lunes, 9 de septiembre de 2024

Francisco y el daño inconmensurable

 


El silencioso viaje de Francisco a Extremo Oriente está transcurriendo con más pena que gloria, como era de esperar. Lo cierto es que, más allá de la opinión que yo tengo del pontífice actual y que he expresado en esta página desde 2013, termina produciendo cierta tristeza el estado al cual ha conducido al pontificado romano: la total insignificancia. Si no fuera así, los medios de prensa del mundo, al menos los argentinos, habrían dado una mayor cobertura a este viaje apostólico, aunque de apostólico no tenga nada. No pierdo demasiado tiempo en la web, pero hasta donde pude ver solamente La Nación publicaba diariamente algún reporte del viaje que desaparecía de su portal a las pocas horas, signo evidente de que no era leído por nadie. 

Por otro lado, y más allá de que Indonesia sea un país en el que los católicos son una ínfima minoría, resultaban llamativas las fotografías que, aún tomándose desde el mejor ángulo, mostraban misas o actos con asistencia de fieles más bien escuálidas. Por ejemplo, eso pudo verse en la misa final en el estadio de Jakarta. Taylor Swift convoca a muchísima más gente, pero a muchísima más, que el Papa Francisco. No sólo su pobre figura es irrelevante; ha arrastrado consigo a la irrelevancia al mismo pontificado. 

Pero esto es sólo un ejemplo más del daño inconmensurable que ha provocado el Papa Francisco a la Iglesia; es decir, un daño que difícilmente pueda ser cuantificado. Y no voy a recordar lo que ya hemos hablado; tomo sencillamente tres detalles de lo ocurrido la última semana que muestra la profundidad del estropicio y ponen en duda la posibilidad de una cura.

En Jakarta, Francisco se reunió con líderes de otras denominaciones religiosas, particularmente musulmanes que es la religión predominante de ese país. Y les dijo: “Esto prueba que en la historia de esta nación y de la cultura que aquí se respira, la mezquita, como también los demás lugares de culto, son espacios de diálogo, de respeto recíproco, de convivencia armoniosa entre las religiones y las diferentes sensibilidades espirituales”. Las diferentes religiones, y no sólo las diferentes denominaciones cristianas, responde no más que a diferentes sensibilidades espirituales. Los indonesios tienen una sensibilidad distinta a las de los rusos y a la de los sudaneses, y por eso aquellos son musulmanes, los otros ortodoxos y éstos animistas. Para Bergoglio, las diferencias religiosas, por estar ancladas en la sensibilidad, no admiten discusión alguna: de gustibus non est dispuntandum. Así como no puede nadie criticar con fundamento a los indonesios porque usan una especie de túnicas o faldas llamada sarong, tampoco puede criticárseles que sean musulmanes. Y mucho menos tratar de convencerlos que se hagan cristianos, lo cual sería análogo a tratar de convencerlos de las bondades de usar pantalones, camisa y corbata. El Papa Francisco, ya de un modo oficial, ha destituido a la Iglesia católica que ha dejado de ser el lugar de la Revelación del único Dios verdadero, Trino y Uno, rebajándola a una tienda más —una muy grande y antigua— de las que pueblan el gran mall de las religiones del mundo.

[Escolio uno: ¿por qué debemos felicitar a los indonesios musulmanes porque siguen a su sensibilidad espiritual y, en cambio, perseguir cruelmente a los católicos que prefieren la misa tradicional que, en todo caso, podría considerarse también una sensibilidad espiritual diferente a la de la mayoría de los católicos?]

En ese mismo encuentro interreligioso celebrado en Jakarta, el Papa Francisco expresó lo siguiente: “Me gustaría impartir una bendición. Una bendición significa decir bien, desear el bien para algo. Aquí pertenecéis a religiones diferentes, pero tenemos un Dios, es uno. Y en unión, en silencio, rezaremos al Señor y daré una bendición para todos, una bendición para todas las religiones. Que Dios bendiga a todos y cada uno de vosotros. Que bendiga todos vuestros deseos. Que bendiga a vuestras familias. Que os bendiga en el presente. Que bendiga vuestro futuro. Amén”. Por supuesto, no hizo la señal de la cruz. Hace menos de un año, comentábamos en el blog que Mons. Gabriel Barba, obispo de San Luis, había hecho algo similar: al dar la bendición en un encuentro interreligioso en su diócesis, no pronunció el nombre del Hijo. Lo de Bergoglio es mucho peor: él, el sucesor de Pedro y cuya función primordial es confirmar a los católicos en la fe de los apóstoles —y no enseñar a los hombres a cuidar el medio ambiente y a no pelearse entre ellos— se niega no solamente a ejercerla, sino que se niega a testimoniar a ese Dios Uno y Trino y a su enviado Jesucristo. Lo dice claramente —“tenemos un Dios, es uno”— y mal que le pese al pontífice el Dios de los cristianos no es el Dios de los musulmanes; y, además, se niega a trazar el signo de la cruz, el mismo signo por el que morían los mártires de los primeros siglos. Yo no sé hasta qué punto somos conscientes, o somos capaces de ser conscientes, de la gravedad de la situación en la que estamos viviendo. 

Muchos dirán para consolarse: “Eso lo hace el Papa pour la galerie; nadie se entera; no hace daño”. Pero sí que lo hace. Repito: el daño que ha hecho el Papa Francisco durante su pontificado es inconmensurable. El flyer que muestro a la derecha promociona un evento organizado por el episcopado ecuatoriano durante esta semana. Muestra una custodia pero lo que en realidad quieren custodiar no es la eucaristía sino a los colibríes, delfines y vegetales. No exagero: consulten el documento al lleva el QR. Además, proponen misas para diferentes sensibilidades: indígena, afro e intercultural. Buena parte de la Iglesia del Ecuador, parecería que está completamente desintegrada y transformada en una ONG de izquierda dedicada a fines inmanentes. Es decir, la desaparición de la Iglesia en cuanto tal. Y la justificación del desastre no es otra que Bergoglio: todas las citas y referencias que aparecen en el cartel como en el documento al que remite pertenecen a escritos del pontífice; no hay ninguna referencia a la Palabra de Dios.

