viernes, 16 de julio de 2021

Todo sea por la unidad


 



“Es para defender la unidad del Cuerpo de Cristo que me veo obligado a revocar la facultad concedida por mis predecesores… [Por lo tanto] tomo  la firme decisión de abrogar todas las normas, instrucciones, las concesiones y las costumbre precedentes al presente Motu Proprio”.

Carta de presentación del Motu Proprio Traditionis Custodes.



[Es para defender la unidad de España y Portugal que tomo la decisión de matar a todos los portugueses].



miércoles, 14 de julio de 2021

El Movimiento Litúrgico y la reforma del Vaticano II - Parte III

 

por Rubén Peretó Rivas

3. Segunda etapa del Movimiento litúrgico (2)

El Movimiento litúrgico en esta segunda etapa no se concentró tampoco en tierras francesas. En Austria surgió el movimiento de Klosterneuburg como opción a la escuela alemana de María Laach, que era un tanto aristocrática y erudita y había elaborado una teología de la liturgia en la línea tradicional de los Padres, cuyos aportes, para algunos, quedaban solamente en los ámbitos intelectuales. Es por eso que el P. Pius Parsch y su más cercano colaborador Josef Casper, comenzaron a hablar de la Volksliturgie, término con el que querían expresar que la liturgia era obra y cosa del pueblo. Se fundó también una gran editorial, Volksliturgisches Apostolat, que publicaba la revista Bibel und Liturgie, una notable colección de los oficios de cada semana y manuales de toda clase.


En Alemania habían tenido lugar apenas terminada la Segunda Guerra Mundial algunos cambios muy perceptibles en la celebración de la Santa Misa, alentados todos ellos por los obispos y autorizados por el papa Pío XII. Se establecieron los siguientes “tipos” de misa: Gemeinschaftmesse o Misa dialogada, en la que los fieles respondían junto a los acólitos al sacerdote; Bet-undsangmesse, que era una misa acompañada de oraciones y de canto, Hochmesse, misa mayor gregoriana, que era poco practicada, y la Deutsche Hochmesse, misa mayor alemana, donde todo el kyrial era cantado en alemán. 

Cuando se leen las memorias de quienes protagonizaron esta segunda etapa del Movimiento litúrgico resulta claro que en la mayor parte de ellos existía una evidente intención de reformar la liturgia y, para hacerlo, sabían que el único modo era la presión. En este sentido, fueron de gran importancia los congresos que se realizaron periódicamente. Por ejemplo, el de Francfort de 1950 concluyó solicitando a la Santa Sede la extensión del permiso para celebrar la Misa vespertina durante toda la semana y no sólo los domingos y, consecuentemente, la reducción del ayuno que pasó progresivamente de la medianoche del día anterior, a tres horas y, finalmente, a sólo una hora. Todo había comenzado por concesiones otorgadas por la Santa Sede desde 1947, con motivo de la mala salud de la población a causa de la guerra y, también, para facilitar que los “curas obreros” franceses pudieran celebrar misas después de finalizar su jornada de trabajo. Diez años después, el 19 de marzo de 1957, Pío XII autorizaba con el motu proprio Sacram Communionem la celebración de la misa de tarde para todos los días y fijaba el ayuno de tres horas para los alimentos sólidos y una hora para las bebidas. 

En el mismo congreso de Francfort se pidió que las lecturas de la misa pudieran leerse en alemán luego de la lectura en latín. Y el congreso de Munich en 1955, que tuvo dos mil participantes, había emitido dos “deseos”: la renovación de toda la Semana Santa y la lectura solamente en lengua alemana de la epístola y del evangelio. El Santo Oficio, un año después,  aprobó un leccionario para Francia en lengua vulgar, permitiendo leer la epístola y el evangelio de los domingos en francés, luego de la lectura en latín. Y veremos más adelante lo que ocurrirá con la Semana Santa.

Quienes manejaban los hilos del Movimiento litúrgico, sabían que aún contando con las simpatías del papa Pacelli, cualquier iniciativa de reforma iba a ser detenida por la Sagrada Congregación de Ritos, y esperar a que los miembros de este dicasterio cambiaran, llevaría mucho tiempo. Es así que se decidieron a preparar en privado proyectos de reforma y presentarlos en Roma a través del episcopado de los diferentes países. De esta manera, se ejercería una fuerte presión en la Curia Romana y en el mismo Sumo Pontífice que finalmente concluiría con la aceptación de las reformas. Esta estrategia surgió conjuntamente del Centro de Pastoral Litúrgica de París y del Instituto Litúrgico de Tréveris. Para ponerla en práctica, se organizaron reuniones estrictamente privadas a la que no asistía ningún representante de la jerarquía y a las que accedían solamente quienes habían recibido invitaciones personales.

Agrego aquí un dato histórico relevante: en la primera de estas reuniones que tuvo lugar en Maria Laach en 1951, se trató la reforma de la misa con la asistencia de los dos mejores especialistas de su historia: el P. Jungmann y dom Capelle. Consideraban que había que reformar fundamentalmente dos partes: el Canon Romano y el ofertorio. Jungmann era el más interesado en la reforma del Canon, pero la férrea defensa que hizo dom Botte de esta plegaria, evitó que se tocara. Sus argumentos eran que se trataba del núcleo en torno al cual se había formado el ordinario de la misa entre los siglos IX y XIII, pero que el núcleo como tal era mucho más antiguo pues había sido fijado a fines del siglo VI en tiempos del papa San Gregorio Magno. Aunque no fuera un texto inspirado, siempre se lo había tratado con sumo respeto, y no podía ni siquiera considerase que una anáfora que durante trece siglos había estado en el centro de la piedad cristiana de Occidente y se había mantenido intacto en medio de las controversias teológicas, sucumbiera finalmente bajo una reforma litúrgica. Los asistentes a la reunión consideraron que todas las propuestas de reforma al canon lo desfiguraban, y se decidieron consecuentemente que debía mantenerse sin cambios. Notemos que no surgió en este momento propuesta alguna de agregar nuevas plegarias eucarísticas.

