viernes, 23 de enero de 2015

El juego de las diferencias

Hay dos personajes que, desde hace ya un buen tiempo, no cesan de avergonzar a todos los argentinos frente al mundo. Ellos son, claro, el Papa Francisco y la Presidente Cristina Kirchner. A tal punto llega nuestra desolación que es frecuente leer comentarios en blogs católicos donde se dice, por ejemplo, que Bergoglio es “como el resto de los argentinos”, o que “no podía esperarse otra cosa de un argentino”. Y tienen razón sólo en parte, o bien, tienen la razón que tienen todas las generalizaciones. Debo decir con pesar que, en las últimas décadas, la mayoría de los argentinos forma parte del grupo al que pertenecen el Papa y la primera mandataria. Pero hay otros argentinos, entre los cuales me cuento, que no somos de esa calaña. Somos pocos, y cada vez menos, pero estamos.
No me interesa escribir una entrada plañidera. No es cosa de caballeros deshacerse en lágrimas y secar los trapos al sol pero sí lo es señalar lo que evidencia a estos personajes calamitosos quienes, a su paso, infringen daños irreparables a un país y a la Iglesia toda.
Y la cuestión es que los acontecimientos de los últimos días han mostrado ya, y de un modo palmario, las innegables similitudes que tienen el Pontífice con la Presidente. Veamos aquí algunas de ellas:
1.     La filiación política: Ambos son hijos de San Perón. Como escribe el blog In Exspectatione, ambos poseen las “habilidades adquiridas en la escuela de aquel santo doctor y fundador de impar progenie”. Perón y su movimiento fue el sepulturero de la Argentina que supo ser hasta el año ’40. Es verdad que había mucho para enterrar: era un país con una selecta y eficiente clase dirigente pero liberal y masona, muchas veces anticlerical y que privilegiaba sus vínculos con los sectores occidentales liberales y masones de Francia, Inglaterra o los Estados Unidos. El problema es que, con todo eso, se sepultó la posibilidad de una clase dirigente y, desde ese momento, el país estuvo gobernado por los parias, es decir, por representantes de las clases inferiores incapaces de toda incapacidad para el gobierno y la administración de la cosa pública. Quienes debieran haber cumplido su rol en el teatro de la vida -diría Epicuro- en el honrado oficio de vendedores callejeros de achuras o menajes con el cual se habrían honrado a sí mismos y a la sociedad, se convirtieron en senadores, gobernadores y presidentes de una república. Perón y el peronismo des-ordenaron la sociedad; se mezclaron los papeles; su confundieron los roles; se ensució la política. Y esta es una situación irreversible. Argentina nunca más volverá a ser lo que fue: la nación líder en Latinoamérica por su educación, su cultura y su economía.
2.     El peronismo de ambos explica la desvergonzada duplicidad de discursos. Lo hemos visto hasta el hartazgo en el Papa Francisco, diciendo siempre lo que la platea que tiene enfrente desea escuchar, sin importarle que sea exactamente lo contradictorio a lo que dijo un día antes o a las mismas proposiciones de la fe. Omar Bello, uno de los biógrafos del Papa, cuenta el caso de un alto empleado de la curia porteña que fue echado de su trabajo por orden del entonces cardenal Bergoglio. Cuando el pobre hombre se acercó al cardenal para consultarle los motivos de su despido, éste le dijo: “¡Qué te hicieron! Son los viejos empleados de la Curia. No puedo hacer nada. Me torcieron el brazo”. Y así, todos en paz. Bergoglio le dice a los periodistas que los católicos deben controlar la procreación, abriendo disimuladamente una puerta a la contracepción y, un día después, le dice a los católicos que las familias numerosas son una bendición. Y de estos ardides, ¿cuántos llevamos desde el inicio de su pontificado? Cristina, por su parte, en la última semana ha dado un claro ejemplo de la misma política de cambio de discurso sin el menor sonrojamiento de mejillas: el martes, el fiscal Nisman se había suicidado; el jueves, en cambio, había sido asesinado. En 2011 Irán era un país terrorista y en 2012 había que buscar un entendimiento a través de una Comisión de la Verdad. Para ambos peronistas, la verdad, y con ella la realidad, no existen o no tienen entidad apreciable: lo importante es el momento y la conveniencia que marcan las circunstancias. Ayer, era conveniente echar a un funcionario; hoy, cuando soy interpelado por él, es conveniente mostrarme solidario en su desgracia: ¡Qué te hicieron! Doble discurso o mentira a secas sin rubores.
