martes, 25 de septiembre de 2018

El principio del fin

por Jack Tollers

Wanderer, esto es difícil (¿qué cosa no lo es en los días que corren?), pero voy a intentar poner en negro sobre blanco lo que creo que está pasando. Y para eso, parto de una premisa que compartimos casi todos: el lío en la Iglesia es tan grande que sólo Dios lo puede arreglar, y eso de dos maneras (no cabe una tercera): o mediante un as que Dios tiene en la manga, que no imagino qué cosa puede ser—o estamos muy cerca del fin de los tiempos y esto, a poco de andar, sanseacabó: un ángel toca la trompeta y anuncia que se acabó el tiempo de las naciones, que se acabó el tiempo y entonces vuelve Cristo sobre las nubes en gloria y majestad para nuestro inmenso gozo y para gran terror de sus enemigos. 
Pero, ¿si no es así? Quién sabe cuán cerca estamos del fin de los tiempos, nadie lo puede saber (“ni el Hijo”). 

Por lo tanto, lo primero que tendríamos que hacer, para pensar con claridad, es despejar la hipótesis de que no estamos cerca del fin de los tiempos, veamos si esto se puede poner en forma de silogismo: 
Premisa mayor: la Iglesia es un despelote tan grande que sólo Dios lo podría arreglar.
Premisa menor: pero aún no estamos en el Fin de los Tiempos (ni muy cerca, tampoco).
Conclusión: Entonces Dios dispone de medios para arreglar esto, por mucho que nosotros no tenemos la menor idea de cómo podría ser eso. 
Parece difícil creer esto, pero en cualquier caso, si no sabemos cuándo será una cosa, tampoco podemos afirmar que no estamos ante eso mismo (que es aquí lo que sostiene la premisa menor). 
Por eso, me acercaría despacio a este asunto tan peliagudo. Y para eso, nada mejor, me parece, que recordar lo que C.S. Lewis le dijo una vez a Walter Bishop: 
Nuestra civilización fue construida sobre los fundamentos de la moral cristiana y alimentada por la Fe de los Apóstoles. Era algo así como una gran cuenta bancaria a la que muchos contribuyeron y de la que todos sacaban plata. Ahora bien, sabemos que no se pueden librar cheques indefinidamente sobre una cuenta bancaria a menos que se continúe acrecentando su capital. 
El problema está en que nosotros seguimos librando cheques sobre esa cuenta y nadie agrega capital. 
Un día ese capital se va a terminar. (Christian Reflections, Londres, 1988, p. 8)
¿Se va a terminar? Claro que sí, y eso es lo que, parece, estamos viendo: el fin de la cuenta bancaria (o, por lo menos, que queda muy poca guita). De modo que podríamos decir, quizá, que estamos en los prolegómenos, en las vísperas, en el tiempo inmediatamente anterior al fin final… (y que hay mucha gente todavía librando cheques).
Porque aunque el fin final de todas las cosas será un acontecimiento repentino (como un relámpago que brilla de oriente hasta occidente —Mt. XXIV:27; Lc. XVII:24), tiene que haber un tiempo más o menos inmediatamente anterior… como si dijéramos, los dolores de parto que preceden al nacimiento, un tiempo triste, de prueba. 
La imagen es de Jesucristo Nuestro Señor: 
La mujer, en el momento de dar a luz, tiene tristeza porque su hora ha llegado; pero, cuando su hijo ha nacido, no se acuerda más de su dolor, por el gozo de que ha venido un hombre al mundo. (Jn. XVI:21).   
La madre tiene tristeza, porque sabe que su hora ha llegado… Y yo creo, don Wanderer, que así nos sentimos nosotros al constatar que se acerca el fin de todas las cosas: y así, esto que estamos viviendo, parece el comienzo del fin de la Iglesia—o por lo menos el fin de la estructura temporal de la Iglesia tal como la hemos conocido siempre (de esto Castellani habló lungo). 
