sábado, 17 de noviembre de 2018

Consuelo atanasiano

Tal como preveíamos en el post anterior, los medios de prensa americanos ya están hablando de un "desastre" en referencia a la decisión del papa Francisco de prohibir a los obispos de Estados Unidos continuar con las investigaciones sobre los casos los abusos. Se trata de un desastre -dicen- que afectará irremediablemente la opinión pública sobre la Iglesia.  El The New York Time afirmaba esta semana que "el Vaticano, incluyendo al papa Francisco, no han hecho lo suficiente".  
Por eso, y uniéndonos a lo que ayer publicaba el blog Rorate Coeli, "es hora ya de dejar de encubrir al papa Francisco. Él es el problema"
Y es tiempo también de consuelos, como el de San Atanasio:



"Ustedes están fuera de los lugares de culto, pero la fe permanece en ustedes. Veamos: ¿qué es más importante, el lugar o la fe? ¿Quién ha perdido y quién ha ganado en este lucha, el que conserva la Sede o el que observa la fe? Es verdad que los edificios son buenos, cuando la fe es predicada; que son santos, si todo sucede en ellos de un modo santo… Ustedes son los que están felices, ustedes que permanecen dentro de la Iglesia en razón de su fe; ustedes, que mantienen firmes sus cimientos tal como les fueron transmitidos a través de la tradición apostólica. Y si celos execrables intentaran hacerla flaquear en alguna ocasión, no lo lograrán. Son ellos los que se separaron en la crisis actual. Nadie, nunca, prevalecerá contra vuestra fe, queridos hermanos, y creemos que Dios hará que un día volvamos a nuestras iglesias. Cuanto mayor sea la violencia que empleen en ocupar los lugares de culto, tanto más se separan de la Iglesia. Ellos aducen que representan a la Iglesia, pero en realidad son ellos los que fueron expulsados y se encuentran fuera del camino".

Sermón de San Atanasio, predicado a los católicos del siglo IV, desolados por el triunfo del arrianismo.

jueves, 15 de noviembre de 2018

Gato podrido


Todo parece indicar que el gato encerrado murió hace tiempo y que su cuerpo hiede. Es decir, que la podredumbre que se esconde bajo la alfombra de la Iglesia es mucho, pero mucho peor de lo que cualquiera de nosotros y cualquiera de sus enemigos pudiera haber imaginado.

