viernes, 18 de enero de 2019

Dos opciones para una plaga




El destape de la plaga innombrable que afecta a la Iglesia, cuyos tentáculos alcanzan espacios inimaginables para muchos de nosotros -y me refiero a la práctica homosexual entre los miembros del clero-, lleva necesariamente a que nos preguntemos por el motivo de esta situación. Y así lo hemos hecho con algunos amigos en las últimas semanas, atribulados como estamos por todo lo que está sucediendo y que, en algunos casos, nos afecta de cerca.
Son dos las explicaciones que se han dado hasta ahora. Una, que lo explica por el clericalismo, y que llamaremos la opción Francisco, porque es el pontífice su principal sostenedor. La otra, señala que se trata de una cuestión ligada a la homosexualidad, y la llamaremos la opción Müller, porque es el cardenal de ese nombre quien la sostiene. 
1. La opción Francisco. Los abusos contra menores o contra aquellos que, sin ser ya menores, son súbditos de un superior religioso son fruto de la concupiscencia de poder. Aquellos que ocupan un puesto de autoridad en alguna institución religiosa comienzan a experimentar una necesidad morbosa de manifestar el poder sobre aquellos que les están sujetos que sobrepasa lo indicado por las reglas y estatutos. Suele comenzar con la manipulación y posesión de las conciencias, haciendo abuso de la autoridad que naturalmente poseen y, en algunos casos continua con la posesión física. Los actos sexuales en los que caen, por tanto, no están primariamente originados por un impulso sexual contranatura sino por un desorden en el ejercicio del poder. Su falta de virtud provoca que se vean ganados completamente por esa tentación y la extremen llegando, incluso, a abusar sexualmente.
El P. Javier Olivera publicó hace algunos años un recomendable post en su blog en el que explica estos casos y que él adjudica a un tipo de personalidad que llama del gurú católico. Y pone un ejemplo: un joven cercano a la obra o convento de ese gurú, embelesado por su persona persona, entra a formar parte de sus más íntimos seguidores. “Ya dentro, por diversos y lentos procesos de manipulación, que van desde la dependencia espiritual e intelectual a la afectiva, termina cayendo dentro del “círculo” de los más cercanos y, finalmente, abusados… No es, al principio, un abuso grotesco; es lento; casi imperceptible, pero suficiente para que la víctima, se sienta presa de un secreto; un secreto que sólo él y su abusador saben. Es el siguiente: “algo ya sucedió entre nosotros”; no es sólo un tema sexual; es un caso de poder: “tú sabes que yo sé lo que hicimos”. Y esto es lo más duro: la víctima comienza a sentirse hasta culpable de lo sucedido. “¿Cómo es que ha pasado? ¡Si él es un santito!”.
Yo encuentro tres objeciones a esta postura. La primera tiene que ver con la naturaleza de la tentación del poder, ya que ésta, según nos enseña la ascética cristiana, posee una naturaleza más sutil que las tentaciones de la carne, y se da cuando el alma ya ha superado las caídas en los pecados más bajos y groseros y se encuentra en una segunda y más elevada etapa de la vida espiritual. Es decir, estamos suponiendo que esto ocurre a hombres que están avanzados en la vida del espíritu y son presas del demonio, cayendo en sus redes, luego de un tiempo prolongado de ejercicio ascético. Pero no estoy seguro que esto sea siempre así. Pensemos, por ejemplo, en el caso de Marcial Maciel, que comenzó con sus prácticas de manipulación y desorden sexual siendo todavía un seminarista. Es decir, nunca superó las tentaciones de la carne y no llegó, por tanto, a la etapa de las tentaciones más sutiles. Lo suto fue carnalidad y perversión pura.
La segunda objeción es que, si esto fuera así, deberíamos diferenciar dos géneros en medio de esta plaga: el de los abusadores, que poseerían las características recién descritas, y el de los curas homosexuales sin más, que se largan a vivir la vida loca, y aquí ubicaríamos los casos públicos conocidos en los últimos años, como los del secretario del cardenal Coccopalmerio y tantísimos otros de los que ya hemos hablado suficientemente. Pero no estoy seguro que esa distinción sea pertinente.
La tercera objeción es que si la raíz del problema es el ejercicio del poder sobre el súbdito, no se explica por qué más del 80% de los abusos son sobre varones. Esto implicaría que la concupiscencia descontrolada por el poder produce también en quienes la sufren un cambio radical en sus gustos sexuales porque, de otra manera, ejercería su abuso según la naturaleza, es decir, con mujeres. 
2. La opción Müller. Tanto el cardenal Brandmüller como el cardenal Müller se expresaron hace pocos días sobre el tema, teniendo en cuenta lo que enseña el catecismo de la Iglesia: la tendencia homosexual es una tendencia gravemente desordenada pero no implica culpa para quienes la padecen. Ellos, como cualquier cristiano, “están llamados a la castidad. Mediante virtudes de dominio de sí mismo que eduquen la libertad interior … pueden y deben acercarse gradual y resueltamente a la perfección cristiana” (CIC 2359). 

