Maniqueísmo ingenuo


Hace unos días una lectora del blog, ejecutiva de una importante empresa multinacional, nos alertaba acerca del posible maniqueísmo larvado que podía existir en aquellos que rechazaban el mundo y todo lo que a él pertenece como malo y, por tanto, evitable y, aún más, aborrecible. Para nuestra lectora Aliena, el demonio no es el amo de este mundo, y ganar dinero no es tan malo como lo pintan.

Es sensata la advertencia de Aliena. El maniqueísmo ha sido siempre una tentación en el cristianismo y, al decir de Knox, cualquier entusiasmo cristiano está teñido de algún grado de maniqueísmo. Sin embargo, tampoco hay que ser ingenuos.

Ya Ludovicus advertía que negar que el Demonio sea el amo de este mundo es contradecir la palabra del Señor y la palabra apostólica. Hay que decirlo claramente, este mundo está en poder del Maligno, y ya está condenado, porque Él vino y no lo recibió. El concepto aión (o mundo, o siglo) que emplean San Juan y San Pablo para designar a este mundo, designa toda una economía temporal. “Este siglo” es este que nosotros vemos desarrollarse todavía frente a nuestros ojos, en los acontecimientos de “este mundo” en los que el diablo parece ser el amo.

Los ángeles convertidos en demonios y expulsados del cielo luego de su caída han establecido en este mundo su reinado y en él son como dioses. Y esto es así, a pesar del Opus Dei. Las expresiones de la Escritura no dejan lugar para las entelequias del marqués de Peralta. “¡Ay de la tierra y del mar! porque el Diablo ha bajado donde vosotros con gran furor, sabiendo que le queda poco tiempo”, dice el Apocalipsis (12, 12). Y San Pablo tiene dos expresiones extraordinarias: O Theós tou aionos toutou, “el Dios de este mundo” (II Cor. 4,4) y en Efesios 6, 13, habla de cosmoscrátores, es decir, “gobernante del mundo” refiriéndose al demonio.

Los cristianos, excepto el Opus y Aliena, siempre han tenido presente esta realidad. Sin embargo, a veces no resulta tan claro cuando por mundo nos referimos a la creación material. ¿Está también ella bajo el poder del demonio? Yo creo que sí, aunque haya que matizar. Y hay dos argumentos. El primero tiene que ver con lo que la Iglesia hace (o hacía hasta Pablo VI) cuando bendecía o “tomaba posesión” de algo material: lo exorcizaba. “Exorcizo te, creatura salis…”, para la bendición de la sal; “Exorcizo te, creatura olei…”, para la bendición del aceite, y el terrible y largo exorcismo de los fieles cristianos que se hacía durante la bendición del agua en las vísperas de la Epifanía, que comenzaba así: “Exorcizo te, omnis immunde spiritus, omnis satanica potestas, omnis incursio infernalis adversarii, omnis legio, omnis congregatio et secta diabólica, in nomine et virtute Domini Nostri Jesu Christi, eradicare et effugare a Dei Ecclesia, ab ómnibus ad imaginem Dei conditis…”. Alguien podrá decir que se trata de interpretaciones propias de la iglesia medieval o de los temerosos hombres primitivos. Sin embargo, la Iglesia hacía en su liturgia solamente lo que hicieron los apóstoles en su primera misión: echar a los demonios para tomar posesión, en nombre de Dios, de las cosas materiales.

El segundo argumento tiene que ver con la actitud de los primeros cristianos. Siempre me he preguntado por qué ellos aborrecían de tal modo quemar incienso frente a los ídolos. Un buen razonamiento podría decir que, si los ídolos son falsos, es decir, madera o bronce o piedra, quemar incienso ante ellos no significa nada, puesto que no es más que hacer humo perfumado delante de algunos elementos naturales. ¿Qué tanto mal habría en ello? La razón es mucho más profunda, y la encontré en Bouyer.

Si el ídolo es un pedazo de madera, de piedra o de metal, rendirle culto a ellos es rendirle culto a Satanás: “lo que sacrifican lo gentiles a los ídolos, lo sacrifican al demonio”, dice San Pablo (I Cor. 10, 19-22). Artemisa, o Baal o Astarté no son fantasías de madera, de piedra o metal; son falsos dioses, es decir, ángeles caídos, pero dotados en la tierra de un poder malvado y demasiado real. Ellos lograron hacerse adorar por los hombres bajo la cubierta de los elementos de la naturaleza que le están momentáneamente sometidos (Col. 2, 8-20). Así entendida, la idolatría de los elementos de este mundo no es otra cosa que la revelación del diablo y de sus ángeles en tanto se han convertido en señores de este mundo.

Demás está decir, claro, que no se trata hoy solamente de adorar madera o bronce o piedra. Es más peligrosa aún la adoración del dinero. Más allá del enigmático poder que tiene este poderoso señor que, a diferencia de cualquier otro bien material, jamás sacia, como explica Santo Tomás en la Summa, se trata nada más, y nada menos, que de adorar al príncipe de este mundo. Sólo así se entienden las palabras del Señor que hablan de la dificultad de que un rico se salve.

Castellánicamente hablando, es como pretender trepar un barranco después de la lluvia, todo barro, los yuyos flojos y un tipo arriba que nos empuja para abajo.

