lunes, 6 de julio de 2015

Testigos de la catástrofe

Nunca será suficiente la insistencia en señalar a la reforma litúrgica promovida por Concilio Vaticano II como la última responsable de los males que hoy estamos viviendo en el Iglesia y de los que no sé si alguna vez será posible recuperarse. 
Por eso mismo, vale la pena detenerse a pensar de qué modo un buen número de intelectuales contemporáneos al Concilio vivieron las reformas y lo que estaba sucediendo ante sus ojos. Aquí va una selección, que parece apropiada iniciarla con palabras de Chesterton: «La Iglesia es lo único que salva al hombre de la degradante servidumbre de ser hijo de su tiempo».



Escribía Evelyn Waugh “Woodruff [director del The Tablet] sufre un encaprichamiento senil por un sacerdote muy peligroso llamado Hans Küng -no es chino, sino centroeuropeo-; un hereje que en días más felices que estos habría acabado en la hoguera».
«La función de la Iglesia ha sido en todas las épocas conservadora: la de transmitir, ni disminuido ni contaminado, el credo heredado de sus predecesores», y atacaba a los teólogos reformistas alemanes: «Es propio de los alemanes armar jaleo. Esos mítines encendidos y vociferantes de las Juventudes Hitlerianas eran expresión del entusiasmo nacional... Nosotros no repetimos “Sieg Heil” Nosotros rezamos en silencio. “Participar” en la misa no quiere decir que se oigan nuestras propias voces. Quiere decir que Dios escucha nuestras voces».
En una de sus cartas a Lady Diana Cooper, en respuesta a otra «muy triste» recibida de ella, procuraba animarla: «Rezar no consiste en pedir, sino en dar... ¿Alguna vez has hecho penitencia? Lo dudo. No me extraña que estés con la moral por los suelos. ¿Crees en la Encarnación y en la Redención con todo el sentido histórico con que crees en la batalla de El Alamein? Eso es lo que importa. La fe no es cuestión de sentimientos».
El 3 de enero de 1965 volvió a dirigirse al arzobispo Heenan, esta vez, en un tono de exasperada resignación: «Cuando asisto a misa no me siento ni confortado ni edificado. Nunca -así se lo pido a Dios- apostataré, pero ahora ir a la iglesia se ha convertido en un suplicio».
El 20 de febrero, el Sunday Telegraph informaba que Waugh se hallaba «en vías de recuperación después de un angustioso año de melancolía nerviosa» debida a la pena provocada en él «por los cambios de la liturgia católico-romana que habían despojado a la misa de su latinidad tradicional». Lo cierto es que Waugh distaba mucho de estar recuperándose. «He envejecido mucho estos dos últimos años», le escribía a Lady Diana Mosley en una carta de fecha 9 de marzo. «No estoy enfermo, pero sí muy débil. No tengo ganas de ir a ningún sitio ni de hacer nada, y sé que soy un aburrimiento. El Concilio Vaticano ha podido conmigo». Tres semanas después volvía a escribirle con la Semana Santa y el Triduo Pascual en la cabeza: «La Pascua significaba mucho para mí. Antes del Papa Juan y de su Concilio: ellos han acabado con la belleza de la liturgia. Todavía no me he rociado de gasolina y me he prendido fuego, pero ahora tengo que aferrarme tenazmente a la fe sin ninguna alegría».
Ya describimos en otro post cómo fue su muerte. Y vale la pena aclarar que Waugh murió antes de ver el Novus Ordo tal como lo tenemos ahora; lo mataron las primeras reformas del Papa Juan. 


Christopher Sykes intentaba explicar las razones de la obstinada oposición de Evelyn Waugh a la reforma de la Iglesia. «Su oposición a las tendencias reformistas», escribió Sykes, no era la simple expresión de su conservadurismo o de sus preferencias estéticas. Estaba basada en algo más profundo. Pensaba que, en su larga historia, la Iglesia había desarrollado una liturgia que permitía al hombre corriente y sensual (en oposición al santo, que queda al margen de cualquier generalización) acercarse a Dios y ser consciente de la santidad y de la divinidad. Echar por tierra todo eso con la excusa de actualizarse le parecía no solo una tontería, sino también peligroso... no soportaba pensar en una liturgia modernizada. «Si se afina esa cuerda», pensaba él, se perderá la fe... El que su miedo estuviera o no justificado solo «la ineludible sentencia del tiempo» lo podrá demostrar.

