miércoles, 30 de noviembre de 2011

La estampita del Coronel


Wanderer:
Respecto al clericalismo, no puede decir más que… ¡plagió mi tesis!
Hablando en serio, sostengo lo mismo aunque con algunos matices.
Cuando en 1870 caía Roma en manos de Vittorio Emanuelle, desde la Ciudad Eterna salieron hacia París unas fotitos del hoy beato Pío Nono arrodillado rezando o sentado en su trono con cara triste. Dichas fotitos llegaron a los talleres de St.-Sulpice, donde fueron reproducidas por millares con leyendas como “Pío IX prisionero en el Vaticano” y del otro lado alguna oración indulgenciada. 
Tras la explosión de las modernas congregaciones misioneras y educadoras que se expandieron por todo el mundo, estas estampitas de baja calidad y dudoso gusto “crearon” su demanda. Donde antes había un viejo crucifijo y algún cuadro barroco de la Virgen, se colocaba una imagen del Papa.
Se iniciaba así un verdadero “culto” al Papa. 
Nadie recuerda los nombres de los pontífices romanos anteriores a Pionono (excepto, quizás, Pío VI por su incidente con Napoleón). Pero desde 1870, en adelante, “Santo Padre” fue algo más que un título honorífico. 
León XIII, Pío X, Benedicto XV, Pío XI y Pío XII, Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo I, Juan Pablo II y Benedicto XVI… todos “santos” esperando su canonización. La que tarde o temprano les llegará. Uno será el Papa Obrero, el otro el Papa de la Ortodoxia, el de más aquí el de la Paz, y el que le sigue el del Apostolado Laico. Le seguirá el Papa Angélico, el Papa Bueno, el Papa del Concilio, el Papa de la Sonrisa, el Papa Viajero, etc., todos darán razones para “la esperanza”…
Si uno sostiene una legítima independencia respecto del Papado en cuestiones opinables y se remonta a los grandes Doctores medievales y Padres de la antigüedad (o simples laicos de a pié) que, en su momento, lo hicieron, le espetan en la cara “¿cómo se atreve a comparar al Papa con los papas medievales/renacentistas/…?”
Parece que hoy hemos “evolucionado” y, por fin, el Espíritu Santo se avivó: Ya no puede haber Papas politiqueros, tramoyistas, demagogos, cobardes, seniles… o, simplemente, bobos.
Toda palabra en boca del Romano Pontífice será poco menos que Palabra de Dios. Para el caso no importa si creemos que esa palabra divina fue dicha ayer nomás o en 1958. Siempre será una genialidad, sea que coleccionemos libritos encíclicas o discursos radiofónicos.
Si a eso sumamos el hecho de que, pareciera que, todos los caminos (episcopales) conducen a Roma y que todos los obispos se han transformado en delegados pontificios… aún cuando lo hagan en disidencia, podemos entender cómo se refuerza a sí mismo el clericalismo.
Antes debían estar suscriptos a Civiltà Cattolica o alguno de los muchos periódicos que reproducían la publicación italiana cuasi oficial y oficiosa. Hoy deben estar suscriptos al L’Osservatore Romano o tienen algún funcionario curialesco que les acerca una impresión de Zenit o alguna otra “agencia católica”. Y, lo mismo, se reproduce en miniatura, aún en fraternidades o sociedades sacerdotales suizas.
Lo importante es estar informado de lo último que se supone debemos creer, decir, hacer,     pensar…
Coincido, el problema es la ideología, y la ideología era y es el clericalismo, en sus diferentes versiones: parroquial, movimientístico, episcopal, romano o conciliar. Al convertirnos en católicos que ya no están atentos a la Tradición (y aún a las tradiciones) sino a “lo último”, no es difícil ver cómo nos aborregamos y estamos indefensos frente a cambios “de dirección”, de derecha a izquierda, o de izquierda a derecha.

