lunes, 9 de marzo de 2020

Italia en entredicho


Hay muchos precedentes en la historia remota y reciente de países enteros en los que la celebración del Santo Sacrificio fue prohibida por las autoridades civiles. De lo que no hay precedentes es de que esa prohibición fuera mansamente aceptada, aplaudida y promovida por la iglesia local (de aquí pueden descargar el vergonzoso decreto del cardenal vicario de Roma).  Lo sucedido en Italia —y me refiero a la reacción de su episcopado ante la epidemia del coronavirus—  y lo que está sucediendo en el mundo entero, merece algunas consideraciones:
1. Comencemos con las confesiones. No puedo negar que me produce cierto placer sentarme en el balcón y ver cómo un animalito minúsculo es capaz de hacer tambalear al capitalismo mundial. Y los que defendemos la liturgia tradicional debemos ser honestos y reconocer que algunos de nuestros objetivos, de un modo oblicuo, se están cumpliendo: un país entero se verá libre, durante al menos dos semanas, de la misa de Pablo VI.
2. Ahora en serio. La primera impresión que tengo, o tenía, es que histeria mundial por el coronavirus es una exageración o una reacción desmedida provocada por muchos intereses, uno de los cuales es alimentar el negocio periodístico. Pero lo cierto es que yo no tengo ninguna competencia para expedirme acerca de la gravedad de la peste, y los que sí tienen esa competencia están muy alarmados. Estaríamos en presencia de la peste más letal que afectó a la humanidad desde la gripe española de 1918 y que mató en sólo un año entre 40 y 100 millones de personas. Las medidas que están tomando los gobiernos como el italiano, entonces, parecieran prudentes.
3. Como bien lo señalaba la Specola de ayer, lo que está ocurriendo debería provocar en la humanidad un memento mori, “acuérdate que vas a morir”. Los avances científicos y tecnológicos y la “iluminación” que ha recibido el hombre moderno para darse cuenta de sus propia grandeza son desafiados por un simple microbio. Dios tiene un fino sentido del humor.
4. Pero lo curioso es la reacción de la iglesia italiana. Se trata, en los hechos, de un auto-entredicho, es decir, se prohibe la celebración del culto y la recepción de los sacramentos a todos los fieles que habitan la península por varias semanas, y lo hace obedeciendo sin chistar las directivas del gobierno. Analicemos:
a. Históricamente, cuando aparecían brotes de peste, lo que la iglesia hacía era redoblar los actos de culto, con rogativas, procesiones y demás funciones sagradas, a fin de implorar a Dios la protección contra la enfermedad. Los iluminados dirán con razón que lo hacían porque no conocían cuáles eran las formas de contagio, que ahora nosotros, mucho más inteligentes que ellos, sí conocemos. Es verdad. Pero aunque los hombres del pasado no conocieran los medios concretos del contagio, no eran lo suficientemente estúpidos como para no darse cuenta que las reuniones y amontonaderos de personas eran ocasión propicia para ese contagio. Lo que ocurre es que tenían una fe mucho más fuerte que la que tienen los obispos de hoy y estaban convencidos que Dios es mucho más fuerte que un virus, y que las oraciones de sus hijos pueden mover el corazón divino.
b. La decisión de los obispos italianos es reveladora de su falta de fe. Prohibir oficialmente la celebración de los sacramentos y cualquier otro acto de culto, ¡incluidos lo funerales!, es inusitado. Probablemente hayan precedentes, pero no los conozco. Lo que sí conozco es el modo en que reaccionaban hace algunas décadas los obispos de países comunistas. Cuando las autoridades prohibían los actos de culto y cerraban los templos, los fieles se reunían con sus sacerdotes en casas  particulares o en lugares discretos para seguir teniendo los sacramentos. A ningún prelado se le ocurrió la brillante idea de enviar a su iglesia un comunicado diciendo que, como los esbirros comunistas podían matar a los fieles que se encontraban reunidos para la celebración de la misa, se suspendían esas celebraciones a fin de evitar esas muertes. Y, hasta donde puedo ver, Stalin era mucho más letal que el coronavirus.
Esos obispos y sacerdotes ejemplares tenían en claro que lo peor que podía ocurría si los encontraban, era que los deportaran o que los mataran; pero también sabían que habían cosas muchos más importantes y graves que la muerte, y era la perdición eterna de sus ovejas. Y sabían también que era en esos momentos de angustia y sufrimiento cuando más necesario es la oración y proveer los consuelos que nos da la religión. Los obispos italianos, en cambio, en los momentos de angustia de sus pueblos, se recluyen en sus palacios y los privan oficialmente del consuelo y de la posibilidad de los sacramentos.
c. A los obispos les convendrían recordar la frase que el pequeño e insolente Kolia le dirigió a Aliocha Karamazov: Si Dios no existiera, habría que inventarlo. “Así es, excelencias. Está claro que la mayoría de ustedes no cree en Dios. Pues invéntelo, sobre todo en estos momentos, aunque más no sea para conservar sus cómodos trabajos. Lo que los fieles necesitan es alienarse en ese mítico ser superior y encontrar allí cierta paz que calme su angustia. Cuando ven que la ciencia es impotente para controlar al virus, no le quiten a Dios que, si no los cura, al menos los tranquiliza”. Pero ni para eso sirven los obispos.
d. Llegado el caso, ¿no había otra solución? Las iglesias italianas, en los últimos años, no están lo suficientemente affollatas como para temer contagios masivos, y el factor más riesgoso es la distribución de la Sagrada Eucaristía. Y aquí vemos un detalle de lo que significa la pérdida de la tradición. Hasta que comenzaron las innovaciones litúrgicas con San Pío X, en las misas no había habitualmente comunión de los fieles, quienes iban asistían porque era un deber y porque era un acto devocional y social. Y así fue durante más de mil quinientos años. Un siglo después, ni los fieles, ni los curas ni los obispos conciben que pueda celebrarse una misa pública sin comunión para todos y todas. ¿No habría sido una mejor solución disponer que se suspendían las comuniones a los fieles durante la celebración de la misa? De esa manera, además, se contribuía a una mejor preparación para la comunión pascual. 




martes, 3 de marzo de 2020

Una escena vintage


De China nos han llegado en los últimos tiempos no solamente las acostumbradas baratijas sino también el coronavirus y los pactos con el Vaticano. Y sobre este tema quiero decir dos palabras, esperando que algún lector que sepa más que yo sobre el tema pueda completar la reflexión.

