miércoles, 15 de agosto de 2018

Micciones

La semana pasada fue para nuestro país una semana de triunfo. La víspera de la votación de la ley de despenalización del aborto, Amnesty International nos avisaba a través de la contratapa del The New York Time, pagada con un millón de dólares, que el mundo nos estaba mirando a ver qué hacíamos. Y como bien dijo Amalia Granata, la conductora pro vida de pasado tormentoso: “Para vos New York Time”. El No se impuso en el senado y el aborto no salió. Y fue un triunfo, provisorio seguramente, pero triunfo al fin, y todo triunfo merece su festejo. Y el país festejó de diversos modos, según les fuera dado festejar. Algunos, con discreción y mesura, como Ludovicus en estas páginas; otros, con hipérboles enternecedoras, como aquella que narra que fueron treinta y ocho los senadores que votaron en contra porque treinta y ocho son los centímetros que mide la imagen de Nuestra Señora de Luján; incluso, con una ingenuidad rayana con la memez, se dijo que "La Argentina se le plantó al Anticristo y lo venció"; otros, un poco más guarros y borrachos, apenas producida la votación gritaban frente al Congreso alentados por un sacerdote: “Nooooo al abortoooo, nooo al abortoooo/ ahora los pañuelos se lo meten en el or…”. 
Y en medio de festejo tan variopinto, mi amigo el Anónimo Normando escribió un breve comentario que trajo un reguero de reacciones. Allí alertaba contra los aguafiestas o, dicho de un modo más popular, contra los que miccionan el costillar. Él, profundo conocer de las letras hispánicas más rancias, utilizó otra expresión. Pues sí, parece que había en medio del jolgorio quienes se dedicaron a arrojar baldazos de agua fría advirtiendo que no había motivos de festejo alguno pues el triunfo, en el fondo, no fue más que el producto espurio de la democracia liberal y profundamente anticristiana. ¡Desfachatados!, dijeron muchos, y comenzaron a rebolear epítetos: injustos, ignorantes, engolados, acédicos, soberbios, perturbados, piadosones, pesimistas, quietistas, dementes, agroicos, poneruedas, estrafalarios, fundamentalistas, chalados, rebuscados, enajenados. En definitiva, miccionadores seriales de banquetes. 
Una semana después de la votación de la ley me pregunto si estas micciones no fueron, en definitiva, un desagradable baño de realidad. La ley del aborto este año no salió. Habrá que esperar al año próximo, o quizás dos o tres años más para que vuelvan a la carga. Todo depende de cómo termina la ruta de los cuadernos Gloria y el desbarajuste económico, no sea que ocurra lo que tanto le aterra a Carlos Pagni: los países que atravesaron procesos de mani pulite, dice el periodista, terminaron o se prevé que terminarán, en manos de odiosos neofacistas de derecha: Berlusconi en Italia y probablemente Jair Bolsonaro en Brasil. Veremos. 
Pero para el mundo posmoderno la ley del aborto se aprobó. Nosotros, que somos realistas, sabemos que no es así, que la res fue el NO que ganó por siete votos. Sin embargo, los realistas somos apenas un puñadito insignificante que no cuenta. 
En lo inmediato, el presidente Macri incluirá la incorporación del protocolo del aborto no punible dictaminado por la Corte Suprema de Justicia en el nuevo Código Penal, por lo que cualquier mujer embarazada podrá ir a un hospital público, declarar que fue violada -sin dar ninguna prueba o explicación, y sin que medie denuncia policial-, y le deberán practicar un aborto. Por otro lado, ayer se anunció la noticia que los hospitales públicos dispondrán de las cantidades de misoprostol que requieran, y lo cierto es que a través de esta droga se realiza el 80% de los abortos en el mundo. Con lo cual, aunque se haya ganado la batalla en la benemérita ágora democrática, en los hechos tangibles cotidianos se perdió en apenas siete días buena parte del terreno conquistado por obra de las avivadas del gobierno de Cambiemos, que no se resignó a que los verdes se quedarán sin un hueso con más carne que el costillar.
Pero más interesante todavía es analizar el hecho cultural. La miasma verde derramada por los albañales que recorren todo el país, hace una semana que está enfurecida insistiendo en sus sinrazones. Los celestes apenas si aparecen, no por falta de voluntad sino por falta de espacio. Como bien dijo Claudia Peiró en un recomendable artículo, los abortistas son malos perdedores y no reconocen su derrota. El problema, sin embargo, no es el berrinche sino la ideología. Convengamos que buena parte de las verdes no peleaban por el aborto legal porque ellas estuvieran interesadas o impedidas de abortar: muchas de ellas son lesbianas, y por el momento no tienen el inconveniente del embarazo no deseado, y otras muchas más tienen los medios suficientes para, en caso de urgencia, comprar por Internet a $3000 un set de pastillas de misoprostol y abortar tranquilamente en sus casas como quien come un caramelo. El aborto les interesa como bandera, es decir, como una pieza más del armado ideológico.
Por otro lado, en el mundo actual la realidad no es la res sino el relato, que es elaborado principalmente por los medios. La gente ya no se rinde ante la evidencia. Cree en el relato. La realidad, que es un incómodo límite a su libertad omnímoda, desapareció. Es inasible. Incognoscible. Inexistente. Era suficiente que un imbécil funcionario del gobierno anterior dijera que en Argentina había menos pobres que en Alemania para que el irreductible 30% de kirchneristas lo creyera. Y hoy, es inútil que aparezcan cuadernos y que haya decenas de arrepentidos, entre ellos ex miembros del gobierno de Cristina Kirchner que afirmen fehacientemente que vieron y tocaron cientos de bolsos cargados de dólares: ese mismo 30% sigue afirmando que es una mentira. Podremos rociar al hombre contemporáneo con la clorofila más intensa, pasearlo por la selva amazónica y recitarle el “Verde que te quiero verde” de García Lorca, pero seguirá afirmando que las plantas son azules.
Lo mismo ha ocurrido con el aborto: podremos obligarlos a ver el tablero iluminado del Senado en el que aparecieron la cantidad de votos y podremos obligarlos a vestirse de celeste. No es suficiente. Para ellos, el aborto fue aprobado. Y el hombre de la calle, que es mayoría y que mayoritariamente no se inclina por el aborto, mira el espectáculo mientras trabaja, suda y sufre. No es su primera preocupación, ni tampoco su segunda, y ni siquiera su décimo problema. Él, tratando de escapar del trasiego diario, ansía que llegue la noche para descansar y ver televisión. Esa es su realidad: una pantalla pintada de verde.

