martes, 24 de mayo de 2022

Belloc: Nacionalismo o catolicismo

 


Uno de mis pasatiempos favoritos es visitar librerías de usados y hurgar, sin premuras, en estantes y cajones. Suelo volver con un pequeño botín que deposito en una zona especial de mi biblioteca y voy leyendo a medida que el tiempo y el interés lo permiten. Y acabo de finalizar la lectura de uno de estos libros: Richelieu, de Hillaire Belloc, en una edición argentina de Juventud de 1937. Casi trescientas páginas, en papel ácido marrón y encuadernado en cartón forrado con tela azul. En la última página aún conserva un ticket pegado que indica dónde fue comprado: Harrod’s Buenos Aires. Memorables tiempos de Argentina en que editaba tales libros y poseía tales tiendas. Luego vino Perón.

Belloc era historiador de profesión, con estudios en Oxford, en donde casi llegó a ser profesor. Y eso se nota. Es fiel a los documentos y se preocupa en acceder a todos ellos, aunque su obra no consiste en una mera narración de hechos sino que acompaña a éstos con su propia reflexión e interpretación, que son las de un hombre cristiano, procurando siempre señalar con precisión cuáles son sus opiniones y cuáles los hechos probados. Es este el motivo por el que me interesé en leer la vida del cardenal Richelieu, por el que no guardaba ninguna simpatía o interés especial. Y no me arrepiento pues, además de apreciarse en el libro cómo fue el proceso de surgimiento de la Europa moderna, aparece un tema al que merece la pena aproximarse: religión y patria o, en términos de Belloc, religión y nacionalismo.

Richelieu fue obispo y cardenal, y católico respetuoso de la religión, y fue también primer ministro del rey Luis XIII, un monarca bastante corto al que manejaba una madre más corta y pasional aún: María de Médicis. El cardenal, en cambio, era de una inteligencia y habilidad política y militar muy superior a la de todos ellos. Escribe Belloc: “Los hombres que cambian la historia del mundo mediante la acción cometen un sinfín de errores —como todos los hombres, por otra parte—. Aparentemente, se diferencian de sus semejantes principalmente en cuatro cosas: primero, que tienen mayor suerte; segundo, que su buena suerte va unida a una habilidad excepcional (y a un intenso deseo de dominar y dirigir el mundo); tercero, que su actuación es continua; cuarto, que viven el tiempo suficiente”. Richelieu fue uno de ellos, porque él fue el artífice que Francia sea lo que fue a partir del siglo XVII y hasta ahora, aunque para tal fin, gran parte de Europa debió dejar de ser católica.

Esta fue la disyuntiva que se le planteó al cardenal cuando llegó al poder. Su país, dividido en luchas internas de carácter religioso principalmente, no era más que un mosaico de señoríos feudales que prestaban vasallaje al rey pero que lo combatían cuando era necesario. Francia era débil y estaba dividida. Y, peor aún, estaba rodeada por los Habsburgo: el emperador Fernando II en Viena con autoridad al menos nominal sobre todos los países de habla alemana, y el rey Felipe IV en España. Y los Habsburgo estaba decididos a que Europa volviera a la fe católica allí donde había sido desplazada por el protestantismo, y tenía todos los medios para hacerlo. Sin embargo, una hegemonía de esa dinastía en el norte, este y sur de Francia iba a significar un peligro constante y la relegaría a un papel de segundón. 

Richelieu tenía la opción de aceptar esta situación, que era lo más fácil, y que contaba con las simpatías de la reina regente María de Médicis y de la mayor parte de los nobles católicos. La otra opción era conseguir un gobierno fuerte en Francia doblegando a los nobles y, una vez alcanzada esta meta, debilitar a los Habsburgo e impedir su cruzada católica, aliándose para ello con los príncipes y reyes protestantes. De esa manera, Francia, sin dejar de ser mayoritariamente católica, sería también líder de Europa. El plateo que aparece a los ojos del cardenal era la grandeza de la propia nación o la grandeza de una Europa católica. Ambos objetivos eran antagónicos. Nacionalismo o religión. Y eligió al primero. 

Richelieu no estaba solo. A su lado siempre lo acompañó el padre Joseph, Fraçois le Clerc du Tremblay, un capuchino que, contrariamente a lo que hacían sus hermanos de religión lanzados a la conversión de los protestantes alemanes, prefirió ser el amigo, consejero y confidente del primer ministro. Fueron ellos, dos hombres de iglesia, los que no tuvieron más remedio que escoger entre el Nacionalismo y el Catolicismo. Instintivamente, ambos intentaron idéntica transacción: hacer de Francia su principal objetivo, pero suponiendo o esperando que ello no perjudicaría a la Iglesia. Lograron lo primero, pero no lo segundo. 

En el plano de la política interna, Richelieu arrasó con todo el sistema feudal que aún quedaba en pie, centralizando el poder en el rey. Fue el “inventor” del absolutismo regio y el destructor del sistema de balances de poderes que había sido el propio de la Edad Media. Verdad es que la mayor parte, y la más importante, de la nobleza francesa que conservaba poder y soberanía en sus propios feudos, era hugonote, pero el interés del cardenal al terminar con ellos no fue religioso sino político. De hecho, una de sus políticas más discutidas era la extrema tolerancia hacia los protestantes en el reino de Francia.