3.     Si bien ambos, Bergoglio y Cristina, son parlanchines y les gusta extenderse en palabras y alocuciones, necesitan, sin embargo, de intérpretes que popularicen sus discursos y deseos. Estos lenguaraces suelen ser personajes impresentables  que no pasan de paniaguados. En el caso de la presidente argentina, tenemos especímenes como Capitanich y Aníbal Fernández, la espantosa Diana Conti o el católico Julian Dominguez. El Romano Pontífice, en cambio, usa a su ceremoniero Karcher o a su secretario Pedacchio y, cuando la cosa se pone pesada y estos dos pobres infelices son insuficientes, recurre al P. Lombardi o, como en el último caso, a Mons. Becciu.
4.     Bergoglio y Cristina poseen, además, otra característica en común bastante más profunda de las anteriores: ambos son descastados, es decir, no poseen un grupo social de pertenencia. No están adscriptos e identificados a clase o colectivo social determinado lo cual genera en ellos una fuerte dosis de resentimiento. Cristina Fernández, por ejemplo, es hija natural de una mujer que, en su época, era obrera fabril e hincha fanática de fútbol, y que luego que se casa con un colectivero. Su hija jamás aceptó al padrastro y siempre buscó el ascenso precipitado de clase. Cuando joven, cuentan sus biógrafos, era habitual verla asistir a los partidos de rugby, caminando por sus canchas enlodadas con tacos aguja, en busca de algún pretendiente que perteneciera a familias distinguidas cuyos hijos practicaban ese aristocrático deporte. Bergoglio, por su parte y como lo narra el mismo Omar Bello, ha negado siempre a sus padres. Relata que, en una ocasión, hablando con él en su despacho, le preguntó si la mujer mayor de un pequeño retrato que había allí había era su madre. El cardenal le respondió que no, que era la mujer que lo había criado a él y a sus hermanos y por la cual, una vez  que ingresó a la Compañía de Jesús, nunca más se había interesado. Muchos años después, cuando ya era arzobispo de Buenos Aires, la mujer se había acerca al arzobispo a pedir ayuda porque estaba sumida en la pobreza. Bergoglio no quiso atenderla y la hizo echar. Tiempo después la buscó, pero era tarde: ya había fallecido en la miseria. La anécdota indica una personalidad particular: no tiene la foto de su madre pero sí la de una empleada doméstica, que había sido muy cercana a él, pero de la que se había desentendido durante décadas. Este renegar y no reconocerse en los suyos produce el resentimiento que se manifiesta de diversos modos. En Cristina, por ejemplo, cargándose de joyas carísimas, Rolex y carteras Vuitton pero, al mismo tiempo hablando delicias de los pobres trabajadores y pestes de la clase media y de los dueños del campo. Bergoglio criticando por televisión a los dirigentes de Cáritas que concurrían a un festejo a un caro restaurante de Puerto Madero y no perdiendo ocasión de mostrar su despecho por todo lo que implique cierta distinción, bueno gusto o meramente cultura, mientras alquila la Capilla Sixtina y los Jardines Vaticanos a los usuarios europeos de Porsche.
5.     Ambos personajes están rodeados de una corte de aplaudidores incondicionales. La mayor parte de los argentinos no podemos soportar los discursos en cadena nacional de nuestra presidente en los que, rodeada de ministros, legisladores y empresarios, se desliza entre aplausos y ovaciones a cada una de sus afirmaciones o bromas tontas. En el otro caso, cualquiera puede ver, por ejemplo, el video de la conferencia de prensa del papa Francisco a su regreso de las Filipinas. El P. Lombardi, la inefable Piqué junto con su marido, el ex sacerdote Jerry O’Connell, se deshacen a carcajadas con cada una de las vulgaridades pontificias: conejos copuladores, patadas en “donde no da el sol”, etc.
6.     Bergoglio y Cristina, también, tienen una particular inclinación y gusto por romper con las normas del protocolo y la buena educación. Así como Francisco decidió usar sotana blanca casi transparente con pantalones y zapatos negros, Cristina decidió que sus edecanes debían ser mujeres, para lo cual produjo un verdadero estropicio en las Fuerzas Armadas para que las señoras militares que se dedicaban a sus oficios de médicas ascendieran al grado de coronel. Mientras Francisco le dio una silla y un sanguchito de mortadela al guardia suizo que lo custodiaba, Cristina y los suyos se mataban de risa, y de desprecio, cuando los jefes de su guardia personal cumplían los rituales acostumbrados a su llegada a la Casa de Gobierno. Mientras Francisco despreció el usó de las seculares insignias pontificias, Néstor Kirchner jugueteó con el bastón de mando presidencial cuando le fue entregado. Mientras el Papa no asistió, sin aviso previo, a un concierto en su honor que se realizaba en el Aula Pablo VI, los Kirchner dejaron plantada a la reina Beatriz de Holanda en la comida que la soberana daba en su honor en su visita de estado a la Argentina.