Tiempo


Inesperadamente, el comentario de un lector ha dado lugar a una interesante discusión. La cosa es si conviene tener un conchabo en el Estado, más o menos bien rentado (alguien hablaba de $ 10.000 mensuales) o trabajar en un buen estudio particular que permita mayores ingresos.

Cada una de las opciones tiene sus ventajas: el Estado permite la seguridad del salario que llega puntualmente a fin de mes. Con un buen jefe, o si lo somos nosotros, disponemos de tiempos para nosotros mismos durante el trabajo y estamos de regreso temprano en casa. Las desventajas son que la regularidad del estipendio mensual implica, también sus límites y pocas perspectivas de crecimiento y, además, la existencia a veces gris y anodina del funcionario que tan bien describe Dostoiesvsky en varias de sus novelas.

Para el segundo caso, las ventajas son que un ingreso mayor otorga mayor libertad a la hora de decidir cosas bastante importantes como la educación de los hijos o el lugar dónde vivir, además de posibilitar el progreso personal en la propia profesión. La desventaja es no tener tiempo para uno mismo sino estar siempre dependiendo del cliente que no tiene horarios para consultar, y tampoco para pagar. Y, también, el peligro que bien señalaba alguien en el blog de caer en la tentación del dinero que, como dice Santo Tomás, nunca sacia, y siempre exige quiere más.

Sin embargo, me parece que lo que está en el fondo de la discusión es el tiempo. Es decir, cuál de las dos opciones nos da más tiempo para hacer lo único importante. Pieper diría cuál trabajo nos deja más tiempo para no trabajar y estar ociosos. No está de más recordar que trabajamos para no trabajar, y que lo ideal es trabajar lo menos posible, digan lo que digan los opusdeístas.

¿Holgazanería? No, simplemente vacare Deum. Como decía PL – si mal no recuerdo – que no es posible la vida cristiana en serio sin contemplación, es decir, sin theoría. No es cuestión de trabajar poco para hacer otras cosas, por más santas que sean. Por ejemplo, y dicho con brutalidad, no es cuestión de trabajar poco a fin de tener tiempo para hacer apostolado. La cosa es tener tiempo para no hacer nada. La acción se caracteriza siempre por la transitoriedad. En el cielo no habrá acción. Habrá pura contemplación. Y la idea es empezar a tener un poquito de cielo aquí en la tierra.

Cada uno tiene su propio camino espiritual, que se adapta a las circunstancias concretas de su vida. Eso es verdad. Pero me parece bastante difícil avanzar en la perfección del conocimiento de Dios – y me refiero al conocimiento interior que nos enseña el Espíritu- sin espacios diarios de contemplación o, si se prefiere el término, de oración. Y no hablo aquí de fenómenos místicos y mucho menos de meditación ignacianista; hablo, por ejemplo, de la lectio o de la lectura contemplada de la Escritura; o bien del silencio y de la escucha de la Brisa que siempre sopla. (Sé que todo esto suena progre, pastelero y cursi, pero no encuentro ahora otro modo de decirlo).

Y, para lograr esto, me parece que es más fácil con el empleo en el Estado. Pero claro, como dice un pensador argentino contemporáneo, puede fallar. Es decir, no siempre funciona, y por muchas razones.

Por ejemplo, la búsqueda del “no hacer nada” puede comenzar a ser motorizada poco a poco por la pereza y, entonces, será cuestión de no hacer nada para hacer cosas que creemos muy importantes, porque son en apariencia apostólicas y porque permite roscas políticas y triunfos pasajeros, casi siempre del orden estrictamente temporal. Y la pereza, insensiblemente enseñoreada de la situación, terminará por justificar ya no el trabajar en el Estado sino medrar en el Estado, lo cual es un vicio tan funesto como el que podría tener el denostado gerente que se pasea en automóviles importados con asientos de cuero.

Otra falla que puede tener, y que he visto en varias ocasiones, es que provoca disgustos familiares. Quiero decir, los hijos no siempre lo entienden y, entonces, o bien rumbean para el lado opuesto, o bien son incapaces no sólo de trabajar en el Estado, sino de trabajar lisa y llanamente, empezando todo sin terminar nada, desembocando al fin en una depresión más o menos disimulada y acusando de por vida a su padres por la educación que le dieron y, sobre todo, por la que no le dieron. Conozco varios casos, y me llaman la atención. Sería bueno tratar el tema algún día en el blog.

La cosa es, en definitiva, de tratar de vivir en la tierra lo más parecido posible al cielo, donde sólo habrá ocio, es decir, nada de acción y pura contemplación. Cada uno verá cuál es el mejor modo que tiene para alcanzarlo.

(Me va a interesar sobremanera el comentario de Ludovicus)

Decepción


Decepcionante. Esa es la impresión que me queda de las últimas reacciones al blog. Salvo un porcentaje menor de lectores, o comentaristas, la preocupación de la mayoría ha sido discurrir sobre si la entrevista era real o ficticia, si Wanderer es Tollers, si es una o son varias personas, si es cura, seminarista o laico; si tiene hijos o no los tiene. Y ese es el interés que, en muchos, despierta el blog: propiciar la cacería del Wanderer. ¿Cuál es el objetivo? Sospecho que el puro gusto de ensañarse contra una persona concreta en tenidas manijeras sin discutir o cuestionarse las ideas que se expresan en el blog.