Esto, sin embargo, no oculta que para la Iglesia “los actos homosexuales llevan a la pérdida de la gracia santificante en el alma”. Quien así no lo crea “debería ser honesto y dejar de llamarse católico”, dice Brandmüller. 
El cardenal Müller insiste sobre un elemento: “El hecho no puede ser ignorado toda vez que más del 80% de las víctimas son de sexo masculino”. Y consecuentemente rechaza la idea que la crisis sea causada por “el celibato o por las presuntas estructuras de poder eclesial”, subrayando que “los criminales han cometido crímenes homosexuales”. Por tanto, estos abusos no son “abusos de poder”, sino que mas bien, el poder es usado para gratificar los propios deseos sexuales desordenados. Y continúa: “Cuando un adulto o un superior molestan sexualmente a alguien que ha sido confiado a su cuidado, su poder es solamente el medio -aunque mal usado- para su acción malvada, y no su causa. Se trata de un doble abuso, pero no se puede confundir la causa del crimen con los medios y la ocasión en razón de su actuación, a fin de no descargar la culpa personal del transgresor sobre las circunstancias, o sobre la sociedad, o sobre la Iglesia. 
Para graficar en lenguaje de granja lo que dice el purpurado alemán, diríamos que el caso de los abusos no tiene demasiados intríngulis psicológicos: se trata del zorro que se compra su propio gallinero para tener pollos y pollitos a voluntad a fin de satisfacer sus tendencias sexuales desordenadas.

Yo no tengo competencia alguna para pronunciarme por una u otra opción. Es un tema que me excede. Tiendo, sin embargo, a pensar la opción Müller es la correcta. 

miércoles, 16 de enero de 2019

La mancha





Más de una vez hemos dicho en este blog que nadie sabe hasta dónde se extiende la mancha. Y en las últimas semanas, muchos en Argentina nos hemos quedado estupefactos porque la mancha llegaba incluso a sitios a los que nunca pensamos que podía alcanzar.
Me refiero, claro, a la homosexualidad activa dentro de los miembros del clero de la Iglesia católica. Y como también decíamos hace algunos meses, esto recién empieza. Y la prueba la trae una noticia que publicó ayer el Capitán Ryder en su blog Iota Unum, y que aquí les transcribo:
“Porque existe un libro, a punto de publicarse, se hará antes del verano seguro, que trata, entre otras cosas, de los novios de los Curiales desde, al menos, la época de Juan Pablo II hasta aquí.
El libro promete ser una bomba, traducción a varios idiomas etc, es decir, no va a ser distribuido por cualquiera, imposible mirar para otro lado. Algunos de los nombres revelados son ciertamente sorprendentes y explicarían muchas cosas, y no hablo del momento actual.
La fuente de información parte de los mismos pastores que, parece, hartos unos de otros, se han dedicado a cantar del novio del vecino”.

Por lo que se ve, tendremos otro annus horribilis.

lunes, 14 de enero de 2019

Inflación


En el transcurso de las últimas semanas, el papa Francisco hizo tres afirmaciones rayanas a la herejía: en la primera, al hablar de la santidad de Nuestra Señora, puso en duda la interpretación tradicional del dogma de la Inmaculada Concepción porque, según él, Ella no nació santa sino que se convirtió en santa. En la segunda, presenta a nuestra fe como revolucionaria, oponiéndose a la enseñanza de muchos pontífices que afirmaron la contradicción entre fe cristiana y revolución, y en la tercera, nos advirtió que es mejor ser ateo que ir a misa y después seguir pecando.
Estos hechos, que hace apenas unos años habrían levantado un polvaderal de proporciones, hoy pasan desapercibidos, y no sé si eso es una buena señal. Nos despreocupamos que el supremo pastor de la Iglesia siembre diariamente confusión, y pareciera que a nadie ya le hace mella, ni siquiera a la primera fila que debiera mellar, es decir, los obispos.