[Escolio 2: Ni el primado de Ecuador, ni el Nuncio apostólico, ni el Dicasterio para el Culto dicen una sola palabra acerca de la variedad de misas que celebran; de hecho, ni siquiera están ofreciendo la misa novus ordo o celebrada en la “única forma del rito romano”. Están ofreciendo creaciones para gustos o sensibilidades diversas. Pero, ¿qué no hubiesen dicho si, entre toda esa diversidad, se hubiese ofrecido también una misa latina tradicional? Como ya sabemos, hay diversas categorías de diversos; a algunos se los admite, y a otros se los persigue].

jueves, 5 de septiembre de 2024

Hans Urs von Balthasar: La Crisis de la Iglesia es la falta de Caridad




por Eck

Vintila Horia: ¿Cuales serían, según su experiencia y meditación, las razones de esta crisis interior, quiero decir de la crisis de la fe y de la Iglesia?

Urs von Balthasar: Hay varias:

La primera sería algo así como un fallo en la doctrina misma del Concilio, que quiso ser pastoral y que acabó por realizar lo que se puede llamar una salida hacia el mundo. Aggiornamento tendría que significar volver a entrar en sí mismo. Los documentos del Concilio se han olvidado de este centro esencial, que es la vida mística contemplativa, la vida trinitaria, la gracia, la cruz, cosas centrales, fáciles de falsificar.

La segunda razón sería el estado de nuestra teología. Había esclerosis en la teología, una especie de racionalismo espantoso. Y nada de amor. Habría que volver a los comienzos de la teología. Formar. Volver a entrar en los Evangelios. Bultman no hace más que cortar todos los caminos hacia el Evangelio con su método crítico-histórico. Es un triunfo de la letra sobre el espíritu, una continuación del racionalismo. En los sermones de hoy, siguiendo en esta línea, se trata de desmitologizar el Evangelio. Esto no es más que un nuevo humanismo.

En tercer lugar creo que hay que contar, como factor de la crisis, la racionalización de la jerarquía, su aislamiento. En sus funciones más altas esta jerarquía está lejos del pueblo y no funciona según la verdadera tradición evangélica. Pero se trata aquí de algo que viene de muy lejos y, por consiguiente, muy difícil de sanar. Jerarquía quiere decir, en el marco de la Iglesia, servicio, humildad, caridad. Juan XXIII sabía humillarse, cuando iba a lavar los pies de los pobres. Humillarse es una de las principales verdades evangélicas. La jerarquía a la que nadie ama constituye algo terrible, inconcebible dentro del cristianismo. Lo importante es demostrar su autoridad y hacerse amar por el pueblo, obrar de tal manera que el pueblo ame la función y a los que la representan.

Horia, Vintila; Viaje a los centros de la tierra, Ediciones Nuevo Arte Thor, Barcelona, 1987, pg.105-106.


Introducción

Tras la primera entrega de Voces del Pasado con el artículo dedicado al rescate de la apología del rito hispano escrita por el abad Pedro de San Millán, continuamos con la búsqueda de nuevos testimonios que nos puedan ayudar a arrojar luz sobre la actual crisis de la Iglesia. Toda verdad, la diga quien la diga, procede del Espíritu Santo decía el sabio Santo Tomás de Aquino y nunca como hoy hemos estado necesitados de verdad y de la asistencia del Espíritu Santo para navegar a través de la oscuridad y de las peligrosas olas de la historia. Por esto y con esta libertad de espíritu que otorga la verdad, tal y como nos dijo el Divino Maestro, llamaremos como testigos a personas de toda condición, desde herejes notorios hasta santos, desde creyente a ateos, miembros de la Iglesia o no. Algunos gustarán, otros disgustarán por lo que dicen o por quien lo dice pero es necesario oír a todos. Si en la Edad Media se decía que hasta el Diablo merecía ser escuchado en juicio y si el mismo Dios lo hacía como aparece en la Escritura en el Libro de Job, ¿Por qué nos negaríamos a oír a otras personas, que en muchos casos son hermanos equivocados, si tienen algo que decir pues hasta sus mismos errores nos pueden mostrar la verdad como afirmaba el mismo apóstol S. Pablo? 

Así pues, oigamos los que desde el pasado nos tienen algo que decir y aprendamos sus lecciones.


El escritor Vintila Horia y el teólogo Balthasar

No tenemos dudas de que muchos lectores reconocerán al escritor rumano Vintila Horia (1915-1992), sobre todo los letraheridos de cultura afrancesada. Autor de una de las más profundas y conmovedoras novelas histórica del siglo XX, Dios ha nacido en el exilio, sobre Ovidio, su destierro a Tomis y su esperanza final de salvación.  Muchos menos lectores conocerán su faceta de zahorí del futuro en busca de los manantiales espirituales del mañana. Para ello, inició varias giras para entrevistarse con científicos, pensadores, filósofos y teólogos y que publicó en una serie de libros muy sugestivos. A pesar de su querencia por el impresentable Teilhard de Chardin, que nos explicamos por su búsqueda en Occidente de las intuiciones cósmicas del cristianismo oriental, sus diálogos con los teólogos Karl Rahner, Yves Congar, Urs von Balthasar son de lo más interesante de lo que se puede leer hoy.


La gran Crisis según Urs von Balthasar

Y en medio de esta conversación con el teólogo le hace la pregunta nuclear, la más importante, sin paños calientes: el corazón de la crisis interior, de la fe y de la Iglesia. Una lleva a la otra para desembocar en la crisis universal de la Iglesia, que se estaba mostrando en su verdadera faz a pesar de las cortinas de humo primaverales, posconciliares y terciomilenoeutantes.