Analicemos la noticia sobre la que publicamos una columna en el post anterior: la decisión del papa Francisco de prohibir explícitamente  a la Conferencia Episcopal de Estados Unidos de que haga algo concreto para investigar en serio la cuestión de los abusos sexuales por parte del clero y de los obispos.
Una primera objeción que podríamos plantear es que parece incoherente que el pontífice que se ha presentado como el adalid de la colegialidad, que en la exhortación apostólica Evangelii gaudium escribió: “No es conveniente que el Papa reemplace a los episcopados locales en el discernimiento de todas las problemáticas que se plantean en sus territorios. En este sentido, percibo la necesidad de avanzar en una saludable «descentralización»”, y que en el último sínodo de los obispos se preocupó para que cobrara protagonismo el tema de la sinodalidad, tome una medida de este calibre. Es que difícilmente puedan encontrarse en la historia reciente de la Iglesia un acto de ejercicio de autoridad tan contundente y grave: prohibir que los obispos de una de las conferencias episcopales para grandes e importantes del mundo hagan lo que el sentido común indica que debe hacerse: llegar al fondo de la verdad para limpiar y sanar. Esta objeción, sin embargo, se resuelve fácilmente cuando se conoce a Bergoglio que, como buen jesuita y como buen peronista, no tiene ningún empacho en decir una cosa y hacer otra.
Pero más allá que su conciencia y su sentido de la coherencia no sean óbice, lo cierto es que esta decisión tiene un costo político enorme. Porque no se trata solamente de un acto de autoridad que suena repulsivo para oídos democráticos como los americanos; va mucho más allá ya que: 
  1. Alimenta la desconfianza y hostilidad que ya existía en buena parte de esos obispos contra Francisco. Recordemos que hace poco más de un año votaron como su presidente al cardenal Di Nardo, en contra de la voluntad del pontífice que quería en ese lugar a Cupich (Los obispos argentinos, en cambio, bajaron la cabeza y votaron, en la tercera ronda, a Mons. Ojea como su presidente acatando, como cobardes que son, las órdenes vaticanas). Una buena parte de los obispos americanos son de tendencia conservadora y Bergoglio los tiene hartos con sus ambigüedades y agachadas. Esto no hará más que agrandar esa grieta.
  2. Ahondará las diferencias y rivalidades entre la misma conferencia episcopal, ubicando a un lado a los francisquistas y en el otro a los anti-francisquistas, y la discusión ya no es un detalle dogmático: es acabar de una buena vez con el escándalo de los abusos.
  3. Estas diferencias episcopales se reflejarán rápidamente en los laicos, que son bastante más gravitantes que en las zonas latinas. Y la enorme mayoría de ellos clama por una solución al tema. Es decir, Francisco no solamente tendrá una fuerte resistencia en el ámbito episcopal y clerical, sino también en el de los laicos. Y eso, entre otras muchas cosas, significa dinero, muchos millones de dólares que dejarán de fluir a las arcas vaticanas. 
  4. El hecho tendrá un fuerte impacto, no en el común de la gente a la que no le llegará la noticia, sino a los analistas. A ninguno pasará desapercibida la maniobra dilatoria y de franco encubrimiento que esta haciendo Francisco.
Todas estas consecuencias, y muchas otras que no se me ocurren, debe haberlas sopesado Bergoglio antes de tomar su decisión, y sin embargo, siguió adelante. Deben existir, entonces, motivos de mucho peso para arriesgar de esa manera su credibilidad y pagar un costo tan alto. ¿Cuáles serán? Pueden ser varios. Por ejemplo, las cartas de Mons. Viganò. Más allá del silencio y de la aparente displicencia con la que el Papa está tratando el caso, lo cierto es que constituyen una piedra dentro de sus zapatos negros que cada vez se hace más grande y más incómoda y a la que finalmente deberá responder.
Pero hay otro motivo más evidente aún: la mancha de los abusos llega mucho más alto de lo que pensamos y una investigación en serio dejaría al descubierto una cloaca inimaginable. Visto desde otro ángulo, las cetrinas americanas confluyen en el albañal romano, porque la mancha séptica ya dejó los Estados Unidos llevándose puesto a un cardenal y a cientos de curas, y rodea la misma colina vaticana. Recordemos algunos hechos:
  1. Según se publicó recientemente, el cardenal Francesco Coccopalmerio habría participado activamente de la orgía de sexo homosexual y drogas en la que fue descubierto su secretario, Mons. Capozzi.
  2. El recientemente nombrado Sustituto de la Secretaría de Estado -tercero en poder- del Vaticano es Mons. Edgar Peña Parra, sobre los cuales aparecieron documentos acerca de sus prácticas homosexuales. Y en un sentido similar se pronunció Mons. Viganó.
  3. El cardenal Maradiaga, uno de los más cercanos al Papa Francisco, fue denunciado por sus propios seminaristas como encubridor de un red de corrupción homosexual, de la que participaba su auxiliar, Mons. José Pineda.
  4. Mons. Viganò dio por escrito indicios de lo que se sabía en Buenos Aires desde hace años: las graves debilidades que tendría Mons. Fabián Pedacchio, secretario privado del Papa Francisco y “gran amigo” del secretario de la Congregación de Obispos, Mons. Ilson de Jesus Montanari.
Podemos detenernos aquí. Es suficiente para darse cuenta que la mancha rodea al mismo solio petrino. Son los más estrechos colaboradores de Bergoglio los que están comenzando a mancharse.

¿Hasta dónde llegaremos?, es la pregunta que nos hacemos todos los días. ¿Desde cuándo?, es la otra. 
Y me pregunto si habría que dar crédito a tantas cosas que se dijeron y que siempre consideramos habladurías y obra de los enemigos de la Iglesia. ¿Habrá sido falsa, como todos los píos católicos creyeron, la acusación pública que hizo Roger Peyrefitte en 1976 contra Pablo VI, afirmando que era homosexual y que, mientras era arzobispo de Milán, y quizás incluso más tarde, tuvo como amante al actor italiano Paolo Carlini? ¿Serán solamente habladurías lo que se comentaba con cierta insistencia en los alrededores de la curia porteña cuando era cardenal arzobispo Jorge Bergoglio acerca de los métodos de espionaje y extorsión que empleaba contra los sacerdotes de su propia diócesis que tenían debilidad por los muchachitos?  ¿Habrá sido solamente un descuido debido a su ingenuidad, que el entonces cardenal Bergoglio haya sido el principal valedor de la carrera episcopal de Mons. Juan Carlos Maccarone quien, luego de haber sido filmado en medio de refocilos con su chofer, afirmó que todos sus hermanos en el episcopado conocían su “debilidad” y aún así lo habían elevado al arzobispado santiagueño? 
Datos y preguntas que debemos hacernos. Ya no se trata de ser más o menos discreto; no se trata de refugiarnos en la negación hundiendo la cabeza en la arena para no ver ni oír. Ese camino ya está clausurado. Se trata de seguir adelante rogando de día y de noche que el Señor fortalezca nuestra fe y la de nuestros hermanos.

