jueves, 31 de marzo de 2022

Breves comentarios sobre el escándalo litúrgico en el Gesù

 


En este blog hemos sido muy críticos del papa Francisco desde el comienzo mismo de su pontificado, incluso cuando muchos otros abogaban razonablemente por dejar pasar el tiempo y ver lo que ocurría. Aquí ya sabíamos lo que iba a ocurrir, y no nos equivocamos.

Sin embargo, no me parece adecuada tampoco la actitud que puede observarse en muchos sitios de una suerte de carrera por ver quién le pega más fuerte a Bergoglio, buscando encontrarle la quinta pata al gato, lo cual es una ficción y termina envenenando las almas. Un ejemplo de lo que digo es la legión de “fatimólogos” que se levantó en las últimas semanas a fin de determinar con precisión milimétrica si la consagración de Rusia al Inmaculado Corazón de María cumplía o no con los requisitos necesarios. Quien haya visto la ceremonia desapasionadamente y escuchado la oración del Papa Francisco, no puede tener duda que fue una ceremonia católica, donde se escucharon incorrecciones políticas como mencionar la Inmaculada Concepción o la mediación universal de Nuestra Señora, y que la consagración se realizó efectivamente. Lo reconoció complacida hasta la misma FSSPX, sobre la que no puede haber sospecha de progresismo alguno.

También en los últimos días se han levantado voces y dedos de acusación hacia el papa por el escándalo litúrgico ocurrido en la iglesia del Gesù donde, ataviado con la simple sotana blanca y asistiendo a misa, en el momento de la consagración, extendió el brazo y pronunció la fórmula, concelebrando de ese modo la Santa Misa por fuera de todos los requisitos y condiciones exigidas por las leyes litúrgicas. 

Lo que ocurrió es verdaderamente un escándalo: quien es supremo maestro y legislador de la liturgia romana infringe de un modo palmario las rúbricas de ese rito. El papa, como cualquier obispo, puede asistir a una misa “desde el trono”, como dice el rito tradicional, y si no le gusta la palabra, desde un lugar apropiado. Y lo lógico es que lo haga con hábito coral y estola. Bergoglio jamás ha vestido el hábito coral y rara vez usa estola fuera de la misa. Sea. Pero de allí a concelebrar sin ser propiamente un concelebrante, hay un salto muy grande. Por eso mismo, el escándalo producido está justificado.

Sin embargo, me permito algunos comentarios:

1. El papa no se hace más de lo que se hace con mucha frecuencia. Yo mismo he visto hacer exactamente lo mismo (sacerdotes vestidos de calle y ubicados en los bancos de una iglesia), asistir a misa y, en el momento de la consagración, extender el brazo y pronunciar la fórmula, en los años ’90 y en Roma. Hace más de treinta años, al menos, que eso se hace en todo el mundo. Y no me resultaría extraño que el mismo Bergoglio lo haya hecho siendo sacerdote u obispo en Buenos Aires, o haya permitido que sus sacerdotes lo hicieran. No digo que sea una práctica extendida, pero es una práctica bastante habitual, sobre todo en ámbitos religiosos, como residencias o encuentros sacerdotales.

2. Este hecho es una muestra más de lo que hemos dicho invariablemente en este blog: al papa Francisco no le interesa la liturgia, ni la renovada ni la tradicional, y porque no le interesa, no la conoce, ni se preocupa en conocerla. Estoy seguro que cuando hizo lo que hizo en el Gesù, lo hizo con la más limpia conciencia que pueda imaginarse, y nunca se le cruzó por la cabeza que eso no se puede hacer, porque el rito romano, por más renovado que esté, no lo permite. Al pontífice se le escapan estas “minucias”. Su intelecto puramente práctico está abocado a otros intereses, para mayor gloria de Dios.

3. El hecho muestra, además, un daño colateral y que no siempre es percibido, que se ha filtrado en occidente. Al papa Francisco le habrá parecido impropio y extraño asistir a misa sin concelebrar siendo él mismo un sacerdote. 