Es innegable que el tratado secreto firmado entre el gobierno chino y la Santa Sede significó la entrega de la iglesia católica china al partido comunista y la puesta en ridículo de cientos de miles de fieles católicos que, durante décadas, resistieron en la clandestinidad. En pocas palabras, una traición, como bien lo ha afirmado el cardenal Zen, que se está convirtiendo en una de las nuevas caras de la resistencia al Papa Francisco.
Aclarado el punto anterior —los pactos constituyen una traición a los católicos chinos—, vale la pena tener en cuenta lo siguiente a fin de no caer en un fanatismo inútil que desdibuje la realidad:
1. Las conversaciones para llegar a estos acuerdos comenzaron con Juan Pablo II, continuaron con Benedicto XVI y terminaron con Francisco. Difícil es decir qué tenían en mente los dos previos sumos pontífices, pero lo cierto es que fue voluntad también de ellos llegar a una solución de la cuestión china. Quien conozca mínimamente los secretos de la sinología, sabrá que cualquier arreglo con los chinos lleva años y mucha paciencia. Las conversaciones se extendieron durante dos décadas. Por tanto, no me parece justo achacar la completa responsabilidad de la traición al actual pontífice. Tal responsabilidad es compartida, al menos en parte, por los anteriores.
2. Resulta curioso que los medios que se escandalizan con razón, de la firma del tratado no recuerden que algo muy parecido sucedió en los ’60 y en los ’70 con varios países que se encontraban tras la Cortina de Hierro. Los artículos de Stefan Glejdura, que pueden conseguirse fácilmente en la web (aquí pueden bajar uno), son un testimonio muy interesante a tener en cuenta acerca de lo que fue la Ostpolitik vaticana, inaugurada por Pablo VI y comandada por el cardenal Agostino Casaroli, Secretario de Estado de Juan Pablo II durante once años. Esa política hacia los estados comunistas significó sacrificar en menor o mayor medida, a los fieles, sacerdotes y obispos perseguidos a fin de conseguir algunas simpatías en los regímenes de izquierda y, por cierto, para cumplir con el mandato de apertura al mundo del Concilio Vaticano II, como el mismo Casaroli no dejaba de afirmar.
Podemos recordar aquí la traición a la iglesia checoslovaca, pero quizás el símbolo más claro fue la ignominiosa conducta vaticana con respecto al cardenal Mindszenty, arzobispo de Budapest, el cual fue desposeído de su sede por Pablo VI, obligado a dejar Hungría y amordazado a fin de que no criticara al régimen comunista de su país. Él, que se había constituido en la defensa más importante e internacionalmente relevante de los fieles católicos húngaros, fue desautorizado y humillado por el mismísimo Vaticano. Y de esto hace más de cuarenta años.
El actual caso de China no es más que una escena vintage: ospolitik 2.0, realizada por aficionados, como son Francisco y Parolín y con resultados muy similares a los conseguidos en los ’70. 

Los pactos chinos no son un invento de Francisco. Francisco es un invento del Vaticano II. Y no es justo cargar las tintas en la manzana podrida y olvidarnos de quienes pudrieron el manzanar. 



lunes, 2 de marzo de 2020

Post nubilia, Phoebus (III)



Hacia el oeste, muy por encima de Ephel Duath, el cielo nocturno todavía estaba oscuro y pálido. Allí, asomándose entre las nubes sobre un oscuro peñón en lo alto de las montañas, Sam vio brillar por un momento una estrella blanca. Su belleza lo hirió en el corazón cuando levantó la vista de la tierra abandonada, y la esperanza regresó a él. Porque como un rayo claro y frío lo atravesó la idea de que, finalmente, la Sombra era solo algo pequeño y pasajero; más allá, había luz y una gran belleza interminable. Su canción en la Torre había sido desafío más que esperanza, porque entonces había estado pensando en sí mismo. Ahora, por un momento, su propio destino, e incluso el de su amo, dejó de preocuparle. Se arrastró de regreso a las zarzas y se acomodó al lado de Frodo, y dejando de lado todo temor, se sumió en un sueño profundo y confiado. 

J.R.R. Tolkien, The Return of the King, Ch 2, “The Land of Shadow”.

Traducción imperfecta de Wanderer.


miércoles, 26 de febrero de 2020

La conversión del Papa Francisco


Es fácil darse cuenta que el título de este post plantea una situación contradictoria. Solamente es pasible de una conversión aquello que se encuentra en una posición definida. Para darse vuelta hacia el frente, es preciso estar mirando hacia tras; para convertirse a la izquierda, es necesario estar a la derecha. No es el caso del Papa Francisco que se encuentra siempre en la ubicación exacta donde quiere encontrarlo el interlocutor de turno. Digámoslo en términos positivos: el Santo Padre está en un proceso permanente de conversión, consistente en microconversiones que pueden durar algunos minutos o, a los sumo, un par de horas. Un ejemplo reciente es lo sucedido con el P. Martin, s.j. A nadie le cabe duda que Bergoglio le dijo a Martin lo que éste quería escuchar sobre los gays, y la semana pasada le dijo a los obispos de Estados Unidos lo que ellos querían escuchar sobre el tema. Se trata de una microconversión del Papa Francisco.
¿De qué manera analizar entonces lo sucedido con la amazónica exhortación apostólica a dos semanas de su promulgación? Todos esperaban que abriera las puertas para la abolición del celibato obligatorio en la iglesia latina y la ordenación de diaconisas. Y lo esperaban con las mismas ansias tanto los progresistas como los conservadores. Las expectativas estaban en ambos bandos, y las decepciones y desconciertos posteriores se dieron también en ambos. Veamos si podemos llegar a algunas conclusiones:


