El gran San Agustín dio el ejemplo. Llegados a un cierto punto es necesario volver la mirada y considerar si todo lo que escribimos y pensamos sigue estando vigente y aún lo sostenemos, o es necesario revisarlo y ajustarlo. Lo hizo en su libro Retractationes y yo, apenas un blogger de poca mota, quiero señalar un error que sostuve durante varios años y que la realidad me lo ha revelado como tal en los últimos meses.
Durante varios años, y sobre todo al comienzo de este blog, sostuve aquí y allá que la Iglesia, durante los últimos siglos se había focalizado demasiado en los pecados contra el sexto mandamiento en detrimento de otros más graves y sustanciales, de modo tal que la santidad había quedado reducida a la virtud de la castidad, entendida como pureza angelical, conseguida a fuerza de presiones y avemarías, que terminaban por explotar en uno u otro momento. La mía no era una posición original. El progresismo la sostiene desde sus comienzos y también algunos ambientes tradicionalistas que consideran casi como una presea los “pecados de caballero” porque -dicen-, el hombre es por naturaleza polígamo y no se le puede pedir peras al olmo. “¡Y todavía se enorgullecen! Deberían estar de duelo”, les diría San Pablo (I Cor. 5,1). Es que nosotros no éramos como esos neocones beatones y mojigatos...
Está a la vista el resultado de este error que también yo asumí. Los pecados contra la castidad pueden ser, como de hecho son, pecados que se ubican en las zonas ligeras de la taxonomía moral, pero son igualmente graves y sus consecuencias devastadoras. Y para demostrarlo, basta ver lo que ha ocurrido en la Iglesia en los últimos tiempos: sacerdotes de todos lo pelajes y posicionamientos dentro del terreno de la ortodoxia que, alegremente en la mayoría de los casos, vivían una vida sexual desordenada cuando no dilectiva. Y todos nos preguntamos cómo era posible que esos religiosos que pasaban por hombres piadosos y temerosos de Dios, luego de una noche de juerga, celebraran al día siguiente la santa misa con aparente devoción. A ese punto de sacrilegio espantoso los llevaba la ceguera de la fornicación.
Y me pregunto cómo pude yo adoptar una posición displicente hacia esas faltas cuando todos los santos y maestros de la fe alertaban siempre con tanta fuerza contra ellas. Quien lee la Filocalia, por ejemplo, encuentra que a cada paso los Padres del Desierto advierten a sus monjes sobre el peligro de los pecados contra la castidad, pues a través de ellos el demonio toma posesión del alma. Y de ellos en adelante, todos los autores espirituales han seguido por el mismo camino, y no en vano la Iglesia presentó durante siglos como ejemplos a seguir a aquellos santos que se distinguieron por su pureza que, en ocasiones, me parecían ñoñerías.
La cuestión era cuidarse del jansenismo porque, extrañanamente, en los ambientes tradicionales y conservadores el mote de jansenista o puritano es particularmente temido; se trata de un insulto y un desprecio que todos queremos evitar. Y lo curioso es son pocos -muy pocos- los que saben qué fue real e históricamente el jansenismo, convertido en una etiqueta útil para ser adherida en la frente de cualquier indeseable. Si alguien advertía acerca de la inconveniencia de chistes de doble sentido, o de conversaciones masculinas sobre mujeres, o de palabras subidas de tono, era un jansenista. Los buenos católicos estábamos libres de esas minucias morales; estábamos para cosas mucho más grandes que esas. Y así nos fue.
No voy a repetir aquí lo que todos los que aprendimos un buen catecismo sabemos, y lo que todos los maestros y doctores de nuestra fe nos han recomendado acerca de la belleza y necesidad de la castidad, y de la gravedad de las faltas en su contra: se trata de un pecado donde no existe la parvedad de materia. Quiero proponer, en cambio, lo que enseñaba Aristóteles porque, si no bastan para convencernos los argumentos sobrenaturales y la voluntad de Dios, al menos probemos con los que surgen del orden natural.