Es que en la cultura católica actual, incluso en la más tradicionalista, no se entiende que un laico asista a misa y se encuentra en estado de gracia, no comulgue. Recibir la comunión ha pasado a ser casi una condición necesaria de la asistencia a misa. Y algo análogo ocurre con los sacerdotes: no se les ocurre asistir a misa sin concelebrar. Y esta actitud, tanto de laicos como de clérigos, es novedosa. Nunca antes fue así, y creo que no debiera ser así. De hecho, la obligación que tienen unos y otros es la de comulgar o celebrar misa solamente una vez al año. No estoy con esto desalentando la comunión frecuente, o la celebración diaria de la misa, sino señalando que no hay ninguna obligación ni precepto en ese sentido, y que la práctica de la Iglesia siempre fue otra. Actualmente, esa práctica ha cambiado y me pregunto si el cambio es positivo. El ejemplo del Gesù me inclina a pensar que no lo es.

lunes, 28 de marzo de 2022

"Benedicto XVI. Una vida", de Peter Seewald

 


He terminado de leer la biografía de Benedicto XVI escrita por Peter Seewald. Son dos gruesos volúmenes en la edición inglesa, que es la que leí, y tengo entendido que ya ha salido también la edición española. Se trata de un libro que vale la pena tomarse el esfuerzo de leer pues nos introduce en la figura de un hombre excepcional, cuyo largo rol dentro del gobierno de la Iglesia, primero como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y luego como Sumo Pontífice, evitó grandes males y trajo consigo muchos bienes. 

El autor se detiene en relatar minuciosamente la infancia y adolescencia de Ratzinger y su ambiente familiar en la Baviera de pre-guerra. Y el retrato que surge no es solamente el del futuro papa, sino también el de la vida cristiana de esos años y que ahora muchos añoramos. La vida simple de la gente sencilla de poblados católicos, que se regía por la piedad y la liturgia, y donde la fe era verdaderamente el centro de sus vidas. Aparecen detalles curiosos, como que sus padres se conocieron por la sección de citas del periódico local o que el pequeño Joseph nació cuando ellos eran ya grandes. O bien, la precoz inteligencia del niño, que a pesar de su timidez y tendencia a permanecer solo y aislado de su grupo de compañeros de colegio, se fue desarrollando hasta alcanzar las alturas que todos conocemos.

Porque Ratzinger fue y es una de las inteligencias más agudas de las últimas décadas, acompañada de una capacidad de trabajo y producción que deja pasmados a quienes se asoman a su obra. Y se trata de un dato para destacar porque he conocido a gente brillante pero que por un motivo u otro, apenas si tienen uno o dos escritos breves. Ratzinger, en cambio, ni siquiera durante el ejercicio del pontificado romano dejó la pluma, y siguió escribiendo no sólo sus encíclicas, maravillosas piezas de enseñanza magisterial, sino también sus libros, como Jesús de Nazareth, terminado cuando ya era papa.

No en vano, y teniendo apenas poco más de treinta años, era el académico disputado por las universidades alemanas más prestigiosas, lo que le valió no solamente triunfos y halagos, sino también feroces enemigos. Y este es otros de los datos interesantes que presenta el libro: la maldad de muchos colegas teólogos del futuro Benedicto XVI y la guerra declarada y cruel que sufrió, y sigue sufriendo, por parte del progresismo. De modo particular, queda develado el verdadero rostro de Hans Küng, su gran enemigo, personaje oscuro, envidioso y mundano, al que Ratzinger siempre estuvo dispuesto a perdonar a pesar de la malicia y las bajas traiciones del suizo. Y no sólo los teólogos sino también los obispos alemanes fueron siempre sus acérrimos opositores, por considerarlo conservador y “traidor” a la renovación del Vaticano II. Un detalle revelador: el cabildo de la catedral de Münich prácticamente se negó a recibirlo en su toma de posesión en 1977 por sus críticas a la misa de Pablo VI y a la prohibición de celebrar la liturgia tradicional.

