martes, 30 de abril de 2019
sábado, 27 de abril de 2019
¡Gloria al mártir riojano!
Se llamaba Antonio Torino, fraile mercedario oriundo de La Rioja.
Era hijo del Capitán Don Gaspar Torino Ocampo, artífice material del primer templo de los Padres Mercedarios levantado en tierra riojana, a partir del año 1617. De ese templo salieron nutridas vocaciones de misioneros, entre las cuales estuvo la del propio Fray Antonio.
Sus superiores le encomendaron la evangelización de los indios Atiles, tristemente famosos por sus borracheras e idolatrías, y por los actos de extrema crueldad que eran capaces de ejecutar.
Fray Antonio Torino confió en Dios y se lanzó nomás hacia Los Llanos, con su misal, su rosario y su Cruz de madera. Buscando la redención de aquellas almas que le fueron confiadas.
Los conquistadores españoles le habían advertido que su vida corría serios peligros entre esa gente. Pero el cura les predicaba la Verdad, oportuna e inoportunamente, a la par que procuraba hacerlos desistir de sus vicios, dando ejemplo él mismo de innúmeros actos de piedad, de devoción y de servicio.
Un día, a comienzos de la tercera década del mil seiscientos,en medio de las terribles guerras calchaquíes, los Atiles quisieron obligar a Fray Antonio a presidir una de sus habituales orgías. Se negó con santa ira, quebrando con un palo las enormes tinajas de chicha con la que se embriagaban y cometían sus desmanes después.
Los indios se arrojaron sobre él,lo desnudaron de su hábito misionero, lo colgaron de un algarrobo (venerado hasta el siglo XVIII) y lo descuartizaron vivo, juntando en la sotana del mártir su propia sangre que usaron después para sus diabólicas supersticiones.
Murió perdonando a sus asesinos y pidiendo su conversión.
El Capitán Gregorio de Luna y Cárdenas, se juramentó ante sus soldados para que el martirio y la gloria de Fray Antonio Torino no quedaran en el olvido.
Cativas y Asimín, los principales verdugos, huyendo de la justicia humana, fueron alcanzados por la justicia divina, siendo abatidos ambos por un rayo en medio de la fuga.
Fray Antonio Torino, primer y genuino mártir riojano, verdadero santo misionero, apóstol entre los más necesitados, servidor de pecadores y testigo de la Fe Católica: ruega por nosotros.
Fray Antonio Torino, fiel a Cristo, a la Iglesia, a la España Misionera y la argentina tierra riojana que te dio la vida, intercede ante el Dios de los Ejércitos para que castigue ejemplarmente a los nuevos Cativas y Asimín -hoy sentados perjuramente en la Sede Romana- disipando las mentiras, los fraudes,las estafas y las ignominias del falso martirologio riojano que hoy quieren imponernos.
Fray Antonio Torino, nosotros, los católicos argentinos, honramos tu vida, celebramos tu muerte santa cuanto heroica y proponemos tu figura como arquetipo emulable y digno de veneración.
Antonio Caponnetto
jueves, 25 de abril de 2019
Thomas Merton, un monje con doble vida

El último número de la revista Harpers publicó una interesante reseña de Garry Wills sobre un libro que acaba de aparecer sobre Thomas Merton, en el que su autora intenta reivindicar la figura del famosos monje. Wills, basado en los diarios de Merton y otro tipo de documentación confiable como el testimonio de sus propios hermanos en religión, pone en claro quién fue realmente este personaje.
En los ’50 y ’60, Merton era el gran gurú de la espiritualidad católica. Monje trapense en la abadía americana de Getsemaní, vivió varios años de su vida en una ermita dentro del mismo terreno del monasterio, a fin de llevar una vida más retirada y entregada a la oración. Para multitudes, era un santo viviente, y hacia él peregrinaban en busca de consejos y palabras de sabiduría. Sus devotos se contaban por miles. Y razón tenían, porque sus libros mostraban un alma espiritual y transparente.
Su obra más conocida, La montaña de los siete círculos vendió más de seiscientos mil ejemplares. Es un buen libro. Cuando lo leí hace mucho años, recuerdo que me gustó y que me hizo mucho bien.
