miércoles, 15 de septiembre de 2021

LA TRAGEDIA DEL RITO ROMANO. Una posible solución al nudo gordiano litúrgico (II)

 

por Eck

2) La falta de reconocimiento de la verdad o la fictio legis imposible de Benedicto XVI

La verdades no reconocidas desde el fatídico primer domingo de Adviento de 1970 son las siguientes, consecuencia de la Crisis Litúrgica y sus falsas soluciones:

1º) Que el Misal de Pablo VI y el Misal de Pio V son dos Ritos completamente diferentes y que se pueden llamar legítimamente Rito Vaticano (idea de un buen amigo mío oriental) y Rito Romano respectivamente.

2º) Que el Rito Vaticano o de Pablo VI es un rito artificial, creado ex novo por una comisión, con unas finalidades concretas, impuesto por un Diktat pontificio, sin ninguna tradición detrás y por todo ello sui generi, un unicum en la Historia de la Iglesia.

3) Que el Rito Vaticano nació con la principal finalidad de sustituir mediante una "reforma" al Romano, visto como imperfecto y no adaptado a los tiempos, lo que le hace dependiente de este existencialmente. Si el Romano llega plenamente a los modernos, el Vaticano es inútil y sin razón de ser para existir. 

4) Que el Rito Vaticano se ha "tradicionalizado" hasta el punto que ya varias generaciones mayoritarías de fieles se han criado con él en el ámbito de la Iglesia Romana. Es su rito recibido de la Iglesia.

A pesar del benemérito Summorum Pontificum de Benedicto XVI para liberar la Misa Tradicional, contenía un error fatal. Para liberalizar el Rito Romano, el Papa Ratzinger ideó una fictio legis que era considerar los dos ritos diferentes como dos expresiones del mismo rito, el Romano, para que pudieran celebrarlo todos los sacerdotes. No tuvo la valentía de reconocer que eran dos ritos distintos y por ello su obra estaba edificada sobre arena y destinada a perecer a manos de su sucesor.

Francisco I en su lamentable Traditionis Custodes, sin embargo, tiene la lógica de su parte al sacar las consecuencias de los postulados del Summorum. Si son dos expresiones del mismo rito, mientras exista el Vaticano este debe sustituir al Romano tras un plazo de tiempo de adaptación para que los fieles tradicionales se pasen a él. Es su razón de existencia y su justificación, carece de ella mientras exista el Romano y más si éste crece y se expande. De hecho, el fin de toda la obra litúrgica del Papa alemán era la incorporación paulatina de elementos del Romano en el Vaticano para unificarlos en uno, una rectificación del invento ritual de Pablo VI que paliara su artificiosidad y le entroncase con la tradición.

A pesar de la intención de su autor, el Summorum produjo no esta unidad sino una crisis mimética de los dos Ritos a la manera en que René Girard hablaba de los gemeloso dobles miméticos agudizando la crisis hasta el paradoxismo con Bergoglio.


3) La crisis mimética de los dos ritos o el Cain y Abel litúrgico.

Esta gran crisis de la lucha entre gemelos miméticos que producen violencia nos retrotrae a la primera crisis litúrgica de la historia de la humanidad. Nos referimos al episodio bíblico de Caín y Abel, con tantas concomitancias que casi podemos decir que es una anticipación que puede arrojar luz sobre nuestro caso.

Podemos equiparar el Rito Romano con Abel que sacrifica el Cordero al Señor mientras que Caín sería el Rito Vaticano, el cual ofrece al Señor el fruto de la tierra y del trabajo del hombre. El Altísimo mira propicio el sacrificio de Abel porque este es puro y santo pero no el de Caín porque no lo era. Así le dijo el Señor: “¿Por qué andas irritado, y por qué ha decaído tu semblante? ¿No es cierto que si obras bien, podrás alzarlo? Mas si no obras bien, está acechando a la puerta el pecado que desea dominarte; pero tú debes dominarle a él.”(Gn.4, 6-7). 

El mal del Rito Vaticano no está en que no sea un rito santo ni siquiera en que sea artificial sino en la voluntad de sustituir a su hermano para obtener una legítimidad espiritual que solo la historia puede dar, que la autoridad pontificia es incapaz de otorgar pese a la intención de Pablo VI y sus sucesores y que los modernistas quieren destruir a toda costa.Viendo estos últimos que no obtenían el fruto deseado y llenos de envidia por las gracias crecientes que estaban produciendo su restauración, en vez de convertirse a la Verdad, hicieron como Caín, que tomó a Abel, y así como en el relato biblico se narra que Caín le mató con la quijada del asno, del mismo modo los partidarios modernistas del Rito Vaticano intentaron eliminar al Rito Romano con la Traditionis Custodes de Francisco I. 

