por Eck
Ut omnes unum sint, sicut tu Pater in me et ego in te.
(S.Juan, 17, 21)
Introducción
La Divina Providencia a veces nos muestra la trama de la Historia y nos revela los planes de Dios si los sabemos leer con atención y escuchar el mensaje que nos apela. Uno de ellos es la situación de las tumbas de los tres principales apóstoles, Pedro en Roma, Santiago en España y Juan en Éfeso, que nos indica que hay algo más detrás. ¿Es casual que los llamados por Cristo a causa de su impetuosidad Hijos del Trueno estén enterrado uno, el impetuoso místico y profeta, en Oriente y otro, el impetuoso evangelizador de tierras lejanas, en Occidente y teniendo entre ambos al pragmático gobernante Pedro?
Estos apóstoles reflejan en su vida y en sus actitudes los distintos tipos y los rasgos más sobresalientes de las Iglesias que reflejan: Juan, la oriental, Santiago, la occidental y Pedro el gobierno de la Iglesia Universal a través del equilibrio entre estas dos, complementarias. El Gran Cisma de 1054 desequilibró la Iglesia al lanzar a la Sede Romana en brazos de la Iglesia Occidental, cuyos efectos estamos viviendo en nuestros días por la falta del contrapeso de un Oriente que se vio afectado con igual gravedad. La restauración de la Iglesia pasa por volver a equilibrar las dos espiritualidades y devolver a Roma su función de fulcro y comunicación entre ambas.
Los tres Apóstoles como las Tres columnas de la Iglesia y sus modelos.
Es el propio apóstol S. Pablo quien habla de los tres como Columnas de la Iglesia en su Carta a los Gálatas (Gl. 2, 9) [1] y es reafirmado por los Evangelios al destacar en tres pasajes muy importantes la elección por parte de Nuestro Señor de los tres como el grupo más íntimo dentro del Colegio Apostólico:
-Resurrección de la hija de Jairo (Mc. 5, 21-43 y Lc. 8, 49-56).
-La Transfiguración del Señor en el Monte Tabor (Mt. 17, 1-6; Mc. 9, 1-8 y Lc. 9, 28-36).
-La Oración en el Huerto (Mt.. 26, 40-46; Mc. 14 37-42 y Lc. 22, 45-46)
En estos pasajes se puede ver el reflejo del misterio y la vida de Cristo revelado a sus más cercanos para prepararlos para su misión futura en la Iglesia. El Señor escogió a Pedro como la Piedra fundacional y a los dos hermanos como las vigas maestras que sostendrían todo el edificio. Esta elección se debió a que sus caracteres personales se correspondían a su misión, a los modelos de la Iglesia que representaban y a las iglesias que los encarnarían.
No deja de ser relevante que Santiago y S. Juan sean de la misma sangre y hermanos para manifestar el estrecho vínculo que unirá sus modelos a pesar de padecer antítéticos. Su manera de ser era pasional y ardiente, no en balde eran Hijos del Trueno, Boanerges (Marcos 3, 13-17) y de una madre que osó pedir al propio Cristo los puestos más importantes del Reino (Mt. 20, 20-23; Mc 10, 35-40). Su compromiso los llevó a aceptar el Caliz que les ofreció Jesuscristo sin vacilación y su celo llegaba hasta pedir destruir con un fuego bajado del Cielo a los samaritanos inhospitalarios (Lc.9, 51-56). Sin embargo, este fuego de la Fe se manifiesta en direcciones opuestas.
El apóstol Santiago lo muestra con su celo misionero al predicar el Evangelio hasta el límite del orbe conocido para llevan la Salvación hasta los confines de la Tierra y regresa a Jerusalén para ser el primero en testimoniar con su sangre a Cristo. En el podemos ver el destino de la Cristiandad occidental, volcado a la acción y la evangelización de naciones y gentes.
El apóstol San Juan lo muestra con su celo contemplativo y su vuelo de águila a las alturas divinas como se puede ver en su Evangelio, en sus cartas y en el Apocalipsis. Será el último en partir de este mundo, el mayor martirio en un alma mística. En el podemos observar el hado de la Cristiandad oriental, volcado a la contemplación y participación en los misterios divinos.
Y en medio S. Pedro, astuto, enérgico, terco y pragmático. Un romano en el cuerpo de un judío para el cual un místico debe pensar que Dios está también entre los pucheros y un activo debe recordar que el fin de su actividad misionera es que todos lleguen al conocimiento de la Verdad.