El libro muestra también el protagonismo real que tuvo el entonces teólogo Ratzinger durante el Concilio Vaticano II como asesor del cardenal Frings. Era éste el arzobispo de Colonia y, al momento de anunciar el Papa Juan XXIII la convocatoria al Concilio, Joseph Ratzinger acababa de estrenarse como profesor de teología en la Universidad de Bonn. Frings quedó impresionado por una clase que escuchó de él y le pidió que le escribiera la conferencia que debía pronunciar algunas semanas más tarde en Génova, donde el cardenal Siri había organizado unas jornadas de estudios preparatorias al Concilio. El discurso de Frings —un cardenal conservador— causó una enorme sensación pues exponía los puntos centrales de la vida de la Iglesia que el Concilio debía encarar y reformar. Y no es este un dato menor: en un ambiente conservador como era la Génova del cardenal Siri, no hubo oposición sino, por el contrario, un sostenido aplauso de aprobación. 

Queda claro también en el libro que tanto el cardenal Frings como su perito Ratzinger, durante las dos primeras sesiones del Concilio, tuvieron roles protagónicos en el grupo del Rin, con sus reuniones paralelas en el Colegio Germánico para urdir las estrategias que los llevarían a tomar el control del Concilio, y que todo terminara como ya sabemos. Hay que decir, sin embargo, que terminada la segunda sesión, ambos —Frings y Ratzinger—, cayeron en la cuenta que estaban siendo utilizados por el progresismo y que el rumbo que tomaban las cosas era sumamente peligroso para la Iglesia. De hecho, el cardenal de Colonia murió con un gran remordimiento por su actuación durante esas dos primeras sesiones conciliares.

De entre los múltiples aspectos que se podrían señalar del libro, señalo uno más: la renuncia al papado. Es un tema que despierta aún controversias no sólo porque algunos siguen sosteniendo que no fue válida por algún motivo u otro —lo cual, a mi entender, no tiene sustento alguno—, sino por su oportunidad o necesidad. Es verdad que, si Benedicto XVI no hubiese renunciado, hoy no estaría Bergoglio en la sede romana, y nos habríamos librado de todas las calamidades que ha traído este lastimoso pontificado, pero ¿quién nos asegura que estaríamos mejor? ¿Quién gobernaría hoy la Iglesia? ¿Gänswein, Bertone, Sodano? Porque, ciertamente, Benedicto no la gobernaría. Estaríamos nuevamente en el estado de “sede vacante”, tal como se conocieron los últimos años del pontificado de Juan Pablo II, cuando nadie sabia a ciencia cierta quién gobernaba la Iglesia, o hasta qué punto las decisiones las tomaba el pontífice romano o su secretario. ¿Cuántos obispos no fueron recibidos por el papa inválido y enfermo y salieron de la entrevista con un papelito firmado con nominaciones episcopales u otras medidas, conseguidas por medios turbios y ladinos? El cardenal Ratzinger vio todo eso de cerca y no quiso repetir la misma historia. Y a eso se sumaban sus debilidades, que él conocía y sabía que no podía contra ellas. Por ejemplo, su indecisión para enfrentar los defectos de sus amigos, aunque estos fueran evidentes. Es el caso de la desastrosa gestión del cardenal Bertone como Secretario de Estado y que, a pesar de que Benedicto XVI era consciente de ello y que muchos se lo advertían, no fue capaz de echar de su cargo a quien era su amigo de años, como no fue capaz de sostener a Ettore Gotti Tedeschi en la limpieza que había encarado en el IOR.

El lector del libro, además, puede observar algunos otros defectos, o al menos, que lo son para mí. Uno de ellos es la obsesión de Ratzinger por el ecumenismo. Soy consciente de que es un problema que a los hispánicos nos cuesta calibrar porque no existe entre nosotros. Sé que en algunas diócesis argentinas, cuando en los ’90 se puso de modo hacer actos ecuménicos, los celosos obispos tuvieron que importar protestantes o musulmanes de otras provincias porque en las suyas apenas si podían conseguir algún Testigo de Jehová o algún mormón impresentables que no estaban precisamente interesado en ese tipo de intercambios cariñosos. En Alemania, la situación era distinta, y se entiende mejor la actitud de Ratzinger pero, igualmente, me parece que es un interés exagerado, teniendo en cuenta, además, que el protestantismo no existe más, y que en la actualidad ha quedado reducido a una presencia testimonial, sostenida por los estados, y que representa a un número cada vez más insignificante de fieles.