En cuanto a la política externa, Richelieu no trepidó en hacer lo que tuviera que hacer para debilitar al Imperio y a España, es decir, a la católica Casa de Austria. Firmó alianzas y concertó matrimonios con cuanto príncipe protestante —luterano o calvinista, daba lo mismo— que tuviera algún poder y llegó, incluso, a “alquilar” al rey Gustavo Adolfo de Suecia, fiero luterano y odiador consumado de la religión católica, para que entrara en Alemania y arrasara con todo el norte del Rin. Y así lo hizo, llegando incluso a devastar Baviera. Una vez conseguido esto, y con la ayuda del protestante Bernardo de Worms que le cubría las espaldas, el cardenal se dirigió al sur y llegó hasta Barcelona, logrando que el rey francés Luis XIII fuera elegido conde de esa ciudad. Aunque después se retiró, lo cierto es que toda la Cataluña francesa, con su capital Perpignan y el Rousillon, se perdieron para el reino de España.  

El cardenal Richelieu murió el 4 de diciembre de 1642. El Papa, en Roma, al enterarse de la noticia comentó: “Si hay un Dios, el cardenal de Richelieu tendrá bastante que darle cuenta. Si no lo hay, ¡qué vida de triunfos la suya!”.

Me interesó traer a colación este caso histórico y la disyuntiva en la que se encontró su protagonista porque me pregunto de qué manera reaccionarían mis amigos nacionalistas ante una situación semejante. Traslademos la situación a Hispanoamérica y pensemos que en algún momento de la historia Argentina se encontrara en la situación de Francia a la muerte de Enrique de Navarra, y que la opción que debiera tomar quien lo sucediera fuera entre el engrandecimiento de la propia patria, con Malvinas incluidas, para lo cual debería debilitar y, en el fondo impedir, una hegemonía política católica en el resto de América. O bien, preferir esta segunda opción, aunque el país pasara a ser un segundón, en el mejor de los casos. Veremos qué dicen.


El libro de Belloc puede comprarse en formato Kindle en Amazon.


El cardenal Erdö y el catolicismo de la Mitteleuropa



 

por don Pío Pace

El cardenal Péter Erdő, de 70 años el 25 de junio, es arzobispo de Esztergom-Budapest y primado de Hungría. Políglota, canonista de formación, administrador vigoroso, se le considera una figura destacada, aunque discreta y casi tímida, de la tendencia “neoconservadora” dentro del Sagrado Colegio. Es un buen representante de los líderes de las iglesias de Europa del Este oprimidas bajo la dictadura soviética.

Con poca simpatía, Andrea Riccardi, fundador de la Comunidad de Sant'Egidio, presenta en su libro La Chiesa bruscia [Laterza, 2021], el tema de la nación ligado al catolicismo, que le gusta cultivar, como un resurgimiento de un nacionalcatolicismo sospechoso. Considera que las iglesias polaca y húngara se equivocan al reivindicar una “teología de la nación”, defendida por Juan Pablo II a partir de su experiencia polaca de salida del comunismo, porque el papa actual se muestra muy abierto a las cuestiones migratorias y al “bien común global”.

En cualquier caso, el jefe de la iglesia magiar se mostró de acuerdo con la posición del primer ministro Viktor Orbán de oposición a las invasiones migratorias, aunque se encargó de asegurar al Papa Francisco su fidelidad. Se trata claramente de una fidelidad en la diferencia, como habíamos visto en la asamblea del Sínodo sobre la Familia de 2015, donde Péter Erdő había defendido la posición moral tradicional: la liberación del pecado de adulterio condiciona el acceso a la absolución sacramental y a la Eucaristía.

Existe, pues, una ósmosis entre las posiciones adoptadas a favor de la familia por los episcopados de Polonia y Hungría, y las políticas de refundación tradicional aplicadas por los gobiernos de estos países: moral familiar, enseñanza del catecismo en las escuelas. Estamos en la Europa del grupo Visegrád (Polonia, Hungría, Eslovaquia, República Checa), con la también Eslovenia de Janez Janša, cercana a Viktor Orbán (pero Janša acaba de perder las elecciones), que es muy contraria a acoger las oleadas migratorias que están a punto de llegar.

Una Europa diferente a la que Ucrania está cerca. Un episodio interesante, dentro de los complejísimos acontecimientos de interpretación de la guerra en Ucrania, fue la visita a Kiev, el 15 de marzo de 2022, de los primeros ministros de Polonia, Eslovenia, República Checa y Hungría (este último, Orbán, sustituido por el viceprimer ministro de Polonia, Jaroslaw Kaczynski, líder del partido gobernante en Polonia). Esta visita, realizada teóricamente en nombre de la Unión Europea para garantizar a los ucranianos su apoyo, puede haber sido un hito para que la Ucrania de la posguerra vuelva a formar parte del grupo de democracias no liberales del Este, frente a las muy liberales de Occidente.