Aunque cada Cristiandad tiene un rasgo predominante no podría sobrevivir sin tener una mística como la española o la renana el Occidente y una gran actividad misionera el Oriente, como muestra la conversión de los eslavos. Y Roma no podría encontrar el equilibrio sin ambas para no caer o en una multinacional religiosa o en un lamaismo papal.
La Catastrofe del Cisma de Oriente
El gran Cisma de 1054 escindió la Cristiandad Oriental de Roma y la Occidental. Aunque es aislamiento oriental venía de antes, el cisma provocó la petrificación de esta iglesia en un atemporalismo y atonía paralizante. Las consecuencias en Occidente las vemos y sufrimos a diario con el voluntarismo cuyo culmen es la Devotio Moderna y las miles de causas terrenas en las que se enfrasca la iglesia actual tanto por interés como por convencimiento. Sin el contrapeso de Oriente, la sede petrina se inclinó a reforzar estas tendencias con su autoridad y a mundanizarse, cayendo en la tentación de convertirse en un poder político y social bajo capa de religión. El Papa Francisco es el culmen de las tendencias de Occidente y de Roma llevadas a paroxismo. La actual Ortodoxia lleva al paroxismo su sacralización de cualquier orden eclesiástico, ritual, civil y nacional de cada iglesia autocéfala hasta considerarlas sub specie aeternitatis perdiendo la visión de la Iglesia Universal y la libertad de los Hijos de Dios.
La Restauración de la Iglesia Universal.
Y sucedió que mientras Moisés tenía alzada su mano, prevalecía Israel; y cuando bajaba su mano, prevalecía Amalec. Mas como las manos de Moisés se cansasen, tomaron ellos una piedra, se la pusieron debajo, y se sentó sobre ella, en tanto que Aarón y Hur le sostenían las manos, uno por un lado, y otro por el otro. Así quedaron firmes sus manos hasta ponerse el sol. Y Josué derrotó a Amalec y a su pueblo al filo de la espada. (Éxodo 17:8-14)
La clave nos la la Escritura en este pasaje del Éxodo, cuando Moisés (Roma), caudillo y legislador, se sienta en la Cátedra edificada sobre la Piedra y sostenido por el sacerdote Aarón (Oriente) y el compañero de Moisés, Hur (Occidente). Cuando bajaba alguno de los brazos al desfallecer sus fuerzas, los ejercitos de Dios perdían y cuando volvía al Cielo junto a la otra, ganaban. Cuando se equilibra la Iglesia formando la Cruz y alcanzando la totalidad es cuando los cristianos ganan todas las batallas de este Mundo, especialmente las espirituales.
Debemos aprender mutuamente lo que los otros tienen porque así cada parte volverá a recuperar su verdadera esencia como integrante de una Iglesia Universal y su función en la Comunión de la Fe. Oriente para Occidente y viceversa es una necesidad para regresar a lo que somos y curar las heridas y tentaciones de cada parte.
¿Y quien es Josué? El apóstol S. Pablo, judío grecoparlante, evangelizador también de España y oriental ciudadano romano, modelo de cristiano contemplativo y celoso de la evangelización, gobernante de decenas de iglesias y siempre sometido a S. Pedro y a los otros dos apóstoles con humildad leal y verdadera.
[1] Alguno me puede objetar que este Santiago no era el Mayor sino el de Alfeo, sin embargo relacionando la Carta a los Gálatas con los Hechos de los Apóstoles se puede ver que la reunión privada de Pablo y Bernabe se pudo realizar con la presencia de Santiago el Mayor en Jerusalen, que sería martirizado allí por Hérodes Agripa como cuenta S. Lucas. En este caso cobraría todo el sentido la expresión de S. Pablo y los textos evangélicos que destacan la importancia de S. Pedro y los hijos de Zebedeo. Resumen de los hechos: Hc.11, 27-30 (delegación de S.Pablo y S.Bernabé en Jerusalén), Gl. 2, 9-10 (reunión privada con los apostoles); Hc. 12, 2-3 (martirio de Santiago el Mayor); Hc. 12, 24-25 (vuelta de S.Pablo y S-.Bernabé a Antioquía); Hc. 13, 1-28 (1º viaje apostólico de S.Pablo) Gl. 2, 11-14 y Hc. 15, 1-3 (incidente de Antioquía entre S.Pedro y S.Pablo y controversias sobre la Ley de Moisés); Escritura de la Carta de los Gálatas alertando de las controversias y Concilio de Jerusalen (Hc. 15, 5-29).