lunes, 8 de febrero de 2016

Tiberius et Franciscus, Pontifices Maximi

[R]esentirse [...] es un veneno y no una coquetería, que no es amor sino odio, o más exactamente es ira ulcerada, a veces mezclada de envidia y ainda mais de soberbia y encima a veces de pereza, puesto que los vicios capitales son amigos de llamarse unos a otros. El “ressentiment” en el sentido técnico y nietzscheano es un veneno psicológico, es un veneno activísimo sutil e invisible, es un veneno que está untado por todas partes hoy día y nosotros nos untamos y untamos a otros, como en la peste de Milán descrita por Manzoni, que el vulgo creía que había untadores de la peste. 


No debe ser casualidad pura que Cristo fuese crucificado  -el crimen más bárbaro y cruel de la Humanidad, aun naturalmente mirado-, bajo el Emperador Tiberio, hombre fríamente cruel que no perdonó ni a su propia madre, y gran inteligencia política por otro lado.

Tiberio nació en una familia toda barajada y con tremendas deshonras familiares. El ambiente familiar alterado que decíamos la otra semana, caldo de neurosis y perversiones, lo volvió resentido incurable.

¡El mal ambiente familiar! Esas desgracias incomprensibles y funestas para el niño, esas desavenencias o discordias o escándalos o vicios sucios de los padres, que se filtran no se sabe cómo hasta su conciencia aunque se trate de ocultarlas, que impregnan las paredes y el aire de una casa; y después, cuando adolescente reflexivo y ya sensibilizado, esas injusticias contra las cuales no hay nada que hacer, situaciones dolorosas o humillantes impuestas por la fuerza sin una palabra de explicación, impuestas por las personas más allegadas [...]

Basta este ambiente familiar deshonrado, entristecido y sin amor para explicar el terrible carácter del futuro Emperador, duro como una piedra, inhumano, tortuoso, hipócrita, refractario al agradecimiento y a todos los “móviles de la liberación”, al afecto, a la ternura, a la unión familiar. El carácter del gran resentido que es intelectual -instintivo sin sentimientos-, como si estuviese amputada toda la parte media del psiquismo; sin corazón, como dice el pueblo con mucha razón; y en el caso del resentido, con mal corazón, con el corazón envenenado.

Las crueldades de Tiberio ¡no hay tiempo para describirlas! y son demasiado conocidas [...] refractario a toda gratitud y aun enconado por los beneficios, como es propio del gran resentido: “En mi juventud viví tristemente bajo la ESCLAVITUD del agradecimiento”, palabra abismática de Robespierre; y no sólo por necesidad política, como Rosas, sino simplemente por gusto, por maldad, por temor al pueblo; porque el resentido, siendo duro, es cobarde [...] Tiberio se reía de las leyes romanas, siendo el Supremo Legislador, y se reía de la religión romana, siendo un Pontifex Maximus; y de toda la humanidad en general cuando estaba en sus accesos de temor morboso y de rabia blanca, y lo estaba siempre.

La más innoble delación, el espionaje de las conversaciones privadas, las venganzas y las insidias clandestinas sembraron por muchos años el temor y la tristeza en Roma [...]

El terror del resentido viene de que no conoce a las personas; y por tanto debe desconfiar de todos como de enemigos. Y no puede conocer a las personas, porque carece de “identificación afectiva”, no puede salir de sí mismo y meterse en otro, EMPATÍA; carece de móviles de liberación y abunda en móviles de retracción. Todos los rasgos del gran resentido campean en él: 1°, el resentido suele ser inteligente; 2°, el resentido es tímido, cobarde y cauteloso; 3°, es taciturno, mistificador; 4°, es escéptico y no se entusiasma por nadie; 5°, es insaciable en su venganza perenne; 6°, es generoso con los lejanos y malo con los próximos; afecta amor a unos, que es simple odio disfrazado a otros: así Tiberio vivía entre sus soldados en Germania y los halagaba demagógicamente para hacer despecho al cuerpo de oficiales, a los generales y a los nobles.

Despreciaba altamente a la religión oficial de la cual era Pontífice Máximo; y vejaba a los sacerdotes, arúspices y adivinos.

