martes, 30 de junio de 2009

Newman by Tollers


Jack Tollers acaba de traducir un nuevo sermón del cardenal Newman que ya está colgado de su web. Aquí va un maravilloso adelanto.
Y hablando de adelantos, adelanto que en poco tiempo más se iniciará la segunda época del Wanderer.


Él “te llama por su nombre”. Te ve, y te entiende, tanto como que te hizo. Sabe lo que tienes en tu interior, todos los sentimientos y pensamientos en particular, tus gustos e inclinaciones, tu fortaleza y debilidad. Te ve en el día del gozo y en el día de la tribulación. Simpatiza con tus esperanzas y tentaciones. Se interesa en todas tus ansiedades y recuerdos, en todas las exaltaciones y depresiones de tu espíritu. Ha contado los mismísimos cabellos de tu cabeza y sabe exactamente cuál es tu altura. Te envuelve y te abraza; te levanta y te deja caer. Se fija en tu rostro, estés sonriendo o llorando, estés sano o enfermo. Contempla tiernamente tus manos y tus pies; oye tu voz, siente los latidos de tu corazón, y tu mismísima respiración. Tú no te quieres más a tí mismo que lo que te quiere Él. Tú no puedes encogerte frente al dolor más que lo que a Él le disgusta que lo tengas que pasar; y si te carga con eso, es con la esperanza de que seas sabio y sepas que es para un bien mayor para tí, más adelante. No sólo eres Su creatura (aunque también se ocupa de los mismísimos gorriones y se compadeció del “numeroso ganado” de Nínive), también eres un hombre redimido y santificado, su hijo adoptivo, favorecido con una porción de la gloria y bendición que fluye eternamente desde Dios hacia el Hijo unigénito. Has sido elegido para ser Suyo, incluso por encima de tus compañeros a diestra y siniestra. Eres uno de aquellos por los que Cristo ofreció Su última oración, sellándola con su preciosísima sangre.

domingo, 21 de junio de 2009

Las tres ideas de Tollers y una nota intrusa


Estimado Wanderer:

No querría abusar de esta “plataforma de lanzamiento de ideas” en que se ha transformado vuestro apreciado blog, suerte de “Cabo Cañaveral” desde donde parten misiles para todos lados. Y menos que menos atiborrar al pobre lector que ya bastante despatarrado anda, como yo, con el bombardeo constante de noticias, ideas y sugerencias. Como están las cosas, ya bastante “infoxicados” estamos.

Y sin embargo, me atrevo a someter a su consideración lo que sigue, no sea que alguno se alegre con estas tres ideas que, no sé cómo, se me han ocurrido en los últimos tiempos, y (que si son buenas, no son mías). Y como esto se escribe en la Octava de la Trinidad, quizá las tres resulten ser misteriosamente consonantes.

Si llegó hasta aquí, le pido entonces al lector que preste atención: pues la primera idea requiere bastante de eso. No sé bien qué titulo ponerle, pero quizá funcione algo así como “Pensemos bien”. Así, imperativamente. Tenemos que pensar bien. Pase lo que pase. ¿Qué es pensar bien? No estoy muy seguro (y resulta considerablemente más difícil pensar bien cuando uno viaja a bordo del Titanic en medio del despelote que se está armando a propósito del run-run que corre por ahí de que el buque se hunde), pero de lo que sí estoy seguro es de lo que sigue: si nuestras consideraciones en torno a un asunto terminan entristeciéndonos, estoy seguro de que estamos pensando mal. Cuando terminamos de pensar en algo y quedamos como deprimidos, melancólicos o atribulados, entonces hay que llamarse al orden a uno mismo y si a mano viene, darse órdenes a uno mismo en tono viril, militar diría yo, a guisa de “¡Tollers! ¡Estás pensando mal!” “¡Pensá bien, ché, dejáte de embromar!” “¿Qué diablos estás pensando que terminás con ideas de este tenor?” “¿Estás loco, o qué?”. Y es ahí en ese momento donde se juega un gran partido, el gran partido contra la akedia, pues… si hemos acabado así, quiere decir que no hemos terminado nada. Y entonces, que resulta imperioso, por más fiaca que nos de, arrancar de nuevo con el hilo de ideas… hasta que terminemos contentos, con esperanza o, por lo menos, con tranquila confianza en Dios, en su Providencia, en la firme convicción de que al final, todo termina bien.