Toda la Iglesia reclama el rito desaparecido al ver la injusticias de arrancar uno de los ritos legítimos provenientes de los Apóstoles. También llora al ver desolados y maltratados miles de fieles y sacerdotes que sin culpa ninguna fueron despojados de su culto, insultados de palabra y obra, agredida la memoria de centenares de generaciones de santos y fieles que rezaron con esa Liturgia y ofendida la memoria de Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI al atribuirles falsedades obscenas. Con ello, Francisco y sus secuaces han profanado el Rito Vaticano y le han marcado con este estigma cainita que ningún otro rito de la Iglesia Universal tiene.

Sin embargo, debemos recordar que Dios marcó a Caín con una señal para que nadie pudiera agredirle fuese a donde fuese a pesar de su crimen  porque estaría protegido por el Altísimo. El Rito Vaticano está marcado por un hecho determinante que debemos recordar siempre y que le hace estar protegido por el Señor: se ha hecho tradicional en gran parte de la Iglesia siendo la Liturgia dada para millones de fieles y con la que santifican sus vidas. Por esta causa, no debemos seguir el ejemplo de Caín para reparar el mal hecho sino el de Cristo: Aquel que hace nuevas todas las cosas.

(continúa)

lunes, 13 de septiembre de 2021

LA TRAGEDIA DEL RITO ROMANO. Una posible solución al nudo gordiano litúrgico (I)

 


[Eck es un comentarista habitual del blog, particularmente agudo en sus observaciones. Publico en tres entregas un artículo de su autoría con interesantes reflexiones sobre el problema litúrgico en la iglesia romana]

por Eck


"Sine dominico non possumus"

Mártires de Abitina (Túnez)


A D. Xavier O. de Santiesteban.


La crisis litúrgica del Rito Romano es el mayor problema que actualmente sufre la Iglesia Católica hasta producir lo que denunció con tanto vigor el P. Louis Bouyer: la propia descomposición del Catolicismo. Sin embargo, muchos de los defensores de los ritos tradicionales no comprenden la profundidad que alcanza este cáncer en toda la vida cristiana cuando creen poder curarla con un simple cambio de misal y una mera vuelta a los usos de un pasado ya fenecido. Es pretender corregir las consecuencias con un simple regreso a las causas que lo provocaron en vez de atacar el mal en su raíz. Por el contrario, su resolución sólo puede venir, con la ayuda de Dios, a partir del reconocimiento de la verdad pura y dura, lo único que nos hará libres, para poder remediar esta enfermedad que debilita a la Iglesia.

Los principales problemas litúrgicos de la Iglesia Latina se pueden resumir en estos tres: 

El primero: el desconocimiento del papel central de la liturgia en la vida de la Iglesia; el segundo: la falta de reconocimiento de la verdad; y el tercero: la crisis mimética entre ambos ritos.

1) El desconocimiento del papel central de la liturgia en la vida de la Iglesia.

Este desconocimiento del papel central de la liturgia en la vida de la Iglesia se puede ver en el uso que se le da. Se la emplea para cualquier fin menos para lo fundamental en ella. Lo que bien sabía el mártir S. Emérito cuando contestó a la acusación del procónsul Anulino de haber participado en los Santos Misterios: "No podemos vivir sin el Día del Señor", nosotros lo hemos olvidado. 

Daré aquí un breve resumen porque el tema es de por sí profundísimo. En mi opinión se puede expresar así: La Iglesia tiene su corazón en la Liturgia, la Liturgia tiene como fundamento el Santo Sacrificio de la Misa, en la Misa es Cristo quien se hace presente. Por este motivo primordial toda la Iglesia esta ordenada por y para la Liturgia y vive de ella como el árbol lo hace de sus raíces. La Donación total de Cristo en la Liturgia es el comienzo de la participación en la tierra de la Gloria y la Vida Divina que alcanzaremos plenamente en el Cielo.  

