miércoles, 5 de octubre de 2022

La derrota del olvido


 


Escribí estas líneas en febrero de 2005 para un medio con el que colaboraba y que, lamentablemente, ya no está más en línea. Y que yo sepa, el artículo nunca fue publicado. Pero el tema sigue aún vigente. Y, con algún remozamiento, aquí va para juicio y comentario de los lectores. 


Hace algunas semanas escribía un artículo acerca de la certeza de la derrota que nos espera. Quisiera profundizar en esa reflexión, advirtiendo que de ningún modo pretende ser una elegía a la desesperación sino, por el contrario, un temprano anuncio de la enorme alegría por nuestra cierta y definitiva victoria.

Han sido muchas las derrotas que hemos sufrido desde que, en el siglo XVI, se quebró el orden cristiano. Repasemos algunas de las que ocurrieron en el último siglo. En el orden político, fuimos derrotados cuando, luego de la Primera Guerra Mundial, la masonería y la izquierda internacional derrumbaron los dos últimos imperios cristianos, fusilando a la familia imperial rusa y expulsando de Viena al último emperador austriaco, Carlos de Hausburgo. 

Fuimos derrotados cuando, luego de la Segunda Guerra Mundial, se consolidó la democracia como único sistema, no sólo de gobierno, sino también de vida, siendo considerada, incluso por los eclesiásticos, como una hipóstatisis del bien y subvirtiendo de ese modo el orden por el cual el gobierno debe ser de los sabios y no de la masa. 

Fuimos derrotados cuando el doblemente perjuro rey de España abrió la puerta de su reino a los vencidos en la última cruzada cristiana, la Guerra Civil Española, permitiendo que hoy gobiernen la península los nietos de los comunistas y anarquistas que quemaron iglesias y asesinaron monjas. 

Fuimos derrotados cuando, en Argentina, se exilió la clase dirigente, dejando el gobierno de la patria en manos de bribones e improvisados que continúan destruyendo la herencia recibida, si es que aun queda algo de ella.

En el orden eclesial, fuimos derrotados cuando, inexplicablemente, Pío XI condenó a Charles Maurras y a la Acción Francesa, asentando de ese modo un golpe de muerte a la inteligencia francesa, llamada a liderar el pensamiento católico de ese momento. 

Fuimos derrotados cuando Juan XXIII convocó a un Concilio en el Vaticano, arremolinando allí las peores fuerzas enemigas. 

Fuimos derrotados cuando Pablo VI, por debilidad u otros motivos aún más tristes, cambió las reglas de ese mismo Concilio entregando su gobierno al progresismo europeo y marginando del mismo a los cardenales ortodoxos. 

Fuimos derrotados cuando el mismo pontífice entregó la reforma litúrgica al obispo Bugnini, con los resultados que hoy conocemos. 

Fuimos derrotados cuando se sepultó con bombos y platillos la Santa Misa, tal como la Iglesia la había celebrado durante más de mil quinientos años, y se adoptó en su reemplazo una informe reunión social desacralizada. 

Fuimos derrotados cuando, luego del respiro que significó el pontificado de Benedicto XVI, los cardenales eligieron en su lugar a Jorge Mario Bergoglio, el más inepto de entre todos ellos, y de entre muchos más, para ocupar la sede petrina. 

Somos derrotados cada vez que este personaje habla y dispone, hundiendo poco a poco a la Iglesia en una organización religiosa que poco y nada tiene que ver con aquella que fue fundada por Nuestro Señor.

Pero la derrota no es un delito sino que es un riesgo que corren los andantes de todas las épocas; don Quijote y Frodo son ejemplo de ello. Lo importante es no olvidar el principio o la verdad por la que nos batimos y fuimos derrotados. Por eso, la derrota más grande que nos asentaría en el enemigo sería el olvido. Lo importante es derrotar al olvido. 

¿Cómo escapar a ser derrotados por el olvido, la última y más triste de las derrotas? La filología puede ser de ayuda. En griego, verdad se dice ἀλήθεια (aletheia), palabra formada por el alfa de sentido privativo y la palabra λάθος (lathos), que significa esconderse o permanecer ignorado. De aquí surge la palabra española letargo, que hace referencia a un sueño patológico. 

Los antiguos consideraban a la muerte como el pasaje a una existencia espectral, una pérdida de la conciencia de sí y el olvido de todas las cosas terrestres. Y esta concepción era simbolizada por sombras que bebían de un río subterráneo llamado Olvido, en griego Λήθη (Léthe). Y de esta manera, para los griegos, el olvido no era una simple ausencia de memoria, sino un acto especial que destruía una parte de la conciencia, que disolvía en él una parte de la realidad, aquella realidad que era olvidada. 

Por es la verdad, aletheia, es el no-olvido. Es aquello que permanece a pesar de las correntadas del río del Olvido, el río Léthe, que fluye en medio de la letalidad del mundo sensible. Es aquello capaz de remontar el tiempo, que se mantiene sin quebrarse y que se guarda eternamente en la memoria. La verdad es la memoria eterna de una cierta conciencia; es un valor digno de una conmemoración perpetua. 

La memoria quiere detener el movimiento, tiende a permanecer inmóvil delante de los fenómenos que fluyen, opone una barrera al río del devenir. Por consiguiente, la aletheia es la corriente en reposo, el fluir detenido, el torbellino inmóvil del ser. 

Y así, nuestra principal arma para evitar la terrible derrota del olvido es la verdad, y la verdad es el no-olvido, es el recordar permanente quiénes somos y, como decía Pemán, “los hombres no somos átomos sueltos ni plumas al azar del aire. Somos gotas de un río y espigas de un trigal: trigal y río, con sus vallados, sus márgenes y su nombre propio. Cada uno de nosotros es quien es —y no otro— por aquello que, sobre su simple esencia abstracta de hombre, le han dado, al nacer, desde fuera, los padres, la tierra, los siglos y las cosas”.

En la verdad y en el recuerdo están la esperanza de la victoria.

lunes, 3 de octubre de 2022

Recomendaciones bibliográficas

 

John Henry Newman, Carta a Pusey. La devoción a la Virgen María en la tradición de la Iglesia, Introducción, traducción y notas de Rubén Peretó Rivas, Encuentro: Madrid, 2022.

Acaba de aparecer una de las pocas obras de San John Henry Newman que aún no había sido traducida al español: Carta a Pusey. La devoción a la Virgen María en la tradición de la Iglesia, publicada por Encuentro en España y, próximamente, por Ágape en Argentina.

Es una obra del estilo de la Carta al duque de Norfolk, en la que John Henry Newman desarrolla un apasionado y breve tratado a modo de respuesta al Eirenicon, un largo volumen escrito por su amigo Edward Pusey. Su intención es insistir en la legitimidad del puesto de María en la teología católica y lo hace recurriendo a la fuente que Pusey no podría sino aceptar: la Patrística.