Y esto que estamos viviendo parece también el fin de la patria (si Peter Hitchens puede escribir sobre “The abolition of Britain”, imagínense nosotros, “La abolición de la Argentina”), el fin de las naciones, el fin del occidente cristiano, el fin de todo. 
Insisto, yo sé que cuando aparezca Cristo será como en los días de Noé, y para muchos todo seguirá como siempre, normalmente (business as always): “se casaban los hombres, y las mujeres eran dadas en matrimonio” (Lc. XVII:27). Ahora, eso no impide que empecemos a ver el comienzo del fin del matrimonio monogámico, además del fin de la fidelidad conyugal, de la modestia, del decoro y de la vergüenza. 
Hay más. Ante nosotros parece erigirse un mundo que se acerca rápidamente al fin de la literatura, al fin de la “galaxia Gutenberg”, al fin de la reflexión intelectual sosegada y consistente, pareciese que estamos asistiendo al fin de la poesía, de la tradición oral, al fin de los libros y de las bibliotecas y de toda la tradición allí custodiada. Otro tanto se podría decir del arte en general, de la pintura y de la escultura, de la arquitectura y del buen gusto en general  (con la excepción de la música, no sé por qué diablos), el fin de toda la estética, “los funerales de la belleza” que anunciaba Eduardo Allegri hace más de 30 años atrás. Y cómo se arruinan los parques y jardines, cómo se talan árboles para construir moles de hormigón armado “el efecto Loma Negra” que decía mi finado amigo, Andrés “Manija” Bonello. 
Estamos contemplando el fin de las virtudes grandes y pequeñas. Empecemos con las pequeñas: vemos que ya no hay casi conversación de sobremesa, vemos cómo se acaba la cortesía, la gratitud, la hospitalidad, la eutrapelia, la amistad (“Amigos, ya no hay amigos”, decía Castellani, ¿se acuerdan?), cada vez menos paciencia, menos puntualidad, la responsabilidad (sobre todo en “los Millenials”, una cosa como desconocida), el fin de la reverencia, el fin de la disciplina, parece que estuviésemos ante el fin del conocimiento de nuestra historia, del conocimiento de nuestras raíces, del conocimiento metafísico, del conocimiento teológico. Hay excepciones, lo sé, pero a veces uno parece contemplar sólo el fin de los buenos colegios, de las buenas universidades, de los seminarios y de los conventos, de los monasterios y de las vocaciones.
Y luego, claro está, el fin del silencio, como supo verlo Sabina, por ejemplo:
Y hubo tanto ruido,
Que al final llegó el final.
Hay cosas peores, claro está: el fin del sentido sacral de las cosas, la falta de jerarquía en todos los órdenes, el fin del pudor en las mujeres, el fin del coraje en los varones, el fin de la familia, del respeto por los ancianos, de la “docilitas” en los alumnos, de la “gravitas” en los profesores, de la “austeritas” en los curas y de la magnanimidad en los que mandan. 
Bueno, don Wanderer, no quiero pecar por prolijo, pero ante el fin de tantas cosas, se me ocurre que a lo mejor el fin “de todo”, el fin final de todas las cosas, se acerca a toda prisa. 
Y entonces me pongo contento, porque, como lo quiere Nuestro Señor: 
“Cuando estas cosas comiencen a ocurrir… levantad vuestras cabezas que se acerca vuestra redención” (Lc. XXI:28).   

sábado, 22 de septiembre de 2018

No mentirás



Esta es la portada del número de hoy de Der Spiegel, el mayor semanario de Europa y el más importante de Alemania. "Du sollst nicht lügen", "No mentirás. El Papa y la Iglesia católica en su crisis más grande".
Francisco pensó que siempre iba a tener el apoyo de la prensa laica. Confió más en los enemigos que en los miembros de su propia Iglesia. Quiso congraciarse con ellos a costa de la institución que lo elevó a su cargo más alto (canibalismo institucional). Prefirió a Barrabás.
Aquí están los resultados.
Ipse venena bibas. "Bebe tu propio veneno". 