Otro defecto surge debido al hecho de que Ratzinger vivió la Segunda Guerra Mundial, y la pasó, además, del lado equivocado. Y la guerra fue un acontecimiento traumático para todos, y mucho más para los alemanes, que quedaron con un sentimiento de culpa colectiva del que no pueden desprenderse. Y así puede entenderse la obsesión del Papa Ratzinger por incentivar las relaciones con los judíos, paralela a su obsesión por el ecumenismo. No se trata, por cierto, de que enfriara las relaciones con el pueblo hebreo, pero parece un poco exagerado el empeño que ponía en ellas.

Y este defecto, que es un defecto alemán, se nota con mucha nitidez también en Peter Seewald, que además de alemán es un hombre moderno. Entonces, a lo largo de todo el libro, trata de mostrar que el Papa Benedicto jamás fue ni siquiera simpatizante de posiciones tradicionalistas, y lo hace con argumentos a veces ridículos. Dice, por ejemplo, que la crítica que recibía porque en las ceremonias litúrgicas utilizaba ornamentos barrocos y tradiciones es falsa porque, realidad, usaba los mismos ornamentos que había utilizado Juan Pablo II… basta mirar un par de fotos para descubrir que no era así.

Y en el mismo sentido, busca siempre respetar la corrección política y presentar a Ratzinger exagerando sus gestos contemporizadores con el mainstream. Es notable que, por ejemplo, a veces dedica tres carillas a relatar el encuentro del Papa con un superviviente del Holocausto, y no dice nada de las visitas o discursos a las carmelitas u otras intervenciones de ese tipo. Es decir, el empeño de la corrección política propia no sólo de un moderno sino también de un alemán acomplejado.

A pesar de estos estos y otros defectos que podrían señalarse, se trata de un libro muy recomendable, que enseña a valorar la enorme figura de Joseph Ratzinger y del impagable servicio que brindó a la Iglesia.


miércoles, 23 de marzo de 2022

Algunas reflexiones sobre la guerra

 


El conflicto entre Rusia y Ucrania es una situación compleja y, para dar un opinión fundada, es necesario poseer conocimientos de geopolítica y de historia que yo no tengo. Por tanto, no hablaré al respecto.

Sin embargo, hay algunos hechos que se están produciendo como consecuencia de la guerra que son interesantes de analizar o, al menos, de observar con cierto detenimiento.

Aquí van algunos:

1. La guerra ruso-ucraniana es una nueva y tardía consecuencia de la desaparición del imperio Austro-Húngaro a manos de los vencedores de la 1º Guerra Mundial. Los pueblos que estaban bajo la corona de los Habsburgo convivían en paz, en un equilibrio sustentable de poder. Desaparecido el imperio, la mayor parte de esos pueblos fueron condenados a pasar décadas bajo el dominio soviético y, desaparecido éste, se vieron sumidas en guerras largas y crueles, como la de Serbia y Bosnia. No sería raro que el actual conflicto termine con la reducción de Ucrania a la Galitzia de los Habsburgo; terminarán como empezaron, pero luego de un baño de sangre.

2.  La guerra y la rusofobia consecuente ha provocado que los países occidentales comiencen una carrera desesperada para conseguir fuentes de energía que los libre de la dependencia de Rusia. Y esto significa volver a las energías fósiles o contaminantes. Bélgica, por poner un solo caso, anunció que aplaza por 25 años el desmantelamiento de los reactores nucleares para la producción de energía eléctrica, y toda Europa está tratando de reactivar las minas de carbón que habían cerrado. Tal como van las cosas, dentro de pocos meses, los únicos defensores de las "energías limpias" que quedarán en el mundo serán Francisco y Greta.

3. Hasta hace un mes, los países parias de la Unión Europea eran Polonia y Hungría y arriesgaban fuertes penas y castigos e, incluso, la expulsión de la Comunidad. El motivo era su negativa a respetar el derecho al aborto o los derechos LGTB. Ahora, en cambio, se han convertido en los países mimados e hijos ejemplares de la UE porque son ellos los que han acogido a millones de refugiados ucranianos. 