Pero también en Ucrania, como en Polonia y Hungría, la Iglesia es, si se quiere, "antiliberal".  La Iglesia greco-católica agrupa a la mayoría de los católicos ucranianos y representa el 8% de la población del país. Esta Iglesia conserva un vivo recuerdo de los numerosos mártires que sufrió bajo el régimen comunista. El gran testigo de este período terrible y glorioso fue Josyf Slipyi, nombrado cardenal in pectore (en secreto) por Pío XII, permaneció al frente de la Iglesia greco-católica ucraniana durante cuarenta años, dieciocho de los cuales los pasó en campos y cárceles. Terminó sus días en Roma, donde mantuvo relaciones a veces tensas con Pablo VI, a cuya Ostpolitik consideraba demasiado complaciente con el poder comunista. En 1977, dio muestras de su independencia consagrando, según el derecho de su Iglesia, a obispos sin mandato pontificio, (entre ellos el futuro cardenal Husar que se convirtió en su segundo sucesor como arzobispo mayor, después del cardenal Lubachivsky). Su tercer sucesor es Su Beatitud Sviatoslav Shevchuk, Arzobispo Mayor de Kiev y Galizia, de 52 años, oriundo de la antigua Galizia austrohúngara, como lo fue Karol Wojtyla. Ahora es el jefe de la mayor de las iglesias orientales unidas a Roma, con seis millones de fieles. Como cabeza de la mayor iglesia no latina, es en cierto modo el segundo jerarca de mayor rango de la Iglesia universal después del Papa (aunque muy por detrás, claro, en cuanto al número de sus seguidores). Si no es patriarca, es porque Roma se resiste a hacerlo para no ofender a las iglesias ortodoxas, y si no es cardenal, es porque sus posiciones morales (y en general eclesiales), que no pueden ser más tradicionales, son notoriamente distintas a las de Amoris Letitia.

Hay que añadir que estas preocupaciones morales, que caracterizan al catolicismo de Europa del Este, convergen en algunos temas, por ejemplo la lucha contra la legalización del “matrimonio” homosexual, con las del Patriarcado ortodoxo de Moscú. Se recuerda el sorprendente encuentro organizado en Cuba en febrero de 2016 para el papa Francisco y el patriarca Kirill, también criticable, con el fin de intensificar las relaciones entre Roma y Moscú. De hecho, muchas voces ortodoxas abogan por una especie de ecumenismo civilizatorio, de resistencia al ultraliberalismo de la cultura occidental. Y la guerra dactual no suprime una comunidad de puntos de vista entre los cristianos orientales contra las amenazas que plantea este ultraliberalismo a los fundamentos morales de la vida social y familiar, y contra la discriminación que opera contra los cristianos en la sociedad moderna.

En este contexto, el cardenal Péter Erdő, que también fue presidente del Consejo de Conferencias Episcopales Europeas (CCEE) en 2006, es un prelado que debería contar cuando finalice el actual pontificado.


Fuente: Res novae

jueves, 19 de mayo de 2022

Dos libros recomendables

 

Miguel Sanmartín Fenollera, De libros, padres e hijos. Guía para convertir a niños y adolescentes en lectores entusiastas, Rialp, Madrid, 2022; 412 pp. 

Hace ya varios años incluí entre la sección “Blogs favoritos” de esta bitácora, al sitio homónimo del libro que presento, y me consta por un sinfín de testimonios, que es una ayuda inestimables para muchas familias preocupadas por ayudar a que sus hijos adquieran el hábito de la lectura y se formen en aquellos autores y libros que construyeron la civilización cristiana.

Las familias se encuentran con un problema que no es de fácil resolución: ¿Cómo elegir los libros adecuados para cada edad y para que, efectivamente, sean factores de formación para sus hijos? La oferta de las editoriales católicas, que había sido habitualmente el modo en que los padres compraban libros a sus hijos sin entrar en demasiadas cuestionamientos porque, justamente, se trataba de una editorial católica, ya no es más un criterio válido. No se trata solo de que ya no editan los buenos libros infantiles  y juveniles, sino que aquellos que se publican, además de ser mediocres sino malos, están espantosamente ilustrados. 

El libro de Miguel Sanmartín, un padre de familia español y, además, un apreciado amigo, viene a ayudar a los padres a suplir esta falta. Su libro, nutrido por las entradas publicadas en su blog a lo largo de más de diez años, se encuentra sistematizado de modo tal que resulta muy fácil encontrar lo que se busca en cada ocasión. En la primera parte, se dan las razones de la publicación del libro; luego se aborda un tema central y que lo justifica: la importancia y el modo de desarrollar el hábito de la  lectura; las siguientes tres partes encaran los temas constantes e imprescindibles de la literatura infantil: la poesía, las hadas y duendes, y los héroes, caballeros y dragones. A partir de la sexta parte, Miguel Sanmartín presenta la selección, con su correspondiente análisis y valoración, de los libros adecuados para cada rango de edad: la tierna infancia (2 a 7 años), días de colegio (7 a 12 años), y la “línea de la sombra”, de 13 años en adelante. Encontramos, por ejemplo, a Beatrix Potter y Peter Pan para el primer grupo; a la La isla del tesoro, Tom Sawyer y las series de Enid Blyton para la segunda, y a Oliver Twist, El señor del mundo y las historias de detectives para la tercera.

El libro se cierra con dos utilísimos apéndices dedicados a ofrecer una lista de recomendaciones lectoras y una bibliografía básica que cualquier familia debería poseer para formar a sus hijos.

Se trata, en definitiva, de un libro altamente recomendable y casi imprescindible para cualquier familia joven que tiene hijos que comienzan su infancia o transitan su adolescencia, ya que les aliviará el trabajo de seleccionar las lecturas y les ofrecerá los consejos y sugerencias para elegir, incluso, las mejores ediciones para cada caso. 