Y hablando de la crisis interior Balthasar pone el dedo en la llaga del gran fallo del Concilio Vaticano II con una crítica demoledora en su fondo, mucho más profunda que tantas al uso por rabiosas que parezcan. Si Heidegger, al que no profesamos mucha devoción, hablaba del olvido del Ser, aquí podríamos hablar de un olvido de la Fe viva, de la vida mística contemplativa, la vida trinitaria, la gracia, la cruz, cosas centrales, fáciles de falsificar. Como nuestros días han demostrado, sin la ocupación en la única cosa necesaria, ha sido muy fácil de falsificar toda la vida cristiana, dar gato por liebre al clero, a los fieles y al resto de la humanidad. Esto lo podemos ver, dice el teólogo, en la doctrina conciliar que quiso ser pastoral y misionera pero que se convirtió en una salida al mundo, es decir, una conversión al mundo, una mundanización pura y dura que llega a su casi cima con Francisco y su modelo de iglesia. Se paso de un aggiornarsi, un actualizarse la fe en sentido aristotélico, pasar de una fe meramente potencial e intelectual a otra en el acto y total, a un aggiornarsi que quería adaptar la fe a las opiniones cambiantes del mundo.

No es casualidad que en su lista de cosas esenciales aparezca la vida mística contemplativa como primer elemento pues donde no hay visión el pueblo perece. Y es lo que nos está pasando cuando nuestro conocimiento de Dios se traduce sólo en fórmulas silogísticas y canónicas espigadas del Magisterio, de los Santos o de la Escritura o de otros sitios incluso. Al final, toda nuestra teología se vuelve un mero juego intelectual que da lugar o a un agnosticismo y nihilismo vestido de estructura eclesial para bien vivir y aprovecharse de lo que otros construyeron con otros fines o, peor, a un fanatismo que toma las verdades de la fe como una ideología de lucha que esconde una sed de poder, de sentido o de vida que, en el fondo no se tiene y que busca inconscientemente. Es un triunfo de la letra sobre el espíritu, de la voluntad sobre el intelecto, una continuación del racionalismo que, a la larga, convierte el Credo, el Rito y la Iglesia en cosas útiles en vez de cosas sacras, intocables por su propia santidad y por encima de las querellas e intereses humanos, dones puros de Dios, Padre de todos, a sus hijos. Porque para una razón que no reconoce superior como la caridad, fuente de todo conocimiento, todo se vuelve instrumento y útil de sí misma y, sobre todo, de la voluntad que hay detrás, un egoísmo disfrazado de ornamentos sagrados. Por eso puede mundanizarse, ya se ha vuelto del mundo y vuelve a su verdadera casa.

El fundamento de toda verdadera teología es amar para conocer y conocer para amar y el primer paso es aceptar la Verdad revelada por Dios como don. Von Balthasar da en el clavo de la esclerosis de la teología, de este racionalismo espantoso: Y nada de amor. No hay amor a la Verdad sino su uso instrumental, no hay amor a Dios sino a un ídolo de Él construido con manos humanas, ni a las personas ni a la Iglesia, vista como campo libre para la voluntad de los poderosos. No hay verdadero conocimiento ni visión, por eso los pueblos perecen y la Iglesia se seca desde su raíz y no da fruto.

Por eso se pudrió la vida espiritual de la Iglesia, la metástasis pasó a la vida intelectual y también se pudrió su vida política en sentido aristotélico y ciceroniano, la amistad entre sus miembros y la concordia entre sus estamentos en pos del Bien Común y la consecución de su fin último: la salvación de las almas a través de la Fe y los Sacramentos, vehículos del amor divino. Y aquí cita muy bien el teólogo, en su tercer punto, las consecuencias en la vida eclesial de la falta de Caridad, la racionalización de la jerarquía, su conversión en un estado funcionarial y administrativo, lleno de reglamentos, cánones y códigos, laberinto más parecido a los mohosos despachos del Proceso de Kafka que a la Iglesia que vio enjoyada San Juan y que, a pesar de sus pecados, nos retrató San Lucas en los Hechos de los Apóstoles. Vida artificial que sustituye a la verdadera Vida, una maquina, un robot frente a un ser vivo, una comunidad de hermanos, la familia de Dios sustituida por un totalitarismo eclesiástico que cuanto más pierde la vida interna más aprieta las clavijas para ser obedecido, que ha trocado la confianza por el temor, la obediencia por el servilismo, a autoridad. Tienen la potestad pero no la autoridad, que es la forma más noble de mando pues la obediencia no se basa en la coacción sino en el respeto. Sin la autoridad que nace del convencimiento de que lo ordenado es bueno tanto por su origen –por quien manda–, como por su ejercicio –lo que se manda–, es imposible el amor a su función y representación porque no hay una tarea común, una verdadera colaboración, una comunión de bienes, una res-publica cristiana. La falta de caridad es la madre de la injusticia y la tiranía pues la caridad, que transciende toda justicia, a la vez la sostiene y la completa ya que su fin es el bien. No es de extrañar que donde no abunda el amor, se desborde la discordia y la tiranía: un anticipo del reinado del Anomos.



Conclusión

“Señor, hiede ya, porque es el cuarto día”. 

Repúsole Jesús: “¿No te he dicho que, si creyeres, 

verás la gloria de Dios?” 

(Jn. XI 39-40)


Como  a un cuerpo al que la vida le ha abandonado, primero le sobreviene el rigor mortis, que le hace ser duro, frio, gélido e inamovible de su posición para pasar después a la corrupción, a fermentar, disolverse, a aguarse y a heder, pasto de larvas y gusanos cuyo movimiento aparente y frenético  no es de vida sino de muerte; la Iglesia sin su verdadera alma, sin la Caridad, es un cadáver, despojo de lo que fue, cenizas de lo que ardió que ni ilumina ni calienta a las almas que se le acercan sino que se apartan y se horrorizan por su frialdad, fealdad y hedor. Durante unos siglos soportó un rigor, severidad extrema de la iglesia ultramontana hasta que con el Concilio se pasó a la descomposición del catolicismo. Acaso ¿No lo refleja desaparición de la caridad el caso paradigmático descrito por Leonardo Castellani en el Ruiseñor fusilado y tantas veces repetido ante nuestros ojos? Quien hable con sacerdotes, seminaristas y fieles del montón, lo podrá atestiguar.

Y sin embargo, ahí está el Salvador que, si no abandonó al amigo en la muerte, menos abandonará a su esposa en  manos de las puertas del Hades, sino que la llamará afuera del sepulcro y la liberará de sus ataduras para vestirla con todas sus gracias y enjoyarla con todas sus virtudes. Y la volverá a injertar en la vid para que vuelva la Caridad por sus vasos y venas, reviviendo sus ramas, resucitando su vida y dará nuevos frutos de salvación en todos los ámbitos a través de la santidad de sus miembros. 