Y para esto, aquí ofrezco una pequeña receta: una manera sumamente eficaz de exorcisar este mal espíritu consiste en contestar la Gran Pregunta que, si prestamos atención, oiremos claramente, venida de lo Alto, como ésas, las últimas grandes preguntas del Libro de Job: “Cíñete los lomos, que quiero hacerte una pregunta”. Y entonces prestarle mucha atención a lo que Dios Todopoderoso nos pregunta:

“¿Señor, usted está sugiriendo que Yo hice las cosas mal?”.

¿Así que todo termina bien? Sí, por supuesto que sí: es el moderno, decía Claudel, quien cree que al final todo termina mal. Y yo no soy moderno, ni quiero serlo. Cristiano soy y eso quiero ser, como decían los mártires en Roma cuando interpelados por la autoridad. Pero se me objetará que esto parece puro voluntarismo, que lo desmiente la experiencia de los que vivieron mucho, los viejos, que miran hacia atrás con melancolía y… constatan que atrás, en el pasado, quedaron cosas feas, cosas malas, cosas que salieron mal. Y que son irrevocables.

Con lo que vamos a la segunda idea. En efecto, con el paso del tiempo, uno repasa el pasado, mira para atrás y tiene la indefinible sensación de que todo salió mal, que la historia, personal, familiar, amical, política, moral, religiosa, etc., salió mal.

¿Salió todo mal?

La respuesta correcta es: no sabemos. Sólo Dios sabe. Aquí quizá quepa recordar una ipssísima verba Jesu, ¿no?, esa su palabra cuando mandó no juzgar para que no seamos juzgados. Nosotros no tenemos derecho a hacer un “balance” sobre nuestra historia, es incumbencia específica del Justo Juez, Jesucristo, que efectivamente emitirá juicio sobre eso… en el Juicio Final, en el tiempo de la Irrevocabilidad. Pensar que nuestra vida “salió mal” constituye usurpación de una prerrogativa exclusiva de Jesucristo; y si pensamos así, de nuevo estamos pensando mal. Por supuesto, me apresuro a agregar que esto no quita el examen de conciencia, el esfuerzo por mejorar todos los días, la santificación diaria, etc… Pero “mirar cómo ando”, fijarse si las cosas salieron bien… sencillamente, no.

Así que, estimado Wanderer, ahí tiene el lector dos ideas para considerar: la primera, que si terminamos tristes es porque estamos pensando mal; la segunda, que en ningún caso hemos de emitir juicio sobre nuestra propia existencia. La primera está más o menos formulada en los “Ejercicios” de San Ignacio, la segunda, más o menos patente en la “Spe Salvi” y en el poema “Eclesiastés” de Chesterton (¿recuerdan? Una sola cosa es necesaria / Todo / el resto es vanidad de vanidades).

La tercera está en el Evangelio de San Juan.

Consiste en esforzarnos por disipar un verdadero disparate. Esta idea roma, torpe y estúpida. Que no por eso deja de ser una burrada, un devaneo neurótico, una majadería brutal y embrutecedora. No sé cómo vino a instalarse semejante sandez entre nosotros, en nuestro confundido mayín, esta cretina, fatua y ridícula memez digna de zopencos. Y sin embargo esta idea boba, obtusa, insistente, insidiosa, obsesiva, diabólica, persiste, se reproduce, anda buscando los lugares vacíos y, si nos descuidamos, por vía de usurpación se puede alojar en nuestra alma. Es una noción que flota en el aire caliginoso, que se infiere directamente de todas las comunicaciones del mundo, que se reitera hasta el cansancio, como una letanía incesante pronunciada infatigablemente por “los espíritus malignos que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas”. Se trata de una impresión absurda, que contamina nuestras almas con su misma taradez, que nos enferma y debilita, que atenta directamente contra el Evangelio, que compromete los mejores esfuerzos, que abre la puerta a otras gansadas mucho peores: y que ha sido inspirada por el Padre de la Mentira. Es una fantasía blasfema que hemos de esforzarnos en exorcisar a diario, ganándole a Satanás allí donde con más empeño se posiciona.