San John Henry Newman, Pentecostés: Once sermones de Pentecostés y Santísima Trinidad, Amazon, 2022.

San John Henry Newman es, sin duda alguna, uno de los intelectuales cristianos que más influencia tuvo en los siglos XIX y XX no solamente en su país natal sino en todo el mundo cristiano occidental. Sacerdote anglicano y profesor de la Universidad de Oxford, se convirtió a la iglesia católica en la mitad de su vida, desarrollando un obra teológica que marcó a personalidades tan significativas como Joseph Ratzinger o Louis Bouyer, además de a toda la pléyade de literatos católicos ingleses del siglo XX, como J.R.R. Tolkien, G.K. Chesterton o Evelyn Waugh.

Este libro reúne once sermones predicados en la década de 1830 en la iglesia parroquial de Oxford en los domingos de Pentecostés y Santísima Trinidad. En ellos, Newman desarrolla la importancia que posee el Espíritu Santo para la vida de cada cristiano y para la vida de la Iglesia. Él, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, es el Paráclito, el Abogado y Consolador y, sobre todo, el Santificador de las almas de los creyentes, que las habita y les recuerda las palabras que Jesucristo pronunció durante su paso por la tierra.

Los sermones de Newman pueden leerse para la propia formación y para la meditación y el crecimiento de la vida espiritual de todo cristiano. Como escribe en su diario uno de sus estudiantes, Charles Furse, que luego terminó siendo sacerdote católico, al narrar la experiencia de escuchar las predicaciones de Newman: “...era como si Newman me practicara una vivisección. Empezaba con los órganos menos vitales, a veces los más alejados, luego atacaba hacia arriba y hacia adentro. [...] Te sentabas, y era todo el tiempo el Buen Samaritano derramado vino en tus heridas -siempre el vino primero, luego el aceite [...]. En más de una ocasión, tras el sermón fui incapaz de entrar en el Hall y me quedé sin cenar”. (LD 32, 559).

El  libro puede conseguirse en formato Kindle en Amazon.

jueves, 12 de mayo de 2022

El retrato de la Iglesia. Apariencia y realidad de la Iglesia actual

 




por Eck


Porque purificáis lo exterior de la copa y del plato, mas el interior queda lleno de rapiña y de iniquidad. 

Mateo XXII,25.


Introducción


El veinte de junio de 1890 es una de esas fechas que suelen pasar desapercibidas para casi todo el mundo con la excepción de algún roedor bien cebado de mamotretos de biblioteca. La vista, los oídos y la mente se nos van detrás de acontecimientos más vistosos y mucho más aparatosos que la publicación de una novela en en una revista literaria de Filadelfia. ¿Cómo se puede comparar el reinado potentísimo sobre tierras, mares y hombres de la augusta reina Victoria de Gran Bretaña con unos cientos de páginas amarillentas compuestas por uno de sus súbditos más extravagantes y dadas a la imprenta en Estados Unidos, en la otra orilla del Oceano Atlántico?

Sin embargo ya hace muchos años que de la gloriosa reina quedan solo mohosos huesos, su gran imperio solo existe en los ajados anales de la historia, toda su pompa y circunstancia se esfumó en el aire y hoy más que ayer se sigue leyendo esa obra como una de las principales novelas en lengua inglesa de todos los tiempos. Su genial autor había alcanzado en el primer intento una de las grandes cumbres del género con el único relato largo que escribió en toda su vida siendo como era un famoso escritor de obras de teatro, poemas y cuentos. 

La hipócrita sociedad victoriana le calificó de inmoral tanto a él como a su obra, sobre todo, después de un farisaico juicio tras el deshonroso desafío de un padre desnaturalizado, cosas en el fondo mucho más perversas que los presuntos pecados denunciados, digan lo que digan los santulones. El juicio del tiempo ha puesto las cosas en su lugar. La conquista que realizó el espíritu humano en la compresión de los efectos de los pecados en el alma le dio la inmortalidad. Debajo de la hojarasca decadentista y de las poses epatantes latía una gran parábola católica de un gran moralista excéntrico en palabras del P. Castellani.

Claro está, me estoy refiriendo a Oscar Wilde y su gran novela, El Retrato de Dorian Grey.


El retrato y el retratado


Ya hablaba Ortega y Gasset de la gran distancia entre la España Real y su sustituta la España Oficial por no hablar de las honduras teológicas del P. Meinvielle cuando se refería de la Iglesia de las Promesas y su antítesis, la Iglesia de la Publicidad. Mas en la parábola de Wilde podemos ver todo el proceso de ocultamiento de una realidad cada vez más podrida mientras que por compensación se iba pintando los grados y colores en los ditirambos por la iglesia mundana, su grandeza y perfección entre las inmensas nubes de incienso, tan densas que muchos fieles y sacerdotes se afixian con sus efluvios como les pasó a unos comensales de Heliogábalo con los pétalos de rosas lanzados desde los techos para enmascarar las orgías del César bajo fragancias y perfumes.

