Es un lugar común escuchar hablar del cardenal Newman como uno de los antecesores más relevantes del Concilio Vaticano II, un adelantado de su tiempo que sugirió un camino de apertura que la Iglesia seguiría casi un siglo después de su muerte. Y esta versión la compran y la venden los progresistas y los tradicionalistas por igual. Unos, aplaudiendo a Newman, y otros repudiándolo o mirándolo con sospechas.
Eran comprensibles las sospechas del integrismo durante las primeras décadas del siglo XX. La obra de Newman se hizo conocida en el ámbito francés y en el romano, a través de Henri Bremond, que publicó una selección de sus escritos (Newman. La vie chrétienne . 1906) y una biografía psicológica (Newman. Essai de biographie psychologique. 1906), entre otras obras sobre Newman. Bremond era un ex-jesuita, profesor de Teilhard de Chardin y amigo de Blondel y Tyrrell. Un modernista hecho y derecho.
En el simposio sobre Newman organizado por el National Institute of Newman Studies de Pittsburgh, en septiembre de este año, Klaus Arnold, profesor en la Universidad de Meinz, leyó una ponencia muy interesante sobre los resultados de sus investigaciones en los archivos del Santo Oficio durante los años de la lucha de San Pío X contra el modernismo. Y en esa documentación queda claro que si bien Newman nunca fue candidato a alguna condena o a que sus libros fueran incluidos en el Index, sí se lo observó con cuidado debido a la imagen que Bremond delineaba de él en sus libros. Lo que hacía era reflejar en Newman sus propias inclinaciones modernistas, y pintaba entonces la imagen de un Newman que siguió siendo anglicano hasta su muerte, o bien, de un Newman católico modernista. En pocas palabras, Bremond se lo apropió para el modernismo. Lamentablemente, algunos sectores más recalcitrantes del tradicionalismo son fieles discípulos en este punto de Bremond, y le creen todas sus mentiras sin preocuparse por leer los escritos de Newman.
Los progresistas civilizados actuales lo reivindican, injustamente a mi entender, como antecesor del Vaticano II. Ian Ker S.J., una de las personas que más conoce sobre Newman, tiene un librito dedicado exclusivamente a ese tema (Newman on Vatican II, Oxford, 2014) y la impresión que me ha dejado su lectura es que lleva agua para su molino con los textos de Newman que más le convienen, y deja de lado los que no. Esto no quiere decir que Newman no haya tenido ideas que se formularon también en el Vaticano II, pero eso, a mi entender, no le confiere la paternidad. Por ejemplo, el rol y autonomía de los laicos dentro de la Iglesia es una cuestión por la que él siempre batalló —y varios disgustos les costó por el clericalismo reinante en su época—, y es verdad que el Vaticano II cacarea bastante sobre los laicos que llegaron ya a su madurez y debe abrazar el protagonismo en la Iglesia. En realidad, todos sabemos que no son más que cacareos: el clericalismo actual sigue siendo tan férreo como en la época de Newman, y si no, pregúntenle al Papa Francisco.
Aquí quiero señalar un hecho interesante. Uno de los primeros libros del Newman católico es el que se conoce como Anglican difficulties. Curiosamente, es un libro que fue editado en 1850, tuvo algunas re-ediciones en vida del cardenal, y la única edición moderna es la de Stanley Jaki, publicada en una pequeñísima editorial de Kentucky en 2004, que ha pasado completamente desapercibida y ni siquiera se la conoce en los círculos newmanianos más prestigiosos. Y lo que puede parecer una rareza, en realidad no lo es. Ese libro, como bien lo señala Jaki en la introducción, desarma la imagen del Newman progresista y ecuménico que se ha fabricado en las últimas décadas y nos presenta su verdadero pensamiento, sin pasar por lenguareces, sobre el ecumenismo. Porque también el pobre cardenal es enarbolado como una de las grandes figuras promotoras del ecumenismo.