Una curiosidad: Malena Galmarini se reveló como una de las más fervientes y furibundas defensoras del aborto. Es la mujer de Sergio Massa, el político al que el entrismo católico había elegido como reducto del peronismo "potable".

martes, 14 de agosto de 2018

La Obra - Trailer oficial


Hace pocos días visitó nuestro país Mons. Fernando Ocáriz, prelado del Opus Dei, y aquí tenemos un video conmemorativo de esa gracia tan inmerecida. Algunas observaciones:
  1. El repugnante personalismo que se traduce en veneración al padre fundador tiene, en el Opus Dei, carácter transitivo.
  2. Consecuentemente, el paternalismo sigue tan vigente como en los peores años.
  3. Desde los ’70, en épocas del Fundador, don Josemaría, marqués de Peralta, continúa en funciones el mismo director cinematográfico, el escenógrafo solamente agregó una profusa enredadera como fondo a fin de estar acorde con Laudato sì. Se jubiló, en cambio, el asesor de vestuario: ahora hay menos sotanas y más clergyman, y los jóvenes ya no visten saco y corbata sino jeans y polera.
  4. El acting de los que leen las preguntas armadas, cuyas respuestas están estudiadas hasta la mueca que debe acompañarlas, es más mediocre que nunca.
  5. Destaco el impecable trabajo de producción: consiguieron alquilar un numero suficiente de morochos, con aspecto de inmigrantes latinoamericanos, a fin mostrar un Opus Dei más abierto a las clases trabajadoras, acorde a las épocas francisquistas. En este mismo sentido, el director se lució mostrando gente tomando mate (de calabaza con detalles en alpaca) en varias escenas. Un efecto natural y espontáneo.
  6. 0:45: Una numeraria pidiendo al Padre que hable “del poder transformador del trabajo”. Cantinela repetida. Siguen sin leer a Pieper.
  7. 1:52: Notable el caso de Carolina, que desde hace cinco años vive en una residencia del Opus Dei pero no es creyente ni está bautizada. Sin embargo, encontró gente que la quiere mucho y respeta su modo de pensar. Me pregunto el motivo por el que publicitan semejante fracaso, a no ser que su objetivo sea, precisamente, tener animalitos de diversas especies para mostrar en el zoológico, más allá de que se conviertan o sigan siendo paganos. Estimo que San Pablo no estaría muy de acuerdo con la estrategia.
  8. 3:00: ¿Cuánto le habrán pagado al gordo para que se pusiera a bailar en medio del espectáculo? Grandes dosis de vergüenza ajena, no solamente por el pobre muchacho sino por los organizadores que habían calculado hasta el detalle de la música de cumbia, que sale por el sistema central de sonido de la sala.
  9. Cuidadosamente elegidos los lugares visitados por Ocáriz que se muestran: los colegio “Buen Consejo” y “Cruz del Sur”, de Barracas, donde el 60% de los alumnos provienen de villas de emergencia. El Opus en modo #Francisco.
  10. Desde hace un buen tiempo se sabe que el Opus está en declive. Muy pocas vocaciones, lo que significa mucho menos ingresos pues sin numerarios, no hay sueldos gordos para alimentar las enormes estructuras que comienzan a hacer agua. Centro vacíos o casi -como el Cudes, de calle Vicente López-, miembros envejecidos, muchos enfermos y muchas deserciones. Decadencia. Veremos en qué termina la Obra.