En 1964, David Jones se hacía eco de Evelyn Waugh en cuanto a las reformas litúrgicas propuestas. La Iglesia corría el riesgo de «cometer el mismo error que esos profesores de lenguas clásicas que suelen decir que el griego y el latín han de mantenerse porque enseñan a pensar con claridad, a escribir correctamente en inglés y a formar a quienes han de prestar un competente servicio civil».
Lo que los profesores deberían decir es que las lenguas clásicas forman parte integrante de nuestra herencia occidental y solo por este motivo merecen ser defendidas. La jerarquía de la Iglesia tiene aún más razones para salvaguardar dicha herencia, empapada de sacralidad. No es una cuestión de conocimiento, sino de amor. Es terrible pensar que el lenguaje de Occidente, de la liturgia occidental, e inevitablemente el canto romano, puedan estar virtualmente extinguidos.
En el fondo, creo que no se trata de un asunto «religioso»; creo que forma parte del declive de Occidente. Quizá es una tontería, no lo sé; pero la clase de argumentos empleados me parece muy poco satisfactoria».


Robert Speaight escribía «De lo que se trataba era de sacralizar el mundo, y no de secularizar la Iglesia. Es posible que -en la medida en que las cosas de ese estilo nos preocupaban- deseáramos simplificar el altar, pero nunca sustituirlo por una mesa de cocina. El latín de la misa nos resultaba no solo familiar, sino también grandioso, y no queríamos salir perdiendo con el cambio por las lenguas vernáculas que ha acabado confirmando nuestros peores miedos. No deseábamos sacerdotes vestidos de parroquianos, como no deseamos que los jueces vistan igual que los miembros del jurado. Eramos antimodernistas y (excepto en el aspecto estético) antimodernos, y radicales solo en el sentido de que intentábamos volver a las raíces, y no arrancarlas. Nos preocupaba más preservar los valores de una antigua civilización que sentar las bases de otra nueva».


Alec Guinness era otro cuyo entusiasmo por la reforma se vio defraudado por el desarrollo de los acontecimientos. «Desde el pontificado de Pío XII», escribió Guinness en Blessings in Disguise, «bajo los puentes del Tíber ha corrido mucha agua, llevándose consigo el esplendor y el misterio de Roma».
«Sé que los principios continúan firmemente arraigados, y la misa postconciliar me parece más sencilla y, en general, mejor que la tridentina; pero las vulgares y banales traducciones que han desbancado la sonoridad del latín y la concisión del griego poseen una calidad de supermercado francamente inaceptable. Los apretones de mano y las embarazosas y satisfechas sonrisas han reemplazado a la antigua cortesía; ahora arrodillarse está pasado de moda y lo que se lleva es guardar cola, y el tono general está más próximo al de un programa de radio para niños... La Iglesia ha demostrado no estar agonizando. «Todo irá bien» -creo- «y todos los estilos serán buenos» mientras el Dios al que se adora sea el Dios de todos los tiempos, del pasado y del porvenir, y no el Ídolo de la Modernidad, tan venerado por algunos de nuestros obispos y sacerdotes y unas cuantas monjas en minifalda».