El cuadro se empezó a trazar durante el pontificado de Pio IX, más exactamente con su vuelta de Gaeta donde le exilió la República Romana en 1848. Viendo que le movían la silla temporal y que la Iglesia Universal no se recuperaba de los ataque revolucionarios, el Papa Ferretti titánica y un poco tiránicamente decidió poner todo el peso sobre sus hombros realzando a la Santa Sede y su imagen por todo el mundo. Este ultramontanismo se consagró con la implementación del así  llamado "Espíritu del Vaticano I", aún más tras la toma de Roma en 1870, hasta tal punto que asustó al propio Pio IX que apoyó con dos breves pontificios, uno a Dupanloup por sus comentarios dizque liberales al Syllabus y otro a Fessler contra el infabilismo exagerado.

Hay que decir que estos Papas fueron muy tímidos con el uso de las prerrogativas de su nueva condición de divos ante la jerarquía y las masas pero no se pudieron librar de la tentación. La represión del modernismo por meros expedientes sancionadores con la sospecha de que el saber promovía la herejía, las reformas litúrgicas a golpe de decretos y la vergüenza de México o el doble sacrificio de los legítimos ideales político del catolicismo francés en las aras del interés internacional de la Santa Sede nos lo muestran. 

Tras la II Guerra Mundial se vieron los límites y fallos de esta iglesia papocéntrica, pero fue peor el remedio que la enfermedad. El Concilio Vaticano II, él mismo un trampantojo, siguió en el fondo las vías antiguas y no sólo no derribó el idolillo papal sino que consagró otro dos junto a él: el de la Iglesia Primaveral y el del Mundo. Así entró por la puerta grande el modernismo. De poco valió que la Iglesia lo condenase si no se dejó reaccionar a la verdadera inteligencia católica contra él, de poco valió las voces de alarma en un pueblo acostumbrado a obedecer hasta los gustos del mandante de turno y de poco valió convertirnos en una multinacional modélica si era un cadáver sin alma. Llevamos más de cincuenta años viviendo la ficción de una Iglesia futurista. No voy a traer aquí la larga lista de adjetivos encomiásticos ya oída mil veces, ni los baños de masas delirantes de jornadas y encuentros mundiales, o los movimientos nacientes e incipientes ni los bosques de documentos, encíclicas y declaraciones, ni las reformas para adecuarnos al tercer milenio. ¿Que fueron sino verduras en las eras? Primaveras de papel, glorias de oropel. Pasaron y no hubo nada.

A la vez que el Dorian eclesiástico se presentaba al mundo con sus mejores galas, la Iglesia auténtica se hundía en la falta de contemplación de lo divino en el culto y la vida, se apagaba la caridad, se oscurecía la fe y se nublaba la esperanza. Sin sostén de lo alto, las otras virtudes desaparecían. Luchas de poder y de influencias estallaban, se erigían parcialidades y guerras, los cargos se convertían en pesadas cargas para los inferiores, los briosos sin letras se entronizaban y los tiranizaban, se acallaba a los sabios y se les perseguía, y subían a los púlpitos los sofistas a los que se les aplaudía. Conversos al mundo, buscaban sus pompas sacrificando a los idolillos de las modas, dando ofrendas a sus mentiras y homenajes a sus hechos. Soberbia, ambición, envidia, avaricia y lujuria se convirtieron en señoras. Estallaron los escándalos económicos, los robos a los pobres y los desfalcos. Mucho peores fueron los escándalos sexuales que transformaron a la Iglesia en la nueva Corinto, y se llegó a manchar el sacerdocio con crímenes contra la pureza de los niños y que claman al cielo. Todo se tapó tras la imagen de la Iglesia del aggiornamento, del Concilio, del tercer milenio, pero hoy ya no se puede tapar más como las menguantes multitudes en la Plaza de S. Pedro.


Conclusión

La genialidad de Wilde, además de su portentoso dominio del idioma inglés, está en haber invertido la relación entre el retratado y su retrato con la conversión de éste en el verdadero reflejo del alma, la realidad, mientras que el retratado se volvía apariencia, falsedad, un fantasma, una imagen. En su historia se veía en el cuadro no la imagen favorecida del retratado sino su verdadera faz, tal como Dios la ve. Lo que no pueden ver los ojos lo muestra el arte, vuelto como en el pasado en una forma de conocimiento. 

Conocimiento que tuvieron los grandes pontífices del Medievo. El más grande políticamente de ellos tuvo un sueño que es una de las glorias de aquella edad: por tener semejante sueño, por entender el mensaje y, sobre todo, por haber tenido la humildad de aceptarlo. Una noche soñó el Papa Inocencio III que la basílica de S. Juan de Letrán, su catedral, empezaba a derrumbarse y a hundirse sus naves y sus pórticos, pero que un pordiosero medio loco lo impedía al sostenerla sobre sus hombros: era un quidam de Asis, un tal Bernardone. A la mañana siguiente mandó llamar a Francisco.

Tenía bajo su cetro a todas las testas coronadas y comprendió que esto de nada servía. Mera imagen, mera fachada, mero instrumento de imperio.Vienen los cátaros y borran de un plumazo la iglesia provenzal con su poder civil. Ya puedes mandar soldados e inquisidores (o comisarios y visitadores) que sin predicación y santidad nada sirve ni los hará volver al redil. Toda la gloria mundana de la Iglesia, su magnifica basílica, se hunde de un soplo si no hay fe ni gracia que la sostengan y la eleven a los cielos. Las tenían esos mendigos de Domingo y Francisco e Inocencio humildemente vio la verdad, tuvo fe y los apoyó. Salvó la Iglesia con ello. 

