miércoles, 1 de febrero de 2023

Nuestros peligros: fariseismo

 


El segundo de los peligros que afectan particularmente al mundo tradicionalista y que quiero señalar es el fariseísmo, y utilizo esta expresión que suena muy dura, y lo es, por comodidad. Espero ser claro en lo que quiero decir con ella.

Con cierta frecuencia se observa entre los asistentes habituales a la misa tradicional, sea a capillas en “plena comunión” en “comunión imperfecta”, el convencimiento de que, porque han descubiertos y son fieles a la liturgia secular de la iglesia, pertenecen a una minoría privilegiada que ha tenido la posibilidad, sea por el factor que sea, de acceder a un universo de sacralidad, belleza y abundancia de gracias, al que muy pocos cristianos conocen, y que ningún pagano imagina. Es un convencimiento acertado; efectivamente es así. El problema es que de un modo más o menos consciente algunos a veces dan un paso ulterior que consiste en convencerse igualmente que, por estar en ese grupo privilegiado, se forma también del “pequeño rebaño”, es decir, del grupo de los elegidos y, consecuentemente, están ya casi salvados. 

Esta actitud es problemática por varios motivos pero el que en mi opinión es el más grave es que tales fieles concluyen silogísticamente con la convicción de que la salvación les viene por la liturgia tradicional. Y la salvación, todo lo sabemos, nos viene por la fe en Jesucristo. Conviene releer los primeros capítulos de la carta de San Pablo a los Romanos, donde insiste machaconamente sobre el tema a los judíos que vivían en la capital de imperio. Escribe: “A Abraham le fue tenida en cuenta la fe para su justificación. ¿Cuándo le fue tenida en cuenta? ¿Antes o después de la circuncisión? Evidentemente antes y no después. Y él recibió el signo de la circuncisión, como sello de la justicia que alcanzó por medio de la fe, antes de ser circuncidado”. (4, 9-11). Abraham se salvó no porque estaba circuncidado sino porque tuvo fe. La circuncisión, más allá de que fuera el rito sagrado y distintivo del pueblo judío, no era más que el signo exterior de una realidad interior. 

Podemos hacer una analogía con nuestro tema (y aclaro que la analogía es parte idem, parte diversa; no estoy diciendo que la circuncisión sea los mismo que la misa). El que nos salva es Jesucristo; Él es la Vida y Él es el dador de la “gracia en que nos mantenemos y nos gloriamos, en la esperanza y en la gloria de Dios” (Rm. 5,2). Nuestra justificación y nuestra salvación no nos vienen por la liturgia tradicional; nos vienen por la fe en Jesucristo. Y lo cierto es que nos resulta muy fácil y cómodo descentrarnos y comenzar a creer que seremos justificados porque asistimos puntual y devotamente a la misa latina, mientras que los que siguen yendo al novus ordo, quién sabe qué será de ellos. Tal actitud sería análoga a la del judío que creía que se salvaba por estar circuncidado; o al de los fariseos por cumplir con cada una de las abluciones y ayunos que marcaba la ley. Todos sabemos lo que es la misa, y la sublimidad de la liturgia, y en esta página nos hemos dedicado años a hablar sobre el tema. Pero no nos salvamos por la misa ni es la misa la que nos salva: nos salvamos por nuestra fe en Jesucristo y es Él quien nos salva. Nosotros no podemos hacer nada por nuestra salvación; ni siquiera ir a la misa tradicional es suficiente. 

Y se entiende que no estamos hablando aquí de la sola fide del protestantismo; es la fe que se traduce en obras, que es la única fe verdadera. Hay muchos que viven como paganos, en las costumbres y en los criterios, pero que sin embargo consideran que son buenos cristianos porque todos los domingos van infaltablemente a la misa tradicional desde su más tierna infancia. Yo creo que están en un error: seguir y amar a Jesucristo, y eso implica escuchar su palabra y cumplir los mandamientos (Jn. 14,15). Ese cumplimiento es la práctica de las virtudes cristianas, y no se agota simplemente con ser habitué de la liturgia tradicional. Como en el caso de Abraham, asistir a la liturgia tradicional debería ser el signo de una realidad anterior e interior.

Si así son las cosas, surge inmediatamente una pregunta: ¿por qué ir a misa tradicional entonces, y no a una misa novus ordo? O mucho más simplemente aún, ¿para qué ir a misa? Si la salvación consiste en la fe en Jesucristo, nos podríamos salvar de varios inconvenientes sin tantas participaciones rituales y preceptos morales. La respuesta no es sencilla, aunque lo parezca. Creo que se pude aplicar también análogamente una reflexión que hizo Joseph Ratzinger siendo un joven teólogo, y en la que en mis oídos resuenan ecos tolkinianos. Nuestra salvación se inició por un gran intercambio; en la cruz, Cristo se cambió por nosotros, los hombres, que éramos quienes merecíamos el castigo. Pero, dice Ratzinger, “sorprende que según la voluntad de Dios, este gran misterio de tomar el lugar de otro continúa de múltiples maneras a lo largo de la historia”. Es decir, el intercambio que hizo Nuestro Señor debe ser repetido también por aquellos que lo siguen. Y entonces, somos nosotros, los que formamos parte de esa elite de privilegiados de la que hablábamos más arriba, a quienes se nos encarga tomar el lugar de los muchos que viven aún sumergidos en el mundo de las tinieblas o que no han conocido el divino tesoro que a nosotros sí se nos dio a conocer y a amar. Y aún más, la salvación de ambos —los que lo conocemos y los que no— se obra solamente en la relación de los unos con los otros. Yo me salvaré si en la práctica de las virtudes y en mi fiel asistencia a la liturgia tomo el lugar de los otros, que no practican las virtudes y que no asisten a la liturgia. Y la salvación de ellos estará atada a que yo cumpla ese rol; como un nuevo Jesucristo, me intercambio con ellos para obrar el plan de salvación de Dios. Soy, al decir de Tolkien, un mediano, aquél que está en el medio y que facilita la acción de Dios sobre los hombres. 

