miércoles, 20 de febrero de 2019

Así pues sí, Mons. Maletti




“Así pues sí”, decía el Chavo del Ocho. Y así pues sí le decimos nosotros a Mons. Maletti. Ahora sí entendemos perfectamente las razones de la celebración playera de la Santa Misa por parte de su obispo auxiliar, el Chino Mañarro. 
Da la impresión que Maletti cree que los sacerdotes de Merlo-Moreno, a quienes va dirigida la carta que publicamos, son estúpidos, porque no hay modo de sostener el argumento que esgrime el prelado para justificar el sacrilegio de su auxiliar.
Comienza aparándose en unas palabras del papa Francisco que no sé bien qué tienen que ver con el caso. Si la misa se hubiera celebrado, por ejemplo, para todos los jóvenes argentinos que participaron de las jornadas panameñas, podría argüirse que, aunque efectivamente fue litúrgicamente incorrecta, se hizo mucho bien a estos jóvenes hambrientos de nuevas experiencias. Sería el caso de la Iglesia accidentada y herida porque sale a la calle y no se queda en la comodidad de un templo barroco colonial. Pero quienes participaron de esa celebración fue la “coordinación nacional”, es decir, el grupo de jóvenes y no tanto, elegidos y cercanos al episcopado argentino, quienes de ninguna manera justifican la Iglesia se inflija una herida, y ni siquiera un rasguño. 
En segundo lugar, Maletti busca embarrar la cancha, y aclara que hoy “se busca cualquier cosa con tal de ensombrecer la figura y el magisterio del Papa Francisco”. No encuentro relación entre la augusta figura y magisterio del Romano Pontífice con una misa sacrílega celebrada en playas caribeñas por un obispo argentino. Lo pretende el prelado es decir que, quienes critican a Mañarro están criticando a Bergoglio. No se sigue, ni en buena ni en mala lógica semejante suposición.
La única justificación que ofrece el obispo merlín (¿será ese el genitivo de Merlo?) para lo que hizo su auxiliar es que la misa junto al mar se celebró para mostrar la alegría por lo vivido en las jornadas panameñas. Nuevamente, no encuentro el conector lógico que relacione la necesidad que una muestra de alegría cristiana, expresada a través de la celebración eucarística, deba realizarse en una playa. ¿Será que las alegrías de la eminente “coordinación nacional”, por alguna misteriosa razón, no pueden expresarse en un templo, como lo expresa cualquier católico bien nacido?
Pero lo que constituyó el sacrilegio de Mañarro no fue la que misa se haya celebrado en las playas caribeñas, sino el modo en que se hizo: en traje de baño y utilizando un mate como cáliz, entre otras gravísimas transgresiones. Si estos señores quieran expresar su alegría junto al mar con una misa, ¿no era posible, en todo caso, llevar un “equipo de misa” como hace cualquier curita rural cuando debe celebrar una misa de campaña?
Finaliza el obispo Maletti diciendo que el tema “ya está siendo comunicado y aclarado ante las autoridades que corresponden” -Sagrada Congregación de Obispos y Sagrada Congregación de Culto Divino-, y uno se pregunta qué es lo que hay que aclarar ante la flagrancia del sacrilegio. ¿Que, en realidad, ese el modo argentino de demostrar la alegría o la acción de gracias? No hay aclaración posible. 
Peor aún, el obispo dice que también se pidieron las disculpas por lo que “parece” una imprudencia. Ni siquiera admite que fue no ya un sacrilegio, sino ni siquiera una simple imprudencia, lo cual muestra una vez más la lógica mala de Maletti. Nadie se disculpa por algo que “pareció” equivocado; en ese caso, se aclara. Las disculpas se ofrecen cuando uno efectivamente se equivoca. 

A fines de esta semana las autoridades romanas recibirán un dossier completo con el relato de lo acontecido y un buen número de fotografías que lo prueban. Veremos qué puede más: la evidencia del sacrilegio, o las disculpas de Maletti. Aunque mucho me temo que aún más que todo esto, puede la incuria y la omnímoda voluntad de Bergoglio. 

lunes, 18 de febrero de 2019

La abdicación papal que cambió a la Iglesia para siempre


por Steve Skojek 

Hace exactamente seis años atrás, me encontraba manejando rumbo a mi trabajo cuando oí en la radio local acerca del Papa Benedicto XVI y su anuncio de que iba abdicar. Recuerdo dónde estaba: manejaba hacia el norte sobre la Ruta 1 en la localidad de Dumfries, estado de Virginia, justo ante de una estación de servicio “WaWa”. Estaba nublado y hacía frío. A lo mejor llovía, o por lo menos, amenazaba eso mismo. 
Llegué a mi oficina y compuse un estúpido “meme” para pegar en mi blog personal (por entonces 1P5 ni se me había ocurrido. Eso sucedería un año después). Aquí el “meme”: 