Otro de los puntos que se discutió en esa reunión, y sobre el que no se llegó a un acuerdo, fue la integración del acto penitencial a la misa. En el ordinario de la misa tradicional, el celebrante y sus ministros comienzan con la confesión que, en el espíritu de la liturgia latina, atañe solamente a ellos: se trata de una preparación privada que no interesa al pueblo, que mientras tanto canta el introito y el Kyrie. Sin embargo, por influencia del Movimiento litúrgico, se había extendido por varios países la “misa dialogada” en la que la mayor parte del “diálogo” entre el celebrante y el pueblo se daba justamente en el acto penitencial que no formaba parte estrictamente de la Misa. Si no se lo integraba a ella en la nueva “misa reformada”, el pueblo se quedaría sin una parte importante de participación. Como sabemos, finalmente la reforma del Vaticano II cedió a esta pretensión y en el novus ordo, el acto penitencial es parte integrante de la misa.


Apostilla del dueño del blog: Estos datos históricos muestran que la misa tradicional que se celebra en la actualidad, en la  enorme mayoría de los casos --incluida la SSPX-- se hace incorporando las innovaciones que se proponían en los años '50: misa dialogada, lecturas en lengua vulgar, misas vespertinas, acto penitencial del que participan todos los fieles y en muchos casos incluso la Semana Santa reformada. 

No me parecen mal ninguna de estas modificaciones, excepto la reforma de la Semana Santa, y creo que fueron logros razonables y beneficiosos del Movimiento Litúrgico. Me pregunto, sin embargo, hasta qué punto los tradicionalistas somos conscientes de que hemos adoptado las posturas más radicalmente progresistas de los años '50.

martes, 13 de julio de 2021

El cónclave que se acerca y las primeras quinelas

 

Hoy apareció un interesante artículo en el blog de Aldo Maria Valli que reproduce la publicación de Sandro  Magister. Se trata de dos de los vaticanistas más reconocidos de las últimas décadas. Vale la pena escucharlos.



El tiempo de hospitalización de Francisco en el Hospital Gemelli se alarga, tal y como recoge el último boletín oficial: “Para optimizar la terapia médica y de rehabilitación, el Santo Padre permanecerá hospitalizado unos días más.”

Sobre el estado de salud de Francisco, el sitio paravaticano Ilsismografo escribe: “La pregunta que circula desde ayer a última hora de la tarde, cuando las imágenes de una filmación en la que se ve al Papa Francisco en una silla de ruedas mientras recibe los saludos de casi todas las personas (y muchos de sus familiares) hospitalizadas en las distintas habitaciones individuales de la décima planta del Hospital Gemelli, se refiere a esta silla” (...). El artículo termina así: “Mientras tanto, desde Gemelli llegan rumores de el Papa recibiría el alta en las próximas horas”.

El tema de la sede de Bergoglio está en el centro de dos libros escritos por Sandro Magister.



Cónclave a la vista, todos se distancian de Francisco

No se dedica ni una sola línea al futuro cónclave. Sin embargo, dos libros gemelos publicados recientemente en Italia apuntan inexorablemente a ese mismo tema.

El primero se titula La Chiesa brucia (La iglesia arde) y el segundo Il gregge smarrito (El rebaño perdido). Ambos diagnostican un mal estado de salud de la Iglesia, con un marcado empeoramiento durante el actual pontificado.

Pero sus autores no son en absoluto opositores al Papa Francisco. El primer libro está firmado por Andrea Riccardi, historiador de la Iglesia y fundador de la Comunidad de Sant'Egidio, muy escuchado por el Papa, que le recibe a menudo en audiencias privadas y le confió —entre otras cosas— la dirección de la espectacular cumbre interreligiosa presidida por el propio Francisco el pasado 20 de octubre en la plaza del Campidoglio. Mientras que el segundo libro lo firma una recién nacida asociación llamada "Estar aquí" cuyo número uno es Giuseppe De Rita, de 89 años, fundador del CENSIS y decano de los sociólogos italianos, además de protagonista de una época del catolicismo postconciliar que tuvo su evento clave en 1976 en una gran asamblea de la Iglesia sobre "Evangelización y promoción humana".

En su libro, De Rita quiere devolver a la Iglesia actual a las líneas maestras de aquella lejana conferencia, lo contrario —según él— de lo que hicieron Juan Pablo II y Benedicto XVI, que insistieron estérilmente en la sola evangelización, descuidando la promoción humana y la red de relaciones sociales.

Pero mientras tanto, no sólo la secularización ha marchitado a gran parte del catolicismo, sobre todo en Occidente, sino que se ha extendido esa revolución antropológica que ha cambiado radicalmente la idea de nacer, de engendrar, de morir, del libre albedrío, en una palabra, la idea misma del hombre, muy alejada de la de la Biblia, puesta de manifiesto magistralmente por el que quizá sea el documento más hermoso elaborado por la Santa Sede en los últimos años, firmado por la Pontificia Comisión Bíblica y titulado "¿Qué es el hombre?".

Sobre el reto que plantea esta revolución antropológica y la respuesta de la Iglesia, hay poco o nada en ninguno de los dos libros. Su horizonte analítico es estrecho, cuando en cambio la cuestión que está en juego es epocal, análoga a la del cristianismo de los primeros siglos, que sin asimilar ni separarse del mundo circundante, en gran medida ajeno y hostil, fue capaz de entrar en una relación fuertemente crítica con él, ejerciendo al mismo tiempo una extraordinaria influencia cultural en la sociedad, en el sentido cristiano.

Cabe señalar que el autor del primer libro, Riccardi, es también uno de los principales miembros de la asociación "Essere qui", que es la autora del segundo libro, junto con otras personalidades como Romano Prodi, ex presidente de la Comisión Europea y ex jefe del gobierno italiano, Gennaro Acquaviva, tejedor por el Partido Socialista del concordato de 1984 entre la Santa Sede e Italia, Ferruccio De Bortoli, ex director del mayor diario italiano, el "Corriere della Sera".