Como en la Edad Media, el remedio es volver con humildad a la Verdad, a Aquel que dijo que era el Camino, la Verdad y la Vida. Si no es a Cristo, ¿A quién iremos si sólo Él tiene palabras de vida eterna? Pues sin Él no podemos nada. Volvámonos al Señor pidiendo contemplar su faz, apartándonos de la falsedad ya que, si vamos con confianza, no seremos defraudados por Aquél que dijo: He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia.  A Él que es el verdadero retrato del Padre y que viéndolo nos da la Vida: Quien me ve a mí, ve al Padre. En la cárcel de Reading, Oscar Wilde se vio tal como era, un pobre hombre en la miseria del pecado, y no como la imagen falsa que se mostraba a los demás tanto antes como ahora, pero puso su mirada en Jesucristo y al contemplarlo Él lo salvó de la desesperación y de la muerte. Hagamos lo mismo.

miércoles, 11 de mayo de 2022

El Papa, la liturgia y el discurso a San Anselmo


 


¿Felipe, tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido?

Jn. 14,9.


Hace pocas semanas publiqué un post en el que argumentaba una vez más mi opinión según la cual al Papa Francisco no le importa el tema litúrgico y, consecuentemente, quienes defendemos la liturgia tradicional, debemos considerarlo más bien un aliado que un enemigo. El texto removió el avispero no solamente en Argentina sino también en Italia, donde fue publicado y respondido. Y para colmo de mis desventuras, el sábado pasado el Papa dirigió un discurso a los profesores y estudiantes del Pontificio Instituto Litúrgico de San Anselmo en el que hace un fuerte encomio a la reforma litúrgica de Pablo VI, critica a los tradicionalistas y hasta pareciera que se mofa de la liturgia tradicional. Algunos lectores del blog, muy razonablemente, consideraron que este discurso era una lapidaria refutación de mi hipótesis. Y yo creo que no lo es. Y espero demostrarlo.

En primer lugar, tengamos presente quien habla y quiénes son los receptores del discurso. San Anselmo es el nido en el que se refugia el modernismo más rancio en cuestión litúrgica; es el reino de los fundamentalistas de la reforma del Vaticano II. Y quien les habla, Jorge Bergoglio, es Zelig, como hemos dicho más de una vez. Es decir, es el personaje de Woody Allen que por un extraño síndrome, adquiere la personalidad y las características de su interlocutor: si habla con un gordo, se transforma en gordo; si habla con un chino, se transforma en chino y si habla con un científico se transforma en científico. Los argentino tenemos para este trastorno otro nombre más criollo y no se lo adjudicamos sólo a Zelig: peronismo en estado puro. Juan Perón le decía a cada cual lo que éste quería escuchar,  y ese tal se marchaba contento de haber sido comprendido y su postura respaldada por el líder. Néstor Kirchner le dijo a José María Aznar, jefe del gobierno español, lo siguiente: “No mires lo que digo sino lo que hago”. Y esta es la máxima peronista que sigue Bergoglio, y lo ha demostrado centenares de veces a lo largo de su pontificado. Dice lo que el o los interlocutores quieren escuchar; luego hace lo que le parece. Testigos privilegiados son los obispos alemanes, cuyos votos le consiguieron el pontificado: les hizo promesas que nunca cumplió, y ahora están tratando de cobrarse con el sínodo. 

La distorsión entre lo que dice y lo que hace es permanente. Y lo vemos en el mismo discurso. En un momento dice: 

Sobre estos quiero destacar el peligro, la tentación del formalismo litúrgico: retroceder a formas, a la formalidad más que a la realidad, como hoy vemos en esos movimientos que buscan un poco retroceder y niegan incluso al mismo concilio Vaticano II. Entonces, la celebración es recitación, es una cosa sin vida y sin gozo.

Son palabras sin duda durísimas con respecto a todo el amplio espectros de los movimientos reaccionarios a la reforma, desde la FSSPX a los grupos Ecclesia Dei. Pero lo curioso es que él mismo, hace pocos días, le dijo a los obispos franceses que era su voluntad que esos grupos pudieran seguir celebrando, o mejor, recitando ese liturgia triste y aburrida; y fue él mismo quien ordenó la confección de un decreto para dejar fuera de las prescripciones vitales y gozosas de Traditiones custodes a la FSSP. Y fue él mismo quien autorizó a que exactamente una semana antes a su discurso se celebrara nada menos que en la basílica papal de Santa Maria Maggiore —donde, por otro lado, es canónigo el obispo Piero Marini, secretario de Annibale Bugnini—  una misa solemne según el rito tradicional en la fiesta de San Pío V. Como dijo Néstor, en el Papa Francisco hay que ver lo que hace y no lo que dice. Mañas que aprendió en la escuela peronista.

Por otro lado, nadie podía esperar que frente al Pontificio Instituto San Anselmo el Papa hiciera un reivindicación de la liturgia tradicional. Y eso no lo podíamos esperar ni de Francisco ni de Benedicto, y probablemente tampoco ningún otro Papa por más simpatías tradicionales que tuviera. Ningún gobernante quiere crearse enemigos inútilmente, y no es cuestión de provocar a los modernistas por el solo gusto molestarlos. 