Donde no hay amor, poned amor y encontraréis amor. Esta es nuestra tarea fundamental, la piedra angular de la reconstrucción de la Iglesia, todo lo demás, todas las luchas y combates sin ella carecen de sentido o son un engaño. Dios pudo encargar el trabajo a San Francisco porque ya estaba enamorado hasta las entretelas del corazón. Y así pudo soñar Inocencio III que Santo Domingo y San Francisco sostenían San Juan de Letrán e impedían su derrumbe cuando fallaron las demás columnas: la Iglesia fue y es sostenida por el Amor de Dios que habitaba en estos dos santos. Imitemos su ejemplo.

lunes, 2 de septiembre de 2024

La desaparición de la Iglesia

 


En los últimos años se han publicado varios libros referidos a un hecho innegable: el declive de Occidente y el concomitante proceso de desaparición no sólo de la cristiandad sino también del  cristianismo. No es necesario aportar muchos datos para probar la afirmación. Lamentablemente, está a la vista de todos. 

Pero la pregunta que surge naturalmente es si la Iglesia católica está siendo arrastrada también por este proceso de disolución. Ya conocemos la respuesta de los gerontes conciliares: la Iglesia se encuentra en su mejor momento, viviendo las primaveras del bendito Vaticano II. Dejemos de lados estas senilidades y seamos sinceros también nosotros en cuanto al diagnóstico, aunque reconozco que diagnosticar en este caso, que no se trata del proceso inductivamente comprobado de una enfermedad, sino a las acciones libres de los hombres y al plan de Dios, tiene algo de profecía. Y como yo no soy profeta ni hijo de profeta, y estimo que tampoco lo son los lectores del blog, lo único que podemos hacer es ejercitar la inteligencia y aventurar lo que puede ocurrir.

Y en este ejercicio hay al menos dos principios que debemos cuidar con atención. En primer lugar, dejar de lado las revelaciones y devociones privadas, y me refiero a dejarlas de lado a la hora del análisis. Por ejemplo, no podemos pensar el problema tomando como insumo la premisa: “Al final, mi Corazón Inmaculado triunfará”, que no es más que una revelación privada, por muy venerable que sea, y que consecuentemente no integra el Depósito de la Revelación. Y en cuanto a ésta, debemos tomar las verdades transmitidas en el sentido más amplio posible. Por ejemplo, todos sabemos que “las puertas del infierno no prevalecerán” contra la Iglesia de Cristo. Lo que no sabemos es qué tamaño o extensión podrá tener la Iglesia en los tiempos postreros, y tampoco sabemos cuánto durarán esos tiempos con, eventualmente, una Iglesia reducida a la más mínima expresión.

Ciertamente que un análisis de este tipo no puede hacerse en un post; merece un libro, y en eso estoy. Sin embargo, en la brevísima extensión de un post sí pueden discutirse algunas ideas. Y yo quiero insistir con una idea que ya he traído a este foro en diversas ocasiones (por ejemplo, aquí y aquí) y es que el camino que seguirá la Iglesia católica si continúa por el sendero que tomó en el Concilio Vaticano II y que fue refrendado no sólo por Pablo VI sino también y sobre todo por Juan Pablo II, continuado por Benedicto XVI y acelerado brutalmente por Francisco, es el mismo que la iglesia anglicana tomó en el siglo XIX, y ya vemos cómo ha terminado: en su disolución, conservándose apenas un tinglado ceremonial debido, creo yo, al carácter naturalmente tradicionalista del pueblo inglés. Y, como todo tinglado, la iglesia de Inglaterra no es más que una estructura completamente vacía de contenido, habitada por cada vez menos personas —mayores y muy mayores— y cuya finalidad ha venido a ser la acción humanitaria y funcionar como una apetitosa bolsa de trabajo para todos sus funcionarios. 

Los pasos que siguieron los anglicanos en este proceso son exactamente los mismos que está siguiendo la Iglesia romana desde hace varias décadas. Por tanto, y haciendo un simple silogismo, debemos concluir que si ese camino los condujo a ellos al destino en que hoy se encuentran, nos conducirá a nosotros al mismo destino. No hay motivo alguno para que nos conduzca a otro sitio, a no ser la intervención milagrosa de Dios.

En los dos enlaces que incluí más arriba detallé las postas del camino anglicano que son las mismas, o muy parecidas, a las que ha tomado la Iglesia católica, y que podrían sintetizarse en una breve frase que John Henry Newman escribió a su madre hace dos siglos, cuando aún era anglicano, preocupado por la marcha que estaba tomando su iglesia, a la que encontraba empapada de “un espíritu que tiende a subvertir la doctrina como si esta fuera una derivación de beatería y disciplina o el instrumento de una abusivo sacerdocio”. Poco más de quince años después de escribir estas líneas, Newman se convertía a la Iglesia católica. Dos siglos atrás, él tenía dónde ir; nosotros no tenemos otro lugar porque estamos donde debemos estar: embarcados en la barca de la Iglesia que fundó Nuestro Señor aunque su timón haya caído en manos de astrosos y bergantes. 

La Iglesia católica romana, tal como la conocemos nosotros y tal como la conoció el mundo a lo largo de quince siglos, va a desaparecer, engullida por la desaparición de Occidente. Mi opinión es que ya no hay vuelta atrás. Pero no es momento para el desánimo o la desesperación; es momento para la prudencia que nos indique el mejor modo de resistir el embate, formando "minorías creativas" que permitan acoger a la mayor cantidad de hermanos que quedarán a la deriva cuando. Y es el momento del testimonio, porque fue justamente el testimonio o martirio de los primeros cristianos el que, con el gracia de Dios, terminó convirtiendo al mundo pagano. 

jueves, 29 de agosto de 2024

Carta de Marcel de Corte sobre Pablo VI y el posconcilio



Reproduzco aquí una carta que Marcel De Corte le dirigió a Jean Madiran en 1970 y que publicó Rorate Coeli. Trata sobre los terribles tiempos del posconcilio. Nosotros vemos ahora las consecuencias de la locura de esos años y del catastrófico pontificado de Pablo VI.


