viernes, 19 de diciembre de 2014

Carta a don Gabino

Querido don Gabino:
                          Fue en una de esas tertulias ociosas y profundas que salí prendido de una cristalina intuición. Intuición de una realidad sutil y delicada que, al intentar conceptualizarla, se opacaba más y más. Claro que eso me sucede, también, por querer comprender mucho sabiendo poco. Entonces hice lo que pude y le escribí estos versos alejandrinos que elogian la conciencia, la verdadera conciencia. Esa que es albergue de lo sagrado porque contiene la Palabra;  que es portadora del mensaje divino que se nos descubre secretamente en la preciosa interioridad del alma; y que es –en feliz expresión de San Buenaventura- como el heraldo de Dios. Newman –a quien dedico, por gratitud, este poema- se preguntó: “¿Cuál es la quía principal del alma (…) que nos fue otorgada a pesar de ese grave castigo que es nuestra ignorancia…? Es la luz de la conciencia.” ¿Cuál luz? “la verdadera Luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo” (Jn. 1, 9).  Por eso –y sólo por eso- es quía, testigo, juez y consejera de la vida.  ¡Claro!  Siempre y cuando le prestemos oídos y obediencia. Por eso el mismo cardenal nos decía: “Quédense tranquilos mis hermanos, que el mejor argumento, mejor que todos los libros del mundo (…), es aquel que nace de prestar cuidadosa atención a las enseñanzas del corazón, y la comparación entre lo que nos dicta la conciencia y los anuncios del Evangelio”.
                          Pero hay algo más. Resulta que cuando esa voz se escucha y se obedece, se nos inunda el alma de una curiosa nostalgia. Nos queda como un perfume de eternidad, nos volvemos añoranza (¿No fue Lewis el que dijo que “Toda mi vida, un éxtasis inalcanzable aleteaba apenas más allá del alcance de mi conciencia”?) Como si la fidelidad a esa recóndita enseñanza nos dejara en el alma una estela de Gloria, y nos diera la añadidura de gustar y buscar esa morada definitiva que, al mismo tiempo, empieza a insinuarse y presentirse… ¿No es así?                            Qué se yo. Son apenas balbuceos pobres que intentan presentar estos versos. Usted y los amigos sabrán darle cauce y propiedad a este meollo interesante. Y darán su veredicto sobre lo que sigue, por supuesto.                
                                                                                        El Poeta




Un brindis por la conciencia
        
                                                                                         A John H. Newman


Custodia de la noche, la tarde y la mañana,
amiga del silencio tan frágil y huidizo,
circunspecta en la sombra del grito antojadizo
por ajar su armonía de cúspide y campana.

Estrella solitaria, caudal por donde mana
el destino del hombre sin óbice ni hechizo.
Consejera invisible, transversal en el rizo
del tiempo. Te confieso por divina y humana.

Regidora suprema del hilván de la vida
que nos dejas el alma sutil y esclarecida,
anhelando destellos de otro mundo invisible.

Voz de Dios, yo persigo tu amorosa enseñanza
que acompasa mi marcha… Se me han vuelto añoranza
cristales y presagios del cielo inmarcesible.





jueves, 18 de diciembre de 2014

Tres mediocres que se hunden

No se engañe el lector: estamos ante un triple bluff.
Bluff cansado del mulato de Chicago, famoso por fracasar en gestionar hasta un sitio de internet, derrotado en forma geológica en las últimas elecciones, rumbo a duplicar la fama del dudoso cultivador de maníes georgiano en cuanto a mediocridad e ineficacia;
bluff de un régimen de gerontes que canibaliza un pueblo famélico a expensas de robarle el petróleo cada vez menos valioso a otra dictadura populista caribeña;
bluff de un Papa que se enteró cinco minutos antes de la medianoche de las negociaciones y viene a sacar tajada de una muñeca diplomática inexistente: en efecto, el Vaticano jamás media sobre potencias no católicas.
Quieren hacerle creer al pueblo que son sus benefactores, pero en el pueblo se sabe que no es así, que están intentando salvar del naufragio regímenes que tienen abiertos todas las vías de agua que la incompetencia, la caliginosidad mental y el extravío han abierto. Que el socialismo y el populismo y el progresismo han abierto.
Al principio de todo eran tres mediocres, pero al menos nimbados de cierta aura de los que todavía vivían de las rentas del pasado: el chauvinista presidente que tenía que restaurar su orgullo machista herido, el Papa desconcertado que no sabía qué hacer con su cargo, tal era su confusión que llamó a Estados Generales, y el energúmeno ucraniano que pegaba zapatazos en la mesa para compensar su complejo de inferioridad. Tres progres en medio de un jaleo brutal, con aviones de reconocimiento y bombas viajando como polizontes en la nave de los locos. Ellos armaron el lío, ellos lo desarmaron, y pretendieron que les diéramos las gracias eternas por ser como eran. Confusos, pequeños, modernos. Como hoy, hicieron la comedia de la salvación en el anfiteatro lindante a la carnicería.
Hoy, tres mediocres, tres progres, con el arsenal de lugares comunes devastado, con la pobreza en el habla y en la mirada, agotados de tanto mentir y prometer, al borde del default descomunal del sueño socialista, horros de creatividad, intentan aplicarle un desfibrilador a sus gobiernos cadavéricos, bloqueados por las instituciones y por los senadores: el Congreso americano, el pueblo cubano, los cardenales católicos. Quieren bailar sobre las tumbas de las víctimas, quieren asegurar que los muertos no escapen de los cementerios y no griten los crímenes y los agravios. Quieren perpetuar tiranos. Quieren que los tiranos escapen del único destino que Némesis les tiene reservado.
No funcionará. Los sigue el desencanto y la vejez, hermanos gemelos de la muerte. La magia los ha abandonado, golpean las piedras resecas, invocan los espíritus en el aire inmóvil, no logran sacar fuego de los pedernales. El sentido común invadirá el planeta, como la Primavera, sin que nadie sepa cómo ha sido.