Todos ellos se proponen como un "grupo de reflexión" ofrecido a la Iglesia para su camino. Sin criticar nada del actual pontificado, pero tampoco exaltándolo. Hablan poco de ello y de forma esquiva, como si mantuvieran las distancias con una parábola que ya ha llegado a su ocaso. Que es exactamente su premisa para razonar sobre el futuro Papa.


Francisco es conocido. Tiene sus favoritos para la sucesión. El primero es el cardenal filipino, un poco chino por parte de su madre, Luis Antonio Gokim Tagle, Prefecto de "Propaganda Fide" y por tanto uno de los cardenales más conocidos del mundo.

Para Tagle, se objeta, existe el obstáculo de la edad. Tiene 64 años y, por tanto, podría reinar demasiado tiempo para que los electores cardenales apuesten por él. Pero, sobre todo, se considera demasiado cercano a Jorge Mario Bergoglio como para no acabar desbordado por los muchos malestares con el actual pontificado, que aflorarán inexorablemente en un futuro cónclave.

Por esta razón, Tagle lleva un tiempo manteniendo un perfil bajo, él que en los primeros años del actual pontificado había sido tan activo y hablador. Se mantiene prudentemente a distancia, sobre todo ahora que el pontificado está en su ocaso y sus carencias son cada vez más manifiestas.

En particular, Tagle ha silenciado astutamente esa interpretación del Concilio Vaticano II como ruptura y nuevo comienzo, que aprendió mientras estudiaba teología en Nueva York, en la escuela de Joseph Komonchak, y que luego puso por escrito, con su propia firma, en un capítulo clave de la historia del Concilio más leída en el mundo, elaborada por la llamada "escuela de Bolonia", fundada por Don Giuseppe Dossetti y Giuseppe Alberigo.


Otro cardenal muy querido por Francisco es el arzobispo de Múnich y Freising, Reinhard Marx, de 68 años, asociado en 2013 por el papa a la terna de cardenales llamados a ayudarle en el gobierno de la Iglesia universal y promovido en la curia a la presidencia del Consejo de Economía.

Es cierto que el "camino sinodal" puesto en marcha en Alemania, con Marx entre los promotores, angustia seriamente a Francisco, por sus objetivos perturbadores. Pero el Papa sigue manteniendo a este cardenal cerca de él, quizá calculando recurrir a su ayuda para frenar la deriva.

Marx, sin embargo, tiene todo el aire de querer jugar por su cuenta y distanciarse de una proximidad a Bergoglio que podría perjudicarle en un cónclave. Dejó la presidencia de la Conferencia Episcopal Alemana y, sobre todo, —alegando la responsabilidad colectiva de los obispos en el escándalo de los abusos sexuales— ofreció su dimisión como arzobispo de Múnich y Freising.

El Papa se negó, pero la jugada del cardenal fue leída por algunos observadores como dirigida precisamente a una autocandidatura de Marx para la sucesión, naturalmente para un pontificado que marcaría la drástica superación del "catolicismo romano", en deferencia al secular complejo antirromano de la Iglesia católica de Alemania, siempre tentada por la asimilación al protestantismo.

Luego están los cardenales que más le disgustan a Francisco. Angelo Becciu le resulta tan indigesto que el Papa lo despojó brutalmente hace diez meses —sin ninguna explicación y antes de cualquier proceso— de todos los "derechos" del cardenalato, incluido el acceso al cónclave.

Becciu nunca fue un candidato papal, pero fue un gran elector, gracias en parte a su pertenencia a la red internacional de cardenales y obispos amigos del movimiento de los Focolares, uno de los lobbies eclesiásticos más funcionales para dirigir el consenso. Al sacar ignominiosamente del juego a Becciu, Francisco también ha desarmado la red que era su responsabilidad.

Pietro Parolin es otro de los cardenales que Bergoglio ayudó a eliminar de la lista de papables. Pero Parolin ya había puesto mucho de su parte para decepcionar a quienes inicialmente veían en él un sucesor deseable, capaz de reconducir la nave de la Iglesia en la tormenta creada por el Papa Francisco, corrigiendo sus derivas sin traicionar su espíritu.

De hecho, está acabado. Frente al marasmo de la secretaría de Estado sometida a su gobierno, es difícil imaginarlo capaz de gobernar la Iglesia, que es una realidad incomparablemente más grande y compleja. Por no hablar de la cadena de fracasos de sus iniciativas diplomáticas, "in primis" con China.


Entre los moderados hay quienes verían con gusto en la Cátedra de Pedro a un cardenal como el húngaro Péter Erdô, de 69 años, arzobispo de Esztergom y Budapest y durante diez años presidente del Consejo de las Conferencias de Obispos Católicos de Europa, muy apreciado también por haber dirigido con sabiduría y firmeza la resistencia a los partidarios del divorcio y de la nueva moral homosexual, en el doble sínodo sobre la familia del que fue relator general.

Dentro de dos meses, Erdô presidirá el 52º Congreso Eucarístico Internacional en Budapest, y el Papa Francisco viajará allí para celebrar la misa de clausura el 12 de septiembre. La ocasión sería excelente para ponerlo en el punto de mira como personalidad de alto nivel en el Colegio Cardenalicio, con muchos talentos para ser elegido Papa.

Sin embargo, el hecho es que Bergoglio ha inventado de todo para disminuir su viaje a Budapest y mantener en la sombra a su posible, pero sobre todo temido, sucesor. Primero añadió y luego amplió a cuatro días su propia visita a la vecina Eslovaquia, y de este modo redujo su presencia en el Congreso Eucarístico a una escala apresurada, visiblemente realizada contra su voluntad.

Ciertamente, un sucesor como Erdô devolvería el papado a la estela de Juan Pablo II y Benedicto XVI, es decir, precisamente esos dos papas que interrumpieron —según los dos libros citados al principio— la feliz imbricación entre Iglesia y sociedad, entre "evangelización y promoción humana", de la primera época postconciliar.