(Nadie esperaba un Papa resignando: nuestra principal arma es la sorpresa)
Pero ahora que pienso acerca de esta, mi frívola respuesta inicial, creo que respondía a un gran esfuerzo por tratar de definir mis sentimientos. Por entonces estaba escribiendo sobre temas católicos, pero creo que también estaba experimentando un tiempo de ambivalencia respecto a la Iglesia. Mi fe había cobrado una buena paliza por una variedad de razones y no estaba pensando con claridad. Sí recuerdo que varios amigos míos se mostraron muy preocupados acerca de la abdicación y cuál sería su significado, mientras que yo trataba de reasegurarlos diciendo que si él había resuelto proceder de este modo, tendría sus buenas razones. 
Una que conservo en la memoria es Hilary White quien en sus conversaciones conmigo se mostraba vehemente en extremo afirmando una y otra vez que esto era Una Cosa Muy Mala. En medio del proceso de escribir esto, decidí volver a mirar lo que ella escribió sobre este asunto. Su primer post sobre la abdicación de hecho arrancaba con este párrafo: 
Sí, bueno, pero aquí el quid del asunto… lo que ha pasado hoy es malo. Y grande. Malo de una manera más que notable. Y más de lo que alcanzo a calar en un solo día.
Y más tarde, ese mismo día, un post intitulado “Después de Benedicto, los lobos”. Aquí un extracto: 
Si acaso algo, mi mala espina ha empeorado a medida que voy haciendo el inventario de las distintas cosas que van a cambiar a partir de esta decisión de Benedicto, aparte de las distintas conjeturas que se me ocurren para que procediera así y sus posibles repercusiones. Y me hallo paralizada entre dos obstáculos imposibles: lo que creo como cierto es horripilante y nadie me lo aceptaría; y lo que creo que sí podría escribir y que resultaría aceptable… sencillamente no es verdad.
No puedo obligarme a hacer lo que aparentemente todos hacen, colocando sonrientes estrellitas y corazones en sus páginas de Facebook y cómo estamos todos de agradecidos por los ocho maravillosos años, además de acompañarlo con los mejores deseos para todos sus futuros proyectos. Por el contrario, la idea que me vuelve una y otra vez a la cabeza es que ahora las cosas se van a poner mucho, muchísimo peor. 
A lo mejor Benedicto fue una voz solitaria en el escenario del mundo, argumentando racionalmente en favor de lo Real frente al autoengaño, loco, asesino y globalizado. ¿Qué era lo que estaba deteniendo? ¿Qué cosa es la que ahora dispondrá de más libertad aun para actuar en el mundo? 
Un mes después, escribí un artículo para CatholicVote.org sobre el cónclave que se avecinaba. Todavía estaba seguro de que Benedicto había hecho lo correcto por buenas razones, pero empezaba a tomar conciencia del peligro. Sinteticé mis pensamientos del siguiente modo:
En ciertos círculos católicos, ha habidos una cantidad de señales de alarma a propósito de la abdicación del Papa Emérito Benedicto y las posibles circunstancias que la desencadenaron. Todos aquellos que siempre han considerado a Benedicto como un incólume pilar de fortaleza en un período de la Iglesia particularmente tumultuoso, encuentran sospechoso que renunciara al cumplimiento de su deber, a menos que de alguna manera se viera forzado a actuar de esa manera. Para muchos, siempre pareció el tipo de hombre que cargaría con su cruz hasta el día de su muerte, pase lo que pase. 
Personalmente, nunca he dudado que el Santo Padre ha actuado de buena fe y con perfecto libre albedrío. Más allá de lo que el mundo pueda pensar acerca de él, son pocos los que argumentarían que no es un hombre de inteligencia aguda y tenaz adhesión a los principios. Pero esto no quiere decir que su decisión no estuviera influenciada por fuerzas que él temía podían vencer incluso su propia capacidad de anticipación.
Después cité a Robert Moyhihan de la revista Inside the Vatican, cuando contó la preocupante conversación que tuvo con un cardenal que no nombró y con el que se topó casualmente en una calle de Roma. Todo el diálogo resultó muy breve, pero cargado de tensión. Vale la pena releerlo:
-Vuestra Eminencia, le dije. En sus ojos se leía que me estaba diciendo que no podía dar respuesta a mis preguntas. Pero tampoco estaba censurando todo tipo de conversación. Así que me animé…
-Sólo quiero decirle una cosa, y es que yo amaba al Papa Benedicto. 
Se quedó quieto.
-Yo también lo quise y lo quiero, dijo el cardenal.
-De modo que he estado perturbado y algo desconcertado desde el 11 de febrero, lo dije. 
Y entonces, como dominado por una repentina emoción, vi que el rostro del cardenal se oscureció y puso trise, diciéndome con vehemencia: “Yo lo quiero, pero esto nunca debió haber ocurrido. Jamás debió abandonar su ministerio”.
Me quedé callado.
“Es como un hombre y una mujer, un esposo y una esposa, una madre y un padre en relación a sus hijos, dijo. -¿Qué es lo que dicen? 
Parecía que me lo preguntaba a mí. Permanecí silencioso.
-Dicen, ¡hasta que la muerte nos separe! Permanecen unidos, siempre.