Creo que eso es lo más decepcionante: que gran parte la así llamada (o autoconvencida) intelectualidad católica argentina que frecuentaba el blog no discuta ideas sino que ataque al mensajero. Eso es fácil, y no remueve estanterías. Pero, para eso, creo que les conviene seguir leyendo Gladius o Cabildo.

Se enojan los nacionalistas porque critico el nacionalismo. ¿Es que el nacionalismo tal como es actualmente practicado es necesario para salvación? ¿Por qué debo ser nacionalista? Les recuerdo que hay una multitud de blogs y medios de comunicación que no son nacionalistas, y que son mucho más peligrosos que yo. El tono patoteril de muchos de los comentarios y el aparato de inteligencia puesto al servicio de la causa para descubrir al impío Wanderer los convierte, sin más, en piqueteros que se visten de gauchos. Se impone la fuerza bruta y los slogans aprendidos. No hay lugar, ni posibilidad (¿ontológica?) de discutir ideas.

Se enojan los kukús. Sin embargo, toda la información que ha salido en el blog es pública. Quiero decir, o está en Internet, o es vox populi o fue en algún momento vos populi. Si mi intención fuera la guerra anti-kukusa hubiera publicado algunos de los innumerables mensajes que me han enviado a mi correo privado con casos graves, escritos por ex-miembros del Instituto (seminaristas, religiosas y sacerdotes). Jamás lo hice. Jamás publiqué un chisme. Toda fue información chequeada y chequeable.

Se enojan los tomistas porque critico algunas posturas de esa escuela (pero nunca a Santo Tomás). ¿Es dogma de fe el tomismo? ¿Cuál es el problema en disentir con la escuela o, incluso si fuera el caso, con el mismo Santo Tomás? ¿Es que allí comienza y se agota la revelación? Pareciera que la posibilidad del diálogo debería quedar reducido a las distinciones escolásticas. Aventurarse más allá sería caer en la herejía y merecer la hoguera. Más aún cuando se nombran autores de doctrina dudosa como Newman, Lewis o Bouyer. Quis ut Deus! Persecución al impío!

Se enojan los lefebvristas. En numerosas ocasiones hablé del enorme mérito que tiene la Fraternidad de haber conservado la misa. Si no hubiera sido por ellos, no digo que se habría perdido, pero no jamás hubiese existido la resistencia al Novus Ordo de un modo institucional y, además, miles de fieles se habrían quedado sin refugio. Pero eso no implica aceptar todos y cada uno de los postulados o de los miembros de la institución. Quiero conservar mi libertad. Quiero pensar por mí mismo.

Estimados amigos nacionalistas, kukuses, tomistas y lefebvristas e, insisto, amigos, porque lo son en el afecto y en la fe (compartimos la misma fe, creo…): NO QUIERO COMPRAR EL COMBO. Déjenme elegir.

¿Qué actitud tomar?

1. Cerrar el blog. Lo pensé muchas veces a lo largo de estos casi tres años. Pero sostenía que Internet podía ser un buen medio de apostolado. Ahora lo estoy dudando seriamente. Posiblemente le daría la razón a quien, en este mismo blog, se oponía al uso de esta herramienta. Quizás, definitivamente, el apostolado deba darse uno a uno, en la reunión del grupo de amigos que se miran el rostro y dialogan en una búsqueda común.

2. Continuar tal como hasta ahora. Me parece que no tiene sentido. No tengo vocación de mártir.

3. Mudar el blog a Wordpress que permite un acceso restringido a las entradas mediante contraseña. Sería la reunión virtual de los domingos. Claro, no tendría cien lectores diarios. Apenas seríamos poco más de una decena. Pero quizás sería lo mejor. Lo pensaré el fin de semana.

Entrevista a Wanderer I


Accedí al pedido de Jack Tollers. Me entrevistó. Salió un poco larga -no tanto como la de él- y por eso la voy a publicar en partes. Una entrada de blog demasiado larga no la lee nadie.

Finalmente, se concretó la entrevista a don Wanderer. Me recibió en su casa. En los fondos de su patio tiene lo que en zonas criollas llamaríamos quincho pero, en su caso, es más bien un pequeño pub londinense, pintado de verde inglés y adornado con anuncios de whiskies y cervezas que denotan sus gustos alcohólicos.

Me anunció que no tomaba mate, ni dulce ni amargo, y me ofreció un perfumadísimo Earl Grey que, según dijo, había comprado en el Strand de Londres o, conociendo mis gustos, whisky con soda. Por supuesto, acepté esto último.

- Con lo que veo, Wanderer, no se queje que sus lectores digan que es anglófilo.

- No me quejo. Lo soy.

- Eso puede ser peligroso. Sus amigos nacionalistas odian a Inglaterra y a los ingleses. Es de rigor.

- Es verdad. Viene en el combo del buen católico argentino. Pero me tiene sin cuidado, sobre todo porque no conozco ningún anglófobo que alguna vez haya estado en Inglaterra. Terminan todos respondiendo a la ideología nacionalista.