En cambio, nosotros hemos perdido este sentido sagrado al convertir los sacramentos y, peor aún, la Santa Misa en una máquina de Gracia y Hostias consagradas en vez de una participación en los Misterios de Dios, un injertarnos en la Vida de Cristo para que demos frutos de salvación. Esta nefasta concepción mecánica de los sacramentos nació del nominalismo voluntarista anticontemplativo de la Edad Media para el cual el hacer está por encima del ver, la voluntad sobre el entendimiento. Sus efectos deletéreos se vieron potenciados aún más por la inflamación cancerosa que la Devotio Moderna dio a la espiritualidad occidental, ya muy inclinada a la acción y la individualidad de por sí. En el fondo es una manifestación de un gnosticismo negador de la Encarnación y para el cual las formas históricas no son una encarnación de la Fe sino unos meros trajes de usar y tirar. Por esta razón fue el Caballo de Troya del modernismo, el neognosticismo por autonomasia.

Perdido el sentido profundo de la Liturgia y viendo en ella una simple fábrica de Gracia, era normal que muchos pretendieran resucitarla mediante su aggiornamento más que en la recuperación de su esencia. La famosa actuosa participatio de los fieles y cómo se entendió este concepto nos da la clave: No como una participación en la Vida Divina a través de los ritos sino como un mero desempeño físico dentro de las ceremonias.

Dejémonos de tonterías, las raíces de la Crisis de 1970 estuvo en los mismos comienzos del Movimiento litúrgico pues, menos en los monjes contemplativos, en el resto latían las semillas que produjeron el desastre. Momificada desde la Edad Media, los intentos de resucitarla desde los postulados y las concepciones modernas sólo podrían producir su pudrición completa pues no pudieron dejar de ver la Forma de la Tradición Sagrada como una adiaphora1, en palabras de Melancton, que podría ser sustituida por otras más modernas y más al gusto del presente para atraer a los contemporáneos a recibir los Sacramentos. 

Sólo el reaccionarismo a ultranza de los Papas del sg. XIX impidió que saltase la presa por los aires pero tras los golpes revolucionarios de S. Pío X y Pio XII ya no se pudo contener más las aguas. El Concilio Vaticano II, visto como un revulsivo para la renovación de la Iglesia, dio el golpe final que causó el anegamiento de la tradición. Siendo la Liturgia el Eje de la Iglesia, no es de extrañar que se centrara en ella los intentos de modenizarla, adaptarla y hacerla participativa tirando a la basura los Signos Sagrados dados por viejos y inútiles puesto que lo importante es la mera consagración y recepción del sacramento. Las continúan transformaciones y derivaciones solo continúan a cada vez  mayor velocidad esta lucha por seguir las modas. 

El Misal de Pablo VI y sus problemas fundamentales fueron su consecuencia. Respetada la Consagración y algunos pocos elementos anteriores, se vio como una reforma de las adiaforas del Misal de Pio V pero en realidad se creó un rito nuevo pero atado al anterior por necesidad: mors tua, vita mea. La supervivencia del rito tradicional impidió su consolidación y produjo la guerra litúrgica por dejar sin cimientos el nuevo rito. Benedicto XVI intentó hacer las paces pero la falta de verdad solo creó una tregua y las contradicciones siguieron aumentando con la expansión de la Misa romana y la recuperación de la visión tradicional de la Liturgia hasta que todo ha explotado con la Traditionis Custodes de Francisco I.

(continúa)

miércoles, 8 de septiembre de 2021

¿Los últimos meses del Papa Francisco?

 


Aldo María Valli es uno de los vaticanistas más respetados en Italia, y posee una larga trayectoria informando y comentando sobre todo lo que sucede en el Vaticano y en la Iglesia. Hace pocos días, en una entrevista que le realizó un sitio italiano, afirmó que la intervención quirúrgica a la que se sometió recientemente el Papa Francisco no estaba programada sino que fue de urgencia, que se le habrían extirpado dos tumores y que el pontífice ha sido muy reacio a seguir los tratamientos indicados por los médicos. Un periodista del profesionalismo de Valli nunca daría por buena una noticia de este tipo si no tuviera serios de su veracidad para hacerlo. Creo, entonces, que podemos tener cierta confianza en ella y afirmar con cautela que es cuestión de meses para que, finalmente, termine el pontificado de Bergoglio. No renunciará, sino que Dios Nuestro Señor lo llamará para pedirle cuenta de su vida. 