Así que interpreté que me estaba diciendo que él sentía que un sucesor de Pedro no puede abdicar de su trono, más allá de lo cansado y triste que esté, sino que allí debe permanecer hasta el día de su muerte. 
Me pareció que las palabras que estaba usando eran las que en una de esas había usado incluso conversando con otros cardenales, pero, claro, puede que no. 
Lo que estaba claro era que estaba columbrando cómo pensaba a lo menos un cardenal respecto de la abdicación papal. 
-Vuestra eminencia, le dije, lo he olvidado: ¿Usted ya pasó los 80 años de edad, o no?
-Todavía no he cumplido los 80, me dijo. 
-De modo que mañana estará votando.
Asintió y en su rostro detecté una mirada repleta de sombras y preocupaciones. Me sorprendió la intensidad de todo eso. Estaba sorprendido por el tenor de la conversación toda.
Me apretó la mano. 
-¿Hay algo en que lo pueda ayudar?, le pregunté. 
-Rece por nosotros, dijo, rece por nosotros.
Se volvió como si necesitara huir.
-Debo irme. 
Se alejó un paso y luego volvió sobre sí y se me acercó.
-Estos son tiempos peligrosos. Rece por nosotros. 
Creo que deberíamos hacer caso.
Fue impresionante leer eso entonces, y es más impresionante todavía releerlo hoy. Planeaba una sensación de malos presentimientos, incluso antes de que supiésemos lo que estaba por ocurrir, que se acercaba algo inicuo. Se percibía en el aire, una cosa como eléctrica, palpable, como los repentinos cambios de presión que hacen renacer viejos achaques, justo antes de una turbulenta tormenta.
También escribí: 
Es una buena cosa confiar en la sabiduría de la decisión de Benedicto, pues creemos que sea cual fueran sus razones para obrar así, sabía lo que hacía. Pero eso no debe hacernos bajar la guardia. En el fino fondo de mi alma creo que el cardenal estaba en lo cierto. Estos son, efectivamente, tiempos peligrosos para la Iglesia. Lo siento en los huesos. Las fuerzas de las sombras están alertas y algo se está cocinando. Quizás nunca sepamos qué cosa es. Pero este cónclave está lejos de ser un cónclave ordinario.
¿Y bien?  Ahora sabemos. Nunca lo podremos olvidar. Esta sola decisión alteró radicalmente el curso de la historia de la Iglesia. Para siempre.
Como dijo el cardenal, “esto nunca debió haber ocurrido. Nunca debió abdicar de su oficio”.
Creo que es verdad. Pero si no lo hubiese hecho, el Cuerpo Místico de Cristo no se habría visto sacudido de una manera que posiblemente a lo largo de su historia no reconoce precedentes. Otra cosa que mi amiga Hilary me ha dicho a menudo es que la Iglesia en modo alguno podría haber sobrevivido a otro pontificado conservador, dados los disturbios que hierven debajo de la superficie mientras todos actúan como si acá no pasase nada y que, al revés, estamos viviendo una nueva primavera. Necesitábamos despertar del sueño. De la mentira de que todo estaba bien. Necesitábamos abrir los ojos y ver el Matrix. 
Eso es lo que ha venido ocurriendo durante los últimos seis años. Más y más gente está eligiendo deshacerse de la pastilla azul, optando por la roja. La coexistencia de la Iglesia y la anti-iglesia en el mismo espacio es cosa que se advierte con más y más claridad. Pero a medida que crece el número de los fieles que se avivan y toman conciencia de la situación, también crece la preocupación y el horror ante lo que está sucediendo en la Iglesia—y que viene sucediendo durante los últimos 50 o cien años. Y mientras se acentúa la escalada, la gran pregunta nos quema con creciente intensidad: ¿y ahora qué?
Aquí el único que puede contestar es Dios. Y pese al disgusto que me produce las constantes referencia del Papa al “Dios de las sorpresas”, me malicio que esta vez así va a ser.
Sólo me pregunto hasta cuándo nos veremos obligados a esperar.     

Tradujo: Jack Tollers.

Fuente: https://onepeterfive.com/six-years-later-reflecting-on-the-papal-abdication-that-changed-the-church-forever/

viernes, 15 de febrero de 2019

Las sombras de Sauron

Preparémonos, porque si pensábamos que habíamos tocado fondo, estábamos equivocados.
La semana próxima aparece el libro que probablemente cause a la Iglesia un daño comparable al panfleto que un fraile agustino clavó en las puertas de la iglesia de Todos los Santos de Wittemberg en el siglo XVI.
Ayer apareció en una revista francesa un reportaje al autor y algunos adelantos. Pueden bajarlos desde aquí

miércoles, 13 de febrero de 2019

Cosa terrible es la religión


Escribe Chesterton en su Santo Tomás de Aquino (4,2): “La religión es una cosa muy terrible, que es verdaderamente un fuego devorador, y que tan frecuente es que sea necesaria la autoridad para ponerle freno como para imponerla”. Los último años, meses y semanas nos han dado oportunidad de comprobar la verdad de esta afirmación: la religión es cosa terrible