La insensata idea, la peregrina noción, el insano postulado, el artero espejismo, la venenosa conciencia, la imbécil ocurrencia de que Dios no nos quiere.

Porque el cielo y la tierra pasarán, pero no esto: “El Padre os ama Él mismo, porque me habéis amado y habéis creído que Yo salí de Dios” (Jn. XVI:27).

Habría que inventar un formulario que nos pregunte por tres veces:

- ¿Renunciáis a la idea de que el Padre no os quiere?

- ¡Sí, renunciamos!

En síntesis, estimados amigos, pensemos bien. Si terminamos tristes, pensemos más, mejor, de nuevo, que si pensamos bien, el fin de nuestros pensamientos por fuerza ha de desembocar en pensamientos consoladores, gozosos y confiados. Y dejemos a Dios y para el día del Juicio que se establezca cuánto vale lo que hacemos o no y que diga Él cómo salieron las cosas.

Sé bien lo que sigue, mido mis palabras. Sé que los lectores de este blog aman a Jesucristo (un poquito, ya sé, ya sé). También sé que no tienen duda alguna de que salió de Dios.

Y que el Padre, Él mismo, los ama.

De modo que… os lo ruego, ¡sursum corda!

Jack Tollers.

Nota intrusa del Wanderer

Me parece oportuno incluir en la magnífica reflexión de Tollers un par de párrafos de Bouyer:

La nuestra “ya no es más la espera de los pecadores para quienes el juez debe venir, ni, incluso, la de los cautivos encadenados en las tinieblas donde esperan un redentor pero sin conocerlo aún, si pertenecerle aún. Es la espera de la Esposa que dice al Esposo, inspirada por el Espíritu que la prepara para la boda: “Ven Señor, ven pronto”. Por ella ya ha sido lavada en la sangre del Cordero, ya ha bebido de las fuentes de agua viva, ya ha comido el pan celestial, su frente en la que pronto lucirá la corona ya porta la unción de la alegría con la que el Esposo mismo ha sido ungido, el sello de ese Espíritu que la hace santa de su santidad, que le permite afirmar de cara a los ángeles: “Mi amado es para mí, y yo soy para mi amado”.

Estamos en la última noche que nos separa del alba luego de la cual no habrá más atardecer, a la puerta misma del banquete de bodas, y el Espíritu suspira en nosotros en la espera del momento que esa puerta se abra”.

Amigos, hemos recibido las arras del Espíritu. El Señor está a las puertas. Viene pronto!

(En el sitio de Jack Tollers ya está colgada su traducción de “La misa en cámara lenta”, de Ronald Knox, corregida por un conocido traductor).