Coronel Kurtz

lunes, 28 de noviembre de 2011

Cambio de signo


No cabe duda que el Concilio fue crucial para el desbarranque de buena parte de la juventud católica argentina hacia la izquierda y, luego, hacia las FAP o Montoneros. Pero resulta inverosímil pensar que el cambio se produjo mágicamente. Necesariamente, algo venía muy mal desde hacía décadas.
Veamos un caso testigo: el P. Miguel Mascialino. Hijo de inmigrantes italianos, católicos de siglos. Una hermana monja, un hermano cura y otro hermano dirigente nacionalista. Ingresó al seminario menor de Buenos Aires en 1940. Luego hizo la filosofía en Devoto, donde estaba Castellani de profesor, y la teología en la Gregoriana. Se quedó en Roma y completó sus estudios en el Biblicum. En 1955 vuelve ya cura a Buenos Aires y es teniente en San Nicolás y luego profesor en Devoto. Once años después, en 1966, estaba amancebado con una tal Lucía, era estrecho colaborador de García Elorrio, integraba los primeros comandos armados y realizaba operativos. Una última pizca de sentido común lo llevó a enemistarse con los líderes y, de ese modo, apartarse justo a tiempo de Montoneros.
¿Cómo fue posible tamaño vuelco en tan poco tiempo con la formación que tenía el P. Miguel? Ciertamente, después de leer La descomposición del catolicismo, sabemos que la formación no era tan buena, pero algo más pasó. En realidad, fueron varios los factores que estaban activos en esos momentos, aunque dispersos, y al Gordo no se le ocurrió mejor idea que juntarlos a todos en Roma convocando a un Concilio. Y la cosa explotó, y casi se lleva a la Iglesia puesta.
Yo quiero proponer una teoría, a ver qué les parece. La podría titular: Cambio de signo en la ideología.
Es cierto que podríamos remontarnos a Trento, la Contrarreforma y el barroquismo, como bien lo hace Disandro, pero me vengo bastante más acá, a la segunda mitad del siglo XIX y a Pío IX. Mastai Ferrati había sido colaboracionista con las tropas napoleónicas y, cuando se fueron, se encontró que no sabía qué hacer. Se metió entonces de cura, y fue lo suficientemente hábil para trepar con rapidez y pronto ser obispo y, para ser franco, obispo liberalón. Y así nomás, llegó a papa, bastante joven para el promedio lo que le aseguró un pontificado interminable (a quienes no les gusten estas apreciaciones sobre Pío IX, lean su biografía por Ives Chiron). Estando ya en el solio se le fueron los aires liberales y se encontró con un problema grave: la Iglesia, concebida hasta ese momento como indisolublemente unida a un importante Estado soberano y con fuertes prerrogativas en todo el mundo, iba a perder esos privilegios. Pío IX sabía que, a los sumo, podría atrasar algún tiempo la situación mientras lo protegieran los franceses pero que indefectiblemente en algún momento, todo se iba a caer. Debía tomar una decisión, adoptar una estrategia nueva, y lo hizo, y Dios nos libró a todos nosotros estar en su pellejo.
Para contrarrestar la pérdida de la soberanía política de la Iglesia y su influencia en la sociedad, debía afirmarse el poder espiritual y dogmático del Papa e instrumentar medios para que los católicos y el catolicismo ocuparan puestos de dirigencia y de acción. Y esta será la estrategia seguida por todos los pontífices hasta Pío XII. Y se vino entonces el Vaticano I y la innecesaria proclamación del dogma de la infalibilidad pontificia, como las también innecesarias proclamaciones dogmáticas de la Inmaculada Concepción y, casi un siglo después, de la Asunción. La cosa era mostrar poder. Si se había perdido poder político, se aumentaba el poder espiritual. Había que compensar.
En el ámbito social, apareció León XIII con la Rerum novarum y, décadas más tarde con Pío XI, la Acción Católica, un invento paralelo a la  Acción Francesa de Maurrás y a otras varias “acciones”. La cuestión era instaurar en la sociedad el Reinado Social de Cristo y, para coronar todo, se inventó la fiesta de Cristo Rey. De lo que se trataba era de poner a disposición de los obispos una organización perfectamente jerárquica que formara “cuadros” católicos dispuestos a la acción. Cualquiera que haya sido “aspirante” de la ACA, o se haya “oficializado”, recordará la machacona insistencia sobre la jerarquía, sobre la formación y sobre la acción. Y a imagen y semejanza de la ACA comenzarán a surgir otros movimientos, con mayor o menor prevalencia clerical o laical. ¿Quién no se acuerda del famoso lema que aparecía al pie de Verbo en los ’70: “Formación para la acción, en la acción”?
No quiero criticar con esto a la Acción Católica. Fue la mejor respuesta que pudieron encontrar para una época de desconcierto. El problema fueron las derivaciones de este nuevo modus operandi de la Iglesia. El nacionalismo y los movimientos nacionalistas católicos como Tacuara, por ejemplo. En el fondo, no era más que un “secularismo de derecha”, como bien lo define un viejo fraile dominico. La fe y el cristianismo eran una doctrina que debía ser expandida a la sociedad, con todos los medios que se tuvieran al alcance -y aquí entra la Compañía- y a ella se le adicionaba un patriotismo enardecido basado en los mitos formulados por los historiadores revisionistas. En el fondo, el cristianismo era sobre todo una ideología. Una ideología de derecha.
Y ahora ya es más fácil entender lo que pasó. Cuando los incendios se juntaron en Roma convocados por Juan XXIII, y apareció la Pacem in terris y, años después, la Populorum progressio, y después Medellín, ya estaba todo hecho. Le cambiaron el signo a la ideología. El proceso era bastante fácil. Con cuadros acostumbrados a la obediencia jerárquica, con estructuras armadas, con líderes reconocidos, con militantes de Acción Católica con formación elemental y orientados sobre todo a la acción, sólo era cuestión de presionar el switch. Es decir, cambiarle el signo a la ideología. Y así lo hicieron.
Los Tacuara se hicieron montoneros y los curas guerrilleros.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Eran nuestros III

