jueves, 11 de julio de 2024

El cardenal Pietro Parolin y el programa del futuro Juan XXIV

 


La Iglesia de hoy, al igual que las sociedades liberales que la han llevado a su paso, se encuentra en un gran vacío, al haber borrado el rigor de su dogma y de su moral. Pero parece que no hay vuelta atrás. Los sucesores de Francisco sólo podrán ser guardianes de su legado, a saber, el Concilio “completado” con Amoris leatitia y Traditionis custodes. Salvo un replanteamiento radical, que sin duda se producirá tarde o temprano, el sucesor de Francisco será necesariamente un bergogliano. Pero puede ser un bergogliano liberal, como el cardenal Aveline, arzobispo de Marsella, o un bergogliano riguroso. Este debería ser el caso del hombre al que ya se está apodando... Juan XXIV.


Un infiltrado progresista

Bergoglianamente riguroso es el adjetivo que podría aplicarse al cardenal Pietro Parolin, 69 años, Secretario de Estado hoy, mañana... Porque todo el mundo en Roma sabe que la segunda figura más importante de la Iglesia está en campaña. Todo el mundo, incluido el Papa, que no duda en burlarse de él un tanto molesto.

Para que nadie ignorara cómo veía el futuro, hace tres meses, el 24 de abril, el Secretario de Estado pronunció una conferencia en el antiguo Colegio Romano, hoy Ministerio de Cultura de Italia, con motivo de la presentación de un libro de un experto vaticanista de la televisión italiana, Ignazio Ingrao, Cinque domande che agitano la Chiesa, “Cinco preguntas que agitan a la Iglesia”. La sala estaba abarrotada, con la presencia de numerosos prelados de alto nivel, entre ellos el anciano cardenal Re, cardenal decano, que fue uno de los grandes electores de Francisco, pero que desde entonces se ha sentido más que decepcionado por su estilo de gobierno; el ministro de Cultura, por supuesto; prefectos de dicasterios; embajadores ante la Santa Sede; y periodistas atentos a las reacciones de los ilustres oyentes tanto como a las palabras del orador.

Fue a la quinta pregunta del libro, “¿Qué será de las reformas emprendidas por el Papa Francisco?”, a la que el cardenal había elegido, como por casualidad, dar su respuesta. Aunque le cuesta desprenderse de su lenguaje eclesiástico más bien pesado, sus palabras, que incluían las palabras “discernimiento”, “paciencia” y “el largo recorrido” que se bebió el cardenal-decano, lanzaron un mensaje muy claro: “No habrá marcha atrás”. Porque cuando el progreso es deseado por el Papa, guiado por el Espíritu Santo, se produce un efecto trinquete.

Esta es la piedra angular del proyecto del hombre que muchos ya ven como el Papa Parolin: la garantía de que no habrá vuelta, ni siquiera en los márgenes, al estado postconciliar de Benedicto XVI. A fortiori a un estado ante-conciliar. Esto es tanto más seguro cuanto que el estilo de gobierno del hombre que se ve a sí mismo como califa en lugar del actual califa, mucho más tranquilo que el del Papa Bergoglio, evitará el riesgo de crisis.

Natural del Véneto, Parolin entró en la diplomacia vaticana cuando el cardenal Casaroli, el hombre de la Ostpolitik, era Secretario de Estado y Achille Silvestrini, durante décadas el líder de la Roma liberal, era Secretario para las Relaciones con los Estados (Ministro de Asuntos Exteriores). Bajo la dirección de Silvestrini, que se convirtió en su mentor, Parolin adquirió rápidamente un gran conocimiento de las altas esferas de la Curia, así como de las cancillerías de todo el mundo.

Después de varias nunciaturas, regresó a Roma en 1992, cuando el cardenal Sodano era Secretario de Estado, como Subsecretario para las Relaciones con los Estados bajo Jean-Louis Tauran, que había sucedido a Silvestrini como Secretario para las Relaciones con los Estados. Pero cuando el cardenal Bertone sustituyó al cardenal Sodano como Secretario de Estado de Benedicto XVI en 2009, envió a Parolin a la más difícil de todas las nunciaturas, la de la Venezuela de Chávez.

Un exilio que no se prolongó. En agosto de 2013, Jorge Bergoglio, ahora Papa, fue convencido por los cardenales Silvestrini y Tauran para que llamara de nuevo a Roma a este experimentado diplomático de tendencia liberal... para sustituir al cardenal Bertone.


Un hombre abierto

No hay que olvidar nunca que el Vaticano está en Italia. Aunque la diplomacia papal cultiva tradicionalmente una “neutralidad”, es decir, un cierto repliegue sobre el atlantismo italiano, este último ha sido sin embargo ampliamente compartido por la Santa Sede desde Pío XII y aún más desde Juan Pablo II. En este sentido, el antiamericanismo del papa Francisco restablece un equilibrio más tradicional, como hemos visto, por ejemplo, en las exploraciones diplomáticas por la paz en Ucrania, para las que encargó al cardenal Matteo Zuppi, presidente de la Conferencia Episcopal Italiana.

Parolin parece en general —excepto por su política hacia China— más pro-estadounidense. Pero desde luego no trumpiano. Mucho se ha hablado de su presencia en la conferencia de 2018 del Grupo Bilderberg, que se celebró en Turín. Este grupo está formado por un centenar de personas cooptadas entre personalidades influyentes de la diplomacia, los negocios, la política y los medios de comunicación, y hoy se ve a sí mismo como un eficaz relevo de las ideologías globalistas. En la reunión, a la que asistió la Secretaria de Estado, se analizó el “preocupante” auge del populismo.

Del mismo modo, el 5 de abril de 2019, Pietro Parolin mantuvo una larga reunión con medio centenar de abogados, jueces y políticos, que representaban a la flor y nata de los activistas LGTB y pedían la despenalización de la homosexualidad. Fue una recepción de gran poder simbólico, durante la cual el Secretario de Estado les dijo que la Iglesia condena “toda violencia contra las personas”.