martes, 9 de junio de 2009

Provida


Es habitual, en Argentina y mucho más en otros países como Estados Unidos o Inglaterra, que los católicos conservadores y tradicionalistas se embanderen decidida y activamente en la lucha contra el aborto y la defensa de la vida humana desde sus inicios en el vientre materno. Se trata de una justa y laudable causa puesto que no se trata solamente de la defensa del inocente sino también, y sobre todo, de la santidad de la vida misma, que es don de Dios y en la que el hombre presta tan sólo su colaboración.
Y a esos mismos católicos conservadores y tradicionalistas los enfurece y escandaliza que muchos de sus pastores callen mansa – o cobardemente – frente a Mordor y sus orcos de muerte.
Esta explosión provida del catolicismo es positiva pero, en tanto que humana, riesgosa. Veamos:
No cabe duda que la actitud se apoya y fortalece en el pontificado moralista de Juan Pablo II y sus secuelas. El papa polaco centró su largo (en años y en páginas) magisterio en una visión del evangelio que destacaba los aspectos éticos (sus luchas contra el divorcio, el neoliberalismo, el aborto, la homosexualidad, etc.) y no insistía en aquellos dogmáticos que podían despertar algún resquemor o fricción con nuestros hermanos separados con quienes se había empeñado en un ecumenismo infundadamente optimista. La pregunta que me hago es qué ética o moral puede sostenerse sin una dogmática, es decir, sin una fe firme, arraigada y sostenida por el magisterio de los pastores. Es cierto que hay algunas: la de Kant, la de Scheler y la de Wojtila.
Los orígenes eslavos del providismo no lo ha librado de un gravísimo peligro en el que muchos han caído: confundir a la religión católica con la defensa de la vida, es decir, comenzar a vivir una religión biológica. Basta darse una vuelta por los sitios conservadores del catolicismo americano para descubrir hasta qué punto la lucha contra el aborto se ha mimetizado con la fe que ya no termina de saberse cuál es cuál. Todos nos enternecimos y enfurecimos cuando hace alguna semanas atrás nos pasaron el video de Youtube donde un anciano sacerdote prolife era encarcelado durante una manifestación en el campus de la universidad de Notre Dame días antes de la visita de Obama. Muchos calificaron al cura de mártir. Con todo el respeto y la admiración que me merece la actitud de ese sacerdote, debo decir que no es mártir o, en todo caso, es un mártir biológico: su valioso testimonio ha sido no de la fe católica sino de la vida humana.
Más aún. Ya es bastante común en los ámbitos católicos comprometidos y militantes la preocupante mutación del nombre de la solemnidad que festejamos el 25 de marzo: ya no es el día de la Encarnación del Redentor, sino el día del Niño por Nacer. Nadie pone en duda la buena voluntad y sinceridad de quienes así se expresan, pero nadie puede negar tampoco la gravedad del caso: nuestra fe cristiana se basa justamente en el hecho de la irrupción de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad en la historia humana mediante su encarnación en el seno de la Santísima Virgen. La fe no puede reducirse, entonces, a un hecho biológico y natural como es el origen de la vida humana en el seno femenino. Casi las mismas palabras, pero una diferencia abismal. Fe cristiana y fe biológica.
Sin embargo, debo conceder que nuestra fe se basa necesariamente en la vida. La esencia misma del cristianismo consiste en la imitación de Cristo entendida como el misterio por el cual nosotros debemos ser injertados en Él para que la misma vida que reside en Él y que Él nos vino a dar se desarrolle en nosotros como en Él y produzca en nosotros los mismos frutos de santidad y de amor que produjo en Él (Fil. 2, 5; Rom. 6, 6; 6, 4; Ef. 2, 3; Rom. 9, 17).
El cristianismo es, necesariamente, pro Vida y se debe a la Vida, pero se trata de esa vida que surge del río de agua viva que se derrama sobre la tierra desde el trono del Cordero. Esa es nuestra fe.

domingo, 10 de mayo de 2009

Confesión desesperada


 Nuestro amigo Jack Tollers está en problemas y necesita ayuda. ¿Alguien se anima a aconsejarlo?

Estimado Wanderer,

 Lo que sigue inevitablemente parece una confesión. Tenga a bien absolverme, si le parece.

 Pero lo cierto es que, viejo como estoy, finalmente he aprendido a convivir con las cuestiones que me dejan perplejo—y siguiendo a Santa Teresa, a casi disfrutar con eso. Quedarse perplejo, darle vueltas a una cuestión sin atinar siquiera con la respuesta. Y eso mismo, usarlo como acicate para tratar de desentrañar el intríngulis. Como este asunto de hablar de más, o de menos. Como verá, la última homilía de Newman que traduje está intitulada así (es la tercera en la columna de la izquierda de mi página web), y fue seleccionada precisamente porque tanto me interesa toda esta cuestión. Y a osadas a los distinguidos lectores de su blog.

 Pero hay una dificultad con este sermón, y es que Newman no resuelve enteramente la cuestión, difícil como es (incluso para el Cardenal, créame). Y que, me parece, nos concierne a todos.