1. En varias ocasiones expresé en este blog que me resultaba difícil admitir que Francisco fuese a abrir la puerta a las dos novedades que se esperaban. En primer lugar, porque el Papa no es modernista como tampoco es conservador. Bergoglio no posee intelecto especulativo; su intelecto es meramente práctico. Por tanto, no tiene doctrina; no es doctrinario. Su teología se reduce al catecismo que aprendió en los años ´50 y alguna que otra lectura adicional. Y ese catecismo es un catecismo católico. Los reflejos doctrinales del Papa —que no son más que eso, reflejos—, son ortodoxos. Y esos reflejos le impiden innovar en el celibato o el diaconado femenino.

2. El libro de Benedicto XVI y el cardenal Sarah, ¿tuvo alguna influencia en el resultado final del documento? Aquí las versiones son encontradas. Alguna fuente me dijo que hubo una nueva redacción luego de la aparición del libro. Sin embargo, otra fuente más que confiable confirmó lo que había adelantado Edward Pentin siguiendo comunicaciones oficiales de la Santa Sede: el documento estaba redactado el 27 de diciembre y no sufrió ningún cambio. Mi impresión es que, por la personalidad de Bergoglio, introducir modificaciones en el documento debido al libro habría sido reconocer que su poder era desafiado por un anciano y por un africano que finalmente lograban torcerle el brazo. Y eso es prácticamente imposible. El Papa no cede una sola pulgada de poder.

3. No se le escapa al Santo Padre que su actitud iba a despertar las iras de los alemanes, cosa que efectivamente sucedió. El Estado Vaticano, como muchas veces ha afirmado Specola, es una ficción y necesita de financiamiento externo para sobrevivir. Hasta la calefacción de las instituciones educativas y residencias sacerdotales dependientes de la Santa Sede es financiada por los alemanes. Ese es el motivo por el los obispos germánicos han tenido patente de corso durante los últimos pontificados: si el Papa los contradecía, se acababan los millones de euros que fluyen anualmente del Rin hacia Tiber. La situación ahora se va a poner fea. Marx y los suyos perdieron la partida. Esperaban mucho de este pontificado y no recibieron nada o, si se quiere, lo único que  recibieron es lo que ya tenían desde hace décadas: la posibilidad de que los recasados puedan comulgar. Francisco, astutamente, entregó una torre que estaba ya maltrecha y a punto de derrumbarse, a los hambrientos peones modernistas para que se entretuvieran con sus restos, pero jamás entregará un alfil o la reina.
Las últimas noticias provenientes de Alemania refuerzan esa teoría: el cardenal Marx deja la presidencia de la Conferencia Episcopal y ayer, el secretario general de la misma, renunció a su cargo. Se trata del jesuita Hans Langendörfer, que fue una de las fuentes de presión más importantes durante el sínodo de la Amazonia para la aprobación de la ordenación de los viri probati y de las diaconisas. Se comenta que Marx será llamado a Roma donde, estimo yo, se lo ubicará como cabeza de algún dicasterio periférico. De esa manera, el Papa Francisco lo tendrá controlado y con escaso acceso al dinero, que es el poder del alemán; es decir, licuará su relevancia y capacidad de maniobra. El "camino sinodal" alemán está siendo desactivado por el Santo Padre; no quiere líos y no quiere herejías.

4. Aparece naturalmente una pregunta: ¿con qué objeto armó entonces el Papa semejante desastre, que estresó a la Iglesia durante meses? Es difícil explicarlo. El conflicto siempre desgasta al gobernante aunque, si éste hábil, puede fortalecer su poder. Y en este sentido arriesgo una interpretación: Juan Perón decía que en su gobierno él ponía “el guiñe —o luz de giro—, a la izquierda, pero doblaba a la derecha”. Y décadas más tarde, Néstor Kirchner decía los empresarios españoles con grandes inversiones en Argentina: “No escuchen lo que digo, sino miren lo que hago”. Bergoglio, peronista de paladar negro, elaboró un ampuloso discurso amazónico - modernista que terminó siendo pura sarasa, sin ningún efecto más que engolar homilías de curas imbéciles, pero tomó decisiones conservadoras. De esta manera, demostró quién tiene el poder a los que, con sus presiones de cobrar las papeletas que permitieron su elección y la amenaza de cortar los millones que necesita, pretendían desafiarlo. 


5. No puedo terminar este análisis sin dar un vistazo también a nuestro lado, porque considero que debemos aprender de este suceso. He quedado desconcertado por la reacción que han tenido algunas personalidades respetables y valiosas. Me refiero, concretamente, al Prof. Roberto de Mattei, quien hasta dos días antes de conocerse la exhortación post-sinodal afirmaba que se aprobaría la ordenación de hombres casados, contrariamente a lo que muchos decíamos. Pero lo llamativo es que es, apenas conocido el documento, reclamó el triunfó de la postura ortodoxa, sosteniendo que se debió en gran medida a sus acies ordinata: “La demostración de los católicos de Acies ordinata en Munich de Bavaria, revela su gran importancia después de la exhortación post-sinodal… Hoy, Acies ordinata es el símbolo de todos aquellos que están luchando de un modo ordenado contra las fuerzas del caos dentro de la Iglesia…”. No salgo de mi estupor. ¿Puede seriamente sostenerse que cincuenta personas ordenadas en damero y rezando el rosario en silencio asustarán al Papa Francisco o a los obispos alemanes? Daría la impresión que se están sobrevalorando las propias ideas y, sobre todo, las propias estrategias.
No se me escapa que el Prof. de Mattei atribuye el éxito de su acies a las oraciones que se elevaron. Pero, contemporáneamente, decena de miles de católicos también rezaban para que la disciplina y la ortodoxia de la Iglesia fueran preservadas, y los fieles de la SSPX hacían tres días de ayuno. ¿Por qué, entonces, capitalizar para el damero un triunfo que, en todo caso, corresponde a muchos católicos más?
Creo que el gran error radica en proponer una estrategia equivocada. Si estamos hablando de acies, estamos hablando de un ejército, y un ejército necesita de un buen estratega, y un buen estratega, lo primero que hace, es conocer al detalle la psicología de su enemigo. Esto lo sabía Julio César, Enrique V, Napoleón y todos los buenos generales, y por eso ganaron sus campañas. Si se pretende montar una cuestión de aparato y de organizar un show para los medios  de prensa tradicionalistas, está muy bien el damero y sugeriría que agregaran unas cuantas oriflamas con leones rampantes para infundir aún más temor en el Palacio Apostólico. Pero si de lo que se trata es de ganar una batalla, o de no perder terreno, o de ocupar posiciones, sería conveniente adaptar la estrategia al enemigo que tenemos enfrente. Y mucho me temo que con esas ingenuas matoneadas lo único que lograrán será despertar una estruendosa carcajada detrás de una ventana de Santa Marta.