Addenda: Abyssus abyssum invocat, una sima llama a otra sima, dice la Escritura. Este descontrol de perversión sexual que estamos viendo en las más altas cumbres purpúreas, no viene solo. La gendarmería pontificia, cuando irrumpió en las habitaciones del Mons. Capozzi, no se encontró solamente escenas de sodomía; se encontró también con droga. Y creo que esta es otra de las líneas que habrá que seguir. No viene mal recordar aquí el hecho sucedido en septiembre de 2014, cuando la policía francesa secuestró el automóvil del cardenal argentino Jorge Mejía cargado de droga y conducido por quien se dio a conocer como gran amigo del secretario personal del cardenal, P. Luis Ducastella. La afición de este sacerdote por los giovanotti italianos era bien conocida. Sí, otro secretario cardenalicio bajo sospechas. ¿Habrá que extenderlas también al propio finado Mejía, de tristísima memoria? Eran especies que deslizaban los malvados en los corrillos vaticanos.

Moraleja: Creo que hay un hecho que está dejando de ser mera presunción para ubicarse en el plano de las certezas: la Iglesia está gobernada por una camarilla de ruines personajes que no tienen fe. Y lo más grave no es su perversión sexual; lo más grave es su falta de fe. McCarrick, Coccopalmerio y el resto de la canalla de la que venimos hablando desde hace un buen tiempo, no pueden tener fe. Un hombre de fe no hace lo que ellos hicieron. Aquí no estamos frente a un resbalón o a un mal paso que cualquiera puede tener. Estamos frente a un plan sistemático de perversión, y para llevarlo a cabo se necesita de hombres que hayan abandonado hace rato la fe en el Dios Trinitario y en la Redención de Jesucristo.

Estamos siendo testigos del fin de la Iglesia, de la Iglesia tal como la conocimos y como la conocieron nuestros padres y los padres de nuestros padres. 

miércoles, 14 de noviembre de 2018

Gato encerrado, y estofado

(Debido a la urgencia de la noticia, publico hoy este post aunque espero que la discusión sobre el tema anterior pueda continuar)



¿Hasta cuándo Señor?

por Robert Royal
Miércoles, 14 de noviembre de 2018

Durante los últimos dos días he estado de viaje y muy ocupado; cuando abordaba un avión, recién me vine a enterar de la noticia del pedido del Vaticano a nuestros obispos americanos en el sentido de que no voten sobre ningún protocolo de actuación para resolver la crisis de los abusos. Y ahora que esto escribo han pasado 24 hs. desde entonces, mientras intento ponerme al tanto con esta noticia tan extraña. Posiblemente se me ocurran más cosas para decir más adelante, pero por ahora, sencillamente me cuesta creer que no es todo sino producto de un mal sueño.