jueves, 20 de septiembre de 2018

El derrumbe



Dos comentarios al post anterior dan en una misma tecla. El primero advierte que Bergoglio nos tiene encandilados como una serpiente y el segundo constata un hecho: “La Iglesia está acabada: solo asistimos al desenlace”. Sabemos, por las promesas del Redentor que la Iglesia no puede ser destruida pero sí creo que estamos asistiendo a los últimos tiempos de la Iglesia tal como la conocimos y como existió en los últimos mil quinientos años. Y este cataclismo ocurre durante el pontificado de Francisco, no sólo con su anuencia sino también con su voluntad: él ha dado el empujón que necesitaba el muro debilitado para derrumbarse. Y esa es la razón de nuestro encandilamiento ante un personaje tan nefasto que se empeña en corroer la Iglesia; el "canibalismo institucional" del que nos hablaba Ludovicus hace exactamente cinco años.
Mucho me temo que en los próximos meses asistiremos a una escalada cada vez mayor de escándalos de dos tipos y que, juntos, terminarán con la Esposa de Cristo. Por un lado, la revelación de una sima abisal e insospechada de corrupción y podredumbre ya no sólo entre el bajo clero sino también en buena parte de la jerarquía católica y, por otro, el cambio drástico y veloz de la doctrina moral más profunda siempre sostenida por la Iglesia (ver este ejemplo reciente) a fin de ajustarse al mundo y justificar las propias debilidades y pecados. Al dogma poco interesa cambiarlo porque ya nadie le hace caso. Según el Sumo Pontífice, de eso deben ocuparse unos cuantos teólogos medios trastornados a los que hay que encerrar en una isla.
Y sospecho también que dentro de poco tendremos un nuevo cimbronazo en Argentina con consecuencias imprevisibles. Aquí van algunos datos como testimonio:

1.Hace algunos días, me decía una persona que conoce desde dentro y desde hace décadas al episcopado y a la realidad de la iglesia argentina, mientras comentábamos lo ocurrido en Chile: “No sé qué va a pasar cuando se destape el caso de Argentina”. No quise ahondar demasiado. A veces es mejor no enterarse de todo, pero me quedó claro que la jerarquía argentina y parte de su clero esconden viejos y nuevos cadáveres tan putrefactos como los chilenos. E ineludiblemente van a ser desenterrados.