En medio de esta múltiple oposición a la reforma litúrgica, la más llamativa fue quizá la de Hugh Ross Williamson, quien, en 1969, publicó un folleto titulado La Misa moderna: el retorno a las reformas de Cranmer, y al año siguiente La gran traición, en contra de las reformas que habían conducido a la desaparición de la misa tridentina. Ambas obras iban más allá de la mera protesta y contenían un amargo ataque -casi una declaración de guerra- dirigido contra la jerarquía.
En torno a las mismas fechas en que escribía tan polémicos folletos, ese «germen bélico» contraído en su adolescencia, del que nunca lograría librarse, lo incapacitó hasta el punto de confinarlo en su casa: sus últimos ocho años de vida transcurrieron en una habitación de su residencia, en Bayswater. «Hubo que amputarle una pierna», explicó su hija.
«Vivíamos en un cuarto piso sin ascensor, así que pasó ocho años metido en una habitación; solía venir un sacerdote que decía misa para él, en latín. No le gustaba nada el Concilio Vaticano II, al que dedicó dos o tres folletos. Fue uno de los miembros fundadores de la Latin Mass Society: se negaba a oír la nueva misa, algo en lo que coincidía con Evelyn Waugh, quien escribió a The Times una carta divertidísima a este respecto. Nunca asistió a una misa, moderna; pensaba que los cambios resucitaban todo lo que había hecho la Reforma. Como historiador de esa época, le hacía sufrir que los mártires hubiesen muerto por nada, y que todo lo que él había escrito sobre la Reforma -o, por ejemplo, el libro de Waugh sobre Edmund Campion- fuese despreciado».
Hugh Ross Williamson murió el 13 de enero de 1978, poco después de haber cumplido setenta y siete años. Como Evelyn Waugh, falleció a la sombra de unas reformas que nunca fue capaz de aceptar.





miércoles, 1 de julio de 2015

El huidizo cardenal Poli

Con la publicación del “Protocolo para la atención integral de las personas con derecho a la interrupción legal de embarazo”, Argentina legalizó, de hecho, el aborto. Esto ocurrió hace pocos días, apenas unas semanas después de que la Presidente Cristina Kirchner, que ordenó tal reglamentación, fuera recibida por quinta vez por el Papa Francisco. 
La reacción natural de muchas asociaciones y fieles católicos fue organizar la Marcha por la Vida y la Familia que tendrá lugar mañana jueves 2 de julio frente al Congreso Nacional. Yo no soy muy partidario de este tipo de demostraciones por motivos que he expuesto abundantemente en el blog, pero soy consciente de que se trata de una opinión -y por tanto puedo estar equivocado- y que, sobre todo, la mayor parte de la gente que allí se congrega tiene la mejor de las intenciones y entienden buenamente que de ese modo defienden la fe. Frente a ese testimonio, no tengo más que respeto y simpatía.
A quien parece que no le despiertan ningunas simpatías estas marchas es al cardenal arzobispo de Buenos Aires, Mario Aurelio Poli, quizás la figura más apagada y desleída del episcopado nacional