lunes, 13 de agosto de 2018

La misericordia de Mons. Raúl Martín


Los obispos nos tienen acostumbrados, como el Papa Francisco, a sorpresas desopilantes. En este caso, la novedad viene de la diócesis de Santa Rosa, en Argentina, que abarca todo el territorio de la provincia de La Pampa y está gobernada por Mons. Raúl Martín que es una acabada manufactura del pontífice reinante:  fue promovido por él al episcopado y se desempeñó como su auxiliar en la arquidiócesis de Buenos Aires.
Los fieles de una de las parroquias de la capital pampeana, Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa, desde el momento mismo de su fundación adoptaron la costumbre de comulgar de rodillas, una muestra de piedad y adoración ante el Santísimo Sacramento que pocos podrían objetar. Ninguno de los obispos anteriores puso reparos al respecto hasta que llegó Mons. Martín que se enfureció, montó en cólera y desató una cruzada contra los feligreses porque, con esa costumbre, rompían “la unidad del pueblo de Dios que peregrina en La Pampa”. No importa que esa unidad esté bastante resquebrajada por un clero entre el que se cuentan algunos sacerdotes con inclinaciones y conductas sobre las que el Papa Francisco nos enseña a no juzgar, y tampoco importa que haya otros que produzcan de tanto en tanto algún que otro vástago. Son nonadas; debilidades humanas; lo inadmisible es que haya algunos cristianos que pretendan comulgar de rodillas. ¡Habrase visto semejante desfachatez!
Es así que en el video podrán escuchar la filípica que Mons. Martín le dirige a los fieles de esa parroquia y en especial a los monaguillos por comulgar de rodillas. Su argumento -en realidad es uno solo- no tiene el menor sustento. Dice que el obispos es el liturgo de la diócesis y, por lo tanto, pueden disponer normas litúrgicas para el bien de su pueblo que deben ser obedecidas. 
Razón tiene Mons. Martín cuando afirma su primacía en la vida litúrgica de la diócesis. Siempre fue así en la Iglesia y la Sacrosanctum Concilium dice expresamente que el obispos “es el sumo sacerdote de su grey” (41) y, como tal, su primer liturgo. Sin embargo, esto no significa que el obispos sea el dueño de la liturgia. Mons. Martín, por ejemplo, no podría disponer que en vez de pan ázimo se usará para la Sagrada Comunión pan de pizza, ni tampoco podría prohibirle a sus sacerdotes que usaran casulla o estola. Él, como primer liturgo, es depositario de la tradición litúrgica del rito romano y debe velar por su observancia, y la comunión de rodillas forma parte de esa tradición, nunca fue abrogada por ninguna disposición pontificia y el Misal Romano no se expresa sobre la postura corporal en la que debe ser recibida la Sagrada Eucaristía. Es decir, Mons. Martín no tiene ningún derecho, por más primer liturgo de su diócesis que sea, de prohibir a los fieles comulgar de rodillas. Si pensamos que a partir del motu proprio Summorum Pontificum del Papa Benedicto XVI, los obispos diocesanos no tienen el derecho de prohibirle a sus sacerdotes celebrar la Santa Misa según el rito extraordinario, mucho menos derecho tendrán a prohibir un acto de piedad. No sea que la próxima disposición del liturgo pampeano sea prohibir el rezo del Rosario o el ejercicio del Vía Crucis.