martes, 25 de febrero de 2020

Miércoles de cenizas con Newman


EL AYUNO ES MOTIVO DE PRUEBA
4 de marzo de 1838

«Después de haber ayunado cuarenta días con cuarenta noches,
sintió hambre» (Mt 4,2)
Primer domingo de Cuaresma

El tiempo litúrgico de humillación que precede a la Pascua dura cuarenta días en recuerdo del prolongado ayuno de nuestro Señoren el desierto. Por eso hoy, primer domingo de Cuaresma, leemos el evangelio en que se narra ese ayuno y en la Colecta le pedimos a Él, que por nosotros ayunó cuarenta días y cuarenta noches, que bendiga nuestra abstinencia para el bien de nuestro cuerpo y de nuestra alma.
Ayunamos por penitencia y para someter la carne. Nuestro Salvador no tenía necesidad de ayunar por ninguno de esos dos motivos. Su ayuno no era como el nuestro, ni en su intensidad ni en su finalidad. No obstante, cuando comenzamos nuestro ayuno, se nos propone el ejemplo del Señor y seguimos ayunando hasta igualarle en el número de días.

Hay un motivo para esto: en verdad, no debemos hacer nada sin tener su ejemplo a la vista. Al igual que solo a través de Él podemos hacer el bien, nada será bueno si no lo hacemos por Él. Nuestra obediencia procede de Él; y hacia Él debe orientarse. «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5). No hay buenas obras sin la Gracia y la Caridad.

San Pablo dejó todo «con tal de ganar a Cristo, y vivir en él, no por mi justicia, la que procede de la Ley, sino por la que viene de la fe en Cristo, justicia que procede de Dios, por la fe» (Flp 3,9).
Por tanto, nuestras buenas obras solo son aceptables cuando son hechas, no por ajustarse a la norma, sino en Cristo por la fe. Vanas fueron todas las obras de la Ley, porque carecían del poder del Espíritu. No eran más que los pobres intentos de la naturaleza humana desguarnecida para cumplir lo que, desde luego, era su deber cumplir, pero que no era capaz de cumplir. Nadie más que los ciegos y los carnales, o los sumidos en la más completa ignorancia, podían encontrar en sí mismos cosa alguna en que regocijarse. ¿Qué eran todas las justicias de la Ley, qué sus obras, incluso las que iban más allá de lo ordinario, sus ayunos y limosnas, su desfigurarse el rostro y afligir el alma; qué era todo esto sino polvo y escoria, un despreciable servicio terrenal, una penitencia miserablemente desesperada, en la medida en que carecían de la gracia y la presencia de Cristo?
Ya podían los judíos humillarse, que no se elevaban espiritualmente, sino que caían en la carne; ya podían afligirse, que no les aprovechaba para su salvación; podían hacer penitencia, pero sin alegría; el hombre exterior podía perecer, pero el hombre no se renovaba por dentro día tras día. Soportaron el peso del día y del calor, y el yugo de la Ley, pero no «se convirtió para nosotros, incomparablemente, en una gloria eterna y consistente» (2 Cor 4,17). Pero a nosotros Dios nos ha reservado algo mejor. En esto consiste ser uno de los pequeños de Cristo: poder hacer lo que los judíos pensaban que podían hacer, y no podían; tener en nosotros ese don con el que podemos lograr todas las cosas; ser poseídos por su presencia como vida nuestra, como nuestra fuerza, mérito, esperanza y corona; llegar a ser de manera admirable, miembros suyos, instrumento o forma visible, o signo sacramental, del Único, Invisible, Omnipresente Hijo de Dios, reiterando místicamente en cada uno de nosotros todos los actos de su vida terrena: su nacimiento, consagración, ayuno, tentaciones, pruebas, victorias, sufrimientos, agonía, Pasión, Muerte, Resurrección y Ascensión. Él es todo en todo; nosotros con tan poco poder en nosotros, tan poco mérito y calidad como el agua del Bautismo, o el pan y vino de la Sagrada Comunión; pero fuertes, no obstante, en el Señor y en el poder de su brazo. Estos son los pensamientos con que celebramos la Navidad y la Epifanía; estos son los pensamientos que deben acompañarnos a lo largo de la Cuaresma.

Sí, incluso en nuestros ejercicios de penitencia, cuando menos podríamos haber esperado encontrar modelo en Él, Cristo se ha adelantado a santificarlos para nosotros. Ha bendecido el ayuno como medio de gracia, por el hecho de haber ayunado Él; y el ayuno solo es aceptable cuando se hace por Él. La penitencia es mero formalismo o puro remordimiento, si no se hace por amor. Si ayunamos y no nos unimos de corazón a Cristo, imitándole y pidiéndole que haga que nuestro ayuno sea el suyo, que asocie nuestro ayuno al suyo y que le comunique la fuerza de su ayuno, de manera que estemos en Él y Él en nosotros, estaremos ayunando como Judíos, no como cristianos. En la liturgia de este primer domingo de Cuaresma, hacemos bien en poner ante nosotros el pensamiento de Él, cuya gracia debe habitar en nuestro interior, no sea que nuestras mortificaciones sean un puro batir el aire y nos humillemos en vano.