Por eso nadie tiene derecho a decir: “Mira, otros se salvan sin las exigencias serias de la fe católica, o yendo al nouvs ordo, o no yendo a ninguno. Entonces ¿por qué no yo también?”. Pero, ¿cómo sabemos que la adhesión a la plena fe católica y a la liturgia de siempre no es justamente la misión imprescindible que Dios nos encargó por razones que no podemos discutir? Porque este es uno de esos asuntos sobre los cuales dice Jesús: “Todavía no puedes entenderlo, pero lo entenderás más tarde” (Juan 13,36).

Mons. Nicola Bux: De la Mediator Dei a Summorum Pontificum


Conferencia pronunciada en el Encuentro PAX LITURGICA en Roma,  28 de octubre de 2022.
El texto de la conferencia en diferentes lenguas puede bajarse de aquí.

lunes, 30 de enero de 2023

El dolo eventual de Benedicto XVI

 


En numerosas ocasiones he destacado la figura del papa Benedicto XVI y de mi profunda admiración por él, una persona de profundas honduras teológicas y espirituales. He señalado también que fue un hombre moderno que pensó por fuera de los esquemas más tradicionales de la teología católica —la escolástica— lo cual, podrá gustarnos más o menos, pero lo cierto es que es absolutamente lícito. Nuestra fe no se identifica con una escuela teológica determinada, y mucho menos con una método teológico y filosófico, como es el escolástica. Nuestra fe es en Dios y en su enviado Jesucristo, y hay muchos modos de hablar de Dios dentro de la ortodoxia. Por eso, y aunque yo prefiera un lenguaje tomista, no puedo negarle a nadie que exprese el misterio de Dios en un lenguaje personalista, por ejemplo, como solía hacer el papa Benedicto.

Sin embargo, una de las cosas que nunca me convenció del todo fue su renuncia. Porque uno puede considerarla, como yo mismo lo hice durante un buen tiempo, como la decisión de un hombre honesto y prudente que se da cuenta que ya no puede cumplir con su deber. Pero lo que me preguntaba una y otra vez, es si el juicio por el cual concluyó que ya no era capaz de hacer lo que debía, había sido acertado. Lo cierto es que vivió casi diez años después de su renuncia, la mayoría de los cuales con buena salud y total lucidez. ¿Qué le impedía entonces seguir desempeñando el munus para el cual fue elegido y que él libremente eligió?

El libro de Mons. Gänswein señala que el primer click, y el más importante, fue que en el viaje a México se sintió muy cansado y tuvo una caída en el baño. Eso fue para el Santo Padre el signo de que estaba debilitándose. Y lo que lo aterraba era que al año siguiente debía ir a la Jornada Mundial de la Juventud en Río de Janeiro, y no podría hacerlo. A eso se sumaron al menos tres factores más: el Vatileaks, los desmanejos en la Curia que estaba haciendo el cardenal Bertone y que él no estaba dispuesto a deponer de su cargo, pues era su amigo, y que no quería que se repitiera en su pontificado lo que había ocurrido en los últimos años del de Juan Pablo II, donde nadie sabía quién mandaba en la Iglesia. Sin embargo, y tal como se desprende claramente de las memorias de Gänswein, lo definitorio fue la imposibilidad que preveía de viajar a Brasil en 2013. Y comenta que le hicieron ver que, en todo caso, no era necesario que viajara y que podría estar de modo virtual, a través de grandes pantallas. Pero fue inútil. 

Este motivo de la renuncia me parece descabellado. Que el invento de Juan Pablo II, siempre tan histriónico y sediento de multitudes como fueron la JMJ, condicione la permanencia del sucesor de Pedro en el solio pontificio, no tiene pie ni cabeza. Como si la Iglesia no pudiera pasar sin las JMJ, y como si estas jornadas no pudieran pasar sin la presencia del papa. En agosto de este año tendrán lugar las JMJ en Lisboa, y el mismo Vaticano prevé que serán un rotundo fracaso, y por dos motivos: porque la figura del papa Francisco no atrae a nadie, y mucho menos  a los jóvenes, y porque el mundo está cada vez más descristianizado. Según el criterio del papa Ratzinger, si el fracaso sucediera, debería ser una tragedia equivalente al cisma de Bizancio o al surgimiento del protestantismo. Un disparate.

Pero esto no es todo. El viernes pasado, los medios de prensa del mundo e Infovaticana publicaron la noticia de que el Benedicto XVI, pocos meses antes de morir, había escrito una carta  su biógrafo Peter Seewald, en el que confesaba que el motivo de su renuncia fue el insomnio que padecía desde 2005. Sus médico lo trataban pero los medicamentos cada vez tienen menos eficacia. Justamente fue ese el motivo de su caída en México. Estimo que habrá tomando algún hipnótico, se habrá levantado por la noche al baño atontado por el fármaco, y se cayó. 

Conozco a muchas personas que tienen insomnio, que toman fármacos para tratarlo y siguen viviendo. Es un desorden duro y puede ser torturante, pero no renuncian a sus trabajos ni abandonan sus deberes de estado. Como dijo el cardenal Sodano en una célebre homilía, Nuestro Señor no se bajo de la cruz, y tampoco lo hizo San Pedro, y estar clavado en el madero es una más dolorosaa que padecer insomnio. En resumen, la renuncia de Benedicto XVI se podría haber resuelto con Melatol.

Si esto fuera así, un juez terrenal —sobre el Juez Divino no opinaré— podría imputar a Ratzinger por dolo eventual. En derecho penal el dolo eventual es el que comete aquella persona que aun sabiendo el resultado y el daño que puede provocar una determinada acción, continúa haciéndolo y no descarta el resultado que puede llegar a ocurrir. Por ejemplo, un automovilista que llega tarde a su trabajo y se lanza a correr a alta velocidad por una zona con muchos peatones. El sabe que el resultado de su acción puede ser la muerte de un peatón, y sin embargo, persiste en su acción. Es nuestro caso, el papa Benedicto, al renunciar, sabía perfectamente, porque conocía al colegio cardenalicio —y si no lo conocía peor aún— que podía ser elegido cualquiera. Es verdad que podía ser electo su amigo el cardenal Scola, o un curial, pero también podría ser eleecto un cardenal progresista, o mentecato, o truhán, o mentiroso, o desequilibrado, o todo eso junto, que fue precisamente lo que sucedió.

