miércoles, 10 de noviembre de 2021

Newman y el modernismo

 


El lunes 12 de mayo de 1879 por la mañana, el Dr. Newman fue al Palazzo della Pigna, la residencia del Cardenal Howard, que le había prestado sus apartamentos para recibir allí al mensajero del Vaticano que llevaba el biglietto del Cardenal Secretario de Estado, informándole de que en un Consistorio secreto celebrado esa mañana Su Santidad, el Papa León XIII, se había dignado elevarlo al rango de Cardenal. A las once, las salas estaban abarrotadas de católicos ingleses y americanos, eclesiásticos y laicos, así como muchos miembros de la nobleza romana y dignatarios de la Iglesia, reunidos para presenciar la ceremonia. 

Poco después del mediodía se anunció al mensajero consistorial. Entregó el biglietto al Dr. Newman, quien, tras romper el sello, lo entregó al Dr. Clifford, obispo de Clifton, quien leyó su contenido. El mensajero informó entonces al recién creado cardenal de que Su Santidad le recibiría en el Vaticano al día siguiente a las diez de la mañana para conferirle la berretta. Después de haberle hecho los cumplidos de rigor, el ya cardenal Newman respondió en lo que se conoce como su "Discurso del Biglietto". Y allí, entre otras cosas, dice lo siguiente:


Por espacio de treinta, cuarenta, cincuenta años he resistido con mis mejores energías el espíritu del liberalismo en la religión. Nunca como ahora ha necesitado tan urgentemente la Santa Iglesia de campeones contra esta plaga que cubre la tierra entera. En esta ocasión, cuando es natural que alguien en mis circunstancias contemple el mundo y la Iglesia según la situación presente y las perspectivas futuras, nadie juzgará fuera de lugar que yo renueve ahora la protesta con el liberalismo que he repetido con tanta frecuencia”.

Y lo que Newman entendía por liberalismo será lo mismo que la Iglesia denominará, algunas décadas más tarde, modernismo: “El liberalismo en el campo religioso es la doctrina según la cual no hay ninguna verdad positiva en la religión: un credo vale lo mismo que otro. [El liberalismo religioso] es una opinión que gana posiciones y fuerza día tras día. Es contrario a cualquier reconocimiento de una religión como verdadera y enseña que debemos ser tolerantes con todos, pues todo es cuestión de opinión” [Apologia pro vita sua. Historia de mis ideas religiosas (Encuentro, Madrid 1996), 75].


Por eso es tan llamativo que los modernistas usen al pobre Newman para llevar agua a su propio molino, presentándolo una y otro vez como el gran promotor del Vaticano II - ¿qué habría dicho Newman de Dignitatis humanae?-, y los integristas, comprando la mentira de los modernista, lo ubiquen en la vereda de los sospechosos, a cuya lectura es mejor no acercarse. 



lunes, 8 de noviembre de 2021

Las Tres Iglesias: S. Pedro, Santiago y S. Juan

 


por Eck

Ut omnes unum sint, sicut tu Pater in me et ego in te.

(S.Juan, 17, 21)



Introducción

La Divina Providencia a veces nos muestra la trama de la Historia y nos revela los planes de Dios si los sabemos leer con atención y escuchar el mensaje que nos apela. Uno de ellos es la situación de las tumbas de los tres principales apóstoles, Pedro en Roma, Santiago en España y Juan en Éfeso, que nos indica que hay algo más detrás. ¿Es casual que los llamados por Cristo a causa de su impetuosidad Hijos del Trueno estén enterrado uno, el impetuoso místico y profeta, en Oriente y otro, el impetuoso evangelizador de tierras lejanas, en Occidente y teniendo entre ambos al pragmático gobernante Pedro?

Estos apóstoles reflejan en su vida y en sus actitudes los distintos tipos y los rasgos más sobresalientes de las Iglesias que reflejan: Juan, la oriental, Santiago, la occidental y Pedro el gobierno de la Iglesia Universal a través del equilibrio entre estas dos, complementarias. El Gran Cisma de 1054 desequilibró la Iglesia al lanzar a la Sede Romana en brazos de la Iglesia Occidental, cuyos efectos estamos viviendo en nuestros días por la falta del contrapeso de un Oriente que se vio afectado con igual gravedad. La restauración de la Iglesia pasa por volver a equilibrar las dos espiritualidades y devolver a Roma su función de fulcro y comunicación entre ambas.