Fue una sorpresa que el Papa Francisco nombrara sucesor en su cargo porteño el 28 de marzo de 2013, apenas trece días después de su elevación al solio petrino, y mucho más sorpresivo aún fue que el elegido hubiese sido Mons. Poli. En las corredores de las curias argentinas se imponían las candidaturas de otros personajes más abiertamente siniestros. Pero el elegido fue Mario Aurelio, o Mongo Aurelio, como lo conocían sus sacerdotes pampeanos. El motivo de la preferencia pontificia es muy simple y muy propio de la política bergogliana: eligió a quien, con certeza, se dejaría pastorear. Es decir, al más sumiso y apocado de los obispos argentinos a fin de que él, desde Roma y por teléfono, siguiera gobernando sin interferencias la iglesia argentina. Es sintómatica de la poquedad de Poli la anécdota que el mismo relató: cuando el Santo Padre le imponía la birreta cardenalicia, le dijo “Quién te ha visto, y quién te ve”. Y el pobre infeliz se reía al contarlo, sin darse cuenta quizás que el metamensaje era: “Sos una nada vestida de colorado que me debés todo”.
Y esto, que podría ser solamente especulaciones, se ha visto confirmado una vez más con ocasión de la Marcha por la Vida y la Familia a la que hicimos referencia. Los organizadores deseaban, como es natural, si no la presencia y liderazgo de sus obispos -lo cual sabían imposible, dada la conocida hombría de nuestros pastores-, al menos algún tipo de aliento y bendición a través, por ejemplo, de un simple comunicado de prensa. Dos de las jóvenes organizadoras solicitaron con insistencia una audiencia al el cardenal Poli quien, durante una semana las destrató negándoles el encuentro (lo que se dice, un “obispo con olor a oveja”). Ellas no se conformaron y lo frenaron de prepo a la salida de la Catedral. La reacción de Su Eminencia fue de huída, literalmente.  Estaba nervioso, asustadizo, como sintiéndose descubierto. Se limitó a decirles que el Santo Padre no era muy entusiasta de esas marchas pro vida. Y a continuación agregó: "La Iglesia acompaña el tiempo electoral; no puede tomar partido por un sector en contra de otros. Ya bastante mi oposición al gobierno al defender a Fayt”.
Con lágrimas en los ojos sintiéndose defraudadas pero conservando su candor, las jóvenes le dijeron: "Bueno, al menos, bendíganos a nosotras". De pésima gana y en un gesto brusco y fugaz, trazó un simulacro de bendición en el aire y las dejó. Todo esto sucedió hace exactamente una semana.
El episodio muestra con claridad la estopa de la que está relleno no solamente Poli, sino la mayor parte de los obispos de nuestro país. Al Primado no le queda ni siquiera la dignidad de ocultar su abyección y servilismo y declara abiertamente ser un felpudo del Obispo de Roma, como si él, como sucesor de los apóstoles, no tuviera la suficiente autoridad para apoyar una iniciativa de sus fieles. 
Peor aún, entiende que ha hecho bastante con oponerse al gobierno por el caso Fayt. Como si la defensa de la fe tuviera un límite, y como si la defensa de un socialista romántico injustamente atacado por cuestiones de la más baja política tuviera algo que ver con la defensa de la fe. Vendría bien que el Eminentísimo Cardenal, que se viste de púrpura en memoria de la sangre de los mártires romanos, recordara a los cristianos sirios y coptos que diariamente son degollados por nuestra fe de rodillas, con dignidad y rezando el Padrenuestro. Este Poligriyo, como también le decían en La Pampa, en cambio, se espanta frente a la posibilidad de contrariar al Papa Francisco o a la Presidente Cristina Kirchner.    
No se entiende tampoco la certeza del cardenal de que la Iglesia “no puede tomar partido”. Debe tomar partido por Cristo, en primer lugar y, como consecuencia lógica, por todas las enseñanzas del Evangelio. San Policarpo de Esmirna tomó partido y le costó la cabeza en el año 155 y también les costó la vida tomar partido a los doce obispos mártires españoles durante la última Guerra Civil en 1936. 