El juego de las diferencias o el juego de las similitudes.

martes, 20 de enero de 2015

La familia Conejín

Me llamó la atención la vulgaridad ya totalmente desembozada de la conferencia de prensa del Papa Francisco durante su viaje de regreso de las Filipinas. Pensé que era solamente la traducción al español de la maliciosa Elizabetta Piqué para La Nación. Me fui entonces a la versión original italiana. Y no era culpa de la traductora. Era el mismo Francisco hablando nuevamente con una vulgaridad propia de fonda romana.
Pero el problema no es ya la forma, que ha dejado prácticamente de escandalizarnos. El problema es el contenido y el desparpajo con el que dice las sandeces más inconcebibles que parece mentira que sea el Romano Pontífice quien las está diciendo. Recuerdo la expresión que se le escapó por lo bajo a un importante cardenal de la Curia durante el último Sínodo: “Ma come mai può dire tante stronzzatte?”, que en buen criollo sería: “¿Pero cómo puede decir tantas pelotudeces?”.
No es necesario que discutamos en este espacio –ya lo han hecho en muchos blogs colegas- la chabacana y, sobre todo, ofensiva expresión que utilizó hacia las familias católicas que, generosamente, deciden tener una prole numerosa. (Se puede leer aquí el testimonio de una madre al respecto) Lo que resulta pasmoso es la inconsistencia e irresponsabilidad del discurso del Pontífice.
Es importante leer la respuesta a la pregunta del periodista alemán Christoph Schmidt: “Io credo che il numero di tre per famiglia, che lei menziona, secondo quello che dicono i tecnici, è importante per mantenere la popolazione. Tre per coppia. Quando si scende sotto questo livello, accade l’altro estremo, come ad esempio in Italia, dove ho sentito – non so se è vero – che nel 2024 non ci saranno i soldi per pagare i pensionati. Il calo della popolazione. Per questo la parola-chiave per rispondere è quella che usa la Chiesa sempre, anch’io: è “paternità responsabile”. Come si fa questo? Col dialogo. Ogni persona, col suo pastore, deve cercare come fare questa paternità responsabile. Quell’esempio che ho menzionato poco fa, di quella donna che aspettava l’ottavo e ne aveva sette nati col cesareo: questa è una irresponsabilità. “No, io confido in Dio”. “Ma guarda, Dio ti dà i mezzi, sii responsabile”. Alcuni credono che – scusatemi la parola – per essere buoni cattolici dobbiamo essere come conigli. No. Paternità responsabile. Questo è chiaro e per questo nella Chiesa ci sono i gruppi matrimoniali, ci sono gli esperti in questo, ci sono i pastori, e si cerca. E io conosco tante e tante soluzioni lecite che hanno aiutato per questo. 
 Podemos recordar ahora las aburridas peroratas del papa Francisco sobre la necesidad de un laicado maduro y la nocividad del clericalismo dentro de la vida de la Iglesia. No sabemos dónde queda la autonomía de los laicos en lo que se refiere a los asuntos temporales cuando es un clérigo, o mejor aún, “el” clérigo, quien les indica la cantidad de hijos que deben tener –“tres hijos por pareja”, ha dicho el Santo Padre-, sino que en varias ocasiones indica a los matrimonios que recurran a los pastores –es decir, a los clérigos- a fin de que negocien con ellos la cantidad de hijos que deben traer al mundo y, consecuentemente, cómo evitar los embarazos no deseados. Concreta y brevemente: los clérigos deben meterse en el lecho conyugal a fin de tratar asuntos tan íntimos como es la vida conyugal de los cónyuges.
Algunos opinan que, en realidad, el Santo Padre está dando un mensaje a favor de los métodos anticonceptivos. No lo creo. El Santo Padre dice lo que se le pasa por la cabeza, sin medir consecuencias, sin detenerse a pensar un momento en sus palabras. Es un gran irresponsable.
¿Hasta cuándo deberemos escucharlo decir tantas… sandeces?