 Cuando era chico salí medio tímido y tanto en el colegio como en casa, no tenía problemas: hablaba lo menos posible (y posiblemente hubiera defecto en eso, aunque no lo sé. El hermano que me sigue hablaba francamente todo el tiempo y se metía en flor de líos. Yo consideraba eso calladamente y resolvía y volvía a resolver callarme lo más posible). Pero ya en la secundaria comencé a disputar sobre cuanto asunto hubiese bajo el sol, por supuesto que sin saber nada. Y comencé con este vicio de hablar de más (por no mencionar algunos otros). En la facultad, no le digo nada. Había empezado a estudiar algunas cuestiones de historia, de filosofía, de teología, de economía, de política y de literatura y hablaba como el que más. Los profesores (bolches, entonces, todos ellos) me hicieron crema, en las discusiones—y en las materias. Porque hablaba de más. Aunque también reconozco que así aprendí a hablar un poco mejor. Y a hacerme cargo de lo que decía.

 Después conquisté a la más linda del barrio ganándomela a fuerza de palabras, viera usted, que los primeros tres meses sólo me quería “como un amigo”. Por una vez, hablé lo justo (que era bastante, no vaya a creer) y la señorita en cuestión fue derrotada con todo éxito. (Aunque debo decir que recientemente, recordando una vez más en familia el lance del cual procedían todos ellos, una hija mía de once años exclamó en la mesa: “¡Ay Papá! ¿Qué sabés? A lo mejor le diste lástima y todavía te quiere como un amigo”. Telón.)

 Lo cierto es que luego me casé y rápidamente aprendí a hablar lo menos posible con la difícilmente conquistada, pues bien pronto aprendí que todo lo que uno le dice a su mujer puede ser tomado en su contra.

 Pero lo cierto es que seguí estudiando, y aprendí a refutar a los bolches (re-fácil), a los liberales (no tan fácil), a los católicos progres (una pavada), a los tradicionalistas envarados (dificilísmo) y a los amigos (imposible). Aprendí a discutir con los faloperos y con los tarados, los curas secularizados y los obispos mundanos, los políticos venales y los periodistas piolas, los jefes en el laburo y los locutores radiales (discusiones virtuales que continúan y en las que invariablemente me alzo vencedor), me hice de recursos dialécticos, aprendí lógica, aprendí a usar del humor, de la parábola, de la poesía y de la ironía para intentar matar al error y amar al que yerra, como pide San Agustín tan suelto de cuerpo. Pero, claro, no soy ningún Chesterton, aquel fenómeno de amabilidad, tacto, elocuencia y buen humor, y tampoco cuento con el don de la respuesta rápida (que tenía Cristo, dice Castellani), y a veces me enojo y me salen palabras amargas o argumentos impacientes: y otras veces se notan en mis destempladas respuestas asoman mis frustraciones o malos humores, mi vanidad y torpeza, cuando no un poco de veneno si a mano viene. De la abundancia del corazón, habla la boca, por cierto que sí. Pero si en el corazón no todo está limpio, pues…

 Como fuere, los del mundo, cuando yo sabía poco, estaban dispuestos a hablar conmigo, pero ahora que algo aprendí… “otro día te oiremos”, funciona la censura automática que decía Castellani. Y me echaron de todas las cátedras.

 De modo que en definitiva no me quedan sino tres ámbitos donde hablar. El de los amigos, a quienes les hablo con toda libertad (ya están acostumbrados, y a los que eso no les gusta, hace rato que dejaron de ser amigos). Luego, están esas odiosas y odiadas  reuniones sociales obligadas, casamientos, comidas de oficina, o reuniones de familia (el cumple de la tía Tula, etc). Allí, casi siempre hablo de más. O por lo menos, casi siempre digo algo que cae mal, por políticamente incorrecto, o porque “de eso no se habla”, o porque… o porque estoy algo desinhibido por el whisky (y muchas veces lo del whisky es por el embole, ché, ¡qué embole!, ¿no?, este asunto de tener que oír los lugares comunes mediáticos repetidos con acentos que sugieren originalidad en quien te los espeta, no sé, cosas como que “esto no le hace bien a la democracia” o “hay que distinguir entre libertad y libertinaje”). Aunque, hasta donde sé, ni en pedo digo cosas contra la verdad, bien que puede haber caso de impaciencia o descortesía en el modo. Y en buena parte debe ser porque odio tanto esas reuniones compulsivas, y me aburro tanto que empiezo con esto y aquello. Seguramente con eso me desacredito socialmente un poco más (“este es un Nazi”) lo que, desde luego, me tiene perfectamente sin cuidado.

