Estimado Wanderer,
Ya sé que su bitácora no es propiamente una revista y que difícilmente
haya lugar aquí para la recensión de un libro, sino que… pues, nada, que acabo
de leer un libro de Martin Mosebach y quería contarles un poco de qué se trata.
Mosebach es un novelista y dramaturgo alemán, nacido en 1951. Es
bastante conocido en su país y, según lo cuenta él mismo, fue católico-a-medias
hasta que se convirtió a eso de sus veinticinco años.
Por culpa de la misa, por culpa de una misa celebrada según la liturgia
que dominó en Occidente desde tiempo inmemoriales hasta 1968.
El libro que leí de él, "La
herejía de lo informe - La liturgia romana y sus enemigos" no ha sido
traducido al castellano, apareció en alemán en 2003 y fue editado en inglés por
Ignatius Press en 2006 con el título de "The
heresy of formlessness" (hay versión electrónica). Se trata de una
colección de ensayos que abarca distintas cuestiones en torno a la liturgia y a
los ataques que viene sufriendo desde las reformas implementadas por Pablo VI.
Es un libro completamente fuera de serie. Quizás porque el autor no es
propiamente un liturgista ni cosa que se le parezca, quizás porque tiene una
mirada de artista, de novelista… lo cierto es que esta colección de ensayos no
tiene desperdicio, no sólo por la profundísima percepción de lo que está en
juego cuando de liturgia se trata, sino también por la originalidad con que se
dirige a cada cuestión, a cada aspecto del asunto que trata.
Es divertido, por ejemplo, cómo representa la absoluta incomprensión del
hombre moderno ante lo que sucede en la misa:
Hay una
broma espléndida acerca del niño judío que se encontró casualmente en una misa
y que luego se lo contó a su padre. "Un hombre entró con un niño y le dio
su sombrero. El niño tomó el sombrero y lo escondió. Luego el hombre interrogó
a la congregación: "¿Dónde está mi sombrero?" y la congregación
respondió, "No lo sabemos." Luego hicieron una colecta para adquirir
un nuevo sombrero. Al final el niño le devolvió el sombrero al cura, pero no
devolvieron el dinero.
Y agrega Mosebach:
Como ya
he explicado, cuando yo era niño, mi comprensión de la misa apenas si era algo
mayor que la del niño judío.
Pero, como he dicho, ya de grande empieza a entender más. Y por cierto
que su entusiasmo no procede de un superficial esteticismo ("de
moda", como diría el Papa actual).
Lo que
primero me llamó la atención de la liturgia católica fue su antigua música, el
canto Gregoriano. Llegados a este punto, me imagino el desprecio de ciertos
lectores: "Ah, claro, este hombre es un artista que está tratando de
satisfacer sus necesidades estéticas mediante la religión". Admito
redondamente que soy uno de esos tipos cándidos que mira la superficie de las
cosas, su aspecto exterior, para formarme un juicio acerca de su naturaleza más
profunda, su verdad o su carácter espurio.
Esa
doctrina de los supuestos "valores interiores" escondidos bajo una coraza
sucia y deteriorada es algo que me resulta harto sospechoso.
A nosotros también. Pero, claro,
con el Papa no estaríamos de acuerdo.
Hoy en
día pareciera que en la Iglesia hubiese dos tipos de hombres enteramente
diferentes; ya no se pueden comunicar entre sí, por mucho que hubiese buena
voluntad de ambas partes. De ningún modo alcanza con la buena voluntad para
lograr comunicarse; también depende de un lenguaje común.
¿Lenguaje común? Sí, claro, una
liturgia objetiva, rigurosa, estable, llena de rúbricas que hay que observar sí
o sí.
No hay cosa más anti-docetista que esto.
Mucha
gente preocupada por estos asuntos, se preguntarán: "¿Acaso no es posible
celebrar la nueva liturgia del Papa Paulo VI con devoción y reverencia?".