Además, en mi argumentación siempre he sostenido que Francisco no sabe de liturgia y esta ignorancia es signo manifiesto de su desinterés por ella. Esta punto queda confirmado en el discurso. Allí dice hacia el final: 

Me acuerdo, cuando era niño, cuando Pío XII comenzó con la primera reforma litúrgica, la primera: se puede beber agua antes de la comunión, ayuno de una hora… ‘Pero esto va contra la santidad de la eucaristía”, se rasgaban las vestiduras. Después, la misa vespertina: ‘Pero cómo es posible, la misa es a la mañana’. Después, la reforma del Triduo Pascual: ‘Pero cómo, el Señor debe resucitar el sábado, ahora lo pasan al domingo, al sábado a la noche, el domingo no suenan las campanas… ¿Y las doce profecías dónde van?”.

Cualquiera que sepa un poquito de liturgia sabrá que ninguno de estos puntos que nombre el pontífice mofándose no sólo de las “mentalidades cerradas” sino de la liturgia anterior a Pío XII, tienen que ver estrictamente con la liturgia. Son cuestiones de disciplina: el tiempo de ayuno para recibir la comunión se redujo a tres horas, y fue Pablo VI —y no Pío XII como dice equivocadamente Bergoglio— el que lo redujo a una hora. Y fue esta reducción la que permitió que la misa pudiera celebrarse por la tarde: antes era imposible porque exigía a los sacerdotes y fieles que quisieran comulgar guardar ayuno desde la medianoche anterior. Y lo mismo debe decirse del cambio de horario de la vigilia pascual, que antes se celebraba el Sábado Santo por la mañana: fue simplemente una cuestión de disciplina que no tiene que ver con una reforma litúrgica. Confundir estos dos ámbitos era un error craso, que solamente puede cometerlo quien no sabe de liturgia.  

En fin, que a este discurso que ha pasado sin pena de gloria, que es como pasan todos los actos y las palabras de Bergoglio en los últimos tiempos, no hay que darle más importancia que la que tiene: palabras que se las lleva el viento. El peso, como siempre, lo tienen los hechos.

Relanzamiento editorial: "El arte de besar"

 


Mons. Víctor “Tucho” Fernández, firme candidato a ocupar el arzobispado de Buenos Aires, relanza desde Fátima su clásico de los ’90: Sáname con tu boca. El arte de besar (Lumen: Buenos Aires, 1995).

Él mismo nos explica el objetivo de su obra:

“Te aclaro que este libro no está escrito tanto desde mi propia experiencia, sino desde la vida de la gente que besa. Y en estas páginas quiero sintetizar el sentimiento popular, lo que siente la gente cuando piensa en un beso, lo que experimentan los mortales cuando besan. Para eso charlé largamente con muchas personas que tienen abundante experiencia en el tema, y también con muchos jóvenes que aprenden a besar a su manera. Además consulté muchos libros, y quise mostrar cómo hablan los poetas sobre el beso. Así, tratando de sintetizar la inmensa riqueza de la vida, salieron estas páginas a favor del beso. Espero que te ayuden a besar mejor, que te motiven a liberar lo mejor de tu ser en un beso.”


[No sabemos con certeza si Mons. Víctor Fernández publicará nuevamente este libro, nave insignia de su vasta y deslumbrante producción intelectual. Sin embargo, quienes quieran leerla pueden descargarla desde aquí]. 

lunes, 9 de mayo de 2022

Poli, ¡qué te hicieron!

 


Hay una anécdota que trae Omar Bello en su libro —la primera biografía del Papa Francisco escrita después de su elección—, que yo más de una vez he citado en este blog, y hoy lo haré nuevamente, porque es sumamente reveladora de la mentalidad y conducta del Sumo Pontífice. Escribe el periodista:

— ¡Hay que echarlo ya! —reclamó Bergoglio levantando lo voz. Las paredes temblaron. —¡Ni un día más puede estar acá este tipo. ¿Entendieron?

Se refería a un empleado de la Curia que, según se dice comúnmente, se le había metido entre ceja y ceja.

— Me lo echa enseguida. ¿Entendido?

[…]

Ya echado, el empleado en cuestión pidió una audiencia con el cardenal y la concedió rápido, sin hacer preguntas.

— Pero yo no sabía nada, hijo. Me sorprendés… —aseguró el actual Papa cuando el “echado “ le narró sus cuitas.

— ¿Por qué te echaron? ¿Quién fue?

El hombre salió de las oficinas cardenalicias sin trabajo pero con un auto cero kilómetro de regalo, creyendo que Francisco era un santo empujado por circunstancias ajenas a su control, dominado por una caterva de asistentes maliciosos. La historia de ese despido es repetida hasta por los encargados de seguridad de la Curia porteña. (El verdadero rostro de Francisco, Noticias, Buenos Aires, 2013, pp. 36-37)

Es el famoso “¡Qué te hicieron!” que tantas veces ha sido usado en el palacio arzobispal porteño y en Santa Marta. Un treta gastada y conocida, pero que todavía parece útil vistas las circunstancias. Y me refiero a lo ocurrido la semana pasada con la carta enviada por la Congregación del Clero al cardenal Mario Poli y, posteriormente, con la nota aparecida en La Nación, que pasó desapercibida pero que, según nuestra hermenéutica, confirma la maniobra bergogliana. 