Dice la introducción: «Cuando Mary, su hermana menor, le preguntó por qué le parecían tan importantes los Padres de la Iglesia, Newman respondió que porque poseían y expresaban un conocimiento de primera mano de los objetos de la Palabra de Dios. Y por eso, para él como para los Padres, la teología y la espiritualidad no son cosas diferentes que transcurren por caminos o vías diversas, sino que son dos caras distintas pero complementarias de una misma realidad. Y ambos aspectos, su conocimiento de los Padres y su espiritualidad, quedan de manifiesto en la Carta a Pusey y se orientan a demostrar la legitimidad del culto a la Virgen María y su devoción por parte de los católicos».

Newman procura responder las objeciones que los anglicanos y protestantes en general hacían y hacen acerca de la fe y de la devoción que los católicos profesamos a Nuestra Señora. Y a eso dedica los primeros capítulos de la carta. Luego desarrolla, a partir de los escritos de los Padres de la Iglesia, los motivos por los cuales María fue concebida sin mancha de pecado original y por qué es Madre de Dios, el título más alto e impensado al que cualquier criatura podría aspirar. Newman desarrolla, además, las razones de uno de los títulos más antiguos que los primeros cristianos le atribuyeron a María: Ella es la Segunda Eva.

Newman hace una importante distinción: una cosa es la fe en María y sus prerrogativas, las cuales siempre se han conservado en el Depósito de la Fe y, en todo caso, no han hecho más que desarrollarse armonicamente en el tiempo, y otra la devoción a Ella, que está atada a la historia y a la cultura de cada pueblo, que elige diversos modos de honrarla. Es así entonces que algunas formas de devoción pueden parecer extrañas o exageradas para algunas culturas y, en cambio, naturales para otras. 

El mismo Newman añade al final de su breve tratado una serie de anexos que documentan y reafirman las tesis mariológicas que ha sostenido. El traductor, además, incluye una extensa introducción contextualizando la obra y numerosas notas que ayuda a la comprensión del texto. 

En definitiva, un nuevo e interesante aporte al mundo hispanohablante para profundizar en el conocimiento de la enseñanza del gran John Henry Newman.




Antonio Caponnetto, El último gobierno de Sancho, Bella Vista Ediciones: Buenos Aires, 2022.

Es conocida en el ámbito argentino la fecundidad del Prof. Antonio Caponnetto cuyas obras pueden llenar fácilmente un extenso anaquel de cualquier biblioteca. Y recorren varios tópicos, tales como los diversos aspectos del revisionismo histórico, la pedagogía —conocida es su serie de cuatro volúmenes dedicados a los educadores católicos— y ensayos y denuncias sobre la crisis de la iglesia católica.

Hace pocas semanas, Caponnetto nos ha sorprendido con la aparición del último de sus libros en el que incursiona en un género novedoso para su pluma y que confirma la fecundidad a la que aludíamos más arriba. Él lo denomina pastiche, y consiste en “la imitación explícita, avisada y frontal de ciertos autores o temas” y, en este caso, consiste en imitar o, diría yo más bien, reflejar para los tiempos actuales, el conocido libro de Leonardo Castellani El nuevo gobierno de Sancho. Caponnetto no hablará de nuevo gobierno sino de último gobierno de Sancho.

En el libro encontramos una serie de episodios en los que Sancho, gobernador nuevamente de la ínsula Agathaurica, debe impartir justicia en casos que involucran a protagonistas ya no sólo lejanos a Cervantes sino también al mismísimo Castellani: el rapero, el influencer, el no binario, el vacunador o la sexóloga empoderada son algunos de ellos. Las situaciones que genera el autor en cada caso muestran las ridículas torpezas a las que estamos expuestos, sólo que en esta ocasión no reciben una crítica sesuda a la sombra de la filosofía o de la teología sino que provocan el humor que en más de una ocasión es más elocuente que un silogismo.

Como lo exige el género elegido, Caponnetto hace gala de su fino conocimiento de la lengua de Castilla, utilizando un sinfín de términos añejos y castizos que son una delicia para el oído de cualquiera que haya sido educado en la belleza de nuestro idioma. Y para no perderse en tamaña glosolalia, el autor incluye al final un glosario que es también un excelente instrumento para acrecentar la propia cultura.

El pastiche se presta, también, para que Caponnetto introduzca diversos juegos y guiños, algunos que cualquiera puede descifrar, y otros que sólo podrán hacerlo unos pocos. Y aprovecha también para incluir como actores de reparto a un abanico de personajes reales que no desentonan en la corte del buen Sancho, como Eduardo Amitrano, de feliz memoria, o fray Pablo Paleta.

Antonio Caponnetto, sin embargo, no puede ocultar la hilacha, y los dos últimos capítulos del libro son ocasión para que, de un modo del todo nuevo en su estilo, haga recitar a los diversos personajes que se preparan para la batalla final entre la tradición y el liberalismo, su más pura y característica prosa nacionalista. Y hasta hace aparecer montado en caballo bayo a don Juan Manuel de Rosas que, finalmente, puede morir en su tierra.

Se trata, en definitiva, de una obra inesperada, de lectura fácil, que divierte y arranca sonrisas, pero sin ser por eso una obra cómica. En todo caso, muestra el costado humorístico de la tragedia que vivimos.


miércoles, 28 de septiembre de 2022

Por qué la liturgia

 


Con cierta frecuencia, aparecen comentarios en este blog aconsejando, de modo a veces un tanto destemplando, que nos dejemos de hurgar en las cuestiones litúrgicas —que si novus ordo no, que si misa tradicional sí— en momentos en que estamos asistiendo al derrumbe de buena parte de la Iglesia. El detalle de la liturgia no puede llevarse la atención y las energías que deberían estar orientadas en defender la fe contra los herejes alemanes o belgas. 

En mi opinión, sin embargo, la batalla por la liturgia es la batalla prioritaria. La Iglesia no es un club al que, para ingresar, es necesario adherir a un ideario que se encuentra contenido en el Denzinger. Nuestra fe cristiana y nuestra pertenencia a la Iglesia consiste, sobre todo, en la vida de Cristo que, en nosotros, anima el Espíritu Santo a través de los medios con los que la gracia llega a nuestros corazones. Y en esta economía, la liturgia no es uno más de los diversos temas espirituales. Es el hecho central de la vida cristiana , la expresión suprema de la vida en Dios. El propósito de la Revelación salvadora de Dios es hacer al hombre capaz de la vida de Dios, y la liturgia es el campo privilegiado de este encuentro. Es el lugar de la teofanía donde el hombre es introducido en la vida divina al participar en el misterio de la Redención. Este elemento patrístico de la vida cristiana como primariamente sacramental, como un encuentro salvador con Cristo glorificado, por la participación en el misterio de Cristo que es la liturgia, es algo propio de nuestra religión. 

