lunes, 30 de noviembre de 2020

Un nuevo libro de Natalia Sanmartín Fenollera

 

Planeta ha publicado el nuevo libro de Natalia Sanmartín Fenollera, la autora de El despertar de la señorita Prim, que tanto éxito tuvo en el mundo entero, tanto dio que hablar a los círculos católicos y tanto nos consoló a nosotros, los más pequeños e insignificantes de todos. Se trata de Un cuento de Navidad para Le Barroux. 

Aceprensa le hizo la semana pasada una entrevista que aquí reproduzco. No solamente vale como una buena introducción al nuevo libro sino, y sobre todo, por los conceptos que la autora vierte, y que dan mucho que pensar.

 

 


Un niño de 8 años y sus hermanos, a los que el padre abandonó, pierden ahora a su madre a causa de una enfermedad. El chico pide una señal a Dios: quiere saber si “lo que mamá decía sobre Dios, la cueva y el cielo era verdad”. Aparentemente, Dios calla. Pero en la tercera Navidad, el niño aprende a leer el lenguaje de Dios.

“El cuento nació –me explica– a petición de los benedictinos de Le Barroux, en Francia, con los que tengo una relación muy especial. Me pidieron el cuento para leer en el refectorio, en la fiesta de Navidad. Michaela Harrison, la ilustradora, vive a los pies de otro monasterio benedictino con el que también mantengo una estrecha amistad, la abadía de Clear Creek, en Oklahoma. Así que tanto el texto como las ilustraciones han ‘salido’ de dos abadías de San Benito, una francesa y otra estadounidense, y en las dos se ha traducido el cuento para poder leerlo en voz alta”. 


- El protagonista de su cuento supera una crisis de fe gracias a las señales que descubre en las realidades materiales. ¿Puede la belleza rescatar a quienes han dejado de creer en la Navidad?

— La belleza es uno de los atributos de Dios y ha sido siempre un camino clásico de conversión a la vida cristiana. Pero el cuento no habla tanto de la belleza como del misterio de la Navidad y también del enigma que encierra la visión sacramental del mundo, la idea de que tras la realidad material está siempre la espalda de Dios, por decirlo así, y de que Dios habla a través de las cosas. Simone Weil decía que la Creación está llena de símbolos y que solo hay que leerlos. El cuento habla de un niño que le pide a Dios una y otra vez una prueba de que la Navidad es real y de que el Cielo existe, pero también de cómo Dios, el mismo Dios que habló a Abraham en el desierto, escucha atentamente esa 

— Al igual que El despertar de la señorita Prim, su nuevo libro es un relato sobre una comunidad contracultural; en este caso, un hogar cristiano donde se reza, se lee mucho, se mira a las estrellas, se anima a atesorar recuerdos… ¿Qué valores y actitudes le gustaría llevar a la cultura dominante? 

— En realidad no he pretendido mostrar una comunidad contracultural, sino un hogar cristiano en medio de un mundo que mayoritariamente ya no lo es o que al menos no vive como tal. Sé que hay una preocupación grande por llevar lo cristiano a la cultura dominante, y me parece muy lícito, pero en ese tema quizá soy menos optimista. A mí me parece que la tarea urgente no es tanto bautizar la cultura dominante como transmitir la fe cristiana y preservarla de adulteraciones, buscar la propia conversión y ayudar en lo posible a quien cada uno tiene cerca y conservar esa fe en un medio hostil antes de pensar en nada más.

Kierkegaard tiene una frase muy dura, pero muy certera, sobre el cristianismo en el mundo occidental. Él hablaba de la Dinamarca luterana de su tiempo, pero creo que se nos puede aplicar a nosotros también. Decía que el cristianismo se había convertido en algo tan desprovisto de carácter que realmente no quedaba nada por perseguir, y que el principal problema de los cristianos era que nadie quería perseguirlos ya. Creo que eso, perder de vista el tesoro en el campo o sustituirlo por una baratija, es más importante que evangelizar la cultura y los valores dominantes.


— Coincido en que la conversión personal es la tarea urgente. Sin embargo, ¿no cree que esa conversión y la misma transmisión de la fe en el hogar se hacen dentro de un contexto cultural del que uno no puede desentenderse enteramente?

— Sí, estoy de acuerdo con que el contexto cultural es fundamental en la transmisión de la fe; cultura viene de cultivar, y la cultura, si es lo que debe ser, tiene que convertirse en el terreno que recibe la semilla y que la protege en su crecimiento. Pero también creo que se habla mucho de cristianizar la cultura, de participar en el debate público, de dar testimonio, de hacer apostolado, de estar en todas partes, y se presta menos atención a algo que me parece muy evidente, y es el hecho de que antes de nada la tarea empieza por la propia casa, por la propia evangelización, por analizar qué es lo que estoy recibiendo y qué estoy transmitiendo como fe cristiana, porque buena parte de la crisis actual no está fuera de la Iglesia, sino también dentro.