Los términos de la la carta recibida por el cardenal arzobispo de Buenos Aires fueron durísimos, casi desusados para los modales romanos. El prefecto le decía, por ejemplo: “También quiero subrayar de manera especial que, en vísperas de los setenta y cinco años de edad de Su Eminencia, se limite a realizar únicamente aquellas transacciones económicas que en la actualidad resulten estrictamente necesarias”. Una amonestación humillante. Y este hecho documentado periodísticamente, y no sabemos los términos de lo que no salió a luz, dispara algunas preguntas.

En primer lugar, ¿quién filtró la carta a la prensa? Ciertamente, no fueron las víctimas de la reprimenda. No quedan si no, los enemigos de las víctimas, aquellos que se regocijan por el hecho, sea por el puro placer de la venganza, sea por la pura ambición de poder. Por otro lado, las filtraciones de este tipo son también una maniobra típica del Bergoglio. Y ejemplos sobran, y por poner sólo uno, todos recordarán en Argentina su actitud silenciosa y prescindente durante los días previos a la discusión en el Congreso de la ley de matrimonio homosexual, y la carta que él mismo envío a las carmelitas pidiéndoles que rezarán porque el demonio estaba haciendo de las suyas en el país. La carta, misteriosamente, se filtró de los claustros teresianos y apareció en la prensa. Los católicos ingenuos quedaron tranquilos de que el cardenal estaba en contra de la ley pero, en los hechos, prohibió cualquier tipo de iniciativa o movilización de las instituciones arquidiocesanas y él se mantuvo en silencio.

La segunda pregunta tiene que ver con la carta misma. Concedamos lo que efectivamente hay que conceder: en la curia porteña no funcionaban dos órganos de control que debían, entre otras funciones, involucrarse en el manejo de las finanzas y los bienes del arzobispado. Se hicieron movimientos que no fueron auditados y, probablemente, no fueron del todo limpios, aunque no se haya probado ningún tipo de ilícito. Hay que decir que no es una práctica desacostumbrada en el ámbito de la Iglesia y mucho menos en Buenos Aires. Operaciones oscuras de este tipo se hicieron durante la gestión de Bergoglio, tal como documentamos en este blog (aquí). Resulta extraño, entonces, que desde Roma se envíe una “visita fraterna” por este hecho que, más allá de su opacidad, no es infrecuente. Sería interesante saber cuántas visitas fraternas de este tipo se realizan a los miles de diócesis del mundo, y gestionada, además, por la Congregación del Clero. No conozco el funcionamiento de la curia romana, pero no parece que tales tipos de trámites fraternos sean competencia de ese dicasterio.

Por otro lado, todos saben que nada que tenga que ver con la iglesia argentina se mueve en Roma sin la autorización expresa del Papa Francisco. No es creíble en lo más mínimo que una carta de ese tenor, firmada por el máximo responsable de un organismo vaticano y dirigida al cardenal arzobispo de Buenos Aires, haya sido expedida sin el conocimiento y expresa autorización del pontífice romano. Se trata, como vemos, de una táctica calcada a la empleada hace más de una década en la curia porteña con el empleado indeseado: ordena a sus subordinados que lo echen, o que le den una fuerte reprimenda; luego él recibe a la víctima, y le expresa condolido su desconcierto: “¡Qué te hicieron Marito!”. La víctima se va feliz por el consuelo papal, y los medios adictos y fieles ingenuos vuelven a pensar en el bondadoso pontífice y en los malvados curiales, romanos o porteños, que tanto mal le hacen a la Iglesia. 

El periodista de Vedia que da la noticia del respaldo pontificio a Poli escribe: 

La reunión fue “muy cálida”, confirmaron fuentes confiables. Y el Papa habría percibido cierto cansancio en el cardenal primado por la situación que enfrenta como responsable de la arquidiócesis, tras el fuerte impacto que causaron las observaciones de la auditoría de la Congregación para el Clero. Pero prevalecería la intención de que Poli permanezca en sus funciones, al menos hasta fin de año.

El párrafo es muy revelador. ¿Quién es la “fuente confiable” capaz de relatarle a un periodista no sólo la calidez de una reunión a solas sino también la “percepción de cansancio” que tuvo el Sumo Pontífice? En todo caso, alguno de sus secretarios podría haber sospechado la calidez o frialdad del encuentro cuando hizo ingresar o salir al cardenal Poli del despacho pontificio, pero conocer las “percepciones” papales es cosa más compleja, a no ser que se trate, claro, de un secretario con poderes preternaturales. Resulta claro, a mi entender, que las “fuentes confiables” de Mariano de Vedia son algunos de los adláteres de Francisco a los que él mismo le encomienda la misión de divulgar lo que sirve a sus estrategias. 

Y más importante aún es el contenido de esa percepción: “El pobre Poli está muy cansado”, habrá dicho el misericordioso pontífice. “Lo relevaremos del peso de su cargo apenas cumpla los 75 años o, incluso, y en un exceso de misericordia, un poco antes, en pocos días quizás, todo sea para no mortificarlo”.

En fin, política de baja estofa y matufias que los argentinos conocemos sobradamente. Estos son los frutos de un pontificado entregado imprudentemente por los cardenales a un personaje marginal y mediocre que está conduciendo a la Iglesia a crisis impensadas en todos los ámbitos (no viene mal leer este artículo sobre los desaguisados del Papa Francisco en el caso de la guerra ruso-ucraniana).