Los tres Apóstoles como las Tres columnas de la Iglesia y sus modelos.

Es el propio apóstol S. Pablo quien habla de los tres como Columnas de la Iglesia en su Carta a los Gálatas (Gl. 2, 9) [1] y es reafirmado por los Evangelios al destacar en tres pasajes muy importantes la elección por parte de Nuestro Señor de los tres como el grupo más íntimo dentro del Colegio Apostólico:

-Resurrección de la hija de Jairo (Mc. 5, 21-43 y Lc. 8, 49-56).

-La Transfiguración del Señor en el Monte Tabor (Mt. 17, 1-6; Mc. 9, 1-8  y Lc. 9, 28-36).

-La Oración en el Huerto (Mt.. 26, 40-46; Mc. 14 37-42  y Lc. 22, 45-46) 

En estos pasajes se puede ver el reflejo del misterio y la vida de Cristo revelado a sus más cercanos para prepararlos para su misión futura en la Iglesia. El Señor escogió a Pedro como la Piedra fundacional y a los dos hermanos como las vigas maestras que sostendrían todo el edificio. Esta elección se debió a que sus caracteres personales se correspondían a su misión, a los modelos de la Iglesia que representaban y a las iglesias que los encarnarían.

No deja de ser relevante que Santiago y S. Juan sean de la misma sangre y hermanos para manifestar el estrecho vínculo que unirá sus modelos a pesar de padecer antítéticos. Su manera de ser era pasional y ardiente, no en balde eran Hijos del Trueno, Boanerges (Marcos 3, 13-17) y de una madre que osó pedir al propio Cristo los puestos más importantes del Reino (Mt. 20, 20-23; Mc 10, 35-40). Su compromiso los llevó a aceptar el Caliz que les ofreció Jesuscristo sin vacilación y su celo llegaba hasta pedir destruir con un fuego bajado del Cielo a los samaritanos inhospitalarios (Lc.9, 51-56). Sin embargo, este fuego de la Fe se manifiesta en direcciones opuestas. 

El apóstol Santiago lo muestra con su celo misionero al predicar el Evangelio hasta el límite del orbe conocido para llevan la Salvación hasta los confines de la Tierra y regresa a Jerusalén para ser el primero en testimoniar con su sangre a Cristo. En el podemos ver el destino de la Cristiandad occidental, volcado a la acción y la evangelización de naciones y gentes.

El apóstol San Juan lo muestra con su celo contemplativo y su vuelo de águila a las alturas divinas como se puede ver en su Evangelio, en sus cartas y en el Apocalipsis. Será el último en partir de este mundo, el mayor martirio en un alma mística. En el podemos observar el hado de la Cristiandad oriental, volcado a la contemplación y participación en los misterios divinos.

Y en medio S. Pedro, astuto, enérgico, terco y pragmático. Un romano en el cuerpo de un judío para el cual un místico debe pensar que Dios está también entre los pucheros y un activo debe recordar que el fin de su actividad misionera es que todos lleguen al conocimiento de la Verdad. 

Aunque cada Cristiandad tiene un rasgo predominante no podría sobrevivir sin tener una mística como la española o la renana el Occidente y una gran actividad misionera el Oriente, como muestra la conversión de los eslavos. Y Roma no podría encontrar el equilibrio sin ambas para no caer o en una multinacional religiosa o en un lamaismo papal.


La Catastrofe del Cisma de Oriente 

El gran Cisma de 1054 escindió la Cristiandad Oriental de Roma y la Occidental. Aunque es aislamiento oriental venía de antes, el cisma provocó la petrificación de esta iglesia en un atemporalismo y atonía paralizante. Las consecuencias en Occidente las vemos y sufrimos a diario con el voluntarismo cuyo culmen es la Devotio Moderna y las miles de causas terrenas en las que se enfrasca la iglesia actual tanto por interés como por convencimiento. Sin el contrapeso de Oriente, la sede petrina se inclinó a reforzar estas tendencias con su autoridad y a mundanizarse, cayendo en la tentación de convertirse en un poder político y social bajo capa de religión. El Papa Francisco es el culmen de las tendencias de Occidente y de Roma llevadas a paroxismo. La actual Ortodoxia lleva al paroxismo su sacralización de cualquier orden eclesiástico, ritual, civil y nacional de cada iglesia autocéfala hasta considerarlas sub specie aeternitatis perdiendo la visión de la Iglesia Universal y la libertad de los Hijos de Dios.