Con el paso de los siglos, la liturgia latina comenzó a acentuar el aspecto expiratorio de la Santa Misa. Y estamos habituados a escuchar que ella es la renovación incruenta del sacrificio redentor de la Cruz y a centrar en el aspecto sacrificial su elemento esencial. Una visión jurídica, y tan romana, del misterio: Cristo que paga por nosotros, al precio de su sangre, la deuda contraída por nuestros primeros padres. Está fuera de discusión, por cierto, la verdad de este hecho y que se trata es uno de los principios fundamentales de la Santa Misa; sin embargo, no es el único. Y el peligro es que por centrarnos tantos en él, terminemos descuidando al resto. 

San Germán de Constantinopla escribía que aún la misa celebrada “en un humilde templo parroquial es el cielo en la tierra, el lugar donde el Dios de los cielos habita y se mueve”; donde el hombre puede “estar apartado de toda preocupación terrena”, a fin de “dar la bienvenida al Rey del universo”. Es el santuario celeste “donde hombres y mujeres, según su capacidad y deseo, son adentrados en el acto cultual del cosmos redimido; donde los dogmas no son abstracciones infecundas, sino himnos de oración exultante”. 

La liturgia no es solamente la compasión amorosa por el Mediador que sufre y expía nuestros pecados en la cruz, sino también la adoración que glorifica al Dominador celeste de todas las cosas en la renovación de su triunfo sobre la muerte. La liturgia eucarística es sin duda la renovación dolorosa aunque incruenta de un acontecimiento histórico, pero no sólo debemos considerar esa perspectiva, sino en la renovación triunfante y gloriosa de los que sucede hic et nunc, aquí y ahora. No es sólo la inmolación en la Cruz y una comunión sacramental con la víctima inmolada , sino también un homenaje al Cordero victorioso y una recepción de sus “sagrados y celestiales dones”.

En el himno de los querubines de la liturgia bizantina propio del ingreso de los dones que serán convertidos en el Cuerpo y Sangre del Señor, los fieles cantan: “Permítenos a nosotros que representamos a los querubines y cantamos el himno tres veces santo a la Trinidad que da la vida, aparta de nosotros ahora todo preocupación terrenal, de tal manera que podamos dar la bienvenida al Rey de todas las cosas que viene escoltado por ejércitos invisibles de ángeles. ¡Alleluia, alleluia, alleluia!

Este aspecto en la participación de la liturgia celestial no es una evasión sentimental hacia lo irreal, sino una confesión de fe en lo que es lo más real, nuestra vida en Cristo. Y el acento en la consumación de nuestra transfiguración después de la muerte confiere un sentido de triunfo a nuestra fe, que comienza este proceso durante la vida.

La liturgia, además, con sus permanente juegos sensoriales —luces, cantos, inciensos [cf. el excelente libro de Eric Palazzo, Les cinq sens au Moyen Âge, Cerf: París, 2016]— nos permite recordar de un modo más fácil, más humano y más tangible, que la vida del espíritu es una iluminación proveniente de la luz divina; ver a Dios por medio de esta luz es vivir en Él. El simbolismo de la luz que, en la liturgia latina aparece con mayor claridad en los oficios de Semana Santa, y en la liturgia bizantina en los oficios cotidianos, evoca en los fieles una nostalgia por la visión divina que les es permitido vislumbrar simbólicamente aquí en la tierra. Como canta la liturgia de San Juan Crisóstomo luego de la comunión: “Hemos visto la luz verdadera, hemos recibido el espíritu del cielo, hemos encontrado la verdadera fe, al venerad a la indivisa Trinidad que nos ha salvado”. 

Todos los grupos humanos, aún los más elementales, necesitan rituales. Cualquier club de fútbol de provincia tiene sus cánticos, sus colores, sus cábalas, etc.; los jueces tienen, en muchos países, sus atavíos especiales cuando imparten justicia y también los tienen las fuerzas armadas, además de un complejo ceremonial. Los católicos, como grupo social, también tenemos una liturgia que ¿nos une?, pero la diferencia esencial con los otros casos es, como diría Tolkien, que lo que la nuestra simboliza y hace presente, es verdadero. 


jueves, 22 de septiembre de 2022

La Iglesia se ahoga en el sentimentalismo


 


Hace casi dos años, publicaba en este blog un artículo llamado Después de la fe, en el discutía los peligros del emocionalismo para la fe católica. Y la actualidad del tema permanece. 

Ofrezco aquí el texto en español de un interesante y reciente es escrito de Samuel Gregg sobre el mismo tema



El catolicismo siempre ha concedido un gran valor a la razón. Por razón, no me refiero sólo a las ciencias que nos dan acceso a los secretos de la naturaleza. Me refiero también a la razón que nos permite saber cómo utilizar correctamente esta información; a los principios de la lógica que nos dicen que 2 por 2 nunca puede ser igual a 5; a nuestra capacidad única de conocer la verdad moral; y a la racionalidad que nos ayuda a comprender y explicar la Revelación.

Tal es la consideración del catolicismo por la razón que este énfasis ha colapsado ocasionalmente en un hiperracionalismo, como el que Tomás Moro y Juan Fisher pensaban que caracterizaba a gran parte de la teología escolástica en los veinte años anteriores a la Reforma. El hiperracionalismo no es, sin embargo, el problema al que se enfrenta el cristianismo en los países occidentales hoy en día. Nos enfrentamos al reto contrario. Lo llamaré Solis affectibus.

"Sólo por los sentimientos" capta gran parte del ambiente actual dentro de la Iglesia en todo Occidente. Afecta a la forma en que algunos católicos ven no sólo el mundo, sino la propia fe. En el centro de este sentimentalismo generalizado está la exaltación de los sentimientos fuertes, el desprecio de la razón y la consiguiente infantilización de la fe cristiana.

¿Cuáles son los síntomas de Solis affectibus? Uno de ellos es el uso generalizado de un lenguaje en la predicación y la enseñanza cotidiana que es más propio de la terapia que de las palabras utilizadas por Cristo y sus apóstoles. Así, palabras como "pecado" desaparecen y son sustituidas por "dolores", "arrepentimientos" o "tristes errores”.

El sentimentalismo también asoma la cabeza cada vez que se dice a quienes ofrecen defensas razonadas sobre la ética sexual o médica católica que sus posiciones son “hirientes", “sentenciosas" o “moralistas”. La verdad, al parecer, no debe articularse, ni siquiera con suavidad, si puede herir los sentimientos de alguien. Si eso fuera cierto, Jesús debería haberse abstenido de contarle a la samaritana los hechos de su historia matrimonial.