Pero además está el asunto del pacto con China, perseguidor del catolicismo y enemigo mayor de Estados Unidos. El acuerdo, cuyo contenido no se ha hecho público, se firmó en 2018 por dos años, se prorrogó dos veces en 2020 y 2022, y pronto volverá a prorrogarse tras un coloquio organizado el pasado mayo en Roma sobre las relaciones de Roma con China con monseñor Joseph Shen Bin, obispo “patriótico” de Shanghái, y Zheng Xiaojun, presidente de la Sociedad Religiosa China, organismo encargado de vigilar de cerca las actividades de las religiones para que no se aparten de las leyes del país.

El acuerdo Parolin permite a las autoridades chinas nombrar a los obispos que serán investidos por Roma. Dicho claramente, el pacto en cuestión concede a los comunistas, que siguen persiguiendo a la Iglesia, el derecho a nombrar obispos. Algunos, como el obispo Joseph Shen Bin, fueron nombrados unilateralmente por Pekín y confirmados por Roma a toda prisa. En virtud de este acuerdo, los siete obispos “ oficiales” nombrados se reintegraron a la comunión romana, dos de los cuales casualmente estaban casados. Además, los obispos clandestinos, que no habían sido aprobados por las autoridades comunistas, fueron excluidos del gobierno de las diócesis. Esto provocó críticas indignadas, especialmente del cardenal Zen, que acusó a Pietro Parolin, de ser “hombre de poca fe”, de “vender la Iglesia católica al gobierno comunista” y pidió la dimisión del responsable de esta “increíble traición”. Pero también el cardenal Müller, en su libro En buena fe. El catolicismo y su futuro, dijo: “No se puede pactar con el diablo”.

Pero, ¿es realmente cierto que este acuerdo con China es un gran hándicap que impide a Parolin aparecer con sotana blanca en el balcón de San Pedro? ¿O, por el contrario, puede explicarse al Sacro Colegio como una ventaja para la Santa Sede en la remodelación de los equilibrios mundiales?


Las otras cartas de un programa de reorientación

Otra paradoja: el hecho de que se haya vuelto menos cercano al Papa podría convertirse en una ventaja para Pietro Parolin cuando haya que cubrir la sucesión de Francisco, y seguramente habrá una reacción contra el despotismo bajo el que gimen la Curia y los cardenales. El cardenal Parolin se encontró directamente afectado por la revelación, en 2019, de una operación sospechosa realizada por la Secretaría de Estado en 2012: la inversión de casi 200 millones de euros en un lujoso edificio londinense sujeto a hipoteca. El inmueble había sido adquirido a un precio muy sobrevalorado con fondos captados por el Óbolo de San Pedro, y luego vendido con fuertes pérdidas. Se trataba de una situación relativamente clásica, en la que clérigos que se creían expertos financieros resultaron ser extremadamente ingenuos. La principal responsabilidad recayó en el primer colaborador de Pietro Parolin, Angelo Becciu, por ese entonces Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, que tuvo que dimitir de su cargo, perdió todos los derechos asociados al cardenalato y fue llevado ante los tribunales vaticanos junto con otros altos funcionarios romanos. Estas acusaciones de malversación de fondos o de imprudencia temeraria hicieron que, a finales de 2020, la Secretaría de Estado fuera despojada de sus activos y de su enorme cartera de inversiones por el Papa. Hasta tal punto que la Secretaría de Estado, para pagar a su personal diplomático, tuvo que desprenderse de algunas de sus joyas familiares: las nunciaturas de París y Viena, para empezar, debían ser vendidas (Filippo di Giacomo, “La diplomazia vaticana deve fare cassa”, La Repubblica, 28 de junio de 2024).

Incluso su incierto estado de salud —Parolin ha sido tratado de un cáncer— le honra: compensaría su corta edad (69 años) a los cardenales electores que quieren limitar los riesgos de sus elecciones buscando papas para reinados cortos. La edad del cardenal Bergoglio fue uno de los argumentos esgrimidos por sus partidarios durante el cónclave de 2013....

A Pietro Parolin le gusta darse aires de moderación. Mientras que acogió de buena gana “apertura” moral del pontificado Bergogliano haciendo que el elogio del Papa a los obispos argentinos por su interpretación ultraliberal de Amoris leatitia se incluyera en el Acta Apostolicae Sedis como “auténtico magisterio” el 7 de junio de 2017 (para decirlo claramente: la interpretación más liberal de AL es oficialmente la correcta), fue, por el contrario, extremadamente cauto al dar su aprobación sólo a regañadientes a Fiducia supplicans, un documento altamente divisivo que permite la bendición de parejas homosexuales. El 12 de enero de 2024, en la ocasión extrañamente elegida de una conferencia celebrada ante científicos en la Accademia dei Lincei de Roma, incluso dio un paso atrás con respecto al documento del Dicasterio para la Doctrina de la Fe: “Este documento ha provocado reacciones muy fuertes; esto significa que se ha tocado un punto muy delicado y sensible; será necesaria una investigación más profunda”.

Comparado con los cardenales más progresistas, Tagle, antiguo arzobispo de Manila y Prefecto del Dicasterio para la Evangelización, y el jesuita Hollerich, arzobispo de Luxemburgo, Parolin representa un cierto retorno al centro. Se ha dicho que, en el Sínodo sobre la Sinodalidad del pasado mes de octubre, intervino para “defender la doctrina”, aunque no se reveló el contenido preciso de su intervención, pero el tema era que la doctrina debe situarse en el centro de la sinodalidad, es decir, que la sinodalidad no debe hacer estallar la institución. También sabemos que, sin cerrarse ninguna puerta, quiere distanciarse del sinsentido de la vía sinodal alemana. Porque este “realista· sabe que la transacción entre progreso y conservación es el gran medio por el que la Iglesia postconciliar ha durado y puede seguir durando.