La Restauración de la Iglesia Universal.

Y sucedió que mientras Moisés tenía alzada su mano, prevalecía Israel; y cuando bajaba su mano, prevalecía Amalec. Mas como las manos de Moisés se cansasen, tomaron ellos una piedra, se la pusieron debajo, y se sentó sobre ella, en tanto que Aarón y Hur le sostenían las manos, uno por un lado, y otro por el otro. Así quedaron firmes sus manos hasta ponerse el sol. Y Josué derrotó a Amalec y a su pueblo al filo de la espada. (Éxodo 17:8-14)

La clave nos la la Escritura en este pasaje del Éxodo, cuando Moisés (Roma), caudillo y legislador, se sienta en la Cátedra edificada sobre la Piedra y sostenido por el sacerdote Aarón (Oriente) y el compañero de Moisés, Hur (Occidente). Cuando bajaba alguno de los brazos al desfallecer sus fuerzas, los ejercitos de Dios perdían y cuando volvía al Cielo junto a la otra, ganaban. Cuando se equilibra la Iglesia formando la Cruz y alcanzando la totalidad es cuando los cristianos ganan todas las batallas de este Mundo, especialmente las espirituales. 

Debemos aprender mutuamente lo que los otros tienen porque así cada parte volverá a recuperar su verdadera esencia como integrante de una Iglesia Universal y su función en la Comunión de la Fe. Oriente para Occidente y viceversa es una necesidad para regresar a lo que somos y curar las heridas y tentaciones de cada parte. 

¿Y quien es Josué? El apóstol S. Pablo, judío grecoparlante, evangelizador también de España y oriental ciudadano romano, modelo de cristiano contemplativo y celoso de la evangelización, gobernante de decenas de iglesias y siempre sometido a S. Pedro y a los otros dos apóstoles con humildad leal y verdadera.



[1] Alguno me puede objetar que este Santiago no era el Mayor sino el de Alfeo, sin embargo relacionando la Carta a los Gálatas con los Hechos de los Apóstoles se puede ver que la reunión privada de Pablo y Bernabe se pudo realizar con la presencia de Santiago el Mayor en Jerusalen, que sería martirizado allí por Hérodes Agripa como cuenta S. Lucas. En este caso cobraría todo el sentido la expresión de S. Pablo y los textos evangélicos que destacan la importancia de S. Pedro y los hijos de Zebedeo. Resumen de los hechos: Hc.11, 27-30 (delegación de S.Pablo y S.Bernabé en Jerusalén), Gl. 2, 9-10 (reunión privada con los apostoles); Hc. 12, 2-3 (martirio de Santiago el Mayor); Hc. 12, 24-25 (vuelta de S.Pablo y S-.Bernabé a Antioquía); Hc. 13, 1-28 (1º viaje apostólico de S.Pablo) Gl. 2, 11-14 y Hc. 15, 1-3 (incidente de Antioquía entre S.Pedro y S.Pablo y controversias sobre la Ley de Moisés); Escritura de la Carta de los Gálatas alertando de las controversias y Concilio de Jerusalen (Hc. 15, 5-29).


sábado, 30 de octubre de 2021

El esbirro

 


En los años ’70 tuvo cierta circulación el libro de Sergei Kourdakov titulado El esbirro, en el que el autor narra su vida. Es un joven ruso, educado en orfelinatos y escuelas estatales bolcheviques. Por su reciedumbre, valentía, ambición y cualidades de líder, fue jefe de la Liga Comunista Juvenil en todas las ciudades donde le tocó vivir. Siendo destacado cadete de la escuela naval rusa en la ciudad de Kamtschatka, fue reclutado como líder de otros veinte jóvenes, para hacerse cargo de una división especial de la policía que perseguía a los grupos de creyentes, es decir, a los cristianos clandestinos. El jefe de la policía, Dimitri Nikoforov, le pasaba el dato, Sergei reunía a sus compañeros, e irrumpían a la hora más conveniente en las reuniones cristianas golpeando brutalmente, y a veces matando, a sus asistentes, destruyendo la casa donde tenía lugar el encuentro y secuestrando la literatura religiosa que encontraban. Kourdakov hizo más de ciento cincuenta redadas, con el ímpetu que le daban sus convicciones comunistas, el alcohol que bebían antes de partir y los veinticinco rublos que le pagaban por vez. 