Por eso, y mal que me pese por el enorme afecto y admiración que guardo por el papa Benedicto, debo decir que, en mi opinión, es culpable de dolo eventual y, por tanto, penalmente responsable de que desde hace casi diez años la Iglesia se encuentre a merced de la voluntad de Bergoglio y atravesando una de las crisis más graves de su historia. Dante, si hiciera un update de su Divina Comedia, lo colocaría sin duda en el Infierno junto a San Celestino. Yo intercedería por él y rogaría que lo mandara al purgatorio.

jueves, 26 de enero de 2023

Nuestros peligros: esteticismo

 


Quienes conocemos y defendemos la liturgia tradicional estamos expuestos a todos los peligros que cercan a cualquier hijo de Adán, y tenemos también algunos que nos son propios. Y quisiera llamar la atención sobre dos de ellos: el esteticismo y el fariseísmo, en los que casi inadvertidamente podemos caer.

    La belleza de la liturgia tradicional ocupa un lugar muy importante en las razones de nuestra preferencia por ella. Quienes vienen del mundo pagano y quienes vienen de las habituales experiencias horrorosas de las misas novus ordo quedan impactados por la belleza inesperada que descubren en la misa tradicional; una belleza que no es de este mundo y que a veces es capaz de transportar al hombre —en su cuerpo y alma—, con la ayuda del Espíritu, a los umbrales mismos de la gloria que nos ha sido prometida. Escribe el papa Benedicto XVI en su libro póstumo: “Cuando iba a las misas en los días de fiesta, las misas acompañadas del coro y de la orquesta eran parte integrante de nuestra experiencia en la fe en la celebración de la liturgia. Permanece indeleblemente impreso en mi memoria como, por ejemplo, apenas comenzaban a resonar las notas de la Misa de la coronación de Mozart, era como si el cielo si abriera y se experimentase mucho más profundamente la presencia del Señor” (Che cos’è il cristianesimo, Milano: Mondadori, 2023; p. 96). La belleza, entonces, es una característica inherente a la liturgia tradicional. Y siempre lo fue. 

Y esto que es muy bueno y que somos privilegiados en poder gozarlo, puede ser también un lugar de tentación y de caída. Podría darse el caso que para algunos la liturgia no fuera más que un lugar donde encontrar la belleza. Y la liturgia es mucho más que eso. Dicho de otro modo, podría darse que el caso —y se me disculpará la referencia a Kierkegaard— que hombres estéticos, que permanecen en ese estadio y que no conocen ni aspiran al estadio religioso, fueran grandes entusiastas y cultores de la liturgia tradicional. Y podría ser el caso de laicos y también de sacerdotes. Gozarían, sin duda, de la belleza propia de la liturgia tradicional, podrían ser acérrimos defensores de sus derechos y, sin embargo, quedarse en la mera belleza que la envuelve sin vislumbrar lo que ella esconde y que es lo verdaderamente importante. Y no lo harían con mala fe o siendo voluntariamente negligentes; al estar ubicados en el estadio estético están incapacitados para descorrer el velo; su mente, aunque deslumbrada por la belleza, después de ciertas regiones, está completamente a oscuras y es inhábil para lo sobrenatural, para praegustar (esto nobis praegustatum) las delicias de la presencia del Dios vivo al que contemplaremos plenamente el día de su manifestación.

Vista desde un punto de vista estrictamente sociológico, la liturgia puede ser considerada una especie de las artes performativas, tomadas estas en un sentido muy amplio. Y lo es porque comparte las cuatro características que las definen: el tiempo, el espacio, el cuerpo o la presencia del artista en un medio, y la relación con el público. En los último años se han hecho estudios sobre la liturgia desde esta perspectiva y los resultados son muy interesantes. Pero ni al investigador ni a quienes participamos de la liturgia se nos ocurre considerarla una mera expresión artística; ninguno va a misa para gozar de una perfomance artística o del flash mob semanal. O bien, podríamos también comparar a la liturgia con la representación de una ópera, en la que se dan las tres primeras características recién mencionadas pero no la cuarta. Planteada la cuestión de este modo, podría darse el caso de una persona que se comportara con respecto a la celebración de la misa como un melómano lo hace, por ejemplo, con Aída o con Tannheuser: la conoce a la perfección, es capaz de gozar de sus momentos más sublimes y también de encontrar pequeños defectos en su representación, gasta todos sus ahorros en asistir a las representación más afamadas, va al festival de Bayreuth cuando puede, tiene una impresionante colección de CD con diferentes versiones de las mismas óperas y es capaz de dar respuesta a cualquier pregunta, aún cuando sea un ínfimo detalle que se le haga sobre ellas. 

Nuestro hombre estético, paralelamente, podría encontrar en la celebración de la liturgia un sustituto para sus aficiones artísticas y su legítima pasión por la belleza. Si fuera sacerdote, incluso, reuniría en sí dos papeles centrales en la perfomance de una ópera: sería el regisseur —limitado ciertamente por las rúbricas— y el divo, el protagonista principal, que despliega sus movimientos solemnes y que hace resonar su voz armoniosa y entonada en todo el templo, tratando incluso de encontrar variaciones posibles a los tonos gregorianos para hacer la ceremonia lo más bella posible y fiel a lo que se recibió de la tradición. Y, sin embargo, ese hombre —sacerdote o laico—, podría estar completamente despojado de vida espiritual, apenas rezar y tener una fe, si es que tiene alguna, muy ligera y débil. E insisto, no haría todo esto porque es una mala persona o un farsante; lo haría porque es incapaz de transcender la estética, la belleza puramente sensible. 

