Estimado P.L., ¿qué puedo decirle? No sé qué pensar sobre su comentario.
Pongo ejemplo. Usted dice que mi trabajo es “excelente” y a continuación sostiene que le esquivé a la crítica más pesada que se puede formular a un blog en cuanto tal. Pero no esquivé nada. No habré sido tan extenso en la misma impugnación que le hace usted, Ludovicus y cualquiera con dos dedos de frente, pero me parece que en la primera dificultad se formula eso de que “el medio tiende a la cabacanería”. Y me parece que está medianamente contestado con aquello que dice Ludovicus, ¿no?
Es lo que hay (¿y qué cosa hay que no “tiende a la chabacanería” en los días que corren?).
Un amigo me dice algo parecido a lo suyo, que para hacer un lechón al horno de barro se necesita un buen horno de barro, no siendo lo más recomendable un microondas. Y ambos tienen razón.
Excepto cuando alguien se está muriendo de hambre. Porque lo que nadie puede dudar es que allá fuera hay mucha gente “muriéndose de hambre”, a quienes nadie les enseñó nada, que fueron intoxicados con la “hermenéutica de la ruptura” (Ratzinger), que están asfixiados bajo “el matrix progre” (Prada), que se mueren de hambre porque los que les pueden dar de comer somos “nosotros, los perros” (Madiran) que somos censurados a rajatabla.
Esto que pongo, que no disponemos de prensa, publicaciones ni púlpito es un resumen un tanto escueto de una larga experiencia.
Primero, los tradicionalistas tienen que romperse el lomo por aprender de sus mayores. Hecho (pasablemente) por algunos que conozco. Los hay incluso que aprendieron griego y latín, algunas lenguas vivas más, Patrística, Metafísica, Lógica, Historia de la Iglesia, Teología, Antropología, etc.
Segundo. Pero luego tienen que aprender a “vivirlo” en su existencia diaria y reformular las viejas verdades de siempre para que sean comprensibles para sus contemporáneos. Hecho (bastante bien) por algunos que conozco.
Tercero. Si se puede, conviene que aderecen la cosa con humor, con elegancia, con humildad, con versatilidad en la expresión, con gestos de magnanimidad, con elocuencia, con buenas maneras, con recurso a la poesía, al cine, a otras lenguas a lo que sea que sirva para despertar la atención de nuestros prójimos. Hecho (más o menos, siempre se puede mejorar), pero en algunos casos que me sé, brillantemente.
¿Qué pasó después? Después de muchos años, de muchos esfuerzos, de sostenido empeño y trabajos de todo tipo, los echaron de las cátedras que tenían, entre conocidos y familiares se los miraba con recelo, con desconfianza, en grupo de amigos llegaron a impedirles hablar a fuerza de interrupciones intempestivas o denuestos, les rechazaron sus escritos, no les publicaban sus piezas.
El caso que mejor conozco es de un grupo de tipos que se habían deslomado durante años por educar chicos en un colegio—trabajo arduo, ingrato y sumamente esforzado si los hay, que requiere máxima inteligencia, máximo empeño. Y cuando quisieron hacer un colegio propio, conocidos y “amigos” (que durante aquellos años se dedicaron a cualquier otro menester, principalmente el de ganar plata, y algo de plata tenían) los denunciaron ante el obispo, los traicionaron prolijamente, se encargaron de impedir que obtuviesen cualquier clase de apoyo (económico, de autoridades, de lo que fuera) y los vilipendiaron hasta el cansancio. Con sumo éxito. No pudieron hacer el colegio que querían, muchos se quedaron sin cátedra, sin alumnos, confinados a un silencio compulsivo. Todo lo que habían aprendido, todo su experiencia docente, todos sus conocimientos, toda su vocación, bloqueada, silenciada, eliminada, reducida a nada, sus puestos ocupados por otros que no les llegaban ni a los talones.
Algunos probaron con cartas también. Consideradas y extensas con un solo destinatario en la mira. La mayoría no fueron contestadas. Cartas inútiles.
Y ahora los reputean porque les da por escribir en el blog de Wanderer.
Es como Peter Sellers con la trompeta en “La Fiesta Inolvidable”: al final son los propios que se dan vuelta y lo fusilan, hastiados de tanta estridencia. Pero la analogía renguea, porque en este caso la trompeta para la batalla suena bastante diáfana y le sirve de alimento para “los perritos que debajo de la mesa comen de la migajas de los hijos” (Mc. VII:28).