Pero alejemos el catalejo, y miremos la cuestión con perspectiva histórica. Los papas, durante los primeros quince siglos de la Iglesia, fueron silenciosos, o más bien mudos. Veamos algunas cifras:
La primera encíclica la escribió Benedicto XIV a mediados del siglo XVIII. Pío VII, a comienzos del XIX, escribió solamente una encíclica. Algunas décadas más tarde, Pío IX escribió treinta y ocho, y su sucesor, León XIII, setenta y cinco. Los escritos y discursos de Pío XI ocupan seis volúmenes de cuatrocientas páginas cada uno, y los de Pío XII, cuyo pontificado fue apenas más largo que el de su predecesor, llenó veinte volúmenes de las mismas características. Juan Pablo II escribió solamente catorce encíclicas, pero una catarata de otro tipo de documentos como exhortaciones apostólicas, cartas apostólicas y constituciones apostólicas, por no mencionar sus incontables discursos y homilías. Pensemos solo un momento en los bosques que habrá que talar para conseguir las toneladas de papel necesarios para contener las insensateces de Bergoglio.
Esta esta inflación desmesurada de verborragia pontificia es uno de los signos de otro cambio de paradigma en la Iglesia, el que se produjo con el triunfo del ultramontanismo en el Concilio Vaticano I.
Pareciera, sin embargo, que nuevos aires están comenzando a soplar en Roma, donde todos están ya hastiados de Bergoglio. No me extrañaría que la bruja ecuatoriana tuviera razón y durante este año, el papa Francisco renunciara voluntariamente o por decisión divina. ¿Qué podría venir después? Nadie lo sabe, pero por lo pronto, ya hay algunos obispos argentinos que están recalculando y volviendo a posiciones más conservadoras y clásicas para no quedar desubicados en el próximo -y quizás muy próximo- pontificado.


Al respecto, la semana pasada, el P. Richard Cipolla publicó una interesante columna en Rorate Coeli que aquí les traduzco:


La reciente publicación de la editorial de R.R. Reno, editor de First Things, declarando al pontificado del Papa Francisco como un “fracaso” ("Un papado fallido", febrero de 2019), es una novedad y, lo que es más importante, es el comienzo, espero, de una evaluación del papado actual y un llamado al fin del hiper-papalismo de los últimos años -tal vez incluso más de un sigl-, y una reevaluación teológica, basada en la Tradición de la Iglesia, de la naturaleza y el papel del papado. 
Que el editor de First Things, que fue durante algunos años, en mi opinión personal, un órgano de la agenda neoconservadora, haya escrito este editorial puede no captar la atención del New York Times, pero ciertamente es significativo entre aquellos católicos que comprenden la tradición de la Iglesia y quienes han estado y están muy preocupados por la incapacidad de este pontificado para articular de manera clara e inequívoca la fe católica, en un momento de masiva confusión política y cultural. 
Se debe agradecer a Reno por su valor y claridad con respecto a la situación actual en la Iglesia. Reno ahora entiende que este papado no solo no está en consonancia con el verdadero intento que hizo San Juan Pablo II, basado en la Tradición de la Iglesia, de volver a anclar la fe católica en la persona de Jesucristo, y al dogma de la Iglesia después del colapso de la enseñanza de la iglesia y de la praxis litúrgica posteriores al Concilio Vaticano II. Este papado, con su falta de fidelidad a la Tradición y con sus apelaciones baratas y anticuadas al Hombre Moderno hechas, irónicamente, en un momento en que la Modernidad ya no existe a no ser en la Curia Romana que aún vive en 1965, ha perdido contacto con los hombres posmodernos, especialmente con los jóvenes, que buscan lo que es real y verdadero en los detritos de la modernidad. 
Este pontífice y su camarilla no solo no han articulado la fe católica ni con los fieles católicos ni con mundo incrédulo y hostil, sino que también están decididos a acomodar la fe católica al espíritu de la época contemporánea y todo en nombre de la –mirablie dictu– misericordia. Y misericordia sin la cruz de Jesucristo. La idea misma de un Salvador del mundo no se hace necesaria cuando la comprensión del pecado, fundamental para el cristianismo, se vacía por un antiintelectualismo y sentimentalismo que niegan la historia intelectual y doctrinal de la Iglesia y presentan, en palabras de uno de los miembros del círculo interno del Papa, el p. Thomas Rosica, una versión de la Iglesia presidida por un Papa que está libre de las exigencias de la fe cristiana. Este sacerdote canadiense nos dice que el Papa Francisco rompe las tradiciones católicas cuando quiere, porque está “libre de ataduras desordenadas. Nuestra Iglesia ha entrado en una nueva fase: con el advenimiento de este primer papa jesuita, es gobernada abiertamente por un individuo y no por la autoridad de las sola Escritura solo o incluso por sus propios mandatos de la Tradición más las Escrituras”. 