En cambio, Riccardi y asociados tendrían el candidato adecuado. Se trata del cardenal Matteo Zuppi (en la foto), de 66 años, arzobispo de Bolonia y bisnieto de otro cardenal, Carlo Confalonieri (1893-1986), que también fue secretario del Papa Pío XI, pero sobre todo cofundador, con el propio Riccardi, de la Comunidad de San Egidio, sin duda el lobby católico más poderoso, influyente y omnipresente de las últimas décadas, a nivel mundial.

Como asistente eclesiástico general de la Comunidad de Sant'Egidio y párroco de la basílica romana de Santa María in Trastevere hasta 2010, así como obispo auxiliar de Roma desde ese año, Zuppi se ha movido en el centro de una red incomparable de personas y acontecimientos a escala planetaria, tanto religioso como geopolítico, desde los acuerdos de paz en Mozambique en 1990-92 hasta el apoyo actual al acuerdo secreto entre la Santa Sede y China, desde los encuentros interreligiosos en Asís hasta los "corredores humanitarios" para los inmigrantes a Europa desde África y Asia.

Adaptándose como un camaleón a los dos pontificados de Karol Wojtyla y Joseph Ratzinger, la Comunidad de Sant'Egidio alcanzó su apogeo con Francisco, con Vincenzo Paglia al frente de los institutos vaticanos para la vida y la familia, con Matteo Bruni al frente de la sala de prensa y, sobre todo, con Zuppi, promovido a la cabeza de la archidiócesis de Bolonia, convertido en cardenal y ahora también candidato a la presidencia de la Conferencia Episcopal Italiana.

De aquí a su elección como Papa el progreso no está en absoluto asegurado, pero está seriamente en el orden de las cosas. Más aún con un colegio de cardenales electores desordenado, de sentimientos inciertos y fácil de ser derrotado, por un lobby, esta vez no cardenalicio -como la legendaria "mafia" de San Gall que se dice que favoreció la elección de Bergoglio- pero ciertamente más influyente y decisivo, que tiene el nombre, precisamente, de la Comunidad de San Egidio.

A Zuppi le gusta que le llamen "cardenal de la calle", como en el docufilm que ya ha puesto en circulación, y ha tenido la astucia de firmar el prólogo de la edición italiana del libro pro-LGBT del jesuita James Martin, querido por el Papa Francisco.

Pero precisamente, como demuestran los dos libros mencionados, ha llegado el momento de distanciarse del Papa reinante, si se aspira a sucederle. Después de haberle exprimido todos los favores, el lobby de Sant'Egidio ha decidido consignar a Francisco a los archivos. La Iglesia está en llamas, el rebaño está perdido, es hora de un nuevo Papa. Los dos libros trazan el perfil a su manera. Lástima que el vacío programático de ambos, sobre los verdaderos retos de época que la Iglesia está llamada a afrontar hoy, no le ayude.



domingo, 11 de julio de 2021

La Iglesia posbergoglio y la institucionalidad

 

La era posbergoglio, que pareciera que está más cerca de lo que pensábamos, deberá dedicarse a reconstruir varios elementos de la Iglesia que fueron destruidos por buenas o malas razones en los últimos siglos. Y uno de ellos es su institucionalidad, es decir, la concepción de la Iglesia como una institución en la que los personajes que ocupan sus puestos de gobierno son circunstanciales y secundarios. Lo que se observa es que desde hace ya varios pontificados la Iglesia adoptó un carácter más cercano al de un movimiento que al de una institución. Y esto ocurrió, a mi entender, a partir del pontificado de Pío IX y de su exaltación del papado romano a niveles que nunca había tenido, transformando de ese modo al Papa en un caudillo. Vale la pena recordar aquí dos anécdotas de este pontífice. La tarde del 18 de junio de 1870 mientras se desarrollaba el Concilio Vaticano I, tuvo lugar una acalorada discusión entre este pontífice y el cardenal Guidi debido a las reservas que tenía el docto purpurado dominico acerca de la conveniencia de proclamar el dogma de la infalibilidad aduciendo que no se trataba de una verdad conservada claramente en la Tradición. Pío IX le respondió a los gritos: “… io, io sono la Tradizione, io, io, io sono la Chiesa”. (Cf. K. Schatz, Vaticanum I, vol. III, Paderborn, 1992, p. 312-322). Y en otra ocasión, durante el encuentro entre el pontífice y el patriarca melquita Gregorio II Youssef-Sayour, firme opositor a la definición del dogma de la infalibilidad, el obispo oriental fue arrojado al piso por un guardia suizo y Pío IX, mientras le pisaba la cabeza, le decía: “Gregorio cabeza dura” (Ken Parry - David Melling, The Blackwell Dictionary of Eastern Christianity, Malden 1999, p. 313). Más allá de la conveniencia o inconveniencia de la proclamación de ese dogma, lo cierto es que Pío IX se había convertido en caudillo, que hacía deshacía en la Iglesia según su omnímoda voluntad y trataba al resto de los obispos, sucesores de los apóstoles como él, como meros  empleados. 


Pero la Iglesia, que es un institución fundada por Cristo, no tiene ni necesita caudillos; necesita jerarcas que la gobiernen como guardianes e intérpretes de la Revelación expresada en las Escrituras y en la Tradición. No necesita de líderes carismáticos y autoritarios. Esta es la nota distintiva de los movimientos, y basta ver lo ocurrido en los siglos pasados: el nazismo necesitó a Hitler, el fascismo a Mussolini y el peronismo a Perón. Y también, los neocatecumenales a Kiko, Bose a Enzo Bianchi y los focolares a Chiara Lubich. 