 En cambio, lo que sí me importa un poco más es que las más de las veces, a la vuelta de estas fatídicas reuniones sociales, mi mujer—que se queja porque le hablo poco, “en nuestro matrimonio hay poco diálogo”, etc.—me reta. Por haber hablado de más.

 (En mi experiencia, la reconciliación lleva de tres a cinco días).

 Queda el tercer anfiteatro, que es la domus de uno. Como bien señala Newman, es ámbito en que uno asocia con el descanso, con el relax y prefiere no meterse en líos y trata de no arruinar la juntada de los seres queridos. Pues bien, ahora que tengo chicos grandes… , adivinen ustedes… también hablo. No sé si de más, aunque mi mujer preferiría que les ahorre los reproches indirectos, la corrección por suave que sea, la referencia erudita que los exaspera, la broma que todos saben a quién le cabe el sayo, la ironía feroz por el atuendo que usan, o por el corte de pelo, o porque la mejor amiga de fulana se hizo un piercing… y así siguiendo. Ella se mata preparando la comida, arreglando la mesa y demás.

Posiblemente estuviese toda la semana anticipando la reunión de sus hijos en torno a la mesa (¿para qué una familia numerosa, si no es para eso?). ¿Y bien? ¿No va el animal de su marido a hablar pestes de Chiche Gelblung, cuando es bien sabido que a Pablito le encanta? ¿No se dedica a criticar al cura párroco por su abominable sermón cuando es bien sabido que Laura lo idolatra? ¿No va y dice que Rosana es lesbiana, cuando bien sabe que anoche dos de las chicas fueron a su recital? ¿No va y prohíbe a los chicos entrar con su celular al living porque impide la conversación? ¿Y no va luego a extenderse largamente con pronunciamentos luditas contra la tecnología, contra el chateo y los mensajitos de texto? ¿Para luego denostar infatigablemente a los financistas de Nueva York, justo cuando todos se felicitaban que el primo tal había conseguido laburo en Merril Lynch? Etc., etc. Y etcétera.

 ¿No va su marido (eu) y arruina el almuerzo, que Diego se levanta a las puteadas de la mesa, que Carolina se puso a llorar, que Carlitos dijo que no venía más? ¿Y no lo han dejado más de una vez solo, sentado a la cabecera de la mesa rumiando contra el mundo moderno con la sola compañía de un pucho y el fiel Vasco Viejo?

 (Un amigo me dijo que los hijos se exasperan cuando oyen al padre hablar porque como lo conocen tanto, anticipan lo que viene, y les parece que lo están oyendo decir desde que nacieron, y entonces al oír al padre con sus salidas se impacientan a su vez: idea que parece tener miga.) 

 Una vez… una vez mi paciente y cansada esposa me dijo que los chicos la pasan muy mal durante la semana y que había que hacer de casa un refugio para ellos, que pudieran dar por descontado que allí nadie los molestaría, que sería una especie de isla para ellos, en medio de las procelosas aguas del mar mundano. Y medio me convenció. Haiga paz.  Pero luego lo consulté con un camarada que me dijo que estaba loco, y que si yo no le decía a los chicos lo que es en sí, por más que les disguste, ¿quién se los iba a decir? Eso está en la línea de Newman, también (además de que mi amigo me amenazó con no hablarme más si me veía ceder en cosa tan importante).

 Y me convencieron, estos dos. Así que pienso seguir hablando, lo más y mejor que pueda, con toda franqueza, con la parrehesía que pide San Pablo, aunque se enojen mis hijos (viejo loco), y mi mujer (marido loco).

 Pero lo cierto es que me mete más miedo el Juicio. Pase Tollers. ¿Por qué calló? ¿Por qué se hizo el gil? ¿Qué es esto de sus respetos humanos? ¿Por qué no dio testimonio de la verdad? ¿No sabía que la corrección fraterna es obra de misericordia?

 En verdad, como digo, sigo perplejo, pero en el entretanto, prefiero que se me enjuicie por hablar de más, que no de menos, que es lo que parece sugerir Newman.