Antes de la dimensión social está la personal, antes de pensar en evangelizar el mundo es necesario pensar en fortalecer y purificar la propia fe. En la vida cristiana la contemplación siempre viene antes de la acción.



— La madre se preocupa de transmitir la fe a sus hijos y de formarles la sensibilidad estética. Para ella, las dos cosas van de la mano. ¿Cree que la educación católica debería insistir más en esta fórmula?

— Creo que la educación católica tiene que transmitirse en el hogar y que las madres son la pieza central de esa tarea en la infancia, por encima de las clases de religión, las catequesis, las convivencias y los grupos parroquiales. Pero también creo que para hacer eso hay que fortalecerse en la fe y dedicar tiempo a la contemplación porque nadie puede transmitir lo que no tiene.

Es difícil pensar en una tarea más grande en la vida cotidiana de una familia cristiana que descubrir las maravillas de la Creación a los niños, mostrarles el rostro de Dios en el Antiguo y el Nuevo Testamento, enseñarles a rezar, familiarizarlos con la liturgia, y también prepararlos para un mundo que les dirá que todo eso es pura falsedad. Al mismo tiempo me parece que tenemos que aprender a contarles las cosas mejor, mirar más y más hacia la Escritura.

En La Historia de Jesucristo, Bruckberger habla de la Encarnación, de la primera Navidad, y escribe como si tuviese delante la escena; cuenta que el pueblo esperaba, que Satanás también esperaba, que se intuía algo en el aire, un acontecimiento grande, un desembarco inminente y liberador.


— Hace unos días, dos columnistas de distintos medios –Diego S. Garrocho y Miguel Ángel Quintana Paz– plantearon un debate sobre la escasa influencia de los intelectuales cristianos en el debate cultural contemporáneo. No es que no existan esos pensadores, venían a decir: es que no se les ve. ¿Usted qué opina? 

— Creo que el pensamiento y la vida intelectual existen más allá del debate público, que solo muestra una parte, igual que la historia existe más allá de los libros de historia. Y personalmente no me parece decisivo que haya o no muchas referencias contemporáneas; me parece decisivo que haya referencias, y siempre las hay, hay siglos de pensamiento donde elegir, y no es una forma de hablar. Existe una gran cantidad de gente que leer y que estudiar; a mí me importa poco que hayan nacido hace 40 o 400 años.


— Una de las cosas que, en mi opinión, pone de relieve ese debate es el desinterés de algunos creyentes por la construcción de una nueva cultura. En general, se habla mucho de la responsabilidad política y social de los cristianos, pero se habla menos de la cultural. ¿Cómo fomentarla? 

— Sí, es verdad. Yo no creo que exista realmente una responsabilidad política, social o cultural de los cristianos como tal, pero en cualquier caso la cultura se transmite casi por contagio y hay algo muy misterioso en el hecho de que a veces esa transmisión funciona y otras veces no. Pero hay una tarea urgente que tiene que ver con aprender a detectar trampas en el lenguaje, también en el lenguaje cristiano. Cosas como llamar fe al sentimentalismo, puritanismo a la pureza, fortaleza al voluntarismo, obediencia o responsabilidad a la desacralización de lo santo o tolerancia a la indiferencia, y son solo algunos ejemplos.

jueves, 26 de noviembre de 2020

Apostasía: insoslayable evidencia

 

Hablábamos hace algunos días sobre la realidad de un cisma silencioso que estaba ya presente entre nosotros y en el que los cismáticos eran los miembros de la iglesia oficial que se había separado de la iglesia de los apóstoles, de los Padres y de los santos, es decir, de la iglesia de Cristo. Un extraño cisma encabezado por el Papa Francisco y secundado por la mayor parte de obispos, sacerdotes, religiosos y fieles. Si yo mismo hubiese leído este párrafo un tiempo atrás, no habría seguido con la lectura del artículo. Me hubiese resultado suficiente para calificar a su autor de exaltado y extremista. Y estimo que muchos de lo que lo lean ahora me calificarán del mismo modo.


Sin embargo, ante nuestro ojos se está desplegando con evidencia insoslayable la realidad de una apostasía que fue pintada hace muchas décadas por quienes nos precedieron: la traición de los hombres de iglesia y su entrega a los poderes y al espíritu del mundo.

Y hablo de una evidencia cuyo único modo de ser negada es tapándose los ojos, o la inteligencia. Y pongo como ejemplo un hecho que pasó inadvertido. Hace pocos días tuvo lugar el congreso de “superiores y superioras” generales de congregaciones religiosas dedicadas a la enseñanza y, por supuesto, el Papa Francisco hizo su aparición virtual en el condumio, dejándoles un mensaje del que transcribo las partes centrales:

El Pontífice invita a los religiosos a entrar en tres líneas de acción concreta: “centrarse, acoger e implicarse”.