La desconcertante multitud de casos de abuso sexual y de otro tipo por parte de religiosos, demuestra que la religión puede ser usada para los fines más bajos. 
Creo que los “abusadores eclesiales” pueden clasificarse en tres tipos: los que son pervertidos tout court y se metieron a cura para desfogar más fácilmente su perversión; los que son enfermos mentales -psicópatas en la mayoría de los casos, con una enorme cuota de narcisismo-, y que la religión o el ámbito religioso en el que se desenvolvían les permitió extremar su enfermedad, y aquellos que entraron en religión de buena fe, tratando de ser buenos religiosos o sacerdotes, y cedieron en una ocasión a la tentación, y después siguieron cediendo, y después ya no pudieron salir del pantano como le pasó al inglés de la fábula de Castellani.
La peligrosidad de la religión no se ciñe exclusivamente a los casos extremos de los abusos sexuales. Últimamente están comenzado a aparecer datos sobre hechos que están universalizados y que yo, ingenuamente quizás, creía que se reducían solamente a uno o dos institutos religiosos. Me refiero a la alarmante cantidad de intentos de suicidio en congregaciones religiosas femeninas de reciente fundación, a los numerosísimos casos de depresión crónica que sufren las religiosas y a la consecuente ingente cantidad  de antidepresivos, antipsicóticos y anxiolíticos que consumen. Según una publicación seria, hay comunidades que destinan mil euros mensuales a la compra de psicotrópicos. No me parece mal que haya monjas que, ocasionalmente, tengan que recurrir a medicación psiquiátrica, como otras tendrán que recurrir a medicación para el hígado. El problema es la cronicidad y la alta frecuencia de los casos, lo cual es signo evidente de que algo no está funcionando bien. Y lo asombroso es que los superiores no se den cuenta de la situación, la atribuyan a “tentaciones” demoníacas y exijan a las pobres enfermas que continúen sufriendo en el convento -y cortándose las venas -literaliter- de vez en cuando- en vez de decirles que vuelvan a su casa y encuentren marido. Los superiores ordenan y ellas obedecen porque la religión es cosa terrible y muy peligrosa cuando se deja en manos de irresponsables.
Y si a estos pesares que sufren las monjas, les agregamos los casos de abuso sexual hacia ellas que yo desconocía, la verdad es que cualquier padre debería pensar más de cinco veces antes de dejar que su hija entrara a un convento. La situación es demasiado dolorosa y nauseabunda para nadar en ella, pero los casos que se están destapando ocurrían en institutos religiosos conservadores: la Comunidad de San Juan y las Franciscanas de la Inmaculada.
No vale la pena seguir revolviendo el basural, pero sí es necesario e ineludible preguntarnos una y otra vez cómo fue posible que en la Iglesia se formara tal estercolero. Y no hace falta irse lejos para toparnos con él. Miremos nomás lo ocurrido en nuestro país en los últimos años. Haciendo una cuenta rápida, me vienen a la memoria cinco institutos religiosos de reciente fundación que han tenido serios problemas por episodios de abuso de distinto tipo. En todos los casos, los fundadores fueron alejados de sus puestos, y tres de ellos están castigados, sea por la justicia canónica o por la justicia civil, con regímenes de prisión. 
¿Qué tienen en común estos institutos? Varios elementos, de los que destaco  dos: eran conservadores y el fundador poseía un fuerte carisma natural y un pretendido carisma sobrenatural. Este tipo de institutos religiosos conservadores atraían muchas vocaciones, lo cual resulta comprensible porque, si un joven toma la decisión de entregarse a Dios, buscará un lugar que perciba como serio y exigente, y no le interesará el ambiente mistongo y fofo que ofrecen los progres. ¿Y qué más quiere el zorro -es decir, el fundador- que encerrar en su propio gallinero muchas tiernas gallinitas -es decir, muchachitos- para sus solaz y refocilo? Las defensas que han esgrimido cuando se han revelado sus perversiones, son antológicas: “Fue sólo un besito”, dijo uno; y sus adláteres agregaban: “Es una enfermedad que tiene el Padre fundador; hay que comprenderlo”. Otro declaró que, en realidad, el muchachito lo sedujo. Yo me pregunto por qué, si tenía un novicio que andaba seduciendo superiores, no lo expulsó de inmediato. Por otro lado, si novicio lo sedujo, el superior se dejó seducir. Consecuentemente, en ese caso lo que correspondía era que ese superior abandonara su monasterio y se fuera de capellán de un hospital en Bolivia, donde las posibilidades de seducción iban a disminuir notablemente. 
La otra característica en común es la que tiene que ver con el pretendido “carisma”, que aparece como una suerte de voluntad explícita de Dios o revelación sobrenatural acerca de las maravillas y excelencia de ese instituto religioso en particular. Curiosamente, muchos de estos fundadores aseguran haber tenido una aparición que les ordenaba fundar. Y esto, una vez más, es cosa terrible como la religión. En todos los casos, las situaciones de abuso eran conocidas por otros miembros de la comunidad religiosa, y callaban, y pedían que se callaran aquellos que se enteraban de la situación. Y esgrimían como motivo el bien mayor. “Esta nueva congregación religiosa es un don de Dios a la Iglesia y muchas almas se salvarán por ella. Dios lo quiere. No podemos tirar todo por tierra. Son miserias humanas que debemos perdonar”. No se les ocurría, ni se les ocurre pensar, que en muchos casos esa supuesta “congregación religiosa” no es sino la veleidad de un psicópata que se creyó el elegidos por Dios para reformar la Iglesia, o la vida religiosa de la Iglesia, o la vida apostólica de la Iglesia, o la vida monástica de la Iglesia. 
Se trata de fantasías de enajenados “tan terrible como un fuego devorador”, según Chesterton. Y en estas situaciones, “es necesaria la autoridad para poner límites”. Pero los obispos, que son los que ejercen tal autoridad, no pusieron límites sino que autorizaron y erigieron esas fundaciones en sus diócesis. Me he preguntado en las últimas semanas cómo es posible que los obispos no hayan tenido el discernimiento mínimo para negar tal autorización. Creo que no es cosa tan difícil y compleja, cuando se tiene alguna experiencia en el trato de personas, darse cuenta cuando estamos frente a un psicópata. Un amigo, más sabio y más viejo que yo, me respondió que, si hubiesen tenido discernimiento, no habrían sido obispos, y tiene razón. Conclusión: la autoridad primera e inmediata que debería haber frenado estos desvaríos, no estaba preparada para hacerlo, ni en Argentina ni en ningún lugar del mundo.
Creo yo que el Santo Padre debería establecer una suerte de veda por la cual, durante cien años, se prohibiera la fundación de nuevos institutos religiosos.
“¿Pero qué hacemos?”, dirán algunos, “con los jóvenes que manifiestan vocación religiosa. Las congregaciones que existen son todas un desastre”.
Pues mejor es que ese joven no pueda seguir su vocación, a que termine violado por su superior. Y las buenas opciones siguen existiendo; lo que ocurre muchas veces es que no responden exactamente a lo que la fantasía de cada cual pretende. Si el joven tiene vocación a la vida monástica, buenos y tradicionales monasterios benedictinos hay en el mundo donde puede acudir, como Fontgombault y sus casas “hijas” o Le Barroux. Y si no se siente a gusto con los gabachos, puede irse a Clear Creek. Y si cree que él no puede abandonar su patria porque es este es el mejor lugar del mundo, entonces no tiene vocación monástica ni religiosa, pues ambas exigen el abandono total de lo todo lo terreno. Si se inclina por la vida activa, hay reductos: la provincia dominica inglesa, o las provincias argentina y polaca de los escolapios, o el Instituto de Cristo Rey Sumo Sacerdote o la Fraternidad San Pedro, por ejemplo. Y si nada de eso es lo que busca, pues vuélvase a su casa y cásese. Y si no quiere casarse, siga el consejo de San Pablo y quédese soltero, que en los tiempos que vivimos, cada uno se salva como puede y no como quiere. 