Los historiadores deberán escarbar mucho en la historia para encontrar un pontificado tan catastrófico como el que dejará el único Papa argentino, en el que se combinaron la torpeza de sus decisiones con la vileza de su persona. Y así, una Iglesia que venía derrumbándose lentamente desde mediados del siglo XIX y acelerando su caída luego del Vaticano II, ha quedo postrada y convertida no solamente en un apéndice subsidiario e insignificante de los organismos internacionales, lo cual no sería tan grave, sino en la “sal que perdió su sabor” (Mt. 5,13) puesto que en la práctica, y también en los documentos, ha renunciado a ser lo que debía: el canal de la gracia de Dios para la santificación de los hombres a fin de que, a través de ella, alcancen la salvación eterna. Las preocupaciones actuales pasan por el cuidado del medio ambiente y por la acogida de los migrantes. Incluso el agonizante Opus Dei, otrora un baluarte conservador, se ha subido al tren del oficialismo de turno. 

Valli, en la entrevista mencionada y refiriéndose al próximo —muy próximo— cónclave, opina lo que en alguna ocasión hemos comentado en este blog: los cardenales, por muy bergoglianos que sean, no son suicidas, y un grupo minoritario de ellos tiene neuronas suficiente para darse cuenta que otro pontífice similar a Francisco terminaría con la Iglesia. No sería extraño, por tanto, que no salga electo otro primate como ocurrió en 2013, y nos libremos así de cualquier posibilidad de un nuevo papa venido de las periferias y, en cambio, podríamos escuchar el anuncio de la elección de un cardenal medianamente católico, que crea en Dios y en la encarnación de su Hijo, que no mienta,  que tenga nobleza de carácter y algunas pocas virtudes más. Con eso nos conformamos

Sin embargo, es necesario ser realistas. Cruelmente realistas. Yo sé que es mucho más fácil y, sobre todo, consolador, escaparse por tangentes escatológicas, ilusionarnos con la postrera persecución y entretenernos con discusiones sobre la capacidad de transmisión de datos que posee el óxido de grafeno inoculado en millones de seres humanos, sellándolos con la Marca del Innominable, los que morirán en poco tiempo debido a una purulenta úlcera. La fe católica es mucho más simple y seca y por eso también más dolorosa. No necesita aditivos, y nos exige ser fríamente realistas, evitando el escapismo que supone el masón o el judío siempre a mano para justificar que la realidad no es como la imaginamos ni como la sueña la poesía, y tranquilizarnos de ese modo, trasladando al odioso culpable la responsabilidad de la situación, que escapa a nuestro control y a nuestro entender.  

Y este realismo cruel que reclamo nos exige también ser conscientes de que aún cuando salga  elegido Papa el mejor candidato posible, poco y nada podrá hacer por la Iglesia, a no ser que medie una portentosa intervención divina. Y señalo aquí tres factores que me llevan a afirmar lo dicho:

1. En las crisis más profundas de la Iglesia, el poder secular tuvo o bien la iniciativa, o bien jugó un papel central a la hora de implementar las reformas. Y pongo sólo dos ejemplos, aunque se podrían agregar muchos más: el concilio de Nicea, que buscó solucionar la crisis arriana, fue convocado por el emperador Constantino I, y el concilio de Trento, que hizo lo propio con la crisis protestante, fue convocado a instancias, insistencias y presiones del emperador Carlos V. En la actualidad, en cambio, no existe poder secular alguno interesado en una reforma de la Iglesia —más bien lo contrario— y, más importante aún, la Iglesia tiene una relevancia social tan mínima y desdeñable, que a nadie le interesa su suerte. En el mejor de los casos, se ocuparán de ella a fin de que continúe en el camino en el que se encuentra. 

Se trata éste de un argumento que debe ser mejor pensado y valorado, pero creo que vale la pena que sea explorado.

2. Es impensable la reforma de la Iglesia sin un episcopado católico y mínimamente virtuoso. Y lo cierto es que los obispos actuales son, en su inmensa mayoría, exactamente lo contrario. El Papa Francisco, en la que quizás sea una de las acciones más graves y deletéreas de su pontificado, se dedicó a nombrar una enorme cantidad de obispos con las mismas condiciones que adornan a su augusta persona: ignorancia, vileza e impiedad. Los argentinos sabemos de sobra la clase de obispos que tenemos, y el mundo se entera semanalmente de nuevos escándalos. Recuerdo los dos ocurridos en las tres últimas semanas: el dimitido secretario de la Conferencia Episcopal de Estados Unidos por mantener encuentros homosexuales concertados a través de una aplicación en su celular, y el dimitido obispo de Solsona, que abandonó su carga episcopal para ayuntarse con una psicóloga, madre de dos hijos, esposa de un moro y escritora de novelas eróticas. ¿Cómo se hace para terminar con esta situación? Yo no encuentro otra solución más que el paso de un nuevo ángel exterminador, pero mucho me temo que esos gloriosos tiempos hayan ya pasado hace mucho tiempo. 