Paradójicamente, podría esconderse detrás un racionalismo radical e inconsciente. Aceptaría gustoso y entusiasmado participar o celebrar la liturgia pero adhiriéndose con fuerza a la belleza de la cáscara sensible de ella. Navegando en esa superficie se sentiría seguro: “Esto —diría— vale la pena porque posee una belleza que difícilmente pueda encontrarse en otro escenario”. Pero se negaría rotundamente a interpretar el sentido espiritual de esos signos que contempla o que celebra, o a sentir su peso sobrenatural en el alma, porque consideraría que tal posibilidad sería ir en contra de la razón. Establecería en sus cuidados procesos racionales que se trata solamente de una cuestión artística, sublimemente artística, pero no más que eso, pues la razón no puede comprobar que haya algo más. Sería solamente una excelsa experiencia sensorial.

Seguramente no son muchos los tradicionalistas que han caído en esta tentación, o mejor, que se han acercado a la liturgia tradicional por este motivo. Se trata de una tentación para una elite, capaz de esas alturas estéticas, lo cual no es poco. Pero los hay. Y es mejor cuidarse de ellos, porque quien no tiene fe, por más que tenga una enorme sensibilidad estética, es un ciego que guía a otro ciego. 


lunes, 23 de enero de 2023

Rumores sobre nuevas restricciones a la liturgia tradicional

 


Desde hace varias semanas corren rumores de que el papa Francisco firmaría un documento por el cual restringiría aún más la celebración de la misa tradicional. Un sitio alemán detalló cuáles serían las nuevas restricciones, y se hicieron eco otros conocidos como Infovaticana, Rorate Coeli y Missa in latino. Hace pocos días  Inside the Vatican insistió con la noticia. 

En pocas palabras, el rumor sostiene que estaría casi listo un nuevo documento, que saldría con forma de Exhortación o Constitución Apostólica en abril o mayo próximo, por el cual el Santo Padre, en vista al escaso efecto que tuvo Traditionis custodes, restringiría aún más las posibilidades de celebrar el rito tradicional. Estas restricciones consistirían en sacarle a los obispos cualquier poder de decisión al respecto, el cual quedaría en manos de Roma que establecería que ningún tipo de celebración litúrgica tradicional puede tener lugar en las iglesias diocesanas o pueden ser celebradas por sacerdotes que no sean aquellos que pertenecen a institutos religiosos que fueron fundados en torno a este rito (FSSP, Cristo Rey, Buen Pastor, etc.). Este tipo de comunidades podrían celebrar en sus iglesias todos los sacramentos según los libros anteriores a la reforma de Pablo VI. Y serían los únicos que podrían hacerlo.

Consulté con dos fuentes romanas que pasean habitualmente por el Sacro Palacio. Una de ellas me dice que no existe ningún documento de ese tipo en preparación. Los comentarios esparcidos no serían entonces más que ruidos echados a correr a fin de enrarecer el ya enrarecido panorama. A favor de esta noticia hay que decir que sería bastante coherente con la sinuosa psicología del papa Francisco puesto que un documento de estas características sería admitir el fracaso de un documento anterior —Traditionis custodes—emanado hace menos de dos años, lo cual implica admitir que el rey no tiene poder; sería azuzar a obispos, sacerdotes y laicos a que griten para sus adentros: “El papa Francisco es un pato rengo”. Y el lame duck es lo peor que le puede pasar a un gobernante; los argentinos lo estamos viendo en la figura ya casi espectral de Alberto Fernández. 

Un gobernante que perdió su poder porque no tiene chances de reelección, o porque hizo desastres quedando mal con todos y cuando su muerte está próxima, como es el caso de Francisco, no podría permitirse documentos como el que se menciona. La lectura es clara: Traditionis custodes no fue obedecido. ¿Y quiénes desobedecieron? Los obispos, pues eran ellos que debían aplicarlo, y lo hicieron sin la fuerza y el convencimiento que Roma deseaba y esperaba. Entonces, si los obispos no obedecieron en esa ocasión, ¿por qué obedecerían en esta? ¿Es que, acaso, el pato rengo tiene ya poder para castigarlos? ¿Será capaz de misericordiar a varias decenas de obispos? Firmando un documento de ese tipo, Bergoglio corre más riesgos que dejar las cosas como están. Nadie desea documentar su propia incapacidad y pérdida de poder.

        Por otro lado, en los últimos días los enemigos del papa Francisco, que se habían mantenido expectantes y en prudente silencio, están saliendo a la escena con la cara pintada y la bayoneta calada. Fue el caso del cardenal Pell, de venerable memoria, de Mons. Gänswein y, en estos días, del cardenal Müller, cuyo nuevo libro saldrá esta semana, con ataques justos y certeros a Bergoglio, diciendo con su voz autorizada lo que desde este blog y desde tantos otros venimos diciendo hace años. Un documento con aún más restricciones a la liturgia tradicional, y del modo tan salvaje como se rumorea, sería abrir un nuevo frente de batalla. Francisco, por la debilidad en que se encuentra su pontificado, no puede darse el lujo de presentar otro flanco donde ser atacado. Una vez que uno de los mastines comience a morderle los garrones, otros muchos se echarán al ataque. El niño ya gritó "El rey está desnudo", y toda la muchedumbre está comenzando a vocearlo.

También a favor de la versión que dice que se trata de un mero ruido sin fundamento, es que restringir de ese modo cruel la celebración de un rito milenario de la Iglesia debería tener sólidos argumentos teológicos que desbancaran los argumentos que dio el papa Benedicto XVI en Summorum Pontificum, y eso no es cosa fácil de hacer. Y por los antecedentes que están a la vista, no pareciera que la gente que rodea al cardenal Roche en el discasterio del Culto tuviera la capacidad para hacerlo. Y esa inevitable falta de argumentación teológica generará una buena base para que cada obispo, e incluso cada sacerdote, pueda hacer un discernimiento —tan caro a la política pontificia—- y decidir continuar con la celebración de la misa tradicional. Y que un próximo papa pueda volver las cosas a su orden.

