martes, 13 de noviembre de 2018

El odio



Wir haben lang genug geliebt
Wir wollen endlich hassen.

Bastante hemos amado ya,
Por fin vamos a odiar.
Georg Herweglh

Lo que Herweglh, poeta revolucionario y protomarxista alemán, escribía a mediados del siglo XIX, fue profético. O bien, propuso en apenas dos versos un plan que se ha cumplido en poco más de un siglo en toda la cultura occidental. Vivimos en un mundo de odio, desenmascarado a veces y travestido otras en las más diversas modulaciones. Los rostros satánicos que se vieron, por ejemplo, en las marchas a favor del aborto, expresan un odio visceral a todo lo que sea tan solo un reflejo del orden tradicional, es decir, del cristianismo. Pero el odio también se traviste y, acostumbrados ya a sus monstruosidades, no nos damos cuenta que es él quien anida en el fondo. Porque odio hay en la médula de la música que nos persigue todo el día y que embrutece el oído de quienes, incapaces de soportar el silencio, viven encasquetados en sus auriculares. Odio es también, aunque ignoto, el que ha sedimentado en los corazones de los hombres grullas, aquellos que pueblan las calles y los trenes de todas las ciudades del mundo, con sus cuellos encorvados sobre las pantallas luminosas de sus celulares. Apenas algunos ejemplos de un odio camuflado que ha convertido a las ciudades en lugares desiertos por los que caminan millones de personas solitarias alienadas  de la realidad.
Odio es también lo que anima a quienes manejan los ídolos a los que los hombres de hoy rinden culto. Millares de ídolos; algunos que obscenamente prometen riquezas a quienes se acercan; otros, sicalípticos, les prometen torbellinos de placer interminable. Y hay otros más sutiles, y más peligrosos, las opiniones ajenas, por ejemplo, que constituyen autoridad y que al hombre le gusta seguir para explicar las cosas que no conoce o que no ha experimentado; o que conoce y ha experimentado, pero respecto a las cuales le resulta más cómodo remitirse a otros. Idolo es también la adhesión inmoderada a los datos de la ciencia porque ella, que sólo sabe medir y contar, es la exclusiva legitimadora de un mundo poblado de cosas materiales, y quien apela al otro mundo, al del espíritu, queda expuesto al ludibrio de los hombres cultos. Son los ídolos del teatro que explicaba Solzhenitsyn.
Y están los ídolos del foro, que son las aberraciones resultantes de la independencia de los humanos y de su vida en común, vida que ya casi no existe devorada por la vida virtual. Son ídolos particularmente peligrosos, porque encadenan al hombre a los demás, a las opiniones de los profesionales del odio que acuñan fórmulas encargadas de determinar quiénes están fuera de las murallas de la aldea global. “Machista”, “Homófobo”, “Violento”, “Antiderechos”, son los rótulos con los que amenazan y que hacen retroceder a los hombres, que prefiere continuar con sus espaldas encorvadas sobre las pantallas. La insoportable dictadura de las minorías, del Big Other del que hablaba Raspail.
Odio es también el estado orwelliano en el que vivimos, continuamente vigilados. Las videocámaras nos observan mientras nos desplazamos por las calles del mundo, los celulares que llevamos siempre con nosotros rastrean no solamente nuestras coordenadas exactas y nuestros itinerarios diarios, sino también nuestras amistades y nuestros trabajos; nuestras tristezas y nuestras alegrías. Las redes sociales revelan lo que pensamos y lo que deseamos; revelan nuestras virtudes y nuestros vicios, nuestras aspiraciones y nuestros rechazos. Jamás Orwell podría haber imaginado un  Big Brother tan poderoso y tan cruel como el que hoy nos gobierna.
Odio es el olvido casi total de la cultura que nos dio vida. El mundo moderno no conoce a los clásicos, y aún sin conocerlos, los desprecian. Homero y Virgilio; Shakespeare y Cervantes, hoy son sólo parte del coto de caza de los eruditos que los destrozan en pequeñas partículas a fin de examinarlos, omitiendo y abandonando la sabiduría que en sus líneas se concentra. Hombres modernos, olvidados de sus raíces y que, creyéndose libres, no son mas que parte de un rebaño de ratas llenas de angustia que se arremolinan en un gran laboratorio.