3. Podríamos abrigar la esperanza en las bases de la Iglesia: el clero y los religiosos. Y ciertamente es donde queda cierta reserva de fe católica y virtud. Pero me permito ser también muy escéptico al respecto. Las congregaciones religiosas, salvo excepciones muy raras y puntuales, se encuentran en un profundo estado de postración y en camino ya irreversible en muchos casos de la extinción. Es cuestión de darse una vuelta por los candidatos que pueblan los noviciados para caer en la cuenta del real estado de la situación. En este blog vimos hace algunos meses el caso de los Hermanos de Lasalle, y no me extrañaría que la situación fuera similar en la mayor parte de las congregaciones. Y albergo mis dudas de que se salven de esta situación generalizada los institutos tradicionalistas. La misa tradicional, la sotana y los latines no son suficientes.

El clero secular, más que menguado, recorre un camino paralelo. En países como Alemania, Francia, Suiza o Austria, entiendo que más de la mitad del clero activo son sacerdotes africanos o asiáticos, con todo lo que eso significa. Los que vivimos en Iberoamérica, conocemos en qué consiste la “reserva de la Iglesia” que el Papa Juan Pablo II soñó que se encontraba en Latinoamérica: nada y menos que nada. 

En resumen: aunque la previsiblemente pronta desaparición física del Papa Francisco puede ser un alivio, lo será muy relativo, porque aun en el mejor de los casos, y aun cuando el Sacro Colegio sufriera un shock de fe católica y virtud y fuera elegido el mejor candidato posible, bien poco y nada podrá hacer. Y por eso, debemos arribar a la novedosa conclusión de que la a Iglesia, o la salva Dios, o no la salva nadie. 

domingo, 5 de septiembre de 2021

Las vacunas, una carta y los nuevos lapsi

 


Hace catorce años que tengo este blog, y he pasado por muchas circunstancias, difíciles y dolorosas algunas, y otras más aliviadas. Y es natural que así ocurra con un sitio como este que permite comentarios, los que enriquecen el diálogo y el pensar juntos —“una conversación entre amigos en torno a un vaso de whisky” fue el motto inicial—, aunque ocasionalmente aparezcan lectores ofuscados, ofendidos o simplemente desequilibrados. Nunca ha sido un problema ni tampoco me desaniman. Sin embargo, la sola mención que hice en un post reciente sobre mi opinión acerca de las vacunas contra el Covid, ocasionó una andanada de mensajes violentos como nunca antes había sucedido. 

Sin darnos casi cuenta, se ha formado en la Iglesia una nuevo grupo y división, como si no fueran pocas los que ya teníamos: la de los militantes en contra de las vacunas, una suerte de neo katharoi o “puros”, aquellos que cum mulieribus non sunt coinquinati, virgines enim sunt (Ap. 14,4). En este caso, la de los que no se contaminaron con las vacunas y conservaron la virginidad. Y son ellos los que siguen al Cordero. Los otros, quienes nos contaminamos con Pfizer o con Astra Zeneca, somos los nuevos lapsi, los que cedimos a las presiones y quemamos incienso a los nuevos ídolos sanitarios. No digo que todos los que albergan dudas sobre las vacunas o prefieren no aplicársela pertenezcan a este grupo combativo; de hecho, buena parte de mis amigos son de esta opinión, pero no se dedican al apostolado antivacunas, ni tampoco rompen amistades por ese tema. Pero no es siempre el caso.

La formación de estos grupos radicalizados es, a mi entender, muy grave, y se está dando en muchos países. Se toman posiciones extremas, rayanas en algunos casos con el fundamentalismo, que poco favor le hacen no solo a la Iglesia, sino a los propios involucrados. Recientemente murieron por Covid dos personas conocidas, relativamente jóvenes y sanas, que no habían sido vacunadas porque sus hijos y algunos sacerdotes los habían convencido de no hacerlo. Yo me pregunto: ¿de qué mal moral los libraron? ¿qué falta contra la ley divina impidieron que cometieran? ¿De qué peligro físico los salvaron? No quisiera estar yo en la conciencia de esos consejeros.