Marcel Marcel De Corte nació en Bélgica en 1905 y murió en 1994. Filósofo, heredero de la gran tradición aristotélica, contemporáneo de Jacques Maritain, Étienne Gilson, Gabriel Marcel y Gustave Thibon, enseñó en la Universidad de Lieja hasta 1975. Colaborador habitual de la revista católica Itinéraires y autor de más de veinte obras de reflexión filosófica, se interesó especialmente por las evoluciones sociales derivadas de la Revolución Francesa y de la Revolución Industrial, principalmente en lo que se refiere a la desintegración moral y social del hombre moderno.


Debo admitirte, mi querido Jean Madiran, que he estado tentado más de una vez de abandonar la Iglesia católica en la que nací. Si no lo he hecho, doy gracias a Dios y al buen sentido común campesino con el que me ha bendecido. La Iglesia —murmuro para mis adentros en este momento— es como un saco de trigo infestado de gorgojos. Por numerosos que sean los parásitos —y a primera vista, son enjambres—, no han esterilizado todos los granos. Algunos, por pocos que sean, siguen siendo fértiles. Brotarán y los gorgojos morirán cuando hayan devorado a todos los demás. Buen provecho, señores, se están comiendo su propia muerte.     

    Mientras tanto, sufrimos de hambruna, hambrientos de lo sobrenatural. El número de sacerdotes que nos distribuyen el pan del alma disminuye a un ritmo alarmante. En la jerarquía, las cosas son aún peores. Y en la cúspide, de donde podríamos esperar algún consuelo, son desastrosas.

    Confieso que Pablo VI me engañó durante mucho tiempo. Creía que intentaba preservar lo esencial. No dejaba de repetirme las palabras de Luis XIV al Delfín: “No temo decirte que cuanto más alto es el cargo, más cosas hay que uno no puede ver ni saber sino cuando lo ostenta”. No siendo ni papa, ni siquiera clérigo, me dije: “Él ve lo que yo no puedo ver, debido a su posición. Por lo tanto, confío en él, aunque la mayoría de sus actos, actitudes y declaraciones no me gusten, y sus constantes (aparentemente constantes) maniobras me hagan girar la cabeza. Pobre hombre, es digno de lástima, sobre todo porque es evidente que no está a la altura de las circunstancias... Pero aun así, con la ayuda de Dios…”

    Sin embargo —y esto es para gloria de la humanidad— no hay ejemplo en la historia de un engañador que no acabe desenmascarándose. Si uno se esfuerza demasiado por ser lo que no es, acaba revelando su verdadera naturaleza. Demasiada astucia resulta contraproducente. Los hombres están dispuestos a tolerar un poco de engaño, sobre todo cuando tiene un toque italiano. Pero hay un límite, y más allá de él uno deja de ser un buen actor y se convierte en prisionero de su propia farsa, enredado en sus propias hazañas de ilusión.   

    El punto de inflexión para mí llegó con la controversia sobre la Santa Misa. Hasta entonces, uno podía ser engañado y embaucado. Ese era el precio de los honores debidos a los poderes establecidos. Pero ahora se acabó el tiempo de “jugar conmigo”, como decía mi viejo profesor. Es una frase que utilizaba cuando estábamos en el campo, donde esa franqueza resulta natural, y era mucho más enérgico. El padre Cardonnel, lleno de literatura y vomitándola a todo el mundo, carece de esa deliciosa espontaneidad del lenguaje, de esa afirmación orgullosa y varonil de quien ya no soporta ser engañado ni por un momento. “Se acabó. Se acabó”, le decía al imprudente que había llevado las cosas demasiado lejos.

    Lo digo muy serena y reflexivamente, con toda la confianza de un hombre de estirpe campesina, donde el catolicismo se transmite de padres a hijos, donde lo sobrenatural es en sí mismo tangible, que ha pasado de cultivar campos como sus antepasados (de los que es bastante indigno) a cultivar mentes, de los que Dios ha sacado un hijo dedicado a la Iglesia, y que se siente, de pies a cabeza, profundamente enraizado en la Iglesia. Lo digo con firmeza, sin la menor vacilación: “NO. Ya estoy harto. No me van a tomar el pelo. No quiero que me lleven por el camino del jardín. No pretenderé que Pablo VI sea un nuevo San Pío X, profundamente transformado, para mejor, por supuesto, como corresponde a nuestra época progresista”.

    ¿Cómo atreverse a proclamar que no hay “nueva misa”, que “nada ha cambiado”, que “todo sigue como antes”, cuando nada o casi nada queda de la Misa que tantos santos apreciaron con amor? Cuando los "expertos" designados para trabajar en este proyecto de demolición por razones de utilidad pública lo han descrito una y otra vez como una verdadera "revolución" litúrgica. Cuando las simples conciencias de los fieles de a pie se han visto sacudidas por este trastorno. Como exclamó una anciana al salir de la iglesia el primer domingo de Adviento, aplastada por el "nuevo rito" (el adjetivo es de Pablo VI, a quien le gusta jugar con las contradicciones): "¡Eso! ¿Una misa? Ya no se reconoce!". Era tan evidente que el celebrante, por distracción o precipitación, ¡había omitido la consagración del vino! Pero, ¿qué importa eso en una misa en la que el concepto de sacrificio está, por definición, ausente?

    No voy a repetir aquí los argumentos en contra de esta nueva liturgia. Otros, bien informados, competentes y fiables, ya lo han hecho y lo han hecho bien. Cuando las opiniones de los expertos coinciden con el sentido común de un cristiano corriente, no es necesario añadir comentarios propios. Todo ha sido dicho ya por ilustres especialistas, experimentados teólogos y canonistas, sacerdotes y devotos religiosos, e incluso por aquella buena mujer común que expresó la más profunda y sentida protesta de las masas cristianas contra esta "transformación": "¡Ya no se reconoce!". Eso lo resume perfectamente: “Ya no se puede reconocer”. Los fieles lo perciben por instinto: “Ya no tiene nada de católico”.    