Sus actuales panegiristas [...] aducen el hecho de su rehúse a que le erigiesen templos como prueba de su ánimo magnánimo y adverso a la adulación; pero la manera violenta con que rechazaba las adulaciones (pues en verdad las rechazaba) muestra la desconfianza del resentido (que teme le tomen el pelo cuando lo alaban) más bien que la modestia del magnánimo.


La moral de Tiberio, reconozcámoslo, tenía las virtudes de su clase y sobre todo las virtudes del resentido, las virtudes de Robespierre y de Torquemada: el puritanismo, la regularidad y la corrección burocrática, la disciplina, la sobriedad y la castidad del soldado (castidad que se explica por su frigidez, no es raro encontrar castos entre los crueles, antes nombré a dos), la observancia legal del fariseo y la FILANTROPÍA, que no es lo mismo que la caridad: hacía donaciones ostentosas cuando el incendio del Monte Cello, o en las hambres que pasó Roma; pero era tacaño para la caridad individual e incluso escatimaba el viático a sus servidores; ¡la filantropía! que justamente como sustituto de la caridad en nuestra época, Max Scheler denuncia como uno de los frutos más típicos del resentimiento. La filantropía es la beneficencia de la cantidad; la caridad es la beneficencia del corazón. Sus soldados lo idolatraban; pero su camaradería con el soldado es sospechosa ante la falta de camaradería con su “staff”, con sus iguales. Él pertenecía a la más rancia aristocracia de Roma; pero aborrecía a la aristocracia, no solamente a la aristocracia advenediza y corrompida de los Herodes Agripa y los Mesalino Cota, sino a toda la aristocracia, por ser aristocracia [...]

Leonardo Castellani, Psicología Humana.

domingo, 7 de febrero de 2016

Próxima visita del Papa Francisco


La Oficina de Prensa de la Santa Sede acaba de anunciar que el papa Francisco visitará la ciudad de Kansas (Estados Unidos) el próximo mes de julio a fin de celebrar el 26 aniversario de la elección del papa Miguel al papado. Esta visita tendrá lugar apenas algunos meses antes de su viaje a Suecia en la que conmemorará el 500 aniversario de la Reforma Protestante. 
“Todo es culpa nuestra” -ha dicho el Santo Padre-. “A la comunidad musulmana, pedimos perdón por haber comenzado las Cruzadas. A nuestros hermanos protestantes, pedimos perdón por todo lo que hicimos para ocasionar la Reforma. Y pedimos perdón también a nuestros hermanos judíos por todo lo que le ocurrió a esa comunidad como consecuencia de la crucifixión. Definitivamente, todo es culpa nuestra”.
El Papa Francisco continuó reflexionando que los católicos ya no podemos hacer nada por enmendar todas las maldades lo que hicimos durante los siglos pasados, pero sí podemos hacer algo ahora. Y, en un nuevo gesto de audacia y generosidad, ha decidido entregar al papa Miguel y a sus decenas de sus seguidores, la basílica de San Pablo Extramuros a fin de afianzar las relaciones entre ambas iglesias apostólicas. 



