las mismas? Me quedaría más tranquilo si me dijeran: “confiamos en la visión de la historia de Felipe Pigna y José Nun”. Porque lo que dicen ellos es cualquier verdura, pero está por lo menos matizado por la época y por sus propias ambiciones materiales. Pero cuando me dicen Kusch, Galeano, Galasso, pienso: “otra vez sopa, es la ruta al desastre”. ¿Por qué no lo sería? ¿Sólo porque el resto del mundo cambió mucho? Los Beatles cantaron All You Need Is Love por primera vez en 1967 y 400 millones de personas en 26 países los vieron por la tele. Lo que pasó después pasó igual.
Banana, azúcar, leche. Esto puede producir cosas distintas, ¿pero cuál es la más probable? Licuado de banana con leche. Ustedes verán qué hacen con los elementos que tenemos hoy. La probabilidad de zafar es 16%.

lunes, 9 de julio de 2012

Paganismo liberal



Algunos días atrás, cuando discutíamos las correrías caribeñas de Fernando y Mariví (la muy descarada que es tapa de Noticias de esta semana), aparecieron dos comentarios que me han dado que pensar.
Uno, de un Anónimo del 30/06, a las 9:50 hs., escribía: “San Juan Bautista, el primer martir (sic) es martir (sic) de la moral , no de la Fé (sic). Jésus (sic) nos da la Fé (sic) para ejercer la moral ( virtud )”
Otro, de un Anónimo del 1 de julio, a las 9:31 hs., que terminaba: “Voy a decir algo más. Creo que hoy la vida religiosa se resuelve en una sola cosa: ayudar a los pobres y a los enfermos. No hay más. O se toma la decisión o hablamos y nos creemos cristianos… o leemos a Santo Tomas y le decimos a los demás como tienen que vivir desde un escritorio”.
Resulta claro que las procedencias ideológicas de los dos comentaristas son bien diversas: el primero, un digno representante del “tradicionalismo” de los ´50 y el segundo, de una progresía culta, estilo Criterio. Sin embargo, la base en la que reposan es la misma, y no sé si llamarla paganismo o liberalismo, o paganismo liberal, a fin de cuentas.
Veamos. Afirmar que la fe nos es dada para ejercer la moral, es una burrada bastante grande que eximiría de comentarios, al menos en este blog. Séneca, o algún otro de los filósofos paganos, podría haber dicho algo semejante: lo importante es ser buenitos y portarse bien. Ser virtuosos para que los dioses nos regalen la contemplación, podría decir Aristóteles. Y no está mal para una sociedad pagana, pero el cristianismo es tutta un´altra cosa. Es un orden radicalmente distinto del orden pagano. Ciertamente, debemos ser virtuosos y portarnos bien, pero esto es apenas un medio, y de los más básicos y elementales, para ascender a los estadios superiores de la fe, en el camino de retorno al Uno. El comentarista ha invertido el orden: la fe es un medio para ser buenos; un instrumento bastante útil para lograr que nos portemos bien, que es el fin. No me digan que no es más que una reformulación para nada sutil del mandato liberal según el cual la religión debe ser apoyada a fin de que ayude a la regulación social, es decir, a conseguir ciudadanos buenos y que hagan demasiado lío. La finalidad de la fe, y de la religión, para nuestro comentarista es ser buenos.
Y para rematarla, lo pone al Bautista como mártir de este paganismo liberal. Que si volviera Juancito le cortaría la cabeza, me parece… Un mártir es un testigo de Cristo. Es decir, alguien que da testimonio de una Persona que nos dejó un mensaje y, en ese mensaje, hay un componente moral. Y así, el mártir es mártir de Cristo, autor del mensaje, no de una parte mezquina de éste, aunque haya sido esa partecita la causa inmediata del martirio. Como si la pobre Santa María Goretti hubiese muerto por la virginidad, como podría haberlo hecho una vestal romana. Ella murió por su fe en Cristo que, en ese momento concreto, se manifestaba en la defensa de su virginidad.
Vayamos al segundo. La vida del cristiano pivotea constantemente en tres virtudes: la Fe, la Esperanza y la Caridad. Sin ellas, no se es cristiano. Y la Caridad, la más importante de todas y que consiste en el amor a Dios, necesariamente debe derramarse en un amor concreto a los demás. Y así, efectivamente, el cristiano debe ayudar al otro y, de entre ellos, a los más débiles y necesitados, en todo sentido. La historia de la Iglesia es una buena muestra de este razonamiento. Podemos decir que esta acción social sobrenaturalizada aparece ex abundantia cordis: porque hay Caridad, hay ayuda a los demás.
Sin embargo, el segundo comentarista, como el primero, invierte los términos: para él, el cristianismo se resuelve en ayudar a los pobres. No hay aquí ni abundancia ni corazón. Lo que hay, es pura acción filantrópica. En otros términos, la religión, y las religiones, son no más que grandes, efectivas y honestas ONG que, con su accionar, contribuyen a lograr una sociedad mejor y más justa. Los gobiernos deberán apoyar entonces a estas antiguas ONG a fin de lograr mejores ciudadanos. Un postulado que sería suscrito por cualquier liberal y, seamos honestos, por muchos -la mayoría- de los obispos argentinos.
En definitiva, no entendieron la esencia del cristianismo. No son religiosos. A lo sumo, son éticos.