    Esta Misa representa, tanto en su conjunto como en sus detalles, un sorprendente alejamiento de la teología católica de la Santa Misa, tal como fue formulada en la vigésima segunda sesión del Concilio de Trento, el cual, al fijar definitivamente los 'cánones' del rito, erigió una barrera infranqueable contra cualquier herejía que pudiera atentar contra la integridad del Misterio. Las severas palabras del Cardenal Ottaviani difícilmente pueden ser discutidas por alguien de buena fe que haya estudiado el nuevo Ordo Missæ y considerado todos sus detalles. Nadie de buena fe puede ignorar su cruda realidad después de haber escuchado, como hicimos en Bélgica después del 30 de noviembre, cada domingo y en Navidad, "la nueva Misa", prefabricada por tecnócratas de la fe. Apretado entre una Liturgia de la Palabra pomposa y teatral y una Liturgia de la Comida de "autoservicio", el SANTO SACRIFICIO DE LA MISA, es decir, lo ESENCIAL, es despachado en un abrir y cerrar de ojos por un clérigo que, nueve de cada diez veces, según mi experiencia, no parece creer en lo que hace ni un solo instante.

    Repito: esto se ha demostrado exhaustivamente, y contra estas pruebas y argumentos no se ha ofrecido en respuesta más que retórica serpentina y jeremiadas.

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    Esta "nueva Misa" DEBE SER RECHAZADA con toda la energía y valentía del Padre Roger-Thomas Calmel, O.P. y de acuerdo con las directrices establecidas por Jean Madiran, incluso si necesitan ser ajustadas individualmente según sea necesario, con la debida cautela y dependiendo de las circunstancias, con la doble intención siempre presente en la mente: rechazar lo que es herético en el Oficio y aceptar sólo lo que es ortodoxo.

    Por mi parte, me tapo cuidadosamente los oídos con cera. Me escondo al fondo de la iglesia detrás de una cortina, cuya pantalla engroso sentándome en la silla más baja que encuentro. Leo la Santa Misa en el Misal que mi santa madre me regaló después de que el anterior que ya me había dado se hiciera trizas. Leo la Imitación de Cristo en latín durante la tontería que ahora pasa por sermón. Participo con todo mi corazón en la renovación del Sacrificio del Calvario. Obligo al sacerdote que distribuye la comunión en las manos de las "ovejas" que se le ha ordenado domesticar, a que me la dé en el comulgatorio, donde me arrodillo. Y durante el barullo final, salgo a meditar, rezando para que el Señor me haga aún más sordo al clamor del mundo, tanto en sentido literal como figurado.     

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    Debo decir que a veces me enfurezco cuando escucho alguna idiotez que llega a mis oídos, como ésta, cuya autenticidad garantizo: "Recemos, hermanos míos, para que entre los jóvenes de ambos sexos, reunidos por sus peinados y vestidos similares, no haya ya diferencia de sexo". Pero uno puede acostumbrarse a cualquier cosa, incluso a las tonterías más ridículas. Como bien decía Léon Bloy, hay que ser parco en el desprecio, porque hay muchos que lo merecen.

No disimulemos la verdad. Nuestro rechazo implica un juicio sobre los actos y las palabras de Pablo VI, e incluso sobre su persona, con la que debemos, contra nuestra voluntad, practicar la virtud de la "corrección fraterna", que Santo Tomás de Aquino consideraba una prolongación de las virtudes de la limosna y de la caridad, y que, según él, uno debe llevar a cabo incluso públicamente con sus superiores, después de haber agotado todos los medios ocultos para hacerlo (II-IIae, q. 33). Se puede presumir sin temor a equivocarse que un inferior tan respetuoso de la autoridad papal como el cardenal Ottaviani no hizo pública su carta memorial a Pablo VI sin haber ejercido antes toda la prudencia diplomática posible. "Si un superior es virtuoso", escribe un comentarista de la Summa, "aceptará con gratitud cualquier advertencia que pueda darle claridad. Será el primero en admitir que es justo advertirle y que no es intocable en todos los aspectos." Y añade, siguiendo a Santo Tomás, que la advertencia debe ser pública "cuando, por ejemplo, un superior declara públicamente herejías manifiestas o causa gran escándalo, poniendo así en peligro la fe y la salvación de sus subordinados."

El cardenal Ottaviani no es ciertamente el único que piensa que Pablo VI, con sus palabras y sus actos, “se aparta llamativamente de la teología católica de la Santa Misa”. En efecto, es inconcebible que el Papa se haya limitado a hojear un documento tan importante y lo haya firmado descuidadamente. El Ordo Missæ y la Nueva Misa que rechazamos enérgicamente son queridos e impuestos por Pablo VI a todos los católicos.

¿Cómo es posible semejante actitud por parte de un Papa en un momento tan crítico de la historia de la Iglesia? No puedo evitar hacerme esta pregunta. Y ya no puedo callar mi respuesta. Lo que está en juego es demasiado importante para que los laicos dejen que los sacerdotes de todos los rangos luchen solos, sin el apoyo de algunos de los fieles a los que han alertado del peligro, contra el "escándalo" de la nueva Misa.

    No se trata de indignarse, por tentador que sea, sino de comprender.      

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    Pablo VI es un hombre lleno de contradicciones. Es un hombre que ensalza el Santo Sacrificio de la Misa en términos grandiosos y tradicionales en su "Credo del Pueblo de Dios", pero que lo minimiza en la nueva Misa que impone a la Cristiandad Católica. Se trata de un hombre que firma y promulga las declaraciones oficiales del Concilio relativas al latín, "lengua litúrgica por excelencia", y al canto gregoriano, tesoro que hay que preservar celosamente, y que, además, se compromete públicamente a preservarlos, pero que reniega de su firma y de su palabra después de haber consultado, en un asunto tan importante como el modo de expresión del culto ofrecido a Dios, sólo a expertos de la liturgia, algunos de los cuales son sospechosos y otros pertenecen a comunidades cristianas disidentes. Este es el hombre que se ocupa de censurar el Catecismo holandés, pero que tolera la difusión de los errores dogmáticos que contiene. Este es el hombre que autoriza el Catecismo francés, cuyos errores, omisiones y distorsiones de la Verdad revelada son tanto más graves cuanto que está destinado a los niños, pero que investiga las desviaciones de la fe en todo el mundo. Este es el hombre que proclama a María Madre de la Iglesia, pero que permite que innumerables clérigos de todos los rangos manchen la pureza de su nombre. Este es el hombre que reza en San Pedro y en la Cámara de Reflexión de estilo masónico de las Naciones Unidas. Este es el hombre que da audiencia a dos actrices deliberada y provocativamente vestidas con minifaldas, pero que luego habla en contra de la creciente ola de sexualización en el mundo. Este es el hombre que le dice al pastor Boegner que los católicos no son lo suficientemente maduros para el control de la natalidad con "la píldora", pero que publica Humanæ vitæ, mientras permite que sea cuestionada por conferencias episcopales enteras.