 Dicho lo cual, le pregunto a usted, don Wanderer, y a su inestimable foro, ¿alguien tiene una palabra de luz sobre este asunto, algo que me pueda ayudar a hablar lo justo, precisa, valiente, moderada, inteligente y amablemente?

 En fin, para que no me convierta en el viejo loco que dicen en casa que soy (y eso parece, ché, sentado en la cabecera de la mesa con el pucho, el Vasco Viejo y puteando por lo bajo).

 Atentamente,

 Jack Tollers. 

lunes, 4 de mayo de 2009

Colgadas

El último número de la revista “C” –que publica el diario Crítica y que puede bajarse en formato PDF desde aquí- dedica su nota central a relatar el caso de algunas monjas que colgaron sus hábitos. La intención del periodista, y de las ex-religiosas entrevistadas, es mostrar una nueva cara de la injusticia y del machismo irremediable de la Iglesia que se manifiesta también en hechos como que cuando cuelga un cura, todo el mundo se entera y se arma un escándalo, y cuando cuelga una monja el hecho pasa desapercibido. O bien, que a los curas se les hace más fácil tener historias amorosas y, si son gays, pueden trepar más fácilmente en la jerarquía eclesiástica. De rebote, la nota pretende mostrar algunos casos de ejercicio de la libertad y de la liberación que alcanzaron estas ex-piadosas mujeres.

El efecto que consigue en cualquier lector con un mínimo de sentido común es exactamente el contrario: el de una profunda compasión y tristeza por estas pobres mujeres que erraron muy fiero en la vida - ellas mismas relatan las pruebas - y, cuando se ven las fotos de las féminas, la impresión se acentúa.


La primera entrevistada es la ex-hna. Stella Maris Rollan, Hija de María Auxiliadora en Rosario, que dejó su congregación luego de décadas de vida religiosa. Admite que al ingresar al convento había dejado a su novio pero que “en la iglesia se enamoraba de todos: profesores, curas. Me vivía confesando”. Su debacle comenzó cuando se dio cuenta que lo que la Iglesia hacía por los jóvenes no era suficiente y, por tanto, se involucró en el mundo de teatro. Sus hermanas en religión la miraban mal porque volvía al convento a medianoche o ni siquiera iba a dormir. Y andaba con varones todo el tiempo, amigos y alumnos. ¡Pobre sor Stella Maris, tan incomprendida! Cuando salió del convento comenzó a trabajar en un centro de rehabilitación de drogadictos, se enamoró de un cocainómano con quien se casó y tuvo una hija. El pobre, luego de un tiempo, volvió a consumir (quién no, después de casarse con semejante adefesio), y Stellita lo echó de su casa. Hace seis años falleció. “Fue el amor de mi vida”, dice hoy la viuda.

La segunda entrevistada es Ana María Catalina Cerri, ex religiosa del Sagrado Corazón y actual traductora de italiano. Más breve que la anterior es, sin embargo, más clara: “Yo entré en la congregación en el ´74. Si no me hubiese hecho monja, hubiese sido guerrillera o drogadicta”. Sus problemas en la comunidad comenzaron cuando sus hermanas le reprochaban que usara el hábito corto, escuchara Charly García y le gustara Paul Williams.


La última entrevista es a la “peor de todas”: Elsa San Martín, lesbiana y ex-monja del Divino Maestro. Cuando la culpa que le producía su inclinación sexual se hizo consciente, se dijo: “Sublimemos esto y vamos a empezar una vida religiosa”, lo que se dice, rectitud de intención. Dejó la congregación después de veinte años de vida religiosa para alquilar un campo en La Cumbre, donde se mudó con su novia, y se dedicó a cultivar lechuga y criar pollos.

Cuando se leen estas historias la reacción de cualquier bien nacido es de condena a estas mujeres, sentimiento que surge fundamentalmente del amor a Jesucristo. Enerva, ciertamente, que una mujer con veinte años de vida religiosa pueda afirmar que el amor de su vida fue un drogadicto que hizo su esposo, y no el Esposo divino a quien se entregó en un acto libre. Y enerva que las otras hablen pestes de sus ex-hermanas en religión porque las miraban mal cuando escuchaban a Charly García, no volvían a dormir al convento o se enamoraban de curas o de jovencitas. Con ese curriculum de vida religiosa no les quedaba otras salida más de dejar todo y volver al mundo. En definitiva, el problema fue que, en un momento determinado, dejaron de decir SÍ. ¡Dios nos libre!