Pero veámoslo desde otra perspectiva. Apuesto mi cabeza a que Mons. Raúl Martín no tendría ningún inconveniente en dar la comunión a señoritas que se acerquen con soleras o minifaldas; o a señores en bermudas y ojotas. Si en algún acto de fraternidad ecuménica se acercara a comulgar un pastor protestante, seguramente Mons. Martín no le negaría la comunión, y no sé qué pasaría si hicieran lo propio los dos diputados pampeanos que con su voto posibilitaron que se dieran media sanción a la ley del aborto. Su celo pastoral y su amor de padre jamás impediría que en estos casos se negara la eucaristía a nadie. El problema está cuando alguien quiere comulgar de rodillas. ¡Ese es un extremo que de ningún modo puede ser tolerado! El primer liturgo se yergue y dispone normas que deben ser obedecidas so pena de reprimendas y avergonzamientos públicos, aún cuando los destinatarios sean niños o adolescentes. No comulgarán si pretenden hacerlo de rodillas ni siquiera los niños que acaban de recibir el sacramento de la confirmación. Nada de misericordia; eso queda para los gay, para los divorciados y para los corruptos. Los piadosos deberán experimentar el rigor de la autoridad episcopal. 

viernes, 10 de agosto de 2018

Después de la batalla

por Ludovicus

La batalla ha sigo ganada, la  guerra sigue. Pero es de recibo entonar el Te Deum y dar gracias a Dios y a su Madre Santísima auxiliadora, dulzura y vida nuestra. También es tiempo de revisar las causas de la victoria y de la derrota respectiva, y pensar en corregir o reafirmar la estrategia. Empecemos por el Enemigo:
Los verdes perdieron por un cúmulo de errores. Engañados por el apoyo casi unánime de la intelligentzia mediática y farandulesca, subestimaron el arraigo del valor de la vida en la población. Subestimaron, una vez más, la influencia de la Iglesia, sobre todo en los niveles capilares de la sociedad. La intervención de los evangelistas, a último momento, nos recuerda la aparición de la caballería de Blüger en Waterloo: descolocó totalmente al enemigo y descomprimió el ataque a la vanguardia de los católicos.
Segundo error, forjaron un proyecto extremo, singularmente salvaje. Esto, que podría haber sido un arma de negociación en Diputados, se cristalizó en este proyecto que terminaba desplazando la penalización, desde los causantes del aborto al médico. Consagraba el aborto tardío, atacaba a las Instituciones, etcetera. Cuando advirtieron el error y trataron de negociar una variante verde clara, la singular maestría del mejor Presidente de la Nación de las últimas décadas yuguló tal posibilidad, al dejar sin dictamen el proyecto. El punto de culminación del ataque verde ocurrió con la sanción de la Cámara baja: a partir de ese momento, mandaba la negociación. Quisieron morder más de lo que podían masticar, y se olvidaron de la existencia de un Senado federal, con representación nominal y con una constituency fuertemente provida.
Tercero y a caballo del extremismo del proyecto, los desbordes de la marea verde a cargo de los exponentes más fanáticos en marchas, escraches y movilizaciones desprestigió la posición, que estaba ganada en los foros mediáticos a partir de los referentes periodísticos, culturales y artísticos que con la excepción de un puñado de héroes que sostuvieron la carga.
En cuanto a nuestros aciertos, sin dudas las concentraciones federales tuvieron importante gravitación. Nunca el Enemigo pudo jactarse de tener el control de la calle, y eso hasta el mismo día de la votación.