    Este es el hombre que proclama que la ley sobre el celibato clerical nunca será abolida, pero permite que sea cuestionada sin cesar, mientras facilita que los sacerdotes que deseen casarse puedan hacerlo. Este es el hombre que prohíbe la comunión en la mano, pero que la permite, incluso autorizando a ciertas iglesias, por indulto especial, a que los laicos distribuyan las Hostias consagradas. Este es el hombre que se lamenta de la "autodestrucción de la Iglesia", pero que, a pesar de ser su jefe y cabeza, no hace nada para detenerla, dejando así que suceda por su propio consentimiento. Este es el hombre que emite la Nota prævia respecto a sus poderes, pero que permite que sea desechada en el Sínodo de Roma como anticuada y consignada al olvido, etc.

    Se podría hacer una lista interminable de las contradicciones del Papa. El hombre mismo es contradicción y versatilidad permanentes, así como ambigüedad fundamental.    

    Por lo tanto, hay dos posibilidades.    

    Un hombre que es incapaz de superar sus propias contradicciones internas y que las muestra abiertamente a la vista de todos, es incapaz de superar las contradicciones externas que encuentra al gobernar la Iglesia. Es un Papa débil e indeciso, como otros en la historia de la Iglesia, que oculta sus vacilaciones tras un torrente de la retórica que el emperador Juliano, llamado el Apóstata, denominó, hablando de los obispos arrianos de su tiempo que tan hábilmente la practicaban, "el arte de restar importancia a lo que importa, exagerar lo que no la tiene y sustituir la realidad de las cosas por el artificio de las palabras". A veces, en una sola frase de un discurso papal, el blanco y el negro se combinan y reconcilian mediante trucos sintácticos.      

    La segunda hipótesis no es menos probable: el Papa sabe lo que quiere y las contradicciones que muestra no son más que las que un hombre de acción, impulsado por el objetivo que quiere alcanzar, encuentra en su camino y no le preocupan lo más mínimo, llevado como está por la fuerza de su ambición.

    A este respecto, cabe suponer, sobre todo después del nuevo Ordo Missæ y de la nueva Misa, que la intención de Pablo VI es reunir en una sola acción litúrgica a clérigos y laicos de las diversas confesiones cristianas. Como cualquier político avezado, el Papa sabe que es posible unir a personas con "opiniones filosóficas y religiosas" fundamentalmente diferentes, como decíamos en las reuniones de mi juventud. Si este es el caso, podemos esperar en un futuro próximo nuevas manifestaciones de la acción ecuménica pontificia, siguiendo el modelo de las maniobras políticas.

    Es cierto que las dos interpretaciones del comportamiento de Pablo VI pueden combinarse. Un hombre débil huye de su debilidad o, más exactamente, de sí mismo, y se lanza a la acción, donde las contradicciones no son más que distintas fases de los cambios esenciales a la propia acción. Tales temperamentos están claramente centrados en el mundo y en las metamorfosis que implica, que influyen en las propias acciones. Se puede entonces aceptar sin dificultad un "catecismo nuevo", irreconciliable con el catecismo de antaño, "porque hay un mundo nuevo", como dicen los obispos franceses, y, en el lenguaje del mundo, "un mundo nuevo" no tiene nada en común con el anterior, como una moda nueva no tiene nada en común con una moda antigua. "Por tanto, ya no es posible", añaden, "considerar los ritos como permanentemente fijos en un mundo que evoluciona rápidamente". Nos han puesto sobre aviso: la nueva misa es semejante a la revolución permanente que atrae a todos los adolescentes y adultos que aún no han superado sus crisis de pubertad, ya que enmascara las contradicciones que no pueden superar, precisamente porque esas contradicciones son parte integrante de ellos.

    Los epígonos manifiestan este rasgo de la forma más clara, incluso exagerada. Marx decía que la historia repetía la tragedia de Napoleón I como una comedia bajo Napoleón III. Del mismo modo, cierto obispo belga, que me parece una especie de mini-Pablo VI, acaba de recibir el encargo de presentar la nueva misa al desconcertado público. "Esto", declaró en términos risibles, "marca el primer capítulo final de la reforma litúrgica en curso desde el Vaticano II". Se nos asegura que habrá un segundo capítulo final, y luego un tercero, y así interminablemente. El hombre que intenta huir de sí mismo a través del cambio nunca lo alcanza, a pesar de sus esfuerzos a veces cómicos.      

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    Desde esta perspectiva, es difícil encontrar dos papas en la historia que difieran más radicalmente que San Pío X y Pablo VI.

    Recientemente he releído la encíclica Pascendi. En casi todas las páginas, observo que lo que el primero rechaza, el segundo lo acepta, lo tolera y lo respalda.

    San Pío X fue la roca de la doctrina, un hombre que no abandonó su puesto ni a su pueblo durante la tormenta, y que no eludió ninguna de sus responsabilidades, como reconoce haber hecho Pablo VI en el notable discurso que pronunció el 7 de diciembre de 1968: "Muchos esperan del Papa gestos dramáticos e intervenciones enérgicas y decisivas. El Papa no cree que deba seguir otra línea que la de la confianza en Jesucristo, a quien su Iglesia está confiada más que a nadie. Es él quien calmará la tempestad".

