sábado, 23 de mayo de 2015

Irenitas argentinos



Sabía desde hace tiempo de la existencia en Argentina de la asociación "Nuestra Señora de la Cristiandad" cuyo principal objetivo es organizar la peregrinación anual de Rawson a Luján. 
Cualquiera estaría tentado de pensar que la iniciativa no es más que un remedo de la experiencia francesa: es justamente la asociación Notre-Dame de Chrétienté la que organiza la famosa y multitudinaria peregrinación París - Chartres de la que participa el catolicismo tradicional francés y europeo. Pero -dirían algunos- Argentina no es Francia, Luján no es Chartres y mucho me temo que Rawson no es tampoco París.
Sin embargo, por lo que he podido ver en su página y el video que aquí comparto, Nuestra Señora de la Cristiandad no es en absoluto una burda imitación sino la saludable recreación de una iniciativa que vale la pena conocer.
Cuando escuchaba las reflexiones de los participantes de la romería que intervienen en el video, no pude dejar de pensar que, en el fondo, no son más que habitantes de San Ireneo de Arnois, el ya casi mítico poblado de El despertar de la Señorita Prim, que no es un lugar sino un estado del alma y, por eso mismo, sus habitantes pueden vivir en cualquier país y en cualquier época. 

viernes, 22 de mayo de 2015

Dejate farandulizar


Breaking news: Para la Conferencia Episcopal Argentina, la "farandulización de la política es penosa", y su Secretario General, Mons. Humberto Malfa, opinó que "debemos subirnos al carro de Francisco en el nivel conceptual" de su pontificado.

Perfecta coherencia, le dicen. 

jueves, 21 de mayo de 2015

Darse cuenta

Decía Chesterton que, cuando algo ocurre, primero ocurre y después uno se da cuenta. En otras palabras, es habitual no darse cuenta de lo que está ocurriendo mientras está ocurriendo, sino cuando ya ocurrió. Y es entonces cuando nos espantamos con la atrocidad de lo ocurrido. 
Hace pocos días coincidíamos con un amigo en que resulta muy difícil caer en la cuenta de lo que está ocurriendo en la Iglesia y calibrar su gravedad. Aquí va una recopilación de lo ocurrido en los últimos días:

1) En este video, el cardenal  Rodriguez Madariaga entona con el solo acompañamiento de sus palmas, un himno en honor al Papa Francisco. Produce vergüenza ajena, lástima y bronca. Este lamentable personaje, además de ser arzobispo de una importante arquidiócesis centroamericana, es el líder del G9, es decir, el grupo de purpurados que colabora estrechamente con el Santo Padre en el gobierno de la Iglesia. 
Si Rodriguez Madariaga no hubiese entrado en religión, ciertamente no habría pasado de dependiente de un mercado de barrio. Un personaje menor, incapaz y ridículo. ¿Alguien puede pensar, por ejemplo, en San Ambrosio cantándole este tonadita al papa San Siricio? Y para no poner la vara tan alta, ¿alguien imagina al cardenal Aramburu entonando cantitos aduladores a Pablo VI?

2) Un obispo colombiano, Mons. Mons. Juan Vicente Córdoba, se despachó de un modo propiamente increíble, en la forma y en el contenido, acerca de los homosexuales y su vida de perversión, tal como reportamos en este blog. Días después, y presionado por el episcopado colombiano, el obispo jesuita se disculpó, aunque hubiese sido mejor que no dijera nada. Entre otras cosas, afirmó: “Para ilustrar a los asistentes sobre dicha realidad -desconociendo la presencia de medios de comunicación en la sala- me permití utilizar algunas expresiones coloquiales que, fuera del contexto del encuentro académico y del diálogo establecido con los asistentes, resultan claramente desafortunadas”. Es decir, las cosas que dijo era cosas “secretas”, para ser dichas solamente al grupo de iniciados en ciertas doctrinas y ciertas prácticas, ya que no hubiesen sido dichas s hubiera sabido que allí estaban los medios (Que vuestro hablar sea sí sí, no, no, dice Nuestro Señor en el Evangelio [Mt. 5,37). Además, el prelado de la Compañía considera que su vocabulario soez y grosero (“De la abundancia del corazón hablan los labio”, dice el Señor [Lc. 6,45]), indigno no ya de un obispo sino de un cristiano, es lenguaje académico, es decir, lenguaje propio del ámbito universitario. ¿Qué diría Santo Tomás de Aquino, el Ángel de la Academia, de esto? Y para no poner la vara tan alta, ¿Qué diría Mons. Octavio Derisi?

