lunes, 27 de junio de 2022

Populismos sacramentales antiguos y contemporáneos

 

Fray Vicente Burela o.p. con dos capitanejos

Historia magistra vitae, decía Cicerón, y como buena maestra creo yo también es consolatrix. Volver hacia la historia puede ser ocasión de consuelo frente a las circunstancias que tocan vivir en un momento determinado. En nuestro caso, la desazón producida en las últimas décadas por la innegable decadencia de la Iglesia y de la cultura nos turba y entristece, y puede llevar a algunos incluso a la desesperación. 

        La semana pasada, un medio argentino publicó una nota que muestra el estado de devastación en el que se encuentra la sociedad contemporánea: un "matrimonio" gay, que adopta tres niños; con el paso del tiempo, uno de los "cónyuges" se autopercibe mujer, y ahora son una hermosa familia de papá, mamá trans y tres hijos. Y traigo el caso a colación porque en una de las fotos que ilustra la nota se ve a un sacerdote administrando algún sacramento --probablemente el bautismo o la confirmación-- a uno de los niños. 

        La discusión entonces es hasta dónde la Iglesia puede repartir sacramentos de un modo populista, a todos y todas. Es decir, pareciera que el solo pedido del bautismo es condición suficiente para que sea administrado, como si existiera un derecho universal a los sacramentos del mismo que existiría un derecho universal a la vivienda digna, al trabajo o a poseer un celular. Y en eso estamos: una Iglesia populista que reparte sacramentos, en los que probablemente no cree, aunque quienes los reciben no cumplan con las condiciones mínimas y básicas que se requieren para recibir esas gracias sobrenaturales. 

Pero, si miramos para atrás, veremos que muchas de acontecimientos análogos a los que hoy nos parecen catastróficos y apocalípticos, se dieron en la Iglesia también en siglos anteriores, y no pasó nada. Hoy, con la proliferación de los medios de comunicación, los hechos se magnifican; nuestros antepasados, en cambio, gozaban de las ventajas de no enterarse de la mayor parte de lo que sucedía en el mundo fuera de su aldea y de su parroquia. 

El pontificado de Francisco se ha caracterizado por ser un pontificado populista, al mejor estilo del peronismo argentino que causó la ruina de un país que se encontraba entre los primeros del mundo. Y el populismo eclesiástico, si bien coincide con el político en el resentimiento y persecución de aquellos a quienes considera superiores intelectual, moral o socialmente, no se dedica a repartir dinero, cervezas y otros artículo de consumo masivo dilapidando los bienes del Estado, sino a repartir sin ningún criterio las gracias de las que el Señor hizo custodia a la Iglesia. Es el caso, por ejemplo, de los sacramentos. Conocido es el episodio de algunos sacerdotes con olor a oveja de la arquidiócesis de Buenos Aires que habían instalado una carpa frente a una de las estaciones de tren más populosas, y en la que oficiaban bautismos express, con el beneplácito y aliento del entonces arzobispo Bergoglio. Y la política ha seguido siendo la misma con el mismo personaje en la sede romana: bautismos para hijos de familias igualitarias, amancebados, ateos o cualquier personaje que lo pretenda; matrimonios para todos y todas, y comunión para todos, todas y todes. Un escándalo por cierto, para cualquier persona que conserve la fe católica.

Pero veamos un caso ocurrido en las pampas argentinas en la segunda mitad del siglo XIX. y que que presenta ciertas analogías. Era la época en que la frontera sur del país estaba establecida en la zona del Río Quinto de Córdoba pues, más allá, era el territorio de los indios, en este caso, los ranqueles. En 1870 se realizó una excursión al mando del coronel Lucio Mansilla, de la que participaron tres sacerdotes: fray Marcos Donati y fray Moisés Álvarez, franciscanos del convento de Río Cuarto, y fray Vicente Burela, prior del convento dominico de Mendoza. El objetivo del viaje era firmar un tratado de paz entre el gobierno argentino y el cacique general Mariano Rosas, y establecer una misión cristiana en las tolderías. Fue un fracaso rotundo: los frailes se dieron cuenta que era poco menos que imposible evangelizar a estos aborígenes y que muy difícilmente lograrían establecer allí una misión. Y así lo relatan en sus relaciones. Pero se observa una diversidad de criterios muy interesante: mientras los franciscanos adoptan una postura que hoy podríamos llamar populista o, en lenguaje pontificio, de olor a oveja, el dominico prefiere una más tradicional. 

En la relación que el P. Donati escribe al visitador de su Orden, se lee hacia el final, luego que ha narrado sus desventuras y desalientos: “Bauticé y oleé a diez y ocho chiquitos, entre ellos dos hijitas del mismo Cacique General. Muchas cautivas oyeron la santa misa; y hubiese habido un casamiento si Mansilla no hubiese dispuesto tan pronto la marcha para la vuelta al Río Cuarto” (Archivo Histórico del Convento San Francisco Solano, Río IV, Córdoba, Doc. 192). Es decir, se hicieron bautismos sin ninguna garantía de que los nuevos cristianos fueran formados en la fe (los padrinos eran en todos los casos los militares que integraban la excursión y que nunca más volverían a ver a sus ahijados) y por poco no se realiza un matrimonio sin que los contrayentes tuvieran el más mínimo conocimiento acerca de lo que significaba el sacramento. Bautismos express y casamientos para todos y todas.

El P. Burela o.p., se opuso a tales populismo franciscanos, y escribe en su relación: “Ellos [refiriéndose a los ranqueles] no rehúsan el bautismo, pero por nada quieren abandonar sus costumbres, porque son muy aferrados en las tradiciones de sus antepasados y en los hábitos que observan. Por lo que, según mi opinión, no creo prudente la administración del bautismo, porque esto sería sujetarlos a leyes y penas que ni las conocerán, y menos observarán. Y esto sería ponerlos en peor condición que en el estado que hoy existen” (Archivo de la provincia dominicana de Buenos Aires, caja 17). El criterio del dominico es el propio que había sostenido siempre la Iglesia.

Las cosas no terminaron mal solamente con relación a los objetivos de la excursión, sino que los frailes se pelearon malamente entre ellos, y es divertido leer las apóstrofes que el franciscano le dirige al dominico en su relación. Y aunque se trata de un hecho minúsculo, ocurrido en un rincón perdido de las pampas sudamericanas, reproduce en escala la discusión y los escándalos que estamos viviendo en la actualidad.


Nota: Para los soñadores que derraman lágrimas por los buenos indios que fueron sojuzgados por los españoles y luego expulsados del país por el gran Gral. Julio Roca, y otros que pretenden revivir los cultos a la Pachamama y otras deidades falsas, aquí van algunos ejemplos de las inocencias indianas:

“El 30 seguí la marcha. A las diez de mañana llegué al Rincón, primeras tolderías de los indios, y es donde se encuentra la población mas reconcentrada. De allí salió una gran turba de indios, componiéndose de hombres, mujeres y chicos, con el objeto de conocer a Dios que iba a visitarlos. Las mujeres y chicos, a instancias pedían limosna, y les ofreció ropas por verlos tan desnudos, pero ellos exigían que la limosna fuese en aguardiente, lo que no me fue posible aceptar”. (Relación del P. Burela, o.p.).


“¡Qué se puede esperar de éstas [las cautivas cristianas de los indios]!” Evidentemente nada. No son indios, pues se sabe que son bautizadas, ellos también lo saben, y que el bautismo impone obligaciones que no ignoran, pero tampoco son cristianas por sus costumbres; y lo que es peor todavía que pudiendo salir y unirse de nuevo a la Iglesia no lo hacen.

[…]

Hemos visto madres que han sido cautivadas con hijos chicos. La historia de estas pobres es tan triste que no es posible oírla sin conmoverse profundamente; no sólo sufren sus infortunios, sino también los de sus desgraciados hijos. Por lo ordinario, las señoras rara vez cabalgan, de suerte que obligas a galopar 25, 30 o más leguas con una criatura en los brazos o en anca de un indio, cuando no es en pelo o en alguna montura de ellos, que casi es lo mismo, se hace pedazos y la criatura se muere o enferma del sacudimiento, del sol, o de las incomodidades de un viaje tan precipitado.