sábado, 7 de julio de 2012

martes, 3 de julio de 2012

Obispos carnales


Siguiendo con el tema de los devaneos gastronómicos de Bargalló, recomiendo vivamente la lectura del texto de Antonio Caponnetto en el que claramente marca las íes del problema. Allí utiliza una expresión que me pareció muy acertada y esclarecedora. Sindica a muchos de nuestros obispos, con pruebas a la vista, de “obispos carnales”. Me parece que merece una reflexión.
Muchos de los participantes de este blog -y yo a la cabeza de todos- tendemos en ciertas circunstancias a tirar el agua sucia de la tina con el bebé adentro. Entonces, cuando digo, y decimos, que el Barroco y los siglos posteriores “genitalizaron” la moral e incluso la religión, sin dejar de ser cierto, no por eso debemos desconocer la importancia que tiene para la vida espiritual el cuidado de la genitalidad. Dicho de otro modo, si los santos y maestros del Barroco insistieron en ese aspecto, por algo será, aunque a algunos se les haya ido la mano.
El problema de los pecados de la carne, me parece a mí, es que carnifican, y materializan, al hombre de un modo cada vez más intenso y acelerado. “Nos volvamos, patrón”, le decía el peón al inglés que se adentraba en el pantano siguiendo a la garza herida, nos cuenta Castellani en las Camperas. Pero tanto se metió el inglés, que después no pudo salir, de tan enlodado y pesado que estaba. Es que de la ciénaga, nos saca Dios, o no nos saca nadie, concluye el Cura. Y ahí está el problema. Estoy seguro que a Maccarone, de seminarista o joven sacerdote, jamás se le hubiera ocurrido que terminaría en la abyección en la que terminó. Un abismo llamó a otro abismo y la carne llamó a la carne.
Jack Tollers, en su Catena argéntea, pone el texto de alguien (no recuerdo de quien, y no lo puedo encontrar), en el que dice que el hombre carnal es incapaz de juzgar espiritualmente. Está ciego para las cosas del espíritu. Pienso, entonces, en nuestros obispos carnales. No hay modo que pretendamos que nos hablen de las cosas espirituales. Sus discursos provendrán de la carne y por eso, son diletantes de la sociología y la religión que nos enseñan no trasciende este mundo de materia.
San Alberto Magno, doctor de la Iglesia, enseña que el hombre, en su camino de retorno al Padre, del cual salió, “desmaterializa” a las cosas materiales de este mundo, para arrastrarlas consigo en su regreso a la Unidad. Es decir, el hombre, al ejercer su naturaleza humana, plenificado con la gracia, espiritualiza a la creación. Los obispos carnales -y esto lo digo yo-, son incapaces de desmaterializar o de espiritualizar a los fieles que les fueron dados. Los dejan con ellos en la noche. Para ellos, la noche no ha pasado, como anuncia San Pablo.
Que Dios tenga misericordia de sus almas!

Lectura recomendada: Simone Weil. El Espíritu sopla donde que quiere, de Carlos Baliña. Puede bajarse desde aquí