3) El Papa Francisco, como es habitual, nos instruyó con su sapiencia. El 13 de mayo, por ejemplo, iluminó al mundo con su agudeza: “Sobre esta puerta de entrada están escritas tres palabras, que ya he utilizado en la plaza otras veces. Y esas palabras son: «permiso», «gracias», «perdón». En efecto, estas palabras abren camino para vivir bien en la familia, para vivir en paz”. Después de más de dos años de escuchar sandeces día a día (“Pero, por qué no te callas?”, dijo el rey don Juan Carlos a otro charlatán ya felizmente difunto), era dable esperar que algún miembro prominente de la Iglesia lo hubiese enfrentado. Algo hizo el cardenal Burke el año pasado -y fue misericordiado-, y nada más hasta ahora. Más bien al contrario. Uno de los purpurados con más gravitación en la vida eclesial, el cardenal Bagnasco, presidente de la Conferencia Episcopal Italiana, dijo hace pocos días que  “Todos miramos con gratitud el alto magisterio del Santo Padre Francisco”. Pensé que era una broma; que se estaban burlando de un pobre sudaca de Flores. Pero no. Es verdad. Este señor arzobispo de Génova considera que las majaderías y simplezas con las que Bergoglio nos desayuna a diario son “alto Magisterio”. Y me viene a la memoria San Atanasio oponiéndose valientemente al Papa Liberio, o San Máximo y San Sofronio haciendo lo propio con el Papa Honorio. 

4) En las últimos entradas que he publicado en este blog referidas al “magisterio” del Papa Francisco, han sido varios los comentarios de bienintencionados lectores que hacían imposibles piruetas a fin de salvar las palabras pontificas y entenderlas en sentido católico. Y lo mismo ocurre cotidianamente en la multitud de sitios católicos neocones. Justamente lo inverso a lo que debiera ocurrir. La tarea más importante del oficio petrino es “confirmar a los hermanos en la fe”. Es decir, el Papa debe esclarecer la doctrina a fin de que los fieles puedan seguirla con seguridad y fortalecer su fe. Actualmente, en cambio, son los fieles los que diariamente deben esclarecer la doctrina del Sumo Pontífice.  

5) En las últimas semanas nos hemos dedicado también al estudio y discusión de las intrincadas tesis teológicas del arzobispo Tucho Fernández. La realidad incontestable es que un personaje absolutamente menor, orillero de la teología y de la academia, y cuyo único mérito científico es una ristra de libros de autoayuda,  es el principal asesor teológico del Papa y quien redacta los documentos más importantes del pontificado. Como lo reporta el informadísimo Sandro Magister, fue el Tucho quien escribió el esperpento de la Chantae gaudium, y fue él también quien escribió, en marzo último cuando se instaló en Santa Marta, la próxima encíclica sobre la ecología, la que fue rápidamente desestimada in toto por el Papa Francisco porque se dio cuenta que no podía ni siquiera amagar con presentar ese bodrio en la Congregación de la Doctrina de la Fe porque el cardenal Müller la iba a incinerar por la inanidad absoluta del escrito, y probablemente renunciara con un escándalo. Es este el motivo, y no otro, del atraso de su publicación.
El arzobispo Fernández, que logró trepar por las lianas eclesiales merced a los empellones de un mediocre como él -you know who- y desplazando inescrupulosamente, a través de las más bajas maniobras curiales y la traición a sus amigos sacerdotes (pregúntenle al P. Carlos Galli), es quien establece los líneas de la doctrina teológica pontificia. 
¿Qué diría San Pío X, que se rodeó como asesores teológicos de fuste, como el P. Lemius o el futuro cardenal Billot, frente a la preferencia de su sucesor rioplatense?

La Iglesia viene en caída libre desde hace más de un siglo. Con Bergoglio en el pontificado ha tocado fondo. Cuando termine de ocurrir lo que está ocurriendo, y de lo que no nos terminamos aún de dar cuenta, quizás encontraremos cenizas, como relata el Microcuento  de Ludovicus, o quizás nos encontremos con el Hijo de la Perdición a las puertas. 




miércoles, 20 de mayo de 2015

Microcuento


El Rey Blanco invitó a todos los mendigos de la comarca a una gran fiesta. Vendió todas las obras de arte de su Palacio y compró toneladas de carne y pan. Cambió sus vestes.  "En adelante, me llamarán el Multicolor", declaró. "Soy uno de ustedes, un hombre normal".
Amontonó en el gran patio los muebles finos, los trapos y los brocados y las capas ceremoniales, que fueron a alimentar una enorme fogata para las carnes. Sirvió el festín más magnífico en una noche impoluta. Al final y como gesto de desprendimiento e igualdad, prendió fuego al Palacio. Fue la gloria. Todos comieron y lo vivaron como un hermano más, mientras el fuego parecía anunciar una aurora sin ocaso.
A la mañana siguiente, sirvieron para el desayuno cenizas. Alguien lo llamó al Rey "compañero", hubo una pelea, todo terminó muy mal.