Por lo que se ve, los dogmas del progresismo internacional tienen una consistencia y durabilidad bastante efímera. Basta un conflicto relativamente pequeño y focalizado para hacerlos saltar por los aires. Y esto demuestra lo que ya sabíamos: no son más que veleidades de burgueses ociosos que, cuando las papas queman, salen corriendo. Habría que ver cuántos de ellos son capaces de enfrentar la muerte por las energías limpias o por los derechos de la diversidad.  

lunes, 21 de marzo de 2022

Despotismo papal y una hermenéutica de la continuidad

 

Cardenal Louis Billot

La remoción de Mons. Daniel Fernández de su sede por parte del Romano Pontífice sin justa causa —no lo son las que sus hermanos obispos portoriqueños aducen— y sin posibilidades de defensa, no deja de escandalizarme. ¿Cómo es posible que Francisco, por más romano y pontífice que sea, cometa este enésimo acto de poder omnímodo y absoluto con un sucesor de los apóstoles? ¿Cómo es posible que nadie diga nada? ¿Cómo es posible que el resto del colegio episcopal permita mansamente esta tropelía, excepción hecha de Mons. Héctor Aguer? ¿No es que estamos en la Iglesia de la sinodalidad, de la escucha y de la misericordia? ¿Nadie es capaz de reaccionar frente a tamaña y flagrante hipocresía?

Dicen que “la historia es fuente de gran consuelo”. Y efectivamente, leyendo el último y excelente libro de Yves Chiron Histoire des tradionalistes (Tallandier, Paris, 2022), he descubierto el para mí inconcebible poder despótico que ejercieron los papas modernos, y los obispos después de ellos, no sólo hacia los clérigos sino también hacia los laicos, muchas veces por razones prudenciales y que nada tenían que ver con la fe y el dogma. Y ofrezco aquí un ejemplo, quizás de los más resonantes, y que tiene como protagonista al Papa Pío XI, considerado “liberal” como Bergoglio, en su condena de la Acción Francesa. 

Si bien es verdad que el creador de este movimiento monárquico, Charles Maurras, era agnóstico, la Acción Francesa estaba integrada mayoritariamente por católicos sinceros y “comprometidos”. Pero, ciertamente, era una piedra en el zapato de la República Francesa, y la iglesia romana ayudó a expulsar esa molesta piedrita. En 1926, Pío XI condenó la Acción Francesa aduciendo motivos religiosos ya que su doctrina y su práctica adherían a un naturalismo o un “modernismo político” que desconocía la enseñanza tradicional de la Iglesia en esa materia. El pontífice se refería a lo que él mismo había enseñado en su encíclica Ubi arcano Dei: todos los dominios de la verdadera paz vienen solamente de Cristo y de su Iglesia, y es necesario establecer el Reino de Cristo en la familia, en la escuela y en la sociedad. Y más o menos esto mismo es lo que decía y practicaba la Acción Francesa pero, según el Papa Ratti, su doctrina desconocía las relaciones necesarias del dogma y la moral con la política.

Más allá de lo más o menos acertado que pudiera estar el juicio pontificio, lo cierto es que se trataba de una cuestión prudencial y que se movía en la esfera propia de los juicios prudenciales de los laicos. El Papa, por un acto simplemente voluntarista, determinaba que la Acción Francesa era contraria al dogma y a la moral católica y, consecuentemente, los católicos no podían adherir a ella. La República Francesa, feliz y agradecida. 

Los franceses no obedecieron mansamente, y la aplicación de la condena de Pío XI fue dolorosa y traumática, además de cruel. La víctima más conocida fue el cardenal Louis Billot. Un jesuita, insigne teólogo tomista y cercanísimo a San Pío X —se dice que fue él quien redactó la encíclica Pascendi— fue creado cardenal por el Papa Sarto. Apoyaba a la Acción Francesa y reclamaba para ella “la libertad de acción en el ámbito político”. Y vaya si no tenía argumentos teológicos para hacerlo quien era el teólogo más esclarecido de la época. Pío XI lo presionó de tal modo, que el cardenal Billot renunció a la púrpura, volvió a ser un simple sacerdote jesuita sujeto a la obediencia, y el prepósito general lo envió a pasar sus últimos años en una aislada casa religiosa cerca de Roma, para tenerlo vigilado. Muchos afirman que, en realidad, el Sumo Pontífice lo descardenalizó en una audiencia —tal como hizo Francisco con Becciu— y que, para maquillar la cuestión, se fingió la renuncia.