miércoles, 3 de febrero de 2016

Los clérigos argentinos en Roma

El vaticanista Sandro Magister es leído por casi todo el mundo eclesiástico romano, en especial el vaticano.  Este periodista puso el ojo hace poco sobre el sacerdote argentino Guillermo Marcó, que en Buenos Aires conocen bien pero aquí era ignoto. Por el artículo de Magister salieron a la luz las desopilantes reflexiones de Marcó respecto al discurso de Benedicto XVI sobre el Islam.  Lógicamente provocaron el hazmerreír en los pasillos y oficinas intramuros vaticanos.
Este tópico llevó a que más de un eclesiástico comentara el pobre nivel y la falta de tino de los clérigos argentinos, en especial los cercanos al Papa Francisco. No faltaron las alusiones al arzobispo Fernández (il coccolato), a Karcher y a algunos que suelen aparecer con iniciativas curiosas. Sin embargo, no faltaron voces que hicieron justicia con otros clérigos argentinos que son bien reconocidos y apreciados en la Santa Sede por su servicio en el área académica o de gestión eclesial. Si bien éstos no aparecen en las crónicas de la Piqué ni hacen declaraciones estrambóticas, sin embargo, gozan de prestigio por su desempeño en las tareas que se les encomiendan aun a distancia. El mismo Papa los identifica muy bien, los recibe personalmente cuando vienen a Roma o cuando él los llama, pero no los hace jugar en el circo. Esto es muy importante porque Francisco dice mucho con sus gestos y con sus maneras de tratar, y de recibir o no, a las personas.
A propósito de trato papal: los curiales venían dolidos porque, por lo general, en las alocuciones del Papa sólo recibían amonestaciones.  El reciente discurso a los jóvenes sacerdotes estudiantes del Colegio Argentino fue ocasión para que por dos veces Francisco insistiera en subrayar que en la Curia hay gente santa. Se trataba de un discurso a clérigos argentinos que pasan de dos a cinco años para estudios de licenciatura o doctorado. Ellos serán los profesores de seminario, los curiales, los referentes de planificación pastoral, y los obispos argentinos de los próximos años.  Con toda intención el Papa quiso decirles que deben y pueden ser santos, que esas tareas eclesiales no son para corromper ni que sólo las ocupan malos curas. Quiso ponerles ejemplos a imitar en sus futuras encomiendas y, de paso, defender a la Curia de los prejuicios. Obviamente que esos párrafos corrieron rápido y fueron portadores de una caricia merecida para tantos buenos curiales.
En la Secretaría de Estado se mira con buenos ojos que el próximo embajador argentino sea un diplomático de carrera. Se considera que de esa manera la Embajada argentina ante la Santa Sede dejará de parecer un comitato di quartiere peronista (una unidad básica). Entonces, habrán menos desprolijidades, menos iniciativas anómalas y las relaciones serán más normales. Esto no significa que desaparezca la simpatía hacia el peronismo y sus representantes, que baja desde Santa Marta y es apropiada por los niveles inferiores. A este respecto fue muy notoria la frenada que tuvo que hacer un arzobispo del norte argentino, en estos días en Roma, cuando su entusiasmo por el nuevo gobierno macrista recibió el mismo frío que hace por aquí en estos días. Obviamente, de modo raudo se acogió al calor de buscar otros temas que fueran mejor compartidos.

Por diversas circunstancias, en este enero pasan por Roma varios obispos argentinos, pero no todos reciben el mismo trato en la cumbre. Es el lenguaje de los gestos.  Algunos tienen asuntos pendientes: quien aprobó veloz e imprudentemente una congregación religiosa que ahora genera problemas; quien quiso obtener mejores resultados en una donación, pero salteó normas estatales; quien no logra armonizar con los otros prelados; quien cosecha el rechazo de su propio clero, etcétera. Pero, en general, se considera que casi ya no quedan casos que, por conocimiento previo de Francisco y especial valoración suya, vayan a ser objeto de remoción próxima. A lo sumo uno o dos casos más. De todas maneras, el panorama de la Conferencia Episcopal Argentina ya ha sido modificado por el actual papa en una fuerte proporción.