Hace meses ya que el Vaticano sabía que los obispos se iban a ocupar de la cuestión de los abusos en su encuentro de todos los otoños, en Baltimore. El Papa les pidió que lo cancelaran y que en lugar de eso participaran de un retiro espiritual, a la espera de la reunión en Roma de los presidentes de las conferencias episcopales de todo el mundo, encuentro previsto para febrero del año que viene. 
Resulta difícil adivinar con algún grado de precisión qué es lo que el Papa Francisco teme que suceda en la reunión de estos días en Baltimore.
Hemos oído por ahí vagas referencias a que las decisiones de los obispos americanos podrían violar normas del Derecho Canónico. Pero ¿desde cuándo este papado se ha visto restringido por cuestiones legales—o querido que los obispos del mundo entero cumplan con el Derecho Canónico—cuando quiso realmente que alguna cosa se hiciese?
Sea cual fuere ese temor, esperar hasta el mismísimo día de la inauguración de la reunión para pedir que no se votara nada, es cosa prácticamente sin precedentes. Es triste admitirlo, pero para muchos americanos, probablemente el Papa ha confirmado lo que se ha visto obligado a admitir en Chile: que él es parte del problema. Que nadie lo haya convencido de que esta decisión se convertiría en una pesadilla de relaciones públicas—y que causaría más problemas que una franca discusión y una votación (cuyo resultado en cualquier caso, siempre se podía atenuar más adelante)—constituye un signo de dónde estamos en la Iglesia en los días que corren. 
Espero llegar a Baltimore hoy mismo para tomar la temperatura personalmente. Pero las noticias que he visto dicen que el Cardenal Cupich se puso de pie cuando el Presidente de la Conferencia Episcopal de los Estados Unidos, Cardenal Di Nardo, estaba expresando su desilusión por razón de la decisión del Vaticano, para decir: “Está claro que la Santa Sede está tomando la crisis de los abusos muy seriamente.” ¿De veras? Si fuera así de claro, no haría falta decirlo. 
O explicar, como procedió a hacerlo Cupich, con frases obviamente preparadas de antemano, por qué la asamblea de obispos debía aceptar algo claramente inaceptable, como parece que muchos de ellos advirtieron inmediatamente. Su recomendación, que claramente procedía del mismísimo Papa, era la de convocar a otra reunión más para el mes de marzo, después del encuentro de los presidentes de las conferencias episcopales en febrero. Varias víctimas de los abusos y organizaciones que los defienden ya no esperaban gran cosa de la reunión de este mes de noviembre, que en sí misma viene a convocarse morosamente, varios meses después de las últimas revelaciones. 
En la jerga política de Washington esto se llamaría patear la pelota afuera con la esperanza de que se convertirá en el problema de otro, o que todo quedará olvidado, tapado por un nuevo ciclo de noticias.
Desde luego, ya contaríamos con evidencia tangible de eso si “el Vaticano” estuviese “tomando seriamente la crisis de los abusos”. Algunos de los defensores del Papa Francisco han notado que es el único papa de los tiempos modernos que obligó a un Cardenal (McCarrick) a renunciar. Cierto, pero eso sólo después de que la Arquidiócesis de Nueva York determinó que había cometido un delito al molestar a un menor de edad. 
Las normas actuales de la Iglesia de los Estados Unidos establecen que semejante crimen no se podía encubrir y que debía reportárselo a las autoridades civiles. Que fue esencialmente lo que le forzó la mano a Roma. Y McCarrick, es, medio año después, todavía, inexplicablemente, sacerdote.
La otra evidencia de la que disponemos acerca de cuán seriamente se toma Roma la crisis de los abusos, procede de otro lado. El mes de diciembre pasado, el Vaticano sencillamente dejó que la Comisión Pontificia para la Protección de los Niños expire. En cierta forma, no se perdió gran cosa con eso, puesto que, a pesar de la catarata de alabanzas cuando fue creada, la dicha comisión no hizo gran cosa. Varios de sus miembros, fueron renunciando a modo de protesta por su inacción. 
Pero, ¿dejarla expirar? Unos meses después resultó reconstruida, mas nadie ha oído ni visto nada de esta comisión que sugiera que fuera a jugar algún papel en lo que ahora es una crisis global.
A la gente de habla inglesa se le hará difícil de creer, pero gran parte de los medios en Italia y partes de Europa acompañan al Papa en su falta de sentido de urgencia que tiene toda esta cuestión de los abusos. Parecerían ignorar—o son sencillamente renuentes a aceptarlo—que efectivamente hay una crisis, más allá de un importante número de sacerdotes y obispos envueltos en escándalos de este tipo.

Si uno habla con gente del Vaticano o de sus suburbios, tienden a creer que se trata de una aberración específicamente americana (olvidando convenientemente de que hay problemas parecidos en Chile, Honduras, Irlanda, Australia, la propia Italia, el propio Vaticano y otros países). Ellos dicen que nuestros obispos (americanos) han manejado todo esto torpemente al punto que se le ha ido de las manos. 
En determinada oportunidad, el Cardenal Maradiaga, la mano derecha del Papa en el Colegio de Cardenales (él mismo implicado en escándalos sexuales y financieros en Honduras), atribuyó las revelaciones en los Estados Unidos del año 2002 a influencias judaicas y masónicas en la prensa americana, que, según sostuvo, buscan destruir a la Iglesia. Después se disculpó—pero eso es claramente lo que él, e indudablemente otros en los más altos niveles del Vaticano, realmente creen.
Uno se puede desgañitar tratando de explicarles cuán extendida es la bronca entre los laicos, y muchos sacerdotes y obispos en razón de todo esto. Hasta ahora, el modo en que Roma ha estado encarando estas novedades, ha sido como trató las denuncias del Arzobispo Viganò—esto es, no hacer nada. Eso hace que mucha gente—incluso fieles católicos—sospechen, con o sin razón, de que aquí hay gato encerrado, de que hay personajes muy poderosos tratando de que estas cosas no salgan a la luz. 
Uno puede intentar culpar a la lentitud de la burocracia vaticana, a la existencia de resentimientos entre los miembros de la jerarquía, a cierta antipatía contra el Papa, a la influencia del mismísimo Satán. Pero lo cierto es que simplemente la gente no quiere más discursos, reuniones, comisiones. Quieren acción. Y quieren verdad
En lugar de eso, lo que ven es que, incluso cuando nuestros obispos americanos quieren tomar algunos primeros pasos tentativos para encarar un problema tan enredado como urgente, un problema que involucra no sólo la protección de inocentes sino también la credibilidad moral de la Iglesia, Roma dice: No, esperen. 