El escollo de la misa tradicional

Pero hay un punto en el que Parolin no quiere transigir, y es el de la liturgia tradicional, a diferencia de los liberales bergoglianos que mencionábamos al principio, que piensan que se le puede dar cierta libertad para controlarla mejor.

Como Secretario de Estado, el cardenal Parolin desempeñó un papel clave en la redacción de la carta apostólica Traditionis custodes de 2021. Como se recordará, el primer acto fue la encuesta a los obispos del mundo organizada por la Congregación para la Doctrina de la Fe el 7 de marzo de 2020, con el objetivo de hacer balance de la aplicación de Summorum Pontificum. Los resultados podrían interpretarse ciertamente como una aprobación de Summorum Pontificum, pero lo que estaba previsto era su derogación. En las reuniones de la Congregación en las que se discutió el asunto, hubo oradores muy hostiles al usus antiquior, como el cardenal Stella, entonces prefecto de la Congregación para el Clero, el muy virulento cardenal Ouellet, que era prefecto de la Congregación para los Obispos, y el cardenal Versaldi, entonces prefecto de la Congregación para la Educación Católica (encargada de los seminarios). Pero el cardenal Parolin se mostró especialmente decidido, y en una de estas sesiones se dice que dijo, jugando con el apelativo de la Misa tridentina como la Misa de todos los tiempos: “¡Hay que acabar con esta Misa de todos los tiempos!”.

Para él, como para el nuncio en Francia Celestino Migliore, de quien se rumorea que podría convertirse en Secretario de Estado del Papa Parolin (véase nuestra Carta 1059 del 27 de junio de 2024, Paz litúrgica Francia), el eje de Traditionis custodes es esencial para salvaguardar el Vaticano II. Puede resumirse así: sólo hay una lex orandi que corresponde a la única lex credendi, la del Vaticano II. Son posibles algunas tolerancias provisionales y limitadas, pero en ningún caso una libertad paralela y concurrente. Más que cualquier otra reforma conciliar, la reforma litúrgica es irreversible.

La lógica de esta intransigencia es básicamente el deseo de empujar a los partidarios de la liturgia antigua, y especialmente a los sacerdotes que se dedican a ella, a los márgenes y, en última instancia, hacia el cisma: “¡Que se vayan!”. Este rigorismo ideológico no tiene en cuenta la creciente importancia relativa de esta liturgia, sobre todo por su fecundidad vocacional. De hecho, en las Iglesias occidentales, la liturgia tradicional es cada vez más visible. Sin embargo, la determinación de lo que constituye un cisma —como era bien sabido en la antigüedad— también tiene providencialmente algo de relativo, donde acabamos descubriendo que el excomulgante es en realidad el verdadero excomulgado. En el gran vacío doctrinal que es hoy la Iglesia docente, la Iglesia que debería enseñar, es ciertamente explosivo chocar frontalmente con la Misa de antaño, que representa la doctrina de antaño.


Fuente: Paix Liturgique


lunes, 8 de julio de 2024

La paradoja conservadora: la unidad por sobre la verdad

 


El viernes pasado, el Dicasterio para la Doctrina de la Fe declaró que Mons. Carlo Maria Viganò había sido excomulgado por cisma, según lo establece el canon 751. Para un ajeno al derecho canónico como soy yo, parecería que la pena corresponde a un delito efectivamente cometido por el arzobispo; se trata de un grave delito contra la unidad de la Iglesia pues el reo se niega a reconocer la figura y autoridad del Romano Pontífice.

Ese mismo día, se conoció que la diócesis de Linz (Austria) había decidido dejar expuesta en la catedral una imagen de la Santísima Virgen brutalmente blasfema: se la representa sentada en el piso, con las piernas —que son de hombre— abiertas, con el rostro adolorido, y en el momento de dar a luz: Crowing, se llama la imagen, es decir, en el momento en el que el bebé asoma su cabeza del canal de parto. Ni el rector de la catedral ni el obispo de Linz han sido excomulgados, ni sancionados; ni siquiera se les ha mandado una advertencia

Cualquier católico que permite y celebra que en un templo se exponga una imagen de esa naturaleza, ciertamente no tiene fe en la virginidad de María ni en su maternidad divina. Esa persona no sólo está cometiendo un gravísimo delito contra la unidad de la fe católica, que entiendo que es más importante que la unidad ante la figura del pontífice de Roma, sino que también blasfema y escandaliza. Según el CIC de 1917, “El que blasfemare […], sobre todo si es clérigo, debe ser castigado según el prudente arbitrio del Ordinario” (c. 2323). Claro que ese código fue derogado por Juan Pablo II; ¿habrá quedado derogada también la blasfemia? Un detalle.

Ejemplos como este tenemos a montones: miembros de la Iglesia, algunos de ellos con puesto muy altos en la jerarquía, que niegan de un modo u otro verdades de fe; es decir, son herejes y hasta blasfemos. Pero para ellos no hay penas de ningún tipo. Muchas veces hay encomios.

Por cierto que, si preguntáramos a esos personajes acerca de la naturaleza de su fe, no dudarían en decirnos que son católicos y que adhieren a las verdades proclamadas en el Credo. Y es verdad que lo hacen, lo que ocurre es que la suya es una adhesión racionalista a la fe. Es decir, conciben a las verdades de fe como una serie de enunciados producidos en una época determinada y que responde al lenguaje y a la cultura de esa época. Consecuentemente, en un mundo avanzado como el nuestro, esas “verdades” tienen que ser interpretadas de acuerdo a las luces de la razón y de la ciencia. María, ciertamente, no pudo ser virgen y concebir sin concurso de varón, y Jesús no puede ser Hijo de Dios. Estos, entre otras muchos, no son más que relatos propios de los hombres de los primeros siglos del cristianismo y que hoy deben ser reinterpretados. En otras palabras, la herejía modernista que el Papa San Pío X condenó en 1907, a pesar de lo cual, surgió con mucha mayor fuerza y vigor en los años 60, y hoy atraviesa todas las capas de la Iglesia

En el Tracto 73 y aquí y allá a lo largo de su obra, John Henry Newman se enfrenta con este racionalismo, que otorga las bases teológicas para lo que él llamaba liberalismo en materia de religión, y vale la pena seguirlo en su argumentación.