2. Hace algunas semanas, un lector habitual del blog me envió un largo mail relatándome sus recuerdos personales. Me parecieron no más que anécdotas y por eso no lo publiqué. Sin embargo, son significativos como caso testigo. El relato contiene nombres propios, fechas, ciudades y direcciones exactas que no publicaré, pero he chequeado  estos datos y son correctos:
Estimado Wanderer: Los sucesos que estamos viviendo los últimos meses han despertado en mí recuerdos, y escarbando en la memoria puedo contarle lo siguiente: A comienzo de los ’80 yo era un adolescente que estaba en los últimos años de un colegio secundario de la ciudad de X. [se trata de una pequeña ciudad y cabecera de diócesis del interior del país]. Era un colegio religioso y la mayoría de mis compañeros provenían de familias católicas. Una noche, después de un asado, uno de mis compañeros nos relató un suceso al que apenas si dimos importancia en ese momento: el sacerdote de su parroquia, Padre N.N. [este sacerdote aún vive y vive fuera del país], había llevado de viaje a Roma a un joven, miembro como mi compañero del grupo parroquial y perteneciente a una familia de la parroquia. Estando en esa ciudad, lo había extorsionado a fin de que tuviera relaciones sexuales con él, caso contrario lo dejaría abandonado en Italia. De regreso a Argentina, el joven contó lo sucedido a sus padres quienes, junto a otro grupo de laicos de esa parroquia, habían hablado del caso con el obispo, Mons. ZZ [se trata de un obispo ya fallecido, conservador y con fama de santidad]. 
Algunos meses más tarde, un amigo que había egresado hacía poco tiempo del mismo colegio y que cumplía su servicio militar en el Servicio de Inteligencia del Ejército, nos relató que a ese mismo sacerdote, que era también capellán del escuadrón militar de la zona, se le había iniciado una investigación o juicio -no lo sé con certeza-, debido a una serie importante de abusos sexuales que había cometido contra soldados, eligiendo siempre a aquellos más vulnerables debido a su poca educación y que, por pedido de ese mismo obispo, no había sido castigado sino solamente relevado de su cargo. Años más tarde, escuché varios comentarios acerca de la inclinación que tenía ese sacerdote por adolescentes y jóvenes de los bajos fondos. Le advierto que nunca tuvo interés por este tipo de noticias y en ese momento todo esto me entraba por un oído y me salía por otro, pero ahora cobran sentido. Y lo que más me escandaliza es que ese obispo, un santo varón, jamás hizo nada, ni siquiera cambiar a ese cura de parroquia.
Este cura tenía una particular amistad con el Padre YY, párroco de …., a quien asistía en las tareas parroquiales un diácono permanente. Este diácono era también rector de un colegio secundario estatal al que concurría un amigo mío. De este amigo escuché el relato de reiterados intentos de abuso que sufrió por parte del diácono y rector durante un campamento cuando él estaba en el último curso. Junto a sus padres, hizo la denuncia correspondiente, y nada sucedió. El diácono continúo oficiando, incluso asistiendo al obispo en algunas festividades. Finalmente,  fue encontrado muerto a la vera de un camino. Se comprobó que los asesinos habían sido dos jóvenes a quienes había levantado en la ruta para mantener con ellos relaciones sexuales. El P. YY aún vive en la misma parroquia y es sabido que desde hace décadas oficia de confesor y guía espiritual algunos homosexuales católicos que viven "en pareja". 
Este relato puede parecer un anecdotario o una mera retahíla de chismes de pueblo. Sin embargo, como dice el refrán, "para muestra un botón": si todo esto sucedía desde hace al menos cuarenta años en una diócesis pequeña y periférica ¿qué no habrá sucedido en las otras diócesis del país? ¿No podría este caso ser tomado como muestra que reproduce en pequeño lo ocurrido en todo el país? ¿Y en todo el mundo? ¿Por qué los obispos no actuaron?  Creo que se mezcló una compasión mal entendida con la “necesidad pastoral”: las diócesis pequeñas no podían prescindir ni de uno solo de sus sacerdote; echaban mano a lo que viniera con tal que los fieles tuvieran misa los domingos (novus ordo y con bombos y guitarras)  y así nos fue con el pastoralismo.

3. Estos datos adquieren una gravedad mucho mayor puesto que ocurrieron en Argentina, la tierra del Papa, territorio dominado por Bergoglio durante más de quince años. Él conoció todo lo que sucedió en el país durante ese periodo y, por eso mismo, cualquier escándalo que salte terminará manchándolo. En este blog hemos denunciado en reiteradas ocasiones algunos casos de encubrimientos perpetrados por el entonces cardenal arzobispo de Buenos Aires. En los últimos días, sitios internacionales están sacando a luz la defensa del purpurado al P. Grassi. Inquirido al respecto, el ahora Papa Francisco respondió: “Para nada”, como pueden apreciar en este video. Henry Sire, autor de El Papa dictador, publicó la semana pasada en One Peter 5 una recopilación de todos estos casos. La ola está creciendo.

4. Se sabe que desde hace algunos días se encuentran trabajando en Buenos Aires equipos de televisión de Estados Unidos y de Europa investigando a las “víctimas de Bergoglio”. En este video de Michael Matt (minuto 6:08 a 8:27)  publicado hace dos días puede verse un avance de uno de esos informes. Quién sabe lo que va a terminar apareciendo.