La segunda de las fuentes consultadas, en cambio, me confirmó que existe un borrador de documento con esas características. Podría ser el caso, entonces, que se encontrara en las fraguas del dicasterio del Culto y de que se trate de una iniciativa de Roche y los suyos. Habría que ver después qué es lo que decide hacer Francisco cuando se lo presenten. Pueden llevárselo encuadernado en piel de becerro y con cantos dorados, pero a él no le importará tirarlo al cesto de la basura si no le parece una buena política.

Pero hemos dicho que la psicología de Bergoglio es sinuosa. Podría ser el caso que él mismo haya fogoneado ese documento y que, efectivamente, éste se firme. Tal como viene el año con las malas noticias, pongámonos en ese escenario. Quedaríamos en la misma situación que vivimos bajo el pontificado de Juan Pablo II, cuando sólo mencionar las palabras “misa tridentina” era sospechoso y todo —todo—, debía hacerse, cuando raramente se podía, en el más profundo secreto. 

Puesto en ese escenario juanpablista-francisquista, lo primero que hay que decir —aunque sea egoísta— es que en Argentina y en la mayor parte de Hispanoamérica no cambiarían mucho las cosas, y que por estos lares las capillas de las FSSPX seguirían creciendo imparablemente, como ha ocurrido en buena parte del mundo. Otras regiones, sobre todo Europa y Estados Unidos, sí se verían muy afectadas. Pensemos por ejemplo que en toda la ciudad de París no hay ninguna iglesia en la que se celebre misa tradicional a cargo de los institutos Ecclesia Dei; y en toda España hay sólo una. La entrada en vigor de la nueva norma implicaría que todos los obispos decretaran inmediatamente que en las iglesias de sus diócesis no pueden celebrarse el culto tradicional y consecuentemente, que las decenas de miles de fieles de todo el mundo que desde hace muchos años asisten a estas celebraciones, de un día para otro, se quedaran sin lugar de culto

Analicemos esta posibilidad. Eso mismo ocurrió el primer domingo de adviento de 1969 cuando entró en vigor el misal de Pablo VI, y no pasó nada. Pero las circunstancias eran otras: estaba la novedad, estaba la enorme inercia del Concilio y estaba la actitud sumisa de todos los fieles —clérigos y laicos— a las órdenes de Roma. Ninguna de esas circunstancias están vivas en la actualidad: la novedad dejó de serlo, y ya sabemos en qué consiste el famoso novus ordo; el Concilio es cuestionado abiertamente y los fieles ya no son tan mansos como solían serlo. Por otro lado, Summorum pontificum caló hondo en un número limitado pero convencido de católicos. Quienes concurren a la liturgia tradicional desde hace quince años; los jóvenes que prácticamente se criaron en ella, ¿dejarán mansamente que un par de oficialillos romanos y el capricho de un pontífice desprestigiado se la arrebaten? Quien ponga las firmas necesarias deberá tener en cuenta esta situación: ese documento podría generar rebeliones y amotinamientos de fieles en muchas diócesis, sobre todo americanas. Y no sé si sería tan fácil hacerlos pasar por un grupo de nostálgicos desequilibrados: las imágenes mostrarían lo contrario, con muchas familias con sus niños y adolescentes protestando frente a las puertas de los obispados y atrayendo la atención de los medios. Y los sacerdotes —muchos sacerdotes, sobre todo los más jóvenes— que celebran el rito, ¿dejarán que se lo arrebaten? Serán más cautos en sus protestas, como corresponde, pero exigirán a sus obispos lo que les corresponde. 

¿Qué harán entonces los obispos? ¿Soportar y atravesar años de diócesis con buena parte de  su clero —la mejor y más joven— disconforme y con laicos enfurecidos y protestones, o aplicar el discernimiento francisquista y no obedecer la orden romana? Será interesante verlo.


Escolio 1: Vistas las últimas imágenes del papa Francisco y las opiniones de médicos acostumbrados a ver pacientes enfermos, es probable que Su Santidad muera este año. Si firma ese documento antes de entregar el alma al Creador y se producen los disturbios diocesanos que preveo, el tema será motivo de más de una conversación entre los cardenales del cónclave. No me parece que el nuevo papa inicie su gestión apagando el fuego con nafta. Sería más bien lógico que apaciguara las aguas de alguna manera.

Escolio 2: Queda claro que, en esta ocasión, la protesta ruidosa y la rebelión sin tregua de los fieles sería imprescindible. Que no vengan ahora los geniecillos a pretender imponer estrategias que fueron inútiles o a proponer hermenéuticas retorcidas. Si ese nuevo documento saliera, la única posibilidad de superviviencia del rito tradicional, más allá de la FSSPX, y de su plena ciudadanía y plenos derechos dentro de la iglesia, sería la protesta de los fieles, cuanto se pueda y como se pueda. Nadie puede quitarnos lo que nos corresponde. Quizás sea la hora de volver a las trincheras.

jueves, 19 de enero de 2023

¿Qué es el Concilio Vaticano II?





por Bonifacio

Hay un momento de epifanía en el camino hacia el Tradimundo que ocurre cuando te das cuenta de que al grupo progresista que controla la Iglesia en realidad no le interesa lo que dijo el Vaticano II. 

¡Recuerdo mi forma de pensar antes de esta revelación trascendental! Recuerdo haber argumentado que lo que necesitábamos era fidelidad a los documentos conciliares, volviendo a “lo que realmente quiso el Vaticano II”. Solía ​​publicar ensayos haciendo exégesis de los documentos conciliares en un intento de mostrar “lo que realmente querían decir”. Yo estaba completamente a bordo del tren conservador, con la esperanza, siempre vana, de una “verdadera implementación del Concilio”. Pensaba que la explicación paciente del “verdadero significado” de estos documentos era una respuesta suficiente a la crisis modernista; que la razón por la cual los sacerdotes y obispos permitieron tonterías sin control en sus iglesias fue porque honestamente no sabían que Sacrosanctum concilium pedía la preservación del latín y el canto gregoriano, o sinceramente no entendían que quería decir realmente la participatio actuosa.