No defiende Newman ningún principio contra la razón ni se opone a ella, ya que racionalismo no es el uso de la razón para elaborar pruebas racionales de lo que se puede probar en la Verdad revelada, ni tampoco es racionalismo investigar las verdades de la religión natural, ni determinar qué pruebas son necesarias para aceptar algo como revelado, ni reflexionar sobre el significado de las verdades reveladas y de su lenguaje. Es racionalismo hacer irreal la profesión de fe, decir que uno acepta la Revelación y “luego negarla con explicaciones; hablar de ella como Palabra de Dios y tratarla como palabra de hombre; resistirse a dejarla hablar por sí misma; alegar saber el porqué y el cómo del trato de Dios con nosotros… y asignarle a Dios un motivo y una mente nuestra”, tomar sólo una parte de la Revelación, eludir lo oscuro, llevar las cosas a un terreno ajeno a la Revelación. En definitiva, racionalismo es no dar a Dios la última palabra sobre Él mismo y sobre su designio para el mundo

Desde el Concilio Vaticano II, con mayor o menor intensidad, la iglesia de Roma ha ido vaciando la fe católica; ha dejado la cáscara pero, como una polilla, ha roído la pulpa de la nuez, y ya casi no quedan más que algunos pequeños trozos aquí y allá. La enorme mayoría de los católicos del mundo, ha dejado hace mucho tiempo de concurrir a la Iglesia o de mantener con ella alguna relación que no sea cultural. Y los que continúan yendo, conservan la fe como pueden, más por sensus fidelium que por enseñanza e instrucción de sus pastores. 

Es llamativo que los católicos, aún aquellos conservadores y los más conservadores de entre los conservadores, se rasgan las vestiduras por el cisma cometido por Mons. Viganò o por las monjas de Belorado; y para afirmar su adhesión al papado romano aparecen en fotos y videos junto a una gran fotografía del Papa Francisco y la bandera de la Santa Sede. “Jamás, dicen, aceptaremos el cisma”. Sin embargo, muy calladitos o apenas con leves balidos, se oponen a aquello que es mucho más grave: la pérdida de la fe de los pastores. Y sin fe, no hay unidad que pueda ser rota. La figura del Papa y la adhesión a él no es una cuestión totémica; no se trata de adherir a un ídolo que se viste de blanco. La adhesión es en tanto y cuanto el Papa de Roma "confirma a los hermanos en la fe", es decir, en tanto y cuanto garantiza la integridad de la fe católica. Pero, ¿qué ocurre cuando a ojos vista no lo hace? Porque seamos honestos, desde el inicio de su pontificado, Francisco se ha preocupado por "confundir la fe de sus hermanos" y no confirmarlos en ella. ¿Qué otra son si no, Amoris laetitiae, el documento de Abu Dhabi o Fiducia supplicans? ¿Hasta que punto al adhesión al Papa es garantía de unidad? O, mejor dicho, ¿garantía de qué tipo de unidad es la adhesión al papa romano? 

Estamos frente a la paradoja de los conservadores: la unidad por sobre la verdad.

miércoles, 3 de julio de 2024

Dos noticias sobre la misa tradicional

 


Dos noticias relevantes han aparecido en las últimas horas. Ayer, el sitio alemán de referencia para el catolicismo tradicional, katolisch.de, publicaba la siguiente noticia:

Informe: No habrá más restricciones a la Misa Tradicional Latina por parte del Vaticano


PARÍS - ¿Desea el Vaticano restringir aún más o incluso prohibir la Misa Tradicional Latina? Varios blogs tradicionalistas han difundido el rumor de que pronto se publicará un nuevo documento al respecto. Sin embargo, ahora hay otra información.


Contrariamente a muchos rumores, por el momento no se publicará ningún nuevo documento del Dicasterio para el Culto Divino sobre una mayor restricción de la Misa Tradicional Latina. Según un informe del periódico francés “La Croix” del lunes, el Vaticano ha decidido no desmentir oficialmente los rumores que han estado circulando en blogs tradicionalistas durante semanas. Se añadió que es habitual dejar sin comentarios los rumores de este tipo para no darles ningún peso. Un alto representante del Vaticano calificó los rumores sobre un endurecimiento de las restricciones como “chismes” y “completamente infundados”.

Varias fuentes dijeron al periódico que los rumores posiblemente se debían a una mala interpretación de las decisiones romanas sobre ciertas comunidades o institutos. Una de ellas concierne a los Misioneros de la Divina Misericordia en el sur de Francia. Roma ha suspendido indefinidamente la ordenación de cinco seminaristas. Se está examinando si tendría sentido permitir que los futuros sacerdotes de la comunidad tradicionalista celebren la misa en la forma preconciliar, como prevén los estatutos de la comunidad. Tras el Motu Proprio Traditionis custodes de 2021, el Papa Francisco impuso una restricción a la Misa Tradicional Latina. Los sacerdotes ordenados después de su publicación y que deseen celebrar según el Missale Romanum de 1962 deben presentar una solicitud al obispo diocesano. Este último debe consultar al Vaticano antes de conceder el permiso.


Reproche a los representantes del Vaticano

Según un informe de los medios, el cardenal alemán Gerhard Ludwig Müller subrayó en una ordenación sacerdotal cerca de Chartres el pasado fin de semana que la liturgia preconciliar no cuenta con la aprobación de todos los representantes del Vaticano. El ex Prefecto de la Fe acusó a altos representantes del Dicasterio para el Culto Divino de perseguir tradiciones antiguas como la liturgia preconciliar porque ven “un mayor peligro para la unidad de la Iglesia” en esta liturgia que en la “reinterpretación del Credo”. Entre otras cosas, Müller informó sobre una conversación con un representante del Dicasterio para el Culto Divino, a quien había informado sobre la fidelidad de los jóvenes católicos a la fe en la reciente peregrinación tradicionalista en Chartres. El representante del Vaticano respondió a Müller que eso “no era en absoluto motivo de alegría, ya que esta Santa Misa se celebró en el antiguo Rito Latino Extraordinario”.