Y gracias que este muera de los sufrimientos del camino y no tenga la desgracia de ver al indio impaciente de oírla llorar la mate a lanzazos o caminando la arroje al suelo donde morirá devorada por las fieras del campo o entre las garras de las aves carnívoras, o bien lentamente por los rigores del hambre. No puedo pintar el sentimiento de una madre que ve a su hijo exhalar el último suspiro en medio de horribles extorciones [sic] y débiles vagidos producidos por los repetidos golpes de lanza, y que sin piedad y sin compasión alguna le asesta una mano bárbara”. (Relación del P. Álvarez, ofm).

miércoles, 22 de junio de 2022

Lex Orandi-Lex Credendi. El imposible invencible del Traditiones Custodes

 


por Eck


Vosotros tornáis el derecho en ajenjo, y echáis por tierra la justicia. 

Amós, V, 7.


Introducción

Hay un aspecto del Traditiones Custodes que ha sido poco resaltado, quizás porque vivimos sumergidos en ello casi sin advertirlo. Como los peces no suelen reparar en el agua y los hombres en el aire, sólo nos damos cuenta de su presencia, tan transparentes y tan cotidianos son, cuando nos ofrecen resistencia o nos faltan. Con el motu proprio del Papa nos pasa lo mismo: torrentes de comentarios sobre su justicia, causas, defensas, falsedades, sofisterías y demás, pero la cuestión nuclear ha pasado de matute para la mayoría: el uso torticero y literalista de la expresión Lex Orandi-Lex Credendi o, hablando más finamente, el kelsenianismo de la primacía de lo legal y canónico sobre el corazón de la Iglesia, la fe y la liturgia. Creemos que este hecho tiene importancia primordial porque toca de lleno en la esencia de la Iglesia, de la fe y de su misión y la degeneración que supone nos muestra que la Iglesia ha entrado por una senda muy peligrosa de mundanización y de muerte espiritual.


Dos concepciones frente a frente: Francisco contra Benedicto 

Todo el edificio del Traditionis Custodes (TC) se cimienta en su primer artículo que impíamente reza así:

Art. 1. Los libros litúrgicos promulgados por los santos Pontífices Pablo VI y Juan Pablo II, en conformidad con los decretos del Concilio Vaticano II, son la única expresión de la lex orandi del Rito Romano. (TC)

Con un interdicto y en un artículo se elimina más de 2000 años de expresión de la fe de la Iglesia Romana declarando que el Rito Romano no expresa ya la lex orandi. Como un nuevo Código Civil sustituye al anterior, así conciben nuestro pontífice y casi toda la iglesia actual, los misterios sagrados. Las medidas a favor de los cultores del rito antiguo las ven como una vacatio legis extraordinaria para los recalcintrantes pro bono pacis hasta hacerles pasar por el aro del rito Vaticano: “Sobre todo, os corresponde trabajar por la vuelta a una forma unitaria de celebración, verificando caso por caso la realidad de los grupos que celebran con este Missale Romanum”. (Carta TC)

Veamos la concepción de Benedicto XVI, hombre con una concepción de la Iglesia antitética a la obedencialista. En el artículo primero del Summorum Pontificum (SP) distingue entre la expresión ordinaria (Misa de Pablo VI) y la expresión extraordinaria de la misma «Lex orandi» del Rito Romano (misa gregoriana). Aquí el sentido de extraordinario no es el vulgar (raro, inusual) sino el jurídico procesal romano (extra ordinem), que quiere decir que no sigue el procedimiento común sino uno alternativo por motivos justificados como el mismo aclara al decir distinguiendo ambos sentidos:

Ya con estos presupuestos concretos se ve claramente que el nuevo Misal permanecerá, ciertamente, la Forma ordinaria del Rito Romano, no sólo por la normativa jurídica sino por la situación real en que se encuentran las comunidades de fieles. (Carta SP)

Esto se concreta en la decisión de que las cuestiones litúrgicas sobre el misal antiguo las resolviera la Comisión Ecclesia Dei en vez de la Congregación para el Culto Divino, como es el procedimiento común en estos temas: en el Misal antiguo se podrán y deberán inserir nuevos santos y algunos de los nuevos prefacios:La Comisión “Ecclesia Dei”, en contacto con los diversos entes locales dedicados al usus antiquior, estudiará las posibilidades prácticas. (Carta SP)”.

En definitiva y a pesar de usar una falsa salida, pues son dos ritos diferentes (como indica la expresión de “dos formas” entendida al aristotélico modo), Ratzinger quiso encontrar una salida a la aporía de la reforma litúrgica creando un procedimiento alternativo (extra ordinem) donde pudiera encauzarse jurídicamente la vida litúrgica del rito romano sin dividir ritualmente a la iglesia latina ya que era imposible prohibir o negar legítimamente el carácter de Lex Orandi al antiguo rito y su uso legítimo por fieles y sacerdotes romanos:

Lo que para las generaciones anteriores era sagrado, también para nosotros permanece sagrado y grande y no puede ser improvisamente totalmente (sic) prohibido o incluso perjudicial. Nos hace bien a todos conservar las riquezas que han crecido en la fe y en la oración de la Iglesia y de darles el justo puesto. (Carta  SP)

Como muchísima gente vio, este párrafo es de importancia suma, no sólo por lo que dice sino por las implicaciones que llevan directamente a cabo si se le toma en serio y que está concorde con las más auténticas tradiciones de la Iglesia Universal:

1ª) Como manifestación de “lo sacro”, la liturgia tiene participación de la eternidad de Dios por lo que no está sometida a modas ni prescrita a decisiones humanas ni está sujeta a derechos positivos   porque su origen, desarrollo y competencia son exclusivas del  Altísimo.

2ª) Por ello la Iglesia no tiene ninguna potestad para prohibir o declarar perjudicial un rito venerable, sancionado tanto por su origen como por la historia. Si ha sido sagrado, lo será siempre como son las verdades de la Fe y la Encarnación de Nuestro Señor, de la que es continuadora. Dios no se muda ni cambia a pesar de los presentistas actuales.

3ª) Desde estos presupuestos, critica en profundidad a los fautores del rito vaticano al reprocharles por contraste su pretensión de prohibir algo imposible, su desprecio a las riquezas crecidas con la fe y oración de la Iglesia y su impiedad con las generaciones anteriores al negar el carácter santo de su culto.

Benedicto comprendió el espíritu de la liturgia y obró, con fallos casi insubsanables, en consecuencia por amor a Dios y su Iglesia restaurando el venerable Rito Romano.


El lío entre norma y regla como síntoma de los males de la Iglesia.

En cambio, ¿Cómo han interpretado Francisco y la iglesia de nuestros días la expresión tradicional Lex Orandi? Al modo pedestre, como un código con sus artículos y mandatos que se pueden añadir, cambiar o suprimir a voluntad y antojo del mandamás de turno. Pero para los antiguos y para nuestro pueblo el término “ley” tenía otros sentidos. Sólo basta por pasearse por el Diccionario latino de Raimundo De Miguel: “Lex: (Cic.) Ley; Regla, norma, modelo; Condición, pacto; (...) lex grammatica (Gell): las reglas de la gramática; Sine lege: sin orden, desordenadamente (Ov,); Lex loci: naturaleza de un lugar (Ov.), oficio, etc..” 

El sentido profundo de la expresión es que la liturgia, los Sagrados Misterios, es la que da la norma del creer, siendo su fuente, su modelo. Como el alma da forma al cuerpo y le da vida, así el culto divino donde nos encontramos con Dios cara a cara es lo que da contenido a las confesiones catequéticas que resumen la realidad manifestada de Dios y su caridad derramada en nuestros corazones en ese adelanto del cielo que es la liturgia. Se hicieron los Credos para defender el culto y no al revés, por ello la mayor pena concebida por la Iglesia es la excomunión y no los anatemas contra los herejes porque con la comunión sacramental se formaba un solo cuerpo. No se confundió Martín Lutero cuando atacaba con saña diabólica la misa como el fundamento de toda la Iglesia más que a los Concilios y sus dogmas: También los demonios creen y tiemblan.(St. 2:19) pero no participan de la contemplación ni de la vida de Dios, anticipada y participada por los misterios sagrados.

En el fondo de la concepción moderna tan terrenal y profana late ese fariseísmo tan aludido y que sustituye con las obras voluntaristas de la ley a los frutos de la fe ahormada por la caridad. Cuando disminuye la comunión sobrenatural entre los miembros de la Iglesia, aumenta el uso del poder natural para mantener los vínculos que se deshacen pero, parafraseando a un gran historiador latino, podemos decir: Corruptissima Ecclesia plurimae leges (“A Iglesia corrompida, muchas leyes”, Tácito, Anales, lib.III, cp.27). Otro gran romano, esta vez poeta, nos dice que esa solución es en balde: Leges sine moribus vanae (“Vanas son las leyes sin las costumbres”, Horacio, Cármina, lib. 3, Oda 24). Un cuerpo sin alma es un cadáver por mucho que se mueva la gusanera, una Iglesia sin misterios sagrados ni comunión, es una simple sociedad con sus reglamentos pero no el Cuerpo Místico de Cristo, columna de la Verdad, Luz de las gentes y nave de Salvación.