Pero lo que más desconcierta es la crueldad pontificia hacia los laicos. Los fieles que continuaban leyendo L’Action française —el periódico del movimiento— fueron privados de los sacramentos y excluidos de las organizaciones católicas. Entre el otoño de 1927 y 1940, más de 120 entierros se realizaron sin misa de funeral porque los últimos sacramentos les habían sido negados por la Iglesia a los moribundos por ser adherentes a la Acción Francesa. Fueron muchos los matrimonios de lectores del periódico que debieron celebrarse en la sacristía, como se hacía en la época en el caso de que un católico desposara a un no bautizado: quienes adherían a ese grupo eran equiparados a un no-bautizado.

Los seminaristas que guardaba simpatías por la Acción Francesa fueron durante mucho tiempo considerados como “impropios para el estado clerical”. Para los sacerdotes, se previó una gradación de sanciones. Una de ellas, por ejemplo, establecía que aquel que continuaba absolviendo a los fieles simpatizantes del movimiento, cometían pecado mortal y sólo podía ser absuelto por el Papa.

Las sanciones a los que adherían a la Acción Francesa fueron levantadas por el Papa Pío XII en 1939. Parece que después de todo, no estaba tan mal pertenecer a ella. Pero, en medio, más de cien católicos murieron sin sacramentos y otros miles fueron  privados durante más de diez años de la confesión, la comunión y el resto de los sacramentos imprescindibles para la vida cristiana. Y todo por un capricho o conveniencia política de Pío XI. 

Todas estas medidas, tomadas por un Papa hace menos de un siglo, nos parecen hoy disparatadas, tan disparatadas e irritantes como nos parecen las medidas tomadas por Francisco. La Iglesia está en muy serios problemas desde mucho antes del Vaticano II, acontecimiento que no hizo más que exponerlos a la luz del día y disparar la debacle que venía siendo contenida por estructuras viejas y quizás un poco anquilosadas, pero aún efectivas; pero una efectividad que, ciertamente, no iba a durar mucho tiempo más.

Por eso, las medidas vesicantes que toma el Papa Francisco y que son leídas desde una hermenéutica jesuita y peronista, deben ser leídas también desde una hermenéutica de la continuidad: no está haciendo ni más ni menos de lo que hicieron sus predecesores. 

jueves, 17 de marzo de 2022

Cardinalis

 


El interesante post publicado por Sandro Magister en su  blog hace pocos días, nos da pie para hacer la siguiente referencia:

Hace poco tiempo, ha comenzado a editarse la revista Cardinalis, que también puede ser consultada on line. Se trata de una interesante iniciativa de un grupo de laicos franceses y dirigida por Jérôme Christol, que tiene por finalidad principal dar a conocer a los cardenales quiénes son sus colegas. Es por eso que se envía todo los miembros del Sacro Colegio.

La revista reunirá en cada número la presentación de varios cardenales. En el primer número, aparece un reportaje al cardenal Louis Raphaël I Sako, patriarca de los caldeos, y las presentaciones de los cardenales Timothy Dolan (New York) y Dieudonné Nzapalainga (Bengui). 

El objetivo es que al momento del cónclave, los electores sepan quién es quién, y no ocurra como ha ocurrido en otras ocasiones --en el último cónclave por ejemplo--, en el que fueron embaucados por un humilde arzobispo del fin del mundo que actuó una cuidada perfomance en una de las Congregaciones Generales previas al cónclave. Si los cardenales hubiesen sabido quién era realmente Bergoglio --y era relativamente fácil saberlo--, probablemente jamás habría sido elegido.

Nuestro apoyo a la iniciativa y a la publicación. 

[Hoy, día de San Patricio, este blog cumple quince años de existencia. No es poco tiempo. Vale la pena recordar el hecho y pido a los lectores la caridad de una oración por su autor y quienes colaborar con él].



sábado, 12 de marzo de 2022

Reflexiones sobre la destitución de un obispo

 


La noticia de la semana pasada que acaparó el interés de buena parte de los medios católicos fue la destitución del obispo Daniel Fernández Torres, de Arecibo (Puerto Rico). Hay suficiente información y comentarios en la web sobre el hecho y no es necesario volver sobre él. Sin embargo, hay algunas reflexiones en las que sí vale la pena detenerse.