A partir de ese éxito inicial, Merton comenzó a escribir dos o tres libros por año, a dar conferencias y charlas espirituales, a encontrarse y cartearse con personajes reconocidos del mundo de la política y de la farándula, y a ofrecer reportajes y entrevistas. Si Merton hubiese vivido en nuestros días, no hay duda que habría sido un asiduo participante en las redes sociales. El mensaje siempre era cristiano, con permanentes referencias evangélicas y a los místicos cristianos más reconocidos. Y todo con un innegable talento. Porque Merton era muy talentoso, poseedor de una enorme cultura y formación literaria, que lo convertían en un personaje irresistible.
A partir de ese éxito inicial, Merton comenzó a escribir dos o tres libros por año, a dar conferencias y charlas espirituales, a encontrarse y cartearse con personajes reconocidos del mundo de la política y de la farándula, y a ofrecer reportajes y entrevistas. Si Merton hubiese vivido en nuestros días, no hay duda que habría sido un asiduo participante en las redes sociales. El mensaje siempre era cristiano, con permanentes referencias evangélicas y a los místicos cristianos más reconocidos. Y todo con un innegable talento. Porque Merton era muy talentoso, poseedor de una enorme cultura y formación literaria, que lo convertían en un personaje irresistible.
Algunos de sus contemporáneos, sin embargo, comenzaron a notar que no era muy normal que un monje que se proclamaba dedicado a la vida silenciosa y a la contemplación, pasara su tiempo en actividades de alta exposición pública que, necesariamente, rompían su pretendida vida monástica. Uno de ellos fue el novelista inglés Evelyn Waugh que, habiendo tenido una excelente relación con Merton, le escribió con su particular espíritu irónico, advirtiéndole que, como monje, debía dedicarse más bien a ordeñar vacas y hacer licores, en vez de promoverse como gran maestro espiritual. Y parece que la sugerencia no le cayó muy bien al monje que le respondió que mejor era que se dedicara a rezar el rosario todos los días y no a escribir a religiosos.
La sorpresa llegó cuando el mundo vino a saber que Thomas Merton había tenido una amante durante varios años. En 1966 debió someterse a una cirugía y, estando hospitalizado, se enamoró de una enfermera: Margie Smith. Él tenía cincuenta y un años; ella, veinticinco. Utilizaba excusas para salir del monasterio y poder encontrarse con ella y, cuando no podía, era ella la que se escabullía dentro de la abadía para verlo. Escribe Merton sobre uno de estos encuentros: “Bebimos nuestro vino, leímos poesía, hablamos de nosotros pero, sobre todo, hicimos el amor, y el amor y el amor”. Enterado el abad del affaire amoroso, le exigió al monje que terminara la relación.
Merton reaccionó diciendo que eran todas mentiras ocasionadas en que su superior “estaba celoso” de sus éxitos. Ninguno de sus seguidores quería creerlo. ¿Cómo era posible que el famoso padre Thomas hubiera llevado una doble vida? ¿Cómo podía aceptarse que alguien capaz de escribir maravillas espirituales tan profundas pudiera estar tan profundamente atado a las pasiones? ¿Cómo dar crédito a las versiones que indicaban que, en realidad, había sido un farsante? El maestro de miles de cristianos, a quienes guiaba en la vida de oración y de virtud, no sólo había quebrantado sus votos sino que vivido ofreciendo de sí mismo una figura mentirosa y farisaica. Se atribuyeron los rumores a una cuestión económica, pues los derechos de sus libros generaban millones. Otros, más espirituales, hablaban del demonio que, retorciéndose en el infierno por el enorme bien que hacía Merton con sus escritos, había decidido atacarlo.
Luego de algunas idas y vueltas, Merton aceptó el hecho ante su abad y prometió corregirse, pero lo cierto es que siguió viendo a la enfermera Smith cada vez que podía. Y sobemos cómo terminó todo: el monje murió electrocutado a fines de 1968 en la bañera de un hotel de Tailandia.
Merton reaccionó diciendo que eran todas mentiras ocasionadas en que su superior “estaba celoso” de sus éxitos. Ninguno de sus seguidores quería creerlo. ¿Cómo era posible que el famoso padre Thomas hubiera llevado una doble vida? ¿Cómo podía aceptarse que alguien capaz de escribir maravillas espirituales tan profundas pudiera estar tan profundamente atado a las pasiones? ¿Cómo dar crédito a las versiones que indicaban que, en realidad, había sido un farsante? El maestro de miles de cristianos, a quienes guiaba en la vida de oración y de virtud, no sólo había quebrantado sus votos sino que vivido ofreciendo de sí mismo una figura mentirosa y farisaica. Se atribuyeron los rumores a una cuestión económica, pues los derechos de sus libros generaban millones. Otros, más espirituales, hablaban del demonio que, retorciéndose en el infierno por el enorme bien que hacía Merton con sus escritos, había decidido atacarlo.