Desde entonces, los habitantes se refieren a esa fecha como la Fiesta de los Antropófagos.

Ludovicus

martes, 19 de mayo de 2015

Pésame Dios mío

En los últimos días el Santo Padre alentó a los católicos a involucrarse activamente en la política. No discutiremos este tópico puesto que ya lo hemos hecho en numerosas ocasiones en esta bitácora. Lo que me resultó llamativo, si no escandaloso, fue una de sus frases:  “Mézclate. Haz política: te hará sufrir, tal vez te haga pecar, pero el Señor está contigo. Pide perdón y avanza”.
El Papa está considerando que la política es una ocasión próxima de pecado -lo cual, en las condiciones actuales, ciertamente lo es- y, aún así, alienta a los fieles a ensuciarse en ella, total, después se confiesan.
Cuando de niño me enseñaron a rezar el Pésame, que en Argentina aún rezamos muchos en la confesión, aprendí que hay que prometer evitar las ocasiones próximas de pecado. Durante mi adolescencia y juventud, me enseñaron también que, si uno se coloca en situaciones de pecado, difícilmente pueda evitar la falta y ofensa a Dios. Y es por eso, por ejemplo, que un joven católico no puede asistir habitualmente a boliches o discotecas. 
El mensaje del Romano Pontífice, en cambio, es que no importa pecar porque después, en todo caso, uno se arrepiente. ¿Qué diría Santa María Goretti de esta enseñanza? Ella prefirió morir antes que pecar. En los tiempos que corren, habría sido tomada por una idiota: “Disfrutá, aunque peques, total después pedís perdón”, podría haber sido el consejo francisquista.
Y no se trata aquí de promover la posición timorata y escrupulosa de aquel que prefiere quedarse encerrado en su casa para no tener ocasiones de pecado que, en los tiempos que corren, nos rodean por todas partes. Se trata de ponerse voluntariamente en una situación concreta y fehaciente de pecado grave. Que esta situación se dé en la política o no, es una anécdota. Lo importante es el fondo de la cuestión: la “teología” moral del Papa Bergoglio. 
“Antes morir que pecar”, decía Santo Domingo Savio, y todos los santos de la Iglesia vivieron siempre en santo temor de Dios, que no es paralizante, sino que es energía movida por el amor que nos provoca naturalmente odio al pecado por temor a ofender a Dios. 


No es una pesadilla. No es ficción. Es el pontificado de Jorge Bergoglio.

sábado, 16 de mayo de 2015

Dejate homosexualizar


El famoso "¿Quién soy yo para juzgar?", pronunciado por Su Irresponsabilidad el Papa Francisco sobre el océano Atlántico y ratificado días más tarde en el Vaticano, no quedó, como era previsible, en una mera suspensión del juicio acerca de las conductas homosexuales. 
Y los resultados del gayfriendlismo pontificio ya están apareciendo de un modo descarado:
El domingo pasado, el cardenal Nichols, arzobispo de Westminster, celebró en Farm Street, la parroquia jesuita de Londres,  una misa gay friendly o, más claramente todavía, una misa para la comunidad lésbica, gay y trans de Londres. Como pueden ver en la noticia, se trató de una misa de "bienvenidad" a los gays católicos quienes participaron de la celebración con sus familias.
Y esta semana, Mons. Juan Vicente Córdoba (jesuita y obispo...), que ostenta un importantísimo cargo dentro de la Conferencia Episcopal Colombiana, dio una conferencia en un encuentro por la Igualdad en Bogotá. Pueden ver aquí un breve informe de la cadena de noticias Caracol. Pareciera que, quien habla, es un masón blasfemo. Pero no, es un obispo de la Iglesia católica. Y las más grave de todas sus palabras, son los consejos que les da a los "cónyuges" de "matrimonios" del mismo sexo: como se deben amar, como deben fundar sus hogares, etc.
Yo me pregunto si el Papa Francisco, frente a este escándalo de proporciones, declarará la vacancia de la sede  y expulsará a Mons. Córdoba, como hizo con Mons. Livieres en Ciudad del Este o con Mons. Finn en Kansas City.