La estructura de la Iglesia no va a sobrevivir a estos escándalos. Y me refiero a la Iglesia tal como la conocimos en el último milenio. Estamos asistiendo a los primeros desmoronamientos del derrumbe final. Y no sé si es una inmensa fortuna o una enorme desgracia ser los testigos.

miércoles, 19 de septiembre de 2018

Autocanonización



Cuando la gente lo insultaba, aquel Viernes Santo, y gritaba "crucifíquenlo", él permanecia en silencio porque tenía compasión de aquellas personas engañadas por los poderosos del dinero, del poder ... Él estaba en silencio. Rezaba. El pastor, en los momentos difíciles, en los momentos en que se desata el diablo, donde el pastor es acusado, pero acusado por el Gran Acusador a través de tanta gente, tantos poderosos; sufre, ofrece vida y ora. Y Jesús oró. La oración también le llevó a la Cruz, con fortaleza; e incluso allí tenía la capacidad de acercarse y curar el alma del Ladrón arrepentido”.
Ayer, en su homilía diaria, el Papa Francisco en un gesto de humildad que lo enaltece, ha simplificado la tarea de la Congregación de la Causa de Santos. Como sus palabras pertenecen siempre al Magisterio de la Iglesia, él mismo ha procedido a identificarse con el Buen Pastor y con Nuestro Señor: él, Francisco, sufre, calla y reza cuando es perseguido por el Gran Acusador.
La semana pasada emitió magisterialmente la premisa mayor del silogismo: “El Gran Acusador anda suelto acusando a los obispos”, y ayer la completó: “Los acusados por el Gran Acusador deben imitar a Jesucristo: callar frente a los acusadores como Pilato”. La premisa menor ya la había expresado en el avión que lo llevaba de regreso a Roma: “No diré nada con respecto a la declaración de la Mons. Carlo Maria Viganò. Callaré”. La conclusión la deben sacar los fieles: la razón por la que el Santo Padre calla frente a las acusaciones, que son obra del demonio, no es porque no tenga nada que decir, sino porque imita a Nuestro Señor. 
Sí, el Papa Francisco es otro Cristo, con todas las virtudes del Redentor. Un santo en vida. 
¡Descarado!