Luego de algunas idas y vueltas, Merton aceptó el hecho ante su abad y prometió corregirse, pero lo cierto es que siguió viendo a la enfermera Smith cada vez que podía. Y sobemos cómo terminó todo: el monje murió electrocutado a fines de 1968 en la bañera de un hotel de Tailandia.
A pesar de que las evidencias se impusieron, todavía hay quienes siguen justificando la doble vida del monje: “[Su relación con Margie Smith] fue genuina, amante y transformante, aunque después se reveló imposible", continúan afirmando sus defensores.
Cosas veredes...
Cosas veredes...
miércoles, 24 de abril de 2019
No quiero que me maten
Hasta bien entrado el siglo XX se consideraba que la muerte era el cese de la actividad cardíaca (ausencia de pulso), ausencia de reflejos y de la respiración visible. A comienzo de los ’70, sin embargo, y a fin de posibilitar el transplante de órganos, la muerte se pasó a definir como la ausencia de actividad bioeléctrica en el cerebro, es decir, como la desaparición completa de la función cerebral, aunque persista el mantenimiento de la contracción cardiaca.
Siempre me pareció sospechoso el cambio: los médicos, a fin de asegurarse legalmente que no asesinaban a nadie, presionaron el cambio de la definición legal de muerte a proseguir con sus prácticas. Concretamente, aunque una persona esté viva -su corazón late y, aunque ventilado, respira- puede ser diseccionado y sus órganos ablacionados a fin de, misericordiosamente, salvar otras vidas. En Argentina, a partir del año pasado, todos los habitantes son donantes potenciales de órganos, a no ser que manifiesten lo contrario.
La última semana, sin embargo, han aparecido noticias que cuestionan aún más seriamente la definición de “muerte cerebral”. En el primer caso, científicos de la Universidad de Yale lograron revivir parte del cerebro de un cerdo después de cuatro horas de muerto: Restauran algunas funciones en el cerebro de un cerdo horas después de la muerto. Se aisló el cerebro de un cerdo postmortem obtenido de una planta empacadora y se distribuyó una solución química especialmente diseñada. Según los científicos, se observaron muchas funciones celulares básicas, una vez que se pensaba que cesaban segundos o minutos después de que cesaran los flujos de oxígeno y sangre.
En el segundo caso, una mujer recuperó la conciencia plena luego de pasar veinticuatro años en coma, cuando escuchó discutir a su hijo y creyó que estaba en peligro.
Con lo cual, creo que no cabe duda que la muerte ocurre efectivamente cuando cesa la actividad cardíaca y, consecuentemente, para transplantar órganos es necesarios matar a una persona que, aunque se encuentre en estado terminal, está aún viva. Y yo, si llegara el caso, no quiero que me maten y me arranquen alegremente el corazón, los pulmones, los riñones y demás vísceras.
Acabo de realizar el trámite para advertir al Estado nacional que no soy donante de órganos. Es muy sencillo, se hace en menos de cinco minutos y le recomiendo hacerlo a todos.
En primer lugar, es necesario tener una cuenta en Mi Argentina. Se saca muy rápidamente y con apenas unos datos mínimos. Luego, se ingresa a este portal y desde allí, haciendo click en “Web del trámite”, se completan los datos. Inmediatamente después, se recibe el mail confirmando la voluntad expresada.
martes, 23 de abril de 2019
¿Merecemos Notre Dame?
El Lunes Santo, cuando nos enteremos que la catedral de Notre Dame de París había comenzado a arder, que las llamas no cedían y que era posible que, en pocas horas, desapareciera ese templo tan icononico para el cristianismo, a mi y a muchos amigos nos embargó una extraña tristeza, casi el mismo sentimiento que experimentamos cuando muere alguien cercano. Un hecho extraño que merece algunas reflexiones:
- Las iglesias, como cualquier otro edificio, a veces se queman. Esta aclaración casi innecesaria viene a cuento porque, lo ocurrido con Notre Dame, tiene similitudes con lo ocurrido en 1823 con la basílica de San Pablo Pablo Extramuros de Roma. Ese año se incendió y quedó completamente destruida. El fuego se llevó un templo que tenía 1423 años de historia. Y todo comenzó por una circunstancia curiosa: mientras unos obreros arreglaban el techo. Me parece, entonces, que hay que ser cuidadosos en encontrar con demasiada facilidad significados sobre o infra naturales sobre la cuestión.