Centrarse, entendido como centrarse en la persona, en “su valor, su dignidad, para poner de relieve su propia especificidad”, de manera que los jóvenes crezcan y maduren en “las capacidades y recursos necesarios para construir juntos un futuro de justicia y paz”.

Por esta razón, la acogida se convierte en “escucha del otro, de los destinatarios de nuestro servicio: los niños y jóvenes” necesitados, haciéndoles “atentos a otro tipo de voces, que no son sólo las de nuestro círculo educativo” para que no se “encierren en su propia autorreferencialidad” y para que “se abran al grito que brota de todos los hombres y de la creación”. El objetivo es “animar a nuestros niños y jóvenes para que aprendan a relacionarse, a trabajar en grupo, a tener una actitud empática que rechace la cultura del despilfarro”, “a salvaguardar nuestra casa común”, “adoptando estilos de vida más sobrios”, “respetando los principios de subsidiariedad y solidaridad y la economía circular”.

“Involucrarse y comprometerse”, dice el Papa Francisco, presupone “el compromiso activo de todos en esta labor educativa” para lograr “una mirada crítica, capaz de comprender los problemas en el campo de la economía, la política, el crecimiento y el progreso, y de buscar soluciones que estén verdaderamente al servicio del hombre y de toda la familia humana en la perspectiva de una ecología integral”.

Estaban presentes en la reunión los sucesores de San Juan Bautista de Lasalle, de San José de Calasanz, de San Marcelino Champagnat, de San Juan Bosco y de tantísimos otros santos y santas que fundaron un sinfín de congregaciones religiosas, que fueron la flor de la iglesia, destinadas a la educación de niños y jóvenes y dirigida a un solo objetivo: hacer de ellos buenos cristianos a fin de que alcanzaran el cielo. Además de enseñarles las letras, las ciencias y las artes con pasión y calidad, les enseñaban sobre todo el camino de la salvación. Era esto tan obvio que nadie podía pensar siquiera en otra posibilidad o, mejor aún, los únicos que la pensaban eran novelistas o exégetas de imaginación calenturienta como Benson, Castellani, Soloviev, Hugo Wast y tantos otros. 

Lo que tenemos ante nuestros ojos —y que los neocones tomen nota puesto que no se trata de interpretaciones antojadizas—, es que el Sumo Pontífice propone que todas las congregaciones religiosas dedicadas a la enseñanza promuevan una educación en la que Cristo, la salvación del alma y las verdades de la fe están completamente ausentes. Más aún, tampoco están presentes las ciencias, las letras y las artes. Los únicos objetivos son los mismos proclamados durante siglos por el humanismo masónico y anticristiano, la promoción del hombre por el hombre mismo, despojado de cualquier indicio de trascendencia y encerrado en el mundo inmanente de la fraternidad ecológica y universal.

A estas alturas, nadie puede hacerse ya el distraído. Estamos ante una gran apostasía encabezada por el Sucesor de Pedro, secundado por una riada de obispos apóstatas y cobardes, y de curas y fieles bobos y cómodos, que están convirtiendo a la iglesia visible en una ciénaga en la que más pronto que tarde deberemos dejar de embarrarnos. 


lunes, 23 de noviembre de 2020

¿Nuevo Orden Mundial?

 

Conservo el recuerdo, no se bien por qué, de una conferencia que el Dr. Carmelo Palumbo dictó en el invierno de 1990, en una de las últimas expresiones de la segunda etapa de los Cursos de Cultura Católica. Yo había ido con un grupo de amigos, todos jóvenes de poco más de veinte años, como correspondía a buenos católicos. El tema en discusión era la caída del comunismo, que se estaba resquebrajando en esos días, y el triunfo del mundo capitalista. Palumbo estaba desconcertado ante el inesperado momento que se vivía y recuerdo una de sus frases: “No sabemos qué nacerá como fruto de este extraño connubio entre liberalismo y marxismo”. Yo pensé en mi impenitente optimismo que el asunto estaba mal plateado pues no había tal matrimonio mostrenco. Simplemente, el comunismo estaba acabado, y a los viejos católicos les costaba aceptarlo puesto que se quedaban sin un enemigo para combatir. Treinta años después, debo decir que el Prof. Palumbo tenía razón: hubo una boda, aunque secreta, y el fruto abortivo de tal contubernio lo vemos hoy crecido y en pleno vigor. 


Mi planteo es el siguiente: el desarrollo tecnológico contemporáneo, en manos del mundo liberal, ha permitido que muchos de los objetivos primarios del stalinismo soviético se cumplan de un modo que ni el mismísimo Koba o Yagoda hubiesen siquiera imaginado. No me refiero al aspecto económico que aún siendo el más visible no es necesariamente el más importante. Me refiero al control minucioso de la población a fin de lograr la uniformidad de opinión, evitar las críticas y detracciones e identificar y castigar convenientemente a los disidentes.