Conclusión

Lex Orandi, Lex Credendi es el pilar fundamental de la Iglesia. El verdadero sentido de esta expresión es el de regla, ejemplo, modelo, no el de normas canónicas ni jurídicas. Según se rece, cómo se haga y a quién, así se creerá. La liturgia es la encarnación de la revelación de la Trinidad y de la Salvación de Jesucristo por medio de la Iglesia y fuente de la gracia a través de los sacramentos. Así como las reglas, la ley de la fe, los credos, no pueden ser sustituidos como expresión de la Verdad divina y no se puede decir que dicha Fe de la Iglesia ya no está contenida ni expresada por el Credo Apostólico o el de Nicea al confesarse por cada nuevo credo; tampoco los ritos recibidos por la Iglesia como cauces de la gracia santificante del Altísimo jamás podrán dejar de ser Lex Orandi por mucho que se afirme y se quiera sustituirlos o abrogarlos por ser anticuados porque lo que ha sido sagrado y grande por las generaciones anteriores, es grande y lo será para siempre. Nadie sobre la tierra tienen potestad alguna para afirmar y decretar que ya no son Lex Orandi por muchos sellos que lleve el documento porque sencillamente no es verdad. Como en la mística y en los dogmas, manifestaciones del amor y la verdad divinas, aquí no hay ley humana que valga por pontificia que sea. Negarlo es el fondo, negar la fe y el culto total dado a nosotros por los apóstoles y sellada para siempre con la muerte del último, san Juan. Es negar, en el fondo, la Iglesia de Cristo como sacramento de salvación para sustituirla por una mera sociedad jurídica con sus reglamentos y membresía solamente exterior. Es afirmar, en el fondo, que es una cofradía de fariseos donde solo cuenta la obediencia voluntarista a las normas y a los mandamases: Lex Oboediendi, Lex Credendi es su lema. Nada más alejado de san Pablo y de las cimas de la mística cristiana: “Ya por aquí no hay camino porque para lo santo no hay ley; él para sí se es ley” (San Juan de la Cruz). Y no hay nada más santo en la tierra que la liturgia porque es donde esta el Santo de Israel con nosotros, el Enmanuel, Jesucristo en el sacramento de la Eucaristía.


lunes, 20 de junio de 2022

Nosotros y nosotras

 


La semana pasada, Mons. Víctor Fernández, arzobispo de La Plata y regalón del papa Francisco, escribió una nueva columna de opinión en el diario La Nación sobre la cuestión del lenguaje inclusivo. Hay que decir que, visto el protagonista, la nota está bastante bien o, mejor dicho, podría haber sido mucho peor.

Lo que se echa en falta es rigor y profundidad en sus argumentos y en su sintaxis. Es un texto básico y chirle, y asombra que provenga de la pluma de quien fuera rector de la Universidad Católica Argentina, y uno de los inspiradores y amanuenses más reconocidos del presente pontificado. 

        Al respecto de la columna archiepiscopal, me interesa hacer algunas puntualizaciones:

1. Dejo a los estudiosos de la lengua explicar porqué no es necesario hablar de “todos y todas”. Me parece una ofensa a la inteligencia de las mujeres pensar, como hace Mons. Fernández, que como las mujeres “tienen exactamente la misma dignidad y los mismos derechos que los varones”, una palabrita añadida en cada frase las va a “visibilizar” y devolver la dignidad perdida. Pretender que todo se resuelve con una cuestión de vocabulario es ingenuo e ideológico. No me imagino yo que Isabel la Católica, Leonor de Aquitania, Macacha Güemes o Juana Azurduy estuvieran muy invisibilizadas que digamos y que, si así lo hubiera sido, se conformaran con una palabrita añadida.

2. Continúa el arzobispo platense afirmando que “ya los dos Papas anteriores han usado normalmente la expresión ‘fratelli e sorelle’”. Es verdad y está muy bien pero, si lo que Mons. Fernández quería era presentar una Iglesia acorde al espíritu de los tiempos, más le valiera haber apelado a argumentos de mayor contundencia. En efecto, la liturgia católica, tanto latina como bizantina, usaba y aún usa el “lenguaje inclusivo”. El Canon Romano, en el original latino que el prelado previsiblemente nunca habrá rezado en su vida, dice en los dos mementos (de vivos y muertos): Memento Domine famulorum famularumque tuarum (“Acuérdate Señor de tus siervos y de tus siervas…”); varios misales medievales presentan está fórmula: Orate fratres et sorores ut sacrificium… (“Orad hermanos y hermanas para que este sacrificio…”); o bien, en el Confiteor dice: Confiteor... et vobis fratres et sorores; y lo mismo ocurre con la absolución posterior del sacerdote; las letanías de todos los Santos culminan con Omnes sacti et sanctae Dei, intercedite pro nobis ("Todos los santos y santas de Dios, interceded por nosotros"); uno de los himnos de la liturgia pascual más conocidos comienza así: O filii et filiae, Rex coelestis… (“Oh hijos e hijas, el Rey celestial…”). Y en la liturgia bizantina, nada menos que la anáfora termina con estas palabras: ῏εν πρώτοις μνήσθητι, Κύριε,... καὶ πάντων καὶ πασῶν   ("En primer lugar, acuérdate, Señor, ... y de todos y de todas"). 

Ha venido a ser, entonces, que el denostado misal de San Pío V está, en algunos aspectos, mucho más acorde con los gustos modernos que el misal de Pablo VI.

3. Sigue diciendo Mons. Fernández que “el llamado lenguaje ‘inclusivo’ solo puede generar escozor en algunos puristas de la lengua”. Una vez más, se le ve la pata a la sota; el resentimiento profundo que habita el corazón de este hombre —y el de su valedor—, que lo lleva a odiar a todo lo que percibe como elitista, es decir, superior a la media, sea en el ámbito que sea. Así como está la elite de los puristas de la lengua, está la elite de los puristas de la liturgia y la elite de los puristas de la teología. Lo ideal es el medio, o lo mediocre. Es en ese ámbito donde se siente cómodo. 

Para entender esta particular y peligrosa psicología de Tucho y de Bergoglio, recomiendo la lectura de El resentimiento en la moral, de Max Scheler y, espigando entre sus páginas, ofrezco este espécimen muy ilustrativo del caso que tratamos: 

El “apóstata” es un hombre cuya vida espiritual no radica en el contenido positivo de su nueva fe y en la realización de los fines correspondientes a ella, sino que vive solamente en lucha contra la antigua y para su negación. La afirmación del nuevo ideario no tiene lugar en él por este ideario mismo, sino que es sólo una continua cadena de venganzas contra su pasado espiritual, que le mantiene de hecho en sus redes y frente al cual la nueva doctrina hace el papel de un posible punto de referencia para negar o rechazar lo antiguo. 

Y si alguien quiere profundizar aún más en el tema, recomiendo La envidia igualitaria, de Gonzalo Fernández de la Mora (Planeta, Buenos Aires, 1984). 

4. En el último párrafo dice Mons. Fernández: “Cada uno habla como quiere y la evolución del lenguaje no se controla”. Y tiene toda la razón, y no hace falta que nos vengan a explicar a los argentinos que el lenguaje es un fenómeno social vivo: eliminamos el y el vosotros, y los sustituimos con el vos y el ustedes, y modificamos todos los verbos de la segunda persona tanto del singular como del plural. Pero no advierte el obispo que estos cambios y evoluciones del lenguaje se dan naturalmente en la sociedad, y nunca son impuestos por alguna elite. En el caso nuestro, no fue la Primera Junta de Gobierno o la Junta Grande la que dictaminó que, para diferenciarnos del opresor español, en las Provincias Unidas del Río de la Plata se iba a hablar el castellano con otra modalidad. Por eso, pretender y conceder que porque a algunos iluminados se les ocurra que para visibilizar a las mujeres hay que hablar de “nosotros y nosotras”, es absurdo: el cambio no prenderá en nuestra lengua porque una de las normas que la rige es la de la economía.