Buen conocedor de la doctrina comunista, Kourdakov sabía que Lenin y sus teóricos habían explicado que la religión era un elemento que sobreviviría en la Unión Soviética durante unos pocos años y que, poco a poco iría desapareciendo, pues era propio de personas ancianas, apegadas a sus costumbres y que el paso del tiempo haría desaparecer. Sin embargo, poco a poco comenzó a darse cuenta de que el fenómeno no disminuía sino que aumentaba y, más asombrosamente aún, lo hacía entre los jóvenes. En 1969 y 1970, las reuniones que debía desbaratar estaban integradas en su gran mayoría por personas jóvenes. Y a pesar de que recibían palizas que los desfiguraban, volvía a ver los mismos rostros una y otra vez en los mismos encuentros. 

Finalmente, Sergei decide abandonar su función de esbirro de la policía soviética, sabiendo lo que eso significaba. Y es así que, siendo ya oficial de marina, logra escapar una noche de tormenta del buque en el que estaba embarcado y llegar a nado a las costas canadienses, donde es recibido a regañadientes. Se traslada a Estados Unidos y allí se dedica a escribir y a narrar la vida real que se sufría tras el Telón de Acero. No duró mucho. Murió misteriosamente de un disparo en 1973.

Mientras yo leía el libro, no podía dejar de asombrarme de las grandes similitudes que un hecho histórico trágico aunque efímero, como fue la Unión Soviética, tiene con lo que está ocurriendo en la Iglesia latina actual. Y en más de un sentido.

Los teóricos del Vaticano II y de sus floridas primaveras nos dijeron y nos siguen diciendo que el magno acontecimiento, como la Revolución Rusa, marca un antes y un después en la historia de la Iglesia. Y que la reforma litúrgica, fruto primoroso de ese Concilio, es no solamente definitiva sino que es lo mejor que le puede haber pasado a la Iglesia. Así como a los jerarcas comunistas les importaba bien poco lo que la realidad les decía de la situación real de su país, también a los jerarcas católicos les importa bien poco que sus iglesias estén vacías, que cada vez sean menos los católicos que van a misa y que sólo lo hagan las personas mayores. A pesar de un fracaso tan evidente y estrepitoso, siguen proclamando las bondades ocultas, y bien ocultas, de la liturgia reformada.

El Papa Francisco y sus corifeos nos dicen una y otra vez que la liturgia tradicional solamente se permite —o permitía—, para acompañar al pequeño grupo de fieles que todavía estaban apegados, por razones de edad o de sensibilidad, a la liturgia latina. Se presentan como una especie de padres magnánimos y pacientes hacia aquellos de sus fieles más desfavorecidos en el desarrollo madurativo e incapaces del crecimiento propio que se espera de un adulto. Una suerte de hijos con diferentes tipos de discapacidades. Y aseguran que, cuando vean las bondades y delicias de la liturgia reformada, dejarán sus antiguos hábitos y entrarán de lleno en la nueva y esplendorosa era litúrgica.

Pero a Bergoglio, y muchos de los obispos, especialmente italianos, les pasó lo que a Dimitri Nikoforov, el jefe de la policía de Kamtschatka: descubren con horror que los resultados no son los que esperaban y que quienes asisten a las reuniones de creyentes, o a la misa tradicional, no son baldados de cualquier especie, sino sobre todo jóvenes, sanos y normales. Y asisten con sus familias, iniciando a sus pequeños hijos en hábitos tan peligrosos.

Y la solución que ha tomado el Papa Francisco es análoga a la de Nikoforov: destruir a los creyentes tradicionalistas. No la hace, claro, enviando esbirros para que los muelan a golpes, sino prohibiendo la liturgia tradicional a través de un documento.

La Unión Soviética de los ’70 estaba gobernada por Leonid Brézhnev, un personaje bastante corto y grotesco, heredero de los peores años de Stalin, que preparó las condiciones necesarias para que la Unión Soviética colapsara y desapareciera muy pocos años después de su muerte. La Iglesia católica en la actualidad, es también una institución gobernada por una gerontocracia que se niega a ver la realidad de lo que está efectivamente sucediendo. Y tiene como máximo líder a un personaje tan grotesco como Brézhnev, con el agravante de que el paso de los años y las enfermedades lo han desatado, y pareciera que está ya fuera de control. Lo que el Papa Francisco está haciendo y diciendo en las últimas semanas supera el cálculo de cualquier analista o profeta. Y nadie lo puede frenar. La prueba está en la escandalosa audiencia concedida al senil Biden. 