Pero, ¿cuántos años puede uno agotarse en tales búsquedas? ¿Por cuánto tiempo puedes golpear tu cabeza contra la pared? Sin duda, es importante entender los documentos desde una perspectiva teológica; pero otra cosa es si pensamos que explicar pacientemente los documentos con la esperanza de que surja el “verdadero Concilio” no es otra cosa que perseguir un escurridizo fuego fatuo. 

En cierto momento me di cuenta, como muchos de nosotros, que a los progresistas no les importa lo que dijo el Vaticano II. No ven al Concilio como una serie de enseñanzas; más bien, lo ven como un evento. Y no un acontecimiento cualquiera, sino un acontecimiento cuya naturaleza es metahistórica. No es simplemente un paso más en el largo camino del devenir histórico; es una revolución demoledora de paradigmas que rompe la cuarta pared de la historia, pretendiendo no solo cambiar la trayectoria histórica de la Iglesia, sino sacarla por completo de los límites de la historia y la tradición. ¿Qué les importa a personas de tan alta visión, de tan grandiosas pretensiones, la definición precisa de participatio actuosa, las rúbricas de la IGMR, o cualquier otra consideración que sea meramente textual?

Hace seis años, fui invitado a la casa de un apologista católico popular para dar una charla sobre el papel de la tradición católica ( puede encontrar la conferencia en YouTube ). Allí argumenté —como sigo argumentando hoy— que tratar el Concilio como una colección de textos sin entenderlo como un evento histórico es la razón principal por la que los “conservadores” no avanzan contra la revolución progresista. Después de la charla, uno de los asistentes, un notable teólogo hiperpapalista, siguió sacudiendo la cabeza en desacuerdo, diciendo: “¡No, no, los documentos importan!”, como si fuera un mantra. Esta persona ha sido criticada recientemente, y con razón, en los medios católicos tradicionales por sus intentos ridículos de cuadrar el círculo con respecto a Traditionis custodes. Seis años pasaron y sigue sacudiendo la cabeza y repitiendo el mismo mantra.

Respecto de las Sagradas Escrituras, Santo Tomás de Aquino dice que podemos tener una disputa significativa con un oponente solo si admite al menos algunas de las verdades de la revelación. “Contra los que niegan un artículo de fe”, dice el Aquinate, “podemos argumentar a partir de otro”. Pero, ¿y si el oponente no concede ninguno de los artículos de la revelación divina? Entonces la discusión se vuelve imposible, ya que no hay un terreno común, porque, continúa el Doctor Angélico, “si nuestro oponente no cree nada de la revelación divina, ya no hay ningún medio de probar los artículos de fe mediante el razonamiento, sino solo de responder a sus objeciones” (STh I, P. 1, art 8).

De manera similar, si ha quedado claro que los progresistas no otorgan ninguna autoridad a los textos del Vaticano II, entonces, ¿en qué terreno común podemos estar? ¿Sobre qué base plantamos nuestros pies cuando nos atrevemos a explicar “lo que el Concilio realmente quiso decir” si a nuestros oponentes no les importa? No se trata de dos enfoques hermenéuticos diferentes de los documentos conciliares, sino de dos paradigmas diferentes del Concilio mismo, entre los cuales se ha creado tal abismo, que quienes quisieran saltar de un lado al otro puede que no sean capaces.

Puedo escuchar algunas objeciones: “¡Los tradis tampoco reconocen la autoridad de los textos del Vaticano II!” Es cierto que no les reconocemos autoridad infalible, pero esto no es novedoso; no es nada más allá de lo que enseñó el mismo Pablo VI, cuando dijo:

Hay quienes preguntan qué autoridad, qué nota teológica, quiso dar el Concilio a sus enseñanzas, sabiendo que evitaba emitir definiciones dogmáticas solemnes respaldadas por el magisterio infalible de la Iglesia. La respuesta la conocen los que recuerdan la declaración conciliar del 6 de marzo de 1964, repetida el 16 de noviembre de 1964. En vista de la naturaleza pastoral del Concilio, este evitó proclamar de manera extraordinaria cualquier dogma que estuviese marcado por la infalibilidad". (Pablo VI, audiencia general del 12 de enero de 1966)

Los católicos tradicionales son, de hecho, el único segmento de la Iglesia que intenta construir una interpretación precisa del Vaticano II, tanto en términos del significado como de la autoridad de sus documentos. Si bien la comprensión de los documentos fue solo una parte del fenómeno conocido como Vaticano II, seguimos afirmando que posee un contenido objetivo que por lo menos debe ser entendido. 

Esto es totalmente contrario a la manera progresista de utilizar los documentos. Los ejemplos son innumerables, pero para tomar uno reciente, podríamos recurrir a este artículo de la revista America , donde un cardenal jesuita habla con elocuencia sobre las “conferencias eclesiales” recientemente aprobadas en la Amazonía que reemplazarán a la conferencia episcopal regional. Estas nuevas conferencias incorporarán a laicos, hombres y mujeres, en el gobierno de la Iglesia. El cardenal dice que este arreglo “deriva del Concilio Vaticano II” y cita Lumen Gentium como justificación. Lumen Gentium no dice nada sobre laicos dirigiendo la Iglesia; dice específicamente que los obispos gobiernan la Iglesia por decreto divino, y que los laicos participan en la obra de Dios a través de su trabajo secular y vida familiar. No quiero retomar todo el asunto aquí, pero si quieren mi opinión, recientemente grabé un video desglosando este artículo ridículo, que pueden ver aquí en el canal de YouTube de Unam Sanctam (pido disculpas por el video borroso en algunas partes; culpen a mi chungo internet rural). Al cardenal no le importa lo que enseña el Vaticano II. “Vaticano II” se convierte en una etiqueta vacía asignada a todas y cada una de las novedades.
Si se fijan, verán que las ridículas novedades que el Vaticano viene produciendo más rápido de lo que el Banco Central Argentino emite pesos, tienen más probabilidades de provocar mi risa que mi consternación hoy por hoy. Sin duda, estoy profundamente entristecido y consternado por el estado de mi Santa Madre Iglesia, pero no hay mucho que una persona pueda hacer antes de que su rostro desgastado por la batalla se rompa en una sonrisa, y luego se eche a reír por cada uno de los disparates que salen. Es una respuesta humana extraña pero adecuada a lo absurdo, especialmente en situaciones donde la severidad ha escalado hasta el punto de la ridiculez. Cárgame con una deuda de diez mil dólares y me preocuparé; ensártame una deuda de diez millones de dólares y es más probable que me ría en tu cara. 
No hay empeño más inútil que buscar “el verdadero Vaticano II”. Uno tiene mejores posibilidades de encontrar la Fuente de la Eterna Juventud o el Arca de la Alianza. Esto se debe a que no existe un “auténtico Concilio Vaticano II” que se pueda encontrar solo mediante el análisis documental, y es la búsqueda más estéril, más inútil pensar de otra manera. El Vaticano II no se puede encontrar únicamente en los documentos más de lo que se puede encontrar la Revolución Francesa leyendo la Declaración de los Derechos del Hombre.