¿Y por qué es odio todo esto? Sencillamente, porque es el rechazo violento del Bien, de la Verdad y de la Belleza, es decir, del Ser; es decir, de Dios. 
El mundo moderno no rechaza a Dios de un modo explícito y descarado como lo hacía, por ejemplo, el régimen soviético. El mundo moderno rechaza de un modo violento las manifestaciones de Dios, sus reflejos, lo que es, y porque es, lo que es verdadero, bello y bueno. Se trata del rechazo de la realidad, o de la naturaleza, o del orden. Es decir, de la voluntad divina. Es el non serviam primigenio calando hasta los hilos más delgados de la cultura. Es el rasguido disonante de la música inicial que tocaban los ángeles ante el Trono que se ha apoderado de toda la sinfonía querida por la Divina Voluntad, y el mundo danza ahora al ritmo de una cacofonía satánica.
Hace algunos años escribía en este blog que no éramos del todo conscientes del castigo desesperante que significa vivir en el mundo moderno, dolores que podían interpretarse como los que anuncian el fin. Como decía Gómez Dávila, “el mundo moderno no será castigado. Es el castigo”. Y no caemos en la cuenta que vivimos en un mundo que está siendo duramente castigado.


La pregunta que me hago cada vez con más insistencia es si no hemos atravesado ya el punto de no retorno. ¿Puede el mundo moderno volver a ser el mundo tradicional, entendiendo por tal, el mundo ordenado según la ley de Dios? ¿Puede el hombre moderno abandonar la cultura del odio y volver a la vida del hombre normal, que obedece y ama a su Dios y reverencia sus manifestaciones de Bien, Verdad y Belleza? Hoy sólo sobreviven los que reptan. Pero los que no queremos reptar, ¿qué debemos hacer para sobrevivir? Volviendo a Gómez Dávila: “¿Cómo soportar este mundo moderno si no oyéramos ya un lejano rumor de agonía?”. 

viernes, 9 de noviembre de 2018

#Niuno$más



Hemos conocido hoy esta noticia:
El Equipo de Prensa y Comunicación de la CEA precisó en un comunicado que los obispos “han confirmado aceptar el reemplazo gradual de los aportes del Estado (asignaciones a los obispados, becas para los seminaristas y parroquias de frontera), por alternativas basadas en la solidaridad de las comunidades y de los fieles, asumiendo el espíritu de las primeras comunidades cristianas, que ponían lo suyo en común”. (AICA)
Me permito hacer una advertencia a los señores obispos: las primeras comunidades cristianas ponían los suyo en común porque tenían obispos que daban su palabra y su sangre para defender la fe; porque sus “seminaristas” -que no eran tales-, eran varones a quienes esas mismas comunidades elegían por sus virtudes, y porque los “sacerdotes de frontera” estaban en peligro constante de que los bárbaros les cortaran la cabeza. 
No nos pidan entonces, excelencias reverendísimas, que nosotros nos comportemos con la generosidad con que lo hacían los primeros cristianos si ustedes primero no se comportan con la virtud con que lo hacían los primeros obispos y sacerdotes.
No tendrán un solo peso de nuestra parte si siguen celebrando misas para la cúpula de la corrupción argentina, haciendo política barata y agradeciendo sumisamente al "obispo de Roma" (el mismo Bergoglio al que ustedes odiaban mientras era arzobispo de Buenos Aires y que ahora hipócritamente le lamen los zapatos negros) por la beatificación de un prelado marxista; si siguen callando cobardemente y defendiendo con timidez nuestra fe cuando se ve atacada por el mundo; si siguen ordenando y encubriendo a sacerdotes sacrílegos que se revuelcan entre ellos y corrompen a niños y jóvenes; si siguen, en resumen, haciendo lo que vienen haciendo desde hace décadas. 
Propongo, por tanto, iniciar la campaña