No sé hasta qué punto somos conscientes del estado terminal de la Iglesia latina. Sabemos que fue  fundada por Jesucristo y que las puertas del infierno no prevalecerán sobre ella. Pero no sabemos el estado en el que sobrevivirá. Mucho me temo que, si Francisco sigue mucho tiempo más en el solio petrino, suceda lo que sucedió con la Unión Soviética. Quizás estemos ya a las puertas de una debacle. 

miércoles, 27 de octubre de 2021

Recomendados

 

Victor García Ruiz, San John Henry Newman. Un ensayo biográfico (San Pablo, Madrid, 2020).

Victor García Ruiz es, de lejos, el mejor traductor de Newman al español. Ha traducido, por ejemplo, los sermones, editados en ocho tomos por Encuentro. Y tiene la capacidad no solamente de conocer a la perfección el inglés de Newman —lo que no es cosa fácil—, sino de escribir en un español claro y ágil que hace placentera su lectura. 

Su última publicación, sin embargo, no es una traducción sino una biografía de Newman o, como él mismo dice, un “ensayo biográfico”. Y lo recomiendo vivamente. 

Quien quiera conocer en serio la vida de Newman no puede dejar de leer la biografía de Ian Ker, y no puede tampoco dejar de leer el ensayo biográfico de Víctor García Ruíz. Mientras que aquél relata la vida de Newman por fuera, éste lo hace por dentro. Los acontecimientos y los avatares de la vida del cardenal son explicados con permanentes referencias a sus diarios y a sus cartas, a las historias paralelas y a los vericuetos del mundillo de Oxford, que solamente quienes allí han vivido, como García Ruíz, pueden conocer. 

Al tratarse de un ensayo, el género le da al autor la libertad de permitirse agregados y comentarios, muchos de ellos con una finísima ironía, que hacen de la lectura del libro un placer que se lamenta abandonar cuando se da vuelta la última página. Ayuda, además (al menos me ayudó a mi), a conocer mejor los entresijos y los protagonistas de una biografía tan rica y tan compleja. Por ejemplo, me aleccionó que la figura que yo tenía del cardenal Manning, fruto de la biografía de Lytton Strachey, es injusta, por la sencilla razón de que Strachey, aunque muy buen literato, era un bicho demasiado malo para mostrar con justicia los aspectos positivos de ese prelado.

Al finalizar el libro, uno queda más deslumbrado aún por la figura de Newman, uno de los grandes representantes del pensamiento católico contemporáneo, usado por los modernistas para llevar agua a su propio molino, e incomprendido por eso mismo por muchos.

Un dato no menor es que la editorial, San Pablo, hizo una edición en España y la replicó en Argentina. De esa manera, el libro puede comprarse en nuestro país a un precio razonable.




Siervos (Služobníc - Servants). Película de Ivan Ostrochovský (2020) 

Se trata de una película checa estrenada en 2021. La historia se desarrolla en un seminario católico en los ’80. Los clérigos está dividido entre la “iglesia de las catacumbas”, que mantiene el contacto con el Vaticano y con la prensa occidental, y la “jerarquía eclesiástica”, que coopera con las fuerzas del poder y está representada por sacerdotes pertenecientes a la asociación “Pacem in Terris”, cuya vida se extendió en el país desde 1971 hasta 1989. Este es el contexto en el que los jóvenes seminaristas Michal y Juraj tienen que decidir si mantenerse fieles a su vocación y fidelidad a Cristo y su Iglesia, o arrodillarse ante las presiones de la policía secreta. Sus superiores y su obispo, les harán la guerra, y no dudarán en recurrir al espionaje, a la delación e, incluso, al asesinato.

La película está filmada en blanco y negro, y posee la estética y el ritmo propios del cine eslavo. No es Tarkovsky, pero anda cerca. Recomendable para recordar lo que fueron esos años y para entender un poco más lo que sucede en la Iglesia en la actualidad.

Se puede bajar desde este torrent o desde esta descarga directa. Los subtítulos se bajan de aquí.

viernes, 22 de octubre de 2021

La maldición del Papa Francisco (II)

 


El segundo daño que ha hecho el Papa Francisco debido a su torpeza, si somos generosos en señalar una causa, es el que se refiere al cuidado del medio ambiente o, como diría un cristiano, de la Creación.