- ¿Ud. cree que el nacionalismo es una ideología?

- Ciertamente lo es en muchos casos pero, siempre, es un producto de la modernidad. Es ideología en tanto responde a esquemas prefijados racionalmente teniendo en cuenta mínimamente la realidad inmediata o histórica. Me parece bien que en los colegios se enseñe una historia “tocada” a fin de presentarle a niños y jóvenes héroes que signifiquen modelos virtuosos a seguir, pero otra cosa es creérsela. Es en ese punto cuando se convierten en ideólogos. Pretender instaurar en la Argentina de hoy una patria católica, con estado confesional, renegando del FMI y de todas las empresas servidoras del capitalismo judío y yankee, es decir, de todas las empresas, es ideología, porque eso es imposible.

- Pero Ud. dice que el nacionalismo es un producto moderno. ¿Cómo es eso?

- ¿Ud. cree que en la Edad Media había nacionalismos? Imposible, porque en la Edad Madia no habían estados nacionales. Ellos son un invento de la modernidad racionalista y, tal como los conocemos ahora, de Napoleón. Es decir, son un invento reciente. Naturalmente, el hombre ama a su patria, pero su patria es su pagus, es decir, el lugar donde nació y creció, una medida geográfica bastante pequeña. Las “naciones” medievales no eran Francia, España o Alemania. Eran los condados o ducados en los que habían nacido, o ni siquiera eso: apenas el simple pueblito. Por eso, no existía un “francés”, sino que existían borgoñones, picardos, angevinos o bretones.

- Entonces, según Ud., Argentina es una construcción moderna y racional.

- ¿Le cabe alguna duda? Que es moderna, es innegable. Fíjese en las fechas nomás. Y que es racional y no natural, pregúntese, por ejemplo, si un jujeño tiene más cosas en común con un boliviano o con un neuquino o con un porteño. Lo que lo une a estos últimos son categorías racionales, la nacionalidad argentina, pero no naturales.

- ¿Entonces hay que tirar todo al diablo?

- No. Es lo que hay, y habrá que defenderlo a costa de algo mejor. Pero hay que ser conscientes de los límites que las naciones modernas poseen. Por otro lado Jack, Ud. no me tache a mí de anglófilo cuando los amigos de Ud. que enumera en la entrevista que le hice son casi todos ingleses…

- Me gustaría conocer a los suyos.

- Son casi los mismos: Newman, Tolkien, Lewis, Knox, Bouyer, Waugh…

- Es peligroso decir que Evelyn Waugh es su amigo. Tenía ciertas costumbres licenciosas el gordo…

- Le respondo como él mismo le respondería: middle class prejudices. (risas)

- ¿Por qué mantiene su blog Wanderer?

- Porque algo tengo que hacer; algún apostolado me refiero. A una parroquia no puedo ir porque soy anticlerical, así que me dedico de vez en cuando al blog.

- Vendría siendo el apostolado de la buena prensa.

- Algo así.

- ¿Y por qué Wanderer?

- En realidad, nunca se me ocurrió armar un blog en serio. Todo empezó como una diversión de fin de semana, como un replique del desaparecido blog del amigo Cruz y Fierro. Y la palabra Wanderer me parece muy sugestiva. Siempre me impresionaron los versos de Tolkien: “O Wanderers in the shadowed land dispair not…” Siempre me consideré uno de los wanderers de la Tierra Media, soportando such a burden como soportaba la compañía del anillo, atravesando un bosque tenebroso o las cavernas de Moira, pero con la certeza de que el rey de Gondor está regresando y establecerá nuevamente su reinado, derrotando para siempre las fuerzas de Sauron.

- Me suena muy pagana su concepción de la vida. Casi ni parece cristiana.

- Qué diría el padre Fuentes, ¿no? (risas)

- En realidad ya lo dijo. Habrá leído seguramente sus reflexiones en las respuestas del teólogo. ¿Qué le parecen?

- Un disparate. Primero, me interesaría saber si Fuentes leyó a Tolkien, y si lo leyó, con qué espíritu lo hizo. Fuentes no entiende el mito.

- ¿Y eso es un problema?

- Yo creo que sí, porque es una seria dificultad para entender el cristianismo. El cristianismo es un mito; un mito verdadero, como decía su amigo Lewis. Y eso es lo más bello y profundamente reconfortante de nuestra fe: que la maravilla de un mito (una caída original, un Redentor que es el mismo hijo de Dios que se hace hombre, su obra de redención, el envío del Consolador que nos deifica, siete signos sacramentales que obran el milagro que dicen, un futuro de felicidad absoluta e inamisible) es verdadera y está siendo obrada en nosotros. A mí me parece que cuando desaparece el carácter mítico del cristianismo, se lo racionaliza y termina convirtiéndose en una doctrina.

- ¿Pero el cristianismo no es una doctrina?

- También es una doctrina, pero el cristianismo es fundamentalmente vida. Si el cristianismo fuese una doctrina, es decir, un armado lógico de proposiciones, la fe terminaría siendo la adhesión a un silogismo, como lo es para muchos tradicionalistas. Pero el cristianismo no es eso: es algo mucho más bello. Es la participación en la misma vida trinitaria, como dice San Pedro en su primera carta. Y es por eso que hay mártires, que son capaces de entregar la propia vida para ganar la Vida en serio. Ser mártir de una doctrina… no sé, no me convence. Yo no sería mártir del tomismo, por ejemplo, por más que respete y me haya formado con Santo Tomás.