Solis affectibus también nos ciega a la verdad de que existe —como afirmó el propio Cristo— un lugar llamado infierno para los que mueren sin arrepentirse. El sentimentalismo simplemente evita el tema. El infierno no es un tema que deba tomarse a la ligera, pero hágase esta pregunta: ¿Cuándo fue la última vez que oyó mencionar en misa la posibilidad de que cualquiera de nosotros pueda acabar eternamente separado de Dios?

Sobre todo, el sentimentalismo se revela en ciertas presentaciones de Jesucristo. El Cristo cuyas duras enseñanzas escandalizaban a sus propios seguidores y que rechazaba cualquier concesión al pecado cada vez que hablaba de amor, se convierte de alguna manera en un agradable rabino liberal. Este Jesús inofensivo nunca nos desafía a transformar nuestras vidas abrazando la plenitud de la verdad. En de eso, recicla trivialidades como "cada uno tiene su propia verdad", "haz lo que mejor te parezca", "sé fiel a ti mismo", "abraza tu historia", "¿quién soy yo para juzgar?", etc. Y no temas: este Jesús garantiza el cielo, o lo que sea, para todos.

Sin embargo, ese no es el Cristo revelado en las Escrituras. Como escribió Joseph Ratzinger en su libro de 1991 Mirar a Cristo:

Un Jesús que está de acuerdo con todo y con todos, un Jesús sin su santa ira, sin la dureza de la verdad y del verdadero amor no es el Jesús real que muestra la Escritura, sino una miserable caricatura. Una concepción del "evangelio" en la que la seriedad de la ira de Dios está ausente no tiene nada que ver con el evangelio bíblico.

La palabra "seriedad" es importante aquí. El sentimentalismo que infecta a gran parte de la Iglesia consiste en disminuir la gravedad y la claridad de la fe cristiana. Eso es especialmente cierto en lo que respecta a la salvación de las almas. El Dios plenamente revelado en Cristo es misericordioso, pero también es justo y claro en sus expectativas sobre nosotros, porque nos toma en serio. ¡Ay de nosotros si no le devolvemos el cumplido!

Entonces, ¿cómo ha acabado gran parte de la Iglesia hundiéndose en un pantano de sentimentalismo? He aquí tres causas principales.

En primer lugar, el mundo occidental se está ahogando en el sentimentalismo. Como todo el mundo, los católicos somos susceptibles a la cultura en la que vivimos. Si se quiere una prueba del Solis affectibus occidental, sólo tiene que entrar al navegador web. Pronto se dará cuenta del puro emotivismo que impregna la cultura popular, los medios de comunicación, la política y las universidades. En este mundo, la moralidad tiene que ver con tu compromiso con determinadas causas. Lo que importa es lo "apasionado" (nótese el lenguaje) que se es con el compromiso, y el grado de corrección política de la causa, y no si la causa en sí es razonable de apoyar.

En segundo lugar, consideremos cómo entienden la fe muchos católicos hoy en día. Para muchos, parece ser una "fe de sentimientos". Con esto quiero decir que el significado de la fe cristiana se juzga principalmente en términos de sentir lo que hace por mí, mi bienestar y mis preocupaciones. Pero, ¿adivinen qué? Yo, yo mismo y yo no somos el centro de la fe católica.

El catolicismo es, después de todo, una fe histórica. Implica que confiamos en aquellos que fueron testigos de la vida, muerte y resurrección de Jesucristo, que transmitieron lo que vieron a través de textos escritos y tradiciones no escritas, y que concluimos con que dijeron la verdad sobre lo que vieron. Eso incluye los milagros y la resurrección que atestiguan la divinidad de Cristo. El catolicismo no los considera "leyendas". Ser católico es afirmar que realmente sucedieron y que Cristo instituyó una Iglesia cuya responsabilidad es predicar esto hasta los confines de la tierra.

Por lo tanto, la fe católica no puede tratarse de mí y de mis sentimientos. Se trata de la Verdad con mayúsculas. La realización humana y la salvación implican, en consecuencia, la elección libre y constante de conformarme a esa Verdad. No se trata de subordinar la Verdad a mis emociones. De hecho, si el catolicismo no trata de la Verdad, ¿qué sentido tiene?

En tercer lugar, la omnipresencia del sentimentalismo en la Iglesia, desde el Vaticano II, debe algo a los esfuerzos por degradar y distorsionar la ley natural. La reflexión sobre la ley natural estaba presente en todo el mundo católico en las décadas anteriores a los años sesenta. Pero después sufrió un eclipse en gran parte de la Iglesia. Esto se debe, en parte, a que el derecho natural era parte integrante de la enseñanza de la Humanae Vitae. Posteriormente, muchos teólogos decidieron que todo lo que sustentaba la Humanae Vitae debía vaciarse de contenido sustantivo.

Aunque el razonamiento del derecho natural se recuperó en algunas partes de la Iglesia a partir de los años 80, hemos pagado un alto precio por la marginación del derecho natural. Y el precio es el siguiente: una vez que se relega la razón a la periferia de la fe religiosa, se empieza a imaginar que la fe es, de alguna manera, independiente de la razón; o que la fe es, de alguna manera, intrínsecamente hostil a la razón; o que las convicciones religiosas no requieren explicación a los demás. El resultado final es la disminución de la preocupación por la razonabilidad de la fe. Esa es una forma segura de acabar en el pantano del sentimentalismo.

Podrían mencionarse otras razones de la tracción del sentimentalismo en la Iglesia actual: la desaparición de la lógica de los programas educativos, la excesiva deferencia hacia la (mala) psicología y la (mala) sociología por parte de algunos clérigos formados en la década de 1970, la inclinación a considerar la actuación del Espíritu Santo como algo que podría contradecir las enseñanzas de Cristo, las almibaradas liturgias autorreferenciales tipo Disney, etc. La lista es larga.

La solución no es rebajar la importancia que tienen emociones como el amor y la alegría o la ira y el miedo. No somos robots. Los sentimientos son aspectos centrales de nuestra naturaleza. Sin embargo, las emociones humanas deben integrarse en un relato coherente de la fe cristiana, la razón humana, la acción humana y el florecimiento humano, algo que han emprendido con gran habilidad figuras del pasado como el Aquinate y pensadores contemporáneos como el difunto Servais Pinckaers. Y entonces, tenemos que vivir nuestras vidas en consecuencia.

