La semana pasada, el post El odio recibió algunas críticas habituales: se trata -decían- de la reacción de algunos melancólicos que veían el derrumbe del mundo y de la Iglesia arrellanados en sus sillones pero sin ninguna intención de hacer algo para conservar lo poco que nos va quedando. "¡Acédicos!", exclamaban.
Y la verdad es que se trata de un crítica infundada y, por lo tanto, injusta. Ciertamente, la respuesta no debe ser la tristeza y el desaliento mientras observamos la catástrofe con un vaso de whisky en la mano. Las palabras del Ángel del Apocalipsis son también para nosotros: "Conserva lo que tienes", y cada uno, según sea el lugar en el que Dios lo puso, sabrá de qué modo puede conservar lo que recibió. Pero con una reserva: ese deber no puede cumplirse a costa de claudicar de algunos principios. Concretamente, no se puede conservar lo que nos queda siendo parte del sistema que nos robó todo el resto, porque más tarde o más temprano, nos terminará de sacar lo poco que nos queda. Y sería ingenuo pensar de otra manera. No se puede transigir con el sistema.
Pero la opción que queda no es apoltronarse en el diván de la acedia. Hay otra opción; es la opción que eligieron los cristianos del siglo V que vivieron una situación muy similar a la nuestra: la fuga seaculi, el retirarse del mundo porque el mundo, tal como estaba, ya no podía ser recuperado. San Benito, Casiodoro y muchos más que la historia ha casi olvidado, cayeron en la cuenta que la cultura romana, que la civilitas, ya no existía, y porque no existía era imposible evangelizarla. La gracia supone la naturaleza; si la naturaleza no existe, la gracia nada puede hacer. Y decidieron reconstruir en el retiro de ese mundo en ruinas la cultura cristiana.
La situación actual es similar. La "evangelización de la cultura" que intentó Juan Pablo II ha sido un rotundo fracaso. El Papa y los obispos de hoy insisten, sin embargo, en una empresa imposible con iniciativas que rayan lo grotesco. Lo hemos visto en el reciente Sínodo de los Jóvenes que, entre otros absurdos, ha propuesto crear un dicasterio o comisión romana encargada de evangelizar a través de las redes sociales porque, dicen, es allí donde habita el hombre de hoy. Sí; eso proponen: evangelizar la "cultura" a través de Twiter y de Facebook. Absurdo.
La fuga saeculi no es la huida de los cobardes. Es la opción que nos indica la pietas, la piedad hacia nuestros padres, hacia aquellos que construyeron desde sus retiros, la civilización cristiana. Imitarlos retirándonos para reconstruir; para, desde ese retiro, volver a edificar lo que los bárbaros de antaño y de hogaño destruyeron.
La situación actual es similar. La "evangelización de la cultura" que intentó Juan Pablo II ha sido un rotundo fracaso. El Papa y los obispos de hoy insisten, sin embargo, en una empresa imposible con iniciativas que rayan lo grotesco. Lo hemos visto en el reciente Sínodo de los Jóvenes que, entre otros absurdos, ha propuesto crear un dicasterio o comisión romana encargada de evangelizar a través de las redes sociales porque, dicen, es allí donde habita el hombre de hoy. Sí; eso proponen: evangelizar la "cultura" a través de Twiter y de Facebook. Absurdo.
La fuga saeculi no es la huida de los cobardes. Es la opción que nos indica la pietas, la piedad hacia nuestros padres, hacia aquellos que construyeron desde sus retiros, la civilización cristiana. Imitarlos retirándonos para reconstruir; para, desde ese retiro, volver a edificar lo que los bárbaros de antaño y de hogaño destruyeron.
La idea no es nueva ni es mía. La explicó en los '80 John Senior en La restauración de la cultura cristiana, y la están retomando varios autores como Anthony Esolen y Rob Dreher, quien la ha llamado la opción Benito, porque fue justamente San Benito, patrono de Occidente, uno de los primeros que la hizo suya.
En dos entregas, publicaré la traducción de algunos párrafos de la Introducción y del primer capítulo del The Benedict Option, de Rob Dreher.
Durante la mayor parte de mi vida adulta, he sido un creyente cristiano y un comprometido conservador. Nunca vi en ello un conflicto hasta que nació mi hijo en 1999. Nada cambia más la visión de un hombre sobre la vida que pensar en el mundo que heredarán sus hijos. Y eso fue lo que me ocurrió.

A medida que Mathew iba creciendo, comencé a darme cuenta el modo en el que mi política cambiaba mientras buscaba criar a mi hijo como un cristiano con principios tradicionales. Me empecé a preguntar qué cosa exactamente conservaba el conservadurismo y me di cuenta que algunas de las causas por las que peleaban mis amigos conservadores conspiraba contra aquellos que queríamos vivir una vida de virtudes tradicionales. Debíamos encontrar nuevos modos de vivir en comunidad, como lo hizo San Benito, el padre del monacato occidental en el siglo VI, que respondió al derrumbe de la civilización fundando una orden monástica.