dall'ombra der Cuppolone
Corresponsal en el Vaticano

lunes, 1 de febrero de 2016

Nonchalance

Es sabido que de todas las virtudes, las que más tardan en morir en las clases altas son las que están unidas con la educación. No necesariamente son las más pequeñas: muchas forman parte del plexo de la magnaminidad, virtud máxima del político, que hace su accionar “bueno y bello” en la acepción griega de la palabra. Es lo que sucede con lo que se denomina nonchalance y que los diccionarios traducen torpemente como “despreocupación, desidia, dejadez”. En realidad, la nonchalance es una suerte de despreocupación activa, cierta gracia con la que no se toma absolutamente en serio la vida, por lo menos la sublunar, y sobre todo las cosas mudables de la política. “Hay vida después de la política”.
Las hermanas mayores de la nonchalance son la despreocupación por los propios intereses y la relativa imperturbabilidad ante los reveses en aras del de los demás, hábito aristocrático por excelencia que pervive hasta en la costumbre de no empezar a comer primero ni acabar con la última empanada. De Talleyrand se cuenta que una noche en medio de un partido de cartas con el Barón de Rotschild, a éste se le cayó una moneda de diez centavos bajo la mesa y empezó a buscarla febrilmente. El ex obispo de Autun encendió entonces con una vela  un billete de cien francos y le preguntó si necesitaba lumbre. Cuando a Churchill le dijeron que había aterrizado en Escocia un hombre que decía ser Rudolph Hess, como acababa de comer y tenía programada una película, contestó “sea Hess o no, yo me voy a ver a los Hermanos Marx”. Y es que la prima de la nonchalance es la paciencia, otra virtud crucial del político. Y que su enemigo, el hombre que en sueños seguía moviendo sus ejércitos en Rusia, decididamente no tenía, lo que lo llevó a perder su guerra.
La nonchalance habitualmente se confunde con la vagancia y la desidia. No es así, es fundamental en política. Es el reposo del tigre cuando no está cazando: relaja sus músculos y tranquiliza a la desprevenida gacela que no sospecha que el felino aguarda su oportunidad. La nonchalance disuade a los adversarios, que bajan la guardia; repara los nervios del político, que deja de quemarse en sus deseos; preserva su honor, porque lo libra de hacer cualquier cosa, aceptar cualquier bajeza con tal de lograr sus afiebrados objetivos. La nonchalance es, como se decía de Kennedy, mantener la gracia bajo presión, mostrar que en la vida hay otras cosas que la política, en definitiva sustraerse de la carrera angustiosa por el poder y evidenciar que se es humano. La única manera de lograr las cosas es distanciarse un poco de ellas. El que quiera ganar su vida la perderá.
Todo esto viene a cuento a raíz de la nota más acusada del líder del nuevo gobierno que nos hemos dado los argentinos, y que dadas las características patológicamente centralizadas de nuestro sistema vuelven crucial el character del Presidente. Necesitamos con desesperación un hombre normal, un non chalante . No es éste el momento de evaluar el accionar del nuevo gobierno; resultaría prematuro. Notamos empero con satisfacción la presencia de muchas personas sensatas en el poder; el cese del proceso revolucionario kichnerista, caracterizado por una tendencia entrópica que conducía más a la toldería que al gulag; la sensación de libertad de expresión, etc. También vemos bastante frivolidad, desorganización y tontería progresista.
Pero lo que notamos en Macri es esa nonchalance. A diferencia de Néstor, que respiraba política en una actividad incesante de la mañana a la noche como un demonio amargado y dañino; que no tenía hobbies, ni más vicios que el afán desordenado de poder y dinero, ni más objetivo que robarse literalmente la Argentina, con sus recursos y población y empresas incluidos, Macri parece no desear demasiado el poder, tiene una familia, una vida, una dimensión de ocio, amigos no políticos - a veces demasiado amigos y demasiado no políticos, hélas- . La despreocupación hace a la integridad de la persona humana. Ay de quienes no tienen espacios de ocio, y ay de los gobernados por obsesos del poder, que sólo piensan en extenderlo y prolongarlo como un viejo lujurioso su sexualidad.
No sabemos cuánto de publicidad hay en esta despreocupación, pero hay cosas que no se pueden fingir. Se podrá confundir la nonchalance con vagancia, pero exige cierta elegancia que es imposible de remedar. 
Podemos decir también que Scioli perdió precisamente por falta de nonchalance. El hombre dio la impresión de estar dispuesto a todo para conseguir su objetivo. Llegó a comparar perder la chance presidencial con perder un brazo, declaración peligrosísima y non-chalante. Para su desgracia, el proceso de domesticación a la que lo sometió el kirchnerismo fue aceptado e internalizado por el pánico a perder, como un perro apaleado a la hora de darle su comida. Y tenía tanto miedo a perder, que hizo como ese hombre que temía tanto a la muerte que se suicidó. De tanto querer algo no lo logró. Otra vez se corrobora la frase evangélica.
Por cierto, como virtud -pequeña pero virtud al cabo- la nonchalance tiene dos extremos, que se pueden graficar con Néstor en una punta, De la Rúa en la otra. Quiera Dios que encontremos el medio de eminencia, y que junto con esta hermana menor de la virtud política, aparezca la magnanimidad.