Escapar de Solis affectibus no será fácil. Simplemente forma parte del aire que respiramos en Occidente. Además, algunos de los principales responsables de la formación de las personas en la fe católica parecen muy susceptibles de caer en el sentimentalismo. Pero si no señalamos y contestamos el emotivismo desenfrenado que actualmente compromete el testimonio de la Verdad de la Iglesia, corremos el riesgo de resignarnos a un mero ONGismo para el futuro próximo.

Es decir, a la verdadera irrelevancia.


Fuente: Catholic World Report

martes, 20 de septiembre de 2022

Entrevista a Joseph Shaw. La peregrinación ad Petri sedem 2022

 


La Foederatio Internationalis Una Voce (FIUV) y la Latin Mass Society (LMS), con sede en el Reino Unido, están presididas por el escritor y filósofo británico Joseph Shaw. La FIUV miembro fundador de la CISP (Coetus Internationalis Summorum Pontificum), el organismo encargado de la peregrinación anual a Roma de los fieles del Summorum Pontificum, que este año tendrá lugar del viernes 28 al domingo 30 de octubre en Roma. Aquí puede consultarse mayor información sobre la peregrinación.


Usted fue elegido presidente de la FIUV en octubre de 2021; ¿podría presentarnos brevemente esta organización internacional?

La FIUV fue fundada en 1965 por las seis primeras asociaciones nacionales de laicos católicos que deseaban preservar el antiguo Rito Romano. Se creó para representar los intereses de nuestros miembros ante la Santa Sede. En la actualidad, la FIUV cuenta con unos 40 miembros, procedentes de toda Europa y Norteamérica, y cada vez más de Sudamérica, Asia y África. La Federación celebra reuniones en Roma cada dos años.

Hemos estado dirigidos por presidentes muy distinguidos, especialmente nuestro fundador, Eric de Saventhem, y su sucesor, el prolífico escritor Michael Davies. Además de Davies, fallecido en 2004, otros tres presidentes de la FIUV han sido miembros del LMS: Leo Darroch, Jamie Bogle y, en el momento de escribir este artículo, el presidente del LMS, yo mismo, Joseph Shaw.

Nuestro Consejo, que asiste y asesora al Presidente y a la Mesa, incluye a católicos de todo el mundo, desde el Lejano Oriente hasta México, y desde Alemania hasta Sudáfrica.


¿Y cuál es su relación con Roma?

Creemos firmemente en la importancia de lo que ocurre en Roma, no sólo los actos oficiales del Santo Padre y la Curia, sino el ejemplo de Roma. La FIUV y la CISP (Coetus Internationalis Summorum Pontificum), junto con el LMS, han ampliado a lo largo de los años las posibilidades de celebrar la misa tradicional en San Pedro, lo que en su día fue imposible, y más tarde sólo era posible en una capilla de la cripta.

En la actualidad, la CISP ha podido asegurarse el uso del sitio más prestigiosa de la basílica superior: la el Altar de la Cátedra. Esto tiene un enorme e innegable significado simbólico, que indica la legitimidad de esta misa y su tolerancia práctica por parte del Papa Francisco, incluso después de Traditionis custodes. Por lo tanto, la continuación del trabajo con y de la CISP es de la mayor importancia, y nos complace unir nuestros esfuerzos con los del Coetus para este fin.


¿Cuáles son los otros propósitos e iniciativas principales de la FIUV?

La FIUV tiene la importantísima función de interceder en favor de los católicos "apegados a las antiguas tradiciones litúrgicas" de todo el mundo. Nuestros directivos viajan regularmente a Roma para reunirse con funcionarios de la Curia Romana, periodistas, diplomáticos y otros, para tratar de entender las actitudes hacia la misa antigua, para asegurarse de que nuestros interlocutores —ya sea que estén inclinados a ser amistosos u hostiles— estén bien informados sobre el movimiento, y para representar las necesidades y preocupaciones de nuestros miembros.

Pero mientras que el LMS y otras organizaciones pueden hacer sus propias representaciones ante los departamentos del Vaticano en asuntos que conciernen a Inglaterra y Gales, la FIUV puede presentar una imagen global gracias a su red internacional de miembros.

Uno de los principales proyectos de la Federación en los últimos años ha sido la producción de 33 breves Position Papers sobre diferentes aspectos de la Misa Tradicional, ahora disponibles en el libro The Case for Liturgical Restoration (Angelico Press, 2019). Los documentos fueron producidos en consulta con un equipo de expertos de muchas asociaciones diferentes.

Otro proyecto fue la producción de un informe sobre la implementación de la Carta Apostólica Summorum Pontificum, que involucró información detallada de nuestros miembros y otros contactos locales. Pudimos presentar a la Congregación para la Doctrina de la Fe este informe, con un resumen y conclusiones, que incluía detalles de más de 350 diócesis en 52 países. Este informe se entregó para que coincidiera con la información que los obispos de todo el mundo entregarán a la CDF, sobre el mismo tema, en el verano de 2020.

Una parte del trabajo de la Federación consiste en reunirse con clérigos de alto nivel; otros aspectos de nuestro trabajo han implicado la erudición histórica y la argumentación teológica. Pero es la experiencia de los católicos de a pie, los "simples fieles", lo que motiva a la Federación. El movimiento está vivo hoy en día porque la misa en sí misma ha seguido inspirando, reglando y dando fuerza a muchos miles de personas en todas las culturas donde se encuentra el rito latino.

Cada uno de los que formamos parte de la Federación estamos también implicados en nuestros grupos locales, y podemos ver, en los demás y en nosotros mismos, la continua relevancia de esta liturgia, que puede llegar a un número tan amplio de personas.


¿Cuál es su opinión sobre la situación actual de la Iglesia con respecto a la misa tradicional?

La situación de la misa antigua tras Traditionis custodes y los documentos posteriores es variada en todo el mundo, pero esto debe representar en sí mismo una grave decepción para quienes esperaban que esta misa fuera rápidamente eliminada.

La experiencia de nuestros miembros es que la hostilidad a la Misa antigua se encuentra sobre todo en los obispos y alto clero de edad más avanzada. Los rectores de los seminarios, los custodios de los santuarios y los obispos se han vuelto cada vez más amistosos con el paso del tiempo, y la hostilidad continua es a veces el resultado de la presión de la generación más antigua de sacerdotes. Aunque hay excepciones a este principio, está claro que dentro de diez años el obispo típico y el clérigo más veterano tendrán una mentalidad mucho más abierta respecto a la Misa antigua que la que tienen hoy, al igual que tienen hoy una mentalidad mucho más abierta que sus predecesores de hace diez años.

Al mismo tiempo, el clero más joven y los jóvenes católicos laicos suelen estar entusiasmados con la Misa antigua, y les resulta difícil entender por qué se ha descuidado tanto en los últimos cincuenta años. El largo plazo, por tanto, nos da motivos de esperanza.