En estos días estoy leyendo un grueso libro que rescaté hace mucho de la biblioteca de mi abuelo. Se llama Yo elegí la libertad y el autor es Viktor Kravchenko. Es una edición de 1947 que traducía la versión americana de poco tiempo antes y que fue un best-seller mundial. Son las memorias del autor, un convencido comunista ucraniano que llegó a ocupar puestos de importancia en la URSS durante el gobierno de Stalin y que finalmente desertó durante una misión en Estados Unidos. Más allá de la clara propaganda política que se esconde tras el libro, muestra de un modo descarnado la vida en el “mundo feliz” del marxismo. De entre muchísimos, selecciono algunos párrafos que me han hecho reflexionar:

“Lo archivos de los “Casos personales” contenían información sobre la vida privada de los estudiantes o los profesores, sus parientes, su pasado político. Guardaban asimismo y privando sobre lo demás, los informes y denuncias de los agentes secretos desplegados a través de todas las aulas y dormitorios, y de los informantes voluntarios que procedían en procura del favor de los círculos oficiales, o movidos por la envidia o el rencor.

[…] El Departamento Especial contaba con sus agentes secretos en todas las dependencias del Instituto y aún dentro de los núcleos del Partido, pero el Comité del Partido tenía sus propios informantes en esos núcleos y su identidad era desconocida para el Departamento Especial.

[…] Esta entrelazada pirámide de vigilancia alcanzaba la cima misma: el Comité Central del Partido, en Moscú, y finalmente al Politburó, encabezado por Stalin” (p. 115).

"En adelante, cualquiera que deseara abandonar una ciudad o región para establecerse en otra, tenía que aguardar primero la decisión del Comité de la Ciudad, sin cuya autorización no podría moverse. De modo que el Partido gobernante se convirtió en otra prisión, verdad que dotada de comodidades [...] pero lugar de confinamiento al fin" (p. 439).

“La libreta de trabajo resultó para todo obrero lo que el carnet del Partido fue para el comunista. Ya no podría dejar su puesto sin una anotación en el documento que le autorizara a hacerlo, y no podría conseguir otro empleo a menos que la libreta mostrase que había sido autorizado a abandonar el anterior. Además, registraba todas las reconvenciones o castigos que pudiera haber recibido el poseedor de la libreta… De este modo el trabajador quedaba condenado a arrastrar la carga de todo su pasado adondequiera que fuera; no podía ya alentar esperanzas de un comienzo nuevo en alguna otra ciudad o industria” (p. 447).


Huelga decir que toda esta información se volcaba en hojas y fichas, se almacenaba en grandes cartapacios y archivos, y debía ser leída y analizada por los funcionarios encargados, trasladándola de una ciudad a otra, separadas entre sí por miles de kilómetros.

Toda esta logística, que hacía imposible tener un control preciso y total de la enorme población de la URSS, ha sido hoy exitosamente superada. El Politburó de nuestro mundo, que no sabemos quiénes lo integran y dónde se reúne, tiene en tiempo real y a un click de distancia la información más completa sobre prácticamente cada uno de los seres humanos que pueblan el planeta. Y no necesita emplear cientos de miles de agentes secretos: nosotros mismo damos la información voluntaria y alegremente. Es cuestión de ver el documental El dilema de las redes sociales para caer en la cuenta. O si no queremos verlo, simplemente pongámonos a pensar en lo que sucede con Facebook, Instagram, Twiter, Linkedin o similares. Desde que las redes hicieron su aparición en el mundo, la gente ha experimentado una nueva concupiscencia: dar a conocer a la mayor cantidad de público posible sus actividades, emociones y sentimientos diarios. Van generando un registro de fotografías, opiniones, reacciones y gustos que los definen, que son almacenados en los grandes archivos globales, analizados por sofisticados algoritmos y puestos a disposición de quien quiera pagar por ellos. Si el Stalin del momento fuera Soros o Bill Gate, le bastaría con quererlo para conocer el perfil completo de cualquiera de nosotros, con una precisión y exactitud que no podemos siquiera imaginar.

Ya no es necesaria una “libreta de trabajo” física que se encargue de solidificar nuestro pasado. Ya nadie tiene derecho a la redención, al olvido de sus pecados o a un nuevo comienzo. El pasado de cada uno está perfectamente documentado en las redes sociales. Cualquier empleador, antes de consultar el curriculum vitae de un postulante a algún puesto de su empresa, lo primero que hará es consultar sus redes, y podrá enterarse de quiénes integran su familia y quiénes su grupo de amigo; si es deportista o no lo es; vegetariano u omnívoro; religioso o ateo; verde o celeste; heterosexual, homosexual o “no binario” y hasta qué lugares visita los fines de semana largos. Sabrá también si se enoja con facilidad, si tiene sentido del humor o tendencia al desánimo. En fin, el pasado está perfectamente documentado, con una precisión inimaginable hasta hace pocos años.