Desde hace varios días circulan rumores en los círculos tradicionalistas de que el Vaticano quiere restringir aún más la celebración de la Misa Tradicional Latina. Los rumores se intensificaron después de que el Papa Francisco recibiera en audiencia la semana pasada al prior del Instituto Cristo Rey, Gilles Wach. El instituto celebra la liturgia en la forma preconciliar. Inicialmente no se reveló nada sobre el contenido de la conversación. Posteriormente, el instituto informó que el Papa les había pedido que se mantuvieran fieles a su carisma.


Esperemos que los alemanes tengan razón. Por cierto, y como lo hemos hablado muchas veces, el caos francisquista y la persecución a los católicos tan propia de su pontificado ha generado saludables reacciones, como la del cardenal Müller, que no creo que otras épocas haya tenido particular simpatía por el mundo tradicional. 



La segunda noticia tiene que ver con una carta firmada por importantes personalidades del arte y la cultura que se publicó The Times (Londres) de hoy en la que se pide al Vaticano salvar la misa tradicional. Entre otros firmantes, se encuentran Bianca Jagger (nicaragüense, mujer de Mick Jagger), Lord Lloyd-Webber (compositor y productor teatral), Dame Kiri Te Kanawa (cantante lírica), Princess Michael of Kent (mujer del duque de Kent, tío del rey Carlos y miembro de la familia real), Sir Andras Schiff (pianista húngaro), Tom Holland (escritor e historiador), Lady Antonia Fraser (historiadora angloirlandesa) y Lord Fellowes of West Stafford (escritor, autor entre otros, de Downton Abbey). La noticia con el listado completo de los firmantes pueden consultarla en la página de la Federación Internacional Una Voce

La carta está acompañada por una nota escrita por el director y compositor Sir James MacMillan, que dice:


Señor,

El 6 de julio de 1971, The Times publicó un llamamiento al Papa Pablo VI en defensa de la Misa en latín firmado por artistas y escritores católicos y no católicos, entre ellos Agatha Christie, Graham Greene y Yehudi Menuhin. Se la conoció como la “carta de Agatha Christie”, porque, según se dice, fue su nombre el que indujo al Papa a emitir un indulto, o permiso, para la celebración de la Misa en latín en Inglaterra y Gales. La carta argumentaba que “el rito en cuestión, en su magnífico texto latino, también ha inspirado logros inestimables... de poetas, filósofos, músicos, arquitectos, pintores y escultores de todos los países y épocas. Pertenece, pues, a la cultura universal”.

Recientemente han llegado noticias preocupantes desde Roma de que la misa en latín va a ser desterrada de casi todas las iglesias católicas. Se trata de una perspectiva dolorosa y confusa, especialmente para el creciente número de jóvenes católicos cuya fe se ha nutrido de ella. La liturgia tradicional es una “catedral” de textos y gestos, que se ha ido desarrollando a lo largo de los siglos como esos venerables edificios. No todo el mundo aprecia su valor y es previsible que así sea; pero destruirla parece un acto innecesario e insensible en un mundo en el que la historia puede perderse en el olvido con demasiada facilidad. La capacidad del antiguo rito para fomentar el silencio y la contemplación es un tesoro difícilmente reproducible y, una vez desaparecido, será imposible de reconstruir. Este llamamiento, como su predecesor, es “totalmente ecuménico y apolítico”. Entre los firmantes hay católicos y no católicos, creyentes y no creyentes. Imploramos a la Santa Sede que reconsidere cualquier nueva restricción de acceso a este magnífico patrimonio espiritual y cultural.


El año pasado, reseñamos un libro editado por Joseph Shaw en el que se tratan detalladamente todos los pedidos que se hicieron a la Santa Sede para preservar la misa latina, desde 1966 hasta 2007. La primera petición fue iniciativa de la escritora italiana Cristina Campo quien pensó el pedir el apoyo de personas de la cultura y de las artes, más allá de su fe o práctica religiosa. Consiguió un buen número de adherentes, entre ellos, dos argentinos: Jorge Luis Borges y Victoria Ocampo.

La situación actual es un reflejo de la misma paradoja de los duros años ’60. Los católicos le decimos al Papa que si no le importa conservar la misa tradicional para la Iglesia como un acto de piedad y de respeto a la Tradición, que la conserve al menos para el mundo como un intangible monumento cultural. La diferencia es que Pablo VI era progresista pero un hombre indiscutiblemente culto y lector al menos de Agatha Christi, y por eso accedió al pedido. Francisco, en cambio, es una persona vulgar y escasamente cultivada. Es por eso que algunos proponen reunir las firmas de Riky Maravilla, el Polaco, la Bomba Tucumana y Lía Crucet a fin de ablandar su corazón. Tarea difícil. 

lunes, 1 de julio de 2024

Sobre cismas y rumores de cismas

Goya, El tío Paquete, museo Thyssen-Bornsemisza

 

Y oiréis de guerras y rumores de guerras;…

Mt. 24,6.



Una de las evidencias más indiscutibles —como de hecho son todas las evidencias—, del fracaso estrepitoso del pontificado del Papa Francisco, es la pasmosas situación de estrés y división a la que ha llevado a la Iglesia. Pocas veces en la historia de la iglesia romana se han suscitado tantos cismas más o menos expuestos, y más o menos encubiertos. En las últimas semanas hemos tenido la exposición de uno de ellos, claro, abierto y diminuto: el de las clarisas de Belorado, al que la prensa, incluso la más conservadora, y los mismos obispos le han dado una relevancia que no tiene. Creo que todos estaremos de acuerdo que, en última instancia, se trata de unas pobres monjas desorientadas y engatusadas, y los responsables no son ellas sino quienes han llevado a la Iglesia a tales niveles de confusión.