Esta locura desordenada podría ser una entretenida escena de un programa de comedia. Pero que la declaración del P. Rosica no provoque que los cardenales y los obispos se levanten y condenen tal afirmación anti-católica y no cristiana, es una prueba tanto del estado de la jerarquía católica como del nivel intelectual de los responsables de la Iglesia (al menos a cargo en este mundo.) Es por esto que debemos esperar que el editorial de Reno sea el comienzo de una evaluación inteligente y honesta de este papado que propugna una agenda que ciertamente no tiene a Cristo y su cruz en su centro, que de hecho, se resiste a pronunciar palabras tales como Salvador, Redención, el Camino, la Verdad y la Vida, que se niega a hablar sobre la dificultad de llevar una vida moral basada en las enseñanzas de Cristo y su Iglesia, y una agenda que se niega a predicar y enseñar la naturaleza radical de la Encarnación que cambió la historia humana para siempre y de una manera específica, -la Cruz y la Resurrección-, que demanda la atención de todos los hombres y mujeres de este mundo, exigiendo una decisión ratificada en la eternidad.

viernes, 11 de enero de 2019

Arquitectura blasfema





por Hilary White

Contemplen esta foto por un momento. Si pueden, agranden la imagen en pantalla y simplemente miren, si les resulta posible, sin siquiera pensar. Aunque sea por unos segundos.
Pues bien, ¿cómo se sienten? ¿Qué palabras se os ocurren para describir lo que sienten? Algunos en Facebook lo describieron como “Nuestra Señora de Minas Morgul”. “Se trata de la iglesia a la que concurría Sauron cuando niño”. “Se trata de evangelizar a los orcos”. Pero a ustedes… ¿qué les hace sentir? ¿Qué les dicen vuestras vísceras sobre las intenciones detrás de esto? ¿Se sienten oprimidos? ¿Se sienten literalmente como si algo en vuestra mente o corazón está siendo oprimido por un gran peso? ¿Sienten como si alguien los estuviese amenazando con violencia?  ¿Algo que quiere hacerles daño? 
Eso es “brutalismo” en arquitectura eclesiástica, una de las tendencias más egregias del Modernismo que aún no parece haber pasado de moda. ¿Qué nos hacemos con una iglesia que mentalmente nos hace sentir como que nos castiga a latigazos? ¿Qué puede significar una iglesia así? ¿Qué nos dice esta iglesia  acerca de Dios, acerca de Cristo, acerca de Nuestra Señora? ¿Que son malos? ¿Que todo lo que la Iglesia dice acerca de ellos es mentira? ¿Se sienten abandonados, aislados, objeto de brutalidades?
Así es la forma mentis, el animus de la iglesia postconciliar. Así quieren que Ud. se sienta: pequeño, amenazado, aislado, solo y desesperado.
Es un caso de nihilismo anti-Nietzschiano en 3-D. Se trata de la iglesia de San Francisco de Sales en Michigan que en el mundo secular pasa por ser el dechado del arte moderno. Aquí entonces lo que el Mundo quiere, y lo que la iglesia ha intentado lograr durante los últimos 50 años. 
¿Cuál es la Teología de la Brutalidad? Al fin no es sino como los trabajos de Sauron  y Morgoth y que desembocan en una sola cosa: 
Desesperación. 
Tradujo Jack Tollers.