Hay muchas formas en que el ejemplo de Cristo puede servirnos de consuelo y ánimo en este tiempo del año.

En primer lugar, bueno será insistir en el hecho de que nuestro Señor se apartó del mundo para confirmarnos que tenemos el deber de apartarnos del mundo, en la medida de nuestras posibilidades. Lo hizo de manera particular en el caso que estamos contemplando, antes de comenzar su vida pública; pero no es el único. Antes de escoger a sus apóstoles, se preparó de la misma manera. «En aquellos días salió al monte a orar y pasó toda la noche en oración a Dios» (Lc 6,12). Pasar la noche en oración era una penitencia del mismo tipo que el ayuno. En otra ocasión, tras despedir a la muchedumbre, «subió al monte a orar a solas» (Mt 14,23), y en este caso, parece que permaneció allí gran parte de la noche. Y también, en medio de la excitación causada por sus milagros, «de madrugada, todavía muy oscuro, se levantó, salió y se fue a un lugar solitario, y allí hacía oración» (Mc 1,35). Teniendo en cuenta que nuestro Señor es el modelo perfecto de la naturaleza humana no podemos dudar que el fin de estos ejemplos de devoción estricta es que los imitemos, si queremos ser perfectos. Y este deber queda más allá de toda duda cuando encontramos ejemplos parecidos en los más eminentes siervos de Dios. San Pablo, en la epístola para el día de hoy, nombra entre otros sufrimientos que él y sus hermanos tuvieron «desvelos y ayunos» (2 Cor 6,5) y, más abajo, dice que tuvieron «frecuentes vigilias» (2 Cor 11,27). San Pedro se retiró a Jope, a la casa de un tal Simón, curtidor, en la costa, y allí ayunó y oró. Tanto Moisés como Elías obtuvieron auxilio en sus milagrosos ayunos, tan largos como el de nuestro Señor. Moisés, en dos momentos distintos, como nos cuenta él mismo: «después me postré en la presencia del Señor. Como la primera vez, estuve cuarenta días y cuarenta noches, sin comer pan ni beber agua» (Dt 9,18). Elías, alimentado por un ángel, «con las fuerzas de aquella comida caminó cuarenta días y cuarenta noches» (1 R 19,8). Y Daniel: «volví mi rostro hacia el Señor Dios, implorándole con oraciones y súplicas, con ayuno, saco y ceniza» (Dn 9,3). Y también: «por aquellos días yo, Daniel, estaba cumpliendo un luto de tres semanas: no comía alimentos agradables, ni entraban en mi boca carne o vino, ni me ungí con perfume hasta haber pasado las tres semanas» (Dn 10,2-3). Estos son ejemplos de ayuno a semejanza del de Cristo.

A continuación, señalo que el ayuno de nuestro Señor no fue más que un preliminar a sus tentaciones. Se retiró al desierto para ser tentado por el diablo, pero antes de ser tentado, ayunó. Y conviene subrayar que ese ayuno no fue una mera preparación para la batalla sino que fue, en buena medida, el origen de la batalla. Está claro que, en lugar de fortificarle contra la tentación, lo que lograron su marcha al desierto y su abstinencia fue exponerle a ella. El ayuno fue la ocasión: «después de haber ayunado cuarenta días con cuarenta noches, sintió hambre» (Mt 4,2); enseguida se presentó el tentador mandándole que convirtiera las piedras en panes. Satanás empleó el ayuno de Cristo contra Cristo.