lunes, 19 de enero de 2015

La cáscara de banana

El Santo Padre pisó una cáscara de banana y el resbalón le dejó varios moretones.
Todos nos quedamos pasmados. Tuvimos que esperar casi dos años pero, finalmente, el Obispo de Roma se animó a decir algo de una cierta incorrección política. Por primera vez en su pontificado, dijo lo que los medios del mundo no quería escuchar y, contrariamente a lo que esperaban, no se colgó un cartelito con la leyenda “Je suis Charlie”.
A tal punto llega la inanidad del discurso bergogliano que los católicos nos complacimos por una brevísima declaración que horas después debió ser aclarada por el vocero de la Santa Sede, no sea que se pensara que el Papa está en contra de los valores democráticos del mundo moderno. Por cierto, la declaración pontificia es más que mediocre. Su objeción fue un recurso a un argumento meramente humano (el insulto a la madre) cuando deberíamos haber esperado la mención a la blasfemia (el insulto a Dios). Pero a tanto, claro, no se atrevió.
¿Habrá sido que en ese momento el avión pontificio atravesaba una nube habitada por un ángel particularmente celoso del nombre divino que le dio un bofetón para que reaccionara? ¿Habrá sido que afloró, sin darse cuenta, los restos de su formación cristiana que en alguna zona de su alma aún debe estar arrumbada? ¿Habrá sido el cansancio acumulado en su viaje a Ceylán que le permitió visitar de incógnito un santuario budista pero que, en cambio, le impidió visitar a los obispos católicos de la isla? ¿Habrá sido un sigo de “hipercorrección política” destinada a congraciarse con los musulmanes?
¿Mi opinión? Se le escapó: estaba descontrolado, como pueden ver en este video.
El mundo salió a pegarle, y a pegarle duro. Algunos periodistas, incluso, pidieron su renuncia. En esta ocasión, no podemos estar más de acuerdo con ellos. Notable la reacción de su gran admirador, el filósofo Gianni Vattimo. Hace apenas dos meses había declarado, refiriéndose al pontificado de Francisco: “Estoy feliz. Francisco salvó a la Iglesia del suicidio al que la estaban empujando sus antecesores en base a la lectura literal de las Sagradas Escrituras y los dogmas”. Y un año antes, que Bergoglio era un papa “con estilo”. Pero el sábado pasado cambió de opinión. No es cuestión de andar poniendo en duda la literalidad del dogma de la libertad de prensa.
El texto de Vattimo hace agua por varios costados. Por ejemplo, afirma que “un Estado laico no se propone elaborar sus leyes sobre la base de un principio natural”. Sin embargo, tres párrafos más abajo considera que “el límite del respeto de la persona no puede ser otro que la dignidad de todas las personas, que es lo que las leyes deben garantizar". Ahora bien, ¿eso no es un principio “natural”? Claro que ni siquiera frente a los endebles razonamientos del filósofo del pensamiento débil puede erigirse el Papa Francisco, quien no podría fundar su prepoteada en un silogismo de tres juicios. Los teólogos de rodillas a quienes él sigue (Kasper, Bruno Forte, Tucho Fernández) han desmontado la filosofía tomista, la teología, la lógica aristotélica. Sólo quedan caprichos, doxa: “me parece que si insultan a tu madre le podés dar un puñetazo” “Pero si el insulto es al padre no”. “Sí, al padre no. Pero a la hermana sí”. “A la lora no”. “No, a la lora no, pero si insultan a la ecología o a la madre Tierra sí”. Es una pelea de enanos en el barro.
Las contradicciones del discurso pontificio son ya de tal modo flagrantes que rozan lo trágico. Hace pocos días, en un pequeño santuario mariano de la diócesis de Perugia, fue escandalosamente profanada la imagen de la Santísima Virgen que allí se venera. Mientras había fieles en oración, ingresaron cinco inmigrantes musulmanes, destrozaron la imagen a patadas y luego orinaron sobre ella. Mons. Paolo Giulietti, obispo de Perugia y devoto francisquista, salió presuroso a declarar: “No podemos atribuir este acto de vandalismo a un episodio de odio religioso. Es importante no alimentar la desconfianza mutua”. Cualquier cosa antes que levantar siquiera una sospecha sobre nuestros hermanos musulmanes. Es que no podía hacer otra cosa el prelado. El mismo Santo Padre nos ha enseñado hace poco que “los migrantes, por su propia humanidad y sus valores culturales, amplían el sentido de la fraternidad humana”. Es decir, cuantos más inmigrantes, mejor: más humanidad, más valores culturales, más fraternidad.
- ¿Qué hacemos, Santidad, con los musulmanes del ISIS que están degollando a los cristianos iraquíes y sirios?
- ¡La puerta siempre abierta para el diálogo! ¡Nunca cerrar una puerta! (Ver aquí la declaración)
- ¿Qué hacemos, Santidad, con los musulmanes que insultaron a nuestra madre, la Santísima Virgen, profanando su imagen?
- “Los que insultan a la madre deben esperar un puñetazo. Es normal. Es normal. No se puede provocar, no se puede insultar la fe de los demás, no se pude ridiculizar la fe”.
No está demás repetir la reflexión que hemos hecho en esta página más de una vez: resulta difícil de entender cómo una institución bimilenaria como la Iglesia, con toda su historia y experiencia, haya podido elegir para su cargo más alto a un personaje de tan manifiesta ineptitud. La culpa es de los cardenales… y de Benedicto XVI.