Y así, ya no me preocupo intelectualmente sobre el “verdadero significado” del Vaticano II. Ciertamente reconozco un significado objetivo de los documentos, e incluso soy capaz de hacer extrapolaciones sobre él si he bebido lo suficiente. Pero hace mucho tiempo que salté del tren conservador, prefiriendo más bien andar por “las sendas antiguas donde está el buen camino” (Jeremías VI, 16), incluso si voy a paso de tortuga, porque prefiero el exilio del desierto al precipicio de la irrelevancia al que se dirigen los rieles del “auténtico Concilio”.


Fuente: Unam Sanctam

Traducción de Agustín Silva Lozina


lunes, 16 de enero de 2023

Los sabios y la estrella de Belén. En memoria del S.S. Benedicto XVI



por Eck


“¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido?

 Porque hemos visto su estrella en el Oriente y venimos a adorarlo” 

(Mt. II, 2-3)

Contestó Jesús: “Tú lo dices: Yo soy rey.

 Yo para esto nací y para esto vine al mundo,  a fin de dar testimonio a la verdad. 

Todo el que es de la verdad, escucha mi voz” 

(Jn XVIII, 37)



Introducción

A veces un pequeña tesela descubre un mundo mágico y perdido de la historia y a veces un pequeño pasaje, breve, humilde, anodino, nos desvela toda un alma, entera, completa. La mayor parte de las veces ni el interesado sabe que lo que ha dicho o escrito le retrata con una fuerza muy singular y enterizo, como ese trazo de pincel en una obra maestra que es lo más sencillo que existe y, sin embargo, sin él no podríamos ver al gran pintor que hay detrás ni su gran obra. Con el difunto Benedicto me pasó al leer esta centella de su pensamiento: 


El segundo grupo que llega a Belén, según el Evangelio según S. Mateo, son los sabios de Oriente. Es significativo. Los humildes les preceden, pero los sabios no están excluidos. Ellos poseen una sabiduría auténtica, verdadera, que abre a las personas a Cristo.

(J. Ratzinger, Dios y el mundo, una conversación con Peter Seewald)


Repare el lector en la negrilla y hágase una pregunta: ¿Por qué iban a estar los sabios excluidos de ir a adorar a Nuestro Señor en su cuna? ¿Acaso no recriminó Jesucristo a los presuntos sabios de su tiempo que, mientras la reina de Saba fue a ver a Salomón por su sabiduría, Él, que era mayor, era dehechado por ellos (Mt. XIV, 42)? Quizás tenía en mente la siguiente perícopa evangélica: Yo te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has mantenido estas cosas escondidas a los sabios ya los prudentes, y las has revelado a los pequeños. (Lc. X, 21) y temía que no se le revelase el Señor. Temor infundado, ya que dijo el Salvador que quien es de la verdad escucha Su voz, pero que revela una humildad, muy rara en los hombres de inteligencia. Aquí tenemos al verdadero Benedicto XVI, a Joseph Alois Ratzinger con sus anhelos y miedos, con sus aciertos y errores y, sobre todo, con su búsqueda del Señor.


Benedicto, el cuarto rey mago

En nuestra Fe hay una larga cadena de buscadores de la Verdad, desde S. John Henry Newman hasta S. Justino Martir, de S. Agustín de Hipona a G.K. Chesterton. Todos tienen en los tres Reyes Magos a sus primeros antecesores. Después de ellos, cientos de miles siguieron sus pasos de la oscuridad a la luz, del error a la verdad iluminados por la estrella de la esperanza y siguiendo el recorrido del Sol, imagen de Cristo, que alumbra a todo hombre.

Es significativo que el evangelista Mateo coloque la llegada de los sabios después de los pastores, que tienen la prerrogativa de la adoración. Todavía hoy hay que agacharse para entrar en la Santa Cueva donde tuvo comienzo la redención, donde se dio a luz a la Verdad, y es que en el fondo la sabiduría y la humildad son lo mismo pues, como decía Santa Teresa, “humildad es andar en verdad”. El Altísimo se revela a los  humildes y a los sabios y acepta sus dones que se convertirán en fuentes de salvación para todas las gentes, pues Él da el ciento por uno. El pan y el vino se transformarán en Su Cuerpo y Su Sangre, sacrificadas para la salvación de todos los hombres mientras que el Oro, el Incienso y la Mirra se volverán en instrumentos del rescate de la humanidad del pecado, la muerte y el mal. Altos designios de Dios que usa los dones de sus criaturas como instrumentos de Su salvación haciéndoles colaboradores de su bondad.