viernes, 29 de junio de 2012

Ositos cariñosos


Varios amigos del blog me han escrito en los últimos días sugiriéndome que discutiéramos el tema Bargalló. No estaba muy convencido porque, a fin de cuentas, sería abundar en el Perogrullo. Sin embargo, el homenaje público que recibió ayer en su excatedral por parte del Cardenal Primado y de su padrino y sucesor, Casaretto, sumado al cerrado aplauso de sus fieles, me parece que imponen cierta reflexión.
Empecemos por las más fáciles: el hecho demuestra, una vez más -y ya van muchísimas-, que el episcopado argentino es uno de los peores del mundo. Nuestros pastores son obispos -que no ositos- cariñosos, y su cariño no discrimina: bien puede ser una gastronómica cincuentona de zona norte, o un remisero veintiañero y santiagueño, y podríamos agregar varios casos más que la rapidez de reflejos ocultó, pero que muchos conocemos.
Y hay responsables de esta situación y no es, justamente, el Espíritu Santo, y ni siquiera el Papa a quien no podemos pedir que conozca a cada uno de los curas a los que elige obispos. Los responsables son los jerarcas del episcopado argentino, en su momento Primatesta y Aramburu, y hoy Bergoglio. Más de uno sabemos que el pequeñísimo puñado de buenos obispos argentinos salieron por ganadas de mano, por efectos sorpresa, por papeles que se perdieron y otros que se encontraron y por numerosas peregrinaciones a la curia romana. Y si no hubiese sido por ese estos tejes y manejes, ni siquiera tendríamos el consuelo de estos pocos pastores como la gente.
Una segunda reflexión tiene que ver con el meollo de la gravedad del hecho. Una buena página católica publicó, incomprensiblemente, una carta de Bargalló a sus sacerdotes que a todas luces es falsa. No hacía falta recurrir a eso para, pero en fin... En algunos de los comentarios de ese sitio se da por supuesto que lo más grave de la situación es la violación del voto de castidad hecho libremente por el prelado en su momento. Disiento con esa opinión. Casi me animaría a decir que es lo menos grave. Si miramos para atrás, Renacimiento y Edad Media por ejemplo, encontraríamos infinidad de casos similares, o peores. Lo más grave, creo yo, es el escándalo, en el sentido más propio y teológico del término. Más le valdría a Bargalló atarse una piedra de molino a su cuello y arrojarse al mar.
Es que el daño que provocan actitudes de este tipo, no a los paganos ni a los fieles mediocres, sino a los buenos cristianos es enorme. Porque la conclusión que se impone es la siguiente: si este hombre y la Iglesia me piden que lleve una conducta ordenada en mi vida matrimonial, o en mi vida de soltería o en mi vida de célibe, y él, siendo obispo con todo lo que eso implica, se revuelca desde hace meses, o años, con una “amiga de la infancia”, ¿por qué tengo yo que seguir peleándola día a día? La primera respuesta será: “Bargalló en un hombre de la Iglesia, pero no toda la Iglesia”. Sin embargo, digo yo, ayer el cardenal primado afirma públicamente que el fornicario y adulterino obispo fue un gran hombre con un fuerte compromiso con los pobres lo cual le valió ser perseguido políticamente y de allí, entonces, que aparecieran las malditas fotos. Es decir, lo que Bergoglio nos dice es que no importa mucho, más bien poco si es que algo importa, lo que hagas en tu “vida privada” -expresión que los mismos obispos utilizaron para referirse al affaire Maccarone- sino lo que hagas por los demás. Y yo me pregunto entonces dónde quedó la fe. Porque el cristianismo es lo que es, o es un chiste. O todo, o nada.
¡Cuántos adolescentes, jóvenes y adultos corren a confesarse con profundo dolor luego de que por debilidad cometen algún pecado contra el sexto mandamiento, y este pajarón que viste mitra, se da el lujo de “mantener una relación sentimental” -fueron sus palabras- durante años y celebrando, al mismo tiempo los sagrados misterios en pecado mortal! ¿Dónde está la fe?
Hay una objeción que bien podría hacerse y para la cual tengo una respuesta débil. A ver si entre todos encontramos una mejor: Si lo más grave de la situación es el escándalo y el daño que con él se causa a los fieles, ¿por qué, aparentemente al menos, no ocurría lo mismo durante la Edad Media y el Renacimiento, cuando los casos de obispos cariñosos eran mucho más frecuentes? Lo más fácil sería decir que el daño se producía igual, y creo que es verdad, pero no al nivel actual. Me parece que en la actualidad se intensifican los efectos del escándalo debido a que la religión terminó siendo, en muchos casos, un código de comportamiento moral, centrado principalmente en el sexto mandamiento. Es decir, se moralizó la religión. Y así, cuando las faltas son contra la moral, aparecen como más graves y son más dañinas. Así como en la Edad Media causaba más desazón un obispo que cuestionara el verdadero carácter de la filiación divina que el que tenía una querida, hoy sucede lo contrario.
En fin, es para pensarlo.

Aviso: Nuestro amigo Jack Tollers acaba de publicar la traducción inglesa de "Cristo y los fariseos". Pueden bajarla desde aquí.