La foto de la izquierda es de la misa pontifical celebrada el domingo pasado (10/02/2019) por el obispo de Shrewsbury (Inglaterra) en su catedral; hay atisbos de esperanza. (¿Alguien imagina a un obispo argentino celebrando un pontifical en rito extraordinario? Menos mal que nuestro país está especialmente bendecido por la Virgen, que si no, estábamos en el horno….)

Nota sobre la vida monástica: Esta veda o prohibición que sugiero de fundar nuevos institutos religiosos debería ser particularmente severa para cualquier iniciativa de fundar “vida monástica”, que suele convertirse en terreno propicio para las más disparatadas, y peligrosas, fantasías por la naturaleza misma de ese tipo de vida. La única posibilidad debiera ser que el fundador fuera un monje ya suficientemente formado en algún monasterio serio y reconocido.Y el motivo es porque es esto lo que siempre ocurrió en la Iglesia. 
Hasta donde sé -y alguien que sepa más que yo podrá corregirme-, ninguna fundación monástica seria y arraigada nació a partir de las lecturas o veleidades místicas de un curita piadoso. Las diversas órdenes monásticas, tanto de Oriente como de Occidente, nacieron todas de monasterios anteriores. El único que comenzó de la nada fue San Antonio Abad, y por algo se lo reconoce como “padre de monjes”. El primer monasterio egipcio -siglo IV- fue el de Skete, fundado por San Macario el Grande, discípulo de San Antonio. Y de allí nacieron las fundaciones posteriores de Nitria y Kellia, y el monacato se fue propagando por el resto del mundo oriental.
En Occidente, San Benito estuvo en contacto permanente con los monjes durante su retiro en Subiaco y en su primera comunidad habían monjes venidos de otros monasterios. El Cister nació con San Roberto de Molesmes que era benedictino; la Trapa nació con el P. Rancé, que era cisterciense; San Bruno fundó la Cartuja luego de pasar un tiempo en Molesmes con San Roberto, y no muchas más órdenes monásticas masculinas quedan para contar.
Veamos un caso emblemático. La Revolución Francesa destruyó completamente el monacato en Francia. Los vida monástica benedictina fue restaurada por dom Prosper Guéranger en 1837. Era un cura diocesano, con vocación monástica, que se instruyó primero al respecto. Luego, con permiso de su obispo, compró el antiguo y ruinoso monasterio de Solesmes. Allí se retiró con otros tres compañeros y pasaron tres años haciendo vida comunitaria. Cuando finalmente se decidieron a seguir la regla de San Benito como comunidad monástica, dom Guéranger fue a Roma, hizo su noviciado en la abadía de San Pablo Extramuros -es decir, aprendió a ser monje con los monjes- e hizo allí mismo su profesión religiosa. Recién después, “fundó” Solesmes. 
La enseñanza que deja el caso es clara: ni a este santo varón, ni a su obispo ni a sus compañeros se les ocurrió jamás que con solo leer unos cuantos libros y tener un grupo de benefactores que compraran un edificio adecuado, era suficiente para fundar una orden monástica. Primero, había que aprender a ser monjes, y ese oficio se aprende de los padres que, a su vez, lo recibieron de los suyos. Cualquier otra cosa, es fantasía y peligrosa veleidad que termina como todos hemos visto que termina.

Nota sobre el monasterio del Cristo Orante: En las últimas semanas, recibí varios comentarios de distinto tenor sobre el triste caso que todos conocemos. No los publiqué y no publicaré nada al respecto. La situación es muy dolorosa y lacerante. Desde este blog, alguna vez recomendé que los lectores se acercaran a ese refugio de Tupungato, y uno de los monjes escribió en esta bitácora en más de una ocasión. Lo que ha sucedido y lo que se ha revelado que allí sucedía me ha desconcertado y turbado, y no sirve taparse los ojos para no ver. 
Por ese motivo, la única reflexión que puedo hacer públicamente es la que acabo de hacer en esta entrada.

lunes, 11 de febrero de 2019

No tienen vergüenza



Hace apenas unos días tuvo lugar en el Gran Buenos Aires la XIX Asamblea del CIDAL (Conferencia Interprovincial Dominicana de América Latina) una selecta reunión que a provinciales, vice-provinciales y vicarios de las provincias dominicas de América Latina y el Caribe, y a varios miembros de la Curia Generalicia de la Orden de Predicadores, entre ellos, el Maestro de la Orden, fray Bruno Cadoré. Y decidieron instruirse con  el P. Carlos María Galli, eminente "teólogo argentino" y uno de los más cercanos al Papa Francisco. 

La verdad que no se sabe si este hombre habla en serio. Se molesta porque los teólogos europeos no conocen a la “teología argentina” y no citan en sus libros a los teólogos argentinos, es decir, a él.
Los teólogos europeos serán todo lo progre que queramos pero tontos no son, y no pueden conocer, y mucho menos citar, lo que no existe. ¿O es que alguien supone que existe seriamente algo llamado “teología argentina”? Si así lo cree, el mejor modo de verificarlo sería que se acercara a las semanas anuales que organiza la Sociedad Argentina de Teología. Yo lo hice en la última de ellas, que se realizó en Mendoza en octubre de 2018. Una sola palabra basta para definir la teología argentina a resultas de esa experiencia: VERGONZOSA, absoluta y definitivamente VERGONZOSA. Y el gordo Galli quiere que los europeos citen a los “teólogos” argentinos….
Y no le alcanza con eso, sino que saca la conclusión pertinente: como el mundo no conoce la teología argentina, no puede conocer la teología del papa Francisco. ¿Habla en serio? ¿Bergoglio tiene alguna teología detrás? Y si la tiene, ¿es la teología que producen los teólogos argentinos? Por favor, P. Galli, dejate de macanear.