5. Finaliza Mons. Fernández su columna diciendo: “Pero destrozar el idioma y pretender que todos se sometan a una determinada ideología solo podrá ser contraproducente”. Y no podemos estar más de acuerdo con él. Sin embargo, sorprende que sea Su Excelencia Reverendísima quien exprese tal preocupación por el cuidado del lenguaje y plantee temores por su destrozo, toda vez que fue él mismo quien, siendo aún rector de la Pontificia Universidad Católica Argentina, estampó en papel ( en la revista Vida pastoral, de Ediciones Paulinas) estas castizas palabras: “No jodan. Por favor, los que queremos estar con la gente no dejemos de reconocer los valores que encarna este papa Francisco. […] Hoy estos valores no son tan frecuentes. Dejémonos de joder. Podemos detenernos a encontrar el pelo en la leche, y lo vamos a encontrar. […]  Las últimas declaraciones de Jalics, junto a la opinión de gente de izquierda con buena información, […] muestran que Bergoglio no cagó a nadie,…”. 

martes, 14 de junio de 2022

Psicopatía e ¿inminencia del fin?

 


En las ultimas semanas se viene hablando con insistencia sobre la proximidad de un cónclave pues el papa Francisco renunciaría a su cargo, o bien su fin natural estaría mucho más cerca de lo que el Vaticano estaría dispuesto a admitir. No lo sabemos. Sin embargo, la publicación del diálogo que mantuvo con los directores de las revistas culturales europeas de los jesuitas hace casi un mes, y que fue publicado ayer por La civiltà cattolica, muestra que el mayor problema del Sumo Pontífice no es su rodilla maltrecha ni sus divertículos intestinales; es algo mucho más serio y afecta al equilibrio de su juicio. En pocas palabras, y la pregunta no responde a ninguna saña antifrancisquista: ¿Bergoglio está en sus cabales? Por más progresista que alguien sea, no podrá negar que algunos párrafos de la conversación muestran a una persona que, o bien muestra signos evidentes de demencia senil, perfectamente comprensible dada su edad, o bien el guión de sus palabras fue escrito por un enemigo de peso de él mismo o de la Iglesia, o por algún cómico. Lo cierto es que una persona cuerda y que conserva la sensatez y prudencia que requiere su función —y en este caso nada menos que el sumo pontificado—, no puede decir lo que dice. 

No tiene sentido perder el tiempo en refutar sus afirmaciones. Eso lo habríamos hecho quienes nos dedicamos a esta tarea hace algunos años; ahora, cuando ha pasado ya tanta agua bajo el puente, las cosas se toman como de quien vienen. Sin embargo, vale la pena señalar algunos puntos:

1. La frivolidad y superficialidad con los que se refiere al conflicto entre Rusia y Ucrania. Los compara con Caperucita Roja y el Lobo, y da entender, como lo han entendido varios medios de prensa (aquellos que aún le hacen algún caso), que la OTAN provocó a Rusia para que desencadenara la guerra. Más allá de que esto sea más o menos cierto, el papa, como jefe de un estado y pontífice máximo de la Iglesia, no puede permitirse ese tipo de expresiones. Estarían bien, en todo caso, para comentar en la sobremesa en un hogar de sacerdotes ancianos, pero no para darlos a conocer al mundo entero. Este solo hecho debería llevar a que los cardenales se pusieran a pensar seriamente qué harán con este personaje que pueden meter a la Iglesia en un aprieto de proporciones. 

2. Particular interés tiene para nosotros la respuesta a la tercera pregunta, acerca de los signos que el papa ve de renovación espiritual de la Iglesia. Y lo primero que hay que decir es que estamos frente a uno de los ejemplos más refinados que podemos encontrar de canibalismo institucional, esa especialidad de Bergoglio que nuestro amigo Ludovicus tan bien describió y puede leerse aquí. Devora a los católicos “restauracionistas” con la ferocidad de una hiena y también se ceba con la Curia romana, enemigo clásico de cualquier populista.

Por otro lado, los rasgos de su desequilibrio psíquico aparecen cada vez más pronunciados. Ya hablamos en otra ocasión que Francisco presenta los rasgos propios de un psicópata, lo que habían notado sus superiores mucho antes de ser nombrado obispo. En este caso, además, vemos de un modo evidente y difícilmente cuestionable, síntomas de una personalidad disociada. Habla de obispos que aparecen en Europa o en América, como si no fuera él quien los hace aparecer; como si no fuera él mismo el protagonista y responsable directo de esos nombramientos episcopales. Por ejemplo, leamos este párrafo: “Un obispo argentino me dijo que le habían pedido que administrara una diócesis que había caído en manos de estos «restauradores»”. Se está refiriendo claramente a Mons. Carlos Domínguez y a la diócesis de San Rafael, la única que cuenta con un administrador apostólico y que tiene un perfil “restauracionista”. Pero Francisco dice que a este obispo “le habían pedido”. ¿Quién le había pedido? Pues él mismo, pues no hay otro que pueda nominar obispos o administradores apostólicos sino el papa de Roma, y mucho más en el caso de Argentina, cuyo manejo se ha reservado con exclusividad. 

Estamos frente a un trastorno psicológico grave, y serán los profesionales quienes deberán diagnosticar si se trata de un caso de identidad disociativa o bien, de despersonalización. 

3. En el mismo párrafo aparece ya de un modo patente el desprecio que tiene por los obispos americanos. Dice: “El número de grupos de «restauradores» – hay muchos en Estados Unidos, por ejemplo – es asombroso”. Esto no hace más que confirmar lo que varias veces dijimos en este blog: una hermenéutica adecuada para leer las decisiones de Bergoglio es tener en cuenta su antiamericanismo. 

Y acentúa mi diagnóstico amateur de disociación de la personalidad: el mismo pontífice que está llamando a una iglesia sinodal, en la que todos deben ser escuchados, se lanza contra un grupo de miembros de la Iglesia, que él mismo reconoce que es asombrosamente numeroso, y que llama a que no sólo no sean escuchados, sino a que sean cancelados. 

4. Es el mismo desorden psicopático el que lo lleva a enredarse en una larga elegía al P. Pedro Arrupe, s.j., con menciones floridas a Pablo VI, sin darse cuenta (o sí), que con eso no hace más que ensuciar la memoria de Juan Pablo II, que despojó a Arrupe de su cargo de prepósito general de la Compañía en 1981, debido a la deriva ya no solo progresista sino atea a la cual la había conducido el admirado “profeta” de Bergoglio.

5. Para terminar este espigueo de frases célebres, dice Francisco: “Al presidente de la Conferencia Episcopal Alemana, monseñor Bätzing, le dije: «Hay una muy buena Iglesia evangélica en Alemania»”. ¿Es posible que el pontífice máximo de la Iglesia católica considere que hay una “muy buena” iglesia evangélica? Si la iglesia evangélica es muy buena, y mucho más laxa, compresiva y acogedora de la diversidad que la Iglesia católica, la que todavía se envuelve en puntillas y bonetes, ¿por qué, entonces, no hacerse evangélico en vez de católico? ¿Por qué un joven va a ofrendar su vida y su celibato perpetuo a Dios como sacerdote católico si lo mismo da ser un buen pastor evangélico, sin tener que llevar ninguna de esas cargas? 

Lo que me llama la atención es que el P. Spadaro, s.j., director de la revista, haya decidido publicar esta “conversación”. El capítulo 9 del libro del Génesis narra lo siguiente: Noé “bebió del vino, y se embriagó, y estaba desnudo en medio de su tienda. Y Cam [su hijo más joven], padre de Canaán, vio la desnudez de su padre, y lo dijo a sus dos hermanos que estaban afuera. Entonces Sem y Jafet tomaron la ropa, y la pusieron sobre sus propios hombros, y andando hacia atrás, cubrieron la desnudez de su padre, teniendo vueltos sus rostros, y así no vieron la desnudez de su padre. Y despertó Noé de su embriaguez, y supo lo que le había hecho su hijo más joven”, y lo maldijo. 

Spadaro se ha comportado como Cam. Más le hubiese valido cubrir la desnudez de su padre, o co-hermano en San Ignacio de Loyola, como piadosamente hicieron Sem y Jafet con su padre Noé. No espero que sea maldecido por Bergoglio; espero que sea juzgado con justicia por el Justo y Terrible Juez; él y aquél que vive en Santa Marta.


Escolio a la conversación pontificia: Decíamos hace poco que el que gobierna la Iglesia es el mismo Hijo de Dios, y sabe mucho mejor que nosotros cómo hacerlo.