Sucede que frecuencia que las buenas causas, cuando son promocionadas por las personas equivocadas, despiertan rechazo. Y es lo que sucede en este caso. Que la insistencia en cuidar la naturaleza venga impulsada por la ONU, Greta, Bill Gates y, lo que es peor, el Papa Francisco, despierta en muchos —en mí, por ejemplo—, una inmediata desconfianza y el casi irreprimible deseo de hacer lo contrario. Pero soy consciente que actuar de ese modo sería dejarme llevar por las emociones y no por la razón; sería una insensatez.

Cualquier persona sensata estará de acuerdo en que debemos cuidar la naturaleza y el medio ambiente, y acordará también que las condiciones en la que se da el actual crecimiento de la población mundial implica un peligro [destaco que el problema no está en el crecimiento de la población, sino en las condiciones en las que sucede]. Los bosques y selvas tienden a desaparecer para dejar lugar a cultivos intensivos; los ríos y mares tienden a contaminarse con los productos químicos y deshechos de las megápolis; las especies animales tienden a extinguirse por falta de habitat, etc. Nadie está conforme con ver islas de botellas plásticas flotando en el océano, o con la devastación del Amazonas, o con el derretimiento de los glaciares. Desde hace más de un siglo grandes autores nos alertan con sus obras literarias acerca de este peligro. Basta leer a William Blake o a J.R.R. Tolkien. 

La Creación le fue dada al hombre para que se sirviera de ella a fin de conservarse en la existencia, y no para que la explotara a fin de aumentar desmesuradamente sus riquezas artificiales. Hay un deber de conciencia hacia el cuidado y el buen uso de los recursos naturales que son, en definitiva, regalos de Dios.

El problema de Bergoglio y de su corte de aduladores, es que defienden esta buena causa con los peores argumentos, con aquellos que les provee el establishment del mundo, y son incapaces, por cobardes o impíos, de recurrir a los argumentos que nos da nuestra fe cristiana, y que son los únicos válidos. Es verdad que el capítulo II de Laudato sì ofrece los fundamentos cristianos del cuidado de la Creación, pero ese capítulo ha pasado sin pena ni gloria. Nadie lo recuerda y nadie lo cita. Se perdió en medio de la cháchara progresista del resto del documento. 

El problema nuestro es que, sin darnos cuenta, podemos contaminarnos con el concepto moderno del sujeto individual, herencia del dualismo cartesiano, y abandonar la cosmovisión tradicional cristiana, y descuidar completamente el cuidado de la Creación.

En el universo bíblico el cuerpo no es nunca algo diferente del hombre. El acto de conocer no es producto de una inteligencia separada del cuerpo. El hombre es una criatura de Dios, del mismo modo que lo es el conjunto del mundo. El mundo fue creador por la Palabra. Dios dijo y todo fue hecho; ordenó, y todo existió. La materia es, entonces, una “emanación” del habla, no está fija ni muerta, fragmentada, sin solidaridad con las otras formas de vida. No es indigna como en el dualismo. La encarnación —y el mundo creado—, es el hecho del hombre, no su artefacto.

Estas consideraciones filosóficas no son más que la racionalización de lo que el hombre medieval, el que habitaba la Cristiandad, vivía cotidianamente. Él estaba inmerso en una totalidad social y cósmica, en la que participaba del destino común a los animales, a las plantas y al mundo invisible. Cuando venían sequías o heladas, el hambre y el frío era sentido y sufrido por los hombres, por los animales y por las plantas. Todo estaba vinculado, todo resonaba en conjunto, nada era indiferente, todo acontecimiento significaba. Existía una relación de simpatía con todas las formas animadas e inertes que se juntan en el medio en que vivía el hombre. Era una suerte de “comunidad de todo lo viviente”, que imposibilitaba la separación de una forma de vida del resto del mundo.

Es la modernidad, con su dualismo y con su endiosamiento de la razón y consiguiente desprecio del cuerpo y de lo material, la que hace posible el desprecio por la naturaleza y por las otras formas de vida que no gozan del privilegio de la razón. El hombre dejó de ser el rey de la creación, tal como lo había constituido Dios, para convertirse en su tirano y dueño absoluto.