Sin embargo, el objeto principal de esta entrada es recomendar a los lectores la lectura de una carta  que Antonio Macaya Pascual, doctor en medicina, profesor universitario en Barcelona y autor de numerosas publicaciones científicas como pueden corroborar en Google Academic, visiblemente afectado por lo que está sucediendo, me hizo llegar. La misiva fue escrita en ocasión de un hecho muy doloroso y desconcertante: una meritoria religiosa profesa, completamente entregada a su  vocación y dedicada al cuidado de personas gravemente discapacitadas, decidió dejar los hábitos hace pocos días ya que la institución donde presta asistencia su comunidad, le pedía que se vacunara. Ella se negaba, entre otras cosas, porque “los embriones abortados claman justicia desde el interior de las personas que se vacunan”, tal como proclama un visionario (¿u orate?) sacerdote colombiano llamado Guillermo León Morales. 

La carta del Dr. Macaya no es un alegato científico, aunque está sólidamente fundada en los principios de la ciencia. Es el testimonio de un cristiano, que es científico, y que escribe desde su dolor y consternación frente a una situación de la que él es testigo permanente. Cualquier católico, más allá de su opinión con respecto al tema en cuestión, podrá percibir fácilmente la familiaridad que produce el escrito, sencillamente porque es obra de un hermano que profesa nuestra misma fe y que con caridad y en obediencia a los mandatos evangélicos, trata de echar luz haciendo fructificar talentos que recibió. 

No es mi intención generar un debate en torno a la carta (por eso este post no tendrá habilitados los comentarios), y espero que cualquiera sea la opinión de uno u otro, sea recibida con la caridad que debe ser propia de los cristianos. Reflexionemos. Es inaceptable que una situación sanitaria similar a las que la humanidad sufrió en incontables ocasiones, esté produciendo una herida tan profunda y doloroso entre los católicos “tradicionalistas” o como quiera llamárseles. Temo que, además de romperse amistades de años, sea una nueva trampa que nos tiende en Enemigo para generar la división, que es una de sus estrategias favoritas para alcanzar sus objetivos. 

Recomiendo vivamente la lectura de la carta del Dr. Macaya Pascual, que pueden bajar desde aquí.

jueves, 2 de septiembre de 2021

La lamparilla del altar

 



"La naturaleza decae, el sol deja de brillar, la luna palidece, las estrellas se caen del cielo, y los fundamentos del redondo mundo se agitan. Pero la lamparilla del altar arde cada vez más brillante. Hay panoramas enteros ahí que los hombres son incapaces de ver. Por encima de los tumultos de la tierra se oye el mandato de proclamar la muerte del Señor y la promesa de que el Señor viene".


S. John Henry Newman, Paroquial and Plain Sermons VII, 11.

 27 de febrero de 1831.

domingo, 29 de agosto de 2021

El Papa Francisco, la piedad y la fe

 


En las últimas semanas se han levantado nuevamente voces acerca de la validez de la renuncia del Papa Benedicto XVI, de la consecuente ilegitimidad de Jorge Bergoglio y de la posterior ilegitimidad del cónclave que en algún momento vendrá. El siempre recomendable blog de Specola da cuenta diaria, cum mica salis, de todos estos devaneos periodísticos y clericales, pues sus conocimientos de los entresijos vaticanos le permiten ese aderezo. 

En mi opinión, todo esto no es más que una comprensible expresión de deseos. Cada vez son más los católicos que se siente disgustados y escandalizados por las palabras y las decisiones pontificias y, claro está, la solución más fácil es negar la validez de su elección. 

Por otro lado, se da el hecho extraño de tener dos Papa viviendo casi juntos. Y al Papa en ejercicio desdiciendo al emérito y rectificando sus decisiones, y ya no asombran sus maldades y cuasi-herejías diarias. Y a todo este desbarajuste se añaden los escándalos sexuales y financieros de los miembros del clero, cualquiera sea su jerarquía. Desde cardenales a simples curas, nos enteramos de robos de cientos de millones de euros del Óbolo de San Pedro, o de la utilización de aplicaciones  en el celular diseñadas para concretar furtivos encuentros homosexuales. 

En resumen, estamos en medio de la tormenta perfecta, en la que no solamente la Iglesia está gobernada por pecadores públicos y contumaces, sino también por cuasi herejes, o herejes solapados. Y creo que yo que tamaña situación nunca se había vivido con anterioridad. Siempre la Iglesia tuvo clérigos pecadores, aún entre los puestos más encumbrados, y en ocasiones también los tuvo herejes, pero la conjunción de ambos, en la escala en que se ve en la actualidad, creo que nunca había ocurrido.