Naturalmente que eso es posible, pero el sólo hecho de que eso es posible constituye el argumento más
contundente contra la nueva liturgia… ni bien requiera que quien la celebre sea
un santo o un buen sacerdote, se la puede haber dado por terminada.
Por supuesto que el autor reconoce que el anti-ritualismo no es nada
nuevo.
Ha habido
una fuerte antipatía contra el ritual en diversas fases de la historia de la
Cristiandad. Los hallamos en forma embrionaria en San Francisco de Asís, en los
movimientos proto-Protestantes de la Edad Media, en la Reforma de Lutero y de
Zwinglio, en el Galicanismo y Josefismo del s. XVIII. Se me hace que este
anti-ritualismo constituye un eco de la forma
mentis de cada uno de estos períodos, aunque reconozco que tiene raíces muy
profundas en el propio cristianismo. En su mayor parte, estos movimientos que
se opusieron al ritual en la Cristiandad eran enérgicos, radicales y apasionados;
ahora, creo que nuestro tiempo constituye el primer ejemplo de iconoclasmo
litúrgico procedente de una anemia religiosa, un anti-ritualismo fundado en una
religión débil.
¿Religión débil? Pues claro que sí. No sólo
eso, reducida a una concepción quasi-cartesiana.
He dicho
que Jesús y sus discípulos, y los primeros cristianos, eran concientes de que
si iban a entender complemente el mensaje de Jesús, no alcanzaría con repetir
fielmente sus enseñanzas… Para que estas enseñanzas resultaran eficaces, era
esencial que los discípulos contaran con una experiencia, que conocieran la
influencia de Jesús, corporalmente presente. Y si la liturgia sería la
manifestación corporal de Jesús—una cosa esencial para la vida cristiana—tiene
que ser posible experimentarla como algo que no constituye un artefacto humano,
sino algo dado, algo revelado. Así, Basilio el Grande, un monje y uno de los
Padres de la Iglesia de Oriente, consideraba a la misa como una revelación, al
mismo nivel que las Sagradas Escrituras y, consecuentemente, prohibió
estrictamente que nadie se atreviese a alterar o reformular la liturgia.
¿Una liturgia congelada? Bueno, no, tampoco.
Por
supuesto que sabemos que el rito no ha llegado a nosotros inmutable desde los
días de la cristiandad primitiva. Y con todo, consideramos a la vieja misa…
como algo fijo e inmutable, algo que nos ha venido directamente desde el Cielo.
La razón de esto estriba en que los cambios que sufrió no fueron arbitrarios
sino el resultado de un crecimiento gradual; ocurrieron a paso tan lento que
nadie se daba cuenta. Las modificaciones graduales y constantes que sufrió el
rito no eran el producto de peritos trabajando en sus escritorios; eran el
resultado de quienes venían rezándolo a lo largo de dos mil años de historia.
También, como Bouyer, Mosebach denuncia el intolerable clericalismo
implícito en estas reformas.
Cada vez
que se introduce una modificación litúrgica se la justifica con recurso a la mágica
locución "razones pastorales". "Pastoral" significa que se
trata de la incumbencia del pastor, pero hace tiempo que nos hemos acostumbrado
a traducirlo de otro modo: "Nosotros, los clérigos, decidimos cuánto del
esplendor de la verdad pueden recibir los sonsos laicos confundidos."
En fin, Wanderer, el libro tiene mucho, muchísimo más. Pero como botón
de muestra, c'est suffit. Sólo
agregaré una cita más, acompañando a don Martín con nuestros votos:
En el
primer Domingo de Cuaresma la Iglesia Ortodoxa celebra el fin del movimiento
iconoclasta con su gran "Fiesta del Reestablecimiento de la
Ortodoxia". De modo que es mi sueño que, un día, cuando este altar y
muchos otros altares sean restaurados, seremos, nosotros también, capaces de
celebrar la restauración de la Ortodoxia Latina.
Jack Tollers

