Tradujo: Jack Tollers
Fuente:   https://www.thecatholicthing.org/2018/11/14/how-long-lord/ 

martes, 13 de noviembre de 2018

El odio



Wir haben lang genug geliebt
Wir wollen endlich hassen.

Bastante hemos amado ya,
Por fin vamos a odiar.
Georg Herweglh

Lo que Herweglh, poeta revolucionario y protomarxista alemán, escribía a mediados del siglo XIX, fue profético. O bien, propuso en apenas dos versos un plan que se ha cumplido en poco más de un siglo en toda la cultura occidental. Vivimos en un mundo de odio, desenmascarado a veces y travestido otras en las más diversas modulaciones. Los rostros satánicos que se vieron, por ejemplo, en las marchas a favor del aborto, expresan un odio visceral a todo lo que sea tan solo un reflejo del orden tradicional, es decir, del cristianismo. Pero el odio también se traviste y, acostumbrados ya a sus monstruosidades, no nos damos cuenta que es él quien anida en el fondo. Porque odio hay en la médula de la música que nos persigue todo el día y que embrutece el oído de quienes, incapaces de soportar el silencio, viven encasquetados en sus auriculares. Odio es también, aunque ignoto, el que ha sedimentado en los corazones de los hombres grullas, aquellos que pueblan las calles y los trenes de todas las ciudades del mundo, con sus cuellos encorvados sobre las pantallas luminosas de sus celulares. Apenas algunos ejemplos de un odio camuflado que ha convertido a las ciudades en lugares desiertos por los que caminan millones de personas solitarias alienadas  de la realidad.
Odio es también lo que anima a quienes manejan los ídolos a los que los hombres de hoy rinden culto. Millares de ídolos; algunos que obscenamente prometen riquezas a quienes se acercan; otros, sicalípticos, les prometen torbellinos de placer interminable. Y hay otros más sutiles, y más peligrosos, las opiniones ajenas, por ejemplo, que constituyen autoridad y que al hombre le gusta seguir para explicar las cosas que no conoce o que no ha experimentado; o que conoce y ha experimentado, pero respecto a las cuales le resulta más cómodo remitirse a otros. Idolo es también la adhesión inmoderada a los datos de la ciencia porque ella, que sólo sabe medir y contar, es la exclusiva legitimadora de un mundo poblado de cosas materiales, y quien apela al otro mundo, al del espíritu, queda expuesto al ludibrio de los hombres cultos. Son los ídolos del teatro que explicaba Solzhenitsyn.
Y están los ídolos del foro, que son las aberraciones resultantes de la independencia de los humanos y de su vida en común, vida que ya casi no existe devorada por la vida virtual. Son ídolos particularmente peligrosos, porque encadenan al hombre a los demás, a las opiniones de los profesionales del odio que acuñan fórmulas encargadas de determinar quiénes están fuera de las murallas de la aldea global. “Machista”, “Homófobo”, “Violento”, “Antiderechos”, son los rótulos con los que amenazan y que hacen retroceder a los hombres, que prefiere continuar con sus espaldas encorvadas sobre las pantallas. La insoportable dictadura de las minorías, del Big Other del que hablaba Raspail.
Odio es también el estado orwelliano en el que vivimos, continuamente vigilados. Las videocámaras nos observan mientras nos desplazamos por las calles del mundo, los celulares que llevamos siempre con nosotros rastrean no solamente nuestras coordenadas exactas y nuestros itinerarios diarios, sino también nuestras amistades y nuestros trabajos; nuestras tristezas y nuestras alegrías. Las redes sociales revelan lo que pensamos y lo que deseamos; revelan nuestras virtudes y nuestros vicios, nuestras aspiraciones y nuestros rechazos. Jamás Orwell podría haber imaginado un  Big Brother tan poderoso y tan cruel como el que hoy nos gobierna.
Odio es el olvido casi total de la cultura que nos dio vida. El mundo moderno no conoce a los clásicos, y aún sin conocerlos, los desprecian. Homero y Virgilio; Shakespeare y Cervantes, hoy son sólo parte del coto de caza de los eruditos que los destrozan en pequeñas partículas a fin de examinarlos, omitiendo y abandonando la sabiduría que en sus líneas se concentra. Hombres modernos, olvidados de sus raíces y que, creyéndose libres, no son mas que parte de un rebaño de ratas llenas de angustia que se arremolinan en un gran laboratorio.