El grotesco de este pontificado se ha acelerado tanto en los últimos meses que está provocando que todo lo que toca Bergoglio, lo ensucia. El sínodo, por ejemplo, que es una venerable institución de la Iglesia universal, se ha convertido en una mascarada que los obispos hacen en sus diócesis pour la gallerie, y de hecho, son pocos los católicos que saben que dentro de tres meses comienza la fase continental del sínodo sobre los sínodos. No es extraño  tampoco que, cuando Francisco habló contra las puntillas, muchos párrocos hayan abierto los arcones de sus sacristías para desempolvar viejas albas apuntilladas. 

Por eso, mientras más hable Francisco sobre el Vaticano II y más insista en él, más tirria se le tomará a tan nefasto acontecimiento, porque se lo asociará con él y con el patético devenir de su pontificado. Por eso, quizás sea conveniente tener aún más paciencia y rogar a Dios para que conserve en la tierra al Siervo de sus siervos por algún tiempo más para que, con su torpeza, termine de embadurnar todo lo que debe ser embadurnado y su sucesor tenga más fácil la tarea de volver todo a su justo carril; de “restaurar” a la Iglesia en su verdadero rostro que tanto ha sido afeado.  

domingo, 12 de junio de 2022

La liturgia y las puntillas

 





He repetido muchas veces en este blog que al papa Francisco no le interesa la liturgia, y que no le interesa porque no la entiende. No todos los lectores están de acuerdo con esto y creen que el pontífice está particularmente interesado en la cuestión litúrgica. Yo sigo sosteniendo mi postura y aún con más fuerza luego de la alocución pontificia del jueves 9 de junio a los obispos y sacerdotes de Sicilia. En esa ocasión, dijo entre otras cosas:

Pero la liturgia, ¿cómo va? No lo sé, porque no voy a misa en Sicilia y no sé cómo predican los sacerdotes sicilianos, si predican como se sugiere en la Evangelii gaudium o si predican de tal manera que la gente sale a fumar un cigarrillo y luego vuelve... Esos sermones en los que se habla de todo y de nada. Tengan en cuenta que después de ocho minutos la atención decae y la gente quiere sustancia. Un pensamiento, un sentimiento y una imagen, y lo llevan durante toda la semana. Pero, ¿cómo celebran? No voy a misa allí, pero he visto fotos. Les hablo con claridad. Pero queridos, todavía las puntillas, el bonete..., pero ¿dónde estamos? Sesenta años después del Concilio. Algunas actualizaciones incluso en el arte litúrgico, ¡en la “moda” litúrgica! Sí, a veces traer un poco de puntillas de la abuela va, pero a veces. Es para rendir homenaje a la abuela, ¿no? Lo tienes todo planeado, ¿verdad? Está bien homenajear a la abuela, pero es mejor celebrar a la madre, a la santa madre Iglesia, y como la madre Iglesia quiere ser celebrada. Y que la insularidad no impida la verdadera reforma litúrgica que el Concilio envió. Y no sean quietistas.

Se trata  de un texto patético, fruto de la cortedad intelectual y la mezquidad de espíritu propia de Francisco, y que pone en evidencia por enésima vez su más absoluta inadecuación para ocupar el lugar que ocupa. Y por otro lado no hace más que confirmar mi hipótesis: Bergoglio no conoce nada de liturgia, no la entiende y, porque no la entiende, no le interesa. 

En el texto vemos que, invocando las reformas del concilio Vaticano II, él identifica la liturgia y la celebración de la santa misa con la predicación y los ornamentos. Cualquier persona medianamente instruida en temas religiosos sabe que la homilía no forma parte de la misa —que “se pone en pausa” mientras el sacerdote predica—, y que los ornamentos son una cuestión meramente accidental. Es decir, lo que el papa Francisco considera que es una cuestión litúrgica, no lo es en absoluto. Y esto demuestra mi tesis: no sabe nada de liturgia.

Y no sabe porque su intelecto meramente práctico es incapaz de contemplación o theoria, necesaria para adentrarse en el misterio litúrgico, y porque es jesuita, y esta congregación nació con un rechazo e incomprensión de la liturgia, a la que siempre consideró una pérdida de tiempo. Baste recordar que es el primer instituto religioso en toda la historia de la Iglesia que estaba dispensado del oficio coral. Renunciaban a la celebración comunitaria del oficio divino y en sus directivas estipulaban que se celebraran misas cantadas o solemnes solamente en ocasiones especiales. ¿Por qué optaron por estas prácticas contrarias a la tradición? Porque tanto el canto del oficio como las ceremonias litúrgicas son largas y consumen mucho tiempo, y ese tiempo es mejor empleado en hacer cosas, como escribir libros o convertir paganos; todo esto, por supuesto, ad majorem Dei gloriam. Sobre este tema ya hablamos aquí y no volveremos.

En una cosa, sin embargo, hay que darle la razón al pontífice: su referencia a las modas litúrgicas, y el uso de las puntillas en los ornamentos es un ejemplo de ellas. A mi particularmente no me gustan las puntillas, no me gustan las casullas romanas y prefiero los ornamentos de estilo gótico. Y esto es propiamente una cuestión de gustos y de sensibilidades. Y de gustibus non est disputandum. El problema es que Bergoglio y muchos, muchísimos más, confunden la adhesión a la misa "pre-conciliar" con una cuestión de gustos o sensibilidades. Y eso es no entender nada de liturgia. Y quien no la entiende, difícilmente le dará la importancia que tiene.

Esta triste y quizás terminal intervención pontificia me da pie para dos reflexiones. En primer lugar, el hecho inusitado de que el papa instruya a obispos y sacerdotes acerca del modo de predicar y ordenarles que deben hacerlo de acuerdo a un documento que él mismo escribió con ayuda de Tucho Fernández, y que los aleccione además acerca de qué tipo de ornamentos deben usar en la celebración de la misa. Habría que escarbar mucho en la historia de la Iglesia para encontrar algún ejemplo similar de autoritarismo: el papa romano husmeando en los usos y costumbres propios de otras diócesis, como si estas no estuvieran gobernadas por sucesores de apóstoles como lo es él, y no tuvieran derecho a tradiciones y sensibilidades diversas a las suyas. ¿Y este es el papa de la sinodalidad? A esta altura del partido, ¿quién puede tomarse en serio a este pontificado grotesco y fracasado?

Y es esto justamente lo que me lleva a la segunda reflexión. Cualquier hombre de bien, cualquier obispo con un mínimo de dignidad —y estimo que es el caso de los obispos italianos así como no lo es el de los obispos argentinos—, se sentiría molesto y ofendido por estas palabras: el papa poniéndose en preceptor y adoptando la postura de maestro Ciruela (o  Siruela, como mejor se prefiera) que regaña a sus alumnos porque no llevan la corbata correctamente anudada o porque arman demasiado batifondo en los recreos. Y, consecuentemente, no le harán el menor caso y guardarán en la memoria estas afrentas del tiranuelo. Probablemente, las hilanderías de Flandes estén recibiendo en estos días grandes pedidos de puntillas y encajes desde las parroquias sicilianas. 

    No me extrañaría que sea justamente este tipo de actitudes de Bergoglio las que impidan que en el próximo y cercano cónclave los cardenales elijan a alguno de sus clones. El que se quemó con leche, por más progresista que sea, cuando ve una vaca, llora. 

lunes, 6 de junio de 2022

Radicalizaciones

 


Desde el mismísimo 13 de marzo de 2013 advertimos desde este blog sobre la catástrofe que provocaría en la Iglesia el pontificado de Bergoglio. Y durante varios años, mientras manteníamos la misma premisa, éramos criticados duramente por otros sitios del ámbito conservador por ser demasiado duros, provocar desesperanza entre los católicos y pecar de impaciencia, puesto que el papa siempre cuenta con la asistencia del Espíritu Santo.

Desde un par de años, sin embargo, buena parte de esos sitios amigos ya no sólo ven en Francisco una gran mal para la Iglesia, sino que se han embarcado en un proceso de radicalización antifrancisquista que sobrepasa con creces la opinión que teníamos aquí en 2013 y que seguimos manteniendo en 2022. Tal radicalización me parece sumamente dañina, y por varios motivos.

1. La radicalización nos hace olvidad que la piedra angular de la Iglesia es Cristo. No lo es Francisco, ni San Pío X, ni Bonifacio VIII y ni siquiera San Pedro. Él es la piedra; Él es quien formaliza a su Iglesia a partir de la materia herida con la que cuenta. Él sabrá entonces los que hace. Si prometió que las puertas del infierno no prevalecerían, se las arreglará para que su palabra se cumpla. Allá Él si permite que Bergoglio se siente en la sede romana. Descansemos, entonces, en Él.