Ludovicus

viernes, 29 de enero de 2016

El Ordinariato Castrense y el sostén del culto

Entre los temas en carpeta vaticana respecto a la Iglesia en la Argentina hay dos que dan vueltas desde hace rato y que en estos días han sido objeto de conversaciones informales por obispos argentinos en la Urbe. Son dos asuntos que han adquirido otro cariz con el cambio de gobierno en aquellas orillas rioplatenses.
Uno es el asunto del Ordinariato Castrense. Cuando ocurrió el conflicto entre el obispo Basseotto y el gobierno kirchnerista, quien tuvo que hacerse cargo de la papa caliente fue el cardenal Bergoglio. Hay quienes piensan que entonces al cardenal no le hubiera caído mal que el gobierno acabase con la figura del obispado castrense. Por dos razones. Porque no le parecía adecuado el rumbo con que había nacido y se había desarrollado en la Argentina, y porque de ese modo se cortaba un nexo más con el Estado (y lo hacía ese gobierno, con el cual no había buenas relaciones). Con el paso del tiempo y las circunstancias, las cosas han cambiado. Siempre la Santa Sede ha procurado mantener el Ordinariato y no dejarse llevar por las iras de un gobierno. Se pensaba que luego de Cristina Kirchner sería el momento de volver a nombrar un obispo. De parte argentina el Secretario de Culto, Santiago de Estrada, está muy dispuesto. Pero el Papa no quiere prisa en resolver cosas con el nuevo gobierno ya que no le atrae la idea de dar el mensaje de relaciones especiales con él. Prefiere que se actúe con la misma parsimonia y cautela que se usaría con cualquier gobierno con el cual no exista especial afinidad ni tampoco especial conflicto.
Esa cierta distancia profesional o de oficio afecta también al segundo tema. Si bien es un asunto más de interés interno de los obispos argentinos, no es irrelevante para la Santa Sede. Es la cuestión del sustento económico de la Iglesia en la Argentina. El sciolismo y sus interlocutores eclesiásticos habían avanzado en la idea de establecer en la Argentina algo semejante al régimen italiano del otto per mille. Un modo voluntario de los contribuyentes al fisco, por el cual destinan ese porcentaje a su propia organización religiosa (no solo la Iglesia Católica). Algunos estiman que el macrismo podría también hacer propia la idea. Pero el asunto es si de ese modo encontrará el apoyo de los otros partidos. Será tarea de los obispos conseguir el consenso de los partidos y de las confesiones religiosas no católicas. Lo cierto es que en Roma les dijeron que sólo lleven el asunto al Parlamento si tiene visos de ser aprobado por una mayoría casi unánime. Más allá del número, para la CEA y para la Santa Sede el voto peronista tiene legitimidad especial. En la Legislatura cada voto es un voto, pero hay algunos que son más votos que otros, ¿vio?
Aquí hace un freddo cane, sin embargo, las inquietudes y los llamativos aportes de los obispos argentinos en algunos organismos traen un calorcito casi de cerebros tropicales.
Pero todos coinciden, y este cronista también, en la alegría por la pronta canonización del Cura Brochero. ¡Qué bueno será para todos los argentinos !