¿No les pasa a ustedes que, cuando ven lo que está ocurriendo en la Iglesia,  parece estar viviendo en una película clase B o C, de bajísimo presupuesto (y a veces, hay que decirlo, en una XXX)? ¿Cómo es posible que se haya caído tan bajo? ¿Cómo es posible que alguien que enseña en prestigiosas facultades de teología y es invitado en todo el mundo para dar cátedra de "teología franciscana" pueda tener la cara tan dura? ¿Es posible que los señores que están sentados en derredor, todo ellos miembros de venerables órdenes como las fundadas por San Francisco o Santo Domingo, permanezcan en sus sitios escuchando impasibles al gordo Galli? ¿Se puede ser tan cursi, tan cutre, tan merza, tan trucho, tan de cuarta? 
Esta es la Iglesia que tenemos. ¿Podemos albergar algunas esperanza?   

sábado, 9 de febrero de 2019

Imperdible Michael Matt


Podremos ser, como yo mismo confieso serlo, más o menos anti-americanos y desconfiar de ellos por las cosas que todos sabemos, pero no podemos ser ciegos. Lo cierto es que los católicos americanos están liderando la resistencia a la nueva iglesia liderada por Francisco, y lo cierto es también que Donald Trump, por los motivos que fuere, es capaz de decirle cosas en la cara a los diputados abortistas que ningún obispo del mundo -salvo pocas excepciones- sería capaz de decir siquiera a sus fieles.
El video es imperdible. No hay subtitulados, pero quizás Jack Tollers se anime.

jueves, 7 de febrero de 2019

¿Excomunión? ¡Imposible!


por Boniface

El muy corajudo cardenal Tobin (obispo de Providence, Rhode Island, USA) –con una indiferencia que repercutió en el mundo entero- ha sugerido que no tiene sentido recurrir a la disciplina canónica contra políticos que reconoce como “pseudo-católicos”, tales como el gobernador del estado de Nueva York, Andrew Mark Cuomo. ¿Por qué? “Porque hace mucho tiempo que la Iglesia ha perdido su capacidad/voluntad de disciplinarlos”. Varios clérigos del tipo de Tobin han hablado sobre este asunto también, intentando justificar la horrible e increíble decisión de la jerarquía católica que se niega a imponer sanción alguna contra Cuomo, teniendo en cuenta la bárbara nueva ley de aborto de Nueva York (la ley permite que incluso que quienes no son médicos realicen abortos –por distintas causas- sobre mujeres ¡hasta el noveno mes de gestación!).  

Tobin argumenta que semejante gesto, como lo es el de excomulgar, ya no tendría razón de ser, puesto que tales castigos canónicos no resultan efectivos.
Un par de ideas sobre todo esto:
Viene bien repasar el pasaje de la Escrituras en el que San Pablo se refiere al concepto de excomunión, por mucho que no use ese término específicamente. Me refiere a I Cor. 5. En este pasaje, San Pablo se dirige a una situación de extrema inmoralidad ocurrida en la Iglesia de Corintio:
Es ya del dominio público que entre vosotros hay fornicación, y fornicación tal, cual ni siquiera entre los gentiles, a saber: que uno tenga la mujer de su padre. Y vosotros estáis engreídos, en vez de andar de luto, para que sea quitado de en medio de vosotros el que tal hizo (I Cor. 5:1-2). 
Lo único que quiero señalar aquí es que San Pablo no sólo está escandalizado por el pecado en sí, sino también por la propia actitud de los corintios ante la situación. No estoy del todo seguro qué quiere decir con “engreídos”, pero sus palabras nos traen a la memoria la actitud celebratoria del gobernador Cuomo ante la legislatura de Nueva York, cuando promulgó la nueva ley de aborto. 
San Pablo pasa a pedir la excomunión de este tipo:
Pero yo, aunque ausente en cuerpo, mas presente en espíritu, he juzgado, como si estuviera presente, al que tal hizo. Congregados en el nombre de nuestro Señor Jesús, sea entregado ese tal a Satanás, para destrucción de su carne, a fin de que el espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús (I Cor. 5:2-5).
La frase “entregado ese tal a Satanás” es otra manera de decir “removido de la comunión de la Iglesia”. Lo que se desea con esto es que, cortado del acceso a la comunidad y de la gracia de los sacramentos (esto es, entregado al reino de Satanás), que este tal entregado a sus apetitos carnales, resulte incitado al arrepentimiento ante el temor de resultar privado de los sacramentos. 
Con todo, la excomunión no constituye solamente un correctivo. San Pablo abriga la esperanza de que este hombre se arrepienta, bien que ése no es su único propósito. En el siguiente versículo explica el valor de la excomunión a la comunidad cristiana:
No es bueno que os jactéis así. ¿Acaso no sabéis que poca levadura pudre toda la masa? Expurgad la vieja levadura, para que seáis una masa nueva, así como sois ázimos para que nuestra Pascua, Cristo, sido inmolada. Festejemos, pues, no con levadura añeja ni con levadura de malicia y de maldad, sino con ázimos de sinceridad y de verdad (I Cor. 5:6-8). 
Contemplemos seriamente este pasaje—el propósito de la excomunión no se limita a buscar el bien del alma del pecador; también es para la edificación y protección de la comunidad. “¿No sabéis que poca levadura pudre toda la masa? Expurgad la vieja levadura, para que seáis una masa nueva”. San Pablo enseña que la excomunión ayuda a purgar el cuerpo de la “masa” y que sin esta purga, esa masa producirá la corrupción de todo el cuerpo. Cuando el pecador es identificado y se pronuncia un juicio a su respecto, por lo menos los fieles pueden constatar que tal comportamiento ha sido proscripto. San Pablo no sólo está preocupado por el pecador, sino también por la jactancia de la congregación, esto es, su actitud respecto del pecador. Al excomulgarlo, San Pablo no sólo juzga al pecador, sino también a la actitud generalizada que permite que el pecado se multiplique libremente. 