Pero más importante todavía que esto, es que tuvimos siempre la razón y las mejores razones, y no se tuvo reparo en exhibirlas donde fuera. El principal logro, como hemos señalado en un post anterior, fue superar ampliamente al Enemigo en las jornadas de debate en ambas cámaras. La prueba de la efectividad de tal actividad es que todos los diputados y sobre todo los senadores que se opusieron al proyecto citaron profusamente las exposiciones pro vida. Queda demostrado el error de quienes, por oponerse al "sistema" o en aras de una actitud simplemente testimonial, desalientan la participación en estos ámbitos. Se debe predicar a tiempo y destiempo, con ocasión y sin ella, en todos los aerópagos que garanticen al menos escucha, sin que esto implique convalidar el "sistema". Es cierto que no es para todos esta labor, pero nada autoriza a denigrar a quienes la emprenden.
Por otra parte, la comunicación es un elemento táctico esencial en esta guerra, e ingredientes menores, como la acertada elección del lema (tan anodino que nos parecía, pero que se reveló extremadamente potente) o  el color de los pañuelos tienen una gran relevancia positiva, así como la ausencia de errores gruesos. Con excepción de alguna expresión inoportuna e ingenua de un médico probo, imposible de controlar en listados de centenares de expositores y de la que ciertamente el Enemigo sacó buena tajada. En esta guerra no hay derecho a errores no forzados. Y gracias que Bergoglio no asomó en la lid, el que nos metió en este lío con su obstinación y partidismo no nos va a sacar del mismo lío.
El año que viene se reanudará esta misma batalla, pero en un año electoral parece muy difícil que los legisladores quieran y puedan perfilarse frente a una sociedad que por lo menos en su mitad rechaza el aborto. En particular, el oficialismo deberá tomar nota de que su electorado es mayoritariamente antiabortista y que ciertos nombres quemarán cualquier lista electoral. Bastará poner a Lipovetzky o Lospennato en cualquier ticket para restarle 200 o 300.000 votos. No se entiende el "negocio" de perder por derecha lo que no se puede ganar por izquierda.
Pero de nada servirá ganar el día si no se emprende la guerra cultural pendiente, con argumentos, testimonios y personas que puedan influir en el sentido común de nuestro pueblo. Se debe apoyar a los políticos, periodistas, intelectuales y comunicadores que apuntalen ese mismo sentido, conectándolo con la creciente corriente contracultural provida que despunta en USA y en Europa.
De lo contrario, nos seguirán corriendo por el flanco izquierdo.