- Espere Wanderer, que ya me ha pasado de largo por dos temas que quiero que hablemos: los kukús y el tomismo. Empecemos por el primero. Ud. sabe que muchos lectores de su blog se quejan por su insistencia en pegarle duro al IVE y no hablar de otras situaciones similares, según ellos, como los Miles Christi.

- Yo hablo de lo que se. No conozco suficientemente a los Miles para hablar sobre ellos. A lo kukús, sí los conozco.

- Se dice que Ud. fue kukú en algún momento.

- A Dios gracias, nunca lo fui, aunque estuve cerca. Pero tengo muchos amigos y gente cercana que sí lo fue, o lo es aún. Y veo el daño enorme que les han hecho. Por eso es que, en mis mínimas posibilidades, quiero desenmascarar el engaño y advertirles.

- ¿Cuál es el problema kukú?

- No sé si se podría sintetizar un solo problema, pero podría decir que lo más preocupante es su carácter sectario.

- Según Ud., entonces, son una secta. ¿No le parece demasiado?

- Ud. Jack ha leído la obra de su amigo Ronnie Knox, Enthusiasm, que se niega a traducir (risas). Analice las notas que el autor le atribuye a la gran cantidad de movimientos sectarios que se han producido a lo largo de la historia de la Iglesia, y se sorprenderá al ver cuántas de ellas pueden aplicarse llanamente al IVE.

- ¿Por ejemplo?

- Fíjese que es notable cómo hay en ellos una gran preocupación por alcanzar la propia salvación. Esta obsesión por salvarse es propia de todos los movimientos sectarios. Si Ud. observa los nacimientos de las órdenes religiosas más tradicionales, los franciscanos por ejemplo, queda claro que lo que busca San Francisco es la gloria de Dios, y la salvación personal y del grupo vendrá como consecuencia. En los kukús, por el contrario, pareciera que la salvación es obra humana, y no sólo la propia, sino la de todo el mundo. De allí esa urgencia apostólica, casi frenética, de querer llevar por la fuerza a todo el mundo a la salvación, como si eso dependiera de ellos. Y, lo que es peor, muchísimas veces identifican a la salvación con la pertenencia a su grupo. Es decir, el reaseguro de la propia salvación es la pertenencia al IVE. Ellos pretenden ser algo así como los elegidos de Dios, y la pertenencia a este nuevo pueblo otorga una ciudadanía particular que asegura la salvación eterna. Salvarse ya no pasa por haber recibido el bautismo y por la acción del Espíritu en nosotros, sino por la pertenencia a un grupo determinado, grupo que se constituye, además, en una suerte de nación santa, que posee derechos particulares. Así, entonces, sólo a regañadientes se someten a las reglas civiles y eclesiásticas propias de los profanos, quienes no tienen, propiamente, derechos, y por eso es lícito mentir o robar, si viene al caso. Viven en una especie de Útica catoniana, un pequeño estado personal teocrático, cuyo intérprete y factótum es el líder.

- Es decir, Buela. ¿Y cómo se explican entonces los grandes frutos que tienen?

- Me extraña Jack que Ud. me venga con un argumento tan básico.

- No es mi argumento; es el de numerosos defensores del IVE.

- Veamos. En primer lugar, los frutos no son del IVE. En todo caso, son de Dios, que usa cuando quiere y como quiere los instrumentos que quiere. Dios no está atado a un hombre ni a un grupo de hombres para llevarle la gracia a los hombres. Él es Dios, y eso marca una diferencia importante. En segundo lugar, su argumento se reduce al siguiente silogismo: “Todo lo que produce frutos buenos viene de Dios”, “El IVE produce frutos buenos”, por lo tanto “El IVE viene de Dios”. Yo no creo que Dios se atenga a las reglas de la lógica aristotélica, y la cosa no me parece tan clara y simple como lo plantea el silogismo. No niego que haya frutos buenos en el IVE como lo hay en muchas otras organizaciones (¿No son frutos buenos, acaso, lo que logran los pentecostales que trabajan en las cárceles?), pero el IVE tiene también otros frutos que no son tan buenos pero que, lamentablemente, son muchos, y Ud. Tollers los conoce, y los conocen muchos vecinos de Bella Vista, y callan. Y está bien que lo hagan para evitar el escándalo. Pero le aseguro que los abundantísimos jirones de vida que van dejando, no son precisamente frutos buenos. Preguntenle a Lula, por ejemplo.

- ¿El presidente de Brasil?

- No, al otro. Nadie le contestará, por cierto. Seguramente es otro desaparecido, habiendo sido, como fue, uno de los emblemas más preciados del IVE.

- Una de las entradas de su blog que más dio que hablar fue en la que se refirió a la UCA, y acuñó el célebre concepto de “ucatomismo”. ¿Qué es el “ucatomismo”?