Y otra del Coronel


Y algo que no hay que olvidar es la calentura por el otro sexo. Especialmente cuando hablamos de adolescentes y post-adolescentes (que fueron católicos practicantes en su adolescencia, no sé si me explico). Especialmente cuando estamos en plena época de aparición de la minifalda...
No me acuerdo quién, creo que Caparrós, lo dice claramente sobre Fernando Abal Medina: le calentaba la Arrostito, ella sí comunista de toda la vida y -por tanto- liberada sexualmente. 
También se sabe bien de la cohorte de "niñas bien" que seguían a los curas Mujica y Mayol (el de la guitarrita en misa... en tiempos de Pío XII, remember). 
Una señora conocida mía (hoy cercana a los 70), de familia tradicional y ultra-católica, colegio de monjas tradicional (que hoy ya no existe y donde hay una torre), que había sido de la Legión de María en la adolescencia y "misionera" en el Norte durante la universidad, me comentaba que, luego de una vida donde ser católica significaba juntar sellos los domingos después de misa y contar a las viejas legionarias a cuántos había convertido en la semana; aparecía de repente en una de las reuniones de su grupo misionero un Galimberti (u otro menos conocido), rubio y canchero, diciendo que ser católico era "dar la vida por los pobres". No hay que aclarar que, en determinado momento, JAEN tenía más chicas que muchachos, y -entre ellos- ex seminaristas, como Grosso de infeliz memoria, o ex tacuaras, compañeros de ruta del Tano. Ella y otras de sus amigas (en ese entonces los grupos misioneros juntaban cientos de jóvenes) se unieron a éste y otros grupos similares, donde se hablaba de nacionalismo, de liberación, de emancipación nacional, de "II República", etc. Se leía tanto a Jauretche como a los hermanos Irazusta, a Ortega Peña/Duhalde (E.L., el ministro K, no el ex presidente) como a Scalabrini Ortiz, en fin todo lo que editaban Peña Lillo, Patria Grande, etc.
Mientras tanto, en los grupos misioneros se visitaba al obispo Podestá ¡en el Luna Park lleno! Donde según el obispo de Avellaneda, Pablo VI aprobaba el socialismo. Y se leía a un cura franco-argentino que publicaba "Morir por el pueblo" (con foto del cura guerrillero Camilo) con imprimatur y todo. 
Todo en grupo de amigos, de chicas y chicos. Los mismos que hoy van a la puerta de la misa de 8 a "mirar"... y se quedan afuera o, peor, entran.
Los que han estudiado el caso explican por qué fracasó el grupo de García Elorrio (Comando Camilo Torres, cuya única acción fue sacarle el micrófono a Caggiano en plena misa por el Día del Trabajador y que se los lleven presos a todos), a pesar del éxito de su Cristianismo y Revolución. Y una de las causas que se dicen es que este ex-seminarista de San Isidro era profundamente misógino.
A diferencia de Mugica que, si bien dicen que nunca "concretó" nada, llegó a invitar a su casa (bah, la paqueta casa de sus padres) a numerosas de sus discípulas de Recoleta. O Mayol... que en este caso sí terminó tirando la toalla, digo la sotana.
En fin, ser "militante" era también una forma de conocer chicas / chicos para adolescentes formados en colegios religiosos aún tradicionales. Y los zurdos eran pintones, y las zurdas estaban buenas. Y no tenían tantos "prejuicios"... y si los tenían, siempre había un cura tercermundista que podía "bendecir" su relación... y sus relaciones. 