1. Lo llamativo no es tanto que un obispo haya sido destituido por Roma. De un modo más elegante, eso mismo ha venido sucediendo desde los inicios mismos de este pontificado. Basta recordar el triste caso de Mons. Rogelio Livieres, obispo de Ciudad del Este (Paraguay), en el ya lejano 2014. Lo novedoso ha sido que Mons. Fernández Torres se haya negado a presentar la renuncia que se le exigía aunque con ello sufriera la consecuencia de su destitución. ¿Y por qué es novedoso? Porque en todo el resto de los casos, los obispos que fueron tan injustamente expulsados de sus diócesis como lo fue él, se avinieron a los deseos del poder tiránico del Papa de Roma y firmaron sus renuncias. El P. Santiago Martín, en su último comentario, recuerda las palabras de Calderón de la Barca: “Al rey, la hacienda y la vida se han de dar. Pero el honor es patrimonio del alma, y el alma solo es de Dios”. En Argentina tenemos varios casos de obispos renunciados. Algunos de ellos ciertamente debían hacerlo: Mons. Zanchetta o Mons. Taussig, por ejemplo, eran incapaces de estar al frente de sus diócesis. Pero hay otros que fueron destituidos sencillamente porque no le simpatizaban al Papa Francisco por sus posturas católicas conservadoras, o por viejas rencillas personales. Y aunque maquillados con visitas apostólicas, fueron expulsados de sus sedes pero lo hicieron sin honor, ya que aceptaron firmar un renuncia que sabían injusta. ¿Por qué esta pleitesía y esta falta de dignidad tan rampante que sobrepasa lo estrictamente religioso para anclarse en lo humano? ¿Cómo es posible que tantos obispos, que son sucesores de los apóstoles, carezcan de las virtudes básicas que debe poseer todo caballero cristiano? 

2. Un motivo, claro, es la famosa obediencia, sobre la que discutimos aquí una vez más hace pocos días. Y en este caso algo es claro: el Papa tiene la autoridad y capacidad para hacer lo que hizo. Un interesante artículo de The Pillar lo explica con detalle. El Papa, sin embargo, no podría haber hecho lo que hizo durante la Edad Media, y probablemente tampoco hasta el siglo XIX, y dudo que pudiera hacerla aún hoy con algún obispo de las iglesias orientales. Como ya hemos hablado abundantemente en este blog, el absolutismo papal inaugurado por Pío IX y consagrado por el “espíritu” del Concilio Vaticano I, es el responsable directo de estos desmanes. La desaparición de todos los fueros, que actuaban como contrapesos y balances del poder papal y episcopal, provocó la aparición de un paradójico liberalismo extremo dentro de la Iglesia: el Papa como monarca absoluto y universal, puede disponer libremente de la suerte de cualquier bautizado sin que ningún cuerpo intermedio mitigue su poder. Y de modo análogo se comportan los pequeños déspotas episcopales. Hablamos sobre esto también en otra ocasión.

3. Dejar desamparado al individuo frente al poder omnímodo del Estado, o del Papa, ha dado lugar, entre otras, a situaciones verdaderamente repulsivas. Es el caso, por ejemplo, del P. Eduardo Torres Moreno, sacerdote del Opus Dei y rector del seminario de Arecibo en Pamplona que, luego de ser destituido su ordinario, se dirigía con estas palabras a su sucesor: “Aunque estamos todavía reponiéndonos de la sorpresa, le escribo para asegurarle nuestra obediencia a la Iglesia por encima de lo que podamos nosotros entender, pues aunque el que mande se equivoque, nosotros acertamos obedeciendo”. No se trata solamente de la actitud rastrera aunque previsible de un miembro de la prelatura, sino del nominalismo extremo de sus palabras, del que el mismo Guillermo de Ockham se asombraría. Este señor cura echa por la borda toda la teología de Santo Tomás, y con él, de toda la Iglesia, para ampararse en la obediencia. Lo importante es acertar, es decir, librarnos de problemas y conservar nuestro puesto. Y asombra que este personaje sea profesor de teología en las universidad de Navarra y de la Santa Croce. No tenemos, entonces, motivos para quejarnos de que las cosas estén como estén en la Iglesia si hasta los buenos se comportan de este modo. 