Entrevista de Carlos Carosa

miércoles, 14 de septiembre de 2022

Francisco esjatológico. Providencia y apocalipsis del pontificado de Bergoglio


 

por Eck


Si vosotros no hubieseis cometido grandes pecados, Dios no os habría enviado un castigo como yo.

Gengis Can


Era ya noche cerrada mientras una multitud enfervorizada se arremolinaba por todos los rincones de una plaza hogaño vacía y desértica. Una marea de miles de personas coreaba canciones y tremolaba banderas de todas las naciones de la Tierra en grandes oleadas cuando de repente empezó el voltear de las campanas, se descorrieron las grandes cortinas bermejas y apareció en la logia mayor un personaje enfundado de blanco que más parecía el autómata de un reloj de cuco que una persona real. Aquel día era 13 del mes marcial del año 2013 cuando se presentó el papa Francisco ante el mundo. Con este campanazo había sonado la hora y empezaba una nueva era. Tras este papado las cosas no podrán ya ser iguales, el kairós había cambiado la historia de la Iglesia...

Mucho se ha reflexionado sobre este papa. Se han repasado sus antecedentes, sus dichos y sus actitudes. Se le han dedicado monografías, estudios y biografías. Muchos más que sus predecesores en un intento de comprenderle, quizás inconscientemente porque se sospecha que Jorge Mario es el compendio de la Iglesia contemporánea, la postconciliar, en su grado más puro, su espejo e imagen. Sin embargo y a pesar del enorme valor de todos estos análisis, utilísimos para el futuro, hay una cuestión que se está pasando por alto en demasía: el papado de Francisco como mensaje de Dios para su Iglesia. Hablando en plata: ¿qué nos esta queriendo decir la Providencia al permitir el ascenso al timón de la barca de un personaje como Bergoglio y qué enseñanza nos está dando para el porvenir? 


La Providencia y el papa Francisco 


Sabéis que el deber del cónclave era dar un Obispo a Roma. Parece que mis hermanos cardenales han ido a buscarlo casi al fin del mundo... 

Francisco 


Como un antecesor suyo de hace dos mil años: Esto no lo dijo por sí mismo sino que, siendo Sumo Sacerdote en aquel año, profetizó... (Jn. L, 51) Francisco nos desvela involuntariamente la actual podredumbre, nos muestra en todo sus esplendor sus raíces y nos permite vislumbrar algo del fin del mundo como el mismo dijo, nada menos, en su primera alocución al mundo como pontífice. Así que debemos, como afirmó Papini en su admirable Carta a los historiadores bajo el disfraz de Celestino VI, buscar lo que se nos revela en estos acontecimientos: “La historia de los habitantes de la tierra no es más que la repercusión y traducción de una historia trascendente y sobrenatural (…) Si no os decidís a considerar la historia como revelación, no conseguiréis nunca descubrir el verdadero camino y el verdadero destino del género humano. (…) Haced que, por obra vuestra, se torne en sagrada verdad lo que se afirmó: que la historia es una imagen anticipada del juicio universal”. Es desentrañar un poco el actual pontificado desde el punto de vista providencial lo que humildemente se intenta con este artículo, juzgue el donoso lector si se ha conseguido.

A pesar de que la Escritura nos avisa de que: “Así como el cielo es más alto que la tierra, así mis caminos son más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos que vuestros pensamientos”  (Is. LV,  9), sin embargo podemos atisbar algo de los planes de Dios porque la historia es el diálogo entre el Altísimo y la humanidad, que conduce el Señor diestramente a la verdad, como la matrona de la que hablaba Platón en sus obras, hasta que diga su última palabra. Por ello nos tenemos que preguntar por el telos, por el fin de Dios, es decir, ¿qué nos quiere el Señor comunicar al permitir que haya subido a la sede petrina un papa de la catadura de Bergoglio? ¿Hay algo más que un mero castigo a los grandes pecados de la jerarquía y del pueblo, siguiendo el dicho: En su pecado lleva la penitencia a la manera de Gengis Kan? ¿Se puede pensar que Francisco es un gesto de misericordia divina, una oportunidad y una llamada de atención para cambiar el rumbo de una nave que va directa contra los acantilados? 

Creemos que sí. Jorge Mario ha hecho salir a la luz toda la miseria secular que se ocultaba bajo la alfombra, tanto pre como postconciliar y que, en contra de lo que se ha dicho y pensado, tienen en el fondo mucho más de continuidad que de ruptura en lo peor. Por bondad divina Francisco es a la vez el culmen y colmo tanto del Vaticano II y de una espiritualidad degenerada como de la concepción estatalista, Deus in terra, del pontificado macerado durante siglos. Hablamos de bondad porque la mezquindad y cutrez del personaje no sólo lo hace ver más claramente sino que desactiva el peligro que supone el poder actual en otras manos más inteligentes y malvadas. El famoso caballo de Atila se ha convertido en un caballo jardinero y la siembra de sal en Cartago en una forma de fertilizar la tierra frente al cauterio francisquista, verdadero destructor de ídolos, en este caso, los idoli Ecclesiae:

En primer lugar Francisco es el hundimiento de los ídolos de la papolatría. Se pudo mantener la ilusión de que los papas eran santos y perfectos por los carismas personales de todos los papas anteriores o por el ocultamiento del ceremonial, hasta caer en el verdadero peligro de que se siguiera más al papa que a Cristo y que se concibiera al pontífice como una hipóstasis de Dios cuando Cristo sólo garantizó su infabilidad ex cathedra. Con este papa es imposible. Humano, muy humano, Bergoglio no admite apoteosis ni divinizaciones delirantes que le sentarían como poner un enano de jardín en una hornacina de San Pedro. Adiós a la papolatría a menos que se sea luterano y se crea no contra toda esperanza sino contra toda razón y verdad...

En segundo lugar, Francisco es la destrucción del magisterialismo se quiera o no, se acepte o no. Ya se puede citar el Du Pape de Maistre o toda la corte de teólogos romanos o se hagan los distingos entre magisterios remotos y próximos; el archiconocido Magisterium authenticum del Amoris Latetitia es el golpe mortal, la refutación final por medio del absurdo de toda la tramoya del magisterialismo que data su nacimiento del siglo XVI. La Iglesia sólo puede enseñar la fe que entregó Cristo a los apóstoles y no sacar conejos doctrinales de todo pelaje y color de esa chistera llamada magisterio, copia y pega de la plenipotencia de los parlamentos y estados modernos. 