Y por eso llamé a esa retirarse estratégico profetizado por MacIntyre, “la opción Benito”. La idea es que un cristiano conservador que se tome en serio su condición ya no puede seguir viviendo como vive cualquier otra persona en Estados Unidos, sino que tiene que desarrollar soluciones creativas y comunes a fin de ayudarse a mantener su fe y sus valores en un mundo que cada vez es más hostil a ellos. Tendremos que tomar una decisión que nos lleve a un modo de vivir el cristianismo realmente contra cultural, o nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos, serán asimilados al mundo moderno.
[…]
Los cristianos occidentales estamos enfrentando la inundación más grave de los últimos mil quinientos años, si es que escuchamos al Papa Emérito Benedicto XVI que, en 2012, dijo que la crisis espiritual que afecta a occidente es la más grande desde la caída del Imperio Romano a fines del siglo V. La Luz del cristianismo se está apagando en todo occidente. Entre nosotros hay personas que quizás vivan para ver la muerte efectiva del cristianismo en nuestra civilización. Por misericordia divina, la fe podría continuar en otras regiones, pero desaparecerá totalmente de Europa y Norteamérica. Puede que esto no sea el fin de mundo, pero es el fin de un mundo, y solamente los que son ciegos voluntariamente pueden negarlo. Durante mucho tiempo hemos menospreciado o negado los signos. Ahora, las aguas nos están sumergiendo, y no estamos preparados. Las nubes de tormenta se han estado reuniendo durante décadas, pero la mayoría de los creyentes hemos actuado con la ilusión de que se dispersarían. El quiebre de la familia natural y la fragmentación de las comunidades fueron temas que nos preocuparon, pero creímos que serían reversibles y que no reflejaban nada fundamentalmente equivocado con respecto a nuestra fe. Los líderes religiosos nos aseguraban que fortaleciendo los diques que permitían las leyes y la política se podría contener la inundación del secularismo. Pero no hay nada que podamos hacer en este aspecto.
Hoy vemos que hemos perdido en todos los frentes y que la incasable rapidez del secularismo han sobrepasado nuestras endebles barreras. El nihilismo hostil y secular ha ganado en el gobierno del país y la cultura se ha tornado poderosa contra los cristianos tradicionales. No decimos que estos acontecimientos son imposiciones de una elite liberal porque encontramos que la verdad nos resulta intolerable: todos los americanos, activa o pasivamente, los aprueban.
En tiempos de los derechos civiles para los gays, la doctrina sobre el carácter de complementariedad sexual del matrimonio es considerada un prejuicio abominable y, en muchos casos, debe ser castigada. La plaza pública está perdida.
Pero no solamente hemos perdido la plaza pública sino que ni siquiera las alturas de nuestras iglesias es un espacio seguro. Porque ¿qué pasa si aquellos que nos rodean no comparten nuestras normas morales? Creemos que todavía podríamos conservar nuestra fe y nuestras enseñanzas dentro de los muros de las iglesias, pero eso sería tener una confianza ingenua en la salud de nuestras instituciones religiosas. Los cambios que han ocurrido en Occidente en los tiempos modernos revolucionaron todas las cosas, incluso las iglesias, que ya no forman almas sino que aprovisionan a los egos. Como decía el teólogo anglicano conservador Ephraim Radner, “No hay espacio seguro en el mundo ni en nuestras iglesias para ser cristiano. Estamos en una nueva época”.
Y no nos engañemos por el número de iglesias que vemos en la actualidad. Un número enorme de jóvenes confiesa no tener ninguna filiación religiosa. Si la tendencia demográfica continúa, nuestras iglesias pronto estarán vacías.
Más preocupante aún, muchas de las iglesias que hoy están abiertas han sido vaciadas por un secularismo taimado a punto tal que el “cristianismo” que allí se enseña ha perdido todo su poder y su vida. Y esto ha ocurrido en la mayoría de ellas. Un estudio sociológico realizado en 2005 muestra que la mayor parte de las personas adhieren a lo que se ha llamado MTD (deísmo moralista terapéutico), que tiene cinco principios básicos:
- Existe un Dios que ha creado y ordenado el mundo y vigila la vida humana en la tierra.
- Dios quiere que las personas sean buenas, amables y justas entre ellas, tal como lo enseñan la Biblia y la mayoría de las religiones del mundo.
- El objetivo central de la vida es ser feliz y sentirse bien consigo mismo.
- Dios no tiene que estar necesariamente involucrado en la vida de cada uno excepto cuando se lo necesita para resolver algún problema.
- Las personas buenas se van al cielo cuando mueren.
Este credo MTD está colonizando las iglesias cristianas, destruyendo el cristianismo bíblico desde dentro, y reemplazándolo por un pseudocristianismo que “sólo esta endeblemente conectado con real e histórica tradición cristiana”.
[…]
Pero no temamos. Ya atravesamos una situación semejante . En los primeros siglos del cristianismo, la Iglesia sobrevivió y creció luego de las persecuciones y al colapso del imperio en occidente. Nosotros, los cristianos de los últimos días, debemos aprender de su ejemplo, y particularmente del ejemplo de San Benito.
Traducción de Wanderer