¿Y por qué es odio todo esto? Sencillamente, porque es el rechazo violento del Bien, de la Verdad y de la Belleza, es decir, del Ser; es decir, de Dios. 
El mundo moderno no rechaza a Dios de un modo explícito y descarado como lo hacía, por ejemplo, el régimen soviético. El mundo moderno rechaza de un modo violento las manifestaciones de Dios, sus reflejos, lo que es, y porque es, lo que es verdadero, bello y bueno. Se trata del rechazo de la realidad, o de la naturaleza, o del orden. Es decir, de la voluntad divina. Es el non serviam primigenio calando hasta los hilos más delgados de la cultura. Es el rasguido disonante de la música inicial que tocaban los ángeles ante el Trono que se ha apoderado de toda la sinfonía querida por la Divina Voluntad, y el mundo danza ahora al ritmo de una cacofonía satánica.
Hace algunos años escribía en este blog que no éramos del todo conscientes del castigo desesperante que significa vivir en el mundo moderno, dolores que podían interpretarse como los que anuncian el fin. Como decía Gómez Dávila, “el mundo moderno no será castigado. Es el castigo”. Y no caemos en la cuenta que vivimos en un mundo que está siendo duramente castigado.


La pregunta que me hago cada vez con más insistencia es si no hemos atravesado ya el punto de no retorno. ¿Puede el mundo moderno volver a ser el mundo tradicional, entendiendo por tal, el mundo ordenado según la ley de Dios? ¿Puede el hombre moderno abandonar la cultura del odio y volver a la vida del hombre normal, que obedece y ama a su Dios y reverencia sus manifestaciones de Bien, Verdad y Belleza? Hoy sólo sobreviven los que reptan. Pero los que no queremos reptar, ¿qué debemos hacer para sobrevivir? Volviendo a Gómez Dávila: “¿Cómo soportar este mundo moderno si no oyéramos ya un lejano rumor de agonía?”. 

viernes, 9 de noviembre de 2018

#Niuno$más



Hemos conocido hoy esta noticia:
El Equipo de Prensa y Comunicación de la CEA precisó en un comunicado que los obispos “han confirmado aceptar el reemplazo gradual de los aportes del Estado (asignaciones a los obispados, becas para los seminaristas y parroquias de frontera), por alternativas basadas en la solidaridad de las comunidades y de los fieles, asumiendo el espíritu de las primeras comunidades cristianas, que ponían lo suyo en común”. (AICA)
Me permito hacer una advertencia a los señores obispos: las primeras comunidades cristianas ponían los suyo en común porque tenían obispos que daban su palabra y su sangre para defender la fe; porque sus “seminaristas” -que no eran tales-, eran varones a quienes esas mismas comunidades elegían por sus virtudes, y porque los “sacerdotes de frontera” estaban en peligro constante de que los bárbaros les cortaran la cabeza. 
No nos pidan entonces, excelencias reverendísimas, que nosotros nos comportemos con la generosidad con que lo hacían los primeros cristianos si ustedes primero no se comportan con la virtud con que lo hacían los primeros obispos y sacerdotes.
No tendrán un solo peso de nuestra parte si siguen celebrando misas para la cúpula de la corrupción argentina, haciendo política barata y agradeciendo sumisamente al "obispo de Roma" (el mismo Bergoglio al que ustedes odiaban mientras era arzobispo de Buenos Aires y que ahora hipócritamente le lamen los zapatos negros) por la beatificación de un prelado marxista; si siguen callando cobardemente y defendiendo con timidez nuestra fe cuando se ve atacada por el mundo; si siguen ordenando y encubriendo a sacerdotes sacrílegos que se revuelcan entre ellos y corrompen a niños y jóvenes; si siguen, en resumen, haciendo lo que vienen haciendo desde hace décadas. 
Propongo, por tanto, iniciar la campaña