Fuente: https://whatisupwiththesynod.com/index.php/2019/01/09/externals-count-when-architecture-is-unholy/

miércoles, 9 de enero de 2019

Las olas, el viento y Mons. Mestre


"Las olas y el viento, sucundum, sucundum; y el frío del mar, sucumdum, sucundum", cantaba Donald en los '70, cuando la música decadente y pegajosa recorría un país todavía inconsciente de la tragedia que le esperaba a la vuelta de la esquina.
Las cosas, con los años, no mejoraron. Las mismas arenas holladas por cantantes setentosos y por mujeres indecentes que se pasean a la vista de todos en ropa interior a la que llaman bikini, es pisada ahora por Su Excelencia Reverendísima, Mons. Gabriel Mestre, obispo de Mar del Plata por obra y gracia del papa Francisco. El prelado, despojado de las vestiduras propias de su dignidad, promociona el turismo de verano posando en ropa interior -a la que llama "traje de baño"- para todo el país.

lunes, 7 de enero de 2019

Mons. Tucho y la talibanización

En los difíciles tiempos que estamos viviendo, debemos aumentar las precauciones a fin de cometer la menor cantidad posible de errores. Más allá de la realidad de que estamos atravesados por las emociones, fruto de lo que ocurre en el mundo y en la Iglesia, debemos hacer lo posible -y no es empresa fácil- por mantener la cabeza fría a fin de juzgar prudentemente.

Uno de los peligros a los que estamos expuestos es la fanatización. Es natural. Cuando se ataca a instituciones, principios o personas que nos son caras, nuestra respuesta comporta a todo el complejo humano, y poseen un fuerte ingrediente pasional. Y esto, que es natural, puede convertirse en problemático cuando esa pasión obnubila el juicio y no permite distinguir matices.
Ninguna duda cabe acerca del modo absoluto con el que debemos defender todas y cada una de las verdades de nuestra fe. Debemos defender con la vida si fuera necesario nuestra fe en la Santísima Trinidad y en la divinidad de Nuestro Señor. Y debemos defender del mismo modo a la Santísima Virgen. Cualquier católico tenía el derecho, e incluso el deber, de asentar una buena trompada en la jeta a Mons. Manuel Linda, obispo de Oporto, que hace pocos días negó públicamente la virginidad física de Nuestra Señora. Y eso no es fanatismo. Es simplemente la conducta de hijos bien nacidos que defienden lo que creen.
Pero aquí aparece el peligro: elevar al mismo puesto de la fe cuestiones que son meramente humanas, o poner en el mismo nivel de certeza la divinidad de Jesucristo con la maldad o bondad de un hombre, y reaccionar de modo similar cuando una u otra son atacadas. Esto es lo que yo entiendo por fanatismo. Nos apropiamos de una premisa sobre la cual no podemos tener más que una certeza moral y humana, y por tanto falible, y la absolutizamos, como si fuera una cuestión de fe, negándonos obstinadamente a siquiera considerar la evidencia que pueda contradecirla. En términos chestertonianos, la volvemos loca, en tanto que comenzamos sacar de ella todas las consecuencias que en buena lógica deberíamos sacar de una verdad absoluta. Por ejemplo, “Si el obispo Mengano es progresista y habla bien del Papa Francisco, entonces todo lo que haga será necesariamente malo y cuestionable”. O al revés, “Si el padre Zutano es conservador, usa hábito, es muy espiritual y predica como un místico, es necesariamente bueno y todo lo que haga está bien”. Y lo peor es que seguimos sacando consecuencias. Para el primer caso, será atacar indiscriminadamente y por todos los medios a Mons. Mengano, y en el segundo, será defender “hasta con la vida” al P. Zutano, negándonos en ambos casos a actuar prudentemente. Sin darnos cuenta y con la mejor de las intenciones, nos talibanizamos. 
Alguien talibanizado contra el papa Francisco se negará a reconocer que el pontífice tiene aciertos, por ejemplo, algunas de sus críticas al capitalismo o a los obispos y sacerdotes. Y alguien talibanizado a favor de Marcial Maciel o del P. Marie-Dominique Philippe, seguirán aún hoy defendiéndolos a pesar de las evidencias y condenas en contrario. Y nada de eso sirve. 
Pero vayamos a Mons. Tucho. Ya hablamos en el post anterior sobre el decreto que firmó en la vigilia de Navidad y que pueden leer aquí. Yo decía que había varias disposiciones sensatas y Hermenegildo me preguntó si era una ironía porque, pareciera, él no encontraba ninguna sensatez en el decreto y muchos lectores quizás no admitan siquiera la posibilidad de encontrar sensateces en ninguna de los escritos o disposiciones tuchescas, lo cual sería una talibanización
Poniendo bajo un paraguas la opinión que tengo sobre el novus ordo y que todos conocen, y dadas las circunstancias que la enorme mayoría de los católicos asiste a misa en esa forma del rito romano, encuentro sensato lo siguiente del decreto de archiepiscopal:
1. En el apartado titulado MONITOR, Mons. Fernández regula la intervención de los fastidiosos guías de la misa, y sugiere su desaparición cuando dice “No es necesario que exista una guía (o “guión”) en las celebraciones litúrgicas”. Es que las guías no tienen ya ningún sentido. Esa fue una práctica que se introdujo en la Iglesia en la tercera y peor etapa del Movimiento Litúrgico, luego de la Segunda Guerra Mundial, cuando comenzaron las “experimentaciones litúrgicas”. Como los fieles no entendían lo que ocurría en la misa latina tradicional, decían ellos, necesitaban a un monitor que los guiara en lengua vernácula. Y así, mientras el sacerdote hacía las oraciones al pie del altar, el guía explicaba, por ejemplo, el sentido de la festividad del día; luego explicaba la idea central de las lecturas mientras el cura las leía en voz baja y en latín, y así con el resto. Una vez que se cambió el rito y se celebra en lengua vernácula, la guía deja de tener sentido, sencillamente porque no es necesario explicar lo que ya está claro. 
Me parece bien, entonces, que se sugiera la desaparición de esa figura anticuada e inútil, y si no quieren hacerla desaparecer para no quitarle protagonismo a las viejas de las parroquia, por lo menos que las limiten y que interrumpan lo menos posible el rito.