Otro caso que también surgió en los últimos días es el juicio y posterior excomunión que quieren ejecutar contra Mons. Carlo María Viganò. Personalmente lamento que Mons. Viganò, que podría haber sido un referente de peso y con liderazgo para los sectores de la resistencia al bergoglianismo, haya entrado hace ya algunos años en una deriva discursiva que cuesta comprender en una persona de su capacidad e inteligencia. En mi opinión, malogró la oportunidad que se abrió no sólo para él sino también para toda la Iglesia luego de su valiente denuncia de 2018. Sin embargo, constituirlo en cabeza de un grupo cismático, convocarlo al Santo Oficio de la Inquisición y amenazarlo con la excomunión es una torpeza que sólo puede ser cometida por personajes incapaces como el cardenal Tucho Fernández. Se trata de una reacción que quizás no puede ser calificada de desproporcionada, como sí lo es el caso de las clarisas, pero ciertamente muestra la ineptitud táctica, y de toda índole, que sufre el pornógrafo cardenal prefecto.

    Otro de los cismas que se avizoran es el de la FSSPX, que era “cismática”, después entró en una suerte de limbo con el levantamiento de las excomuniones y ahora no sabemos qué es o en qué se convertirá, aunque todos estaremos de acuerdo en que es católica. Desde hace un tiempo viene preparando a sus fieles para un próximo anuncio de nuevas consagraciones episcopales. Se comenta que el superior general de la Fraternidad, P. Davide Pagliariani,  hace un tiempo tuvo una entrevista con el Papa Francisco a quien le planteó el caso, y el pontífice le habría respondido que hicieran lo que les parezca mejor. Tendrían, entonces, una suerte de visto bueno tácito y, probablemente, si las ordenaciones se dieran, en Roma se harían los distraídos. No me parece probable que volvieron a la carga con excomuniones a los nuevos obispos y consagrantes. Y esto por varios motivos, entre otros, porque todos sabemos las inexplicables simpatías de Bergoglio hacia la FSSPX y porque, además, han demostrado que con las primeras consagraciones de manos de Mons. Lefebvre hace ya cuarenta años, hicieron lo que dijeron: asegurar los sacramentos celebrados según el rito tradicional. Salvo el incidente con Mons. Williamson, que manejaron muy bien, a la Fraternidad nunca se le ocurrió andar ordenando obispillos, ni creando jurisdicciones ni haciendo el tipo de disparates típicos que suelen hacer muchos personajes que entran en esa variante. Sin embargo, aún en el caso que no se produjera una nueva declaración de excomunión, las hipotéticas nuevas ordenaciones profundizarían y consolidarían el “cisma lefebvrista”, para espanto de los conservadores.

Mucho más grave, aunque de otro signo, es el cisma de la iglesia alemana. Ellos no han proclamado la invalidez de la elección de Bergoglio ni tampoco la vacancia de la sede apostólica a partir de Juan XXIII. Ellos simplemente ignoran a la sede apostólica, a la Tradición y al magisterio de la Iglesia. Mucho más astutos, y mucho más ricos, no necesitan hacer ninguna declaración de guerra. Simplemente, siguen en lo suyo, recorriendo sus caminos sinodales. Quién sí debería actuar en este caso, con mucha firmeza y claridad, o al menos con la firmeza y claridad con la que se actuó con Mons. Viganò y que el arzobispo de Burgos aplicó a las monjas de Belorado, es el cardenal Fernández, que para eso está: defender la doctrina de la fe. Y sin embargo, él y su valedor callan y dejan hacer. La mayor parte de la iglesia alemana está, de hecho, en cisma, y lo está en connivencia con la sede apostólica. El viernes pasado, luego de una reunión conjunta, afirmaron que «Se comparte el deseo y el compromiso de fortalecer la sinodalidad en la vida de la Iglesia, con miras a una evangelización más eficaz». Un caso rarísimo, ser cismático con la anuencia del Papa, es sólo posible en un pontificado jesuítico como el de Francisco: la voluntad está por encima aún del principio de no contradicción. 

¿Qué ocurriría si, tal como se amenaza desde hace algunos días, el Vaticano lanza un nuevo documento autorizando la misa tradicional sola y exclusivamente a los sacerdotes de los institutos ex-Ecclesia Dei? Creo que sería la ocasión, probablemente buscada, de visibilizar un cisma que ya existe en los hechos. No soy adivino para decir qué ocurriría en el ámbito  de la política eclesial. En Hispanoamérica no ocurriría nada, porque en nuestras tierras, lamentablemente, casi la única que ha defendido la tradición litúrgica romana es la FSSPX, con la excepción de algunas pocas casas de institutos ED y valientes sacerdotes diocesanos. En todo caso, lo que veríamos es que muchos de estos sacerdotes se apartarían con o sin la anuencia de sus ordinarios de las actividades pastorales de la diócesis, pasando a vivir en sus propias casas y mantenidos por sus propios fieles. Eso ya está sucediendo desde hace varios años en Argentina y el fenómeno podría extenderse.

Otra sería la situación en Europa y Estados Unidos, donde los fieles y sacerdotes de misa tradicional son mucho más numerosos y poderosos. No habría un levantamiento episcopal como el sucedido luego de Fiducia supplicans, pero probablemente habría un levantamiento más o menos visible de fieles y sacerdotes. Los modernistas que se han asentado en Roma cometerían un error gravísimo si tomaran la decisión con la que amenazan. Es verdad que para sus planes, lo mejor es que la masa tumoral de los tradicionalistas sea finalmente extirpada de la Iglesia: la experiencia les ha enseñado el poder metastásico que tiene es enorme. Pero, justamente, es allí donde deberían darse cuenta que es tarde ya para pretender tal ablación. En mi opinión, la mayor parte de los fieles que desde hace años que asisten a misa tradicional, resistirán cualquier tipo de mandato despótico del poder romano. 