- El “ucatomismo” es un tomismo sintético. Es decir, una doctrina que se pretende seguidora fidelísima de la enseñanza de Santo Tomás, con actitudes casi fanáticas, cuando, en realidad, en muchos casos no es más que una doctrina à la carte, en la que toman de Tomás solamente aquello que les gusta que, casi siempre, es aquello que puede ser expresado con ideas claras y distintas, perfectamente distribuido en tranquilizadores silogismos, y desechan o subvaloran toda la tradición mística y neoplatónica que es tan importante en el corpus. Yo me formé durante muchos años en el ucatomismo, y sé de lo que hablo. Claro que estas opiniones han provocado que algunos amigos se distanciaran pero bueno, no voy a negar lo que pienso…

- Sé de lo que habla. A mí me pasa lo mismo.

- Ya lo sé Jack, lo dijo en su entrevista. La vie c´est comme ça…

- Pero la intelectualidad católica argentina es ucatomista…

- ¿Intelectualidad católica argentina? ¿Qué es eso? (risas)

- …

- No existe, ni existió, salvo casos aislados, una intelectualidad católica argentina…

(Continuamos en una próxima entrada)

Aparición con vida YA



Debido al clamor popular expresado en comentarios y correos electrónicos y a pesar de las presiones, reaparece el post acerca de los Desaparecidos Kukús.
Si aparezco muerto en alguna zanja, ya saben por dónde buscar.

Una de las prácticas de Stalin durante su largo gobierno de la Unión Soviética fue la de fabricar la historia a su conveniencia. Hoy diríamos que tenía un Indec histórico que refrendaba los relatos del pasado que él mismo consideraba más convenientes para la Revolución. Caso típico fue la matanza de Katyn, achacada durante décadas a los nazis, y recién admitida por el gobierno ruso como de su responsabilidad en 1990. (By the way, recomendable la película de Wajda sobre este episodio).

El general Videla, cuando gobernaba nuestro país, tuvo algunas expresiones cínicas, mal que nos pese, con respecto a los desaparecidos: “Son desaparecidos, no están, son una incógnita, no tienen entidad”. Y todos sabemos que estaban, en algún lugar y en algún estado.

Parece que Karloncho ha aprendido de estos maestros y, con habilidad, se ha dedica a re-escribir la historia del IVE haciendo desaparecer a más de un personaje molesto.

Ya me he referido en otras ocasiones al padre Carlos Nadal, co-fundador del Instituto y fundador, junto con la hna. Cristina Neckan, de las Servidoras de Matará. Cuando ambos descubrieron la farsa de Karloncho y la manipulación de la que ellos, y todos los que de ellos dependían, eran objeto, dejaron el IVE. Lo que sobrevino fue una terrible persecución que obligó a la madre Cristina a refugiarse en su Austria natal (hoy de regreso en su lugar santiagueño de misión), y al p. Nadal a huir a Río Gallegos, luego de estar al borde la muerte. Aún pueden leerse las terribles declaración de este devoto sacerdote acerca de lo que le tocó vivir dentro del IVE y acerca de la personalidad del, ahora único, Padre Fundador. Fueron publicadas en un medio local mendocino.

Lo curioso es que este episodio incómodo de la historia del IVE ha sido silenciado. Si se exploran con cuidado las numerosas páginas web del instituto, solamente aparece mencionado el padre Nadal como concelebrando una misa en el Carmelo de Salta en 1985 en unas crónicas escritas por Marcelo Morsella. Luego, el silencio. Ni siquiera aparece mencionado en el sitio de las matarazas, lo cual sería lógico que ocurriera siendo, como fue, su Fundador. Hijas desagradecidas, niegan a sus padres.

Otro caso curioso es el del padre José Luis Solari. Él fue uno de los seminaristas fundadores del IVE. Vocación tardía, entró de grande al seminario, por lo que era conocido entre sus compañeros como “El Viejito”. Su tarea más importante, absorbente y dedicada, durante toda su formación sacerdotal fue manejar y reparar la “Moby”, es decir, el viejo colectivo blanco que trasladaba a los pichones kukús.

El padre Solari tuvo destinos de cabotaje. Sin embargo, en un capítulo general de 1994 realizado en El Nihuil fue elegido superior general del Instituto del Verbo Encarnado en reemplazo del fundador Carlos Buela. Desempeñó su cargo durante algunos años hasta que, pasado el peligro y conseguida las protección del Padrino, Karloncho pudo volver a comandar la nave.

El padre Solari fue constituido provincial en Perú pero, luego de un tiempo, decidió dejar el Instituto y pasar al clero secular. En la actualidad, se desempeña pastoralmente en una diócesis toscana.

El padre José Luis Solari es otro de los desaparecidos del IVE. Aun habiendo ocupado el cargo más alto dentro del Instituto, su nombre ha sido borrado de las crónicas y anales. Dentro de las páginas web del IVE, solamente es mencionado accidentalmente en una ocasión, en el relato escrito por un seminarista de unas misiones populares realizadas en Perú en 2001. Pero el padre José Luis Solari existió. Quienes lo duden pueden leer esta nota de La Nación.

A mis amigos y vecinos defensores de la Congre, que se enfadan cuando aparecen este tipo de post, los desafío a que pregunten a jóvenes miembros de las Servidores o del IVE, si alguna vez escucharon hablar, en la historia oficial del Instituto, del padre José Luis Solari y de su generalato, o del fundador padre Nadal, o de la fundadora Cristina Neckam.