Los argentinos hemos tenido que soportar a lo largo de nuestra historia muchas maldiciones: los liberales, el peronismo, Marcelo Tinelli y el episcopado, por ejemplo. Y pareciera que no hay modo de superarlas: las crías que producen sos peores que sus padres.  

martes, 30 de junio de 2015

Sacrílegos


Hace pocos días se cumplieron los 60 años de la quema de varias iglesias católicas en la ciudad de Buenos Aires por parte de las hordas peronistas. La foto que ilustra esta entrada corresponde a la basílica de Santo Domingo y aquí podrán ver otras tomas del mismo templo destruido.
A fin de recordar ese sacrilegio y desagraviar a Nuestro Señor por la ofensa que se había perpetrado en nuestra patria, un grupo de laicos organizó una misa en una pequeña diócesis cuyana que celebraría un valiente sacerdote del lugar en una iglesia que posee una de las imágenes quemadas durante esos terribles días.
Sin embargo, horas antes de la celebración, el obispillo del lugar misericordió a los laicos y al pobre cura, prohibiendo la Santa Misa ya que, adujo, "podía interpretarse como un acto opositor al gobierno y a uno de los partidos que disputarán las próximas elecciones".
Nada nuevo bajo el sol. 


lunes, 29 de junio de 2015

Belloc



En este video pueden escuchar una grabación de la voz de Hilaire Belloc, nada menos que cantando -que era una de las cosas que más le gustaba hacer- baladas de su autoría. 
Llamo la atención especialmente sobre la segunda balada “Ha’nacker Mill” que dice: “Sally se ha ido, ¡qué amable era! / Sally se ha ido de Halnacker Hill. Y desde entonces crece salvaje el brezo y desde entonces guarda silencio la tarabilla / y las aspas se han caído del molino. / Desolación en Ha’nacker Hill: todo en ruinas, campos sin labrar. Y espíritus que invocan a una nación vencida, espíritus que la amaban llaman con voz potente, espíritus en país extraño envueltos en temor. Espíritus que claman y que no obtienen respuesta; Halnacker está triste, Inglaterra agotada. Vientos y cardos para flautas y bailes y nunca un labrador bajo el sol. Nunca un labrador. Ni uno siquiera”. (La letra en inglés pueden encontrarla en la descripción del video).
Belloc había perdido a su esposa y, algunos años más tarde, a su hijo mayor en la Primera Guerra Mundial; por ellos guardó luto durante toda su vida. En esta canción se hallaba encarnada toda su tristeza.
Cuenta el joven poeta Siegfried Sassoon que en una ocasión lo visitó en su casa y juntos fueron a ver a Blunt, otro poeta de vida tumultuosa que finalmente, y gracias a Belloc, regresaría al seno de la Iglesia. Al anochecer, si dirigieron los tres hacia uno de los prados de Sussex y, sentados sobre un banco, comenzó Belloc a cantar “Ha’nacker Mill”. Había algo misteriosamente apocalíptico en la imagen de aquellos tres hombres a la luz del crepúsculo: un anciano sumido en sus recuerdos, un hombre maduro vestido de luto y un joven en busca de algo. La unidad de una trinidad melancólica.
Me parece oportuno este post para continuar con el tema abierto del pesimismo emocional, y lo mejor es conocer lo que vivieron y pensaron los grandes maestros frente a situaciones similares. El 28 de julio de 1920, al cumplir cincuenta años, escribía Belloc a un amigo: “Todos mis cumpleaños son bien recibidos, porque en ellos veo más próxima mi tumba… pocos hombres buscan la muerte, pero a partir de cierta edad uno desea librarse de vivir”.
¿Desesperación? No. Desolación. Belloc conocía muy bien la diferencia entre una y otra, y la naturaleza teológica y pecaminosa de la primera. La vida ha de continuar a pesar de la desolación y, en la medida de lo posible, se debe disfrutar de la algarabía exterior, incluso cuando se está sufriendo en silencio. 
La Iglesia está siendo sistemáticamente destruida y el mundo es el hogar más hostil que pudiéramos esperar. Es natural, entonces, la desolación en el plano emocional. Pero, una vez más, nuestra Iglesia es la de la Realidad, no la de las emociones. Y vuelvo a Belloc:

“Tengo por naturaleza una mente escéptica y también por naturaleza un cuerpo extremadamente sensual. Tan sensual que las virtudes que limitan la sensualidad para mí son sólo frases. Pero tengo ciertas estas frases y actúo de acuerdo con ellas hasta el punto que puede hacerlo un hombre luchador. Y en cuanto a las dudas del alma, he descubierto que son falsas: un estado de ánimo, no una conclusión. Mi conclusión -y la de todos los hombres que lo hayan visto alguna vez- es la fe”. 

(Recomiendo la biografía de Hilaire Belloc escrita por su amigo J. B. Morton, Hilaire Belloc. Una memoria que pueden conseguir en Vórtice).