2. Radicalizarse provoca rápidamente que la toda realidad sea leída sub specie bergoglii. Y, paradójicamente, nuestra pertenencia a la fe católica ya no se basa en asentir a la fe de los apóstoles, sino a oponernos a todo lo que haga Francisco. Un buen católico, para muchos, es aquel que más ferozmente se opone a cualquier iniciativa que sale de Santa Marta. Esta actitud sería la propia de una institución cuyo arjé o principio es un caudillo. Y ejemplos en la historia reciente del mundo y de la Iglesia hay muchos. La pertenencia a la Iglesia católica no pasa por seguir a un caudillo; pasa por adherir a la fe que nos legaron los apóstoles y que no es letra muerta ni se reduce a un listado de dogmas y cánones. Es, fundamentalmente, haber sido injertados en la vid, que es Cristo, y ser de ese modo miembros de su Cuerpo, viviendo la vida del Espíritu. 

3. La radicalización genera, además, una psicología muy particular, que se ve forzada a interpretar lo que conoce de la realidad de acuerdo al prejuicio antibergogliano. Y ejemplos tenemos en abundancia, multiplicados hoy por el acceso a las redes sociales. Prefiero no abundar en esta cuestión para no generar más pataleos, pero haré una sola referencia: el caso de Mons. Giorgio Marengo, prefecto apostólico de Ulán Bator y neocardenal. La semana pasada dije que no lo conocía y que “no tengo idea si es conservador o progresista, pero lo que resulta bastante evidente es que se trata de un hombre de fe, porque esas tareas no las hace cualquiera”. Y me refería a que ha pasado buena parte de su vida como misionero en Mongolia, un inhóspito país de Asia central, de mayoría budista, y en en el que solamente hay dos mil católicos. Pues bien, enseguida algunos lectores postearon comentarios en los que decían que Mons. Marengo era muy malo por un hecho gravísimo: es amigo de los budistas, y hace pocos días llevó un grupo de monjes de visita al papa Francisco. Más aún, habría sido este el motivo de su elección a la púrpura cardenalicia.

    Y yo me pregunto:

a. ¿Dónde reside la maldad de ser amigo de budistas, o de mormones o de los que sea? ¿Qué mandamiento lo prohíbe? ¿No resulta natural y hasta sensato que si alguien vive en un país budista tenga amigos budistas? Dígame algún católico que vive en Suecia si no tiene amigos luteranos o amigos ateos. ¿Por qué se supone que ser amigo de los budistas implica compartir los errores de su culto pagano?

b. Quiero recordar en el siglo XII habían muchos cristianos en Toledo que eran amigos de moros y judíos. Entre ellos estaba Domingo Gundisalvo, arcediano de Cuéllar y buen filósofo, que dedicó su vida a traducir, en compañía de sus amigos no católicos, las obras de Aristóteles al latín, entre otras tareas. Y ningún obispo ni fiel se escandalizó de tales amistades y trabajos conjuntos.

Y quiero recordar también que en el siglo XVI, el p. Mateo Ricci, s.j, misionó en China, haciéndose tan amigo de los seguidores de Confucio y del gobierno pagano chino, que fue incorporado a la corte, adoptó el modo de vestir de los mandarines dejando de usar el hábito jesuíta y adaptó el rito de la misa y de los demás sacramentos a la lengua y cultura china. El p. Ricci no fuer creado cardenal pero sí declarado fue Siervo de Dios. 

c. Quienes se dedicaron a presumir que, siendo Mons. Marengo amigo de budistas, es una pésima elección para el colegio cardenalicio, se olvidaron de comentar que este obispo estuvo en Roma hace muy pocos días para participar como profesor en el curso anual para sacerdotes exorcistas que organiza la Universidad de los Legionarios de Cristo. Y en esa oportunidad, ofreció una entrevista muy interesante que pueden leer aquí. En ella dice, por ejemplo, que “Satanás es el adversario, el divisor, el que se mete en medio para impedir la relación con Cristo”, y que “El enemigo se mete en medio, en estos contextos de primera evangelización, para evitar que la gente se adhiera a Cristo”. Para lo cual afirmó que “Dios llama a no mezclarse con estos cultos [paganos], y por eso el Antiguo Testamento insiste en sus peligros reales para la nueva relación del hombre con el Dios que se revela”, para también recordar que “En Occidente parece que hemos puesto entre paréntesis al diablo, por no ser una ‘idea clara y distinta’. Se ha negado su existencia, pero se experimentan sus terribles maquinaciones”. Me da la impresión que esta claridad acerca de la existencia y de la acción del demonio en medio del mundo rara vez se encuentra en obispos actuales. Sin embargo, lo único que alguien radicalizado tiene para decir de Mons. Marengo es que tiene amigos budistas, para así descalificarlo a él y al papa Francisco.

    En resumen, creo que haríamos bien en cuidarnos de las radicalizaciones. Son dañinas para nosotros mismos y para los demás, amargan el espíritu, ocasiones injusticias y, lo que es peor, oscurecen la comprensión de la realidad. 

sábado, 4 de junio de 2022

miércoles, 1 de junio de 2022

Lluvia de cardenales

Eugene de Leastar, The Bergoglio suite

 


En algo convenimos todos los que nos acercamos a estas costas virtuales: el pontificado del papa Francisco es catastrófico y pasará a la historia de la Iglesia como uno de los peores y más dañinos, y sus consecuencias tardarán décadas en ser subsanadas, si es que hay voluntad y tiempo.

Sin embargo, en ocasiones, la magnitud de la catástrofe provocada por Bergoglio nos hace vislumbrar, en lo que se refiere a sus decisiones, un panorama aún más oscuro del que ya es de suyo. En otras palabras, nos parece del todo imposible que Francisco tome buenas decisiones y cada una de las que toma, por el solo hecho que salen de su voluntad, las consideramos mala. Y quiero traer hoy el ejemplo del anuncio de los nuevos cardenales que serán creados en agosto.

En muchos sitios he leído que todos esto nuevos purpurados son malvados, hechos a imagen y semejanza de su creador, progresistas que formarán un suelo cuerpo en el próximo cónclave y nos darán un papa que será nuevo un bergoglito. Sobre el cónclave, no estoy tan seguro que sea así, y sobre la condición de los futuros cardenales estoy seguro que no lo es. Es decir, creo que no pueden echarse a todos en la misma bolsa y decretar que son malos e inservibles por el solo hecho de quién es su creador. Demos un vistazo a los cardenales electores, que son los que cuentan, a partir de la información que poseo y que seguramente podrá ser completada por lo que conoce otros lectores.

Tenemos tres cardenales de Curia que, en razón de ser cabeza de dicasterio, llevan aneja la púrpura. A Mons. Arthur Roche lo conocemos sobradamente y no abundaremos; recuerdo solamente que fue colocado en ese dicasterio por el papa Benedicto XVI. Mons. Lazarus You Heung si, es un desconocido para la mayoría en el mundo occidental. Lo que se sabe es que, cuando fue llamado a Roma, obispos y sacerdotes coreanos saltaron de gozo porque se lo sacaban de encima. Mons. Fernando Vérgez Alzaga L.C., según me comenta gente que hace más de treinta años vive en Roma y lo conoce de cerca, es una buena persona, de fe católica y que quiere el bien de la Iglesia. Con sus errores como todos los humanos, pero es honrado y cree en Dios. Con eso es ya demasiado.

Luego, hay trece cardenales con jurisdicción eclesiástica. Tres europeos, y comencemos por Mons. Jean-Marc Aveline, arzobispo de Marsella. Francia tiene actualmente varias sedes importantes que no están ocupadas por cardenales tal como correspondería: París, Lyon o Burdeos. Sin embargo, Francisco crea cardenal al metropolitano de Marsella, que tiene en su diócesis varias comunidades Ecclesia Dei, que no tiene inconvenientes con el rito tradicional y, más aún, que él mismo celebró en enero de este año —es decir, post Traditiones custodes— un pontifical en el rito romano tradicional.