Ludovicus

¿Vale la pena seguir?

La pregunta que titula esta entrada es pertinente. Después de un año y medio de dedicar esta bitácora casi exclusivamente a alertar sobre los peligros que entraña el pontificado del Papa Francisco, me da la impresión de administrar un blog dedicado a advertir que la comida chatarra es dañina para la salud. Creo que es hora de volver a temas más amables y formativos, y propongo un proceso de desentoxicación para estas vacaciones, lo cual no obsta para que, cuando sea necesario, volvamos a ocuparnos del personaje.
Sin embargo, antes de iniciar esa tarea sanitaria, me quiero detener en un par de expresiones de Francisco y sobre Francisco.
El día lunes, en sus indigestas homilías de Santa Marta, dijo:
“Pío XII nos liberó de aquella cruz tan pesada que era el ayuno eucarístico:
Tal vez alguno de ustedes lo recuerdan. Ni siquiera se podía tomar una gota de agua. ¡Ni siquiera! Y para lavarse los dientes, se tenía que hacer sin tragar agua. Yo mismo de muchacho fue a confesarme de haber hecho la comunión, porque creía que una gota de agua había ido dentro. Es verdad ¿o no? Es verdad. Cuando Pío XII cambió la disciplina – ‘¡Ah, herejía! ¡No! ¡Ha tocado la disciplina de la Iglesia!’ – tantos fariseos se escandalizaron. Tantos. Porque Pío XII había hecho como Jesús: ha visto la necesidad de la gente. ‘Pero pobre gente, ¡con tanto calor!’. Estos sacerdotes que celebraban tres Misas, la última a la una, después de mediodía, en ayunas. La disciplina de la Iglesia. Y estos fariseos eran así  – ‘nuestra disciplina’ – rígidos en la piel, pero como Jesús les dijo, ‘putrefactos en el corazón’, débiles, débiles hasta la putrefacción. Tenebrosos en el corazón”.
Es, literalmente, un caníbal; un caníbal institucional, como bien lo ha caracterizado Ludovicus. Más allá de la discusión acerca de si el ayuno eucarístico efectivamente era tal como afirma el Romano Pontífice, el problema está en su actitud. No dice nada acerca del sentido que tenía, y tiene, tal ayuno: purificación y penitencia para prepararse correcta al misterio que se va a recibir. No le importa en absoluto decir, indirectamente, que todos los pontífices –y la Iglesia misma- anteriores a Pío XII eran una suerte de sádicos que se solazaban imponiendo dolorosas condiciones y ocasionando graves problemas de conciencia a los fieles que querían recibir la eucaristía (¿Bergoglio con problemas de conciencia? Habrá sido hace mucho, mucho tiempo…). Y la misma acusación de sadismo y crueldad pesa para las Iglesias Orientales que mantienen ese ayuno hoy en día. No le importa utilizar como aliado de esta majadería al Papa Pío XII; no le importa confundir al calificar a quienes imponían esas prácticas –la Iglesia misma- como fariseos: rígidos en la piel, pero como Jesús les dijo, ‘putrefactos en el corazón’, débiles, débiles hasta la putrefacción. Tenebrosos en el corazón.
¿Qué logra Bergoglio con todo esto? Aumentar su autoridad y estima frente a los ojos del mundo a costa de canibalizar a la Iglesia. En el fondo, la actitud que ha tenido desde el comienzo mismo de su pontificado ha sido la de refrendar todas las críticas que el mundo hace a la Iglesia presentándose él como el salvador que viene a enderezar todos estos entuertos.

La segundo observación tiene que ver con declaraciones que hizo ayer el inefable Mons. Karcher con ocasión de la caída del “Muro del Caribe”, artífice de lo cual pereciera que fue el mismo Papa. Aquí pueden leer, y escuchar, la nota. Yo sólo me detengo en esta frase:
“Yo creo que el papa está cumpliendo con su rol fundamental de “pontífice”, el que tiende puentes, el hombre que está llamado a crear y a mejorar relaciones entre los hombres y entre los pueblos”.
Me pregunto seriamente si esta gente fe. No solamente fe católica, sino fe a secas. Es básico y de manual: el pontífice –Cristo el primero de todos y, luego, los obispos- está llamado a ser “puente” entre Dios y los hombres. Es de ese modo como la Iglesia, desde el mismo San Pablo en adelante, siempre lo enseñó. El Secretario General de las Naciones Unidas podría ser, análogamente, un pontífice destinado a tender puentes entre los hombres y mejorar las relaciones entre los pueblos. El obispo de Roma ha sido elegido para en su cargo para tender puentes entre la humanidad caída y redimida, y Dios.
Decir lo que dijo Karcher –no me cabe duda que aleccionado por el mismo Bergoglio- es constituir a éste frente al mundo como un líder del mundo, sin ninguna referencia a su función sobrenatural. Es, en pocas palabras, bautizar a Bergoglio con el nombre de Julián Felsenburg. No pretendo ser apocalíptico ni tengo propensión a serlo, pero aquí se trata de cambiar radicalmente el papel del pontificado romano.

La antífona del Benedictus del día de hoy dice: “Vigilate animo, in próximo est Dominus, Deus noster”; “Que tu alma este vigilante, porque el Señor está muy cerca”. Aunque también podríamos hacer una variación: “Tened cuidado. Que vuestro ánimo no decaiga. Estad atentos. Falta poco. Ya estoy a las puertas”.