- Que el fuego de Notre Dame haya sido causado por algún grupo de musulmanes o infieles atrae a muchos de nosotros. Es la explicación perfecta que viene a confirmar todas nuestras teorías conspiracionistas y apocalípticas, pero no creo que sea el caso. Más allá de que la investigación está aún en curso y no parece sencilla, lo cierto es que cuando alguien quiere hacer un atentado, busca sobre todo, y a diferencia del Padrino, que no parezca un accidente. Gastarse en atentar contra tamaño símbolo del occidente cristiano para que después todo el mundo crea que fue un incendio accidental, no tiene sentido. Lo primero que quiere el terrorista es que se reconozca su trabajo, y no parece que este sea el caso.
- Sin embargo, y aunque el incendio felizmente no haya devorado todo y que no estemos frente al caso de un atentado sino de un simple accidente, lo cierto es que las llamas coronando Notre Dame mucho se asemejaban a las lenguas de fuego del Dragón inmemorial enseñoreándose del lugar santo. Con la catedral se quemaban los últimos restos de la Cristiandad, la misma que la había levantado, piedra sobre piedra, hace más de ochocientos años. Fue la dramatización de lo que está ocurriendo en el mundo y en la Iglesia desde hace décadas, y probablemente con el paso del tiempo, si es que todavía hay tiempo para pasar, cobrará todo su significado. Cuando un caudillo de una pequeña tribu germánica -los hérulos- llamado Odoacro, desposeyó en 476 en Ravena a un jovencito llamado Rómulo Augústulo de sus atributos imperiales, pocos se dieron cuenta que el hecho dramatizaba el cambio de una época; que el mundo ya era definitivamente otro: el imperio romano de occidente había dejado de existir. ¿Será análogo a lo ocurrido en Notre Dame?
- El caso se podría considerar también desde otra perspectiva. ¿Vale la pena que Notre Dame se mantenga en pie? No hay duda de que la respuesta debe ser afirmativa si lo vemos desde un punto de vista artístico o histórico, pero desde lo religioso, ¿es también así? ¿No es, acaso una ficción? ¿No es, quizás, un signo que ya no significa nada que, en medio de una ciudad apóstata como París se levanté un lugar sagrado como Notre Dame? Europa, que creció a la sombra de los templos cristianos, ha abominado de la fe y adora sin saberlo a los mismos ídolos que adoraban sus antiguos pobladores, travestidos ahora en el dinero y los placeres, mientras se ha dejado invadir irreversiblemente por oscuros personajes que adoran fanáticamente a un dios falso y a un profeta diabólico.
- Hace un siglo habríamos respondido: “Está bien; puede que el mundo ya no merezca Notre Dame, pero la Iglesia sí la merece”. ¿Podemos decir lo mismo ahora? La iglesia que se vendió en los ’60 a los dictados del mundo y que tiró por la borda el culto al verdadero Dios para reemplazarlos por un culto que tiene más de humano que de divino y que, en los últimos años, se ha revelado como habitada por sacerdotes que no solamente violaron sus votos sino que, perversamente, profanaron los cuerpos de los pequeños que se habían confiado a su cuidado y magisterio.
La pregunta, por eso, no es ociosa: ¿merecemos Notre Dame?
lunes, 22 de abril de 2019
Los mártires de Sri Lanka
La imagen de Cristo Resucitado gloriosamente manchada con la sangre de los nuevos mártires ceylandeses es más elocuente que un largo discurso sobre el martirio. Ellos han dado con su vida efectivo testimonio de nuestra fe.
"Haciendo memoria de nuestra Santísima Señora, la inmaculada, bendita y gloriosa Madre de Dios, de los mártires de Sri Lanka y de todos los santos, encomendémonos a nosotros mismos, y los unos a los otros y nuestra vida entera a Cristo Dios".
Liturgia de San Juan Crisóstomo
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