Ratzinger buscó la verdad a lo largo de toda su vida guiado por la estrella de la Fe y con la humildad de todo verdadero sabio que sabe como S. Agustín, tan querido por él, que nos es imposible entender a Dios y el mundo con nuestra limitada mente a pesar de nuestros anhelos de infinitud, heraldos del amor de Dios; y que sabe como Santo Tomás de Aquino, que ni en mil vidas podríamos conocer del todo la esencia de la más pequeña de las criaturas. Como todo sabio, sabía que el Hacedor quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad y que ésta tiene como columna soportante a Su Iglesia. Así, como los reyes magos y los pastores emprendió los caminos en pos del encuentro con el Niño Dios por los terrenos de la teología, el servicio a la Iglesia y la contemplación. Imagen de la peregrinación que todos debemos comenzar, llevando los dones de nuestra vida, pocos y muchos, que, ofrecidos al Altísimo con humildad, Éste los convertirá en fuente de vida y salud para todos. Un muchacho dio un poco de pan y unos peces con generosidad y confianza (¿No era absurdo dar eso con la pretensión de alimentar a las multitudes?) y Nuestro Señor dio de comer a miles de personas obrando el milagro. De esta manera obra el Redentor en quien es generoso y esta lleno de esperanza.

Pero el camino hacía Dios atraviesa desiertos y quebradas, ríos salvajes y mares profundos, bosques y selvas, valles luminosos y sombríos. El error está siempre al acecho, sus zarzas nos hieren con sus pinchos, nos dañan los pies con sus guijarros y azotan a los que desbrozan los senderos como le pasó a Orígenes, muy admirado por Ratzinger, que abrió nuevas vías para la teología por donde recorrieron su camino los Padres griegos y latinos. De aquí los errores, las perplejidades y los resabios de herejías de su obra y que por honradez no debemos ocultar. Muchos creen que el modernismo y las otras hierbas erróneas se atajan con un par de anatemas, cuatro citas de manual, mucho agere contra y el uso del Santo Oficio a los recalcitrantes. Están muy equivocados. No actuaron así ni los Padres ni los santos teólogos del pasado ni inteligencias tan agudas como Leonardo Castellani o Louis Bouyer. No debemos ocultar ni engañarnos, el error y la mentira se basan en la verdad, son su corrupción, como lo hace la falsa moneda en la verdadera. Atacar a Benedicto y acusarle de modernista por decir que la Ilustración y la Modernidad contienen una parte de verdad pues esto es igual que atacar a San Pablo como paganizante y sincretista por afirmar que los atenienes adoraban a Dios sin saber quien era Él. A la inteligencia se la combate con la razón y no con la fuerza, puesto que en este campo para vencer hay que convencer y hay verdades encarceladas por el modernismos que necesitan ser liberadas. No hay otra, se tiene que ir a la raíz y tomar como norma el consejo de San Pablo: examinadlo todo y quedaos con lo bueno, no vaya a ser que al echar lo erróneo expulsemos lo acertado. No es casualidad que “sabio” provenga del verbo saber y este tenga tanto en latín como en español dos sentidos: conocer y probar. El sabio era el que probaba los alimentos poniéndose en peligro para saber cual era venenoso y cual era comestible aumentando la lista de recursos de su pueblo. 


Los Herodes y los falsos sabios del siglo XX

Como los Reyes Magos acudieron en defensa de la verdad a las potestades de la tierra, a los gobernadores e intelectuales porque si verdaderamente eran reyes y sabios, serían los primeros en tener interés de encontrar y adorar a la fuente de su autoridad, de los buenos consejos y del bien común. En nuestros días son las ideologías actuales quienes piensan y son la democracia, el dinero, los partidos y demás hierbas quienes gobiernan los pueblos. 

El encuentro entre los magos y el rey Herodes se reprodujo durante el pontificado de Benedicto con su encuentro con la Modernidad. ¿No son sus discursos intentos de que estos reyes y gobernadores de la tierra acudan a adorar a Áquel que les entregó el cetro; no son sus obras intentos de que los entendidos encontrasen a la Sabiduría, base de su saber tomándoles la palabra de lo que dicen representar? 

Sin embargo, los poderes de este mundo no podían reconocer a una autoridad superior. Nuestras democracias totalitarias, nuestras plutocracias dictatoriales y nuestras oligarquías tiránicas no pueden soportar que Cristo sea Rey y que Sus leyes sean base de toda sociedad justa aunque su realeza sea la del primer servidor, su trono sea una cuna y su corona una de espinas. Así mismo, nuestros intelectuales no pueden soportar que su ciencia sea sombra e imagen desvaída de la verdadera Sabiduría, no pueden aguantar que la Verdad sea Cristo, que sea señora, eterna, personal e inamovible y que ilumine a todos los hombres en vez de vil sierva de sus mentes e intereses, puta de su poder y su dinero, sayona de sus crímenes y de sus mandaderos. 

Consultaron sus libros, que claramente señalaban que el centro del todo era Cristo pero no siguieron a los magos sino que acudieron a Herodes, rey de este mundo, y planearon la persecución a muerte porque nada asusta más a un usurpador que encontrarse con el legítimo monarca. Benedicto mostró donde estaba el verdadero frente de batalla de los poderes de este mundo: las almas y pagó duro tributo: Porque amé la verdad y odié la mentira, muero en es destierro...


La verdadera Epifanía

Quizás la gran renuncia fuera similar a la decisión de los reyes magos de apartarse de Herodes por otros caminos, una inspiración de lo Alto. No lo sabemos y tampoco sabremos hasta el día del Juicio si fue un instrumento de la Providencia para fines más altos y buenos y de cuantos males nos ha evitado esa vida oculta y orante. En cambio, sí podemos aventurar que Benedicto ha llegado a la epifanía, a ver el rostro de Cristo y a entregar su don. Sus últimas palabra, Jesus, Ich liebe dich (Jesus, te amo) sean auténticas o no ponen broche final a una vida. Esas palabras son dignas de una madre, de un niño, de esos humildes pastores que acudieron a la llamada del ángel y viendo al santo Niño entre pajas. No, del Portal no están excluidos los sabios puesto que la máxima sabiduría es la de hacerse como un niño y finalmente...


La ciencia más acabada

es que el hombre en gracia acabe,

pues al fin de la jornada

aquel que se salva, sabe

y el que no, no sabe nada.


Como pequeño regalo de Reyes damos un enlace con una entrevista inédita a Ratzinger, publicada en uno de los mejores blog sobre lo político que existen:

https://lopolitico.es/seminario/aunque-con-gran-pesar-por-la-muerte-del-ultimo-gran-intelectual-de-la-iglesia/