Es conveniente entonces, repasar la relación entre orthodoxia y orthopraxis, es decir, la dependencia que existe entre la profesión de la recta doctrina con la práctica de la piedad. Dicho de otro modo, nadie puede ser piadoso si no profesa la verdadera fe en su integridad. Que el Papa y los obispos nos propongan una liturgia desgajada del misterio y del culto católico, o que relativicen, omitan o nieguen algún elemento integrante de la verdadera fe, no es una cuestión de detalle o un bizantinismo del que solamente se percatarán los teólogos o los intelectuales. Es una cuestión que atañe a la pietas o a la santidad de los fieles, porque nadie puede ser santo (orthopráctico) si no es orthodoxo.

San Ireneo, que había recibido su formación cristiana de San Policarpo quien, a su vez, fue discípulo del apóstol San Juan, tenía claro en esos primerísimos tiempos del cristianismo que los principios y la doctrina de la fe son únicos y universales, y no deben ni pueden ser manipulados. Pero este cuidado y preocupación, que para el hombre moderno parecen extremos e infundados, y que coartan la libertad personal, se orientan a la vida de santidad. Los griegos distinguían entre la eusébeia de la disébeia, es decir, la piedad de la impiedad, y los impíos eran reconocidos no tanto por sus desórdenes morales o sus falta de virtudes, sino por su negación del dogma. Enseñar, sostener y adherir a la verdadera fe está relacionado de modo directo con vivir una vida piadosa, es decir, de santidad. San Cirilio de Jerusalén dice en sus Catequesis:

La Iglesia se llama católica o universal porque está esparcida por todo el orbe de la tierra, del uno al otro confín, y porque de un modo universal y sin defecto enseña todas las virtudes de la fe que los hombres deben conocer, ya se trate de las cosa visibles o invisibles, de las celestiales o las terrenas; también porque induce al verdadero culto a toda clase de hombres, a los gobernantes y a los simples ciudadanos, a los instruidos o a los ignorantes; y, finalmente, porque cura y sana toda clase de pecados sin excepción, tanto los internos como los externos; ella posee todo género de virtudes, cualesquiera que sea su nombre, en hechos y palabras y en cualquier clase de dones espirituales (Catequesis 18, 23).

San Cirilo está dando las notas de la verdadera Iglesia: la que enseña de modo universal y sin defecto la verdadera fe, la que induce el verdadero culto y la que cura todos los pecados. El espectáculo al que hoy asistimos es más bien el inverso: los principios y dogmas de la fe se ponen en duda, adaptándose a los tiempos y lugares; el verdadero culto ha sido suplantado por una liturgia que no es más que un espectáculo social y se alientan varios pecados, desde el adulterio a la sodomía.

Que un Papa siga siendo Papa a pesar de sus deslices doctrinales y sus inconsistencias teológicas no significa que todo esté bien en la Iglesia, pues los deslices doctrinales y las inconsistencias teológicas son disébeias, es decir, impiedades. La fe defectuosa y en algunos casos hasta falsificada que recibimos a diario por parte de nuestros pastores, tiene sus consecuencias en todos los planos, incluso en el de la santidad de sus miembros. No le ha salido gratis a la Iglesia sus coqueteos con el mundo y sus intencionales oscurecimientos del dogma, pues los efectos de esta impiedad no se han dado sólo en el ámbito intelectual; se dan, sobre todo, en el moral. Y ahora lo estamos viendo. 


viernes, 27 de agosto de 2021

Un intercambio epistolar quince años después del Concilio (III y último)

 

Yves Congar, o.p, creador cardenal por Juan Pablo II


Jean Madiran vs. Yves Congar O.P.

(un intercambio epistolar quince años después del Concilio)


por Jack Tollers 



(viene del post anterior)

Hay también, una referencia de Madiran en su segunda carta, a la liturgia en la misa de San Pío V, que cobra especial actualidad, sobre todo cuando se pregunta por qué los protestantes se niegan a concelebrar cuando de este ritual se trata.

La cuestión se planteó públicamente hace siete años en Taizé. La falta de respuesta sobre el fondo de todo esto, desde hace siete años, constituye un hecho significativo (pág. 62). 

Eso, en 1977, seguimos sin respuesta en 2021.


*


Congar se niega también a hablar sobre el nuevo catecismo francés, promulgado después del Concilio. Y dice que no puede expedirse sobre el particular porque no sabe de “Catequesis”, que de eso no puede hablar “por falta de competencia” (pág. 35), sino que lo suyo es la “Eclesiología”, como si se tratara de especialidades. Madiran se lo come crudo:

Pero ¿acaso es asunto de especialistas y no de generalistas la promulgación oficial de un catecismo de ahora en más sin explicación del Pater ni del Credo? 