Pero hay otra razón aún más importante. Todos los seres de la Creación, aún los más pequeños e insignificantes, son una huella de Dios. Ellos nos permiten conocer más al Creador y acercarnos más a Él, y no a través de un silogismo, como parecen sugerir algunos decadentes manuales escolásticos, sino porque el cristiano percibe en ellos el eidos divino, o las razones de Dios. En la plaza de la ciudad en la que nací, había una Victoria de Samotracia hecha en yeso. La escultura descabezada no me llamaba particularmente la atención, y hasta me parecía fea. Pero cuando visité por primera vez el Louvre, y subiendo distraídamente la escalera Daru, me topé en el descanso con la escultura original, quedé fascinado. Recuerdo que no podía moverme del lugar; estuve un largo rato contemplándola, atraído, casi imantado por la belleza de la escultura griega. El eidos del artista aún habitaba en aquel trozo de mármol y ejercía una suerte de magia hacia quienes lo contemplaban. Algo similar sucede con los seres de la Creación. En ellos habita el eidos o la razón que fue concebida por el Verbo y que luego plasmó en ese ser particular. Y lo que digo no es poesía filosófica; es la enseñanza pura de los maestros cristianos, desde los Padres a San Juan de la Cruz. ¿Qué otra cosa sino esa, explica en su Cántico espiritual? Mil gracias derramando, / pasó por estos sotos con presura, / y yéndolos mirando, / con sola su figura / vestidos los dejó de hermosura. Sí, la Creación es el reflejo de la hermosura de Dios. Y por eso mismo merece el cuidado y respeto. 

La Creación es una escala descendente de teofanías o manifestaciones de Dios. Dios desciende hasta nosotros a través de sus “energías” que lo manifiestan, y nosotros ascendemos a Él a través de la contemplación de esas “energías”, o “razones” o eidos que encontramos en las cosas. La Creación es, en definitiva, un instrumento privilegiado e imprescindible del progreso espiritual, de la santidad.

Estos son sintéticamente los motivos por los cuales un cristiano debe cuidar y preocuparse por la Creación —que no del medio ambiente, término pagano—, y se trata de un deber que obliga en conciencia. 

Sin embargo, ¿hemos escuchado a Bergoglio aludir a razones cristianas en su arranques amorosos por la Pachamama? Claro que no. Las suyas son las razones del mundo; son las razones de Greta Thunberg; son, en el mejor de los casos, las razones del paganismo redivivo que él alienta irresponsablemente. 

Una vez más, el Papa Francisco ha manchado y arruinado una causa buena y justa. Es esa su maldición. Las consecuencias las paga la Iglesia y todos los fieles católicos. 

martes, 19 de octubre de 2021

La maldición del Papa Francisco (I)


 


El Papa Francisco tiene una maldición. Así como el rey Midas tenía la maldición de convertir en oro todo lo que tocaba, Bergoglio, en cambio, todo lo que toca queda convertido en cochambre, objetos arruinados, grasosos e inservibles. Los ejemplos se multiplican. Anunció con bombos y platillos al comienzo de su pontificado que modificaría la Curia romana, y nadie podía estar en desacuerdo con tal propósito. Todo lo contrario: la Curia es —y lo ha sido durante siglos—, uno de los problemas más graves de la Iglesia. ¿Y qué tenemos luego de más de más de ocho años de pontificado? La Curia sigue tan corrupta como lo era antes, y cuando se vaya Bergoglio, dejará como único testimonio de su reforma una cárcel más grande. ¡Vaya paradoja que el pontificado de la misericordia se caracterizará por haber ampliado las mazmorras pontificias!

Pero quiero detenerme en dos de los estropicios causados por Francisco: la sinodalidad y el cuidado del medio ambiente.

La Iglesia, aunque siempre fue una institución jerárquica gobernada por los obispos, tenía también una estructura sinodal que cumplió una función fundamental a lo largo de su historia. Podríamos citar muchos casos. El concilio de Elvira, realizado en la primera década del siglo IV, convocó a la iglesia de la Hispania Bética (lo que hoy, a grandes rasgos, sería Andalucía), y reunió a 19 obispos, 26 presbíteros, y con la asistencia de los diáconos y los laicos (“adstantibus diaconibus et omni plebe”). Fue allí donde se dispuso para esas iglesias la indisolubilidad del matrimonio (DzSch 117) y el celibato de los clérigos (DzSch 118). Los sínodos o concilios de Arlés, que reunieron a los obispos de la Galia, fueron muy importante para luchar contra herejías como el donatismo o el catarismo. 