Eran nuestros II

Y aquí la hermenéutica del Séptimo Rey Mago:


Se dieron, todas juntas, varias cosas, varios factores. Primeramente creo que es importante recordar que el catolicismo "militante" preconciliar dejaba muchísimo que desear en nuestras pampas. Antes del Congreso Eucarístico del 34 ir a Misa era de señora gorda y los grupúsculos de derechas (desde la legión cívica, prefascista, hasta la mismísima "Nueva República") estaban alejados por varios trancos del catolicismo. Todavía, de más está decir, no había aparecido esa cosa rara que inventó España en el 39: el "Nacionalcatolicismo", que sazonado un poco de Juan Manuel de Rosas se torna en Nacionalismo Católico argento.
Pero vino el 34 y vino el Congreso y vino el futuro Papa, y todo en sintonía con el auge de los fascismos en Europa... y el mix de neutralistas y católicos generó, en los 40´s y 50´s (en la posguerra ya, pero sin los embates del Dogma de la Shoá todavía) cosas como la UNES y TACUARA.
Y acá se complica.Tacuaras hubo varias, pero todas juntas. La "oficial" y "A class" del joven Alberto Ezcurra, con los cursos de la Summa, los escritos del Capitán Codreanu, los discursos de José Antonio, el nacionalsindicalismo como respuesta a un conservadurismo liberal que mantenían en la generación anterior (aunque hayan leído a de Maeztu e tutti quanti), el saludo romano, el corte marcial, etc. Otros tacuaras se incorporaron al "fenómeno" tacuarista que, mal que me pese, describe (eso eh!, no todo!) bien el paisano Gutman en su libro al respecto. 
Llegaron los 60s con Fidel devenido en comunista (recordarlo con sus quichicientos rosarios entrando en la Habana, su "We are not communists" en EEUU una vez derrocado Batista, etc), con la revoluta en las universidades yankees (luego en Paris, y no antes, como bien muestra Esparza), Camus, Sartre, cassettes de Perón, etc. Pero vino también, y MUY PARTICULARMENTE el Concilio que se llevó puesto todo lo que encontró en el camino (V.G: La Iglesia). Acá, en Argentina, se combinó con lo que había: jesuitismo. 
De ahí un Padre Mujica Echagüe dando clases de Teología Moral a los "fachos" del Salvador (historia y filosofía), recordado aún con su motito-ciclomotor y su cara de nene bien, después de que los "fachos" venían de cursar con Vicente Sierra, Peco Ibarguren, Sánchez Albornoz, etc. No eran "tacuaras" ya esos muchachos, eran nacionalistas a secas, con mucho saludo romano, mucho libro mal digerido, mucha intención de ser revolucionario sin ser de izquierdas (al principio al menos), con una Iglesia que, desde sus soldados jesuitas y jesuitizantes los instaban a leer bazofia y a pensar bazofia. En la UCA, mientras tanto, la Democracia Cristiana (Los peces colorados flotando en agua bendita como decía el Pocho) sumaba a roletes jóvenes estudiantes a sus filas.
Llegó Perón como opción política (70, antes ni él se creía volver), feneció la "posibilidad Onganía" y al tacho con todo eso. De Royo Marin a Thomas Merton, de Merton a Cué, de Cué a...al carajo. En política, creo que fue igual.
Sin Concilio y sin Compañia, esto no se entiende. 

Eran nuestros I


Un comentador del último post afirmaba que los montoneros “estaban con nosotros pero no eran nuestros”. No estoy de acuerdo. Eran nuestros, y se dieron vuelta. He hablado con personas que vivieron esas épocas y cuentan como en los grupos católicos universitarios, por ejemplo, donde todos eran grandes amigos, en un momento, se separan. Algunos permanecen y otros se van. Pero todos “eran nuestros”. Algo muy fuerte pasó.
Comparto la explicación de causas remotas de Disandro. Yo tengo otra que publicaré en un par de días. Y el Coronel Kurtz envía otra muy interesante también. Creo que son claves de lectura que se completan, y no se oponen.
Un buen tema de discusión:

Más allá del estudio meta-histórico (digamos) à la Disandro, hay causas más próximas.
No es tan raro ver cómo se produce la metamorfosis desde católico devoto, tradicional, con simpatías nacionalistas o conservadoras, hasta el militante revolucionario (no sólo montoneros y erpianos, sino también los famosos "cuadros de apoyo" que, según Firmenich, llegaron a más de 50.000 personas y que incluían a sacerdotes, obispos y laicos "comprometidos") si se analiza el contexto, se estudian las trayectorias personales, las motivaciones, etc. 
"Por suerte" los zurdos han escrito mucho sobre estos temas (en general lo publicado en los '90 tuvo mayor ánimo crítico que lo publicado antes y ahora donde se recurre al mito del "joven idealista").
Hace unos años copié los nombres de los que firmaban los manifiestos del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo y, gracias a Google, "investigué" un poco. Lo mismo hice con los que firmaban los artículos de Cristianismo y Revolución. 
En general las trayectorias son muy parecidas: el Humanismo (la rama universitaria de la DC), las misiones rurales, los "Diálogos entre cristianos y marxistas", los grupos de estudio Teilhard de Chardin, los asesores universitarios de la JOC, algún paso por el nacionalismo más o menos peronista (Azul y Blanco, Tacuara, etc.), los "curas sociólogos" graduados en Louvain y los "curas obreros" venidos de Italia, Francia, Bélgica y España, etc. 
Todo bajo la conmoción del Vaticano II, donde se puso absolutamente todo en estado de duda (según testimonian los que en esos años estaban en el seminario).
Y en el contexto de Vietnam, las guerras anticoloniales de Africa, la Cuba castrista, etc.
Del otro lado, una sociedad y una Iglesia argentina aburguesada, mistonga, que le gusta coquetear con el poder, etc.
No es difícil que muchos se hayan "confundido". El mismo Castellani reseñaba en Jauja con bastante benevolencia el piquete que los curas tercermundistas le hicieron a Onganía en la Casa Rosada, donde amenazaban no festejar la Navidad (¡!) si no se tomaban medidas de gobierno concretas contra el hambre. [Esto no obsta a que, tiempo después, el mismo Castellani haya destrozado casi ridiculizándola la "doctrina" de los "terceromúndicos".] 
También obispos de fama más o menos conservadora (como Aramburu, Di Stéfano, etc.) van a proteger --al menos en un comienzo-- a estos curas, religiosas y laicos que iban radicalizándose cada vez más en sus posturas, quizá cuyo extremo más notorio fue el Padre Adur (que terminó sus días como Capellán con grado de capitán del Ejército Montonero [sic]).
Lo cierto es que, aún los que no terminaron con un ametralladora en la mano y tarde o temprano se abrieron (a muchos de los tercermundistas les importó más la bragueta que la revolución), han tenido vidas bastante miserables en la mayoría de los casos. Otros hicieron suyos los principios de (Groucho) Marx y no tuvieron mayor empacho en integrarse en la antes tan denostada "iglesia institucional" por un plato de lentejas (y hoy, algunos de ellos, cuando los vientos políticos otra vez soplan del poniente, sacan a relucir sus prontuarios). Unos pocos, en fin, a su modo, se reconciliaron con Cristo y la Iglesia.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Malasso