4. ¿Qué hubiese pasado si los obispos que fueron injustamente obligados a renunciar no lo hubiesen hecho? Habrían sido destituidos sin duda alguna como lo fue Mons. Fernández Torres, pero el tirano Bergoglio estaría en un serio problema: las hilachas de su despotismo serían aún más visibles, su pontificado estarían aún más ajado y los fieles tendríamos algunos obispos a quienes recurrir en busca del necesario e imprescindible consuelo y paternidad. Ahora solamente tenemos eméritos que vegetan su amargura y su humillación hundidos en el sillón de la casa de sus padres o hermanos, lugar al que fueron condenados justamente por su abyección y falta de hombría. Es probable, en cambio, que Mons. Fernández Torres sea solicitado por fieles de todo mundo que acudirán a él en busca de su palabra y apoyo y, quién dice, quizás también de los sacramentos celebrados según el rito tradicional. 


Papas despóticos y obispos rastreros los hubo siempre en la Iglesia. Pero nuestra suerte es peor a la de aquellos hermanos nuestros que debieron padecerlos en épocas pasadas. En esos momentos, al menos, se conservaba la fe, y sus pastores serían corruptos y tiranos, pero al menos eran católicos. Ahora ya no lo son. No solamente abandonaron las virtudes sino también la fe. 

jueves, 10 de marzo de 2022

Mons. Héctor Aguer: "Un buen obispo 'misericordiado'"

 



Buenos Aires, miércoles 9 de marzo de 2022.


Avanza implacable el progresismo que impone la Santa Sede, sin importarle que hace víctimas a hombres de Dios, cuya acción lleva a florecer la Iglesia. El obispo de Arecibo, Puerto Rico, Monseñor Daniel Fernández Torres, ha sido depuesto de su diócesis por defender la objeción de conciencia, ante la ridícula “obligación moral” de vacunarse, impuesta por la Santa Sede.


La Iglesia actual ya no se ocupa ni de Dios, ni del mandato de Cristo de evangelizar, sino solamente de imponer “nuevos paradigmas”, y de adherir a los principios de un Nuevo Orden Mundial, ajeno a la ley natural, y a la revelación cristiana. El caso de Mons. Fernández Torres es un ejemplo clarísimo de cómo la Iglesia marcha al revés de lo que debe ser su misión. No importa si la diócesis de Arecibo florecía en vocaciones, y el ejercicio pleno de lo que ha de ser la misión de la Iglesia. Un falso concepto de “sinodalidad” obliga a los buenos obispos a plegarse a los disparates que deciden las conferencias episcopales, o los grupúsculos oficialistas que adhieren a las nuevas posiciones de Roma.


Hace un par de años fui invitado por Mons. Daniel a predicar los Ejercicios Espirituales al clero de la diócesis. Pude, entonces, comprobar cómo florece una Iglesia particular cuando su obispo es un hombre de Dios, fiel a la gran Tradición eclesial. Pero eso a Roma no le interesa. Como nunca, la centralidad romana es impuesta en nombre de la “unidad”. Estas posiciones nos hacen añorar la libertad que los grandes Papas sostenían, apoyando al episcopado que se empeñaba en el crecimiento de la Iglesia, y en la evangelización de los que aún estaban afuera de ella. 


Por medio de estas líneas, deseo asegurar a Mons. Fernández Torres, a su vicario general, y al clero de esa querida diócesis, mi cercanía espiritual, y mi oración. Rezo, también, para que esta medida injusta, y draconiana, no lleve a la destrucción de tantas iniciativas verdaderamente católicas que allí surgieron y se desarrollaron. Quiera Dios que los demás obispos de Puerto Rico adviertan que se debe obedecer a Dios antes que a los hombres (Hch 5, 29), aunque estos hombres vivan en el Vaticano.


+ Héctor Aguer

Arzobispo emérito de La Plata