Para volver al gobernador Cuomo: desde una perspectiva bíblica, si Cuomo se arrepiente o no, si respeta la autoridad de la Iglesia o no, si la Iglesia está en condiciones de invocar su autoridad en estas materias, no constituye últimamente su principal preocupación. El hecho es que el bien de la Iglesia Católica en los Estados Unidad exige que este hombre sea expulsado. Por lo menos que intente purificar la masa de esta levadura. Si no lo hacemos, estamos celebrando la levadura vieja. Aquí está en juego la integridad de la comunidad, tanto como que también concierne al pecador.  
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A lo largo de la historia de la Iglesia, muchas veces ha ocurrido que se ha perdido la disciplina o esta se ha visto seriamente erosionada. Podemos recordar las diferentes reformas monásticas repetidas tantas veces a lo largo de los siglos. O la era de la Contrarreforma y el Concilio de Trento cuando la Iglesia ha tenido que librar una batalla contra viento y marea para transformar al episcopado que era una clase de cortesanos políticos en una cosa más parecida a lo que Cristo tenía en mente cuando instituyó obispos. Incontables sínodos regionales del primer milenio y del tiempo de las invasiones bárbaras atestiguan el compromiso de la Iglesia por mantener o restaurar la disciplina en una época dominada por el caos, cuando parecía que cundía el desorden por doquier.
Por otra parte, claro que sí, siempre habrá tiempos en que la Iglesia perderá la voluntad y la capacidad de disciplinar.  Pero la lección que aprendemos viendo esta variedad de ejemplos es que la voluntad de disciplinar se restaura con… disciplina. Es cuestión de sentido común. Si se ha perdido la voluntad de disciplinar y uno quiere restaurarla, pues entonces uno disciplina. Imagínense que trocáramos este asunto de la disciplina por otra cosa… digamos, por pintar tu casa:
Usted: “Hombre, la pintura de su casa se está descascarando por todas partes. Realmente queda muy mal. Duele el sólo mirarla. De veras, debería usted pintarla.“
Yo: “Esa no es una opción realista”. 
Usted: ¿Por qué no? No hay nada que le impida hacerlo”.
Yo: “Es que he perdido la voluntad de pintar hace tiempo ya. Tanto tiempo después, resulta muy difícil recapturar esas ganas.”
En un diálogo semejante uno inferiría con toda razón que en realidad no es cuestión de que uno haya “perdido la voluntad” de pintar la casa, sino más bien que simplemente no me importa si la casa está pintada o no. De algún modo me he lavado las manos respecto del estado de la casa. Ya no me importa si la casa duele de sólo mirarla, o no. Si su aspecto me importara en serio encontraría la voluntad y la capacidad, de pintarla yo mismo, o de dar con los recursos para que lo haga otro en mi lugar. Cuando a la gente le importa alguna cosa, se esfuerza por remediarla. Si me niego a realizar el esfuerzo, uno podría deducir que, en realidad, me importa un belín. 
Y eso es la triste verdad de lo que tratamos aquí. Al Cardenal Tobin, a Dolan y toda esa pandilla, les importa un rábano como se ve la cosa desde aquí. No les importa si la Casa de Dios duele de sólo mirarla, una abominación para la gente. “El nombre de Dios es blasfemado por causa de vosotros entre los gentiles” (Rom. 2:24); pero a ellos no les importa. Si se ha perdido la disciplina, lo lógico sería restaurarla. Se la restaura adoptando gestos ejemplificadores que ponen de manifiesto la voluntad de restaurar la disciplina. Si no pueden hacer esto o se niegan a hacerlo, significa sencillamente que no quieren hacerlo, que no quieren ver la disciplina restaurada. Están conformes con el status quo. Esta es una conclusión inescapable: Cuomo no será excomulgado porque los príncipes de la Iglesia están chochos con las cosas como están. 
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¿Por qué están contentos? ¿Por qué prefieren el estado de cosas actual a algo diferente? El hecho es que si Dolan, Tobin, etc., fueran a excomulgar a los políticos pro-aborto, enfurecerían a los católicos liberales que entonces interrumpirían las insignificantes donaciones financieras que les dan ahora. Un tipo como Dolan, contempla su arquidiócesis y se dice: “Hmmm, O.K., tengo tantos millones de católicos aquí, donando aquí tantos o cuántos millones de dólares anuales. Me consta que aquí (en Nueva York), que entre el 60 y el 70 por ciento de mi feligresía son liberales o se identifican con las causas liberales.” Hace un rápido cálculo mental y se da cuenta que si enfurece a su feligresía, eso le podría costar una pérdida de X millones de dólares por año. Con la declinación de la asistencia a misa, el colapso de los colegios parroquiales y la sombra de los pagos millonarios pendientes a cuenta de los arreglos extra-judiciales por razón de los abusos sexuales del clero, no se atreverá a comprometer sus finanzas aun más. Sencillamente no se puede dar el lujo de perturbar su base de católicos liberales.