Este es precisamente el caso de los cristianos que hoy se esfuerzan en imitarle; y está bien que lo sepan, para no desanimarse cuando practiquen la penitencia. Se suele decir que el ayuno tiene como fin hacernos mejores cristianos, más sobrios, y ponernos más completamente a los pies de Cristo en fe y humildad. Esto es verdad, viendo las cosas en conjunto. En conjunto, y en último término, se producirá este resultado, pero no es verdad que se vaya a seguir de forma inmediata. Al contrario, semejanes mortificaciones tienen en el momento efectos muy distintos en las diferentes personas, y hay que considerarlos no partiendo de sus beneficios visibles sino de la fe en la palabra de Dios. El ayuno, sí, somete a algunos y los acerca a Dios de una forma inmediata, pero hay otros que en el más ligero ayuno encuentran una ocasión para caer. Por ejemplo, a veces se invoca como una objeción contra el ayuno, y como si fuera un motivo para omitirlo, el que vuelve a la gente irritable y de mal carácter. Confieso que a menudo ocurre así. Y también, lo que muy a menudo se sigue de él es una flojedad que priva a la persona del dominio de sus actos corporales, sentimientos y expresiones. Y ¿si, por ejemplo, parece descontrolado cuando no lo está; quiero decir, porque no es responsable de su lengua, labios y, en realidad, de su cabeza. No usa las palabras que quiere usar, ni el acento o el tono. Parece brusco cuando no lo es; y el darse cuenta de ello, y la reacción de esa conciencia sobre él, son una tentación, y de hecho lo vuelve irritable, sobre todo si la gente le malinterpreta y piensa de él lo que no es. Además, la debilidad corporal puede privarle de autocontrol en otros puntos; quizá no puede evitar sonreír o reírse, cuando debería mantenerse serio, lo cual evidentemente resulta un trance penoso y humillante. O le vienen malos pensamientos de los que no logra librarse la mente, como si fuera ésta peso muerto y no espíritu, y le dejan un mal efecto por dentro que no es capaz de evitar. O la debilidad corporal a menudo le vuelve incapaz de prestar atención a las oraciones vocales, en vez de rezar con más fervor. La debilidad corporal a menudo viene acompañada de languidez y flojedad, lo cual es una tentación seria de caer en la pereza. Aún no he nombrado el más penoso de los efectos que puede producir incluso el moderado ejercicio de este gran deber de los cristianos. Es innegable que el ayuno es una ocasión de pecado, y lo digo para que las personas no se sorprendan y se desanimen cuando se den cuenta de que esto es así. Y el mismo Señor misericordioso lo sabe por experiencia propia; y que Él lo haya experimentado y por tanto lo sepa, tal y como lo recoge la Escritura, es para nosotros un pensamiento lleno de consuelo. No quiero decir con esto, Dios no lo permita, que la menor mancha de pecado haya tocado su alma inmaculada, pero sabemos por la historia sagrada que en su caso, y en el nuestro, el ayuno abrió el camino a la tentación. Y quizá la verdad más profunda de estas prácticas es que de una forma maravillosa y desconocida nos abren el mundo del más allá para bien y para mal y de alguna forma nos entregan a un extraordinario conflicto con los poderes del mal, Se cuentan historias (que sean verdaderas o no, poco importa, porque manifiestan lo que la voz de la humanidad estima como probable) de ermitaños del desierto que son asaltados por Satanás de peregrinas maneras, y que resisten al maligno y lo expulsan, como nuestro Señor, y con Su fuerza. E imagino que si conociéramos la historia secreta del alma de los hombres del cualquier época, encontraríamos esto (al menos, creo que no invento teorías): una llamativa combinación, en el caso de los que por la gracia de Dios avanzaron en las cosas sagradas (y sea cual sea el caso de los que no hicieron tales avances), una combinación de, por un lado, tentaciones de pensamiento y, por el otro, de no verse éste afectado por ellas, ni consentir la voluntad en ellas, ni siquiera momentáneamente, sino que las aborrecen y no les viene mal alguno de ellas. Al menos yo puedo concebir esto, y evidentemente, ha habido personas que se asemejaron y participaron en la tentación de Cristo, que fue tentado, y no pecó.

Que no se angustien los cristianos, si se encuentran expuestos a pensamientos que les llenan de aborrecimiento y terror. Al contrario, que semejante prueba les haga presente, con viveza y claridad, la bondad del Hijo de Dios. Porque si para nosotros es una prueba que nos vengan pensamientos a los que nuestro corazón es ajeno, ¿cuál no habrá sido el sufrimiento del Verbo Eterno, Dios de Dios, Luz de Luz, Santo y Verdadero, al verse tan expuesto a Satanás que podría haberle infligido todas las miserias, excepto el pecado? Desde luego, para nosotros es una prueba que el acusador de los hombres nos atribuya públicamente motivos y pensamientos que jamás tuvimos; es una prueba sentir que se nos meten subrepticiamente ideas de las que huimos; es una prueba para nosotros que a Satanás se le permita mezclar sus pensamientos con los nuestros, y que nos sintamos culpables cuando no lo somos; que pueda encender lo irracional de nuestra naturaleza de manera que en cierto sentido lleguemos a pecar contra nuestra voluntad. Pero ¿no es verdad que Alguien más grande ha sufrido esa prueba antes que nosotros, y la ha vencido con más gloria? Él fue probado en todo, «de manera semejante a nosotros, excepto en el pecado» (Hb 4,15). Por tanto, también en esto, las tentaciones de Cristo nos dan ánimo y consuelo.

Por tanto, quizá esta es una visión de las consecuencias del ayuno más verdadera de lo que se piensa normalmente. Por supuesto, con la gracia de Dios, al final siempre trae un beneficio espiritual a nuestras almas, y las mejora gracias a Él que lo causa todo en todo; y a menudo también supone un beneficio temporal en ese momento. Pero a menudo es al contrario: a menudo no hace sino volver más amables y susceptibles los corazones. Por tanto, en todos los casos hay que contemplar el ayuno como un acercamiento a Dios, un acercamiento a los poderes del cielo y, sí: también a los poderes del infierno. En este punto de vista hay algo muy tremendo. Por lo que sabemos las tentaciones de Cristo no son más que la plenitud de que,  según el grado de nuestra debilidad y corrupción, ocurren a aquellos siervos suyos que le buscan. Este es un motivo fuerte por el que la Iglesia asocia este tiempo de penitencia con la morada de Cristo en el desierto, para que no quedemos sujetos a nuestros pensamientos y, por así decir, a «las fieras salvajes» y nos desanimemos en la aflicción, sino que sintamos que somos lo que realmente somos: no esclavos de Satanás, hijos de la ira que gimen sin esperanza bajo el fardo del pecado, confesándolo y gritando «¡Infeliz de mí!» (Rm 7,24), sino pecadores, y pecadores que se afligen y hacen penitencia por sus pecados, pero también hijos de Dios, en quienes el arrepentimiento da fruto, y que al abajarse son exaltados, y que al mismo momento que se arrojan a los pies de la Cruz, son soldados de Cristo, con la espada en la mano, que luchan una generosa batalla y saben que tienen ya, en ellos y sobre ellos, eso ante lo que los demonios tiemblan y huyen.

Y este es otro punto que hay que distinguir claramente en la historia del ayuno y las tentaciones de nuestro Señor: la victoria en que terminó. Tuvo tres tentaciones, y venció las tres. En la última dijo:
«Apártate, Satanás», y enseguida «le dejó el diablo» (Mt 4,10-11). Esta lucha y esta victoria en el mundo invisible se barrunta en otros pasajes de la Escritura. Lo más notable es lo que nuestro Señor dice sobre el endemoniado al que los apóstoles no pudieron curar. Acababa de bajar del monte de la Transfiguración adonde, por cierto, había subido con sus apóstoles predilectos para pasar la noche en oración. Bajó tras esa comunión con el mundo invisible y expulsó el espíritu maligno; y dijo: «Esta raza no puede ser expulsada por ningún medio, sino con la oración y el ayuno» (Mc 9,29), lo cual equivale a decir que esos ejercicios otorgan al alma poder sobre el mundo invisible; y no hay motivos para suponer que haya que limitarlos a los primeros siglos del Evangelio. Creo que sobran pruebas, incluso en lo que hemos podido saber luego de los efectos de esos ejercicios sobre personas actuales (por no recurrir a la historia), para demostrar que esos ejercicios son instrumentos de Dios para dar a los cristianos un alto y regio poder sobre sus iguales.