domingo, 18 de enero de 2015

Evelyn Waugh y la Liturgia II

[viene del post anterior]
Hay un partido dentro de la jerarquía que desea realizar superficiales pero sorprendentes cambios en la Misa para hacerla más ampliamente inteligible. La naturaleza de la Misa es tan profundamente misteriosa que los más agudos y santos hombres están continuamente descubriendo ulteriores matices de significación. No es una peculiaridad de la Iglesia Romana que mucho de lo que ocurre en el altar es en diversos grados oscuro a la mayor parte de los creyentes. Es de hecho, la marca de todas las Iglesias históricas apostólicas. En algunas la liturgia se celebra en una lengua muerta como el Ge’ez  o el Siríaco; en otras en griego Bizantino o Paleoeslavo, que difieren mucho de la lengua hablada comúnmente.
La cuestión del uso de la lengua vernácula ha sido debatida hasta que realmente no queda nada nuevo por decir. En diócesis como por ejemplo algunas de Asia y África donde se hablan media docena o más de lenguas diferentes, la traducción es casi imposible. Aún en Inglaterra y los Estados Unidos donde en gran medida el mismo idioma es hablado por todos, las dificultades son enormes. Hay coloquialismos que, aunque suficientemente inteligibles, de hecho son bárbaros y absurdos. El idioma vernáculo puede ser ya preciso y prosaico, en cuyo caso adquiere el pomposo estilo de un funcionario burocrático, o bien poético y eufónico, en cuyo caso tiende al arcaísmo y se vuelve menos inteligible. La versión King James de la Biblia no fue escrita en la lengua corrientemente hablada en la época, sino en la de un siglo antes. Mons. Ronald Knox, un maestro de la lengua, intentó plasmar en su traducción de la Vulgata un “inglés atemporal”, mas su realización no ha sido universalmente bien recibida. Pienso que es altamente dudoso que el feligrés medio necesite o desee tener comprensión intelectual y verbal completa de todo lo que se dice. Simplemente concurre a la liturgia a adorar, con frecuencia en forma silenciosa y efectiva. En la mayor parte de las Iglesias históricas el acto de la consagración tiene lugar detrás de cortinas o puertas. La idea de apiñarse en torno del sacerdote y observar todo lo que hace les es completamente extraña. No puede ser una pura coincidencia que cuerpos tan independientes unos de otros se hayan desarrollado del mismo modo. El temor reverencial es la predisposición natural para la oración. Cuando los teólogos jóvenes hablan de la Sagrada Comunión como de una ‘comida social’, hallan poca respuesta en los corazones y en las mentes de sus menos refinados hermanos.
No hay dudas de que existen ciertas mentes clericales a las cuales el comportamiento de los laicos en la Misa les parece chocantemente anárquico. Nos reunimos obedeciendo a la ley de la Iglesia. Los sacerdotes desempeñan su función en exacta conformidad con la regla. Pero nosotros, ¿qué hacemos? Algunos estamos siguiendo el misal, pasando exactamente las páginas buscando introitos y colectas extra, diciendo silenciosamente todo lo que los liturgistas quisieran que dijésemos en voz alta y al unísono. Otros están rezando el Rosario. Algunos están luchando con niños inquietos. Otros están arrobados en oración. Algunos están pensando en cualquier cosa hasta que reciben el llamado de atención de la campanilla. No hay uniformidad aparente. Sólo en el Cielo seremos reconocibles como el cuerpo unido que somos. Es fácil ver por qué algunos clérigos quisieran que mostrásemos más conciencia unos de otros, más evidencia de estar tomando parte en una ‘actividad grupal social’. Idealmente tienen razón pero ello significa presuponer una vida espiritual privada mucho más profunda de la que la mayor parte de nosotros ha alcanzado.
Si nos apartáramos de largas horas de meditación y oración solitaria, como los monjes y las monjas, para una ocasional incursión de solidaridad social en la recitación pública del oficio, estaríamos sin duda realizando la plena vida cristiana a la que estamos llamados. Pero ese no es el caso. La mayor parte de nosotros, creo, realizamos nuestras oraciones matutinas y vespertinas en forma maquinal y abreviada. El tiempo que pasamos en la Iglesia –más bien poco, es el que separamos para renovar a nuestro modo nuestros negligentes contactos con Dios. No es como debería ser, pero es, pienso, como ha sido siempre para la mayor parte de nosotros, y la Iglesia, sabia y caritativamente, siempre ha cuidado de los de segunda clase. Si la Misa es cambiada de tal modo de enfatizar su carácter social, muchas almas se encontrarán alejadas de su verdadera meta. El peligro es que los Padres Conciliares, en razón de su profunda piedad personal y porque han sido llevados a pensar que hay un fuerte deseo de cambio por parte del laicado, aconsejen cambios que se revelarán frustrantes para los menos piadosos y menos elocuentes.
Podrá parecer absurdo hablar de “peligros” en el Concilio cuando todos los católicos creen que todo lo que se decida en el Vaticano será la voluntad de Dios. Mas pertenece a la naturaleza sacramental de la Iglesia el que los fines sobrenaturales se alcancen por medios humanos. La interrelación entre lo espiritual y lo material es la esencia de la Encarnación. Usando una comparación inferior, la “inspiración” de un artista no es un proceso de aceptación pasiva de un dictado. Abocado a su trabajo, realiza falsas partidas y se ve forzado a comenzar de nuevo; se ve impelido en cierta dirección, y la sigue alegremente hasta que toma conciencia de que se ha alejado de su verdadero curso; nuevos descubrimientos vienen a su mente mientras está luchando con otro problema; de ese modo, por ensayo y error, es consumada una obra de arte. Lo mismo pasa con las decisiones inspiradas de la Iglesia. No son reveladas por una súbita y clara voz proveniente del Cielo. Los argumentos humanos son los medios por medio de los cuales la verdad eventualmente emerge. No es para nada impertinente susurrar otro argumento humano en medio de las elevadas deliberaciones.