Pero más interesante aún, es que los sínodos —sean diocesanos o provinciales—, existieron hasta entrado el siglo XX, y por la sencilla razón de que fueron impuestos por el Concilio de Trento. En efecto, según los cánones de ese concilio, los sínodos diocesanos debían ser anuales, y los concilios provinciales cada cinco años. San Carlos Borromeo, el gran artífice del “espíritu” de Trento, aplicó enseguida esta disposición en su iglesia milanesa, y allí, durante su pontificado, se celebraron seis concilios provinciales y once sínodos diocesanos. 

Por otro lado, estas reuniones no eran ficciones de papel pintado. El sínodo de la diócesis de Calahorra de 1698, por ejemplo, convocado por el obispo Pedro de Lepe pide que “sean enviadas como diputados aquellas personas, que se juzgaren, y sean tenidas por más prudentes, de celo, de virtud y letras, según que en cada Partido, Arciprestazgo o Vicaría se pudieren hallar. Han de ser elegidos con ánimo indiferente, sin presión, atendiendo al bien del Obispado y no a miras humanas y partidistas”. Entre las cualidades que se exigen a los diputados destacan, la mansedumbre, la justicia y el celo por el honor de Dios y el bien público. “Han de saber expresar su dictamen en la asamblea sinodal con modestia, paz y compostura, evitando las contiendas, que dañan más que edifican”. Se establece, que por cada Arciprestazgo o Vicaría tomen parte en el Sínodo dos diputados, además del Arcipreste. Además, participan también las dos universidades que había en la diócesis (Calahorra y Vitoria). Y el resultado fue un tomaco editado en Madrid en 1700, que comprende 790 folios y consta, de cinco Libros divididos en Títulos y estos, a su vez, en Constituciones.

Otra característica es que en los sínodos o concilios en los que debían debatirse cuestiones doctrinales o disciplinares, estaban presentes todas las partes. Y cada una de ellas tenía derecho a exponer su postura y a defenderse. Al Concilio de Trento fueron invitados tanto Lutero como Melanchton, por ejemplo.

¿Qué será de los sínodos francisquistas? El Papa ya ha dicho lo que pretende: “El padre Congar, de santa memoria, recordaba: «No hay que hacer otra Iglesia, pero, en cierto sentido, hay que hacer una Iglesia otra, distinta»”. Los sínodos, a lo largo de toda la historia de la Iglesia se ordenaban a hacer una iglesia mejor y más católica. Los actuales se ordenan a hacer una iglesia “distinta”. ¿Cuál es la distancia que separa a “una iglesia distinta” de “otra iglesia”? 

Las definiciones doctrinales de los sínodos, cuando aparecían, no eran más que explicitaciones de lo que ya estaba contenido en el Depositum fidei, en la Tradición. Es lo que Newman llama “desarrollo  de la doctrina cristiana”. ¿Qué ocurrirá con estos nuevos sínodos impuesto por el Papa Francisco a todas las diócesis del mundo? Si el ejemplo es el sínodo alemán, me temo que la iglesia que resultará será tan pero tan distinta que, de hecho, será otra iglesia: una iglesia más preocupada por cuidar a la “madre tierra” que por administrar los sacramentos; tan solícita con los descarriados de cualquier pelaje, que desaparecerán los pecados personales, sobre todo si son contra el sexto mandamiento; tan cuidadosa en “no juzgar” que bendecirá uniones de parejas del mismo sexo y tan ecuménica que, en la práctica, será lo mismo profesar un credo que otro, o no profesar ninguno en absoluto, con tal de ser educado y buen ciudadano del mundo.

En resumen, una institución venerable y enraizada en la tradición de la Iglesia, y capaz de causar el necesario balanceo del poder episcopal, como fue la de los sínodos, será destrozada y desacreditada por la torpeza de Bergoglio.


Una duda: Decíamos que los sínodos siempre eran verdaderamente representativos, participando aún aquellos que eran disidentes del poder episcopal. ¿Ocurrirá lo mismo en esta ocasión? ¿Serán llamados también a sumarse a los sínodos diocesanos los fieles rígidos y semipelagianos? Me pregunto, por ejemplo, si Mons. Marcelo Colombo, tan entusiasta de las iniciativas del Sumo Pontífice, invitará a participar del sínodo de la arquidiócesis de Mendoza a la comunidad parroquial más activa e importante de su territorio, por cantidad de sacerdotes, de fieles, de actividades y de celebración de los sacramentos. Me refiero al priorato de la Fraternidad San Pío X. 

Mucho me temo que las sinodalidades, aperturas y acogidas no lleguen a tanto.