Todos nosotros movemos la cabeza cuando leemos notas de este tipo y decimos: “Que se jodan por progres”. Pero la respuesta, y el dolor, deja de ser el mismo cuando miramos a nuestro alrededor y vemos que de este lado también pasa lo mismo. Sólo que aquí, y hasta donde sabemos, los curas y monjas amigos/as que cuelgan no escuchan rock nacional ni se acortan los hábitos. A lo sumo, tienen un par de cassettes de Los Chalchaleros y a la sotana le faltan algunosde botones. Y de pronto, de un día para otro casi, cuelgan. Y a las semanas aparece la traductora, o la alumna, o la lider del grupo juvenil, o la maestra del colegio parroquial que se apiada del ex-curita, y consuelo va, consuelo viene, cataplún!, descubren una nueva vida.

¿Qué es lo que pasó? Se me ocurren dos explicaciones: falló la voluntad; they gave up, abandonaron la carrera, se dieron por vencidos y no soportaron la tentación, no ya contra la carne, sino contra la fe, que asalta en la mitad de la vida. Es curioso que la mayoría, justamente, cuelga en torno a los cuarenta años.

La segunda explicación, es que el problema está en el instituto religioso o seminario. Hace algunos meses comentaba en este mismos blog el caso de la ex-Servi Trinitatis y la mayoría de los lectores conoce los tristes y cuantiosos casos de las defecciones kukusas. Cuando la embriaguez que producen las sectas católicas se evapora y se comienza a ver la realidad, la única y saludable reacción es escapar.

Pero otro problema no viene por la conformación sectaria del grupo sino por la falta de idoneidad de los formadores, incapaces de discernir entre quiénes verdaderamente poseen las altísimas condiciones necesarias para llevar adelante la vida sacerdotal o religiosa, del joven piadoso, o del intelectual, o del turbado o del que tiene un tornillo medio flojo, y que sólo buscan “sublimar esto”.

Me parece que terminé copiando a Castellani, sin quererlo.

sábado, 2 de mayo de 2009

ATENCION al chancho engripado


Algo me huele mal en el escándalo de la gripe porcina.

Si aplicamos el criterio hermenéutico que sugiere Jack Tollers en su conferencia conciliar, podríamos pensar que alguien está tratando de atrapar el bien escaso de la atención del mundo entero con la cuestión de la influenza A.

Un dato de sentido común. La primera víctima de la enfermedad, Adela Gutiérrez, una mexicana de 39 años, comenzó a sentir los primeros síntomas de la enfermedad el 1 de abril y falleció quince días más tarde. Desde ese momento, hace ya más de un mes, se han detectado 615 infectados y 17 muertes, todas ellas en México o personas de esa nacionalidad. Si tenemos en cuenta que, según datos oficiales, solamente en Estados Unidos mueren 36.000 personas anualmente a causa de la gripe estacional, no me parece que este nuevo virus sea tan virulento como dicen.

Ahora, las palabras de los científicos:

“El avanzado sistema de vigilancia de epidemias de los Estados Unidos ha permitido identificar el nuevo virus. Algunos años atrás lo habríamos considerado uno más en el mar de las enfermedades humanas”. Dr. Paul Offit, jefe de infectología del hospital infantil de Filadelfia.

“La gripe porcina es sólo un poco más peligrosa que cualquier otra gripe estacional”. Dr. John Treanor, profesor de enfermedades infecciosas en la Universidad de Rochester.

¿Por qué, entonces, tanto escándalo? En nuestro país se entiende como una estrategia más del kirchnerismo, pero a nivel mundial, si bien no han llevado a la población a nivel de psicosis como en Argentina, igualmente están armando un gran circo.

¿Qué habrá detrás? El Embajador del Infierno decía que hace un mes el gobierno de México había firmado un contrato con un importante laboratorio para prevenir, justamente, la epidemia de la gripe. Si bien podría existir un interés económico detrás, creo que hay algo más.

En el caso de del chancho engripado hay gato encerrado.