dall'ombra der Cuppolone

Corresponsal en el Vaticano

miércoles, 27 de enero de 2016

El Mártir, los Osos, y un Papa calamitoso

Hacer el oso, según nos indica el «Diccionario de Uso del Español» de María Moliner, es «hacer voluntaria o involuntariamente cosas que hacen reír». Hacer involuntariamente el oso equivale, por tanto, a hacer el ridículo.
Últimamente, abundan y sobreabundan los obispos que hacen el oso. De manera que uno no sabe ya si reír o llorar del espectáculo al que estamos asistiendo en la Iglesia desde los infaustos idus de marzo de 2013.
Escribo esto porque acabo de leer la muy aleccionadora «Fábula del Oso» de Wanderer, y, mientras lo hacía, iban desfilando ―o más bien bailando― en mi cabeza los varios prelados osunos que en estos tiempos nos obsequian con sus gracias en la vieja y agonizante España. En Madrid, sin ir más lejos, contamos con un oso muy notorio, que fuera conservador en tiempos de Juan Pablo II, y más conservador aún en tiempos de Benedicto XVI, y ahora, de repente, ha descubierto su vena «progre», o, como se dice en la jerga de esa secta, «inclusiva de las distintas sensibilidades». Y, quizás para compensar el tiempo que no les dedicara anteriormente, se arrima ahora en exclusiva a los representantes de la «sensibilidad» que promete in nostra aetate los frutos más purpurados.
No es el único. Apunta Wanderer que «nadie está obligado a ser un héroe (aunque un obispo me parece que sí)». Y ahí radica precisamente el problema. Los obispos son los sucesores de aquellos que escucharan del Salvador esta recia profecía: «Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra». Los obispos, por tanto, deberían partir del supuesto de que han sido llamados al martirio. Y un martirio provocado por su fidelidad a la palabra de Cristo. A nadie se le obliga a aceptar el episcopado. Pero el que lo acepte, debería ser consciente de qué compromiso está asumiendo.
Sin embargo, un repaso somero a la historia de la Iglesia basta para quitarnos muchas ilusiones acerca de tal compromiso. Todos conocemos, por ejemplo, la amarga experiencia que llevaría a Tomás Moro a escribir, poco antes de su ejecución, lo siguiente:

«Son muchos los [obispos] que se duermen en la tarea de sembrar virtudes entre la gente y mantener la verdadera doctrina, mientras que los enemigos de Cristo, con objeto de sembrar el vicio y desarraigar la fe ..., se mantienen bien despiertos. Con razón dice Cristo que los hijos de las tinieblas son mucho más astutos que los hijos de la luz...
Desgraciadamente, algunos de ellos (muchos más de los que uno podría sospechar) no se duermen “a causa de la tristeza", como era el caso con los Apóstoles. No. Están, más bien, amodorrados y aletargados en perniciosos afectos, y ebrios con el vino del demonio, del mundo y de la carne, duermen como cerdos revolcándose en el lodo».

Muchos más de los que uno podría sospechar, sí, prefieren dormir en una esperanza púrpura (... cuando no rosa), o en la tranquilidad de una diócesis cómoda y una vida sin sobresaltos, o en el dulce sueño de unos elogiosos titulares de prensa, o en la importancia de ser apreciados y tenidos en cuenta por los grandes personajes del mundo, o de la provincia. Prefieren esto, digo, al martirio. Lo cual, ciertamente, es muy humano. Tan humano como que la muerte tenga la última palabra, y la enseñanza de Cristo fuera vana.
Y así, muchos obispos había en la Inglaterra de Enrique VIII, pero sólo hubo un San Juan Fisher. Lo mismo que hubo muchos obispos en la Alemania de Hitler, pero sólo un Clemens von Galen. Y ahora, en estos tiempos calamitosos en los que, desde la misma sede de Pedro, brota, día tras día, inagotable, el ácido disolvente de la fe, los obispos ―no todos, pero sí bastantes más de los que uno podría sospechar― hacen el oso: Callan ante las ocurrencias del misericordioso líder de la alianza de religiones, juegan a los hospitales de campaña con fotógrafos situados en el ángulo oportuno, primerean a tutti quanti tenga nombre en el mundo de la política, el deporte o el espectáculo, y nos arrullan a todos con su etílico discurso acerca del amor y la ternura embelesada. Es que están ebrios con el vino del demonio, y por eso su discurso se tambalea, y poco les falta ya para que tengan que echarse a dormir como cerdos en el lodo.
¿Y entonces, qué podemos hacer nosotros? Puesto que el problema no es ya que los lobos se acerquen, sino que apenas si hay forma de distinguir, entretanto, a los pastores de los lobos, y a los lobos de los pastores. Y entonces, digo, ¿qué podemos hacer nosotros?
Continuemos repasando las palabras de Santo Tomás Moro:

«Cuando tales cosas veamos (y desgraciadamente ocurren con mucha frecuencia), pensemos que Cristo mismo nos habla de nuevo:"¿Por qué dormís? Despertaos, levantaos y rezad para que no caigáis en la tentación. Por que el Hijo del hombre es entregado en manos de los pecadores.” Por el mal ejemplo de esos sacerdotes perversos, la peste del vicio se extiende con facilidad entre el pueblo. Y cuanto menos idóneos son para recibir la gracia quienes, por obligación, han de vigilar y rezar por el pueblo, tanto más necesario es para éste estar bien despierto, levantarse y rezar con gran ardor, no sólo por sí mismos, sino también por estos sacerdotes.»

Pues así están las cosas, y parece que no nos queda otra. Rezar y rezar y esperar. Hasta que Dios Nuestro Señor se apiade de nosotros, y Él mismo ponga el remedio, como lo ha puesto ya tantas otras veces. No nos queda otra: Rezar, rezar, rezar y esperar. Y, eso sí, mientras tanto, no perder un minuto atendiendo a las gracietas de los osos, ni a las tabernarias ocurrencias de ... en fin... no sé si me explico.

Francisco José Soler Gil

Para quienes estén interesados, en este video pueden ver al Oso Buenanueva haciendo gracias en el circo romano.

lunes, 25 de enero de 2016

La fábula del Oso

Había nacido para cosas grandes, predestinado incluso por su apellido: Buenanueva, es decir, Evangelium. Hasta su físico -un poco más que corpulento-, lo animaba a la grandeza, tanto es así, que sus amigos lo llamaban el Oso. Se hizo cura en la arquidiócesis de Mendoza y, en medio de la progresía constitucional de su clero, él era conservador. Fue designado rector del seminario y, amante de la liturgia como era, alentaba el gregoriano entre los seminaristas y hasta les prohibía entrar con zapatillas al templo. En su momento, se mostró gran defensor del papa Benedicto XVI e, incluso, llegó a alentar discretamente la celebración de la misa tradicional en la diócesis. Sentido común y nada de otro mundo, por cierto, pero para quien escasamente podía ser catalogado de línea media, todo esto lo convertía en un cura interesante y prometedor.
Y la promesa tomó aún más cuerpo, si esto fuera posible, cuando fue elegido por el papa Ratzinger como obispo auxiliar de Mendoza, y desde el primer momento mostró que lideraría una línea conservadora: se opuso tenazmente al arzobispo y ordenante de su consagración, el odioso Mons. Arancibia, quien prácticamente le había prohibido que se hiciera escudo episcopal, ya que no era más que una rémora de épocas feudales. Pero el P. Sergio Buenanueva, el Oso, se puso firme y se ordenó con lema, escudo, faja de moiré y filetata.
Pero las cosas cambiaron cuando llegó el fatídico marzo 13 del 13. Como la inmensa mayoría de obispos argentinos, que detestaban discretamente al cardenal Bergoglio, y a la vez le temían, se permitió inicialmente unos cuantos chistes e ironías, que comentaba a sus allegados, dejando ver la distancia que lo separaba del nuevo papa. Pero las cosas cambiaron cuando Francisco lo eligió obispo de, justamente, la diócesis de San Francisco, ubicada en los contornos de Córdoba. Una jurisdicción pequeña y sin ninguna importancia, pero serviría para un despegue que, quizás, podría llevarlo a la púrpura. Y así, el Oso se fue poco a poco alineando con el bergoglismo. Se volvió un mediático-virtual, manteniendo al rojo vivo sus cuentas de Tweeter, FaceBook, blog y cuanto recurso más que le permitiera notoriedad.
Y lo que quería Mons. Buenanueva era ser notorio sobre todo en Roma, donde sabía que lo estaban midiendo. Había que aprovechar el momento, no dejar pasar la oportunidad y así, empezó a desparramar elogios a Francisco a diario, a troche y moche, a tiempo y a destiempo. Era insólito para todos lo que lo conocían. ¿Era posible que el Oso hubiese dado tal golpe de timón? 
En realidad, y bien mirada la cosa, los elogios no eran tanto al pontífice cuanto a sí mismo. Lo que mostraba en la cámara -o en la selfie de la que es muy adicto- , era que él, Sergio Buenanueva, era la encarnación misma de los postulados bergoglianos. Y la política, parece, le empezó a redituar pronto ya que se posicionó muy bien en la Conferencia Episcopal Argentina, presidiendo la CEMIN o Comisión de Ministerios, tal vez la comisión más importante del episcopado si por proyección se mide. 
Y fue justamente este puesto el que le permitió que hace apenas dos semanas haya viajado a Roma a visitar el Colegio Argentino, donde estudian los curas de diversas diócesis del país. Era una visita formal y apostólica, que culminaba con un encuentro en el Palacio Apostólico con el mismísimo Papa. El encuentro seguiría el protocolo previsto, lo cual implicaba que Su Excelencia, como presidente de la CEMIN, leería un discurso ante la augusta figura del Romano Pontífice. 
El Oso se preparó con tiempo. No es muy inteligente, pero se las arregló para redactar, después de pulir y pulir, día tras día y noche tras noche, una alocución ampulosa y relamida. Dicen los indiscretos que pasó los últimos días horas enteras delante del espejo midiendo no solamente cada palabra y cada entonación sino también cada gesto. ¿Quién decía? Podía ser que volviera hecho arzobispo.Y así, tal como indica el protocolo vaticano, Mons. Buenanueva presentó con antelación el discurso en la Oficina vaticana, de lo más orondo con su obra de oratoria digna de Bossuet.
Y llegó por fin el día del encuentro. Y apareció Bergoglio en la Sala Clementina, con andar desacomodado y faja caída. Simulando una sonrisa, saludó a todos los curitas estudiantes argentinos. Y se sentaron todos. Su Excelencia sabía que había llegado la hora de su gloria. Desenrolló su panegírico, miró al Pontifex Maximus cual cónsul romano redivivo, o cual nuevo Arístides en espera de su corona de laureles. Carraspeó un poco a fin de clarificar su voz… y sucedió lo imprevisto. Las musas lo abandonaron, y con ellas se fueron todos los faunos y dioses menores que merodeaban por los mármoles clementinos.
Bergoglio le hizo un ademán con su mano derecha abierta, barriendo el aire de arriba hacia abajo, y le espetó en voz alta: “Dejá eso; ya lo leí. Dejame charlar un rato con estos buenos muchachos”. 
Y el Oso, encinchado en violeta episcopal, tuvo que sentarse entre confuso, colorado y lloroso. Y allí se quedó, achicado cual osito de peluche, mientras el Papa pasó una hora y media conversando con los curas, sin mirarlo siquiera una vez, en un ninguneo expreso y elocuente para todos.