viernes, 16 de enero de 2015

Evelyn Waugh y la liturgia I

El genial novelista católico inglés Evelyn Waugh concedió siempre una gran importancia a la liturgia, como puede apreciarse en muchas de sus obras y, por eso mismo, le causó una profunda consternación y dolor su destrucción por parte del Concilio Vaticano II. Este sufrimiento fue, en última instancia, una de las causas que lo llevarían a su prematura muerte en 1966.
A continuación les paso la primera parte de la traducción de algunos de los párrafos más significativos de una nota que Waugh publicó en The Spectator el 22 de noviembre de 1962 sobre las reformas que ya se preveía que el vendaval conciliar nos iba a regalar: 

[...]
Hace poco escuché el sermón de un entusiasta neopresbítero quien habló, probablemente aludiendo a la infeliz frase de Macmillan con relación al África, de un “gran viento” que está a punto de soplar, barriendo las irrelevantes acrecencias de los siglos y que revelará a la Misa en su prístina y apostólica simplicidad. Mientras tanto yo miraba su congregación, compuesta por parroquianos de un pequeño pueblo rural, del cual me considero un miembro típico, y pensaba en cuán poco se correspondían sus aspiraciones con las nuestras.
[…]
Menos todavía aspiramos a usurpar su  lugar [el del sacerdote] en el altar. “El sacerdocio de los fieles” es una engañosa frase de esta década, abominable para todos aquellos que nos la hemos topado. No pretendemos ninguna igualdad con nuestros sacerdotes cuyos defectos personales y miserias (cuando existen) sirven sólo para enfatizar el misterio de su llamado único. Cualquier cosa en lo que respecta a indumentaria o maneras o hábitos sociales que tienda a camuflar dicho misterio es algo que nos aleja de las fuentes de la devoción. El fracaso de los “sacerdotes obreros franceses” todavía está fresco en nuestra memoria. Un hombre que envidia de otro una posición más alta y especial está muy lejos de ser un cristiano.
Mientras la Misa continuaba de la manera habitual me pregunté cuántos de nosotros deseábamos ver algún cambio. La Iglesia era más bien oscura. El sacerdote se encontraba bastante lejos. Su voz no era clara y el lenguaje que utilizaba no era el de todos los días. Ésta era la Misa por cuya restauración los mártires Isabelinos habían ido al cadalso. San Agustín, Santo Tomás Becket, Santo Tomás Moro, Challoner y Newman hubiesen estado a gusto entre nosotros; de hecho, estaban presentes entre nosotros. Posiblemente pocos de nosotros lo estuviésemos conscientemente considerando, pero su presencia y la de todos los santos nos sustentaba silenciosamente. Su presencia no hubiese sido más palpable si hubiésemos hecho las respuestas en voz alta al modo moderno.
Creo que no es por una mera confusión etimológica que la mayoría de los anglo-parlantes creemos que ‘venerable’ significa ‘viejo’. Hay en el corazón humano una conexión profunda entre adoración y edad. Pero la nueva moda se inclina por algo brillante, estentóreo y práctico. Ha sido establecida por una extraña alianza entre los arqueólogos absorbidos en sus especulaciones acerca de los ritos del siglo segundo, y los modernistas que desean dar a la Iglesia el carácter de nuestra deplorable época. Combinando ambas cosas, se llaman a sí mismos “liturgistas”.