#Niuno$más

miércoles, 7 de noviembre de 2018

San Ernesto, los franciscanos y Francisco



"Hubo un tiempo en que los musulmanes eran dueños de España, África y el Cercano Oriente. La Cristiandad, a veces defendiéndose, a veces atacando, peleaba por su vida. Hubo también un tiempo cuando muchos de los primeros discípulos del Poverello se esmeraban en imitar a su seráfico padre. La misma Santa Clara pidió ir a África. Los cruzados habían soñado con vencer derramando la sangre de sus enemigos; San Francisco, en cambio, pensó en ganarlos para el Evangelio yendo a hablarles de Cristo y derramando su propia sangre.
Fray Daniel era parte de los discípulos de la segunda generación de franciscanos. En 1227, acompañado por Nicolás, Donolo, León, Agnello, Samuel y Hugolino, zarparon de España y arribaron a las costas de Ceuta. Habían sido animados por su padre espiritual a predicar el evangelio a los musulmanes de aquella zona, buscando los insultos, no resistiéndose a quienes querían maltratarlos y lavando los pies de todos. A los mercaderes cristianos que viajaban por Africa, les predicaban en los términos más simples. En presencia de los moros, en cambio, pronto comenzaron a vituperar a Mahoma, afirmando que se estaba quemando en el abismo del infierno y que sus seguidores ciertamente lo seguirían. 
Su apostolado duró pocos días. Apresados y desafiados a someterse a la ley del Corán, rivalizaron entre ellos para proclamar su fidelidad al Evangelio. Luego, fueron llevados encadenados a la plaza pública y allí decapitados entre los gritos y insultos de la plebe".
(Omer Englebert, The Life of the Saints, Thames and Hudson, London, 1951, p. 385)

Sobre la muerte de San Ernesto, abad de Zweitfalten, cuya fiesta se celebró ayer, 7 de noviembre. En 1147 se unió a la Segunda Cruzada, marchando a la cabeza del grupo alemán comandado por el emperador Conrado III. Antes de llegar a Jerusalén, fue tomado prisionero por Ambronius, rey de Persia, y conducido con otros cuatrocientos cruzados a Mecca. Allí, se le propuso abrazar el Islam, a lo que se negó, por lo que fue llevado al martirio. Narra Marsilio, sacerdote armenio, un testigo presencial de los hechos: "Los verdugos finalmente hicieron incisiones en el cráneo de Ernesto y le arrancaron lo piel de toda su cabeza; luego, abrieron su vientre y sacaron los intestinos; finalmente, lo ataron a una estaca que clavaron cabeza abajo en el piso, y lo hicieron girar en torno a ellos hasta que cayó muerto a sus pies".



Ciudad del Vaticano - El Gran Imán de Al Azhar se ha encontrado con el Papa Francisco por cuarta vez. De regreso de Bolonia donde ha participado de un evento inter-religioso organizado por San Egidio, el Imán se ha detenido en Roma y, antes de tomar el avión para regresar a el Cairo, fue a saludar al pontífice. El coloquio tuvo lugar en Santa Marte y ha concluyó con un abrazo fraterno. Las relaciones del Vaticano con la más alta autoridad sunita son más que buenas.
(Il Messaggero, 16 de octubre de 2018).

¿Cómo se sentirán San Daniel y sus compañeros, y San Ernesto cuando ven este abrazo fraterno?
Yo me siento traicionado.