La característica de un “movimiento” es, justamente que se mueve hacia algo. Es decir, que hay una agenda programática, configurada por un proyecto con dynamis propia, y un estilo, el del Caudillo, es decir, la cabeza del movimiento. Brevemente: el Papa comienza a configurarse como un caudillo, y el catolicismo como religión del Papa. Es el catolicismo definido como papismo, pero papismo del caudillo que deviene tal por carisma y carácter personal, no por institución y que fuerza a los fieles a adoptar sus objetivos personales programáticos, ya sea doctrinarios o litúrgicos. 

A su vez, la base de legitimidad del Papa muta por necesidad interna de adhesión a ese carácter, deviniendo populismo y requiriendo la adopción de actitudes disruptivas con la tradición. Un Papa políticamente incorrecto, que pierde apoyo popular y al que las masas no aclaman lo suficiente, empieza a peligrar, porque el caudillo se legitima en el pueblo.

En otros términos, desde hace más de un siglo ser católico a venido a identificarse con pertenecer a “la religión del Papa”. Es decir, se identifica la religión con la figura de una persona, que es siempre circunstancial, y que se transforma en caudillo.

Se trata de una peligrosa perversión del hecho religioso y de una involución dañina que nos sustrae de los dominios de una religión evangélica y nos coloca muy cercanos a una religión tribal. Es decir, nos enajena de una religión en la que sus miembros siguen y se comprometen existencialmente con un mensaje que, de un modo radical, orienta a sus fieles hacia la vida trascendente que se abre luego de la muerte corporal. La adhesión al mensaje evangélico es reemplazada por la adhesión incondicional a la persona que, de un modo vicario, establece la referencialidad necesaria e imprescindible que toda religión debe tener. 

No estoy discutiendo la necesidad de una iglesia visible que, como tal, necesita de un culto y de una estructura humana de gobierno y acompañamiento pastoral de los fieles. Y esta estructura, jerárquica por principio, se debe apoyar lógicamente sobre la figura de quien se constituye como vicario del Fundador, es decir, el Papa. El problema consiste en trasladar la adhesión existencial, y en el fondo la fe, al Papa, desplazando o enturbiando el Evangelio. Es decir, que la fe del cristiano termina siendo la fe del Papa o, peor aún, la fe en el Papa. Esto es, la fe en una persona que aún poseyendo la legitimidad jurídica requerida y la promesa de la indefectibilidad en materia de fe otorgada por el Señor, no deja de ser un humano con todas las limitaciones del caso.

La fe y la religión cristiana tienen un solo líder, que es Cristo. No tienen un caudillo, sea este el Papa, el obispo o el fundador de una congregación. Resulta por cierto mucho más fácil tener un caudillo, porque a este se lo puede  se puede ver, escuchar y tocar, y provoca un adictivo entusiasmo triunfalista como podemos ver, por ejemplo, en las Jornadas Mundiales de la Juventud o en las ya pasadas audiencias de los miércoles en la plaza San Pedro: cientos de miles de personas vitoreando a un caudillo, llámese éste Francisco, Benedicto o Pío, lo mismo da. Yo no veo mucha diferencia con las multitudinarias reuniones de Nüremberg o de Piazza Venezia en los años ’30, o con las plazas de Mayo abarrotadas de los ’40 o ’50. 

¿Qué problemas acarrea esto? Innumerables. Uno de ellos es que es muy factible que tales cristianos terminen viviendo su fe no al ritmo del evangelio sino al ritmo del Papa, y esto es una perversión. Otra, es que, al confundir religión con papado, la misma dinámica de la confusión exigirá afiliaciones y fidelidades más o menos estrictas a estructuras en general muy personalizadas como modo indispensable de pertenencia a la Iglesia y al evangelio. 

El problema sigue siendo el mismo: reemplazar la religión de Cristo, por la religión del Papa. Es por eso que urge que en la era posbergoglio la Iglesia retome su institucionalidad; que el Papa vuelva a convencerse que él es un personaje circunstancial cuya figura debe menguar y casi desaparecer para que destaque la figura de Cristo. Necesitamos un Papa santo, sabio y prudente. No necesitamos un caudillo. 

viernes, 9 de julio de 2021

La participación activa y los integristas

 




Se trata de un detalle que a la mayor parte de los lectores del blog les parecerá insignificante, y tendrán razón porque lo es. Sin embargo, me parece un caso de análisis para conocer el modo en el cual funciona la mentalidad de buena parte de los integristas: parten de una idea pre-concebida y adaptan la realidad para probarla. Es decir, acomodan las premisas para que den la apariencia de justificar la conclusión que ya tienen por segura. Eso se llama, en pocas palabras, ideología.

A raíz del post publicado ayer sobre el Movimiento Litúrgico, un comentarista denominado Anselmo, escribe:

Tengo que decirle que esta frase "Se trataba de la actuosa participatio, o participación activa de los fieles, expresión que tantos usos y abusos sufrió a lo largo del último siglo, y que había sido acuñada por San Pío X y utilizada en su motu proprio Tra le sollecitudini del 22 de noviembre de 1903." no se corresponde totalmente con la realidad. En el texto original o típico, el latino, del motu proprio de San Pío X no se habla en ningún momento de "participación ACTIVA" de la feligresía. Esa intromisión, que yo considero clandestina, se dio en el texto italiano primero y de allí pasó a los demás, como están en la página del vaticano. El texto latino, en ese lugar, dice así: Etenim cum nihil Nobis potius sit et vehementer optemus ut virtus christianae religionis floreat et in omnibus Christifidelibus firmior sit, templi decori provideatur oportet, ubi Christicolae congregantur ut hoc virtutis spiritu ex priore fonte fruantur, quae est participatio divinorum mysteriorum atque Ecclesiae communium et solemnium precum. Supongo que Ud. y el Dr Peretó saben latín lo suficiente como para comprender mi objeción. La cual, en síntesis, es que San Pío X no habló nunca de "activa participación" de los fieles en la Liturgia, sino que que esas palabras son un misterioso agregado a una traducción.