Análogo al caso francés, y aunque en Italia hay sedes muy importantes que no están ocupadas por cardenales como Venecia, Génova o Turín, el papa otorga la púrpura a Mons. Oscar Cantoni, obispo de la pequeña diócesis de Como. La lectura que todos han hecho es que se trata de un pago por la carta de apoyo que el obispo escribió a Mons. Perlasca, “arrepentido” y principal acusador del cardenal Becciu en el escándalo de los desmanejos financieros del Vaticano. De esta manera, el juicio que se está desarrollando sin demasiada transparencia, concluirá que la cadena de culpables se detiene en Becciu y no en el mismo Francisco. ¿Es para escandalizarse que sea éste un criterio de selección para integrar el sacro colegio? Probablemente sí, pero recuerdo que tendríamos mucho material para escandalizarnos porque desde la temprana Edad Media los papas adoptan este tipo de criterios, o aún peores. Nada nuevo bajo el sol.

El otro neo cardenal italiano es Mons. Giorgio Marengo, prefecto apostólico de Ulan Bator. Se trata de un hombre de 48 años, misionero de la Consolata, que ha pasado buena parte de su vida es las heladas y ventosas planicies mongolas, atendiendo al más que reducido núcleo de católicos que viven en esas tierras.  No tengo idea si es conservador o progresista, pero lo que resulta bastante evidente es que se trata de un hombre de fe, porque esas tareas no las hace cualquiera. Deben ser muy pocos los que pueden hablar con fundamento sobre él; yo no soy uno de ellos por lo que prefiero otorgarle el beneficio de la duda. 

Hay siete cardenales de las “periferias”. Se trata de arzobispos de Nigeria, India, Timor Oriental, Ghana y Singapur. Son nombramientos que responden a la intención de universalizar el sacro colegio que siempre ha procurado el papa Francisco, y que podrá gustarnos más o menos, pero se trata de un criterio válido. Por otro lado, recuerdo que los obispos africanos, durante los últimos sínodos, han sido de los que se han opuesto con mayor fuerza a la introducción de novedades y han defendido con claridad la moral tradicional; recuerdo que el cardenal de Toga, la diminuta y perdida isla del Pacífico, que fue creado en el primer consistorio de Francisco, resultó ser mucho mejor, más católico y tradicional de lo que podíamos pensar los que en su momentos criticamos la decisión; y recuerdo que los obispos indios de rito sirio-malabar fueron los que, a pesar de la resistencia de buena parte de su clero, exigieron que la Santa Qurbana, o Santa Misa, se celebre ad orientem. Prefiero, entonces, que haya nuevos cardenales periféricos, a que los hayan de Alemania, Suiza o Austria.

Tenemos también tres cardenales sudamericanos: Mons. Leonardo Ulrich Steiner, O.F.M., arzobispo metropolitano de Manaos, Mons. Paulo Cezar Costa, arzobispo Brasilia y Mons. Adalberto Martínez Flores,  arzobispo de Asunción. No los conozco pero no pongo las manos y ni siquiera una uña en el fuego por ellos. Siendo hispanoamericanos, seguramente son conocidos de Bergoglio, quien está particularmente interesado en imponer en el subcontinente a gente de su línea. Puede salirle pato o gallareta, como ya le ha pasado en algunos casos. Veremos. 

Finalmente, el caso que más resonancia ha tenido es la elección de Mons. Robert McElroy, obispo de San Diego. Como todos han interpretado, no se trata más que de un modo de humillar a quienes Bergoglio considera sus más detestables enemigos: los obispos conservadores americanos, que son mayoría en ese episcopado. Les crea, entonces, un cardenal en medio de California, en una diócesis sufragánea de Los Ángeles, sede de Mons. Gómez, presidente de la Conferencia Episcopal y vecina a San Francisco, sede de Mons. Cordileone, que son obispos claramente conservadores. Y el elegido es uno de los pocos que representa a la corriente más abiertamente progresista. ¿Qué logra el papa con esto? ¿Que los obispos americanos se alineen con su política? No lo creo. Es astuto y sabe que lo más probable es que consiga el efecto exactamente contrario. Lo hace entonces porque el suyo es un corazón ruin y rencoroso, que se regodea en estas pequeñas mezquindades.

Finalmente, y sea o no consuelo de tontos, pensemos que podría haber sido peor. Podría haber elegido cardenal a Tucho Fernández, o a Carlos Castillo, arzobispo de Lima, o a tantos especímenes más de esa calaña que portan mitra. Eligió a los que eligió, y no me parecen tan malos. 


domingo, 29 de mayo de 2022

El clero conservador y sus enemigos

 


El jueves pasado, día de la Ascensión del Señor, fui a misa como habrá hecho buena parte de los lectores de este blog. En mi caso fue misa solemne —con diácono, subdiácono, clérigos y coro que cantó la totalidad del propio— en una iglesia de la FSSPX. Cuando regreso de estas celebraciones, invariablemente me pregunto como fue posible que la Iglesia renunciara a semejante tesoro, y no haya sido capaz de reconocer y enmendar el error y, peor aún, de perseguir con saña y crueldad a los sacerdotes y fieles que prefieren el rito tradicional. Recomiendo ver el segundo episodio de The Mass of the Ages (“La misa de todos los tiempos”, aquí con subtítulos en inglés) donde una vez más queda claro que la reforma de Bugnini fue un espantajo surgido como respuesta a la locura de los ’60 que envolvió al mundo y a la Iglesia.

Estos son temas que han sido tratados infinidad de veces y no vale la penar volver sobre ellos. Pero lo que a mí más me asombra es que, en Argentina al menos, los enemigos más encarnizados de la misa tradicional, sea celebrada por sacerdotes “en plena comunión” como por sacerdotes de la FSSPX, sean algunos de los sacerdotes autopercibidos como conservadores. En los últimos tiempos sobre todo, un grupo de ellos se ha lanzado a una campaña de denuestos y anatemas, recorriendo las ciudades donde hay casas de la Fraternidad, a fin de advertir a los fieles que no se acerquen a los temidos lefes, seres peligrosísimos y ponzoñosos. Sacerdotes que en los ’70 no trepidaron de denunciar antes los obispos progresistas a sus amigos de toda la vida que habían comenzado a asistir a la misa tradicional, hoy, con más de setenta años y ante la vista de su fracaso estrepitoso, siguen empeñados en reclamar obediencia servil y “plena comunión” con una jerarquía que hace décadas abandonó la comunión de la fe católica. No es necesario dar ejemplos, pero hace bien pasearse por la homilía que dio el inefable Tucho Fernández, arzobispo de La Plata, candidato a la sede primada de Argentina y niño mimado del Papa Francisco, en el Te Deum del 25  de mayo. Estos curas conservadores prefieren que los fieles estén en “comunión plena” con personajes patéticos de esta  calaña y en modo alguno católicos, a que vayan a la misa que la Iglesia celebró durante casi dos milenios, oficiada por sacerdotes válidamente ordenados y que si no están en “comunión plena” con los obispos diocesanos, sí lo están con la pléyade de obispos y santos que nos precedieron en más de dos mil años de historia.

No se trata de hacer una defensa de la FSSPX  (bastante bien se sabe defender sola). Tengo varias diferencias con ella, pero diferencias existieron siempre entre los diversos grupos de la Iglesia, aunque todos coincidían en los principios fundamentales. Y es este mi caso. Se trata, en cambio, de señalar la evidente incoherencia de muchos sacerdotes conservadores y su negación a ver la realidad tal cual es. 

Creyeron que con usar sotana, no permitir guitarras en la misa, cantar de vez en cuando el kyrie o un sanctus de angelis bastaba; que con darles a leer un poco de Santo Tomás y de Santa Teresa de Jesús a los seminaristas que formaban, tenían asegurada “la buena doctrina”. Pero cuando hubo que tomar partido, se acurrucaron bajo la obediencia al obispo y a la conveniencia política. Y me refiero, concretamente, a la actitud servil que tuvo una buena mayoría de los sacerdotes conservadores durante el incomprensible confinamiento de 2020 y 2021, al que los obispos se plegaron con una pasmosa docilidad, y dejaron de celebrar la misa y, luego, dejaron de distribuir la comunión en la boca. Nadie podía extrañarse que esto lo hicieran los sacerdotes progresistas o los más adocenados; y era hasta comprensible que ocurriera con sacerdotes que estaban solos y aislados en sus diócesis, sin apoyo de sus colegas y bajo el poder implacable del obispo. Pero resulta indignante que eso haya ocurrido en diócesis con mayoría de sacerdotes conservadores, que aún ante la evidencia de estar bajo la autoridad de un obispo no sólo cruel sino y sobre todo, trastornado, se avinieron mansamente a sus órdenes y no dudaron de dejar en su camino a sacerdotes que ellos mismos habían formado y que habían decidido permanecer fieles a los principios que de estos conservadores acomodaticios habían recibido (¿Es necesario recordar aquí al P. Alejandro Casado y su triste final?).