El libro reúne doce conferencias que dictó John Henry Newman en el Oratorio de Londres entre mayo y junio de 1850, motivadas una declaración de la iglesia de Inglaterra en la cual admitía que la doctrina acerca de la regeneración del alma por el bautismo era solamente una opinión y no una doctrina sostenida oficialmente (el caso Gorham). Este hecho, que levantó polvareda, provocó la conversión a la iglesia de católica de Henry Manning, futuro cardenal arzobispo de Westminster, de Wilbeforce y de Hope, todos ellos prominentes representantes del catolicismo inglés, como lo habían sido anteriormente del anglicanismo. Las conferencias de Newman trataron fundamentalmente dos puntos: (1) Dado que el único y legítimo asunto que buscaba el Movimiento de Oxford era la comunión con Roma, entonces todos sus miembros deberían reaccionar a las medidas no-católicas de la iglesia anglicana, y (2) Los defectos que pueda tener Roma no son barreras reales en el camino hacia la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica.
Las conferencias fueron muy exitosas, con una gran cantidad de oyentes, sobre todo anglicanos. Y aunque los modos de Newman seguramente fueron mesurados, queda claro que fueron conferencias en las que puso blanco sobre negro, y que no habrán sido muy ecuménicas que digamos. La tesis que plantea frente a Roma, como verdadera Iglesia, implica sólo una alternativa para los anglicanos: o la conversión a ella, o el ateísmo. Como bien dijo más adelante Manning: “Es Roma, o la licencia del libre pensamiento y la libre voluntad”. Y no se equivocó. Es cuestión de ver en qué estado se encuentra hoy la iglesia de Inglaterra.
Por eso, resultan sorprendentes las pretensiones de los newmanistas, que no newmanianos, de presentar a Newman como un antecesor de la nueva iglesia inaugurada con el Vaticano II. No me parece que el cardenal reconocería en la Iglesia católica contemporánea la que él conoció hace poco más de un siglo cuando, por ejemplo, decía: “La Iglesia católica, y sólo la Iglesia católica, sostiene que sería mejor que el sol y la luna cayeran del cielo, que la tierra colapsara y que los millones de hombres que viven en ella murieran de hambre en extrema agonía, y que arreciaran las aflicciones temporales, a que una sola alma, no voy a decir que se perdiera, sino que cometiera un solo pecado venial, o que dijera una mentira deliberada…”. El Papa Francisco hace un escándalo por la tala de bosques y, sin embargo, protege a pecadores reconocidos como Zanchetta y Ricca en el Vaticano. La cara opuesta a los afirmado por Newman.
Y si fue capaz de hablar públicamente de un modo tan claro contra las pretensiones de catolicidad de la iglesia de Inglaterra porque no era suficientemente clara con respecto a la doctrina del bautismo, no puedo imaginar lo que diría hoy al ver que la que fue su iglesia ordena mujeres como “sacerdotes” u “obispos”. O mejor dicho, sí sé algo de lo que diría: la iglesia anglicana es parte del establishment político y toma sus decisiones movidas por los dictados de la política y de la opinión pública. Y, por tanto, “es sólo cuestión de tiempo y hasta dónde la iglesia anglicana conservará algunas partes de la Fe”, puesto que se encuentra [¡en 1850!] “tan radicalmente liberalizada… como para convertirse en una simple enemiga de la Verdad”. ¿Podrían estas mismas palabras aplicarse a la iglesia católica francisquista?
Es conocida su expresión en la Apología: “Lo que la Sede de Roma era en ese momento es lo que es ahora; lo que Arrio, Nestorio o Eutiques fueron entonces, lo son ahora Lutero y Calvino; lo que los eusebianos y monofisitas fueron entonces, lo es ahora la jerarquía anglicana”. Y, sin embargo, los newmanistas proponen a Newman como el gran campeón del ecumenismo, y abogan para que, bajo su égida e inspiración, se reúnan en diálogos floridos católicos, anglicanos, luteranos y calvinistas. Seamos claros: la dolorosísima conversión de Newman se nutrió y se decidió por su convicción de que si había una Iglesia divinamente establecida, los hombres tenían en consecuencia la obligación de pertenecer a esa única Iglesia. Y esto es de una profunda incorrección política para los oídos eclesiales caldeados por las brasas del Vaticano II.
Por todo eso, la paternidad o cualquier otro tipo de parentesco que quiera encontrarse de Newman con el Concilio Vaticano II, deberá probarse teniendo en cuenta todos sus escritos, también las Anglican difficulties.