viernes, 26 de junio de 2015

La nueva Pascua del Papa Francisco

En los últimos días se conoció la última ocurrencia del Papa Francisco que ha pasado casi desapercibida: propone cambiar la fecha de la Pascua a fin de que todos los cristianos puedan celebrarla el mismo día. Su idea es que todos los años el día de Pascua se celebre el segundo domingo de abril. Los primeros que adhirieron a la medida fueron los empresarios del turismo. 
Yo estimo que la medida no se implementará porque los cristianos en serio se opondrán a ella, comenzando por los ortodoxos. 
Sin embargo, la sola posibilidad de que Bergoglio haya tenido tal ocurrencia y la haya hecho pública es, según mi opinión, de una extrema gravedad. Me animo a decir que esta medida sería de una gravedad comparable a que se admitiera a los divorciados a la comunión sacramental porque se está tocando lo intocable, que es el orden cósmico
El ritmo del tiempo en que está inserta la vida del hombre es un orden de la naturaleza que procede de la más antiquísima tradición religiosa, y es una respuesta psicológica y religiosa a la profunda impresión que la naturaleza produce en el ánimo, más allá de que el mundo moderno haya minado ese orden posibilitándonos, para bien o para mal, vivir independientes de la naturaleza.
Uno de los ritmos temporales que se seguía era el lunar (el otro es el solar), y ya lo judíos lo respetaban cuando cantaban con el salmo 103: “Tu creaste la luna que nos señala los tiempos, el sol sabe el momento de su ocaso”. Y la duración de la luna en cuatro fases, como semanas de siete días, sobrevivió a los siglos y a todos los cambios del calendario. Ni siquiera la Revolución Francesa pudo imponer la década que técnicamente, quizás, habría sido útil, como lo sería posiblemente la insólita y revolucionaria propuesta del Papa patéticamente reinante. 
El día de la Pascua está relacionado directamente con el ritmo lunar. Desde el siglo I se suscitaron divergencias entre los cristianos, muy fuertes en algunos casos, acerca de cuándo celebrar la Pascua: Asia lo hacía el día 14 del mes de Nisán, sea cual fuere el día de la semana en que cayera y, el resto del mundo cristiano, el domingo siguiente a ese día. Finalmente, fue ésta la propuesta que triunfó y así, en el año 325, el concilio de Nicea, anunció: “Os damos la noticia sobre la unanimidad que ha reinado acerca de la Pascua santa. Y es así que, por vuestras oraciones, este asunto se ha resuelto felizmente. Todos los hermanos de Orientes que antes celebraban la Pascua a la vez que los judíos, la celebrarán en adelante uniformemente con los romanos, con nosotros y con todos aquellos que desde tiempo antiguo la han celebrado con nosotros”. Se referían, claro, al domingo siguiente al 14 de Nisán, es decir, el primer domingo después de la luna llena tras el equinoccio de primavera en el hemisferio norte.
La exacta fijación de ese día provocó que, durante la Alta Edad Media, los cristianos más eruditos se dedicaran con pasión al estudio de la astronomía y de los cálculos astronómicos a fin de establecer el computus, es decir, la tabla anual que indicaba qué día sería la Pascua y, a partir de ella, el resto de las fiestas móviles del calendario litúrgico. Un ejemplo emblemático es San Beda el Venerable, doctor de la Iglesia, que a comienzos del siglo VIII escribió uno de cuyos libros más importantes, el De temporum ratione, que es una cronología y cosmología destinada, justamente, a estudiar y establecer los ciclos lunares y solares para uso de la liturgia romana. 
Con la reforma del calendario encarada por el papa Gregorio XIII en 1582, volvió a suscitarse una diferencia en la fecha puesto que las iglesias orientales -católicas y ortodoxas- continuaron utilizando el calendario juliano y es por eso que en la actualidad tenemos dos fechas distintas de la celebración pascual.
Para la conciencia cristiana, entonces, la fecha de la Pascua no puede establecerse por el capricho racionalista de algún obispo, por más que sea el de Roma, por la sencilla razón de que reconoce una dependencia con el orden cósmico. La liturgia terrenal, nos dice Dionisio Areopagita, no es más que la réplica visible de la eterna liturgia celestial que celebran los ángeles en torno al trono del Cordero. La liturgia no es una asamblea de hermanos y, por eso mismo, no depende de la voluntad de ellos sino que debe estar sometida a la celestial y uno de los modos de hacerlo es, justamente, respetar los ciclos del universo. El segundo coro angélico, integrado por las Dominaciones, las Virtudes y las Potestades, son los encargados del dominio del cosmos y de mantener sus ritmos. El hombre no puede alzarse contra ese orden sino que debe someterse a él y celebrarlo. 
Alguien debería decirle al Santo Padre que hay cosas que no se pueden tocar, por más prácticos, ecuménicos y políticamente correctos que sean los motivos. Los tiempos nos lo señalan la luna y el sol, decía el rey David, y no el capricho de un porteñito de Flores. 

El Papa Francisco se está cargando la Iglesia; su torpeza e ignorancia están provocando un estropicio de dimensiones no sólo morales sino cósmicas. Con la Tradición, y con los ángeles, no se juega. 

miércoles, 24 de junio de 2015

Los nuevos motivos del lobo

Amigos:
            En las famosas Florecillas de San Francisco, el santo relata el caso del lobo de Gubbio; esto es de la ciudad italiana sita en la actual provincia de Perugia. Según el relato,el animal era un depredador al que sólo sosegó la intervención taumatúrgica del varón de Asís.