Con la excusa de una pandemia y del terror permanente de las cifras de nuevos casos de coronavirus, el mundo lleva ya casi un año de confinamiento en sus casas o en su propias ciudades. Es verdad que no se trata de cárceles húmedas y malolientes, pero son cárceles al fin. Podríamos pensar que optimismo que esto es algo pasajero. Puede que lo sea, pero no sabemos qué vendrá en su reemplazo. Klaus Schwab, fundador y actual director del Foro Económico Mundial, o Foro de Davos, en su libro Shaping the Future of the Fourth Industrial Revolution, después de analizar los avances tecnológicos presentes y futuros, hace la siguiente predicción: "... para cruzar las fronteras nacionales, [las autoridades] podrán pedir un detallado escáner cerebral a fin de valuar el riesgo que ese individuo presenta para la seguridad del país". Un católico tradicionalista, por ejemplo, bien podría ser considerado inseguro debido a que puede influir en otros y transmitirle sus ideas antidemocráticas.  

Esta realidad de la que apenas he pintado algunos trazos, indica una de las condiciones centrales para el establecimiento del famoso Nuevo Orden Mundial. Yo me pregunto, sin embargo, qué de nuevo tiene ese orden. Creo que se trata más bien de un viejo orden, renovado y rejuvenecido con satánica sutileza. Mucho me temo que estamos comenzando a vivir en una URSS global, en nuevos campos de concentración que albergan a millones de prisioneros y que cuentan, es verdad, con aire acondicionado y otras comodidades, pero que no dejan de estar alambrados con imperceptibles hilos de los que nadie puede escapar.


jueves, 19 de noviembre de 2020

Tiranía sanitaria


 

Asombrosa la clarividencia de Rubén Calderón Bouchet, uno de los grandes maestros del pensamiento católico tradicional del último siglo. Escribía hace casi treinta años, en septiembre de 1991, lo siguiente: 


Si limitamos la salud humana al equilibrio inestable de su sistema fisiológico y procuramos resolver todas sus dificultades de acuerdo con los cánones de una medicina integral, convertiríamos el orden social en un código de leyes higiénicas a cuyo control no escaparía ninguna de nuestras acciones, puestas desde ese momento bajo vigilancia médica. No olvidemos, colocados en los límites de esta peligrosa quimera científica, que la medicina abarca algunos aspectos muy reducidos de la vida humana. Poner la complejidad de la existencia en sus manos es reducir el repertorio vital a reacciones mínimas y dar al Estado un poder sobre nosotros mismos que no ha logrado soñar ni la más execrable tiranía. El hombre es mucho más que su cuerpo y si el misterio de su origen y de su destino, escapan al control de las ciencias positivas, no debe creerse que por eso dejan de existir.

lunes, 16 de noviembre de 2020

Después de la fe

 

El filósofo contemporáneo Alasdair MacIntyre  publicó en 1981 su libro Después de la virtud, en el que sostiene que Occidente abandonó la razón y la tradición de las virtudes para lanzarse hacia el relativismo. Estamos siendo gobernados no por la razón sino por lo que él llama emotivismo, es decir, la idea que toda elección moral es solamente la expresión de lo que los sentimientos de cada persona consideran correcto. 

Vivir “después de la virtud” es habitar en una sociedad que no solamente ya no está de acuerdo con aquello que indican las creencias y las conductas virtuosas, sino también dudar que la virtud existe. En una sociedad post-virtud, los individuos detentan la máxima libertad de pensamiento y acción, y la sociedad misma se convierte en “una colección de extraños, cada uno persiguiendo sus propios intereses con un mínimo de obligaciones”.


La descripción que hacía MacIntyre de la sociedad civil hace cuarenta años podría ser fácilmente adoptada para describir la iglesia contemporánea. Lo que vemos en la actualidad es que el emotivismo ha reemplazado a la fe y, entonces, las elecciones morales y también las que que se relacionan directamente con el objeto de la fe, se toman de acuerdo a criterios que pasan por los sentimientos y no por la adhesión a los artículos que integran el Depositum fidei. Y es esta una de las características fundamentales del pontificado del Papa Francisco, que se distingue por socavar permanentemente el carácter racional de la religión para tornarla en puro emotivismo. Su propensión a predicar diariamente en la misa en Santa Marta, como si se tratara de un párroco de provincia, o a brindar conferencias de prensa montado en un avión, o a conceder largas entrevistas a avezados periodistas y medios de comunicación que no se caracterizan por sus simpatías con la iglesia, provoca irremediablemente la confusión doctrinal y contribuye a debilitar la firmeza con la que se espera que los católicos adhieran a las verdades de fe. 