lunes, 5 de noviembre de 2018

En defensa del diablo


En algunas ocasiones he tenido que defender desde estas páginas a algunos personajes que eran injustamente atacados. Recuerdo particularmente la defensa que hice el 22 de junio de 2013 del Prof. Antonio Caponnetto, atacado injustamente por el obispo de San Rafael, Mons. Eduardo Taussig. Quien había sido hasta ese momento más bien un rival intelectual, se convirtió después en un gran y estimado amigo por el que profeso no solamente profundo afecto, sino también admiración, aunque sigamos sin compartir opinión en algunos temas. Espero que no ocurra lo mismo en esta ocasión en la que debo levantar la pluma en defensa del diablo, injustamente atacado por un sacerdote. Pretendo seguir siendo de tan siniestro y temible personaje un enconado enemigo, pero la justicia es la justicia. 
Todo comenzó hace dos semanas: éramos pocos y parió la abuela. Los medios de prensa dieron a conocer el caso del P. Pepe Ortega, de San Juan, que había intentado seducir a un joven a través de Whatssap, y había sido descubierto. Quienes deseen conocer los detalles del caso, pueden leerlos aquí. Pocos días después del escándalo salió a defenderlo un sacerdote de la misma arquidiócesis quien, por televisión y vestido de papa, dijo entre otras cosas: “Nadie está exento a caer en la tentación. El demonio juega sucio con el sacerdote”. Y no. Este señor cura está tratando de embarrar la cancha y señalando como culpable al diablo, y aquí el cornudo no tuvo nada que ver. En este caso, todo se debió a la libre voluntad del P. Ortega, y es el único culpable.
Razón tiene el cura en decir que todos podemos caer en la tentación y que los sacerdotes son tentados de un modo particular. Cualquier cristiano sabe que muchas veces el demonio aprovecha momentos de vulnerabilidad para dar mazazos y tentar con particular fuerza. Algunos caen y otros resisten. Después, se duelen y corren a confesarse. Nadie está exento de esta situación y mucho menos los sacerdotes. Si ese hubiese sido el caso del P. Ortega, yo no me animaría a señalarlo y condenaría a quienes se aprovechan del escándalo. 
Pero aquí la cosa es muy otra. Por las noticias periodísticas aparecidas, vemos que P. Pepe Ortega tenía un plan pergeniado para captar jovenzuelos. De hecho, llegó al que lo descubrió y expuso a través de otro de sus contactos de Facebook, a quien estaba acosando desde hacía un buen tiempo, y del que había conseguido el número de celular a través del mismo Facebook. Es decir, era un habitué en el uso de las redes sociales para seducir y acosar mozuelos con inclinaciones dudosas. Y creo no ser temerario si supongo que alguien que dedica una parte importante de su tiempo a este tipo de cacerías, dedica también tiempo a otros deportes más vergonzosos como la pornografía. Una cosa lleva a la otra; una sima llama a otra sima. 
Pero lo que más sorprende es que este señor no tenía ningún problema en presentarse a sus presas de caza como sacerdote, de darles su verdadero nombre y dirección, de enviarles su fotografía vestido de cura y, poco después, fotografías expresivas de otras zonas de su anatomía. ¿Cómo es posible que haya llegado a esto? Quizás creyera tener, por el motivo que fuere, un grado de impunidad tal que pensó que nadie podía tocarlo. Si así hubiese sido, estaríamos frente al caso de una persona con sus facultades mentales alteradas, porque pensar que en la situación que está viviendo la Iglesia en la actualidad, él podía seguir con sus correrías impunemente, es propio de un demente. 

Yo más bien me inclino por otro motivo -que fue señalado hace unos días por el P. Javier Olivera en su blog- y es que este señor tenía la inteligencia completamente nublada por la pasión, y por la pasión más baja, la lujuria, que le impedía pensar con la más mínima sensatez y, adueñada de su voluntad, lo empujaba a hacer lo que hacía. Y a un estado como este no se llega por una simple tentación del diablo. Ese habrá sido el comienzo, y el Maldito se habrá aprovechado hace ya un buen tiempo de la debilidad del cura Ortega, pero después fue él solito que comenzó a meterse en el pantano, como el inglés del que habla Castellani en su Camperas. Y el problema es que se llega a un punto del cual es imposible retornar, como le pasó al inglés que terminó muriendo en medio del fango.
Por eso mismo, le digo al P. Cámpora, defensor gremial de curas en problemas, que no acuse al diablo sin motivos. Aquí el que tuvo la culpa fue su amigo, el P. José Ortega.

Nadie pretende que todos nuestros curas sean santos. Con uno de vez en cuando nos contentamos, pero si fuera posible quisiéramos que todos ellos estuviera transitando al menos los primeros kilómetros del camino de perfección del que hablaba Santa Teresa. El caso del P. Ortega, un cincuentón largo, nos muestra que había agarrado para el otro lado; que estaba en otro camino, y no en el camino real que nos lleva al Padre. Porque si a los cincuenta y después de décadas de sacerdocio todavía se está aprisionado de esa manera por las pasiones más elementales, es signo que a la etapa purificativa ni siquiera la tiene en el horizonte. 

Al respecto de todo este drama profundo que está viviendo la Iglesia con sus sacerdotes y religiosos, me pareció de interés un artículo escrito por el P. Thomas Berg en The Washington Post, y que tradujo Secretum meum mihi, titulado “Para abordar el abuso sexual de los sacerdotes hay que estudiar los seminarios católicos”.