    San Pío X no fue el hombre de gobierno únicamente pastoral que Pablo VI pretendió ser en su discurso del 17 de febrero de 1979, donde dijo estar "abierto a la comprensión y a la indulgencia". Fue más bien un Papa que siguió el ejemplo de sus predecesores, que defendió la sana doctrina con extrema vigilancia e inquebrantable firmeza, comprometido a salvaguardarla de cualquier daño, "recordando el mandato del Apóstol: Guarda el buen depósito'" (2 Timoteo 1:14)

    Para San Pío X, "Jesucristo enseñó que el primer deber de los papas es custodiar con la mayor vigilancia el depósito tradicional de la fe, rechazando las novedades profanas de las palabras", contra "quienes desdeñan toda autoridad y, apoyándose en una falsa conciencia, pretenden atribuir al amor a la verdad lo que en realidad es fruto del orgullo y la obstinación". Nunca habría concedido, como Pablo VI ha insinuado a menudo, que "la verdad se encuentra igualmente en las experiencias religiosas" de otras religiones, y que el mismo Dios es común a judíos, musulmanes y cristianos. Nunca habría "concedido honores a los maestros del error", como Marie-Dominique Chenu y los de su calaña para hacer creer que su admiración no se dirige sólo a las personas, que quizá no estén desprovistas de méritos, sino a los errores que abiertamente profesan y defienden".    

    San Pío X nunca habría sugerido que “el culto nace de una necesidad, pues todo en el sistema de los modernistas se explica por impulsos o necesidades interiores". Cuántos textos de Pablo VI podríamos enumerar aquí que afirman exactamente lo contrario, especialmente su discurso del 26 de noviembre de 1969, donde justificó su repudio del latín y del canto gregoriano en la nueva misa invocando la supuesta necesidad del pueblo de comprender su oración y participar en el oficio "en su lengua cotidiana." San Pío X no aprobaba la “ gran ansiedad de los modernistas por encontrar una vía de conciliación entre la autoridad de la Iglesia y la libertad de los creyentes", como hace constantemente Pablo VI. No profesó "esa doctrina tan perniciosa que haría de los laicos un factor de progreso en la Iglesia" ni buscó "compromisos y transacciones entre las fuerzas de la conservación y del progreso en la Iglesia para llevar a cabo los cambios y el progreso que exigen nuestros tiempos." Del mismo modo, San Pío X no siguió el método "puramente subjetivo" que impulsa a los modernistas "a ponerse en la posición y en la persona de Cristo y luego atribuirle lo que ellos habrían hecho en circunstancias semejantes", como hace Pablo VI cuando afirma, habiendo decretado unilateralmente el uso de la nueva Misa, que su voluntad "es la Voluntad de Cristo", el soplo del Espíritu que llama a la Iglesia a esta transformación", añadiendo, patéticamente, para mostrar que su inspiración coincide con la divina (aunque precisa que no es el caso en su Credo), que "este momento profético que atraviesa el Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia, la sacude, la despierta y la obliga a renovar el arte misterioso de su oración" (26 de noviembre de 1969). "Lo más seguro y seguro —decía San Juan de la Cruz— es huir de profecías y revelaciones, y si algo nuevo respecto a la fe se nos revela [la lex orandi es también lex credendi, y cualquier novedad manifiesta en el culto es novedad en la fe] no se debe consentir en modo alguno" (Subida al Monte Carmelo, 1. II, cap. 19 y 27).    

Por último, ¿no es evidente que detrás de las intervenciones de Pablo VI en la escena mundial se esconde la convicción, que San Pío X rechazó por perniciosa, de que "el reino de Dios ha ido desarrollándose lentamente en el curso de la historia, adaptándose sucesivamente a los diferentes medios por los que ha pasado, tomando prestadas de ellos por asimilación vital todas las [...] formas que servían a su propósito"?

    Como observó John H. Knox en un penetrante artículo en National Review (21 de octubre de 1969), no cabe duda de que "nunca ha habido y probablemente nunca habrá un Papa que se haya esforzado tanto por complacer a los liberales y que comparta tan sinceramente tantas de sus creencias." Y sin embargo, Pablo VI, en un acto de suprema contradicción, ¡califica este progresismo de modernismus redivivus!

    En cualquier caso, es evidente que Pablo VI comparte el objetivo principal de los modernistas de hacer que la Iglesia católica sea aceptable para las iglesias no católicas e incluso para todos los regímenes ateos, como sugiere su reciente discurso de Navidad (y muchos otros anteriores): China y Rusia merecen ahora la deferencia y la estima de los católicos. ¡Recordemos su apoyo entusiasta a la juventud china que Mao movilizó en la "Revolución Cultural"!

    Se trata de un sueño, de una ilusión cuya vanidad nos revela el propio Evangelio: la Iglesia, por muy atractiva que intente hacerse, nunca será amada por el mundo. Por dura que pueda ser nuestra valoración de Pablo VI, debemos decir, en última instancia, que a pesar de las innegables cualidades de su corazón, el Papa actual ve sistemáticamente las cosas de otro modo. El suyo es un espíritu falso.    

    Como todos los falsos espíritus, es inconscientemente cruel. Mientras que un contemplativo es gentil, un hombre de acción que, como Pablo VI, ve el objetivo de su acción a través de una lente onírica, es despiadado con las pobres almas de carne y hueso que no puede ver o que, si lo hace, considera obstáculos. Esto explica el carácter inflexible de Pablo VI, aparentemente en contradicción con su incapacidad para gobernar la Iglesia. Un hombre de acción es casi siempre inhumano, pero cuando se mueve en una atmósfera milenaria y espiritualmente triunfante, hay que temer entonces... Pablo VI avanzará, sin mirar atrás, aplastando toda resistencia...

A menos que Dios le abra los ojos... Eso sería un milagro...   


*

    No nos queda más que intentar incorporar a nuestras vidas la obligación que San Juan de la Cruz menciona en una de sus cartas: “Para tener a Dios en todas las cosas, debemos no tener nada en todas las cosas". La Iglesia ha entrado en la Noche Oscura de los sentidos y del espíritu, puerta de la Aurora. Su condición nos invita a entrar en la nuestra.


Esta fuente eterna está escondida en las profundidades,

Pues yo sé dónde tiene su resorte,

¡Aunque sea de noche!


Marcel De Corte

Profesor de la Universidad de Lieja