#Niuno$más

miércoles, 7 de noviembre de 2018

San Ernesto, los franciscanos y Francisco



"Hubo un tiempo en que los musulmanes eran dueños de España, África y el Cercano Oriente. La Cristiandad, a veces defendiéndose, a veces atacando, peleaba por su vida. Hubo también un tiempo cuando muchos de los primeros discípulos del Poverello se esmeraban en imitar a su seráfico padre. La misma Santa Clara pidió ir a África. Los cruzados habían soñado con vencer derramando la sangre de sus enemigos; San Francisco, en cambio, pensó en ganarlos para el Evangelio yendo a hablarles de Cristo y derramando su propia sangre.
Fray Daniel era parte de los discípulos de la segunda generación de franciscanos. En 1227, acompañado por Nicolás, Donolo, León, Agnello, Samuel y Hugolino, zarparon de España y arribaron a las costas de Ceuta. Habían sido animados por su padre espiritual a predicar el evangelio a los musulmanes de aquella zona, buscando los insultos, no resistiéndose a quienes querían maltratarlos y lavando los pies de todos. A los mercaderes cristianos que viajaban por Africa, les predicaban en los términos más simples. En presencia de los moros, en cambio, pronto comenzaron a vituperar a Mahoma, afirmando que se estaba quemando en el abismo del infierno y que sus seguidores ciertamente lo seguirían. 
Su apostolado duró pocos días. Apresados y desafiados a someterse a la ley del Corán, rivalizaron entre ellos para proclamar su fidelidad al Evangelio. Luego, fueron llevados encadenados a la plaza pública y allí decapitados entre los gritos y insultos de la plebe".
(Omer Englebert, The Life of the Saints, Thames and Hudson, London, 1951, p. 385)

Sobre la muerte de San Ernesto, abad de Zweitfalten, cuya fiesta se celebró ayer, 7 de noviembre. En 1147 se unió a la Segunda Cruzada, marchando a la cabeza del grupo alemán comandado por el emperador Conrado III. Antes de llegar a Jerusalén, fue tomado prisionero por Ambronius, rey de Persia, y conducido con otros cuatrocientos cruzados a Mecca. Allí, se le propuso abrazar el Islam, a lo que se negó, por lo que fue llevado al martirio. Narra Marsilio, sacerdote armenio, un testigo presencial de los hechos: "Los verdugos finalmente hicieron incisiones en el cráneo de Ernesto y le arrancaron lo piel de toda su cabeza; luego, abrieron su vientre y sacaron los intestinos; finalmente, lo ataron a una estaca que clavaron cabeza abajo en el piso, y lo hicieron girar en torno a ellos hasta que cayó muerto a sus pies".



Ciudad del Vaticano - El Gran Imán de Al Azhar se ha encontrado con el Papa Francisco por cuarta vez. De regreso de Bolonia donde ha participado de un evento inter-religioso organizado por San Egidio, el Imán se ha detenido en Roma y, antes de tomar el avión para regresar a el Cairo, fue a saludar al pontífice. El coloquio tuvo lugar en Santa Marte y ha concluyó con un abrazo fraterno. Las relaciones del Vaticano con la más alta autoridad sunita son más que buenas.
(Il Messaggero, 16 de octubre de 2018).

¿Cómo se sentirán San Daniel y sus compañeros, y San Ernesto cuando ven este abrazo fraterno?
Yo me siento traicionado.