Y aquí hace falta aclarar que muchos de estos censuradores son “re-católicos”. ¿Cómo se atreven? A fuerza de reflexionar sobre el asunto, me parece que es porque introducen una extraña distinción entre “el testimonio de fe” o “el apostolado” por un lado, y cualquier otra comunicación de verdades (formalmente religiosas o no, lo mismo da). Por supuesto que nadie ha tenido el tupé de señalar por dónde pasa la línea que distingue una y otra cosa, y ni siquiera han tenido la audacia de sacar a la luz esta estúpida distinción. Y sin embargo así parecen pensar: que un catequista, un predicador, un abogado pro-life pueden hablar libremente—pero otros, no. Porque hablan de cosas molestas, porque introducen distinciones difíciles, “buscan el pelo en la leche”, o dicen cosas políticamente incorrectas. En esto, el de Castellani es el ejemplo que mejor conocemos, pero hay muchos más. En los últimos años el refinamiento ha llegado a tanto que incluso directamente suprimen la cátedra del profesor con tal de que no hable más (conozco dos caso recientes).
Como lo dijo, inmejorablemente, Bruckberger:
Si los católicos no aman la verdad, es que nunca les han enseñado a amarla, nunca los han alentado a amarla.
Y cuando alguno de ellos se atreve a decirla, ¡qué de exclamaciones ahogadas se comienzan a oír!: ¡Chsst! ¡Chsst! ¡Cállese! Sabemos todo eso pero ¡son cosas sobre las que más vale no decir nada! ¡Eso haría mal a la religión! ¡Tenemos bastantes problemas como éstos!
Toda mi vida he oído tales cuchicheos en las sacristías.
No sólo los católicos no aman la verdad sino que llegan a profesar un odio asesino contra quien la ama lo bastante como para decirla muy alta, sin importarle las consecuencia de nada.
Pero no podemos callar voluntariamente, está prohibido y ay del tradicionalista que no intenta con todo su talento, con todo empeño y con toda insistencia el ministerio del “alli tradere” es reo de defección.
Ay de Castellani si hubiese callado, ay de San Pablo si hubiese callado. O como lo dijo Jacques Loew:
La tentación del apóstol (y eso bastante antes de que llegue a viejo) es la de aflojar en el combate: la carrera está demasiada plagada de pruebas inesperadas. Pablo esperaba un combate “como un buen soldado del Cristo”, pero se lo imaginaba cara a cara con la infidelidad, cada uno explicando su posición. Y sin embargo, resulta que no se lo quiere escuchar: “otro día te oiremos”.
Nuestro Señor se lo dijo a los fariseos: “¿Por qué, pues, no comprendéis mi lenguaje? Porque no podéis sufrir mi palabra” (Jn. VIII:43). Y claro, si el Verbo hubiese callado, se habría ahorrado la crucifixión (la Cruz no es sino una inmensa mordaza, sino que Él hace que eso se convierta en un inmenso altoparlante. Ahora, insisto, no hubiese hablado, no habría habido Cruz). Y rige su palabra, siempre: “Si he hablado mal, dime en qué. Pero si no…”
El blog es un medio medio mediocre, puede ser, qué sé yo. También lo es un cadalso, desde el que Edmundo Campion seguía hablando (explicando por qué las nuevas doctrinas eran heréticas o peligrosas) mientras lo destripaban. Pero no podía hacerse oír: simultáneamente un pastor tapaba su voz con prédica protestante mientras la plebe abucheaba al mártir. Igual murió intentándolo.
En un medio de mierda, cómo no.
Los semiólogos coinciden en que es mejor la tradición oral que la escrita, que es mejor la pluma que la máquina de escribir, que es mejor la máquina de escribir que el ordenador, que es mejor el ordenador que los mensajitos de texto y así ¿no? (las señales de humo sirven para avisar que viene el enemigo, pero no para distinguir entre el acto y la potencia).
Pero a mí, en pleno kali-yuga, todavía no lograron reducirme a eso, y antes de que me lleven preso, quizá alcance a mandar uno de esos mensajitos, de esas señales (ni tengo celular, aparatos que odio con toda mi alma).
“Toda vrdad no importa kien la diga procd dl E.S.”
O algo así.
Y después, y bueno, qué le vamo’ a hacer. Con un poco de suerte, finalmente me harán callar, nomás.
Abrazo, Patrología Latina (o témpora, o mores).
J. T.