Y dado que la oración es no solo el arma, siempre necesaria e infalible, en nuestra lucha contra el poder del mal, sino que la liberación del mal va siempre incluida como objeto de la oración, de ahí se sigue que cualquier texto que hable de nuestro dirigirnos a Dios Todopoderoso y vencerle con oración y ayuno, está hablando de esa lucha y promete esa victoria sobre el maligno. Así en la parábola, la viuda inoportuna que representa a la Iglesia en oración, se muestra no solo firme con Dios sino contra su adversario. «Hazme Justicia ante mi adversario» (Lc 18,3), dice, y nuestro adversario es «el diablo, que, como un león rugiente, ronda buscando a quién devorar. Resistidle firmes en la fe», dice san Pedro (1 P 5,8-9). Hay que observar que en esta parábola, se nos recomienda especialmente la perseverancia en la oración. Y esto es parte de la lección que nos enseña la prolongada duración de la Cuaresma: que no obtendremos nuestros deseos mediante la dedicación de un día suelto para hacer penitencia, O por una oración aislada, por muy fervorosa que sea, sino por ser «constantes en la oración» (Rm 12,12). Lo mismo se nos dice en el relato de la lucha de Jacob. Como en el caso de Nuestro Señor, esta duró toda la noche. Con quién se encontró en esa ocasión solitaria, no se nos dice; pero Aquel con quien peleó, le dio fuerzas para pelear, y al final le dejó una prenda en el cuerpo, como para mostrar que Jacob había vencido solo por condescendencia de Aquel que había sido vencido. Con la fuerza que había recibido, aguantó hasta la aurora, y pidió ser bendecido, y el que recibió la petición le bendijo, y le dio un nuevo nombre, en recuerdo de aquel suceso. «Ya no te llamarás más Jacob, sino Israel, porque has luchado con Dios y con hombres, y has podido» (Gn 32,29). Y Moisés pasó uno de sus cuarenta días de ayuno, intercediendo por el pueblo, que había construido el becerro de oro. «Me postré, pues, ante el Señor y continué en postración durante cuarenta días y cuarenta noches porque el Señor había hablado de aniquilaros. Y le dije en mi súplica: mi Señor Dios: No destruyas a tu pueblo y a tu heredad, que rescataste por tu grandeza, al que sacaste de Egipto con mano fuerte (Dt. 9,25-26). Y los dos ayunos que se nos narran de Daniel terminan también en bendición. El primero fue de intercesión por el pueblo, y recibió como respuesta la profecía de las setenta semanas. El segundo fue también recompensado con una revelación profética; y, lo que es notable, parece haber tenido influencia (si se puede usar tal palabra) sobre el mundo invisible, desde el momento en que lo empezó. «El ángel me dijo: -No temas, Daniel. Desde el primer día que aplicaste tu corazón a comprender y a humillarte ante tu Dios, tus palabras fueron escuchadas, y yo he venido a causa de tus palabras» (Dn 10,12). Vino al final, pero estaba listo para  ir desde el principio. Pero más importante que esto, el ángel sigue: «El príncipe del reino de Persia me opuso resistencia durante veintiún días», justo el tiempo que Daniel había estado orando, «pero he aquí que Miguel, uno de los príncipes supremos, vino en mi ayuda; por eso me detuve allí, junto a los reyes de Persia» (Dn 10,13).

Un ángel acudió a Daniel durante su ayuno; de igual manera, en el caso de nuestro Señor, ángeles vinieron a servirle, y también nosotros podemos creer y consolarnos pensando que, también hoy, Dios envía sus ángeles especialmente a aquellos que le buscan de esa manera. No solo Daniel, también Elías fue confortado por un ángel durante su ayuno; y un ángel se apareció a Cornelio, mientras ayunaba y oraba. Y yo creo realmente que sobra con lo que las personas religiosas ven a su alrededor para confirmar esta esperanza que hemos ido recogiendo de la palabra de Dios.

«Porque ha dado órdenes a sus ángeles que te guarden en todos tus caminos» (Sal 91,11) y el demonio conoce esta promesa porque la empleó en la suprema hora de la tentación. Sabe perfectamente en qué consiste nuestro poder y en qué consiste su debilidad. Así que nada tenemos que temer mientras permanezcamos dentro de la sombra del Trono del Altísimo. «Caerán mil a tu lado, diez mil a tu derecha; pero a ti no te alcanzará» (Sal 91,7). Mientras permanezcamos en Cristo, somos partícipes de su seguridad. Él ha roto el poder de Satán. Él ha caminado «sobre serpientes y víboras; pisoteado al león y al dragón» (Sal 91,13), por tanto, los malos espíritus, en lugar de tener poder sobre nosotros, tiemblan y temen ante cualquier verdadero cristiano. Saben que este lleva dentro algo que los domina, que puede, si quiere, reírse de ellos, despreciarlos y hacerlos huir. Lo saben bien, y lo tienen en cuenta en todas sus acometidas contra el cristiano. Solo el pecado les da poder sobre él y su principal objetivo es hacerle pecar, y por tanto hacerle caer por sorpresa, pues saben que es el único camino para vencerle. Intentan asustarle con la apariencia de peligro, y así sorprenderle. O se le acercan suave y arteramente para seducirlo, y así sorprenderle. Pero si no lo cogen por sorpresa, no pueden hacer nada. Por tanto, hermanos, «no desconozcamos sus propósitos» (2 Cor 2,11), y conociéndolos, vigilemos, ayunemos, oremos, mantengámonos unidos bajo las alas del Todopoderoso, para que Él sea nuestro escudo y protección. Pidámosle que nos haga conocer su voluntad, que nos enseñe nuestras faltas, que borre de nosotros cuanto pueda ofenderle, y que nos conduzca por el camino de la salvación eterna. Y durante este tiempo santo, consideremos que estamos en lo alto del Monte con Él, dentro de la nube, escondidos con Él, no apartados de Él, no fuera de Él, porque solo en su presencia está la vida, sino con Él y en Él, aprendiendo su Ley con Moisés, sus atributos con Elías, sus consejos con Daniel, aprendiendo a arrepentirnos, aprendiendo a confesar y enmendar nuestras faltas, aprendiendo su amor y su temor, desaprendiendo de nosotros mismos, y creciendo hasta alcanzarle a Él, que es nuestra Cabeza.