El difunto dominico francés Couturier, estaba siempre pronto a solicitar los servicios de los ateos para diseñar ayudas para la devoción; el resultado es que las iglesias que él inspiró son más frecuentadas por turistas que por creyentes. En Vence hay una famosa pequeña capilla diseñada por Matisse en su vejez. Siempre está llena de turistas y las religiosas que la atienden están orgullosas de ella. Pero las estaciones del Via Crucis, garabateadas en una única pared están de tal modo dispuestas que es apenas posible rezar el ejercicio tradicional delante de él. Las hermanas a cargo tratan de evitar que los visitantes parloteen, pero de hecho no hay nadie a quien molestar; en las ocasiones en que he estado allí no he visto a nadie rezando, como uno frecuentemente encuentra en simples iglesias decoradas con yeso y oropel.
La nueva catedral Católica en Liverpool es de planta circular. La concurrencia debe ubicarse en gradas como si fuera un quirófano abierto al público. Si levantan los ojos se miran unos a otros. Las espaldas son frecuentemente distractivas; las caras lo son más. La intención es ubicar a todos lo más cerca posible del altar. Me pregunto si el arquitecto ha estudiado el modo en que la gente se ubica en una misa parroquial normal. En todas las iglesias que conozco, los primeros bancos son los últimos en completarse.
En los últimos años hemos experimentado el triunfo de los “liturgistas” en la reforma de la Semana Santa. Durante siglos estos ritos han sido enriquecidos por devociones muy caras a los fieles –la anticipación del oficio matutino de Tinieblas, la vigilia en el Altar del Monumento, la Misa de Presantificados. No se trata de cómo los cristianos del siglo segundo celebraban la Pascua. Se trata del crecimiento orgánico de las necesidades del pueblo. No todos los Católicos podían asistir a todos los oficios, pero cientos lo hacían, yéndose a vivir a o cerca de casas monásticas y realizando un retiro anual que comenzaba con el Oficio de Tinieblas en la tarde del Miércoles Santo y culminaba cerca del mediodía del Sábado Santo con la Misa Pascual anticipada. Durante estos tres días el tiempo estaba convenientemente distribuido entre los ritos de la Iglesia y las predicaciones del sacerdote a cargo del retiro, con pocas ocasiones para las distracciones. Ahora nada ocurre antes de la tarde del Jueves Santo. Toda la mañana del Viernes Santo está vacía. Hay una hora aproximadamente en la iglesia el Viernes por la tarde. Todo el Sábado está en blanco hasta la noche tarde. La Misa Pascual es cantada a la medianoche ante una cansada feligresía que es obligada a “renovar sus votos bautismales” en lengua vernácula para luego irse a la cama. El significado de la Pascua como una fiesta de la aurora ha sido olvidado, como lo ha sido el de la Navidad como Nochebuena. He notado en el monasterio que frecuento una marcada caída en el número de ejercitantes desde las innovaciones, o como los liturgistas preferirían llamarlas, restauraciones. Puede muy bien ser que estos servicios se encuentren más próximos a las prácticas de la primitiva Cristiandad, pero la Iglesia disfruta del desarrollo del dogma; ¿por qué no se le concede entonces el desarrollo de la liturgia?