jueves, 9 de agosto de 2018

Trauma post aborto


Trauma, en griego, significa “herida” o “daño”. Conviene repasar las heridas o daños nos dejó la larga vigilia de meses durante la que se cernió sobre el país la amenaza muy real del infanticidio legalizado.
Por parte del gobierno: Macri cometió un gravísimo error al habilitar la discusión sobre el aborto, fruto de su liviandad, de su irresponsabilidad, de su oportunismo y de su sumisión al tándem Durán Barba - Peña -que hasta el último minuto maniobraron para que la ley fuera aprobada- y, también, a los organismo de crédito internacionales. Esto no es solamente mi opinión. Lo mismo dice un liberal catolicón con simpatías derechosas como Zuleta Puceiro, y un liberal hebreo como Fidanza. Y esta equivocación le traerá numerosas complicaciones, entre las que menciono
  1. La creación de otra brecha dentro del mismo gobierno, como si no tuvieran ya bastantes. Las heridas y rispideces que dejaron estos meses no creo que puedan saldarse muy fácilmente. Echaron sal a la herida. Basta escuchar los comentarios personales de la vicepresidente Gabriela Michetti cuando inadvertidamente dejaba su micrófono encendido.
  2. Dividieron al electorado de Cambiemos, buena parte del cual es católico y de perfil conservador. Para las próximas elecciones no solamente deberán enfrentar al opositor que los peronistas decidan, sino también a millones de votantes que jamás votarían por regresar al mundo de la corrupción y el engaño propio de los gobiernos peronistas, pero que tampoco apoyarán a un candidato traidor y abortista como Macri.
  3. Incineraron a buena parte de sus cuadros políticos. Me refiero a aquellos diputados, senadores y funcionarios que quedaron fuertemente identificados con la postura verde pro-aborto.  Menearlos en una campaña electoral será condenarse a no ser votados por buena parte de la población.
  4. Instalaron el tema del aborto como central en la próxima campaña electoral. Hasta ahora, se trataba de un tema secundario y que podía eludirse fácilmente diciendo, por ejemplo: “Yo estoy a favor de la vida”. Ya no será así. Los próximos candidatos deberán decir, por sí o por no, si están a favor o en contra de la legalización del aborto. Y eso no le conviene a ningún político porque, necesariamente, le quitará muchos votos de un sector o del otro.
Por parte del país: los Poderes Oscuros que gobiernan el mundo pretendían que Argentina fuera el leading case de América Latina y que, después de la aprobación del aborto en nuestro país, le siguieran en cascada otros países de la región. No se explica de otro modo varios hechos. Por ejemplo, que la contratapa del The New York Times del día anterior a la votación hubiese sido de color verde, diciendo que el mundo estaba expectante por el resultado. Y algunos, sin tapujos ya, hablaban de la Irlanda de Latinoamérica. 

A Dios gracias, se les aguó la fiesta y tendrán que esperar. Por cierto, ya encontraron a los culpables de su fracaso que, ¡vaya coincidencia!, son los mismos que provocaron el Brexit y también los que le dieron el triunfo a Trump: ignorantes pescadores del norte de Inglaterra, ignorantes granjeros del Midwest americano y, en el caso argentino, ignorantes habitantes de las provincias del norte. Los periodistas se han desgañitado afirmando que la causa del fracaso fueron las provincias norteñas, que son las más ignorantes, las más pobres, las más agrícolas y las más católicas. Los pobres salteños, jujeños, santiagueños, tucumanos, catamarqueños y riojanos son tan pero tan ignorantes que ni siquiera saben lo que les conviene, como sí lo saben los porteños y los habitantes de las otras grandes ciudades del país que, paternalmente, quieren ayudarlos a que se den cuenta de lo que les conviene. Y creo que hay bastante razón en el análisis periodístico, y no es casual: esas provincias del norte argentino fueron las evangelizadas por la corriente que provenía del virreinato del Perú, que es mucho más antigua y fue mucho más profunda que las otras corrientes que desembocaron en el país. Gracias, entonces, a los norteños que, con su hablar cansino, con sus erres arrastradas y su porte señorial salvaron al país del aborto. Y gracias también y una vez más, a España y a sus hijos que supieron sembrar hace cinco siglos una semilla que aún perdura.
Por otro lado, la discusión terminó con el mito según el cual el peronismo es mucho más cercano a los principios cristianos que los otros partidos políticos. Lo cierto es que en el Senado, votaron a favor de la ley veinte peronistas y trece lo hicieron en contra. Por el lado de Cambiemos, ocho votaron a favor y diecisiete en contra. Además, el mascarón de proa del peronismo abortista no fue un kirchnerista; fue el ofídico Miguel Pichetto, un peronista clásico. Los grupos católicos que parasitan del peronismo y se alzan con cargos políticos cuando ese partido gana las elecciones, aclarando por cierto que lo hacen ad maiorem Dei gloriam, deberían tomar nota.