            El tema fue abordado literariamente por diversos artistas, siendo una de las composiciones más famosas al respecto, el vigoroso poema “Los motivos del lobo”, escrito por Rubén Darío, y publicado en 1913. Hay un sinfín de ediciones gráficas y recitadas, y el interesado podrá consultar,por ejemplo, la versión digital o, mejor aún, escucharlo en la incomparable voz de Fernán Gómez.
            En estos días de junio de 2015 pidieron mi cooperación para publicar una antología de textos críticos sobre el Pontificado de Francisco. Dicho texto saldrá, Dios mediante, en la tercera semana de julio, bajo el título: Francisco: la amenaza del sincretismo.

Tras terminar de ofrecer mi ayuda bibliográfica, me venía a la mente, una y repetidas veces, el notable poema de Rubén Darío. Y a la par, algunas aventuras satírico-trágicas del Padre Castellani cuando traducía o acomodaba a su gusto un poema. Y hasta memoré la Antología Apócrifa de Conrado Nalé Roxlo,llena de humor y de lirismo.

Animado por estos precedentes, y consciente de que es aconsejable imitar lo bueno, aunque con las inevitables e insalvables distancias que tal imitación suponen en mi caso, escribí la siguiente versión de Los motivos del lobo del precitado Darío. He hecho el intento de respetar la métrica,el ritmo,el lenguaje y el tono. Sólo reduje su extensión para no agobiar al lector.

Va con un par de salvedades, por las dudas. La primera, para los mojigatos: no está abolido y nos es lícito practicar el castigat ridendo mores.La segunda para los prosaicos de todas las internas eclesiales:no se puede leer un poema como quien lee la Summa. Por eso el Aquinate, además de su portentosa manualística racional nos regaló su poemario eucarístico.

                                      ANTONIO CAPONNETTO



LOS NUEVOS MOTIVOS DEL LOBO


El pastor que cuida de un inmenso aprisco,
pleno de ternura, de olor rebañal,
el humilde argento, el Papa Francisco
está con un fiero y extinto animal.

Peor que aquellos canes de la policía
que hincaban sus fauces en el criminal,
el lobo de Trento que al infiel rugía
celoso ha asolado las calles de Roma
reclamando el Credo,latines, sotana,
aullando a los gritos, que incluso una coma
pedía San Mateo que fuese cristiana.

Duros cancerberos de la Nostra Aetate
fueron engullidos.En crueles dentadas
tragábase frailes, nuncios y un abate
que diera herejías por  normas sentadas.

Francisco salió,
al lobo buscó
en las catacumbas.
Lo halló de rodillas al pie de las tumbas
de mártires, santos,insignes caídos.
Viendo la amenaza le habló a los oídos,
sandwich en la mano
al salvaje ofrece: una silla, hermano
lobo. El preconciliar
oyó un verbo nuevo: misericordiar;
 ya no levantisco
cesó el agresivo rezo del rosario
y dijo: está bien, fratello Francisco.

¡¿Cómo?!, dijo el Papa, ¿eres reaccionario,
restauracionista,
cara-vinagrista,
un príncipe acaso de la Iglesia regia
que se cree egregia.
De las periferias temor y temblor,
del maestro Kasper eres desertor,
sigues empeñado con el Vetus Ordo,
vienes de Nicea,
quién te ha convencido que hay que dar pelea
al hereje a bordo?

Algún tiempo el lobo dejó sus desdoros
sin juzgar manfloros.
Amaba a gurúes,imanes,deicidas
y al besar a todos dando bienvenidas
aprendió a hacer lío, a ahorrar combustible,
supo que ni Cristo fue tan infalible,
puesto que aquel cuento de peces y panes,
no lo creen Tucho Fernández ni Manes.


Un día Francisco fue a la sinagoga,
y el lobo sin riñas, sin cepos ni soga
se encolerizó,llegó a Santa Marta
y en feraz embiste a todos aparta.
Corrió a los masones, los pentecostales,
los mil fariseos infestos de males,
los ecumenistas de saber hediondo
y mordió las tabas de Sanchez Sorondo.
De nada servían los buenos modales
pues el cavernario
no retrocedía de furia jamás,
era un emisario:
la espada de Pablo, la luz de Tomás.