Los motivos de la resistencia los conocemos todos y sobre ellos se han escritos infinidad de páginas desde los ’60 a esta parte. Resumámoslo: lo que siempre fue santo, no puede desaparecer; el Papa no es dueño de la Tradición; es sólo su custodio y, por tanto, no puede abrogar ni prohibir los libros litúrgicos con los que la Iglesia celebró el culto durante más de mil quinientos años. Es decir, el Papa no puede prohibir la Tradición. Fin. Y si ilegítimamente pretende hacerlo, resistiremos. Pero todos sabemos que el litúrgico, si sucediera, no sería el único motivo de visibilización del cisma oculto que ya existe. Aunque no siempre seamos capaces de decirlo, y no sea prudente hacerlo, todos sabemos que en el fondo es una cuestión de fe: el Papa Francisco mantiene una adhesión al menos ambigua hacia la fe de los apóstoles, y muchos de sus obispos más cercanos la han abandonado. Y si aún no lo han hecho expresamente, lo hacen cotidianamente en los hechos. Se relativizó el sacramento del matrimonio con Amoris letitiae, se relativizó la salvación universal en Jesucristo con el documento de Abu Dhabi, se cayó en la repugnancia de bendecir la sodomía, contradiciendo no solamente el magisterio inmemorial de la Iglesia sino la misma palabra de Dios y se pretende refundar una novedosa "iglesia sinodal", alejada de cualquier concepción tradicional. 

   La fotografía de la situación de la Iglesia presentada rápidamente en este artículo es muy rara: la Sede Romana, que en épocas de crisis siempre defendía la doctrina católica frente a los cismáticos, está ahora con quienes niegan la doctrina católica, y ella misma la pone en duda. Los “cismáticos” actuales, en cambio, insisten y afirman la enseñanza tradicional mientras son ridiculizados, desplazados y perseguidos por los obispos mientras el custodio de la fe apostólica, el sucesor del apóstol Pedro, permanece en una actitud hacia ellos que, en el mejor de los casos, podría definirse como ambigua. 

“Y oiréis de guerras y de rumores de guerras; pero no os turbéis, porque es menester que todo esto acontezca; mas aún no es el fin”. (Mt. 24, 6).

jueves, 27 de junio de 2024

El exterminio de los rígidos

 


Un largo artículo de Diane Montagne aparecido el martes pasado hace suponer que el rumor lanzado por Rorate Coeli sobre la aparición de un nuevo documento restringiendo aún más la celebración de la misa tradicional tiene fundamentos. Montagne es una periodista seria con muy buenas fuentes en el Vaticano.

El documento habría sido encargado personalmente por el Papa Francisco al arzobispo Viola, del Dicasterio del Culto, y contaría con el apoyo de los cardenales Parolin y Gurgerotti, y de Mons. Migliore, nuncio en París. Sustancialmente, consistiría en restringir la celebración de la misa tradicional exclusivamente a los sacerdotes pertenecientes a los institutos ex-Ecclesia Dei, y que son principalmente tres: Fraternidad San Pedro, Instituto Cristo Rey e Instituto del Buen Pastor. Ningún sacerdote diocesano, ningún sacerdote religioso y ningún obispo podría celebrar la Santa Misa ni el resto de los sacramentos en el rito tradicional. El artículo puede leerse en inglés y en italiano.

Hagamos algunas observaciones:

1. Tal documento dejaría a la Iglesia en una situación mucho peor a la que tenía luego de Summorum pontificum, pero bastante mejor a la que tenía con Juan Pablo II, aún después de Ecclesia Dei. En esos tiempos terribles, la celebración de la misa tradicional era algo más grave que ir a un rito satánico o que participar de las orgías del cardenal Coccopalmiero. Y era preferible hacerse mormón que hacerse “lefebvrista”. 

2. Pero, desde esos tiempos, la situación cambió, y cambió mucho. Quizás desde Hispanoamérica no nos demos cuenta totalmente del cambio porque en nuestras tierras, lamentablemente, el documento no cambiaría las cosas prácticamente en nada. Pero en Europa o Estados Unidos es distinto. Tanto sacerdotes como fieles se “acostumbraron” rápidamente a la misa tradicional, como es lógico que sucediera, y no me parece que se resignen fácilmente a subirse a los trenes que los llevarán a los nuevos Auschwitz o Birkenau donde los viejos progresistas del Vaticano quieren aplicarles la solución final. 

3. En el post anterior, un lector por alguna razón que desconozco, preguntó molesto por qué usaba la expresión “solución final”. Y respondí que porque era la que había utilizado Rorate Coeli, y no sólo ellos, para referirse a la situación. Si el nuevo documento finalmente fuera firmado por el Papa sería, efectivamente, una “solución final”, esta vez no preparada por Reinhard Heydrich sino por Vittorio Viola. Y esto por varios motivos.

4. Los tradicionalistas ya no podrán corretear libremente por una reserva delimitada por los altos alambrados elevados por Traditiones custodes, no tanto para que no escapen sino para que otros no puedan ingresar a ese espacio. Los progres ven que cada vez hay más gente dentro: 18000 jóvenes este año en la peregrinación de Chartres es un número para nada despreciable y muy significativo de lo que está ocurriendo. Han optado entonces por encerrar a los infectados tradis en jaulas: las de los institutos ex Eclessia Dei y de la FSSPX que, les guste o no a los interesados, a los efectos prácticos francisquistas, está equiparada al resto.

5. La “solución final” de Viola, entonces, consistiría en otorgar la celebración de la misa tradicional solamente a los fieles que quieran o puedan enjaularse. El resto, o es ario o se da una ducha en las cámaras de gas. La solución está bien pensada —dicen que detrás está la cabeza del jesuita Ghirlanda— pero me parece una solución de escritorio. Mal que le pese al Papa Francisco, no cuenta con las S.S. ni con la Gestapo. Ya buena parte de la Iglesia se le rebeló con el mamarracho de Fiducia supplicans, y también en este caso podría haber una rebelión quizás no tan masiva pero sí con efectos mucho más graves.