Pero si hay que decirlo todo, tampoco tiene, básicamente, ganas de hacerlo, aun cuando pudiera. Un prelado que llega a la prominencia de Dolan, no es un ideólogo. Es un burócrata y un pragmático. Toma el camino de menor resistencia; si la diócesis resulta sumamente liberal, litúrgica e ideológicamente, se contenta con seguir la corriente, bajando la cabeza cuanto pueda—sin llamar la atención del Vaticano, pero tampoco haciendo cosa alguna que aliente a su feligresía. Abrigar la esperanza de que los obispos confronten a un tipo como Cuomo es como pedirle a un hombre confortablemente instalado en su sofá frente a la chimenea que se levante y salga a fuera a pelear con un oso que está desparramando la basura en su jardín, sin garantía alguna de que no termine todo dolorido en un hospital—con una cuenta por la internación que no te digo nada. Más fácil es permanecer en su sillón, tomando vino y leyendo el diario, mientras que, respecto del oso que sigue desparramando basura por todas partes, se dice a sí mismo: “Y yo, ¿qué puedo hacer?” 
Ninguno de nosotros arriesgaría su vida sólo por alejar a un oso que está embromando con la basura; no tiene sentido. Ellos ven este problema político de igual manera; para ellos la cosa no tiene sentido. Desde luego, ven las cosas de manera equivocada, y si fuéramos nosotros los que estuviésemos en su lugar, veríamos que el oso no sólo está embromando con la basura, sino también con nuestros propios hijos. Y por supuesto que sí, aquí está en juego la suerte de suerte de nuestros hijos. El hecho de que ellos ni siquiera ven esto pone de manifiesto su horripilante, escandalosa falta de fortaleza testicular.
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Igual que lo sucedido con la discusión contemporánea sobre la pena capital, la actitud de estos prelados consiste en enfocarse exclusivamente sobre el aspecto correctivo de la pena mientras que ignoran la cuestión de la justicia retributiva. Hay demasiada preocupación sobre “Y bueno, que lo excomulguen, a Cuomo no le va a importar absolutamente nada”. Pero más allá de si se “logra” algo en el orden temporal, la justicia y la integridad de la Fe lo exige. La nefanda naturaleza de la ley de Nueva York clama por esto, como cuestión de principios.

Recuerden la película “Becket”. Esta película pretende encapsular la excomunión histórica de 1160 en la que Becket condena a varios consejeros del rey Enrique II de Inglaterra por haber abusado del poder real, infringiendo derechos de la Iglesia. Becket había trabajado con el rey Enrique durante años en su condición de consejero real y debía saber perfectamente que el rey tenía una voluntad de hierro. Pero últimamente el éxito temporal de sus esfuerzos, por importantes que fueran, resultaban secundarios. De igual modo, ¿acaso Pío VII creyó que excomulgando a Napoleón las cosas cambiarían? ¿Por ventura creyó San Pío V que la excomunión de la reina Isabel haría que se arrepintiese? Tenemos que presumir que no. Pero actuaron así porque sabían que estaban en juego los derechos de la Iglesia y que había que defenderlos. Estaban dispuestos y eran capaces de actuar sobre la base de los principios. Eso es lo que los falta a esta gente como Tobin y Dolan.
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Finalmente, recordemos que no podemos ponerle límites a la gracia de Dios. Y quizás, sólo quizás, puede que una excomunión tenga algún efecto en el orden temporal. Quizás semejante sanción haría que Cuomo se arrepienta. Sería, a lo mejor, ocasión de una infusión de gracia que cambie su corazón. Tal vez fuera un estímulo para los católicos pro-vida cuyos esfuerzos se verían fortalecidos por una cosa así. No es imposible que en medio de un ambiente tan hostil, se manifestaran expresiones de solidaridad de todo el país, renovadas oraciones por el estado de Nueva York, por su gobernador y por la iglesia local. En una de esas se sucederían inconcebibles milagros de la gracia de Dios. En la historia de la Iglesia han pasado cosas más raras que esa. No es imposible. 
Esto es, no sería imposible siempre y cuando los obispos estuviesen a la altura de las circunstancias. Pero desde Vaticano II, excomuniones por decreto (a diferencia de las latae sententiae) sólo han sido utilizadas contra el clero, como Marcel Lefebvre o Hans Küng [Nota del traductor: Küng nunca fue excomulgado]. 
Pero la excomunión de laicos parece estar fuera de cuestión. 
Últimamente parece que aquí se cumple el adagio aquel que reza, “el 100% de los disparos que nunca haces, dan fuera del blanco”.  
Tradujo Jack Tollers

Fuente:  http://unamsanctamcatholicam.blogspot.com/2019/01/excommunication-is-no-no.html  

lunes, 4 de febrero de 2019

sábado, 2 de febrero de 2019

¡Vamos a la playa! El sacrilegio del Chiño Mañarro

En septiembre de 2016 dedicamos en este blog una entrada a Mons. Chino Mañarro, nombrado por Bergoglio obispo auxiliar de la diócesis de Merlo-Moreno. Decíamos que era el arquetipo del obispo con tufo a oveja y eximio representante del lumpen episcopal argentino. Lo que en ese momento no sabíamos era que el prelado, además, es un sacrílego y un indecente, y que la suya no es la fe de la Iglesia, según se desprende por las evidencias.
En las fotos que ilustran este post podrán verlo junto a otro sacerdote y algunos caprinos de su misma majada, celebrando sacrílegamente la Santa Misa en las playas caribeñas, con ornamentos adecuados al lugar y no a la ocasión, y utilizando por cáliz un mate de calabaza. La acción de gracias la hizo mostrando su buzarda junto a una señorita en bikini y al grasún impresentable que sacaba la selfie.
Sabemos que están imágenes ya están en Roma y obran en la Congregación de Obispos. ¿Se animará el cardenal Ouellet a hacer lo que debe hacer, o preferirá la obediencia debida al valedor del Chino?