miércoles, 13 de junio de 2012

KGB

Cuando era adolescente encontraba gusto en leer las persecuciones que sufrían los cristianos detrás de la Cortina de Hierro. Me llamaba particularmente la atención el sistema de denuncias que se había establecido por el cual todo el mundo debía cuidarse de hablar contra el régimen porque podía ser delatado por sus hijos, sus amigos, sus alumnos, etc. y terminar en internado en un gulag o en un neuropsiquiátrico.
Recuerdo que mi madre y mis abuelos me relataban también de qué modo debían cuidarse de hablar contra el peronismo durante la primera y segunda presidencia del General, so pena de perder sus trabajos o cosas aún peores. 
Eran todas imágenes de un tiempo que había pasado y que se me antojaban propicias para el heroísmo.
Sin embargo, la KGB ha vuelto, aunque ahora se llama INADI, Secretaría de Derechos Humanos y algunos organismos más, fogoneados siempre por la prensa. Los motivos de la persecución, sin embargo, son otros. Por ejemplo, decir en algún grupo que la homosexualidad es una enfermedad y dar algunos consejos a los padres para prevenir que sus hijos adquieran esa condición.
Cinco años atrás, cualquiera de nosotros habría dicho que esto se trataba de una broma, o del fruto de una mente exagerada y apocalíptica. Pero es real: http://www.losandes.com.ar/notas/2012/6/13/investigan-supuestos-dichos-docente-contra-gays-648325.asp
Me pregunto qué actitud tendrá la UCA. La mayoría apuesta a que terminará echando al profesor. Yo no lo creo, aunque tampoco creo que salga con una declaración dejando claras las cosas.
Mientras tanto, el mucamo de Juan Pablo II, ahora cardenal de Dziwisz, se dedica a rezarle al Magno para que la selección polaca de fútbol gane la Eurocopa: http://www.periodistadigital.com/religion/mundo/2012/06/11/religion-iglesia-dziwisz-cracovia-penalty-juanpabloii-eurocopa-.shtml

martes, 5 de junio de 2012

Añoranzas, by Jack Tollers





The sweetest thing in all my life has been the longing...
Do you think it all meant nothing, all the longing?
C.S. Lewis, Till We Have Faces.


No estoy en condiciones de discutir con Jesucristo. Si Él dijo que son más bienaventurados los que creen sin haberlo visto que los que efectivamente lo vieron, así será. Pero nadie (¡ni Jesucristo!) puede dejar de advertir que si uno cree en Él, querrá verlo también, qué se creen ustedes.
Afortunadamente tenemos lo de San Juan, que lo veremos y seremos como Él.
Es que las cosas espirituales primero se gustan y luego se ven, dijo Santo Tomás, comentando el salmo ese que invita a gustar y ver cuán bueno es el Señor.
Ahora bien, hay que saber que habitualmente la cosa sigue este orden: primero se gustan… cosas que no se ven. Y luego le nace a uno el deseo de ver. Y después le duele no ver.
Se llama añoranza. Nostalgia de Dios. Esperanza. Pónganle el nombre que quieran, qué más da, que el que sabe lo que digo, lo sabe por experiencia y esa experiencia es un compuesto dulce-amargo, diría Castellani, como el whisky. Dulce por lo que promete, amargo por el "aún no" que nos contaba Pieper.
Y entra al ruedo Kierkegaard y nos dice que esa añoranza es un don de Dios, que no hay por qué echarla a los perros, que bien puede cultivarse y agradecerse a Dios, como que es un don celeste que procede del Padre de las luces (en quien no hay sombra de mudanza ni variación).
Claro, es muy útil el don este (y no sólo para componer versos, o zambas, o sinfonías, obras de teatro, novelas, cuadros y para todo el arte que quieran). El don de la añoranza nos protege contra la solicitación terrena, el inmanentismo, de todo aquello que nos aferra al terreno, de todo los que distrae de nuestra vera vocación, de todo lo que nos tiene encarcelados aquí abajo.
(También protege de toda forma de voluntarismo, pelagianismo, exitismo o resultadismo, lo mismo da).
La añoranza nos hace mirar para arriba, nos hace buscar trazas de la Trascendencia de Dios, nos obliga a recordar a Jesucristo, como lo pedía el bueno de San Pablo: "Acuérdate de Jesucristo". Nos lleva a rezar, lo querramos o no.
Y nos fortalece a la hora de la muerte.
Pero Dios, en su Sabiduría Eterna, ha resuelto dosificar esta añoranza de los hombres buenos (o que, por lo menos, querrían serlo). Porque el efecto "tan alta vida espero, que muero porque no muero" podría inducir, créase o no, a la desesperación: un caso de excesiva nostalgia de Dios que incrementaría desmesuradamente el "tedium vitae", que nos haría demasiado pesado esto de seguir chapoteando en el barro de la vida, que nos induciría a un quietismo estéril, que nos haría despreciar las cosas que tenemos y que tenemos que guardar aunque algún día tengan que desaparecer. Que nos haría olvidar lo de Chesterton, aquello de que una cosa es necesaria, todo, y que el resto es vanidad de vanidades.
De manera que Dios dosifica este don de la añoranza y no le permite a nadie volver del otro lado del río a contarnos algo más sobre lo que tiene preparado el Señor para aquellos que le aman, cosas que ni ojo vio, ni oído oyó (aunque Pablo algo oyó, no vayan a creer: audivit arcana verba).
Cosas que no entran en cabeza de hombre.
Como que es más bienaventurado el que cree sin haber visto que el que vio.
Jack Tollers