jueves, 15 de enero de 2015

Caída libre

Más de una vez hemos comentado en este blog lo difícil que resulta tomar la distancia necesaria a fin de apreciar lo pronunciado de la pendiente en la que nos encontramos. Pareciera que el pasar de los días y los años en que las mutaciones de la civilización y de la Iglesia se han ido acelerando, adormeció nuestra capacidad de reacción y asombro.
Pongo un ejemplo. En los ’80 –hace apenas 30 años- no existía en el lenguaje coloquial la palabra gay. De los homosexuales se hablaba en voz baja y su conducta se consideraba una anomalía. En los ’90, incluso, el presidente Menem prohibió otorgar la personería jurídica a una organización homosexual que buscaba denfender los derechos de ese colectivo. Hoy, no sólo se ha legislado el matrimonio homosexual, no sólo se considera esa conducta como normal e, incluso, deseable, sino que se ha presentado en el Congreso nacional un proyecto de ley para otorgar un subsidio de $ 8000 mensuales a los travestis por el sólo hecho de serlo. Si somos capaces de detenernos y alejarnos de la inmediatez de los hechos, caeremos en la cuenta de la enormidad del cambio y de su rapidez inaudita.
Pero me interesa en esta ocasión llamar la atención de este tipo de cambios en cuestiones relacionadas con la fe.  Cualquier católico con una formación mínima, o lo que yo llamaría cualquier “católico con fe católica”, posee la certeza de hay aspectos de la fe y de la religión que no pueden ser de ningún modo cambiados. No me refiero solamente a cuestiones dogmáticas sino a otras que tienen que ver con la moral o con la práctica cotidiana de la fe. Por ejemplo, ningún católico dudaría de la necesidad de rezar y de la importancia impostergable de la oración. Sin embargo, sabemos que Mons. Víctor Fernández, “Tucho”, preconiza el primado absoluto de la “misión”, es decir del activismo apostólico, sobre el “discipulado”, es decir, la vida de oración. El misionero no necesita rezar porque su acción es oración. Sobre este tema volveremos en otra entrada próximamente.
Ayer hemos asistido a otro caso escandaloso en el que un obispo propone un cambio rotundo de lo que, para la conciencia católica, es inmodificable. El blog Adelante la Fe reportaba que el obispo de Amberes había dicho: “Debemos buscar un reconocimiento formal en el interior de la iglesia de una relación que también está presente en parejas bisexuales y homosexuales. Así como en la sociedad existe una variedad de formas legales para parejas, también debe existir una variedad de formas de reconocimiento dentro de la iglesia”. El cambio que está proponiendo este prelado belga es gravísimo. No se trata de un cambio de disciplina eclesiástica. Por ejemplo, el papa Francisco podría decidir mañana que el celibato no es condición necesaria para acceder a las órdenes sagradas. Podría gustarnos más o menos, pero se estaría tocando una cuestión disciplinar, todo lo secular que se quiera, pero que no hace a la esencia de nuestra fe católica.
Sin embargo, que un obispo proponga que las parejas bisexuales y homosexuales tengan también un “reconocimiento”, es decir, un estatuto jurídico o canónico, dentro de la Iglesia y, consecuentemente, la aceptación moral de ese tipo de conducta, no es disciplinar sino medular a nuestra fe.
Es aquí donde creo que es necesario detenerse y, desde la distancia, observar el caso. ¿Cómo es posible que un obispo, es decir, un “maestro en la fe”, pueda hacer semejante propuesta? La pregunta que surge inmediatamente es si verdaderamente este hombre tiene fe católica, porque esa fe es contradictoria a la fe que yo poseo. En otras palabras, o él es católico, o yo soy católico, porque ambos no podemos serlo, si es que aún sostenemos la vigencia del principio de no contradicción.

Y la otra pregunta que queda flotando es: si este señor obispo se anima a decir lo que dice, ¿qué otras cosas pensará que no se anima aún a decir? O, aún más, ¿de qué modo vivirá? Porque las palabras del Evangelio resuenan con vigencia: “De la abundancia del corazón hablan lo labios”.