Jorge Mario entonces se puso severo.
Volvió a Santa Marta
a retar al lobo por camandulero.
Lo halló y de ternezas por poco lo ensarta.
¡En nombre de Gea, la tierra divina
conmínote, digo,a no usar naftalina.
No sabes acaso que el hermano piojo,
la hermana polilla…!
Lo interrumpe brusco el lobo y un ojo
le clava en la cara cual punzante abrojo:

¡Ay Papa Francisco!,cuida tu mejilla,
no me llamo Kiko ni Skorka o Cristina
no me doy la paz,
heredé del Tata esta carabina
y soy montaráz.
Me eduqué en la escuela de fiel obediencia
y si te hice caso por no ser audaz,
hoy el Catecismo y la Sacra Ciencia
me indican el riesgo de ser tu secuaz.

¡Ay Papa Francisco! Te apartaste mucho
de las tradiciones y la Ceremonia
central de la Fe,
del misterio expuesto allá en Calcedonia
piensas que ya fue.
No nos canonices a felones rojos,
nunca de insensatos tengas el tupé
que no te bendigan herejes,de hinojos.


Palos me da el mundo si amo a Cristo Rey,
ese mundo que unges con sus embelecos,
el de tus obispos, más necios que un buey
casi tan hebreos que kipá con flecos.
No soporto el vicio de estos recovecos
vaticanos. Ni soporto aquí
la guaranguería junto al plebeyismo,
la Evangelii gaudium, la Laudato si.

Déjame en el templo, el caliz y el solio,
déjame el breviario, el coro,el altar
vuelto hacia el Oriente, hermano Bergoglio
déjanos del monje saber contemplar.


El lobo de Trento no dijo más nada.
Como un hesicasta bajó su celada
de paz silenciosa, de cielo y de luz.
Rezó cual si fuera la última odisea
Rezó con los fieles de Laodicea:
No tardes, Dios mío. ¡Ven Señor Jesús!

Antonio Caponnetto


martes, 23 de junio de 2015

La lista de Francisco

Hace algunas semanas, el Romano Pontífice recibió por quinta vez en su hotel de Santa Marta a la presidente argentina Cristina Kirchner. La entrevista se prolongó por casi dos horas y, luego de finalizada, los portavoces de ambos mandatarios fueron claros y explícitos en decir que se había hablado exclusivamente de “política latinoamericana”. Por supuesto, nadie, excepto los neocones, lo creyó. A pocos meses de la elecciones presidenciales el tema de rigor fue la política doméstica. Hace pocos días, una fuente inobjetable me confirmó que, efectivamente, en ese encuentro no se habló de otra cosa más que de política argentina. Yo creo -y es sólo mi opinión- que allí se armaron a grandes rasgos las listas con los candidatos más salientes que competirán en agosto y octubre.
Y parece que no soy el único que piensa de ese modo. El abogado y periodista Carlos Maslatón publicó lo siguiente en su blog algunos días antes de la presentación definitiva de listas por el Frente para la Victoria:

Esta es la Lista del Papa Francisco, les guste o no les guste Sres:
Presidente: Daniel Scioli, amigo de Francisco y es el que Francisco quiere de entre los tres candidatos [y el único que se deja pastorear].
Gobernador de Buenos Aires: Julián Dominguez, amigo y persona que mas quiere Francisco, incluso mas que Scioli. De hecho, todos los colaboradores de Francisco están con Julián.
Vice-gobernador: Espinosa, intendente de La Matanza, que asegura el triunfo.
Formula Ganadora en 1ª vuelta. Les guste o no. Nos guste o no. 

Es notable la gracia con la que Cristina ha perdido la batalla con Scioli y ha puesto a todos los candidatos de Francisco. Notable también la inteligencia de no postularse a nada.
Ella ha hecho su parte. Bergoglio hará la suya a partir de diciembre: ese es el trato. Sobre la base de la victoria de Scioli, llamará desde el Vaticano a un gran "acuerdo nacional" con el jefe de la oposición, Mauricio Macri -que puso de vice Gabriela Michetti, la candidata de Bergoglio-, y a olvidar rencores y cualquier tipo de inquisición judicial. 
La Viuda se va tranquila a su casa de El Calafate o de las Seychelles, sin temor a las rejas.


¡Punterus Maximus!