lunes, 5 de noviembre de 2018

En defensa del diablo


En algunas ocasiones he tenido que defender desde estas páginas a algunos personajes que eran injustamente atacados. Recuerdo particularmente la defensa que hice el 22 de junio de 2013 del Prof. Antonio Caponnetto, atacado injustamente por el obispo de San Rafael, Mons. Eduardo Taussig. Quien había sido hasta ese momento más bien un rival intelectual, se convirtió después en un gran y estimado amigo por el que profeso no solamente profundo afecto, sino también admiración, aunque sigamos sin compartir opinión en algunos temas. Espero que no ocurra lo mismo en esta ocasión en la que debo levantar la pluma en defensa del diablo, injustamente atacado por un sacerdote. Pretendo seguir siendo de tan siniestro y temible personaje un enconado enemigo, pero la justicia es la justicia. 
Todo comenzó hace dos semanas: éramos pocos y parió la abuela. Los medios de prensa dieron a conocer el caso del P. Pepe Ortega, de San Juan, que había intentado seducir a un joven a través de Whatssap, y había sido descubierto. Quienes deseen conocer los detalles del caso, pueden leerlos aquí. Pocos días después del escándalo salió a defenderlo un sacerdote de la misma arquidiócesis quien, por televisión y vestido de papa, dijo entre otras cosas: “Nadie está exento a caer en la tentación. El demonio juega sucio con el sacerdote”. Y no. Este señor cura está tratando de embarrar la cancha y señalando como culpable al diablo, y aquí el cornudo no tuvo nada que ver. En este caso, todo se debió a la libre voluntad del P. Ortega, y es el único culpable.
Razón tiene el cura en decir que todos podemos caer en la tentación y que los sacerdotes son tentados de un modo particular. Cualquier cristiano sabe que muchas veces el demonio aprovecha momentos de vulnerabilidad para dar mazazos y tentar con particular fuerza. Algunos caen y otros resisten. Después, se duelen y corren a confesarse. Nadie está exento de esta situación y mucho menos los sacerdotes. Si ese hubiese sido el caso del P. Ortega, yo no me animaría a señalarlo y condenaría a quienes se aprovechan del escándalo. 
Pero aquí la cosa es muy otra. Por las noticias periodísticas aparecidas, vemos que P. Pepe Ortega tenía un plan pergeniado para captar jovenzuelos. De hecho, llegó al que lo descubrió y expuso a través de otro de sus contactos de Facebook, a quien estaba acosando desde hacía un buen tiempo, y del que había conseguido el número de celular a través del mismo Facebook. Es decir, era un habitué en el uso de las redes sociales para seducir y acosar mozuelos con inclinaciones dudosas. Y creo no ser temerario si supongo que alguien que dedica una parte importante de su tiempo a este tipo de cacerías, dedica también tiempo a otros deportes más vergonzosos como la pornografía. Una cosa lleva a la otra; una sima llama a otra sima. 
Pero lo que más sorprende es que este señor no tenía ningún problema en presentarse a sus presas de caza como sacerdote, de darles su verdadero nombre y dirección, de enviarles su fotografía vestido de cura y, poco después, fotografías expresivas de otras zonas de su anatomía. ¿Cómo es posible que haya llegado a esto? Quizás creyera tener, por el motivo que fuere, un grado de impunidad tal que pensó que nadie podía tocarlo. Si así hubiese sido, estaríamos frente al caso de una persona con sus facultades mentales alteradas, porque pensar que en la situación que está viviendo la Iglesia en la actualidad, él podía seguir con sus correrías impunemente, es propio de un demente. 

Yo más bien me inclino por otro motivo -que fue señalado hace unos días por el P. Javier Olivera en su blog- y es que este señor tenía la inteligencia completamente nublada por la pasión, y por la pasión más baja, la lujuria, que le impedía pensar con la más mínima sensatez y, adueñada de su voluntad, lo empujaba a hacer lo que hacía. Y a un estado como este no se llega por una simple tentación del diablo. Ese habrá sido el comienzo, y el Maldito se habrá aprovechado hace ya un buen tiempo de la debilidad del cura Ortega, pero después fue él solito que comenzó a meterse en el pantano, como el inglés del que habla Castellani en su Camperas. Y el problema es que se llega a un punto del cual es imposible retornar, como le pasó al inglés que terminó muriendo en medio del fango.
Por eso mismo, le digo al P. Cámpora, defensor gremial de curas en problemas, que no acuse al diablo sin motivos. Aquí el que tuvo la culpa fue su amigo, el P. José Ortega.

Nadie pretende que todos nuestros curas sean santos. Con uno de vez en cuando nos contentamos, pero si fuera posible quisiéramos que todos ellos estuviera transitando al menos los primeros kilómetros del camino de perfección del que hablaba Santa Teresa. El caso del P. Ortega, un cincuentón largo, nos muestra que había agarrado para el otro lado; que estaba en otro camino, y no en el camino real que nos lleva al Padre. Porque si a los cincuenta y después de décadas de sacerdocio todavía se está aprisionado de esa manera por las pasiones más elementales, es signo que a la etapa purificativa ni siquiera la tiene en el horizonte. 

Al respecto de todo este drama profundo que está viviendo la Iglesia con sus sacerdotes y religiosos, me pareció de interés un artículo escrito por el P. Thomas Berg en The Washington Post, y que tradujo Secretum meum mihi, titulado “Para abordar el abuso sexual de los sacerdotes hay que estudiar los seminarios católicos”.