En tercer lugar, Francisco es la demostración del cáncer de la concepción de la Iglesia como Estado, a imagen y semejanza del moderno, de claras raíces secularistas, gnósticas y totalitarias. De hecho, quienes hoy braman contra el “galicanismo tradicionalista” (sic) y al pretender defender el ultramontanismo caen en continuas contradicciones más fragrantes que los propios modernistas. Afirman que el Papa tiene una plenitudo potestatis casi divina, pero que por otro lado está limitado por las Sagradas Escrituras y la Tradición, y que a estas las define (magisterio próximo frente al remoto) el propio papa en una concepción subjetiva de las mismas. Entonces ¿qué limitación es aquella que depende del que ha de limitar? Es el Juan Palomo teológico, yo me lo guiso, yo me lo como. Ninguna pues. Abogan por un Deus ex machina para salir del problema: poner a uno de su cuerda nomás, sin darse cuenta de que tan papa era Pio IX como lo es Francisco I (y no vengan con que Bergoglio no podía serlo por su modernismo cuando Mastai era liberal cuando subió a la sede petrina...) y tan partidarios ambos de copiar a Luis XIV su frase: L´Eglise c´est moi!  Por lo que el problema sigue ahí: ¿Qué hacer con el pontificado de Francisco? O se niega que sea Papa para mantener la ficción de los pontífices divinos del siglo XIX, o se cae en el relativismo puro para salvar al pontífice actual, o se vuelve a una concepción eclesiástica, humana y tradicional de la Iglesia como intentó discretamente Benedicto XVI que salva ambas posiciones falsas. O se cura la hidrocefalia que hace parecer a la Iglesia un cabezudo monigote de feria; o se irá al piso de repente al no poder sostener el peso.

Aquí la providencia ha mostrado el pasado que quiere destruir pero en este papa está el aspecto de lo que quiere mostrar del futuro que vendrá cuando Dios y la humanidad así lo quieran.


Francisco y el Apocalipsis

El futuro nos es desconocido pero sí sabemos que será una recapitulación agudizada de toda la historia humana por lo que, para averiguar sus características, tenemos las Escrituras Santas y la Historia vistas espiritualmente. Así hay que ver el pontificado de Jorge Mario. No creemos que sea el Falso Profeta; no da la talla para un ser tan soberbio como es el Malo, pero sí es cierto que los que lo piensan no se equivocan mucho en la impresión: en este pontificado hay rasgos que se vivirán plenamente en la Iglesia de los últimos días. Dicho de otra manera, es un anticipo del futuro, por lo que podemos hablar de un Francisco esjatológico, al que han ido a buscar al fin del mundo.

    Además de lo que ya hemos dicho en la parte providencial, tenemos otros vislumbres de lo que ha de acontecer:

-El intento de supresión del rito perpetuo reflejado en la prohibición de un rito legítimo por causas en apariencia tan laudables como la “unidad”. En el futuro podría prohibirse la consagración por motivos igualmente nobles como la fraternidad u otras del estilo.

-La tortura de la perplejidad de la conciencia al obligar bajo obediencia religiosa a mandatos que se saben en contra de la fe, los mandamientos o la mera justicia.

-La sumisión de la iglesia oficial y su pretensión de convertirse en la capellanía del mundo o en la oficina de asuntos religiosos de la ONU, aguando el mensaje de Cristo para ello y apoyando el sincretismo. 

-La persecución de buenos cristianos y grupos legítimos en nombre de Dios y la Iglesia. Ejemplo magno del fariseísmo, en este caso progresista, hermano gemelo del conservador.

Todos estos rasgos se encontrarán en grado absoluto en los últimos días del Anticristo y del Falso Profeta. Como Nerón, Diocleciano, Federico II, Enrique VII, Lenin, Stalin, etc. son anticipos en su rama política; Marción, Arrio, Nestorio, Hus, Lutero, Calvino, etc. lo son en la rama herética; Francisco lo es la rama farisea, mucho más numeroso y mortal aunque vestido con los trajes y galas modernas. 


Conclusión: los dos Franciscos

La tarea más urgente es devolver al papado y a la jerarquía a los límites y funciones que estableció Cristo en persona. Francisco es un aviso y una oportunidad para la Iglesia, si sabe escuchar a Dios a través de la historia; para volver a su verdadero sentido y misión sin adherencias extrañas ni dañinas. Después de este Francisco, se ha de comenzar la tarea del otro Francisco, el de Asís: reconstruir la Iglesia a partir de la voz de Jesucristo y no del Mundo, con el ejemplo de los Padres y los Santos, verdaderos maestros de la Fe. Preparemonos para ello porque se habrán de utilizar todas las potencias del alma y todas las virtudes junto al legado del pasado y esperanza del cielo.

Al final, Francisco forma parte de la historia de la salvación y puede ser un instrumento de la providencia para la Iglesia si se sabe oír el mensaje del Salvador. Si usó una borrica, la de Balaam, cómo no iba a poder utilizar el pontificado de Francisco... Quien lo iba a decir, Bergoglio providencial y ejastólogico, don y maestro de la Iglesia aunque sea de lo que no se ha de ser  y de lo que no hay que hacer.....Aprendamos, pues, la lección.


La misa kirchnerista de Luján. Reflexiones más allá de lo obvio

 


El sábado de la semana pasada fuimos testigos de un espectáculo patético e indignante. Una misa pontifical celebrada por el arzobispo de Mercedes-Luján, en la basílica de Nuestra Señora, para el gobierno kirchnerista. La iglesia es una vez más utilizada, y se deja utilizar, con fines partidarios. Mientras Santo Tomás Becket se entregó voluntariamente al martirio para defender la independencia y autonomía de la iglesia con respecto al poder político, Mons. Jorge Scheinig entregó voluntariamente a la iglesia al poder político para que la use e instrumentalice como quiera.

El arzobispo Scheinig, conocido por sus compañeros de seminario y de presbiterio en San Isidro como “Carapa”, cometió todas las torpezas que uno pueda imaginar, políticas y litúrgicas. Logró reunir una galería integrada por los facinerosos más notables de la Argentina sentados en el primer banco del templo; dio la comunión a pecadores públicos y pertinaces, como el presidente Alberto Fernández, que vive en adulterio y promueve el aborto, o la intendente de Quilmes Mayra Mendoza, defensora de los peores vicios que imaginarse pueda, y fue secundado por un diácono de aspecto inquietante y mirada torva, que lucía una ancha estola con la figura del cura montonero Carlos Mujica. Recordemos, por otro lado, que Scheinig es persona de confianza del Papa Francisco y que nada que tenga cierta importancia se hace en Argentina sin su aprobación explícita. No me cabe duda que fue el mismo pontífice quien autorizó y animó la celebración de esta misa escandalosa.

Pero no me interesa comentar lo obvio. Veamos más bien algunas reflexiones que podemos sacar de lo sucedido ad usum de los que nos reunimos en este blog.