Moraleja:
Esta anécdota verídica y muy reciente viene bien para obispos, curas y hasta laicos: no le laman más las botas ni le chupen más las medias a Bergoglio. No sólo es una actitud vil, baja y rastrera, sino que es absolutamente ineficaz. El personaje podrá ser psicópata pero, justamente por eso, no es tonto y se da cuenta enseguida quiénes son los serviles que quieren sacar partido con sus halagos. Y no le gusta nada. Y se venga. Y les hace morder el polvo, como al Oso Buenanueva quien, previsiblemente, terminará sus días como Mons. Taussig, que hizo lo mismo que él, en una diócesis de cuarta categoría. 

Reflexión:
Se entienden los temores que padecen obispos y curas. Se entiende la dificultad de sobrevivir en estos tiempos. Nadie les pide extremo heroísmo. No sería justo. Nadie está obligado a ser un héroe (aunque un obispo me parece que sí). Pero resulta muy canalla subirse al elogio desmedido y tan abiertamente hipócrita. Da pena y vergüenza ajena verlos, y pescarlos, in fraganti en una doble vida de apóstoles disidentes, conscientes de los disparates de Francisco, junto a un servilismo infame, que recuerda a los aplaudidores compulsivos que rodeaban a Cristina Kirchner en sus apariciones. Y es dos veces penoso ver que terminan resbalando sobre su propio rendezvous para risa de todos. 
Un papelón.