Tomemos un ejemplo reciente de entre tantos. Las borrosas palabras de Francisco en un documental premiado por el mismo Vaticano parecen indicar, y así lo interpretaron y dieron a conocer los medios del mundo entero, que las personas homosexuales tienen derecho como cualquier otra a tener una familia —entiéndase cónyuge e hijos— por lo cual, aunque la iglesia no permita su matrimonio, alienta sin embargo su unión civil. Aclaraciones tardías, que no tuvieron ningún eco, vinieron a decir que el Papa no dijo lo que dijo, y lo que todos escuchamos que dijo. Lo cierto es que el pontífice apeló a un argumento emotivista para lanzar tamaña afrenta a la moral católica. En efecto, si se presenta el caso de una persona que, debido a razones genéticas, psicológicas o de algún otro tipo, tiene tendencia homosexual, pareciera que la doctrina y disciplina de la iglesia es muy dura con ella pues le exige permanecer en celibato y continencia perpetua, lo cual implica condenarlo a la soledad y privarlo del consuelo de la familia y de la descendencia. Surge inmediatamente un sentimiento de compasión al que responde la solución emotivista que propone el Papa Francisco en el documental, u otras menos públicas como las “bendiciones” de uniones homosexuales, impartidas por sacerdotes en templos católicos en remedo del matrimonio, lo cual ocurre en muchos países desde hace décadas. 

Este análisis podría ser aplicado a muchos casos más: la permisión de acceder a la sagrada comunión de las personas que viven en adulterio, o un sinnúmero de controvertidas afirmaciones como considerar que Cristo no se enojó con los apóstoles sino que simuló en enojo (29/11/2013), o que se manchó con el pecado como todos los hombres (15/3/2016), o que los cristianos con la Biblia como los musulmanes con el Corán rezan al mismo Dios (19/1/2014) [Una buena colección de este tipo de afirmaciones puede verse en el sitio Denziger - Bergoglio].  Se trata, en todos los casos, de apelar a una situación de impacto emocional para establecer la regla de la fe o de la moral. Cuarenta años después de After virtue de MacIntyre, estamos ahora en After faith, “Después de la fe”, de Bergoglio.     

Es claro que si el pontífice que suceda a Francisco continúa en su misma línea, significará el fin de la iglesia, que pasará a convertirse en una gigantesca y apetecida organización asistencialista, útil para los gobiernos del mundo entero a fin de contener y ordenar el cuerpo social, sobre todo de los más pobres. Seguirá así los pasos de las iglesias protestantes, que no son más que históricas y millonarias ONG, o de la iglesia anglicana, convertida en reservorio de bellas y vistosas tradiciones británicas. Bergoglio está talando las piernas sobre las que se levanta el Cuerpo Místico de Cristo, cortando su tendones. Lo previsible es que en un tiempo más o menos breve, ese cuerpo místico, como ocurriría con un cuerpo físico, se derrumbe flácido e informe, y no pueda ser ya puesto en pie nuevamente.

Si nos preguntamos qué es lo que necesitamos para revertir la situación, creo que la respuesta resulta evidente: necesitamos que el próximo Papa y que los obispos sean hombres que crean en Dios, es decir, hombres que tengan fe católica. Parecería que se trata de una battuta o chuscada. Sin embargo, y aunque nos cueste y duela creerlo, no lo es. Estamos embarcados en un iglesia cuyos oficiales han abandonado la fe para apoyarse en los sentimientos, y toman sus decisiones en base a razones emotivas. Si no hay un rápido cambio de timón, naufragaremos.

Un imprescindible detalle final. Sabemos que las virtudes, teologales y morales, forman en el hombre un complejo entramado, relacionándose unas con otras. En el caso que nos ocupa, considero que a ese hombre de fe firme y católica que deberá conducir la Barca de Pedro una vez que Francisco pase a mejor vida, deberá ser necesariamente un hombre de probada fortaleza. Sin esta virtud cardinal, la fe no será suficiente. En todo caso, deberá ser una fe intrépida, es decir, sin temor, capaz de atacar y sobre todo y más difícil aún, resistir. 

Y este sentido creo que un ejemplo para ser destacado es el del arzobispo Viganò. Hace pocos días se hizo la presentación de su último libro en Youtube de la que participaron, entre otros, Aldo María Valli y Ettore Gotti Tedeschi. Este último terminó su intervención con esta frase: “Mons. Viganó tiene un solo problema [y por eso es desvalorizado y atacado], y es que todavía cree en Dios”. Y no le falta razón. Mons. Carlo Maria Viganò eligió el destierro y la vida clandestina; renunció a un futuro de candilejas y honores, y resistió los previsibles ataques arteros que recibió él e incluso su familia por parte de la Santa Sede con el apoyo de los medios de prensa del mundo entero. ¿Por qué alguien haría semejante locura? Solamente hay una respuesta, y la apuntaba Aldo Maria Valli en ese mismo encuentro: porque Mons. Viganò es un hombre que cree y ama a Dios, y ama a la iglesia. Y yo agrego: y porque es un hombre fuerte.