2. Cuando habla de la MÚSICA, todos estaremos de acuerdo con que los cantos de la Santa Misa deben ser “musicalmente armoniosos, bellos, que susciten la piedad y la oración, y cuya letra transmita contenidos religiosos”. Más allá de que seguramente no nos pondríamos de acuerdo con Su Excelencia acerca de lo que él entiende por “piedad” o por los “contenidos religiosos” que deben transmitir, no por eso su disposición deja de ser sensata.
3. Aplaudo particularmente su disposición sobre la HOMILÍA, que en la mayor parte de los casos se ha convertido en la tortura semana de los fieles católicos. Dice Tucho: “La predicación deberá ser preferentemente breve, no superando los 15 minutos… En cualquier caso, la extensión deberá asegurar que queden a salvo la armonía y el ritmo de la liturgia; de otro modo, deberá optarse por una conferencia antes o después de la celebración”. Convengamos que en muchas ocasiones las homilías duran media hora y son la oportunidad que encuentra el cura para su lucimiento personal. Está muy bien que quiera explicarnos la enseñanza de Santo Tomás sobre la caridad o la última encíclica del papa Francisco, pero no puede obligar a los fieles a escuchar como público cautivo su ocurrencia semanal. Acertadamente dice el arzobispo platense que, para eso, organice una conferencia a la que asistirán los que están interesados, pero los curas no tienen por qué martirizar a su comunidad con sus monsergas interminables.
4. Finalmente, me parece también sensata su disposición sobre la ORACIÓN UNIVERSAL, que en muchas ocasiones termina convirtiéndose en una interminable perorata en la que se empieza pidiendo por la Iglesia y se termina pidiendo por el kioskero de la esquina al que ayer le extirparon el apéndice. Dice Tucho con toda cordura: “Al igual que el guión, las “preces” también deben ser breves en su extensión, en poca cantidad (no más de 5 ó 6),…”.

Se trata de evitar el fanatismo y la talibanización, para un lado o para el otro, y buscar la verdad, y sólo la verdad, por más dura que sea y por más contraria que en ocasiones aparezca a nuestros deseos o aspiraciones.


jueves, 3 de enero de 2019

Nuevos paradigmas


Estamos asistiendo o, mejor todavía, estamos siendo protagonistas de un cambio de paradigmas en la Iglesia. No se trata de la primera vez que ocurre. El Edicto de Milán marcó uno de esos cambios, y la Revolución Francesa marcó otro. El actual quizás no sea tan espectacular o identificable con un hecho histórico concreto -al menos no lo es para nosotros-, pero no es menos real y profundo. Y esto nos exige que tomemos conciencia que las cosas cambiaron de un modo drástico y que deberemos adaptarnos a vivir en una Iglesia que nos costará reconocer.
Me parece que pueden identificarse al menos tres manifestaciones de estos nuevos paradigmas:


1. Tiranía: Uno de las manifestaciones del ultramontanismo que tomó forma y poder en el siglo XIX fue la exaltación del pontífice romano hasta extremos nunca vistos, y el egrosamiento de sus poder y prerrogativas que no tenían ningún sustento en la Tradición. Esto no fue un problema grave mientas las Iglesia estuvo gobernada por pontífices equilibrados, más allá de nuestras simpatías o antipatías por ellos, pero el peligro de que apareciera algún trastornado estaba siempre latente. Y lo que podía ocurrir ocurrió el 13 de marzo de 2013. Bergoglio se ha convertido en un tirano con apenas un poco más de refinamiento que Calígula. Éste nombró cónsul a su caballo Incitatus; aquel, Sustituto de la Secretaría de Estado a Edgar Peña Parra, con méritos similares a los del equino imperial. 
El Papa Francisco hace lo que quiere, desde echar a oficiales de la Curia sin siquiera consultarle al cardenal prefecto del dicasterio correspondiente, hasta predicar diariamente en su capilla palatina profiriendo un cúmulo de lugares comunes e insensateces, en el mejor de los casos, que después deben ser interpretados con malabares por sus voceros para salvarlo del ridículo o de la herejía. No me extrañaría que ésta haya sido una de las causas del portazo que dieron el último día del año Burke y García Ovejero, los dos portavoces de la Santa Sede.
Esta tiranía pontificia tiene como co-relato la destrucción de los fueros, es decir, los derechos y privilegios que tenían los distintos estamentos eclesiales: obispos, sacerdotes y laicos. Así como la irrupción de las monarquías absolutos implicó la desaparición de los fueros medievales y de ese modo se abrió la compuerta que dio paso al liberalismo -relación directa del Estado con el individuo prescindiendo de las organizaciones intermedias-, lo mismo está sucediendo en la Iglesia. Recordemos, por ejemplo, que en los comienzos del pontificado bergogliano, cuando eran costumbres los llamados telefónicos pontificios a cualquier hijo de vecino (práctica hoy felizmente caída en desuso), Francisco autorizó telefónicamente a una mujer rosarina a comulgar a pesar de la situación matrimonial irregular en la que vivía, ignorando y despreciando la jurisdicción que sobre ella poseía el obispo del lugar. Casos similares hemos visto a montones. Y lo peor es que este ejemplo tiránico se replica en cascada. En la última semana nos enteramos del decreto firmado por nuestro amigo, Mons. Tucho Fernández, arzobispo de La Plata, en el que, entre otras cosas bastante sensatas, ordena que la las misas en la forma ordinaria del rito romano se celebren cara al pueblo y en lengua vernácula, contraviniendo lo permitido por el Misal Romano, y que la forma extraordinaria se celebre solamente dos veces por semanas en parroquias y horarios por él mismo establecidos, contradiciendo flagrantemente el motu proprio Summorum Pontificum del papa Benedicto XVI. Se trata de disposiciones inválidas a todas luces y ningún sacerdote de su diócesis está obligado a obedecerlas, pero ¿qué les espera si no lo hacen? Siempre tienen la posibilidad de apelar a Roma, pero ¿qué funcionario vaticano se animará a reconvenir al valido y paniaguado de Bergoglio? El panorama no es muy distinto al que solemos ver en las películas con argumentos medievales y que buscan ridiculizar esa época: el tiranuelo sentado en su trono con una manada de cortesanos asustadizos dispuestos a satisfacer cualquiera de sus caprichos.