[…] He aquí que van diez años que venimos protestando, reclamando y luchando por eso. Ud. no es competente. No está al tanto (págs. 36/37). 


*


¿No está al tanto? Esta ignorancia de Congar versa sobre más de un asunto, pero ninguna me parece más notable, más subrayada, más elocuente, más estúpida, más incontestable que la que profesa acerca de “la Iglesia del Silencio” que, como bien denunció el Cardenal Wydzinky, no existe: la que existía, dijo, es “la Iglesia de los sordos”. Ninguno más que Congar, me parece.

Igual que el Concilio: que, ostensiblemente queriendo tratar la “problemática actual del mundo contemporáneo”, ha hablado un poco de todo, mas del comunismo, nada (pág. 104). 

El mismo tipo que durante décadas enteras (a partir de los años ’30) promovió reuniones ecuménicas con los ortodoxos y que sabría de primera mano qué pasaba detrás de la Cortina de Hierro, el mismo que no podía ignorar los acuerdos de Metz entre el Patriarca Nikodim (de la KGB) y el Cardenal Tisserant para que no se mencionara al comunismo durante el Concilio, el mismo que no podía ignorar la vasta literatura occidental que desde los albores de la Revolución de Octubre venía denunciando los horrores del comunismo en la Unión Soviética o en la China, las interminables denuncias acerca de la persecución religiosa, del totalitarismo (que él, Congar, se supone que tanto abomina). Es como si no hubiese habido persecución durante la Guerra Civil española y que de los Cristeros mexicanos no tuviese idea… Piensen que “El cero y el infinito” de Arthur Koestler fue un best-seller mundial… en 1940… ¿Congar no lo leyó? ¿No se enteró de la revolución que produjo en Francia Victor Kravchenko con su libro Yo elegí la libertad de 1948? Piensen que el famoso Ni Marx ni Jesús de Jean-François Revel, es del año 1972, y que dos años antes le dieron el Premio Nobel de Literatura a Solzhenitsyn, que el Archipiélago Gulag se había publicado en París en 1973. Es como decir que no había leído ni a Boris Pasternak ni visto Dr. Zhivago que se estrenó en 1965. Es como decir que no sabía a quiénes se refería Orwell con su famosísima Rebelión en la granja y 1984, que no conocía la obra de Raymond Aron, ni a Jacques Soustelle, ni a ex-comunistas como Arthur Koestler o Jules Monnerot, por citar autores franceses nomás. 

¡Oh, la ignorancia de esta gente! Es como si no hubiesen oído hablar siquiera de Fátima, él, Congar, y con él Juan XXIII y la gente del Concilio que no quería saber nada sobre los “profetas de calamidades”. 

Gente que, como nuestro ignorante presidente, Alberto Fernández, no sabía qué pasaba en Cuba. 

Pero, en 1976, sí había oído hablar de otro país:

Pero, en la Argentina, un poder de puño sanguinario suprime físicamente a sus oponentes (pág. 87). 

Claro que, como buen progre que es, para él esa represión surgió ex-nihilo y de las diversas facciones guerrilleras y de sus lindezas el buen dominico carece de noticias. Como también del asesinato de Carlos Alberto Sacheri, “nuestro amigo”, dice Madiran,

Asesinado a la edad de 41 años, de una bala de pistola en la cabeza, volviendo de misa, en la puerta de su casa, bajo los ojos de su mujer y de sus hijos (págs. 88/89).  


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Hay bastante más, pero don Wanderer, ya me excedí para lo que cabe en un blog, disculpe la osadía. Baste con decir, que al final, en un brevísimo billete de marzo del ’78, Congar se queja:

Ayer recibí Itinéraires. ¿Qué tienen contra mí? (pág. 143)

No quiere más sopa. Y no es tan viejo, tampoco, entonces tenía 74 años, que no se queje así, después de todo lo que hizo, después de todo lo que escribió, después de todo…

¿Que qué tenemos contra él? Pues, como contra todos los progresistas del Concilio, es una lista larga la de las cosas que tenemos contra él y contra ellos, pero como ellos no quieren dialogar…

Quedará pues para el Juicio Final. 


Fuente: Jean Madiran, “Le Concile en Question, Correspondance Congar-Madiran sur Vatican II et sur la crise de l’Eglise”, en Itinéraires 296/4 (1985).