Es un hecho. De la suspensión del juicio sobre las prácticas homosexuales propiciadas por el Papa, hemos pasado, en menos de dos años, a la propuesta de cursos pre-matrimoniales para parejas del mismo sexo.

viernes, 15 de mayo de 2015

El rey está desnudo

El poeta Juvenal se lamentaba, en su tercera Sátira, de que el Orontes hubiera desembocado en el Tiber, es decir, que la marejada de los pueblos sirios hubiese invadido en Roma. La misma imagen la usó Ralph Wiltgen cuando escribió su libro El Rin desemboca en el Tiber, narrando el desembarco de los teólogos alemanes en tierras romanas durante el Vaticano II. Y los problemas fluviales de la Urbe no terminaron allí ya que, últimamente, lo que ha desembocado en ella es nada menos que el Riachuelo del cual es afluente el Río Cuarto, como nos enteramos hace poco. Sin embargo, esta inesperada inundación ha traído algunos beneficios de los que no siempre somos conscientes. Concretamente, el pontificado del papa Bergoglio tiene ventajas ya que ha permitido que toda la suciedad y los desechos que circulaban por los albañales de la Iglesia de Roma haya salido a la luz, y es muy difícil ya hacerse el distraído sobre la realidad de esta situación, a no ser, claro, que se pertenezca a la cándida raza de los lectores de Infovaticana.
El problema viene de lejos; ya lo hemos dicho muchas veces en este sitio. Focos de incendio se diseminaban por toda la Iglesia desde comienzos del siglo XX y el papa Juan XXIII no tuvo mejor idea que juntar a todos los focos y provocar así, previsiblemente, una enorme y voraz que hoguera que consumió en años, o en meses, gran parte de la Iglesia. La hoguera, claro, fue el Concilio Vaticano II. Fue un suceso que aún muchos celebran como “la primavera de la Iglesia” cuyas consecuencias meteorológicas hoy más que nunca están a la vista. Ejemplo de ello es que la arquidiócesis de Córdoba, una de las más grandes e importantes de Argentina, ha recibido este año un solo seminarista en su Seminario Mayor. Así de raquíticas, o aún más, están las órdenes y congregaciones religiosas, los seminarios y las parroquias. Y sin embargo, muchos aún siguen felices en esta Iglesia que “canta y camina”, viviendo en la fantasía de que todo está mejor que nunca. 
A nivel macro, sin embargo, la calamitosa situación de nuestra Iglesia no era tan visible. El Papa Pablo VI, responsable de haber continuado el Concilio y sancionado sus enseñanzas –los polvos de donde vienen estos lodos-, estaba envuelto en un áurea de intelectual refinado y aristocrático, y todos confiaban en su criterio, aún viendo los desastres que se suscitaban en los ’60 o ’70. 
Después vino Juan Pablo II, con su insoportablemente extenso pontificado, que hizo un dogma de la línea media: no más progresismo que este, pero tampoco más tradicionalismo. Un fundamentalista del Vaticano II que, habiendo tenido el poder para retroceder e impedir la avalancha, prefirió seguir la farsa. Caminó por el medio, evitando “extremos” y, con su convocante carisma, haciendo creer a muchos que reuniones multitudinarias en las que se cantaran “Juan Pablo II te quiere todo el mundo”, era prueba suficiente de que la primavera, efectivamente, había estallado, y la Iglesia estaba en su mejor momento.
El breve pontificado que lo siguió se envolvió en el prestigio teológico de quien ocupó la cátedra de Pedro, el papa Benedicto XVI, que intentó hacer lo que pudo, que fue más bien poco. No mucho se podía hacer ya con las plantas mustias y agostadas que había recibido como presente primaveral de un Concilio del que él mismo fue parte y al que, inexplicablemente, reivindicó en el último discurso de su ministerio. Pero sus lúcidas palabras, sus gestos y el boato que lo circundaba nos nublaba aún la vista a varios que queríamos creer en la posibilidad de una restauración.
Y después vino el fruto más maduro que pudo producir el Vaticano II: el papa Bergoglio que es, sencillamente, la manifestación clara y rotunda de lo que significó ese concilio para la Iglesia. Y esa es justamente la ventaja de este grotesco pontificado: deja totalmente claro cuáles son las consecuencias de la irresponsabilidad mayúscula del Papa Bueno. 
Para ponerlo en imágenes del infante don Juan Manuel: hasta la llegada del Papa Francisco, nadie se había animado a decir que el rey estaba desnudo. A Pablo VI, a Juan Pablo II y a Benedicto XVI los vimos desnudos pero la cosa era aún vidriosa, no muy clara y, razonablemente en muchos casos, era mejor callarse como los súbditos del rey moro: quizás era verdad que el rey estaba finamente vestido y que era nuestra miopía e impureza la que nos impedía ver sus atuendo y nos mostraba, en cambio, la desnudez del soberano.
Pero la llegada de Bergoglio cambió todo: el rey está, evidentemente, desnudo. Y cada vez hay menos modos de negarlo ya que que el monarca se empeña todos los días en hacer cabriolas con sus partes pudendas al aire. No querer ver la desnudez del rey no es problema ya de inocencia o de prudencia. Es problema de pertinacia.