Pero más indignante aún es que esos mismos sacerdotes y sus capitostes que aún creen poseer alguna autoridad, se dediquen a recorrer diócesis ajenas, organizando reuniones y encuentros con fieles piadosos y con voluntad de ser buenos católicos, a fin de advertirles que en modo alguno deben acercarse a la misa tradicional, y mucho menos si es celebrada por sacerdotes de la FSSPX. Es la única reacción que se les ocurre frente a su fracaso, y frente al espanto que les produce que en sus propios territorios —físicos o morales—, los lugares de misa tradicional, sea quien sea que la celebre, han cuadruplicado la cantidad de fieles, mientras que los suyos propios han disminuido, en algunos casos, en proporción semejante.

Quedarse en el medio y estar tranquilos. Esa fue la máxima que adoptaron y ante la evidente apostasía de la jerarquía católica —al menos en Argentina—, continúan en su postura de grandes componedores y peor aún, entorpeciendo el sentido común y el olfato católico de los fieles. 

martes, 24 de mayo de 2022

Belloc: Nacionalismo o catolicismo

 


Uno de mis pasatiempos favoritos es visitar librerías de usados y hurgar, sin premuras, en estantes y cajones. Suelo volver con un pequeño botín que deposito en una zona especial de mi biblioteca y voy leyendo a medida que el tiempo y el interés lo permiten. Y acabo de finalizar la lectura de uno de estos libros: Richelieu, de Hillaire Belloc, en una edición argentina de Juventud de 1937. Casi trescientas páginas, en papel ácido marrón y encuadernado en cartón forrado con tela azul. En la última página aún conserva un ticket pegado que indica dónde fue comprado: Harrod’s Buenos Aires. Memorables tiempos de Argentina en que editaba tales libros y poseía tales tiendas. Luego vino Perón.

Belloc era historiador de profesión, con estudios en Oxford, en donde casi llegó a ser profesor. Y eso se nota. Es fiel a los documentos y se preocupa en acceder a todos ellos, aunque su obra no consiste en una mera narración de hechos sino que acompaña a éstos con su propia reflexión e interpretación, que son las de un hombre cristiano, procurando siempre señalar con precisión cuáles son sus opiniones y cuáles los hechos probados. Es este el motivo por el que me interesé en leer la vida del cardenal Richelieu, por el que no guardaba ninguna simpatía o interés especial. Y no me arrepiento pues, además de apreciarse en el libro cómo fue el proceso de surgimiento de la Europa moderna, aparece un tema al que merece la pena aproximarse: religión y patria o, en términos de Belloc, religión y nacionalismo.

Richelieu fue obispo y cardenal, y católico respetuoso de la religión, y fue también primer ministro del rey Luis XIII, un monarca bastante corto al que manejaba una madre más corta y pasional aún: María de Médicis. El cardenal, en cambio, era de una inteligencia y habilidad política y militar muy superior a la de todos ellos. Escribe Belloc: “Los hombres que cambian la historia del mundo mediante la acción cometen un sinfín de errores —como todos los hombres, por otra parte—. Aparentemente, se diferencian de sus semejantes principalmente en cuatro cosas: primero, que tienen mayor suerte; segundo, que su buena suerte va unida a una habilidad excepcional (y a un intenso deseo de dominar y dirigir el mundo); tercero, que su actuación es continua; cuarto, que viven el tiempo suficiente”. Richelieu fue uno de ellos, porque él fue el artífice que Francia sea lo que fue a partir del siglo XVII y hasta ahora, aunque para tal fin, gran parte de Europa debió dejar de ser católica.

Esta fue la disyuntiva que se le planteó al cardenal cuando llegó al poder. Su país, dividido en luchas internas de carácter religioso principalmente, no era más que un mosaico de señoríos feudales que prestaban vasallaje al rey pero que lo combatían cuando era necesario. Francia era débil y estaba dividida. Y, peor aún, estaba rodeada por los Habsburgo: el emperador Fernando II en Viena con autoridad al menos nominal sobre todos los países de habla alemana, y el rey Felipe IV en España. Y los Habsburgo estaba decididos a que Europa volviera a la fe católica allí donde había sido desplazada por el protestantismo, y tenía todos los medios para hacerlo. Sin embargo, una hegemonía de esa dinastía en el norte, este y sur de Francia iba a significar un peligro constante y la relegaría a un papel de segundón. 

Richelieu tenía la opción de aceptar esta situación, que era lo más fácil, y que contaba con las simpatías de la reina regente María de Médicis y de la mayor parte de los nobles católicos. La otra opción era conseguir un gobierno fuerte en Francia doblegando a los nobles y, una vez alcanzada esta meta, debilitar a los Habsburgo e impedir su cruzada católica, aliándose para ello con los príncipes y reyes protestantes. De esa manera, Francia, sin dejar de ser mayoritariamente católica, sería también líder de Europa. El plateo que aparece a los ojos del cardenal era la grandeza de la propia nación o la grandeza de una Europa católica. Ambos objetivos eran antagónicos. Nacionalismo o religión. Y eligió al primero. 

Richelieu no estaba solo. A su lado siempre lo acompañó el padre Joseph, Fraçois le Clerc du Tremblay, un capuchino que, contrariamente a lo que hacían sus hermanos de religión lanzados a la conversión de los protestantes alemanes, prefirió ser el amigo, consejero y confidente del primer ministro. Fueron ellos, dos hombres de iglesia, los que no tuvieron más remedio que escoger entre el Nacionalismo y el Catolicismo. Instintivamente, ambos intentaron idéntica transacción: hacer de Francia su principal objetivo, pero suponiendo o esperando que ello no perjudicaría a la Iglesia. Lograron lo primero, pero no lo segundo. 

En el plano de la política interna, Richelieu arrasó con todo el sistema feudal que aún quedaba en pie, centralizando el poder en el rey. Fue el “inventor” del absolutismo regio y el destructor del sistema de balances de poderes que había sido el propio de la Edad Media. Verdad es que la mayor parte, y la más importante, de la nobleza francesa que conservaba poder y soberanía en sus propios feudos, era hugonote, pero el interés del cardenal al terminar con ellos no fue religioso sino político. De hecho, una de sus políticas más discutidas era la extrema tolerancia hacia los protestantes en el reino de Francia.

En cuanto a la política externa, Richelieu no trepidó en hacer lo que tuviera que hacer para debilitar al Imperio y a España, es decir, a la católica Casa de Austria. Firmó alianzas y concertó matrimonios con cuanto príncipe protestante —luterano o calvinista, daba lo mismo— que tuviera algún poder y llegó, incluso, a “alquilar” al rey Gustavo Adolfo de Suecia, fiero luterano y odiador consumado de la religión católica, para que entrara en Alemania y arrasara con todo el norte del Rin. Y así lo hizo, llegando incluso a devastar Baviera. Una vez conseguido esto, y con la ayuda del protestante Bernardo de Worms que le cubría las espaldas, el cardenal se dirigió al sur y llegó hasta Barcelona, logrando que el rey francés Luis XIII fuera elegido conde de esa ciudad. Aunque después se retiró, lo cierto es que toda la Cataluña francesa, con su capital Perpignan y el Rousillon, se perdieron para el reino de España.  

El cardenal Richelieu murió el 4 de diciembre de 1642. El Papa, en Roma, al enterarse de la noticia comentó: “Si hay un Dios, el cardenal de Richelieu tendrá bastante que darle cuenta. Si no lo hay, ¡qué vida de triunfos la suya!”.

Me interesó traer a colación este caso histórico y la disyuntiva en la que se encontró su protagonista porque me pregunto de qué manera reaccionarían mis amigos nacionalistas ante una situación semejante. Traslademos la situación a Hispanoamérica y pensemos que en algún momento de la historia Argentina se encontrara en la situación de Francia a la muerte de Enrique de Navarra, y que la opción que debiera tomar quien lo sucediera fuera entre el engrandecimiento de la propia patria, con Malvinas incluidas, para lo cual debería debilitar y, en el fondo impedir, una hegemonía política católica en el resto de América. O bien, preferir esta segunda opción, aunque el país pasara a ser un segundón, en el mejor de los casos. Veremos qué dicen.


El libro de Belloc puede comprarse en formato Kindle en Amazon.