Les adelanto la respuesta. El experimento ya lo hice. No tienen idea de quiénes fueron. Jamás se les habló de ellos.

“Son desaparecidos, no están, son una incógnita, no tienen entidad”.


Nota bene: Quienes deseen más información, alguna buena y la mayoría falsa, sobre las históricas andanzas kukusas, pueden ver el blog del Perro.

La develación de Jack Tollers


Jack Tollers, frecuentemente confundido con Wanderer, accedió a una entrevista, y se develó.
Podrán descargarlo desde su página (ver en las solapas superiores de esta página). Está hacia el final, bajo el título: "¿Quién dibalos es Jack Tollers?".
Ahora anda con ganas de hacerle él una entrevista a Wanderer. Veremos si se viene la segunda develación.

Jack responde, a P.L.


Jack Tollers le responde a P.L. quien, en un comentario, cuestionaba la conveniente de un medio como Internet para tratar temas tan serios como los de este blog.
Jack se enoja porque en el blog los post, y los temas, pasan muy rápidos. Pero esas son las reglas. Un blog que no se renueve, al menos dos veces por semana, comienza a languidecer y, irremediablemente, muere.
Aquí va, entonces, su atrasada respuesta, que publico antes que me envíe el reportaje (¿o lo publicarás en tu página?). Igualmente, ya hay varios post haciendo cola, dos de ellos referidos a las últimas correrías kukusas. Imperdibles!


Estimado P.L., ¿qué puedo decirle? No sé qué pensar sobre su comentario.

Pongo ejemplo. Usted dice que mi trabajo es “excelente” y a continuación sostiene que le esquivé a la crítica más pesada que se puede formular a un blog en cuanto tal. Pero no esquivé nada. No habré sido tan extenso en la misma impugnación que le hace usted, Ludovicus y cualquiera con dos dedos de frente, pero me parece que en la primera dificultad se formula eso de que “el medio tiende a la cabacanería”. Y me parece que está medianamente contestado con aquello que dice Ludovicus, ¿no?

Es lo que hay (¿y qué cosa hay que no “tiende a la chabacanería” en los días que corren?).

Un amigo me dice algo parecido a lo suyo, que para hacer un lechón al horno de barro se necesita un buen horno de barro, no siendo lo más recomendable un microondas. Y ambos tienen razón.

Excepto cuando alguien se está muriendo de hambre. Porque lo que nadie puede dudar es que allá fuera hay mucha gente “muriéndose de hambre”, a quienes nadie les enseñó nada, que fueron intoxicados con la “hermenéutica de la ruptura” (Ratzinger), que están asfixiados bajo “el matrix progre” (Prada), que se mueren de hambre porque los que les pueden dar de comer somos “nosotros, los perros” (Madiran) que somos censurados a rajatabla.

Esto que pongo, que no disponemos de prensa, publicaciones ni púlpito es un resumen un tanto escueto de una larga experiencia.

Primero, los tradicionalistas tienen que romperse el lomo por aprender de sus mayores. Hecho (pasablemente) por algunos que conozco. Los hay incluso que aprendieron griego y latín, algunas lenguas vivas más, Patrística, Metafísica, Lógica, Historia de la Iglesia, Teología, Antropología, etc.

Segundo. Pero luego tienen que aprender a “vivirlo” en su existencia diaria y reformular las viejas verdades de siempre para que sean comprensibles para sus contemporáneos. Hecho (bastante bien) por algunos que conozco.

Tercero. Si se puede, conviene que aderecen la cosa con humor, con elegancia, con humildad, con versatilidad en la expresión, con gestos de magnanimidad, con elocuencia, con buenas maneras, con recurso a la poesía, al cine, a otras lenguas a lo que sea que sirva para despertar la atención de nuestros prójimos. Hecho (más o menos, siempre se puede mejorar), pero en algunos casos que me sé, brillantemente.

¿Qué pasó después? Después de muchos años, de muchos esfuerzos, de sostenido empeño y trabajos de todo tipo, los echaron de las cátedras que tenían, entre conocidos y familiares se los miraba con recelo, con desconfianza, en grupo de amigos llegaron a impedirles hablar a fuerza de interrupciones intempestivas o denuestos, les rechazaron sus escritos, no les publicaban sus piezas.

El caso que mejor conozco es de un grupo de tipos que se habían deslomado durante años por educar chicos en un colegio—trabajo arduo, ingrato y sumamente esforzado si los hay, que requiere máxima inteligencia, máximo empeño. Y cuando quisieron hacer un colegio propio, conocidos y “amigos” (que durante aquellos años se dedicaron a cualquier otro menester, principalmente el de ganar plata, y algo de plata tenían) los denunciaron ante el obispo, los traicionaron prolijamente, se encargaron de impedir que obtuviesen cualquier clase de apoyo (económico, de autoridades, de lo que fuera) y los vilipendiaron hasta el cansancio. Con sumo éxito. No pudieron hacer el colegio que querían, muchos se quedaron sin cátedra, sin alumnos, confinados a un silencio compulsivo. Todo lo que habían aprendido, todo su experiencia docente, todos sus conocimientos, toda su vocación, bloqueada, silenciada, eliminada, reducida a nada, sus puestos ocupados por otros que no les llegaban ni a los talones.