lunes, 17 de septiembre de 2018

El gran acusador


La semana pasada, el Santo Padre en una de sus homilías matinales, habló del Gran Acusador que, según él, en los últimos días se está dedicando a acusar a los pobres obispos. Analicemos un poco este paso de su homilía que es muy revelador de lo que Bergoglio tiene en la cabeza.
En primer lugar, cuando el Papa habla de “el gran acusador” se refiere claramente al demonio y lo hace a partir de varios textos bíblicos que lo califican de ese modo. De hecho, Satán significa en hebreo acusador o calumniador, y lo mismo significa en griego diablo. En el primer capítulo del libro de Job, Satanás o el Acusador, se presenta ante el tribunal de Dios acusando a Job de que su piedad es interesada y que, si pierde todo, se volverá contra su Señor. El profeta Zacarías narra: “Me hizo ver después al sumo sacerdote Josué, que estaba ante el ángel de Yahveh; a su derecha estaba Satán para acusarle” (3,1). En este caso, Satanás busca presentar falsas acusaciones contra el patriarca Josué. Finalmente, en el Apocalipsis se dice: “Y oí una gran voz en el cielo, que decía: Ahora ha venido la salvación, el poder y el reino de nuestro Dios y la autoridad de su Cristo, porque el acusador de nuestros hermanos, el que los acusa delante de nuestro Dios día y noche, ha sido arrojado” (12,10). 
Vemos en todas estas correspondencias bíblicas que el Acusador, es decir, Satanás, acusa a los “hermanos”, es decir, a los “santos” (sean los del AT como Job o Josué, o sean los del NT), con mentiras, buscando que sean condenados.Lo que quiere el Demonio es que se salve la menor cantidad posible de hombres y su inquina es sobre todo con aquellos que más cerca están de Dios, o que Él ama de un modo más particular. A ellos, trata de embarrarlos con engaños y calumnias ante “el temible tribunal de Dios” a fin de que sean rechazados de su presencia. Sin embargo, Yahveh le quita las ropas sucias a Josué y lo viste con ropas espléndidas (Zac. 3, 3-4), porque esas son las vestiduras que le corresponden como sumo sacerdote, y no las que quiere endilgarle el Acusador. Y es por eso, por sus mentiras y calumnias contra los santos, que será arrojado en los últimos tiempos.
La exégesis que propone el Papa Francisco es novedosa. Según él, la maldad del Acusador no consiste en la mentira sino en sacar a la luz los pecados reales y concretos de los pobres obispos. Lo dice claramente con expresión resignada en la homilía: “Es verdad. Todos los obispos somos pecadores. Pero él busca revelar los pecados, que se vean, para escandalizar al pueblo”. 
Se trata de un cambio drástico del sentido del texto revelado: el problema no es el pecado de los obispos; el problema es que sean dados a conocer, es decir, que los prelados sean acusados públicamente de lo que verdaderamente cometieron, y así el pueblo termine escandalizado. Lo que ellos hagan tras la puerta de sus alcobas, corresponde a su vida privada.
No es una novedad. El cardenal Bergoglio dijo exactamente los mismo a través de su vocero, el P. Guillermo Marcó, en agosto de 2005 con el caso de Mons. Juan Carlos Maccarone, el obispo manfloro que fue pescado refocilándose con su chofer, y también lo dijo en el caso de Mons. Fernando Bargalló, que fue pescado con su barragana de las playas caribeñas: “Trabajó para los pobres y esto le valió la persecución”, dijo Bergoglio en la homilía de despedida de Bargalló. Es decir, fue acusado a pesar del gran trabajo que hacía por los pobres (Una curiosidad: Bargalló, aunque depuesto, sigue participando de las reuniones de la Conferencia Episcopal Argentina, donde clama en alta voz por su reposición porque ya hizo penitencia).
El problema, entonces, no es el pecado contra el sexto mandamiento secundum vel contra naturam que cometen los obispos; eso corresponde a su vida privada. El problema es la acusación pública de esos pecados, lo cual es obra del demonio, el Gran Acusador que ha sido liberado. 
Quizás exagero, pero considero que es muy grave el hecho. El Papa Francisco ha manipulado deliberadamente la Palabra de Dios durante una homilía (¿magisterio?), tergiversando el texto sagrado a fin de sostener una enseñanza errónea según la cual lo grave no es el pecado en sí -ya que es inevitable porque todos somos pecadores-, sino su publicidad. 
¿Quién hablaba de un Falso Profeta?