  


lunes, 9 de noviembre de 2020

Lo que viene III: el próximo cónclave

 

Son pocos los que animan ya a negar que Bergoglio dejará a la iglesia, cuando su pontificado termine de terminar, en un estado de postración quizás único en toda su historia. Literalmente, y aprovechándose del envión recibido por el Vaticano II, se cargó dos mil años de teología y espiritualidad cristiana. Y no se da cuenta o, en todo caso, no le importa hacerlo.

¿Cómo será entonces esa iglesia post-Francisco? Es un tema en el que vale la pena detenerse a pensar, sabiendo que nos adentramos en el área de las especulaciones y fácilmente podemos equivocarnos.

Para comenzar se impone una reserva. Quien obra en la iglesia es el Espíritu Santo, por lo que las previsiones que podamos hacer tienen siempre un valor muy relativo. Por ejemplo, al Papa lo eligen los cardenales que son asistidos por el Espíritu Santo; sin embargo, ellos son libres de aceptar o rechazar esa asistencia. Cualquier análisis, entonces, que pretenda dar alguna perspectiva sobre el futuro, deberá siempre enfrentarse a las incertidumbres de la acción del Paráclito y de la libertad de los hombres.

La muerte de Francisco se acerca inexorablemente, como se acerca la todos nosotros. Y se acerca también la llegada de su sucesor luego de un cónclave al que todos temen. 


Nadie sabe qué saldrá de ese aquelarre escarlata y lo que podamos decir no son más que quinielas. Pero podemos hacer algún análisis de los datos que tenemos, incluyendo a los nuevos purpurados anunciados el último domingo de octubre de 2020. Hay 128 cardenales electores, más de los previstos por la ley canónica. De ellos, 16 fueron creados por Juan Pablo II, 39 por Benedicto XVI y 73 por Francisco. Estos datos dicen algo pero no dicen todo. Estaríamos tentados a dar por sentado que los cardenales que deben su púrpura a Bergoglio votarán en masa por el candidato que unja, con todas las sutilezas del caso, el Papa reinante antes de morir. Pero no necesariamente es así, y una prueba de ello es lo sucedido en el cónclave anterior: no todos los cardenales benedictinos votaron por Scola, el candidato de Ratzinger. Y esto señala la incertidumbre que encierran los resultados, pues por el secreto propio del cónclave no sabemos cómo se mueven allí las fuerzas.

Sin embargo, podemos encontrar alguna pista mirando a reuniones semejantes como los concilios. Y lo que allí vemos es que la masa de obispos se mueve al compás que marca un apretado puñado de líderes. Es decir, las reuniones episcopales se caracterizan por estar compuestas de un número muy reducido de capitostes y una rebaño de borregos. Es cuestión de ver lo que ocurrió durante el concilio Vaticano I, tan bien relatado por O’Malley, o lo sucedido en el Vaticano II, mejor relatado por De Mattei: los obispos entendían poco los temas que se trataban, aplaudían lo que aplaudía la mayoría y votaban a los que más aplausos cosechaban. Y convengamos que esta suele ser la conducta de todas los cuerpos colegiados, desde los consejos académicos de una universidad a la cámara de diputados de la nación, pasando por las reuniones de consorcio de cualquier edificio de mala muerte. 

No he hecho, ni ganas que tengo de hacerlo, un análisis detallado de los cardenales nombrados por Bergoglio, pero aventuro alguna hipótesis. Como viejo zorro de la política y sabedor de la mecánica de los cuerpos colegiados, lo previsible es que se haya preocupado de llenar el sacro colegio de borregos, agregando de cuando en cuando algún líder que, llegado el momento, pueda ser elegido él mismo, o bien, ser un king maker. Y creo plausible esta maniobra por dos hechos fácilmente comprobables. 

El primero y más universalmente conocido, es que Francisco de ha caracterizado por armar un colegio cardenalicio que posee dos características principales: su mediocridad y su color. Sobre la primera de ellas, remito al artículo de Tosatti, cuya conclusión se puede sintetizar afirmando que los cardenales creados por Bergoglio son apéndices de sí mismo. Sobre la segunda, con la fácil y cuestionable excusa de que en púrpura debe estar representada toda la iglesia, se ha preocupado de hacer cardenal desde el obispo de Toga, una remota y perdida isla del Pacífico hasta, últimamente, al vicario apostólico de Brunei. No conozco a estos prelados y nada puedo decir de ellos, pero el sentido común indica que se trata de personas que pasaron sus vidas en ocupaciones y preocupaciones de una grey reducida y maltratada, y que difícilmente tengan las habilidades que sí tienen los peligrosos lobos vaticanos, a los cuales serán arrojados. Aventuro que con este tipo de cardenales, que son mayoría, ocurrirá lo que ocurrió en los concilios: serán fácilmente amedrentados, o comprados, por los king makers y votarán por quien se les indique.