lunes, 24 de febrero de 2020

Sancta Sanctorum


Roma es una ciudad que resulta difícil sino imposible, de conocer totalmente y, quienes van como peregrinos o como turistas muchas veces siguen los consejos de una guía turística mediocre. Me ha pasado con frecuencia encontrarme con gente que habiendo estado en la Urbe varias veces, jamás había visitado la iglesia de Santa Práxedes, escondida en un rincón detrás de Santa Maria Maggiore, y que es uno de los tesoros más bellos e impactantes que pueden visitarse.
Otro lugar al que a la mayoría le pasa totalmente desapercibido en la iglesia de San Lorenzo in Palatio, más conocida como Sancta Sanctorum. Se encuentra en el santuario de la Scala Santa, frente a la archibasílica de San Juan de Letrán. Cuando se suben las escaleras, sea de rodillas por aquella que subió el Salvador en el pretorio, o sea caminando aquellas que se ubican a los costados, uno se encuentra con una pequeña capilla, que está siempre cerrada, y en la que apenas puede distinguirse a través de una ventana enrejada, un altar y algunos frescos que, en la penumbra, no llaman la atención. Sin embargo, ese pequeña iglesia tiene una importancia central en la historia de la Iglesia.
El edifico era el palacio patriarcal. Es decir, era allí donde vivieron los Papas hasta que se trasladaron a Aviñón a comienzos del siglo XIV. Estaba este palacio frente a su catedral, que es el Laterano, y esa iglesia de San Lorenzo era su capilla privada. Y aunque las primeras referencias que se tienen de ella son del siglo VIII, es muy anterior. Sobre el altar se encuentra una inscripción que dice: “No hay en el mundo un lugar más santo que este”, y esta afirmación viene por el hecho que allí, dentro del altar, se guardaban las reliquias más preciosas de la cristiandad, y por eso mismo tomó el nombre de Sancta Sanctorum. 
Lo más impresionante es el antiquísimo icono del Salvador, que se encuentra detrás del altar, y que en el siglo XIII fue cubierto con una lámina del plata. Se dice que fue pintado por San Lucas ayudado por un ángel, y hoy puede verse solamente el rostro del Señor, oscurecido por los siglos, pero con una expresión y una mirada de una particular intensidad. 
Toda esta descripción viene a cuento porque en ese lugar tan especial, y por una generosa y única concesión del rector del santuario, tuvo lugar el miércoles 19 de febrero, a las 18:30 hs., un acontecimiento histórico como parte del Coloquio del CIEL que anunciamos en este blog hace algunas semanas. Después de siete siglos volvieron a escucharse allí las melodías del canto romano antiguo (Aquí pueden escuchar el Gloria en el estilo romano), aquel que fue el propio y exclusivo de las iglesias romanas, y que desapareció a fines de la Edad Media. Fue reemplazado por el canto gregoriano que llevaron a la Urbe los monjes del norte que visitaban como peregrinos los monasterios que rodeaban las basílicas romanas.
Una schola dirigida por Marcel Perès interpretó durante una hora varias piezas musicales, comenzando por un kyrie con tropos y seguido por otros cantos del ordinario o del propio de alguna misa.
Estábamos allí pocas personas (el Sancta Sanctorum es muy pequeño), sentados en el perímetro de la capilla, en bancos de piedra en los que, durante siglos, los canónigos y capellanes papeles se habrán también sentado para cantar el oficio. Habían religioso de diversas órdenes, sacerdotes seculares y laicos. Y creo que todos, sumidos en el silencio profundo que imponía no solamente la ausencia de sonidos sino, y sobre todo, la presencia de los siglos y del Salvador, tuvimos el mismo tipo de experiencia. Rodeados como estábamos de frescos del siglo XIII y de mosaicos aún más antiguos, particularmente una teofanía en la que la divinidad del Señor que se abre en la parte del techo que cubre el altar, comprendimos un poco más qué es el cristianismo, qué es la Iglesia y herederos de quiénes somos. 
Y no se trató de una conclusión racional a la que llegamos, luego de considerar eruditamente los detalles históricos del lugar y del canto. No. Se trató en primer lugar de un impacto emocional nacido de las impresiones sensoriales a las que estábamos sometidos y, luego, esa emoción fue la ocasión para que brotara la intuición. Porque ese conocimiento más agudo y profundo de nuestra fe no se debió a una cadena de silogismos. Fue una intuición o, si se quiere, una iluminación. Un ángel que por un segundo levantó apenas el velo que nos oculta momentáneamente el mundo al que nos dirigimos, donde se asienta el trono del Tres Veces Santo, a quien no cesaremos de cantar eternamente sus alabanzas.

Un religioso de una venerable orden medieval que estaba allí, le escribió a su abad que había sido la experiencia religiosa más intensa que había tenido en toda su vida. Yo —afortunadamente— no tengo abad o superior a quien reportar. Pero, si ese hubiese sido el caso, le habría escrito lo mismo.