jueves, 13 de septiembre de 2018

Septicemia

Conversando ayer con un amigo nos preguntábamos si la que estamos atravesando es la crisis más grave que ha sufrido la Iglesia. Y la pregunta no es fácil de responder por muchos motivos: no solamente hay que tener un profundo conocimiento de la historia de la Iglesia sino que también hay que definir los parámetros bajo los cuales se medirá la menor o mayor gravedad.
Si nos guiamos por lo que dijo hace dos días Mons. Gänswein, siguiendo al Papa Benedicto XVI y al cardenal Eijk, arzobispo de Utrech, esta no sería solamente la crisis más grave sino la que precede la Segunda Venida de Nuestro Señor (texto completo en italiano aquí).
Pero dejemos de lado por el momento esas consideraciones y preguntémonos: ¿Cuáles son las características de la crisis actual? En primer término, una crisis doctrinal que comenzó soterradamente a fines del siglo XIX e hizo eclosión a partir del Concilio Vaticano II y que puede ser denominada, en términos generales, como modernismo. Hoy la Iglesia no tiene una doctrina uniforme a la cual todos deban adherir. Aunque tengamos un reciente Catecismo de la Iglesia Católica, se trata de letra a la que nadie está obligado a hacer caso y que, incluso, puede ser modificado al gusto del pontífice reinante, como hizo recientemente el Papa Francisco. En las universidades pontificias se puede enseñar con bastante libertad y ligereza herejías formales y, si se hiciera una encuesta entre el clero y los laicos, habría que ver qué porcentaje cree efectivamente en los artículos de la fe. Sobre este tema se ha escrito mucho y todos los lectores de este blog lo conocen suficientemente.
Lo que resulta una novedad para la mayoría de nosotros es la crisis moral de la Iglesia. Y utilizo el término en el sentido coloquial y no en el sentido más genuino que señaló un comentarista del post anterior. Concretamente, la insospechada extensión de la corrupción sexual entre sacerdotes y obispos y, paralelamente, una todavía desconocida corrupción financiera. Sexo y dinero, los dos pecados más conocidos y más burdos con los que Satanás ha tentado siempre a los hombres, han venido a ser también la ocasión de caída del clero católico. 
Y a todo esto debemos sumar un Papa que atiza el fuego de la crisis doctrinal confundiendo diariamente a los fieles con sus dichos y sus gestos, y que ha sido acusado de ser parte de la red de encubrimiento de los clérigos sodomitas, sobre lo cual guarda aún un elocuente silencio. Que en una institución monárquica absolutista como es la Iglesia romana ocupe su vértice un personaje de estas características provoca que la crisis sea aún mucho más grave.
Pero volvamos a la pregunta inicial: ¿es esta la crisis más grave que ha sufrido la Iglesia? ¿Nunca sufrió nada igual? En un rápido y superficial análisis creo que podríamos acordar que la crisis del arrianismo en los siglos IV y V, que fue un modernismo avant la lettre, fue más grave, sobre todo por su extensión temporal y espacial, por el apoyo político del que gozó y por la violencia con la que se impuso. En cuanto a la codicia y afán de dinero por parte del clero y los obispos, ha sido un mal que se ha extendido a lo largo de toda la historia de la Iglesia, con epicentros notables como los siglos XI y XII con la cuestión de las investiduras que, más allá de discutir la autonomía del poder espiritual con respecto al temporal, involucraba también un problema de afán de dinero por parte del clero. Los decretos de Gregorio VII de 1074 contra la simonía y las investiduras dan cuenta de una crisis profunda. 
Y, en cuanto a la perversión sexual dentro del clero y la consiguiente violación del voto de castidad y comisión de sacrilegio, no es una novedad en la historia de la Iglesia. San Pedro Damián alertaba al respecto con palabras terribles en su Liber Gomorrhianus, ya comenté en estas páginas el escandaloso caso del Papa Julio III y también lo ocurrido con el P. Stefano Cherubini, sucesor de San José de Calasanz como general de los escolapios en el siglo XVII.
¿Es esta, entonces, una tormenta más como tantas otras? Podría ser. La Iglesia ha atravesado situaciones de similar complejidad, como la que se vivió durante el siglo XVI, en los momentos mismos del Concilio de Trento. De hecho, esta reunión fue convocada para tratar fundamentalmente tres temas: la crisis y desconcierto doctrinal provocado por el surgimiento del luteranismo, que no pudo ser resuelto como todos deseaban (el fin de la Reforma protestante con la vuelta de los alemanes a la verdadera fe), pero que ocasionó el armado de un corpus doctrinal que permitió resistir los embates de la herejía hasta el siglo XX; la reforma de la Iglesia y sus costumbres, que se hizo a regañadientes y sobre todo por obra de obispos y sacerdotes sueltos como San Carlos Borromeo o San Juan de Ávila, y la reforma de la Curia romana, a lo cual los papas se resistieron, y los padres conciliares aceptaron esa resistencia a pesar de las furias del emperador Carlos V. Esa reforma recién vendrá varias décadas más tarde y será obra no de un concilio sino de un santo: San Pío V. La recomendable lectura de El Concilio de Trento de Hubert Jedin muestra que la Iglesia enfrentaba en esos momentos una crisis bifronte -doctrinal y moral- como la que estamos viviendo en la actualidad. 