Recuerdo de la muerte. Se trata de un libro viejo de Bonasso que no había leído. Hace casi treinta años que lo escribió, en su exilio mexicano, y narra las desventuras de Jaime Dri, diputado de la JP por el Chaco, pasado a la clandestinidad y devenido terrorista montonero en los ’70.
Interesante saga la de estos Dri. Una familia de catorce hermanos de Chajarí, hipercatólicos, varios de ellos curas y monjas. Por ejemplo, Rubén Dri, sacerdote apóstata y actualmente profesor en Sociales de la UBA, o el tercermundista Raúl Dri, aún incardinado en la arquidiócesis de Paraná. Las monjas no sé cómo habrán terminado.
El libro podría haber sido muy bueno. La historia daba pero al autor no le dio el piné. Bonasso pretendió escribir una novela a través de la técnica de una sucesión inconexa de párrafos, el estilo Vargas Llosa; pero no tiene, ni de lejos, el talento de Vargas Llosa.
O bien creía que, para escribir una novela, era suficiente con describir. Y entonces se embarca en eternas y farragosas descripciones con aires proustianos que culminan no sólo en lugares comunes sino en espantajos literarios como este: “Nubes sangrientas se estiraban hacia el poniente y el sol era un melocotón gigantesco que se iba sumergiendo en la llanura” (p. 208).
Al libro le falta también sinceridad. Es natural que Bonasso presentara una visión positiva de los montoneros. Él era parte importante del movimiento. Pero un poco de vergüenza debería tener. Presenta a todos los detenidos y desaparecidos como pobres muchachitos perseguidos por la patota militar sin ninguna referencia a lo que había causado tal persecución. Relata solamente en media carilla el secuestro de Aramburu, en un brevísimo párrafo el asesinato de dos miembros de la policía caminera por parte de una “compañera” porque se había detenido a la vera de la ruta con su auto cargado de explosivos y los dos uniformados se acercaron a “meter sus narices donde no debían”. Y el único hecho terrorista relatado con detalle es el ataque a la ESMA en 1978 por parte de un comando montonero y que finalizó apenas con daños de mampostería.
Sin ningún pudor cuenta el modo en que los terroristas detenidos confundían a la opinión pública mintiendo. Por ejemplo, al afirmar que en la ESMA tenían a los prisioneros engrilletados y atados a columnas (p. 416). Y, estúpidamente, páginas antes él mismo relata la rutina diaria en ese mismo centro de detención: “La población del Sótano no tenía un horario estricto para levantarse; solían hacerlo entre siete y media y ocho. Por turnos iban pasando al baño grande a ducharse y luego se juntaban el comedor a desayunar el inevitable mate cocido. A media mañana solían regalarles el paladar con un café. Los fumadores recibían diariamente un atado de cigarrillos… Después, cada uno se metía en su cubículo a trabajar o a simular que trabajaba… A las doce bajaba el almuerzo del tercer piso. Invariablemente era pollo o carne con papas y ensalada. Una bazofia nutritiva”. Caradura; más de uno quisiera comer hoy la tal bazofia y tener ese ritmo de vida.
En fin, un libro de desechar. Malasso por donde se lo mire.


P.D.: Siguiendo con las recomendaciones, imperdible el último episodio de Lewis emitido el lunes por “Films&Arts”, titulado “Justica salvaje”. Narra el asesinato de una “obispa” progresista ocurrida en un convento-college de frailes tradicionalistas y ambientada, como siempre, en Oxford.

lunes, 21 de noviembre de 2011

Malick, la clave

Ludovicus nos pasa la "clave de lectura" de El árbol de la vida:


Ojo con Malick. Es engañoso, uno cree que es una mezcla de Heidegger y del Libro de Job, o de Kubrick con Dante, y lo es, pero hay más. Hay un filósofo y un artista que hace hablar a Dios a través de las voces en off de los protagonistas, que lo buscan con los gemidos inefables de San Pablo. "Tú nunca me buscarías si no me hubieras encontrado"

Pretencioso, lo admito. La guerra de Troya la pinta Homero en unos pocos días de cólera sin manzanas divinas ni artilugios equinos y el viaje de Dante por los tres mundos dura unas cuantas horas de entrevistas sin necesidad de acudir al Juicio Final. El arte clásico requiere unidad en la medida, la microhistoria reflejando el Cosmos, no la yuxtaposición de ambos planos: "to behold infinite in a grain of sand". En este sentido, el enorme Sean Penn se disgustó ante las desmesuras cosmológicas representandas en las tintas kubrickianas y las escenas ambientadas en el Jurásico. Hay hybris, qué duda cabe.

And yet, and yet... ¿es tan ridícula la escena teilhardiana del dinosaurio? "El Espíritu del Señor se movía sobre las aguas". ¿No son igual de desmesurados los leviathanes, behemothes y torbellinos del libro de Job? ¿No se proyecta la sombra del Redentor en ese libro como la del hermano muerto en el film, abriendo la única puerta de salida que la naturaleza tiene frente a la gracia, el sacrificio? La expresión de Penn cuando emerge de su viaje interior muy similar al dantesco lo dice todo. Dice lo que todo hombre sabe: que el sentido del Universo radica en dejarse perder. Que la vida humana es un juego en que gana el que pierde, en que el que la pérdida de la naturaleza es el encuentro de ella con la gracia, un encuentro que se corporiza en una playa en la más bella escena de la Resurrección que el arte haya plasmado. 
Y que toca a todo aquel (todos) que haya tenido una familia, una microhistoria banal y una tentación del sinsentido que lleva a oscilar entre Eclesiastés y el Libro de Job, la distancia exacta entre la pregunta y la respuesta, entre el Origen y el Final.

No es un mérito pequeño de este "arte menor".