6. Fiducia supplicans fue una fantasía de Tucho Fernández que tiene poco efecto práctico, concreto e inmediato para los fieles católicos devotos. Una restricción de la liturgia tradicional como la que planean, en cambio, afectará muy de cerca la vida de decenas de miles de ellos. No me parece a mi que los 18000 peregrinos acepten calladitos la novedad de que se les terminó para siempre la misa tradicional en la catedral de Chartres. Y no me parece que lo hagan tampoco los americanos, franceses o alemanes. Y mucho menos los sacerdotes, sobre todo los más jóvenes, que han conocido y gustado la misa tradicional. Y mucho menos me parece que todos los obispos sean tan cobardes como han demostrado ser los obispos argentinos para aceptar pasivamente una orden tan perversa como la que les quieren imponer: que ni ellos mismo, sucesores de los apóstoles, puedan celebrar la misa tradicional. ¿Dónde queda, entonces, la autoridad del obispo? ¿Pretenderán Bergoglio y Ghirlanda obediencia jesuita? Más aún, creo yo que la situación puede provocar el enardecimiento de varios de ellos. No me imagino yo al cardenal Müller aceptando humildemente las órdenes vaticanas.

7. Como lo ha afirmado recientemente Aldo Maria Valli y muchos lo vemos desde hace años, estamos ante un cisma de hecho que, hasta el momento, no se ha manifestado abiertamente. Y el cisma no es entre tradicionalistas y “católicos obedientes”. El cisma es entre católicos y no-católicos. Deberían estar atentos los autores del documento que éste no se convierta en el asesinato del archiduque Francisco Fernando y genere una situación que luego sea ya imposible de detener. Están jugando con fuego. Los católicos de todos los pelajes —vistan corbata, mantilla, sotana negra, violeta o colorada—, están hartos del pontificado de Francisco que ha dejado a la Iglesia en ruinas. Sería muy errado de su parte creer que a golpe de documento pontificio podrán retrotraer la situación al wojtylato.

8. Pero, por cierto, aunque se den cuenta de la gravedad del momento, no retrocederán. Es que para ellos, efectivamente, los “católicos rígidos” son el enemigo, y hay que aplicarles la “solución final”. Casualmente, ayer apareció en La Nación un largo reportaje sobre la situación de las vocaciones y los seminarios en Argentina. La situación es de agonía: los seminarios se vacían y se cierran; sólo unos pocos sobreviven a duras penas. Las causan que aducen son todas sociológicas; no hay la menor alusión a causas sobrenaturales y tampoco la más mínima autocrítica. Y, en todo caso, los religiosos entrevistados se ufanan de que “Hoy, el ingreso claramente es mucho más estricto que en otras épocas, y eso está muy bien. Los chicos que ingresan, entran más grandes. Hay un camino previo de psicodiagnóstico, de maduración. Antes el discernimiento se daba durante el seminario. Hoy se fortalece la preparación para el ingreso y no se deja entrar a todos”. Quien habla es un sacerdote de la diócesis de San Isidro. Es decir, somos pocos porque somos extremadamente exigentes a la hora de admitir candidatos. ¿Alguien se lo cree? Es cuestión de recordar este video que publicamos hace tres años sobre el “control de calidad” de los seminaristas actuales, o ver las fotos de los ejemplares humanos que pueblan los escuálidos seminarios criollos para apreciar su nivel.

El P. Mauricio Larrosa, rector del seminario de Morón en el que estudian seminaristas de cinco diócesis de conunbarno y que en total suman 9 —sí, tan sólo nueve— seminaristas, se consuela diciendo que “la falta de vocaciones no siempre es ‘un mal absoluto’.En las cosas del Reino de Dios no es bueno guiarse solo por la cantidad. Los seminarios más integristas a menudo están llenos, a fuerza de ofrecer una visión en la que casi el único modo de ser generoso con Dios y con la causa del evangelio es siendo sacerdote o consagrándose”. Aquí tenemos a la madre del cordero. En el reportaje, en tres ocasiones los entrevistados, todos ellos formadores de seminarios, hacen odiosas referencias a los seminarios y congregaciones conservadoras. Dice la periodista: “De hecho, preocupa particularmente a la Iglesia argentina el crecimiento de congregaciones religiosas conservadoras ‘muy rígidas’. Éstas no tienen problemas de falta de vocaciones. Todo lo contrario”.

Y el cura de San Isidro asegura que: “Mientras que en la mayoría de los seminarios, desde hace décadas o años, dependiendo el caso, se le hacen exámenes psicológicos a los postulantes antes de dejarlos entrar, hay seminarios de congregaciones muy conservadoras que no lo hacen. Me preocupa que en estos lugares, con estructuras muy rígidas, haya más pibes, porque estas congregaciones muchas veces pueden funcionar como refugio de personas que por alguna razón quieren escapar de la sociedad, o están pasando un momento de vulnerabilidad. Han surgido congregaciones religiosas que son un desastre, que hubo que ir cerrándolas de a poco, congregaciones de rígidos ‘que no, que no, que no…’. Y que, en el fondo, detrás de esa rigidez, se esconde verdadera podredumbre”. 

Sí; los católicos tradicionalistas que tienen sus seminarios llenos, que reúnen 18000 jóvenes en Francia para peregrinar y 2000 en Argentina, están podridos. Es decir, no son católicos. Es decir, hay que acabar con ellos. Es decir, hay que aplicarles la “solución final”.


Conclusión: Las noticias sobre el documento restrictivo son verosímiles. Habrá que ver qué decide finalmente Francisco, que puede decidir cualquier cosa como hemos visto a lo largo de estos años. Lo cierto es que los jerarcas de la Iglesia, a pesar de las evidencias, o a causa de ellas, están decididos a exterminar la liturgia tradicional, aún si eso implica un daño enorme e irreparable para la Iglesia. Nos odian; estamos podridos.