En cambio, Bergoglio se ha cuidado mucho de hacer cardenales a los titulares de sedes que tradicionalmente fueron ocupadas por la púrpura. Uno de los casos más clamorosos es el de París. Su arzobispo, Mons. Michel Aupetit, cuya nominación fue aplaudida incluso por la FSSPX, sigue sin ser cardenal aunque han pasado ya dos consistorios desde su elección. Y a Aupetit, claro, no le calentaría la cabeza ningún bergogliano en los corredores del cónclave. 

¿Qué puede esperarse? Las posibilidades que salga electo algún cardenal cercano a la tradición son nulas. Nadie elegiría, por ejemplo, al cardenal Burke. Y no sé cuán bueno sería que eligieran al cardenal Sarah. A pesar de la campaña que se hizo para convertirlo en papabile en los últimos años, lo cierto es que el Su Eminencia ha dado muestras de tener miedo aún de su propia sombra.

¿Debemos prepararnos para lo peor? Pareciera ser ese el caso. Sin embargo, hay dos factores que considerar. Primero, aunque Francisco elija cardenales a aquellos que le son vergonzosamente fieles, lo cierto es que las fidelidades terminan cuando desaparece su objeto. Como se ha dicho, Bergoglio no participará del próximo cónclave. La muerte disolverá la fidelidad mafiosa al porteño. Y por ese lado, nada está dicho. La segunda es que las instituciones, como los seres vivos, tienen una indestructible tendencia a la supervivencia, y cualquiera sabe que la iglesia, desde un punto de vista puramente humano, no aguantaría otro pontificado como el de Francisco. Más bien lo contrario. No sería raro que la elección se adecuara al movimiento pendular y, para compensar la devastación de los últimos años, se eligiera, por mera cuestión instintiva, a un moderado o conservador, versado en teología y con algún resto de fe católica. 

Emociones no nos faltarán.


sábado, 7 de noviembre de 2020

Un consuelo de Newman

 

Parece como si existiera en el mundo una parte de la verdad, y en la Iglesia un cierto número de los elegidos, y a medida que se incrementa el territorio de esta, se desperdigara ese «resto» o número por un lado y otro, y se le hiciera parecer más escaso, y sentirse más aislado.

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Haga lo que haga, Satanás no puede apagar u oscurecer la luz de la Iglesia. Puede incrustar en ella los males que produce, pero hasta los cuerpos opacos dejan pasar rayos, y la Verdad resplandece con su propio lustre divino, aunque sea «debajo de un celemín». El Espíritu Santo se ha dignado hacer su morada en la Iglesia, y la Iglesia siempre llevará en su frente la señales visibles de este don invisible. Mirada desde cierta distancia, toda su superficie estará iluminada aunque en realidad esa luz irradie desde solo unas pocas aberturas que se podrían contar. Los pocos testigos dispersos se convierten así, según el texto, en «una nube» como la Vía Láctea en los cielos.

En la Escritura tenemos el registro de cuantos vivieron y murieron por la fe en tiempos antiguos y nada puede privarnos de él. La fuerza de Satanás consiste en que se vea que tiene de su parte a la mayoría, pero leyendo la Biblia este argumento pierde su fuerza. Ahí vemos que no estamos solos, que otros antes de nosotros estuvieron en esas mismas condiciones, tuvieron esos mismos sentimientos, pasaron por las mismas pruebas que nosotros, y se esforzaron por conseguir el mismo premio que nosotros perseguimos. Nada eleva más el ánimo que la conciencia de formar parte de una comunidad grande y victoriosa.

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Pero el consuelo de que hablamos no viene por el lado de la argumentación sino por el de los hábitos. Un viaje pesado se hace más corto si vamos acompañados aunque, con muchos o pocos compañeros de viaje, el camino es igual de largo. 

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Lo digo sin la menor vacilación: el que sea constante llegará a ser con el tiempo una persona distinta de la que es ahora, si deja hacer a Dios. Su corazón será más del cielo, más ambicioso; se sentirá por encima de las cosas de este mundo, y a prueba de sus opiniones, amenazas, halagos, escarnios. Su misma manera de afrontar las cosas, su misma voz, modales, modo de andar, su rostro, hablará del cielo a cuantos lo conocen bien, aunque la mayoría no verá nada en él.

La multitud no le entiende, y hasta en san Pablo o san Juan no verá más que personas vulgares. Pero a veces, una persona así llegará con eficacia incluso a esa multitud. En temporadas de tristeza especial o alarma, cuando el ánimo de la gente desfallece de temor, entonces de forma natural adquirirá poder sobre el mundo, y parecerá que habla, no como una voz aislada, sino como si en él se concentrara la fuerza y la gracia de todos esos santos que han sido sus viejos compañeros de toda la vida. Ha vivido con los muertos y al mundo le parecerá que es alguien que viene del mundo de los muertos, que habla en nombre de los muertos, con la lengua de las almas muertas para lo visible, alguien que revela los misterios del mundo celestial, alguien que sobrecoge y domina a quienes están encadenados al mundo de aquí abajo.


  S. John Henry Newman, Paroquial and Plain Sermons III, 17.