Por parte de la Iglesia, fue indudablemente un triunfo que demostró que aún tiene un fuerte e ineludible poder de presión, es decir, que es un factor político que puede ser determinante. La votación se habría perdido si los obispos no se hubieran puesto al frente y no hubiesen instruido a todos sus cuadros que pelearon fuerte contra el aborto. Esto es un realidad que no puede negarse. Sin embargo, no creo que haya mucho espacio para el optimismo y muchísimo menos para el triunfalismo. Y por varias razones:

  1. Los obispos argentinos no se convirtieron de pronto, por la acción milagrosa de la Virgen de Luján, en valientes caballeros. Siguen siendo tan pusilánimes y tan melindrosos como siempre. Su actitud aguerrida se debió a dos factores externos a ellos: la orden terminante que bajó del Vaticano y la presión por parte de los fieles y de muchos sacerdotes que se los llevaban puestos. Los obispos no actuaron por convicción o valentía; actuaron por coacción.
  2. ¿Y el Papa Francisco? Es evidente para todo el mundo que el pontífice es un cotidiano defensor de la vida de los inmigrantes musulmanes, de las cucarachas, madreselvas y de la mismísima madre tierra, a lo cual dedicó un encíclica. Sobre la vida del niño por nacer, en cambio, es más discreto, casi silencioso. Él dice que ya todos saben lo que pensamos los católicos y no es necesario andar pregonándolo porque eso causa muchas divisiones, y todos sabemos que la misión de la Iglesia es alcanzar la fraternidad universal. Para el Papa Francisco, lo ocurrido en Argentina se trató de una cuestión eminentemente política: no podía perder contra Macri. Y le ganó. Y le pegó una buena trompada, que bien merecida se la tenía. 
  3. Por este motivo es que insisto en que no hay razones para los triunfalismos. Los obispos lideraron una buena causa y los argentinos salieron masivamente a las calles a defenderla. Y eso es bueno, y nos alegramos que así haya sido, pero no olvidemos que se trató de una causa biológica y, una vez más digo, la Iglesia no es Greenpeace. ¿Los prelados y los católicos hubiéramos reaccionado del mismo modo y las calles se hubieran coloreado de celeste si lo que se discutía era, por ejemplo, la prohibición del culto público a Dios? No lo creo. Y mejor no pensemos si lo que el Congreso hubiese tratado hubiera sido una declaración negando la divinidad de Nuestro Señor. No estamos frente a un triunfo de la fe. Estamos frente a la manifestación -potente, es cierto- de los rescoldos de una fe que se perdió hace mucho. Seamos conscientes que son apenas algunas brasas, pero no hay fuego. Lo acontecido en todo caso demuestra en el mejor de los casos que Argentina aún conserva restos del antiguo orden, pero de ninguna manera que Argentina es un país católico. 
  4. Hay un hecho que no puede pasarse por alto. El sábado pasado, las iglesias evangélicas más conservadoras (no adhirieron las evangélicas históricas como las luteranas o metodistas) reunieron en Buenos Aires a seiscientas mil personas para manifestarse contra el aborto. Yo me pregunto si la iglesia católica, convocando como tal, sería capaz de reunir esa multitud. Me temo que tantos aggionarmenti, tantas reformas litúrgicas, tanto aperturas y tanto olor a oveja, lo único que ha logrado es convencer a muchos que no vale la pena cumplir los mandamientos porque, si no se cumplen, está Francisco que te recibe su hospital de campaña. ¿Para qué, entonces, hacer el esfuerzo? Las iglesias evangélicas son directas, aguerridas, con pocas o ningunas concesiones. Eso seduce más. El número de los evangélicos que se movilizaron y el hecho en sí es un dato que los obispos no debieran pasar por alto. 

La antigua serpiente



Ipsa conteret caput tuum
Gen. 3, 15

Y Ella te aplastará la cabeza

miércoles, 8 de agosto de 2018

Terrible como un ejército


Quae est ista quae progreditur quasi aurora consurgens, pulchra ut luna, electa ut sol, terribilis ut castrorum acies ordinata?

¿Quién es esta que aparece como la aurora naciente, hermosa como la luna, elegida como el sol y terrible como un ejército en orden de batalla?