Anselmo, como cualquier integrista que se precie, aborrece el la expresión participación activa de los fieles en la liturgia, ya que la misma fue utilizada para justificar un sin fin de abusos. Consecuentemente —consideran— esa expresión de ninguna manera puede haber salido de la pluma de San Pío X, el adalid —ellos creen—, de los papas integristas cuando en realidad fue un pontífice profundamente renovador en cuestiones litúrgicas. Y siempre se podrá echar mano a alguna conspiración (¿masones, modernistas, judíos?) que fueron los autores de “intromisiones clandestinas” y de un “misterioso agregado a una traducción”.

El problema es que Anselmo da por supuesto que el motu  proprio Tra le sollecitudini fue escrito en latín, y es por eso que habla de “texto original o típico” en esa lengua. Pues no. El texto original está en italiano. Es decir, el Papa San Pío X escribió el documento en italiano como cualquiera puede comprobar recurriendo a las Acta Sanctae Sedis (como se llamaba a principios del siglo XX) 36 [1903-1904], pp. 329-339, siguiendo este enlace

Es allí, en la p. 331, donde San Pío X escribe: 

Essendo infatti Nostro vivissimo desiderio che il vero spirito cristiano rifiorisca per ogni modo e si mantenga nei fedeli tutti, è necessario provvedere prima di ogni altra cosa alla santità e dignità del tempio, dove appunto i fedeli si radunano per attingere tale spirito dalla sua prima ed indispensabile fonte, che è la partecipazione attiva ai sacrosanti misteri e alla preghiera pubblica e solenne della Chiesa.

Y si Anselmo mira al inicio del motu proprio, en la p. 329, verá una nota a pie de página que dice: 

Haec Instructio de Musica sacra, quamvis a Romano Pontifice italico idiomate exarata sit, tamen totum catholicum Orbem respicit; proindeque nos omnibus lectoribus nostris prospicere volentes, eiusdem versionem latinam, quam maxime fidelem in proximo fasciculo dabimus.

Es decir, que como esta disposición del Papa, que había sido pensada originalmente para Italia, en realidad atañía a todo el orbe católico, en una próxima edición de las actas se publicará en latín, lo que efectivamente sucedió y puede verse el texto latino posterior en las páginas 387-395.

En conclusión, en este caso resulta irrelevante si en la versión latina aparece o no la expresión actuosa participatio, puesto que el texto original y típico, redactado y firmado por San Pío X en italiano, sí la contiene.


martes, 6 de julio de 2021

El Movimiento Litúrgico y la reforma del Vaticano II - Parte II

 

por Rubén Peretó Rivas

2. Primera etapa del Movimiento litúrgico 

La historia propiamente dicha del Movimiento litúrgico comienza con dom Lambert Beauduin, monje de la abadía de Mont-César de Lovaina quien, en el congreso sobre la liturgia de Malinas de 1909, pronunció una conferencia sobre la participación de los fieles en el culto cristiano. En general, se considera que este fue el acto fundacional del Movimiento litúrgico (1). Algunos prefieren considerar que la fundación debe ubicarse en la promulgación del motu proprio Abhinc duos annos, del 23 de octubre de 1913, en el que el papa San Pío X anunciaba su intención de completar la reforma del breviario (2). No me parece acertada este elección debido que, al identificar el nacimiento del Movimiento litúrgico con la publicación de un documento pontificio, indirectamente se estaría revistiendo al Movimiento de un carácter oficial y de una promoción pontificia que nunca tuvo, al menos expresamente. 


Dom Beauduin era un benedictino que no poseía una formación litúrgica especial, como tampoco la tenían sus hermanos de la abadía de Mont-César. Poseía, sin embargo, un profundo respeto por la tradición litúrgica y es por eso que el movimiento que impulsó no tuvo nunca un carácter reformador en esta primera etapa. Era consciente que la liturgia era un monumento venerable elaborado por la tradición durante el correr de los siglos, y aunque habían algunos detalles que era conveniente corregir, no se trataba de reformarla. Era un don de la tradición que había que comprender con sabiduría y prudencia, y para ello era necesario recurrir a la historia, a la arqueología y a la filología. Ese era el modo de encontrar el verdadero sentido de los textos, de distinguir lo accidental de lo esencial y de penetrarse de su espíritu. 

Dom Beauduin se preocupó por acentuar la dimensión pastoral de la liturgia en un momento en el cual estaba reducida a una cuestión meramente ritual, de interés exclusivo, en el mejor de los casos, de los clérigos pero que poco y nada aportaba a los fieles que asistían a ella como meros espectadores que se entretenían en ejercicios piadosos como el rezo del rosario o de otras pías oraciones mientras esperaban que transcurriera la misa. La conferencia de dom Beauduin en Malinas animaba a una mayor participación de los fieles en todos los actos litúrgicos, particularmente la Santa Misa. Se trataba de la actuosa participatio, o participación activa de los fieles, expresión que tantos usos y abusos sufrió a lo largo del último siglo, y que había sido acuñada por San Pío X y utilizada en su motu proprio Tra le sollecitudini del 22 de noviembre de 1903. Era el documento en el que impulsaba el canto gregoriano solesmiense como el oficial de toda la Iglesia latina, a fin de contrarrestar el uso frecuente de misas polifónicas con melodías de carácter profano, que convertían a los oficios litúrgicos en conciertos, y en los que los fieles no tenían la más mínima participación. 

La iniciativa de dom Beauduin de promover la pastoral litúrgica fue alentada por el cardenal Mercier, arzobispo de Malinas. Al año siguiente, el 2 de julio de l910, la abadía de Mont-César dirigía un informe al abad de Beuron con vistas a la erección de una escuela de liturgia en Lovaina, basándose en las premisas de que hacía falta una renovación litúrgica, que los benedictinos podían dirigirla y que Mont-César debía ser su centro.

Comenzaba un movimiento de renovación de los estudios litúrgicos que se reflejó también en otros países a través de la creación de varios institutos de investigación. El más importante de ellos fue el de la abadía renana de María Laach, donde vieron la luz las obras de dom Ildefonso Herwegen, dom Odo Casel y del P. Johannes Pinsk, quienes hicieron de este monasterio el foco central de la vida litúrgica de los países de lengua alemana. 