Algunos probaron con cartas también. Consideradas y extensas con un solo destinatario en la mira. La mayoría no fueron contestadas. Cartas inútiles.

Y ahora los reputean porque les da por escribir en el blog de Wanderer.

Es como Peter Sellers con la trompeta en “La Fiesta Inolvidable”: al final son los propios que se dan vuelta y lo fusilan, hastiados de tanta estridencia. Pero la analogía renguea, porque en este caso la trompeta para la batalla suena bastante diáfana y le sirve de alimento para “los perritos que debajo de la mesa comen de la migajas de los hijos” (Mc. VII:28).

Y aquí hace falta aclarar que muchos de estos censuradores son “re-católicos”. ¿Cómo se atreven? A fuerza de reflexionar sobre el asunto, me parece que es porque introducen una extraña distinción entre “el testimonio de fe” o “el apostolado” por un lado, y cualquier otra comunicación de verdades (formalmente religiosas o no, lo mismo da). Por supuesto que nadie ha tenido el tupé de señalar por dónde pasa la línea que distingue una y otra cosa, y ni siquiera han tenido la audacia de sacar a la luz esta estúpida distinción. Y sin embargo así parecen pensar: que un catequista, un predicador, un abogado pro-life pueden hablar libremente—pero otros, no. Porque hablan de cosas molestas, porque introducen distinciones difíciles, “buscan el pelo en la leche”, o dicen cosas políticamente incorrectas. En esto, el de Castellani es el ejemplo que mejor conocemos, pero hay muchos más. En los últimos años el refinamiento ha llegado a tanto que incluso directamente suprimen la cátedra del profesor con tal de que no hable más (conozco dos caso recientes).

Como lo dijo, inmejorablemente, Bruckberger:

Si los católicos no aman la verdad, es que nunca les han enseñado a amarla, nunca los han alentado a amarla.

Y cuando alguno de ellos se atreve a decirla, ¡qué de exclamaciones ahogadas se comienzan a oír!: ¡Chsst! ¡Chsst! ¡Cállese! Sabemos todo eso pero ¡son cosas sobre las que más vale no decir nada! ¡Eso haría mal a la religión! ¡Tenemos bastantes problemas como éstos!

Toda mi vida he oído tales cuchicheos en las sacristías.

No sólo los católicos no aman la verdad sino que llegan a profesar un odio asesino contra quien la ama lo bastante como para decirla muy alta, sin importarle las consecuencia de nada.

Pero no podemos callar voluntariamente, está prohibido y ay del tradicionalista que no intenta con todo su talento, con todo empeño y con toda insistencia el ministerio del “alli tradere” es reo de defección.

Ay de Castellani si hubiese callado, ay de San Pablo si hubiese callado. O como lo dijo Jacques Loew:

La tentación del apóstol (y eso bastante antes de que llegue a viejo) es la de aflojar en el combate: la carrera está demasiada plagada de pruebas inesperadas. Pablo esperaba un combate “como un buen soldado del Cristo”, pero se lo imaginaba cara a cara con la infidelidad, cada uno explicando su posición. Y sin embargo, resulta que no se lo quiere escuchar: “otro día te oiremos”.

Nuestro Señor se lo dijo a los fariseos: “¿Por qué, pues, no comprendéis mi lenguaje? Porque no podéis sufrir mi palabra” (Jn. VIII:43). Y claro, si el Verbo hubiese callado, se habría ahorrado la crucifixión (la Cruz no es sino una inmensa mordaza, sino que Él hace que eso se convierta en un inmenso altoparlante. Ahora, insisto, no hubiese hablado, no habría habido Cruz). Y rige su palabra, siempre: “Si he hablado mal, dime en qué. Pero si no…”

El blog es un medio medio mediocre, puede ser, qué sé yo. También lo es un cadalso, desde el que Edmundo Campion seguía hablando (explicando por qué las nuevas doctrinas eran heréticas o peligrosas) mientras lo destripaban. Pero no podía hacerse oír: simultáneamente un pastor tapaba su voz con prédica protestante mientras la plebe abucheaba al mártir. Igual murió intentándolo.

En un medio de mierda, cómo no.

Los semiólogos coinciden en que es mejor la tradición oral que la escrita, que es mejor la pluma que la máquina de escribir, que es mejor la máquina de escribir que el ordenador, que es mejor el ordenador que los mensajitos de texto y así ¿no? (las señales de humo sirven para avisar que viene el enemigo, pero no para distinguir entre el acto y la potencia).

Pero a mí, en pleno kali-yuga, todavía no lograron reducirme a eso, y antes de que me lleven preso, quizá alcance a mandar uno de esos mensajitos, de esas señales (ni tengo celular, aparatos que odio con toda mi alma).

“Toda vrdad no importa kien la diga procd dl E.S.”

O algo así.

Y después, y bueno, qué le vamo’ a hacer. Con un poco de suerte, finalmente me harán callar, nomás.

Abrazo, Patrología Latina (o témpora, o mores).

J. T.

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