Pero hay dos elemento que agravan la crisis actual. En primer lugar, la constatación de la existencia de una extensísima red de sacerdotes y obispos homosexuales y pedófilos que constituye una verdadera mafia extendida en la Curia romana, en las diócesis y en las congregaciones religiosas. Los pactos de silencio y los chantajes posibilitaron que ese reguero de corrupción se extendiera durante décadas e impregnara las capas más profundas de la estructura de la Iglesia, con un nivel de sordidez y depravación que aún hoy nos cuesta creer. Si bien, como decíamos, la homosexualidad como todo el resto de las debilidades y enfermedades humanas frutos del pecado original, siempre estuvo presente entre los hombres de Iglesia y en muchos casos aparecieron escándalos, nunca tuvo carácter de lobby u organización. Eran casos más o menos aislados de aquellos que sucumbían a sus debilidades, y habrán existido muchísimos otros que sobrellevaron con aceptación e incluso santidad de vida esa dolorosa condición. Hoy estamos en presencia de una suerte de orgullo gay de naturaleza clerical; hombres que han perdido la fe, o que nunca la tuvieron, y utilizan la estructura de la Iglesia para satisfacer sus corrupciones sin importarles el daño enorme que hacen y el reguero de víctimas que dejan. 
Hay un segundo elemento que me parece todavía más grave: a diferencia de las anteriores, esta crisis es conocida por todo el mundo, que la vive con una cercanía desconocida hasta hace unos pocos años merced a los medios de comunicación y a las redes sociales. Tratemos de imaginar de qué manera se viviría un escándalo de este tipo en la sociedad del siglo XVIII, por ejemplo. Un católico español, o francés o italiano de ese entonces, vivía en su pequeño pueblo de cien o doscientos habitantes y el conocimiento de la Iglesia que tenía pasaba por el conocimiento del párroco de su pueblo, al que conocía de toda vida, y que sería mejor o peor según los casos. Quizás tenía una cierta inclinación por la bebida, quizás era particularmente afecto al dinero o quizás se le conociera alguna compañía femenina ocasional: todo muy humano y que no provocaría demasiado desazón en los habitantes de ese pueblo. Al obispo, con mucha suerte lo vería una vez en la vida y sabría de la existencia del Papa y de los cardenales por los relatos del cura. Y se acabó. No más que esto conocía y no más que esto quería saber. Vuelvo a recomendar, para entender cómo era la vida en las comunidades cristianas “naturales” y que forjaron la cristiandad, la película de Ermanno Olmi El árbol de los zuecos, y las novelas de José María de Pereda, sobre todo Peñas arriba.  
Frente a la aparición de un escándalo que involucrara al sacerdote, la comunidad reaccionaba de un modo u otro, el problema se resolvía de un modo u otro [Recuerdo al respecto un caso que narra el P. René Laurentin en su historia de los sucesos de Lourdes. Poco antes de las apariciones, había estado en ese pequeño pueblo pirenaico un sacerdote, el P. Clouchet, que provocó un escándalo mayúsculo y debió irse debido a la presión popular: salió a cazar palomas y comió un trozo de salchicha un viernes, día penitencial y de abstinencia...], y de lo acontecido se enteraban los habitantes del pueblo vecino que estaba a tres kilómetros de distancia y al pueblo de la otra montaña le llegaban algunos rumores. Y allí se acababa el asunto. El escándalo explotaba y se resolvía en la aldea.
Hoy vivimos en una aldea global. Estamos al tanto en tiempo real de lo que ocurrió con el sacerdote de una diócesis del estado de Pensilvania, o con un monsignorino degenerado que ocupaba un departamento en el mismísimo Vaticano. Hemos sido literalmente aplastados por los escándalos que ya no pueden ser resueltos en la discreción de una curia episcopal y cuyo conocimiento no involucraba a más de un par de decenas de personas que, en general, tenían cosas mucho más importantes de qué ocuparse. En la actualidad, los escándalos se filtran en todos los hogares y en todos los corazones, y exigen una resolución pública, y por eso mismo son fácilmente manipulables por el Enemigo. Si recurrimos a una analogía médica, diríamos que una cosa es un flemón, que puede provocar fiebre y malestar, y otra una septicemia que puede provocar la muerte. 

lunes, 10 de septiembre de 2018