Quien más se destacó de los tres fue Odo Casel con su obra “El Misterio del culto cristiano”, en la que señala la centralidad que posee el misterio dentro de la liturgia. Este aspecto no siempre era aceptado y para la mayoría de los sacerdotes, la misa había sido reducida a una mero máquina de fabricación de la eucaristía. Fue en este marco en el que se dio la controversia que mantuvo en 1914 dom Maurice Festugière con el jesuita Navatel, redactor de la revista francesa Études, quien en un artículo había definido a la liturgia como “la parte sensible, ceremonial y decorativa del culto católico”. Se trataba no más que de un código de cortesía o un protocolo para las recepciones oficiales de Nuestro Señor, quedando así reducida a un ceremonial asimilable al de la corte de Versailles pero que, en sí misma, no tenía mayor valor o significado (3).


3. Segunda etapa del Movimiento litúrgico (1)

En la segunda etapa, el Movimiento litúrgico se extenderá mucho más en el espacio y tendrá un carácter más combativo en sus propuestas. Por eso mismo se trató, a mi entender, de una etapa claramente reformista, en la que jugó un papel protagónico el Centre de Pastoral Liturgique de Francia que más tarde se transformaría en el Centre National de Pastoral Liturgique, cambio que no sería solamente de nombre (4). Fue fundado inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial por los padres Duployé y Roguet, ambos dominicos, junto al canónigo Martimort, y su objetivo fue concientizar a curas de parroquia, capellanes de la Acción Católica, religiosos y laicos sobre la importancia de la liturgia. 

Dom Bernard Botte nos da una pista de lo que podríamos llamar “estado pre-revoluconario” en el que se encontraban muchos sacerdotes y comunidades francesas de la época. Relata que en el primer congreso organizado por el Centre en 1948, él debió alertar acerca del peligro que significaba que los sacerdotes redactaran sus propias plegarias para la celebración de la misa, moda que se estaba estableciendo, y para lo cual se utilizaba un lenguaje —según se decía—, que podía ser comprendido por el hombre de la calle. 

En un primer momento, el Centro de Pastoral Litúrgica integró a su preocupación pastoral la investigación seria sobre liturgia y la formación académica en ese ámbito. Resulta relevante la fundación, junto a la abadía de Mont-César, del Instituto Superior de Liturgia, dentro del Instituto Católico de Paris, destinado a formar a profesores de seminario ya que, hasta ese momento, la liturgia no era materia que se incluyera dentro de la formación sacerdotal. Lo que en todo caso se enseñaba a los seminaristas próximos a la ordenación era a realizar correctamente los ritos, pero no había interés por explicar el sentido de los textos litúrgicos ni por mostrar las riquezas espirituales que contenían. Dom Botte relata un caso de discusión de la época en los ambientes clericales que, aunque hiperbólico, grafica la situación: las hermanas de la Purificación habían heredado de su fundador una casulla tejida en hilos de seda de dos colores, rojo y verde y, según la dirección de la luz, el ornamento se veía de uno u otro color. ¿Qué se debía hacer? ¿Ubicar a todos los fieles en un mismo sector de la Iglesia o tapar las ventanas de un costado, a fin de que los asistentes a la misa vieran solamente el color prescrito por las rúbricas? (5) Era para sortear esta concepción de la liturgia que se fundó el nuevo Instituto. Sus profesores eran especialistas, capaces de comentar textos litúrgicos, que constituyen una parte importante de la Tradición de la Iglesia, y conocedores tanto las fuentes litúrgicas como el método crítico de trabajo. 

La labor del Centro de Pastoral Litúrgica fue amplia, y llegó a las parroquias mediante sesiones y semanas de estudio, y una acción más extendida a través de una serie de publicaciones: Fétes et saisons, la revista trimestral La Maison-Dieu y las Notes de pastorale liturgique. Por todo esto, fue reconocido rápidamente por las más altas esferas de la jerarquía. En su edición del 17 de enero de 1946, L’Osservatore Romano subrayaba los indicios que hacían creer que el movimiento litúrgico se hallaba en un momento decisivo y había emprendido el buen camino, y presentaba al CPL como “la consoladora primavera en flores de una espiritualidad cristiana nacida y alimentada en las purísimas fuentes de la Lex orandi”.



(1) Un buen, aunque incompleto, recorrido de la historia del Movimiento litúrgico puede verse en Comunidades de St. Séverin y St. Joseph, La renovación litúrgica, trad. F. Revilla, Casal i Vall, Andorra, 1962.
(2) Cfr. Claude Barthe, Histoire du missel tridentin et de ses origines, Via Romana, Versailles, 2016, 174.
(3) Cfr. Jean-Joseph Navatel, “L’apostolat liturgique et la piété personnelle”, en Études 137 (1913), 449-475.
(4) Según relata el P. Bouyer, los fundadores del Centre de Pastoral Liturgique, luego del Concilio, fueron desposeídos de sus cargo y el Centre quedó bajo la dirección de “un obispo bienaventuradamente incompetente, asistido por un verdadero bribón”, que fue el director del nuevo Centre Nationale de Pastoral Liturgique. Se refería a Mons. Renés Boudon, obispo de Mende, y al P. Jacques Cellier. Cfr. Louis Bouyer, Mémoires, ed. Jean Duchesne, Cerf, Paris, 2014, p. 146.
(5) Cf. Bernard Botte, Le mouvement liturgique. Témoignage et souvenirs, Desclée, Paris, 1973, p. 46.


lunes, 5 de julio de 2021

La era postbergoglio

 

Como ya muchos medios de prensa católicos de distintas tendencias lo están afirmando, no cabe duda que estamos frente a un pontificado acabado, que deja una Iglesia agonizante y que significa la lápida bajo la cual se sepultará definitivamente el experimento comenzado en los ’60 con el Concilio Vaticano II. No podía esperarse otra cosas de Bergoglio, a quien los argentino conocimos muy bien como arzobispo de Buenos Aires.