2. Desleimiento de la figura papal. Es paradójico, pero pareciera que al poder tiránico del papado se opone una abrupta caída en la popularidad del papa entre fieles y infieles. Desde hace ya un buen tiempo, preocupa en el Vaticano la notable disminución de fieles que asisten a las audiencias pontificias. El tema aparece regularmente en todos los medios de prensa y las fotos que ilustran las notas son muy elocuentes. Y algo análogo sucede en los viajes apostólicos. Todos recordamos el triste espectáculo de la misa cuasi vacía en Irlanda, o el papelón de la visita a Chile.
No se trata de un hecho necesariamente negativo. Los papas se convirtieron en figuras populares en el siglo XVIII, cuando los fieles comenzaron a mostrar pública y vocingleramente su adhesión a ellos como modo de oponerse a los ataques que los gobiernos ilustrados o revolucionarios propinaban a la Iglesia. El primer caso de popularidad callejera de los papas romanos se dio en 1782, cuando Pío VI viajó a Viena a fin de encontrarse con el emperador José II y encontrar una solución al llamado “josefinismo”. Sus tratativas fracasaron, pero lo cierto es que el pontífice fue aclamado por los fieles a lo largo de todo su extenso recorrido entre Roma y la capital imperial. Y un caso análogo sucedió con Pío VII, cuando se dirigió a París a fin de participar en la coronación de Napoleón Bonaparte. Aunque políticamente ninguno de estos viajes produjo resultados, lo cierto es que el apoyo popular a los papas contrapesó su pérdida de influencia en las cortes europeas. 
Con el paso de las décadas este afán de popularidad marcó a todos los pontificados, hasta su apoteosis durante los tiempos histriónicos de Juan Pablo II. Después de algo más de doscientos años, pareciera que esa euforia masiva por la figura del sucesor de Pedro ha terminado. No me interesa en este momento discutir las causas, pero lo cierto es que, si esta tendencia se confirma, tendremos una iglesia que sufrirá un rápido debilitamiento fruto del debilitamiento de la figura del pontífice con la que fue identificada. Otro de los frutos previsibles del ultramontanismo del siglo XIX que inflamó de tal modo la autoridad y “santidad” del papa romano, que éste terminó comiéndose a toda la Iglesia, a punto tal que el agotamiento de su figura, ha terminado agotando a la institución de la que era cabeza visible, y sólo cabeza visible.

3. Desamparo. Pensemos por un momento en lo que habrán debido atravesar los buenos católicos europeos de fines del siglo XVIII y principios del XIX, cuando los gobiernos de países tradicionalmente cristianos como Francia y Austria, se volvieron contra la Iglesia. No solamente se incautaron cuantiosos bienes y se ocuparon la mayor parte de sus templos, sino que se suprimieron órdenes religiosas y se cerraron conventos, expulsando del país a millares de religiosos. En Francia, por ejemplo, desaparecieron, entre otros, los benedictinos y los dominicos, órdenes que serán restauradas décadas más tarde por los padres Guéranger y Lacordaire. 
Los católicos de esas épocas habrán vivido una indudable sensación de incertidumbre y de desamparo, puesto que el cobijo que desde siglos brindaba el Estado había desaparecido, y se enfrentaban a un estado que perseguía y encarcelaba. Sin embargo, ese desamparo no era absoluto, puesto que la Iglesia, abollada como estaba, seguía siendo un lugar de refugio. Y si bien causa asombro que la mitad del clero francés haya juramentado la constitución revolucionaria, la otra mitad no lo hizo, y eso es un buen número. Además, en esos años comenzarán a fundarse otras congregaciones religiosas que irán supliendo poco a poco a aquellas que habían quedado diezmadas. Aunque los católicos de la época avizoraran un panorama muy oscuro por un lado, por el otro, sin embargo, seguía brillando el sol.
El problema actual es que el sol desapareció de ambos lados. No hace falta abundar en la persecución más o menos sutil de los gobiernos actuales a todo lo que sea cristiano. Y casi que tampoco es necesario abundar en la palidez casi cadavérica del sol eclesial. Estamos cayendo en la cuanta que estamos desamparados a diestra y siniestra. Nos hemos quedado no solamente sin príncipes -y de esto hace ya algunas centurias-, sino también sin pastores. Y lo que causa mayor dolor, desconcierto y escándalo, es que estos pastores no nos abandonaron solamente por seguir las doctrinas del mundo, sino que, desde hace unos un tiempo, están apareciendo ante nuestros ojos la imagen de muchos de ellos como personas entregadas a los vicios más abyectos y que ni nombrarse pueden entre cristianos.
Esta nueva imagen de la Iglesia la revela debilitada, humillada y pisoteada, y nosotros, con ella, también nos sentimos débiles, humillados y pisoteados. Se trata del desamparo. Vienen degollando y no tenemos dónde correr.


En este momento bisagra dentro de la historia de la Iglesia, asistimos a una reconfiguración del escenario, a la aparición de nuevos paradigmas que todavía no terminamos de comprender del todo pero en los que deberemos vivir en los próximos años.