En primer lugar, lo que hemos visto una vez más es la utilización de la liturgia para fines políticos. Estoy seguro que todos condenarán el hecho, pero me pregunto si somos conscientes de las veces en que, aún en los medios más conservadores, se utiliza la liturgia con fines pastorales. Por ejemplo, se utiliza la misa para que los fieles se sienta involucrados en la vida parroquial, para que los niños del catecismo lean las lecturas —sin casi saber leer y pronunciar el español— o para que un matrimonio que cumple sus bodas de plata lleven las ofrendas; para la finalización de un campamento de jóvenes o cuando las señoras de Cáritas terminaron de tejer una colcha. Por supuesto, se aducirán razones muy válidas para esta instrumentalización de la liturgia pero, en el fondo, se trata de una postura utilitarista.

El utilitarismo de Jeremy Bentham y de John Stuart Mill enseña que utilidad es todo aquello que produce felicidad. De esta manera, todo lo que promueve la felicidad en una sociedad se considera como un principio moral. La búsqueda de felicidad a nivel social terminará dictando las normas éticas. En el caso que estamos analizando, lo que se busca es la felicidad de la comunidad parroquial; que todos se sientan integrados y contentos, que no dejen de asistir a misa y que se alejen del pecado —objetivos todos buenos y deseables—, y será la consecución de estos fines lo que determinará las normas éticas o litúrgicas que se aplicarán en la vida parroquial. Por eso, serán muy bien vistas las misas en las que la mayor cantidad posible de fieles esté involucrado en algún tipo de tares y de las que todos salgan contentos: la señora porque lució su modelo durante la procesión de ofrendas y la abuela cuya nieta leyó la segunda lectura. Se alcanzó el objetivo; la comunidad está feliz. Y se utilizó la misa para llegar a la meta.

Nadie cuestiona que los fines perseguidos sean buenos e, incluso, que sean los propios de la vida parroquial y, por tanto, los que debe buscar el párroco. Lo que cuestiono es utilizar, en un sentido utilitarista, a la liturgia para alcanzar esos fines. Y esto es sencillamente no entender de qué se trata el culto y la liturgia.

No es este el sitio para explicar tales profundidades. Solamente digamos que el culto, tal como lo enseñan autores como Joseph Pieper, Odo Casel o Rudolf Otto, por nombrar solo a algunos contemporáneos y alejados de cualquier sospecha de tradicionalismo, es lo más ociosos que hay. Y me refiero, claro, al ocio en el sentido griego del concepto. El culto es un homenaje gratuito que el hombre puede y debe ofrecer a Dios. Pero es ocioso, es gratuito; es decir, no se busca en él un beneficio, no se utiliza para conseguir algo, por más bueno y loable que ese algo sea. Entonces, ¿el culto y la liturgia para qué sirven? No sirven para nada. Es ofrecimiento puro del hombre al Dios Omnipotente. Esto no significa, por supuesto, que no se reciban muchos beneficios a través de la liturgia. Hace poco reseñábamos un libro sobre los convertidos por la liturgia, pero esos beneficios los da Dios a quien quiere, como quiere y cuando quiere. No los distribuye el párroco según sus criterios participativos y comunitarios.

Está muy bien escandalizarnos de la misa celebrada por Mons. Scheinig en Luján, pero también es importante bucear en lo profundo de ese escándalo, que no radica solamente en los sacrilegios que allí se cometieron sino en la concepción misma de culto y de liturgia que el prelado hace suyas. 

En segundo lugar, si bien todo el episcopado argentino tomó distancia de lo actuado por Mons. Jorge “Carapa” Scheinig, lo cierto es que tomaron distancia de las implicancias políticas de la misa. Dicho de otro modo, cualquier obispo argentino habría celebrado una misa con el mismo diácono montonero y cometido los mismos sacrilegios si esto no hubiese supuesto una claudicación a las pretensiones peronistas. El rechazo episcopal no fue a la intrumentalización litúrgica sino a la intrumentalización política.

Esto nos da la pauta —una más— del estado en que se encuentra el episcopado. Por eso, conviene insistir en lo que hemos dicho varias veces en este blog: el papa Francisco ha hipotecado el futuro de la iglesia católica argentina por al menos para las tres próximas décadas. Desde su llegada al pontificado, se ha dedicado a reproducir obispos de un modo descarado (y después nos viene hablar de las familias conejiles), y todos ellos cortados por la misma tijera. Uno de sus primeros elegidos fue Mons. Gustavo Zanchetta, encarcelado por abusar sexualmente de sus seminaristas y poco después fue el caso del “Chino” Mañarro, quien celebró la misa sacrílega en las playas caribeñas. Y la semana pasada eligió a un nuevo obispo auxiliar de San Juan, una pequeña y secundaria arquidiócesis argentina que tiene tres obispo auxiliares, un despropósito que sólo puede explicarse si aceptamos que la finalidad de Bergoglio es, como decíamos, hipotecar el futuro de la iglesia en nuestro país.

El perfil de los elegidos es siempre el mismo: curas mediocres. No son necesariamente progresistas en lo ideológico; son nada, mediocridades que sólo vinieron al mundo para hacer número, y que se empeñarán en engendrar nuevos curas y nuevos obispos tan mediocres como ellos. Como bien apunta un amigo, esta es una característica indiscutible del peronismo y de Bergoglio: el odio a la excelencia. Todo el que sea superior —intelectual, social o económicamente— es odiado y anatematizado. Por eso, el buen peronista y el buen obispo bergogliano se refocila con mediocres como ellos y procura por todos los medios que no ingrese entre sus filas nadie que aparezca como superior y que, en algún momento, pueda hacerle sombra. Si Castellani puso el grito en el cielo y en la tierra en los años ’40 cuando veía obispos como Caggiano, Copello o Lafitte, qué no diría si se topara con Braida, Robles o Baliña.

Una de las virtudes integrales de la prudencia es la circunspección, que permite el acto prudente. Creo que conviene no olvidarlo. Ser circunspectos es saber analizar las circunstancias en las que nos encontramos a fin de tomar las decisiones más acertadas. Los sacerdotes y los fieles argentinos debemos ser conscientes de estas terribles circunstancias, más allá de lo dolorosas y disruptivas que sean. Trato de ser optimista y pienso que el futuro y cada vez más cercano sucesor de Francisco enderezará un poco la deriva en la que se encuentra la Iglesia universal. Sin embargo, nada podrá hacer con la iglesia argentina. En nuestra patria estamos perdidos; esa es la verdad, y debemos aceptarla. 

Harán bien los que habitan desde hace décadas en Corea del Medio en hacer los preparativos para la mudanza, porque dentro de poco, y si son fieles a sus principios, se verán obligados a cruzar algunas de las fronteras.