«De modo que también en términos generales es prudente el hombre reflexivo… [y] la prudencia... tiene que ser, por tanto, una disposición racional verdadera y práctica respecto de lo que es bueno y malo para el hombre» (Etica a Nicómaco, VI, 5 (1140 a 24-1140 b 5), es decir, un conocimiento de lo que es el fin del hombre y de los medios por los que debe transcurrir el comportamiento propio para alcanzarlo. El descontrol sexual y la falta de castidad entumece y bloquea justamente este tipo de conocimiento.
Prudencia se dice en griego frónesis, y templanza, sofrosyne, y Aristóteles indica que el término sofrosy-ne significa justamente «salvaguarda de la fróne-sis», o sea, salvaguarda de la prudencia. (Etica a Nicómaco. VI, 5 (1140 b ll): «Y lo que salvaguarda es la clase de juicio a que nos hemos referido; porque el placer y el dolor no destruyen ni perturban toda clase de juicio, por ejemplo, el de si los ángulos del triángulo valen o no dos rectos, sino los prácticos, que se refieren a la actuación. En efecto, los principios de la acción son los fines por los cuales se obra; pero el hombre corrompido por el placer o el dolor pierde la percepción clara del principio, y ya no ve la necesidad de elegirlo todo y hacerlo todo con vistas a tal fin o por tal causa: el vicio destruye el principio» (Etica a Nicómaco, VI, 5 (1140b 13-19).
Hay todavía en Aristóteles un factor de máxima relevancia en orden a evitar el descontrol sexual, que se relaciona también con el enfoque mismo del tema: la vergüenza y el pudor. La vergüenza es de suyo un sentimiento de rechazo de lo que es vil, debilitante o degradante (Etica a Nicómaco, X, 9 (1179 b 12), y siendo el descontrol sexual lo más degradante por ser lo que más anula el pensamiento y, por tanto, lo que más impide al hombre ser él mismo, es por esta razón lo que mayor vergüenza provoca. Vergüenza se dice en griego aischyne, de cuya raíz aisch- se forma el sustantivo aischrós, que significa obsceno, y el verbo aischyno, que significa deshonrar. El descontrol sexual produce vergüenza porque deshonra.
Por otra parte, pudor se dice en griego aidós, de cuya raíz aid- se forma el sustantivo aidesis, que significa veneración, compasión, respeto, y el verbo sidéomai, que significa tener pudor, respetar, venerar, tener compasión y honrar. En el pasaje mencionado Aristóteles habla de la vergüenza y el pudor como motivos para robustecer la virtud de la templanza —para evitar el descontrol sexual—, es decir, apela al honor y respeto que merece el sexo (pudor) y a la precaución por la deshonra que su descontrol ocasiona (vergüenza).
Pareciera entonces, que las faltas contra el sexto mandamiento, poco a poco, van minando la prudencia; el hombre des-templado o intemperante, termina siendo en poco tiempo un hombre im-prudente, que deja de pensar y de poner los principios que lo conducirán a sus fines. Y sabemos que la prudencia es la reina de las virtudes. Ofuscada ella, el resto comienzan también a palidecer.
Peor aún, los fines del hombres incontinente terminan siendo la obtención inacabable de placer sexual, una suerte de deseo dionisíaco que nunca logra satisfacerse y, por eso, es capaz de lo impensable, desde celebrar sacrílegamente la Santa Misa hasta aprovecharse de los que conoce en fuero interno de sus dirigidos o penitentes para satisfacer sus deseos.
Sin-vergüenza les diría Aristóteles, ya que a tal punto llegó el descontrol de su sexualidad, que el temor a la vergüenza que le podrían provocar sus actos si se hicieran públicos, desaparece o se atenúa.
Abyssus abyssum invocat, decía el rey David (Ps. 42,8). “Abismo que llama a otro abismo”. Como el inglés que se internó en el pantano según la fábula de Castellani, quien se hunde en el barro de la impureza, difícilmente pueda volver atrás. Sólo podrá hacerlo por milagro de Dios. Y Dios no está obligado a hacer milagros.