Frente a tamaño desastre, paradójicamente, creo que debemos dar gracias a Dios, porque es el modo más efectivo para que todo el mundo se convenza de que la iglesia conciliar fracasó. Sería un grave error suponer que la crisis actual es obra de Francisco. Él se ha limitado a seguir haciendo de un modo brutal y chabacano lo que ya hacían Pablo VI y Juan Pablo II. No conviene olvidar a Montini arrojándose a los pies de un arzobispo ortodoxo en 1975 (aquí) en o a Wojtyla organizando el cotarro de Asís en 1986, por poner sólo un ejemplo. El problema no es Bergoglio; el problema es el Vaticano II que ha ocasionado un caos sin precedente en la Iglesia católica. Y los intentos de salvarlo a través de una “hermenéutica de la continuidad”, o la promoción de la “reforma de la reforma” que impulsó el Benedicto XVI, fueron infructuosos.

Por eso mismo, el Papa Francisco se ha comportado como un gran inmunizador, o como una vacuna capaz de neutralizar hacia el futuro cualquier variante progresista, pues ya sabemos cómo terminan; el Papa argentino “quemó” al progresismo, mostró en qué concluye el experimento de asimilar la Iglesia con el mundo, y sus aperturas y sus puentes: en una Iglesia desvanecida, en sal que perdió su sabor, en un territorio de desolación en el que las corrientes de un viento helado soplan entre las ruinas de conventos vacíos, de escuelas y universidades católicas que ya no lo son, de ceremonias vulgares para pretender ser sacras y de una casta sacerdotal entregada a los vicios más abyectos y despreciables. 

Se trata, creo, de una situación evidente que solamente el progresista más enceguecido o más idiota puede negar. Hay que decirlo una y otra vez: el Vaticano II fue un fracaso y es inútil continuar con la pretensión de aplicarlo, y de seguir insuflando su espíritu que, más que aire renovador y salutífero, ha mostrado ser gas mostaza. No pretendo, claro, que sus documentos sean quemados en solemne ceremonia en la plaza de San Pedro. Lo mejor que  puede hacerse con ellos es guardar silencio; olvidarlos.

Pero esta situación plantea un gran interrogante: ¿qué ocurrirá en la era post-Bergoglio, que será también la era post-Vaticano II? La propuesta de los sectores más tradicionalistas será seguramente retroceder a lo que la Iglesia era antes de los ’60, frente a la cual tengo dos objeciones. La primera es que esa Iglesia tenía muchos y gravísimos problemas y es insensata la pretensión de volver a cocinarse en el mismo caldo. Y tan cierto es esto, que fueron justamente los líderes de esa Iglesia los que nos embarcaron en esta catástrofe. Los que levantaban alegremente la mano y aplaudían rabiosamente las propuestas preparadas por Congar o Rahner y presentadas en el aula conciliar por el reducido club de obispos progresistas, eran más de tres mil prelados de todo el mundo que habían sido formados por esa iglesia que hoy muchos añoran. La ocurrencia de tal desatino es signo evidente de que algo importante no estaba funcionando. Hemos ya discutido abundantemente sobre esa cuestión en este blog, y quienes quieran repasar el estado de esa iglesia decadente, pueden leer el breve pero brillante libro de Louis Bouyer La descomposición del catolicismo que puede descargarse gratuitamente de aquí.

Y mi segunda objeción a la pretensión de atrasar el reloj de la Iglesia, proviene de la lección que nos da la historia: una vez terminadas las catástrofes que asolan a las sociedades humanas, resulta imposible volver al statu quo ante. Luego de las guerras de religión, la Paz de Westfalia del siglo XVII debió diseñar un nuevo mapa y Europa no volvió a ser la misma que había sido durante casi mil años. Después de las guerras napoleónicas, aun queriéndolo y con figuras conservadoras como von Metternich y Castlereagh, el Congreso de Viena no pudo volver a la Europa anterior a la Revolución Francesa y a las posteriores correrías del Corso. Y el Tratado de Versailles luego de la Primera Guerra Mundial, con ayuda de la incapacidad de sus protagonistas, especialmente el presidente Wilson, destruyó la Europa tradicional, sustituyéndola por un puzzle racionalista que duró apenas algunas décadas.

La Iglesia, a la muerte de Bergoglio, no celebrará una conferencia de paz; celebrará un cónclave, del que muy pocos se animan a presagiar algo bueno, pues sus protagonistas serán, en su mayoría, cardenales elegidos por el papa difunto y creados a su imagen y semejanza, es decir, mediocres e incompetentes. Y sin embargo, la proximidad del abismo puede hacerlos retroceder. Pero ¿retroceder a dónde? ¿De qué manera se retrocede en situaciones como ésta? ¿Cuál es la meta que debe fijarse y cómo se llega a ella? No lo sé. El próximo Papa deberá ser, además de un santo, un hombre de una refinada prudencia, un estratega y un ejecutor con pulso de neurocirujano. 

Si estamos vivos, veremos qué sucede pero lo que nos corresponde a nosotros en este momento — y llamo la atención de que estamos atravesando horas cruciales de las que nos pedirán cuenta—, es planificar qué posiciones y que bastiones ocuparemos. Y en esto, cada uno tiene responsabilidades, algunos más altas y otros menos, pero todos somos responsables. No será el mismo papel el que deberán jugar los cardenales que aún conservan la fe católica o los superiores de las pocas congregaciones e institutos religiosos verdaderamente católicos que existen, que la de los simples curas de parroquia, o la de los fieles. 

Y con ocupar baluartes y defender posiciones no pretendo alentar fantasías militaristas o promover discursos engolados en defensa de la tradición. Todo eso ya ha dado suficientes muestras de que en las circunstancias actuales no sirve. Por el contrario, lo que se ha mostrado verdaderamente eficaz para conservar y ganar posiciones han sido las acciones discretas y planificadas que evitan el conflicto inútil sin renunciar a una sola iota de los principios.